PEDAGOGÍA DE LA EXCEPCIÓN ¿CÓMO EDUCAR EN LA PANDEMIA?

PEDAGOGÍA DE LA EXCEPCIÓN

¿CÓMO EDUCAR EN LA PANDEMIA?

 Documento de trabajo, Escuela de Educación, Universidad de San Andrés, Buenos Aires. Axel Rivas, Profesor, investigador y director de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés.

Resumen

Se ha interrumpido la presencia escolar. La pandemia cerró las aulas y nos abrió todo tipo de preguntas. Nadie pensó ni teorizó sobre la enseñanza en estas condiciones. Estamos haciendo camino al andar. Necesitamos una pedagogía de la excepción. Una pedagogía que contemple y actúe, en la medida de lo posible, sobre las inmensas desigualdades sociales. Una pedagogía que apele a la didáctica para reclasificar el currículum buscando iteraciones de sentido en vez de actividades sueltas. Una pedagogía que multiplique su mensaje, llegando también a las familias, ahora más importantes que nunca en el aprendizaje de los alumnos. Una pedagogía sensata, reflexiva y humana, en medio de la incertidumbre que vivimos. Este breve ensayo es una propuesta para debatir la escuela en tiempos de excepción

Un nuevo mundo

Todo ha cambiado. Se ha caído el sistema. La escuela. La frontera que la separaba (en parte) del mundo. El aula. La mirada. Todo se ha derrumbado de repente y no sabemos por cuánto tiempo más. La aparición del COVID trajo la cuarentena y puso un paréntesis en la larga historia de la escolarización. Desde entonces, vivimos la era de la excepción.

Este texto nace en medio de una pandemia. Es una forma de diálogo con el presente. Por eso también es una excepción su formato y su acelerada elaboración: trata de abordar un tiempo inesperado que requiere respuestas inmediatas. Es un texto en forma de propuesta abierta: no podría ser una serie de reglas ni tiene la base empírica para profundizar qué de todo esto es posible en medio de un nuevo mundo. Solo busca aportar ideas, sugerencias y posiciones frente a la pandemia en el campo de la educación primaria y secundaria.

El punto de partida es que no se puede, por un tiempo, volver a la normalidad pedagógico- curricular ni abandonar a los alumnos en sus realidades sin amparo del sistema educativo. Hay que asumir esta situación como lo que es: una ruptura de todos los esquemas y de la identidad que construimos con ellos. Volver a (intentar) instalarlos no funcionará o creará nuevos problemas. La pedagogía de la excepción parte de este postulado que contiene cinco transformaciones de la gramática escolar:

-Se ha caído la presencia. Ya no hay reunión física de cuerpos, ni aulas, ni un grupo que interactúa e impone su dinámica, ni docencia pastoral que maneja un grupo visible a su cargo cada día y permite establecer una vara de lo que se enseña y aprende.

-Se ha caído el tiempo. Ya no hay horarios (salvo en los encuentros sincrónicos de los grupos con conectividad), ni horas de clase, ni rutinas encuadradas, ni claridad alguna en el modo de uso del tiempo de aprendizaje.

-Se ha desarmado el currículum. Está ahí el programa, pero ya se sabe que no se podrá abarcar completo ni qué criterios usar para fraccionarlo y reorganizarlo. Es un interrogante.

-Se ha desarmado la motivación basada en el deber externo. Ya no está la frontera escolar para imponer el poder de la norma, el mandato de hacer lo que dice una autoridad exterior. Se familiarizó el poder escolar: la motivación se negocia, impone o despliega en cada hogar de maneras invisibles para el sistema escolar.

-Se ha desarmado la armonía, el (falso) equilibrio de las cosas. Vivimos un estado de excepción mundial: no sabemos qué pasará con el coronavirus, ni con nuestras vidas ni con el futuro inmediato. El estado de ánimo está atravesado por lo imprevisible, lo inédito y lo doloroso de esta situación.

Estas transformaciones requieren una pedagogía de la excepción. Hay que hacer un ejercicio nuevo de transposición didáctica pandémica. Algo nunca visto, ni teorizado, ni imaginado. Algo donde depositar el trabajo de los docentes que están reinstalando la escuela en los hogares y el aprendizaje en la vida de los estudiantes. Esa transposición nueva podrá usar las fuerzas de la gramática escolar, porque sus diseños y costumbres también se convierten en una serie de parámetros conocidos para crear un nuevo diálogo de aprendizaje en los hogares. Y podrá usar una serie de teorías de la innovación educativa que estaban en plena discusión desde hace un

siglo, pero habían visto un despliegue mundial y reciente en el campo de la discusión de las prácticas pedagógicas.

Este texto es una conversación en esos distintos campos. Busca enhebrar posibilidades en medio de las injusticias que expande la pandemia. La familizarización de la educación es un viaje hacia la profundización de las desigualdades. Basta saber que la ausencia de conectividad (y/o de dispositivos o computadoras para uso individual) se ha convertido en la mayor barrera de acceso a la educación en la pandemia. El nivel educativo y económico del hogar han magnificado sus efectos sobre los estudiantes, abrumados a su vez por los efectos sociales y económicos que va produciendo la pandemia.

En los países de América Latina, la región más desigual del planeta, la nueva realidad educativa es crítica, pese a los incontables esfuerzos de la política pública y de las escuelas. Es en ese contexto que se inscribe este texto, como un intento de elaborar ideas para pensar la docencia en medio de la excepción de la presencia escolar.

Crear nuevos caminos pedagógicos

Aquí se plantean cinco grandes rutas para las escuelas y docentes de nivel primario y secundario, asumiendo un tono genérico que aborda al sistema educativo en su conjunto en países de América Latina con altas desigualdades y conectividad muy dispar de los estudiantes. Estos caminos buscan ese punto tan difícil de encuentro de las múltiples realidades, sosteniendo la visión del derecho social a la educación como marco de apoyo a las nuevas experiencias educativas que nos obliga a pensar y hacer la situación de la pandemia.

Primer camino: recuperar los rostros. Conectar.

Había muchas cosas que los docentes no podían ver en el mundo de la presencia. La escuela era un bote lleno de agujeros. No se veía, muchas veces, a los alumnos perdidos en el fondo de la clase, de su timidez o de sus vidas. No se veían las alternativas didácticas, quizás por un exceso de tareas, temores y reglas de la gramática escolar. Pero ahora estamos en otro estadio. Ya no vemos los rostros de nuestros estudiantes. La pandemia desató la era de la educación sin rostros.

La pedagogía de la excepción debe comenzar por aquí. Por lo que se ha roto. Recuperar la mirada, los rostros, lo humano. El primer camino es reconocer las ausencias. Fuera del radar presencial no sabemos qué alumnos están y cuáles se han ido, cuáles tienen problemas o situaciones difíciles en sus hogares.

El primer punto del ovillo es conectar de forma singular con cada alumno de cada grupo-clase y de cada escuela. Esta tarea fue especialmente acuciante al comienzo de la pandemia. Apenas con una o dos semanas de clase no se había siquiera conformado el grupo-clase, los docentes no sabían los nombres (ni los rostros) de muchos de sus estudiantes. Menos aún sus teléfonos o mails o contactos. Esta tarea fue fundamental en la primera etapa y tuvo diferentes circuitos que aún se están completando: las cadenas de whatsapp, la entrega de cuadernillos cuando las familias buscan la comida en la escuela o inscribirlos en un campus virtual si tienen conectividad.

La búsqueda de los alumnos es la búsqueda de sus rostros. Hay que intentar de diversas maneras que vean a sus docentes. Para quienes pueden practicar algún tipo de clase semanal con el grupo completo desde ya cuentan con una gran ventaja (que está atada a las posibilidades de acceso tecnológico de alumnos y docentes).

Quienes no puedan llegar a la clase sincrónica virtual pueden buscar de otras formas de comunicación. Mandar segmentos breves de videos con saludos, palabras de aliento, cuentos, poesías, desafíos o juegos es especialmente recomendable. Cuanto más pequeños los alumnos, más importante ver a sus docentes. Con cierta frecuencia hay que recordarles que sus cuerpos están allí. No pueden imaginarse lo que significa la abstracción de un cuerpo para un niño. Hay que llenar ese espacio de gestos y emociones. Hay que llevar la mirada maestra, que es un recuerdo del valor que tiene cada uno de los alumnos y un aliciente para hacer sus tareas.

Junto a los rostros, se sugiere lograr contactos cercanos para captar situaciones problemáticas. Es necesario poner más en juego que nunca la contención, la humanidad y el apoyo individual, detectando casos críticos y creando un marco previsible de contacto y cercanía. Las explicaciones cortas en audio o filmación para acompañar una actividad son ocasiones especialmente importantes para dar alguna pauta de enseñanza que no deje tan solos a los alumnos.

Esto, como todo, compite por el tiempo escaso con el cual trabajan los docentes, abrumados por la pandemia y sus propios hogares. Contemplando las limitaciones de tiempos, hay distintas dosis y formatos de cercanía y tutoría individual. Es importante dar lugar a la voz de los alumnos en mensajes grabados (el audio de whatsapp puede ser un mecanismo rápido y reproducible), donde puedan expresarse, contar si tienen problemas o dudas. Nuestros alumnos deben sentirse escuchados. La pedagogía de la excepción requiere crear una nueva eficiencia humana de la escucha: dedicar una cantidad apropiada de tiempo, no desbordante desde ya, que permita conectar con las necesidades particulares de los alumnos, especialmente los más vulnerables.

Desde el espacio de gestión de las escuelas, el contacto humano implica ejercer la función de cartógrafos. Es importante ubicar a cada alumno, saber si tiene qué comer, dónde vive la pandemia, si tiene conexión, si tiene computadora, si sigue con las actividades. Es un tiempo donde reconstruir la escuela en la virtualidad: un espacio separado de cuerpos pero unificado en la pertenencia institucional, en la preocupación humana y pedagógica por la situación de cada alumno.

Segundo camino: reclasificar el currículum y la didáctica. Priorizar.

Ya no está el aula física, ni el grupo clase presente, ni la docencia regulada por un espacio- tiempo, ni los rituales del aprendizaje. No sabemos bien cuántos alumnos están conectados y cómo siguen aprendiendo. No sabemos cuánto tiempo durará esto ni los grados de temor y ansiedad que viven los alumnos y sus familias. En este nuevo mundo hay que reclasificar lo que se puede enseñar y aprender.

Es un tiempo de diseño didáctico. En tiempos “normales” un buen docente era aquel que, además de muchos otros atributos, era un buen conductor de orquesta. Era aquel que manejaba bien los grupos, la interacción, la dinámica del aula. En la pandemia esas destrezas quedan en el olvido (salvo para conducir reuniones virtuales, un saber también bastante específico). Cobra más valor la capacidad de diseño didáctico. Es un momento para pensar y hacer buenas propuestas de aprendizaje, que tengan en cuenta los saberes previos de los estudiantes y sus condiciones actuales.

La pandemia nos empuja a juntar las piezas y armar una serie de propuestas nuevas que puedan accionar, sabiéndose extremadamente limitadas, en este contexto. No debería caerse en la trampa de las actividades sueltas, ni las rutinas atrapadas en la vieja armonía escolar. Es clave priorizar el currículum: en cantidad, en calidad y en la producción de sentido. Debemos elegir las batallas, saber balancear aquello que más valor tiene en nuestro programa curricular. No habrá tiempo para todo: habrá que elegir y “curar” contenidos.

Pero esa elección es muy distinta a las que haríamos fuera de la pandemia. La excepción es tan grande que abarca, antes que nada, a los alumnos que quedaron desconectados, los abandonados en el camino de la salida física de la escuela. Nuestra pedagogía debe abarcarlos a todos.

Entonces es tiempo de perder una parte de la disciplina para ganar el disfrute de aprender. ¿En qué sentido “perder disciplina”? En lo que la palabra significa en su doble sentido: disciplinar sujetos y disciplinar el saber. Perder disciplina es perder poder. Es perder parte de la capacidad de seguir un método largo para llegar a los desequilibrios cognitivos que permiten la adquisición de un nuevo código, un lenguaje, una teoría. Perder parte de las herramientas que la escuela, con suma dificultad y arrastrando sus fracasos, tenía para inscribir largos procesos de enseñanza con seguimiento de los aprendizajes. Perder una parte del ritmo de las ciencias, esos gigantescos filtros de la realidad, que requieren rituales, repeticiones, memorizaciones, cambios de estados epistemológicos en los sujetos, para instalar una serie de hábitos, destrezas y reconfiguraciones cognitivas. Perder la disciplina de mantener el orden de la clase, el seguimiento de la norma, el poder de mando pastoral docente. Perder en parte la disciplina de un campo de conocimiento que tiene una historia y una estructura, no es el simple agregado inductivo de conocimientos.

Todo eso estamos perdiendo en la pandemia y no podremos recuperarlo realmente hasta volver a reestructurar la escuela en tiempos más normales. Quizás algo puedan hacer distinto esas pocas escuelas privilegiadas en conectividad y capital cultural familiar. Por eso duele tanto la desigualdad educativa de este virus: porque multiplica las ya existentes y porque estamos tan limitados para hacerle frente en tan poco tiempo.

Entonces nos queda la didáctica para recuperar lo que perdemos aunque sea de otra forma. La pedagogía de la excepción se propone centrada en producir mayores dosis de sentido al aprender. Es un tiempo donde pensar actividades que recuperen la esencia del valor del aprendizaje. También eso nos conduce a la disciplina de aprender, porque no se trata de argumentos pedagógicos encontrados sino complementarios: pedagogías ejecutivas y emancipadoras, estructuradas y laterales, visibles y latentes. Se necesitan las dos patas en simultáneo y en combinaciones muy específicas para cada cultura y cada contexto.

En la pandemia nos falta una gran parte de lo que necesitamos para hacer funcionar la pedagogía directiva. Ya no podemos explicar en profundidad, ni dar clase (salvo en fragmentos); ya no sabemos bien quién escucha ni siquiera quién está. ¿Vamos a simular un programa curricular homogéneo? ¿Vamos a imponer una vara de contenidos y castigar a los que quedaron desconectados o tienen menos apoyo en el hogar? ¿Pagarán los más desaventajados este inédito apagón educativo?

La pedagogía de la excepción hace algo con lo que sucede: construye propuestas para que los alumnos puedan sentir que vale la pena aprender. Para esto opera priorizando contenidos curriculares. Pocos pero significativos y conectados con lo más relevante de cada campo de conocimiento. Prioriza también las habilidades y destrezas que quiere conducir en estos contenidos. Habilidades cognitivas que permitan pensar, generar transferencia, comprender. Destrezas digitales para hacer pie en este nuevo mundo. Habilidades de la personalidad para desarrollar la paciencia, la empatía, la resiliencia, la solidaridad y la adaptabilidad en medio de tanto cambio. Y, muy especialmente, las habilidades de autoaprendizaje y metacognición, más necesarias que nunca.

¿Cómo es el diseño didáctico en la excepción? Con la base de las prioridades curriculares su objetivo primario es buscar el sentido. Entonces podemos aprovechar lo que ya sabemos de las pedagogías activas:

-Proponer hacer cosas que dan placer, disfrute y alegría mientras se aprende. Involucrar socialmente a la familia en juegos, desafíos y entretenimientos educativos.

-Proponer hacer cosas que producen rápida apropiación, que los sujetos ven al hacerlas un cierto resultado propio de su acción (y que utilizando ese saber pueden volver a generar). No disipar demasiado en el tiempo el fruto de la acción de aprender.

-Proponer hacer cosas exploratorias que hacen al sujeto parte del proceso de aprender. Esto puede producir un aprendizaje lento, incompleto y más ineficiente que la enseñanza directa (ya lo sabemos por muchas investigaciones) pero en tiempos de pandemia hay que saber aprovechar el aspecto creativo y disfrutable del aprendizaje por descubrimiento.

-Proponer integrar las cosas para que no se sienta que uno está tirando el tiempo en actividades sueltas. Trabajar por proyectos es más necesario que nunca en la pandemia. Hay que reunir lo que se hace, pasarlo por distintas capas que le presten sentido y hagan sentir a quien trabaja/aprende que las piezas encajan. Hay que hacer que los alumnos jueguen juegos más completos, que entiendan de qué son parte, para poder poner en ello su energía.

-Proponer crear, inventar y hacer. Es más fácil involucrar a los sujetos si se los hace sentir valiosos, si pueden expresar algo nuevo y no repetir una serie, si son creadores, artistas, exploradores. El arte es un gran camino para transformar la percepción y ampliar el horizonte de las estructuras mentales de los estudiantes.

Está claro que se perderá mucho con este exceso de las pedagogías liberadoras y experienciales. No se podrá estructurar de manera más integrada y dirigida el contenido ni generar las explicaciones que lubrican las experiencias. Pero al menos, y esto es fundamental, se podrá disfrutar lo que se hace. La excepción de la pandemia nos permite desprendernos de manera justificada de incontables procedimientos de enseñanza que generaban aburrimiento, cansancio, malestar. Muchos eran necesarios, pero no podemos abusar de ellos en medio de la excepción.

Debemos recurrir al diseño de experiencias de aprendizaje llenas de sentido, que permitan a los alumnos transitarlas con cierto disfrute y a sus familias también. Bastante dolor nos impone la vida actual de pandemia como para adicionarle dolores impracticables del aprendizaje (o practicables a costa de la exclusión ampliada de los más desaventajados).

Tercer camino: planificar con la desigualdad. Multiplicar.

La pandemia produjo la familiarización de la educación. Se metió la escuela adentro del hogar. Como consecuencia, la pedagogía de la excepción debe trabajar ampliando su diferencia. Hay que salir del método simultáneo que unificaba al grupo en un ritmo-clase único, uniforme y serializado. Es tiempo de acercarse, de poner los “ojos” en nuestros alumnos. Es tiempo de mayor realismo didáctico: la planificación no funcionará sin entender el contexto donde viven los alumnos. La escuela fue la institución de la frontera: creó la distancia con el hogar, puso el uniforme en los alumnos, los sacó de sus realidades locales para ponerlos en un cierto plano de igualdad. Eso (que tantos problemas tenía y que desplegó tratados completos de sociología de la educación) se acabó con la pandemia.

Debemos contemplar el contexto más que antes. Por eso es tan problemático tener respuestas generales masivas. El broadcasting de la TV, la radio o los cuadernillos del Ministerio de Educación son un gran apoyo. Estira la presencia del Estado en los territorios, ayuda a crear recorridos de aprendizaje allí donde no llega la escuela. Pero los docentes pueden adicionar una capa de sentido local en lo que proponen a sus alumnos. Apropiándose de los recursos que haya: lo que el Estado brinda como bienes públicos educativos, lo que las familias tienen, lo que el contexto ofrece.

La conectividad parte las aguas en este terreno. Se sugiere mapear el estado de situación de nuestros alumnos y proponer actividades con múltiples contextos de aplicación y expansión. Hay que dar doble opción: para quienes pueden explorar en internet y para quienes no. Y lograrlo sin hacer sentir a quienes no tienen acceso que están perdiéndose el mundo por estar aislados digitalmente. No es fácil, claro está. Pero en esto consiste el ejercicio de diseño didáctico.

Como parte de este nuevo modo de integración de las diferencias en la planificación didáctica, también se propone crear un doble discurso pedagógico. Ya no hay un sujeto de aprendizaje único, sino que convivimos con la duplicidad: el alumno y su hogar. Siempre los hogares educaron, pero ahora mucho más que antes.

La pedagogía de la excepción propone escribirle/hablarle a las familias de manera directa, intencional, explícita. Se sugiere crear una doble intencionalidad pedagógica, un doble registro. Por un lado, la actividad que se propone al alumno, en cualquiera de sus formatos posibles. Por el otro, las indicaciones para las familias que lo acompañan. Hay que ser cuidadosos y simples: decir qué rol le proponen (dejarlos solos, ayudarlos, leerles, hacer algo juntos, corregirles o no, etc.) y para qué sirve eso que están haciendo (de qué trama forma parte, a dónde va, cómo sigue, qué están aprendiendo en concreto).

Es clave mantener también una comunicación muy cercana que oriente a las familias en cómo ayudar a sus hijos a aprender, organizar sus tiempos, facilitar el contexto singular en el cual se pone en escena la escuela en el hogar (rutinas como conversar sobre lo aprendido o hacer una síntesis semanal integradora, porque comunicar a otros es una parte central del aprender). Esto ayudará a manejar el tan difícil y repentino rol del educador casero, que no sabe realmente qué hacer con eso que llega de la escuela.

Finalmente, en el plano de la multiplicación de las propuestas didácticas, es importante contemplar el trabajo entre pares, favorecerlo y diseñarlo con cuidados especiales. Los alumnos necesitan encontrarse en la virtualidad y compartir un diálogo escolar. Esto los potencia en sus aprendizajes, siempre sociales y culturales, y les habilita un espacio más amplio de contención en la soledad de la pandemia. El diseño didáctico puede contemplar, siempre dentro de los contextos realistas de encuentro virtual de sus alumnos, un espacio de tutoría entre pares. Se recomienda habilitar la consulta del que no entiende algo o avanza a ciegas. Crear filtros de lectura de pares, hacer trabajos en equipos y fomentar la resolución de problemas colaborativos.

Cuarto camino: una nueva secuencia. Rutinizar.

No sabemos cuánto durará esto. Quizás todo el año 2020. Quizás se pueda volver a las aulas de alguna manera restringida, quizás sea más largo. Ese tiempo requiere entrar en una segunda fase de la pedagogía de la excepción. Salidos del shock repentino del confinamiento, podemos ahora mirar el calendario escolar y crear un recorrido posible. Es hora de planificar los próximos meses y quizás el año completo. Al menos hacerse una idea del recorrido en condiciones de virtualidad.

Es tiempo de reinstalar algunos dispositivos de la frontera escolar tradicional, de la continuidad, de la pedagogía visible, de la vara que define lo predecible, lo común, lo serializado, la rutina; la serie en el tiempo que arma una secuencia de hitos de aprendizaje y un seguimiento por parte de los docentes. No será la imaginada allá en el lejano inicio del año, antes de la pandemia. Pero es necesario dar a los alumnos un trayecto equilibrado: ni la imposición de una tarea imposible de seguir ni un ritmo fantasmal, fragmentario, donde todo da lo mismo.

Recrear la frontera escolar será la tarea más ardua de los docentes y las escuelas. Las condiciones sobre las cuales se debe asentar son difíciles: alumnos que no tienen conectividad o comparten un celular en una familia numerosa; alumnos sin tiempo o energía o capacidades de sus padres para seguirlos y entenderlos y reparar los vestigios del orden escolar.

Se sugiere apoyarse en las columnas del currículum (sin presionar donde no se puede), cierta continuidad de las propuestas didácticas, el uso de materiales ya estructurados como los libros de texto, los cuadernillos, los programas de TV y radio. Dar algunas secuencias practicables con guías para las familias: proponer a los alumnos que lean un par de páginas por día para no perder el hábito de la lectura, incluir en cada proyecto ciertas secuencias curriculares de repetición y consolidación, hacer rutinas de síntesis semanal de aprendizajes, crear un diario de lo aprendido o de las reflexiones sobre lo aprendido, etc. Pero todo esto debería mantener un equilibrio reflexivo y no perder el eje de la excepción que es el generar sentido en lo que se hace: no forzar demasiado, no apretar, no poner en situación de ajenidad y alienación a quienes no tienen contención ni pueden recibir una explicación que calme la ansiedad de lo que no se entiende o no se logra.

Un paso vital para poder crear estas rutinas de continuidad y secuencias de aprendizaje con un cierto ritmo de hitos visibles es la incorporación de los alumnos en una plataforma (aunque desde ya aquí se presentan, nuevamente las desigualdades en conectividad y equipamiento). Muchas provincias tienen sus propias plataformas y hay una amplia oferta de propuestas gratuitas y pagas. Las plataformas son campus virtuales o sistemas de gestión del aprendizaje. Permiten una cierta secuencia controlada: se sabe qué alumno hizo cada actividad, se puede corregir de manera continua y generar una red de contención pedagógica en ausencia de la escuela física.

Una pieza de este rompecabezas es la evaluación formativa y la retroalimentación cuidadosa y sensata. Esto saca tiempo a los docentes y habrá que saber ponerlo en juego sin desesperar, con pautas ordenadas y eficaces. Se recomienda establecer hitos visibles y claros, en lo posible de uno o dos meses enteros: fechas de entrega y de corrección. Pocas cosas, pero valiosas y viables, de esas que mencionamos en el camino 2. Y corregirlas con una devolución, aunque sea breve pero rápida, porque este mecanismo genera acompañamiento. Los alumnos necesitan una mirada, un seguimiento, alguien que les toque con su mano el hombro mientras hacen su tarea. Esa mirada, comprensiva como nunca antes, llena de aliento y de afecto, es la que les permite reconstruir un camino y sortear obstáculos que en muchos casos requerirán una redefinición del esfuerzo por aprender.

La evaluación formativa puede completarse con un modelo de portafolio, donde los alumnos vayan depositando/mandando sus trabajos y sus proyectos. El resultado final ya no podrá ser una nota ni una vara que se basa en una ficción de igualdad y en una serie de parámetros curriculares que ya no están ahí. Parece más adecuado a este contexto elaborar un informe cualitativo individual de devolución al alumno para que sienta que valió la pena el esfuerzo, para situar qué aprendió, cuáles fueron sus fortalezas y debilidades, creando un panorama general que permita retomar su trayecto el año próximo.

El objetivo es un equilibrio difícil pero necesario: que los alumnos se sepan observados, que valga la pena hacer la tarea, que se valoren los esfuerzos dentro de un marco más amplio de comprensión y apoyo, sin presiones, sin temores, con un afecto más centrado en lo humano que en el rendimiento.

Una buena medida para ofrecer ese equilibrio tan difícil en situaciones tan dispares es promover las actividades optativas. La pedagogía de la excepción puede abrir puertas inesperadas al aprendizaje. Sobre una base común pequeña pero profunda y muy centrada en el sentido, hay que proponerles actividades y trayectos optativos a los estudiantes. Que aquel que tenga tiempo, interés y capacidad de búsqueda individual o apoyada en el hogar, pueda profundizar o quizás salirse del programa y explorar algo más allá de lo esperado en el anclaje curricular previsto para ese año. Que al que tenga libros a su alcance se le proponga la lectura libre pero situada, que se comparte con otros en un texto o video comentado. Al escapar de la lógica curricular frondosa, donde casi no hay tiempo para aprender fuera de lo establecido, se abre también una ruta exploratoria de los intereses de los alumnos que puede tocar sus vidas en medio de la pandemia.

Estas propuestas son compatibles con una misión fundamental: entusiasmar a los estudiantes. Las propuestas opcionales son posibles rumbos en la noche de la enseñanza. Hay que darles a los estudiantes, especialmente en los grados superiores de primaria y en secundaria, alternativas de exploración profunda. Si tienen conectividad el mundo es inmenso y podrían los docentes hacer algo de curaduría de plataformas y recursos para darles a sus alumnos caminos comentados. Los jóvenes en su soledad son tentados para depositar su tiempo en los emporios digitales que absorben su atención, pero también encuentran muchas veces los tesoros ocultos del aprendizaje. En cualquier caso, un buen docente de pandemia (y de siempre) es aquel que despliega invitaciones comentadas. Quién sabe qué son capaces de hacer realmente los estudiantes.

Quinto camino: crear comunidad. Reflexionar.

No estamos solos aunque vivamos el encierro de la pandemia. Es importante crear comunidad, hablar con los colegas, pensar juntos, descargar los pesos de la incertidumbre y los dolores sociales y personales que vivimos en este tiempo desalmado. No olvidar nunca el hacer ese siempre pendiente encuentro virtual (en lo posible con los rostros, porque ellos traen las sonrisas y los gestos que tanto extrañamos) cada dos o tres semanas con colegas docentes, juntarse en grupos de whatsapp para pasarse un estado de situación del curso compartido o de las actividades.

Planificar juntos no es fácil pero hay que intentar aunar ideas y en lo posible trabajar por proyectos. Aprovechar la reducción curricular para amplificar las dosis de interdisciplina. Armar buenas preguntas y poner a los chicos a investigar, conectar temas, hacer propuestas frondosas que se recorren en varios días, no actividades sueltas que se evaporan y nos dejan como abandonados en nuestras propias casas, mirando las paredes esperando que esto se termine. Se sugiere enviar a los hogares actividades conectadas que contengan iteraciones de distintos contenidos y que sitúen a los alumnos en posición de indagación.

Crear comunidad es recrear la institución en la virtualidad, es generar un plan colectivo, ponerse de acuerdo, diseñar nuevas rutinas institucionales. También aquí los directivos son claves para hacer ese nuevo equilibrio de apoyo, acompañamiento y seguimiento de sus docentes. Es clave observar las actividades didácticas y crear el clima de confianza para comentarlas. Recrear la escuela en la virtualidad requiere crear un espacio de reflexión, el intercambio honesto, la búsqueda compartida de sentido en todo lo nuevo que se está haciendo. Cuanto más solos estén los docentes más solos estarán sus alumnos (y sus familias).

El algoritmo educativo de la pandemia

Este breve texto propone ideas para pensar la educación en la pandemia. Está asentado en la realidad latinoamericana. La ruta de la tecnología digital es un gran diferenciador de las posibilidades de recuperar la experiencia educativa en la ausencia de las aulas. Por eso aquí se presenta una pedagogía que incluya a los incontables desconectados, que pueda reinsertar dosis de justicia educativa en este nuevo mundo incierto. Por eso es tan importante la pedagogía en momentos de excepción. No serán los docentes expertos en tecnología los mejor posicionados para rehacer el sistema, serán los conocedores (y los apasionados) de la didáctica, los que buscan reinventar la enseñanza con sentido y criterio en las condiciones que la realidad les presenta. Saber tecnología ayudará, claro está, pero mucho más importante será la adaptación de la mirada pedagógica.

En definitiva, ser docente no es tan distinto a ser un programador. Los docentes diseñan algoritmos de aprendizaje. ¿Qué es un algoritmo? Es una secuencia de instrucciones para lograr un cierto resultado.

En la máquina escolar todo ha cambiado. Los algoritmos que usábamos para lograr resultados han colapsado. Debemos inventar, entonces, nuevas partituras para obtener nuevos resultados.

¿Cuál es el algoritmo educativo de la pandemia?

Aquí se propone un movimiento central: pasar del currículum obligatorio a un currículum de prioridades y sentido. Es un cambio de los resultados esperados. Cada alumno podrá hacer cosas muy distintas en hogares diversos. Hay que personalizar los trayectos con un propósito más amplio y menos estructurado de lo que se espera lograr. Hay que generar el disfrute de aprender. Sacrificando disciplina, ciertos contenidos curriculares esperados, homogeneidad. Se perderá el cuerpo uniforme de lo que se esperaba enseñar, será más difícil consolidar, construir nuevos modelos mentales bajo el registro docente, hacer cambios cognitivos profundos; se perderá buena parte de lo que la escuela podía ofrecer. No se podrá reconstruir una secuencia dura, propia de la pedagogía visible, disciplinar, clasificada dentro de la escuela y, por lo tanto, ahora inexistente e intransferible en el corto plazo.

Habrá que saber ganar a cambio mayor espacio para explorar, disfrutar y valorar el aprendizaje. Habrá que poner más foco en incitar y provocar a cambio de consolidar. Habrá que juegos educativos completos que incluyan a hermanos, familiares y compañeros; hacer a nuestros alumnos sentir que pueden hacer cosas y que aprender vale la pena; promover el aprender a aprender con un cuidado extremo para no generar impotencia y frustración.

Para lograr estos objetivos la didáctica será más importante que nunca. El algoritmo educativo de la pandemia tiene que estar lleno de intencionalidad, tiene que saber qué se propone, no tirar actividades con la esperanza de que produzcan algo.

Pero la didáctica es un tipo de algoritmo que acciona sobre sujetos, no sobre bits. Requiere un cierto trato, una ética, una visión más allá de la técnica. Sería hoy más absurdo que antes caer en una visión tecnocrática e instrumental de la didáctica. La enseñanza es trabajo, un oficio, una ciencia y también un arte que se asienta sobre contextos muy específicos.

Algo debe quedar claro para diseñar este algoritmo de la pandemia: la educación no es entretenimiento. Puede resultar entretenida por momentos pero su código es distinto. La educación es una fuerza que busca transformar a los sujetos para hacerlos autónomos, busca crear en ellos la capacidad de leer, escribir, resolver problemas y pensar; busca el distanciamiento crítico que permite actuar con sentido; el control de la voluntad para ser menos sujeto a los deseos e intereses de otros; el valor de la ética para hacer este mundo más justo. En definitiva, la educación es la creación en los sujetos del compromiso efectivo con la búsqueda de la verdad.

Esto no podrá ser negociado en la pandemia. Debemos saber para qué les proponemos las actividades sin caer en la trampa de mantenerlos entretenidos como un fin en sí mismo. Para eso nos ayudan los grandes hitos curriculares ya existentes. Podemos apoyarnos en ellos para el nuevo diseño didáctico, extraer de ellos todo su poder oculto de dar sentido al mundo, de

percibirlo de otras formas, de hacernos pensar,  de mantenernos activos. De allí saldrán el disfrute, la alegría y el placer de aprender.

Es un trabajo difícil en un mundo difícil. Los docentes enfrentan la pandemia abrumados por sus propias condiciones de vida y por lo que ven que pasa con sus alumnos, especialmente los que atraviesan condiciones adversas. Deben re-imaginar la clase, el grupo, el currículum en los hogares; deben reinventar su trabajo, adaptarse a la tecnología, aprender cosas nuevas, repensarlo todo. Cada uno podrá andar estos caminos a su manera y habrá que comprender también las diversas realidades de los propios docentes, que están haciendo un esfuerzo inmenso por sostener la escolarización de los alumnos.

El rol del Estado será fundamental para hacer menos pesada esta carga. Ampliar la conectividad de los hogares y la distribución de dispositivos es una política cada vez más imperiosa. Construir rutas curriculares que ensamblen a gran escala opciones para los docentes es otra gran avenida de trabajo, que podrá traducirse en los distintos formatos para lograr llegar a todos: portales, TV, radio, cuadernillos, libros de texto, etc. Otra avenida es la capacitación de los docentes en las herramientas tecnológicas más imprescindibles y en las estrategias didácticas. La posibilidad de conectar a los alumnos a una plataforma pública de recursos educativos es otra vía que cobra un valor inesperado en la pandemia, para dar más coherencia y seguimiento al sistema y para facilitar el trabajo docente en todo lo posible. Todos estos caminos requieren articulación, recursos y capacidades estatales para repensar la política educativa en tiempos de pandemia.

La pregunta final

Antes de concluir este breve texto hay que abordar la pregunta que flota en el aire, como un elefante en la sala. ¿Qué de todo esto deberá quedar en las escuelas cuando la pandemia se termine? ¿La pedagogía de la excepción es un camino hacia la liberación de las aulas y nos conduce al anhelado deseo de disfrutar aprendiendo?

La primera respuesta es que la pedagogía de la excepción es eso: una excepción. Este tiempo no es una “oportunidad educativa”. La pandemia del coronavirus es una tragedia. Debemos estar unidos, cuidarnos, cuidar de los otros y muy especialmente de los mayores. Es un tiempo para adaptarnos lo mejor que se pueda y depositar nuestra inversión como sociedad en las ciencias que puedan ayudarnos a resolver el problema y a mitigar sus efectos.

Lo que salga de esta gran excepción no lo sabremos. La escuela tiene secretos bien guardados que se anclan en las maneras de estructurar el conocimiento y desplegarlo masivamente. No está muerta ni sus dispositivos son insensatos. No hay que caer en las tentaciones de la innovación sin saber qué riesgos hay en juego. En todo caso, este viaje hacia la pedagogía de la excepción permitirá pensarlo todo. Saldremos más reflexivos y podremos, ojalá pronto, balancear qué funciona realmente del viejo orden y qué podremos cambiar que valga la pena.

Mientras tanto, se sugiere mantener un contacto humano con nuestros estudiantes, una reclasificación curricular que genere sentido y multiplique las posibilidades de aprender en contextos muy desiguales, con ciertas rutinas y secuencias que mantengan el edificio curricular usando sus columnas fundamentales. Estas propuestas son un tejido tentativo que muchos docentes ya están practicando. El laboratorio de la pandemia es una gran conversación pedagógica para aprender cada día.