Sexualidad en las culturas primitivas y precristianas. Cultos sexuales. D Karlheinz

LA SEXUALIDAD EN LAS CULTURAS-PRECRISTIANAS.

Algunos capítulos del libro “Historia Sexual del Cristianismo” de Deshner Karlheinz.

1. LA DIOSA MADRE

El primer ámbito sagrado de la época primitiva está probablemente allí donde las mujeres han dado a luz. ERICH NEUMANN

Para aquellos que tienen un verdadero conocimiento de las cosas divinas, nada hay más excelso que la Madre. – Un poeta griego del siglo IV

La sexualidad no se agota en lo fisiológico. Tampoco es simplemente una parte de nuestra existencia, sino que la impregna por completo. Acom­paña al ser humano, como escribe un teólogo cristiano, desde la cuna hasta el último aliento. «Si se pudiera dibujar una curva sexual de la vida, sería el fiel reflejo de la vida misma» .El significado fundamental del sexo se expresa en las creencias de todos los pueblos, originalmente de forma siempre positiva.

Las madres primordiales

En la época prehistórica, cuando la humanidad era pequeña, la duración de la vida corta, y la mortalidad infantil grande, la capacidad reproductora de la mujer fue la principal oportunidad de supervivencia para el clan, la horda o la estirpe. Se recelaba, no obstante, de la fertilidad femenina, no reconocida aún como una consecuencia del apareamiento, sino como la intervención de un poder numinoso, lo que otorgó a la mujer una especial significación, un carácter mágico.

Ella era un misterio primordial . El padre, por el contrario, seguía siendo desconocido; tanto como el dios padre. («Mater semper certa, pater semper incertus» llega a decir todavía el derecho romano: la madre siempre es cierta, el padre es incierto).

Así que no es casualidad que las más antiguas estatuillas del paleolí­tico llegadas hasta nosotros sean en su mayor parte representaciones femeninas, madres primordiales o ídolos de fertilidad, como acepta la mayoría de los investigadores, y no obscenidades del período glacial. Casi sin excepción son mujeres mayores, figuras maternas. Todo lo indi­vidual, y en especial el rostro, está disimulado, pero los caracteres sexuales (pechos, vientre, genitales), en cambio, están resaltados de tal modo que aparecen como «lo único real».
Todas en un avanzado estado de gestación, son evidentemente materializaciones de la energía —primordial, alumbradora y reproductora— de la mujer, tempranas precursoras de las diosas madres .

Si el matriarcado es más antiguo que el patriarcado, como la investi­gación confirma cada vez con más fuerza, el culto de la Gran Diosa Madre precede con toda probabilidad al del Dios Padre; su anterioridad está re­petidamente atestiguada desde Grecia hasta México. Asimismo, la relación social humana más antigua debe de ser la de madre e hijo.
La madre sirve de nexo en la familia primitiva, vela y da a luz. Así se convierte en representante de la Madre Tierra, de la Madre Luna, de la Gran Madre .

Esta adoración de la Gran Hembra se había visto favorecida por el desarrollo económico de la edad glacial tardía y por la sedentarización provisional de los cazadores de Eurasia central. En esas condiciones, la cabeza femenina de todo el linaje no sólo garantizaba la supervivencia del clan, sino que también se ocupaba de la alimentación y el vestido y, en tanto era la figura central del hogar común, incluso estrechaba los lazos existentes entre los moradores. Cuando aquel sedentarismo termina, des­aparecen con él las esculturas femeninas.

Ahora bien, en el Neolítico, cuando paulatinamente comienzan a encontrarse imágenes fálicas y símbolos masculinos de fertilidad, hay, más o menos desde el quinto o el cuarto milenio, una gran cantidad de estatuillas femeninas. Las más antiguas proceden de Asia Occidental, es­pecialmente de los alrededores de los templos. La cabeza apenas está insinuada y. por el contrario, los distintivos sexuales (pechos, vientre y vulva), están de nuevo fuertemente acentuados.
Además, la mayoría apa­recen representadas en los prolegómenos del alumbramiento, esto es, en cuclillas: como se da a luz en el Oriente Próximo, todavía en la actualidad. En aquel tiempo, las figuras de este tipo son producidas en serie y vendidas a los visitantes de los templos. También en el sudeste europeo surgen figuras femeninas de culto que debían de pertenecer a diversos ajuares. Las hay, en fin, en toda Europa: en España, en Francia, en Irlanda y también en el Nordeste.

La mujer: «La continuación de la tierra»

De esta manera, con el tiempo, se va formando la idea de una madre divina, sobre todo en las regiones de colonización agraria . Su religión se relaciona estrechamente con la revolución económica que supusieron los primeros cultivos, una forma agraria de economía y de existencia que se origina en Asia muchos milenios antes de Cristo y que proporciona de nuevo a la mujer una creciente consideración.

En efecto, como centro del clan y dispensadora de alimento (¡el hogar fue también el primer altar!), como administradora de las provisiones, productora de recipientes y vesti­dos, en suma, como creadora de los fundamentos de la cultura humana, muchas veces consigue un prestigio extraordinario, caracterizado, desde el punto de vista jurídico, por el derecho materno y la sucesión matrilineal y, desde el punto de vista religioso, precisamente por las diosas madres. Y es que cuando la humanidad se vincula al suelo y a la propiedad, el significado de la descendencia aumenta y, con la fertilidad de la mujer, también aumenta la significación del suelo que ella trabaja y con el que el hombre la equipara sin reservas en el plano místico, creyendo en una correlación de la función reproductora de ambos .

La tierra, seno materno de todo lo viviente, pensada desde siempre como diosa maternal, es «la figura divina más antigua, la más venerada, y también la más misteriosa» o, como Sófocles dice, «la más excelsa entre los dioses». Según las más antiguas creencias griegas, todo lo que crece y fluye procede de ella, incluso los hombres y los dioses. En Grecia, una serie de cultos ampliamente extendidos estuvieron dedicados a la Tierra como madre absoluta, gran diosa de la más antigua religión helena; en Olimpia precedió a Zeus, en Delfos a Apolo, en Esparta y Tegea hubo altares consagrados a ella. Hasta en el más antiguo escrito sagrado de la India se lee ya la expresión «Madre Tierra» .

Y en las culturas matriarcales se equipara a la Tierra con la mujer, pues la vida surge de ambos cuerpos, el linaje sobrevive mediante las dos. En la mujer se encaman la fuerza germinal y la fertilidad de la naturaleza, y la naturaleza regala vida en analogía con la mujer cuando pare. Los hijos y las cosechas aparecen como dones sobrenaturales, productos de un poder mágico. Hasta la época moderna, la mujer ha estado más estrecha­mente relacionada que el hombre con las fiestas de la fertilidad y los ritos agrícolas. «Respecto a la Tierra, el hombre es lo extraño, la mujer, lo autóctono (..) Ella es la continuación de la Tierra». Son palabras todavía empleadas por el físico romántico Johann Wilheim Ritter .

El ídolo humano más antiguo

En la primera época de la cultura agraria, aparecen por todas partes las divinidades femeninas, en las que se adora el secreto de la fertilidad, el ciclo eterno de la sucesión y la extinción. En toda la región mediterránea, en todo el Oriente Próximo, e incluso en la religión india anterior a los arios, se celebran fiestas de diosas de la fertilidad y de la maternidad; todas eclipsadas por la Gran Madre, creadora de toda vida que, aunque ya antes fuera imaginada como una joven, podrá ser festejada en Canaán, casi al mismo tiempo, como «doncella» y «abuela de todos los pueblos».

Para adorarla, los hombres erigen un templo tras otro, la representan de mil formas, en estatuas monumentales, en pequeños ídolos, mayestática, vital, con caderas pronunciadas y vulva sobresaliente, aunque también como una esbelta vampiresa, demoníaca, con grandes ojos y mirada enig­mática. De pie o desde su trono, amamanta al hijo divino, irradia energía y fuerza, el sacrum sexuale. Sentada y abierta de piernas, muestra su sexo (con los otros dioses tendidos a sus pies). Aprieta sus pechos exhuberantes, bendice, agita símbolos de fertilidad: tallos de azucena, gavillas de cereal o serpientes. Levanta un cuenco del cual fluye el agua de la vida, y los pliegues de su vestido rebosan de frutos.

Tenemos testimonios de ella como diosa principal hacia el 3200 a.C.
La conoce ya la religión sumeria, la más antigua de la que sepamos algo: «en aquel tiempo, ni siquiera se hacía mención de un Padre Absoluto» . Su imagen se encuentra en el arca sagrada de Uruk, ciudad mesopotámica cuyos orígenes se remontan a la prehistoria. La adoran en Nínive, Babilonia, Assur y Menfis. La podemos descubrir también en la forma de la india Mahadevi (gran diosa); la vemos en innumerables matres o matrae —las diosas madres de los celtas, cubiertas de flores, frutos, cuernos de la abundancia o niños— y, no en último lugar, la podemos identificar en Egipto bajo los rasgos de Isis, el modelo casi exacto de la María cristiana.

Su aspecto cambia; entra en escena unas veces como madre o como «vir­gen» y «embarazada inmaculada» o como diosa del combate, a caballo y con armas, y, por supuesto, bajo diferentes formas animales, por ejemplo en la figura de un pez, una yegua o una vaca.

E igualmente cambian sus nombres. Los súmenos la llaman Inanna, los kurritas Sauska, los asirios Militta, los babi­lonios Istar, los sirios Atargatis, los fenicios Astarté; los escritos del Antiguo Testamento la denominan Asera, Anat o Baalat (la compañera de Baal), los fri­gios Cibeles, los griegos Gaya, Rhea o Afrodita, los romanos Magna Mater.
El emperador Augusto reconstruyó en el Palatino sus templos, destruidos por el fuego, y el propio emperador Juliano abogó por ella. Adorada desde la época prehistórica, su imagen es «el ídolo más antiguo de la humanidad» y la carac­terística más constante de los testimonios arqueológicos en todo el mundo.

La Gran Madre, que aparece en montañas y bosques o junto a ciertas fuentes, cuya fuerza vital y bendiciones se sienten de año en año, es la guardiana del mundo vegetal, de la tierra fructífera, la idea misma de la belleza, del amor sensual, de la sexualidad desbordante, señora también de los animales.

Los más sagrados son, para ella, las palomas, los peces y las serpientes: la paloma es una antigua imagen de la vida, probablemente ya en el Neolítico; el pez, un típico símbolo del pene y la fertilidad; y la serpiente, a causa de su similitud con el falo, también es un animal sexual, que expresa la generación y la fuerza.
En el cristianismo, tan dado a invertir valores, la paloma representar al Espíritu Santo, el pez se convertirá en el símbolo de la eucaristía —la palabra griega «ichthys» forma un anagrama del nombre «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador» [Jesús Christos Theou Hyios Soter]—; y la serpiente personificará lo negativo desde el primer libro de la Biblia, siendo rebajada a símbolo del Mal, que se desli­zará furtivamente junto a los zócalos o entre las columnas de las iglesias medievales .La Gran Madre, sin embargo, no está ligada sólo con la tierra, con lo telúrico.

Su destello se extiende —ya entre los sumerios— «por la ladera del Cielo» es «Señora del Cielo» diosa de la estrella Istar, la Estrella de la Mañana y el Atardecer, con la que es identificada hacia el 2000 a.C.; es Belti, como también la denominan los babilonios, es decir, literalmente, «Nuestra Señora»; es, según Apuleyo, «señora y madre de todas las cosas» la santa, clemente y misericordiosa, la virgen, una diosa que, sin quedar embarazada, da a luz.

Y, de acuerdo con los testimonios más antiguos, accede al Mundo Inferior, donde toda vida terrena se extingue, hasta que la rescata de nuevo el dios Ea, señor, entre los sumerios y los babilonios, de las profundidades marinas y de las fuentes que brotan de ellas.

La Gran Madre es amada, ensalzada y cortejada, los himnos dedicados a ella recuerdan los salmos del Antiguo Testamento, a los que no son inferiores ni en belleza ni en intimidad.

En la mitología griega, ella es la Magna Mater Deorum, la madre de Zeus, Poseidón y Hades; por tanto la «reina de todos los dioses» «la base sobre la que se asienta el estado divino» (12). En sus variantes hindúes, se llama Urna, Annapurna («la de pingües alimentos») o también Kali (la «negra») o Cani (la «salvaje»). Así pues, muestra, tanto en el panteón mediterráneo como en el del Oriente Próximo o el hindú, una especie de doble rostro, teniendo, junto a su esencia creadora y protectora de la vida, otra bélica, cruel, aniquiladora: lo que también se repite en María (infra).

