Sexualidad y cultos sexuales en el Judaísmo. Situación de la mujer. Deshner Karlheinz

SEXUALIDAD Y CULTOS SEXUALES EN EL JUDAÍSMO. SITUACIÓN DE LA MUJER

Capítulo del libro “Historia Sexual del Cristianismo” de Deshner Karlheinz

El mito bíblico de la creación comienza allí donde termina el mito babilónico… En contra cíe los hechos, el hombre no nace de la mujer, sino que la mujer es creada a partir del hombre. – ERICH FROMM

Las primeras páginas de la Biblia han servido de per­sistente fundamento (…) a la conciencia de la supe­rioridad física y moral de! hombre sobre la mujer, impura per se y que desde el Principio personificó el pecado. – JOHANN y AUGUSTIN THEINER, teólogos católicos

Las mujeres son equiparadas en ciertas referencias religiosas a deformes, sordomudos, imbéciles, esclavos, hermafroditas y similares (…) A cualquier hombre le está permitido vender a su hija como esclava. – ERICH BROCK

La religión del antiguo Israel no era todavía el monoteísmo sobrenatural de la época postexílica, sino politeísta y polidemónica, como la de todos los otros semitas. Tampoco hay pruebas de que los israelitas creyeran en la resurrección de los muertos, una idea que pudo haber aparecido bajo influencia persa; probablemente, el más temprano documento de aquélla es el llamado Apocalipsis de Isaías, en el que la vuelta a la vida sucedía gracias al rocío, lo que recuerda a ciertas ideas de la religión cananea de la fertilidad.

El dios del gran miembro

Aparte de Yahvé que, aparentemente, fue descubierto por Moisés en el culto de su suegro Jetró, los llamados Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob —estimados por la tradición cristiana como las columnas del mono­teísmo— veneraron, entre otros, al dios semita “El”, situado en la cúspide del panteón cananeo, cuyo nombre significa «el dios verdadero» y cuyo título, «el toro» expresa su irresistible potencia, pues seduce a las mujeres por el tamaño de su miembro viril.

En el Jerusalén de la época predavídica es adorado como dios superior; en muchos pasajes de la parte más antigua del Antiguo Testamento, se le llama «El Supremo» o «Creador del Cielo y la Tierra» (qoneh samayim wa-ares) Más tarde se identificó fácilmente a Yahvé con El, aunque entonces el dios pagano aportó algunos rasgos positivos a la imagen israelita de Dios.

Pero el culto del antiguo judaismo no sólo incluía a El, dios del gran miembro, creador del Mundo; también se veneraba a las piedras sagradas, una práctica que estaba extendida por toda la Tierra y cuyas derivaciones alcanzan todavía a nuestro siglo.
Las piedras sagradas también fueron asociadas con la vida sexual, y durante mucho tiempo los hombres las consideraron como seres animados, cargados de poder y portadores de la fertilidad. Los menhires, esparcidos por los distintos continentes, a menudo con forma de falos o adornados con ellos, también tienen, al menos par­cialmente, significado genital.

Especialmente en la religión cananea, las piedras sagradas (aproxi­madamente del tamaño de las actuales tumbas) fueron usadas como mojones o betilos (hebr. «massebah»). Si los pilares y columnas de Asera eran signos de la diosa madre de la fertilidad, las piedras simbolizaban al dios masculino, y quizás hubiera algunas en la misma Arca de la Alianza.

En todo caso, el patriarca Jacob, dormido, según la Biblia, sobre una piedra y bendecido luego con cuatro mujeres, a quien Dios hizo tantas promesas en el sueño —y no sólo a él, sino también a su «simiente» repetidamente mencionada—, reconoce que aquella piedra es befel, «casa de Dios» (¡El!). «Qué santo» exclama el piadoso personaje, «es este lugar»: aquí están verdaderamente la Casa de Dios y las Puertas del Cielo». Y levanta la piedra como «señal» y la rocía con aceite.

Jacob vuelve a construir esta clase de emblemas fálicos en dos pasajes bíblicos posteriores que nos hablan nuevamente de su simiente, de sus hijos y de los hijos de sus hijos, emblemas que adoptarán formas cada vez más bellas y valiosas y que, por cierto, serán prohibidos en el Deuteronomio, condenados por los profetas y destruidos finalmente en el año 620, bajo el reinado de Josías, junto con otras muchas supervivencias del culto pagano.

No obstante, hoy todavía hay en Palestina y sus países vecinos numerosos betilos, los árabes siguen untando las piedras sagradas con aceite, los primitivos bailan a su alrededor con el pene en la mano, creyendo en su fuerza generatriz, o frotan en ellas sus partes sexuales y los pechos, con el fin de concebir un hijo o de conservar la leche.

Los israelitas, que eran circuncidados y juraban por el falo, conocían, obviamente, el culto fálico. Tenemos ciertos betilos de aspecto fálico; Isaías menciona a un dios priápico del hogar; Ezequiel, imágenes masculinas de oro y plata con las que se desencadena la lujuria; en Jeremías, los israelitas dicen de la piedra: «tú nos has engendrado»; y en el Eclesiastés se menciona «lanzar piedras» junto a «abrazar» con el significado de hacer hijos.

El Medievo cristiano aún conoce la petra genetrix, la piedra materna de la procreación, la lapides vivi o piedra animada, según una inscripción de la catedral de Aquisgrán.

El culto de los árboles

Pero estos venerables patriarcas no sólo rindieron homenaje a los dioses y al culto fálico. El Antiguo Testamento revela también las huellas de su culto a los árboles. El árbol, eterno símbolo en los mitos de los pueblos, fue durante mucho tiempo un” signo de la fuerza vital y un símbolo de cualidades genitales. A menudo fue visto como mujer u hombre, o incluso como andrógino y lugar de origen de los hijos, como divinidad animada. Y precisamente en la religión de Canaán y en la deforestada Palestina fue el símbolo específico de la fertilidad.

Los habitantes de la antigua Canaán —donde los demonios arbóreos se llamaban ‘el o ‘elon— edificaban «bajo los verdes árboles» a partir de piedras sagradas y postes, y también «bajo los verdes árboles» celebraban las fiestas de la fertilidad.

Yahvé: «Derribad sus altares»

Yahvé, que originalmente había sido un espíritu de la naturaleza, un  dios vulcanice, de la tempestad o de las tormentas que, como se ha señalado, apenas tenía rasgos femeninos ni sacerdotisas, en el curso del tiempo se libró de todos sus competidores en Israel. Fue el único dios del Mundo Antiguo que no se hizo adorar sin imágenes; todo entusiasmo religioso de carácter agrario fue considerado demoníaco y la esfera de lo cósmico, otrora sagrada, fue objeto de una desmitificación de graves consecuencias.

Los israelitas, que probablemente ocuparon algunas partes de Palestina en el siglo XIII y se mezclaron rápidamente con los hebreos —los cuales estaban emparentados con ellos pero se habían asentado allí con anteriori­dad— emprendieron pronto guerras de conquista y aniquilación hacia todos sus confines, como Yahvé había ordenado: «Derribad sus altares y destruid sus ídolos, prended fuego a sus bosques y reducid sus dioses a escombros».
Conforme a ello,  hubo matanzas de moabitas y amonitas, filisteos, madianitas y arameos; fueron especialmente frecuentes los enfrentamientos con los cananeos —también denominados «amorreos» o «hititas» por el Antiguo Tes­tamento, que los caracteriza como completamente corrompidos—, a los que se contentaron con imponer el exilio o cargas tributarias.

Baal y Aserá

No obstante, en Canaán, donde los nómadas o seminómadas israelitas tomaron contacto con un antiguo universo cultural, con la Gran Madre, los dioses El y Baal, los esponsales sagrados, la prostitución y desfloración rituales, en una palabra, con una religión de fiestas magníficas y estímulos sensuales, se llegó finalmente a asimilaciones de toda clase. Pues si es verdad que éstas habían comenzado ya en la época de los Patriarcas, al principio sólo afectaron al culto rústico de Yahvé, a campo abierto, donde se plantaban —entre libaciones inmoderadas y copulaciones colectivas sobre la tierra— los árboles de Asera, llamados por el propio nombre de la diosa.

Pero paulatinamente el sincretismo prendió también en los santuarios cen­trales del Reino. Así, Salomón (ca. 965-928), además de erigir templos a dioses extranjeros, dotó al de Yahvé —construido según modelos fenicios por un arquitecto cananeo— de muchos símbolos del culto de la fertilidad (azucenas, leones, toros). Claro que el corazón real, «seducido» finalmente por su mujer extranjera, «dejó de pertenecer por entero al Señor».

Y su sucesor Jeroboán I (928-907) mantuvo esta tradición y representó a Yahvé, en los nuevos templos yahvistas de Bethel y Dan, como una figura invisible sobre un novillo de oro (los «becerros de oro» de la Biblia), de la misma manera que los cananeos imaginaban a su dios supremo Baal sobre un toro.

Baal fue adorado cada vez más intensamente, pero también la Gran Diosa Madre, de la que se han encontrado en Palestina numerosas estatuas, la mayoría desnudos.
Más adelante, el rey Manases consagró una Asera en su honor en el templo de Jerusalén y, en tiempos de Jeremías, las mujeres aún cocinaban unas tortas para ella. Se llegó incluso a la prostitución cere­monial.
En Silo los hijos del sacerdote de Yahvé dormían «con las mujeres que rendían servicio a la entrada del recinto sagrado»; muchos otros «sa­crifican con las hetairas consagradas»; «padre e hijo se reúnen con la pros­tituta (..), se tienden sobre los vestidos empeñados junto a aquel altar». Y también Jeremías se lamenta de las idas y venidas de los jerosolomitanos a las kadesh.

Elias (quien hizo apresar a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los mató) y Elíseo en el siglo IX, Amos, Oseas e Isaías en el VIII, no dejan de condenar el culto de diferentes baales, y también el de Asera, aunque muchas veces ni siquiera saben exactamente qué costumbre religiosa es cananea y cuál originariamente israelita. Y, en definitiva, la misma polémica bíblica está llena de resonancias procedentes de la herencia literaria cananea, por lo que acaba dependiendo, lingüísticamente, de aquello a lo que combate.

Yahvé ordena una y otra vez: «Debes destruir sus altares, deshacer sus imágenes y talar sus bosques»; una y otra vez prohibe convivir con aquellos que «extienden la prostitución con sus dioses». Una y otra vez los profetas truenan.

Oseas —que fue engañado por su propia mujer Gomer (comprada por quince siclos de plata y una medida y media de cebada) durante los ritos de fertilidad cananeos, lo que presumiblemente le empujó más que ninguna otra cosa a la vocación profética— ruge, en prosa y en verso, contra el espíritu de lujuria, contra «los días de los baales, cuando ella les sacrificaba y se adornaba con anillo y collar y perseguía a sus amantes, olvidándose de mí, así habló Yahvé (!)». (El profeta llamó a una hija concebida con Gomer «No compadecida» y a un hijo «No mi pueblo»).

Isaías se acalora cuando habla del «engendro del adúltero y de la prostituta, concebido entre los terebintos, bajo cualquier árbol frondoso». «Sobre mon­taña alta y escarpada preparaste tu lecho (…) has extendido las mantas sobre la cama y te has vendido a aquellos de tus pretendientes que preferías».

Ezequiel, con una fuerza simbólica y metafórica casi inigualable, da cuenta de «abominaciones» cada vez mayores: las hijas de Israel se prostituyen con los asirlos, con los babilonios, con los egipcios, «cuyos miembros eran como miembros de burros y su eyaculación como eyaculación de sementa­les». Y también los hijos de Israel, exclama Jeremías, se volvieron «adúlte­ros». «Huéspedes de burdeles, en sementales bien cebados y rijosos se han convertido, cada cual relinchando tras la mujer más cercana».

Muerte para el adúltero y los animales lascivos

En el comienzo de la Biblia, la sexualidad queda estig­matizada, aparece como un mal, y la catástrofe se inicia con la horrible relación entre Adán y Eva, hasta que Yahvé pierde la paciencia y extermina a la humanidad, exceptuada la familia de Noé. Mientras el terrible pecado se repite no se interrumpen las amonestaciones, que son una característica de la moral judía. La lujuria se convierte en el mayor de los vicios.

El llamado dodecálogo sexual maldice repetidamente la lujuria. ¡Ya en una antigua tradición de los Setenta la prohibición del adulterio en el Decálogo precede a la del asesinato!
Y si el adulterio es castigado en la Biblia con la pena de muerte, lo mismo sucede con las relaciones incestuosas, la homo­sexualidad y el trato sexual con animales, en el que incluso las bestias viciosas deben ser ejecutadas.

Sobre esto había una gran cantidad de pre­ceptos cúlticos de purificación. Es decir, todo aquello que tenía que ver con las funciones sexuales (embarazo, menstruación, parto) era impuro («lame’») y transmitía esa impureza, como podían hacerlo la lepra y todo lo que se relacionaba con la muerte. «Si un hombre yace con una mujer y hay eyaculación, ambos tienen que bañarse en agua; están impuros hasta la noche».

La simple polución mancha. «Si un hombre tiene una eyaculación, que lave todo su cuerpo, está impuro hasta la noche». Inevitablemente, todo lo que ha tenido que ver con el impuro (cama, asiento, vestido, persona) se ensucia. Y, por supuesto, el impuro es apartado del santuario hasta que se haya purificado mediante una ofrenda o un sacrificio.

Sobre todo en el culto, era obligatorio ocultar la «vergüenza», un aspecto que ya era decisivo desde Adán y Eva. Los sacerdotes sólo podían andar por el templo vestidos con calzones, para no violar el suelo sagrado, «para que no tengan que cargar con la culpa y morir». Y a una mujer que en una pelea agarrara a un hombre de sus partes sexuales había que cortarle la mano. «No debes conocer la compasión» exhorta la palabra de Dios .

La mujer seduce, no el hombre

Compasión con las mujeres, los judíos tuvieron más bien poca, lo que repercutió en el cristianismo tanto como la castidad religiosa.

En el relato de la Creación, o sea, desde el primer momento, la Biblia manifiesta la dependencia de la mujer respecto al hombre y su culpa: el auténtico sentido de la Historia. La mujer es la seductora, el hombre el seducido; disculpado y exonerado desde el principio.
Todo el mito le busca excusas, como quien dice. No es su pene el que tienta a la mujer, sino que, como es fácil de colegir, el pene es objetivado en la serpiente, el antiguo símbolo fálico, y la serpiente tienta y convence a la mujer que, a su vez, enreda al hombre.
Adán se defiende ante Yahvé: «La mujer que me diste me dio de la fruta y comí»; y, a continuación, Yahvé condena a Eva a parir con dolor y a servir al hombre: «El será tu señor».

La historia judía de la caída por el pecado tiene diversos paralelos: en el mito sumerio o en el budista. Y lo mismo que en la Biblia, en la mitología germánica hay también una primera pareja humana, Aske y Embla; ¡pero su unión nunca es juzgada como pecado!

La lucha del culto de Yahvé contra las divinidades femeninas y sus religiones, tenía que volverse también contra el principio rector de esas divinidades, la condición femenina, apartando a la mujer de la vida pública. Si antes había sido santificada, ahora se convirtió en impura, fue oprimida y menospreciada.

En el Antiguo Testamento, el nombre del marido, «ba ‘al» le señala ya como propietario y señor de la mujer («b’eulah»). El Levítico equipara a la mujer con los animales domésticos y en tiempos de Jesús sigue estando a la misma altura que el niño y el siervo. Por cierto que todavía en el siglo XX se reza en la sinagoga: «Te doy las gracias, Señor, porque no me has hecho infiel, ni siervo (…), ni mujer».

En el culto judío, como más tarde en el catolicismo, la mujer fue rigurosamente postergada. Se la excluyó de toda participación activa. Ora­ción, lectura, predicación, eran tareas del hombre. Se le prohibió el estudio de la Torah, pese a que éste se consideraba necesario para la salvación, y se la relegó en el templo hasta el vestíbulo. ¡Incluso los animales sacrificados, debían ser de sexo masculino! Los judíos también sabían que Dios casi nunca habla con mujeres, que el primer pecado vino por una mujer y que todos tenemos que morir por su causa; y llegan al extremo de afirmar que «el defecto del hombre es mejor que la virtud de la mujer».
También en la vida cotidiana la mujer fue desacreditada. Hablar con ella más de lo estrictamente necesario o dejarse guiar por su consejo estaba castigado con las penas del infierno; no se saludaba a las mujeres, ni se les permitía que saludasen a otras personas. Su vida valía menos; el nacimiento de un niño causaba regocijo, el de una niña se soportaba. El Antiguo Tes­tamento ignora a las hijas en el tratamiento de la sucesión; hasta podían ser vendidas como esclavas .

Poligamia y aversión a la virginidad

E Libro de los Libros siguió tolerando la poligamia, el concubinato con esclavas y prisioneras de guerra, el trato sexual con prostitutas y solteras que no estuviesen ya bajo custodia paterna y la separación (para los babi­lonios y los egipcios, también la mujer tenía derecho a separarse); y en cuanto los hijos alcanzaban la pubertad, el padre podía darles una esclava para «los esponsales». Por el contrario, cualquier relación extramarital de una mujer casada estaba castigada con la muerte.

La poligamia, que en algunos momentos tomó dimensiones considera­bles —Roboán tenía dieciocho mujeres y sesenta concubinas; el sabio Sa­lomón, supuesto autor de varios libros del Escrito Sagrado, setecientas mu­jeres, además de trescientas concubinas—, no fue combatida por los profetas y estuvo autorizada hasta el siglo IX d.C. Los talmudistas formularon ex­plícitamente la regla de que ningún judío podía tener más de cuatro mujeres a la vez y el rey, como máximo, dieciocho. Bien es cierto que ni la Biblia ni el Talmud permi­tieron el maltrato a la mujer; lo hizo por primera vez el derecho medieval cristiano, que insistía en la monogamia.

Tampoco se dio entre los judíos una difamación del matrimonio ni un ideal de virginidad o de celibato. Los levitas y los sacerdotes debían casarse, aunque sólo con honradas vírgenes de Israel. El compromiso previo al matrimonio se llamaba «kiddushin» (encarnación) y la soltería era tenida por una desgracia, un castigo de Dios. Por ello, el hebreo veterotestamental no tiene ni una sola palabra que signifique soltero, porque la idea era completamente inusitada. En la época postexílica se instaba formalmente a| los padres para que casaran a sus hijos cuanto antes: a las chicas a los quince años y a los jóvenes a los dieciocho. Asimismo, se consideraba la esterilidad como un oprobio.

Más tarde, el propio Talmud —y, de pasada, también el Corán, que valora el matrimonio con el mismo énfasis— obligaba al casa­miento y, a diferencia del hombre no espiritual, el rabino debía «yacer con su esposa cada noche, para mantener el cerebro limpio para sus estudios».

Y es que ni la infravaloración de la mujer ni las abundantes prescrip­ciones de purificación desembocaron entre los judíos en tendencias ascéticas, excepción hecha de sectarios marginales como los recabitas, los terapeutas y los esenios .

Por el contrario, en el mundo helenístico, el ascetismo desempeñó un papel cada vez más importante.

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