LA ESPIRITUALIDAD COMO MEDIO DE DESARROLLO HUMANO

LA ESPIRITUALIDAD COMO MEDIO DE DESARROLLO HUMANO

Carlos Julián Palacio Vargas*

  1. LA ESPIRITUALIDAD: ¿UN SINGULAR QUE SE HACE PLURAL?

Cada palabra tiene su significado y, por lo regular, de acuerdo con lo que ésta representa, se vislumbran las innumerables posibilidades de comprensión que pueda llegar a tener. Y cada palabra, en su sentido, significado, raíz y matiz, nos acerca a una realidad determinada que engloba otro tipo de significaciones. En todo caso, el universo del significado se expande, desde el mismo sentido que podemos llegar a darle a las acciones nombradas en conceptos.

Esta realidad no es ajena a la voz o experiencia significada de la espiritualidad. Son variados los matices que se le han dado a la experiencia como tal, para hacerla concepto comprensible por la razón: quizá desde ahí viene una de las tantas imposibilidades para acertar en el enlace con la realidad que transfiere tal concepto.

Según Estrada (1992), “podríamos definir la espiritualidad como la vida según el espíritu, es decir, la forma de vida que se deja guiar por el espíritu de Cristo” (p. 14). Esto es directamente un acercamiento matizado con el ideal cristiano, donde la espiritualidad responde a un proyecto de vida trazado a la luz de la acción del espíritu de Dios. En este sentido, ser espiritual, es vivir bajo la guía de Dios a través de lo que su espíritu comunique al creyente.

Posteriormente, y bajo esta misma línea de pensamiento, se encuentra Gamarra (1994) quien afirma que “es común presentar la espiritualidad como sinónimo de vivir bajo la acción del Espíritu” (p. 36). Y por imaginario colectivo, se sabe que toda aquella orientación que afirma una vida guiada por la acción del Espíritu, es una tendencia netamente cristiana. Quizá otras manifestaciones hablen de discernimiento en el Espíritu, pero aquí la percepción está más asociada a la acción como tal, ejercida por el Espíritu de Dios, que a las amonestaciones surgidas en el orden espiritual.

La espiritualidad es, entre líneas, una de las posturas vanguardistas que más fracturas ha sufrido, debido a las múltiples vertientes que de ella emanan. Hoy cuando las significaciones de vida para el ser humano están dinamizadas por el asunto de la integralidad, la espiritualidad entra a formar parte de esos múltiples componentes que edifican al sujeto. Y esto es necesario. Pero la emancipación de costumbres, culturas y significaciones no ha permitido que se tenga un norte claro para direccionar la experiencia del ser humano que se dice, a sí mismo, espiritual.

¿Dónde ha estado la falla? Efectivamente, ni siquiera la popularidad de  “espiritualidades”  es  la  esencia  del  asunto:  esto  apunta  a  una  mala comprensión de la religión y más específicamente de la religiosidad. Quizá de una manera más precisa Vidal (1999) lo argumenta al afirmar que:

…dado el pluralismo religioso en el que vivimos, hay que trabajar también en el campo de la religiones y en el campo del lenguaje humano, la posibilidad de percibir no sólo el trascender del hombre, sino el camino que Dios hace hacia nosotros, el trascendernos Dios mismo nuestras mediaciones religiosas y lingüísticas, y conseguir así alumbrar en nosotros su verdad. (p. 601)

Aquí el asunto abre otras dimensiones: la espiritualidad es ese trascender a Dios y dejar que él trascienda en la vida entera. Mirarlo así es también permitir que la espiritualidad sea un camino hacia la luz, aquella que lleva a la verdad; no necesariamente una verdad enmarcada en un cuadro de creencias determinadas, o dicho de otra manera, no propiamente religión. La espiritualidad es más que una apuesta por los enfoques o maneras religiosas, quizá esa ambivalencia es la que ha hecho que pululen tantas espiritualidades, como contrarespuestas a las estructuras religiosas, que a algunos cansa y a otros confunde.

La espiritualidad como un singular es una comprensión del acto mismo que hace el espíritu humano por trascender sus dimensiones de vida y direccionarlas desde la fuerza divina, entendida ésta como Espíritu Santo, energía, luz interna, soplo vital, o como quiera que la llamen las apuestas plurales. En todo caso, al parecer, la espiritualidad es un singular que se ha vuelto plural. Epistemológicamente no existen muchas espiritualidades, existe, más bien, una experiencia de trascender llamada espiritualidad que se vehiculiza desde múltiples opciones y decisiones: válidas o no para los criterios culturales, sociales y religiosos, son, en todo caso, una apuesta por trascender aquello que llamamos espíritu.

Dadas estas condiciones, y teniendo presente el ámbito cultural, social y religioso que acompaña el mundo actual, sea por tradición o por decisión, es necesario abrir las posibilidades al diálogo interreligioso, en un mundo multicultural, donde el pensamiento y la acción son el marco ético del otro, son el lenguaje de vida, en otras palabras, son las acentuaciones de la espiritualidad que se cuela en la realidad (Vidal, 1999, p. 611). Sea que se viva en singular o en plural, la espiritualidad requiere, y con urgencia, expandir las tiendas del conocimiento y la comprensión a otras posibilidades de vida, para entender las otras manifestaciones del espíritu.

¿Cómo entender entonces la espiritualidad hoy?

En un primer momento se podría afirmar que en la actualidad existe un código de espiritualidad complaciente, aquella manifestación y expresiones que buscan hacer ruptura con el legado del dolor, y eso es bueno y necesario, sólo que paralelamente esto ha llevado a que se significan ciertas expresiones como espirituales de manera irresponsable e irreal, porque no todo lo    que me permita trascender y armonizar mi ser interno puede ser llamado espiritualidad. Es una especie de espiritualidad en las nubes.

Frente a este fenómeno no se puede negar que el cristianismo con    su legado de dolor ha dado una gran aportación, pues es usual encontrar seguidores del Cristianismo que afirman que la espiritualidad es un aspecto exclusivamente del espíritu, por lo tanto se opone de manera directa a la materia, a lo que genera goce, al disfrute de la vida, a los sentidos, a las sensaciones, al placer; en otras palabras, a aquellos detalles que también contribuyen para la felicidad humana, por lo tanto para ser espiritual hay que renunciar a ciertas condiciones de la humanidad (Castillo, 2008, p. 53). Estos aspectos le permiten a las generaciones de contestación y vanguardia cultural generar nuevas opciones para vivir la espiritualidad.

En un segundo momento, y quizá como consecutivo a la estructura descrita, se encuentra el hecho de que gran parte de las nuevas generaciones asistidas en el mundo actual carecen de la capacidad para ser tolerantes ante la frustración, por lo tanto, no hay preparación para el sufrimiento     y aquellos elementos afines, sin necesidad de afirmar que la espiritualidad genere y requiera sufrimiento, pero sí voluntad, disciplina, autocontrol y determinación, aspectos muy poco perfilados en personalidades de corte complaciente y bajas en aceptación del infortunio en la vida.

Aquí surge la pregunta: ¿qué se busca con la espiritualidad o en la espiritualidad? Castillo (2008) comenta al respecto: …los hombres y mujeres de este mundo lo que lógicamente queremos  es ser felices, realizarnos plenamente, conseguir el logro de nuestras aspiraciones y anhelos más profundos. De ahí que una espiritualidad que entra en conflicto con esas aspiraciones y anhelos es una espiritualidad abocada al fracaso. (p. 56)

Estos ideales, lógicamente trazados desde la perspectiva de una espiritualidad que va acompañada de estructuras religiosas, revienta la capacidad de encontrar felicidad, porque implica conjugar las necesidades del espíritu con las demandas de la religión. Una vez más se teje la relación: Religión, Espiritualidad, Humanidad.

Ahora, en contraposición a estas dimensiones cortantes de lo humano para vivir en el espíritu, surge la resignificación del sentido de espiritualidad: aquella idea en estado de emancipación que cada vez, y con más fuerza, cobra sentido en la vida del creyente y del indiferente: la espiritualidad tiene que tocar la vida y la realidad. El ser humano que asiste a la expansión de la cultura, de los sentidos, de las interpretaciones, no soporta una estructura estática y fría donde no se evidencien movilizaciones en la forma de ser   y hacer la vida; y la espiritualidad como centro del creyente permite el surgimiento del amor, aquél que es más fuerte que la muerte, aquél que toca el fondo de la existencia humana (Tamayo, 2005, p. 66).

La espiritualidad pasa a ser algo más que un sedante o calmante mental, aquella en su ser y quehacer va perfilándose como la base regente de cada uno de los sistemas que direccionan la vida; una vida entendida como “algo serio”, bonito, poético, de orden divino, por lo tanto, sagrada, una vida entendida como don, para dar y recibir. Quienes optan por llevar una vida espiritual, están decidiendo por hacer de su vida algo distinto, no algo raro, simplemente, diferente de lo que hacen otros; en el sentido cristiano, se hablaría de “la forma que es coherente con el Evangelio, con todo el Evangelio…” (Castillo, 2008, p. 52). Esta apuesta es quizá una de las más asistidas, como se podrá esclarecer más adelante.

Finalmente, la espiritualidad debe llevar al creyente a discernir los signos de los tiempos, desde los que afectan al orden global, como aquellos que tocan profundamente su existencia. Hoy más que nunca, la espiritualidad está llamada a ser luz en medio de la nebulosa que absorbe al ser humano; entendida la nebulosa como aquella trama de significaciones que rodea los ambientes de desarrollo y actuación del sujeto.

La espiritualidad como camino, como sendero, como vía de luz. El hombre y la mujer que tejen las realidades actuales, abogan por el sentido de la vida y la existencia. Eso también es sed de espiritualidad. No de espiritualidades sino de espiritualidad, la que se entiende en singular, la que permite el paso de la comprensión, la que no confunde, la que abre posibilidades sin necesidad de dogmatizar la existencia.

Como seres fundantes de libertad y hacedores de historia, los seres humanos, con más ahínco que nunca, buscan poder esclarecer las dimensiones de la realidad acompañados de la esencia más íntima que han heredado: el Espíritu. Sin afanes de totalitarismos, podría afirmarse que la espiritualidad es el camino para el encuentro con la esencia: aquella que viene de Dios y que tiende siempre a él: en cualquier condición, en cualquier esquina del mundo, en cualquier religión …

El ser humano está llamado a comprenderse desde Dios y a él tiende. No se es para la religión, se es para una vida con sentido; si la religión lo garantiza, bienvenida sea, si ésta lo obstaculiza, quizá por eso emana la pluralidad de la espiritualidad, para romper el paradigma que me hace ser capaz de Dios, pero incapaz de estar con él.

La cuestión está planteada: la espiritualidad se expande a medida que crecen las dimensiones para entender el mundo, el hombre y la realidad, y a éstos desde Dios. El problema no es la expansión; la dificultad tal vez sea los intereses que dilatan las comprensiones por el acercamiento a lo que se llama Dios.

  1. LA ESPIRITUALIDAD: ¿UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA O UNA EXPERIENCIA A TRAVÉS DE LA RELIGIÓN?

Apostar por la comprensión de la espiritualidad sin estar condicionados a las estructuras religiosas, es también creer que hay una genuina necesidad en el ser humano de estar en constante camino de perfección, en búsqueda constante de sentido; un sentido que se resignifica desde la relación con lo Otro, ese Otro que se llama Dios y que está en el centro de la historia de cada sujeto, porque desde él se entiende o a él se dirige para comprenderse. El asunto va más allá de un marco de creencias determinado, es una apuesta permanente por reconocer que el cuerpo no es lo único que acompaña la estructura humana, y que esta temporalidad tiene un sentido desde las dimensiones que se esperan, en actos de confianza y fe, porque de lo que viene no se sabe nada.

