Escuela sana para gente sana. Benetti

NECESITAMOS  UNA ESCUELA SANA PARA GENTE SANA

Dialogando con docentes …

El 21 de setiembre comienza la primavera, y festejamos el día de la juventud y también el del estudiante. ¿Y qué tiene que ver la primavera con los estudiantes, y por tanto, con la educación?

La primavera marca el comienzo de un nuevo año cósmico. Ese día el sol luce en su punto óptimo con respecto a la tierra: es el equinoccio, cuando toda la naturaleza parece encontrar la culminación de la armonía.

Temperatura agradable, sol agradable, reverdecer de plantas, renacer de animales, el gran despertar de la vida que revienta en los mil colores de las flores. Y qué bien nos hace sentir. El bienestar de la primavera. La puerta de la vida.

Es normal, entonces, que tenga que ver con la juventud, con el renacimiento y el empuje de la vida nueva, del amor, de la creación de la vida, del sexo.

¿Y por qué no también con los estudiantes y la educación? Educar no es otra cosa que abrirnos a la vida. Educere, salir … del invierno, salir de lo informe, del pasado, para aprender a vivir, armónicamente. Primavera. Por eso la educación siempre es joven, como un eterno comenzar, preguntar, cambiar, y volver a comenzar.
El año cósmico, del que sólo nos acordamos en las vacaciones de invierno y en el verano, nos traza un camino, un proceso permanente hacia la vida. Nace, crece, envejece, muere, y vuelta a comenzar, en una búsqueda incesante de vida. La búsqueda de la armonía, del equilibrio entre las tantas fuerzas que pujan entre sí, Porque el cosmos no es simple  ni perfecto, y sus grandes fuerzas pueden destruir, y qué tremendos cataclismos entonces, si no logran armonizarse sus energías. La primavera marca el punto de máximo equilibrio entre esas fuerzas.

Los antiguos contemplaban al ser humano como una réplica en pequeño del universo: macrocosmos y Microcosmos, y veían al hombre como ese conjunto de increíbles fuerzas y energías que podían ser muy destructivas y autodestructivas si no se armonizaban. Y gestaron aquel lema educativo: Mens sana in corpore sano. Una mente sana en un cuerpo sano. La psiquis y el soma, sanos. Salud, equilibrio, armonía, bienestar.

A la armonía del microcosmos, a la armonía del ser humano, la llamamos salud. Y a la búsqueda de esa armonía saludable, o bienestar, la llamamos educación, o búsqueda de la sabiduría … de la vida. Primavera.
Y  así como en el universo vemos el Sol, la Luna, Mercurio, Marte, Venus, Saturno, Júpiter, el viento, el agua, el fuego, el aire, las grandes constelaciones, el día y la noche, el calor y el frío … , así el hombre está compuesto por estas múltiples fuerzas, aparentemente contrapuestas, pero siempre orientadas hacia una totalidad:
el conjunto del universo-hombre.

Fuerza (sol) y sentimientos (luna). Conocimiento, razón, lenguaje (Mercurio), erotismo (Venus), agresividad y poder (Marte). Expansión, permisividad (Júpiter), control, límites, orden (Saturno). Son los planetas visibles reflejando las grandes fuerzas psicosomáticas del hombre.

Y tantas otros aspectos que cada cultura o mitología entrevió como componente importante del ser humano: la armonía entre el día y la noche, entre la acción y el descanso, o entre la mente y la fantasía, entre lo estable y lo cambiante, entre la cabeza y el cuerpo, entre el cuerpo y el espíritu, entre la ternura y la pasión.

Y siempre buscando la armonía de los elementos, por más contrapuestos que parezcan, como lo masculino y lo femenino. Armonizar los opuestos para crear el conjunto nuevo y armónico.

Es el equinoccio: partes iguales para el día y la noche en un conjunto bello y agradable de veinticuatro horas, y si hay luna llena, qué maravilla; y si el cielo está estrellado, qué fantástico …

Ahora volvamos del cielo a la tierra, de la búsqueda de armonía del universo (el universo no siempre es armónico y también conoce el caos) a la búsqueda de armonía del hombre: la educación, la escuela. Pensemos en una educación en salud, una educación saludable, una escuela que dé salud y que esté estructurada en función de la salud-armonía-sabiduría-bienestar.

Es curioso que nuestra educación más bien estuvo orientada hacia la perfección. Siempre se nos habló de ser perfectos, y quien quiere ser perfecto es muy difícil que pueda ser sano. La perfección no existe en el universo. En todo caso sería una cualidad de lo divino.

La perfección no existe en lo humano. Sí existe la salud. Per-fecto, significa algo ya hecho y terminado. Y nosotros ¿qué es lo que tenemos de hecho y terminado? Nos pasa como con el cosmos, cuando estamos por conseguirlo, viene el invierno, y a comenzar de nuevo. La educación desde lo perfecto nos coloca frente a un modelo externo al que imitar, un modelo perfecto al que tenemos que adecuarnos. Tiene que ser necesariamente externo, ya que es evidente que nosotros no somos perfectos.

Y aquí está el punto enfermo de la educación para la perfección: aliena al ser humano desde un modelo externo a sí mismo, por más que ese modelo lleve mayúsculas como Hombre o Ser divino.

Puesto ante el modelo-perfecto (los “modelos de perfección”) el aprendiz a perfecto comienza una tarea dura, difícil, imposible. Una y otra vez se siente frustrado porque cualquier cosa es posible menos la perfección humana. Entonces el modelo se vuelve más exigente, obsesivamente exigente, y pide renuncias, más renuncias, un vaciamiento de la propia individualidad para llenarse de la perfección del modelo.

Más o menos, la gente de nuestra generación, ha vivido esta enfermiza obsesión. Porque además, el modelo perfecto es excluyente: sólo es perfecto lo que conjuga con ese modelo. Y para el aprendiz, un solo camino: exigirse, siempre exigirse. Obedecer y cumplir, y no fallar.

La educación desde lo perfecto sólo conoce una estación: la exigencia. No hay lugar para el cansancio, el error, la equivocación, una debilidad o un fracaso. Todo eso es considerado como un trauma, una caída o un pecado.
Y en ese proceso uno no goza de nada, porque lo que tiene y es, no parece nada ante el modelo perfecto. Sólo se vive frustración tras frustración. Se vive tenso, como agarrotado, pendiente de tantas normas y leyes de perfección que no puede gozar y disfrutar de lo presente, de lo mucho o poco que se tenga. Y eso sí qué es algo enfermo.

Otra cosa, esa obsesión por la culpa y el pecado, por la amonestación y la reprimenda si las cosas no te salieron tan bien como el modelo pedía.
Gastábamos toda nuestra energía en cumplir con un modelo y normas externas, y nos perdíamos lo mejor de la vida.

Por eso decía que una educación que busque lo perfecto, no puede ser sana. Partamos de un criterio de realidad: soy hombre o mujer, y mi ciclo, como el del cosmos, está marcado por fuerzas distintas, hasta contrarias, por vaivenes, por primaveras, veranos, otoños e inviernos.
Y soy yo mismo, y me siento un yo mismo que crece, pero que no puede pretender crecer siempre. Habrá momentos de descanso, de quietud, de reposo. Un yo-mismo limitado en sus fuerzas físicas y psíquicas y que puede ser feliz y sentirse muy bien sin ser perfecto, gozando esa energía limitada que tiene.

De allí, nuestra propuesta: una educación para la salud, para aprender a vivir sanamente, hombres sanos, mujeres sanas. Vivir en bienestar.
– ¿ Y qué característica tendría esa escuela para la salud? Supongo que es algo que tenemos que ir buscando e inventando, pero ¿cómo nos la podemos imaginar?

Tratemos de hacerlo juntos.
Lo primero que se me ocurre: una educación que asuma al educando como un “ser humano real de carne y hueso”. Como solemos decir; “un niño es un niño”. Entonces, ayudarlo a ser niño, a ser adolescente. Que viva esa etapa de su vida, que la viva como él es, con sus características de personalidad, con sus condicionamientos intelectuales, afectivos, familiares, sociales.
Y si de un gato esperamos que sea un buen gatito, de un niño esperemos que sea un buen-niño, un buen-adolescente. No decimos un niño-bueno, sino un buen-niño, o sea, que viva la totalidad de su ser-niño, de su infancia, de su adolescencia.

En eso la psicología nos ayuda mucho: qué podemos esperar de un niño de dos años, de siete, de nueve, de doce … ¿Qué es lo sanamente esperable? Los niños ¿se equivocan? Sí. ¿Tienen berrinches? Sí . ¿Saben de todo? No. ¿Tienen que controlarse en todo? No. ¿Les gusta jugar? Sí. ¿Tienen sexualidad? Sí. ¿Suelen ser celosos? Sí. Y así sucesivamente.

Pero no basta la psicología como ciencia, está la observación nuestra y el conocimiento de cada uno, su forma de ser, sus condicionamientos, sus problemas, sus límites. Aceptarlo no como “un niño, un adolescente”, sino como “este” niño o “este” adolescente.
– Usted dice “aceptarlo” como este niño real. Y yo agregaría: no escandalizarnos porque es como es, o no es perfectito como lo queremos.

Exacto. La realidad es como es, y aquí y ahora se da como se da. Que son curiosos, que saben un poco de todo, que se masturban, que se pelean. Esa es la realidad.

Comencemos aceptando que vamos a caminar juntos con estos niños reales, en muchas cosas muy distintos a nosotros cuando éramos niños o adolescentes. Y mejor que sea así.

No somos policías ni vigilantes, sino educadores. El educador” parte del material que tiene, y el buen educador debe saber esperar que de un niño o adolescente le llegarán conductas sanas, enfermas, patológicas; cosas lindas y desagradables.

Esto me lleva a otra idea: que la escuela sea un continente para este niño real . Un espacio donde él pueda mostrarse como es, como piensa, como siente, como vive.

Un continente sereno, sereno pero no flojo; firme pero no irritante. Con un gran permiso para ser él mismo, y con el límite frente a lo destructivo.

La escuela como espacio de una vida real de niños y adolescentes.
Y, de paso, un espacio de vida real para los educadores: que se sientan cómodos, a sus anchas, tranquilos, con espacio para crear, para esperar, para reflexionar …

Basta entrar a una escuela o colegio para damos cuenta de ese clima: si es de salud o está enfermo de nervios, de exigencias, de alaridos, de caras estresantes, de silencios de témpano, de broncas incontenibles.

La escuela como un espacio saludable; o sea, agradable, placentero, sereno. Una escuela que respira bienestar.

Una escuela que prioriza los vínculos entre sus miembros: escucha, aceptación, respeto, afecto.

– Y yo agregaría, con espacios y tiempo para todo: para el cuerpo, para la mente, para el descanso, la expansión, la alegría o la reflexión.

Justamente una escuela sana es la escuela que armoniza los varios elementos o tiempos del ser humano concreto: trabaja con el “y” y no con el “o”. Cuerpo y psiquis, mente y sentimientos, amor y sexualidad, seriedad reflexiva y alegría serena.

Una escuela sin límites en su expansión creativa, pero con tiempos y espacios para cada aspecto de esa expansión. Es la vieja sabiduría de “un tiempo para reír, un tiempo para llorar” como las estaciones del año, como todo proceso creador que no se da de una vez todo y para siempre, sino en tiempos y etapas sucesivas, sucesivas y englobantes, sumando energía, haciendo síntesis.

Sabemos que nuestra escuela ha dejado de lado importantes aspectos de la realidad concreta del hombre: los sentimientos, la sexualidad, la expresividad, la creatividad e invectiva, la exploración, la curiosidad, la experiencia y praxis; poniendo el acento por contraposición excluyente en la razón, la memoria, las ideas, la teoría, la tradición, las normas, etc. Por tanto: no “o” sino ” y”.
– O sea una escuela que integre los elementos, que los armonice, que los una, y yo diría, priorizando lo que en ese momento tiene que ser priorizado.

