Pensamiento Biblico d Mensaje social, político y religioso de los Profetas

9. EL MENSAJE  RELIGIOSO Y SOCIOPOLÍTICO DE LOS PROFETAS

A.  PROFETAS PARA UNA ÉPOCA DE CRISIS

1. Riquezas y crisis social

1.1 Recordando lo visto anteriormente, entre el año 1000 y el 933, las tribus de Israel se transforman de confederación en un reino unificado bajo David y su sucesor Salomón.Esto significó un cambio fundamental, pues la alianza de Dios ahora no se realiza con el pueblo sino con la monarquía. El poder queda en manos de los monarcas, sostenidos por el sacerdocio y el ejército.El pueblo, en simple calidad de súbdito (sometido),  perdió sus centenarios derechos y su libertad, y se vio obligado a sostener al rey, a la corte, a la ciudad de Jerusalén, a los ejércitos y cuarteles, y a los sacerdotes . Salomón llevó esta situación al extremo de obligar a los  israelitas a prestar servicios en trabajos forzados para grandes obras de la monarquía, cuyas riquezas y lujo fueron legendarias, pero a costa de la opresión y del hambre del pueblo. La tradicional división en 12 tribus fue sustituida por una división artificial en 12 distritos tributarios, correspondiendo cada uno a un mes del año.

En el año 933 las tribus del norte, cansadas de la opresión de Jerusalén, se rebelan contra Roboam, hijo de Salomón,  y se consuma el cisma. El norte vuelve a la autonomía con Jeroboam y tendrá posteriormente a Samaría como capital. El sur, con las tribus de Judá y Benjamín, sigue las pautas establecidas por David y Salomón.El reino del norte intenta recuperar la antigua tradición del Dios de la alianza, pero su estrecha relación con los cananeos politeístas lo transformará en un Estado sin una línea coherente respecto al yavismo, hasta terminar como un reino más, infiel a la alianza y al pueblo, y sumido en una tremenda crisis política (con continuos golpes de estado y asesinatos) y social.

1.2 Pero el  siglo VIII conoció en ambos Estados un gran florecimiento, último fogonazo de dos reinos que pronto caerían en manos de asirios y babilonios, las dos grandes potencias de ese entonces.Con Jeroboam II (787-747) el reino del norte llega al ápice de su gloria y también de su corrupción. Gran estratega, extiende las fronteras del reino más allá de Damasco, y reconquista toda la Transjordania. Todo esto trajo aparejado un gran crecimiento económico y comercial como nunca se había visto, con grandes palacios y construcciones, y un lujo que se extendía a toda la clase alta. Aumenta la población y florecen industrias como la del tejido y el tinte, mientras las clases populares se empobrecían cada vez más  esquilmadas por nobles y terratenientes. Por eso este crecimiento y optimismo produjo una aguda crisis social y religiosa.Fue un florecimiento en desmedro de la fe del pueblo que ahora navega sin rumbos tras los dioses y cultos cananeos de la fertilidad, y en desmedro de sus intereses, ahora sometido al rey y a la nobleza. Fue una época de abierto sincretismo (mezcla religiosa) que llegaba a todos los estratos sociales, ante la indiferencia del sacerdocio.El yavismo vegeta en un ritualismo vacío y en una gran incapacidad para reaccionar. Sólo los profetas reavivarán la memoria.

1.3 A nivel social, recrudecen las características señaladas bajo las monarquías absolutistas. La burocracia administrativa, sacerdotal y militar, relacionada íntimamente con la casa real. se enriqueció sin escrúpulos apropiándose de los bienes y de las tierras de los pequeños campesinos, incapaces de pagar sus tributos y deudas. Esto transformó a Palestina en inmensos latifundios en manos de una mínima parte de la población.El contraste entre la clase adinerada y los pobres se traduce en una verdadera situación de injusticia y expoliación, mientras florecen los prestamistas y usureros, y cualquier tipo de engaño (pesas falsas, sobornos) es válido para enriquecerse.La codicia y el afán incesante de tierras y dinero están destruyendo los solidarios lazos de las tribus, mientras la monarquía adopta la estructura social cananea de tipo feudal hasta sus últimas consecuencias, y la justicia es ejercida por los mismos que oprimen y se enriquecen.

El pueblo se desangra por los impuestos al rey (un 25 % de los bienes de cada uno), más los impuestos especiales por las cosechas y animales, impuestos al templo y otros gravámenes locales. Muchos se vieron obligados a vender a hijos e hijas como esclavos o entregar sus cosechas a precios irrisorios para no terminar en la cárcel.

La descripción que Samuel (1Sam. 8,10s) hizo de la Monarquía es fielmente reflejada en la situación descrita por los profetas. En efecto, aquí es donde comienza a tomar cuerpo con brillo propio el profetismo, la gran institución que, junto a la monarquía y al sacerdocio, conforma la estructura básica del yavismo histórico, tras la era patriarcal y la de los jueces.Son los profetas quienes denuncian el abandono de Yahvé y la injusticia social con voces tales que, en gran medida, parecieran dichas para nuestro tiempo. Una denuncia que abarca por igual a reyes, príncipes, oligarquía, jueces y sacerdotes, poniéndose de relieve una vez más la íntima relación entre la fe, el poder y la política.Pero, antes de descubrir esta crisis desde la denuncia profética, es importante que aclaremos conceptos sobre estos personajes que ya  han ocupado parte de nuestra reflexión y la ocuparán en lo sucesivo.

