Educar los sentimientos de los adolescentes. Lobato

EDUCACIÓN DE LOS SENTIMIENTOS EN LOS ADOLESCENTES

Por Clemente Lobato, revista Misión Joven No. 248
profesor de la Universidad del País Vasco.

1. Introducción

Actualmente podemos afirmar que se está dando en la sociedad occidental un crecien­te interés por la vida afectiva y su educación.

Por un lado, están surgiendo voces de alar­ma y de perplejidad ante las contradicciones de nuestra cultura. Mientras que la prosperi­dad económica, el nivel educativo y técnico van aumentando, crecen ciertas disfunciones sociales y se extiende la insatisfacción y el sentimiento de fracaso (MARINA, 1997). La demanda de una vida más satisfactoria y la especificación concreta del contenido de ese grado de calidad vital están poniendo de relieve las dificultades que tenemos para resolver problemas que inciden seriamente en nuestra afectividad, nuestra vida de convivencia y nues­ro bienestar personal.

Por otro, lado; en los últimos años desde di­ferentes enfoques se están llevando a cabo diversas investigaciones de la dimensión emo­cional y están apareciendo publicaciones divulgativas de muy desigual valor científico y edu­cativo. A principios de los años noventa, el psicólogo de Vale, Peter Salovey, y su colega John Mayer, de la Universidad de New Hampshire, acuñaron el término inteligencia emocional para referirse a la inteligencia interpersonal e intrapersonal, es decir, al conocimiento y comprensión de las propias emociones y de las ajenas, al mismo tiempo que al hecho de saber conducir las emociones de forma que mejore la calidad de vida y la adaptación a la realidad.

El tema de estas investigaciones despertó la atención mundial gracias al psicólogo de Harvard, Daniel Goleman, que con su libro Inteligencia Emocional (1997) consigue convertirse en un betseller en el mundo occidental, precedido en nuestras latitudes por otro ensayo, sobre la misma temática, del profesor Marina (1996).

Ahora bien la adolescencia (12-19 años) es una etapa de transición vital en la que el sujeto ve afectado el sentido del yo, en relación a sí mismo y a los demás; una etapa de desarrollo que demanda un esfuerzo por parte del individuo -fundamentalmente de reestructuración vital- y una etapa de reajuste emocional en la que puede intervenirse con el objetivo de aminorar el grado de estrés y de vulnerabilidad.

Una revisión de la literatura especializada en el desarrollo afectivo y emocional del adolescente destaca la importante influencia de la emoción, así como de la experiencia y expresión afectiva sobre la capacidad de razona­miento, la conducta y en definitiva el desarrollo adolescente ( PETERSEN Y LEFERT, 1995).

El adolescente dispone de un conjunto de recursos personales con los que se enfrenta a los acontecimientos, entre los que Serra (1997) destaca los recursos psicológicos, tales como las habilidades cognitivas y emocionales para recibir, codificar, elaborar y emitir información y la socialización anticipadora del suceso, es decir, el aprendizaje previo de conductas, actitudes, valores, etc., que conlleva el afrontamiento de la nueva situación.

Sin embargo, muchos de estos recursos psicológicos y sociales, necesarios para afrontar una transición vital, como la de la adolescencia, no forman parte de la educación que recibe el individuo. Diversos autores (GADNER, 1995; GOLEMAN, 1997) aseguran que como mucho el CI (Coeficiente de Inteligencia) predice en un 20% el éxito relativo en la vida El 80% restante está en manos de otros factores, entre los que des­tacan las capacidades de la inteligencia emocional, tales como: la motivación personal, la persistencia en las dificultades, el control impulsivo y la demora de la gratificación, la empatía, la capacidad de mantener la esperanza y la habilidad en mantener un buen control emocional.

Múltiples y desiguales propuestas están emer­giendo en el mundo educativo, sobre todo a niveles infantiles, por llevar a cabo una educación afectiva de los alumnos y alumnas. Pero en la fase de la adolescencia y de la juventud está faltando una aproximación teórica que fundamente propuestas educativas que enriquezcan la inter­vención de tantos educadores y educadoras. Con la presente aportación pretendo contribuir a mantener encendida la antorcha de la reflexión y proseguir bregando en el trabajo cotidiano ante el reto de una educación emocional de nuestros jóvenes.