– Priorizar es dar en ese momento más importancia a algo, pero sin excluir lo otro que será priorizado en otro momento. Al comer priorizamos el cuerpo y la digestión, pero también podemos comer mirando la televisión o escuchando música.
Y todo este proceso lo llamamos crecer, y por eso a nuestros chicos los llamamos “adolescentes”, o sea, los que están creciendo camino hacia el “adulto” o crecido. En el crecimiento siempre se prioriza algo: la gestación, el parto, el destete, el gateo, el hablar, el pensar … El crecimiento es circular, no lineal. Cada movimiento se levanta priorizándose para envolver a los otros dentro de sí y proyectarse hacia una nueva priorización, etc. Es el proceso de toda la evolución, se crece sin abandonar lo anterior.
Estamos hablando de crecimiento. Una escuela en salud alimenta el crecimiento de los “crecientes” o adolescentes: allí se centra su preocupación: Que ganen en salud, en dinamismo, en fuerza, en seguridad, en autonomía.

Por tanto: los límites al servicio de la seguridad del educando; no al servicio de la institución. Entre esos límites está la presencia misma de los educadores, su actitud positiva, el acompañamiento personal de los educandos. No hay mejor límite que un vínculo sano que genere respeto, confianza, optimismo, seguridad.
Y eliminar vínculos y contenidos que fomenten los miedos, las ansiedades, los traumas, las represiones.

Todo eso es enfermedad, y la escuela debe luchar contra lo enfermo; lo enfermo en ella misma, en su estructura, en sus normas, en sus contenidos; lo enfermo en el cuerpo docente y lo enfermo en los educandos.

Una escuela donde reinen el miedo, las amenazas, los castigos, la persecución, es una escuela enferma.

Una escuela que fomente la represión de sentimientos, de afectos, de la sexualidad, es una escuela enferma.
Una escuela basada en el autoritarismo, el despotismo, la dependencia constante, el reglamento y la ley, es una escuela enferma.

Por tanto, toda la inventiva de los educadores para crear una estructura sana, una institución sana.

¿Qué diríamos de un hospital donde los enfermos se contagian de otros virus, o falta la higiene o no hay control médico? (suele suceder … ) Los antiguos decían: “Médico, cúrate a ti mismo”. La salud comienza por la propia institución que tiene que hacer el trabajo de auto-saneamiento. ¿Y qué diremos de la escuela, ese lugar privilegiado donde miles y miles de niños, adolescentes y jóvenes vienen a buscar su salud integral?

Preguntas que han de estar siempre presentes en la institución educativa: ¿Qué es lo sano? ¿Es esto sano para los niños? ¿Esta forma de actuar es sana? ¿Este modo de relacionamos con los estudiantes, es sano?
Comenzar por la propia universidad y por los profesorados: allí se reúnen gente joven, adultos, casi profesionales, y ¿cómo se los trata? A veces me quedo pasmado por el infantilismo reinante en nuestras universidades, por la prepotencia de ciertos profesores, por la falta de delicadeza en el trato, por la nula valoración de la persona. Sólo estructuras sanas pueden engendrar personas sanas.
Creo que justamente una escuela sana contempla los errores, equivocaciones y desaciertos de los educandos, diría, como algo normal. La escuela está para eso, de la misma forma que un hospital está para curar a los enfermos, no para asustarse de ellos o para espantarlos. No es ningún pecado enfermarse, y tampoco es pecado equivocarse.
Usted señala otro elemento interesante de la escuela en salud: asume el error corno algo normal y constante en un ser humano concreto de carne y hueso. Por eso, corno ya lo indicáramos, no se preocupa por la perfección sino por la salud. Un hombre sano no es perfecto, y ser sano implica enfermarse de vez en cuando, o cansarse, o tener un dolor de cabeza. La enfermedad, aunque desagradable, es una constante de la vida.

La educación en la perfección subraya el error y lo castiga. Y todo el esfuerzo de los educandos se centra en no cometer errores. ¡Cuánta energía gastada inútilmente!
La educación en la salud subraya la creatividad de los educandos. Se orienta a que los educandos piensen, sientan, hagan, creen, y valoriza el hecho mismo de que lo hagan; “Esto vale porque lo has pensado … Vale porque lo has hecho tú”. El error o la limitación están incorporados corno una constante del crecimiento: sólo los que se animan a cometer errores van a crecer. El que no quiera cometer errores, se quedará para siempre en la panza de su mamá. Y también eso será un grave error. Entonces, más vale equivocamos hacia adelante, equivocarnos desde acciones positivas, desde un proyecto que vamos construyendo.

– De acuerdo con esto, todos tendríamos que asumimos como más o menos enfermos, o más o menos sanos. Digamos, como nuestro estado normal.

– Tan normal que no nos asustamos porque en una escuela aparecen todas las debilidades humanas que hacen tan divertida a nuestra especie: rivalidades, agresiones, envidias, pereza, cansancio, desaliento. Ese es el paquete que entra a nuestra escuela-sanatorio. Esa es la materia sobre la cual vamos a trabajar. No negar, no ignorar todo lo que implica la naturaleza y la existencia humanas. Ponerle nombre. A la envidia llamarla envidia; se gana tiempo y energía. Sin escándalo, sin alarmarse, como que todos somos envidiosos. Si a la envidia la llamamos envidia, seguro que ya estamos en camino de curara. Curarla; no reprimirla o castigarla. Curarla.
Dicho esto de otro modo: permitir el error. Dar permiso para que la gente se equivoque. La peor equivocación es no hacer nada para no equivocarse; o hacer sólo lo mandado por otros, para no tener errores personales. Gran error, el más grande: hacer desde los demás, delegar en otros nuestra responsabilidad, cambiar creatividad por seguridad. Así, pues, y aunque esto pueda sonar a herejía: una escuela sana da permiso a los aprendices para equivocarse. Puede equivocarse sin traumas, sin ansiedades, sin miedos al castigo.
Eso sí: una escuela sana, al error lo llama error, le pone nombre a las cosas. No tapa, no disimula, no niega. Equivocarse para poder crecer; cometer errores para poder ser creativos. Inventar desde los posibles fracasos. El acento está puesto en los verbos activos: crecer, crear, inventar.

Y, entre paréntesis, un educador sano se da este permiso: se permite equivocarse en su tarea de inventar y ser creativo. Digamos, que se anima a no ser perfecto, que es lo mismo que decir: se anima a ser hombre o mujer. Se asume, simplemente como es.

– Pero, esa actitud ¿no nos puede llevar a cierto conformismo? Aunque no quiera ser perfecto, me interesa que mi salud sea cada día mejor, ¿no le parece?

Usted me está robando las ideas, porque de eso quiero decir algo. La salud necesita ser alimentada, porque si no crece, se muere. En la vida nada hay estático; o se avanza o se retrocede. Ahora nos queda trabajar sobre una palabra importante: carencias.

La carencia es una falta o ausencia de algo; y se trata, desde ya, de un concepto muy relativo. Hay carencias propias de una edad determinada, o de un sexo, o de una cultura, o de una época histórica. Las carencias marcan nuestras limitaciones.

Y muchas veces las carencias se vuelven necesidades, como nos sucede, por ejemplo, con los idiomas extranjeros. Aquí en mi país puedo no saber alemán, es una carencia. Pero si estoy en Alemania, esa carencia se vuelve imperiosa necesidad.
Otros ejemplos aclaratorios: años atrás un Banco podía no tener computadoras (carencia); pero hoy corre el riesgo de quedar relegado y perder mucho dinero. Conclusión del Directorio del Banco: necesitamos poner computadoras. Lo mismo pasa con la Escuela o cualquier negocio.

Un niño no sabe ni puede conducir un coche, pero, cuando llegue a grande, ¿no será muy conveniente y hasta necesario que aprenda a conducir un coche? Así, pues, vemos que hay infinidad de situaciones o aprendizajes que son carencias puras en determinado momento o circunstancia, pero que pueden volverse conveniencia y hasta necesidad en otras.

Aquí es donde juega un importante papel la educación. Una educación sana debe alimentar la salud “rellenando” aquellas carencias que hoy o mañana funcionarán como necesidades imprescindibles. Desde ya que un niño que no sabe inglés puede ser un niño sano. Pero no es muy sano que no sepa inglés si piensa manejarse en el mundo de los negocios o de las finanzas. Se sentirá inferior y posiblemente fracasará. Claro que puede aprender después, o en el momento que lo necesite, pero no siempre podrá hacerlo o no lo hará con la celeridad que el caso requiera.

Y lo que decimos de un idioma vale para muchos otros aportes de la escuela en función de las actuales carencias que sufren los educandos, muchas de ellas inofensivas por el momento, pero que gravitarán fuertemente en un futuro más o menos cercano.
Las carencias pueden referirse al cuerpo, al desarrollo de los músculos, a la destreza, a la motilidad. O a los sentimientos y al desarrollo de la sexualidad. O carencias físicas o técnicas, artísticas o espirituales. ¿De qué no podemos carecer los seres humanos?
Desde el punto de vista educativo, parece no haber dudas de que la escuela tiene que ir cubriendo esas carencias que serán necesidad en el mañana, teniendo en cuenta todas las circunstancias ya apuntadas: Sexo del sujeto, aptitudes, hábitat, vocación, etc.
Y desde allí podemos preguntar si nuestro sistema educativo está preparado parta enfrentar ese futuro cercanito que pronto vivirán nuestros desprevenidos estudiantes. ¿Cómo harán frente a un mundo tan competitivo?
¿Con qué experiencias y conocimientos enfrentarán el mundo laboral o profesional? ¿Con qué elementos estarán capacitados para una vida en pareja?
Si la salud es un bien estable y que apunta a una larga existencia, una escuela sana no puede sino mirar el futuro dándole al educando los elementos para que su salud integral sea duradera, y sepa afrontar las muchas dificultades que tendrá que sortear. No es sana una escuela invernadero, o una escuela que ignora por dónde anda el mundo o los avances del siglo veintiuno, o el superdesarrollo tecnológico.

Nuestras carencias de hoy se volverán necesidades dramáticas dentro de muy poco tiempo, y muchas de ellas ya lo son …
Entonces, todo lo que hoy se haga por rellenar ese vacío carencial, es alimento y soporte de salud.

Pero hay una dificultad: que educadores y educandos se puedan convencer de que esta carencia de hoy es necesidad del mañana.

Si la necesidad es de hoy, no hay problema, porque esa misma necesidad ya es motivación para satisfacerla. Pero cuando la necesidad aparecerá dentro de algunos años, precisamente por estar lejana, no aparece como necesidad. En todo caso, como una sana conveniencia; lo que se traduce en un “conviene que aprenda inglés, pero no es necesario; conviene que sepa computación, pero no es necesario; conviene, pero … ”
Desde ya que la conveniencia de algo es también motivación, y un adulto sano así lo entiende. Un adulto hace muchísimas cosas por sana conveniencia, y no sólo se moviliza desde las necesidades imperiosas.
A los niños y adolescentes les cuesta más este criterio. “¿Para qué si no lo necesito?”, nos responderán muchas veces. Y nosotros les diremos: “Sí, pero te conviene”.

O sea, que mientras la necesidad es motivación, y a mayor necesidad más motivación; la conveniencia es también motivación, pero una motivación menos fuerte e imperiosa. Entre “conviene” y “es necesario” hay una diferencia cualitativa importante.
Ahora bien, aquí viene la parte más difícil de la tarea educativa: descubrir que una necesidad de hoy no lo será mañana, y que una conveniencia de hoy, sí será necesidad mañana. Si sólo ponemos el acento en lo que ahora necesito, corremos el riesgo de descuidar las necesidades del mañana. Para subsanar este inconveniente, se pone en juego esa típica palabra de la salud: conveniencia.
El hombre que busca su salud apunta a cubrir todo lo que le conviene.

Con-venire, una palabra que lo dice todo: es algo que viene bien que esté con otra cosa, con nosotros, que tiene que juntarse con su complemento, que le corresponde estar junto a … A una azafata le “con-viene” la elegancia y el idioma extranjero . A un maestro le conviene la didáctica y un buen carácter. A un médico, a un abogado, a un psicólogo, a un electricista … , a un padre de familia, a un casado, a un hombre … , a una mujer … ¿Qué le conviene?

A este país ¿qué le con-viene para no desaparecer del mapa, para seguir el ritmo de la historia, para crecer? Hemos hablado de sabiduría, y lo estamos haciendo de la salud. Y la conveniencia las une en un solo movimiento y proceso.
El sabio, el hombre sano, busca y aprende a buscar lo que le con-viene (por favor, no tomar esa palabra en cierto sentido popular y desvalorizado, donde conveniencia quiere decir capricho o algo por el estilo … )

El hombre sabio hace hoy lo que conviene hacer, para que el hoy sea feliz y para que el mañana sea feliz. Difícil arte, por cierto.

Un gobernante, un ministro de economía, tiene que hacer lo que conviene al país en su totalidad, en su proyección histórica. Y no es tapando agujeros o sacándonos el bulto de encima como resolvemos los problemas. De esto, por desgracia, sabemos demasiado.
La conveniencia toma en cuenta el factor tiempo: levanta la mirada, mira hacia adelante, contempla la totalidad de la persona y de la sociedad, tiene en cuenta los ritmos psicológicos y los sociales e históricos.

La conveniencia pre-para, pre-viene, pre-ve …
No solamente busca que el hombre esté sano sino que no se enferme mañana. Salud preventiva, política preventiva, economía preventiva.

En un brote de epidemia podemos improvisar ante la emergencia. Pero una política de salud, sana, previene la epidemia. Prevenir la salud es un signo de inteligencia, quizá el mayor de todos.
A nosotros nos cuesta porque llevamos años de improvisaciones, de emergencias y coyunturas que nos desbordan una y otra vez. Y cuando pasa la emergencia, seguimos lo más campantes. Y así estamos: no viviendo el presente (no viviéndolo sana y felizmente) sino sufriendo los tremendos baches del pasado, baches tan grandes que ni podemos salir de ellos.

Escuela en salud, escuela de sabiduría: una escuela que siempre tiene en mente la gran pregunta: ¿Qué es lo con-veniente? Aquí y hoy.
Si en nuestro país la política y la educación han perdido prestigio y credibilidad, es porque no han sabido prepararnos para este momento histórico que estamos viviendo. Entonces decimos: ¿Nos conviene esta política? ¿Nos conviene esta educación? O como decimos más vulgarmente: ¿Para qué sirve?

¿ Qué nos pasa cuando vivimos en esta inseguridad, cuando vemos que no estamos bien encaminados, cuando no estamos preparando nuestra felicidad futura? Perdemos la poca salud que nos queda: aparecen las ansiedades, las depresiones, el desaliento, la desesperanza. Trabajamos como les sucede a nuestros jubilados decenas de años… ¿para qué? ¿Para morirnos de hambre el día que tengamos que recoger las redes?

Observemos nuestro país, nuestra gente, nuestros jóvenes, a nosotros mismos: cuánta enfermedad colectiva porque no sabemos a dónde vamos ni para qué sirve lo que estamos haciendo, ni qué beneficios nos reportarán tantos sacrificios.

No en vano hemos olvidado que la primera ley de un cuerpo orgánico (individual o social) es el crecimiento de su salud. Si no crecemos, nos autodestruimos. Es la ley de la naturaleza.

De allí nuestra propuesta: una escuela sana para gente sana. Gente sana en un país sano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *