Educación física, cuerpo y consumismo. Ossorio Lozano

EDUCACIÓN FÍSICA, CUERPO SOCIAL Y CONSUMISMO

Damián Ossorio Lozano. Dr. en Educación Física. Master en Psicología del Deporte

El cuerpo en la actualidad se presenta como un objeto que permite identificar un modelo de identidad social. Cualquier mínima capacidad de influencia tiene una repercusión más o menos directa sobre la vertiente corporal.

El contexto social desarrolla modelos, modelos que aplican reglas sociales, que constituyen un cuerpo integrado, que determina la integración en un grupo social. Así, el cuerpo se manifiesta de manera dinámica, en función de las relaciones externas que éste recibe de las instituciones y de los agentes sociales dominantes. Como consecuencia, ha de integrarse en la propia estructura social. Se ve afectado, modificado o valorado de forma muy concreta, se convierte así, en factor fundamental de un proceso impuesto de socialización.

Ante la infinidad de acontecimientos que ocurren a cada instante, la sociedad a través de los medios de comunicación, ofrece al gran público una realidad que expresa su “verdad”, pero al hacerlo está construyendo nuestra “verdad”, la verdad de todos (Ibáñez, 1987).
La percepción que uno tiene con respecto a la imagen del cuerpo da lugar a algo “mítico” e idealizado.

Desde la propia Educación Física, aunque no parezca contradictorio, se siguen utilizando principios que tienen mucho que ver con el modelo de hombre máquina, y no con el modelo de hombre- persona, mucho más integrador y formativo. Educar no es sólo instruir y transmitir conocimientos, es enseñar una forma de entender la vida. La educación nunca es neutra, exige la necesidad de “tomar conciencia y partido”.

Históricamente la Educación Física ha aglutinado múltiples tendencias y dimensiones que han dado lugar a la gran complejidad del concepto “cuerpo”.
El excesivo predominio que, por distintas razones, han ejercido las ciencias, con respecto al tratamiento del cuerpo, sólo ha sido enriquecedora como-consecuencia de una acumulación de principios y de norma estratificadas.

Desde la visión pedagógica de David Kirk se apunta que “los profesores deben empezar a alejarse de la visión común y ampliamente extendida, de que son meramente profesionales autónomos, y neutrales cuya tarea es llevar a cabo las prescripciones educativas de otros para transmitirlas a los alumnos”.

Este mismo autor señala que “los profesores son, y siempre han sido, mediadores y legitimadores de un conjunto de creencias y valores, y asimismo agentes potenciales tanto de la reproducción social imperante como del cambio emancipatorio”.

Así, el cuerpo es adiestrado mediante la interiorización y reproducción del gesto y desde la visión de la antropometría, la fisiología y la anatomía.

No obstante, en los últimos tiempos han aparecido modelos alternativos a esta antigua corriente, que poco a poco va contando con el apoyo de la comunidad educativa.

Como propone M.A. Santos, la Educación Física debe incorporar como objetivos de una nueva valoración del cuerpo los siguientes contenidos:

Conocimiento del cuerpo.
Desarrollo del cuerpo.
El sentir el cuerpo.
El cuidado del cuerpo. La aceptación del cuerpo.

La integración de los valores corporales dentro de una escala de valores.

La verdadera educación es la que fomenta la libertad y la autonomía del individuo. Se trata de formar personas comprometidas y críticas que contribuyan a mejorar la sociedad.

Como señala Lerena (1986), el sistema de enseñanza y sus instituciones no están dentro de la sociedad sino que son la sociedad misma:
“Nada de lo que ocurre en el sistema de enseñanza es independiente de la estructura de las relaciones existentes entre los diversos grupos y clases-sociales en un momento determinado… en esta estructura descansa la autoridad del sistema”.

Para Fernández Enguita (1990), esta relación traspasa las puertas de los centros y de sus aulas:

El carácter social de la educación no se reduce a su inserción en la sociedad global, sino que alcanza también al interior de la institución y al proceso. El sistema educativo, los centros escolares y las aulas no son un simple escenario de procesos técnicos, sino espacios surcados por relaciones de poder, grupos con intereses diferenciados, relaciones sociales estables, normas de conducta, valores, etc.

El aula como realidad social se nos presenta, según A. Pérez Gómez (1992), como “compleja, incierta, cambiante,singular y cargada de opciones de valor”.

Debido a las características humanas del proceso de enseñanza, no podemos instrumentalizar la enseñanza a la ciencia sino la ciencia a la enseñanza. Es decir, lo que nos importa del conocimiento no es generar un producto directo para la ciencia, sino para la sociedad.
El problema de la Educación Física no debe ser el justificante científico-académico sino ser útil colaborando en la formación de una sociedad más humanizada donde están inmersos sus procesos de enseñanza aprendizaje.

La cultura del consumo emerge en contraposición a una verdadera cultura del ser humano.

En el contexto de las sociedades posindustriales – posmodernas, caracterizadas, parece ser, por el fin del empleo (Vattino, 1996), el ocio creciente del tercio de las poblaciones satisfechas con su estilo de vida (Galbraith, 1992), el fin de las ideologías y de la historia (Fukuyama, 1990), el inevitable deterioro del estado del bienestar y el advenimiento de un nuevo orden mundial cuyos efectos se transfieren a la vida cotidiana con una inmediatez sin precedente.
En este escenario en el que no hay tiempo para la reflexión, donde los valores son cada vez más efímeros y donde la cultura del consumo se sustenta bajo los auspicios de la abundancia, se proyecta una sociedad que diluye la frontera de lo real y lo imaginado, que disfraza lo auténtico, y que da por bueno el rechazo de todo lo que no se ajuste a un determinado morfotipo deseado.

Desde este prisma se está configurando una nueva escala de valores que está potenciando una nueva cultura física y una nueva forma de sentir y de actuar.

La inmediatez de la información, la superficialidad del mensaje y sus limitaciones temporales, inducen a un juicio que sólo presta atención y se remite a las primeras impresiones. La falta de puntos de referencia claros, nos orienta de manera equivocada hacia motivaciones, valores y comportamientos también equivocados.

En el contexto de la cultura de consumo, el poder de la representación y de la escena (Balandier, 1994) diluye y diversifica los puntos de emisión, multiplica la pluralidad y versatilidad de las imágenes-espejo, traslada la vigilancia al sujeto-espectador que se convierte así en observador y objeto observado, y generaliza el autoexamen de la apariencia.

Concebida la imagen personal, nuestro propio cuerpo, como un reflejo que condiciona nuestro éxito o nuestro fracaso, su cuidado y su adiestramiento emergen como algo necesario para rivalizar y competir con los demás. La propia imagen se construye a base de privaciones y esfuerzos, buscando un éxito rápido, que representa a un mundo fácil, acomodado y al alcance de todos. A muchos les toma desprevenidos y buscan la solución en cualificados profesionales del ocio institucionalizado, recreado en la vanguardia de lo más sano- lo más bello- y – lo más rápido.

Actualmente el cuerpo constituye un verdadero objeto de culto. Un objeto muy valorado que ocupa un lugar prioritario en el modo de sentir y de pensar de muchos de nosotros.

La aparición del sentimiento narcisista toma consistencia en nuestros días. Se identifica la figura, la apariencia externa, con el ser profundo, lo que constituye una falta de legitimidad de la persona.

Este individualismo narcisista se presenta en múltiples y variadas prácticas: desmesurado interés por la salud: chequeos, masajes, saunas, dieta, deporte, consumo de productos farmacéuticos, etc. Se trata de permanecer en la eterna juventud.

Se ha convertido la conciencia del cuerpo en una finalidad en sí. El propio cuerpo es en sí mismo sujeto y, como tal, se sitúa en la esfera de la redención, incluso de la revolución estética, dietética y sanitaria. El narcisismo cumple una función que da lugar a un conjunto de normas para el cuerpo. Un cuerpo que manifiesta un febril interés, que obedece a imperativos sociales como “la línea”, “la forma”, “el tipo”, “el look”, etc.

De este modo, el culto al cuerpo nos sitúa en un estatus social y nos identifica con un determinado grupo. Así, generalmente, los intereses particulares prevalecen sobre las consideraciones generales, hasta tal punto, que ese deseo obsesivo de mejora inmediata, se construye sobre el sacrificio de ayuda a los demás.

Igualmente, se sume como normal, bello y sobre todo bueno y útil, aquello que domina el momento presente, que impera en el instante, que pone de manifiesto un mimetismo generalizado que venera el momento actual. Que magnetiza las conciencias y promociona un estilo de vida y un culto por “lo joven”.

La desaparición de la antigua ley de imitación vertical, ha supuesto la vigencia de otra “ley horizontal”, que por imitación iguala a todo el mundo, uniforma el gusto y se opone a todo dogmatismo. La fascinación por el gusto aristocrático, por lo tradicional, ha quedado en desuso. Hoy en día, se pretende sobre todo “estar en la onda”, seducir, sorprender, romper moldes… tener éxito.

Paralelamente, la mitificación del bienestar se convierte en el ideal supremo y se potencian ideologías que potencian el hedonismo más acorde con los intereses del “producto” que se vende. La exigencia del éxito y de los buenos resultados hace que la imagen corporal externa posea cada vez una mayor preponderancia, el poseer y el disfrutar se imponen como valores…

No podemos olvidar que una de las características que definen nuestra sociedad es la omnipresencia en nuestras vidas de los medios de comunicación.

Estos medios están cambiando nuestra mentalidad y el modo de concebir el mundo. Dentro de estos medios, la publicidad se ha convertido en el quinto poder. A través de ella se intentan crear necesidades, imponer modas, e introducir nuevas pautas de conducta, etc. Como dicen San Agustín y otros(1991), “los signos y los discursos generados por la publicidad inundan las calle, los hogares, las instituciones, la cultura, la moda y hasta los pensamientos y aspiraciones, de tal modo, que podemos decir, sin temor a exagerar que la publicidad se ha convertido en la ideología dominante de la sociedad de consumo(…) Los mensajes publicitarios transmiten valores y modelos de comportamiento y, para ello, estudios psicológicos y sociológicos ofrecen a este medio el inventario de las pulsiones individuales básicas…El producto las procura y las satisface”.

Como dice Linaza (1996), “se consume deporte como se consume cualquier producto”. La industria dedicada a la producción de artículos relacionados con la práctica deportiva constituye un acontecimiento social que, si no totalmente nuevo, lo es al menos en cuanto a las dimensiones o proporciones alcanzadas. En algunos casos, si descendemos a la realidad cotidiana, podemos observar como el culto al cuerpo se ha traducido no en la asunción madura de la propia corporeidad, sino en la asimilación de una única forma convencional de belleza física (Ferrés, 1994).

Desde la perspectiva de la Educación Física, el consumo del cuerpo debe abordarse desde la óptica de la educación integral y desde una concepción más sensible de la vida.

Porque contribuir al desarrollo humano, desde esta visión educativa supone, transmitir los valores universales tradicionales y los nuevos valores.

El conjunto de estos valores debe ser la base de una educación alternativa más comprometida, más auténtica y más humanista del sentido del cuerpo en la sociedad actual.

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