Por una Escuela en armonía con la Comunidad. Sentimientos y Ética. S Benetti

POR UNA ESCUELA EN ARMONÍA CON LA COMUNIDAD HUMANA: SENTIMIENTOS Y ÉTICA

Lic. Santos Benetti

  1. Un problema complejo

Es evidente que el ser humano, dotado de conciencia, inteligencia y libertad, que puede gozar de su armonía y relación con el cosmos y con la vida, tiene la tremenda urgencia de poder vivir en armonía con sus semejantes.  Este tercer nivel de la integralidad de la vida humana es, sin duda, el más complejo y parece ser el más difícil de lograr.

Cuando hablamos de armonía social estamos hablando simultáneamente de ética, de convivencia y de derechos humanos, todos puntos de vista de interpretar una misma realidad: el carácter social del ser humano, pues estamos hablando de un modo de ser y vivir en el mundo, una forma de ser con nosotros mismos y con todos los otros seres humanos. Desde esta perspectiva nos proponemos : – diseñar un estilo de  comunidad educativa como matriz social armónica, – que viva los derechos humanos en la cotidianidad, – en su estructura y en todas sus instancias, – como un modelo ético de convivencia.

La problemática de la armonía y convivencia social (Ética, Derechos Humanos) es, sin dudas, la más conflictiva en esta etapa posmoderna que nos toca vivir a tal punto que podemos afirmar que hoy vivimos una situación casi pre-ética con grandes signos de psicopatía generalizada que ya se extiende incluso al terreno de los adolescentes y de la escuela, con actos antisociales, abusos y desórdenes de todo tipo, incluso con actos brutales y asesinatos alevosos de inusitada crueldad, a  los que parece hay que acostumbrarse.
Mi preocupación es la de encontrar una estrategia o metodología educativa que desarrolle el sentido ético, o lo que es lo mismo, sentimientos, actitudes y valores positivos hacia uno mismo y hacia los demás.

Para eso, debemos encontrar un fundamento, un porqué de la ética que signifique un punto universal de reflexión y de práctica, prescindiendo de la cultura,  religión, raza, sexo o categoría social de la persona.

Sabemos que en todas las culturas, la ética se regía por el principio de autoridad, un principio heterónomo, o sea, al exterior del propio ser humano que nacía y vivía bajo una ley anterior y fuera de sí mismo.

Pero el hombre de nuestra cultura, posmoderna y secular, y por sobre todo autónoma, necesita elaborar hoy una Ética estrictamente humana (humanista y secular) y de características universales en sus fundamentos que emerja de la misma naturaleza humana  psico-biológica.

Y los responsables de la Educación, ¿se han percatado de que el cultivo de la tecnología, de la información y de la pura racionalidad en la escuela no es suficiente para generar una conducta ética?

Y si la escuela-educación no desarrolla conductas éticas, conductas sanas y positivas hacia uno mismo y hacia los demás… ¿para qué sirve? Fracasa en lo más importante de su cometido, porque si no se aprende a vivir armónicamente, ¿de qué aprendizaje estamos hablando?

  1. Sentimientos y comportamiento social.

“Existen pruebas crecientes de que los sentimientos  y las emociones, desempeñan un papel decisivo en el comportamiento social”  (Damasio)
Esto es clave en la educación. Por más “inteligente” que sea el sujeto, su sentido ético y social no está primeramente ligado a sus conocimientos y razonamientos, sino a determinados sentimientos (y emociones) relacionados con ciertas situaciones, objetos o personas: qué sentimientos asoció con mujer o varón, sexo, dinero, vecino, anciano, extranjero, trabajo, etc.

Si los “mapas” del cerebro son de emociones negativas (maltrato, violencia, desprecio…) ante una nueva situación similar a las vividas, se “dispara automáticamente” el sentimiento negativo. Si el sujeto “no conoció”, no experimentó un ambiente de afecto, respeto, amor, cooperación… ante una nueva situación su cerebro no tiene “mapas positivos” con qué relacionarla, y la sola explicación “racional-verbal” (esto es bueno, es malo) no le significa absolutamente nada, porque no hay experiencia de sentimientos de base para esas elaboraciones racionales.

