Pensamiento Bíblico b La Alianza, la Ley y el Culto

2. DIOS HACE ALIANZA CON SU PUEBLO

2.1. El Dios liberador pacta con el pueblo

Toda la tradición bíblica entiende que en el desierto el grupo de clanes liberados, tomó conciencia de su identidad de pueblo, pero no de un pueblo cualquiera, sino como pueblo exclusivo del Dios Yahvé.
Esta relación especial se hizo por medio de una alianza  o pacto, un compromiso que si comprometía a Dios para ser ayuda constante de su pueblo, lo obligaba a éste a cumplir su Palabra, especialmente sus mandamientos.Según la última redacción de la Biblia, todo esto se realizó en la montaña del Sinaí, en pleno desierto. Allí tuvo origen la nación de Israel, allí recibió su constitución, su ley, su culto y todas sus normativas de vida.

Pero es evidente que todo se produjo en un largo período de tiempo, no sin grandes dificultades.Históricamente fue en Siquem donde Josué (Jos 24) pudo reunir a todas las tribus, incluso a las que siempre estuvieron en Palestina, y les propuso una alianza con Yahvé como único Dios del pueblo, desechando a los demás  dioses cananeos.

Lo cierto es que las tribus provenientes del desierto penetraron en Canaán con la conciencia de que eran el pueblo del Dios Yahvé, con quienes tenían un compromiso o pacto de culto y de ética; pacto quizás ya realizado solemnemente en algún lugar del desierto.

La tradición del Sinaí es bastante posterior y llena de signos prodigiosos. La alianza en sus varias narraciones es expresada según los pactos y tratados de vasallaje de la época. Los israelitas habrían utilizado los pactos entre reyes (especialmente se sugiere el modelo hitita) o entre reyes y pueblos, para expresar su particular relación con Dios y la relación entre las tribus, siempre regidas por alianzas de solidaridad y mutua defensa.En realidad, el libro del Exodo presenta dos formas de alianza:

– La primera (Ex. 24,1a.9-11), considerada como la tradición más antigua, presenta el pacto mediante una comida ritual, típica de los pueblos semitas, con Moisés, su hermano Aarón y setenta ancianos. En esa comida se supone presente a Yahvé.

– La segunda (Ex. 24,3-8 y 34,1-28) muestra una escena completamente distinta. Se trata de una imponente manifestación o teofanía de Dios, entre humo, rayos y truenos. Dios mismo escribe la ley en doce tablas. Se construye un altar y se erigen doce piedras conmemorativas (una por cada tribu, lo que supone la idea posterior de 12 tribus) y se hace un pacto de sangre, vertiéndose la sangre de los animales sacrificados sobre el altar (símbolo de Dios) y sobre el pueblo. La idea es clara: quien viola el pacto, merece la muerte (Entre los hebreos, la sangre es símbolo de vida).

A esto se agregan las conocidas palabras: “Esta es la sangre de la alianza que Yahvé ha establecido con ustedes”, palabras que serán empleadas por los evangelistas para expresar la nueva alianza por la sangre de Jesús.El compromiso del pueblo está en el cumplimiento de la ley que trae Moisés, sea en el Decálogo, sea en el Código de la Alianza, transcritos ambos en el relato.Esta tradición es la más conocida y la que inspirará el culto cristiano. Como resultado de esta alianza, Israel queda como pueblo elegido y exclusivo de Dios, y se compromete a cumplir la voluntad de Dios, quien, por su parte, queda como garantía de salvación para siempre.

Veamos algunos textos significativos:

– Textos antes de la alianza:”El Señor llamó desde la montaña a Moisés y le dijo: `Ustedes han visto cómo traté a Egipto y cómo los conduje en alas de águila hasta aquí. Ahora, si escuchan mi palabra y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán una nación que me está consagrada`.Moisés comunicó esto al pueblo, quien respondió: `Estamos decididos a poner en práctica todo lo que Dios ha dicho” (Ex.19,3-8).

– Tras la conclusión de la alianza, cuya síntesis hemos relatado, continúa el texto:”Después Moisés tomó el documento de la alianza y lo leyó a todo el pueblo, el cual exclamó: `Estamos dispuestos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor nos ha dicho`.Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo diciendo: `Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en todas sus cláusulas.” (Ex. 24,7-8).

