Pensamiento Bíblico c Alianza con el Rey. Teocracia. El pueblo traicionado

6. LA ALIANZA DE DIOS CON EL REY; LA TEOCRACIA.
EL PUEBLO TRAICIONADO. 

1. La confederación democrática en peligro

1.1 Durante dos siglos las tribus fueron aprendiendo a vivir conforme al ideal que hemos trazado en los temas anteriores: como pueblo libre, con una ley de solidaridad, con una tenencia social de la tierra, y formando una especie de confederación de tribus unidas por pactos.Su sistema de gobierno era simple: un concejo de ancianos, asambleas anuales (generalmente coincidían con fiestas religiosas o peregrinaciones a los santuarios), renovación de la alianza, y la supervivencia todavía del sistema patriarcal que depositaba en el padre toda la autoridad familiar.Cuando había problemas con otros pueblos (tras el Jordán los amonitas; al sur, edomitas; cananeos en Palestina: filisteos en la costa), las tribus pactaban una alianza y elegían a un “Juez”, o sea, a un caudillo con dotes de mando y cualidades guerreras.

Es importante el sistema de elección: lo hacía el pueblo por aclamación, o previa presentación del concejo de ancianos. En todos los casos, esa elección era ratificada o precedida por algún profeta que se sentía inspirado por Dios.El libro de Jueces nos sirve de guía en esta parte de la historia.Como ejemplo, veamos la elección de Jefté. Su caso es interesante, pues la propuesta proviene directamente del pueblo. Jefté es un bandolero transjordánico de Gad o Galaad, “guerrero valeroso” , desheredado por sus hermanos por ser hijo adulterino de una prostituta. Cuando los amonitas atacan a Gad, entonces “los ancianos” representantes del pueblo le piden a Jefté que se ponga al frente de las tropas. Jefté les pregunta a qué se debe ese cambio de opinión, y sigue el relato:

“Ahora recurrimos a ti para que vengas con nosotros a combatir contra los amonitas. Tú serás nuestro jefe y el de todos los habitantes de Galaad.Jefté respondió: `Si me hacen volver para luchar contra los amonitas y si Yahvé me los entrega, entonces acepto ser el jefe de ustedes`.Los ancianos le respondieron: `Yahvé nos está escuchando`.Jefté entonces partió con los ancianos, y el pueblo lo proclamó su jefe y su comandante. Fue en el santuario de Mispá, delante de Yahvé” (Jue. 11, 1s).

O sea, un sistema mixto, de acuerdo al sentido de la alianza: el pueblo y el profeta. Podemos decir que, a su manera, había un sentido democrático, en cuanto el pueblo elegía a sus conductores (desde ya, sin elecciones periódicamente regulares) y se sentía representado por sus Jueces y ocasionales Libertadores.

Como contrapartida, si alguien se designaba a sí mismo, era automáticamente considerado un usurpador. Tal el caso de Abimelec (Jue 9). Este designarse a uno mismo, de espaldas a la voluntad del pueblo, es un dato bien conocido en nuestras tierras latinoamericanas, con la constante irrupción de gobiernos y dictaduras militares.

1.2 Hacia el 1050, la confederación de las tribus que nunca tuvo una estructura jurídica muy formal, comenzó a correr un grave riesgo: los filisteos, más fuertes y con el control total sobre las armas de hierro y los carros de guerra, comenzaron a atacarlos y los fueron venciendo. Fue entonces cuando surgió la idea de tener un rey estable por sobre todas las tribus. Fue elegido Saúl (1030-1010 a.C.) por aclamación popular y con la bendición del profeta Samuel. Hay dos historias sobre su elección: una, simpatizante con la monarquía; la otra, decididamente antimonárquica. Esto indica que en Israel la aceptación de la monarquía siempre fue objeto de polémica, pues era muy difícil compaginar su ideal de libertad con el sistema monárquico, inevitablemente absolutista.

Saúl tuvo un reinado muy irregular, no pudo organizar a la confederación  y terminó muerto en la batalla de Gelboé, que significó el momento más dramático para las tribus confederadas que eran todas, menos la sureña de Judá, dominada por David, por ese entonces un aliado de los filisteos.

2. David y Salomón: la monarquía absolutista.

2.1 Las circunstancias históricas fueron desastrosas para las tribus confederadas, ahora dispersas y sin un sucesor digno de Saúl. Finalmente las miradas fueron puestas en David, (1010-970 aC.) que esperaba tranquilamente en Hebrón que la corona le llegara sola, bien respaldado por un ejército de mercenarios. No bien fue reconocido como rey del norte (ya lo era de Judá), tomó por sorpresa la ciudad cananea de Jersualén y la hizo capital de ambos reinos unificados en su corona. Organizó al ejército profesional y a la administración, de acuerdo a los cánones de la monarquía egipcia y cananea, impuso el orden en todo el país y se lanzó a la conquista de los pueblos vecinos, liquidando a los filisteos, a ciudades todavía independientes de los cananeos originarios, y a los reinos de los amonitas, moabitas y edomitas. Finalmente conquistó Damasco, la capital de Aram.El pueblo lo apoyó, deslumbrado por el nuevo poder de Israel y por las riquezas que se iban acumulando.

2.2 La sucesión al trono por via hereditaria fue toda una novedad para las tribus, y estuvo empañada por crímenes entre sus hijos pretendientes, oriundos de sus varias mujeres.Finalmente se impuso Salomón, (970-932 aC) cuyo gobierno representó la instauración definitiva del sistema absolutista monárquico. Las tribus perdieron sus derechos y libertades, y no solo tuvieron que pagar impuestos a la monarquía (el 25 % de su producto familiar, mas otros impuestos adicionales ) sino que fueron sometidas a levas para trabajos forzados en construcciones del nuevo Estado.Las esporádicas sublevaciones fueron aplastadas en sangre hasta que, muerto Salomón, las tribus del norte se sublevaron y se desprendieron de la “casa de David”, que solo se quedó con las dos tribus sureñas, Judá y Benjamín.

En menos de 80 años se produjo un cambio que nunca nadie hubiera podido imaginar: era el retorno a la opresión del sistema egipcio y cananeo, pero por los propios compatriotas.Si Israel había vivido hasta ahora con un estilo casi patriarcal en un sincretismo progresivo, con sus clanes y vida familiar, y al amparo de sus costumbres, ritos y normas sagradas, a pesar del asentamiento en la tierra, desde David y Salomón todo ese mundo comenzó a desmoronarse y se entró casi abruptamente en nuevas estructuras que, en sus comienzos, no provocaron una aguda crisis.Sólo más tarde, la reflexión teológica tomaría conciencia del cambio introducido y de la ambigüedad de la nueva situación.

2.3 Conocemos ya casi todos estos cambios institucionales, algunos de los cuales necesitarán una pronta justificación teológica, pues aparecían como la invasión de la profanidad en el mundo sagrado del yavismo. Las guerras defensivas con un ejército ocasional son sustituidas por un ejército permanente, altamente profesionalizado, y por tropas mercenarias extranjeras.El yavismo primitivo y las concepciones patriarcales son contrastadas por elementos de culturas extranjeras y por una literatura casi profana que echa por tierra la credulidad ingenua.

El sistema federal de las tribus, con una gran autonomía y libertad tribal e individual, es sustituido por un anónimo y centralizado aparato burocrático y administrativo, sólo pensado desde las necesidades del rey y de la corte, según el modelo cananeo. Los límites tribales serán sustituidos por doce distritos tributarios… Todo un símbolo. El ascenso al trono, tanto de David como de Salomón, aparece como el resultado de simples fuerzas políticas y de intrigas de palacio, sin la más mínima participación de las tribus y de la unción profética, elementos tradicionales de Israel. El mismo templo de Jerusalén, ubicado en el recinto del rey, aparecía como un cuerpo extraño, casi como un apéndice de la vida real y cortesana.

Pero el peso de los acontecimientos pudo más que el de las tradiciones.Fue así como el pueblo de Israel, con esa increíble capacidad de adaptar su teología a las nuevas circunstancias para recrear constantemente el yavismo, elaboró nuevos conceptos teológicos que, si bien nunca formaron parte del credo esencial que ya estaba definido, tuvieron una importancia trascendental en los siglos futuros, incluso hasta nuestros días; a pesar de que la nueva teología y sus instituciones sufrirán dos colapsos decisorios: la destrucción de Jerusalén por los babilonios y el fin definitivo de la ciudad santa y de su culto por los romanos.

La nueva teología, obligada a justificar la monarquía davídica y un sacerdocio cada día más importante, pondrá entre paréntesis el éxodo y la alianza del Sinaí que casi pasarán al olvido, especialmente en Judá, sólo resucitados por los profetas del norte y por el libro del Deuteronomio.O sea, hay un pasaje del sistema tribal democrático a una mono-cracia (el rey) aliada estrechamente con la oligarquía sacerdotal (hierocracia).

3. Una teología a medida de la monarquía. La Teocracia

El gran cambio es el paso del poder del pueblo a los monarcas. Ahora Dios aparece haciendo alianza con el rey y abandonando al pueblo, que pasa a ser un simple súbdito, privado de sus derechos. Es la propuesta de la nueva teología elaborada por sacerdotes elegidos por David y Salomón. Y es la gran traición a la alianza del Dios liberador.Su estudio nos resulta fundamental, porque será “el modelo” que siglos después será implantado en Occidente, desde Constantino hasta el siglo pasado, modelo antidemocrático y fuertemente piramidal, de arriba hacia abajo (Dios, el Sumo Pontífice, el Emperador o el Rey, los obispos y la nobleza, el ejército, los sacerdotes y el aparato administrativo, finalmente los simple fieles y el pueblo en general.

3.1 La monarquía davídica de tipo cananeo, “como la de los otros pueblos”, adopta el modelo absolutista egipcio  para el ceremonial de la coronación y el reconocimiento del rey como hijo de Dios. El protocolo egipcio (llamado “testimonio” en la Biblia) era un documento muy importante que contenía el título oficial del rey, su filiación divina, el mandato de gobernar y la promesa de un reinado eterno. El documento, supuestamente escrito por la divinidad, le era entregado al rey en el momento de su coronación.

El nuevo esquema monárquico fue legitimado por el profeta cortesano Natán y por la teología posterior. El protocolo real significará desde entonces la alianza de Yahvé con el rey. Desde el momento en que asume el poder, se entiende que Dios le da el trono y que el rey gobierna al pueblo de Dios como pastor con justicia y sabiduría. Con frases estereotipadas, muy frecuentes en los salmos, se expresa esta peculiar teología política, con ideas de la cultura de la época.

3.2 La gran novedad de esta teología es la profecía de Natán que refleja lo esencial de esta nueva teología y en la que Dios le asegura a David un reino eterno, mientras lo disuade de construir un templo, pues siempre vivió en carpas:

“Así habla el Señor de los ejércitos: Yo te saqué del campo de pastoreo para que fueras pastor de mi pueblo. Estuve contigo donde quiera que fuiste y exterminé a todos tus enemigos. Yo haré que tu nombre sea tan grande como el de los más grandes de la tierra. Fijaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que tenga allí su morada. Ya no será perturbado ni los malhechores lo oprimirán como antes, desde el día en que establecí Jueces sobre mi pueblo. Yo te he dado paz, liberándote de tus enemigos. Y el Señor te ha anunciado que él mismo te hará una casa.Sí, cuando hayas llegado al término de tus días, yo elevaré a uno de tus descendientes y afianzaré su realeza.
El me edificará una casa y yo afianzaré para siempre su trono real. Seré un padre para él y él será mi hijo. Si comete una falta, lo corregiré con varas y golpes, como lo hacen los hombres.Pero mi fidelidad no se retirará de él, como se la retiré a Saúl.Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí y tu trono será estable para siempre” (2Sam. 7,8-16).

Todas estas ideas están muy bien expresadas en el salmo 89,20-38: “Encontré a mi servidor David y lo ungí con óleo sagrado para que mi mano esté siempre con él… Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán… El me dirá: Tú eres mi padre y salvador. Yo lo constituí mi primogénito, le aseguré mi amor eterno y una alianza estable. Le daré una descendencia eterna y un trono duradero como el cielo… No quebrantaré mi alianza ni cambiaré lo que salió de mis labios. Lo juré una vez por mi santidad: su descendencia permanecerá para siempre y su trono será firme en las alturas…”

3.3 En estos textos, con elementos de la época y muchos agregados posteriores, se trazan los principios de la teología política de la realeza, puestos naturalmente en boca de Dios. Podemos observar varios elementos:
– Se presenta una “continuidad” entre el período de los Jueces con la monarquía, entre el éxodo y los Jueces (sobre todo en el texto en que Dios se niega a tener un templo construido por David). Esto era esencial ante la resistencia de muchos a aceptar esta innovación pagana.Dios aparece dirigiendo silenciosamente los pasos de David, desde cuando era pastor en Belén, hasta la culminación en el trono, acompañándolo en sus luchas contra los enemigos.

En el cristianismo, la teocracia será presentada, no solo como continuación de la obra de Jesús, sino como inspiración suya.Pero es evidente que hay una gran ruptura entre un proyecto y otro; una verdadera oposición y rechazo a los derechos de la comunidad, tanto en la historia bíblica como en el occidente cristiano.

– Se legitima el método de sucesión hereditaria, típica de la monarquía de Judá, frente a la forma tradicional por elección profética y aclamación popular, sistema que el reino del norte nunca perderá. O sea, monarquía hereditaria versus elección democrática.

– El rey aparece como el ungido-hijo adoptivo de Dios, quien es su padre, y como tal lo protege y corrige. Por tanto, el poder baja de Dios directamente al rey, sin mediación del pueblo que queda como simple “súbdito” ( o sea, sometido). En cuanto hijo de Dios, su palabra se identifica con la de Dios, en una peligrosa asimilación de la que tanto se abusará. O sea, una mono-teocracia (todo el poder en una sola persona que se considera delegada de Dios).

– Finalmente, se promete un reinado davídico eterno y una estabilidad ininterrumpida a lo largo de los siglos.Esta estabilidad está garantizada por el pacto, alianza o compromiso que Yahvé hace, no con el pueblo, sino con el rey en persona. Decididamente, el pacto democrático del Sinaí (Dios y el pueblo) ha sido traicionado y sustituído por un pacto monárquico absolutista que excluye toda intervención popular. Este principio teocrático-monárquico será heredado por la teocracia-sacerdotal o jerárquica, tras la caída definitiva de Jerusalén en manos extranjeras y la pérdida de independencia del pueblo judío.

Hablamos de teocracia, o sea, gobierno de Dios. Pero es evidente que mejor tendríamos que decir: gobierno de personas que dicen mandar en nombre de Dios. Lo cierto es que se identifican con Dios y dicen gobernar en su nombre, con su palabra y sus consejos. En una primera etapa, esta teocracia será ejercida por el rey; en la segunda, por los sacerdotes.

3.4  Estas ideas crearán la conciencia de la invencibilidad del reino, de la eternidad de Jerusalén y de su templo, y de cierta necesidad que tiene de Dios de garantizar el trono judaico, tras la separación del norte.La antigua alianza del desierto que tiene la contraparte del compromiso del pueblo a cumplir la ley, es ignorada en estos textos y desconocida incluso por el profeta Isaías, hacia el 700, pues quedará como tradición exclusiva del norte.

Para Judá, la alianza davídica es casi un compromiso unilateral de Dios, lo que llevará al pueblo a una confianza ciega y cerrada, contra la cual el profeta Jeremías se levantará cuando Jerusalén esté a punto de caer. Pero esa actitud le costará al profeta ser denunciado como traidor nacional. Tenemos aquí un caso interesante de cómo los hechos políticos consumados necesitaron una justificación teológica posterior, que fue presentada en los escritos en forma de profecía.El resultado no pudo ser más trágico, tanto para la política de Israel como para su fe, relacionada ahora, no con el concepto de un pueblo libre, sino con el poder omnímodo monárquico-sacerdotal.

La profecía de Natán, un profeta cortesano al servicio de David, y reafirmada por siglos aún en el nuevo testamento, creó una falsa esperanza antes de la destrucción de Jerusalén, y una falsa expectativa mesiánica tras el exilio, cuando se reconstruye la ciudad y el templo, pero no aparece rey davídico que ocupe el trono.El mismo cristianismo se verá obligado a justificar el origen davídico de Jesús para presentarlo como el mesías verdadero.

3.5 Cuesta no ver en esta teología una manipulación de Dios y de sus palabras al servicio de simples intereses de poder, creándose un falso concepto de fe, sólo denunciado por algunos profetas, pero creado y ratificado por el sacerdocio, implicado en esa teología por el culto nacional, desde la época de Salomón.Los “vencedores” escriben la nueva teología adaptada a sus propios intereses, pero de espaldas a los intereses comunes de todo el pueblo.

Y también escriben la historia, manipulando los hechos históricos, especialmente en perjuicio de las tribus del norte, herederas de la tradición del Dios liberador, con la idealización de David y Salomón, especialmente por los relatos de Crónicas I y II, pero ya con los autores deuteronomistas que escriben la historia de Josué, los Jueces y  de los Reyes. Al fin y al cabo, es la historia oficial escrita por los supervivientes y los vencedores, una historia unilateral que sólo vigila por los intereses de Jerusalén, su trono y su templo.

4. Algunos intentos críticos

La crítica a esta ideología teológico-política (típica también de la derecha cristiana nacionalista) no sólo la podemos hacer hoy con mejor perspectiva histórica. En realidad fue hecha por grupos minoritarios desde sus inicios y especialmente en los siglos siguientes. Señalemos algunas situaciones:

4.1 El inicio mismo de la monarquía  revela la presencia de dos líneas, una de ellas crítica hacia la monarquía que, lejos de ser idealizada, es satirizada como una forma de opresión. El relator antimonárquico pone en boca de Samuel este famoso texto que pinta al absolutismo en forma descarnada:

“Este será el derecho del rey que reinará sobre ustedes.El tomará a sus hijos, los destinará a sus carros de guerra y a su caballería, y ellos comerán delante de su carro. Los empleará como jefes de a mil y de cincuenta hombres, y les hará cultivar sus campos, recoger sus cosechas, y fabricar armas de guerra y arneses de sus carros. Tomará a las hijas de ustedes como perfumistas, cocineras y panaderas. Les quitará sus mejores campos, viñedos y olivares, para dárselos a sus servidores. Exigirá el diezmo de los sembrados y de las viñas, para entregarlo a sus eunucos y a sus servidores Les quitará sus mejores esclavos, sus bueyes y sus asnos, para emplearlos en sus propios trabajos. Exigirá el diezmo de sus rebaños, y ustedes mismos serán sus esclavos. Entonces, ustedes clamarán a causa del rey que han elegido; pero ese día Yahvé no les responderá” (1Sam. 8,10-18).

Pocas veces se escribió una página más clara sobre una monarquía absolutista, que arrasa con todas las libertades en beneficio de una persona y sus satélites. El relator nos describe la real situación que se irá planteando, especialmente desde Salomón, quien impuso este fuero real. Las tribus pierden sus derechos y de a poco Israel se transforma en un feudo, a manos del rey y de la clase dominante. Siguen las levas militares o para trabajos forzados en fincas reales, la confiscación de tierras, el pago de los gastos de la corte y hasta el sometimiento de las mujeres para trabajar para los vagos de la corte. El final es la esclavitud.Increíblemente este estilo monárquico absolutista perdurará hasta fines del siglo XVIII con el advenimiento de la Revolución Francesa y de las libertades individuales, seguidos por los derechos humanos.

4.2 Esta desconfianza hacia la casi inevitable corrupción de la monarquía, ya la expresa la fábula de Jotam contra las pretensiones de Abimelec de ser rey, en época de los Jueces. Se la considera el texto más antimonárquico de toda la historia antigua:

“Los árboles se pusieron en camino para ungir a un rey que los gobernara  Entonces dijeron al olivo: `Sé nuestro rey`.Pero el olivo respondió: `¿Voy a renunciar a mi aceite para ir a mecerme por encima de los árboles?` Los árboles le dijeron a la higuera: `Reina sobre nosotros`. Ella respondió: `¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto para ir a mecerme sobre ustedes?` Dijeron a la vid: `Ven tú a reinar sobre nosotros`.Ella respondió: `¿Voy a renunciar a mi mosto para ir a mecerme sobre ustedes? Entonces todos los árboles le dijeron a la zarza: `Reina sobre nosotros`. Pero la zarza respondió: `Si de veras quieren ungirme, vengan a cobijarse bajo mi sombra; de lo contrario, saldrá fuego de la zarza y consumirá los cedros del Líbano” (Jue. 9,8-15).

A buen entendedor, pocas palabras. Sólo el espino, el más inútil y dañino de los árboles, puede tener la pretensión de la corona. El resultado, será una sombra que no sabe dar y castigos al por mayor, incluso a los “cedros del Líbano”, o sea, a gente de mucho valer. En cambio, la gente que realmente da buenos frutos a la comunidad, evita el orgullo de lucir una corona y la ambición del poder.

4.3 Pero la crítica más firme contra esta teología acomodaticia vendrá del profetismo, tres siglos después de David: con la afirmación de la alianza sinaítica y de la confianza en Dios acompañada de amor, justicia social y cumplimiento de los mandamientos; y una fuerte desconfianza en el orgullo político de los reyes y de sus ejércitos. Esto sobre todo en el norte, y en el sur con Jeremías. Aun así habrá profetas que se mantendrán adheridos a esta teología, procurando corregir sus abusos, como Isaías, el gran profeta cortesano de Jerusalén.

4.4  Los salmos reales, creados especialmente para la coronación de los reyes y después aplicados al mesías-rey, manifiestan todos los elementos del sentido de la realeza, en general desde un punto de vista bastante positivo, pues se insiste en su rol protector del derecho y de la justicia, especialmente hacia los débiles, ya que los reyes gobiernan en nombre de Yahvé.Son salmos que idealizan la función y la persona del rey, de allí que se los refiera después al futuro rey mesiánico, pues representan el ideal de un buen monarca desde la perspectiva del judaísmo bíblico.Ver los salmos 2, 20, 45, 72, 101 y 110.

Veamos algunos ejemplos, destacando los textos principales:
“Concede, Señor, tu justicia y tu rectitud al rey, para que gobierne al pueblo con justicia y a los pobres con el derecho. Que las montañas traigan la paz… y que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos de los pobres y aplaste al opresor… Que dure tanto como el sol y la luna…Que en sus días florezca la justicia y abunde la paz… Que domine de un mar hasta el otro… Que sus enemigos muerdan el polvo… Que los reyes de Arabia le traigan regalos y que todos los reyes le rindan homenaje… Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está desamparado. Tendrá compasión del débil y del pobre, y salvará la vida de los necesitados. Los rescatará de la opresión y de la violencia, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos. Por eso, que viva largamente…” (Sal. 72)

Observamos la insistencia en la “justicia”, o sea, en la relación armoniosa del gobernante con la gente, especialmente con los pobres e indefensos. Justicia y paz (conceptos en su sentido social y político) son los objetivos fundamentales del gobernante. El término “justicia” es mucho más amplio que nuestro concepto jurídico, pues indica un gobierno que expresa la protección de Dios hacia los necesitados e indefensos, logrando la armonía social.

El lector puede observar la insistencia en estos conceptos, muy en consonancia con la teología del “Dios liberador” que ahora debe expresarse en el ejercicio del poder real. La justicia de Dios, y del rey, siempre debe ser una acción liberadora; un concepto ciertamente revolucionario si se lo aplicara. Libertad no sólo negativa (de potencias que dominan y oprimen) sino también positiva: libertad y oportunidad para vivir dignamente y ejercer los derechos de la persona.Se trata de un tema crítico en nuestras democracias neoliberales, que, postulando la plena libertad de mercado, dejan excluidas  a inmensas capas de la población, a las que se fragmenta y divide para que permanezcan indefensas.El salmo 101 contiene otros detalles interesantes:

“Yo procedo con rectitud de corazón en los asuntos de mi reino y nunca pongo los ojos en cosas infames. Detesto la conducta de los descarriados y no los cuento entre mis amigos. Aparto a los falsos y nunca apruebo a los malvados. Hago desaparecer al que difama a su prójimo, y no soporto al de mirada altiva y de corazón soberbio.Pongo mis ojos en las personas leales para que estén cerca de mí; el que va por el camino perfecto es mi servidor. No convivo con la gente traicionera ni soporto a los mentirosos.Elimino a los malvados del país y a todos los que hacen el mal”.Un salmo que podría ser leído en la asunción de mando de nuestros gobernantes.

4.5  El Deuteronomio, escrito  en la época final reino del Norte con aportes de los profetas, y aleccionado por los abusos de los reyes, redacta lo que podemos llamar una “constitución monárquica”, demasiado tardía como para ser aplicada, pero con criterios antiabsolutistas dignos de mención:

“Cuando entres en el país que el Señor tu Dios te dará, cuando lo tomes en posesión y vivas en él, si alguna vez dices: `Voy a poner un rey para que me gobierne, como todas las naciones que están a mi alrededor`, pondrás un rey elegido por el Señor, que pertenezca a tu mismo pueblo.
No podrás someterte a la autoridad de un extranjero, de alguien que no pertenezca a tu pueblo. El rey no deberá tener muchos caballos ni hacer que el pueblo regrese a Egipto con el pretexto de aumentar su caballería; porque el Señor ha dicho: `No regreses nunca más por ese camino`. Tampoco tendrá mucha mujeres, para que su corazón no se desvíe, ni acumulará oro y plata en cantidad excesiva.
Cuando tome posesión del trono real, hará escribir en un libro para su uso personal, una copia de esta Ley, conforme al texto que conservan los sacerdotes levitas. La tendrá a su lado y la leerá todos los días de su vida, para que aprenda a temer al Señor, observando todas las palabras de esta Ley y poniendo en práctica este precepto. De esta manera, no se sentirá superior a sus hermanos, y no se apartará de estos mandamientos, ni a la derecha ni a la izquierda. Así prolongarán los días de su reinado, él y sus hijos, en medio de Israel” (Deut. 17,14-20).

El lector descubre la fuerte crítica a Salomón por sus fastuosas riquezas, sus numerosas mujeres paganas y su comercio constante con Egipto para recabar caballos, con el resultado de una nueva esclavitud del pueblo “que regresa a Egipto” por estos caminos. También se critica la influencia extranjera típica del reino del norte. Se busca un rey según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, es evidente la intención del autor de restarle al rey poderes absolutos para transformarlo en un “hermano” que no se siente superior, tal como lo recordará Jesús siglos después; atento a cumplir la Torá, o sea, la Palabra de Dios, meditarla y hacerla práctica como ejemplo para todo el pueblo, asesorado por los sacerdotes, y teniendo una copia personal de la misma. Porque, en definitiva, es Dios mismo quien lo elige como su lugarteniente.

El mismo Deuteronomio le resta poderes judiciales al rey y da independencia al poder judicial cuando afirma:
“En cada una de las ciudades… pondrás jueces y escribas para que dicten sentencias justas. No tergiversarás el derecho, no harás acepción de personas ni te dejarás sobornar. Porque el soborno ciega los ojos de los sabios y pervierte las palabras de los justos. Tu deber es buscar la justicia, sólo la justicia, para que tengas vida y poseas la tierra que el Señor te da” (Deut. 16,18-20).

Aunque estos textos llegaron demasiado tarde para los dos reinos (sólo Josías -640-609- intentará aplicarlos, pocos años antes de la destrucción de Jerusalén) nos quedan como un ideal de gobernante y de gobierno que aún hoy tiene vigencia.

El texto toca otro de los típicos elementos de la corrupción política: la digitación del poder judicial al servicio de los grupos de poder. Algo que no es nuevo (se alude a siete u ocho siglos antes de Cristo)  pero que hoy vivimos en toda su cruda realidad en nuestro país y en muchos otros.

7. EL SACERDOCIO Y EL EJERCITO, LOS ALIADOS DEL PODER

Para llevar adelante su proyecto, la monarquía absolutista necesitó ( y necesita) tener varios aliados. Destacamos dos: el sacerdocio y el ejército.

1. La religión al servicio de los intereses del poder político

David y Salomón crean un nuevo sacerdocio (imitación del sacerdocio cananeo) al que mantienen, pues es un sacerdocio al servicio del rey, a cambio de su influencia sobre el pueblo para sostener el nuevo orden. Esto implicó transformar el nuevo yavismo en una religión oficial con un templo nacional, oponiéndose a los cultos regionales de las tribus que serán combatidos más tarde hasta su total extinción.

1.1 Como Jerusalén no tenía santuario tradicional alguno (siempre había sido una ciudad cananea), David tuvo la visión política de traer desde el santuario de Silo el Arca de la Alianza, un objeto sagrado de gran valor especialmente para las tribus del norte. Construye una tienda y la deposita en ella. De esta manera transforma a Jerusalén en capital religiosa y no sólo política. Su idea era construir el templo nacional, obra que hará su hijo Salomón.

Copiando el modelo cananeo, nombra dos Jefes sacerdotales: a Abiatar, de la familia sacerdotal del santuario de Silo; y a Sadoc, probablemente un sacerdote jebuseo de la Jerusalén cananea. Con ellos colaboran los sacerdotes, entre ellos los hijos de David, en un culto que comienza a organizarse.David se transforma así en un vínculo de unión entre el norte y el sur, y entre israelitas y cananeos, y organiza un culto de tipo nacional y oficial, que no excluye por ahora los cultos locales de los santuarios tribales. Con gran habilidad estableció una íntima unión entre el Estado y un clero propio que siempre le sería fiel y que, por supuesto, era mantenido por él, evitando así todo tipo de roces.

Con David va tomando cuerpo la estrecha alianza entre poder político y sacerdocio, siendo los sacerdotes los guardianes del orden nacional. El rey, por su parte, es el defensor del culto nacional y el protector del sacerdocio.El profeta Natán es incorporado a esta estructura nacional-yavista, a la que legitima para siempre con su famosa profecía de un reino davídico imperecedero por voluntad de Yavé. Con David y Salomón se inició una ideología imperial que tratará de justificar el nuevo orden, haciéndolo aparecer como continuidad de las tradiciones anteriores.De allí surgió la necesidad de historiar este proceso para hacerlo aparecer como una evolución natural del orden anterior. Los sabios y escritores de la corte dieron forma a esta concepción que legitimará a Jerusalén como única capital, y a la dinastía davídica como la única y legítima.

1.2 La otra novedad importante fue la construcción del templo nacional, base de la religión nacional. Este templo, a partir del cisma entre el reino del norte y del sur, tendrá pretensiones de ser el único verdadero del yavismo, y será impuesto como único templo del judaísmo desde el rey Josías en adelante (s. VII), desaparecido el reino norteño de Samaría o Israel. El templo, más que un lugar comunitario de oración, era el santuario del rey y del Estado. Fue construido en terrenos adquiridos por el rey, quien lo cuidaba, reparaba, etc. Los sacerdotes eran funcionarios del rey al servicio del templo.

La existencia y construcción del templo son justificadas teológicamente con ciertos relatos de apariciones divinas o sueños de Salomón, en los que Dios mismo sugiere su construcción en un lugar determinado para residir en él, sobre la santa montaña de Sión, donde se ha de manifestar su “gloria”, o sea su presencia salvadora, para siempre. Esta teología del templo es un calco complementario de la teología del rey. Son los dos fundamentos de la nueva teocracia.La construcción del templo ocupa los extensos capítulos 6-9 del primer libro de los Reyes. Terminada la construcción.

Dios le dice a Salomón:”En atención a esta Casa que me estás construyendo, si cumples mis leyes y mandamientos… yo cumpliré mi  palabra acerca de ti, la que dije a David tu padre: Habitaré en medio de los israelitas y no abandonaré a mi pueblo Israel ” (1Re. 6,11-13).
En el día de la dedicación del templo, después que ingresa el arca:”Mientras los sacerdotes salían del Santo de los Santos, la nube llenó la casa del Señor, de manera que los sacerdotes no pudieron continuar sus servicios, porque la Gloria del Señor llenaba la Casa.Entonces Salomón dijo: `El Señor ha decidido habitar en la nube oscura. Sí, yo te he construido la casa de tu señorío, un lugar donde habitarás para siempre” (1Re 8,10-13).
La Gloria indica la presencia especial de Yahvé, al igual que la nube.

1.3  Lentamente va surgiendo la tradición del monte Sión (y de la ideología sionista), como montaña sagrada y morada de Dios, sobre la que estaba edificada Jerusalén. Son tradiciones tardías recogidas especialmente en los salmos y algunos profetas post exílicos. En realidad, toda la ciudad de Jerusalén va siendo identificada como “ciudad de Dios” o ciudad santa, integrándose un conjunto compacto: casa real, templo, Sión y ciudad.El simbolismo de Jerusalén y de Sión perdurará hasta los últimos libros del nuevo testamento, y será idealizada al punto de considerársela en los libros apocalípticos como una ciudad que está en el cielo, y que en los últimos tiempos descendería a la tierra como centro del reinado de Yahvé.

2. El ejército profesional y la guerra santa. El Dios guerrero

Más compleja y delicada es la teología que fundamenta la conquista de una tierra que pertenecía desde siglos a los cananeos y a otros pueblos. En la alianza con el pueblo, Dios le había prometido una tierra propia que fue, en líneas generales, ocupada pacíficamente aprovechándose tierras deshabitadas. David amplía esa tierra conquistando a otros pueblos, anexando sus tierras a la corona y esclavizando a sus habitantes. Para eso y para mantener el orden interno, organizó el ejército profesional, sin descuidar su batallón de mercenarios extranjeros.Esto necesitó una justificación teológica que después fue retro-proyectada a la historia anterior, desde el éxodo en adelante. Dios aparece como un sangriento guerrero que liquida a sus enemigos sin contemplación alguna. Es “el Señor de los Ejércitos”, nombre no solo antiguo sino muy del gusto de la última dictadura que asoló nuestro país..

