Educar en y para la Libertad. José Alcázar

Educar en y para la libertad.

Nuestra realidad social presenta perfiles contradictorios: por una parte, parece que se considera a la libertad como el valor supremo y, por contra, se huye de la auténtica libertad, la libertad íntima e interior, que es dominio de sí, señorío sobre los propios actos. Algunos identifican libertad con instinto, espontaneidad, independencia…

José Antonio Alcázar Cano.

I. Introducción

La cultura actual ha concedido a la libertad un valor muy principal. A la vez, se busca la tolerancia como base necesaria para una convivencia pacífica, como un bien deseable para una sociedad pluralista que evita el fanatismo. Sin embargo, la historia reciente está demostrando que toda esa sensibilidad no ha logrado acabar con muchas formas de violencia e intolerancia -personal y social- que todos abominamos. Es más, asistimos en nuestra propia sociedad a un recrudecimiento de la violencia y la intolerancia, que también se pone de manifiesto en las escuelas.

Nuestra realidad social presenta perfiles contradictorios: por una parte, parece que se considera a la libertad como el valor supremo y, por contra, se huye de la auténtica libertad, la libertad íntima e interior, que es dominio de sí, señorío sobre los propios actos. Algunos identifican libertad con instintoespontaneidad,independencia… Son los mismos que piensan que uno es libre si no es responsable de nada, si puede hacer impunemente todo lo que le apetece, olvidando que el autodominio, la templanza, el señorío sobre las apetencias es condición y raíz de libertad.

Otro contraste significativo es la extensión de una cultura que hace compatible una solidaridad intermitente (frecuentes llamamientos a la solidaridad para acallar la conciencia, conciertos benéficos, programas de TV especiales para recaudar fondos para países o grupos sociales damnificados) con la exaltación del yo a través de un egoísmo brutal, propio de una cultura individualista, egocéntrica e inmadura. ¿No estaremos asistiendo a unos comportamientos políticamente correctos -y bien vistos- que maquillen una crisis moral de fondo? ¿Se está poniendo de moda una ética de cosmética?

Un contraste más: asistimos a la extensión del fenómeno de la “aldea global“, a una sociedad cada vez más abierta y multicultural, en la que se difuminan las fronteras, a la par que crece una cultura de la autosuficiencia y del miedo al otro, al distinto, al extranjero (i) -que son vistos como un peligro, una amenaza o molestia- y, a veces, al vecino, al que se le pide que no moleste. La indiferencia se pone la máscara del respeto, olvidando el sentido positivo de esa virtud tan necesaria para la convivencia y que supone interesarse por el respetado, hacer algo por su bien.

La cuestión de la libertad no es en absoluto sencilla. Plantea una serie de tensiones naturales -entre la propia libertad y la de los demás; entre la libertad y la verdad; entre la libertad individual y el bien (propio y de la colectividad); etc.- que sugieren apasionantes temas de debate para cualquier sociedad que se precie de reconocer y proteger los derechos de sus ciudadanos. Esta Nota Técnica pretende aportar algunas ideas y reflexiones que pueden contribuir a una verdadera y positiva educación para la libertad responsable.

II. Educación y libertad

La libertad de cada persona, hecho diferencial en el que se fundamenta la dignidad del hombre y su superioridad sobre los seres que carecen de razón, se impone como el dato previo y fundamental de cualquier programa de educación en la familia y en la escuela.

La dignidad de la persona implica la libertad, pero no como mera posibilidad de optar entre cosas más o menos interesantes, sino como capacidad de decidir por sí mismo lo que se ha de hacer para ser lo que se quiere ser: somos verdaderamente libres cuando nos adueñamos de nuestras propias decisiones, cuando afianzamos nuestra independencia, cuando nuestra voluntad se enfrenta, si es preciso, a la fuerza del ambiente.

La educación es un proceso de ayuda a la adquisición de la madurez personal procurado a través de múltiples estímulos y en situaciones muy diversas, para facilitar a los hijos el libre desarrollo de su capacidad, a través de la adquisición de conocimientos, hábitos y destrezas, virtudes y actitudes, que le faciliten el dominio sobre sus propios actos. La educación.