– Algunos textos referidos a Israel, pueblo de Dios:El fundamental es Deut 7,7-10 (Dios lo elige por amor y por fidelidad a sus promesas) ; También: 4, 32-34; 9,26-29; 10,15; 26,17-19; Lev 26, 11-12; Sal 74,2;  Is 41,8 y sig;  42,6 sig;

A esta alianza fundamental, posteriormente se le agregaron otras alianzas que la prepararon: la alianza  con Abraham (Gen. 15, 7-20 y 17,1-14) en la que Dios le promete una gran descendencia y habitar en Palestina; y la alianza con Noé (Gen   Gen 9,8-16)), después del diluvio universal, cuando Dios se compromete a no exterminar a la humanidad.Pero también tuvieron lugar importantes renovaciones de la alianza, sobre todo después de grandes apostasías o crisis: la de Josías (2Rey 23,1-3.21-22 ) al final de la monarquía, y la de Esdras (Neh 9 ) después del exilio.

Por su parte   Jeremías y otros profetas posexílicos, prometen una nueva y definitiva alianza (Jer 31,31-34 y 32,37; Ez 16; Is 55,3-4 y 59,21   ) que los cristianos entienden que fue realizada por Jesús mediante su sangre (Mc 14,24 y 1Cor 11,25)

2.2. Pacto con Dios y pacto entre las tribus.

Dónde radica el poder  Posiblemente la expresión “pacto, alianza con Dios”, a nosotros no nos diga mucho, por eso debemos darle su significado desde nuestros conceptos actuales.
En la antigüedad los pactos entre un país fuerte y uno débil eran muy comunes, y gracias a ellos, el débil recibía la protección y la fuerza del país poderoso. Este es el sentido del pacto o alianza del pequeño pueblo hebreo con el grande y poderoso Señor que lo ha liberado de Egipto.Por este pacto, los israelitas reconocen a Yahvé como único Dios y se comprometen a abandonar a los dioses cananeos, especialmente a la pareja del culto de la fertilidad, Baal y Astarté. Este compromiso radica básicamente en la obligación de cumplir las Diez Palabras de Dios y los otros mandatos divinos, como veremos en el tema siguiente. Esta es la interpretación teológica de la alianza.

Pero, ¿qué significa a nivel político?

Los hebreos tenían la costumbre de atribuir a Dios todo lo que era importante, negando las “causas segundas”. Y así como atribuyeron a Dios el poder (es todopoderoso) y su propia lucha por la libertad, ahora le atribuyen el pacto que hay entre las tribus. Efectivamente, a lo largo de dos siglos, esos clanes y tribus dispersos, sea por su afinidad de raza y cultura, sea para hacer frente a eventuales enemigos, fueron realizando entre ellos diversos pactos, sobre todo con las tribus vecinas.

Uno de esos pactos entre todas las tribus habría sido realizado en Siquem (Jos. 24, 1-24), cuando las tribus llegadas del desierto se unieron con las tribus que estaban asentadas en el norte (futura Galilea), oprimidas por los reyes vecinos y deseosas de recuperar su libertad. Todas juraron lealtad a Yahvé y lealtad entre ellas.A lo largo de esos doscientos años cada tribu mantuvo su independencia, bien supremo, pero se relacionaba con las tribus hermanas por medio de tratados de solidaridad. En esa solidaridad radicaba su fuerza.

Por lo tanto, la alianza con Dios significa que la libertad y el poder de Dios son ahora del pueblo, no de cada tribu en particular, sino del pueblo unido por vínculos de solidaridad. Por lo demás, cada tribu se regía por un consejo de ancianos y eventuales asambleas, según hubiere necesidad. Pero en ningún caso admitía una jefatura monárquica al estilo egipcio o cananeo, pues sabían muy bien lo que les pasaría entonces.

Afirmar que sólo Yahvé es “el Señor” significa que no están dispuestos a servir a rey alguno y que no van a delegar su poder ni su libertad en nadie.Como vemos, es el esquema totalmente opuesto al de la monarquía que terminaría por barrer el ideal de libertad y de poder popular.Aunque no podemos hablar de “democracia” en el sentido moderno del concepto, no hay dudas de que el proyecto de Dios y el proyecto político de su pueblo es absolutamente democrático, por cuanto no hay intermediario alguno entre el poder (Dios) y el pueblo (fraternidad de varias tribus), quien eligirá a sus conductores, Jueces o Libertadores, aún para el caso de guerra. Y es un proyecto que respeta la “igualdad” entre las tribus, y los mismos derechos entre sus componentes, algo que les venía desde sus más profundo orígenes nómadas.

Hasta el mismo culto tenía este carácter democrático: era ejercido por el padre de familia o por algún miembro designado de la comunidad. Finalmente hubo una tribu (levitas, de Leví) que ejerció ese rol al servicio de las otras tribus. Pero los levitas no tuvieron poder sacerdotal alguno hasta el tiempo de David. De allí la importancia de determinar “con quién suponemos que Dios hace alianza”, si con el pueblo o con el rey, con los oprimidos o con los opresores, con las élites o con la base social.

En otras palabras: quién tiene el poder, dónde radica el poder, qué justifica el poder.Surgen así dos corrientes políticas y religiosas diametralmente opuestas: o en el pueblo, o en el rey autocrático. Un esquema que atraviesa toda la historia de Israel y que continúa en el cristianismo. Dos corrientes permanentemente enfrentadas en una larga lucha en la que el pueblo verá una y otra vez el sometimiento, sea al rey, sea a los nobles, sea al sistema, sea a los sacerdotes y jerarcas religiosos. Es la gran pregunta que hoy nos hacemos cuando vivimos ha hegemonía mundial de una democracia neoliberal: dónde está el poder.

Teóricamente, en el pueblo (el soberano), pero en la práctica el poder está hegemonizado por grupos o élites que sirven a sus propios intereses, dejándole al pueblo el consuelo de las elecciones (elecciones generalmente muy manipuladas y donde la ciudadanía sólo puede elegir entre los candidatos que las élites les imponen…)

Finalicemos con este hermoso texto del Deuteronomio, libro escrito  hacia el año 700 cuando cayó el reino de Israel (norte) a manos asirias, y entonces su autor vio en ello una consecuencia de haber abandonado la alianza:”Porque tú eres un pueblo consagrado (santo) al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra.El Señor se enamoró de ustedes, no porque sean un pueblo numeroso. Al contrario, eres el más insignificante de los pueblos. Pero por el amor que les tiene y para cumplir el juramento que hizo a sus padres, el Señor los hizo salir de Egipto y los libró de la esclavitud.” (Deut. 7,6-8).

3. EL PUEBLO DE DIOS  SE COMPROMETE EN LA ALIANZA A CUMPLIR LA PALABRA  O  LEY  DE DIOS

3.1. La ley de la alianza

En la fe bíblica, la ley es parte esencial del pacto con Dios y del pacto entre las tribus. La ley es el compromiso de vida que el pueblo asume frente a su aliado Yahvé. Alianza y Ley son dos caras de la misma moneda.Como ya lo hemos dicho, la tradición posterior atribuye a Moisés toda la legislación israelita, comenzando por el Decálogo y seguido por un extenso conjunto de normas éticas y cultuales. Pero su sola lectura basta para darnos cuenta de que se trata de una situación posterior, de un pueblo asentado y agrícola, que vive en ciudades, que tiene un templo o varios y que tiene un conjunto organizado de sacerdotes y escribas juristas.

Pero el hecho de atribuir todo este conjunto de instituciones y legislaciones a Dios en el Sinaí, tiene el sentido de darle un valor fundante y absoluto, a pesar de las muchas contradicciones y reformas que dicha ley tendrá.De la misma forma, nosotros legitimamos nuestras instituciones y leyes desde el sistema democrático, o sea, desde las decisiones de la ciudadanía a través del parlamento y mediante un Estado de Derecho.

Desde el punto de vista teológico, la Biblia interpreta que es Dios mismo quien dio normas para la vida humana en general (los diez mandamientos, largamente elaborados), normas para situaciones especiales (otros códigos que aplican los mandamientos) y normas e instituciones para el culto.

Era la mentalidad común a casi todos los pueblos antiguos de atribuir todas sus tradiciones a Dios; de allí la necesidad de retrotraerlas al primer origen para darles un valor fundante. A esta forma de pensar y al relato correspondiente se la llama “mito”.Se suponía que todas las demás leyes o instituciones no son sino el desarrollo y la explicitación de la  ley o “constitución primera”.Lo mismo sucederá con el cristianismo y la iglesia, que atribuirán a Jesús usos y costumbres propios de una época posterior.

Es común pensar que la legislación bíblica, y en especial los Diez Mandamientos, tuvieron origen en el Sinaí,  pero salta a la vista que aquellos clanes o tribus ya tenían algún sistema de legislación social, como lo tenían los clanes patriarcales, legislación común a las culturas semitas.Ignoramos si Moisés en persona introdujo alguna legislación especial, pero resulta imposible detectar en los varios códigos que nos legó la Biblia, cuáles serían dichas leyes, ya que tanto el decálogo como otras legislaciones fueron redactadas muy posteriormente, al menos después de Josías (640-609), aunque sobre tradiciones anteriores cuyo contenido específico ignoramos.

Lo que sí resulta claro es que proviene del desierto el mandato fundamental de adorar solamente a Yahvé (el nombre del Dios al que adoraba Jetró, suegro de Mosiés) y de excluir a los otros dioses. Este mandato específicamente yavista es lo que trajeron las tribus del desierto a Palestina, invitando a las tribus ya residentes a aceptarlo. Yahvé era el Dios de las tribus nómades del desierto del Sinaí y fue adoptado por los hapirus escapados  de Egipto.
El resto de la legislación proviene, sea de los cananeos, cuya cultura asimilaron los israelitas (leyes sobre la tierra, sobre los préstamos, sobre la tenencia de esclavos, etc. y casi toda la legislación cultual), sea de otros pueblos vecinos importantes, cuya cultura impregnaba el área de su influencia. No olvidemos que los hebreos eran semitas y cananeos.

3.2. Varios códigos a lo largo del tiempo Para una mejor comprensión de este arduo asunto que nos ocupa, digamos que en la Biblia encontramos varios códigos superpuestos unos a otros, que a menudo repiten la misma norma o bien recrean otras, pero siempre con la característica de ley divina.

3.21 El más tradicional es el de los Diez Mandamientos, o como dice la Biblia, las Diez Palabras de Dios (Decálogo). Más que un código, es la normativa más genérica de todas, un resumen de diez mandatos (para ayudar a su memorización con los dedos de la mano), que tiene dos partes: obligaciones para con Dios (adorar a Yahvé, no dar uso profano a su nombre y respetar el sábado) y normas básicas de convivencia, comunes a cualquier pueblo mínimamente civilizado (respetar a los padres, no matar, no cometer adulterio, no robar, no codiciar lo ajeno).
Todas estas normas de convivencia las encontramos en Egipto y Mesopotamia. Hay dos versiones muy similares: Ex. 20,1-17 y Dt. 5,6-21, en medio de la teofanía del Sinaí. Pero tenemos otros códigos que aún pueden ser considerados como más antiguos.

3.2.2  El Código de la Alianza (transcripto inmediatamente después del Decálogo en Ex. 20,22 al 23,19). Es una explicitación del anterior y presupone la vida en Canaán, con los temas de la esclavitud, homicidio, riñas y heridas graves, delitos contra la propiedad, leyes morales y religiosas o cultuales.Se nota un gran sentido social y humanitario, con una preocupación especial para los extranjeros, pobres, viudas   y huérfanos (una temática típica de los profetas) especialmente en Ex 22,20 y siguientes.

3.2.3  El Dodecálogo Siquemita en Deut. 27,15-26, redactado en forma de maldiciones  o castigos para quien no lo cumple. Retoma los mandamientos en forma de conjuros o maldiciones.

3.2.4  El Código Cultual en Ex. 34, especialmente vs. 14-26, referido a las fiestas religiosas.

3.2.5  El Código Deuteronómico, propio del reino del norte, con una extensa ampliación y actualización de la ley, y con muchas explicaciones de tipo catequístico que se atribuyen a Moisés. Son los capítulos 12 al 26 del Deuteronomio.

3.2.6  El Código de la Santidad, ciertamente realizado por los sacerdotes del Templo de Jerusalén después del exilio, sobre algunas tradiciones anteriores, con una meticulosa organización y legislación del culto, subrayando la santidad o lejanía sacra de Dios. Son los capítulos 17 al 26 del Levítico.

Es decir, un amplio conjunto jurídico-moral-cultual que fue surgiendo lentamente a lo largo de unos quinientos años hasta su redacción final.Esto muestra que Israel siempre actualizó la ley y la adaptó a las nuevas circunstancias, pero atribuyéndola siempre a Dios y manteniendo fidelidad a los Diez Mandamientos.

El mandamiento más importante: frente a tantas leyes y prescripciones que pueden hacer perder el sentido de lo esencial, es clave el texto del Deut 6, 4-9 y Lev 19, 18, ambos recordados por Jesús en Mt  22,36-40: el mandato principal y prácticamente único es amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Esa es la síntesis de toda la Ley.Otros textos de lectura: Deut 4,10-14: 5,1-33; 6,17-25

3.3. Sentido amplio de “Ley”

Si bien la Biblia griega tradujo este conjunto de normas como “Nomos”, o sea Ley, es importante entender el sentido de la “Torá”, como decían los rabinos.”Ley” tiene un concepto más amplio que lo que significa para nosotros, pues en realidad indica toda la revelación de Dios a su pueblo, toda su palabra normativa e indicativa, sea para el culto, como para la convivencia humana.

Para el israelita piadoso más que una ley era un regalo de Dios a su pueblo, una Palabra de bendición, la condición básica para ser feliz y vivir en paz. Ley es la tradición del pueblo, lo que lo identifica culturalmente y le la las bases para una vida armoniosa. Ley es el sistema social del pueblo.Ver los salmos 1, 19, 119, 112, 128.

Como toda legislación, su cumplimiento se refuerza con un listado de beneficios o bendiciones y perjuicios o maldiciones y condenas, según se cumpla o no con esta exigencia de la alianza. De acuerdo a su concepción religiosa, ignorante del concepto del más allá o de retribución ultraterrena, las bendiciones y maldiciones aluden siempre a esta vida terrena concreta.Entre las bendiciones de Dios figuran: la paz, las lluvias a tiempo, pan abundante, aniquilación de los enemigos, fecundidad, buena salud, etc.

Es decir, lo necesario para vivir bien y en paz.Lev. 26,3-12; Dt. 7,11-16 y 28,1-14; Ex. 15,25-26.La idea es esta: para vivir en paz y felicidad, hay que cumplir con este orden social. En caso contrario, sólo se recogerán males.Entre las maldiciones o castigos: guerras y destrucción, exilio, esterilidad de campos, animales y mujeres; pestes, hambre, enfermedades, etc. Lev. 26,14-44; Deut. 11,8-25

El lector se sorprenderá del estilo bastante terrorífico de estas amenazas y de un Dios intransigente hasta la crueldad. No hay que olvidarse del marco político social de una época de monarquías absolutistas, a cuya imagen se imagina a Dios.

Pero, para comprender el sentido de estos castigos que llegan implacablemente incluso a un buey que mata a una persona, es importante saber que para los israelitas, con cierto sentido mágico o de tabú, cualquier delito, cualquier transgresión o pecado (cualquiera sea la intención) liberaba una cierta energía negativa maligna que tarde o temprano iba a recaer contra el malhechor o la comunidad.

Por lo tanto, el castigo era como la sombra del delito, como la irradiación de su malicia, no habiendo distinción entre pecado y castigo.Se trata de un concepto común en pueblos antiguos y primitivos, aún en los indígenas de América. Una ley o tradición tiene el sentido de sostener el orden y la existencia social. Su violación los destruye.

Todo esto se apoyaba en algo que los occidentales hemos perdido: para los hebreos y semitas en general, el pecado o la violación de una ley, cualquiera sea ella, tenía un sentido o categoría social: aunque el delito fuera cometido por un individuo en particular (especialmente si era jefe de la comunidad, padre o rey), su delito-castigo afectaba a toda la comunidad.

Este principio será cuestionado desde el exilio en adelante (Ez 18 y 33,10-20; libros de Job y Ecle)), cuando muchos israelitas, inocentes en su conducta, se sintieron castigados con la misma vara por los pecados de sus reyes o de ciertos individuos que habían apostatado de su fe, y reclamaron una retribución individual según los méritos de cada uno.La sociedad bíblica era mucho más compacta y aglutinada (más comunitarista) que la nuestra, con menor diferenciación entre individuo y comunidad. En la práctica, no existían normas de “moral individual”. Todas las normas morales tenían siempre un sentido social, sea para evitar daño al prójimo sea para reforzar los vínculos entre las personas o para defender sus derechos. Observamos, entonces, que hoy vivimos en una posición contrapuesta: se afirma la ética individual, con mayor resistencia a las presiones de los grupos e instituciones, y se proclama la autonomía (la ley desde uno mismo) frente a la heteronomía.

O sea, mayor importancia a la conciencia y a la responsabilidad del individuo, sujeto decisor de sus conductas.

3.4. Valor de la ley bíblica e implicaciones políticas

1 No hace falta que digamos que la problemática de la ley afecta tanto a la comunidad de fe como a la comunidad política. No podemos pensar en un Estado sin ley, sin normas y sin instituciones organizativas. Y en este punto encontramos un elemento de roces o conflictos entre la fe y la política, entre la comunidad religiosa (Iglesia) y el Estado.El estado de Israel, como después los estados cristianos o musulmanes de tipo teocrático, no tenían conflicto, pues la misma legislación religiosa era simultáneamente civil. Para ser más precisos, toda legislación es religiosa por su misma naturaleza de norma de un Estado teocrático.

Pero, en nuestros países con separación de Iglesia y Estado, y por lo tanto, cada uno con legislación propia para las mismas personas que viven en ese lugar, el conflicto surge cuando alguna norma del Estado no sea aceptada por la Iglesia (o comunidad religiosa) y viceversa.

¿
Qué sucede si el Estado aprueba una ley del aborto, del divorcio o de inseminación artificial de la mujer estéril, si estas situaciones son prohibidas por la Iglesia?
En otras palabras: las normas religiosas ¿tienen validez universal, aún para los que no comulgan con dicha religión?Y ciñéndonos al caso bíblico: la ley bíblica (El Decálogo) ¿es de valor universal para todos los hombres de todos los tiempos, o sólo es exclusiva de judíos y cristianos que practican su fe?

2 Se suele decir que Dios dio los diez mandamientos como ley universal para todos los pueblos y tiempos; pero no es esto precisamente lo que afirma la Biblia. Al contrario, si le hemos dedicado cierto espacio a la elección de Dios de un pueblo y al tema de la alianza que implica una ley, es para que comprendamos que desde la perspectiva bíblica, el Decálogo forma parte de la elección de un pueblo y de una alianza que ese pueblo realiza con Dios; o si se prefiere, es parte de un compromiso libremente asumido,

La Ley religiosa es el centro de la alianza e indica el compromiso del pueblo de cumplir la voluntad de Dios que lo salva.El cumplimiento de la ley divina es la parte del compromiso que asume la comunidad de fe en Yahvé.
Esto lo afirman explícitamente los textos ya enunciados y otros muchos más:”Estos son los mandamientos y las leyes que el Señor dio a los israelitas por medio de Moisés (Núm. 36,13).”Este es el mandamiento y estas son las leyes que el Señor ordenó a fin de que temas a tu Dios…” (Dt. 6,1-3).”Y ahora, Israel, escucha las leyes que Yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán en la tierra que les doy… Obsérvenlos porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los demás pueblos, que dirán: ¿Existe acaso una nación que tenga sus dioses tan cerca como tenemos nosotros al nuestro? ¿Y qué nación tiene leyes y costumbres tan justas como esta ley que yo promulgo para ustedes?” (Dt. 4,1-8). Este último texto es interesante, pues amén de reforzar la idea anterior, indica que esta Ley distingue a Israel de los otros pueblos, que tienen sus propios dioses y leyes. Israel debía sentirse orgulloso de su ley, que constituía al mismo tiempo su “sabiduría”, como la llamarán los libros sapienciales de los siglos IV-I aC. Sabiduría o Ley son la forma de vida correcta de quien cree en Yahvé.

En consecuencia, todos los mandamientos suponen la alianza (o sea la fe)  entre Yahvé y su pueblo, como un hecho consumado del que se desprende la ley. Esta ley no aparece como algo a priori, como una ley natural previa a la comunidad de fe, sino como su consecuencia.

Por lo tanto, los mandamientos de la Biblia no son una ley moral absoluta y universal, sino la revelación de fe y el compromiso que asume quien decide ingresar en esa fe o alianza.

Los Mandamientos no esbozan una ética universal al estilo griego o filosófico, sino que describen el estilo de vida de quien ingresa a la comunidad de fe de Yahvé. No prescribe todo sobre la moral o la ética, sino sólo lo relacionado con ese compromiso. No es una legislación que se dirige a toda comunidad laica, profana o secular (como hoy la entendemos), ni al Estado o a la sociedad en general, sino exclusivamente a la comunidad o asamblea de Dios (Qahal de los judíos, Iglesia de los cristianos).

Por lo tanto:
– La Biblia reconoce la existencia de otras leyes propias y válidas para otros pueblos. Más aún, en la práctica, la legislación bíblica se nutre de la legislación de otros pueblos. Hoy, siguiendo en esta línea, afirmamos la autonomía de la política y del Estado frente a la Iglesia.

– La legislación religiosa obliga en conciencia a quien acepta esa fe religiosa, porque es parte esencial de la misma.- En una sociedad con separación Iglesia-Estado, una sociedad pluralista que debe legislar sea para cristianos o judíos, como para ateos, agnósticos o individuos de otras creencias, el Estado debe legislar conforme a sus propios principios democráticos, sin sentirse obligado a reconocer como válida toda legislación religiosa que haya sobre el caso, aunque ciertamente la escuchará en la medida en que es un criterio a tener en cuenta.

– Pero hay algo más: la legislación bíblica indica la forma de comunicarse con Dios o con el prójimo como normativa de vida, sobre la base del amor y del respeto al otro. En cambio la ley civil, en los casos aludidos, no indica una obligatoriedad (de divorciarse, abortar, etc.) ni enseña que eso es moralmente bueno desde lo religioso o desde la conciencia, sino que establece una normativa reguladora para los que, por propia conciencia, se avengan a hacerlo. Fuera del contexto de la alianza (de la fe asumida como compromiso), cualquier norma bíblica o religiosa no tiene sentido obligatorio alguno.Sería, en todo caso, todo un absurdo: obligar a quien no tiene fe, a aceptar una norma estipulada para quien la tiene como un compromiso personal.

El drama se nos plantea porque el cristianismo perdió el sentido de la ley como fruto de un compromiso personal con Dios, y planteó la moral, no como un corolario de la fe-alianza, sino como un apriori que se debe cumplir. Esto, que llamamos “legalismo heteronómico”, será una nota del judaísmo posterior al exilio, que perdió el sentido de la alianza y puso a la Ley como norma absoluta, transformando la religión en el fiel cumplimiento   de normas con vistas a un mérito ante Dios.

Es una concepción que representa un estadio inmaduro de la conciencia ética.Jesús pondrá la norma como fruto de la alianza y del compromiso con el reinado de Dios, por lo que atacará el moralismo legalista típico del fariseísmo.
Pero desde mediados del siglo segundo, la Iglesia cristiana se volverá tan legalista como el judaísmo. La heteronomía supone que la ley existe como algo previo a la decisión y aceptación libre de las personas; en todo caso y siempre, una ley previa promulgada por grupos especiales que se sienten autorizados para imponerla al pueblo, al que consideran no-preparado para asumir la responsabilidad de sus vidas y de sus actos.

Demás está decir que es un concepto no democrático.La democracia, basada en el respeto a todo ser humano, en su dignidad y valoración, entiende que es cada sociedad la que se autorregula sin presiones  ni autoritarismos moralistas. Una democracia sin esta capacidad, es una simple quimera o ficción simbólica.Por este motivo insistimos  en el contexto político y social de la historia bíblica: una sociedad fundamentalmente sacra (no secularizada), con una “constitución religiosa” aún para cuestiones que nosotros hoy consideramos laicas, civiles o seculares.Hoy, por primera vez en la historia, ambos aspectos, lo sacro y lo secular, se hallan perfectamente separados y delimitados en casi todas las naciones.Dos entidades que tienen que aprender a convivir, manteniendo su propia identidad, respetándose mutuamente y, a ser posible, colaborando para el bien común de la humanidad.

3.5. Un arduo aprendizaje

Lo que debemos aprender de la historia bíblica es a no copiar sus normas (ni la de otros) para darles el valor absoluto que no tienen, sino tener la capacidad de construir cada día la historia, atendiendo a las circunstancias culturales y políticas que la comunidad vive, con todos los aciertos y errores del caso.La Biblia no es un libro mágico de recetas y normas intocables, sino una propuesta de vida y de libertad.La historia bíblica atendió a la situación particular de su momento, buscando en él signos de la presencia liberadora de Dios y normas humanas de convivencia, pero no pudo prever todo ni lo quiso hacer.No es una fe perezosa sino creativa. No es una fe separada del mundo sino comprometida con él.Esta es la gran lección de un pueblo, varias veces milenario, y de quien nos sentimos herederos, de una u otra forma.

4. EL PUEBLO CELEBRA  SU ALIANZA CON DIOS: EL CULTO

Así como la Biblia jamás separa la ética de la alianza, tampoco separa el culto como si fuera algo aparte o lo más importante. Al contrario: los grandes acontecimientos de la alianza son “celebrados” y festejados en las reuniones cultuales de toda la comunidad.Más aún, generalmente la misma alianza y la promulgación de las leyes son  realizadas dentro de celebraciones cultuales.

La celebración del culto tiene, pues, varios objetivos al mismo tiempo:
– sirve, como ya lo vimos, de recuerdo, memoria o conmemoración de los grandes  hechos salvíficos (“Hagan esto en memoria mía”), a través de su lectura, de gestos simbólicos, cánticos y ritos;
– festeja con júbilo esos hechos que son actualizados en cada celebración; no se trata de un simple recuerdo del pasado, sino de una actualización de las gestas de un Dios que siempre se hace presente en la comunidad;
– profundiza el compromiso del pueblo con ese hecho salvífico, pues de lo contrario sería un culto vacío como lo denunciaron repetidamente los profetas y Jesús. O sea: cada celebración es una renovación de la alianza y un compromiso de vida, compromiso expresado en la Palabra o Ley de Dios que es proclamada en la celebración.

Sentido del verdadero culto: Is 1, 10-17; Is 29, 13-14; Am 5, 21-27; Os 8, 11-13; Miq 6, 6-8; Sal 15 y 24, 3-6; Sal 40, 7-11; Is 58, 1-7

La síntesis: no honrar a Dios con los labios sino con el corazón. Por eso observamos que el gran acontecimiento salvador de Yahvé es celebrado en las dos fiestas de la Pascua y de los Panes äcimos, dos fiestas que luego se unirían en una sola. De la misma forma el pueblo celebra la tenencia de la tierra y los frutos que Yahvé otorga a través de la fiesta de las primicias y de la recolección de los frutos También celebra la travesía por el desierto hacia la libertad por medio de la fiesta de las Tiendas (Ex 23, 14-17)

Estas tres fiestas fundamentales se complementan con las peregrinaciones, con los cánticos y los salmos, especialmente de alabanza y gratitud a Dios, con los sacrificios  diarios, con las celebraciones penitenciales o del Perdón, con la consagración de lugares sagrados y luego del Templo único de Jerusalén, con ayunos y con un sinnúmero de normas relativas al culto, a los levitas y a los sacerdotes.En este contexto también, sobre todo después del exilio, se destaca la consagración a Dios del día sábado (como “descanso” y como “liberación”).Entre los objetos sagrados importantes se destaca el Arca que contenía las tablas de la ley y la Tienda del Santuario, transformada en templo después por Salomón.

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