Comunicación 2. Primer axioma. Expresión y relaciones.

Tema 2

I-AL COMUNICARNOS, NOS RELACIONAMOS

1. Lo importante es comunicarse

a) “Yo hablo”: acontecimiento creativo del ser humano.

En el momento en que el ser humano comienza a comunicarse con otro (primero con gestos en la primera infancia, después con palabras) se da inicio su proceso de socialización y se va formando el grupo humano. Sin comunicación es imposible pensar un esquema de organización social, pues es la comunicación la actividad que “crea una organización”, siendo la primera la familia.

Sólo cuando yo hablo desde mi mismo soy un yo-distinto de los otros, es decir, con identidad; pero también relacionado-con-otros, expresando mis vivencias o percepciones internas y externas, y abriéndome al tú que “me” expresa las suyas. Cuando yo hablo (con ideas “propias”, con mis sentimientos…) el lenguaje se transforma en un acontecimiento creativo por medio del cual «yo digo – algo – a alguien».

Al expresarme así, me hago sujeto respecto a otro sujeto con quien me comunico sobre algo, sobre esa realidad que está siempre allí como objeto de interpretación y de intercambio.

Al hablar desde mí mismo como sujeto, adquiero mi identidad y madurez (dejo de ser un in-fante, alguien que no “fabla” o habla) y me auto-expreso con una palabra llena, llena de significados y de mí mismo, diferente de las palabras huecas y estereotipadas o de las palabras de los otros.

Entonces el lenguaje realmente se transforma en la mediación por medio de la cual nos expresamos, expresamos nuestras vivencias y nos relacionamos con los otros seres humanos. Salimos del encierro de un yo enclaustrado para encontrarnos con un tú que nos escucha e interpela. Quien no pueda hacerlo padece la peor enfermedad, el autismo y la esquizofrenia, esa locura de vivir incomunicado, incapaz de establecer vínculos afectivos.

Por eso, es la comunicación la que construye una pareja, un grupo, una organización, una sociedad.

Sólo en el acontecimiento mismo de «decir desde uno mismo», el lenguaje se abre y el ser humano lo hace por su intermedio.Se abre y se manifiesta como tal: un ser humano, o sea, un ser social

Consecuencias políticas y sociales

Si en esto consiste la madurez de la persona, no otra es la madurez política de un ciudadano y de una sociedad. Por lo tanto, mientras no recuperemos nuestra palabra, como propia, con fuerza e identidad autónomas, no tenemos madurez política ni social. Somos “objetos” de los otros: de los que «tienen la palabra».

La educación ciudadana y social, al fin y al cabo, se resume en esto: tomar la palabra. Esa palabra que nace de adentro de uno mismo, que es nuestra, palabra pensante, creadora y creativa; una palabra que reflexiona, siente, elige, decide y propone.

Es la palabra-poder, típica característica de Dios o de los dioses (Dios crea el mundo con su palabra, según Gn. 1) y que fuera dada al hombre «creado a su imagen y semejanza» como instrumento para «poder crear« su propio destino, su propia cultura y su propia historia.

Quien no lo puede hacer… es un im-potente.

Por cierto que no nos referimos a la palabra vacía, simple conjunto de vocablos aprendidos que repetimos tal como nos enseñaron, manipularon o domesticaron, sino a la palabra llena de nuestros deseos, de nuestras decisiones, de nuestra libertad que elige su destino.

Es la palabra que “me expresa” como soy, como pienso, como elijo, como decido y como actúo.

Si la democracia, poder del pueblo, consiste en que éste asume esa palabra decisoria y creadora, los regímenes autoritarios y dictatoriales revelan la ausencia de palabra en el pueblo y el acaparamiento de poder en unos pocos.

El silencio-pasivo de una sociedad, por lo tanto, es el signo de su inmadurez o de su opresión, o de ambas cosas. En definitiva, es el signo de una democracia o de un pueblo impotentes.

En síntesis: tener la palabra, libre y decisoria, es tener el poder. Por eso, lo primero que hacen los sistemas opresores o invasores es privar de la palabra (aún de la lengua materna) a los sometidos. Quien pierde su palabra, pierde el poder, así como un pueblo sin palabra es un pueblo sin poder.

Por todo ello en este Curso vamos a comenzar subrayando la importancia y la necesidad del hecho mismo de comunicarnos, o sea, de ser sujetos autónomos que piensan, sienten, hablan y deciden por sí mismos, cualquiera sea la interpretación que tengan de la realidad. Lo primero es ser alguien, y sentirse alguien. Al fin y al cabo, esa es la primera experiencia de un ser humano recién nacido: llorar, sentir, reír y hablar.

2. LOS AXIOMAS DE LA COMUNICACIÓN. EL PRIMER AXIOMA

Puestas estas premisas, saquemos ahora las conclusiones que iremos formulando en forma de axiomas o leyes fundamentales y evidentes por sí mismas. Son los axiomas que nos permiten una buena comunicación o sea, expresarnos con madurez y autonomía.

2.1 Primer axioma:

Más importante que «qué comunicar»… es comunicarse

Más importante que qué hablar… es hablar

Más importante que qué expresar… es expresarse.

0 sea : lo importante es el hecho mismo de PODER comunicarse.

Mientras que los sistemas que no respetan al ser humano ponen el acento en la importancia del «mensaje que hay que transmitir, en lo que se debe decir, y en quién tiene que hablar», nosotros afirmamos que mucho más importante que el contenido de la comunicación, que la fuente o la metodología o el código de la misma, es el hecho mismo de comunicarse en el sentido arriba expresado.

Por eso afirmamos: más importante que “qué» decir es: decir, hablar, expresarse, comunicarse…

a) Recuperar la palabra es hablar «desde lo que uno piensa y siente».

No se trata de comunicarse de cualquier forma sino desde la propia percepción e interpretación de la realidad, y no desde «lo que hay que decir, lo que se debe decir, lo que nos dicen que es correcto decir».

Tampoco tiene valor e importancia «para quien» hablar, decir o pensar (para el maestro, el censor, el sabio, el jefe) como si el “otro” fuese el dueño de los pensamientos y de las palabras «verdaderas», y como si la comunicación consistiese en repetir lo que al “otro” le agrada o le parece bien.

Nuestra escuela, como también nuestras grandes instituciones políticas y religiosas, generalmente nos transmiten el mensaje inverso al planteado por este primer axioma: hay que decir «lo que corresponde, en el tiempo oportuno, escuchando a los que saben, y con el debido respeto… sin abusar», todas expresiones de la “buena educación” cuyo objetivo es que unos pocos tengan la palabra-poder sin limitación alguna y los otros muchos sean domesticados para repetirlas u obedecerlas.

b) Por eso insistimos: lo primero… es recuperar nuestra palabra.

Y si es «nuestra» vale, tiene sentido, es importante. Es importante porque «es nuestra». Por eso vale. Y nosotros valemos como personas y como ciudadanos con todo el valor y dignidad de una persona-humana porque decimos una palabra que es nuestra y no del «Otro»; es decir, una palabra autónoma.

El «Otro» es el que se siente dueño de la palabra y del poder, el que sabe y enseña, el que dirige y manda, el que nos vacía de nosotros mismos para llenarnos con «su verdad». El Otro puede ser una persona, un libro, una institución o una ideología.

¿Hará falta decir todo el cambio que implica en nuestras relaciones de familia, de educación, de empresa, de vida ciudadana, de relación social y religiosa, de praxis política, el pasar de la palabra del Otro a nuestra palabra?

Es pasar de la heteronomía a la autonomía, de la decisión de los otros a nuestra decisión; del infantilismo a la madurez.

c) Recuperar nuestra palabra: primera tarea de la educación

La formación social y política significa que cada uno aprenda, se anime y se atreva a pensar con su cabeza (¿hay otra forma de pensar?), a decir lo que realmente piensa, a defender su punto de vista, a sentirse hombre libre porque ha recuperado su palabra.

Este es nuestro primer objetivo en una sociedad democrática: recuperar nuestra palabra recuperándonos a nosotros mismos como hombres y mujeres adultos, responsables, libres, sujetos creativos y dueños de nuestra vida y de nuestra historia.

2.2 Varias actitudes comunicacionales

Este recuperar nuestra palabra, primer axioma, implica varias actitudes comunicacionales que consideramos fundamentales para una comunicación sana en los grupos y organizaciones.


a) La” espontaneidad”sobre el formalismo y la estereotipia.

