Enfrentar la cultura de la Falta de Respeto. L Winner

Enfrentar a la Cultura de la Falta de Respeto.

Escrito por: Langdon Winner.
[Traducción por: Ana Beatriz Schwarcz]

Dos características de la vida americana contemporánea pueden parecer -a simple vista- totalmente desconectadas; pero, en un análisis más profundo, se revelan como exponentes del mismo, preocupante patrón.

Una de ellas es la disposición demasiado “confianzuda” en las relaciones humanas, una forma de tratar al prójimo que afecta a nuestros hijos y socava nuestros esfuerzos más esmerados para educarlos. Aunque se manifiesta en lo que parecen ser incidentes irritantes pero aislados en la vida de los chicos, esta actitud está siendo percibida ya como un mal endémico.

La segunda característica es expresada por una estrategia de cambio tecnológico, notoria en nuestra cambiante “nueva economía”. Celebrada como una maravillosa receta para obtener prosperidad, esta estrategia tiene sus raíces en una orientación general hacia un mundo que, en su aspecto más amplio, propone un camino dudoso para el desarrollo social.

Perfeccionamiento del ataque verbal.

Como introducción al tema, sería deseable recordar el amargo dolor que éste produce en la vida de muchos niños. Todos sabemos muy bien que la burla, los dichos sarcásticos y el atropello y las intimidaciones siempre han sido un problema en la infancia y adolescencia. La mayoría de nosotros se ha topado alguna vez con tales maldades en una forma u otra; es algo a lo cual los jóvenes siempre han tenido que acostumbrarse, sobrellevar y, eventualmente, dejar atrás como parte del crecimiento. Pero en las dos últimas décadas los comportamientos que antes se descartaban como fastidiosos pero inocuos, han sufrido una profunda transformación. El burlarse de alguien en público haciéndolo sentirse mal consigo mismo, ya sea por su físico o sus sentimientos, se ha intensificado y convertido en un arte refinado, respaldado por fuerzas poderosas en nuestra cultura.

Los maestros, tanto de escuelas públicas como privadas, se quejan de que la atmósfera de negatividad en las subculturas estudiantiles, lejos de ser una molestia menor, se ha transformado en una de las barreras más sólidas que impiden enseñar y aprender, con la cual se enfrentan cada día, llenando gran parte del espacio social en corredores y aulas. Nadie parece saber qué hacer al respecto. Cuando yo le sugerí a mi esposa, que es consejera en una escuela privada, que tratáramos el problema por lo menos con los varones y padres entre nuestro círculo de amigos más cercanos -haciendo reuniones para discutir una politica de no a las burlas- ella dijo que no funcionaría, que “los chicos no se manejan así”. Tal vez tenga razón. Pero ¿qué otras soluciones hay? Me da la impresión de que no hay respuestas.

Está claro que los chicos se toman el trabajo de separar, agrupar y categorizar: quién es un “cheto”, quién es un “traga”, quién un “stone”, quién un “ñoño”(1), quién se ubica dónde en la fila de candidatos a cargadas y atropellos. Generaciones de adolescentes, incluidos los míos (hace décadas), han jugado a este juego, a veces con resultados terribles. Pero de algún modo, la persistencia, intensidad y simple crueldad del proceso que vemos hoy va mucho más lejos. Sabemos que Dylan Klebold y Eric Harris, los asesinos de la escuela Columbine High School, en Colorado, consideraban que lo que ellos hicieron fue responder a los compañeros que los habían atormentado constantemente. No hay excusa -de más está decir- para sus actos criminales. Pero lo que me sorprende es cuán frecuentemente escucho a chicos a los que conozco defender firmemente a Klebold y Harris con expresiones muy cercanas a la admiración. “Sí, claro, yo sé de dónde venían”, comentan sin una pizca de ironía, “yo también tengo que soportar eso.”

Deportes, política, medios.

El nombre que yo le daría al mal que aqueja a los jóvenes es “falta de respeto agresiva”. En el argot juvenil (norteamericano), la palabra usada es “dissing” (2), una actitud que nuestra sociedad exhibe abiertamente. Estápresente en películas, audiciones de televisión, entrevistas por la radio, deportes, periodismo y política. En programas humorísticos y comedias de media hora, el recurso de humor predominante es la degradación de un personaje seguida de una explosión de risa enlatada: insulto – risa prefabricada – avergonzamiento en público – risa prefabricada – comentario personal incisivo – risa prefabricada.

También es común en los deportes, donde el lenguaje soez y la falta de respeto al otro (“dissing”) hoy en día forman parte de los rituales esenciales del juego. De igual manera, los encontramos corrientemente en el ataque personal al adversario en las campañas electorales, un estilo de propaganda que permite a los candidatos de ambos partidos eludir la discusión de temas importantes y criticar inútilmente la “personalidad” de su oponente. En episodios como el juicio político a Clinton y la debacle de la elección en Florida, las expresiones de desprecio por el adversario se han hecho tan parte de nuestra forma de hablar que, muchas veces, parece que no queda nada con contenido.

En películas y televisión, por supuesto, la incesante descarga de abuso verbal está ligada a exhibiciones de violencia física, donde se llega a la catarsis disparando a los enemigos, golpeándolos o haciéndolos volar por el aire en una explosión. Lo mismo sucede en los juegos de video -Quake, Doom, Half Life y muchos otros- donde los jugadores participan de escenas con sangre simulada. La antigua esperanza de que los juegos de video estimularan a los niños a participar en actividades educativas más positivas y enriquecedoras sólo han pasado a ser una fantasía ridícula. Todos los juegos más populares involucran a los participantes en interminables episodios de mutilación y matanzas.

En todos los medios electrónicos a su alcance, nuestros hijos reciben una dieta fija de desprecio social amparado en fuertes modelos que alientan la falta de respeto agresiva, una falta de respeto que toma a la violencia como su fin lógico. Cada vez más, esta manera de ser es lo que se espera de los jóvenes, lo que en nuestra sociedad se llama “cool”. Esta nueva acepción de la palabra “cool” nada tiene que ver con aquella que en los años 1950 era usada por los beatniks para expresar una especie de separación existencial, un mirar desde afuera, con implicaciones de la filosofía Zen. El “cool” de hoy es simplemente el punto de encuentro del nihilismo irreflexivo y la moda shopping.

A lo que quiero llegar no es que la televisión, los juegos de video y otras formas de medios masivos “causan” los tipos de violencia que germinan tan frecuentemente en los colegios (norte)americanos. Es siempre difícil separar en forma precisa las causas específicas del salvajismo de entre las diversas influencias que moldean el comportamiento de los individuos. Lo que yo quisiera resaltar son algunas condiciones de antecedentes y ambiente terriblemente tristes que dan forma a las experiencias y expectativas de la niñez en nuestra época. Hoy en día, en formas que nuestra nación rehúsa afrontar, las fuentes diarias de tormento socavan las perspectivas de un sentido saludable del individuo, coartando la posibilidad de que un joven sea un ser social activo y positivo. Luchando contra la cultura del desprecio, los varones (y también muchas niñas), aprenden a “ser fuertes” internalizando una visión muy lúgubre de las posibilidades de la vida.

Destruir para crear.

La falta de respeto agresiva también es notoria en lo que aparenta ser un aspecto de cuestiones humanas totalmente distinto. Me refiero al área de los negocios y la tecnología, un área considerada de viva iniciativa, innovación y productividad; supuestamente, el camino hacia un futuro más próspero. Aquí encontramos la unión entre capital y técnica engendrando infinidad de proyectos que -eventualmente- alterarán el modo de vivir y pensar de la gente.

El enfoque económico que comúnmente se toma en este campo es hoy lo que el economista Joseph Schumpter llamó hace tiempo “creación destructiva”. En su interpretación actual, esto significa que se comienza por localizar una entidad con algún valor reconocido formando parte de ella (generalmente, un valor que ha sido parte del marco social durante mucho tiempo). El desafío consiste en crear una alternativa, un reemplazo efectivo puesto en un medio nuevo, especialmente el dinámico medio de las comunicaciones digitales.

