Educación en Valores como sustento de la Democracia. Fernando Chamorro

Educación en valores como sustento de la democracia.

 Se presentan algunas ideas sobre la educación en valores como sustento de la democracia, enfocada desde la realidad de un mundo globalizado, esto es, condicionando por determinados factores económicos y sociales, entre los cuales la presencia de los medios de comunicación resulta esencial.

 

Fernando Charmorro.

El mundo global.

Al inicio de la década de los noventa comienza a difundirse de manera persistente la versión actual de la globalización y prácticamente todo el mundo de adoptar políticas orientadas a privatizar las empresas del Estado y reducir la intervención de los poderes públicos a su expresión más elemental. Algunos críticos de las posiciones más extremas identifican a este proceso como la transición de un Estado paternalista a un Estado desertor.

La principal consecuencia de este proceso es la erosión permanente de los recursos, influencia y posibilidades de acción del Estado. Esto trae como consecuencia nuevos actores internacionales como las sociedades transnacionales, las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, la llamada sociedad civil, pero también las mafias internacionales, grupos religiosos fundamentalistas, guerrillas y grupos paramilitares para quienes no existen fronteras.

Ya no resulta entonces extraño que el escenario internacional sea disputado a los jefes de Estado o de Gobierno por nuevos personajes.

Bajo determinadas circunstancias, Bill Gates puede ser tan importante como Bill Clinton, George Busch como George Soros y seguramente Ted Turner tiene mejores recursos que Vladimir Putin o Jacques Chirac para estar en las pantallas del mundo.

Todos sabemos que la globalización se consolida gracias a la movilidad transnacional de las empresas, los capitales y la tecnología que permiten al sector privado escapar a las jurisdicciones nacionales y acogerse a sociedades menos exigentes que admiten el libre juego de sus intereses. También la globalización de las tecnologías, particularmente la Internet, restringe severamente la libertad y la eficacia de las intervenciones gubernamentales.

La necesidad insaciable de éxito que tienen las empresas ha conducido a una suerte de campeonato mundial por la eficiencia y el rendimiento. A menudo los recursos que se utilizan para ello pueden ser la utilización de niños mal pagados y peor nutridos en ciertas tareas, la evasión de toda protección social mediante las maquilladoras o el pago de horas laboradas.

La competencia conduce a menudo a grandes fusiones para monopolizar ciertos servicios. O se triunfa o se desaparece. Y para triunfar hay que asociarse con el enemigo o pactar acuerdos obscuros dividiéndose las áreas de influencia, la fórmula puede ser válida en ese mundo sin escrúpulos.

Pero por cada triunfador hay millones de perdedores. ¿Qué ocurrirá con ellos? ¿Se resignarán a la derrota dolorosa y a la pobreza o se orientarán a otras actividades al margen de la ley? El sentido común y la sensatez debería hacer pensar a los campeones olímpicos del éxito que su triunfo es pírrico si, al mismo tiempo, deben gastar sumas enormes para protegerse de las hordas de descontentos del mundo.

Todas las estadísticas demuestran que la producción actual es suficiente para responder a las necesidades esenciales de la humanidad. No hay razón para que haya hambre, falta de vivienda y carencias elementales de salud, salvo en ciertas zonas ecológicamente devastadas.

La persistencia de crisis económicas interminables, la imposibilidad de obtener nuevos empleos y los despidos masivos producto de las privatizaciones, las condiciones de trabajo cada vez más precarias, el desmantelamiento de sistemas de seguridad social tradicionalmente pobres, el deterioro de servicios públicos esenciales, como la educación y la salud, los indicadores que reflejan cada vez de manera más evidente una exclusión social en aumento especialmente de jóvenes, mujeres y ancianos, constituyen un llamado de atención para nuestros gobernantes.

La falta de equidad creciente al interior de los Estados constituye una constante en el mundo. Resulta cada vez más difícil admitir que el 20% de la población mundial se beneficie del 80% de la producción del planeta.

Los informes sobre Desarrollo Humano que anualmente publica el PNUD nos presentan cifras que alarman. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que el mexicano más rico posea bienes que equivalen al ingreso acumulado de 17 millones de sus compatriotas?(2) ¿Cómo explicarse que el patrimonio neto acumulado de las 7 personas más ricas del mundo alcance a 80 mil millones de dólares, cifra que permitiría erradicar la pobreza extrema de todo el planeta?

Dentro de la población pobre existen grupos que sufren esta condición de forma más acentuada. Tal es el caso de las mujeres que constituyen alrededor de un 60% de los pobres del mundo y una amplia población infantil sometida a condiciones de privación y pobreza.

Si el Estado de derecho no asegura un mínimo de garantías a los seres humanos, particularmente los más débiles, a través de la regulación de los beneficios de los poderosos, se degenera rápidamente en un sistema mafioso. ¿Para qué respetar las leyes si es posible corromper? ¿Para qué pagar impuestos si es posible evadirlos impunemente? ¿Por qué no financiar las campañas políticas, si ello trae consigo réditos inmediatos y sin riesgo? Ese es un primer reto político de la democracia.

El problema surge por esa suerte de darwinismo según el cual solo los más aptos pueden sobrevivir. Frente a ello no queda otra alternativa que establecer y, sobre todo, garantizar que se respeten ciertas reglas. El papel del derecho interno y probablemente en el futuro el del derecho internacional tiene que valorizarse a fin de garantizar un mínimo de equidad y justicia.

Sin embargo las ilusiones de ese “liberalismo salvaje” siguen valorándose en algunos países como si fuesen dogmas de fe. Algo debe funcionar mal en esto cuando inclusive personas como el magnate financiero George Soros afirman: “Yo creo que los mercados son amorales. El problema es que no siempre son estables. Con frecuencia giran excesivamente y esa es la razón por la que digo que los mercados en vez de moverse como un péndulo, a veces actúan como una gran pelota demoledora que golpea las economías”(3).

Lo que no dice Soros es que el rebote de esa gran pelota demoledora siempre se produce en el campo de los países más débiles.

En síntesis, al preguntarnos si la globalización ha sido beneficiosa para el conjunto de la humanidad no cabe sino responder NO, o por lo menos NO TODAVÍA.

Esto lo reconocen inclusive funcionarios como Enrique Iglesias, presidente del BID, quien en un reciente artículo señala como “uno de los mayores estigmas de América Latina, la desigualdad en la distribución del ingreso. Su brecha entre ricos y pobres es la más marcada entre todas las regiones del mundo. Mientras que el quintil más pobre de la población latinoamericana recibe el cinco por ciento de los ingresos, el quintil más acomodado obtiene más del 50 por ciento. En gran medida, ese abismo se explica por las diferencias en la distribución de activos como la tierra y el acceso a oportunidades como la educación, así como las condiciones de exclusión social que subsisten en numerosos países”(4)

Sin embargo, la idea actual de globalización ha sido tan eficaz que ha convencido hasta a sus propias víctimas de que no existe otra alternativa.

Según ciertos autores, posiblemente esta situación de creciente inequidad que soporta el mundo nos conduzca en el curso del siglo XXI a pensar en la necesidad de una nueva forma de gobierno mundial. Si el mundo de lo privado goza de libertades que le colocan fuera de todo control y el Estado nación acepta perder paulatinamente su función reguladora, llegará un momento en que una nueva ética de la mundialización deba ser impuesta a través de su gobierno supraestatal.

No podemos negar que la globalización es una realidad, por lo mismo debe tener reglas que se cumplan. Los ajustes exigen compensaciones para evitar los castigos que sufren los más pobres y conducen a males mayores como la migración de grandes poblaciones y el consecuente renacer de actitudes xenófobas o el incremento de diversas formas de delincuencia. Una política económica socialmente responsable es la única vía. ¿Podremos esperarla de quienes se hallan embarcados en ese alucinante mundo de la acumulación de la riqueza y el poder?.

La comunicación en la globalización.

Si a comienzos del siglo XX el comercio impulsó la globalización, ahora ese papel le corresponde a la tecnología, particularmente la de las comunicaciones. Hoy vivimos al ritmo palpitante de las noticias transmitidas en tiempo real. Es como si una nueva concepción del espacio y del tiempo, a la cual no estábamos habituados, nos hubiera sido impuesta de pronto.

La información que así recibimos embota nuestro espíritu y va creando una suerte de ansiedad por estar más rápidamente enterados. Nos invade casi una forma de dopaje del cual es difícil sustraerse.

La televisión resulta ser el medio perfecto de la globalización. En las circunstancias actuales, para que la información televisiva tenga éxito, debe ser superficial y debe presentársela como un espectáculo. La guerra, por ejemplo, no importa por el daño que causa a los seres humanos o la naturaleza, interesa constatar la precisión en el lanzamiento de los cohetes, enterarse de lo sofisticado de la tecnología que se utiliza, o tranquilizarse con la seguridad que tienen los pilotos para lanzar sus bombas sin correr riesgos.

La mejor información resulta ser aquella que incorpora al ser humano a la superficialidad del acontecimiento, que le pone en la primera fila de los hechos. No importa la calidad moral o ética de lo que ocurra. En ese contexto la sensación se impone a la reflexión.

Si excepcionalmente se informa sobre temas culturales es frecuente que se presente lo menos trascendente de una sociedad. Se trata la cultura desde el punto de vista mercantil y se logra que incorporemos a nuestras vidas patrones de comportamiento que van transformándonos pero no nos enriquecen. Casinunca se convierten en noticia los mejores logros del espíritu y del pensamiento.

La mundialización que así se fomenta es ilusoria e hipócrita pues, por un lado se pretende universalizar bienes, costumbres o paradigmas de un modelo de sociedad, mientras de otro lado, por ejemplo, se ponen barreras a ciertos productos o a la migración de quienes con todo derecho se dejan arrastrar por la ilusión de esos paraísos.

Globalización, educación y valores democráticos.

Ese es el contexto en el cual debemos enfrentar el reto de educar. Por ello es preciso recordar que la educación debe permitir al joven ingresar al mundo de la razón y por ella a la ciencia, a la tecnología y al trabajo, diciéndole al mismo tiempo que la mayoría de lo que se enseña es transitorio, que lo esencial será aprender a pensar y aprender a aprender por sí solos.

La educación es esencialmente educación para la reflexión. Educamos a seres humanos y los seres humanos somos, por sobre todo, racionales. De allí que el conocimiento no puede quedarse en la mera información, hay que privilegiar el discernimiento, la discriminación, la capacidad de juzgar los hechos y tomar posición sobre los acontecimientos. Ese debería ser un reto esencial de la educación en valores.

Paralelamente, la educación debe contribuir a universalizar la visión del mundo que tenemos, pero sin que perdamos nuestras raíces más profundas.

Debe enseñar a convivir con lo efímero y, al mismo tiempo, sustentar en ciertos valores permanentes. Debe ayudar a entender que la competencia que estimula no debe cegar a la cooperación y la solidaridad que enriquece.

Debe, en suma, orientar para enfrentar el futuro con determinadas certezas pero, al mismo tiempo, contribuir a la paz y el desarrollo de los pueblos del mundo.

Una dimensión esencial de la educación en valores tiene que ver con la solidaridad. El mundo actual nos condiciona al éxito. La única imagen que se salva es la del triunfador. Ser eficiente, emprendedor, decidido, hábil, agresivo, dinámico, juvenil, es un estereotipo en el cual se pretende sumergirnos. Pero el mundo no es así. Por cada ser humano exitoso hay miles que deben soportar la angustia del fracaso. Junto a los jóvenes sonrientes también están los desdentados, los enfermos, los humildes y desvalidos. La imagen del éxito es caso siempre individual mientras que el fracaso suele ser colectivo. Según la norma generalizada para surgir hay que ser egoístas, hay que salvarse por sí solos.

Frente a esto, ¿qué nos queda a los maestros? Me atrevo a pensar que no solo la actualización del conocimiento y la búsqueda de la sabiduría. No solamente la pedagogía y la didáctica más modernas. Sabemos que la sabiduría libera del envilecimiento, aunque también embrutece, cuando se une o se vende a los poderosos que actúan ilícita o inmoralmente.

Nos queda entonces un refugio: el lado humano de nuestra profesión. Estoy convencido que la profesión de maestro es un ejercicio de valoración humana, de ternura y comprensión.

Muchos dirán que hablar de ternura quedó para los frágiles, para quienes nada tienen que hacer en el mundo neoliberal que está de moda, para los que se quedaron del tren, los desechables, los fracasados.

Sin embargo, creo firmemente que ser maestro ahora, o a finales del próximo siglo, debe ser un ejercicio de comprensión y de valoración del otro, de respeto, de lucha por la dignidad de los más débiles.

Ser maestro es, entonces, saber cimentar desde la práctica cotidiana ese espíritu de solidaridad que nos diferencia de las máquinas. Ese es un flanco de nuestro trabajo en el cual difícilmente dejaremos de ser útiles.

Allí encuentro una razón fundamental para nuestro trabajo, en un mundo que cada vez reconoce menos nuestra tarea silenciosa. Probablemente esa sea la mejor forma de darle cara al futuro con nuestras propias y mejores armas.

Posiblemente plantear estos temas sea ahora impopular o fuera de moda pues la globalización también trae consigo atractivos y condescender con los poderosos ha sido siempre un buen recurso de supervivencia. Sin embargo, la impopularidad en este caso debe ser no solamente una conducta impuesta por la razón sino una exigencia ética de quienes deseamos conservar aún intacta nuestra sensibilidad.

Notas:
(1) Profesor universitario, Coordinador de la OEI en el Ecuador
(2) PNUD. Informe sobre Desarrollo Humano, 1997. Ediciones Mundi-Prensa, Madrid, 1997.
(3) Entrevista realizada por Jeff Madrick y publicada en POLíTICA EXTERIOR, marzo/abril 1999. Madrid .
(4) IGLESIAS, Enrique. América latina frente al desafío de la globalización. Publicado en EUROPA-AMéRICA. Revista TIEMPO, mayo 2000.

Sobre el autor:
• Fernando Chamorro,
Profesor Universitario, Coordinador de la OEI en Ecuador.

Fuente:
•  www.campus-oei.org

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