Sexualidad en el proyecto humano. Alvarez

LA SEXUALIDAD EN EL PROYECTO HUMANO  

                                                                    Jesús García Alvarez

  

I.- LA SEXUALIDAD HUMANA

 
1.- Situación actual

El tema de la sexualidad ha pasado por muchas vicisitudes. Del puritanismo estricto de hace unos años se ha pasado a una permisividad casi total.  En realidad es el mismo problema que ha vivido la Ética, que ha pasado del paternalismo a la crisis.  En otras épocas se aceptaban las normas morales, aunque a veces no se obedecieran. Hoy se ponen en duda o se niegan esas normas.

      Por otra parte, el estudio de la sexualidad ha descubierto nuevas perspectivas y esto cambia la misma aplicación de las normas. El juicio moral depende de las normas morales y de los hechos que se quieren valorar. No se puede juzgar moralmente el uso de armas nucleares aun en una guerra justa si no se conoce lo que son esas armas y las consecuencias que su uso lleva consigo.

      Los estudios modernos acerca de la sexualidad necesariamente han de influir en su valoración ética. Definir la sexualidad como “el conjunto de condiciones orgánicas y fisiológicas del varón y de la hembra” o como una fuerza de encuentro y de diálogo entre personas son dos perspectivas desde las que se ve de distinto modo el mismo hecho de la sexualidad. El error consiste en quedarse en la dimensión biológica (órganos y hormonas) de la sexualidad sin tener en cuenta los estudios que se han hecho desde la psicología, la sociología,  la antropología o la religión. Lo que han hecho esos estudios no fue negar la dimensión biológica y sus finalidades, sino integrar esa dimensión en una visión global del hombre; han humanizado la sexualidad. Precisamente ésa es la tarea de la ética.

      La dimensión humana de la sexualidad supone el conocimiento del hombre y de su proyecto de vida. ¿Con qué se cuenta para construir la persona? ¿Cuál es el sentido de la vida? Alma y cuerpo son los elementos constitutivos del hombre, ¿cuál es, sobre todo, el sentido del cuerpo? ¿Es una carga, un castigo, algo de lo que hay que liberarse para volar a las regiones del espíritu?

    La sexualidad ha sido en todos los pueblos algo misterioso, desconocido, peligroso, tabú. Tabú significa que determinados objetos no pueden ser utilizados sin precauciones. Son un peligro. Es preciso levantar una barrera para no acercarse a ellos. El contacto con esos objetos mancha y lleva consigo un castigo. La abstinencia sexual era obligatoria en determinadas épocas: guerras, siembra, culto religioso.

      Para los estoicos la virtud consistía en vivir según la razón. Era preciso abstenerse de los placeres. El cuerpo y sus tendencias eran un obstáculo para la vida virtuosa. Las pasiones eran malas. Era preciso llegar a un estado de indiferencia y apatía. El placer oscurece la razón, sobre todo el placer sexual: “pequeña epilepsia”, una enfermedad de la que hay que huir.

      Las corrientes maniqueas influyeron también en este sentido. La materia sería la cárcel del alma, creada por un espíritu malo. Platón y el neoplatonismo insistieron en esa dirección. El cristianismo primitivo conoció estas corrientes de pensamiento y se dejó influir por ellas. De ahí, la prevención contra el placer y el cuerpo, aunque la doctrina de la encarnación ofrecía una luz contra esos errores si se hubieran sacado todas las consecuencias.

     En otra dirección está el mito que lleva a una historia en el principio de los tiempos. Ahí la sexualidad se convierte en algo sagrado, perteneciente al mundo de los dioses (fecundidad, amor). El hombre imita a los dioses y participa de su vida (prostitución sagrada, ritos). Por lo tanto, el placer es algo natural; no hay por qué reprimirlo. Hay que liberarse del sentimiento de culpa. El ese nivel del placer no hay leyes ni ética. Es la doctrina de los hedonistas de todos los tiempos.

      Así, pues, estamos ante dos extremos: espíritu sin cuerpo o cuerpo sin espíritu. También dos actitudes: represión o liberación; exaltación de los sentidos y liberación de las normas religiosas o morales, causa de enfermedades o sentimiento de culpa. Hoy se habla de la “resurrección de la carne”, después de siglos de muerte y represión.