“responde al intento de estimular a un sujeto para que vaya perfeccionando su capacidad de dirigir su propia vida, o, dicho de otro modo, desarrollar su capacidad de hacer efectiva la libertad personal, participando, con sus características peculiares, en la vida comunitaria”
(ii)

Un proceso, en definitiva, que permite a cada hijo o alumno formular su proyecto personal de vida y le ayuda a fortalecer su voluntad de modo que sea capaz de llevarlo a término, al tiempo que desarrolla su capacidad de amar.

Padres y profesores han de estar prevenidos contra los reduccionismos que empequeñecen la educación, como adoctrinar en vez de enseñar o sólo instruir, en vez de educar. Educar no consiste en meter a presión al alumno o hijo en un molde, sino en un proceso que tiene su punto de referencia en la verdad, que la persona ha de ir descubriendo por sí misma, hasta tomar la decisión de vivir conforme con la verdad hallada.

Paralelamente a la exaltación de la libertad y, paradójicamente en contraste con ella, la cultura moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad. (…) Se trata de tendencias que (…) coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar la dependencia de la verdad con respecto a la libertad. (…) la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 32)” (iii).

En efecto, la verdad condiciona y hace posible a un tiempo el ejercicio de la libertad, de modo que quienes intentan liberarse de espaldas a la verdad, encadenan su libertad y empobrecen su propio yo. No son libres quienes están sometidos a sus instintos y carecen del señorío interior para dominar sus impulsos primarios, ni aquellos que se muestran incapaces de superar la parcialidad de su mundo subjetivo de sentimientos y emociones para conocer la realidad tal cual es, independiente a nosotros.

Un objetivo tan personal se resiste necesariamente a cualquier intento de manipulación exterior, o de indoctrinamiento: la educación en libertad respeta el protagonismo del alumno en su propio proceso educativo, y no lo sustituye cuando puede ser el interesado quien -con la información suficiente- seleccione unas metas asequibles y los medios para alcanzarlas. Una persona educada en la libertad es capaz de rechazar las respuestas fáciles, porque su voluntad fortalecida por el ejercicio está en condiciones de superar la frivolidad y de cumplir el propio deber, aunque en alguna ocasión presente perfiles ásperos.

Educar la libertad significa, entre otras cosas:

  • ayudar a preguntarse a uno mismo qué significa ser libre, y a adquirir conciencia de que la respuesta no es ni evidente ni inalcanzable;
  • entender que no hay una vida sensata si uno no tiene mínimamente presente esa pregunta y reflexiona sobre las alternativas que se le presentan; y
  • saber que muchas de esas alternativas serán contrarias a las propias inclinaciones o apetencias, o a las de la época en que uno vive.

La persona educada en la libertad es aquella capaz de rechazar las respuestas fáciles y preferidas, y no porque sea persona obstinada, o por querer ser original, sino porque conoce otras respuestas de más digna consideración, porque busca la verdad y conoce el para qué de la libertad, su finalidad y su sentido, ya que la libertad ni es un valor absoluto, ni tiene razón de ser en sí misma: es un medio, un bien fundamental, que me permite conseguir otros bienes. Por eso, la libertad se justifica por su sentido teleológico, esto es, por su necesaria relación al bien que se pretende conseguir como fin de la acción (iv).

III. Educar personas libres.

Para educar la libertad es preciso atender a la totalidad de la persona: la inteligencia, la voluntad, la afectividad y el sentido transcendente. En primer lugar, enseñar a pensar o, lo que es lo mismo, enseñar a buscar la verdad; después, ayudar a fortalecer la voluntad, para estar en condiciones de adherirse libremente y de comprometerse con la verdad; enseñar también a superar las dificultades y a poner sentimientos y afectos al servicio de las decisiones libres; por último, el hombre es un ser sociable, abierto a la relación personal con Dios y con los demás, y ha de aprender a dar, a darse y a amar.

La inteligencia alimentada por la verdad, la voluntad fortalecida por las virtudes y el corazón entusiasmado con un ideal y capaz de amar, se funden en la unidad irrepetible de cada hombre -unidad de vida-, haciendo posible la felicidad. “La actividad educativa se fundamenta en la concepción del ser humano como persona, como unidad de vida; sólo así es admisible la pretensión de una educación integral” (v). Esto es, un proceso que pone a cada persona en condiciones de trabajar con competencia y espíritu de servicio, le enseña a convivir, a comprender y a respetar a todos; a sentir la responsabilidad de colaborar en la construcción de un mundo más justo y más solidario. Y, al mismo tiempo, en unidad de fines y de acción, sin quiebra alguna, la educación ha de procurar que cada hombre conozca a Dios y le ame, ayudándole a descubrir su presencia amorosa a través de las incidencias de la vida diaria.