2.1 Esta teología guerrera es preparada desde el Génesis cuando “Cam, el padre de Canaán”, por detenerse a mirar a su padre Noé desnudo, recibe una maldición que no tiene otro objetivo que justificar el dominio de Israel sobre él:”Maldito sea Canaán: será para sus hermanos el último de sus esclavos… y bendito sea el Dios de Sem, y que Canaán sea su esclavo…” (Gén. 9,24-27).

La teología de la conquista surge después de los acontecimientos ya consumados, cuando los escritores judíos tuvieron que dar sentido a toda su historia. Enemigos de toda conquista y dominación extranjera, tenían que justificar su propia conducta cuando fueron conquistadores y dominadores de los cananeos y de otros pueblos.Estos textos fueron utilizados por los blancos, sea para esclavizar a los negros africanos, sea para justificar el “apartheid”.

La opresión de los otros siempre comienza por una descalificación, y si está motivada en principios religiosos, mejor.

2.2  La “conquista de Canaán” por las tribus llegadas del desierto, considerada completa desde un principio, es vista como un corolario de la guerra santa (ver salmos 68 y 136). Tal conquista y exterminio de los cananeos (que históricamente no fue tal como lo presenta el libro de Josué) son presentados como el cumplimiento de la “ley del exterminio” o “herem”, característico de estas guerras santas propias de los pueblos antiguos.En realidad, se argumenta teológicamente, quien lucha y conquista es Dios:

“Cuando el Señor tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones más poderosas que tú: a los hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, prizita, jivitas y jebuseos. El Señor tu Dios los pondrá en tus manos y tú los derrotarás. Entonces los consagrarás al exterminio total; no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión… Por eso, trátenlos de este modo: derriben sus altares, destruyan sus piedras conmemorativas, talen sus postes sagrados y prendan fuego a sus ídolos” (Deut. 7,1-5).La destrucción abarca, tanto a las personas, como a su cultura, descalificada como inferior o demoníaca.

2.3 Es muy interesante observar que cuando Moisés cruza el mar, el autor pone en sus labios un canto que exalta el triunfo sobre los egipcios (Ex 15), pero también hace aparecer a Dios como el guerrero que ya está conquistando a los pueblos que después conquistará David:

“Cantaré a Yahvé que se ha cubierto de gloria…Yahvé es un guerrero, su nombre es El Señor. El arrojó al mar los carros del faraón y su ejército…¿Quién es como tú entre los dioses, terribles por tus hazañas?… Que tiemblen las naciones al oír la noticia: ya los filisteos se estremecen y cunde el pánico entre los edomitas; un temblor sacude a los moabitas y los cananeos desfallecen…”Es clara la alusión a los pueblos conquistados por David y la tendencia hostil hacia “las naciones” (goyim), o sea, hacia los pueblos no judíos.

2.4 Esta mentalidad se va trasladando a todos los héroes del Exodo, y se tergiversa la historia como si todo hubiese sido una gran conquista guerrera, cuando en realidad fue una ocupación pacífica, prácticamente casi sin batalla alguna.
Así, por ejemplo, Josué se hace cargo del ejército, muerto Moisés, y recibe esta instrucción de Yahvé para iniciar la conquista del Canaán propiamente dicho:”Levántate y cruza el Jordán con todo el pueblo, para ir hacia la tierra que yo daré a los israelitas. Yo les entrego todos los lugares donde pongan la planta de los pies… Mientras vivas, nadie podrá resistirte porque yo estaré contigo, como estuve con Moisés; no te dejaré ni abandonaré. Sé valiente y firme porque vas a poner a este pueblo en posesión de la tierra que yo les daré, como se lo prometí a sus padres… No temas, yo estaré contigo donde quiera que vayas” (Jos. 1,1s).”Entonces el pueblo acometió contra la ciudad y contra cada uno que tenía delante, y la tomaron. Luego consagraron al exterminio todo lo que había en ella, pasando al filo de la espada a hombres, mujeres, niños y ancianos, vacas, ovejas y asnos” (Jos. 6,20-21). 2.5

El herem o exterminio, tal como lo muestran los textos, puede ser total o parcial: en el primer caso, se extermina a todos, incluso niños, comprendido también al ganado y las mieses. Este acto se considera un holocausto ritual que se ofrece totalmente a Dios. Ese es su sentido. En el parcial, el ganado queda como alimento del pueblo, entregando a Dios solamente las grasas que se queman sobre el altar. Se trata, pues, de una guerra de conquista que tiene un carácter sagrado como lo dice la frase; “conságralos al exterminio”. O sea, Dios diría: dedíquenme este sacrificio y esta ofrenda.En el período anterior, estas guerras santas tenían siempre un carácter defensivo. Ahora se vuelve ofensiva y de conquista.

2.6 Para subrayar esta acción divina directa, justificación fundamental de la conquista y de sus abusos correlativos, los textos aluden a ciertos milagros que refuerzan esta idea.El mejor ejemplo lo tenemos en la famosa batalla de Gabaón, donde una alianza de varias ciudades cananeas enfrenta a Josué:

“Pero el Señor dijo a Josué: `No les temas, porque yo los he puesto en tus manos y ninguno podrá resistir`… Josué cayó sobre ellos por sorpresa y Yahvé hizo que huyeran despavoridos delante de Israel, de forma tal que éste le infligió una gran derrota. Después los persiguieron y continuaron exterminándolos.Mientras huían, el Señor arrojó sobre ellos desde el cielo unas piedras tan grandes que los mataban… Y mientras el Señor ponía a los amorreos en manos de los israelitas, Josué se dirigió al Señor y exclamó: `Detente el sol y detente luna`… Y el sol y la luna se detuvieron hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos… Jamás hubo otro día, ni antes ni después, en que el Señor obedeciera a la voz de un hombre. Realmente, el Señor combatía en favor de Israel…” (Jos. 10,7s).

Con cierta ironía podemos decir que el relator dice una gran verdad: jamás Dios obedeció tanto al hombre como en estas guerras. Sólo nos queda preguntarnos si es el Dios de verdad, o el dios fantaseado y manipulado por los conquistadores. Las otras ciudades que, según el texto, son tomadas por Josué, caen por la acción divina, conforme a una redacción casi estereotipada: “El Señor puso a la ciudad y al rey en manos de Israel que los consagró al exterminio y no dejó a nadie con vida” (Ver el resto del capítulo 10 y el 11 de Josué).

2.7 Que estas guerras eran un acto religioso cultual, lo pone bien de relieve el capítulo 20 del Deuteronomio, todo él dedicado a este triste tema. Recojamos sus ideas principales que reglamentan la guerra santa:”Cuando salgas a combatir contra tus enemigos y veas caballos, carros de guerra y un ejército más numeroso que tú, no les tengas miedo: el Señor tu Dios, el mismo que te hizo salir de Egipto, está contigo.Y cuando ya estén prontos para el combate, se adelantará el sacerdote y arengará a la tropa diciendo: ‘Tengan valor, no teman ni tiemblen, porque el Señor su Dios los acompaña. El combatirá a favor de ustedes para darles la victoria contra sus enemigos”.

Después los escribas (un anacronismo del relator, que revela que se trata de una interpretación posterior),  retiraban de la tropa a quienes tenían que estrenar su casa o pasar la luna de miel. También se invitaba a retirarse a los que tenían miedo.Luego se describen los pasos de la guerra: primero se pedía la sumisión voluntaria de la población. En tal caso, se cobraban los tributos correspondientes. En caso contrario, se aplicaba la ley de la guerra:

“Cuando el Señor Dios ponga la ciudad en tus manos, pasarás a filo de espada a todos los varones. En cuanto a las mujeres, los niños, el ganado y cualquier otra cosa que haya en la ciudad, podrás retenerlos como botín y disfrutar de los despojos de los enemigos que el Señor, tu Dios, te entrega.Este será el trato que darás a los pueblos que estén alejados de ti y que no sean de las naciones vecinas. Pero en las ciudades de esos pueblos que Dios te da como herencia, no deberás dejar ningún sobreviviente. Consagrarás al exterminio total a los cananeos, amorreos…, como te lo ordena el Señor tu Dios, para que ellos no les enseñen a imitar todas las abominaciones que cometen en honor de sus dioses. Así ustedes no pecarán contra el Señor…”

Sintetizando:
– El país de Canaán tiene un trato especial, pues debe aplicarse la ley del exterminio total, incluidos los niños, mujeres y ganado.- Para la conquista de países alejados, puede aplicarse el exterminio parcial. Las mujeres y niños quedan como esclavos.
– Todo enemigo de Israel es enemigo de Dios, y debe ser tratado como tal.
– Quien combate y decide la guerra es Dios. El pueblo tiene la santa obligación de seguirlo.
– El exterminio se justifica porque las costumbres y religión de esos pueblos son abominables y podrían apartar a Israel del buen camino.

8. LA HERENCIA DEL PUEBLO: OBEDIENCIA, CULPA Y CASTIGO

1 La nueva mentalidad monárquica-sacerdotal de la religión y de la política trajo innumerables consecuencias para el pueblo. A modo de conclusión, señalamos su total dependencia del nuevo orden, el despojo de su libertad política y de su libertad interior. Ahora son solamente súbditos del sistema y les corresponde una sola cosa: obedecer. Si no lo hacen, son culpables y merecen castigo.

Esto supuso un nuevo concepto de Dios, quien ya no es el Padre que libera a los que sufren, sino el rey tiránico que impone una ley que debe cumplirse a rajatablas. Un Dios hecho a imagen y semejanza de los reyes absolutistas que se proclamaban sus hijos y defensores. Por eso, toda la historia de Israel, con honrosas excepciones, será escrita desde esta mentalidad en la que, en definitiva, el pueblo siempre tiene la culpa de todo: si gana una batalla, es mérito de Dios y del rey; si se la pierde, es por culpa de los pecados de quienes no fueron fieles a la ley, ya no la ley liberadora, sino la ley opresora implantada desde la instauración de la monarquía imperialista de Jerusalén, única heredera de Israel tras la aniquilación y dispersión de las tribus que componían el reino del Norte.

2 Todo lo acontecido desde la época de los Jueces hasta la destrucción de Jerusalén, está narrado por uno o varios autores que tienen una misma mentalidad e ideología: ver si reyes y pueblo fueron fieles a la alianza de David y al nuevo orden de un templo y de una religión nacional (todo un absurdo histórico, pues la religión nacional es exclusiva del reino de Judá y sólo a partir de Salomón y sucesores).Por tanto, más que una obra histórica, es una amplia confesión de fe de los pecados de los reyes y del pueblo, cuyo resultado no podía ser otro que el castigo. Así, tras la caída de Samaría en poder de los asirios, se dice textualmente:

“Todo esto sucedió porque los israelitas pecaron contra Yahvé, el que los había sacado de Egipto, y habían adorado a otros dioses. Ellos imitaron las costumbres de las naciones que el Señor había desposeído… El Señor se enojó tanto contra Israel, que lo arrojó lejos de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá. Pero tampoco Judá observó los mandamientos del Señor…” (2Re. 17, 7s.).

Todo el reino del norte, Israel, queda condenado desde un comienzo porque “Jeroboam alejó a Israel del Señor y le hizo cometer un gran pecado” (2Re. 17, 21-23), reafirmando así, desde la tragedia ya conocida, el modo de pensar semita de que la vida del pueblo depende de los actos del rey, y que de que toda una historia de varios siglos depende de su primer rey. Pero, ¿cuál fue el pecado de Jeroboam? Pues haberse independizado de Jerusalén y de su templo, construyendo dos templos para el reino de Norte libre.También aquí se olvida el relator  de que la alianza de David no comprometía al pueblo, como la del Sinaí, pues era una promesa de reino eterno para la “casa de David”, no de cumplimiento de la ley sinaítica que sólo impondría Josías.

Ahora bien, ¿cómo explicar el castigo infringido al reino de Judá, mucho más fiel que el de Israel, especialmente después de la gran reforma de Josías y del restablecimiento de la alianza sinaítica? El relator, después de afirmar que no hubo otro rey igual a Josías, dice:
“Sin embargo, el Señor no aplacó el ardor de su ira que se había encendido contra Judá, a causa de la gran indignación que le había provocado Manasés. Por eso el Señor dijo: También apartaré de mi presencia a Judá y rechazaré a esta ciudad, como rechacé a Israel” (2Re. 23,26-27).

Manasés (687-642) había sido un impío rey de Judá, antecesor de Josías.Es decir, el relator, ante el hecho consumado de una Jerusalén destruída, mantiene la tesis ideológica que tiene que quedar en pie, cualesquiera sean los hechos y sus circunstancias. Pero, aún en este caso, ¿cómo se compagina semejante castigo a la monarquía con la promesa de una dinastía eterna que hiciera Natán?
El relator no se hace la pregunta ni, obviamente, responde.En definitiva, su tesis es la siguiente:Primero: Dios no tuvo la culpa. El único culpable es el pueblo de Israel, por su pecado de infidelidad. Si pecó, merece castigo. Por lo tanto, la sentencia y el castigo de Dios fueron justos.Segundo: Hay una ley y se la debe cumplir, y por ser ley de Dios se ha de cumplir inexorablemente, aunque eso contradiga otras palabras, también inexorables, de Dios. 3 En consecuencia, toda la historia y su interpretación son esquematizadas desde un principio simplista y reduccionista.

Es el punto de vista de la palabra-ley de Dios que debe cumplirse o castigarse.
El hombre, su libertad, su responsabilidad y sus circunstancias: no juegan rol alguno, salvo en relación a cumplir o no cumplir una ley externa a sí mismo.

Este principio se agrava al manejarse el relator con aquella mentalidad semita que ya conocemos: si el rey o el padre delinquen, el pueblo y los hijos serán castigados. Este esquema interpretativo sólo será cuestionado a fondo hacia el siglo V-IV a.C. por los respectivos autores de Job y del Eclesiastés (Cohelet), quienes se preguntarán si siempre los éxitos y las riquezas significan bendición divina, mientras que los fracasos y la pobreza, indican maldición y castigo. Pero no encontrarán respuesta.Cuando los exilados protesten por el castigo colectivo, Ezequiel responderá que efectivamente Dios distingue entre los pecados de los padres y la inocencia de los hijos (y viceversa), pues nunca castiga al inocente por el delito de un pecador, así sea su padre (Ez. 18 y Jer. 31,29-30).

Pero ésta no era la tesis tradicional; y aunque lo fuera, no se puede entender lo sucedido desde esta explicación, pues entraría en contradicción consigo misma.Si tal planteo no hubiera tenido más consecuencias que las ya dichas y hubiera muerto allí, podríamos no darle más importancia que la de un condicionamiento cultural que no se pudo superar.Pero  esta tesis, con toda la ideología subyacente y con la imagen correlativa de un Dios-rey absolutista, llegó casi incólume hasta el día de hoy.

4 Ley de Dios – obediencia o pecado – premio o castigo.

Se trata de un esquema que impregnará toda nuestra cultura, sin excluirse la educación familiar y escolar. Aplicado a lo político-social, el esquema hace agua por muchos costados. No siempre el éxito militar o económico es premio por una fe auténtica; ni el fracaso, un castigo merecido. Muy a menudo el éxito es fruto de la injusticia, y el fracaso, el resultado de una opresión. O bien, uno depende de la inteligencia política bien aplicada, y el otro es el fruto de la ineptitud o de la pereza.

Por tanto la fe, en cuanto interpretación de un hecho político, ha de tener en cuenta las responsabilidades de cada parte, sin atribuirle a Dios aquello que es el simple resultado del ejercicio de la libertad y de una inteligencia creadora. El hombre, en cuanto hombre político y hombre de fe, es mucho más que un súbdito obediente del rey o de Dios. Es el sujeto-creador de la historia y de la sociedad, pues eso es hacer política y a eso apunta la fe.Pero también el hombre puede ser destructor de su propia historia o la de otros.

Y sólo a través de esta mediación humana, podemos decir que Dios conduce la historia. El mismo Dios que hizo al hombre a su imagen y semejanza para que domine la tierra y genere una historia, pero como “hombre”, no como Dios ni como un ser idealizado y perfecto al estilo de la imagen de  David o Salomón.Porque en la práctica de cada momento, y antes de saber los resultados, nadie puede estar seguro de obrar sin cometer errores.

El hombre, en cuanto ser-político, ha de buscar el camino correcto, sin esperar que Dios se lo indique con revelaciones especiales, que tampoco las tiene el hombre más religioso, pues ni la inteligencia ni la fe han de ser perezosas. No las tuvieron David ni Salomón, por eso cometieron los errores y crímenes que todos conocemos. Tampoco las tuvieron los profetas, aunque así los idealicemos, pues tuvieron las mismas dificultades que hoy tenemos para “buscar y descubrir” cuál podría ser la voluntad divina; o sea, el mejor camino para el bien de la comunidad que quiere vivir en la justicia y en la paz.

5 Esta legitimación del poder a cualquier precio y la consiguiente descalificación del pueblo, llega a sus extremos en los libros de Crónicas I y II.Los escritos del Cronista (un levita del siglo IV) están allí para legitimar el poder sacerdotal y su estrecha alianza con el poder monárquico, y para reafirmar una ley que debe cumplirse a rajatabla. Para eso necesita que el esquema ley-pecado-castigo funcione con total automaticidad: no hay pecado sin castigo, como no existe desgracia alguna que no derive de un pecado. Se aplica al plano ético el mismo esquema ritualista del culto, sin perspectiva histórica, y ni siquiera sin dejar espacio al sujeto para la reparación.

En cambio David, al igual que Salomón, ambos “sentados en el trono de Yahvé” (1Crón. 29,23) son presentados como el modelo ideal de rey mesiánico, rey y sacerdote al mismo tiempo, inmaculados y santos, con discursos solemnes, largas oraciones y apariciones divinas.Pero tuvo el cronista que ignorar su ambición por el poder, el adulterio y asesinato perpetrado por David, su brutalidad contra los pueblos vecinos y la debilidad ante los crímenes de sus hijos.
Y pasar por alto las conjuras palaciegas para que ascienda al trono Salomón, quien asesina después con fría crueldad a su hermanastro Adonías y al general Joab, comandante de las tropas de David.Con este mismo criterio, ignora casi por completo la historia del reino del norte, de cuyo rey fundador, Saúl, sólo se acuerda de su derrota y muerte en Gabaón, pues “así murió Saúl, por haberse rebelado contra el Señor, no observar su palabra y consultar al espíritu de un muerto. Por eso el Señor lo hizo morir y transfirió la realeza a David” (1Crón. 10,13-14).

Su particular manipulación de la historia queda bien reflejada en esta supuesta profecía que un tal Abías hace contra Jeroboam y su reino, rebelados contra Roboam porque quería aumentar aún más los impuestos de Salomón:
“Escuchen, Jeroboam e Israel. ¿Acaso no saben que el Señor ha dado a David y a sus hijos el reino de Israel para siempre, mediante una alianza indestructible? Pero Jeroboam se rebeló contra su señor (el rey). Unos hombres impíos e inútiles se le unieron y prevalecieron sobre Roboam, porque ése era joven y débil, y no supo hacerles frente. ¡Ahora ustedes tratan de rechazar la soberanía de Dios, que está en manos de los hijos de David!… En cuanto a nosotros, nuestro Dios es Yahvé y no lo hemos abandonado: los sacerdotes que sirven al Señor son los hijos de Aarón y los que ejercen el ministerio son los levitas… porque nosotros observamos las disposiciones de Dios, que ustedes han abandonado.
¡Aquí está Dios al frente de nosotros, aquí están los sacerdotes con las trompetas, listos para hacer sonar el grito de guerra contra ustedes! ¡Israelitas, no hagan la guerra contra el Señor, el Dios de sus padres, porque nada conseguirán!” (2Crón. 13,4s).

El lector sacará sus propias conclusiones, sin pasar por alto la semilla de corrupción que está latente en quienes se sienten los dueños de Dios, de su palabra y de su ley.El integrismo dogmático, de tantas resonancias en la historia de la Iglesia y de nuestro país, tiene en este texto final su más pura condensación y autojustificación.
Así los escritos del cronista son el mejor ejemplo de cómo se manipulan y tergiversan los hechos para que siempre se imponga la ideología que se quiere defender, sin la más mínima intención de autocrítica, desde un pensamiento dualista maniqueo sin alternativas: de un lado los buenos y del otro, los malos. Es la corrupción en su más fina expresión; y la más difícil de erradicar cuando viene disfrazada de palabra y de voluntad de Dios, quien siempre dice y hace lo que la ideología dominante quiere.

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