 

      Paul Ricoeur señala tres características de la sexualidad actual:

a)       Insignificancia. Pérdida del sentido del misterio. Queda la función biológica, despersonalizada, anónima.

b)       Exacerbación. La sexualidad es una diversión que hay que intensificar y variar hasta el infinito. Se trata con frecuencia de buscar una compensación frente a las frustraciones de la vida.

c)       Absurdo. Cuando nada tiene sentido, queda el placer; una felicidad tan pequeña como el horizonte en que se vive. La falta de ideales impide salir del horizonte de los sentidos.

En resumen, se ha sacado la sexualidad de la perspectiva humana; se la ha deshumanizado. Ahí sólo se puede descubrir el placer, la pequeña felicidad de cada día que prometía la “ética de la cantidad” de algunos existencialistas.

¿Cómo será entonces la educación sexual y cómo debería de ser?

      Es preciso volver a una visión más amplia del hombre donde ocupen su lugar y cumplan su misión todas las energías con que cuenta el hombre. El hombre desmoralizado, decía Ortega y Gasset, es el hombre desintegrado. Hay que rehacer el proyecto de vida para evitar la dispersión anárquica y la falta de sentido de los elementos de que consta el hombre.

 

2.- Qué es el hombre

  1)   Lo primero que descubrimos en el hombre es una multiplicidad de elementos y de niveles que hacen de él un microcosmos o pequeño universo que resume toda la realidad :       
-nivel intelectual: reflexión, libertad, conocimiento de valores, emociones y afectos;
       
-nivel sensitivo: conocimiento de los sentidos, instintos, pasiones;
       
-nivel orgánico: nivel de la vida y sus leyes (organización, inmanencia);
       
-nivel físico: energías y leyes físico-químicas.
     

Cada nivel incluye a los anteriores y conserva sus leyes propias. Estos niveles de realidad se resumen en la composición de alma y cuerpo, de espíritu y materia. A partir de Descartes, en la filosofía moderna se considera la unión de alma y cuerpo como una unión accidental de dos sustancias, pensamiento y materia. El hombre es, sobre todo, pensamiento. De ahí a negar la naturaleza del hombre y convertirlo en una historia, una sucesión de actos libres, no había más que un paso.
      
Sería largo enumerar los errores que esta visión del hombre llevó consigo. Desaparece el yo o la persona; la vida humana se desarrolla en la región del espíritu, del pensamiento. El cuerpo no es más que una “máquina complicada”, sometida a leyes mecánicas. Después se hablará de leyes biológicas.  No hay lugar para más.
 

2) Alma y cuerpo. Es preciso volver a la visión antigua. El hombre es un yo o  una persona que está más allá del alma y del cuerpo. “Yo no soy mi alma” decía Aristóteles. Ni somos solamente un cuerpo. Alma y cuerpo son dos elementos que se unen para formar un solo ser. Así, las acciones más elevadas del espíritu quedan afectadas por el cuerpo. Son acciones humanas. Y las acciones del cuerpo se impregnan de espíritu. Contra todos los dualismos, los antiguos proclamaban la unidad sustancial.
 

Consecuencias:
              
-la unión de alma y cuerpo está hecha para servicio del alma. No es un castigo.
              
-el cuerpo pone en contacto con el mundo material y hace posible su conocimiento a través de los sentidos.
              
-el cuerpo es también el medio para la manifestación de la persona.
              
-El alma trasciende el espacio y el tiempo. Alcanza el mundo de los valores.
     
El hombre no es un animal evolucionado, como decía Nietzsche. Seguiría sometido a las leyes de la evolución. La libertad, el conocimiento de los valores superiores, el dominio sobre sí mismo y sobre la naturaleza, la previsión del futuro y la construcción de su vida según ideales libremente elegidos lo separan del mundo animal. Quedarse en el nivel biológico es negar lo que es propiamente humano, con consecuencias muy graves en todos los órdenes. Es lo que está sucediendo con la sexualidad.
  

3) El yo o la persona.     
     
El hombre es horizonte de dos mundos, decía Santo Tomás. Materia y espíritu son dos vertientes de la vida humana, con valores que atraen en las dos direcciones. Más allá del espíritu y la materia, está el yo o la persona en busca de la unidad. “Lo humano, dice Ortega y Gasset, es la vida del hombre, no su cuerpo o su alma. El cuerpo es una cosa; el alma es también una cosa. Pero el hombre no es una cosa, sino un drama, su vida”. 
     

De ahí la peculiaridad de la persona. La persona es
               
-inabarcable. Desborda toda objetivación;
               
-inaccesible. Un ser misterioso, escondido;
               
-incuantificable. No más o menos que otro; distinto;
               
-no indiferente. Encuentro entre personas.
     

La persona es el sujeto de la moral:
                
-como un ser para el encuentro. “Animal político”, llamado a vivir con los  demás pues necesita recibir y compartir;
               
-como un ser dialógico: el yo personal hace referencia al tú, al nosotros;
               
-como un ser histórico, que se desarrolla en el tiempo, entre el pasado (memoria, hábitos) y el futuro (proyecto de vida).
     

Si el espíritu es la característica específica del hombre, el cuerpo es también parte de su esencia:
                
-el cuerpo es lo que exterioriza a la persona; la manifiesta. Es un medio de comunicación y de diálogo;
                
-por el cuerpo, la persona conoce (sentidos), crece, consigue su fin;
                
-el cuerpo no es sólo un conjunto de órganos ni algo puramente biológico. En él están ya las características de la persona.
     
Pero la persona es algo más que el cuerpo.

4) La vida del hombre es un proceso que va del nacimiento a la muerte. Nacemos como pura posibilidad; se puede ser todo, porque todavía no somos nada. Los bienes y las verdades van llenando ese vacío hasta llegar a la perfección. Y la perfección lleva consigo la felicidad cuando los valores conseguidos llenen los centros del ser humano.

5) Dada la multiplicidad de elementos que constituyen al hombre y de valores que necesita para su vida, hace falta una ciencia que le enseñe a unificar y a crecer armónicamente. Esa es la misión de la Ética, la ciencia del crecimiento y de la felicidad.     

En ese horizonte de la persona es donde debe ser estudiada la sexualidad. Ahí se pueden descubrir los distintos aspectos estudiados por las ciencias (biología, psicología, ética). Reducir la sexualidad a un solo aspecto es deshumanizarla. Hay que recorrer el largo camino que va desde la oscuridad del instinto al diálogo interpersonal para descifrar el misterio de la sexualidad.
 

II. LAS INSTANCIAS DE LA SEXUALIDAD 

1) Un primer aspecto de la sexualidad es la dimensión biológica. Relacionados con esta dimensión están el placer y la procreación. Pero esto en el hombre ya no se puede reducir al puro instinto animal. El hombre es un ser responsable y libre y esta libertad se extiende al mismo campo de los instintos. Tiene la tarea de humanizar esas energías ciegas y ponerlas al servicio de los ideales humanos. 
     
El placer sexual es algo natural. No se puede caer en neoplatonismos o maniqueísmos, como si se tuviera que justificar por la procreación.
  

2) Otro aspecto de la sexualidad es el aspecto psicológico. En el hombre, la sexualidad se abre a una esfera superior donde adquiere un nuevo sentido. La sexualidad no es sólo una necesidad o una pulsión. Es algo relacionado con el eros, el amor, el lenguaje y el encuentro con los demás. Forma parte de la conducta humana. Freud liberó la sexualidad de la reducción a la genitalidad o de algo propio de una etapa de la vida. La sexualidad se extiende a toda la vida de la persona.

Se pueden señalar algunas etapas que coinciden con las etapas del crecimiento de la persona:
a)       Hoy se habla ya de la sexualidad infantil, de sus fases, de su relación con la afectividad. Es la época del autoerotismo (orientación hacia el mismo cuerpo y el comienzo de la relación con los demás (padres, complejo de Edipo).
b)       Solucionado el complejo de Edipo mediante la identificación ideal con el padre o la madre tiene lugar una etapa de la sexualidad (latencia) en la que el niño se va desarrollando en otros aspectos (comienzo de la vida social).
c)       En el adolescente se da el despertar de la sexualidad genital (órganos, hormonas, caracteres) antes que la maduración psíquica y social: relaciones unisexuales, prácticas homosexuales transitorias, relación con individuos del mismo sexo.
d)       En la sexualidad juvenil aparece el diálogo interpersonal sexuado:               
-atracción hacia la mujer o el hombre ideal,
               
-atracción hacia el hombre o la mujer real, pero como objeto,
               
-relación con la mujer o el hombre a nivel  personal (amistad, noviazgo).
e)    Etapa de la sexualidad madura: equilibrio de la sexualidad en el conjunto de la persona (matrimonio, soltería elegida, vida religiosa)


3) Así, pues, la sexualidad es una fuerza constructiva de la persona; un proceso de maduración y clarificación que se extiende a toda la vida. Es preciso integrarla a otras energías y tendencias y orientarla a los ideales humanos.