2. Quienes son los profetas

Se hace difícil describir o definir a un “profeta”, pues se trata de un concepto polivalente que se refiere a personajes distintos y similares en su accionar, en sus costumbres y rituales, en su forma de comprender  a Dios y de comunicarse con él, en su modo de relacionarse con la comunidad y en la función que desempeñan en la sociedad israelita. Debemos descartar ciertas concepciones unilaterales que se han generalizado: como suponerlos simples adivinos o predictores del futuro, anunciadores del Mesías, solitarios místicos y extraños o reformadores sociales revolucionarios.Lo primero es distinguir dos grandes tipos de profetismo: los profetas extáticos (generalmente agrupados en comunidades o bandas)  y los profetas-personalidades.

2.1 El profetismo extático

Existentes en otras religiones del mundo antiguo (Fenicia, Canaán, Mesopotamia, Mari, Egipto, etc.) se trata de agrupaciones caracterizadas por los fenómenos de éxtasis y trance, al estilo de los derviches o de la macumba. Se los llama nabí; en plural, nebiim.El nabí se siente un poseído por el espíritu de Dios, un inspirado, y esa es su característica principal, sin importar si comunica un mensaje o no. Para lograr sus estados de éxtasis recurren a la música, la danza, movimientos violentos y convulsivos, gritos y técnicas para abstraerse. Se logra así en el grupo un entusiasmo especial con exaltación, delirios y alucinaciones o estados especiales parapsíquicos. Este estado es contagioso, pudiendo bastar unos pocos para contaminar a otros de cierto entusiasmo o furor que los hace sentir “otro hombre”.

El nabí bíblico se siente invadido por “el espíritu de Yahvé” que irrumpe y se avalanza sobre la persona, lo transforma y lo hace profetizar. El nabí se siente convencido de que habla y actúa por una fuerza superior. Demás está decir que estos fenómenos tienen mucho que ver  con la psicología y la psiquiatría, pero lo importante es la convicción del nabí de que existía una fuerza especial divina que actuaba en él. Nada mejor que registrar algunos casos:

“Samuel le dijo a Saúl: … Apenas entres a la ciudad, tropezarás con un grupo de profetas que bajan del lugar alto, precedidos de arpas, tamborines, flautas y cítaras, en estado de trance. Entonces te invadirá el espíritu de Yahvé, entrarás en trance con ellos y te transformarás en otro hombre” (1Sam. 10,5-6).”Cuando el espíritu de Yahvé irrumpió sobre Saúl, una violenta ira se apoderó de él. Tomó una yunta de bueyes y los despedazó…” (1Sam. 11,5).

Este espíritu-energía (“rúaj”) actúa de forma intermitente, cayendo de improviso sobre los personajes. En su estadio más primitivo se trata de fenómenos psicológicos, sin un mensaje al pueblo, con una emotividad descontrolada y exaltación religiosa. Se interpretaba que, a través de estos extraños fenómenos, Dios conducía a su comunidad.Si aún hoy estos fenómenos concitan la atención y se los relaciona con lo religioso o lo místico, imaginémonos cómo se los vivía hace tres o cuatro mil años.Resumiendo: se trata de una forma primitiva de percibir lo divino.Estos profetas no tiene nada que ver con el profetismo clásico: pues no hablan en nombre de Dios ni tienen nada que transmitir. Conforman más bien una fuerza social entusiasta con arrebatos de fanatismo e incitación a la guerra santa o a hechos heroicos. Este profetismo irá desapareciendo, mientras convive por un tiempo con los típicos profetas bíblicos.

Los fenómenos de la iglesia primitiva y otros actuales en iglesias carismáticas,  tienen mucho que ver con este profetismo primitivo, con todos los riesgos del caso: sentimentalismo, extremo subjetivismo y espiritualismo con desinterés por  los problemas sociales y políticos. De allí la insistencia del apóstol Pablo en privilegiar una palabra que sea instructiva para la comunidad (1Cor. 14).

2.2  El profetismo clásico Lo realmente nuevo en Israel es la aparición de los profetas que, como lo indica la palabra griega con que se tradujo nebiim, son los que hablan en nombre de Dios (“pro-fítemi”).Pero hablan interpretando situaciones sociales, políticas o religiosas determinadas, por lo que se distinguen de los maestros o doctores, que lo hacen de una forma sistemática, con referencia al culto, a la moral y al dogma. El profeta no habla desde su estudio o reflexión personal (que tampoco hay que excluir) sino desde esa fuerza e inspiración que lo subyuga, sin excluirse una gran intuición.

Ejemplos de vocación profética los tiene el lector en Is. 6,1s; Is. 61,1-3; Jer. 1,1s.

Hay dos características que los definen:
– Se sienten llamados por Dios con una vocación especial, e inspirados por él al punto de tener la seguridad de que transmiten su palabra.
– Son hombres públicos que, aunque fueran de origen humilde, relacionan la palabra de Dios con la realidad actual de una manera comprometida. En cuanto intérpretes de lo que está sucediendo, ejercen un oficio arriesgado al punto de ser tratados de locos, traidores, ser encarcelados o asesinados.De allí, su capacidad para “ver más allá” de lo que está ocurriendo, adelantándose, sea a los acontecimientos, sea a sus consecuencias.

Dentro de la historia yavista, los profetas significan un movimiento de reforma para reavivar las auténticas tradiciones y buscar el verdadero sentido de la fe, insistiendo en pocos y fundamentales principios: adhesión al monoteísmo y retorno a la alianza de Dios con el pueblo, confianza en Dios, culto interior, práctica de la justicia y del amor en las relaciones humanas. La mayoría de ellos enfrenta al sistema teocrático absolutista y a la clase sacerdotal, apoyándose en las expectativas populares. En general, tienen nostalgia por el pasado y las viejas tradiciones, desconfían de la monarquía y de sus instituciones, y recelan de las alianzas con otros pueblos.

Pero los hay de diversas tendencias: desde los defensores de la monarquía davídica y de su reinstalación hasta los críticos de la monarquía y sostenedores de la alianza sinaítica; desde los nacionalistas hasta los más universalistas; desde los comprometidos con la actual realidad histórica hasta los que miran el futuro como única salvación. No siempre los profetas escriben sus palabras, generalmente dichas en forma de oráculos y en verso. Desde el siglo VIII aparece el profetismo clásico con los escritos, al principio realizados por los discípulos de los profetas y retocados después por nuevos redactores.

Los libros proféticos son difíciles de interpretar, pues no siempre nos consta la circunstancia histórica o cultural a la que se refieren. Los oráculos, dichos a sus contemporáneos, la dan como conocida. Por su parte los libros históricos, sólo muy ocasionalmente hablan de los profetas, de modo que no tenemos una estrecha relación conocida entre acontecimiento e interpretación.

Los auténticos profetas tienen en general una característica especial: su independencia del poder político y del sacerdocio, aunque algunos de ellos son profetas de la corte y asesoran al rey, como Isaías.Pero se distinguen claramente de los profetas-profesionales, a menudo considerados “falsos”, que se agrupan en torno al rey como un coro adulador al ser consultados.

Sin embargo, la distinción entre profetas verdaderos y falsos la realizará la comunidad aceptando a unos y rechazando a otros, aunque no siempre en vida del profeta.El criterio objetivo de que el profeta verdadero habla en nombre de Dios y dice la verdad, y de que el falso habla desde sí mismo y engaña, es un criterio que en la práctica no sirve para mucho, pues la pregunta del contemporáneo del profeta no tiene respuesta respecto a quién dice la verdad y quién habla en nombre de Dios. Esto sobre todo cuando se refieren a predicciones o a interpretaciones políticas.Cuando interpretan el yavismo en sí o denuncian la situación social, hay un criterio que es la adecuación a una ley ya conocida: monoteísmo, justicia social, defensa del pobre, etc. (Dt. 13,2-6).

2.3  Esto nos dice de los límites del profetismo, límites que vienen por varios motivos:
– La subjetividad de sus puntos de vista y de quienes los escuchan e interpretan.
– La dificultad de asegurarse si su palabra es correcta o no.
– La ideología subyacente en cada profeta y su sustrato cultural.
– La repetición de los mismos temas sin creatividad.-
Los errores cometidos por muchos de ellos (con la mejor buena voluntad) al anunciar hechos que fueron desmentidos por la realidad: como la profecía de Natán, la elección de ciertos reyes que resultaron un fracaso, y en general, los anuncios de tipo mesiánico y apocalíptico que nunca se cumplieron.

Estos factores condujeron a cierto desprestigio de los profetas y a su lenta desaparición a mediados del siglo V-IV, mientras el judaísmo, con la Torá  (Ley) escrita y canónica, prefirió aferrarse a la palabra escrita como única interpretación segura de la palabra divina y al cumplimiento de la Ley como camino de salvación.En tanto, la aparición de los escritos sapienciales (Eclesiastés, Eclesiástico, Job, Sabiduría) que respondían a inquietudes del momento (el dolor, el mal, el más allá, la sexualidad, etc.) crearon un foco más atractivo de atención.

El siglo VIII es considerado el siglo de oro del profetismo: con Amós y Oseas en el norte, Miqueas e Isaías en el sur.Tienen en común: la problemática social y la denuncia de la injusticia; la lucha contra el sincretismo y contra una falsa idea de Dios, acomodaticia y cultualista.La problemática política se da especialmente en Oseas e Isaías; y en el siglo siguiente en Jeremías, la personalidad profética más importante.

Pero tengamos en cuenta que la Biblia registra importantes personalidades proféticas anteriores, como Moisés, considerado el máximo profeta. Otros importantes son Samuel (Sam 1 y 2) y durante la época de los reyes el ciclo de Elías (hacia el 874-852 durante los reinados de Ajaz y Ococías: 1 Re 17-19; 21 y 2 Re 1) y Eliseo (discípulo y continuador de Elías: 2 Re 2; 3,4-27; 4,1-8,15; 9,1-10 y 13,14-21). Elías fue el gran campeón de la lucha del yavismo contra el culto de Baal; se consieraba que había sido arrebatado al cielo y que volvería como antecesor del Mesías. Eliseo continúa la obra de Eliseo y se le atribuyen numerosos milagros.

B. LA  PREDICACIÓN PROFETICA

Nada mejor que leer los textos proféticos para comprender su crítica, su estilo vibrante y la independencia con que se manejan, sea frente  a los reyes y la clase dirigente (se los llama “pastores”), sea ante los jueces, sacerdotes y profetas cortesanos, y en general hacia el mundo de los impíos y corruptos.Procuraremos citarlos con cierto orden temático, dentro de lo posible, con textos del siglo VIII  y VII, tanto del norte (Oseas, Amós ), como del sur (Isaías, Miqueas, y después Jeremías) pero también con algunos textos de profetas del exilio y posteriores, como Ezequiel e Isaías II y III)Amós era un pastor judío originario de Técua pero  predicó en el reino del Norte entre 760-750.Oseas comenzó a predicar unos años después de Amós durante la corrupción del reino del Norte a partir de los últimos años de Jeroboam II y sucesores.Isaías predicó en Jerusalén durante unos 40 años (740-701), durante los gobiernos del rey Yotán, Acaz y Exequias, viviendo las guerras de Damasco y Samaría contra Judea y las rebeliones contra Asiria.
Miqueas fue un humilde campesino, contemporáneo de Oseas y de Isaías y predicó desde el 740.
Jeremías, nacido hacia el 650 en Anatot, fue testigo de los últimos años del reino de Judá y de su destrucción por los babilonios.
Ezequiel, de joven fue deportado a Babilonia en el 597, predicando entre los desterrados el castigo de Jerusalén por sus pecados. Después de la destrucción de la ciudad santa en el 586, predica el consuelo de la nueva salvación de Dios.
DéuteroIsaías es un anónimo profeta que predicó durante el exilio, con más seguridad en Babilonia. Su libro (Is 40-55) es conocido como El Libro de la Consolación ya que anuncia el fin del exilio, la liberación (decretada por Ciro en el 538), el retorno a Jerusalén y su restaruración.
Triptoisaías: contemporáneo de Ageo y Zacarías, este anónimo profeta predica en Jerusalén anunciando un futuro promisor y una salvación que llegará a todas las naciones. Sus escritos son los cap. 56-66 de Is.

1. Contra el pecado “original”: la ruptura de la alianza. Necesidad de la conversión como retorno a Yahvé

Durante aquellos siglos el culto a Yahvé convivía con el culto a los dioses cananeos (la pareja divina de Baal y Astarté) de fuerte acento popular, con la prostitución sagrada para lograr la fertilidad junto a los templos y en bosquecillos y lugares altos, y consultando a sus adivinos. Es evidente, entonces, que la principal prédica de los profetas (incluido Elías y Eliseo) se dirigen a los reyes y al pueblo para que vuelvan a la alianza con Yahvé, único Dios y rey del pueblo. El culto a los ídolos es el pecado por excelencia, la gran apostasía e infidelidad, el verdadero pecado original, causa de los males de Israel, como lo pondrá de manifiesto el relato de Gen. 3 en el que la serpiente representa a la religión cananea, transmitida a los hebreos por medio de las mujeres sacerdotisas. El castigo será el exilio del Edén, esa tierra que mana leche y miel.Surge así el sentido del pecado que, aunque con variados simbolismos, siempre expresa lo mismo: dar la espaldas a la alianza con Yahvé.

a) Sentido del pecado que es presentado como:

– Ruptura de la alianza “porque ellos han transgredido mi alianza y se han rebelado contra mi ley” (Os 8,1-3) Jer 11,6 ss; Jer 7,16-20
– Adulterio y prostitución: especialmente en Oseas 1,2; 2,4 ss; 4,1-3, Jer 3, 6-10; 5,1-14; Ex 16 1 23. Si la alianza con Dios es como un matrimonio con El, su abandono es traición y adulterio.
– Rebeldía obstinada contra Dios: Is 1,2-9; 3, 8-9; 30, 9-17; Os 7,13-16; Jer 8, 4-7; 25, 3ss; 35, 13ss; Zac 7,8-14;  Salmos 81,12-13 y 95, 8-11
– Suma de maldad, corrupción, violencia y engaños: Jer 9,1-8; Miq 7,1-7, derivados del no cumplimiento de la Ley divina.
– De un pueblo  ciego, sordo, necio: Is 6,9-10; 27, 10-1142, 18-25; Jer 5, 20-25; 4, 22; Os 7,1-2- Por eso Israel es como una viña que no da frutos: famosa parábola de Is 5,1-7 (El evangelio de Mateo alude a la higuera estéril en 21, 18-22)Ver los salmos 106 y 78

b) Pero Dios permanece fiel a su pueblo y lo llama a su conversión:

– Dios llama al pueblo pecador y lo transforma: Os 11, 1ss
– Como el esposo a su esposa infiel: Jer 2, 1-3, como un Padre compasivo: Is 30,18; Jer 5,6; Miq 7,9-10; Ez 39, 25-29; 4, 4-11
– Que renueva el corazón y el espíritu: Ez 36, 24ss; Is 57, 14-21
– Que purifica y borra el pecado: Is 1, 16-31; 6,7; 43, 23-28; 48, 8-11; Jer 33, 7-8
– Que perdona el pecado y redime: Miq 7,18-20; Is 33,24; 59, 9-20; Salmos 65,3-4; 130; 51

c) El pueblo pecador tiene la opción de la conversión.

El deseo de Dios es la conversión y al cambio: como un retorno a la alianza sinaítica (en los profetas del norte, Amós y Oseas), o como fidelidad a la alianza davídica (en los del sur, Miqueas e Isaías).En caso contrario, sobrevendrán castigos como hambre, guerras, deportación y destrucción.