2. Las emociones y los sentimientos en la vida afectiva

E1 nivel afectivo de la personalidad huma­na comprende ese mundo de experiencias íntimas y subjetivas en el cual nos dejamos afec­tar por las experiencias -internas o externas­ que estamos viviendo.

2.1. ¿Qué son los sentimientos y emociones?

Sentimientos y emociones surgen de un fondo vital que escapa en buena parte a nuestra libre elección racional. Clásicamente, los fenómenos propios de esta dimensión afectiva se han diferenciado entre sí por su intensidad, persistencia y por la mayor o menor implicación de aspectos somáticos o cognitivos.

Así las emociones consisten en experiencias afectivas intensas, pasajeras, bruscas y agudas, con un fuerte componente corporal. Las emociones se relacionan muy directamente con las motivaciones y constituyen una fuerza energética psicofísica que nos impulsa hacia unos determinados comportamientos. También emoción y pensamiento se relacionan e interfieren mutuamente (ELLIS,1981), aunque no se puede taxativamente afirmar que exista una relación de causalidad fija entre ellos. En realidad los ni­eles somático, afectivo y cognitivo interaccionan entre sí en forma compleja.

Los sentimientos son estados afectivos más estructurados, complejos y estables que las emociones, pero menos intensos y con menor implicación fisiológica. Mientras la emoción es un modo de sentirse afectado por el mundo exterior, el sentimiento es el modo en que nos proyectamos sobre él desde nuestra afectividad.

Y, por último, las pasiones constituyen fenómenos afectivos que manifiestan la estabilidad del sentimiento y la intensidad de la emoción con una fuerte presencia del nivel cognitivo.

Cada persona tiene una peculiar organización de su mundo afectivo. Esta originalidad depende en parte de su especificidad fisiológica y en parte de las experiencias vividas, que le hacen interpretar la realidad descodificando los mensajes en forma peculiar.

Sin pretender profundizar en los orígenes de la experiencia emocional, la psicología cognitiva contemporánea asume que la raíz inmediata de cada sentimiento concreto se encuentra en el significado específico que cada persona atribuye a sus propias experiencias. De este modo se resalta el papel de cada cual en la génesis de sus personales emociones.

En los últimos años la tendencia dentro del campo psicológico operativo ha sido la de no establecer diferencias entre emoción y sentimiento. De modo que también nosotros utilizaremos el término emoción o sentimiento como sinónimos en el presente artículo.

2.2. ¿Para qué nos sirven los sentimientos y emociones?

Fundamentalmente son experiencias personales e íntimas que reflejan nuestro mundo interior, nos ayudan a tomar decisiones y a formar valores. Son indicadores que nos informan de cómo estamos viviendo, qué nos está pasando ante las diversas situaciones. Estos fenómenos afectivos permiten conocemos mejor. Nos hablan de lo que ocurre, lo que queremos, lo que es importante para nosotros: nos hablan de nuestras necesidades básicas, de nuestros deseos, de nuestros valores, de nuestro grado de bienestar o malestar.

Los sentimientos y emociones no sólo ayudan a conocerse, sino también a decidir qué hacer, decir, probar, gustar… Los sentimientos están en el fondo de nuestras actuaciones y de nuestras reacciones. Prestar atención a nuestros sentimientos y emociones nos lleva a saber actuar de una manera más adecuada. Mostrar y expresar adecuadamente estas experiencias afectivas es algo natural y sano. Tanto las emociones agradables como las desagradables.

Además, compartir con franqueza los sentimientos con otras personas, permite darse a conocer, ser comprendido y establecer unas relaciones adecuadas. De lo contrario, los demás tendrán que recurrir a suposiciones para saber realmente lo que le suceda a uno. Ahora bien, hay que aprender a saber elegir expresar o no un sentimiento, en qué momento, cómo y a qué persona. “Estoy resentido y enfadado. No me siento, escuchado cuando te hablo”. Es mejor hablar de mí, de como me siento y me percibo: de modo directo y personalizado en mí.

Los sentimientos y emociones ni son buenos ni malos. Son naturales. Están ahí, dentro de cada cual. Son experiencias personales. Es natural, útil y aceptable sentir una emoción, cualquiera que sea: agradable o desagradable. Todos los sentimientos y emociones son válidos. Sólo lo que cada cual hace con ellos -las conductas- puede ser considerado aceptable o no.

Los sentimientos son personales. Cada persona es responsable de sus sentimientos y de los comportamientos que pueden acompañarlos. Las emociones son propias del sujeto. Nadie puede obligar o imponer estar animado o enojado. Como tampoco reprobar que pueda sentirse triste o alegre. Pero sucede que lo que dicen o lo que hacen otras personas puede alterar nuest­ros sentimientos, siempre que nosotros lo permitamos. También podemos impedir esa incidencia y decidir cómo queremos sentirnos.

3. Conceptualización de la inteligencia emocional

Salovey y Mayer en el año 1990, (SALOVEY y MAYER, 1990) acuñan el término de inteligencia emocional definiéndola como un tipo de inteligencia social (GADNER, 1995) que involucra la habilidad de manejar los sentimientos y emociones propias de uno mismo y de los otros, de discriminar entre ellas y de utilizar esta información para dirigir nuestros pensamientos y ac­ciones. La inteligencia emocional según estos mismos autores (1993) puede distinguirse fácilmente de la inteligencia general ya que incluye la manipulación de las emociones y del contenido emocional, y, como resultado, tener una mejor validez discriminante. Los procesos mentales involucrados en la información emocional incluyen la evaluación y expresión de las emocionales propias y ajenas, la regulación de la emoción personal y la utilización de las emociones en direcciones adaptativas.

Salovey y Mayer concretaron la competen­cia emocional, que influye en todos los ámbi­os claves de la vida, en el desarrollo de cinco capacidades (MARTÍN Y BOECK, 1997):

• Reconocer las propias emociones

Poder hacer una apreciación y dar nombre a las propias emociones es uno de los sillares de la inteligencia emocional, en el que se fundamentan la mayoría de las otras cualidades emocionales. Sólo quien sabe por qué se siente co­mo se siente, puede manejar sus emociones, moderarlas y ordenarlas de manera consciente.

• Saber manejar las propias emociones

Emociones como el miedo, la ira o la tristeza son mecanismos de supervivencia que for­man parte de nuestro bagaje emocional básico. No podemos elegir nuestras emociones. No se pueden simplemente desconectar o evitar. Pero está en nuestro poder conducir nuestras reacciones emocionales y completar o sustituir el programa de comportamiento congénito primario, como el deseo o la lucha, por formas de comportamiento aprendidas y soc­ializadas como la ironía. Lo que hagamos con nuestras emociones, el hecho de manejarlas de forma inteligente, depende de la inteligencia emocional.

• Utilizar el potencial existente

Los sujetos emocionalmente inteligentes sa­ben solucionar los problemas de forma adaptada, ya que focalizan mejor su atención en las tareas vitales más prioritarias; son capaces de enmarcar correctamente los problemas y son más creativos y flexibles en sus posibles alternativas de respuestas en las que integran las consideraciones emocionales.

• Saber ponerse en lugar de los demás

La empatía ante otras personas requiere la predisposición a admitir sus emociones, escuchar con atención y ser capaz de comprender pensamientos y sentimientos que incluso no se hayan expresado verbalmente.

• Crear relaciones sociales

El trato satisfactorio con las demás personas depende, entre otros factores, de nuestra capacidad de crear y cultivar relaciones, de reconocer los conflictos y solucionarlos, de encontrar el tono adecuado y de percibir los estados de ánimo de los demás.

Más recientemente Goleman (1997) ha defi­nido la inteligencia emocional como la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, controlar los impulsos, diferir las gratificaciones, regular nuestros propios estados de ánimo, evitar que la angustia interfiera  nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás. Para este autor la inteligencia emocional abarca cinco competencias: el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de controlar las emociones, la capacidad de motivarse a uno mismo, el reconocimiento de las emociones ajenas y el control de las relaciones.

Para este autor, la inteligencia emocional puede resultar tan decisiva, y en ocasiones incluso más que el cociente intelectual de la persona, para predecir la satisfacción personal a lo largo de la vida. Saber que un joven ha logrado superar con gran éxito sus estudios, equivale a saber que es sumamente bueno en las pruebas de evaluación académica, pero no nos dice nada de cómo reaccionará ante las vicisitudes que se le presenten en la vida. Sin embargo las personas que han desarrollado adecuadamente las habilidades emocionales suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y más capaces de manejar los hábitos mentales que determinan el rendimiento.

También destaca que habilidades tales como la capacidad de tener conciencia o de reconocer los sentimientos propios, la empatía, la persistencia, la destreza social, el optimis­mo, la comprensión de los sentimientos propios y ajenos, el autocontrol, el entusiasmo, la conciencia de las necesidades de los demás, la capacidad de desembarazarse de senti­mientos negativos, la capacidad de diferir las gratificaciones y sofocar los impulsos, el saber tranquilizarse a sí mismo, saber relacionarse positivamente con los demás y comunicarse adecuadamente con ellos, etc., son fundamentales para conseguir una vida satisfactoria.

Estos factores destacan la importancia e influencia de la dimensión emocional en el desarrollo evolutivo, así como en la superación óptima de las transiciones propias del ciclo vital como es el caso de la adolescencia.

4. ¿Cómo podemos educar en la madurez emocional a los adolescentes?

En estos últimos años estamos asistiendo a un incremento del interés por la dimensión afectiva del adolescente. Incluso los programas de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) dan un particular relieve a las variables de naturaleza emocional que entran en juego en el proceso educativo.

Cualquier programa de educación socioafectiva parte del presupuesto de que es posible enseñar al adolescente cómo afrontar constructivamente la dificultad que puede encontrar en la vida cotidiana.

Sería un error grave considerar la educación socioafectiva como un proceso enfocado a modelar las emociones del adolescente según esquemas impuestos por el adulto. Se trata más bien de un proceso de aprendizaje que lleva a la autorregulación de las propias emociones. El adolescente mantendrá su emotividad; en lugar de ser sometido, aprenderá a dominarla y así podrá optimizar el propio bienestar psíquico incluso en las circunstancias menos favorables.

Cada ser humano, ya desde muy pequeño, desarrolla un aprendizaje emocional: aprende qué clase de expresiones son toleradas, premiadas, prohibidas o ignoradas en su entorno familiar. Cada familia tiene su cultura emocional propia, a partir de la cual el sujeto construye la suya personal. También en el ámbito edu­cativo de la escuela y de los grupos de iguales o de pertenencia se reconstruirá esa urdimbre emocional personal en un camino sinuoso de socialización que debería alcanzar un cierto grado de madurez emotiva.

4.1. Distorsiones afectivas

En nuestra experiencia profesional nos hemos encontrado con algunas distorsiones emocionales que los sujetos han ido adquiriendo en su proceso de socialización:

– Una falta de conciencia de las propias sensaciones y emociones o de alguna de ellas. Son jóvenes y adultos con dificultad de conexión con su mundo afectivo. Es como si hubiera desconectado, por aprendizajes restrictivos y dolorosos, de su dimensión emotiva y se hubieran refugiado en el mundo mental. Como diría A. Lowen (1976), sólo tienen cabeza; han cortado por el cuello con el resto del cuerpo.

– Una dificultad de saber expresar emociones, aunque tengan conciencia de ellas. El miedo al rechazo o a ser dañados o cómo medio de manipulación inconsciente, llevan al joven a ocultar o disfrazar vivencias importantes en sus relaciones interpersonales.

– El descontrol emocional en el comportamiento que resulta inadecuado, desproporcionado o destructivo. Normalmente carecen del sentido del límite y la responsabilidad de sus sentimientos.

– El manejo manipulativo de emociones para conseguir la atención o compasión de la persona cercana o permitirse la persistencia de un resentimiento personal hacia quien se sintió agredido.

