Cerebro emocional, Ética y toma de decisiones. Psicopatía. Rubia Vila

ETICA, CEREBRO EMOCIONAL Y TOMA DE DECISIONES

Francisco José Rubia Vila

Todos sabemos lo que son las emociones, pero ¿cómo definirlas?, ¿cómo medirlas en la investigación científica?, ¿cuáles son las relaciones entre la emoción y la razón?
Podemos definir las emociones con palabras que son estados de ánimo, como ‘feliz’, ‘triste’, ‘miedoso’, ‘enfadado’, ‘desilusionado’, ‘asqueado’, ‘avergonzado’, enamorado’ y un largo etcétera. ¿Es posible una clasificación de las emociones?

Desde Darwin se ha intentado describir un número finito, limitado, de emociones, algo así como ‘emociones básicas’. Y más recientemente se han caracterizado esas mociones básicas de acuerdo con la universalidad de las expresiones faciales que las acompañan. De estas comparaciones algunos autores han concluido que las expresiones faciales básicas son: rabia, miedo, asco, felicidad, tristeza y sorpresa, cada una representando un estado emocional.

Las emociones se pueden caracterizar o por su valencia, es decir, si la emoción es agradable o desagradable, y por la excitación que produce, o sea, por su intensidad.
También se ha intentado clasificar las emociones por las acciones y objetivos que motivan, como por ejemplo si provocan un acercamiento, como ocurre con la felicidad o la sorpresa, o un distanciamiento, como el miedo o el asco.
Las emociones modifican nuestro estado mental y, sobre todo, modifican nuestro estado corporal. Todos saben que un susto aumenta la frecuencia cardiaca y la sudoración de la piel gracias a un efecto alerta que ejerce sobre el llamado sistema nervioso autónomo o vegetativo que controla nuestras vísceras.

De gran interés es el tema de si las emociones interfieren en los procesos cognoscitivos o, con otras palabras, la relación entre emoción y razón.
La conocida frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón ignora”, apunta precisamente a la importancia de las emociones y a su influencia sobre la razón.
Aristóteles pensaba que el ‘alma sensitiva’, o sea la emoción, y el ‘alma racional’ eran grados separados de los componentes del alma.

Hoy se ha mostrado que los juicios afectivos tienen lugar antes, e independientemente, de la cognición.
En el cerebro, el llamado sistema límbico o cerebro emocional agrupa una serie de estructuras subcorticales de las que enseguida hablaremos.

Pero antes quisiera decir que el neurocientífico norteamericano MacLean propuso, por motivos pedagógicos, dividir el cerebro en tres partes : el cerebro triúnico, como le llamó,
una parte más primitiva o cerebro reptiliano;
una segunda o cerebro paleomamífero y
la tercera o cerebro neomamífero.
La segunda parte correspondería al cerebro emocional o sistema límbico y es un sistema imprescindible para la supervivencia.
El cerebro neomamífero correspondería a la corteza cerebral, sede de las funciones mentales.

Con este esquema se quería dar a entender que el crecimiento del cerebro en la evolución se ha hecho por aposición de capas una cubriendo a la anterior. El esquema no es muy exacto, ya que las estructuras nuevas modifican también las antiguas, pero da idea de cómo actúa la naturaleza.

Aunque nuestras estructuras sean distintas, el cerebro emocional o sistema límbico lo compartimos con muchos mamíferos, lo que nos permite entendernos con ellos hasta cierto punto, como lo hacemos con nuestros animales de compañía.
Se suele decir que el perro, por ejemplo, entiende lo que le decimos.
Evidentemente, esto no es cierto, ya que no puede entender nuestro lenguaje, pero sí el lenguaje no verbal, es decir, los gestos, la entonación de la voz, la expresión facial, etc. gracias a la similitud de su cerebro emocional con el nuestro.

Una estructura del sistema límbico o cerebro emocional es la amígdala que puede responder rápidamente a estímulos emocionales, pero existen conexiones recíprocas entre la amígdala y la corteza cerebral por lo que la relación entre la emoción y la cognición es muy estrecha.
La amígdala es, por así decirlo, el portero de los estímulos emocionales, que recibe información del tálamo y la dirige a la corteza, sobre todo a aquella parte de la corteza cerebral que es imprescindible para la toma de decisiones.
Aplica significado emocional a los estímulos del entorno. Detecta en los estímulos que recibe su contenido de peligro, controla el miedo y la ansiedad y envía mensajes a la corteza para que tome una decisión.
Curiosamente, la amígdala tiene diez veces más neuronas que proyectan a la corteza que neuronas que reciben información de la corteza, lo que da una idea de la influencia del cerebro emocional sobre la corteza cerebral.

¿Qué parte de la corteza cerebral es aquella que se supone se activa cuando tomamos decisiones? La toma de decisiones es un proceso complicado en el que tenemos que integrar estímulos que llegan del entorno con los contenidos de la memoria a largo plazo, para saber si entrañan peligro o no y cómo habría que responder a ellos, hay que integrar los estímulos también con nuestros valores, con los objetivos actuales, con el estado emocional y con la situación social.

Esta tarea se supone que la realiza la corteza órbito frontal, una parte del lóbulo frontal situada encima de las órbitas oculares, de ahí su nombre.

Cuando esta región de la corteza se lesiona, los pacientes ignoran las señales sociales, es decir, pueden ser insensibles a normas y objetivos sociales con el resultado de una incapacidad para responder a expectativas sociales; con otras palabras, no saben comportarse socialmente y a veces tienen dificultades para inhibir respuestas inapropiadas, como los propios impulsos agresivos. Esta región, por tanto, es esencial en el control de la agresión.

Otra característica de estos enfermos es lo que se ha llamado ‘conducta utilitaria’, o sea la dependencia de los estímulos del entorno. Si se le coloca, por ejemplo, un martillo, un clavo y un cuadro en una mesa, el paciente cogerá el martillo y el clavo y clavará el clavo en la pared colgando el cuadro.
En una ocasión, el médico colocó una aguja hipodérmica en la mesa, se bajó los pantalones y se dio la vuelta enseñándole el trasero al enfermo. Sin más palabras, éste le clavó la aguja en las posaderas. Las personas normales tienen consideraciones de tipo ético, pero estos pacientes pierden la capacidad de evaluar el contexto social y determinar si la acción es apropiada o no.

Desde los griegos hemos asumido que cuando tomamos una decisión lo hacemos racionalmente, valorando los pros y los contras, analizando las alternativas, en suma deliberando conscientemente antes de dar ese paso olvidando nuestros sentimientos y emociones.

Pero el cerebro no funciona así.
Las emociones juegan un papel fundamental y afectan nuestro juicio. La dicotomía razón-emoción no es correcta.
Platón se imaginó que la mente era como un auriga con un carro tirado por dos caballos, uno hermoso y bueno y el otro feo y malo. El auriga es el cerebro racional que lleva las riendas y decide adónde se dirigen los caballos.

Posteriormente, Descartes dividió el alma y las funciones anímicas, entre ellas la razón, del cuerpo y las pasiones.
Y Francis Bacon y Augusto Comte querían reorganizar la sociedad de manera que reflejase la ‘ciencia racional’.
En Norteamérica, Thomas Jefferson esperaba que el ‘experimento americano probaría que los hombres pueden ser gobernados por la razón y sólo por ella’.
Y el filósofo alemán Immanuel Kant planteó el concepto del imperativo categórico de manera que la moralidad era racionalidad.
En la Revolución Francesa se rindió culto a la razón y varias iglesias de París se convirtieron en templos de la racionalidad.
En psicología, Sigmund Freud también planteó una dicotomía entre el yo y el ello, e incluso llegó a comparar el yo como un caballero y al ello como al caballo, aludiendo a Platón. Todo el esfuerzo de Freud fue fortificar el ego y controlar los impulsos del ello.

En resumen: que el cerebro emocional ha sido despreciado y descalificado como lo fue lo dionisiaco frente a lo apolíneo, o sea la corteza cerebral y la racionalidad.
Sin embargo, nuestra opinión, la opinión de los neurocientíficos hoy es muy distinta.

Un ejemplo ilustra lo que hoy se plantea ante esta antinomia emoción-razón.
El neurólogo portugués Antonio Damasio tuvo un paciente, al que llamó Elliot, que tenía un tumor cerebral en la superficie orbitaria de la corteza prefrontal, o sea en la corteza órbito frontal. Este paciente perdió la capacidad de tomar decisiones.
Padre y marido modelo antes de la operación en la que se le extirpó el tumor, con una posición importante de gestor en una gran empresa, todo cambió tras la operación.
Su coeficiente intelectual no se modificó, pero era incapaz de decidir nada, lo que le descalificaba para su tarea.
Deliberaba indefinidamente ante pequeños detalles, como por ejemplo, si debía utilizar el color azul o negro para escribir, qué emisora de radio escuchar o dónde aparcar su vehículo.
En los restaurantes era incapaz decidir lo que quería comer.
Evidentemente lo echaron del trabajo, comenzando negocios que siempre fueron una ruina.
Su mujer se divorció de él por lo que se tuvo que refugiar en casa de sus padres.

Como el propio Damasio refiere, Elliot lo describía todo de manera desapasionada, sin mostrar la menor emoción, como si fuese un espectador de sus propias vivencias. La respuesta galvánica de la piel no mostraba ninguna reacción a estímulos emocionales.
Si existiese una dicotomía entre la emoción y la razón, Elliot era un ejemplo de que sin las emociones el ser humano es incapaz de tomar decisiones ‘racionales’.

La corteza órbito frontal se encarga de integrar las emociones en el proceso de toma de decisiones.
Curiosamente, esta región de la corteza cerebral es una de las pocas áreas que son mayores en humanos que en otros primates. Si antes se creía que la corteza nos protegía de las emociones, resulta que es justo lo contrario.

Joseph LeDoux, un neurocientífico de la Universidad de Nueva York dice: “El cerebro consciente se lleva toda la atención, pero la consciencia es una pequeña parte de lo que hace el cerebro, y es una esclava de todo lo que se opera bajo ella”.

La corteza órbitofrontal es importante para identificar qué tipo de conocimientos sociales son importantes para una situación particular.
Cuando tenemos que tomar una decisión solemos reaccionar emocionalmente ante una situación dada. Esta reacción emocional se manifiesta en nuestro cuerpo como ‘marcadores somáticos’, como dice Antonio Damasio, es decir, como cambios en el sistema nervioso vegetativo o autónomo como respuesta a una alerta fisiológica.

La corteza órbito frontal se supone que es la base del aprendizaje de asociaciones entre situaciones complejas y los cambios somáticos.
Coopera con otras regiones para considerar situaciones previas que suscitaron cambios somáticos similares y así evaluar las respuestas conductuales posibles.
Se supone que regula la planificación de la conducta en relación con la recompensa y el castigo.

Otra región importante para la toma de decisiones es la corteza del giro cingulado anterior, considerada parte del sistema límbico y que hace tiempo se considera que está implicada en la detección de errores, en el autocontrol emocional y en la solución de conflictos.

Al igual que la corteza órbito-frontal, la corteza del giro cingulado anterior ayuda a controlar la conversación entre lo que sabemos y lo que sentimos.
En la toma de decisiones hay que incorporar lo que el pasado nos dice y los errores cometidos para no repetirlos.
Aquí la corteza del cingulado anterior juega un papel fundamental. Si se lesiona experimentalmente esta región en monos, la conducta de esos animales se convierte en errática e inefectiva porque no pueden predecir los aciertos ni corregir los errores.

En la toma de decisiones se ha encontrado en monos que la región inferior del lóbulo parietal juega también un papel importante.
En esta área hay neuronas que no responden pasivamente, sino que se activan en la decisión de implicarse en un acto determinado antes de que los animales sean conscientes de lo que van a hacer.
Es algo parecido a los resultados obtenidos en el tema del libre albedrío, en el que los sujetos humanos de experimentación activan el cerebro de manera inconsciente mucho antes de ser conscientes de tomar una decisión que consideran libre.

La neuro-economía, que integra los conocimientos de la psicología, la neurociencia y la economía, intenta saber cómo tomamos decisiones.
Algunos asumen que las decisiones se toman de manera racional, o sea en las que la gratificación es máxima y la pérdida es mínima.
Pero esta manera de pensar está ignorando el papel que juegan las emociones y que las personas no siempre toman decisiones basándose en un provecho financiero.
A menudo las emociones no están en relación con ganancias financieras.
Por ejemplo, las emociones pueden llevar a un sujeto a perder dinero en beneficio de la defensa de su reputación social.

En la toma de decisiones juega un papel importante el sistema de recompensa del cerebro, ligado al neurotransmisor dopamina. Los aspectos negativos, como el miedo, por otra parte, están relacionados con la amígdala, estructura que es imprescindible para el condicionamiento aversivo, o sea el aprendizaje de valores negativos.

Otra estructura importante es el cuerpo estriado que forma parte de los ganglios basales y que está implicado en la conducta motivada o dirigida a una meta.
Recibe aferencias de la corteza prefrontal y de la amígdala, así como de las estructuras dopaminérgicas del mesencéfalo.
Está implicado en la expectativa de la recompensa y en la predicción del error.

La interacción entre la amígdala y el estriado juega un papel en mediar acciones que disminuyen la exposición a sucesos aterradores, que producen miedo, en humanos.
La conexión de la amígdala con el hipocampo asegura la consolidación en la memoria de los sucesos emotivos importantes.
Y sus conexiones con la corteza sensorial o somestésica es importante para facilitar la atención a estímulos emocionales.
Su papel en la detección del miedo en expresiones faciales está demostrado por pacientes con lesiones en la amígdala.

En psiquiatría se estima que un 25% de la población carcelaria tiene tendencias psicopáticas.
El psicópata es proclive a la violencia, especialmente para satisfacer una meta que se ha propuesto, como por ejemplo, un deseo sexual.
La característica de estos sujetos es que toman decisiones de tipo amoral.
Aunque la moralidad es un concepto no muy claro, aquí en este caso podríamos decir que las decisiones morales serían aquellas que renuncian a la violencia, que tratan a los demás de manera correcta o que ayudan a extraños si lo necesitan.
Con otras palabras, que las personas que actúan con moralidad sienten empatía por el sufrimiento ajeno, que simpatizan con sus necesidades.

Todo esto es justo de lo que carecen los psicópatas.
En test psicológicos son personas normales, con memoria, lenguaje, inteligencia y lógica normales, pero son peligrosos porque tienen un deterioro en su cerebro emocional.
Suelen ser incapaces de sentir arrepentimiento, tristeza o alegría, es como si tuviesen un vacío emocional. Sus actos de violencia no hacen que aumenten los correlatos vegetativos de la emoción, como aumento de la presión arterial o de la frecuencia cardiaca.
Al revés, generalmente estos índices suelen ser más bajos que lo normal durante la violencia.
Esta falta de emociones es lo que los hace peligrosos.

El problema principal parece ser un déficit en el funcionamiento de la amígdala, que es responsable de propagar las emociones aversivas, como el miedo o la ansiedad.
Y también parece que el sistema de las neuronas espejo, base de la empatía, no funciona correctamente.
El psicópata nunca se siente mal haciendo el mal a otros. La agresión no los pone nerviosos. El terror no significa nada para ellos.

La neurociencia, que está estudiando las bases neurobiológicas de la moralidad, así como sus precursoras en animales que nos han precedido en la evolución, ha llegado a la conclusión que en las decisiones morales la razón no juega un gran papel como hasta ahora se ha creído.
Cuando alguien se enfrenta a un problema de tipo moral, lo primero que se genera en el cerebro es una reacción emocional, que es precisamente la que falta en los psicópatas.

La persona decide lo que está bien y lo que está mal basada en lo que se ha venido a llamar un instinto moral, un instinto que en los niños parece desarrollarse entre los tres y los seis años de edad.
Posteriormente, se activan los circuitos neuronales de la corteza prefrontal que, en realidad, lo que hace es justificar racionalmente la decisión que ya, previamente, se ha tomado.
Al psicópata, la razón le ayuda para justificar todo lo que hace.

La moralidad no es el resultado de un mandato divino, que Dios le dio a Moisés en el Monte Sinaí en forma de la tabla de los diez mandamientos; la neurociencia es de la opinión de que está inscrita en el cerebro de los primates.
Es algo necesario para animales que viven en sociedad y que tienen reglas que sirven para defenderla. Un hecho que apunta a su base neurobiológica es que cuando hacemos el bien a los demás nos sentimos también bien nosotros, es decir, que se activa el sistema de recompensa que el cerebro posee.

La toma de decisiones morales implica empatía.
Si no somos violentos es porque sabemos que la violencia hace daño; y si tratamos bien a los demás es porque pensamos que los demás deben tratarnos bien a nosotros.
Para sentir empatía por los demás primero tenemos que imaginarnos los sentimientos de otros; con otras palabras, tenemos que desarrollar una teoría de la mente que nos permita sospechar lo que ocurre en la mente de los demás.
A menudo esto ocurre a través de las expresiones faciales, exponentes de los sentimientos ajenos, que sabemos bien interpretar.
Lo mismo ocurre con los gestos y con el lenguaje corporal.

Pero recientemente hemos sabido de células nerviosas llamadas neuronas espejo que se activan también cuando observamos emociones en otras personas, neuronas que son las mismas que se activan con nuestras emociones.
De esta manera, las emociones ajenas pueden afectarnos como si fueran propias.
Se supone que estas neuronas son la base del aprendizaje por imitación, algo que es fundamental en la cultura humana.

La empatía es la base del altruismo, facultad observada también en otros animales cercanos evolutivamente y que es un sentimiento importante para la preservación de la especie o del grupo. Choca con el egoísmo natural y la lucha por la supervivencia observada en todo el reino animal, pero si el egoísmo es necesario para la supervivencia del individuo,
el altruismo lo es para la supervivencia del grupo.

Un ejemplo de la importancia de las estructuras de las que hemos hablado lo tenemos en los niños de los orfanatos de la Rumanía de Ceausescu.
Cuando el dictador prohibió todo tipo de anticonceptivos, los orfanatos se llenaron de niños que fueron abandonados de todo tipo de cariño y cuidados.
Los resultados fueron catastróficos. La mayoría sufrieron graves problemas tanto corporales como psíquicos, pero sobre todo lo que llamó más la atención fue el deterioro emocional.
Cuando fueron estudiados con técnicas de imagen cerebral se vio una actividad muy reducida en la corteza órbitofrontal y en la amígdala.
Los niños eran incapaces de percibir emociones de otras personas y de interpretar las expresiones faciales. Los niveles de vasopresina y oxitocina, dos hormonas fundamentales para las relaciones sociales, eran muy bajos.

Algo similar ocurre en niños que sufrieron abusos sexuales o físicos en la niñez.
En ambos casos se manifiesta la importancia del entorno para el desarrollo normal de esos niños, algo que ya se sabía por experimentos realizados en macacos.
Esto es otro ejemplo de la importancia del medioambiente para el desarrollo de facultades mentales, aunque exista una predisposición genética para ellas.
El lenguaje es un ejemplo, pero al parecer la moralidad es otro más que corrobora lo que hoy se sabe, que la plasticidad del cerebro es un hecho, especialmente durante épocas críticas del desarrollo del niño.

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