ENSEÑAR Y APRENDER EN TIEMPOS DE PANDEMIA. Carreño y Cabral

ENSEÑAR Y APRENDER EN TIEMPOS DE PANDEMIA

El contexto de emergencia sanitaria y la situación de aislamiento nos desafían como docentes y estudiantes a repensar los procesos de enseñanza-aprendizaje en entornos virtuales.

María Soledad Carreño y Noelia Cabral

Hoy nos encontramos inmersos en una realidad compleja que requiere de toda nuestra capacidad y flexibilidad, tanto si nos toca enseñar, aprender o ambas prácticas. Desde que el COVID-19 fue desplegándose mundialmente, de forma abrupta tuvimos que darle protagonismo a los entornos virtuales, para sostener los espacios académicos y cumplir  con las exigencias que el sistema educativo nos regla.

Entre videos, tutoriales, consultas a través de aplicaciones como zoom o skype, se va entramando este nuevo paisaje mediado por las pantallas de los dispositivos que nos interpelan y convocan al desafío principal de “humanizar” la virtualidad, o en tal caso no deshumanizarnos en el intento de adaptarnos a la nueva tecnología de la educación del contexto actual. Una educación distanciada del aula como espacio material, físico, de la corporalidad (con el cuerpo se enseña y se aprende), de los gestos, de la presencia que implica poner nuestras emociones, expresiones, miradas, intercambios espontáneos no mediados por el tiempo de una buena conexión a internet. En palabras de Esther Díaz (2020) “la tecnología (cuando se dispone de ella) es vigorosa para no perder contacto, pero no reemplaza a la materialidad y, paradójicamente, provoca más demanda docente”.

Sin embargo, esta educación a distancia nos advierte que tenemos el compromiso de sostener y luchar por el derecho a la educación pública y gratuita para todos los que formamos parte del sistema. Somos quienes tenemos que transitar estos espacios, apoyarnos mutuamente con solidaridad, compromiso, acompañamiento y sobre todo con una mirada cuidadosa hacia aquellos que no están “accediendo” al nuevo panorama de enseñanza y aprendizaje.

La enseñanza en entornos virtuales, visibiliza las desigualdades sociales, muchos estudiantes quedan por fuera del derecho a la educación. Estas desigualdades ponen en agenda que la educación pública y gratuita hoy se desarrolla en entornos que son privados, el acceso a servicios de internet, la tenencia de dispositivos tecnológicos, no son para todos.

En este punto algunos elementos nos ayudan a pensar la práctica de enseñanza en estos entornos: la flexibilidad,  la organización de las tareas y del tiempo, adaptado a la realidad de les estudiantes, a sus necesidades,  teniendo en cuenta que el tiempo real no es el tiempo virtual.

Es necesario entonces, poner la tecnología al servicio de la comunidad educativa, en búsqueda de la potencialidad de las herramientas, en diálogo con las mismas; y su utilidad no como un destino único, inminente, sino como una situación entre otras. El concepto de Entorno Personal de Aprendizaje (PLE) (Barroso Osuna, Cabero Almenara y Vázquez Martínez, 2012) pone el acento en la utilidad, para estudiantes y docentes, de incorporar estas herramientas; pero también, hace hincapié en la importancia de considerar los PLE como una nueva metodología educativa, concibiendo a los estudiantes desde su rol activo, capaces de decidir y autoregular su aprendizaje. Edith Litwin (Castro y Pomies, 2003) sostiene la necesidad de pensar cómo la herramienta puede potenciar o no la propuesta educativa, dependiendo del proyecto que la enmarca y si hay mediación pedagógica en el uso de la misma.

Bajo este escenario, es imperioso repensar los contenidos, la enseñanza ¿Qué propuestas generar que puedan ser adaptadas al espacio virtual y que sean de acceso a todos? Se trata de construir una práctica de enseñanza poderosa (Maggio, 2012), de humanizar la virtualidad, tener conciencia situada en este proceso. El concepto de enseñanza poderosa (Maggio, 2012) remite a aquella práctica docente que conmueve, que produce o una transformación en les sujetos, que ya no son los mismos luego de esa enseñanza. La enseñanza poderosa es situada en un tiempo y espacio particular, para “estos estudiantes y no otros”, y el docente tiene en cuenta esto a la hora de construir la propuesta pedagógica.

Este contexto, nos obliga a repensar el ejercicio de la docencia y la formación. ¿Cómo incorporar tecnologías a la práctica educativa sin que la herramienta se vuelva un fin en sí mismo y se pierda de vista el objetivo pedagógico? ¿Cómo pensar tareas con intención pedagógica? ¿Qué prácticas queremos continuar haciendo y cuáles hay que cambiar?

Esta es una oportunidad, una experiencia singular, para aprender cómo transmitir este saber humano sin inundar, desbordar con consignas a los fines de cumplir con el programa/curriculum. Posicionarnos todos menos en el lugar de la exigencia y más en detenernos a pensar qué hacemos y con qué objetivos. ¿Qué mirada tenemos los docentes y los estudiantes entre nosotros? ¿Construimos un nosotros en esta situación de emergencia sanitaria?

Este espacio cotidiano que transitamos nos invita a pensar en clave realmente colectiva, desalentar el  “sálvese quien pueda” e intentar en el camino que los estudiantes no desistan, sino que resistan. Que esta experiencia virtual no se torne expulsiva es compromiso de todos. Se trata de cuidar las culturas, no de ampliar las desigualdades, con un horizonte en común: enseñar a pensar y crear como condición de libertad.

 

Bibliografía

Barroso Osuna, J., Cabero Almenara, J., y Vázquez Martínez, A. (2012). La formación desde la perspectiva de los entornos personales de aprendizaje (PLE). Apertura, 4(1), 6-19.

Los desafíos y los sinsentidos de las nuevas tecnologías en la educación. Entrevista a Edith Litwin. En Portal Educ.ar

Díaz, E. (24 de abril de 2020). Dolor docente.  Página 12.

Maggio, M. (2012, 7 de noviembre). La clase universitaria re-concebida: la creación potenciada por la tecnología


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