– La existencia de unas creencias o pensamientos irracionales así como la apreciación o evaluación poco realista de sí mismo o de situaciones vividas.

4.2. ¿En qué consiste la madurez emocional?

La psicóloga y psicoterapeuta Gimeno­-Bayón en una reciente publicación (1997) sostiene que la madurez emocional implica los siguientes componentes:

– La conciencia de las propias emociones y la aceptación de todas ellas como positivas en sí mismas, cuando son respuesta a un estímulo adecuado.

– Una amplitud de experiencia emocional que contempla una rica gama de emociones y sentimientos.

– La expresión y actuación matizadas y adecuadas de las emociones y sentimientos sentidos.

– La permisión de la vivencia íntima de las emociones y las respuestas instintuales en un contexto adecuado, y el aprendizaje de las socializadas como contribuyentes al bienes­tar propio y de los demás.

4.3. Líneas fundamentales de una educación emocional

En convergencia con estas formulaciones, tanto en la práctica de los talleres de crecimiento personal como en el trabajo terapéutico, venimos desarrollando una línea de trabajo común que formulamos a continuación como líneas fundamentales de una educación sentimental de nuestros adolescentes y jóvenes.

1/ Fomentar la capacidad de estar en contacto con la propia urdimbre emocional: escuchar nuestras sensaciones, sentimientos y emociones, prestar atención a lo que sentimos en el aquí y ahora. Es fundamental la actitud de atención continua a la vivencia en el presente, al propio yo. El joven aprenderá a descubrirse y a conocer sus necesidades, sus deseos, sus expectativ­as, sus mecanismos de funcionamiento y sus modalidades de comportamiento contactando con sus emociones y sus sentimientos. “¿Cómo me estoy sintiendo?” es una pregunta que ha de hacerse refleja en la cotidianidad de la vida, en medio de la actividad o de la relación interpersonal. Pregunta y respuesta lejos de separar del entorno o del momento, ayudan a adecuarse mejor al mismo y a lograr una mayor integración personal.

2/ Favorecer saber identificar y diferenciar nuestros sentimientos y emociones: la amplitud y riqueza de experiencia emocional nos habla de la densidad del ser humano, de la creativa forma de vivenciar la realidad y de los múltiples modos de comportamiento a adoptar. Saber qué vivo y siento es percatarme de la propia interioridad y cimentar una autoestima que irá creciendo y, a su vez, energetizando al propio yo.

3/ Posibilitar la aceptación de todos los sentimientos como naturales y válidos. La critica propia o ajena por sentir tal emoción o sentimiento, lleva frecuentemente a distorsiones afectivas. Todas las emociones y sentimientos que podemos experimentar, por el hecho de ser humanos y propios de uno mismo, son aceptables. Cada persona tiene derecho a sentir miedo, amor, odio o alegría. Los sentimientos no son discutibles. Son y pertenecen a cada cual que los siente.

4/ Propiciar la «responsabilización» de los propios sentimientos. Como fenómenos personales que vivimos y sentirnos nos pertenecen, por ello son responsabilidad nuestra. Aprender a responsabilizarse de las emociones y sentimientos propios confiere poder al propio yo. Dicha responsabilidad abarca también las conductas que se actúan a partir de esos sentimientos y emociones. Responsabilizándose de los propios sentimientos y de los comportamientos derivados, el joven asume el poder de elegir sus conductas y la construcción de su propio bienestar personal.

5/ Ayudar a afirmarse en el propio yo: derecho a ser y a expresarse uno mismo, respetando adecuadamente a los demás. Además, es fundamental distinguir entre «sentir» una emoción y «expresarla o actuarla». Una cosa es sentir una emoción, sea la que sea, y no podemos imponérnosla, y otra saber elegir cómo y cuándo expresarla y actuarla, entonces podremos elegir la conducta más adecuada al contexto. De aquí la importancia de aprender y manejar un registro amplio de alternativas y de matices graduales en la expresión de los propios sentimientos y emociones.

6/ Permitirse vivir y expresar sentimientos y emociones diversas: crecer y desarrollar una vida satisfactoria.

Es necesario asumir e integrar programas de educación racional-emotiva en el trabajo con adolescentes y jóvenes, que por sus características se adaptan a los rasgos evolutivos de esta etapa y propician una labor preventiva de salud mental en la adolescencia.

La terapia racional-emotiva es un enfoque terapéutico ideado por A. Ellis (1981) hacia finales de la década de los cincuenta. Parte del principio fundamental de que nuestras emoc­iones se derivan no tanto dé lo que nos sucede cuanto del modo con que interpretamos o evaluamos lo que experimentamos. De este modo, las emociones adecuadas -agradables o desagradables- provienen de una evaluac­ión realista de nuestras circunstancias personales y de los acontecimientos que nos suceden y nos permiten acceder a los objetivos deseados. Mientras que las inadecuadas -también agradables o desagradables- derivan de una interpretación distorsionada, irracional, de la realidad, y bloquean o paralizan la consecución de las metas deseadas.

El mismo Ellis señaló la existencia en la persona de unas creencias irracionales, es decir, de unos pensamientos introyectados acríticamente en los primeros años de socialización que juegan un papel fundamental en la interpretación de las experiencias personales vividas.

Desde el momento que nuestras emociones se derivan en gran parte, según este enfoque, de nuestro modo de pensar, somos de algún modo generadores de nuestro estado emocional y, en consecuencia, aprendiendo a pensar correctamente, de un modo realista y racional, podremos también cambiar el modo como sentimos, podremos superar las dificul­tades de naturaleza emotiva.

Así surge, de algunos colaboradores de Ellis (1981), la llamada educación racional emotiva que tiene por finalidad enseñar a los adolescentes a comprender racional y emotivamente cómo se desarrollan sus sentimientos, cómo distinguir entre suposiciones válidas e inválidas y cómo pensar racionalmente a través del aprendizaje de habilidades y técnicas de resolución de problemas y de reestructuración cognitiva. Existen ya publicaciones de esta índole que ofrecen valiosos recursos a los educadores y educadoras.

5. A modo de conclusión dirigida a los educadores

Hemos de ser conscientes de que ya es­tamos haciendo una educación emocional con nuestros alumnos y alumnas. Pero, ¿qué educación?

Hemos de tomar conciencia de que también nosotros necesitamos una reeducación emocional que nos permita superar nuestros conflictos y desajustes emocionales, al mismo tiempo que contribuimos a nuestro bienestar personal.

Y hemos de percatarnos de que involucrarse en una tarea de educación emocional de los adolescentes nos exige, previa y al mismo tiempo, involucrarse en un proceso personal de madurez emocional, en permanente cambio. Sólo así estaremos en disposición de res­ponder adecuadamente al desafío, siempre difícil y atractivo, de la educación integral de las generaciones jóvenes.

Bibliografia– ELLIS, A. GRIEGER, R. (1981), Manual de terapia ra­cional-emotiva, DDB, Bilbao.
– GADNER, H. (1995), Inteligencias múltiples, Paidós, Barcelona.
– GIMENO-BAYÓN, A. (1996), Comprendiendo cómo somos. Dimensiones de la personalidad, DDB, Bilbao.
– GOLEMAN, D. (1997), Inteligencia emocional, Kairós, Barcelona.
– LOWEN, A. (1976), Bionergética, Diana, México.
– MARINA, J. A. (1996), El laberinto sentimental, Anagrama, Barcelona.
– MARINA, J. A. (1997), «¿Qué son y qué se sabe de los sentimientos?» en A. ARTETA ET AL., Saber, sentir, pensar, Debate, Madrid.
– MÄRTIN, D.-BOECK, H. (1997), Qué es inteligencia emocional, Edaf, Madrid.
– NARANJO, C. (1993), La vieja y novísima gestalt, Cuatro Vientos, Santiago de Chile.
– PETERSEN, A.-LEFERT, N. (1995), «Developmental issues influencing guidelines for adolescent health research: A review», Journal of Adolescent Health, 5, 298-305.
– SALOVEY

 

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