La «madre feraz» se convierte en «madre feroz» en especial entre los asirios, por supuesto en Esparta, como diosa de la guerra, y en la India, como «la Oscura, tiempo que todo lo devora, señora de los osarios, coronada de huesos». «Las cabezas de tus hijos recién fallecidos penden de tu cuello como un collar» canta un poeta hindú. «Tu figura es hermosa como las nubes de lluvia, tus pies están completamente ensangrentados» .
Refleja el círculo de la vida natural, pero sobre todo las fuerzas generativas. Pues, de la misma manera que destruye, crea de nuevo; allí donde mata, devuelve la vida: Noche y Día, Nacimiento y Muerte, Surgir y Perecer, los horrores de la vida y sus alegrías proceden de las mismas fuentes, todos los seres surgen del seno de la Gran Madre y a él regresan.

El surgimiento del dios masculino

No obstante, si en el Neolítico hay un número cada vez mayor de demonios de la fertilidad que se suman a los ídolos de la fecundidad, antaño predominantes, también aparece entonces el dios masculino junto a la diosa materna, lo que es un reflejo más —y no el menos claro— de la nueva situación de la sociedad agraria: del creciente significado económico del hombre, consecuencia de la ganadería y la agricultura.

Pues, como cuidador del ganado y cultivador del suelo, el hombre adquirió progresi­vamente los mismos derechos que la mujer, hortelana y recolectora, y, sobre todo, se le consideró cada vez más como procreador. Y justo esta estrecha colaboración en el trabajo, así como el reforzamiento del sentido agrario de la familia y la función de los padres, encuentran ahora su co­rrespondencia en el mundo de los dioses.

Surgen cada vez más divinidades masculinas: a menudo aún están subordinadas —como hijos o amantes— a las femeninas, pero más tarde las igualarán en rango y, finalmente, en las culturas patriarcales, serán dominantes. La Gran Diosa Madre es des­tronada y reducida a divinidad subalterna, después a diosa del mundo inferior: expresión del destierro de la religión maternal.

Del mismo modo, la mujer se ve rebajada, su poder reproductor, disminuido, mientras el prestigio del hombre, del padre, aumenta. Sólo al falo se le reconoce ahora potencia y fuerza vital. Así, Apolo proclama en las Euménides de Esquilo: «La madre no da la vida al hijo, como dicen. Ella nutre el embrión. La vida la crea el padre» .

De todos modos, la divinidad masculina sale a la luz tardíamente en la historia de la religión y obtiene su dignidad como hijo de la diosa madre. El hijo de la diosa madre se convierte a menudo en su amante, y así surge el dualismo característico de las grandes culturas arcaicas, el pensamiento de las polaridades, el mito de la pareja divina que concibe el mundo: Padre Cielo y Madre Tierra, cuyo matrimonio sagrado constituye el punto central del culto y la fe.

Cielo y tierra son la pareja primordial, tanto en el mito griego como en el de la lejana Nueva Zelanda, donde se llaman Rangi y Papa. Si en la mayoría de los casos se considera al Cielo masculino, desde los tiempos más remotos se ve a la Tierra como un ser femenino, apareciendo una y otra vez como hembra yacente, de cuya vagina sale el género humano.
Deméter (quizás, «madre tierra»), la diosa griega de la tierra dispensadora de la fecundidad, según un mito conocido ya por Hornero, se une a Yasión «en un campo arado tres veces» y da a luz a Pluto (en griego «riqueza»), las cosechas ubérrimas.

Los esposos divinos o incluso los hermanos (en las relaciones incestuosas) son imaginados como una pareja humana, unidos en una especie de eterno abrazo, en una cópula permanente: «el dios del cielo fecunda sin cesar (con la lluvia, el rocío, los rayos del sol) a la diosa de la tierra»; un modo de pensar que conduce directamente al gran rito de la primavera, a los esponsales sagrados. «El límpido cielo pretende herir a la tierra» escribe Esquilo, «y el campo de labor está conmovido por el ansia de boda. La lluvia cae desde el Cielo, anhelante de amor, y preña a la Tierra. Y ella da a los mortales la hierba para el ganado y el grano para el hombre; y la hora del bosque se consuma (..)» .

2: IL SANTO MEMBRO (El santo miembro)

El corazón de las mujeres anhela el miembro genera­dor del hombre, y el corazón de los hombres, la vulva; todo el mundo viviente está sometido al signo de la vulva y el pene. – Sentencia de SHIVA
El dios de la fecundidad es el mismo órgano de la procreación. – ALAIN (EMILE CHARTIER)

Desde muy pronto, los seres humanos intentaron estimular la potencia y la fecundidad, y creyeron que el crecimiento de los campos se aceleraría por medio de la copulación intensiva. Se pensó que la semilla y la cosecha, el embarazo y el nacimiento eran fundamentalmente lo mismo. En la India, la hembra es el campo de cultivo del hombre, igual que para Mahoma. Y entre los etruscos la orgía también era parte esencial de un mundo en el que se confundían el arado y el falo, la siembra y la fecundación.

Los ritos de todas las épocas han demostrado esa relación, a menudo drásticamente. Así, los Chagga, una tribu bantú (del África Oriental), entierran la semilla tendidos sobre el suelo y desnudos. Y los indios del río Negro superior, en el Brasil noroccidental, rocían con su semen los campos en medio de bailes fálicos, mientras simulan el coito. Se identifica al surco con la vagina, a la semilla sembrada con el esperma o al falo con el arado.

En algunas lenguas de Asia oriental la palabra «jakó significa al mismo tiempo falo y azada y una oración asiría se refiere a un dios «cuya reja ha hecho fértil el suelo». Asimismo se representa desde muy pronto al labrador con el miembro erecto y al arado mismo como falo y en Atenas se conoce la costumbre de refrendar la última ceremonia de esponsales sobre un arado: el hombre y la mujer se reúnen, según la fórmula matri­monial ática, para labrar los hijos de la pareja. Y en Herzegovina, cuando brota la semilla de invierno, todavía hoy se ara sobre el campo la silueta de un pene erecto con su escroto, un encantamiento de fertilidad muy generalizado antaño en los Balcanes.

Símbolo de resurrección

Ciertamente, sería erróneo interpretar el culto al falo sólo desde un punto de vista priápico, naturalista o incluso como simple muestra de obscenidad. Por supuesto, la sencilla exaltación de los sentidos estuvo relacionada con aquél, nada más obvio ni más natural; pero también fue una expresión religiosa.

Para el hombre primitivo, la vagina y el falo, como portadores de la capacidad engendradora y reproductora, son sagrados, sus poderes más tangibles frente a la muerte. Esto lo muestra de manera exquisita la leyenda india del dios Shiva, irrumpiendo desde el Linga (falo) para matar a golpes a Yama, dios del reino de los muertos, y liberar a su propio adorador. Shiva también se materializa en las vulvas de las mujeres seductoras.En China, el culto al falo estuvo entreverado con la veneración a los padres. La escritura china más antigua vinculaba «tierra» con «falo» y el mismo signo quería decir «antepasado».

La cruz egipcia con el asa (crux ansata), equivalente a la letra T, con un asa ovalada en la parte superior (originalmente el signo jeroglífico «ankh» vida), combinación gráfica de los genitales masculino y femenino, era un símbolo de la vida. Fue llevada por Osiris, un dios de la vegetación que aseguraba la inmortalidad, y por otros dioses, y más tarde (bajo el cristianismo, que a todo le ha dado la vuelta) fue aceptada por los coptos como signo de la fuerza vivificante de la cruz de Cristo. Todavía hoy podemos encontrar este símbolo fálico —que es, desde el siglo IV, signo de la dignidad papal, y, desde el siglo VI, de la arzobispal— en el palio sobre la casulla de los prelados católicos, en el que la entrada del cuello corresponde al asa de la crux ansata.

Pero el culto al falo se relaciona también con la creencia en el Más Allá. Así, el gran dios itifálico Osiris sostiene su pene o lo señala, en las estatuas e imágenes, como demostración de su resurrección, prototipo de la resurrección de sus adoradores. «Oh, vosotros, dioses» reza una ins­cripción egipcia junto a la figura de un muerto que se levanta de la tumba, «vosotros que habéis surgido del falo, abridme los brazos». Y, por supuesto, el miembro también figuró en las tumbas de Grecia y Roma, como imagen de la fuerza generadora inagotable de la naturaleza, vencedora de la muerte.

Ahora bien, como símbolo prototípico de la potencia, el pene desem­peñó en muchas religiones un papel central.Ya en las figuras de animales antropomorfos de las pinturas de la época glacial destaca una y otra vez su enorme órgano sexual. En el pa­leolítico suele aparecer junto a los caracteres sexuales femeninos, como símbolo para el culto o como medio fecundador con poderes mágicos . Y, finalmente, hay una gran cantidad de estos emblemas en las creencias de muchos pueblos orientales y occidentales; los símbolos sexuales se siguen repitiendo en ritos, mitos y cuentos.

Adoración del falo en el lejano Oriente

En la India, los pueblos anteriores a la llegada de los arios se llaman ya, en la literatura sagrada del país, los «adoradores del falo». Indra, dios principal de la religión védica, acompañado del toro como representación de la capacidad genésica, tiene los testículos —que, por cierto, son mil— del más rijoso de todos los animales, el macho cabrío. «Tú, el de prodigiosa fuerza» le ensalza el Rigveda, «haz que se hinche la manga del hombre (el pene)». «Vosotros, hombres del pene, erguid el pene, ponedlo en actividad frenética, retozad en pos del botín, empujadlo hasta el límite (o: hacedlo eyacular), al hijo de Nishtigri, a Indra». Y él mismo, como poderoso héroe procreador, embaraza a «las no desposadas» —mientras éstas borbotean «como manantiales al brotar»— y «a las jóvenes que se desvanecen»

.En todos los templos de Shiva, un dios principal del hinduismo, el Linga acompaña al Yoni como forma más frecuente y destacada de Shiva. Aquél sigue siendo uno de los ídolos más venerados de la India, muchas personas lo llevan al cuello como amuleto, lo encontramos deificado en casas y campos y todavía lo podemos ver sobre los túmulos a modo de símbolo del renacimiento, como antaño se hacía en Roma con el falo.
Desde tiempos remotos, el santuario nacional del Nepal es un gran Linga flanqueado de números templos. Las religiones védico-brahmánica e hinduista están completamente impregnadas de sexualidad y, a partir de ellas, la adoración de la vagina y el falo encontró acogida incluso en el budismo.

En el sintoísmo japonés, rebosante de ideas de fertilidad, se conoció hasta tiempos muy recientes un culto del pene de gran difusión, con grandes templos, fervorosas plegarias y falos votivos. Y algunas tribus africanas siguen practicando el coito ritual .

El culto del falo en Egipto, Grecia y Roma

En Egipto, donde se decoraban los relieves de los templos con los grandes órganos sexuales de los dioses, el dios de la fertilidad Min fue presentado itifálicamente. Las estatuas de Osiris como animal de tres penes eran llevadas en procesión, mientras las mujeres —que en ese país gozaron durante mucho tiempo de gran estimación— agitaban excitadamente, mediante un mecanismo de cuerdas, la imagen del dios, que exhibía un enorme falo. «No hay ningún templo (egipcio)», se horroriza en el siglo III el obispo Hipólito de Roma, «ante cuya entrada no se muestre lo Oculto desnudo, erecto, coronado con toda clase de frutos de la Creación.
Se halla no sólo ante las imágenes de los templos más santos, sino también (…) en todos los caminos y en todas las calles y en las casas como barrera o mojón» .En el templo de Hierópolis se alzaba todo un frontispicio con enormes falos de unos quince metros de altura cuya construcción se atribuía a Dionisos, el dios que «ha resistido al cristianismo más tiempo que todos los demás olímpicos y que aún llegó a alumbrar los siglos oscuros con algo de su jovialidad» .

También en Grecia los genitales humanos gozaron en mayor o menor medida de su homenaje ceremonial y el falo, de forma similar a lo sucedido en la India, se convirtió en un símbolo religioso. Fue ensalzado en vasijas y pinturas, mediante canciones y bailes. Estaba incluido en el vestuario de los actores. Las procesiones fálicas eran muy habituales, tenían lugar incluso en las fiestas estatales; sátiros y silenos llevaban en ellas rígidos miembros masculinos como símbolo de una causa sagrada.

En los misterios de Afrodita también le correspondía al pene una especial significación, al igual que en el culto de Atenea, en la Arreforia —una festividad ática del mes Esciroforión (de mayo a junio)— o en la Haloa —una fiesta ática de carácter orgiástico dedicada a Deméter y Kore (y quizás Dionisos) en el solsticio de invierno—.

Como ídolo específico de la fuerza genésica y la fertilidad se adoró en Grecia, Asia Menor y finalmente en todas partes del Imperio Romano al popular Príapo, quien, con el tiempo, unificó bajo su nombre a gran número de otros dióses fálicos, siendo eternizado por los poetas romanos en versos de una obscena jovialidad. Hijo de Dionisos y Afrodita, protector de los jardines, campos y hogares, su animal sagrado era el burro, prover­bialmente lascivo.

A menudo se encontraba a la entrada de las casas, como propiciador de su fortuna, y las vírgenes y las matronas, para volverse fértiles, montaban sobre su miembro erecto, descomunal y rojizo.Hermes —según algunas genealogías, progenitor (con Afrodita) de Príapo—, dios de la fertilidad, de los animales y de la fortuna, patrón de la juventud y de los gimnasios —en los que los hombres creían poder regenerar su potencia cuando se debilitaba—, también fue representado con el pene erecto, el Herma, una pieza de madera añadida o una piedra, decorada, ungida, besada, y más tarde —en Grecia e Italia— usada como adorno de calles y jardines .

En Roma se celebraban con pompa las Liberalia, una antiquísima fiesta del dios Liber o Baco que, al menos en Lavinium, duraba todo un mes y era de completo libertinaje. Durante la misma, un gigantesco falo recorría la ciudad y el campo en una fastuosa carroza y las más prominentes matronas decoraban ante todo el pueblo el membrum inhonestum, como dice San Agustín, con coronas de flores.
En la fiesta de Venus en agosto, las damas conducían el amado miembro en procesión festiva desde el Quirinal hasta el templo de Venus y lo depositaban en el regazo de la diosa. El pueblo romano llevaba el falo como talismán; y sus generales victoriosos habían venido enarbolando el emblema ante sus carros del triunfo antes de que fuera incorporado al culto imperial.

En Uppsala, Freyr («el señor»), demonio de la fertilidad nórdico, sobe­rano del sol y la lluvia, guardián de las cosechas, de la paz y del goce, junto a Odín y Thor, se jactaba en su templo principal de su enorme «estaca del placer». Y la fuerza del mismo Thor —el más popular de los dioses germanos, para quien el macho cabrío era sagrado— era indicada por su falo.

En suma, desde la India hasta África, desde Egipto hasta el país de los aztecas, muchos dioses de la procreación desfilan penis erectus en mano. Y hasta la época contemporánea los objetos genitales de culto son venerados y celebrados en la intimidad, cuidados con mantequilla derretida y aceite de palma, o con grasa que «unge el bálano» .

San Fotino (Foutin)

Incluso en algunos momentos de la Edad Media cristiana, aunque fuera bajo repudio y condena de la Iglesia, se cocieron pasteles de boda en forma de órganos sexuales masculinos y femeninos, se hicieron vasijas y velas al modo de miembros erectos, se veneraron imágenes santas itifálicas a las que se ofrecían imitaciones de penes.
En Francia, bastantes santos aparecían armados de un gran miembro, y la gente atribuyó poderes especiales al de San Fotino. Las mujeres lo rociaban con vino y se lavaban luego los genitales con él para estimular su fecundidad.St. Foutin o Futinus debe de haber sido el primer obispo de Lyon, Faustino, y su ascenso a patrón sexual podría deberse a la alteración de su nombre en Foutin, que recuerda al verbo «foutre». De similar raíz proviene el antiguo vocablo alemán «futo y la expresión vulgar «Fotze».
En el siglo XVIII todavía podía verse el Santo Membro, un Príapo al que el pene le llegaba hasta la barbilla, que era paseado en la comitiva del carnaval de Triani, en el sur de Italia. Y en la misma época las muchachas de la Baviera superior aún llevaban en sus paseos por el campo un fetiche-falo que abrazaban y besaban: el «clavo de San Leonardo».
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3: RELACIONES SEXUALES RITUALES

El acto sexual cumplía, por una parte, la función de una acción sacrificial mediante la cual la presencia de los dioses era invocada y revitalizada; una segunda función era estructuralmente idéntica a la eucarística: el acto sexual era la vía para que el hombre tomara parte en lo sacrum, que en este caso era ostentado y administrado por la mujer. – JULIUS EVOLA

En el tercer milenio todos los países más civilizados conocían la cohabitación en los templos. El culto de la Gran Madre y los misterios de la vegetación dedicados a ella eran el momento preferido para la celebración de orgías con coitos rituales. Por analogía, en virtud de un acto mágico (que pretendía obtener algo a cambio de algo igual), la divinidad debía hacerse presente y transmitir su fuerza, sobre todo a través de las mujeres.

Desfloración en el templo

En aquel tiempo existía la costumbre generalizada del desvirgamiento prematrimonial en el templo. Ninguna muchacha podía casarse sin haber pasado antes por el rito de la desfloración. Como representante del dios actuaba entonces un hombre cualquiera, que permanecía totalmente en el anonimato. Esta circunstancia era conocida tanto en la India como en algunas tribus negras o en el Oriente Próximo.

En la zona del templo de Istar en Babilonia, las muchachas esperaban en filas a lo largo de las calles rectilíneas, hasta que uno de los hombres, tras tantear el terreno, les arrojaba unas monedas con las palabras «por el honor de la diosa» que obligaban a la escogida a seguirle y entregársele. Herodoto, bastante más fidedigno de lo que antes se creía, subraya: «Ella tiene que marcharse con el primero que le echa algo al regazo y no puede rechazar a nadie. Cuando se ha acostado así con el hombre y cumplido con su deber hacia la diosa, vuelve a casa y ni por una gran suma se prestaría a ello de nuevo».

Las prostitutas sagradas

Claro que a ello se prestaron en aquel tiempo muchas otras. La coha­bitación en el templo, como segunda forma en importancia de relaciones sexuales sagradas (y sin perjuicio de una floreciente prostitución profana), fue ejercida profesionalmente por muchas mujeres.

Sobre todo en las ciu­dades semíticas y de Asia Menor; según Herodoto, en casi todos los pue­blos. Las muchachas del templo, denominadas en Babilonia kadistu (sa­gradas), fueron llamadas hieródulas (doncellas sagradas) en Grecia, kadesh (consagradas) en Jerusalén o devadasis (servidoras de la divinidad) en la India. Descritas por los portugueses como bayaderas y difamadas por los modernos como simples prostitutas, originalmente, lejos de ser despreciadas, a menudo estuvieron consideradas por encima de las demás mujeres.

Asimismo, las hijas de los nobles podían ofrecerse ritualmente durante largas temporadas sin que nadie desdeñara después casarse con ellas. Incluso los reyes consagraban a sus hijas en los santuarios y las hacían actuar de meretrices en el curso de grandes festejos.
Las prostitutas del templo —retratadas en el arte con vestido corto, bailando de puntillas, brazos en alto— sirvieron como representantes y en cierto modo como emanaciones de la Gran Madre y, con su entrega, permitieron al hombre alcanzar la unió mystica, la participación en lo sagrado, la más íntima, sensible y palpable de las comuniones con la divinidad .

En el Poema de Gilgamesh —la más antigua epopeya de la literatura mundial— Enkidu, que al principio es una especie de animal que come hierba y comparte un abrevadero con las bestias, se transforma en ser humano gracias a una prostituta consagrada. Durante seis días y siete noches se ve despojado de su animalidad en los brazos de una representante de la diosa madre, y en cierto modo renace como ser humano.

Por lo demás, los primeros manuales griegos de la vida amorosa fueron en su mayoría escritos por hetairas.De Babilonia —cuya religión, sin fe en el más allá, probablemente fue la primera que incorporó a las prostitutas consagradas (protegidas por el Código de Hammurabi, la más antigua compilación jurídica del mundo)— la costumbre pasó a Siria, el país fenicio, Canaán, Asia Menor, Grecia, Persia y la India meridional.

Miles de hieródulas actuaban en los diversos templos; en Comana, la capital de Capadocia, en el santuario de la diosa Ma (madre); en el Ponto, en un templo rodeado por el río Iris, situado sobre abruptos peñascos y dedicado a Anaitis, una diosa semítica fusionada con la diosa de la fertilidad Ardvisura; en el templo de Afrodita en Corinto, a cuyas mujeres, famosas por sus encantos, Píndaro dedicó una de sus más hermosas odas.

Incluso en el templo de Yahvé en Jerusalén existió durante algún tiempo un burdel sagrado, por supuesto enérgicamente combatido por los profetas. La prostitución religiosa también debe de haber sido practicada entre los germanos, en el culto al dios de la fecundidad, Freyr. Y en la India —donde, presumiblemente, el culto a una diosa madre estaba muy extendido desde el tercer milenio y el coito como medio ritual era conocido desde hacía tiempo— los santuarios con cientos de respetadas devadasis subsistieron durante el primer milenio después de Cristo; es más, la cos­tumbre se ha conservado en algunos templos de la India meridional hasta hoy .

Hieros gamos

Una tercera forma de antiguas relaciones sexuales rituales —que es, por cierto, el origen de las hieródulas— fue la boda sagrada (hieras gamos), el más importante de todos los cultos religiosos de la Antigüedad. Con ella se buscaba aumentar la potencia, la fertilidad y, en general, el bienestar de la comunidad, mediante el emparejamiento ritual de dos personas, en el que se creía que la diosa estaba temporalmente incorporada en la mujer elegida; como el Señor en la hostia, en el catolicismo.

Los esponsales sagrados se celebraban ya entre los sumerios, segura­mente la más antigua de las grandes culturas. El rey-sacerdote los consu­maba con la gran sacerdotisa en la fiesta del año nuevo, sobre la plataforma superior de las colosales torres escalonadas conocidas por la denominación babilonia de «ziggurat» (cima, cumbre), modelos de la bíblica torre de Babel.

Herodoto admiró y describió en Babilonia una edificación semejante de aproximadamente noventa metros de altura, formada por ocho torres superpuestas, por la que se podía subir gracias a una escalera de caracol exterior.
Arriba del todo habría un templo con un amplio y bien dispuesto dormitorio que sólo usaba «una mujer que el dios había escogido para sí entre las hijas del país». Este dios «llegaba hasta el templo y se acostaba allí, como parece ocurría también en Tebas de Egipto, según la opinión de los sacerdotes egipcios».
En Mesopotamia, donde probablemente sólo se deificaba a aquellos reyes a quienes la diosa ordenaba compartir su lecho, se celebraba un convite después del coito sobre el almohadón adornado de plantas y césped, para simbolizar la generosidad de la Providencia y hacerla efectiva.

La religión iránica de la época prezoroastrista también asoció a la fiesta de año nuevo una boda entre dioses que desembocaba en éxtasis sexuales.
En Egipto, «la más hermosa fiesta de Opet» que representaba la visita de Anión a su harén, culminaba probablemente del mismo modo.
En Irlanda, los celtas, cuyas mujeres tenían un lugar particularmente destacado en la vida social, seguían la costumbre por la que la diosa de la tierra confería el poder al rey designado por ella. Y los germanos, que celebraban fiestas de la fertilidad desde la prehistoria, también conocían el hieras gamos, presumiblemente con copulaciones ceremoniales incluidas .

Tampoco hay que olvidar que el judaismo, que había adorado a muchos dioses extranjeros y había practicado la prostitución religiosa, ejecutaba aquel rito cada año en una ceremonia desenfrenada. El mito semita del emparejamiento entre Baal y una temerá —seguramente una manifestación de la diosa madre—, a juzgar por lo que sabemos, también tiene connotaciones hierogámicas.
El propio Cantar de los Cantares, interpretado por los cristianos como alegoría del amor de Dios a Israel (o de Cristo a la Iglesia, o del Logos a María) y reconocido más tarde como expresión de una lírica amorosa «profana» evidentemente tiene su «localización vital» en la festividad hierogámica de alguna pareja de dioses palestinos.

En la India se celebraban bodas sagradas en época aun más tardía. Asi, el rey Harsa de Cachemira (hacia 1089-1101), para prolongar su vida, se unía ritualmente con jóvenes esclavas calificadas de diosas.
Y en la época moderna el hinduismo conserva la costumbre, como punto culminante de la mística sacramental, en el culto de Sakti, una heredera de la antigua Gran Madre. En la ceremonia Sri-Cakra («rueda sublime»), hombres y mujeres, meretrices y monjas, damas de la casta superior y lavanderas, se sientan juntos, en «círculos mágicos» formando una fila variopinta, y las mujeres, desnudas, sólo cubiertas por adornos, se unen con los hombres, tras recibir la bendición.

En el budismo tántrico —que pone en boca de Buda palabras como «las mujeres son las diosas, ellas son la vida»— el maestro, tras una cortina, bendice con su falo («vajra»: diamante) a la muchacha, que debe ser hermosa y tener entre doce y dieciséis años, y después ordena a un joven que adore a la consagrada (llamada «vidya»: sabiduría) y se empareje con ella.

Las ceremonias del hieras gamos se han practicado hasta con animales, sacralizados desde los tiempos más remotos. Algunos se convirtieron en símbolos o acompañantes de los dioses de la fertilidad. Así por ejemplo, aparecían juntos el caballo y Freyr, el macho cabrío y Thor, la yegua y el cerdo y Deméter, el gorrión y la paloma y Afrodita, el león y la serpiente y la Magna Mater de Asia Menor. Y el toro, máxima expresión de la fuerza genésica, adorado en Siria y en Irán ya en el 4000 a.C., fue compa­ñero de la gran diosa oriental de la fertilidad; y no por casualidad, trajo a Europa, desde Asia hasta Occidente.

Tropezamos con emparejamientos de seres humanos y animales (sa­grados) en cuentos y mitos, pero también están atestiguados históricamente. Herodoto informa del macho cabrío de Mendes, llamado «Señor de las Jóvenes» porque las damas se unían con él con el fin de engendrar hijos «divinos».
También Ovidio conoce al chivo sagrado que habría dejado embarazadas a las sabinas. Al macho cabrío, protagonista de mitos griegos, animal de culto de Afrodita, de Osiris y de otros dioses, siempre se le ha atribuido una gran actividad sexual. Dionisos prefería la forma de toro o de macho cabrío a todas las demás.
Pan, personaje envuelto en el mito, tan lascivo como potente, hijo de un pastor y una cabra, elevado a la categoría de dios de la Naturaleza por los órficos y los estoicos, aparece siempre con los cuernos, las orejas y las patas de una cabra.

(En el Antiguo Testamento el macho cabrío se convirtió en el «chivo expiatorio» que se envía al desierto, «al Diablo» cargado con todos los delitos del pueblo; en el Nuevo Testamento, es el símbolo de los condenados en el Juicio Final; en la Edad Media cristiana, el apestoso Satanás en persona) .

Promiscuidad con el caballo

Entre los celtas, cuyos gobernantes obtenían su dignidad mediante la boda con una diosa madre, había un rito de hieras gamos con un caballo. El futuro rey tenía comercio sexual con una yegua. El motivo también fue incluido en el equus october de los romanos, en el mito de Volsi del norte germánico, y sobre todo en el asva-medha indio (textualmente, «sacrificio del caballo»; el cruce con el caballo)… probablemente, el sacrificio más notable del mundo.

Tras un año de preparación, el acto comenzaba con el estrangulamiento de un caballo cuidadosamente criado y encelado, al que se cubría con una manta bajo la cual se deslizaba la mujer principal del rey para tomar el miembro del animal en su seno. Entonces seguían unas palabras abierta­mente lúbricas y se producía un «coito verbal». Así, el sacerdote de Adh-varyu le dice al caballo: «¡Deja caer tu semilla en el canal de la que ha abierto sus muslos! Pon el lubricador en movimiento, oh, vigorizado!- del hombre, aquel que es mil vidas en la mujer (…)». Y la Mahishi: «¡Mamá, Mamita, Mamaíta. Nadie me folla!». El responsable del sacrificio, su ma­rido: «ténsala y ábrela (la vulva), como se planta un palo de hacina en el monte (…)». El Adhvaryu a la princesa: «La pobre avecilla caracolea y culebrea. El ariete irrumpe en la profunda grieta. Ansiosa lo devora la vagina». La Mahishi: «¡Mamá, Mamita, Mamaíta! Nadie (…)» etcétera. Y el sacerdote de Hotar dice a la esposa despechada: «Si la gran cosa (el pene) sacude la pequeña cosa de tu hendidura (es decir, el clítoris de tu vagina), los dos grandes labios se agitan como dos pececillos en el charco que deja una pisada de vaca». La Mahishi: «Mamá, Mamita, Mamaíta. (…)».

El «sacrificio del caballo» de la antigua India debía estimular la tota­lidad de la vida sexual y de la vegetación; ésta pudo ser la razón por la que los cuatro sacerdotes eran obsequiados por el gobernante no sólo con el cortejo de cuatrocientas bellezas que acompañaba a las cuatro esposas participantes en el sacrificio, sino incluso con estas mismas cuatro mujeres que, según una costumbre más antigua, seguramente eran ofrecidas al pueblo.

Posteriormente, en muchos casos el rito de la hierogamia sólo se ejecutó de forma simbólica. En Grecia, donde había un sinnúmero de tales tradiciones, destacaba la celebración anual del matrimonio entre Zeus y Hera como hieras gamos.
Lo mismo ocurría en Eleusis con la unión de Zeus y Deméter, cuya imagen sagrada era el órgano sexual femenino. «La Sublime ha dado a luz un niño sagrado» anunciaba el hierofante. Y los iniciados murmuraban: «Me he deslizado en el lecho nupcial». O: «Me he introducido en el seno de la reina de los infiernos». En el culto de Sabasio introducían una culebra entre los pechos de las iniciadas y la sacaban por debajo .

Orgías sagradas colectivas

Originalmente, sin embargo, los esponsales sagrados eran seguidos de copulaciones colectivas, como ocurría durante las grandes fiestas de la vegetación en el culto de Istar, donde primero copulaba el rey con la gran sacerdotisa ante los ojos de todo el pueblo y después se emparejaban los reunidos de forma más o menos aleatoria. «No se escogía como pareja al ser al que se amaba, porque fuese hermoso, joven, fuerte, inteligente, viril, potente o atractivo en algún otro sentido. También se ofrecían y copulaban los viejos, los feos, los enfermos, los paralíticos (…)
Viejo y joven, hermoso y feo, hombre y animal, padre e hija, madre e hijo, hermano y hermana, varón y varón, mujer y mujer, niño y niño… todos se unían colectivamente, ante los ojos de todos».

Tal promiscuidad era orgía en su sentido original, sacrificio, culto al dios. El mundo cristiano ha pervertido después aquel significado, convirtiéndolo en diabólico; la orgía, antaño el rito más sagrado de las antiguas religiones, se transformó en una idea que incluía toda clase de intervenciones demoníacas, vuelos de brujas, misas negras y similares.

No obstante, el sacrum sexuale sobrevivió incluso en el cristianismo; siguió habiendo corrientes, consideradas heréticas por la Iglesia, que ve­neraban tradiciones completamente distintas y también veían actuar a Dios en la sexualidad, que no aceptaban ni la manía ascética ni el concepto de pecado de los católicos: amalricianos, begardos o «Hermanos del Espíritu Libre».

Ya en la Antigüedad tuvo lugar en ciertos círculos de cristianos gnós­ticos, además del rito místico-simbólico, el rito real de la unión erótica. En el culto seminal de los fibionitas, los casados, tras el coito, saboreaban el esperma a modo de comunión.
Y los carpocratianos llegaron a la comu­nidad de mujeres a través del rechazo del matrimonio. Clemente de Ale­jandría, uno de los Padres de la Iglesia, se lamenta de la situación: «Una funesta costumbre reina entre los carpocratianos, pues tan pronto hay un banquete, los hombres y las mujeres deben excitar sus apetitos, apagar luego las luces y aparearse a su gusto. A esto lo llaman satisfacción del espíritu» .

«Misas negras»

En la Edad Media también sobrevivieron restos de antiguos cultos extáticos y se llevaron a cabo variadas prácticas sexuales, que frecuente­mente culminaban en desfloraciones y apareamientos colectivos, que tenían el coito como meta, «como en un sacramento»; es significativo el hecho de que muchas de estas ceremonias tuvieran lugar entre las ruinas de templos paganos u otros vestigios de la Antigüedad.
Bajo los cimientos de Notre-Dame de París se descubrió un altar (consagrado a Cernuno, una divinidad cornuda) sobre el cual se celebraban «misas negras».
Y en todo caso, vale la pena retener que los participantes en estas ceremonias también estaban fuertemente penetrados de su sentido, y tenían tal convencimiento de que, por estos procedimientos, se habían asegurado la inmortalidad, que morían sin temor ni remordimientos.

Las jóvenes elogiaban tales orgías, alimentadas de substratos arcaicos y de la vida misma, como «la más noble de las religiones» fuente de indescriptibles deleites y éxtasis, y «afron­taban la muerte con la misma tranquila entereza que los primeros cristianos».
La supuesta fórmula de un culto atestiguado en Eslavonia hasta el siglo XII reza: «Hoy queremos alegramos de que Cristo está vencido».

Siguió habiendo cristianos a quienes parecían absurdas las ideas sobre el carácter pecaminoso de la sexualidad. Por ejemplo, en el siglo XVIII, la joven abadesa del convento de dominicas de Santa Catalina de Prato reconoció durante un proceso que «puesto que nuestro espíritu es libre, sólo la intención convierte una acción en malvada. Así que basta con elevarse espiritualmente hasta Dios para que nada sea pecado».
La joven equiparaba el éxtasis místico a la cópula de los amantes y descubría la vida eterna y el paraíso, en este mundo, en la «transubstanciación de la unión del hombre y la mujer». Gozamos a Dios a través del acto, «por medio de la cooperación de hombre y mujer» por medio de «el hombre en el que reconozco a Dios».
Y concluía: «La actividad a la que erradamente llamamos impura es la auténtica pureza; es la pureza que Dios nos ordena y que nosotros, por su voluntad, debemos practicar; sin ella no hay camino para encontrar a Dios, que es la Verdad».

Asimismo, ciertas corrientes secretas de la Cabala cultivaban la magia sexual. Jacob Frank (1712-1791), fundador de la secta de los zoharistas o contratalmudistas, no interpretaba la llegada del Mesías, la Salvación, desde una perspectiva histórica, sino que recurría a un punto de vista simbólico y orgiástico-sexual, a través del despertar interior de cada ser humano, de la comunicación íntima con una mujer. «Yo os digo que todos los judíos están en gran desgracia porque esperan la llegada del Salvador y no la llegada de la joven.» Frank veía en la joven «una puerta a Dios» (9).

¿Por qué abstinencia en lugar de placer?

Cierto que ya mucho antes del cristianismo habían aparecido cada vez más influyentes enemigos no sólo de la sexualidad, como centro de muchas religiones antiguas, sino también de la adoración de las diosas madres y de la mujer. Surgieron fuerzas —y por cierto siempre bajo la égida religiosa— que combatieron la una o la otra o ambas a la vez. Comenzó la guerra entre los sexos y contra la sexualidad en general.

¿Cómo fue posible esta transformación, esta perversión, incluso, de las funciones naturales de la vida? Cómo pudo el ser humano, tan deseoso de alegría, de placer, reprimir aquello que prefería sobre todas las cosas? ¿Cómo pudo entregarse al ascetismo, a una moral que pretende expulsar los instintos, a empresas de autolaceración y siniestra castidad penitencial, cómo pudo adjudicar el estigma del pecado a todo y renunciar a lo que le hacía feliz?

El hombre primitivo —como el creyente cristiano de hoy— no re­nunció entonces por altruismo, por nobleza del alma, sino para obtener algo a cambio, para demandar, en cierto modo para arrebatar algo a la Naturaleza o a los dioses, esto es, para negociar algo mediante un sacrificio. Y cuanto mayor, cuanto más penoso fuera éste, tanto más efectivo, en apariencia.

Así, el hombre renunció progresivamente hasta a su vida sexual, se mortificó por la cosecha, por la pesca, por una caza abundante, guardó continencia antes de la lucha o de un largo viaje… pero siempre por avaricia, por simple egoísmo, para controlar una cosa, para evitar otra, para regatear servicios a cambio de servicios; triunfo del miedo, del ansia, de la envidia, expresión de aquel principio egoísta de los romanos, «do ut des» (doy para que me des)d  eterminante cuando el devoto, con sentimiento de satisfacción religiosa y autoindulgencia, hace un voto o una peregrinación, cuando ayuna o se atormenta, o siempre que «hace penitencia» para obtener algo: éxito, salud, vida eterna.

En todo caso, fue en este contexto en el que surgió el tipo «clerical» que intentaba utilizar en su propio beneficio los instintos de protección y miedo de aquellos hombres, intensificando su temor e inseguridad, haciendo tambalear aun más su confianza en la existencia justamente para poder después ofrecer sus servicios, sus anestesias y narcóticos, sus esperanzas, su salvación.
Esta tendencia que ha eclipsado milenios enteros, dirigida contra la Naturaleza y contra este mundo, sin matices, esta tendencia que, por su­puesto, es una típica imagen reaccionaria, se desarrolló también, y en no escasa medida, en aquellos dos círculos religiosos y culturales que luego iban a ejercer más influencia en el cristianismo: el judaismo monoteísta y los misterios helenísticos.

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