Esta estrategia presenta oportunidades para una recapitalización y reorganización rápidas en cada aspecto de la vida económica. Se capturan mercados y se logran ganancias mientras que los bits y el dinero fluyen en nuevas direcciones a la velocidad de la luz. En este proceso, cada institución, práctica, relación, artefacto y entidad natural están sujetos a renovación y/o reemplazo. El hecho de que un objeto, actividad o institución haya sido exitoso durante décadas y encarne valores profundos es suficiente motivo para señalarlo como candidato a la liquidación. En el mercado golobal, si una entidad no puede competir con las alternativas alineadas contra ella, está condenada a la extinción.

Un ejemplo de lo que yo llamo falta de respeto agresiva se exhibe en el libro de Daniel Burrus, “Technotrends” (Tecnotendencias). Burrus dice que si una línea de trabajo se convierte en lo que él llama una “vaca productora de efectivo” (“cash cow”), es decir, una fuente confiable de ingresos, se debe innovar buscando maneras de reemplazarla con tecnología más moderna. “Mate a su vaca productora de efectivo o algún otro lo hará”, aconseja Burrus. Según esta teoría, por ejemplo, los mejores maestros deberían dejar la enseñanza para dedicarse al software educativo, ya que hacia ahí se mueven las tecnotendencias. La receta: liquidar todas las fuentes de valor, desarmar, destruir y recapitalizar.

Un enfoque de este tipo es moneda corriente en el reino de Silicon Valley, Seattle, como así en otros centros de alta tecnología. Sugerir que un organismo, artefacto o institución debe ser reconocido por lo que es, respetado o aún apreciado por el bien que hace, va totalmente en contra de esta mentalidad.

Herramientas, tradiciones y genomas biológicos completos están siendo estudiados cuidadosamente, buscando distintos modos de alterarlos o reemplazarlos por otros que den mejores prospectos de ganancias.

Pedir respeto por cualquier persona, práctica o institución es problemático ya que, como todos sabemos, el respeto es algo que se debe ganar. Pero si vivimos en una cultura que se regodea en la falta de respeto por cualquier cosa y por todo, entonces los momentos en los que podemos enseñar cómo las cosas adquieren valor duradero son realmente escasos. Aún la antigua sensación de que prevalecía un resto acumulado de cambio científico, técnico y social, que muy bien podía llamarse “progreso”, ya no es más tema de interés. Sólo aquellos cambios que prometen ventas rápidas y reemplazo rápido de stock son dignos de consideración. Es por eso que, hoy en día, tanta gente prefiere los términos “innovación” y “destrucción creativa” a la ya pasada de moda categoría de “progreso”.

Las teorías científicas y la tecnología predominantes en la academia tienden a ratificar proyectos de destrucción creativa. Hoy se prefiere creer que todas las cosas en la naturaleza y en la sociedad se pueden considerar como entes recombinantes, “híbridos” de un tipo u otro. Los humanos, por ejemplo, prácticamente han desaparecido de la especulación cultural y política, reemplazados por “cyborgs,” híbridos con partes biológicas y artificiales. Los animales clonados, las especies re-ingenierizadas y mecanismos robóticos pueden ser identificados como “monstruos”, pero muchos autores los acogen considerándolos compañeros bienvenidos al reino de las “posibilidades que se presentan”, que también nos incluye a nosotros. Antes que averiguar si las criaturas, ecosistemas, prácticas sociales e instituciones existentes poseen una integridad que los hacen valiosos, todas estas entidades se echan dentro de la procesadora de la de-construcción. Desde mi punto de vista, las visiones de este tipo son las compañeras perfectas de las prácticas corrosivas del capitalismo de alta tecnología, ignorando las posturas izquierdistas de los intelectuales que están haciendo bocetos de las grandiosas narrativas modernas.

¿Qué esperanzas de cambio?.

Las variedades de falta de respeto agresiva que he descripto están claramente conectadas. Por ejemplo, si se quisiera una sociedad en la cual los estudiantes dejaran el colegio altamente insatisfechos e irrespetuosos de la sociedad y la naturaleza, listos para lanzar cambios sólo por el cambio mismo, entonces los colegios que tenemos sirven bien a ese propósito, ya que operan como laboratorios de irrespetuosidad, preparando el terreno para la innovación permanente sin ningún otro propósito humano.

Los alumnos egresan de lasescuelas preparados con una mentalidad de empresa de alta tecnología. Esta mentalidad está constantemente fomentada por los tentadores -y muchas veces engañosos- productos de nuestra economía de consumo. Salen convencidos de que todo lo que existe es simplemente una oportunidad para la innovación y la reconfiguración rentable. Libros, bibliotecas, librerías, editores: tírelos y comience de cero. Maestros, aulas, materiales de enseñanza convencionales: descártelos y empiece de nuevo con artilugios on-line.

Esta es la receta para el cambio: identificar cualquier vocación o profesión; buscar la manera de volver a codificar su mensaje; llevarla al mercado; cobrar sus opciones bursátiles y seguir adelante con la siguiente gran oportunidad. Esto también se aplica perfectamente a los objetos en la naturaleza. Tomemos el genoma de una mosca de la fruta (o lo que se nos dice es su pariente cercano, el ser humano). Descifremos su mapa genético y preparémonos para batir y agitar. Mezclemos los genes de plantas con los de animales desprevenidos. ¡No dudemos! Veamos si podemos hacer que la planta de tabaco brille en la oscuridad.

Entre los ingenieros y profesionales técnicos ha habido, desde hace mucho tiempo, una fervorosa discusión acerca de la ética que debería guiar la conducta profesional. Durante muchas décadas, una gran variedad de principios morales y argumentos nos han llevado a reflexionar sobre este asunto. Pero, me parece, se difunde cada vez más una ética de facto guiando las inclinaciones de mucha gente en cuanto a qué hacer en materia de cambio tecnológico. Es la ética del “y bueno, ¿por qué no?”

Es con gran pesar que recuerdo los sufrimientos silenciosos que he presenciado entre los jóvenes atacados por la cultura de la falta de respeto y que son presionados para unirse a ella. ¿Qué se puede hacer para ayudarlos? ¿Qué los puede proteger de los modelos que se les imponen cuando la gente, las cosas y las ideas son despreciadas, destruidas y descartadas? ¿Qué los puede alejar del trabajo de irrespetuosidad insensible que les espera en una voraz economía corporativista hiperconectada e hiperventilada, como la que tenemos hoy en día?

Yo no lo sé. Pero al considerar los torrentes de irrespetuosidad que he visto ahogar la chispa de la infancia en los tiempos que corren, recuerdo una carta que el famoso escritor Henry James recibió de un sobrino pidiéndole consejo acerca de cómo triunfar. James le respondió al joven con unas pequeñas frases muy sabias:

“Tres cosas en la vida humana son importantes: la primera es ser amable, la segunda es ser amable y la tercera es ser amable”.

Yo me pregunto: en un período histórico diabólicamente empeñado en favorecer otros intereses, ¿cómo pueden enseñarse las virtudes de amabilidad y respeto por los humanos y otros seres?.

Notas de la traductora:
1) Las palabras cheto, traga, stone, ñoño, son una forma de lunfardo rioplatense usado por los chicos hoy, términos equivalentes, (aunque no sinónimos) de los norteamericanos jock , prep, nerd y goth, que usa el autor.
(2) dissing viene de dis-respect, donde el prefijo dis significa “falta de”. El sustantivo disrespect, ha sido transformado en verbo, de modo que la palabra podría ser traducida como “faltarespetar”, “irrespetar”, o simplemente “faltar”.
(Este ensayo tiene su origen en una serie de comentarios informales que se hicieron en una consulta patrocinada por el Centro para el Estudio de los Fundamentos Espirituales de la Educación en el Profesorado, Universidad de Columbia, Abril 14-15, 2000. La consulta fue respaldada por el Instituto Fetzer.)

Sobre el autor:
•  Langdon Winner,
Profesor de Ciencias Políticas en el Departmento de Estudios Científicos y Tecnológicos Instituto Politécnico Rensselaer, Troy, NY, USA; Autor de “Tecnología Autónoma”, “La Ballena y el Reactor” y editor de “Democracia en una Sociedad Tecnológica”. En los ’60 fue colaborador del periódico Rolling Stone y ha escrito sobre rock para la Enciclopedia Británica.

Fuente:
•  www.contexto-educativo.com.ar

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