Educar supone hacer pensar, no ser pesados ni impositivos, y no formar personas de respuesta aprendida. Una auténtica educación de la libertad ha de pretender que los alumnos se “aficionen” a buscar la verdad, sin olvidar que los hombres podemos ser muy aficionados a buscar la verdad, pero bastante reacios a aceptarla. No se puede decir que la verdad no exista, ni que dé igual una verdad que otra, ni que la verdad se vaya a componer entre las opiniones de todos. Pero sí ha de aceptarse que muchos otros tendrán alguna parte de verdad en ámbitos muy diversos, y también nos iluminan con sus aportaciones y sus hallazgos en esa necesaria y liberadora búsqueda de la verdad.

Una cosa es reconocer que caben múltiples puntos de vista, que la verdad a menudo no es inmediata; y otra, pensar que no la hay en absoluto y que el acuerdo es imposible. Ante las diferencias de opinión, lo razonable es plantearse cuáles de las expresadas son verdaderas, o más cercanas a la verdad, en lugar de rechazarlas todas; lo sensato es tratar de resolver la diferencia, examinando las razones y argumentos de cada opinión

Es preciso suscitar un sano sentido crítico frente a los medios de comunicación de masas, omnipresentes y de una gran influencia manipuladora. Hemos de enseñarles a procurarse otras fuentes de información y de formación: leer, pensar, hablar; en definitiva, dar profundidad al pensamiento y a la vida.

IV. Exigencia, autoridad, libertad.

Una voluntad fuerte es un elemento imprescindible en la búsqueda de la felicidad. Y muchas personas carecen de esa fuerza de voluntad porque han sido educadas en una atmósfera de permisivismo, fruto de un mal entendido sentido de la libertad que ha impedido formar en la exigencia. El fracaso del permisivismo refuerza la idea -de sentido común- de que toda persona ha de aprender a esforzarse seriamente si quiere conseguir cualquier objetivo valioso en su vida. Y sobre todo, en las primeras etapas de la vida, en las que se va conformando el carácter.

Por otra parte, para aprender a esforzarse seriamente resulta muy práctico procurar sujetarse -libremente, pero sujetarse- a un plan exigente. Y esto es así porque hacer lo que uno entiende que debe hacer supone, muchas veces, un esfuerzo considerable. Por eso, una educación para la libertad responsable ha de llevar a plantear -o plantearse- un alto nivel de exigencia personal.

La educación de la voluntad tiene como objetivo procurar que cada alumno se forme en el esfuerzo y en la responsabilidad personal, desarrollando hábitos que fortalezcan su capacidad de decisión y le permitan ejercer su libertad. La voluntad se educa mediante la repetición de actos que permiten la formación de hábitos operativos, esto es, mediante el desarrollo de las virtudes humanas que facilitan vivir de acuerdo con criterios éticos de conducta libremente aceptados, conformes con la dignidad personal. En definitiva, mediante la educación de la voluntad se ayuda a los alumnos a ser capaces de vivir los compromisos que han adquirido libremente (vi), superando los obstáculos que puedan presentarse, y a adquirir criterio personal.

Una voluntad fuerte permite al alumno tener confianza en sí mismo y ser capaz de gobernarse: hacer lo que quiere hacer, dominando sobre los sentimientos del momento; esto es, le permite ser libre, señor de sus propios actos. Por eso, señala Spaemann:

“A quien nada quiere no se le puede plantear ninguna exigencia. Si uno se encuentra en un estado de apatía, de falta de voluntad, entonces cualquier deber cae en el vacío”
(vii). 

“Sería tremendamente ingenuo pensar que se puede amar a alguien, tolerar las ideas contrarias, o proteger el medio ambiente sin cargar con inconvenientes, sin sacrificio. “Será difícil, pues, seguir la voz de la obligación moral sin previamente tener educada la fuerza de voluntad. La educación de la voluntad estaría según esto en la base, sería la condición de posibilidad de la educación moral. Sólo con una buena voluntad se puede llegar a poseer una voluntad buena y sólo desde una pedagogía del esfuerzo se logrará, por tanto, la verdadera libertad moral”
(viii). 