Por lo tanto:
– Volver al Señor con sinceridad, purificando el corazón: Os 6,1ss; 12,1ss; 14, 2-10; Joel 2,12-17; Jer 3,11 a 4,4; Is 31, 5-7.
– Buscar a Dios, la justicia y el bien: Os 10,11-12; Am 3,2; 5,4ss; Is 55,6-9; Sof 2,1-3
– Confesar el pecado y reconocerlo públicamente: Jer 14,7.20; Os 5,15; Sal 38,19; Baruc 1,15-3,8 (extensa confesión de los pecados del pueblo)
– Convertirse y cambiar de vida: Jer 18,5ss; 31, 18-20; 7,3-6; Jonás 3; Tobías 13,8-10; 2Crón 30,7-9
– En consecuencia: Feliz el hombre perdonado: Sal 32,1-7

2.  Contra un culto sin justicia.

Lo importante es volver a la alianza y practicar la justicia que es la esencia del verdadero culto, frente a un culto vacío e hipócrita::”Vuelve, Israel, al Señor tu Dios… Volvamos al Señor… quiero amor y no sacrificios… Enmienden sus conductas y sus acciones, y yo haré que sigan habitando en este lugar. Si de veras hacen justicia unos a otros, si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no van detrás de otros dioses, haré que vivan en este lugar…” (Os. 6,1s; 14,2s; Jer. 7,3s; Is. 1,16s.).

Texto que será citado por Jesús contra el fariseísmo y el culto  vacío.El culto idolátrico, constantemente denunciado, o el culto a Yahvé que no está acompañado de justicia, es considerado como un adulterio y una ruptura de la alianza fiel. Por eso, hay una dura crítica a todo culto que no refleje el sentido profundo de la fe yavista:
¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios? Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de animales cebados. No quiero sangre de toros y corderos. No me traigan ofrendas… y aunque multipliquen las oraciones, no las escucho… Lávense y aparten de mi vista la maldad de sus acciones. Aprendan a hacer el bien. Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia la huérfano… Desprecio sus fiestas y sus asambleas cultuales; no me complazco en sus sacrificios. Alejen el bullicio de sus cantos. Que el derecho corra como el agua y la justicia como un torrente…” (Is. 1,10s; Am. 5,21s.).

3. Contra el pecado de injusticia y la corrupción del poder

3.1 Contra la corrupción de gobernantes, dirigentes y jueces

“El Señor se levanta y entabla un juicio contra los príncipes y los ancianos del pueblos: Ustedes ha arrasado la viña y tienen en sus casas lo que arrebataron al pobre. ¿Con qué derecho aplastan a mi pueblo y trituran el rostro de los pobres?”(Is. 3,13-15).]
“Los pastores se han vuelto insensatos y no han buscado al Señor, no han obrado con acierto y se ha dispersado todo el rebaño… Han arrasado mi viña y la han convertido en una desolación. Todo el país está devastado sin que nadie se lo tome a pecho… ¡Ay de los jefes que pierden y dispersan a mi rebaño y no se ocuparon de él! Yo me ocuparé para castigar sus malas acciones” (Jer. 10,21; 12,10-11 y 23,1s.).

No olvidemos que el rey, el pastor del pueblo, gobierna en nombre de Dios. De allí el juicio (político-religioso) al que Dios lo somete por incumplimiento de su deber-real, más aún, por esquilmar al pueblo y llevarlo a la ruina. En un país de tantas resonancias nómadas, la relación pastor-rebaño es obvia.

También observamos la relación Dios-pueblo: agraviar al  pueblo es agraviar a Dios. El pueblo es comparado a una viña que hay que cuidar.

“Ay de los reyes-pastores que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso no deben apacentar a mi rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas y no apacientan el rebaño. No han fortalecido a la oveja débil, ni curado o vendado a la enferma, ni buscado a la descarriada. Al contrario, las han dominado con dureza y crueldad… Por eso mis ovejas andan dispersas y se han convertido en presa de las bestias. Por eso, aquí estoy yo contra ustedes los pastores: les quitaré a mis ovejas y no les dejaré que las apacienten. Arrancaré a mis ovejas de sus bocas y nunca más ellas serán su presa. Así los pastores dejarán de apacentarse a sí mismos… Ya es demasiado, príncipes de Israel: acaben con la violencia y la depredación, practiquen el derecho y la justicia, y dejen de extorsionar a mi pueblo. Tengan balanzas y medidas justas…” (Ez. 34,1s. y 45,9s.).

Ezequiel, testigo en el Exilio del descalabro y del mal gobierno de los reyes y sacerdotes, predice un nuevo tipo de pastores según la mente de Dios justo. Los malos pastores se apacientan a sí mismos, usando el poder en beneficio propio. “Los guardianes están ciegos y nadie sabe nada. Son perros mudos incapaces de ladrar. Desvarían acostados, pues les gusta dormir. Son perros voraces que nunca terminan de saciarse. ¡Y son los pastores! En lugar de hacer justicia, cada uno va detrás de su ganancia. Ellos dicen: Vengan, voy en busca de vino, embriaguémonos con bebida fuerte, y mañana será lo mismo que hoy, o más, muchísimo más” (Is. 56,9-12).

“Ustedes venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisotean sobre el polvo de la tierra la cabeza de los indefensos y desvían del camino a los humildes… Convierten el derecho en veneno y echan por tierra la justicia, aborrecen al que pide justicia en la puerta de la ciudad y detestan al que habla con integridad. Por eso, por haber esquilmado al pobre exigiéndole un tributo en granos, esas casas de piedra talladas nos las habitarán ni beberán el vino de sus viñas selectas. Por que yo conozco la multitud de sus crímenes, ¡opresores del hombre justo, que exigen coimas y atropellan a los pobres!… Escuchen esto, ustedes que pisotean al pobre para hacerlo desaparecer del país. Ustedes dicen: ‘¿Cuándo pasará la luna nueva para que podamos vender el grano, y el sábado, para dar salida al trigo? Disminuiremos la medida justa, aumentaremos los precios y falsearemos las balanzas; compraremos con dinero a los pobres y al indigente por un par de sandalias, y venderemos hasta los desechos del trigo” (Am. 2,6-8; 5,7sss; 6,12; 8,4-8)

El sistema ha llevado a los pobres, no solo a su esclavitud, sino a su posible desaparición.
“En medio de mi pueblo hay hombres malvados que están al acecho, tienden trampas y atrapan a los hombres. Están llenos de engaño, por eso se hacen ricos y poderosos; están gordos y rozagantes, y traspasan los límites del mal. No hacen justicia, no la hacen al huérfano ni juzgan con rectitud al necesitado, y prosperan… Es algo horrible lo que sucede en el país, hasta los profetas hablan falsedades y los sacerdotes dominan a su antojo. ¡Si hasta a mi pueblo le gusta que sea así!..  Del más pequeño al más grande,  todos están ávidos de ganancia, y desde el sacerdote al profeta no hacen más que engañar. Ellos curan a la ligera a mi pueblo diciendo: “Paz, paz”, pero no hay paz. No se avergüenzan de su corrupción, no sienten el menor pudor, no saben lo que es sonrojarse. Por eso, caerán con los que caen…” (Jer. 5, 26-31; 6,13-15; 8,10-13)

No solo hay corrupción: también se ha perdido el sentido de su malicia. Es una corrupción institucionalizada e internalizada en el sistema. “¡Ay del que edifica su casa sin respetar la justicia y sus palacios de pisos altos sin respetar el derecho, del que hace trabajar de balde a su prójimo y no le remunera su trabajo! Ellos dicen: ‘Me edificaré una casa espaciosa con pisos altos y bien aireados’, y después le abren ventanas, la recubren de cedro y la pinta de rojo vivo. ¿Acaso tu padre no comía ni bebía? ¡Pero también practicaba el derecho y la justicia! Pero tú no tienes ojos ni corazón más que para tus ganancias, para derramar sangre inocente y para practicar la opresión y la violencia…” (Jer. 22,13s)

El profeta alude al padre del actual rey, quien vivía bien pero practicando la justicia. “Escuchen esto, gobernantes y magistrados, ustedes que abominan la justicia y tergiversan el derecho, ustedes que edifican con sangre e injusticia Los jueces juzgan con sobornos y regalos, los sacerdotes enseñan a sueldo, los profetas adivinan por dinero. Y todavía se apoyan en el Señor diciendo: ‘¿No está el Señor con nosotros? Entonces no nos puede pasar nada’. Por eso, a causa de ustedes, Sión será un campo arado y un montón de ruinas… ¿No les corresponde a ustedes conocer el derecho, a ustedes que odian el bien y aman el mal, que arrancan la piel de la gente y la carne de sus huesos? Devoran la carne de mi pueblo, le quiebran los huesos, los despedazan como carne que se echa en la cacerola…” (Miq. 3, 1-12)

Se denuncia la pretensión de contar con el apoyo de Dios porque se practica el culto, pero con tremendas injusticias. “¡Ay de los que promulgan decretos inicuos y redactan impuestos onerosos, que impiden que se haga justicia a los débiles y privan de su derecho a los pobres de mi pueblo, para hacer de las viudas una presa y para expoliar a los huérfanos! ¿Qué harán ustedes el día de mi castigo, cuando llegue la tormenta?” (Is. 10,1-4)”¡Han caído los reyes, unos tras otros, pero ninguno de ellos clama al Señor!… Entronizaron reyes, sin contar conmigo… Así siembran vientos y recogerán tempestades… Entre tanto se jura en falso, se firman alianzas, mientras el derecho crece como una hierba venenosa… Sólo existe perjurio y engaño, asesinatos y robo, adulterio y extorsión; y los crímenes sangrientos se suceden unos a otros. Por eso el país está de duelo y todos sus habitantes languidecen…”  (Os. 7,1s; 8,4s; 10,4s.; 4,2s)

Es la descripción que hace el profeta de los últimos años del reino de Samaría, plagado de golpes de estado y asesinatos de reyes, presagiando ya su triste final. No quedan esperanzas…Algo similar dice Sofonías sobre Jerusalén, a punto de caer:

¡Ay de Jerusalén, ciudad opresora, rebelde e impura! Ella no aprendió la lección (de Samaría) ni puso la confianza en Dios. Sus gobernantes son leones rugientes; sus jueces, lobos nocturnos… sus profetas, fanfarrones y traicioneros; sus sacerdotes han profanado las cosas santas y han violado la ley” (Sof. 3,1s; 1,1s).

De estas protestas se hacen eco algunos salmos, como el 82,1-8:”¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y favorecerán a los malvados? Defiendan al desvalido y al huérfano, hagan justicia al oprimido y al pobre; liberen el indigente y al débil, rescátenlo del poder de sus opresores…” 3.2  Contra los sacerdotes  Los sacerdotes, apoltronados y dados a la bebida, descuidan la instrucción del pueblo, su obligación primera. Por eso no escapan a la crítica, como ya lo vimos en textos anteriores:”Mi pleito es contigo, sacerdote, porque mi pueblo perece por falta de conocimiento. Porqué tú has rechazado el conocimiento y la instrucción, yo te rechazaré de mi sacerdocio y me olvidaré de tus hijos.Todos ustedes sin excepción pecaron, cambiando mi gloria por la ignominia. Se alimentaron con el pecado de mi pueblo y están ávidos de iniquidad. Ya le pediré cuentas… Se tienen por sabios y se creen muy inteligentes… ¿Cómo se atreven a decir: “Somos sabios y la Ley está con nosotros?”, siendo que han falsificado la pluma engañosa de los escribas? Han despreciado la palabra del Señor, ¿entonces de qué sabiduría me hablan?… También se extravían por el vino y van dando tumbos por la bebida… se extravían en su vista y titubean en sus decisiones. ¡Pero si todas sus mesas están llenas de vómitos y ya no queda espacio limpio! ¿A quién pretenden instruir y hacerse comprender, a niños destetados?” (Os. 4,4s; Jer. 5,21; 8,8-9; 28,7s.)

La denuncia principal es porque los sacerdotes descuidan la verdadera instrucción del pueblo. Esa es su principal obligación.

3.3  Contra la corrupción generalizada

¡Ay de los que madrugan para correr tras la bebida! Hay vino y orquestas en sus banquetes, pero ellos no miran la acción del Señor… Ustedes creen alejar el día de la desgracia y apresuran el reinado de la violencia. Apoltronados en sus lechos de marfil y en sus divanes, comen los corderos del rebaño, improvisan al son del arpa, beben vino en grandes copas y se ungen con los mejores ungüentos, pero no se afligen por la ruina del pueblo. Por eso ahora irán al cautiverio y se terminará la orgía de los libertinos…Los corruptos dicen necedades y maquinan el mal para proceder con impiedad y proferir blasfemias, mientras dejan con el estómago vacío al hambriento y privan de bebida al sediento. Usan malas artes y no planean más que infamias para arruinar a los pobres con engaños, cuando éstos reclaman por sus derechos…”

El texto se refiere a la pequeña proporción de la clase rica que medra junto a la monarquía, abusando de la debilidad de la gente.

“¡Ay de los que proyectan iniquidades y traman el mal durante la noche! Al despuntar el día, lo realizan porque tienen el poder en la mano. Codician campos y los arrebatan; casas, y se apoderan de ellas; oprimen al dueño y a su casa, al propietario y a su herencia. Los ricos están llenos de violencia y hablan con mentiras. ¿Tendré que tolerar todavía en la casa del opresor sus tesoros mal adquiridos y la medida rebajada? ¿Puedo tener por justas sus balanzas falsas o las pesas fraudulentas?… Ya no hay un solo hombre justo y honesto en el país. Todos están al acecho para derramar sangre y cada uno atrapa a su hermano en la red. Sus manos las emplean para hacer el mal. Para hacer un favor, el gobernante exige un regalo y el juez reclama una coima. El poderoso manifiesta su avidez y se pervierte la justicia…¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro hasta no dejar espacio a nadie para habitar sólo ustedes en medio del país! Sus mansiones quedarán desoladas…Hasta las mujeres se han vuelto arrogantes, andan con el cuello estirado y caminan con pasos cortos haciendo sonar las hebillas de sus pies… ¡De pie, mujeres indolentes y demasiado confiadas!..”. (Am. 6,1-7; Is. 32, 6-8; Am. 8,4-8; Miq. 2,1-5′ 6,9-15; 7,1-7; Is. 5,8-10; Is. 3,16s y 22,9s.)

Los textos aluden a un sinfín de corruptelas propias del sistema. Se observa cómo el latifundio crece por la misma corrupción que despoja a los campesinos de sus campos y casas que deben entregar a precios viles para pagar sus altos impuestos.

Cualquier similitud con nuestra actual realidad es pura coincidencia… La corrupción no inventa nada nuevo, desde el momento en que florece de una misma estructura de poder, que enriquece al Estado y a sus dignatarios, de espaldas y a costa de la población, especialmente de los más indigentes e indefensos.Son textos que no necesitan muchos comentarios y que subrayan, por si quedaran dudas, que la fe bíblica no navega por las nubes ni por el cielo, sino que está anclada en la tierra, en el pueblo y en sus necesidades. Una fe profética valiente, comprometida, que habla con claridad, que da la cara, que enfrenta a los que se siente “dueños” de la comunidad y denuncia toda forma de injusticia.

El lector se preguntará sobre el éxito de esta predicación profética. No hará falta decir que, por lo general, fue un rotundo fracaso; amén de considerarse los escasos medios de divulgación de la época.Los profetas, como Amós, son conscientes de que hay poco que esperar de una corrupción tan profunda y generalizada. La descomposición social y política ha llegado a extremos tales que parece un proceso irreversible que se encamina hacia la auto o hétero destrucción. Para Israel, los días están contados.

4. Jeremías y su denuncia contra el sistema teocrático

Dada su importancia, nos detenemos en Jeremías, un profeta de Jerusalén que predica durante los últimos años del reino de Judá, y denuncia la inutilidad de una teocracia pagada de sí misma pero de espaldas a la alianza de Dios con su pueblo fiel.  Recordemos el esquema vigente: Dios encerrado en el palacio real y en el templo garantiza para siempre la continuidad del sistema.Jeremías (627-587) introduce la duda; más aún, rechaza este esquema al que nobleza y pueblo se aferraban como pertinaz esperanza y confianza ciega. Su propuesta es diferente: lo que hay que hacer es cambiar de conducta, porque Dios no está atado a promesa alguna de garantizar de forma absoluta aquel orden institucional:

“Así habla el Señor: Cambien su conducta y sus acciones. No se fíen de estas palabras ilusorias: `¡Aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor!`… Pero ustedes se fían de esas palabras ilusorias, mientras roban, matan, cometen adulterio, juran en falso y queman incienso a Baal. Y después vienen a presentarse a esta Casa (templo) que es llamada con mi Nombre y me dicen: `¡Estamos salvados!`, para seguir cometiendo toda clase de abominaciones. ¿Creen, acaso, que mi Casa es una cueva de ladrones? ” (Jer. 7,1s).

Crítica similar hace Ezequiel en sus capítulos 8-9.Su palabra halló eco en el sacerdote Pasjur, inspector general del templo, quien “mandó golpear a Jeremías y le hizo poner en el cepo” (Jer. 20,1s). El escándalo creció cuando el profeta le dice al rey Sedecías que los babilonios vienen enviados por Yahvé para pedirles cuenta y que la ciudad sería destruida:”Yo mismo combatiré contra ustedes con mano fuerte… Heriré a sus habitantes y morirán… y entregaré al rey, sus servidores y población a la peste, al hambre y a la espada… y la ciudad será entregada en manos del rey de Babilonia que la hará arder por el fuego” (Jer. 21, 3s.).

Y llegó el momento culminante cuando Jeremías anuncia ese “blasfemo oráculo” en el mismísimo templo ante pueblo y sacerdotes, contra los grandes fundamentos de la teología nacional. Pero… “apenas terminó de hablar, los sacerdotes y los profetas se le echaron encima, diciendo: `¡Vas a morir! Porque has profetizado en nombre de Yahvé que esta ciudad será destruida y deshabitada” (Jer. 26, 1s.).

A duras penas el profeta se salvó de la muerte y volvió a insistir en sus ideas, instando a rendirse a Babilonia. Entonces otro profeta de nombre Ananías enfrentó a Jeremías y ambos discutieron acaloradamente, anunciando en nombre de Dios ambos, uno la victoria y, el otro, la derrota.En este clima se reiteran los anuncios de Jeremías, un hombre de una gran visión política y sentido de la realidad, quien se opone a toda alianza con los egipcios, a los que siente débiles frente al poder “que viene del norte”, los babilonios.Fue entonces cuando el profeta, acusado de traidor a la patria, pues “desmoraliza a los hombres de guerra y no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”, fue arrojado a un aljibe lleno de barro para que termine allí sus días. El rey lo hace sacar.

Jeremías, lanzando su antidemagógica propuesta en la más total soledad, es el testimonio de un profetismo independiente, que conoce la valentía para decir lo que piensa, pero también la amargura del rechazo y de la incomprensión. Así se expresa en su confesión, cuando fue acusado de traidor y blasfemo:

¡Qué desgracia, madre mía, que me hayas dado a luz a mí, un hombre discutido y controvertido por todo el país! Yo no di ni recibí nada prestado, pero todos me maldicen… Yo no me senté a disfrutar en la mesa de los que se divierten; forzado por tu mano me mantuve apartado, lleno de indignación… Soy motivo de risa todo el día y todos se burlan de mí… Había en mi corazón una palabra como un fuego abrasador que en vano intentaba contener. Oía los rumores de la gente por todas partes: ‘¡Denúncienlo!’ Hasta mis amigos íntimos acechaban mi caída y decían :’Tal vez se lo pueda engañar y tomaremos nuestra venganza…’ ¿Por qué salí del vientre de mi madre para no ver más que pena y aflicción y acabar mis días avergonzado?” (Jer.15, 16s. y 20, 7s.).

Dramático testimonio que nos muestra la tremenda situación del profeta, que no puede ser infiel a sí mismo, pero que recoge rechazos e incomprensiones. Este cuestionamiento a la teología de la seguridad nacional irrestricta (al que también alude el profeta contemporáneo Habacuc), llega más lejos aún al cuestionarse la soberanía y la justicia de Dios ante tantas calamidades que caían sobre su pueblo. La respuesta será cruel: es Dios mismo quien castiga a su pueblo por medio de los pueblos invasores.

Profundizando en su esquema, Jeremías propone al pueblo volver a la alianza, no a la de David, sino a la alianza sinaítica, base de la fe yavista con su doble compromiso: el de Dios y el del pueblo.Y le queda un resto de esperanza para prometer una futura alianza que llegará hasta el interior del corazón:”Esta es la alianza que voy a establecer: Pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… y todos se unirán conmigo, desde el más pequeño al más grande” (Jer. 31, 31-34).

Es el retorno a la alianza democrática-liberadora del Sinaí y el repudio de la teocracia monárquico-sacerdotal absolutista.  Pero el oráculo llegó demasiado tarde… y será retomado por la primera comunidad cristiana, siglos después, que verá en Jesús su cumplimiento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *