Historia y Pensamiento Bíblico a Dios libera a su pueblo. S Benetti

HISTORIA Y PENSAMIENTO BÍBLICO

1.  DIOS LIBERA A SU PUEBLO
 
1.1. Introducción.

La verdadera historia de Israel, de la que son continuadores los cristianos, comienza cuando un conjunto disperso de familias, clanes y tribus fue tomando conciencia de que eran una sola nación y un solo pueblo.Es el punto de partida de su fe y de su acción política.Este proceso duró varios siglos, desde el año 1250 aC. hasta el 800, aproximadamente, aunque los relatores de la Biblia, según costumbre semita, “condensan” los hechos y los presentan en un corto lapso de tiempo.Los hebreos (israelitas ) no era ninguna raza especial, sino que formaban parte del conjunto de los semitas, provenientes del desierto de Arabia y de Mesopotamia. Lentamente ocuparon las tierras conocidas después como Palestina, y en ese momento como Canaán. Según las tradiciones eran descendientes de Abraham (hacia el 1900 aC), Jacob, Israel y otros patriarcas.Pero se distinguían de los otros cananeos, sus hermanos, porque adoraban en forma especial a un Dios llamado “Dios del padre”, o sea, del clan familiar, sin dejar de adorar a otros dioses.Otra característica era su sentido en general pacifista y su situación precaria y económicamente dependiente, hasta llegar a un momento en que de tribus nómadas se convirtieron en “abiru”o “hapiru” (de donde deriva el nombre que le daban, “hebreos”), dependientes de los reyezuelos de las ciudades-estado y de los grandes imperios de Egipto y Mesopotamia. Los hapiru formaban una clase social baja,  despreciada y sometida, tanto en Palestina y en el desierto de Sinaí,  como en el norte de Egipto donde emigraron algunos clanes en busca de pastos para sus rebaños.

Efectivamente, un pequeño grupo de clanes se asentó, seguramente aprovechando la invasión de los hicsos, en el fértil delta del Nilo, en un momento en que el imperio egipcio estaba muy debilitado.( Historia de Jacob y José: Gn 37 y siguientes)Pero entre el 1290-1224 aC. subió al trono el faraón Ramsés II, quien le devolvió a Egipto un esplendor y poderío nunca vistos. Para construir fortalezas y ciudades utilizó a estos hapiru como esclavos y los sometió a un duro trato. Entonces los hapiru intentaron huir o fueron expulsados hacia el desierto.La historia de un grupo de ellos, comandados por Moisés, significa épicamente el inicio de un nuevo pueblo y también de una nueva interpretación de la historia que constituye la fe en Yahvé Salvador.

1.2. La nueva conciencia

No hace falta decir que la liberación de la esclavitud de Egipto, la marcha por el desierto donde se realizó la alianza de Dios con su pueblo que acepta su Ley, y la posesión de la tierra prometida, conforman el verdadero corazón de la fe bíblica, traducido en un breve credo, esencia de su conciencia de pueblo:”Mi padre fue un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres… los egipcios nos oprimieron y nos redujeron a esclavitud. Entonces pedimos auxilio al Dios de nuestros padres y él escuchó nuestra voz. Y al ver nuestra miseria y opresión, nos hizo salir de Egipto con su fuerza y poder. Después nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel” (Deut 26,5-10)

En Jos 24   con motivo de la gran a alianza de todas las tribus con Yahvé en Siquem encontramos una versión más ampliada especialmente con la memoria de los “signos y prodigios” que realizó Yahvé. Ver especialmente Jos 24, 5-7 y 17-18

Este pequeño credo sintetiza muy bien la identidad del nuevo pueblo:- Su origen: descendían de Jacob y de sus hijos.- Su antigua situación: la esclavitud- La fe en un Dios que los podía liberar y dar una tierra- El proceso de su libertad y su conciencia de nación con tierra propia.
Y como también sucede con nuestra historia, los hechos son narrados como una gran epopeya que proyecta en aquel tiempo, en forma condensada, una larga y compleja historia, que incluye también toda la legislación posterior y la organización del culto que se  atribuyen a la inventiva de Dios por medio de Moisés, para darles el valor de “constitución fundamental” de la nueva nación. O sea, varios siglos condensados en una epopeya  de 40 años.

1.3. Vivencia  de la situación y conciencia política

La descripción de esta epopeya la encontramos especialmente en el libro del Exodo, como también en Números y en el Deuteronomio, con muchas repeticiones y yuxtaposición de diferentes leyendas y recuerdos.

 

“Mientras tanto asumió el poder un nuevo rey … Entonces los egipcios pusieron a Israel a las órdenes de capataces, para que lo oprimieran con trabajos forzados. Así Israel construyó para el faraón las ciudades-almacenes de Pitom y Ramsés… Por eso los egipcios redujeron a los israelitas a la condición de esclavos y les hicieron insoportable la vida, forzándolos a realizar trabajos extenuantes, como la preparación de la arcilla, la fabricación de ladrillos y toda clase de tareas agrícolas” (Ex. 1,6-13)Tengamos en cuenta el sistema autocrático del Estado egipcio, en el cual el faraón era dueño de todo y señor absoluto de sus súbditos. La religión egipcia y el poderoso aparato sacerdotal apoyaban y justificaban esta ideología. Un sistema que ahora es odiado por los hebreos, pero que con el tiempo será implantado también en Israel por David y Salomón.
El resto de los acontecimientos es muy conocido, pues se conecta con la historia de Moisés, un personaje al que las distintas tradiciones atribuyeron multitud de roles, como el de conductor, liberador, guerrero, profeta, legislador, sacerdote, etc. Moisés es el personaje que sirve de hilo conductor de los relatos, a modo de un héroe épico y como intermediario entre Dios y el pueblo. Lo acompaña su hermano Aarón, considerado especialmente por el Levítico como organizador del culto y del sacerdocio.Ahora bien, esta situación de opresión es la que decide a Dios a intervenir para transformarse en un Dios liberador (o salvador), un dato esencial de la fe bíblica y que inspirará toda su historia hasta llegar a su culminación en la historia de Jesús, tal como lo entiende el cristianismo.
Políticamente, es la toma de conciencia del pueblo de su estado de sometimiento y su voluntad de salir de ella. Esta conciencia es atribuida a Dios, quien le dice a Moisés, fugado al desierto tras matar a un capataz egipcio:”Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… He visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, y he oído sus gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder egipcio para hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos…El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto cómo son oprimidos Ahora vé, pues yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas” (Ex. 3,6-10; 6,2-9)El autor bíblico pone en boca de Dios la experiencia que vivía el pueblo y su conciencia de libertad con dos elementos claves:Primero: Conciencia de la situación y de la necesidad del pueblo, expresada con esos verbos que aluden a una sensibilidad especial: he visto la opresión, he oído sus gritos, conozco sus sufrimientos…Es el primer elemento: partir de las necesidades y demandas, sensibilizarse, escuchar, atender a los reclamos.Segundo: firme decisión  de liberarse de esa situación opresiva. El texto es claro: “por eso” libraré al pueblo, por eso te envío para que los saques de Egipto. Por lo tanto, la conciencia religiosa-política no consiste solamente en un buen sentimiento o en algo puramente interior (sentirse parte de la comunidad, sentirse sensibilizado) o en la sola denuncia de la situación (algo tan típico de nuestros medios eclesiales).


Se necesita una acción coherente, es una respuesta a las necesidades del pueblo  con actos y con una praxis que supone un proyecto y una organización concreta. Fue lo que Moisés tomó a su cargo.
Pero hay algo más: no se trata de salvar a la gente, al pueblo, pues eso llevaría a una nueva situación de dependencia (paternalista). Es el pueblo el sujeto histórico de su propio destino. Es el pueblo quien tiene que concientizarse, quien tiene que creer en sí mismo elevando su autoestima  y sintiéndose solidario. Y es el pueblo todo quien tiene que elaborar su proyecto, organizarse y llevarlo a cabo.
Lamentablemente, hoy en nuestra cultura postmoderna de corte neoliberal, el gran ausente de la política es el pueblo, es la ciudadanía a la que se le atribuye “la soberanía y el poder”, pero sólo de una manera ficticia, pues en realidad quienes piensan y deciden son los “grupos de poder”, las élites  oligárquicas de la política y de la economía.Y a nivel eclesial, todavía el pueblo sigue siendo en muchos casos el gran ausente, con escasa participación y poca estima de sí mismo como pueblo de Dios.

