Ética del diálogo político y crisis de legitimidad.Varios

ETICA  DEL  DIÁLOGO   Y   CRISIS  DE  LEGITIMIDAD

1  Ante una crisis de legitimidad  y  de valores

a) Legalidad formal, participación y crisis de la política

Aunque vivimos en un Estado de derecho (hay una Ley o Constitución que rige tanto al gobierno como a los ciudadanos) y con la democracia recuperada, esta democracia tiene grandes limitaciones y ha permitido además que se manifieste con mayor claridad un estado de crisis más amplio y profundo, que va más allá de lo político.

Tenemos un fuerte consenso sobre la legalidad formal de los procedimientos constitucionales en tanto garantizan los derechos individuales, la libertad y la estabilidad política. Pero esta legitimidad no ha alcanzado a promover la participación política de la gente y coexiste con una cierta insatisfacción que la debilita, y que no puede reducirse solamente al problema de la falta de credibilidad y a la crisis de representatividad de la llamada “clase” política.

Lo que parece estar en crisis es la política misma, por su incapacidad para generar los acuerdos básicos de cooperación entre los partidos y entre los distintos sectores de la sociedad. La política aparece cada vez más como un juego entre profesionales, o un negocio reservado a las élites de poder, en el cual la gente no está involucrada y se interesa cada vez menos. Pero la crisis de legitimidad a la que ahora queremos aludir se refiere a una  crisis más amplia y de fondo, de la cual se deriva también la crisis política.

b) Acción estratégica y crisis de valores

Esa crisis parece provenir del predominio exclusivo de la acción estratégica en todas las relaciones políticas y sociales, de modo que en lugar de relaciones interpersonales desde el diálogo y el respeto al otro, lo que existe es la instrumentalización de los otros para reducirlos y dominarlos. Cada uno busca sus propios fines sometiendo la voluntad del otro, buscando el éxito y el resultado positivo sin ningún tipo de limitación ética. Todo vale, incluso la manipulación y el engaño, con tal de conseguir resultados. Pareciera que las cuestiones éticas se transforman en simples cuestiones técnicas y estratégicas. En lugar del diálogo, en todo caso se usa un buen sistema de “relaciones públicas y marketing” para conseguir lo que se pretende. Cuando se usa esta “comunicación estratégica” en todos los campos (no solo en el comercio donde siempre tiene que existir cierta forma de estrategia con los competidores), se disuelven los vínculos comunicativos fundados en valores y creencias de la tradición cultural, y todos los sistemas de valores normativos de la convivencia social entran en crisis.

No se trata de la crisis de ciertos valores o formas institucionales cuya validez se cuestiona. Es una crisis mucho más radical sobre el obrar conforme a valores  o  normas de conducta. En una relación puramente estratégica, el sujeto ya no se plantea la cuestión de la  verdad, rectitud, veracidad y legitimidad, sino solamente el éxito de los propios fines, sin importar que se actúe en forma justa o injusta, legítima o ilegítima. Como suele decirse: “todo vale”. En este contexto no tiene sentido hablar de un diálogo  serio, honesto y veraz, pues sólo existe una parodia de discurso.

c)  Ausencia de una concepción única del mundo y de sistemas de valores universales

El problema es poner límite y regulación a esta cultura de la competitividad y del éxito tan difundida últimamente, porque su absolutización llevaría a la caída de todas las barreras éticas y aún jurídicas, en una especie de maquiavelismo total (“el fin justicia los medios” o “el éxito ante todo”)

Sólo así podemos comprender el fenómeno generalizado de la corrupción y el vaciamiento del sentido mismo de la política. La raíz de todo esto está en el debilitamiento de todos los sistemas de ideas y creencias que orientaron hasta ahora la vida de los individuos y las sociedades. No solo las ideas religiosas y las convicciones tradicionales, sino también las grandes ideologías modernas van perdiendo vigor y capacidad para aglutinar a la sociedad en su conjunto.

Ya no existe una concepción del mundo y de la vida

que sea compartida por todos los hombres (de una sociedad o país, al menos) y

en la cual se sientan cohesionados.

No parece quedar ningún sistema de ideas y creencias universalmente reconocido

que sea capaz de fundamentar la convivencia y

de orientar las acciones individuales y sociales de los hombres.

Se trata, pues, de una crisis radical de fundamentación de los sistemas normativos  de todo el orden social, económico, político, jurídico y cultural, y no sólo lo que vulgarmente llamamos moralidad. Al no existir un mínimo de principios y valores aceptados por todos, entonces todos los sistemas normativos quedan como en el aire y pierden validez y consistencia, y en cualquier momento pueden ser impugnados y quebrantados.

Lo novedoso de esta situación es que no aparece en el horizonte ningún nuevo sistema de ideas o concepción del mundo que pueda substituir al esquema cuestionado tradicional de nuestra cultura. En Latinoamérica, por su parte, esta ola puramente estratégica se impone por la globalización como un elemento puramente externo, acentuando el divorcio entre la sociedad real (que todavía vive los valores tradicionales) y la nueva propuesta tan difundida por los Medios de Comunicación. Tenemos una rica historia de valores propios, culturales y éticos, pero sin fuerza para imponerse como criterios de la acción social y política, y de una libertad positiva creativa.

Son pocos los que creen que, mediante el diálogo, el respeto, la solidaridad y el amor se puedan resolver los problemas. No se  cree en su “eficacia política”.

En la práctica ya no existe una sola concepción del hombre, sino una pluralidad de concepciones sobre el hombre y el sentido de la vida, sobre la escala de valores y los ideales del individuo y de la sociedad en general.

Así, por ejemplo, se afirma que lo único importante en la vida es la utilidad, el dinero, el éxito material (liberalismo capitalista) o que la vida no tiene sentido alguno, o que sólo vale vivir el instante y el presente (posmodernismo nihilista).

d)  El único camino del Diálogo en el respeto y el pluralismo

Estamos muy lejos, por lo tanto, de poder partir de una única verdad aceptada por todos, y ahora sabemos que solamente podemos estar en su búsqueda constante en un proceso siempre abierto, pero que nunca la podremos alcanzar como tal. De allí la tentación de algunos sistemas sociales de imponer una verdad como única en forma dogmática, algo que de ninguna manera podemos ya aceptar.

El único camino que nos queda es el largo camino de

buscar, investigar, dialogar e intercambiar opiniones,

desde el respeto y el pluralismo.

Pero, entre tanto, la vida sigue su curso y los problemas no pueden esperar que se encuentre una solución teórica. Las cuestiones prácticas del derecho, de la política y de la ética tienen una verdadera urgencia, urgencia que exige una solución legítima, fundamentada y racional a quienes tienen el deber de tomar decisiones.

e) Encontrar una norma ética

Si ahora vivimos en el pluralismo y relativismo, si ya no tenemos una concepción uniforme y universal, debemos encontrar la forma para fundamentar y legitimar nuestras normas y acciones, porque

sin normas iguales para todos y reconocidas como válidas por todos,

es imposible cualquier vida civilizada y cualquier estructura social.

Según el individualismo relativista ético (típico del neoliberalismo), cada uno elige conforme a sus propias convicciones, valores y código moral que mejor le parezca, primando exclusivamente la conciencia individual y los propios intereses. Queda claro, entonces, que este sistema solo vale para el propio individuo en la esfera de la vida privada, pero no para la esfera pública y social. Entonces, ¿cómo garantizar las condiciones para que la libertad de cada individuo se compagine con la libertad de todos los otros en el marco de una ley o norma general?

Tampoco basta la teoría liberal de que algo se vuelve universal si hay un pacto que así lo establece, un libre acuerdo y un reconocimiento de las partes, sin necesidad de otro fundamento ético o filosófico. Es cierto que el libre reconocimiento de las partes es una condición necesaria para la validez de las normas, pero no parece suficiente, pues pactos también hay en una banda de delincuentes. El que “de hecho” existan pactos y convenciones no supone todavía ningún deber, pues no implica que estén fundamentados ni que estemos obligados a respetarlos.

El problema reside justamente en encontrar una norma moral que convierta en deberpara todos. el procurar el entendimiento con los otros en un vínculo solidario sin dañar a terceros, y que garantice, a su vez, la obligatoriedad de mantener ese acuerdo una vez convenido. O sea: asumir como un deber el hecho mismo de buscar con los otros y de someterse a lo que se consigue mediante el diálogo.

En otras palabras, la validez y obligatoriedad de un pacto presupone otras muchas condiciones normativas y, especialmente, reconocer la norma que obliga a respetar los pactos. Esa norma no puede provenir de otro pacto y así sucesivamente, pues sería un nunca acabar. Por lo tanto, el pacto presupone ciertas normas sociales previas, cuya fundamentación precisamente estamos buscando. No sin olvidar que tanto el relativismo como el individualismo apelan al pluralismo y al respeto a las convicciones ajenas, con lo cualal menos afirman la validez universal de esos valores y ciertas condiciones sociales que permitan una real convivencia y mutuo respeto.

Es aquí donde radica justamente el problema central de la ética: en la fundamentación de la validez universal de las normas. Una respuesta a este problema es la que trae Apel a través de su concepción de una ética del discurso (diálogo), cuyas ideas vamos a presentar.

2  El  punto de  partida  de  todo  diálogo  democrático

a) La Libertad

El problema ya lo había planteado Kant al poner como único presupuesto de la ética:  la libertad de todo ser racional, entendida como la capacidad del ser humano para darse sus propias leyes mediante la razón, con independencia de toda determinación externa. Es un punto fundamental de partida sin el cual no podemos hablar de ética. Nadie está obligado moralmente a nada que él mismo no haya juzgado mediante su propia razón como deber.

b) La Ética del Diálogo

Este principio se debe complementar con lo siguiente: el hombre no puede ser obligado por nada ni por nadie exterior, a no ser mediante argumentos que sean capaces de obtener su libre consentimiento.

Por lo tanto, nadie puede cerrarse al diálogo y a escuchar razones.

De aquí se deriva una ética del diálogo, o ética del discurso, como el único medio moralmente vinculante para resolver conflictos y producir consenso en las relaciones intersujetivas. Es el único procedimiento para fundamentar normas que puedan y deban ser aceptadas por todos en cuanto racionales y universalmente válidas.

En cuanto seres racionales, los hombres sólo pueden ser obligados moralmente si las normas fueron establecidas y fundamentadas a través de un diálogo (discurso) en los que todos hayan podido participar con igualdad de derechos. Sólo así se puede superar el dogmatismo y el individualismo, y se respeta al mismo tiempo la autonomía del sujeto y la universalidad de la norma.

No se trata de meros acuerdos “de hecho”, sino mediante

la participación actual y abierta de todos:

acuerdos  renovados o revisados cuantas veces sea necesario, y

fundamentados solamente en  argumentos.

Toda toma de decisiones que afecte a muchos tiene que ser resuelta a través de un proceso deliberativo en el que todos los afectados puedan, en principio, participar, ya sea en forma directa o por medio de representantes, como sucede en las complejas sociedades modernas. Lo cual supone una real  representación de toda la ciudadanía.

O sea:

sólo podemos tener una ética válida para todos,

si todos podemos participar democráticamente en su formulación.

3  Las  condiciones  de  la  validez  del  diálogo (discurso)

Para que pueda darse un verdadero diálogo capaz de conseguir un consenso racional y transparente, es preciso:

–        Renunciar a todo otro medio que no sea la argumentación misma, como el engaño, las presiones y amenazas, el soborno y todo tipo de manipulación y estrategias correspondientes.

–        Que todos puedan hacer valer sus razones con efectiva igualdad de posibilidades, acercándose a “la situación ideal de diálogo”.

Esto supone la igualdad en la relación, de modo que todos los participantes tengan las mismas posibilidades de hacer oír sus razones e intereses, sin que nadie monopolice el discurso o pretenda argumentar desde una posición de dominio, poder o fuerza. Cuando hablamos de la totalidad de los participantes, en el caso político, nos referimos a la ciudadanía o pueblo, o a los directamente implicados en el caso de problemas particulares (de un grupo, organización o empresa, por ejemplo).

Por su parte, esto supone que existan garantías jurídicas, políticas y sociales para que esta igualdad sea efectiva y realmente  ejercida. La simetría entre los interlocutores es una condición esencial del diálogo o discurso racional, una simetría real y no solo formal o jurídica, de tal manera que todos puedan argumentar y todo pueda ser argumentado, criticado y juzgado por todos.

En síntesis:

un diálogo desde la libertad de todos para participar y

desde la igualdad de oportunidades.

Consecuencia de todo lo dicho es la necesidad de la democratización de todas las instituciones sociales, políticas, económicas, educativas, culturales, de comunicación, y religiosas, con la abolición de todas las formas de desigualdad y dominio de unos sobre otros. Se trata de una ardua tarea, especialmente en nuestros países latinoamericanos, aquejados por una endémica desigualdad social y exclusión, tanto social como dialogal.

Cuando reina la desigualdad,  entonces la ética y la legitimidad del sistema quedan afectados. Y la misma exigencia del respeto a la ley y la obediencia moral o civil aparece como infundada, sin justificación racional y carente de validez o fuerza moral, porque los interesados no han podido tomar parte en las deliberaciones y en la formulación de las normas civiles. Sin esta real democratización de las instituciones, todo nuestro sistema normativo está sospechado de nulidad.

Esta es la exigencia ética básica y condición que legitima toda otra normativa: avanzar en la real participación

democrática que institucionalice un diálogo en todos los niveles y sectores de la vida social, política, cultural y económica.

4  ¿ Política  realista  y  eficiencia  versus   diálogo  y  participación ?

a) Diálogo, Utopía y Realidad

A primera vista podría pensarse que esta propuesta es meramente “utópica” y que desconoce la realidad de la política que se ejerce en la práctica a base de negociaciones estratégicas. Nadie ignora que la racionalidad estratégica se impuso como un hecho en la sociedad moderna. Pero esto no significa que la conciencia social actual no rechace la exhibición descarada de intereses y el estilo manipulatorio de esta estrategia que, generalmente, debe disfrazarse de argumentación y discurso racional para simular, al menos, un mínimo de racionalidad y de democracia.

Toda la parodia de tantas conferencias internacionales de cooperación, mesas de concertación, debates y pactos políticos, etc., en los que todo está concertado y pactado de antemano por los grupos de poder y en los que nadie cree que se va a resolver algo en serio, al menos reconoce que nada tiene valor si no hay un diálogo mínimo para que haya un mínimo de legitimidad y de validez ante la opinión pública. Lo que no existe en la realidad,  un diálogo verdadero, al menos se lo suple con la ficción y la simulación.

Por otra parte, en muchas cuestiones que afectan directamente a millones de seres humanos, como ecología, derechos de la mujer, conversaciones sobre la paz, etc. cada vez se nota más un acercamiento a lo que llamamos diálogo. Lo mismo sucede en la cuestión de los derechos humanos y en tantos foros de tipo privado y aún oficial sobre cuestiones calientes. Por lo tanto, aun en la realidad, la ética del diálogo (discurso) deja de ser una utopía inexistente.

b) Dificultades para practicar la Ética del Diálogo

Se tiene que reconocer que los postulados de la ética del discurso están muy lejos de ser practicados en el campo político, tanto nacional como internacional. Por otra parte, el alto grado de complejidad de nuestras sociedades imposibilita la participación del mayor número de sujetos implicados. Al mismo tiempo, los problemas de tipo técnico y científico requieren, evidentemente, el concurso de especialistas en las áreas respectivas.

Otro problema es la posibilidad de error en los consensos de tipo político y social, aún desde la ética del diálogo.

En este sentido, siempre tendremos que admitir la posibilidad de error, tanto en el plano filosófico como político y social en general, como también en el científico. La mayor participación de actores puede mejorar o no ese margen de error, pero nunca eliminarlo.

Lo que siempre aumenta es el sentido de responsabilidad sobre la base de una mayor capacitación para resolver racionalmente los problemas y conflictos. Como también aumenta, cuantos más sujetos dialogan, la posibilidad de encontrar mejores argumentos. Lo cierto es que no existe  procedimiento alguno capaz de resolver un problema sin margen de error. No hay, pues, infalibilidad cuando intentamos resolver los conflictos, aún con la mejor buena voluntad.

c) Debemos buscar que los procedimientos sean confiables.

Una confiabilidad que viene dada, en primer lugar, por el aporte de los propios afectados. Lamentablemente estos diálogos constructivos en el seno de los grupos y organizaciones de todo tipo, y con amplia participación de los afectados (de las bases sociales correspondientes) no suelen tener canales apropiados frente a la opinión pública ni son tenidos en cuenta por la agenda de los políticos. A lo cual debe agregarse la manipulación delos medios de comunicación, aunque en muchos casos éstos colaboran para que todas las voces sean escuchadas, aunque no siempre de una forma suficientemente ordenada, racional y coherente (con exceso de discusiones, sin llegarse a mínimos acuerdos, no se siguen los temas sino la oportunidad de la noticia, etc.).

Por tanto, un grave problema de nuestra sociedad es la falta de canalización de la opinión pública y la ausencia de debates serios de los problemas que afectan a la mayoría de la población.

También es cierto que un debate abierto sobre tantos problemas de fondo. que exigen mucho tiempo de deliberación, podría llevarnos a una “toma de no-decisiones” y a una falta de eficiencia a la hora de resolver temas urgentes. Pero para eso está el recurso de ladelegación y representatividad, un recurso que no excluye la participación de los especialistas. El problema es que dicha representatividad sea real y no puramente ficticia.

d) El Consenso y la Ética de la Responsabilidad

Otra dificultad se refiere al tiempo, generalmente prolongado, que exige el lograr un consenso, al menos mayoritario. En el campo ético, la norma es que la conciencia permanece libre mientras no se haya llegado a una conclusión o consenso racional. En tal situación, el diálogo debe continuar y cada sujeto asumirá la decisión conforme a su propia conciencia.

Pero en el campo político ocurre prácticamente lo contrario: las decisiones políticas no pueden esperar cuando la urgencia así lo reclama y tienen que tener obligatoriedad vinculante para que la sociedad siga funcionando.

En este caso, no se puede apelar a una ética de principios o de pura autenticidad, sino a la ética de responsabilidad. No puede cada uno apelar a sus principios para oponerse a algo decidido por la mayoría o por un gobierno legítimo. Como puede haber, y los hay generalmente, intereses contrapuestos que dilatan el consenso, y como hay que tomar alguna decisión, entonces se   apela a la legitimación por medio del consenso de la mayoría, con todas sus ventajas y limitaciones. Apelar a la mayoría no significa dar por resuelto un problema, sino atenerse a su dictamen, mientras que el debate continúa y existe la posibilidad de modificar ese dictamen, de modo que lo que hoy es teoría minoritaria, mañana sea mayoritaria. Es lo que sucede en las elecciones para gobernantes y legisladores, por ejemplo.

Pero es importante que, antes de tomarse la decisión por mayoría, exista un debate conforme a las reglas del discurso ético. El debate público y abierto  legitima el consenso mayoritario. En caso contrario, sea porque no hay debate,  sea porque es manipulado (como sucede generalmente en nuestras democracias), la democracia corre el riesgo de transformarse en una oligarquía de tipo autoritario. O sea, unos pocos deciden  y los muchos sólo tienen que obedecer y ejecutar.

Por lo tanto, el voto no corrobora de por sí la verdad o la justicia de la mayoría (ni descalifica las de la minoría). Solamente se trata de una decisión racionalmente responsable (se necesitan autoridades, hay que tomar una decisión urgente…) y surgida de un consenso social perfectamente regulado (por la Constitución).

En estos casos, por lo tanto, ni la mayoría tiene razón ni la minoría está equivocada (de lo contrario no se justificaría que la minoría pueda acceder al gobierno en otro momento). Y si se da preferencia a la mayoría es porque concentra el mayor consenso posible sobre un determinado asunto, y es capaz de aglutinar y armonizar la mayor cantidad de puntos de vista.

Por lo tanto, hay una razón práctica para no cumplir con todos los postulados éticos del diálogo, pero quedando a salvo lo esencial que es la búsqueda de un consenso  desde un diálogo abierto.

En consecuencia, deben escucharse todas las voces por contradictorias que sean, y todos los ciudadanos (sea directamente o por medio de sus partidos y candidatos) tienen que tener la posibilidad de opinar, de ser escuchados y respetados, como también el deber de escuchar a los otros y respetarlos. Una vez más volvemos al tema central: cómo acceder a una democracia efectivamente participativa desde una ética del discurso.

5  Diálogo,  responsabilidad  y  utopía

a) Cooperación interdisciplinaria

Dejando en claro las condiciones de la ética del diálogo (universalidad de sujetos en el diálogo, sin manipulaciones ni presiones, consenso o aceptación por la vía argumentativa), es evidente que esto no excluye el concurso de los expertos, tanto del campo político como del ético. En nuestras sociedades de alta complejidad, no se puede prescindir de los profesionales y expertos en el campo político, científico y técnico.

Pero también se tiene que recabar información y asesoramiento de quienes nos pueden hacer prever los alcances de decisiones de hoy que pueden tener catastróficas consecuencias para el futuro, por ejemplo en el campo de la ecología y en otros asuntos de tipo social y económico. En síntesis, se requiere la cooperación interdisciplinaria de los especialistas de las distintas áreas y disciplinas.

b) Ética de la Responsabilidad y Ética del Discurso

También se necesita una ética de la responsabilidad que tenga en cuenta  la evaluación de las consecuencias directas e indirectas de las decisiones y acciones. No basta la ética de la convicción personal que se aferra a juicios incondicionales según la propia conciencia. Se debe tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción. Demás está decir que este análisis de las posibles consecuencias debe hacerse  conforme a las normas de la ética del discurso (participación sin manipulaciones, etc.), pero sin caer en posturas ingenuas que, por ejemplo, pondrían en peligro la seguridad del Estado frente a otros Estados. O sea, un país no puede correr el riesgo de quedar indefenso (con un desarme unilateral, por ejemplo) frente a otro que no está dispuesto a su vez a practicar la ética del discurso, lo que suele suceder en la mayoría de los casos (es el planteo de Occidente frente a Saddam Husseim, por ejemplo).

No siempre existe en todos en determinado contexto histórico la buena voluntad para dicho diálogo. En estos casos, la ética de la responsabilidad puede aconsejar cierta postura estratégica (mantener las fuerzas armadas, por ejemplo, para preservar la existencia del propio país y evitar una invasión enemiga con todas sus consecuencias).

O sea, el diálogo no puede renunciar a ciertas estrategias cuando hay motivos para suponer que la otra parte no está dispuesta a renunciar a su propia estrategia o no tiene voluntad de dialogar.

Esto produce naturalmente un cierto círculo vicioso y pareciera suponer que alguien tiene que dar el primer paso para salir de ese círculo (pues tanto uno como otro creen que el adversario no tiene voluntad de diálogo ni una actitud positiva de cooperación). Alguien tendría que hacer un acto de confianza… En este terreno debemos tener en cuenta que los cambios demandan tiempo y nuevas circunstancias (como sucedió con el fin de la guerra fría) y que

un verdadero diálogo entre naciones y dentro de cada sociedad

es una meta a conseguir a largo plazo  y con grandes dificultades.

Entre tanto, hay que ir encontrando un camino moralmente correcto que sea al mismo tiempo eficaz y responsable en el contexto actual en el que siempre hay una distancia entre el ideal y la realidad. Se trata de un largo camino de aprendizaje, no solo para encontrar un camino de diálogo, sino también para destruir las barreras que generan desconfianza en el otro, ese otro que también puede tener motivos para desconfiar de nosotros.

En definitiva, la ética del diálogo político nos plantea un ideal que tiene que orientar nuestras decisiones, aunque en la práctica siempre estemos lejos o a un paso de lograrlo.

c) Límites éticos de la acción estratégica

Todo obrar responsable está condicionado a partir de una situación histórica. En este contexto, la cuestión más delicada de la ética de la responsabilidad es la de los límites o alcances admisibles de la acción estratégica,

para lo cual no creo que se puedan encontrar fórmulas generales. El horizonte de una comunidad ideal aparece naturalmente como una utopía, o sea, algo que ahora no tiene lugar, pero a lo que aspiramos en una constante superación. Pero no es una utopía total sin lugar alguno en el mundo, sino que ya vemos algunas de sus realizaciones y podemos comprometernos a aumentar su radio de influencia.

En todos los campos (familiar, social, político, educativo, etc.) constatamos la necesidad de esa ética y comprobamos realizaciones más o menos embrionarias o acabadas, y constatamos que nuestra relación con los otros no puede reducirse a una simple estrategia para manipular o dominar.

Por otra parte, es evidente que ciertas acciones sociales (el deporte competitivo, el comercio, etc.) requieren una comunicación estrictamente estratégica, pues no tendría sentido, por ejemplo, aclararle al adversario la forma en que se va a actuar… Estamos hablando de situaciones perfectamente reguladas por la sociedad conforme a normas o reglamentos aceptados por todos los interesados (por ejemplo, reglamento de un deporte,  normas de comercio y publicidad).

Pero también es cierto que estas estrategias deben respetar principios más fundamentales como la justicia (no hacer trampas, por ejemplo) y los derechos humanos fundamentales. O sea, en determinados campos se requieren determinados procedimientos estratégicos. La discusión está en los límites éticos de esas estrategias (por ejemplo, en la publicidad y propaganda, en una guerra o competencia comercial, etc.).

Por tanto, las estrategias tienen que ser legítimas, y esta legitimación viene dada por las leyes del discurso ético (consensuadas en igualdad de condiciones, etc., por ejemplo, entre comerciantes y consumidores, entre dirigentes y dirigidos, etc.). La sola vía estratégica convierte a la sociedad en una lucha de todos contra todos, y conspira por tanto contra la construcción de un mundo mínimamente habitable y armónicamente justo. Es que ni siquiera existiría el lenguaje, ni el amor ni la cultura.

Y una última observación: no podemos realizar un diálogo, si no tenemos la palabra y nos sentimos vaciados de nuestra propia historia y tradición, o sea, de nuestra memoria. En vano nos pondremos a dialogar con las otras naciones y culturas, o con los dirigentes de la comunidad,  si no recuperamos nuestra propia cultura, y si no hablamos desde nuestra identidad.

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