Posmodernidad y educación. Fundamentos y perspectivas. Colom

POSTMODERNIDAD Y EDUCACIÓN. Fundamentos y perspectivas

Antonio J. Colom

La postmodernidad educativa tiene un parangón o modelo filosófico en el cual se inspira; se trata de las filosofías postmodernas, que inspiradas acaso en la obra de Nietzsche, propugnan desde el pensamiento, desde el impacto de la tecnología y desde la filosofía de sistemas, una nueva concepción del hombre. De acuerdo con estas fuentes de inspiración, se intentará plasmar las aportaciones que el pensamiento postmoderno ha realizado en referencia a la relativización de los valores y su crítica a cualquier sentido absoluto de la realidad.

En referencia a la tecnología, incidiremos en la profundización de las posibilidades individuales y en la ruptura de todo lazo social; en lo tocante a la teoría de sistemas, se hablará en oposición al mundo de la vida, del sistema como elemento capaz de plantear una ciencia social y del hombre, aunque para ello se tenga que renunciar al propio hombre y en definitiva, al humanismo. La postmodernidad es pues una filosofía antihumanista y en consecuencia, individualista que en el plano de la educación se dirime en la hegemonía de la tecnología, en la importancia del saber y del conocimiento en la sociedad del futuro y en la necesidad de la innovación permanente. La postmodernidad es una corriente de pensamiento —por tanto acepta un discurso o presentación filosófica— y es al mismo tiempo la parábola que mejor define las características de la sociedad tecnológica del futuro. La postmodernidad se presenta pues ante la educación como filosofía y consecuencia de la sociedad tecnológica. De ahí que también se haya considerado que la postmodernidad es la filosofía de la sociedad tecnológica, y por tanto, la del hombre inmerso en contextos tecnológicos.

1. La filosofía postmoderna

La postmodernidad es la alternativa a la modernidad, cuya última manifestación —la Ilustración decimonónica— se ha prolongado de alguna forma hasta finales del siglo XX, paralelalmente al ascenso de la burguesia al poder y a la hegemonia del capital. Ante autores de la talla de Kant, Hegel, Marx… que plantearon las grandes cuestiones que atañen al hombre, a la sociedad y al conocimiento, la postmodernidad, ha ido desarrollando el denominado pensamiento débil, o nueva forma de entender la filosofía. Acaso Lyotard, Vattimo, Lipovetsky, Derrira, Finkielkraut…sean sin duda sus representantes más significativos. Ante el valor de la razón y de la racionalidad para el logro de la verdad —de hecho sería Descartes y Kant los grandes valeedores de la modernidad— surge como precedente de lo que denominamos postmodernidad, la figura y la obra de Nietzsche.

Para este autor, no se da ya lo absoluto —por tanto no hay verdad; o si se quiere, Dios —como metáfora axiológica de lo absoluto y de la verdad— ha muerto. El hombre no posee pues un punto de referencia, un fundamento; el hombre se encuentra en términos absolutos sin nada y sin nadie; es, en definitiva, el origen del moderno nihilismo, que no cree en la existencia de los valores y ni tan siquiera en la necesidad de los mismos. No hay verdades, no hay sentido. Es el hombre el que se debe enfrentarse ante esta realidad vacía; un hombre que es capaz de vivir sin ayudas, porque ya no las necesita. Un hombre que ante la nada será el encargado de crear el mundo. Es el famoso «superhombre» de Nietzsche, que desprecia los apoyos que le oferta la razón y las grandes verdades —el mundo axiológico— porque es capaz de enfrentarse a su realidad sin la ayuda de mitos ni de falsos fundamentos. Incluso, el hombre —el hombre moderno —de la modernidad— acomodado a sus creencias, orientado por la verdad, los valores, lo absoluto— ha muerto.

De ahí que se diga que el postmodernismo es la filosofía de la deconstrucción, utilizando la expresión de Derrira. El hombre y la realidad dejan de ser las verdades inmanentes. Es falsa la existencia de la res cogitans y de la res extensa de Descartes; el sujeto transcendente ha dejado de existir. Hay pues que desconstruir el hombre, retornarlo a su desnudez axiológica. El hombre, en Nietzsche, ha dejado de ser hombre para convertirse en la categoria —en el sistema— capaz de romper con las falacias humanistas: razón, verdad, fe, moral, valores…etc. El nuevo hombre ha retornado las cosas a su verdadera entidad, las ha desnudado de valor, porque éstos no sólo no existen sino que son innecesarios. Se habla de superhombre, porque puede vivir sin el humanismo, sin las mentiras y las falacias de la razón, sin verdades inamovibles, absolutas, sin valores y sin Dios.

En este sentido pues la postmodernidad se nos presenta como un pensamiento antihumanista. Al no existir nada, sólo se da lo que es, o sea, el presente. Sólo existe lo que sucede. No se da el futuro porque de todas formas no existe el sujeto y por tanto, tampoco la proyección. Sólo se da la pura presencia. Ni tan siquiera el pensamiento porque no hay fundamentos; sólo se da lo relativo, la presencia inmediata del pensamiento. Al ser el hombre el fiel de todas las cosas, la relatividad se adueña de su realidad, porque el hombre a lo máximo que puede arribar es a ser lo que es, pura relatividad, al estar inmerso en la misma. Lo único consistente es lo que posibilita el relativismo, es decir, el sistema.

La postmodernidad es ante todo la filosofía de la desmitificación y de la desacralización, lo que implica graves repercusiones en el terreno de la ética al no existir imperativos categóricos. Sólo se da el sistema, o sea la estructura que permite que se de aquella realidad que se está dando. Por tanto, también se ha visto la postmodernidad como una filosofia sistémica o acerca de los sistemas. Incluso las verdades científicas se relativizan en el contexto de la postmodernidad, pues la ciencia tiene de cada vez más dependencia de los contextos sociales. Además, la naturaleza —que secularmente ha sido el objeto de aplicación de la ciencia— acepta también otras explicaciones —mítica, artística, funcional— cuya validez puede ser idéntica o pareja a la explicación matemática. Y es que en la postmodernidad, ciencia y mito no están en oposición; ambas cosas son igualmente válidas si es que sirven a los intereses de los hombres. Es una versión más del todo vale, tan propia del relativismo postmoderno. O si se quiere, un ejemplo más de la negación de cualquier transcendencia y de lo absoluto.

2.El discurso tecnológico

Como habíamos advertido, la tecnología, se conforma como la segunda gran apoyatura del pensamiento postmoderno. Desde esta perspectiva, la filosofía de la postmodernidad se considera como el primer fruto originado por la sociedad tecnológica. Como dice Lyotard —uno de los clásicos del tema— al cambiarse las condiciones del saber cambia también no sólo el sentido del saber sino el saber mismo. Ahora bien ¿qué significa decir que han cambiado las condiciones del saber?. Es, en definitiva, afirmar que se ha transformado la sociedad, ya que es la sociedad el lugar —la condición— el origen, o el foco en el que se produce el saber; así pues, si cambia la sociedad, no hay duda que cambian las condiciones desde las que emerge el saber.

Pues bien, ha sido la aparición de las nuevas tecnologías —las denominadas tecnologías de la información— las que han posibilitado tales transformaciones que han modificado la sociedad, y en consecuencia, las condiciones en las que se genera el saber. La sociedad tecnológica es la sociedad de la información, de la transmisión instantanea de datos, en la que no es necesario la transcendencia hacia el futuro y en donde la historia desaparece, pues queda reducida a la memoria de los grandes ordenadores que guardan los datos necesarios para la instantaneidad del hombre y de sus necesidades. Esta revolución tecnológica ha hecho que el saber, tal como afirmábamos lineas atrás, haya despreciado tanto a la filosofía —las explicaciones transcendentes— como a la ciencias; ahora, el saber, al fundamentarse en la comunicación informativa, se reduce a los lenguajes (cibernéticos, algebraicos, naturales…). El saber es pues el sustento de la información que a su vez es el determinante de la nueva sociedad.

Con un ejemplo, por cierto reiteradamente utilizado al hablar de tales cuestiones, podemos acaso explicar lo que pretendemos decir: Si en el desarrollo del capitalismo y por tanto, en el contexto de la sociedad burguesa, la ciencia servía para el desarrollo económico y social —quien no recuerda la máquina de vapor aplicada al ferrocarril y a la navegación así como todas las redes de distribución de mercancias que requirieron gigantescos esfuerzos: construcción de carreteras, puertos, canales, vias ferreas… etc— ahora, en la sociedad postmoderna, al fundamentarse en la información por amor de la tecnología, el valor de la ciencia desaparece y verdaderamente el valor del saber estribará en el conocimiento de los lenguajes, verdaderos alimentadores de las actuales máquinas que asimismo requieren de nuevas redes de distribución —las redes telemáticas y de comunicación— que deben hacer posible el transporte de la nueva mercancia, o sea, la información.

Por tanto, en la sociedad postmoderna el concepto económico de las mercancías se transformará por el concepto económico de la información, con lo que podemos concluir afirmando que en la postmodernidad el saber tiende a reemplazar al capital como recurso esencial, lo que deja vacio y carente de valor al discurso izquierdista y al humanismo salvador de la explotación y de la alienación capitalista, pues como decíamos, el valor del capital se sustituye por el del saber, o sea, por la información.

Además, la tecnología ha posibilitado tal como decíamos la inmediatez, la funcionalidad máxima y el pragmatismo radical. Ésto ha hecho que el hombre relativizara lo absoluto, las verdades inamovibles y por tanto, que haya sustituido la lógica de la moralidad —la creencia en los grandes valores— por la lógica de la necesidad —o la utilización de lo que se requiere en un momento preciso. Se da pues una conexión entre los principios filosóficos de la postmodernidad y los efectos acaecidos en la sociedad por la implantación de las nuevas tecnologías.

3. La postmodernidad como filosofía de los sistemas

La denominada Teoría General de Sistemas, (T.G.S.) toma carta de naturaleza en las ciencias humano-sociales a fines de los años setenta, al presentarse como un constructo explicativo de la realidad, y en consecuencia, como una propuesta para plantear con mayor apoyatura científica fenómenos sociales hasta entonces dificilmente explicables bajo presupuestos objetivos. La Teoría General de Sistemas se basa en la definición de lo que es un sistema, entendido como un conjunto de elementos en relación; la visión de la realidad —de cualquier realidad— como si fuese un sistema, o sea, como un conjunto de elementos en relación, posibilita aplicar a esta realidad las características que se dan en los sistemas, que como se comprenderá es, desde una perspectiva absolutamente formalizada y matemática, el objeto de estudio de la T.G.S. O sea, que la T.G.S. se puede plantear como el fundamento de una teoría sociológica, o sea, como el fundamento para explicar la realidad social, o si se quiere, para explicar el objeto de estudio de la sociología: la sociedad.

De la misma manera, puede servir también para explicar «sistémicamente» otras realidades de caracter social como pueda ser la educativa. Pues bien, en éstos momentos, se han formulado dos grandes opciones explicativas de los fenómenos sociales, opciones que representan posicionamientos radicalmente opuestos, a saber, el sistema y el mundo de la vida. O sea, en la sociología contemporanea, o en la actual teoría educativa, puede hablarse de dos modelos o categorias de pensamiento a la hora de dar una explicación coherente de la realidad que se pretende estudiar.

Sistema y mundo de la vida son hoy en dia, fundamentalmente, las opciones de referencia. El mundo de la vida es un modelo de explicación sociológica que se asienta en el estudio de la realidad social en tanto que escenario de las relaciones interpersonales entre los sujetos. Se asienta entonces en el conocimiento de los fenómenos que concurren en la sociedad. En cambio, la concepción sistémica —la sociedad como sistema— analiza la sociedad en tanto que estructura, o si se quiere, como un constructo teórico, ya que considera que no se puede estudiar directamente la realidad humana, o sea, el mundo de la vida; sólo es posible aproximarnos al conocimiento de la realidad a través de una construccion del pensamiento —el sistema— ya que la complejidad de las relaciones sociales imposibilita una aproximación sería y real a las mismas.

Siguiendo a Colom y Melich (1994), veremos a continuación un resumen de las características de las dos dimensiones consideradas Sistema Mundo de la vida. Enfasis en la cohesión estructural, Enfasis en la actividad intersubjetiva, Búsqueda de vínculos abstractos y Subrayado del espíritu comunitario y de regulaciones formales, acervo cultural como elementos de referencia explicativa, Sociedad como equilibrio y fin en sí misma, Sociedad como humanidad, Cientifismo y analitismo. Propensión al historicismo y vocación práctica y moral, Vocación de ruptura con el pasado,Conciencia del pasado.

El mundo de la vida defiende la tradición ilustrada de la modernidad en la que el hombre aun puede hacerse. Cree en consecuencia en el hombre y en definitiva en el humanismo. El hombre se relaciona, convive, interactua, existe, se mueve por valores. En cambio, para la concepción sistémica y para N. Luhmann, su principal representante, la modernidad ha muerto definitivamente y con ella el hombre, los valores y el humanismo. La ciencia no puede realizarse con el hombre pues de esta forma nunca sería neutra. La ciencia debe vivir al margen de la moral, sin dependencia con las creencias o los posicionamientos axiológicos. Lo que se requiere pues para explicar la realidad no son los hombres ni las categorias humanísticas sino una teoría, un constructo, en definitiva, conceptos y conceptualizaciones. Son los conceptos los que explican el mundo, son las teorías las que le dan existencia y tangibilidad; en definitiva, sólo es real lo que puede explicarse, y en este caso, lo único que realmente existirá será la teoría, o sea, la propia explicación.

En este contexto, el concepto que mejor explica y propicia una teoría acerca de la realidad social es el sistema. O sea, entender la sociedad como un sistema, como un conjunto de elementos en interacción. Por tanto, con Luhman, llegamos a la paradoja de que no es la presencia del hombre ni los fenómenos humanos los que explican la realidad social, sino el constructo sistémico. Aquí se encuentra pues, el gran ataque a la modernidad y al humanismo ya que incluso es posible explicar la sociedad sin referirnos al hombre. En ello estriba la gran diferencia por ejemplo con Habermas, que sigue refiriendo la sociedad al mundo de la vida, a la relación humanística, cara a cara, a la comunicación; en definitiva, sigue dando entidad al sujeto; en cambio, para Luhmann, no existe el sujeto humano, sólo existe el sistema.

Por tanto, no hay realidad ontológica, no hay valores, lo absoluto ha desaparecido. El valor sólo se puede explicar como una irracionalidad, pero no forma parte del sistema social, ya que éstos, los sistemas, son siempre sistemas de comunicación, por tanto dinámicos, cambiables y mutables. En consecuencia, la permanencia de lo moral o de lo axiológico no se conforma como parte del sistema. El hombre no puede explicar la realidad, sólo el sistema. Si concebimos una sociedad con hombres su estudio científico es imposible, pues el hombre conlleva valores, moralidad, subjetividad, y todo ello, como se comprenderá se escapa del estudio objetivo de la ciencia; en cambio, si intuimos la sociedad como sistema si que podemos aproximarnos al conocimiento de sus fenómenos.

Este antihumanismo latente entonces en Luhmann es otra de las caras —teorías— que conforman la filosofía de la postmodernidad, que como hemos ido viendo, tanto desde el pensamiento, desde la tecnología como desde los presupuestos cientificista de los sistemas, se centra en la relativización —o sea, en la negación de lo absoluto: creencias, valores…etc. Ahora, con la postmodernidad, el hombre no requiere de soportes morales, no requiere de verdades ni de seguridades absolutas, ni de «falsos» valores humanistas; ahora el hombre se basta a si mismo, sin ningún tipo de ayuda.

4. La educación en la Postmodernidad

Paralelamente, a lo visto hasta ahora, podemos hablar de una educación sistémica, sin inclusión, por tanto, del factor humano. Decimos esto porque la concepción sistémica aplicada a la educación ha servido para «cosificar» la educación, o si se quiere, para materializarla. La aplicación de la teoría de sistemas al conocimiento pedagógico ha posibilitado el desarrollo del discurso educativo al margen de las regiones espiritualistas, axiológicas y culturales, y en consecuencia, ha logrado la abertura de la posibilidad cientificista de la educación. De ahí, que el enfoque de sistemas aplicado a la educación se haya visto idoneo para construir una verdeadera Teoría de la Educación. La ciencia, ya se sabe, y Bunge así nos lo recuerda, se refiere a objetos materiales, tangibles, que ocupan un lugar en la realidad; la ciencia sin más se refiere a sistemas de objetos que a su vez se conforman como objetos de los sistemas.

Aplicado este principio o condición materialista de la ciencia a la Pedagogía, el enfoque de sistemas posibilita, acaso por primera vez, plantear conocimiento acerca de los objetos pedagógicos. Si los sistemas están formados por comunicaciones, el sistema educativo asimismo se nos presentará como un sistema de comunicación que como tal descansará en objetos materiales; así, desde esta perspectiva, el método educativo, las estrategias y los medios pedagógicos, el aprendizaje, la comunicación como capacidad del docente, los refuerzos como condición del aprendizaje, los objetivos educativos como secuelas del propio aprender, la organización en tanto que secuenciación del espacio escolar..etc, aparecen sin la vertiente humanista, obviándose, porque de hecho no es necesario en el discurso científico-teórico de la educación sistémica, los subjetivismos, especificidades o particularidades del factor humano (léase profesor o alumno).

En definitiva, es posible explicar la educación sin referirse a valores ni a arquetipos humanistas en tanto que modelos de formación. La Teoría de Sistemas logra entonces una explicación materialista de la Pedagogía, (cumplimentando entonces un sine qua non de las teorías científicas, al menos a nivel epistemológico) y en consecuencia, logra la comprensión de una educación sin hombres, sin el factor humano, simplemente porque el tratamiento sistémico, obvía el humanismo. Con Luhmman, entonces, el hombre no es necesario para la existencia de las ciencias humanas y sociales. Es el mundo, un mundo de sistemas, quien se convierte en la única realidad objeto de teorización, y en consecuencia, de conocimiento científico, por lo que desaparece el handicap diferenciador de las ciencias humano-sociales respecto de las físico-naturales. La realidad es una —los sistemas— por lo que su abordaje a través de la razón es también único. El hombre deja de existir y en consecuencia, deja de ser objeto de conocimiento.

Ahora la ciencia será ciencia de los sistemas reales porque la única realidad conformada es la sistémico-material. La educación dentro de este contexto se acoge pues al posibilismo materialista de la ciencia y se presenta como objeto de conocimiento racional, siguiendo para ello los mismos principios y leyes de la ciencia, sin más. El enfoque sistémico cree en la unidad de la ciencia porque concibe la realidad como unitaria, toda ella como sistema; desde esta perspectiva, no se dan diferencias entre las denominadas ciencias experimentales y humano-sociales, ya que lo que estudian por separado cada una de las materias científicas que existen en la actualidad son las diversas perspectivas que nos ofrece la realidad, o si se quiere, el sistema de sistemas, que se concibe como el único objeto de conocimiento racional.

No nos extrañe entonces que la Teoría de la Educación haya utilizado la teoría de sistemas como instrumento —como tecnología conceptual— para desarrollar un discurso materialista lo que ha conllevado a plantear el enfoque de sistemas como contexto epistemológico y de apoyatura al paradigma tecnológico de la educación. De esta forma, un desarrollo de la educación desde la tecnología se apoya en una epistemología que a su vez juega un papel tecnológico: los sistemas como instrumento-tecnología conceptual que posibilita el estudio de la propia educación (tecnológica). Será además la tecnología la que cambie la práctica educativa en el futuro postmoderno, con lo que la pedagogía de la postmodernidad se nos aparece coherente.

La educación del futuro tendrá que modificar sus contenidos, sus aportes curriculares, ya que como vimos al transformarse la condiciones del saber se transforma también el saber mismo. En consecuencia, la transmisión de contenidos educativos se asentará en la enseñanza y aprendizaje de lenguajes, que como hemos dicho es el saber que alimenta las nuevas tecnologías de la información. Este cambio, llevará consigo otro mucho más determinante, y es que se separará la formación de la instrucción. En una sociedad relativizada, en que gracias a los procesos tecnológicos-informativos todo es cambiante, no habrá lugar para las grandes verdades, por lo que una formación en función de principios (valores, creencias, transcedencias…etc) no será objeto escolar, y en todo caso dependerá de la esfera privada —de la privaticidad— y vital de los individuos. Sólo será válido lo que tenga un sentido funcional e inmediato. Tanto importará Picasso como un comic, un graffiti como un poema de Machado; lo importante será el saber que haga avanzar la realidad tecnológica, ya que como decíamos, el saber, el conocimiento, será la nueva mercancia de la sociedad del futuro.

El futuro, en un mundo cambiante, dependerá de la capacidad de innovación, e innovar significa crear, descubrir, ampliar en definitiva el saber. Asistiremos a la necesidad del saber, por lo que el sistema educativo deberá perfeccionar sus capacidades transmisivas, lo que sólo podrá conseguir mediante la tecnología. Vamos hacia un mundo cuya actividad principal —economía, empleos, materias primas..etc— estará ligada a la información. La información (captar, tratar, emitir) requerirá de un gran número de hombres formados, por lo que acaso no podamos hablar de educación como en la modernidad, pero sin duda alguna, el mundo postmoderno exigirá saber, y por tanto, propiciará un sistema educativo asentado en la eficacia de la transmision de las informaciones y en el radicalismo utilitarista de la propia información. Asistiremos a la necesidad del saber.

Cabrá pues plantearse la cuestión educativa en términos de eficacia y de utilidad, por lo que la enseñanza individualizada, así como el valor del individuo, se verán en alza, en contra de la cultura del lazo social. Se destruye pues la concepción actual de la sociedad y de lo social así como el enfoque dinámico de la teoría crítica o marxista. La sociedad postmoderna intuye el lazo social como consecuencia de la tecnología de la comunicación; el hombre será un ser aislado, singular, pero al mismo tiempo, conectado a las redes telemáticas y audiovisuales de diverso orden que lo pondrán en contacto con el mundo. Concretamente A. Toffler (1990; 1991) concibe la educación del futuro a partir de las siguientes características:

*Interactividad, o sea educación a través de tecnología interactiva, o sea, con capacidad bidimensional de respuesta (alumno-máquina y viceversa). * Movilidad o capacidad de desarrollar educación en cualquier ambiente o institución. La escuela deja de ser entonces el secular espacio monopolizador de la formación. *Convertibilidad o capacidad de transmitir y procesar información entre medios y redes diferentes a fin de conformar sistemas complejos y multivariadas de uso común. *Conectabilidad o posibilidad de conexión que el estudiante poseerá con fuentes plurales de información. *Omnipresencia, o democratización total de la información. *Mundialización o información sin fronteras ni diferencias.

Se va pues hacia una educación dispersa, descentralizada. Cualquier taller, empresa, el hogar mismo, podrá convertirse en una verdadera escuela, lo que a su vez implicará aproximarnos cada vez más a una concepción adhocrítica de la educación, o sea, sin estructuras administrativas que burocratizan el conocimiento. Algo de ello ya sucede en las empresas, en donde, la formación permanente de los trabajadores se entiende como un requisito imprescindible de la renovación e innovación que a su vez aquellas requieren para asegurar su continuidad y existencia. Asimismo, el hecho de que de cada vez más sea posible trabajar desde el hogar, hace vislumbrar que algo parecido puede suceder en referencia a la educación y a la formación en general.

Por último, se nos dice que la educación no estará costreñida a programas rígidos ni agrupaciones tradicionales (grupo clase, grupo curso, etc) ya que se conformará en situaciones abiertas, y en situaciones que serán fundamentalmente focos de experimentación y de innovación continuada. Educar será innovar y aprender a vivir con el cambio. El propio Toffler nos advierte que para asumir tales logros serán necesarias como mínimo tres estrategias: cambios en los docentes actuales —la educación será tan importante en el futuro que su responsabilidad no podrá estar sólo en manos de los maestros y profesores; vamos hacia una sociedad educadora y educante, en la que se pluralizarán los formadores. Además se tendrán que cambiar los contenidos —los lenguajes como cultura— y por fin, se tendrá que aportar un enfoque u orientación de los conocimientos en orden al futuro, o sea, a la innovación constante y continua del conocimiento.

La educación en la postmodernidad se asentará en la tecnología y en la innovación. Para ello se requerirá una pedagogía que poco a poco se reconvierta en una verdadera tecnología cognitiva, es decir, deberá ampliar su conocimiento en orden a como aprende el niño, para así desarrollar su capacidad intelectual, ya que innovación será innovación del conocimiento, siendo las tecnologías informáticas una fuente primordial para el logro de este conocimiento del futuro, o sea, del conocimiento virtual. La sociedad postmoderna no es pues la sociedad de los valores, de las verdades absolutas e inamovibles (propias de la modernidad); es, en todo caso, la sociedad del saber, de la ciencia, de los sistemas, propiciado todo ello por la tecnología y por el avance de las capacidades y posibilidades intelectuales del hombre; de un hombre que no requiere ya certezas externas, sino que se basta a si mismo para saber donde se encuentra la verdad.

Estas son en definitiva las metáforas del superhombre y de la muerte de Dios de Nietzsche. El logro del hombre que rompe con los absolutos, porque se sabe que se basta a si mismo. La misión de la educación estribará en el logro, mediante el saber, de este hombre autosuficiente, y creador de su futuro. En este sentido, acaso la postmodernidad se no muestre como el único humanismo realmente constituido hasta el momento porque asienta un hombre autosuficiente y no dependiente.

Colom Cañellas, A. J. 17 Bibliografía CASTILLEJO, J. L. y COLOM, A. J. (1987): Pedagogía Sistémica, Edit. Ceac, Barcelona COLOM, A. J. (1982): Teoría y metateoría de la educación, Edit. Trillas, México. COLOM, A. J. y MELICH, J. C. (1994): Despúes de la modernidad. Nuevas filosofías de la educación. Edit. Paidos, Barcelona. FINKIELKRAUT, A: La derrota del pensamiento, Edit. Anagrama, Barcelona. FOSTER, H. y HABERMAS, J. (1985): La posmodernidad, Edit. Kairós, Barcelona. LIPOVETSKY (1990): La era del vacio, Edit. Anagrama, Barcelona. LYOTARD, J. F. (1984): La condición posmoderna, Edic. Cátedra, Madrid. LUHMANN, N. y SCHORR, K. E. (1993): E

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