Autonomía y límites … Sobreprotección y libertad. S Benetti

QUÉ PROLEMA:  AUTONOMÍA y LÍMITES, SOBREPROTECCIÓN  Y LIBERTAD, PREMIOS Y CASTIGOS

Dialogando con los educadores

Lic. Santos  Benetti

“Pero, nene, si te lo digo yo será por algo. ¿Acaso hay alguien que te pueda aconsejar mejor que yo? … Y no te metas a hacer esas cosas, todavía eres un chiquilín y te falta mucho … ¿Ponerte de novio? Pero, hijo, si a penas has salido de la cuna. Ya tus padres te diremos cuándo tienes que hacerlo y con quién, porque te vamos a ayudar a elegir la mujer que realmente te conviene … “.

Y el bueno de Eduardo, que ya tiene veinticuatro años, repite cientos de veces por día: “Sí, mamá; sí, papá.” ¿Y qué otra cosa le dejan decir al “nene”?

Lo más triste del caso es que este Eduardo no está sacado de un libro de cuentos sino que lo he conocido personalmente, un día en que, dándose cuenta de que era candidato al fracaso total, se decidió a intentar, al menos, romper el cordón umbilical.

Eduardo está enfermo de sobreprotección. No es hijo de padre y madre, sino de patemalismo y maternalismo. Porque cuando sobreprotegemos a los chicos-aprendices, suponemos que lo hacemos para evitarles peligros y daños. Pero, en realidad, es todo lo contrario, porque los transformamos en jóvenes incapaces de enfrentar la vida, y cualquier obstáculo representará para ellos un peligro insalvable.
Visto desde otra óptica, la sobreprotección tiene otra cara: es la sobrevaloración de los padres-educadores que necesitan crecer y sentirse grandes e importantes, a costa de la indefensión de los eternos hijos. Cuanto más indefensos éstos, más importantes y necesarios son los educadores. El vínculo se vuelve “necesidad”.

En cierta oportunidad me trajeron a una madre primeriza y joven que había caído en una profunda depresión del post-parto. Se sentía inútil, incapaz de criar a su bebé de sólo una semana de vida, al que sentía como una constante molestia. Entonces su madre ocupó su lugar, cuidando al bebé-nieto al que llevó a su propia casa, lo que hizo sentir más inútil a la joven madre. No me costó mucho descubrir que, hija única, había sido educada en la más completa sobreprotección, o sea, “desprotección” de sí misma. Y el día en que” despertó” a la realidad de tener un hijo, la crisis fue total.

A más sobreprotección de la madre, más desprotección de la hija. Y por tanto, más necesidad de la protección materna. El cuento de nunca acabar con la dependencia.

La sobreprotección nunca actúa a cara descubierta. Siempre viene disfrazada o disimulada bajo un sinfín de argumentos que, en definitiva, siempre sirven para reafirmar la soberana autoridad del protector y la inutilidad del protegido.

Nuestra cultura, sobre todo latina, tiene una larga tradición de sobreprotección: la madre, la madre-patria, la madre-patria-colonial, la madre Iglesia, la madre-escuela-familia.. Madres, padres, mesías, salvadores, próceres, patronos; total que tenemos madres y padres para todos los gustos y cuanta oportunidad de vida haya. Los argumentos varían, pero el fondo es siempre el mismo. Veamos algunos:

– “Todavía no estás preparado”: para decidir por tu cuenta, para hacer esto, para elegir a tus gobernantes, para asumir esa responsabilidad.

El argumento es casi perfecto: Desde ya que nadie puede estar preparado en un sistema que procura precisamente que nadie lo esté. Si el poder y la sabiduría son patri-monio exclusivo de los padres (de los muchos padres), ellos son los únicos preparados. El paternalismo sobreprotector, por definición, implica la inutilidad de los hijos-protegidos.

– ” Esto te puede hacer daño”. Y lo dicen con tanta emoción que uno hasta llega a enternecerse de lo mucho que nos quieren. “Por lo tanto, no” … El No acompaña a todos los argumentos del paternalismo. No leer, no ver, no hacer esa experiencia, no animarse, no dudar, no innovar. No hablar de esos temas peligrosos, no avivar a la gente, no abrir los ojos, no pensar.