Palabras como deberexigenciaautoridaddisciplina… están en desuso o están siendo reemplazadas por estímulorealizaciónmotivación. La exigencia es imprescindible en la educación y su sentido no es otro que el enfrentar a la persona con su propia responsabilidad: el desarrollo de la responsabilidad exige un ejercicio adecuado de la autoridad.

“La autoridad de los padres es una influencia positiva que sostiene y acrecienta la autonomía y la responsabilidad de cada hijo; es un servicio a los hijos en su proceso educativo, un servicio que implica el poder de decidir y de sancionar; es una ayuda que consiste en dirigir la participación de los hijos en la vida familiar y en orientar su creciente autonomía, responsabilizándoles; es un componente esencial del amor a los hijos que se manifiesta de modos diversos en diferentes circunstancias, en la relación padres-hijos” (ix)

Cabe el peligro, al ejercer la autoridad para ayudar a crecer en libertad, de caer en dos enfermedades de la exigencia:

  • la rigidez de aferrarnos a lo absoluto (al mejor deber ser), sin tener en cuenta al hijo, que está en proceso de madurez, y sus circunstancias;
  • o el desánimo paternalista, del que deja de exigir porque considera insalvables las dificultades del ambiente.

Quizá sea este un momento especialmente oportuno para devolver a la autoridad su auténtico sentido, lejos de todo autoritarismo. Para esto, es muy recomendable:

  • Guardarse de querer juzgarlo todo y precipitadamente.
  • Esforzarse por no caer en el simplismo de “etiquetar” los problemas, que es un modo de eludir su complejidad. Especialísimamente con las personas, hemos de estar prevenidos contra los estereotipos: cuando se “encasilla” a alguien suele ser para agredir, despreciar o dominar.
  • Adoptar actitudes abiertas y positivas ante las nuevas formas y estilos de vida, compatibles con la dignidad del hombre,
  • Huir del talante de queja habitual, del catastrofismo, de la condena precipitada.

Exigir a los hijos o alumnos con una exigencia cordial y amable que les ayude a reflexionar sobre su propia situación y a esforzarse por superar los defectos y por consolidar sus cualidades positivas es una muestra patente de cariño. De la misma manera, “no exigir lo que se puede y se debe exigir es una muestra evidente de falta de respeto” (x).

V. Los educadores -padres y profesores-, promotores de libertad.

El padre o el profesor que desean educar en y para la libertad no sermonea, sino que observa y escucha al hijo o alumno con interés para conocer lo que despierta su curiosidad, sus intereses, sus pasiones, sus anhelos. Se coloca en el lugar del otro y se esfuerza por comprender sus puntos de vista, aunque esté una generación más allá; en definitiva, mantiene la juventud de espíritu que le permite aprender de quienes está enseñando.

No han de suplantar la voluntad del hijo limitándose a señalarle qué debe hacer, sino ayudarle a tomar sus propias decisiones, a actuar con libertad personal, poniéndole frente a sus responsabilidades. Si la relación padres-hijos (o profesores-alumnos) se limitase a un trato superficial estereotipado, quizá lograría que el hijo aceptara externamente sus consejos -por quedar bien, o para librarse de su insistencia-, pero habría perdido la ocasión de educar, de ayudarle a conocerse, a hacer suyos unos criterios de conducta y a vivirlos con libertad personal.

Las manifestaciones prácticas de la educación en y para la libertad serán diversas según las edad y la madurez del educando, pero siempre cuenta con su protagonismo: padres y profesores aconsejan y orientan, avivando la autonomía del alumno, de modo que no se refugie en la falsa seguridad que le ofrece una dependencia pasiva. Con esa actitud, ayudan con hechos al alumno a reflexionar sobre las exigencias del don de la libertad, y a entender que sólo tiene una vida coherente quien actúa con referencia a la verdad, aunque a veces las alternativas que la verdad ofrece contrarían las propias apetencias.

La educación es algo muy amplio, que abarca todas las dimensiones de la persona, y que -al menos en sus primeras etapas- exige desarrollarse dentro de un marco de coherencia. Si en las edades escolares se reciben habitualmente en la escuela mensajes educativos difícilmente conciliables con los recibidos en la familia, el resultado suele ser una educación con abundantes contradicciones internas. En edades posteriores, hay una mayor capacidad de hacer una síntesis personal entre mensajes y criterios contradictorios, pero en edades tempranas el resultado suele ser la descalificación de uno de los ámbitos -lo escuchado en la escuela o lo escuchado en la familia-, el escepticismo, o bien una confusa agregación de ideas incompatibles, que vienen a formar en su cabeza un resultado final fragmentario, falto de maduración y de reflexión personal, y cuajado de incoherencias en la personalidad y en los valores.

El principal medio para educar la libertad lo constituye la misma convivencia familiar y escolar. Cuando hay auténtica convivencia familiar -o escolar-, los niños y jóvenes aprenden a asumir distintos papeles y adquieren habilidades de relación, comprensión, apertura y comunicación. Hablar con los hijos supone darse a conocer y conocer, y ese conocimiento engendra y aumenta el amor; supone expresar las propias emociones y enseñarles a expresar las suyas; supone enseñar a resolver los problemas dialogando y un largo etcétera de efectos positivos.

Las ocasiones en que se puede razonar con ellos sobre estos temas se presentan abundantes en la vida normal, y es cuestión de atención al otro, para no dejarlas pasar. Se pueden aprovechar de forma muy eficaz, sin caer en una tediosa y continua reiteración. Se trata de coger al vuelo, con naturalidad, esas ocasiones que surgen en la familia o en la clase ante una noticia en la televisión o la prensa; o con motivo de algún acontecimiento familiar, o de cualquier sucedido, grande o pequeño; aprovechando esas frecuentes preguntas que, si hay confianza, surgen con fluidez; sabiendo hacer una sencilla reflexión, en el momento oportuno, sobre el sentido de estas cuestiones, de las que en tanto depende una acertada educación.

La libertad se ve amenazada por limitaciones internas, como la pereza, la comodidad, el egoísmo, la resistencia a adoptar decisiones personales y a aceptar las consecuencias de los propios actos, o la tendencia a hacer lo que apetece y no lo que verdaderamente se quiere. Las virtudes nos ayudan a superar esas limitaciones y facilitan el compromiso de la persona con los valores. Las virtudes morales son disposiciones estables consciente y libremente adquiridas, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y sentimientos y guían nuestra conducta.

VI. Conclusión

Nuestra tarea de educadores consiste en ayudar a formar personas libres, capaces de asumir las exigencias de la fe y conscientes de su responsabilidad de desarrollar al máximo sus propias posibilidades. Jóvenes con autonomía y capacidad de iniciativa en su vida individual, en sus relaciones sociales y en su vida de trabajo. Mujeres y hombres que sean capaces de decidir su propio proyecto personal de vida, de adherirse libremente a unos valores, de cumplir sus compromisos y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones.

Ser libre significa tener las riendas de la propia vida. El hombre nace dotado de una libertad radical, originaria y, a la vez, ha de construirla con el ejercicio de las virtudes para ser dueños de nuestras propias vidas. Educar en libertad supone ayudar a formular y desarrollar un proyecto personal de vida, de modo que los más jóvenes aprendan a llevar el timón de sus vidas en la dirección correcta: hacia la felicidad de una vida plena.

Anexo.

• Conductas coherentes con una educación en libertad.