Mientras que el «discurso del Otro» nos condiciona a una respuesta formal y estereotipada (rígida) pues hay que decir lo que debe decirse y cómo debe decirse (lo más semejante al modelo, a menudo hasta la exageración literal como sucede en tantos exámenes escolares o sistemas políticos), la auténtica comunicación humana da importancia por sobre todo a la espontaneidad, o sea: hablar desde el propio lenguaje, justamente para que sea ex-presión, vocablo que indica “sacar algo de adentro”.

Afirmar la espontaneidad es recuperar el placer de comunicarnos, en un lenguaje que es expresión y revelación de uno mismo: es la libertad de comunicarnos, de afirmar lo que sentimos y pensamos, de disentir y protestar, de reírnos o de llorar, de jugar, saltar o bailar, de hacer bromas o de hacer silencio, de aplaudir, gritar y aclamar, de tomarnos la vida con humor y de abrazar a alguien que sufre…

En las manifestaciones políticas todo este lenguaje se pone en marcha, sobre todo cuando el pueblo participa y lo puede hacer a su manera. Es el puro y legítimo placer de expresar lo que se piensa, siente y quiere.

b) La “libertad” sobre la censura y la represión.

El miedo nos quita la libertad de ser nosotros mismos. Hemos vivido años de miedo y de represión política, educativa, social, militar y religiosa. Miedo a los padres, a la autoridad, a la policía, al ejército, a Dios, al infierno, a los exámenes, al ridículo, a ser distintos.

Y los frutos están a la vista: hemos “internalizado” al censor, o sea, lo llevamos adentro y nos autocensuramos a la hora de expresarnos, aunque también es cierto que los censores externos no se han muerto todos y resucitan en la primera oportunidad que se les presenta.

Recuperar nuestra palabra supone, pues, recuperar nuestra libertad.

Y esa libertad implica audacia. O sea: animarnos a decir y hacer aún con riesgos, como el de ser censurados, criticados, ridiculizados o perseguidos. Es el riesgo de la libertad, cuando perdemos protección a cambio de autonomía.

Por eso reclamamos audacia y atrevimiento, dos palabras que significan lo mismo. Dos auténticas virtudes consideradas en nuestra cultura dependiente como sinónimos de rebeldía y de pecado.

Pero si el ser humano no tiene la audacia para ser libre, que no espere que le regalen la libertad.

Por lo tanto: ambiente de libertad para una expresión libre y autónoma.

Dos tipos de estructuras políticas y de comunicación

Según se cumpla o no este primer axioma, surgen dos tipos de organizaciones sociales y políticas y dos tipos de comunicación:

Una, establece los vínculos entre las personas «desde y para el poder dominante y opresor». Sus objetivos son: el infantilismo de la gente, el servilismo, la domesticación, el sometimiento, la obediencia incondicional y la esclavitud.

Sus métodos: el miedo, las amenazas, los premios a los que se someten y los castigos a los que se rebelan, la disuasión, la manipulación, el chantaje, los sobornos, la mentira y la simulación.
Objetivos y métodos muy a menudo camuflados en declamaciones de grandes principios y palabras altisonantes.

Otra, establece los vínculos «desde el valor de cada persona y de todas las personas»; desde la igualdad, la libertad y la creatividad que se le reconoce a cada ser humano. No declama convicciones ni grandes principios: los vive desde el real respeto al otro ser humano. Cuando esto sucede, decimos que estamos en una sociedad u organización democrática.

c) La “veracidad” sobre la hipotética verdad. La “sinceridad” sobre la hipocresía y la mentira.

Nos valoramos a nosotros mismos en cuanto somos honestos cuando hablamos. Y valoramos a los otros cuando son honestos al expresarse. Valoramos que las cosas se digan con sinceridad, sin sentirnos los censores ni inquisidores de nadie. Valoramos el punto de vista diferente y una concepción distinta de la vida, sin sentirnos los dueños y los jueces de la verdad.

Cuando somos honestos y sinceros al expresar nuestro punto de vista, entonces decimos que somos “veraces”; no porque tenemos la verdad, sino porque somos “sinceros” al expresar lo que sentimos como nuestra verdad.

A la veracidad se oponen la mentira y la hipocresía.

A la verdad, el error.

Y si siempre vamos a cometer errores y equivocarnos, porque esa es la condición humana, también siempre debemos auto-obligarnos a ser veraces. He allí la clave de la armonía social: no sentirnos dueños de la verdad ni jueces de la misma, pero cimentar las relaciones en una actitud sincera y honesta, que “busca la verdad” aún en los que no piensan como uno.

En la comunicación política y social a menudo el panorama es francamente siniestro. Aprendemos el arte de disimular y ocultar nuestras verdaderas intenciones para disfrazarlas con principios absolutos, con triquiñuelas legalistas, con fraudes y discursos demagógicos. La mentira descarada, la coima y el soborno son la palabra-moneda de cambio de las relaciones. Cualquier palabra puee significar eso o su contrario; cualquier gesto puede transformarse en el opuesto tan pronto cambien las circunstancias o el flujo del poder. Desde la oposición se tiene un discurso, y cuando se es oficialista, otro. En las campañas políticas se promete algo, y en el gobierno se hace lo contrario. No por nada “hablar como un político” tiene el significado que todos conocemos…

Sólo nos queda el camino de recuperar la palabra verdadera, la real palabra que efectivamente exprese lo que sentimos como realidad.

Esta palabra sincera y veraz instaura la confianza.Y la confianza funda la sociabilidad y los vínculos sanos. Tal palabra nos vuelve creíbles, dignos de crédito, y hace creíble a nuestra sociedad y a nuestra cultura. Sin confianza es imposible constituir un grupo humano, y cuando la confianza se pierde, el grupo social se quiebra o se divorcia.

Cuando hablamos de veracidad nos referimos a la coherencia: entre lo que se piensa y lo que se dice, entre lo que se siente y lo que se expresa, entre lo que se dice y lo que se hace.

Una sociedad, un vínculo, una institución incoherentes y faltos de veracidad… están enfermos de muerte. Es la patología de la comunicación.

Es la corrupción generalizada que incita al ciudadano a mentir para tener éxito, para obtener un cargo o un título, para evitar una sanción o para sacar un permiso. Es el doble discurso de una sociedad que, mientras condena la mentira como una conducta anti-ética, la fomenta de todas las formas posibles como único camino para llegar al éxito o a un puesto político. Es la corrupción del lenguaje, de los pensamientos, de las palabras y de los vínculos. Entonces, el que es sincero, el honesto, aparece como el “tonto que no sabe mentir ni disimular».

Recuperar hoy nuestra palabra llena y coherente puede significamos cierta marginación social y en más de un caso de nuestra reciente historia también significó proscripción, cárcel, destierro y muerte.

d) La “necesidad” sobre cualquier otro condicionamiento.

En definitiva, expresarnos desde la necesidad y el deseo profundos de ser nosotros mismos (no hay otra forma de ser) y de tener identidad. Necesidad de crecer como personas adultas y responsables.

Necesidad de expresamos y de ocupar un lugar en el mundo.

Necesidad de pensar, de crear, de sentir, de gozar, de gritar.

Necesidad de amar, de estar con un hombre o una mujer.

Necesidad de intimidad y de hacer silencio.

Necesidad de pensar el país que queremos, de crear un modelo de sociedad más justa y sana.

Necesidad de participar, de ser tenidos en cuenta, de elegir y de decidir nuestro destino.

En definitiva: somos eso que pensamos, que sentimos, que expresamos y que hacemos. Y esa palabra llena de nosotros mismos nos hace recuperar nuestra autoestima y autonomía.

2.3 Algunas conclusiones

a) Se necesita un ambiente sereno, confiado y respetuoso.

Este primer axioma supone en nuestras organizaciones y grupos un ambiente de serenidad, de confianza y de respeto para que cada uno tenga su espacio para decir su palabra. Como contrapartida: eliminar todo lo que implique represión, censura, miedos, amenazas, burlas y castigos.

Es una estructura que asume y permite el error y el conflicto como una condición normal de la existencia y de la comunicación. Desde el error, el conflicto y el disenso se crece y se crea.

b) Hay que verbalizar

La palabra es la mejor forma de sacar afuera eso que tenemos dentro. Y esa palabra se traduce en verbalizar, decir lo que nos pasa, ponerle nombre a las cosas, enfrentar los conflictos. Cuántas cosas hablamos en una familia o institución y qué poco decimos de lo que realmente nos pasa y de los conflictos latentes que se intenta disimular.

A la verbalización se oponen tres juegos peligrosos:

De las adivinanzas: se tiene que adivinar qué es lo que está pensando o sintiendo el otro, o qué está pasando en el grupo, porque no hay información, no se habla, no se pregunta ni se responde.

De las escondidas: se intenta esconder y tapar la realidad y todo aquello que pueda ponerla al descubierto; se habla de lo que a nadie le interesa y se calla sobre lo que realmente importa. Se parte de la base de que aquello de lo que no se habla, no existe (por ejemplo, los desocupados o los indígenas). Se supone así que si no se habla del conflicto, éste no existe o desaparecerá por arte de magia.

De los policías y ladrones: se hace y dice lo necesario para no ser visto ni castigado (los ladrones) o se actúa en función de los que ejercen censuras y amenazas (los policías). Este juego tiene un lema popular: “hecha la ley, hecha la trampa”. Es el final de la ética del lenguaje que ahora sólo consiste en disimular y aparentar.

Se trata de juegos que tapan el conflicto o lo niegan, pero jamás lo resuelven.Porque cuando no decimos lo que realmente nos pasa en un grupo o lo que pensamos, entonces eso que tenemos adentro sale afuera en forma de inconductas (malas caras, boicot, actitudes antisociales, delincuencia, etc.) que son los «síntomas» de la enfermedad de no saber hablar cuando hay que hacerlo. Como dicen los psicólogos: “lo que no se expresa, se actúa”.

Así, la tristeza de la gente, el malestar generalizado, la protesta constante aún con violencia, el aumento de la delincuencia, la drogadicción y el alcoholismo, la agresión en la calle… son las actuaciones y síntomas de viejos conflictos que no se quiere ver, sobre los que no se quiso hablar ni escuchar ni menos resolver.

En los partidos políticos y otras organizaciones, otros síntomas o actuaciones son las rupturas, las internas rabiosas, las agresiones y tantas formas de «zanjar cuestiones» de cualquier forma y con cualquier método. Otras vías de escape son los rumores, chismes e infundios de todos tipo, generalmente en pasillos y fuera del lugar donde se debe hablar. Se dice y hace afuera («acting aout«) lo que debe decirse y hacerse dentro del grupo; en las reuniones se habla «del tiempo» y de temas intrascendentes porque falta coraje para decir lo que realmente se tiene que decir.

Recordemos, finalmente, que en las democracias, el «Parlamento» (el lugar donde se habla o «parla») es el ámbito natural donde la sociedad debiera hablar y discutir sus problemas para buscar las soluciones correspondientes.

Pero cuando el Parlamento no funciona como corresponde o es absorbido por el ejecutivo, la calle se transforma en el lugar de la protesta o surgen grupos y organizaciones alternativas para la solución de los conflictos. Lo importante es que los ‘parlamentarios» hablen en nombre del pueblo y de lo que al pueblo le interesa. Ellos son los «portavoces» de la sociedad. Pero en nuestras democracias tan poco representativas, esa función de»verbalización de la sociedad» se halla fuertemente disminuida; y en más de un caso, los parlamentarios no representan a nadie más que a si mismos o a sus «bloques» partidarios, con escasa o nula relación con quienes los han elegido como sus «verbalizadores».

En síntesis:

El primer derecho del hombre es a ser tenido en cuenta,

a existir como sujeto y como ciudadano,

y a integrase en su grupo, organización y sociedad.

Y esto lo consigue asumiendo su palabra.


ACTIVIDAD Nro. 2

1.Analice el primer axioma. Qué implica hablar «desde mí mismo» y «recuperar mi palabra» (en el nivel individual, grupal, político, religioso, etc.) Relacione este concepto con el de identidad.

2.Profundice en la relación que existe entre tener la palabra y tener el poder. ¿Cuándo hablamos de un hombre o de una sociedad impotente? Ejemplos.

3.A quién o a qué nos referimos cuando decimos la palabra del «Otro». Ejemplos actuales.

4.Qué cambios presupone el recuperar nuestra palabra.

5.Cuáles son los riesgos de una palabra libre. Busque ejemplos.Cómo se puede hacer en las organizaciones para salir del miedo a expresarse y a ser libre.

6.Qué implica la veracidad en la comunicación. Qué se puede hacer para recuperarla. Propuestas concretas para mejorar en su comunidad u organización una información veraz.

7.Cómo se puede lograr en un grupo o institución un clima sereno y confiado, y una estructura que permite y asume el error.

8.Busque ejemplos de «síntomas, inconductas o actuaciones antisociales» en la sociedad en general y en su organización o municipio en particular.