El Mensaje Social de Jesús. Santos Benetti

EL MENSAJE SOCIAL DE JESÚS

Lic. Santos Benetti

 1 BREVE  INTRODUCCIÓN

Hoy  nos encontramos en una sociedad que está viviendo un cambio tan profundo, como no imaginarnos en décadas anteriores.

En medio de la gran ola de la globalización (cultural, económica y política), nuestros países latinoamericanos recobraron en general el sistema democrático, mientras quedaron atrás los fantasmas del golpismo militar y de la guerrilla revolucionaria.

Todo esto implica que estamos viviendo en un nuevo escenario político, escenario que, lejos de estar ya terminado, es una construcción que estamos realizando permanentemente, no sin grandes conflictos y problemas acuciantes.

Vivimos en democracia, pero lo hacemos con un gran desencanto provocado, entre otros motivos:

  • por la escasa o casi nula representatividad y participación popular en las decisiones públicas,
  • por una corrupción cada vez más profunda y extendida, y, sobre todo,

.    por una tremenda exclusión social, producto de la implantación hegemónica del sistema económico neoliberal individualista y conservador.

En una sociedad fragmentada y con tendencia al individualismo de la vida privada, caídos los esquemas ideológicos que auspiciaron la liberación y la instauración de una nueva sociedad igualitaria, hoy necesitamos replantearnos dónde estamos y hacia dónde queremos caminar, salvo que pretendamos aceptar sumisa y calladamente lo que otros eligen y deciden por nosotros.

Este nuevo modelo parece ser lo más opuesto al espíritu de la democracia, gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Y también es lo más opuesto al espíritu evangélico, espíritu que fluye de una historia dos veces milenario de lucha de un pueblo por la libertad y la justicia, en medio de problemas y contradicciones tan duras o más que los nuestros.

En este libro nos proponemos establecer un debate serio y profundo sobre nuestra realidad social, vista desde el pensamiento y mensaje de Jesús de Nazaret, tal cual se revela en los evangelios sin las futuras interpretaciones teológicas de los siglos posteriores.

Es acercarnos lo más posible al pensamiento y actuar del Jesús histórico.

No es una tarea fácil, pues tendremos que entender el lenguaje de otra cultura, y desde allí asumir el nuevo lenguaje de una democracia participativa que busca la libertad en la igualdad.

Los temas, presentados con un cierto orden, sólo pretenden abrir el debate, ofreciendo un encuadre histórico y conceptual para que los lectores y grupos de trabajo hagan su propia tarea: analizar nuestra realidad, interpretarla, revisar tantas palabras y conceptos hoy en crisis, y, sobre todo, buscar un camino alternativo que “a nosotros” nos signifique una forma de compromiso.

Sólo me resta invitar a todos a

  • no tener miedo a la reflexión y a un debate serio,
  • no tener miedo a pensar como sujetos creativos, para
  • no tener miedo a tomar aquellas decisiones que consideramos las más justas y positivas.

 

2  DAR VUELTA LA SITUACIÓN: CAMBIAR

Jesús fue muy consciente de que su propuesta exigiría un cambio radical y profundo, tanto en el individuo como en la sociedad. Por eso, desde el comienzo, Él jamás separó su propuesta de la necesidad del cambio (también llamado conversión). “Jesús se dirigió a Galilea y allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Cambien de vida y acepten la Bueno Noticia” (Mc 1, 14-15).

Cuando, tiempo después, le comentaron que algunos galileos habían sido asesinados por los soldados de Pilato en el atrio del templo, Jesús, después de afirmar que no por eso tales galileos eran más pecadores que otros, les dijo por dos veces: “Si ustedes no cambian de vida, todos acabarán de la misma manera…” (Lc 13, 1-5).

Y es un cambio que afecta a todos, incluso al mismo Jesús, que tuvo que superar durante su vida las fuertes tentaciones del poder que intentaban apartarlo de su rol de servicio democrático, solidario y participativo.  Brevemente lo enuncia Marcos: “El Espíritu lo llevó al desierto donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc 1, 12).

Mateo y Lucas desarrollan este tema en un relato simbólico en que el Tentador lo incita a realizar milagros para comer, o desarrollar un poder espectacular para atraer multitudes (tirarse desde el pináculo del templo), para ofrecerle, finalmente, todo el poder político sobre los reinos, que es la gran tentación mesiánica. (Puede leerse Mt. 4, 1-11 y Lc 4, 1-13.) Esa tentación le llegó a Jesús desde el pueblo y desde sus mismos apóstoles que, como Pedro, intentaron apartarlo de su camino de servicio fraterno (Mc 8, 33) y es la tentación permanente de la Iglesia a lo largo de los siglos: el poder absoluto sobre las conciencias… Algo que aún hoy es más que evidente…

El proceso del cambio

Analicemos, pues, lo que implica el cambio, algo que a todos nos cuesta y a lo que siempre resistimos; cambio y transformación que son la esencia de la acción política.

Desde el momento en que hablamos de cambio suponemos que existe una situación que es perjudicial o inconveniente, y de la cual hay que salir.  En la praxis política esto es lo corriente: hay que transformar y mejorar las condiciones de vida de la sociedad, yendo de menor a mayor.

Este inconveniente, malo o perjudicial, no tenemos por qué atribuirlo al demonio; somos nosotros mismos quienes provocamos esas situaciones destructivas.  Basta echar una mirada por los periódicos y demás medios de comunicación para constatar el amplio muestrario de injusticias, corrupción y escándalos, algunos de ellos ya “patentados” en nuestras instituciones sociales y políticas, pero también presentes en cada familia, barrio y persona.  Y cuando decimos que “hay mucho que cambiar en nuestro país”, todos sabemos a qué nos referimos.

En todo proceso de cambio podemos descubrir estos pasos:

Primero: reconocimiento, análisis y debate

Jesús reconoció, se dio cuenta de que el poder sobre el pueblo era la voz del tentador que lo apartaba de su camino y, desde el análisis de su misión, descubrió la voz de Dios a la que se aferró en cada respuesta que le dio al tentador (“No sólo de pan vive el hombre sino de todo palabra que sale de la boca de DiosNo tentarás a tu DiosSólo adorarás a tu Dios…”).

Es nuestra primera tarea: preguntarnos, por ejemplo, ¿este plan económico nos beneficia o nos destruye… este proyecto político, sirve a los intereses del pueblo, favorece las buenas relaciones y la armonía, es realmente democrático?, etc., etc.

Siempre nos encontramos con circunstancias personales o sociales que debemos analizar y discernir para descubrir si son buenas, sanas, convenientes y constructivas, o lo contrario, aunque nos duela reconocerlo.  Lo típico de estas situaciones es que se presentan no como algo abiertamente malo (ningún gobierno diría que su proyecto es perverso) sino como una muy buena propuesta que tiene todas las apariencias de ser verdadera.  Todo llega bien argumentado, incluso con frases bíblicas como en la guerra santa, la intolerancia hacia otros cultos o razas, la necesidad del desempleo para que la economía crezca, etc.

