Democracia para una sociedad compleja. Zolo

DEMOCRACIA PARA UNA SOCIEDAD COMPLEJA

EL ROL DEL PODER POLÍTICO Y DEL ESTADO

Seguimos con ideas de Danilo Zolo.

Tras el análisis crítico del actual sistema democrático en vigencia, con las diferenciaciones propias de cada país, es fundamental, y este es el objetivo de este capítulo, que profundicemos en el sentido de una auténtica democracia.

Luego del colapso del comunismo, la democracia occidental pareció haberse convertido en el único sistema político viable en el mundo. La democracia misma, sin embargo, está hoy adquiriendo nuevas formas que debemos analizar. Estos cambios se han vuelto tan intensos que hasta podemos cuestionar el mismo nombre de “democracia representativa”. Del mismo modo, otros grandes conceptos del vocabulario de la teoría política parecen haberse vaciado de contenido. Términos como “soberanía de pueblo, bien común, consenso, control, participación, pluralismo, competencia entre partidos, opinión pública” han sido vaciados de su sentido original y hoy no significan casi nada.

De allí la necesidad de una reconstrucción completa de la teoría democrática como es practicada en Europa y América. A pesar de que florece como un ideal y un símbolo en los ex países comunistas y en países de América Latina hasta ayer bajo la dictadura, en realidad, la idea de democracia representativa ya no parece servir para distinguir adecuadamente a los países democráticos de los no democráticos. Esto es cierto, sobre todo, a partir de la democracia desarrollada desde el concepto de doctrina “neoclásica” (Schumpeter, Lipset, Dahl, Plamenatz, Aron, Sartori y otros), o sea, la democracia neoliberal.

Una vez más, comenta siempre Zolo, nos vemos en la necesidad de desarrollar otra teoría de la democracia, para países de una complejidad y de un realismo nunca pensados en los siglos pasados, y que hoy tienen que enfrentar los grandes desafíos de los Medios de Comunicación, de la Informática y de los superpoderes de los Grupos fácticos de poder, especialmente económicos (multinacionales, Fondo Monetario, Banco Mundial, etc.)

1.    Sociedad  “compleja”

1-1 Cuándo una sociedad es compleja

a) Cuanto más elevado es el número de variables que hay que tener en cuenta para tomar decisiones, más compleja se vuelve una situación. Ej.: cuando un gobernante tiene que elegir entre hacer una autopista o no, debe conciliar variables como viabilidad, presupuesto, opinión de la oposición, trazado de la autopista en campos privados, etc. de modo que su decisión no resulta nada simple.

b)  Aumenta la complejidad cuanto más interdependientes son las variables.

Cada variable actúa sobre la otra en una compleja cadena, por lo que se necesita mucha más información para la toma de decisiones. No se trata de sumar variables, sino de ver sus interrelaciones: el aspecto económico con el jurídico, el jurídico con la opinión de los políticos, la opinión de los políticos con la opinión pública, etc.

La inestabilidad y los cambios veloces e impredecibles, aumentan la complejidad

1.2 Características de la sociedad compleja

a)  La estructura social se abre en varias “subsociedades” o subsistemas (político, económico, científico, educativo, religioso, deportivo, de espectáculos, etc.) con una gran variedad de valores, conocimientos, técnicas y lenguajes propios de cada subsistema, y por lo tanto, con gran especialización y autonomía uno de otro. Muy distinto es el caso de las sociedades antiguas más uniformes y centralizadas en el Estado y la Iglesia.

b)  Estos subsistemas, aunque autónomos, están en mutua dependencia.

Ejemplo: una campaña política está condicionada por la TV, pero ésta depende de cierta legislación , y todos dependen del mercado publicitario y la competencia, etc. etc.

c)  Tantos niveles de diferenciación conducen a una “despersonalización”, pues el sujeto se siente como una pieza de recambio, sometido a tantos roles y exigencias que aumenta su inseguridad e inestabilidad. El individuo se siente sometido a un exceso de posibles elecciones, por lo que su decisión es siempre apremiante y difícil frente a tanta complejidad. Baste pensar en un director de colegio que quiere hacer alguna reforma edilicia: debe consultar a los padres, a los alumnos, a la legislación municipal o provincial, ver presupuesto y recursos, etc. etc.

Esta complejidad de la sociedad actual supone también  complejidad para conocerla  y, en particular, para analizar qué pasa con la democracia, sin caer en esquemas simplistas o fundamentalistas, sino captarla desde un “enfoque realista”: o sea, desde su compleja realidad.

Toda esta confusión y pragmatismo nos tiene que llevar a un estudio profundo de lo que es la democracia, dada la gran complejidad de nuestro mundo social y político. Esto supone instalar un debate político de fondo en nuestros Partidos Políticos, siempre ocupados en hacer cosas, en tapar agujeros, y no en dedicar un tiempo para pensar seriamente dónde estamos, qué estamos haciendo y hacia dónde vamos. Hay como un miedo al estudio y al debate profundo de los temas. Por lo tanto:

–        Replantearnos los valores, las metas y el significado de la política.

–        Y desde allí, redefinir las nociones de política, deber político y democracia.

–        Darle a la política su valor propio y autónomo, liberarla de tanta palabrería y de tantos conceptos vacíos que hemos heredado de estos siglos de democracia liberal.

Necesitamos descubrir la íntima relación entre política y ética, para lo cual será necesaria una transparencia total de las instituciones políticas, económicas y militares, además de disponer de una información exhaustiva acerca de los presupuestos que hay detrás de tantas decisiones políticas y de sus consecuencias.

Esto significará que tengamos una opinión pública competente, activa y capa  de elegir por sí misma, sin manipulaciones.

2.  La Política debe controlar  los riesgos sociales

a) Visión realista de la política, seguridad y libertad.

Teniendo en cuenta la alta complejidad de nuestra sociedad, necesitamos un visión realista de la política, que compagine e integre las exigencias universales de la justicia con los intereses particulares en juego en la arena política.  Este realismo – tomar la política en su contexto histórico y social, comprendiendo toda su complejidad- se aparta de cualquier punto de vista teórico, optimista o pesimista, sobre “el ser humano”. La historia, como la política actual, está llena de ejemplos de generosidad incluso hasta el heroísmo, pero también de todo tipo de crueldades y corrupción. Tomamos al hombre concreto tal cual piensa, siente y vive hoy, siempre tironeado por la búsqueda de seguridad y por la necesidad de libertad.

Realismo político no significa “oportunismo” ni pragmatismo exitista… No olvidemos que nuestra sociedad es una re-pública, un conjunto real de personas con conflictos y problemas reales, que exigen respuestas y soluciones reales…. y una democracia “real”.

La política, por lo tanto, no puede reducirse a aplicar fórmulas o recetas moralistas o a declamar grandes principios, sino que debe tomar decisiones, que nunca serán totalmente imparciales ni absolutas, dando soluciones  a los conflictos, que nunca podrán contentar a todo el mundo.

Estas son nuestras preguntas:

¿Cuáles son las funciones del poder político en nuestras sociedades tan complejas y diferenciadas? ¿Qué espera la gente del sistema político? En definitiva: ¿Cuál es la función específica del poder político?

A lo que respondo que, en las sociedades modernas, la función específica del sistema político es controlar los riesgos sociales, reduciendo de ese modo el miedo y la inseguridad.

Esto significa que la función política (el gobierno, el Estado) debe reducir la inseguridad -individual, social, etc.-  evitando todos los riesgos. Los seres humanos, por una menor especialización instintiva, estamos más expuestos a los peligros, frente a los cuales sentimos el miedo como impulso básico. Esto nos da una condición de perpetua inseguridad y fragilidad.

El miedo es la reacción del hombre ante la diversidad de peligros en un medio ambiente complejo. Aunque otros nos inyecten elementos de orden y estabilidad, nadie puede garantizar nuestra estabilidad; no hay ley, tendencia o instituciones que puedan hacerlo. Por lo tanto, vivimos con la sensación de riesgo, impredecibilidad y con la posibilidad del fracaso, a pesar de los mecanismos internos o externos para “tranquilizarnos”.

Esta sensación aumenta, por supuesto, en sociedades más dependientes y más pobres de recursos, o en los grupos más carenciados y débiles.

Ante esta situación, la Política selecciona posibilidades y toma decisiones para garantizar la seguridad, con normas, prohibiciones y aún castigos.

Así el sistema político alcanza dos objetivos:

–        Primero, produce confianza en la sociedad que puede moverse desde reglas colectivas con expectativas estables. El ciudadano se siente seguro y protegido, ahorrando tiempo y energías en  una búsqueda incesante de seguridad y tranquilidad.

–        Segundo, el sistema político excluye al máximo los riesgos y las frustraciones de la vida social que, de producirse, llevarían al pánico, la violencia, la ilegalidad y el derrumbe de la confianza, etc. Al mismo tiempo, deja a la libertad individual la tarea de neutralizar los riesgos menos importantes (de tipo personal, familiar, comercial, etc.). Así, el sistema político tiende a evitar asesinatos, atracos, etc. pero no se mete en comportamientos propios de la amistad, el amor, el desempeño laboral, etc. que el propio sujeto puede  regular por sí mismo.

b)  El  sistema político  tiene  dos  criterios  operativos:

1.  Combinar la seguridad con la libertadasí tenemos la variable principal que distingue a un sistema político de otro, o sea, qué cantidad de riesgos asume el sistema y cuánta libertad deja. Así, un Estado que otorga demasiada seguridad y todo lo controla, limita la libertad de la gente. Su tendencia es hacia el paternalismo y el totalitarismo. Pero si subraya la libertad del ciudadano ante todo, entonces deja mayor margen de inseguridad social. Es el caso de la democracia, siendo su ejemplo extremo el neoliberalismo con el Estado Mínimo.

En nuestra tradición argentina es evidente el primado de proteccionismo paternalista, alternando entre la constitución y el despotismo, con acento siempre en el autoritarismo. Si el autoritarismo-paternalista tiende a quitar el miedo al riesgo, también aumenta el miedo al sistema político…

Pero dentro de cada Estado o sociedad, los diferentes grupos sociales también pueden tener distintos peligros y miedos, de modo que sus criterios de seguridad también son diferentes; y es evidente que esa seguridad-libertad depende de los recursos de cada grupo. Los grupos menos favorecidos necesitan una mayor protección social del gobierno que debe garantizar la posibilidad de acceder a los recursos necesarios para una vida segura y estable.

En esta tarea de aumentar la seguridad y reducir los riesgos, se produce una frontera de lo interno-externo, o si se prefiere inclusión-exclusión. El sistema marca la frontera de lo seguro, y queda afuera lo peligroso, desviado o extraño (los griegos lo llamaban “bárbaro”), sean comportamientos, actitudes, personas, etc. Todas las organizaciones políticas (nacionales, internacionales, movimientos) se manejan con esta dialéctica inclusión-exclusión: se compactan y afirman  hacia adentro, y muestran límites y hasta agresividad hacia afuera. Y así el mismo sistema “crea” sus enemigos internos y externos. Desde el momento en que se habla de una oferta de protección y seguridad, se está aludiendo a posibles elementos “contra los cuales” hay que protegerse y reducir el miedo. Por eso no se puede prescindir de la policía y del código penal (hacia adentro) y del ejército (hacia afuera). En caso de lucha: al enemigo se le miente, engaña, se lo presiona, se usan espías y un servicio secreto. Del mismo modo, todo Estado defiende fronteras externas, pero también fronteras internas que no pueden ser atravesadas sin castigo (fronteras jurídicas, éticas, culturales…).

2.  El segundo criterio operativo de la política es la relación entre el poder y la subordinación y obediencia.

La concentración del poder, junto con la distinción de roles y funciones entre gobernantes y gobernados, es típica de todos los grupos sociales organizados. Este poder tiene la aptitud de producir decisiones vinculantes, respaldadas incluso por el uso de la fuerza. Es decir, se establece una vinculación asimétrica: unos tienen el poder y otros les están subordinados. Los poseedores del poder, en proporción al grado en que lo posean, garantizan la seguridad de los subordinados. A cambio, reciben su obediencia.

El sistema político es una estructura social que cumple la función de protección real(seguridad de la vida, defensa militar, derechos individuales, etc.)  y de protección “simbólica”; o sea, hay instituciones, rituales, prescripciones, etc. que dan a la ciudadanía esa sensación de estar protegidos, de que hay seguridad y orden.

Por lo tanto, aún los  rituales, simbolismos y formalidades del sistema político (uniformes, himnos, banderas, actos solemnes, respeto a las autoridades, etc.)  desempeñan ese rol de dar seguridad simbólica, esa sensación de que “esta sociedad funciona bien”… Lo mismo sucede con el ritual de las votaciones: al menos dan la sensación de que tenemos democracia; o con la militancia que da un sentido de identidad a unos frente a los simples afiliados o ciudadanos.  Este conjunto de rituales y símbolos (más o menos sentidos o carentes de sentido…) otorgan al menos “la ficción de la soberanía del pueblo” y de su pertenencia a una comunidad de decisores libres e iguales, solidarios y responsables. Pero,cuando estos símbolos pierden su sentido y van acompañados de inseguridad, falta de participación, etc., entonces viene el fenómeno de la apatía política y del abstencionismo.

Demás está decir, que en toda esta estructura de poder-subordinación, no florecen los idealismos ni los grandes principios universales, sino la cotidianidad de egoísmos y conflictos entre grupos e instituciones, relaciones de liderazgo, padrinazgos y “cambalacheo” político. Los intereses individuales y grupales compiten ante la  “escasez de poder” (qué pocos candidatos para tantos aspirantes…) cuya posesión abre las puertas a otra infinidad de nuevos beneficios. También esto es criterio de realidad.

En medio de este “juego” político de fuerzas e intereses, se dan alianzas y conflictos, consensos y exclusiones. Un complejo juego, donde todos, al fin de cuentas, respetan las reglas para no caer en el “riesgo” del caos, de la violencia y del conflicto abierto. Un juego donde no puede jugarse a todo o nada, a matar o morir, pero donde se usa toda la fuerza necesaria para sacar el mayor beneficio posible. Ejemplos: concertaciones entre obreros y patrones, reconocimiento del triunfo de la mayoría, aceptación de un plebiscito, etc.

3. Teoría  democrática  para  una  sociedad  compleja

3.1.  Miedo,  seguridad  y  democracia

La idea de democracia necesita ser repensada a la luz del enfoque realista, en una discusión ampliamente fundamentada. Si se aceptan las premisas anteriores (complejidad, valores de la seguridad y libertad, y relación de poder y subordinación), entonces hay que preguntarse qué relaciones existen entre estas categorías políticas y las teorías de gobierno democrático.

a)  Gobierno monocrático.

Cuanto mayor inseguridad exista (como en los comienzos de un pueblo, en guerras y convulsiones sociales) más seguramente se recurre a un gobierno  mono-crático – a lo sumo, oligárquico – con funciones protectoras del sistema político. Este sistema político, a menudo de tipo despótico y totalitario, de autoridad sacerdotal, paternalista o mesiánica, pone el énfasis en la protección contra el desorden, la anarquía y los conflictos internos. Es el Estado que nace del caos y que funciona especialmente en sociedades con bajo nivel de diferenciación, siendo casi impensable un gobierno democrático. Mediante la emisión de órdenes que obligan a todos, y el uso de estructuras simbólicas de disciplinamiento, el poder político restringe el arco de experiencias individuales, logra mayor control, coordina los comportamientos de los sujetos y apunta a la tranquilidad social.

Un ejemplo extremo es el “Estado extraordinario” o la típica “dictadura” griega ante situaciones de extremo peligro, con máximo de concentración de poder y obediencia incondicional.

Cuanto más graves e incontrolables son los peligros externos e internos, más intenso es el miedo, y más controlador se vuelve el Estado. En estas sociedades el miedo ocupa un lugar importante: tanto hacia los peligros (reales o imaginarios) como hacia la misma autoridad. Ambos miedos se interconectan mutuamente.

Cuando aumenta la complejidad y conflictividad social, sólo la amenaza de una sanción soberana es capaz de imponer orden y seguridad. Y en estos casos el Estado refuerza los límites de inclusión-exclusión y los introduce en la conciencia de los ciudadanos, al punto de crear una opinión colectiva esclava, del tipo de una creencia religiosa (como sucede en las teocracias absolutistas).

Lo mismo sucede con la obediencia, que aumenta correlativamente con la concentración del poder en una relación cada vez más asimétrica (desigual). Es el precio para reducir la inseguridad. Esto explica la supervivencia por milenios de los sistemas teocráticos y monárquicos, considerados como “el sistema”  perfecto de origen divino. En otras palabras: la función sobre-protectora del Estado tiene un costo excesivo para la libertad y desproporcionado con las ventajas que otorga.

b)  La democracia,en cambio, es un fenómeno completamente moderno, que surge desde la revolución industrial, cuando se produce un proceso de mayor diferenciación y autonomía de la sociedad civil, que logra mayor autonomía frente a la  función política y al Estado, y cuando el “corporativismo” (iglesia, nobleza, etc.) da lugar a la representatividad de los ciudadanos. De esta manera, las teorías clásicas de la democracia  se presentaron  como un desafío radical y subversivo contra el régimen absolutista reinante. Rechazan toda restricción de los ciudadanos y reducen las relaciones asimétricas y jerárquicas entre el gobierno y la ciudadanía.

Surge así una clara distinción entre las estructuras normativas y burocráticas del estado-nación, por un lado,  y “la sociedad civil”, por otro, en cuyo seno florece la burguesía como grupo social, reclamando libertad e igualdad. Libertad de la ciudadanía y de todos los ciudadanos frente al cuerpo político (libertad-liberación). O sea, la democracia acentúa la libertad, pero con riesgo de menor seguridad para los ciudadanos.

Simultáneamente van surgiendo las autonomías de los sub-sistemas: el político y el económico, el religioso, el familiar, etc. Surgen los nuevos derechos ciudadanos, entre ellos la propiedad privada y la libertad económica, planteados como corolarios de la “ley natural”.

A partir de la democracia, el mismo poder político deberá someterse a procedimientos políticos para el control colectivo de los riesgos sociales. Para eso, la soberanía del Ejecutivo es limitada por otro elemento soberano: el Parlamento, capaz de representar, en el sentido fuerte del término, la exigencia de autonomía de los ciudadanos que son libres e iguales.

En consecuencia, será preciso que un sistema constitucional desempeñe la función “protectora” secundaria, la de proteger a los miembros de la sociedad civil “de los peligros de la protección política”. O sea, de sus abusos.

c)  En la democracia, la ciudadanía participa  del poder, o al menos controla al poder político, siempre tentado de expandir amenazadoramente su poder. Para esto existe la división de poderes, y no simplemente como una pura división de tareas. Es un sistema de auto-limitación. (ejecutivo, legislativo, judicial).

El resultado de este proceso es

–        la limitación general de la intensidad y alcance del poder estatal,

–        un aumento de la libertad creativa de los ciudadanos y, correlativamente,

–        una merma de las funciones protectoras y controladoras del poder político.

Esto implica que la democracia aumenta en complejidad social, y por eso mismo, aumenta la inseguridad y riesgos sociales.

Muchos nostálgicos del autoritarismo critican a la democracia por esta mayor inseguridad y falta de orden, como también por cierta ineficacia en resolver los asuntos.

El riesgo de la democracia (inseguridad, menor eficacia que la mono-cracia) requiere un buen funcionamiento de las instituciones democráticas: en lugar de estructuras “verticales” de poder, es preciso ahora un mecanismo reflexivo capaz de subordinar la soberanía del Estado a la ciudadanía, y la ciudadanía a la soberanía legítima del Estado (orden, seguridad, cumplimiento de la ley). En consecuencia, desaparece la heteronomía y surge la autonomía:no hay restricción de la libertad desde afuera sino “desde dentro” de la misma sociedad. La ley es creada por la comunidad, primero, y obedecida después.

Este enfoque democrático habla de por qué la democracia significa la caída de todo sistema despótico, pero también de  por qué sus ideales resultan tan difíciles de ser llevados a la práctica.

Y cuanto mayor es la complejidad de nuestra sociedad, más difícil se hace practicar la democracia, complejidad ampliada por los adelantos técnicos y la comunicación, las administraciones tan complicadas, la cantidad de intereses individuales y grupales, las nuevas emergencias de problemas y conflictos sociales, la multiplicación de riesgos amenazantes… Todo se junta para hacer difícil el gobierno de los países postindutriales por medios democráticos, a fin de encontrar la voluntad general y cierto consenso dentro de tantos intereses particulares en juego. Pareciera perderse el sentido colectivo de sociedad y de nación, de historia compartida y de grandes principios universales y emancipadores, mientras surgen otros grupos de identidad y de motivaciones, aún de regiones dentro de un mismo país. Estamos, pues, ante un nuevo tipo de inseguridad.

Pero al aumentar la inseguridad se hace necesaria una mayor cantidad de poder concentrado en el gobierno, más rápido en sus decisiones y más positivo (o sea, poder de hacer, planear y construir, resolviendo los problemas con eficacia.). En consecuencia: surge el riesgo de la inflación del poder, con muchos poderes públicos y privados que pueden bloquearse mutuamente, amenazados por fuerzas internas y externas difíciles de coordinar.

Estos conflictos llevan a menudo a soluciones opuestas a los principios de la democracia liberal, como son las constantes restricciones en el tema sexual, drogas, experimentos científicos, freno de la inmigración, tráfico de armas, etc. En definitiva: en nuestras sociedades tan complejas aumenta el poder del gobierno y se limita la libertad de los ciudadanos.

3.2.  La doctrina clásica de la Democracia  ¿es  hoy  aplicable?

a)  La teoría clásica (desde la era industrial y la revolución francesa y siguiendo los lineamientos de la democracia griega) se fundamenta en la participación y la representación, aspectos que no deben confundirse.

Sobre la base del bien común y de la voluntad popular, se considera que hay mayor democracia cuando los actores, el contenido y los criterios de decisión política más coinciden con la voluntad popular, con lo que el bien común y la voluntad popular vienen a ser lo mismo.

En las posturas más radicalizadas (Rousseau, Marx) la identificación entre democracia, voluntad popular y bien común es completa.  El poder sólo es legítimo si está sometido a las elecciones, y es más democrático cuanto más controlado es, y las decisiones son más democráticas cuanto más consensuadas son.

El modelo idealizado de esta democracia es la polis griega con su asamblea popular, como instrumento de acción.

b)  Esta visión se contrapone a la visión realista que estamos proponiendo de la relación entre democracia y complejidad, pues hay diferencias abismales entre aquella sociedad y la nuestra.

  1. El sistema político ya no es un centro que absorbe todas las actividades, como pensaba Aristóteles, sino un sub-sistema funcional con actividades específicas, junto a otros sub-sistemas (económico, tecnológico, científico, religioso, etc.)
  2. La idea aristotélica de bien común presupone que todo ciudadano sea capaz de ver sin dificultades qué es bueno, tanto para sí como para otros. También supone que los conflictos se resuelven por consenso mediante la reflexión, la discusión y la persuasión, teniendo todos como base los grandes postulados de la justicia y de la igualdad social.
  3. Así los ciudadanos, conscientes del bien común, se encaminan hacia su búsqueda permanente en virtud de su sentido natural de la justicia. Lo que supone, que no hay conflicto entre el bien común y los intereses particulares que naturalmente se le van a subordinar.
  4. Es una visión optimista que no tiene en cuenta el factor de los recursos sociales (dinero, propiedad, poder, tiempo, seguridad, prestigio, conocimientos, etc.) e instrumentos de poder responsables de la asignación de dichos recursos. Por lo tanto, idealiza la igualdad social sin tener en cuenta la distribución desigual de los recursos.
  5. En conclusión, se desconoce que la Política es en realidad el mundo de los conflictos y desacuerdos, que no pueden ser tan fácilmente resueltos por vía de consenso e imparcialidad. El poder político, aunque quisiera, no tiene recursos suficientes como para acceder a tantas demandas, y enfrentado ante intereses contrapuestos, toma decisiones en favor de unos y en contra de otros. Tales decisiones, lejos de ser el resultado de un análisis del bien común o general, suelen ser el resultado de exigencias oportunistas y de presiones internas y externas.

6. Por otra parte, la complejidad de las decisiones a tomar, hace prácticamente imposible la  participación ciudadana en todas y en cada decisión, como también es imposible darle a los ciudadanos toda la información de cada caso, aún de los importantes, o que tengan tiempo para analizar todos los datos que llegaran…

Concluyendo, es fácil predecir que ningún régimen político futuro será capaz de “mantener las promesas de la democracia” si no puede armarse de procedimientos legales e instituciones político-administrativas cada vez más complejos, más especializados y flexibles como para resolver la complejidad de los conflictos. En consecuencia, y a pesar de la natural nostalgia por una democracia lo más directa posible, el modelo democrático clásico parece no del todo adecuado para la situación postindustrial que estamos viviendo y debe encontrar nuevas formas de participación y representatividad.

CONCLUSIÓN  GENERAL

Este análisis realista de la actual democracia, concluye Zolo, que puede dejar un dejo de pesimismo, debe ser el punto de partida para un gran debate sobre la democracia y sus fundamentos teóricos, hoy en una sociedad compleja y altamente diferenciada, como es la nuestra. La democracia vive serios peligros, especialmente por la cuestión social y por la aparición de nuevos problemas que parecen desbordarla, incluido el terrorismo y el desequilibrio ecológico.

Pero lo que más alarma es la ausencia de un pensamiento político y de la capacidad de gobernabilidad que nos llena de cierta “melancolía democrática”, añoranza de participación y representatividad.

Necesitamos reconstruir una teoría de la democracia que sea fiel a sus postulados fundamentales y a la actual situación de complejidad.

Hoy asistimos a la hegemonía de regímenes autocráticos de las oligarquías liberales, con un pluralismo de gobiernos-privados y una competencia política entre grupos.

No vemos casi nada que se parezca a “soberanía popular, participación, representación, opinión pública, consenso e igualdad. Sobre todo la igualdad social es una de las promesas menos cumplida por la democracia”.

 

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