Desde el punto de vista de la fe: Dios es presentado como el aliado natural del pueblo excluido socialmente en tantas formas de esclavitud. No es el Dios filosófico o moralista, menos el Dios aliado del poder que domina sobre el pueblo. Un dato clave que en ningún momento podremos olvidar, aunque habrá quienes intentarán que sea olvidado.

1.4. El nombre de Dios
Con estos conceptos está relacionado el nuevo nombre que Dios se atribuye: “Yahvé”.Posiblemente Yahvé era un dios asociado al volcán y a los truenos en alguna zona del desierto donde vivía la tribu de Jetró.Según el Exodo, Dios, después de su compromiso de liberar al pueblo, revela su nombre, o sea, su identidad, su mismo ser, según la mentalidad semita:”Dijo Dios a Moisés: Yo soy lo que soy. Tú hablarás así a los israelitas: `Yo soy` me envió a ustedes. Este es mi nombre para siempre y así seré invocado en todos los tiempos futuros… Decidí liberarlos de la opresión que sufren en Egipto para llevarlos al país de los cananeos…” (Ex. 3, 13s).

 

El nombre de Yahvé (“Soy lo que soy”) no tiene el sentido de una definición filosófica (impensable entre los semitas), sino que indica una presencia activa-liberadora junto a su pueblo, pero subrayando su categoría divina o santa. Sería como decir: “Yo soy el único que estoy allí, junto a mi pueblo” (Véase Is, 52,6)Yahvé no indica lo que Dios es, sino cómo se manifiesta, cómo se muestra y cómo se hace presente.Un nombre que se explica mejor con la conocida expresión : “Dios está con nosotros”, en el sentido de defensor, auxilio, garantía y conductor.El pueblo solo puede pronunciar ese nombre en las asambleas litúrgicas, y con ese Nombre hace presente al mismo Yahvé, porque conocer su nombre es tener su poder, de acuerdo a la mentalidad antigua. Y con ese nombre se bendice al pueblo o se lo invoca.De ahora en más el pueblo (todas las tribus) tienen su Dios con nombre propio, Yahvé, que los escritores bíblicos presentan como continuidad del Dios del padre de los antiguos patriarcas.1.5. El Dios liberador

a) Estamos, aproximadamente, hacia el año 1250 aC.Algunos centenares de esclavos hapiru (el relato épico habla de 600 mil varones sin contar mujeres y niños) deciden conseguir su libertad a riesgo de su vida. Escapan imprevistamente y logran cruzar los pantanos del mar Rojo para adentrarse en el desierto de Sinaí.El incidente, desconocido por la historia egipcia en sus documentos, marca el inicio de un nuevo movimiento religioso mundial,  que inspirará tres grandes culturas hermanas: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

Pero aquel incidente, seguramente común en aquellas épocas de esclavitud, no hubiera trascendido si sus protagonistas y sucesores no hubieran visto en él la mano providencial de Dios que se expresaba como el Dios Liberador.

Esta es la esencia de lo que se llama la cultura judeo-cristiana a la cual pertenecemos, motivo más que sobrado para que nos detengamos a reflexionar sobre su significado. La expresión “Yahvé sacó a Israel de Egipto”, tan frecuente en la Biblia, tiene el sentido de una verdadera profesión de fe y constituye la misma esencia del yavismo.

Ver especialmente Dt. 26,8 y Jos. 24,5, textos del pequeño credo.Varios salmos expresan esta fe y reflexionan sobre la gesta del éxodo, el camino por el desierto y la infidelidad del pueblo: 68, 77, 78, 105, 106, 114 y 136.

Si bien se trató de un hecho de sentido específicamente político-social, la posterior reflexión del pueblo supo ver en él un profundo significado de fe.La espectacularidad que los relatos posteriores le asignan (las plagas de Egipto, el cruce milagroso del mar, la muerte de los egipcios, el alimento milagroso del maná, etc.), no tiene otro sentido que revelar lo insólito y lo inmensamente grande que resultó ser ese primer gesto y gesta de Dios con el pueblo que se consideraba suyo.

Israel vio en ese suceso liberador la garantía de todo su futuro, la fianza a la que podía recurrir siempre que estuviese en un período de prueba. Cuando Israel se sintió atacado o en peligro de sucumbir, cuando tuvo que enfrentar a los poderosos reinos de Asiria, Babilonia o Siria, cuando estuvo exilado o sometido a reyes inicuos y despóticos, siempre recurrirá a este Dios liberador o intentará refrescarle la memoria como hace el orante del salmo 74:

 

“Acuérdate del pueblo que adquiriste en otro tiempo, de la tribu que rescataste para convertirla en tu herencia… ten presente tu alianza porque todos los rincones del país están repletos de violencia… ¡Levántate, Señor, defiende tu causa..!” (Sal. 74,2.20.22).La Biblia nunca espiritualizó esta liberación, que en todas sus páginas siempre se refiere a una libertad integral, política y social, como fue la liberación primera de la servidumbre y opresión egipcia.No olvidemos que los israelitas ignoraron el concepto de espíritu y de alma inmortal (propia de los griegos) y sólo muy tardíamente (hacia el siglo II antes de Cristo) comenzaron a creer tibiamente en la resurrección.Por eso su fe está netamente relacionada con la vida de aquí, con la política, con los problemas sociales, con el hambre, con la opresión de los explotadores y con el ansia de libertad y de paz en una sociedad humana del aquí y del ahora.

Estos elementos conforman el concepto general de “justicia” que la Biblia atribuye a Dios, a los auténticos reyes y al futuro mesías (Is 11,1-5; Jer 23,5-6; 33,14-26; Sal 72) El lector observará que la fe religiosa bíblica nace de un hecho político, de una relación entre unos hombres que se sienten esclavizados con otros que los oprimen injustamente.No se trata de una revelación de secretos celestiales o de misterios teológicos, sino de la necesidad de una presencia divina aquí en la historia, aquí en las instituciones políticas internacionales, aquí en la situación de indefensión, humillación y oprobio de un grupo de esclavos que sufre su impotencia.

Por lo tanto, siempre se trata de una interpretación de la historia, que se re-interpreta constantemente en cada nueva época y situación. La fe descubre el paso de Dios por la historia y su constante intervención.Por eso algunos textos, como el del salmo citado, hablan de “redención y rescate”, dos términos que se aplican a la liberación de un esclavo, por quien se paga un precio. Entonces Yahvé habla de su pueblo “adquirido, comprado, propiedad suya”, etc., aludiendo a su rol de liberador.

b) Libertad

Si lo opuesto a la esclavitud es la libertad, comprenderemos por qué la libertad es la esencia de la fe bíblica, lo que llevará a los profetas a protestar contra todo cercenamiento de dicha libertad, sea por los mismos reyes despóticos de Israel (como Salomón, cuyo despotismo genera la sublevación de diez tribus) que oprimían con impuestos a los israelitas, sea por el legalismo o el cultualismo que penetrarán muy fuertemente después del Exilio y que quitaban la libertad de la conciencia, tal como lo denunciará el mismo Jesús, sea contra la opresión de pueblos y dioses extranjeros.Como lo veremos oportunamente, la resistencia que siempre habrá hacia la monarquía provenía de este miedo que los israelitas, orgullosos de su libertad, sentían frente al despotismo monárquico, característica de todos los reinos de la época.Esta mentalidad llevará a los israelitas a reconocer como único “Señor” y rey a Dios, conscientes de que era un Dios que jamás podría poner en riesgo su libertad.

Por tanto, si la libertad es la misma esencia de la fe, la corrupción fundamental es la falta de libertad, también llamada esclavitud, opresión, despotismo, autoritarismo y legalismo.De esta manera, la fe bíblica proclama un sentido religioso que es autonomía, en cuanto respeto al derecho fundamental de ser un hombre libre, tanto a nivel político como social, tanto como pueblo-nación o como individuo. Si hoy los cristianos se preguntan por la relación entre fe y política, es porque han perdido este sentido fundamental de la fe bíblica, inconcebible sin esta íntima relación.

 

No descartamos, por cierto, otros aspectos de la libertad, como libertad interior, libertad espiritual, libertad psicológica, etc., pero sería falsear el sentido de la fe bíblica si no incluimos como elemento esencial este sentido político y social de liberación, libertad, rescate o salvación, o como se lo quiera llamar..Es una libertad “negativa” (liberarse de…) que se expresa, antes que nada, por la resistencia a la dominación creciente que las élites político-económicas ejercen hoy sobre las personas y las culturas.Y una libertad “positiva” (liberarse para…) que es la capacidad para la mayoría de los ciudadanos de sentirse y ser sujetos de su destino histórico, capacidad para vivir libremente, construyendo su vida en la conjunción de lo que cada uno es y quiere ser.Por lo tanto, una libertad “creativa”, infinitamente más rica que aquella simple libertad de “elegir”, pues generalmente al pueblo le queda muy poco que elegir; en todo caso, elegir desde lo que a otros les sobra. 1.6.

Mantener firme esta conciencia: la Memoria De allí la importancia fundamental de la “memoria” de nuestro origen, verdadera fuente de nuestra identidad. No nacimos hoy, no somos un fragmento sin nombre y sin historia (como se pretende hoy desde un postmodernismo individualista).Por cierto que no se trata de una memoria encerrada en el pasado (tradicionalismo) sino abierta a las nuevas experiencias y vivencias culturales e históricas como lo hizo el pueblo de Israel, pero que siempre nos remite al origen, no al simple comienzo cronológico de nuestra historia sino al significado profundo de esos hechos que hacen a la esencia de nuestra identidad.

La memoria es “recordar los orígenes y tomar conciencia de nuestros fundamentos”, para ser testigos de ese origen y para celebrarlo (las fiestas litúrgicas y fiestas patrias hoy tan lavadas), acrecentándolo después con nuevos proyectos, desde una vocación participativa, creativa e histórica.

Nada mejor que recurrir a los textos bíblicos para confirmar estas ideas, ya presentes en la conciencia política de los hebreos, hace más de tres mil años.Así, el canto que el relator pone en boca de Moisés, tras el paso del mar, dice:”Cantaré al Señor que se ha cubierto de gloria, él hundió en el mar caballos  y carros. El Señor es mi fuerza y mi protección, él me liberó… Guías con tu fidelidad al pueblo que has rescatado…” (Ex. 15,1-2.13).

Esta liberación, salvación o rescate debe quedar para siempre en la memoria de todos (es el nuevo sentido de la fiesta de pascua) porque es lo que da significado a la existencia misma de Israel como pueblo:”Conserven la Memoria de este día en que salieron de Egipto, ese lugar de esclavitud, porque el Señor los sacó de allí con el poder de su mano. Por eso este día no comerán pan fermentado… (sigue la descripción de la pascua). Este rito será como un signo en tu mano y un memorial ante tus ojos… porque el Señor te sacó de Egipto con mano poderosa…Y cuando tu hijo te pregunte el día de mañana: `¿Qué significan estas normas, preceptos y leyes que el Señor nos ha impuesto?`, tú le responderás: `Nosotros fuimos esclavos del faraón, pero él nos hizo salir con mano poderosa… El nos hizo salir de allí y nos condujo para darnos la tierra que había prometido a nuestros padres con juramento…” (Ex. 13,3.9.11-16; Deut. 6,20-25

