Crítica al Neoliberalismo. Zolo

CRÍTICA  DEL  NEOLIBERALISMO

Presentamos con arreglos y adaptaciones ideas del libro: “Democracia y complejidad, un enfoque realista”  de Danilo Zolo , Editorial Nueva Visión

EL Objetivo de este tema y del siguiente es realizar una crítica del modelo político neoliberal para analizar las dificultades y crisis del actual modelo democrático en las sociedades complejas en que vivimos y repensar una forma democrática adaptada a nuestra situación e instalar un profundo debate político.

El lector se encontrará con algunas ideas ya dichas en temas anteriores, pero siempre es importante profundizar en lo que es esencial para nuestra vida política.

1.    Análisis crítico de la teoría “economicista” de la  política  neoliberal.

a) La crítica más suave que se le puede hacer a este esquema (siempre según Zolo) es que reduce al máximo los motivos, expectativas y objetivos con los que la ciudadanía debe actuar en un régimen democrático. Sus ideólogos confunden las razones “egoístas” que se hallan por debajo de las acciones políticas con las razones “egoístas” del comportamiento económico; y utilizan las categorías de la economía para interpretar las experiencias políticas y sociales, por lo que su esquema es simplista y obsoleto. No negamos que existan intereses egoístas en muchos políticos. Pero negamos que existan en todos, y que esos intereses egoístas sean el fundamento de la democracia moderna.

No podemos admitir que todo consista en un gran mercado en el que los políticos son  simples empresarios que hacen propaganda de sus ideas sólo para que los ciudadanos consuman sus productos por medio del voto.

Por eso han proclamado el fin de las ideologíascon la intención práctica de ocultar la dominación de la ideología neoliberal-conservadora (como dice David Easton). No tenemos que olvidar que los especialistas liberales también tienen motivaciones ideológicas y metas declaradas, latentes o presuntas, de sus acciones y elecciones políticas.

b)  El mito de  los  representantes  del  pueblo

El Neoliberalismo excluye del sistema democrático el sentido fuerte de la representación,  punto crítico del actual sistema democrático. Suponen que sólo en sociedades muy simples y pequeñas los electores pueden depositar en los elegidos su voluntad general para que la ejecuten convenientemente. También se aduce que hoy los políticos profesionales tienden a agruparse en una élite de poder que, unida a las élites económicas y profesionales, se motivan por intereses muy distintos a los de la mayoría ciudadana.

Tampoco los partidos políticos cumplen el rol de representar los intereses ciudadanos, sino que son entidades que luchan competitivamente por el poder político, en forma similar a los empresarios económicos. Para conseguir el poder, no dudan en utilizar medios de presión y manipulación de la información y de la propaganda, para “modelar” y hasta crear la voluntad popular a fin de adecuarla a sus propios deseos.

Respecto al Parlamento: se afirma que los parlamentarios no son representantes del pueblo… pues representan intereses particulares de la burguesía o de la oligarquía frente al poder centralizador, o simplemente obedecen indicaciones de sus partidos.  Por otra parte, los representados (el pueblo) no pueden ejercer control alguno sobre sus representantes, que, en realidad gozan de total autonomía a la hora de decidir, sin tener que rendir cuenta ante nadie, salvo cuando se presenten las nuevas elecciones. En todo caso, son responsables ante la nación o ante la opinión pública, pero no ante sus propios electores. Se supone , por lo tanto, que la esencia de su representatividad está en su capacidad “para interpretar” los intereses de la nación (delegación “fiduciaria”, sin mandato). Por tanto, en las  votaciones los electores no dan un mandato sino que designan a quienes han de cumplir una función política específica y autónoma.

En todo caso, la doctrina de la soberanía popular sirve como una máscara ritual. Es decir, funciona sólo como un símbolo social y ritual.

Por eso. según Norberto Bobbio, una de las promesas incumplidas de la democracia representativa es, precisamente, este predominio de la representación de intereses particulares sobre la representación general  del pueblo.

c)  Las promesas  incumplidas de la  democracia.

“La experiencia demuestra que, en nuestros tiempos, los gobernantes que han hecho grandes cosas son aquellos que dieron poca importancia al mantenimiento de la palabra, siendo más bien, diestros en confundir astutamente a los hombres. Podríamos contar numerosos ejemplos de ellos y mostrar cómo muchas promesas se han vuelto nulas y vacías”   (Maquiavelo, El Príncipe).

Norberto Bobbio en “La crisis de la democracia” habla de las promesas rotas de esta democracia mínima, insistiendo entre el abismo que hay entre los ideales democráticos y “la democracia realmente existenteLa democracia actual, lejos de reflejar los ideales de Rousseau (1712-78) y seguidores, muestra hoy “efectos perversos, degradación de la vida pública, el espectáculo vergonzoso de la corrupción, de la ignorancia cabal, el afán por trepar y el cinismo con que el grueso de nuestros políticos nos obsequian todos los días”.

Estas son las Promesas rotas de la Democracia:

  1. Ante todo, la de la soberanía popular, arrasada hoy por la burocracia pública y los partidos de masas (o partidos de todos el mundo, sólo preocupados por “agarrar votos” (catch all) .
  2. Los individuos ya no son agentes-actores principales de la vida política, sino los grupos, partidos, sindicatos, profesiones y especialmente las grandes organizaciones privadas y públicas. Un individuo que se halle fuera de estos centros de poder, no tiene nada que hacer. La autonomía hoy está en esos grupos de poder, no en los ciudadanos. Las condiciones modernas son cada vez menos favorables al desarrollo democrático.
  3. Falta de competencia del individuo frente a problemas cada vez más complejos y ante la necesidad de soluciones técnicas sólo accesibles a especialistas. Estos son los nuevos actores políticos, asesores de las grandes organizaciones y élites del poder. Por lo tanto, el ciudadano común, el militante de base, el sujeto interesado en la política, es desplazado sin más. Y ¿cómo puede ser democrática una sociedad modelada por la tecnología y la especialización?
  4. La participación ciudadana, el clásico motor de la democracia, es hoy sustituido por el conformismo de las masas y la apatía política de los votantes. Los medios de comunicación y la propaganda masiva, lejos de alentar la participación, la marginan más al transformar la política en un gran espectáculo para ser visto desde afuera del televisor, y al utilizar sofisticadas técnicas de manipulación de la opinión pública.
  5. Nunca fue más violado que hoy el principio de la representatividad popular cuando surgen grupos privados que imponen sus intereses por sobre los intereses del pueblo. Se trata de un nuevo corporativismo, esta vez de élites y grupos de poder. La oligarquía está más triunfante que nunca.
  6. La igualdad, otra bandera de la democracia, se hace trizas ante “los grandes bloques de poder descendente y jerárquico”, ante la burocracia y la gran empresa que maneja en forma antidemocrática la vida privada de los ciudadanos, como también la familia, la educación y la salud.
  7. Y la más grave promesa no cumplida es el fracaso en eliminar el poder invisible, para hacerlo visible y patente ante la opinión pública. Nada puede ser “secreto” ante el soberano que es el pueblo… Sin embargo, nunca como hoy existe un “doble Estado” o “Estado invisible” que coexiste con el Estado formal. Este super-poder o zona invisible se extiende tanto al gobierno público de la economía como al sistema de comunicación de masas. En ambos sectores los partidos políticos operan encubiertamente y aún ilegalmente, con el objeto de financiar sus campañas e incrementar su poder. Con el gran poder de manipular la información pública, las instituciones democráticas se parecen a una cárcel de cristal que permite ver desde un lado, donde están los carceleros-el poder, y no ver nada desde el otro, donde están los ciudadanos privados de toda perspectiva de lo que está realmente pasando.

Bobbio concluye que, por lo tanto, la democracia no es un sistema que fue preparado para una sociedad tan compleja y diferenciada, con una burocracia administrativa tan monstruosa (inevitablemente lenta y poco flexible)  y con tanto desarrollo tecnológico que hace imposible que “todos estén en condiciones de tomar decisiones”. Pero, a pesar de todo, Bobbio sostiene que esta democracia es preferible por aquello de que quedan en pie “las garantías de las libertades básicas”.

La ciudadanía no tiene más remedio que resignarse ante estos cambios en la democracia, ya que son “adaptaciones naturales” de la teoría a la práctica, y seguir creyendo en los ideales y valores que subyacen desde los orígenes de la democracia: la tolerancia, la no violencia, la libre discusión, la camaradería y la libertad.

Aunque Bobbio tenga razón al decir que la democracia tuvo que enfrentar obstáculos imprevistos (esta tremenda complejidad moderna),  no podemos contentarnos con sus contenidos mínimos de la democracia en una ciudadanía presionada por una manipulación inescrupulosa que hace que ‘los elegidos son los que controlan a los electores’.

¿Es democrático un sistema en que la libertad se define como simple ausencia de coacción física (puramente negativa) y como presencia de una pluralidad de fuentes informativas y persuasivas, dependientes de poderes ocultos que presionan sobre la libertad de los individuos?

Lo razonable y sensato es no resignarse a “esta democracia”, sino luchar para que las promesas que deberían haberse cumplido, se puedan cumplir en la actualidad, aún en esta sociedad compleja y aún dentro de un criterio realista.

Para eso necesitamos reconstruir la teoría democrática.

Si no somos capaces de ello, sigue diciendo siempre Zolo, entonces tienen razón los que se refugian en la apatía política “porque la democracia es incapaz de cumplir con sus promesas”. Hoy nos enfrentamos con “los riesgos evolutivos” de la democracia: en que las funciones protectoras y la integración social llegan a ser ejercidas por una red de “gobernantes privados”,  los partidos políticos y los otros agentes de la poliarquía corporativa.

d)  Otras situaciones antidemocráticas

Por su parte, el politólogo argentino Strasser hace la siguiente lista de fenómenos desfavorables del actual sistema democrático, teniendo en cuenta especialmente la realidad Argentina:

  1. La cada vez menor importancia del Parlamento, órgano por excelencia de la democracia, sin peso político ahora y muy dependiente del Ejecutivo y de los Partidos y otros factores de poder.
  2. El descrédito y pérdida de significación de los Partidos, sin representación de sus bases sociales.
  3. El aumento de poder del presidente y el reforzamiento de las tendencias caudillistas y carismáticas de los líderes.
  4. El auge de los grupos de presión y lobbies, con un poder poco transparente e invisible.
  5. Papel muy relevante de los medios de comunicación social, sustitutos del parlamento, de los partidos y creadores de la opinión pública.
  6. Nombramiento para los cargos públicos de personalidades conectadas con los grupos de poder.
  7. Mayor independencia del aparato burocrático estatal.
  8. Mayor facilidad para la corrupción institucional.
  9. Falsedad en la invocación de la democracia por parte del gobierno y de los funcionarios..
  10. La función pública no es ejercida como vocación y servicio a la comunidad, sino como una profesión rentada o carrera más.
  11. Postura corporativista de los partidos, lanzados a la pura toma del poder con esquemas cercanos a la mafia.

Como consecuencia de todo esto: impaciencia del pueblo ante una democracia que es muy deseada, pero que presenta “caras” políticas muy indeseables.

2.  Riesgos  y  peligros  de la  actual  democracia

a)  Los   partidos  autorreferenciales.

Los neoliberales  presentan su democracia como un “pluralismo político”  de régimen elitista y liberal que responde al mercado de los consumidores políticos. Pero aclaremos qué se entiende por este pluralismo político. No se refiere a la pluralidad de actores sociales, sino a la multiplicidad de grupos, especialmente Partidos, que compiten a nivel electoral por la obtención del liderazgo político. La competencia puede extenderse a los sindicatos y grandes organizaciones financieras y económicas. Son los grupos que tienen poder suficiente para que sus demandas entren en la agenda política.

Los agentes-actores no son ahora los individuos sino los grupos que hacen sus demandas a las instituciones políticas que gobiernan. Se considera que los intereses de la comunidad son la suma de los intereses de los grupos. Estos grupos someten después sus propuestas a los electores consumidores que deben elegir entre las propuestas, “ya elaboradas de antemano” y aptas para ser ejecutadas por el gobierno y la burocracia.

Es decir, se forma un círculo que  parte de los Grupos de poder, que presentan sus productos a la ciudadanía-consumidora, para ser elevados al Parlamento, al Ejecutivo y a la Burocracia, y volver a la ciudadanía como normas, programas y propuestas. Mientras este círculo siga los procedimientos fijados, la democracia está legitimada.

Se trata, por lo tanto, de mecanismos autoreferenciales del sistema de partidos y de circuitos de autolegitimación. No es una competencia para que circule la reflexión de la ciudadanía y para impulsar la voluntad popular y la base social, a quien los grupos y partidos deben representar. El sistema de partidos está para autolegitimar su existencia, su historia, sus propuestas y su rendimiento burocrático cuando es gobierno. O sea, su verdadero fin es perpetuarse en el poder. En las elecciones, los Partidos buscan legitimarse a sí mismos en sus programas ya preestablecidos (retrospectiva) y en la futura gestión (prospectiva).

Al mismo tiempo, los Partidos ”usan” a la sociedad para autoalimentarse y sostenerse en el poder, para lo cual distribuyen recursos, ventajas y privilegios a fin de conseguir y mantener clientelas leales y compromisos (clientelismo y manipulación).  Por lo tanto, la sociedad concreta con sus problemas y conflictos, lejos de ser el lugar de la voluntad popular y del bien común, es vista como posible fuente de crisis que amenaza la seguridad y estabilidad de las instituciones políticas, especialmente de los partidos.

La ficción de la representación (que se da por la votación) le permite a los partidos y estructuras del gobierno tomar aquellas decisiones que crean convenientes sin control de la ciudadanía y con amplios márgenes de libertad, justificándose en un difuso “interés general”.

Esta democracia neo-liberal es un sistema que “regula el miedo” aplacando “pacíficamente” las frustraciones y conflictos sociales, manejando las crisis por medio de “estrategias” oportunistas y procedimientos legales y policiales. Desde esa legalidad se ‘resuelven’ los conflictos sociales y demandas de la comunidad, sin buscar las causas de los conflictos ni atender al fundamental reclamo de igualdad  y justicia social.

Los partidos políticos abandonan así, su tradicional rol de ser los mediadores de clases sociales o sectores de la comunidad, asumiendo desde abajo las demandas de la ciudadanía.  El golpe final a esta distancia entre los partidos y el pueblo lo da la financiación pública de los partidos, financiación que es regulada por los propios partidos, con lo cual su poder se hace absoluto. Esta financiación refuerza el aparato burocrático de los partidos, concentra el poder en manos de la cúpula de dirigentes que se extiende a los funcionarios y expertos asalariados, lo que margina aún más a los militantes de base y afiliados voluntariosos.

Se desata entonces una lucha interna para ocupar los puestos claves entre la clase dirigente, en cuyas manos está la designación de los candidatos a los puestos electivos (“dedocracia”) y la influencia decisiva para otros puestos de la administración pública, bancos y otros organismos. Una clase dirigente que bien puede llamarse  “corporación propietaria”  de la que dependen los numerosos arribistas que se le acercan.

Desalentada la participación voluntariosa de los militantes y afiliados, el Partido se hace fin de sí mismo con el objeto de preservarse en el tiempo y sostener un poder para el beneficio de los dirigentes y allegados.

Las burocracias partidarias no contribuyen en ningún sentido para crear canales fieles de las demandas populares. Su legitimación se realiza, sobre todo, mediante la ficción institucional de la representación. Así ayudan a mantener viva una imagen pública de la arena política como sistema general y abierto. El procedimiento universal del voto crea la imagen ficticia y puramente formal de representatividad. Es una gran contradicción, pues la ciudadanía legitima lo que en realidad ha sido decidido por las cúpulas de los partidos y también del Estado (en el partido oficialista) sobre la base de sistemas muy específicos y, a menudo, “invisibles”.

Muchas veces los propios militantes y cuadros medios e inferiores se enteran de las decisiones de las cúpulas por medio de los medios de comunicación, al margen de las estructuras organizativas del partido, y hasta la misma propaganda electoral es entregada a agencias especializadas (aún extranjeras) cuyas técnicas pueden manipular mejor a la opinión pública que los propios militantes. Estas campañas políticas ya no se diferencian en nada de cualquier campaña publicitaria comercial, con la importancia clave en el logo, en la buena imagen televisiva del candidato (que sea simpático, etc.) y en toda una gama de artilugios publicitarios que eliminan cualquier seriedad de un debate político de propuestas, cuyas diferencias (supuestamente) el “público” debe distinguir para elegir la preferida.

Como ahora lo importante es conseguir la mayor cantidad de votos (poco importan las propuestas e ideologías) los partidos evitan los temas realmente conflictivos (para no perder la clientela que está detrás de esos conflictos) y se dedican “a la pesca” de un público encandilado por tantas cosas lindas de las que se habla.  Sobre esta base, es legítimo concluir, que la tendencia del sistema político a autoreferenciarse, es uno de los mayores riesgos evolutivos de la actual democracia..

b)  La inflación del poder: los muchos gobiernos privados

El funcionamiento de este estilo de los P.P. es la puerta de acceso a los otros grupos de poder “extra-sistémicos”. La capacidad de los partidos para producir un poder vinculante y legitimado, los faculta a ocupar una posición negociadora en el mercado político pluralista. A través de su ofrecimiento de protección y respaldo (aún con el uso de la fuerza pública), el sistema de partidos defiende el interés general de los otros grupos (económico, comunicación, etc.).

De esta forma, la legitimación se extiende a todo el frente pluralista de grupos de poder: también las estructuras burocráticas, jerárquicas y hasta despóticas del sistema, como las grandes empresas económicas y las organizaciones militares y religiosas, reciben su cuota de legitimación, y tienen la aprobación democrática como “gobierno privado”.

Al Estado le corresponde este poder de concertación con los gobiernos-privados o grupos de interés que conforman un nuevo corporativismo. Los líderes representan a sus corporaciones, no a la ciudadanía.

Pero este sistema termina por limitar el poder del Estado y el poder de los partidos políticos, ahora frente a ciertos “superpoderes” visibles e invisibles, que imponen condiciones para la gobernabilidad. Este inmenso conjunto de poderes (el gobierno central, las varias burocracias autónomas, los partidos, los sindicatos, las organizaciones de empresa, los grupos financieros nacionales e internacionales, etc.) genera lo que podemos llamar la inflación del poder, lo que implica en realidad, una falta de verdadero poder político. Lo que se traduce en menos seguridad para los ciudadanos y menos control de las decisiones tomadas. O sea, aumenta el poder de los grupos y, en la misma proporción decae el poder del pueblo y su seguridad social.

Entonces el poder se fragmenta y dispersa entre un número de esferas relativamente independientes. Todo lo cual lleva a la imposibilidad de cualquier programación razonable del crecimiento y de transformación social desde una coordinación realizada por el poder político. Toda esta situación implica una revisión del mismo concepto de “poder”, teniendo en cuenta la gran impredecibilidad de los efectos de las decisiones tomadas y la gran dependencia que hay entre la cadena de poderes del sistema. Pareciera que falta un poder realmente central que unifique y coordine para que las decisiones estén sincronizadas, y sean efectivas y oportunas.

Los muchos poderes que circulan buscando sus propios intereses producen un bloqueo de poderes y de toma de decisiones (a veces hasta hay pujas entre un ministerio y otro… entre el ejecutivo y el parlamento,  entre el ejecutivo y su propio partido…). Aumentan las posibilidades de bloquear, pero bajan las posibilidades de decisiones constructivas.

Por su parte, los ciudadanos se comienzan a organizar en grupos de  intereses afines (sociales, culturales, científicos, profesionales), todo lo cual dificulta la elaboración de proyectos nacionales o generales que sean  coherentes, bien definidos, y a largo plazo. En su lugar, surgen  “decisiones oportunistas”  con el único objetivo de “aliviar tensiones, presiones y riesgos”,  algo similar a la tarea de los bomberos de apagar incendios.

Esto hace que el poder político tenga un triple déficit:

  • de coherencia entre unas decisiones y otras;
  • de estructura, sin una centralidad del poder y con fragmentación de decisiones que se superponen;
  • de temporalidad, por la dificultad de predecir los resultados, dadas las infinitas variables y hasta las presiones internacionales.

En consecuencia, el gobierno es inevitablemente débil.

Pero hay otro déficit cada vez más evidente: el sistema legal es incapaz de responder a los nuevos conflictos que se van presentando y que no están contemplados en el código. La lentitud del sistema jurídico hace que asuman importancia “los intérpretes” de la ley y el aparato burocrático… Los proyectos de reformas de todo tipo se acumulan y duermen en los escritorios, mientras que el aparato se dedica a tomar decisiones cotidianas bajo la presión del tiempo y de las urgencias. Ejemplos: la lentitud en las reformas fiscales, la modernización del Estado, plan integral ecológico, calidad de vida, política del empleo, racionalización del transporte y del tránsito, reforma de los ministerios, ley de comunicación, atención de los conflictos sociales, política para las Pymes, etc. etc.

Esta inercia y lentitud es lo que bien ha sido llamada “la toma de no-decisiones, cuyo resultado final puede ser un colapso político o social de consecuencias impredecibles, pues todo ello significa el aumento de la inseguridad social y ciudadana.

c) La  ficción  del  consenso  ciudadano.

Ya sabemos que en el esquema neoliberal-elitista,  el sistema político se transforma en un Mercado Político que tiene legitimidad debido a la existencia de una opinión pública que evalúa los productos y elige. Es la esfera pública donde interactúan la oferta y la demanda, y donde se ve la sensibilidad  de los líderes que buscan “el consenso” de los ciudadanos. Para los neoliberales, este pequeño campo que le queda a la ciudadanía es suficiente para que podamos hablar de democracia, pues hay competitividad en el mercado político y la gente “elige libremente”.

Pero ya conocemos la falacia de este concepto, pues las verdaderas decisiones ya han sido tomadas de antemano por las élites partidistas y gubernamentales, en acuerdo con los otros grupos de poder privado. Es el “estado doble” o poder invisible que se encuentra más allá del alcance de la famosa opinión pública. Solo algunas de estas decisiones se hacen visibles y aparecen en el parlamento o en el debate público o en los Medios.

Excepto dentro de esta esfera limitada de opinión pública, ni el parlamento ni ninguna otra institución constituyen un “espacio público” en el cual los ciudadanos puedan examinar y hacer una valoración consciente de las ofertas del mercado político y las alternativas posibles.

Esto es particularmente así, debido a que los agentes negociadores privados se comportan como peones de un tablero de ajedrez internacional superpuesto a la política nacional, cuyos movimientos están fuera de todo control de los parlamentos y gobiernos nacionales.

En la práctica, los agentes de los poderes privados, pertenezcan o no a partidos, evitan competir en público entre ellos mismos y, en cambio, aspiran al arreglo privado de la mayoría de las cuestiones que tienen algún valor estratégico.  Esto significa que sólo queda un campo de acción muy limitado para la controversia política y para el consenso del “soberano consumidor”. El secreto y la fragmentación del mercado político son elementos que atentan contra todo consenso ciudadano.

Los agentes del poder dan por sentado el consenso de todos aquellos que “no se oponen directamente”. Pero cómo oponerse si ni siquiera se conocen los temas a tratar ni las decisiones que se están tomando… O sea, basta la “neutralidad de terceras partes” para que haya legitimidad  Por otra parte, se supone que son legítimas las decisiones emanadas de la burocracia, aún cuando finalmente puedan ser juzgadas como injustas, incorrectas o desventajosas. O sea, “si se mantienen las formalidades” (no importan motivos y valores en juego), hay legitimidad.

En definitiva, los “neo-clásicos liberales” sostienen sin más “la legitimación a través de los procedimientos”, único método para las sociedades democráticas modernas y elemento clave para conservar la estabilidad, ante el peligro creciente de los conflictos sociales y del colapso del sistema.

Así llegamos a la conclusión de que otro gran riesgo de la actual democracia es la falta de consenso. Si basta la legitimación antes descrita, que es en realidad una auto-legitimación, entonces es legítimo dudar del carácter democrático e incluso liberal de los regímenes que gobiernan esas sociedades. Basta ver la escasa atención que la ciudadanía presta a los problemas políticos, las estrategias del poder para la “absorción de las decepciones”, las formas de “eliminación” del conflicto social, y sobre todo, los mecanismos de comunicación persuasiva-manipuladora con sus efectos a largo plazo.

Cierta saturación informativa de los medios sobre determinados hechos políticos seleccionados para el público, traen como efecto la repulsa y el cansancio, para concentrarse más placenteramente en otros estímulos como la música, el deporte, el sexo, los viajes, las modas, etc.

En conclusión, no puede hablarse de consenso, cuando la mayoría de los problemas políticos se resuelven en la penumbra, sin posibilidad de ser vistos por esas terceras partes que son los ciudadanos, transformados  en “espectadores  crónicamente distraídos”, y cuya simple “abstención” es considerada como suficiente legitimidad y consenso.  Con la buena excusa de la falta de tiempo, especificidad de los problemas, ahorro en dinero, etc. se desalienta toda información y consenso que vaya más allá del círculo de los especialistas y políticos profesionales. Las decepciones de la gente y los conflictos “se resuelven” con estratagemas de dilación, mientras que los intereses generales son transformados en “intereses difusos”. Las expectativas populares son “reestructuradas” y reelaboradas, evitándose por todos los medios la simple impresión de conflicto social, para mantener la imagen de “neutralidad”.

Y de tanto en tanto, se aplaca la curiosidad ciudadana con algunos temas sobre los que discutir y debatir, mientras que los verdaderos y grandes problemas son definidos en la sombra del poder invisible.

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