Es obvio, entonces, que la educación ética (social, de convivencia) no consiste en clases teóricas sobre lo que es bueno o malo, sobre valores y dignidad de la persona, sobre derechos y deberes humanos. La ética sólo se construye y aprende en una comunidad que vive y goza emociones y sentimientos positivos asociados a eso bueno, a ese valor o a esa dignidad, a la vivencia de ese derecho o deber. Si no hay sentimientos, sólo quedan palabras huecas y vacías.

Pero si hay sentimientos, si hay experiencias emocionales positivas, entonces la razón que ya tiene ese mapa positivo “completa” el trabajo, perfecciona, desarrolla y aplica a la realidad el sentido ético.  Si un sujeto fue amado y valorado por sus padres, “sabe” lo que es el afecto y la valoración de la persona. “Sabe”, siente, vive, experimenta. Y la emoción sentida es el mejor signo de que “sabe”. Si el educando vive en su casa y escuela la emoción agradable de vivir sin gritos ni agresiones, sin castigos ni amenazas sino en un clima sereno y agradable, en el que se siente querido y respetado, ese niño o adolescente “sabe” lo que es un vínculo social positivo.

La educación debe estructurarse sobre experiencias emocionalmente positivas (compañerismo, solidaridad, afectos, trabajo en equipo, diálogo) para que en el futuro ante situaciones similares el cerebro se conecte con ese mapa positivo que impulse hacia una buena elección. Lo mismo dígase para experiencias emocionales que “parecían agradables” pero que causaron posteriormente dolor o insatisfacción: preparan para evitar en el futuro experiencias iguales o similares. En el futuro se rechazarán acciones o circunstancias que una vez provocaron emociones erróneamente positivas, sea por comer comer en exceso o por tomar un riesgo excesivo al conducir en una carretera.

El sujeto anti-social en diversos grados, carente de emociones y de sentimientos de empatía y dolor por el prójimo necesitado, de culpa y responsabilidad ante el mal realizado, de ausencia de experiencias de solidaridad y amor hacia el prójimo, es fruto de una educación y un ambiente socialmente enfermos, y especialmente carente de emociones y sentimientos positivos, o con exceso de autoritarismo, violencia física o síquica o frialdad, sin descartarse influencias del alcohol o de psicotrópicos que dañan al cerebro. Es un tema sobre el cual hay aún mucho que investigar.

Sólo nos queda una inquietante pregunta: ¿Nos estamos acercándonos a una sociedad sin emociones y sentimientos positivos? ¿Y qué podemos hacer en la familia, en la educación, en el campo político, social y religioso para revertir esta peligrosa situación?

  1. Comportamientos éticos  “humanos”

 Es evidente que emociones y sentimientos juegan un papel “fundamental” (de fundamento) en el desarrollo ético. Las emociones aparecieron antes de la existencia de los seres humanos, formando reacciones emocionales sociales automáticas y estrategias de cooperación entre las especies animales, tal como lo han comprobado diversos especialistas, y como lo observamos cotidianamente en hormigas, abejas, pájaros, lobos, murciélagos, monos y múltiples especies más.

 “Pero el comportamiento ético humano posee un grado de complejidad y complicación que lo hace distintamente humano. En efecto, las normas éticas-sociales crean obligaciones únicamente para los individuos que están al corriente de dichas normas” (Damasio). La codificación es, pues, cultural. Aunque hay un fundamento biológico de lo social anterior a lo humano, cada sociedad o cultura interpreta y codifica de una determinada manera el impulso social.

Al mismo tiempo observamos que en el comportamiento social existen tanto el rasgo de dominación como su complemento de sumisión, pues también existen muchas emociones sociales negativas que hacen que el mandato humano sea difícil de implementar y mejorar.

La dominación, si bien  posee cierto rasgo positivo en el sentido de que los individuos dominantes tienden a liderar a la comunidad y proporcionar soluciones, también tiene un rasgo negativo, pues pueden convertirse en tiranos y déspotas, o pueden conducir a la comunidad para su provecho personal o llevarla a una guerra desastrosa. Es el esquema de la mafia, las dictaduras, de los autoritarismos de todo tipo y de las democracias populistas.
De igual modo, los rasgos de sumisión o de no-agresión, necesarios para conseguir acuerdos  y consensos acerca de un conflicto, pueden hacer que los individuos sumisos se dobleguen ante los opresores y violentos, sometiéndose con un exceso de  obediencia, miedo y resignación. ¿Necesitamos dar ejemplos, o nos basta analizar nuestra historia reciente y actual?

El yo, los otros y la socialización

La vida humana, mucho más compleja por la variedad de conflictos que surgen, necesita ser regulada por dispositivos que dependen de la relación con los otros y de la creación de instrumentos consensuados de normas éticas y de justicia. No estamos solos, y la convivencia social con el descubrimiento de “los otros” abre un nuevo frente en el proceso ético. Nuestro bienestar está asociado al bienestar de los otros. Y buscar este bienestar individual y social constituye la esencia del bien-actuar.
Nuestra vida debe regularse no solo por nuestros propios deseos y sentimientos, sino también por nuestra preocupación por los deseos y sentimientos de los demás, expresados como convenciones y normas sociales de comportamiento ético. Las instituciones que las hacen cumplir tienen como finalidad promover la vida y evitar la muerte, y aumentar el bienestar y reducir el sufrimiento”.

Esta es la gran tarea de toda la sociedad y de la educación ética en particular: elaborar un sistema armónico de convivencia desde la razón autónoma en diálogo con los otros para asumir decisiones con plena libertad, respetándose las razones y las libertades de todos los miembros sociales. Y nadie ha dicho que ésta sea una tarea fácil.

Los sentimientos tan relacionados con los valores, pueden ayudar a encontrar objetivos y fines, pero no los medios y  estrategias tan dependientes de muchos intereses y circunstancias personales o grupales. Una cosa son los objetivos y fines, y otra las estrategias, metodologías y caminos para lograrlo. ¿Cómo conseguir los éxitos necesarios, cómo conservar el medio ambiente, hacer respetar nuestros derechos, o combatir una enfermedad o hacer frente a un enemigo que intenta destruirnos, o eliminar la pobreza o la delincuencia?

Entonces, las emociones y los sentimientos que nos orientan hacia los fines, necesitan del trabajo de la razón en diálogo con toda la comunidad para encontrar las formas concretas de llegar a esos fines. Y esto es la ética.

La conciencia, a pesar de sus limitaciones,  mediante el conocimiento y la razón permite a los individuos descubrir qué es bueno y qué es malo, qué es sano y qué es dañino, aquí y ahora. El bien y el mal, lo sano y lo conveniente, no son revelados sino descubiertos y aprendidos, individualmente o por acuerdos. La conciencia valora como objetos buenos a los que promueven, de manera fiable y sostenida, los estados de felicidad (que a su vez aumentan el poder y la libertad de acción) tanto en el individuo como en el grupo social. Y como objetos malos a los que producen el resultado opuesto, conduciendo a la infelicidad y la muerte.

En consecuencia, “las buenas acciones son las que, al tiempo que producen un bien al individuo, no causan daño a otros individuos”. Este es el antiquísimo mandato ético básico o Regla de Oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. O en su formulación positiva: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” en un dicho de Jesús (Mt 7,12)

Más allá de las raíces biológicas de lo social, existe un mandato humano que sólo surge en el entorno social y cultural, como un producto intelectual del saber y la razón. Toda la sociedad ha de trabajar intensamente a la hora de formular y perfeccionar el mandato social, y nuestro cerebro está constituido para cooperar con otros en el proceso de hacer que el mandato sea posible.

Siempre hay un “egoísmo” biológico y psicológico en los seres humanos, o  sea, siempre cada uno busca conservar su vida y acrecentarla con felicidad, y aprende que su felicidad depende de su buena relación con los otros. Necesitamos de los otros para vivir y vivir con bienestar.

Por eso hasta el viejo mandato de la sabiduría humana que a través de la Biblia nos llegó, lo dice claramente: “Ama a tu prójimo como ya te amas a ti mismo” (Lev 19,18 y Mt 22,39)

Lo primero es amarse a uno mismo, buscar nuestra vida y bienestar. Lo segundo, el mandato, es amar al otro. Lo dado y natural, lo obvio es que uno se ame a sí mismo. Pero si no podemos amarnos (vivir, crecer y desarrollarnos sana y felizmente) sin el amor del otro, también el otro  necesita nuestro amor. Podríamos modificar el dicho bíblico de esta forma: “Porque te amas a ti mismo, ama también a tu prójimo”… Y el prójimo dirá lo mismo…
En esto también radica el fundamento de la autoestima, tan importante para construir nuestra identidad. El que ama al otro más que a sí mismo, el que se pospone, pierde su identidad y va camino a la eterna dependencia, la sumisión y el masoquismo.

El que se ama a sí mismo (el que lucha por vivir sanamente y crecer con autonomía, libertad, armonía y felicidad) es el que está en mejores condiciones para amar al otro y darle felicidad. Cuando “estamos bien”, cuando estamos plenos de felices sentimientos, qué profundo y auténtico es nuestro amor al otro, y cómo ese amor nos enriquece y nos sostiene. Esto es lo que los antiguos llamaban “sabiduría”, o sea, el arte de “saborear” y disfrutar la vida.

Tal el sentido de la ETICA, con mayúsculas, o sea, el ARTE DE VIVIR con plena felicidad individual y social.

Si las emociones y los sentimientos son el fundamento de las conductas sociales y éticas, será la educación de las emociones y sentimientos el primer y fundamental paso para construir una conciencia ética.

  1. Consideraciones pedagógicas sobre la educación ética-social

a- Lo primero que tenemos que revisar es precisamente el concepto de “ética” a la que comúnmente se la considera como un conjunto de normas emanadas por otros y se la identifica sin más con la moral, la que en realidad refleja las costumbres (mores) propias de cada cultura. De acuerdo a lo que vamos viendo entendemos a la ética como la postura del ser humano frente al cosmos, a la vida, a sí mismo y a sus semejantes.

La ética, surgida desde los más profundos sentimientos humanos, está íntimamente relacionada con el sentido de la vida, con la forma como queremos vivir, con la armonía en nuestro interior, la armonía con la naturaleza, con los seres vivientes y con toda la sociedad.

Por lo tanto, la formación ética no consiste en un teórico aprendizaje en alguna hora de clase, considerada por docentes y alumnos como “materia aburrida”. La ética (del griego ethos que significa comportamiento humano, actitud humana) define nuestra forma de vivir, de vivir con bienestar, de vivir disfrutando y gozando la vida, de convivir placenteramente con los otros, de vivir en constante crecimiento. Por eso pienso que la otra palabra que la define es “Sabiduría”: el arte de vivir.

b- Por lo tanto, y como primera consecuencia, la educación ética es el aprendizaje de vivir, aprendizaje que se inicia con el nacimiento y finaliza con la muerte. La educación ética es una experiencia de vida, una experiencia de emociones y sentimientos que dan sabor a la vida y a todas las relaciones del ser humano consigo mismo, con el cosmos y con la sociedad.

. Es simplemente la experiencia gozosa, sana, agradable, profunda, total de vivir, y de vivir con el mayor bienestar integral (físico, síquico, social, espiritual) para cada uno y para los otros.
¿Y dónde se aprende a vivir así? Sabemos la respuesta: primero en la familia, que junto a la escuela, nos abre a la sociedad preparándonos para una vida adulta. La familia es la matriz ética, no por medio de conceptos, retos y castigos (algo que sucede con mucha frecuencia) sino por medio de un trato afectuoso, por la experiencia del amor, de las relaciones cálidas, de vínculos positivos, de un diálogo confiado. Ese “ambiente familiar” (cuando decimos “familiar” ya decimos algo hermoso) en el que se viven las primeras y más profundas emociones es, como lo estamos reflexionando, la condición básica para una conducta ética. Allí se forman los primeros y definitorios mapas cerebrales sobre las experiencias vitales. Mapas afectivos que se harán presentes en circunstancias similares del futuro.

Los docentes saben que los alumnos no vienen a la escuela como una “tábula rasa”, como una página en blanco. Vienen con sus mapas, a menudo distorsionados y falseados por su experiencia familiar. Por tanto, la primera tarea es conectarse con la familia, y trabajar juntos sobre los mismos sentimientos que fundamentan una conducta ética, sentimientos que se transforman en “valores” permanentes. Desde esa conexión trabajar juntos para revisar los mapas de los educandos-hijos a fin de que no haya contradicción entre la escuela y la familia.

Los valores son el concepto mental de los sentimientos. Sentimientos y valores no se enseñan con conceptos y palabras. Se viven y así se los aprende, aprehende, asimila o incorpora.

En una segunda instancia, los mismos padres, y especialmente la escuela, profundizan esas experiencias mediante la reflexión y les dan formas concretas y puntuales según las muchas situaciones e instancias de la vida y dentro del estilo propio de cada comunidad. ¿Acaso no es ésa nuestra propia experiencia?

c- Y así llegamos a la escuela y nos preguntamos: ¿Cómo hacer educación ética?
Y damos la misma respuesta que para la familia, sólo que su aplicación resulta más compleja. La escuela es la primera experiencia grande de socialización de los niños: allí se encuentra con muchos “otros”, tanto de su misma edad como otros mayores o menores, y se encuentran con otros adultos que no son sus padres…

Por lo tanto, preguntamos: ¿la escuela se define por la vivencia de sentimientos positivos en primer lugar, o por un conjunto de instrumentos institucionales y formales construidos de espalda a los sentimientos? Qué debe priorizar la escuela: ¿el estudio de conceptos y teorías, de conocimientos y técnicas, o la experiencia de buenas relaciones entre compañeros, de los docentes entre sí y con los alumnos, de los directivos con alumnos y docentes?

Por lo tanto: educar en la ética es educar en las emociones y sentimientos. Eso es lo primero. Después se reflexiona y se hacen las aplicaciones concretas a situaciones puntuales de la vida, tanto sobre ejes transversales como en momentos especiales; por ejemplo, debates sobre normas de convivencia, derechos y deberes humanos, análisis de la Constitución, encuentros sobre valores o actitudes políticas o religiosas, etc.

Este es el gran cambio educativo que se necesita: crear una escuela que en su misma estructura y en todos sus vínculos  viva los buenos sentimientos, viva los derechos humanos, viva los valores éticos proclamados.

Es importante que la escuela tenga una estructura afectiva y afectuosa, serena, alegre, creativa, espontánea, dialogante. Que docentes y alumnos se expresen; que expresen sus emociones y sentimientos, también los varones; que lo hagan con gestos, con palabras y por un medio muy descuidado: el arte. A través de un arte creativo (danzas, canto, música, dibujos y pinturas, artes audiovisuales, radio) los chicos aprenden a expresarse, a sacar afuera lo que sienten y a tomar conciencia de lo que sienten, a ponerle nombre a sus emociones (“esto es miedo, ira, celos, amor, compasión, vergüenza…”)  

Por lo tanto, el instrumento clave de educación ética que tiene la escuela es la convivencia de docentes y alumnos durante largos años. En esa convivencia social se aprende a vivir con los otros, a respetarlos, escucharlos, amarlos y ayudarlos.

Las emociones corporales nos dicen cómo nos relacionamos con los otros, con simpatía o indiferencia, cómo nos alegramos con los compañeros, cómo sufrimos por ellos, cómo vivenciamos ganar o perder en un deporte, cómo reaccionamos con ira o paciencia, con orgullo o sumisión… En fin, que las emociones y sentimientos se hacen vida en esas experiencias. Y esas experiencias son la mejor “materia” para aprender y evaluar.

  1. Señalemos algunas metas a conseguir en la educación ética:

a)  Que niños y adolescentes (también los educadores) tomen conciencia de sus emociones y sentimientos, que los expresen, los reconozcan como propios, que descubran su valor positivo, que los sientan como aliados para conocerse, para detectar conflictos internos y externos, y como guía para posibles soluciones.

b)  Que aprendan a modular las reacciones emocionales instintivas, a distanciar la emoción de los actos a los que tienden, a enfriar impulsos mediante la reflexión y el análisis de los efectosde un impulso no controlado. Tarea difícil, pero no imposible y muy necesaria. Ser responsables de emociones y sentimientos, aprendiendo a expresarlos, pero adecuadamente y sin herir a otros.

c)  Que aprendan a llegar a los objetivos y finesa los que tienden emociones y sentimientos positivos mediante el análisis racional de los medios más adecuados: cómo expresar mi sexualidad, cómo saber defenderme cuando me siento herido o atacado, cómo resolver conflictos con los otros, cómo vincularme con los padres que me tratan como un niño, cómo hacer respetar mis derechos… Tomar siempre decisiones “a favor de uno”, de la propia salud y vida; no contra otros.

d)  Que aprendan a vincularse sanamentecon los otros: padres, hermanos, compañeros, pareja. Es aquí donde nuestra sociedad se halla más en falta. Desarrollar, por tanto, los sentimientos específicamente sociales y vinculares: empatía, dolor por el que sufre, alegría por los éxitos, responsabilidad reparatoria

e) La formación de la conciencia, ética, crítica y autónoma,es uno de los objetivos ineludibles de educadores y psicopedagogos, transformando la conciencia heterónoma (la ley viene de afuera) en una conciencia autónoma (la ley surge de dentro de uno mismo) Ello implica:

– Desarrollo de la libertad del sujeto y de su autonomía, de tal modo que sea el sujeto a lo largo de su maduración quien decida en diálogo con los otros aquellas conductas y normas que son sanas y convenientes en cada caso. No es una libertad individualista y egocéntrica sino una libertad condicionada por la misma sociedad, donde todos tienen derechos y deberes mutuos; de allí la necesidad de un consenso constructivo. Niños y adolescentes tienen el derecho de opinar con libertad sobre cualquier situación que les atañe, de expresar sus dudas y preguntas y de aportar sus puntos de vista.

– Para ello, desarrollar la racionalidad inherente a toda norma, ver sus porqués y para qué. No hay normas válidas “porque sí, porque están mandadas”, sino que surgen como una necesidad para el vínculo sano y la convivencia armónica. Esto implica crear un grupo o comunidad sanos, donde cada sujeto conozca sus derechos y los derechos ajenos; luego sepa defender los propios sin violar los ajenos desde el principio de igualdad y tolerancia. Importancia en esto de los Derechos y Deberes Humanos.

Por tanto, no basta enunciar principios morales (esto es bueno o malo) sino que hay que mostrar su racionalidad, apelando fundamentalmente al criterio de lo que es sano y conveniente para el sujeto y para la comunidad. A veces lo que de por sí es sano, por ejemplo una relación afectiva o sexual, puede no ser conveniente por la diferencia de edad. De la misma manera, existen normas sociales o costumbres comúnmente aceptadas que no son sanas, como callar ante la injusticia.

– Si estas bases existen, entonces sí se puede apelar a la responsabilidad del sujeto, ya que aceptando como propios los sentimientos, valores y las normas es capaz de ser responsable de su cumplimiento. Una responsabilidad que supone la reparación si el sujeto ocasiona daño a otros o a sí mismo.

– Al mismo tiempo, a nivel práctico es fundamental distinguir entre corregir y retar, corregir y castigar, castigar y reparar. La corrección (siempre necesaria en la sociedad) no debe ser humillante ni vengativa, sino un medio para que el sujeto comprenda su inconducta, evite riesgos y peligros y repare el mal realizado, ya que otros han sido heridos en sus derechos. Recordar que “co-rregir” es acompañar a otro para que sepa regirse (como rey, hombre recto) o auto-gobernarse, como hacía el adulto que acompañaba al niño rey hasta su adultez.

Los castigos, humillaciones y descalificaciones siempre logran el resultado contrario al deseado: fortalecen las inconductas y vuelven rebeldes a los sujetos que buscarán la forma de vengarse con nuevas inconductas o bien tratarán de evitar el castigo adoptando conductas simuladas e hipócritas.
En lugar del castigo, cuando hubo una falta, corresponde la reparación del mal hecho o la corrección de la conducta incorrecta. Sin corrección y sin reparación se propicia la impunidad.

Y en lugar de los premios para lograr resultados, lo que genera una conciencia deformada y una moral de la conveniencia, los padres y educadores pueden recurrir a ciertas “gratificaciones”, o sea, detalles, atenciones, palabras y gestos, que expresan “gratis” el afecto o subrayan el esfuerzo realizado.

– La madurez de la personalidad exige ineludiblemente esta formación de un “sujeto” crítico, libre y dialogante con los otros. Y solo una comunidad crítica y dialogante puede lograr estos resultados. Una comunidad que no busca la perfección (imposible en el ser humano) sino la salud armónica, lo que supone la posibilidad de “enfermarse” y de “curarse”. No hay modelos de perfección ni leyes absolutas, sino un continuo encontrar formas de mejor convivencia y respeto al otro, teniendo en cuenta diversas circunstancias.

 

 

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