Guión para la reflexión

  • Ofrecer la verdad. Hacer pensar.
  • Aprovechar las ocasiones que ofrece la vida familiar para hablar con los alumnos o hijos, potenciando su sentido crítico.
  • Enseñarles a no aceptar acríticamente lo que presentan los medios de comunicación.
  • Fundamentar lo que se dice. Distinguir la verdad objetiva de la opinión personal.
  • Enseñarles a considerar las cosas y a razonar, para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros y a no juzgar con precipitación.
  • Exponer las razones, los motivos que aconsejan actuar de un modo u otro.
  • Ayudarles a prever las consecuencias de sus decisiones libres.
  • Enseñarles a sopesar las razones y argumentos de las distintas opiniones.
  • Enseñarles a buscar sinceramente la verdad y a ser coherentes.
  • Respetar a la persona. Comprender. Confiar.
  • Respetar las inclinaciones y aptitudes que Dios ha dado a cada uno.
  • No violentar a nadie, no forzar, no pedir imposibles.
  • Reprender, cuando sea necesario, sin insultar ni humillar.
  • Ofrecer confianza.
  • Escuchar con atención, esforzándose por comprenderlos, pues no hay clima de libertad si el diálogo sereno no preside la relación interpersonal.
  • Estar abierto a los aspectos positivos de cualquier nueva manifestación cultural o estilo de vida.
  • Reconocer que tienen razón en tantas ocasiones.
  • Hablar con claridad, sin avasallar.
  • Ayudar a comprender que hacer lo que se debe, supone casi siempre un considerable esfuerzo.
  • Valorar el esfuerzo, no el éxito. El trabajo bien hecho, más que el trabajo
  • Fortalecer la voluntad con el ejercicio de las virtudes.
  • Estimular la responsabilidad. Exigir.
  • Estimular y exigir un comportamiento correcto. Ser ejemplo de esfuerzo por practicar las virtudes.
  • Animarles a arriesgarse, a ser valientes, a responder de lo que hacen, sin esconderse en el anonimato.
  • Ayudarles a volver a empezar una y otra vez, sin dejarse vencer por el desánimo.
  • Proporcionar ocasiones de asumir responsabilidades, de acuerdo con sus posibilidades, en la vida familiar y escolar.
  • Fomentar la participación activa y responsable en la familia mediante los encargos o la ayuda entre hermanos o compañeros.
  • Respetar sus decisiones responsables, aunque no nos gusten.
  • Fomentar la iniciativa personalFomentar la iniciativa personal
  • Ayudar a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones.
  • Proporcionar ocasiones de ejercitar la autonomía, el autodominio, la iniciativa, la capacidad de decidir y la participación.
  • Animar a que organicen por su cuenta algunas actividades y a que participen responsablemente en otras.

Notas:
(i) El Consejo de Ministros de la Unión Europea declaró 1997 como Año Europeo contra el Racismo. En un estudio recién publicado (ABC 3-02-1998, pág. 81) uno de cada diez escolares españoles (entre los 13 y los 19 años) se declara racista.
(ii) Víctor García Hoz. Educación personalizada, 4ª edición. Rialp, Madrid, 1981, pág. 16-17.
(iii) Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor. nn. 33 y 34. En esta encíclica se trata temas tan claves para nuestros días como las relaciones tan íntimas e insoslayables entre libertad, conciencia, verdad, bien, ley moral y felicidad, realidades que constituyen el ámbito propio de la persona humana y la razón de su dignidad.
(iv) Cfr. Antonio Orozco Delclós. La libertad en el pensamiento. Ed. Rialp. Madrid, 1977.
(v) Francisco Altarejos. Educación y felicidad. Eunsa, 2ª edición, 1986, pág. 42-43.
(vi) Cfr. Vázquez, A. (1991), Educación familiar y sensatez, Madrid, Epalsa, pág. 54.
(vii) Robert Spaemann. Etica. Cuestiones fundamentales. NT. Pamplona, 1991, pág. 34.
(viii) David Sacristán: La importancia del esfuerzo en el proceso educativo. En Dimensiones de la voluntad. Dossat. Madrid, 1988, pág 132.
(ix) Oliveros F. Otero: Autonomía y autoridad en la familia. Eunsa. Pamplona, 1975, pág. 20
(x) José Luis González Simancas. Educación: libertad y compromiso. Eunsa. Pamplona, 1992, pág. 225.

Sobre el autor:
• José Antonio Alcázar Cano,
Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad de Navarra. Ha desempeñado funciones docentes, de orientación, directivas, de asesoramiento familiar, de selección de personal y de formación de profesores y directivos escolares. Experiencia clínica en consulta de psicopedagogía y neuropsicología infantil y juvenil. Director Pedagógico del Instituto Europeo de Estudios de la Educación. Miembro del Grupo de Trabajo de Calidad y Valores en la educación, del Instituto de Técnicas Educativas de la Confederación Española de Centros de Enseñanza. Director de Investigación y Desarrollo de Fomento de Centros de Enseñanza. Consultor para la calidad de la educación no universitaria de centros docentes de Italia, Méjico, Argentina, Uruguay y Chile.

Fuente:
•  www.contexto-educativo.com.ar

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