El paternalismo sabe que si lo hacemos “le” haremos daño. Pero son tan buenos que nos dicen: “te” harán daño. Porque el patemalismo es un sistema autoritario que se alimenta de sí mismo desde la ingenuidad de los protegidos-seguros-defendidos, y que siempre se disfraza de argumentos humanistas y hasta emotivos. Uno los escucha y tiene que hacer un esfuerzo por reprimir las lágrimas: “cuánto nos aman”, si hasta piensan por nosotros y toman sobre sus hombros nuestra responsabilidad para que nosotros no suframos … “Te lo digo porque te quiero … algún día lo comprenderás”.

– “Ustedes todavía no saben autogobernarse”. No es que seamos autoritarios ¡no!, Dios no lo permita. Lo que pasa es que cumplimos una función vicaria, mientras dure vuestra infancia y no tengan esa capacidad que nosotros tenemos de dar leyes y normas para todo el mundo. Nosotros tenemos el “criterio”, y ustedes, admítanlo en un gesto de profunda humildad, todavía no saben, no saben de autodominio ni de equilibrio, y nosotros sí sabemos que ustedes van a caer quién sabe en qué vicios si no nos hacen caso …

No hay cosa que más les irrite a estos autoritarios disfrazados de papitos buenos que la autonomía de la gente, sean chicos o grandes. Sólo ellos son los dueños de la verdad, del poder, de la ética, de los valores. En fin, de todo. Pero, eso sí: lo hacen por nuestro bien, como un servicio -esa palabra se usa mucho-, como un servicio a la comunidad de subdesarrollados mentales que tienen que gobernar.

Y , entonces, leyes y más leyes; normas y más normas: la heteronomía como forma permanente de gobernar y de educar. Y a más heteronomía, más inutilidad, carencia y pobreza de los gobernados y educados. Como bien decía mi amigo Lao Tse, allá por el siglo sexto antes de Cristo:

“Cuantas más prohibiciones haya, más pobre será el pueblo. Cuantas más leyes y reglamentos, más bandidos y ladrones aparecen. Por eso el sabio dice: Yo no hago nada, y la gente espontáneamente se transforma; estoy quieto, y la gente espontáneamente se corrige; no tengo interés en las ganancias, y la gente espontáneamente se enriquece”.

Educar en la autonomía y desde la autonomía de cada uno. Lo podemos llamar madurez. Dejemos de dar tantas leyes, normas y recetas, y la gente aprenderá a darse la ley que necesita para crecer y vivir  felizmente.

– Pero la autonomia no puede llevamos, ¿cómo decir?, a un total  subjetivismo ético, a la carencia de normas sociales? ¿Creo que necesitamos leyes, no?

Su objeción es válida y la escuché muchas veces, pero se basa en un pequeño error. Hablamos de autonomía, ¿verdad? Palabra de origen griego: autos-nomos (” uno mismo-ley”). Significa que la ley surge de uno mismo. La ley, ¡ojo!, estamos hablando de una ley, de una norma. Por tanto, reconocemos que necesitamos leyes, normas, límites, como que son esenciales a la con-vivencia humana. Por tanto, descartemos desde el comienzo que la autonomía es una especie de “viva la Pepa”, como algunos fantasean.
Pero, una ley que surge de nuestro interior, desde una convicción y búsqueda personal, sin imposiciones externas. Porque soy un hombre, con igual derecho que cualquiera, tengo el derecho de pensar el camino a seguir y de autorregularme.

Ahora bien, ese autós, ese uno mismo al que alude la auto-nomía, no significa siempre y necesariamente el individuo aislado. Así en una pareja, el autós, es la pareja que establece sus normas de relación y conducta. El grupo familiar es el autós que establece sus formas de convivencia; un grupo de alumnos es otro autós que busca la normativa para convivir y crecer juntos, y así sucesivamente.
Pero ese autós-grupal o comunitario, ese autós-social, no es más que una palabra vacía si no se respeta la opinión y el aporte de cada uno de los autós individuales. La pareja no existe sin el hombre y la mujer; una comunidad educativa no existe sin el aporte concreto de cada uno de sus miembros. Un país, es un gran autós, que se autorregula democráticamente, y no desde las leyes y normas de unos pocos que dominan.

Cuando hablo de autonomía jamás olvido que vivo aquí y ahora con mi familia, con mi gente, con mi país. y esta es la autonomía que reclamo. Si, en cambio, el problema fuera absolutamente íntimo mío, individual, Ja autonomía es mi derecho a tomar mis decisiones sólo desde mí mismo. Si no soy capaz de hacer eso, ¿puedo llamarme una persona madura? Y si no me dejan hacerlo (hay mucha gente que se opone a la autonomía), ¿porqué ellos pueden y yo no? ¿Qué más hombres son que yo? ¿Y por qué yo tengo que ser un sometido y ellos mis sometedores?

Los partidarios de la heteronomía serán inevitablemente autoritarios, y siempre supondrán que gobiernan a un grupo de inmaduros e infantiles.
Por eso propongo una educación en la autonomía de los educandos, y desde la autonomía de los educadores. Obvio, por otra parte. Educación en la autonomía es un aprendizaje en el vivir autonómico. Y como dice Lao Tse, siempre hay una proporción directa entre leyes y pobreza: a más leyes, más pobreza-carenciai-nmadurez del pueblo; y a más inmadurez, más necesidad de leyes de los gobernantes. Es un círculo vicioso.

La escuela debe tender a que los aprendices puedan autogobernarse. Ni más ni menos. Cuando no lo consigue (y menos si ni lo intenta), ha fracasado. La escuela sólo es un soporte o andamiaje para que, tiempo después, el edificio se sostenga solo. Y no hay mejor garantía de que se va a sostener solo, si ya se va sosteniendo solo aún cuando tenga los andamiajes educativos .. O como decía Lao Tse: “Estoy quieto, y la gente espontáneamente se corrige”.

– La gran dificultad está en que nosotros  tampoco nos manejemos con autonomía. Y como fuimos educados en la más dura heteronomia, cómo nos cuesta, y cómo nos culpabilizamos cuando decidimos desde nuestra conciencia; como si la autonomía, ese gran signo de madurez, fuera un tremendo pecado. –

Usted lo ha dicho y muy bien. Pero ¿quiere que le diga algo? Las nuevas generaciones saben de autonomía bastante más que nosotros. ¿No le parece lindo aprender con ellos?

Aprender y sentimos libres, oxigenados, sintiéndonos los dueños de nuestra vida, y sin tener que estar pidiendo permisos y dando cuenta y examen de todo a tantos padres vigilantes. Desatarnos de tantos cordones umbilicales, y correr, saltar, gozar, dándonos tantos permisos que siempre nos han negado para disfrutar de la vida, para ser creativos, para darnos el gusto de ser felices. Créame que todo esto me reconforta!

-A mí lo de Lao Tse me ha clarificado mucho las ideas, pero ¿no le parece a usted que hoy corremos el riesgo de tener educadores y padres que creen que los límites son innecesarios? Nos encontramos con chicos tan antisociales que estoy preocupado.

Usted me hace acordar a Rosa, una niña de ocho años, que un día volvió muy impresionada a su casa. “Pero ¿qué pasó, tesoro mío?”, preguntó la madre. “No sabés, mami, el Quique ¿viste?, ese compañerito nuestro … , bueno … , que se bajó los pantalones delante mío … y también se lo hizo a otras compañeritas … “.

Al día siguiente la mamá de Rosa, al igual que otras madres, fueron a hablar con la directora de primaria para ver qué estaba pasando, porque estas historias no son nuevas en la escuela y la conducta de Quique preocupa desde hace bastante tiempo. La directora les dijo a las mamás que eso era muy normal, que son cosas que pasan, que no hay que asustarse y que ya se irán solas. “Pero, señora directora, dijo una de las madres, ese chico arrastra problemas de conducta desde el jardín y creo que hay que poner ciertos límites”. “¿No le parece, terció otra madre, que hay que llamar a sus padres y ver qué pasa con ese chico. Y además, le parece tan normal esa conducta a esta edad, y con tanta reiteración? ¿Cree usted que el tiempo lo resuelve todo?”.

Parece evidente que Quique no merece un castigo y asunto concluido. Pero ese gesto y otros más, el contexto general de su conducta ¿no merecen un estudio acerca de su personalidad, medio familiar, o al menos preguntarse qué quiere expresar con esos gestos? Si educar no es premiar y castigar, tampoco es cerrar los ojos, consentir y “después veremos qué pasa”. Insisto: autonomia no es ausencia de normas y limites, sino la búsqueda de normas de convivencia desde el propio grupo educativo.

O sea, que los mites son necesarios. 

Como los necesitamos en una ruta donde las señalizaciones, rayas blancas, amarillas, etc., no sólo nos dan permiso para circular sino que nos permiten hacerlo con más seguridad y rapidez cuanto mejor señalizada esté la ruta.

 Justamente el límite es un permiso para vivir sin riesgos innecesarios. Una ruta mal señalizada o sin señalizaciones, como tenemos tantas en nuestro país, nos impide movilizamos con serenidad y rapidez. Es el límite del “no” ante el peligro real; por tanto, un límite al servicio de la vida: de la vida integral, física, mental, etc.