      Ahí es donde puede ser entendida como lenguaje y manifestación de la persona al servicio del encuentro con los demás. Pero también puede quedar desintegrada, despersonalizada. Los psicólogos señalan algunos mecanismos de esa desintegración:

a)       Fijación: se da cuando no se supera una etapa que ya debería haberse superado. Falla la maduración: la persona se centra en el placer que ahí se encontró.

b)       Regresión: se da cuando se vuelve a una etapa superada por conflictos no resueltos. Se busca el placer y la seguridad que en ella se encontró.

c)       Progresión lenta: se retrasa el crecimiento y la maduración de la persona.

d)       Represión: el yo se defiende de una realidad desagradable (deseo insatisfecho), reduciéndola al olvido. Buscará inconscientemente otro tipo de satisfacción, como la agresividad (contraria al amor)

e)       Sustitución y  compensación: se busca una compensación de tendencias no satisfechas en un mundo irreal e imaginario.

 
4)        Hoy nadie duda que la sexualidad  es una fuerza orientada al encuentro personal, al menos en su etapa de madurez. A su vez, no se da madurez de la persona sino a través del encuentro personal.
El encuentro con los demás adquiere muchas manifestaciones:
               
-hay encuentro con cosas o con personas (no es lo mismo);
                
-hay encuentro fundados en el instinto (egoísmo);
               
-hay encuentros fundados en el amor. Pero el amor se puede entender de muchas maneras:
               
-amor egoísta (para realizar en otros el ideal que no se pudo conseguir en uno mismo);
                -amor de amistad: se comparten aspectos de la vida con otras personas;               
-noviazgo: el amor y la amistad se hacen exclusivos;
               
-matrimonio: se comparte el proyecto de vida con una persona.
  

III.- MORALIDAD Y SEXUALIDAD  

1) Tradicionalmente la valoración moral de la sexualidad se ha hecho a la luz del decálogo y de la virtud de la castidad.
a)       El sexto y el noveno mandamiento prohiben los actos impuros y los malos deseos. Pero las diversas expresiones de esos mandamientos separan la sexualidad de su aspecto antropológico. Son expresiones que responden a una cultura en la que se considera a la mujer como un objeto y una posesión del hombre. De ahí la dificultad que acompaña siempre a esos mandamientos.
b)       Por eso se acude a la virtud moral de la castidad, virtud que modera las tendencias sexuales. Santo Tomás subordina las virtudes de moderación a la justicia y a los ideales de la persona. Centrarse en el placer impediría abrirse a esos horizontes. Pero siempre acechará el peligro de ver esa virtud como una represión de tendencias naturales o de reducir la sexualidad a algo biológico, separado de la perspectiva de la persona.  

2) Valoración desde la antropología sexual. Si la sexualidad es una fuerza para la edificación de la persona, lo bueno o lo malo habría que valorarlo desde esa perspectiva.
Un comportamiento sexual es bueno si contribuye al crecimiento armónico de la persona; es malo, si impide ese crecimiento. Es verdad que es más fácil aplicar una ley o tomar como criterio la virtud. Descubrir la relación de la sexualidad con la persona es más difícil. Supone entender la persona como una totalidad jerarquizada (instintos, tendencias pasionales, tendencias al amor, a la verdad o a la vida social). Es una tarea que supone la libertad integradora de todos los impulsos vitales. Y tenemos miedo a la libertad.
     

Por eso, la mejor educación sexual es una educación moral. Esta educación supone:
             
-tener en cuenta las energías y las tendencias del hombre, conocerlas;
             
-unificar esas tendencias en un proyecto concreto de vida alrededor del yo (ethos) y de sus ideales. Sin estos ideales sería inútil hablar de moderación.
             
-Orientar la vida al encuentro con los demás: la sociedad es el lugar en el que se recibe, pero en el que también se da y se comparte. La justicia y el amor deben ser la meta a la que hay que llegar.
 

3) Por consiguiente, no se debe reducir el pecado sexual al aspecto biológico: la transmisión de la vida. Sólo así se justificaría el placer sexual.
     
Si la sexualidad está ordenada al crecimiento de la persona, a la comunidad y al encuentro, el pecado sería lo que impide eso:
               
-la sexualidad como una fuerza incontrolada de la persona, aislada de sus perspectivas e ideales;
               
-la sexualidad que encierra al hombre en sí mismo, en su egoísmo, impidiendo el encuentro personal en el amor. La sexualidad ya no sería una fuerza de encuentro. Se quedaría en una etapa infantil, narcisista.

IV.- AMBIGÜEDADES DE LA SEXUALIDAD     

La composición de alma y cuerpo en el hombre lleva consigo la multiplicidad de fuerzas y energías. La naturaleza misma realiza la unidad de alma y cuerpo; la unificación de las energías es tarea de cada hombre. De suyo, esas energías tienden a la dispersión. Por eso hace falta un esfuerzo para unificarlas y ponerlas al servicio de los ideales humanos.
Esa es la misión de las virtudes. Con ellas la vida adquiere unidad; cada elemento es integrado y organizado, no según las necesidades y atracciones pasajeras, sino atendiendo a una norma superior inscrita en lo más íntimo del ser.
      Para lograr esa unificación es necesario conocer el doble sentido que tienen las energías humanas.

Ésa es su ambigüedad. La sexualidad es un poder creador que pone en contacto con la vida; es una fuerza que impulsa al encuentro con otra persona. Es un apoyo para llegar a otros valores superiores. Pero puede ser también un obstáculo que el hombre encuentra en el camino hacia su perfección por la atracción de los bienes sensibles y el deslumbramiento que producen los sentidos.
     
El hombre no está desamparado en esa tarea. Puede descubrir en su misma naturaleza un proyecto y unas normas que le van guiando hacia las metas de la vida, que en última instancia son la perfección y la felicidad. Hoy se habla de liberación de toda norma o imposición, pero esa liberación es sólo una apariencia. De todos los puntos del horizonte llegan imágenes y estímulos que despiertan las energías ocultas y llevan a la esclavitud de los sentidos y la imaginación. En cambio las normas son el camino hacia la libertad.
  

1. Entre la soledad y el encuentro
     
La sexualidad es una fuerza de encuentro. El niño, después de un momento de concentración en sí mismo, dirige sus energías hacia el mundo que lo rodea. Ahí están las cosas y las personas, aunque falten todavía muchas etapas para lograr un encuentro verdaderamente personal. Saber que no es lo mismo el encuentro con las cosas y con las personas supone una madurez a la que muchos no llegan nunca.
     

La sexualidad es una invitación a salir al encuentro con otros. La relación hombre-mujer es una exigencia de la sexualidad, que después irá concretándose en dos personas para compartir la vida en un solo proyecto. Es claro que no se trata sólo de un encuentro físico o biológico. El hombre necesita compartir su vida, vivir en sociedad. Es condición esencial para su crecimiento. Contentarse con otra clase de encuentro, permanecer en las etapas de indiferencia o de egoísmo, volver las energías sexuales hacia uno mismo buscando únicamente el placer sensible significa no haber crecido.
     

Así, pues, la sexualidad necesita dirección y dominio. Aunque empuja a salir de sí mismo e invita al encuentro con otros, puede convertirse en una manifestación de egoísmo y encerrar al ser humano en la soledad. Es la condenación y el fracaso radical.
     
Naturalmente que las manifestaciones de la sexualidad serán distintas en las etapas que se van recorriendo en el encuentro con los demás. El individuo adquiere su madurez biológica antes que la psicológica y social. Por eso siempre acechará el peligro de adelantarse también en las manifestaciones, quedándose en puro encuentro sensible con los demás. Cada etapa de la sexualidad y del encuentro tiene sus propias manifestaciones. Sólo el amor adulto y estable dentro del matrimonio justifica la entrega total, porque sólo ahí se da el encuentro personal y la comunicación perfecta.
   

2. Entre el diálogo y el silencio
     
El lenguaje es el signo de la  sociabilidad. Hablar es intercambiar ideas, sentimientos, proyectos. Sin comunicación se caería en el silencio y la soledad. La comunicación es posible por el cuerpo. Cada gesto es la expresión del ser vivo que quiere salir del silencio y la soledad. Se va creando así un conjunto de signos que constituyen la base de toda sociedad.
     

Todo lenguaje necesita ser aprendido. Hace falta encontrar la palabra adecuada y el gesto elocuente en cada momento. Hace falta también un esfuerzo de interpretación para llegar al significado de lo que se oye o se ve. Sólo así se establece la comunicación y se rompe la opacidad de la materia para que se ilumine con la luz del pensamiento y de la vida. Aprender a hablar y a escuchar es una de las primeras tareas de la vida.
     
No hace falta mucho esfuerzo para ver que la sexualidad es un lenguaje. Impregna los gestos más elementales del ser vivo y los convierte en signo de comunicación. Se comunican los sentimientos, los afectos, el amor. Un lenguaje que sólo consista en palabras sin significado es propio de locos. Cuando la sexualidad es puro gesto físico, sin contenido humano, no se está lejos de eso.
     

El silencio es también parte del lenguaje. No se habla siempre ni se habla de la misma manera. También la sexualidad debe conocer momentos de silencio y de dominio. El otro silencio, el de una sexualidad que se repliega y sólo busca la satisfacción del egoísmo, es lo inhumano, lo satánico. “El demonio de la lujuria,  decía Bernanos, es un demonio mudo”.
     
He ahí otra ambigüedad que es preciso aclarar. El cuerpo es presencia, comunicación, lenguaje, signo. Pero puede ser un muro de oscuridad impenetrable. Si la sexualidad no supera el nivel de lo animal y lo biológico, la comunicación será siempre ficticia. Los gestos dejan de ser signos. Lo que debería ser cauce de comunicación y de amor, se convierte en torpe balbuceo de un lenguaje que no se aprendió. 
 

3. Entre la libertad y el instinto     
Los animales se guían por el instinto; el hombre se mueve en el reino de la libertad. Pero la libertad es una conquista, es el dominio sobre sí mismo, y siempre acecha el peligro de renunciar a ella, refugiándose en la seguridad del instinto donde no hay angustia ni temor a equivocarse.
     

La sexualidad es una fuerza instintiva, pero en el hombre puede humanizarse poniéndola al servicio de valores superiores. Dejarse llevar por esa fuerza es perder el dominio sobre uno mismo, quedándose a merced de los estímulos y de situaciones orgánicas (hormonas, imágenes).
     
Ahí es donde puede empezar la esclavitud que cierra el horizonte de la vida, reduciéndolo al ámbito del placer sensible. Se crean ciertos automatismos, que despiertan ante el menor estímulo. A veces ni siquiera es necesario ese estímulo ya que las imágenes, aun desde las zonas inconscientes en que se han instalado, siguen actuando con su dinamicidad.
     

Sólo el que es libre puede disponer de su vida y salir al encuentro de los demás para compartir con ellos sus alegrías o sus problemas. El que está atado a sus instintos es un esclavo. Y esa esclavitud llevará consigo otras servidumbres todavía más pesadas: el miedo, el absurdo, la falta de sentido. Además, tratará de imponer esa esclavitud a los demás, atándolos a sus propios instintos. Así como el que es libre irradia libertad y puede establecer relaciones fundadas en el amor y la amistad, el esclavo convierte ese encuentro en servidumbre; una servidumbre tan exigente, que impide la expansión y el crecimiento.
 

4. Entre la fecundidad y el amor       Entre los esposos la manifestación normal del amor es la relación sexual. Ahí no se puede negar la relación de la sexualidad con la fecundidad. Pero también se relaciona con otras cosas: amor, unión, compartir la vida. Lo que es verdaderamente fecundo en el matrimonio es el amor. El amor sabe cuándo y en qué medida debe prolongarse en los hijos. Esa es la responsabilidad de los esposos frente a la fecundidad.     
Sería absurdo -y esa clase de absurdos se da con mucha frecuencia- el respetar las leyes biológicas, y por tanto la fecundidad, y no tener en cuenta los otros aspectos de la sexualidad. ¿Es humana una relación sexual abierta a la fecundidad y a la procreación, pero sin amor ni encuentro personal?

 CONCLUSIÓN     

La sexualidad es una fuerza que en el hombre carece de la fijeza y de la seguridad de los instintos animales. Al integrarse a la persona, se abre a horizontes más amplios y se impregna de racionalidad. De ahí que lleve consigo una tarea y una responsabilidad.
     
No basta quedarse en el estudio biológico de la sexualidad. Hay que verla en función de un todo que le da sentidos nuevos. Queda después la tarea de integrarla en la actividad humana y ponerla al servicio de los ideales que se quieren alcanzar.
 

BIBLIOGRAFÍA

Eduardo López Azpitarte, Etica de la sexualidad y del matrimonio, Ediciones Paulinas, México, 1994.
Félix López y Antonio Fuertes, Para comprender la sexualidad, Edit. Verbo Divino, Estella, España, 1996.Marciano Vidal, Moral de actitudes, Tomo II, PS Editorial, Madrid, 1977.
J. García Álvarez, “Las ambigüedades de la sexualidad”, Anámnesis, III, 1993, México.

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