La fiesta pastoril de pascua, anterior a Moisés, tenía el sentido de alejar los maleficios para el ganado que nacería en primavera. Desde la experiencia del éxodo, es interpretada como “el paso liberador de Yahvé”.Y la fiesta de los panes ácimos que significaba el nuevo comienzo de la vida en la primavera, adquiere el sentido de lo nuevo que Yahvé hace a favor de su pueblo.
1.7  La liberación incluye la posesión de la tierra. Hacia la igualdad social.a) Elegir el propio modelo, frente al sistema feudal oligárquico  Si hay un problema que generó infinidad de guerras y conflictos es este: un pueblo necesita tierra propia (la “tierra” como terreno de labranza, y como símbolo de un bien propio, de un medio de vida).Y si hay un problema que afecta a millones de seres humanos también es este: no tienen un pedazo de suelo “donde caerse muertos” o vivos, mientras que una pequeña minoría acapara tierras y bienes como si fueran su propiedad exclusiva.

 

Y la pregunta: ¿A quién pertenece “la tierra”? ¿A quién pertenecen los bienes de la tierra? Basta pensar en este dato: en América Latina, el 10% de la población tiene el 45 % de sus bienes y riquezas. Y en el mundo entero, el 20% de la población (países ricos) posee entre el 85 y el 90% de las riquezas mundiales, mientras que el 20% más pobre apenas posee el 1,3%.De nada sirve que tengamos libertad y democracia, si no hay igualdad social; o sea, si la democracia no se hace extensiva a las mismas posibilidades para una vida digna y de calidad.No es casualidad, por tanto, que el pequeño credo de los hebreos incluye como un elemento esencial la posesión de una tierra propia. Históricamente las tribus, a lo largo de los siglos, se fueron asentando, generalmente en forma pacífica, en zonas no pobladas de Palestina; algunas, llegadas del desierto en último lugar, lo hicieron con alguna resistencia de los cananeos, que la historia épica tradujo en una conquista.Y allí, todas se encontraron con un sistema sociopolítico que podríamos llamar “feudal”, frente al cual tuvieron que hacer una opción para no perder su independencia o para afirmarla, ya que en general, como sabemos, estaban en una condición de inferioridad “tercermundista”.

Los cananeos no formaban un reino unido sino un conglomerado de ciudades-estado (situadas especialmente en las llanuras y costa marítima), gobernadas por reyes absolutistas que eran, al mismo tiempo, jueces, sacerdotes y jefes militares; asesorados por un concejo de ancianos y notables.La administración se completaba con un cuadro de intendentes, inspectores, recaudadores y escribas, llamados “gente del rey” o “servidores del rey”.

Se trataba de una sociedad feudal en que la clase dirigente de la nobleza recibía tierras y otros privilegios reales. Los nobles eran jefes militares o dueños de los carros de guerra.Entre la nobleza y los esclavos, que eran escasos, estaba la gran mayoría de los campesinos que, aunque libres, estaban adheridos a la tierra del rey o de los nobles. Aunque podían tener algún trozo de tierra, estaban obligados a prestaciones voluntarias en las tierras del rey, al servicio militar y a impuestos sobre el grano, el aceite y el vino (lo que implicaba un 25% de la producción), amén de otras contribuciones ordinarias y extraordinarias en las tierras reales y en construcciones. También había artesanos y comerciantes.

El principal recurso del rey era el monopolio de las caravanas de comercio y las flotas mercantes.Este sistema social estaba anclado en el absolutismo del rey, en un fuerte ejército, en un aparato administrativo para el cobro de tributos y en un esquema religioso-sacerdotal que justificaba al sistema.Este es el modelo de monarquía que adoptarán David y sus sucesores de ambos reinos de Judá e Israel. Modelo que, con características propias imperará también en la Edad Media.Además de los cananeos, habían llegado por esa época los pueblos del mar, llamados “filisteos”, provenientes de islas del Mediterráneo, que pronto hicieron sentir su peso, constituyéndose en los principales adversarios de los hebreos.

b) Teología de la tierra

La posesión de la tierra de Canaán forma parte de la conciencia de la fe yavista y es signo de la acción salvadora de Yahvé, conforme al credo básico de Dt. 26,5-10 que dice en los versículos 9-10:”El nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.