El límite educativo es como un paraguas: nos permite caminar en la calle (ese es nuestro objetivo, caminar) pero sin mojamos ni enfermarnos. Porque la salud reclama límites. Así, comer es necesario, pero hacerlo en exceso (sin límites) no sólo nos enferma sino que nos impedirá comer por cierto tiempo.

El límite educativo es un regulador de nuestras funciones y actividades. Trabajamos, pero también descansamos (límite del trabajo). Descansamos, pero después nos ponemos a trabajar (limite para el descanso). Salimos a la calle con nuestro automóvil, pero nos detenemos ante un transeúnte (la vida del otro limita nuestro derecho al tránsito), y así sucesivamente. Por tanto, siempre el límite está vinculado directamente a una actividad positiva y sana, y para proteger esa actividad.

A eso llamamos límite educativo o límite sano. Otra cosa es el límite por el límite, la norma que restringe las iniciativas y ahoga la personalidad del sujeto.

Es lo que le pasa a Pedrito. Durante las veinticuatro horas del día escucha sin cesar: ” Pedrito, no corras! Pedrito, no grites! Pedrito, no toques eso! Pedrito!”. El pobre Pedrito ya no sabe qué hacer y está asombrado del mundo en que vive, aunque para él, eso de vivir está por verse. Pedrito está aturdido y más que confundido, y no es para menos. Si se pone a jugar, no puede levantar la voz ni correr, ni gritar ni cantar, que es lo mismo que no jugar. Pero la mamá le dijo que se vaya a jugar … Si se queda quieto, le dirán que es un pasivo, que esto no puede ser, que haga algo, que se mueva. Pedrito está desconcertado porque desde que se despierta hasta que se acuesta recibe tal cantidad de no, y de prohibiciones (límites restrictivos) que ni aún siendo un robot perfecto podría cumplir, no lo que se le manda, sino lo que se le prohíbe. Porque Pedrito puede hacer todo lo que no está prohibido. Y tiene prohibido hacer cualquier cosa que brote de su iniciativa.

Y  son muchos los Pedritos lanzados al mundo para cumplir: las prohibiciones de los padres, de la escuela, de la Iglesia, del gobierno y hasta de su pareja.

Es cierto que de tanto en tanto se nos recuerda que tenemos algunos derechos, que tenemos que agradecer por supuesto, porque son los derechos que nuestros benefactores nos conceden como una gracia y signo de su amor. Es el derecho que les queda a los jubilados que se mueren de hambre, de protestar y gritar, ¿pero para qué sirve ese derecho si nadie les hace caso? O, como ya lo hemos comentado en el tema sobre la libertad y la creatividad, el derecho a elegir desde las migajas o desde el hambre a la que nos reduce nuestro sueldo miserable o la infinidad de prohibiciones que se nos han impuesto. De esto los maestros y profesores saben mucho.

Moraleja:
primero el permiso, el gran permiso para vivir a nuestras anchas. Para que surjan las aguas primaverales de nuestro interior y se desborden en un canto de vida.
Eso, lo primero. Una educación positiva y desde propuestas positivas.

Y lo segundo: defender ese permiso y gozo de vivir, regulando, evaluando, corrigiendo, para que cada día sea más vida y creatividad, y para que el germen de la autodestrucción no termine con nuestros buenos deseos. Eso es el límite, el límite que le ponemos a la muerte y a la destrucción, el límite que le ponemos a la enfermedad. El límite como frontera entre la vida y la muerte.

Porque no hemos de pecar de ingenuos: el ser humano no es un angelito que sólo tiene buenos deseos y ganas de vivir. Tenemos el triste privilegio de poder autodestruirnos. Y allí es donde comienza a funcionar esa cosa llamada límite, norma o ley.
– Estamos hablando de la relación entre permiso y límite.
¿Sería lo mismo que la relación entre premio y castigo? ¿ Tiene algo que ver? Me hago esta pregunta porque en educación siempre hemos hablado de premios y castigos y, ¿cómo encajan en este esquema que estamos analizando?

Eso es lo que se preguntaba Dani, un pequeño héroe, a quien su padre le dijo al comienzo del curso escolar: “Si este año te va bien y me traes buenas notas, verás qué lindo premio te tengo preparado. De lo contrario, ya verás lo que te espera”. Dani bajó los ojos, intentó después mirar al padre que le tenía clavada la mirada, y le dijo muy bajito: “Sí, papá”. Minutos después el pequeño Dani está solo en su habitación y con aire filosófico piensa:
“Qué dilema el mío: cómo hago para tenerlo contento a mi papá. Porque lo importante durante este año y seguramente en los próximos, es que papá esté contento, satisfecho y orgulloso de su hijo. Claro, que si no saco buenas notas, madre mía, la que me espera. .. Mejor ni pensarlo. ¡Ay, quién me manda meterme en este lío! En cambio, mi amigo Totó va tranquilo al colegio, trae las notas que puede y nadie le dice nada … “.

Como vemos, Dani está preocupado por la reacción de su padre, y quedará condicionado por esa reacción. Es otra variable de eso que llamamos del discurso del otro. El otro ha hablado como Zaratustra o Moisés desde lo alto de la montaña; “Aquí está la ley. Si la cumples, premio. Si no la cumples, castigo”. La conducta humana es definida corno una adecuación al otro, el único sujeto capaz de pensar y decidir. Los demás no son seres humanos, son objetos: el hombre-objeto. Por eso el “otro” dice: “No me estudias … no me haces los deberes … No me cumples … “.

No hay un hombre-sujeto pensante y creador. Premios y castigos cosifican al hombre: pues no vale por sí mismo sino por la cosa que hace para el otro. Si hace esa cosa, tendrá otra como recompensa. El premio y el castigo prostituyen al ser humano, pues se entiende que no vale por lo que es, piensa y siente, sino como máquina productora para el otro.

– Y  yo me quedo preguntando: ¿qué pasará cuando Dani, ya acostumbrado a este esquema, un día se vea libre? ¿Estudiará? Cuando se termine el chantaje del premio y del castigo ¿qué hará Dani? ¿Se buscará otro padre? ¿ Tendrá la oportunidad de descubrir que tiene que hacer algo por sí mismo y para sí mismo?

Resulta claro, entonces, que el sistema de premios y castigos es la perversión misma del proceso educativo. No sólo son un límite restrictivo a la iniciativa del educando, sino que lo anulan como sujeto. En el premio y el castigo, el paternalismosobreprotector se quita la máscara y revela la hondura de su sadismo patológico. Porque ni goza con el adelanto del educando ni sufre con su castigo: sólo goza en su poder ommodo.

Un sadismo (ya todos sabemos hasta qué grado ha llegado y todavía llega) que implica la posición masoquista del hijo-educando-súbdito-feligrés. Porque éste, haga lo que haga, con la perspectiva del premio o del castigo, no tiene más alternativa que sufrir el constante examen y suplicio al que se ve expuesto. Y no faltará quien le diga, a modo de consuelo pedagógico: “La vida es un sacrificio”. Sacrificarse por la patria (por los gobernantes de turno), por los padres, por los ideales del otro, pero jamás la gratificación de ser amado por ser él mismo.

-Usted ha utilizado la palabra “gratificacián”. ¿No es también una forma de premio? Hoy escucho hablar mucho de gratificar al otro. ¿No es el mismo verso con otra rima?

Si es grati-ficación es gratis. El premio nunca es gratis: es el pago por algo que hacemos para el otro. La gratificación es mi gesto de amor hacia el otro, no porque hace algo por mí o para mí, sino porque lo quiero. Y si lo quiero, es que lo reconozco distinto a mí, es otro” al que yo amo. Y la gratificación (una caricia, un beso, un regalito) es el signo de ese amor. En una comunidad armónica y gozosa, las gratificaciones son el signo corriente de un sentirse bien los unos con los otros; son el signo de que nos apoyamos, nos afirmamos mutuamente, nos ayudamos, nos alegramos, nos amamos. Gratis

Y creo que no es tan fácil de hacerlo gratis. Cuando alguien nos regala algo, siempre podemos sospechar: ¿ Y qué nos pedirá después?

Por eso cuando gratificamos “gratis” al otro, lo valoramos y reconocemos como sujeto, como un “tú” que vale mucho. No por nada, la forma más común que tenemos de gratificar al otro, es escuchándolo … ¡Y cómo cuesta!

– Tiene usted razón. Qué bien que se siente uno cuando es escuchado. Y escuchado sin censuras, sin reproches, sin esa sensación de dar examen. Qué bien que se siente uno. Como que es … sí, que es respetado en lo más total y profundo de sí mismo.

Con lo que usted ha dicho, no hay nada más que agregar. Si aprendimos a escuchamos. ¿Qué más puedo decir?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *