LA ESPIRITUALIDAD EN EL HOMBRE desde la perspectiva logoterapéutica de Víktor Frankl

LA ESPIRITUALIDAD EN EL HOMBRE desde la perspectiva logoterapéutica de Víktor Frankl

 Lic. Dra. Marina B. Gómez Prieto Psicóloga. Médica psiquiatra

 El hombre es un ser que participa de tres dimensiones. Ante todo la somática, orgánica, después la psíquica, mental (en el sentido estricto), y finalmente la espiritual, pero no añadida como una dimensión en sí, sino que, sin ser ella la única, es sin embargo la verdadera dimensión del ser humano.

No podemos, en definitiva, conocer al hombre si se niega alguna de sus dimensiones. Estaríamos ante una proyección del mismo, no ante el hombre en su totalidad. La imagen –legada por Freud- de un hombre absolutamente condicionado por su dimensión psico-física es desplazada en Frankl por la riqueza y dignidad de la persona espiritual, única, irrepetible.

Cada hombre que viene al mundo es algo absolutamente nuevo que llega a la existencia, que se hace realidad. La existencia espiritual no es trasmisible, no puede trasplantarse de padres a hijos. Los padres sólo pueden entregar el contenido genético de los cromosomas que determinan exclusivamente lo psicofísico, pero no a la persona espiritual. El hijo es un nuevo ser que se llama “yo” a sí mismo. Ha surgido un nuevo tú, sin que por eso sus padres se empobrezcan de espíritu o pierdan el derecho de decirse yo a sí mismos (Frankl, 1991).

Este espíritu, por naturaleza invisible, ¿Qué es? ¿Cómo lo descubrimos? No todo lo invisible ha de ser puesto como irreal. Muchos fenómenos del alma, como “el amor a la verdad” o “la buena voluntad “son también invisibles. Lo que existe espiritualmente aparece como algo que se trasciende. Su ser radica en la realización de sí mismo y sólo se verán sus actos pero no la realidad que subyace. Es como la misma situación del espectador de una película: sólo verá el movimiento de los objetos filmados pero no el movimiento o progreso de la imagen o de la película.

Como si existiesen una serie de capas: las más externas permiten y son necesarias para la expresión del núcleo.

Así los rasgos corporales de una persona pueden expresar su carácter como algo anímico y esto a su vez lo espiritual. El organismo psicofísico se presenta como un complejo de órganos, de instrumentos o medios para alcanzar un fin que no siempre deja ver con claridad la esencia espiritual del hombre. Su función expresiva es turbia, al mismo tiempo que hace pensar en su carácter instrumental. Por esto, en la realidad el hombre espiritual pero finito está siempre condicionado, aunque potencialmente no lo sea. La persona espiritual (ese núcleo) es quien organiza al organismo psicofísico. Se establecen relaciones análogas a las de un músico con su instrumento. Tanto el uno como el otro son necesarios para la ejecución de la obra. Si el instrumento se desafina (enfermedad), no habrá músico capaz de tocar en él.

A diferencia del conjunto músico-instrumento, el cuerpo y el espíritu no están en la misma dimensión del ser. El espíritu permanece invisible. Lo espiritual no puede enfermarse. Al contrario, será lo que permita al enfermo una relación personal –a veces precaria- con el proceso orgánico de su enfermedad. Cabe mencionar algunos ejemplos de Vallejos Nájera en su libro “Concierto para desafinados”.

Constituye ese “núcleo central que no es afectado ni en la psicosis. Una afección psíquica toca al organismo psicofísico y puede llegar a desorganizarlo o destruirlo. El espíritu, por esa íntima unidad, puede ser perturbado.

En términos psicológicos Frankl percibe al espíritu como un eje que atraviesa el consciente, preconciente e inconciente. El espíritu –el yo en su esencia- se introduce en estos tres planos. Surge un nuevo concepto de “persona profunda”. No será ya la facticidad psicofísica, algo vegetativo o propio de un animal, sino la persona espiritual-existencial que en su dimensión más profunda es inconsciente.

Frankl observa que en los actos espirituales la persona queda de tal modo absorbida que no puede ser objeto de reflexión, no puede aparecer la verdadera esencia de la persona: la propia existencia –dirá- es irreflexiva y no analizable; el espíritu tiene la capacidad de captar el mundo como objeto, siendo él mismo inobjetivable. Lo espiritual, concluye “tanto en su última instancia como en su origen tiene que ser inconsciente”.

Sintetizando:

  • La persona es una unidad.
  • Su unidad no se rompe nunca ni siquiera en la psicosis, en la que se puede dar una disociación de ciertos complejos asociativos pero nunca de la persona misma.
  • Es totalidad pues no se puede agregar ni disolver en la comunidad.
  • Cada persona es un ser nuevo. Es espiritual, utiliza de su organismo psicofísico para actuar y expresarse. No se halla bajo la dictadura del Ello,
  • Es también existencial, dinámica y capaz de trascenderse a sí
  • La persona es libre y responsable. La actitud que asume frente al destino o sufrimiento, a lo que nos es dado, nos hace sujetos de una responsabilidad.

El hombre ya no es considerado un manojo de instintos. Tampoco un compuesto de actos reflejos, no es un títere movido por alambres exteriores visibles o que corren por su interior. Es un ser libre y espiritual.

Lo que permite superar los condicionamientos biológicos psíquicos y sociales es la Trascendencia. Sólo así el hombre es hombre. Debe –como ser espiritual- estar por encima de su ser psíquico, ir más allá de lo vital y de lo social. En esta nueva dimensión –la espiritual- Frankl distingue dos capacidades específicas humanas:

  1. El Autodistanciamiento: posibilidad de distanciarse de una situación, de los condicionamientos, de sí mismo. Se puede separar de sí mismo. Esto es elegido libremente.
  1. La Auto trascendencia: Capacidad esencial: Ser hombre significa trascenderse a sí mismo. En todo momento el ser humano apunta por encima de sí hacia algo que no es él: hacia algo, o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano a cuyo encuentro vamos con

La conciencia como órgano de sentido:

Es la capacidad intuitiva de descubrir el sentido único y singular escondido en cada situación. Guía al hombre.

La conciencia participa de nuestra limitación. Así se comprende que puede desviarnos. Hasta el último momento no sabemos si efectivamente hemos realizado el sentido de nuestra vida.

Tiene que darse un diálogo, no un monólogo. Es así cuando la conciencia es algo más que mi propio yo, cuando es porta voz de algo distinto de mí mismo. Nos remite a la Trascendencia. La intencionalidad de los actos espirituales es el aspecto cognoscitivo de la Auto trascendencia.

La existencia de la persona espiritual se expresa a través de un cuerpo. Es éste el que le permite la impresión sensible y la forma de un contenido de conciencia. Y no se queda solo en esto. Tiende a un objeto. Es evidente que quien pretenda analizar lo positivamente dado, lo sensible y corpóreo, no alcanzará dicho objeto. Es semejante al niño que busca al cantante en la pantalla o en el teléfono a la persona que habla.

Existimos hacia algo, algo que nos supera: el sentido y los valores. Ellos se descubren, no se crean. Algo que en última instancia será alguien o más aún Alguien: Dios. Es Él que nos da nuestra misión. Solamente en la medida en que consideremos a nuestra vida como misión buscaremos como llenarla de sentido, realizar los valores. No podemos detenernos en nosotros mismos, es necesario trascender, completar el acto intencional.

Ser hombre significa estar preparado y orientado hacia algo que no es él mismo, a la trascendencia.

Si a veces la distinción entre el actuar conciente y lo inconsciente puede ser poco clara, existe siempre “una línea divisoria que separa lo espiritual de lo impulsivo” (Frankl, 1979, pág.23).

Al tener que (unido a la causalidad, a los condicionamientos ligados al pasado) y al querer (derivado de una finalidad anímica) se agrega una categoría nueva: la del deber. El hombre solo puede actuar como ser responsable y que decide, existir como tal, cuando no es impulsado, cuando no hay un ello que impulsa sino un yo que decide.

Previo al querer hay un deber del que se ha tomado conciencia. El ser humano se encuentra frente a los valores por los que es atraído más que empujado.

El Análisis existencial, promovido por Frankl sostiene que la dinámica de lo espiritual no está basada en la impulsividad sino en el anhelo por los valores. El papel de la Logoterapia será ayudar a ampliar el campo visual de los valores en el enfermo, para dejar luego lugar a su iniciativa para la elección.

LA RELIGIÓN refleja una relación esencial con la Trascendencia.

En Frankl aparece la idea de un inconsciente espiritual (Frankl, 1979, pág. 21). (Inconsciente espiritual por la incapacidad de autoconciencia reflexiva del espíritu).

Es en el inconsciente espiritual en donde tendrán cabida una moralidad y una creencia o religiosidad inconsciente.

Existe una tendencia inconciente hacia Dios, es decir: inconciente pero intencional hacia Dios. Se da así la posibilidad de que nuestra relación con Él puede ser innata e inconciente, estar reprimida y por lo tanto oculta para nosotros mismos.

Frankl rechaza una interpretación panteísta (lejos de considerar al inconsciente como divino), rechaza también un inconsciente omnisciente. También rechaza considerar al inconsciente existiendo por sí mismo, independiente. El inconsciente espiritual no se halla a nivel impulsivo, no es instinto. No será, por lo tanto, que uno se sienta arrastrado hacia Dios sino que ha de decidirse por Él o contra Él.

La sintonía de la conciencia con la ley eterna es para Frankl la sintonía con Dios, autor de la misma.

Según Frankl la religiosidad es lo más sagrado que hay en el hombre y está en lo más hondo de él, protegida por el pudor. Pertenece al Yo, no al Ello ni al Inconsciente Colectivo. Es la vivencia del carácter fragmentario y relativo del hombre ante algo que lo supera: la Trascendencia. Ante ella el hombre se detiene, no es capaz de ir más allá. El Dios del hombre religioso es Trascendente, siempre calla, aunque se lo invoque.

El HOMBRE RELIGIOSO

El hombre que ha llegado a entender su vida como misión puede dar un nuevo paso: Vivir la misión como mandato. Se descubren los rasgos esenciales del Homo religiosus: un hombre cuya conciencia y responsabilidad se da junto a la misión que él se impone.

Frankl se opone a la opinión de que la actitud religiosa convierte al hombre en un ente pasivo. Al contrario, está convencido de que lo puede hacer sumamente activo al estimular su responsabilidad.

Es en la misma existencia humana donde se descubre el Absoluto. Si se negara pretendería ser él el Absoluto. Sin embargo se manifiesta incapaz de crear una imagen de lo que debe ser, no puede medirse a sí mismo según una serie de valores si no cuenta con un Valor Supremo, un Supersentido. Es imprescindible que se vea como creatura, imagen de Dios, para no dar lugar a una caricatura de sí mismo.

No se trata de la soberbia de querer ser como Dios sino de acercarse a Él lo más posible. “Debe aspirarse a lo absolutamente mejor si se quiere llegar a lo relativamente mejor” (Goethe).

Del mismo modo que el hombre no puede ser comprendido sin Dios, no se puede acceder a Él sino desde el hombre mismo. Lo racional es insuficiente y deja paso a lo emocional, a ese anhelo irresistible que no puede referirse sino a Dios.

Desde su visión de psiquiatra que busca sanar también a quien es no creyente afirma que la Logoterapia se basa en afirmaciones acerca de los valores en cuanto hechos más que en juicios sobre los hechos. Así el concepto de valor de actitud continúa siendo válido independientemente de que exista o no-adhesión a una filosofía religiosa de la vida.

No debiera haber gran diferencia entre el actuar responsable del hombre no religioso y del que lo es. El primero vivirá su existencia como un deber, como un reto a su responsabilidad. El segundo cumplirá su deber como algo mandado por Dios. El hombre religioso “ve más”que el que no lo es, tiene la vivencia de Quien le impone un deber, de Quien está sobre su conciencia. Ésto, sin embargo, no justifica que se sienta superior. Debe más bien actuar por solidaridad.

Como forma de acercarse del hombre religioso a Dios, Frankl da gran relevancia a la Oración.

A un incrédulo que sólo admite la causalidad natural y niega cualquier intervención divina le puede servir su frase: “Estoy convencido de que si existe Dios, y si Dios a veces escucha una oración, podrá perfectamente esconder todo detrás de una secuencia de hechos naturales.

EL PROBLEMA DE LA FE Y LA EXISTENCIA DE DIOS.

El sistema terapéutico de Frankl se ocupa de la fe como un concepto amplio.

No se refiere a una fe en la Revelación, no se limita a un creer o no en Dios. El fenómeno de la fe es visto principalmente con relación al Sentido. (Frankl, 1991, pág.114).

Como científico se ocupa de un sentido particular de cada situación, aquí y ahora. Pero no por esto niega la existencia de un Sentido Último.

Tanto la existencia de Dios como su no-existencia representan dos posibilidades para el psiquiatra y el psicólogo “Se me puede obligar –dice- a saber algo, pero nunca a creer en algo. La creencia empieza al poder elegir libremente.

Una posible objeción teológica sería decir que no considera a la Gracia de Dios. Frankl sale al paso diciendo: si el hombre debe creer en Dios debe ser ayudado por la Gracia. No se debe olvidar que mi investigación se mueve en el ámbito de la Psicología, es decir a nivel humano. La gracia en cambio se refiere a la dimensión sobrenatural.

La consecuencia de no aceptar un Sentido último es triste. Concebir todo como un gran absurdo carente de sentido, en el que todo es ambiguo.

El hombre debe decidir, pero lo hará libremente. No será una decisión de carácter intelectual sino más bien existencial.

Para llegar a Dios la principal vía será la emocionalidad (Frankl, 1991).

Toda respuesta positiva a los problemas de finalidad o metas del mundo y al sentido de lo que nos sucede está reservada a la fe. De ese modo el hombre religioso resuelve el problema, con la idea de una Providencia.

La idea de un fin último escapa a las posibilidades humanas. Es una categoría trascendente. El hombre puede llegar a concebirlo como un concepto límite, como un Suprasentido. No le aferramos en el campo intelectual sino en el campo existencial, a través de la fe.

La dimensión antropológica y teológica son distintas, dos mundos diversos.

Reconocer la diferencia no es derrota. Supone un momento de conocimiento y lleva a la Sabiduría.

El hombre que no puede llegar a comprender un mundo por encima de él puede vislumbrarlo por la fe, o entrar en contacto con él si el Mundo Superior irrumpe en el mundo propio del hombre por medio de la Revelación. El paso realizado por la fe hacia la dimensión ultra humana se fundamenta en el amor. La fe debe ser precedida por algo que va más allá de los argumentos. La fe en un Sentido Último está precedida por la confianza en un Ser Último, por la confianza en Dios.

No significa que considere la fe en Dios como producto o resultado de lo psíquico. Lo espiritual no se puede reducir a un origen psíquico. Es ilícito negar la existencia de un Ser Divino atribuyéndola al miedo del hombre primitivo a los poderes superiores a su voluntad. Ese hecho no implica que Dios no exista. La fe en un Sentido Superior hace al hombre más fuerte por ser auténtica, por nacer de una fuerza interior. No es Dios la imagen de un padre humano, sino que el padre humano es imagen del Creador.

La religiosidad que Frankl descubre en el hombre concibe a Dios como un ente personal, La Personalidad por antonomasia. El Primer y Último Tú. Dios para Frankl es la Super Persona, el Super Sentido. Es quien da sentido a todo (Fin Último de Sto. Tomás). El Fin Absoluto no puede ser alcanzado en esta vida, sólo buscado: existe para nosotros en la búsqueda.

No debemos hacer preguntas sobre el Sentido Último. Somos más bien los interrogados. Debemos con nuestra vida dar respuesta.

Nosotros, sólo nosotros somos los seres que buscamos sentido a la vida. Pero no lo hallaremos a menos que nos abramos a una dimensión profunda, a menos que todo lo que vivimos, experimentamos, obramos, elaboramos, esté impregnado de la confianza en algo que no nace de nosotros mismos.

BIBLIOGRAFÍA

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Frankl. V. (1990). El hombre doliente. Barcelona, Herder.

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