Por lo tanto, la tarea de análisis y debate no sólo es necesaria, sino permanente en el quehacer político, social y religioso.  Y el lenguaje de la persuasión consiste precisamente en convencer a la sociedad de que tal asunto no es conveniente y de que habría que cambiar de esta o de la otra forma.  En esta tarea, los cristianos u otros creyentes no tienen ventaja alguna por medio de revelaciones o de milagros.  Hay que pensar, evaluar, reflexionar, escuchar a otros, buscar…

Terminado el análisis, viene la parte difícil: asumir que andamos mal, reconocer los errores y el mal camino, sea en nosotros mismos, sea en la sociedad.  Y ya sabemos que “la tentación” consiste en proclamar que son los otros los que tienen que cambiar.

Esta primera tarea, también la podemos llamar de diagnóstico, palabra que significa precisamente un conocimiento (gnosis) de una situación con determinados medios (dia).  Cualquier plan nos lleva al fracaso si no va precedido por este arduo esfuerzo de ver la realidad, discernir su conveniencia o peligrosidad, analizar las causas y asumir que “andamos mal, estamos enfermos, o que esto nos lleva a la autodestrucción y a la miseria.

Segundo: proyectar y planificar

El análisis de la realidad continúa con un acto de coherencia: vemos qué proyecto tenemos para subsanar la realidad negativa y construir una sociedad mejor.

¡Cuántos centenares de reuniones hacemos para quedarnos en buenas ideas y bellas palabras!  No basta decir que cambiamos interiormente… Es la mejor excusa que tenemos para lavarnos las manos y dejar las cosas como están.

La praxis política se muestra allí donde se realizan efectivamente los cambios y donde se solucionan los conflictos y problemas.  Allí se demuestra que buscamos una nueva sociedad (Jesús la llama Reino de Dios) cuando construimos la paz en la justicia y transformamos la sociedad.

Sintetizando: el proceso de cambio tiene dos caras, una de salida y otra de llegada.

Son dos movimientos de un mismo proceso.  Salir de una situación de injusticia y corrupción, y llegar a una nueva forma de vivir.  Por eso es una buena noticia (“evangelio” en griego), pero una buena noticia que tenemos que hacer.  Porque si no, ¿noticia de qué es? Pero si no cambiamos a tiempo “todos pereceremos”, o sea, nos espera la pobreza, el hambre y una mayor corrupción.  Ejemplos hay de sobra.

3 LA BASE: HONESTIDAD EN LAS RELACIONES

Ya sabemos que nuestra vida social necesita un cambio.  Ahora iremos viendo las mil facetas de ese cambio que comienza por nosotros mismos y se extiende a toda la vida social y política.

Y el primer cambio nos lo sugiere Juan el Bautista en el resumen que Lucas nos hace de su predicación, y que después Jesús retomará y ampliará.  Juan, siguiendo a Isaías, anuncia la necesidad de allanar los caminos y enderezar los senderos, o sea, rectificar el rumbo, porque llega el Señor con su salvación.  La gente se conmueve, acepta la propuesta y pregunta lo que ya sabemos por el tema anterior: qué hay que hacer.

“Juan les decía: Produzcan frutos de un verdadero cambio… Y la gente le preguntó: ¿Qué tenemos que hacer? Él les respondió: -El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto. Algunos recaudadores de impuestos le hicieron la misma pregunta. Él les dijo:-No exijan más de lo convenido. Y a los soldados que le hicieron la misma pregunta les dijo:-No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.  ” (Lc 3, 1-14).

Si queremos un ejemplo concreto, directo y sin tanta teoría sobre lo que es el cambio, aquí lo tenemos. Y si buscamos el punto común en las respuestas de Juan, es evidente que alude a un cambio en las relaciones humanas, a una vinculación honesta y sincera con los otros; a un cambio que la gente conoce y sabe: es eso que cada uno tiene que hacer si es honesto.  Todo buen israelita sabía que debía compartir lo suyo con el necesitado, y publicanos y soldados conocían las normas a las que atenerse.  Pero hacían trampa y abusaban de su situación de superioridad.

Se trata de la primera tarea de la Justicia: lograr una armónica relación, sea entre la autoridad y los subordinados, sea entre iguales.  Juan exige sanear las relaciones y los vínculos para que estén al servicio del bien común.  Porque la calidad de nuestras relaciones es el termómetro que mide el valor de tantos principios que declamamos: el amor al prójimo, la paz, la reconciliación, etc.  Una tarea que nos empeña a todos sin excepción.

La tarea de sanear nuestros vínculos es más que amplia, porque afecta a un considerable número de enfermedades: envidias, celos, indiferencia, venganza, peleas y guerras.  Pero ¿cómo podemos construir una nueva sociedad si nuestras relaciones y nuestro lenguaje están tan enfermos?

Todos declamamos el principio del amor (a Dios, al prójimo, al enemigo…) Si ya es un tópico común de nuestros discursos.  Pero vayamos al grano: ¿cómo tratamos al otro, al empleado, al hijo, a la empleada doméstica, al cliente?

Y en nuestra democracia: ¿cómo se trata a los sin trabajo, a los mal vestidos, a los ancianos, a todo ese altísimo porcentaje de “excluidos”?

Sanear nuestro lenguaje

Sanear nuestro lenguaje: que sea sincero, claro, respetuoso.  Es interesante que en nuestro vocabulario, cuando queremos aludir a relaciones con mentiras y trampas, decimos: “es un lenguaje muy político”, algo que les pasaba a los recaudadores y soldados que se acercaban a Juan.  Lo político es aprovecharse de la situación y abusar del otro, de tal modo que las palabras y los gestos significan todo lo contrario de lo que dice el diccionario.

Hoy vivimos una crisis de credibilidad, no sólo ante los políticos, sindicalistas y gobernantes que dicen una cosa y hacen otra, sino en todas nuestras relaciones.  Las palabras han perdido valor y sentido. Estamos tan llenos de palabras vacías que sus expresiones pueden significar eso o su contrario.  Lo mismo da.  Coimas, mentiras, trampas, obstáculos burocráticos, chantajes, todo sirve para engañarnos miserablemente y seguir tan campantes declamando democracia, respeto, amor, honestidad.

Por eso es sorprendente la respuesta de Juan.  Fue directamente al grano, a esos gestos que demuestran la calidad del vínculo.  Hubiéramos esperado un discurso sobre el amor, sobre el respeto al otro, sobre la dignidad de la persona humana, sobre el sentido de la autoridad…

Coherencia

Todo esto es un llamado a nuestra sinceridad y a nuestra coherencia.  Solemos decir que “la política está podrida”, “que todo es una gran mentira”, etc.  Y en gran medida es cierto. ¿Por qué?  Porque nuestras relaciones están enfermas y no encontramos forma de saber lo que el otro piensa, siente y dice.  No hay relación entre las palabras y los gestos, las intenciones y los actos.

Es lo que reclama Juan y reclamará Jesús: “Todo cuanto quieran que hagan los hombres con ustedes, háganlo también ustedes a ellos, porque en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt 7, 12).

“No juzguen ni condenen… No anden por ahí jurando, ni por el cielo ni por su cabeza.  Digan sí o no, y basta… Déjense de pelearse y de insultarse…” (Mt 7, 1-2; 5, 22 y ss).  Y una infinidad de otros textos que sabemos más que de memoria.

Quedémonos con el principio de Jesús: no hacer al otro lo que no nos gustaría que nos hagan a nosotros.  Y viceversa.  Un viejo refrán de honda sabiduría.

Recuperar la credibilidad

¿Por qué nos cuesta tanto el cambio?  Es una pregunta que nos hacemos muchas veces.  Hoy tenemos una respuesta: no confiamos uno en otro, nos recelamos mutuamente, estamos frente al otro como ante un posible enemigo que nos puede estafar en cualquier momento.  Nos encontramos a punto de no creer en nadie ni en nada, y esto está minando los fundamentos mismos de nuestra convivencia.

Ni siquiera la palabra de los jueces tiene ya valor, porque desconfiamos hasta de nuestra misma sombra.  “¿Juntarnos con otros, para qué? ¿Reunirnos?  Si siempre es lo mismo. ¿Confiar en usted?… Quién me garantiza que no es uno de tantos.” Conocemos el repertorio de memoria.

Y nos preguntamos: ¿Se puede revertir esta situación? ¿Podemos recuperar la confianza en nuestras relaciones? ¿Podremos recuperar la credibilidad en nuestros gobernantes, jueces, policías, comerciantes, empresarios, banqueros, representantes vecinales, vecinos?  Por allí comienza nuestra tarea.  Sin esa confianza, no hay acción política que valga ni hay testimonio cristiano alguno. Y nuestro grupo de pertenencia es la oportunidad para comenzar.

 

4 COMENZAR CON LOS EXCLUIDOS

Una de las dificultades que tenemos al leer los evangelios es que quisiéramos encontrar la ideología de Jesús en forma de discursos; pero los evangelistas, muy al modo oriental, nos dan esa ideología por medio de relatos, dejándonos el trabajo de descubrirla.

Así nos sucederá con varios milagros que expresan la profundidad del cambio social que Jesús pregona; debemos tener en cuenta que se trata de relatos que, sobre cierto fondo histórico que desconocemos, describen un mensaje con elementos a menudo inventados, muy del gusto de la época.  Poco importa si los hechos sucedieron tal cual se los narra; lo importante es descubrir la ideología implícita y el mensaje que pregonan.  En algunos casos, hasta pueden ser inventados como una historia ejemplar.  Este tipo de narraciones era muy común entre los rabinos y los escritores griegos.

Un detalle interesante es que Jesús inicia el cambio social desde los niveles más bajos de la sociedad, casi sin interesarse por otras cuestiones sociales propias de las clases mejor ubicadas.  Hoy diríamos que adoptó una postura de izquierda hasta las últimas consecuencias.  Y la curación de un leproso es uno de sus signos.  Así lo relata Marcos:

“Entonces se le acercó un leproso para pedir ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo:-Si quieres, puedes curarme. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:-Lo quiero, queda limpio. En seguida la lepra desapareció y quedó curado” (Mc 1, 40-43).

Después lo mandó que se presente al sacerdote para que éste, de acuerdo con la ley, constatara la curación y quedara como testigo.

Difícilmente hoy nos podemos imaginar lo que significaba ser leproso en aquella época.  Era mucho más que una enfermedad; era, en realidad, una maldición de por vida, pues automáticamente se transformaba en un “impuro”, por lo que tenía prohibido todo acceso al culto y a la vida social, debiendo permanecer apartado de cualquier contacto con gente sana.  Como decía el Levítico 13, 45-46: “El leproso llevará la ropa desgarrado y los cabellos sueltos, se cubrirá todo el cuerpo hasta la boca e irá gritando: ¡Impuro, impuro!  Será impuro mientras dure su afección, y por eso vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.  “. Era considerado un maldito y un castigado por Dios.  Nadie podía tocarlo bajo pena de quedar impuro a su vez y de violar la ley.

Quebrar el sistema de marginación y exclusión

Ahora comprendemos el mensaje del relato: Jesús rompe la ley del tabú social y toca al enfermo, quien ya antes había violado la ley al acercarse y pedir ayuda. Para Jesús, esa vida humana era más importante que cualquier ley, aunque ésta viniera de la Biblia, y expresa la radicalidad de la liberación de Dios que comienza por los más humillados de los humillados.  No por nada éste es uno de los primeros milagros de los que se hace eco Marcos.

Jesús toca y habla al leproso, y esa violación del tabú social produce el efecto contrario al previsto: no sólo Jesús no queda impuro, sino que el leproso recobra su salud y puede integrarse a la sociedad como un hombre libre.  Por años él había aceptado su condición de maldito y se había mantenido en la marginación total.  Ahora rompe con aquella situación y encuentra en Jesús al aliado para esa empresa.  Al presentarse al sacerdote y contar lo sucedido, su curación queda como un testimonio de la injusticia de la ley discriminatoria.  No estaba marginado por voluntad de Dios, sino por voluntad de los hombres.

Más tarde, la marginación del leproso cayó sobre Jesús, que se sintió marginado por los sacerdotes y autoridades del orden social, incapaces de aceptar que todos los hombres son iguales ante Dios y ante la comunidad.

La marginación hoy: los excluidos

Pero no nos escandalicemos por aquella sociedad marginadora.  Porque hoy, por motivos menores, mantenemos en la misma marginación a millones de seres humanos y los seguimos considerando indignos de formar parte de nuestra sociedad y hasta de darles la mano.

Así ocurre aún hoy con los no-héterosexuales, los drogadictos y ciertos extranjeros.  Sobre ellos desciende implacablemente la incomprensión, la burla y el ostracismo, como también sobre grupos de extranjeros a quienes consideramos personas de menor categoría por su cultura, habla, color de piel o por el simple hecho de venir de determinado lugar.

Dentro de la misma Iglesia también se mantiene esta situación hacia los laicos en general, hacia las mujeres en particular y hacia amplios sectores marginados por su condición social, matrimonial o sexual.  Nos escandaliza el rigor con que la Iglesia trata precisamente a quienes Jesús tuvo más cerca de su corazón y de su liberación.

El episodio que hemos comentado, como tantos hechos de la vida de Jesús, nos presenta a Jesús en contacto privilegiado con el ala más marginada de la sociedad, llevando la igualdad humana allí donde más aparece la desigualdad.

Con toda razón podemos afirmar que Jesús establece un principio democrático llevado hasta las últimas consecuencias y postula una real igualdad entre todos los seres humanos.  Pero es evidente que, después de dos mil años, y conociendo “de memoria” los relatos evangélicos, aún no hemos comprendido ni aceptado su mensaje. ¿Qué sucedería hoy en nuestro país y en nuestra Iglesia si lo aceptáramos?

 

5        LAS MUJERES EN IGUALDAD CON LOS VARONES

No deja de ser llamativo que los evangelios sinópticos coinciden en que los primeros hechos liberadores de Jesús (milagros) tuvieron por protagonistas a un endemoniado y a una mujer, la suegra de Pedro (Mc 1, 23-31), dos grupos sociales puestos por debajo del hombre y en un plano de total inferioridad.

De acuerdo con la mentalidad antigua, los psicóticos y alienados mentales eran considerados como posesos por el demonio.  Pero también lo femenino era relacionado con lo demoníaco, desde cierta interpretación que se hacía de Eva, la primera mujer, y de la sexualidad femenina en particular; una mentalidad que penetró profundamente en la Iglesia casi hasta nuestros días.

Es notable constatar que Jesús tuvo una especial relación con las mujeres, a las que aceptó incluso como discípulas, algo inconcebible dentro del rabinismo (Lc 8, 1-3), teniendo una especial relación con María Magdalena.  Y en su tarea de integrar a la gente desclasada, fueron las prostitutas objeto de su predilección, al punto de afirmar que “las prostitutas entrarán al Reino de Dios antes que ustedes” refiriéndose a los piadosos fariseos.  También fueron muchas las mujeres curadas o perdonadas de sus pecados, o beneficiadas con su acción liberadora (Lc  7, 11-15; 7, 36-50; 13,10-17; Jn 8,1-11).  Por eso no es de extrañar que ellas hayan sido más fieles que los apóstoles y fueran las primeras en reconocer su resurrección.

Lo increíble del caso es el castigo de marginación, que han soportado las mujeres dentro del cristianismo hasta el día de hoy.  Todo un monumento a la incoherencia.

 Dos mujeres en apuros

Los evangelistas registran dos casos especiales que vamos a examinar: la curación de una mujer adulta y la resurrección de una adolescente.

“Cuando Jesús regresó de la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor Entonces llegó Jairo, jefe de la sinagoga, se arrojó a sus pies y le dijo:-Mi hijo se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se cure y viva. Jesús se fue con él, seguido por la multitud. Se encontraba allí una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, y que había sufrido mucho en manos de los médicos… Se acercó a Jesús por detrás y tocó su manto porque pensaba: ‘Con solo tocarlo, quedaré curado.’ Inmediatamente cesó la hemorragia y ella sintió que estaba curada.  Jesús se dio cuenta de la fuerza que había salido de él y preguntó: – ¿Quién me ha tocado el manto?  Sus discípulos le dijeron: – ¿No ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado? Entonces la mujer, asustada y temblando, pues sabía bien lo que le había ocurrido, se arrojó a sus pies y confesó toda la verdad.  Jesús le dijo:-Hija, tu fe te ha curado.  Vete en paz.

Todavía estaba hablando cuando algunas personas le dijeron a Jairo:-Tú hija acaba de morir ¿Para qué seguir molestando al Maestro? Pero Jesús no tuvo en cuenta esas palabras y le dijo a Jairo:-No temas, basta que creas. Al llegar a la casa, entre alboroto y llantos, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, y de los padres de la niña, “la tomó de la mano y le dijo:-Niña, yo te lo ordeno: ¡Levántate! Enseguida la niña, que tenía doce años, se levantó y se puso a caminar.  Después Jesús pidió que le dieran de comer” (Mc 5, 27-43).

Hay varios detalles que deben ser considerados:

a) Se trata de dos mujeres, subestimadas por ser tales en una sociedad altamente machista. Ambas, a su vez, tienen sobre sí otros elementos de discriminación.

b) La mujer adulta, era impura por su hemorragia, lo que le impedía tocar a otras personas, ser tocada y participar de la vida cultual y social; y, por cierto, mantener relaciones sexuales, o sea, ejercer su sexualidad. Es comprensible, entonces, su desesperación, pues había gastado todos sus ahorros en médicos desde hacía doce años, o sea, desde el nacimiento de la otra protagonista.

c) La adolescente se estaba abriendo a la vida adulta (entre los judíos era la edad de casarse en cuanto menstruaba) y a su sexualidad, pero recibió todo el peso de la impureza al enfermarse y morir. (Entre los judíos toda enfermedad era de por sí impureza; y la muerte, la peor de todas, de tal modo, que por ningún motivo había que tocar un cadáver.)

Se trata, en ambos casos, de la impureza del tabú, en este caso por sexualidad, por enfermedad y por muerte, que no era un pecado sino un estigma que impedía la participación del culto y de la vida social; en muchos casos (de enfermedad o muerte inesperada), era también signo de un grave pecado, cometido por uno mismo o por sus padres.

d) Por lo que podemos entrever, ambas protagonistas tenían sobre sí otro estigma: no tenían hijos. En el caso de la adolescente, es evidente; en el caso de la adulta, lo presumimos por lo prolongado de su enfermedad. Y para una mujer semita, no había peor vergüenza que ésa.  Se recibía el desprecio de una sociedad que pensaba que “esa vida no había servido para nada”.

Liberar a la mujer: devolverle su dignidad.

Con estos antecedentes, la doble acción de Jesús adquiere todo su valor: en ambos casos devolvió a ambas mujeres toda su dignidad y las integró, tanto a la sexualidad adulta, como a la vida social.  En ambos casos, tocó o se dejó tocar, rompiendo la prohibición de la ley y, como lo vimos en el caso del leproso, esa violación de la ley discriminatoria devolvió la salud a las protagonistas.

Y para que no quedaran dudas del sentido de lo que había hecho, tuvo como testigos a los apóstoles, quienes debían aprender la lección de ahí en más.

El mensaje y la ideología subyacentes son claros: hay instituciones, tanto civiles como religiosas, que postergan a amplios sectores de la población por prejuicios que terminan por erigirse en leyes absolutas; en el caso que nos ocupa, nada menos que la mitad de la población.  Esos prejuicios y tabúes alcanzan incluso el status de ley sagrada o divina.

Jesús libera a la mujer de su humillante situación, la integra a la sociedad y, detalle interesante, hasta pide que se dé de comer a la niña para que crezca convenientemente.

Todo esto sucedió dos mil años antes de que el feminismo iniciara su lucha por la igualdad de la mujer y su plena integración social, y muchos siglos antes del voto femenino.

Evidentemente, Jesús se explicó mal, o fue muy mal entendido hasta el día de hoy. O se explicó muy bien pero los prejuicios sexuales fueron más fuertes que su mensaje.  Excepto la primera etapa de la primitiva comunidad cristiana, en la que la mujer actuaba con gran libertad junto los varones, después se vivió un retroceso tal que aún hoy sufrimos sus consecuencias fuera de la Iglesia, y muy especialmente dentro. Es increíble que aún hoy la Iglesia niegue el sacerdocio y el acceso a la jerarquía a las mujeres.

Romper con nuestros prejuicios

Nuestro mundo moderno y cristiano, tan libre en ciertos aspectos, está lleno de muchos otros prejuicios y tabúes, aunque nos resulten “las verdades más naturales del mundo”. ¿Quién de nosotros puede decir que no tiene prejuicios sociales, raciales, sexuales o religiosos? ¿Tratamos a todas 1as personas de la misma manera digna y sin prejuicio ofensivos, sean blancos o negros, cultos o incultos, varones o mujeres, heterosexuales u homosexuales, sanos, discapacitados o psicóticos?

Observemos lo siguiente: mientras el prejuicio discriminador nos aparta del otro y lo aparta del grupo social, agregándole un peso más a cierta condición doliente que puede tener, la propuesta de Jesús es totalmente inversa.  Se acerca al discriminado al punto de tocarlo físicamente, y ese tocarlo como signo de vínculo social es el inicio de una integración total que incluye el diálogo de igual a igual, tal como se observa en este y en otros casos evangélicos.  Tocar al separado y darle la palabra es el signo del gran respeto que se merece.  No tocar o no dirigir la palabra o hacerse los distraídos (como los apóstoles con la enferma) son las formas tradicionales de desprecio y segregación.

Jesús no se queda en la buena intención de que “ante Dios todos son iguales”; efectiviza esa igualdad con gestos tan concretos como espontáneos.  No se lava las manos después de tocar a ambas mujeres, como quitándose la mancha de la impureza y del asco.  Y ese gesto vale más que mil reflexiones sobre la igualdad y la dignidad humanas.

Jesús no se llenó la boca con discursos revolucionarios ni con teorías utópicas.  Con ese modo silencioso que tiene el obrar de Dios, devolvió la dignidad y la vida a dos mujeres, y en ellas a todas las mujeres del mundo.

Y todavía hoy nos quedamos altamente sorprendidos. Estamos ante un tema inagotable y con infinidad de consecuencias.  Profundicemos en ambos relatos, analizando las actitudes discriminatorias de la sociedad, de la Iglesia, de nuestro grupo de pertenencia.  Analizar el sentido del prejuicio como una actitud nunca criticada que se dispara sola como un juicio definitivo que impide el análisis de la realidad y que nos lleva a verdaderas aberraciones.  Anclado por siglos, es tan difícil asumirlo como erradicarlo.  Recordar que los prejuicios y tabúes siempre son fruto del miedo: el discriminado aparece como un sujeto peligroso para la sociedad.

 

6 UNA COMIDA ESCANDALOSA

Estamos viendo el impresionante cambio que propone Jesús desde el anuncio de la feliz noticia del Reino de Justicia de Dios.  Podemos observar que hay siempre una idea esencial que se la mira desde ángulos diversos, pero con un solo mensaje: Dios comienza su revolución desde abajo y con los de abajo.  En eso no hay duda alguna: Jesús no sólo elige como sus apóstoles a gente humilde y pobre de Galilea, sino incluso a un pecador público, un tal Leví o Mateo, que tenía por oficio ser intermediario de los opresores romanos para recaudar impuestos, especulando con su rol y esquilmando a los contribuyentes.  Pero ese episodio no fue una excepción en el actuar de Jesús.  Con mucha frecuencia “comía con los pecadores”, lo que hoy llamamos, “la gente perdida de la sociedad”.

Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Y mientras Jesús estaba comiendo en su casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos:-¿Por qué el Maestro come con pecadores y publicanos? Jesús, que había oído, les respondió: -No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.  Vayan y a ver si aprenden lo que dijo el profeta: Quiero amor al prójimo (misericordia) y no sacrificios.  Porque yo no he venido a llamar a los que se creen justos sino a los que se reconocen como pecadores” (Mt 9, 9~13).

Comer con la gente perdida de la sociedad fue el gran signo de Jesús de que el Reino de Dios llegaba para ellos.  Y fue la gran acusación que le hacían los fariseos. (Puede verse el caso similar de Zaqueo en Lc 19 1-10.)

Es importante recordar que, en aquella época, se llamaban “pecadores”, y eran reconocidos como tales, no sólo las personas de conducta inmoral (asesinos, ladrones, adúlteros) sino también los que ejercían profesiones consideradas deshonestas, pues podían conducir a la falta de honradez moral y religiosa.  Por ejemplo, los llamados publicanos y recaudadores de impuestos (que se quedaban con una “tajada” a propio beneficio), los pastores (se los suponía ladrones e incultos), los curtidores de cuero y todo oficio que se ejercía sobre animales muertos, como también sepultureros y, por cierto, prostitutas.  Por lo general, también se los privaba de sus derechos cívicos y del acceso al templo.  Cualquier persona que trataba con ellos incurría en impureza y debía realizar después los ritos de purificación.

En síntesis: eran una clase social a la que se consideraba como perdida para la sociedad, incapaces de ser honestos y de integrarse social y políticamente.  Tan perdidos, que ni valía la pena ocuparse de ellos.  Ya tenían la maldición de Dios en vida.  De allí el escándalo que provocó la actitud de Jesús: elige a uno de ellos como discípulo y se sienta a comer en la mesa con ellos, como uno de ellos.  Imaginemos una comida de nuestro gobernador u obispo con lo peor de la sociedad.

Los argumentos de Jesús

Jesús justifica su conducta con dos argumentos:

Primero: son los enfermos los que necesitan médico.  Para eso está Él: para ayudar a los que se reconocen como enfermos y excluidos, no por su mala voluntad, sino porque la sociedad los condena a la marginalidad.  No tienen la culpa de ser marginales; pero no pueden salir de esa situación si alguien no les da una mano.

Segundo: Jesús cita al profeta Oseas 6,6 que se rebeló (no fue el único) contra un culto grandioso, con oraciones, cantos y sacrificios, pero vacío de amor y de justicia.  Es decir, Jesús vuelve al viejo concepto de la fe auténtica y del Dios liberador.  Una fe de espaldas a ese Dios es una fe vacía y mentirosa.

En otras palabras: la fe en Jesús se opone a todo sectarismo religioso y político que consiste en rodearse de la gente honesta (que se cree tal) para separarse de los perdidos.  Son los que se consideran a sí mismo los verdaderos cristianos, los verdaderos hombres de bien, los verdaderos políticos porque saben manejarse muy bien con las apariencias de virtud, aun cometiendo la peor injusticia con grandes sectores de la población hacia los cuales no tienen el más mínimo respeto ni consideración.  Hasta llegan a afirmar que habría que liquidarlos (se oye con mucha frecuencia) o recluirlos para resolver el problema.  Se creen los dueños del mundo, de sus bienes, de la verdad y hasta de Dios.  Los demás son sus enemigos.

Es importante descubrir en nuestra sociedad quiénes son esta clase perdida, a los que ni siquiera llamamos pecadores, porque la suponemos carente de conciencia ética y de dignidad humana.  Son los llamados sectores marginales y marginados.

Distinguir el aspecto moral del aspecto social. Jesús no justifica las faltas morales ni de ellos ni de nadie; simplemente nos llama la atención sobre la imposibilidad que tienen de regenerarse si ya los damos por perdidos.  Sabemos que se trata de un problema complejo que requiere la participación interdisciplinaria de psicólogos, sociólogos, educadores, asistentes sociales, pastores y políticos.  No hay una sola causa que provoque esa marginalidad; pero es nuestra obligación entenderla y estar presente para buscar soluciones.

Tercero: Una conclusión importante: salvar al hombre entero

Quizás estemos sorprendidos al ver el fuerte acento social y político del mensaje de Jesús, como si sólo se ocupara de los problemas materiales del pueblo.  Mucha gente protesta preguntando: ¿Y los problemas espirituales dónde quedan?

Tengamos en cuenta que esta forma de dividir al hombre entre algo espiritual y algo material era propia de la mentalidad griega que separaba en forma opuesta el alma (lo bueno) del cuerpo (lo malo).  Pero los hebreos tenían una mentalidad integradora del hombre: es una unidad y todo él es bueno, como lo dice el relato de la creación en Génesis 1. Por eso vemos que Dios aparece como liberador total de su pueblo, comenzando por su libertad política y por su bienestar social.

Los judíos, casi hasta el tiempo de Jesús, ni siquiera creían en una vida futura; y cuando llegaron a ese concepto, lo interpretaron como resurrección del cuerpo, es decir de la totalidad del ser.  Por eso entendían que la salvación de Dios siempre se manifiesta aquí en la Tierra.

Jesús, como buen judío que era, comparte esta visión del hombre como una unidad que no se puede separar.  No se le ocurre ayudarlo en su espíritu y dejarlo morirse de hambre en la miseria, o que vaya al culto a rezar, mientras en vano reclama justicia, o que pida perdón a Dios, mientras sigue en la enfermedad o en la marginación.

El siguiente relato del evangelio de Marcos lo indica con toda claridad.  Jesús estaba predicando en una casa, apretujado por la multitud.  Entonces cuatro personas traen a un paralítico para que lo cure, y no pudiendo acercarse, lo suben a la terraza, hacen un agujero y lo descienden a los pies de Jesús.

“Al ver la fe de esos hombres, le dijo al paralítico:-Hijo, tus pecados te son perdonados. Entonces unos escribas que estaban presentes pensaron: ¡Qué tremenda blasfemia está diciendo este hombre! ¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios? Jesús, advirtiendo lo que murmuraban, les dijo:-¿Qué es más fácil, decir al paralítico ‘Tus pecados te son perdonados’ o ‘Levántate y camina.’ Pues bien, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar -le dijo al paralítico-: ‘Yo te lo ordeno, tomo tu camilla y camina y vete a tu casa. Él se levantó enseguida, tomó su camilla y salió a la vista de todo., Y la gente, maravillada decía: -Nunca hemos visto nada igual” (Mc 2, 1-12)

El relato tiene un fina ironía: qué fácil es decir a alguien “Dios te perdona… yo te bautizo… eres hijo de Dios… Que el Señor te lo pague… rezaré por ti”…. Lo difícil es darle la vida que él necesita, que se recupere como ser humano, que se integre a la sociedad como alguien útil, que se sienta respetado como persona y como ciudadano.

Hace poco, cierto diputado me decía que en Cuba los niños estaban bien alimentados y educados, pero “lástima que no están bautizados”. Yo le respondí sonriendo: “Aquí en nuestro país todos los niños están bautizados y hasta hacen la primera comunión; lástima que pocos comen bien y reciben una adecuada educación.”

Entendamos que lo religioso, lo espiritual no es una cosa que se agrega a lo otro, sino una dimensión nueva del ser humano; estar bautizado debe indicar que se vive en plena libertad y con toda la dignidad de persona humana, creada a imagen de Dios.  Fue lo que indicó Jesús a los escribas: para caminar con libertad hace falta recuperar la libertad interior, que eso es ser perdonado por Dios.  Si se tiene la una, se tiene la otra.  El ser humano es uno solo.

Dejemos que Dios haga su parte; nosotros ocupémonos de la nuestra y eso es la praxis de la política inspirada por nuestra fe: buscamos una nueva sociedad en la que todos se sientan personas que viven dignamente y puedan desarrollarse en todas sus capacidades y cualidades.

Si Jesús necesitó ir hasta el fondo del pecado de ese paralítico, fue porque entendió que él se sentía un sometido inútil y aceptaba ser llevado en camilla, porque “Dios así lo quería”.  Por eso, primero le hizo recuperar el sentido de su dignidad; y esa dignidad y libertad interior le permitieron caminar como cualquier vecino.

 

7 EL PUEBLO TIENE HAMBRE

Es evidente que Jesús no trajo un programa político en el sentido moderno del término, como tampoco un proyecto económico. Él planteó principios fundamentales que hacen al nuevo estilo de una comunidad que vive la novedad del Reino.  Tampoco tenía previsto estar al frente de un gobierno o fundar una sociedad diferente de las existentes, entre otros motivos, porque creía firmemente que el final de esta historia estaba próximo.  Lo que había que hacer era preparar la llegada de esa nueva era de total justicia que Dios traería al mundo.  Y aunque hubiera pensado en un plan económico, seguramente hoy no nos serviría, dadas nuestras condiciones culturales y económicas tan distintas.

Nuestra tarea consiste, entonces, en buscar la solución de nuestros problemas políticos y económicos, desde los principios del Evangelio del Reino.  Y hoy tenemos la oportunidad de hacerlo, buscando una alternativa a una economía ultracapitalista y liberal que se impone por sobre las necesidades del pueblo y por sobre su participación en la gestión pública.

Como sucede casi siempre en el evangelio, la ideología y el mensaje están subyacentes en un relato. Los cuatro evangelistas coinciden en que Jesús dio de comer a la multitud; seguramente un hecho real que después fue magnificado e interpretado por los evangelistas para transmitirnos un mensaje.

Entonces se fueron todos en barca a un lugar desértico, y de todos partes acudían multitudes.  Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato. Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: -Éste es un desierto, y ya es muy tarde.  Despide a la gente para que vaya a los poblados a comprar algo para comer Pero él respondió:-Denles de comer ustedes mismos.  Ellos le dijeron:-Habría que comprar pon por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos.  Jesús preguntó:-¿Cuántos panes tienen ustedes?  Vayan a ver. Después de averiguarlo, le dijeron: -Cinco panes y dos pescados. El ordenó que hicieran sentar a todos en grupos sobre la hierba, y así lo hizo la gente.  Entonces él tornó los cinco pones y los dos pescados, y levantando los ojos, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a los discípulos para que los distribuyeran.  E hizo lo mismo con los pescados.  Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastos de sobras de pan y restos de pescado.  Eran como cinco mil personas” (Mc 6, 30-44).

La metodología de la solidaridad

Analicemos el relato y tengamos también presente el relato de Juan 6.

1 La multitud está en el desierto, lo que alude ciertamente a la estadía en el desierto del pueblo liberado de Egipto, cuando Dios expresó su liberación, dándoles de comer maná y codornices.  Lo dice expresamente el relato de Juan. O sea, este relato se inscribe dentro del contexto de liberación total que Dios trae a los hombres.

2 La multitud estaba abandonada como ovejas sin pastor.  Significa que había sido traicionada por sus jefes (pastores) y abandonada a su suerte.  A los dirigentes no les importaba las necesidades y problemas del pueblo.  Ellos estaban satisfechos con el poder y el uso de sus riquezas, y con la alianza con Roma.

Cuando los discípulos se dan cuenta de la situación y de la hora, recurren a una solución sin compromiso: que Jesús los despida; pero también siguen el viejo esquema económico: que los que tengan dinero, compren pan y coman. ¿Pero, qué harán los otros?

3 Jesús, entonces, inicia el proceso de una acción solidaria, el mensaje de este relato.  Como primera medida, hace juntar todo lo que había por allí.  Los discípulos traen lo poco que tenían.  Según Juan, el que tenía los cinco panes y los dos pescados, era un niño, o sea, un super marginado, según la mentalidad antigua.  Cinco panes y dos pescados suman siete, número simbólico de lo completo, suficiente y perfecto.  Si eso era todo lo que había, con eso deben comer todos. Ésa fue la propuesta de Jesús.

4 Como segunda medida, hace sentar a todos por grupos en el llano, incluidos los discípulos.  Es un gesto sin desperdicio: todos por igual, todos en la misma postura, todos con los mismos derechos.  Es la postura democrática de Jesús que ahora trae como criterio de su comunidad.  Todos para pensar, para sumar ideas y proyectos, para resolver su problema de comida.

5 Y se produce el milagro de la solidaridad, signo de la presencia liberadora de Dios.  De esos panes y pescados comieron todos hasta saciarse.  Es la abundancia que trae el sistema de Justicia del Reino de Dios.  Y se recogieron las sobras para seguir comiendo, no para derrocharlas o tirarlas.  La comunidad valora lo que tiene y no lo derrocha en futilidades.

6 En el gesto de Jesús de bendecir el pan y repartirlo, la comunidad vio inmediatamente una relación con la eucaristía, el símbolo de la solidaridad cristiana. El evangelio de Juan lo dice explícitamente en el discurso que Jesús realiza al día siguiente.

7 Después que todos comieron, la gente proclamó, según Juan: “Éste es el profeta que tenía que venir“, interpretando que ya habían llegado los tiempos anunciados.  E intentan hacerlo rey, por lo que Jesús huye a la montaña, pues se da cuenta de que el pueblo no ha entendido la novedad que trae, y sólo busca un rey que le resuelva mágicamente los problemas.  Como ya lo insinuó el relato de las tentaciones, ésta es la gran tentación de Jesús: apoderarse del poder en forma demagógica.

Actuar solidariamente hoy

Hagamos ahora algunas reflexiones desde nuestra realidad. Jesús  nos plantea muchos interrogantes difíciles de resolver, no tanto a nivel de ideas, cuanto de concreciones.  Es evidente que las necesidades acuciantes de la comunidad no las podemos resolver con milagros o con repartos de pan o con comedores para niños, todos ellos paliativos que no van al fondo de la cuestión.  El Evangelio nos dice que la cuestión social sólo se resuelve desde la solidaridad.  Hasta allí podemos estar todos de acuerdo.  Pero ¿cómo crear un sistema social solidario, con qué elementos y con qué metodología?

Hoy vivimos, en el mundo entero (especialmente tras la caída del comunismo), un espíritu de capitalismo individualista, exitista y materialista, que conspira contra el espíritu evangélico; y se hace carne en todos los estamentos sociales y en todas las edades, “esquizofrenizando” la vida social, o sea, separando lo que tiene que estar junto.

Es decir, cada individuo busca salir a flote por su lado, y cada grupo social hace lo mismo; el Gobierno trata de salvar el déficit a cualquier precio, los empresarios por su parte defienden sus intereses, los obreros los suyos, los bancos y los demás actores de la sociedad compiten por salvarse aún a riesgo de que los otros se hundan, y así sucesivamente.

Hemos perdido el sentido de unidad que tiene la sociedad, el país, la polis; por eso hemos perdido el sentido de la sana política que es siempre la búsqueda del bien común con el aporte de todos los miembros implicados.  Es la cara contrapuesta del Evangelio.

Jesús hace sentar a todos en la mesa del llano democrático, reúne a la multitud y reúne a los apóstoles.  Todos los actores sociales se encuentran en la misma mesa de la necesidad y de la responsabilidad.

Éste es el punto de partida para que la solidaridad sea algo más que una linda palabra y que un bello sentimiento que cada uno resuelve a su manera. Esto supone que salgamos de la mentalidad individualista y aprendamos a sentarnos con todos los miembros de la comunidad, Gobierno, pueblo, organizaciones sindicales, bancos, ONG, comunidades vecinales, etc.  Las ideologías personales o grupales tienen que quedar a un lado momentáneamente para aprender a pensar juntos los problemas, hacer un diagnóstico común y buscar soluciones de conjunto.

Esto no es una utopía y ya se está realizando en muchos países y en regiones de nuestro país.  Gobierno, municipio, sindicatos, empresas, trabajadores, Iglesia: todos formamos parte del mismo pueblo y de la misma sociedad. Aprender a co-pensar y co-trabajar por el objetivo común es la primera tarea.

Nuestra tarea

La hermosa tarea para la comunidad que sigue a Jesús es ser los agentes de esta unidad y de este sentido democrático y solidario.  Porque la solidaridad, no sólo es un sentimiento, sino que tiene que ser una metodología, una forma de trabajo.  Se es solidario trabajando solidariamente.  Y se trabaja solidariamente cuando nos reunimos con los otros, cuando escuchamos y cuando damos nuestra opinión, cuando pedimos y cuando damos, cuando nos quejamos y cuando buscamos soluciones.

Esta metodología solidaria fue puesta en práctica por Jesús: hizo que se buscaran panes y peces, que se juntara todo en un fondo común y que se distribuyera por igual entre todos.  Puso a los actores en funcionamiento para resolver un problema que aquejaba a todos.  Sumó ideas, sumó personas y sumó propuestas hasta que se encontró la solución.  El pan fue un bien común que luego fue repartido entre todos para que todos pudieran comer en abundancia.

Hoy constatamos que estamos perdiendo el sentido de pertenencia social y, por lo tanto, de conciencia política y de responsabilidad social.  Y es lo primero a recuperar, aun dentro de la Iglesia, parcelada en tantas instituciones que se arreglan cada una por su cuenta sin un sentido de globalidad.  La solidaridad es mucho más que ayudar a los pobres cuando se puede; es crear un sistema social solidario que comprenda los problemas comunes y que busque soluciones comunes.

Este aprender a mirar la sociedad como un todo nos lleva a asumir la responsabilidad total, aunque tengamos cada uno un rol específico y particularizado. Los roles quedan distribuidos, pero en función del gran rol común de sacar adelante al país, a la sociedad, al pueblo.

Podemos discutir largamente si el episodio evangélico fue un “milagro” o no.  Pero más importante es darnos cuenta de que el gran milagro que tenemos que producir es que aprendamos a sentirnos parte de un todo, a pensar desde ese todo y a buscar entre todos soluciones comunes.  Es el milagro de la solidaridad.

 

8 UNA OPOSICIÓN FRONTAL AL ÍDOLO-DINERO

Finalizamos estas reflexiones sobre el cambio social que propone Jesús, analizando lo que Él considera el principal obstáculo para alcanzar esta nueva sociedad que propone Dios (el Reino de Dios).  Es el dinero, al que se idolatra como bien máximo.  De allí la oposición frontal de Jesús a los ricos, o sea, a quienes por un puñado de monedas pisotean a la persona humana, aun con el homicidio.  No deja de ser llamativo que Jesús fuera traicionado por treinta monedas: todo un símbolo del precio que tenemos quienes vivimos en una sociedad opresora.

Llama la atención la cantidad de textos evangélicos que se refieren a este asunto, sobre todo en el evangelio de Lucas, muy preocupado por este problema.  Entresaquemos algunas citas que nos permitan la reflexión.

1 Después de proclamar las bienaventuranzas, Lucas agrega las maldiciones o lamentos contra los ricos opresores del pueblo pobre, esos que amasan fortunas con el hambre y con el salario del pueblo. ¡Ay de ustedes los ricos porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes los que ahora se sienten muy satisfechos, porque tendrán hambre!” (Lc 6, 24~ 25).

2 Conocido es el caso de aquel joven rico que “había cumplido todos los mandamientos”.  Cuando pide seguir como discípulo, Jesús lo invita a compartir sus bienes con la comunidad.  Pero él se retiró entristecido “porque tenía muchos bienes.  Entonces Jesús les dijo a los discípulos: qué difícil es que los ricos entren al Reino de Dios!

Y corno los discípulos se sorprendieron por esas palabras, continuó: –Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre al Reino de Dios” (Lc 18, 18-27 y Mc 10, 17-22). “Ningún empleado puede servir a dos amos, porque se interesará por uno y abandonará al otro.  Por lo tanto, no se puede servir a Dios y al dinero. Los fariseos, que eran amigos del dinero, escucharon esto y se burlaron de Jesús.  Pero él les dijo:-Ustedes aparentan virtud delante de los hombres, pero Dios conoce lo íntimo de sus corazones.  Y lo que es estimable a los ojos de los hombres, es despreciable a los ojos de Dios” (Lc 16, 13-15).

 “Cuídense de toda avaricia, porque la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc 12, 15), frase dicha a alguien que estaba en litigio con su hermano por un problema de herencia… Pueden verse también la parábola del rico insensato que en vano acumula riquezas (Lc 12, 16-21) y la alegoría del pobre Lázaro y del rico (Lc 16, 19-31).

Como vemos, estamos frente a uno de los obstáculos más serios y difíciles de evitar en esta tarea de crear una nueva sociedad: la idolatría del dinero y de las riquezas como valor supremo de la vida. Se trata de un tema lleno de paradojas, pues, mientras la mayoría de los hombres vive en extrema pobreza, sin conocer lo que es tener dinero, otros lo tienen de tal forma que no están dispuestos a ningún tipo de renuncia.  Los primeros necesitan el dinero para poder subsistir; otros lo derrochan.  Entonces, ¿a quiénes dirigir este mensaje?

El problema no es si tenemos mucho o poco dinero (bienes, riquezas) sino el lugar que el dinero ocupa en nuestra vida.  Aun sin tenerlo, se lo puede desear como un bien supremo y como aspiración de toda la vida.

El poder destructor del dinero

Lo cierto es que, en cuanto nos adentramos en la trama de nuestras familias y de la sociedad en general, observamos que el dinero se ha transformado en una verdadera obsesión, sea por su carencia, sea por la ansiedad que genera el multiplicarlo y conservarlo.  Y que, aun cuando no pueda ser abundante, su poder destructor no conoce límites.  El dinero funciona como una adicción: su atracción suele ser tan irresistible que nada se detiene a su llamado.  La mayoría de los conflictos entre familiares y amigos suele tener un origen económico: un reparto de herencia, una deuda impaga, un negocio en el que alguien se sintió engañado.  También en las parejas el dinero hace su acción destructiva: quién controla el dinero, en qué se lo gasta, quién gana más o menos que el otro, etc.  Hay que conocer casos concretos para darse cuenta de hasta qué punto el afán desmedido de dinero destruye relaciones de parentesco o amistad que pudieron perdurar por años, hasta que apareció un montón de billetes como obstáculo insalvable.

A nivel general, nacional e internacional el drama es aun más desolador.  El afán de dinero no conoce traba ética alguna, llegándose a situaciones totalmente aberrantes, desde la venta de armamentos, hasta el comercio de la droga, de niños y de mujeres.  Poco importa provocar una guerra o desatar una ola de crímenes en la que mueren millones de inocentes; poco importa llevar al hambre y a la miseria a pueblos enteros.  El frenesí del dinero aparece, sin duda alguna, como el gran obstáculo para la construcción de un mundo mínimamente armónico.

Pero lo más peligroso de todo, como ya lo hemos comentado, es la ideología economicista que coloca al dinero como criterio último para resolver los problemas de un país.  Es lo que ha hecho el capitalismo, cuya mentalidad asfixiante nos ha drogado al punto de que ya ni sabemos cómo reaccionar, entrampados en su esquema y sometidos a sus criterios.

Finalmente, al menos en nuestro país, esta codicia sin límites éticos de ninguna especie nos ha llevado a una corrupción tal como nunca la hemos conocido.  Ni el Poder Judicial se ve libre del poder del dinero, esa tentación que está detrás de cada puesto de gobierno, de cualquier jerarquía.  Lo dramático no es que exista dicha corrupción, conocida desde la más remota antigüedad, sino que hemos perdido el sentido de su malicia y de su poder destructor.  El soborno y la coima son ya instituciones estables de nuestra sociedad, tanto en la administración pública como en instituciones privadas.

Por lo tanto, no nos extrañe que Jesús pusiera la codicia y la avaricia como el obstáculo número uno en la consecución del Reino. Él habla directamente de la “imposibilidad” que tiene el rico de entrar al Reino de Dios.  Dicho de otra manera: la mentalidad economicista de la vida está en las antípodas del proyecto de Dios; no hay puntos de contacto sino sólo de oposición.  El dinero como ídolo destruye desde la raíz todo intento de construir una sociedad justa y solidaria.

El problema no es que tengamos más o menos dinero y bienes, sino cómo nos relacionamos con el dinero y qué lugar le damos en nuestra escala de valores.  Si lo vemos como un medio para crecer y para hacer crecer a otros, o lo vemos como el fin de nuestros afanes.

El problema del dinero no es un tema aparte ni puede ser resuelto fuera de su contexto general.  Sólo desde una sociedad solidaria y que haga de la solidaridad el fundamento de sus relaciones, el dinero ocupará el lugar que le corresponde.  Y sólo recuperando nuestra conciencia ética, seremos capaces de resistir la tentación de endiosar al dinero.

De más está decir que de ninguna manera estamos haciendo apología de la pobreza y de la ignorancia.  Todo lo contrario; la propuesta de Jesús pasa por una sociedad solidaria donde todos tienen oportunidades para desarrollarse y crecer.  Tener más o menos es un tema relativo de cada sociedad o país.  No hay que tenerle miedo al dinero; hay que saber usarlo.  El dinero tiene el valor simbólico de que algo vale, sea nuestro trabajo o el fruto del mismo.  Y hay que saber exigirlo.

Para comprender estos y otros textos (para muchos, exagerados), es importante conocer el contexto cultural de la época, no por cierto muy diferente del nuestro.  Se vivía una espantosa división de clases: unos, muy pocos, extremadamente ricos, poderosos y explotadores, y la mayoría de la población, expoliada y hambrienta.  Una situación ya denunciada por los profetas, como Miqueas 7, 1-7 en un texto que pareciera escrito ayer: “El hombre honesto ha desaparecido del país, no queda uno solo.  Todos están al acecho para derramar sangre, cada uno atrapa a su hermano en la red.  Para hacer cualquier favor, el gobernante exige una coima y el juez, un regalo.  Los poderosos manifiestan su avidez y hasta la justicia se ha corrompido.”

Es importante reconocer este instinto de posesión que no siempre puede ser controlado. ¿Y por qué es tan fuerte este instinto?  Porque otorga poder sobre los otros.  Nunca debemos olvidarlo: el dinero está ligado al poder; de lo contrario, nadie se preocuparía tanto por él.

Éste es el fondo de la cuestión: no sólo el poder sano de intercambiar productos con otros, sino también el poder presionar a otros, el poder adquirir puestos y buena vida sin mayores sobresaltos.  Es el poder del soborno, de las amenazas y del chantaje sobre la idea de que “el dinero todo lo compra”. Es un dios celoso que no se detiene ante nada y que pervierte todo tipo de relación humana, e incluso la praxis religiosa.  Entonces, la vida social, la relación entre las personas, queda vacía de autenticidad.

Analicemos las formas de corrupción que hoy vivimos, aun en situaciones cotidianas y tomemos conciencia del valor destructivo de una avaricia sin control.

Este libro se complementa con EL PROYECTO POLÍTICO DE JESÚS. Santos Benetti

BIBBLIOGRAFÍA

JESÚS Y LOS POBRES y la Iglesia. Xavier Pikaza

– “JESÚS Y LOS POBRES”: EJE-PARADIGMÁTICO DE LAS CRISTOLOGÍAS. Jon Sobrino

– JESÚS Y LA POLÍTICA Fray Betto

– EL EVANGELIO DE LOS POBRES Walter Douglas

 

 

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