Por eso te ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú me diste.”Esta teología presenta la entrega de las tierras (Jos. 13-21) a todas las tribus reunidas como una donación de Yahvé:”Cuando Josué era de edad muy avanzada, el Señor le dijo…: `Tú, por tu parte, distribuye el país entre los israelitas por sorteo, para que lo posean como herencia, según te lo he ordenado. Sí, ya es hora de que repartas este país entre las tribus… para que lo posean como herencia” (Jos. 13,1.6-7).

La idea fundamental es ésta: la tierra es de Yahvé y él la entrega a su pueblo. La tierra es la “herencia” que Dios reparte; por eso es la tierra donde debe rendirse culto a Yahvé, dentro de sus fronteras, porque pertenecer a Yahvé es habitar en su tierra. Y si es herencia, es inalienable.Como vemos, Yahvé deja de ser el Dios trashumante y se vuelve sedentario: es el Dios de la tierra y del pueblo que vive en ella. Esta postura teológica es la que fundamenta el derecho de propiedad en Israel, como bien lo dice Lev. 25,23:”La tierra no podrá venderse definitivamente, porque la tierra es mía y ustedes son para mí como sus huéspedes y criados”.


Esto diferencia esencialmente a Israel de los demás pueblos, cuyas tierras pertenecían al rey por mandato divino. El esquema israelita es diferente y se mueve en tres planos: la tierra es de Dios, quien la entrega a toda la comunidad como una herencia general, y después se sortea un lote para cada familia.Es una consecuencia de la alianza: si el poder de Dios está en el pueblo, también la tierra es del pueblo.No existe, pues, una propiedad “privada” en el sentido moderno, y menos la idea de su fundamento en un supuesto derecho o ley natural.

Lo esencial es esta propiedad comunitaria, pues se desconoce el concepto de “propiedad privada” de la tierra, ya que el sorteo de las tierras, como un arriendo de Dios, se realiza cada siete años después del año sabático de barbecho en que la tierra descansaba (Lev. 25, 1s.) Este sorteo era un acto sagrado, pues se recibía la tierra de Dios, el único dueño. De allí que los israelitas no podían enajenar sus tierras para siempre. Si lo hacían para pagar sus deudas, la ley establecía que la adquiriera algún pariente y, si esto no fuera posible, volvería a sus manos en el año jubilar o sabático (Lev. 25,24s).

Observamos dos cosas

-La posesión y el cultivo de la tierra es un acto inherente a la fe, otro caso de relación entre fe y política. La Biblia desconfía de la tenencia a manos del rey o de los príncipes, porque este sistema siempre termina dejando en la miseria a los campesinos, cosa que sucederá durante la monarquía.La posesión de la tierra, signo y expresión de la bendición divina  no es algo ajeno a la fe ni asunto dejado a la ley de oferta y demanda (que termina favoreciendo siempre a los ricos), porque la fe bíblica entiende que la libertad del hombre suele ser una quimera sin la posesión de bienes materiales.Algo que en nuestro capitalismo liberal aún no queremos entender.Y este derecho es igual para todos los miembros de la comunidad, de allí la práctica del sorteo igualitario.

Más allá de las diferencias del caso, se trata de un principio interesante para tener en cuenta hoy, en una sociedad donde la diferencia entre los que acaparan tierras y bienes y los que nada tienen, es simplemente abismal.Para completar estas ideas, digamos que el posterior texto de la creación (Génesis 1-2) escrito durante el exilio, atribuye toda la tierra a toda la humanidad.

– Esta posesión sagrada de la tierra, explica, al mismo tiempo, la donación de las primicias al “dueño” Yahvé (Lev 23,9-14 y 15-22) y la tremenda resistencia que ofrecerán las tribus durante la monarquía al pago de tributos por tierras y frutos correspondientes.

Desde entonces “la tierra” tiene el sentido de bendición definitiva de Dios, como lo pondrá de relieve la bienaventuranza de Jesús: “Felices los pacientes porque poseerán la tierra como herencia” (Mt. 5,4).El hecho de que esta bienaventuranza haya sido tan espiritualizada, simbolizando el cielo, es otro signo de que no logramos entender que la tierra y sus bienes forman parte del reinado de justicia de Dios, tema al que alude Jesús.


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