En otras esferas se encuentran también posiciones tan marcadas por las tendencias no tradicionales, como la de Zohar y Marshall (2001), citados por Villarini: Lo espiritual significa estar en contacto con un conjunto más grande, profundo y rico que sitúa nuestra presente situación limitada en una nueva perspectiva. Es poseer un sentido de algo más allá, de algo más que confiere valor y sentido en lo que ahora somos (…) Sea cual fuere nuestro uso específico de lo espiritual, sin él nuestra visión queda nublada, nuestras vidas parecen pobres y nuestros objetivos penosamente finitos.

La espiritualidad es, sin más, un asunto constitutivo de la persona, y piénsese como se piense, vívase como se viva, el ser humano está avocado hacia una realidad trascendental que lo supera en su razón y que impera en su interior. Cristianamente se habla de volver a la casa, aquella que ha sido preparada por el mismo Dios (Jn. 14, 2), esa casa que es como el origen originante de toda aspiración del alma, del espíritu. No hay por qué dudarlo “en nuestro interior siempre hay algo que anhela regresar a casa, y Él es ese algo” (Williamson, 1992, p. 58).

La espiritualidad, la religión, el ser humano, son realidades fundantes de una única experiencia: el camino de perfección hacia el que tiende      la creación. Todo es susceptible de ser mejorado, de perfeccionarse, de desarrollarse para evolucionar a otro nivel; ese será precisamente el aspecto que se relacionará en adelante.

  1. LA ESPIRITUALIDAD UN MEDIO PARA EL DESARROLLO HUMANO

La apropiación de un sistema determinado de crecimiento espiritual le permite al ser humano avanzar en las comprensiones de la vida, de su vida, de la vida de otros; la vida se dinamiza, resignifica y avanza a medida que la asunción del espíritu es mayor en los ambientes de actuación de cada persona. Esto no es espiritualizar la realidad, es más bien poder pasar por el rasero o filtro de Otra significación todo lo que se vive, se padece o se goza.

Tradicionalmente se ha asociado la espiritualidad a las esferas de lo religioso y a los espacios de conexión con la divinidad, pero a medida que han avanzado las posibilidades de potencialización del ser humano, se ha ido abriendo una brecha distinta que permite comulgar con la idea de la espiritualidad en los más altos niveles de competitividad del ser humano, incluso dentro de los estamentos epistemológicos y pedagógicos se habla de la Inteligencia Intrapersonal, entendida como “la habilidad de la autoinstrospección, y de actuar consecuentemente sobre la base de este conocimiento, de tener una autoimagen acertada, y capacidad de autodisciplina, comprensión y amor propio” (Gardner, citado por Hernández. Texto recuperado virtualmente). Y aquí no termina la cuestión, pues apoyados en estas inteligencias del ser humano y llevando a un ordenamiento superior algunas de ellas se habla también de la inteligencia espiritual, comprendiéndola como esa posibilidad de adquirir una mirada distinta de la vida que a la vez eleva el ser humano a un plano superior de interacción:

La inteligencia espiritual no es un monopolio de las religiones, es un patrimonio del hombre. La inteligencia espiritual relaciona el espíritu y la materia, se ocupa de la trascendencia, de lo sagrado, de los comportamientos virtuosos: perdón, gratitud, humildad y compasión, de comprender que somos parte de un todo con el cual necesitamos estar en contacto. Algunos lo hacen orando, otros asumiendo su responsabilidad social, practicando las leyes espirituales del amor, paz, felicidad. Son los que mejoran la calidad de sus vidas. Si el intelecto se olvida de la compañía del espíritu, degrada el medio ambiente, las creencias, la familia; es decir aquello que más importa. (Krell, s.f )

Actualmente, desde los planos educativo, científico y laboral se habla de una apuesta por la integralidad del ser humano, y dicha integralidad abarca también los umbrales de lo estético y, desde allí, de lo espiritual.

La espiritualidad también es posibilidad de educación; desde ella el ser humano avanza en la manera como entiende el mundo, como asume la cultura, como comprende su propia vida. Hay quiénes se pasan toda la vida sin lograr encontrar el estatus quo de su existencia, porque el autoconocimiento también es un acto que exige la unión de razón y espíritu. A medida que se crece en el espíritu, se puede llegar a trascender la existencia a un nivel superior, en lo personal, en lo emocional, en lo relacional, en lo profesional.

El hombre y la mujer como sujetos de creencias y con posibilidades inherentes de ser cada vez más en todos los sentidos, están estrechamente ligados a los nobles deseos de avanzar, de subir, de progresar, de desarrollarse. El alma, motor del ser, y el espíritu, son realidades no materiales que impulsan la estructuración de mejores condiciones de vida; de ahí que en ocasiones no sean esos impulsos los que motivan el bienestar y termina el ser humano desvinculado del proyecto de Dios, entendido éste desde la concepción cristiana, donde se afirma que es desde el interior del hombre de donde salen todas las pasiones y deseos que generan bienestar o malestar:

¿Ni si quiera ustedes son todavía capaces de comprender? ¿no entienden que todo lo que entra por la boca va al vientre, para después salir del cuerpo? Pero lo que sale de la boca viene del interior del hombre; y eso es lo que lo hace impuro. (Mt 15, 16 – 19)

No cabe duda, la espiritualidad es una vía de perfeccionamiento para el ser humano, desde ella la persona puede llegar a ser mas persona, el humano más humano en todas y cada una de sus dimensiones. Mucho se habla en el mundo moderno de calidad de vida, tanto que los mismos sistemas empresariales, gubernamentales y de educación se miden desde las políticas de calidad, y bajo estos parámetros se diseñan las estrategias y alternativas de progreso y avance de cada uno de estos artificios. La condición de trascendencia del ser humano no está lejos de estas coordenadas, dado que en los ideales de las personas que apuestan por la espiritualidad, se encuentra la idea que ésta ayuda a favorecer las condiciones de vida, pues desde ella se pueden aprender a leer otras ópticas del mundo y por ende se generan nuevas esperanzas para ser y hacer en la vida.

Ser espiritual es también esperar a que las construcciones de vida tengan su efecto positivo en algún momento de la historia personal. Cuando se habla de desarrollo no se puede hablar de inmediatez, esto requiere un proceso, constancia, perseverancia, esfuerzo, sacrificio, dedicación y el profundo convencimiento de que la semilla que se siembra toma su tiempo para germinar.

La categoría de tiempo como condición de esperanza y germen de la espiritualidad viene desde antiguo (Cfr. Ecle. 3, 1-8), es una realidad que abarca todos los estadios de vida, los sentimientos, las experiencias, los sueños y las frustraciones; todo, absolutamente todo, porque se tiene la certeza de que la espiritualidad transforma la vida en cada acontecimiento, pues ella es mediación con Dios y él lo abarca todo. Así lo pensó el mundo antiguo y luego los romanos y cristianos.

El tiempo es la condición más condicionante del ser humano y allí está la única posibilidad de abrir espacio al futuro y a la construcción de la realidad, dimensiones específicas de la espiritualidad. En estas coordenadas el hombre y la mujer se resignifican, buscan el sentido, construyen mundos, figuran ideas, matizan la vida, la desarrollan.

La espiritualidad es un camino de entrega y renuncia. Renuncia a los prejuicios de la mente, entrega al mundo de Dios y “aquello que se entrega, es lo que mejor cuidado estará” (Williamson, 1992, p. 74). En todo su esplendor, en proceso de consolidación o como iniciados, la espiritualidad siempre tendrá algo que aportarle al ser humano, algo que decirle, algo que mostrarle: es una decisión de vida. El espíritu no queda vacío cuando se acerca al viaje espiritual.

  1. DE LA ESPIRITUALIDAD A LA VIDA

 

¿Cuántas veces el ser humano se dice a sí mismo ser espiritual, pero está completamente desarraigado de la esperanza esperanzadora en su día a día? La espiritualidad deberá como siempre mantenerse en su quid, donde sus bases estructurales son un entramado  de significaciones  que  permiten  al creyente ir más allá en todos los niveles de su existencia. La espiritualidad no puede ni debe ser un apéndice coyuntural que sirve como sedante frente a los dolores de vida. La espiritualidad es la adopción confiada de un sistema de significaciones y comprensiones que le permiten al ser humano dimensionar todas las posibilidades de su trascendencia, en un viaje hacia el mejoramiento y quizá la perfección, sino de toda la existencia, al menos de algunos aspectos fundantes de vida que hacen valiosa la experiencia de ser, pensar, hacer y transformar la vida.

La vida es lo único que tiene el ser humano bajo su cuidado, y en cada una de sus formas y expresiones, reclama que sea atendida, valorada, resignificada y servida. Y, ¿cómo se puede comprender esto? La respuesta es sencilla: desde la espiritualidad. Una espiritualidad que le permita al creyente atender su vida, valorarla, resignificarla y servirla.

Hablar de una espiritualidad que atiende la vida, es pensar en las posibilidades de comprensión, apertura, visión y trascendencia que suceden en el interior del ser humano cuando se da a la tarea de ser y vivir su realidad espiritual. Atender la vida es estar al servicio de la vida, es permitirle ser medio para la asunción de la existencia a un nivel superior. La espiritualidad, dadas las condiciones de vida que asiste la humanidad en el hoy, debe permitirle a la persona tomar el control total de su vida, esto es, preparar el alma, la mente y el corazón para la toma de decisiones, es también gestar acciones de cambio y transformación desde el interior, es creer que todo es posible cuando se tiene la mirada puesta en la esencia del creador, sin más palabras la bondad materializada en actos de amor.

Una espiritualidad que atienda la vida es aquella que descubre en cada experiencia de vida una maravillosa posibilidad de crecimiento. Es necesario dejar a un lado ese legado de dolor y tragedia, es oportuno salir de la mentalidad aquella que le hace creer al ser humano que la vida es una lucha, que cansa, que fatiga, que desilusiona; aunque sean muchos los obstáculos de vida que se tejen en la historia de cada individuo, la espiritualidad es respuesta y llamado a la renovación interna, dado que Dios actúa desde dentro. Es urgente descubrir que cada día es bendición: “No nos damos cuenta de que el presente es siempre una oportunidad de volver a empezar, un momento colmado de luz” (Williamson, 1992, p. 92).

La espiritualidad, hoy más que nunca, tiene la obligación de propiciarle al ser humano los elementos necesarios para la resignificación de la vida, de la historia, del presente, y desde ahí la consolidación del proyecto de Dios en la vida; un proyecto que se renueva y se amplía desde las dimensiones del espíritu. Cuando crecen las potencialidades del espíritu, entonces crecen las comprensiones y espacios para Dios actuar. Quizá sean muchas las opciones y embelecos que el mundo moderno ha traído a la humanidad para que    se asista a la experiencia de Dios, y esto ha generado crisis, confusión, desarraigos y malas interpretaciones hasta de la religión, lo que queda como resultante, una sentida ocasión para educar en la sana espiritualidad.

Seguramente, quienes se interesan tanto por los temas de esoterismo no lo hacen por simple curiosidad. Lo más probable es que en eso buscan también lo que ahora más echa en falta la gente: el sentido de la vida. Sería importante ayudar a muchas personas a comprender que acudiendo a leyendas o historias curiosas de tiempos pasados, a fenómenos extraños y cábalas mistéricas, por supuesto, satisfacen la curiosidad y quizá se distraen. Lo que habría que preguntarse es si por ese camino le van a encontrar el sentido a la vida que llevan y que, con frecuencia, es sencillamente un sin – sentido a secas. He aquí una de las tareas más necesarias de la espiritualidad en este momento, quizá la más urgente. (Castillo, 2007, p. 149)

El ser humano se cansa, se debilita, se agota, se deteriora, y pareciera que lo único realmente efectivo para regenerar su vida, su alma, y volver a tener el aliento de vida se llama espiritualidad. No hay por qué dudarlo, ni siquiera temer decirlo: la espiritualidad es camino constante de resignificación, donde los mundos paralelos se pueden conjugar en una única realidad, y ese paralelismo que se llama cuerpo – historia, se asocia a las realidades que nombramos como espíritu– experiencia.

Desde la propuesta de vida cristiana, el creyente está inscrito en las listas de obreros que construyen el Reino de Dios, un reino que busca la plenitud, la felicidad, la salvación; un reino donde los seres humanos en sus respectivos hábitat viven con Dios, es decir, la muerte no es el paso al encuentro con Dios, es sólo el tránsito a un nivel de vida en plenitud de Dios, pero al vida con Dios se hace, se construye, se disfruta acá. La clave es entender el reino como lo pudo haber entendido el mismo Jesús.

El servicio es una realidad que acompaña las esferas del alter ego humano; a todos los seres humanos les corresponde un algo y un alguien para ser y hacerse. Lo primero es servirse en la propia vida, ministrarse, nutrirse, llenarse, formarse, amarse, y luego abrir los ojos ante el mundo y dar lo mejor de sí: una espiritualidad que no sirva para servir la vida, es una espiritualidad inconclusa, sosa, carente de trascendencia.

A modo de conclusión: la espiritualidad aboga por ser globalizada en el ser humano, hay que llevarla a todos los niveles de desarrollo que acompañan los procesos de vida. Hay que atenderla, valorarla, resignificarla, servirla. La máxima dimensión de espiritualidad viene dada en las coordenadas del amor, aquél que todo lo espera y cree (1 Cor. 13, 7). El verdadero inicio de una espiritualidad como medio de desarrollo es el retorno genuino, sentido y profundo hacia el amor.

La espiritualidad es, por tanto, el reencuentro con la esencia de lo que el ser humano es, con el anhelo de lo que quiere ser, con el amor que lo ha creado y que definitivamente lo seguirá recreando. Sólo queda abrir el espíritu para que se expanda y se desarrolle la vida. La apuesta por el desarrollo, el medio es la espiritualidad. A fin de cuentas, siempre llegaremos a Dios.

REFERENCIAS

Castillo, J. M. (2008). Espiritualidad para insatisfechos. Madrid: Editorial Trotta.

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Recuperado de http:// www.rae.es/rae.html

Estrada, J. A. (1992). La espiritualidad de los laicos. Madrid: Cristiandad. Gamarra, S. (1994). Teología espiritual. Madrid: BAC.

Gutiérrez, G. (1990). Teología de la liberación. Salamanca: Sígueme. Hernández, E. (s.f ). Las inteligencias múltiples. Recuperado de http://www.psicologia-online.com/infantil/inteligencias_multiples.shtml Krell, H. (s.f.) Inteligencia Espiritual. Recuperado de http://www.ilvem.com/shop/otraspaginas.asp?pagina=379

Ratzinger, J. (2007). Jesús de Nazaret. Ciudad del Vaticano: Planeta. Tamayo, J. J. (2005). Nuevo diccionario de teología. Madrid: Editorial Trotta.

Vidal Talens, J. (1999). Teoría del Conocimiento Teológico. En Izquierdo, C., Teología Fundamental, temas y propuestas para el nuevo milenio (569-633). Bilbao: Desclée De Brouwer.

Villarini, J. A. (2004). El sentido de trascendencia. Recuperado de http://www.monografias.com/trabajos37/trascendencia/trascendencia2.shtml Williamson, M. (1992). Volver al amor. España: Urano.