El Proyecto Político de Jesús. Santos Benetti

 EL PROYECTO POLÍTICO DE JESÚS

Lic. Santos Benetti

En este libro, trataremos de descubrir el significado político de Jesús de Nazaret, tanto en su época como en la nuestra.

Nos pondremos en contacto con palabras y expresiones que, si bien son de otras épocas, hoy tienen significado para nosotros, no sólo por sentirnos discípulos de Jesús, sino porque nos sentimos responsables de la construcción de nuestra sociedad y de nuestro país. A poco más de dos mil años de su nacimiento, nos encontraremos con un mensaje, cuya novedad aún no hemos descubierto en toda su dimensión ni tampoco realizado. Y ésta es nuestra tarea.

1      QUIÉN FUE JESÚS DE NAZARET

En este capítulo introductorio, intentaremos responder a una pregunta que todos se habrán hecho: ¿Quién fue en realidad Jesús de Nazaret?  Por más absurdo que pueda parecer, es muy difícil responder a la pregunta que quedará allí como un gran interrogante. Esto no quiere decir que no sepamos nada de él, sino que nos gustaría saber bastante más del personaje histórico, tal como vivió en Galilea y fue conocido por sus paisanos y discípulos, desde su nacimiento hasta su muerte.

Pero, preguntará alguien, ¿acaso los evangelios no nos narran la historia de Jesús?

Ésa es una idea tradicional, pero basta leerlos para darnos cuenta de las muchas contradicciones que hay entre un evangelio y otro, de las muchas maneras de presentar la figura de Jesús, y de la mezcla que hay de ideas que pudieran ser del tiempo de Jesús con otras que son evidentemente posteriores, pues reflejan una situación y un ambiente que no corresponden a la Galilea de Jesús, y nos dicen cómo interpretaban esas comunidades a Jesús y cuál era su fe.

Todos los evangelios aparecieron por lo menos cuarenta años después de la muerte de Jesús, sin que sus autores pudieran contar con documentos escritos por Jesús ni con testimonios directos de sus obras y de sus palabras.

Pero ésta no es la única dificultad. La otra es que están escritos por representantes de comunidades cristianas que ya interpretan y aceptan a Jesús como Salvador y Mesías, que creen en su resurrección y en el valor redentor de su muerte.  Por lo tanto, más bien describen su forma de vivir la fe cristiana y no hechos cronológicos e históricos en el sentido moderno. Nos dicen qué representa Jesús para ellos, no cómo fue el Jesús histórico de Galilea.

La tercera dificultad consiste en que cada comunidad vivía situaciones muy especiales y novedosas que Jesús no había vivido; por ejemplo, la destrucción de la nación judía y del templo, y las difíciles relaciones con el judaísmo, la cantidad de comunidades o “iglesias” y su organización, la espera del final del mundo, el encuentro con el mundo griego y romano con una cultura e ideología tan distintas del judaísmo, un incipiente culto cristiano, etc.  Por lo tanto, en gran medida nos dicen cómo resuelven esos problemas desde el espíritu de Jesús e intentan interpretar lo que hubiera dicho y hecho Jesús en su lugar.

Por eso, cuando leemos estos escritos tenemos mezclados hechos y dichos originales de Jesús con otros que son de la comunidad, pero que le son atribuidos. Todas las historias antiguas sobre personajes ilustres, tanto judías como griegas, tienen este estilo, pues no se consideraba plagio ni mentira atribuir al personaje lo que estaba en coherencia con sus palabras, su ideología y con la imagen que se tenía de ese personaje.

Por eso las comunidades, mientras descartaron ciertas historias increíbles y fabulosas de muchos evangelios llamados apócrifos, aceptaron discursos, proverbios, diálogos y anécdotas que reflejaban el espíritu de Jesús y que eran el fruto de largos períodos de reflexiones de la comunidad sobre asuntos puntuales que tenían que resolver.

Entre esos asuntos indicamos, como ejemplos, el problema apocalíptico (el cercano final del mundo o escatología), normas de conducta de la comunidad, normas para tiempos de persecución, consejos a los misioneros y evangelizadores, pautas sobre la autoridad dentro del grupo, relación con los discípulos de Juan el Bautista, actitud ante normas judías sobre la pureza de sangre, etc.

Lo importante para cada comunidad era ser fieles a los principios de Jesús y a su ética, por lo que no tenían inconvenientes en atribuirle los resultados de sus reflexiones y considerarlas como las palabras que diría si viviera esa situación.

Los evangelios

Antes de responder a la pregunta sobre el Jesús histórico de Galilea, es bueno recordar cómo surgieron los evangelios, teniendo en cuenta los avances de la exégesis moderna. Todos los autores coinciden en que, tras la muerte de Jesús, se fueron organizando pequeños grupos de hombres y mujeres que intentaban vivir de acuerdo con sus enseñanzas y con el recuerdo de sus principales acciones.

Sus dichos y acciones fueron conformando diversas colecciones, siendo la más importante el documento llamado Quelle (Q), que significa precisamente “fuente” en alemán, o sea, aquella fuente de la que después se valieron los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) que muestran un mismo fondo común de palabras y narraciones. Esta fuente Q tiene, a su vez, diversos agregados o estratos. Pero lamentablemente tal fuente original se ha perdido y sólo podemos rastrearla viendo los elementos comunes de los evangelios, no sin grandes dificultades, pues puede haber elementos comunes que no pertenecieron a la fuente Q, sino a otras interpretaciones de la comunidad.

Pero aún en esta fuente original, Jesús aparece con diversos perfiles distintos y hasta contradictorios.

En primer lugar como un Maestro popular u hombre Sabio que enseña en forma sencilla pero muy original, una nueva forma de vida, contradiciendo el estilo de vida de la época que apreciaba por sobre todas las cosas, el dinero, el poder, el lujo y las apariencias, y un culto centrado en la ley, en el templo, y en los conceptos de impureza.

Al mismo tiempo, Jesús aparece con las características de un Profeta que habla en nombre de Dios para anunciar la implantación de su Reino de justicia en la línea de los antiguos profetas. Su discurso es más radicalizado y reformista, casi revolucionario y con fuerte incidencia política.

También se lo ve con poderes “milagrosos” especialmente con dones de sanación y poder de exorcismo para expulsar demonios.

Entre los años 66 y 70 tiene lugar la gran rebelión judía contra Roma, que fue aplastada no sin grandes batallas y dura oposición, solo finalizada por el emperador Tito, cuando la ciudad de Jerusalén fue destruida. Este hecho transformó el escenario: los sumos sacerdotes y los saduceos fueron liquidados, y los fariseos quedaron como únicos conductores del pueblo, en un momento en que los cristianos eran considerados todavía como una secta interna del judaísmo y, por lo tanto, sospechosos de subversión contra Roma.  Las comunidades cristianas necesitaron diferenciarse y organizarse con rasgos más originales para no terminar diluidas en el judaísmo. Esta tarea, iniciada por Pablo, fue asumida por los evangelistas y otros escritores.

Hacia el año 72 o 75, aproximadamente, un cristiano anónimo -a quien después la tradición llamará Marcos y lo hará figurar como discípulo de Pedro-, utilizando material de las colecciones, escribe el primer evangelio. Desarrolla allí la actividad de Jesús y le da más importancia a su muerte, presentada como el martirio del hombre justo, ocurrida por la confabulación de las autoridades judías que lo entregaron al procurador romano Pilato.

Pero Marcos insiste poco en los discursos de Jesús y en su carácter de Maestro, quien revela su palabra casi en secreto al grupo de los discípulos, siempre despistados.  Al mismo tiempo presenta un evangelio radicalizado, con un fuerte acento sociopolítico y bastante frontal con respecto al judaísmo.  Un evangelio más propio para ambientes provenientes del paganismo, no dudando en darle a Jesús el título de Hijo de Dios con características de héroe.

Años después, hacia el 80-90, otro anónimo -al que se identificará como el apóstol Mateo- reelabora todo el material pero adaptado a su comunidad del norte de Palestina, compuesta por cristianos provenientes del judaísmo. Por lo tanto, mitiga el tono de Marcos e insiste en la continuidad de Jesús con la historia de Israel, viéndolo como plenitud y consumación de la antigua ley.  Por eso su Jesús aparece como Maestro sabio y nuevo Moisés. En Mateo son muy importantes los discursos y palabras de Jesús; o sea, sus enseñanzas. Fue el evangelio preferido por la iglesia institucional.

Un poco después, otro anónimo -al que se llamará Lucas y se lo presentará como discípulo de Pablo- busca un equilibrio entre los anteriores evangelios, y presenta a un Jesús más universal, relacionado con la historia de Israel y con la historia de la humanidad y el mundo pagano.

Lucas ve la historia dividida en tres etapas: historia de Israel, de Jesús y de la Iglesia.  A la historia de la Iglesia le dedica el segundo de sus libros, llamado Hechos de los Apóstoles.  Nos da la imagen de un Jesús que realiza un largo viaje de Galilea a Jerusalén haciendo el bien y proclamando un mundo de justicia contra los opresores del pueblo, preocupado por la situación de los pobres y marginados, de los niños y de las mujeres, y buscando la reconciliación de los pecadores.  El Dios de la misericordia se hace presente en Jesús.

El evangelio llamado de Juan (el más tardío, hacia el 110-120) se sitúa en un contexto muy diferente: el judaísmo ha roto definitivamente relaciones con los cristianos, por lo que su Jesús está en constante polémica con los dirigentes del judaísmo. Al mismo tiempo se hace eco de la nueva corriente ideológica conocida como Gnosticismo, acentuando los valores del espíritu sobre los de la materia.  Su Jesús tiene largos monólogos en un lenguaje bastante difícil, apareciendo como el gran revelador (Logos o Palabra) de los misterios de Dios.

La corriente gnóstica generará otros evangelios (Tomás, Felipe, De la Verdad, etc.) escritos en copto, que fueron prohibidos por la Iglesia oficial, algunos de los cuales fueron enterrados en vasijas para evitar su destrucción en Nag Hammadi (sur de Egipto) y fueron descubiertos en 1945.

Recrear a Jesús

Hagamos una primera síntesis. Todos los evangelios están escritos después de la guerra judía contra Roma y de la destrucción del Templo y de Jerusalén en el 70.  Se trata, pues, de un hecho conocido que causó gran conmoción, no solo entre los judíos, sino también entre los cristianos que llegaron a ver en ese trágico suceso una anticipación del final del mundo y de la irrupción del Reino y de Cristo glorioso. Por eso muestran ese final en forma de profecías de Jesús.

Todos los evangelios rescatan un fondo histórico de Jesús, pero agregan nuevas palabras y hechos o reelaboran otros, para resolver situaciones que estaban viviendo sus comunidades, especialmente el enfrentamiento con el judaísmo, comandado ahora por los fariseos, tras la desaparición de sus dirigentes sacerdotales.

Esto nos hace suponer que la polémica con los fariseos, firmes representantes del judaísmo tradicional (sinagoga, ley de Moisés, ritos purificatorios contra la impureza, circuncisión) fue más un problema de la Iglesia que de Jesús.  No olvidemos que Jesús fue un fervoroso judío y que vivió como tal, sin pretensiones de crear otra comunidad religiosa ni, menos aun, de romper con su pueblo.

O sea, cada comunidad fue adaptando a Jesús a su situación cultural y a sus necesidades y preguntándose qué diría o haría Jesús en esa nueva circunstancia.  Por lo tanto, crearon muchas veces frases y hechos que eran coherentes con el Jesús histórico, algo que, como ya hemos dicho, hacían todos los narradores griegos y judíos, y que, en definitiva, hacemos nosotros: tratamos de interpretar lo que hoy nos sucede desde la coherencia con los principios enunciados por Jesús.

Los seguidores de Jesús eran hombres y mujeres normales que tuvieron que responder a los problemas de su época buscando formas comprensibles e invirtiendo energía intelectual, tiempo y esfuerzos para construir una sociedad acorde con sus ideales, pero con la metodología y los elementos de su cultura.  Sin olvidar las raíces y el fondo histórico de Jesús, supieron aprovechar los muchos elementos del lugar donde estaban para crear una síntesis nueva por un lado, pero coherente por otro.

Todo esto significa que la figura de Jesús fue adquiriendo diversas facetas o imágenes según cada comunidad.  Y que Jesús fue recreado una y otra vez.

Las comunidades judeocristianas preferían verlo como descendiente o  Hijo de David, como Enviado de Dios, como Mesías, Profeta y Maestro de sabiduría, no como un ser divino.  Eran los elementos o “insumos” de su historia y cultura, y desde allí lo interpretaron. También lo vieron como sanador y exorcista, al igual que los grecocristianos.

Las comunidades grecocristianas lo interpretaron desde su cultura helenista y sus mitos religiosos; por lo tanto prefirieron verlo como Hijo de Dios, Salvador y Señor, títulos que le daban a sus dioses y emperadores.  El concepto judío de “mesías” o “Cristo” les decía poco, por lo que la palabra Cristo pasó a significar directamente el nombre propio de Jesús, muy pronto combinado como “Jesucristo”.

Estas comunidades de cultura griega (helenismo) seguían el evangelio del apóstol Pablo, quien no fue discípulo directo de Jesús y no le daba importancia alguna a la vida de Jesús, ni a sus palabras, ni a sus hechos y milagros.  Enfocó su predicación en la muerte y resurrección de Jesús, y en su venida gloriosa (Segunda Venida o Parusía) desde una visión “mítica”, presentándolo como el Salvador universal, adoptando elementos de la religión griega, especialmente del culto de los misterios. Insiste en la nueva vida y en la resurrección que el hombre adquiere uniéndose a Cristo mediante el bautismo y la eucaristía.  La salvación de Cristo (evita llamarlo Jesús) también es presentada como la abolición de la antigua ley, de sus instituciones (circuncisión), y de cualquier atadura con el judaísmo.

Este Cristo pronto adquiere dimensiones apoteósicas, como Preexistente y Señor del universo, temática que amplían sus discípulos en las Cartas a los Colosenses y a los Efesios. Un Cristo tan grandioso y divino que se aleja peligrosamente de la historicidad y de la humanidad de Jesús.

Pablo nos dejó importantes Cartas escritas todas ellas anteriores a los evangelios, entre el 50 y el 58.  Son los primeros escritos del Nuevo Testamento.

Por supuesto que hubo muchas comunidades que vivieron el seguimiento de Jesús con sus propias modalidades, tanto en Palestina y Cercano Oriente, como en Grecia y Roma, en Egipto, etc.  Si ya todas las comunidades aceptaban la presencia viva de Jesús por su resurrección, ahora también creían en una segunda venida de Jesús como Juez del mundo, convencidas de la cercanía del final de la historia.  Cuando la Iglesia creció más y se organizó bajo los presbíteros y epíscopos, adquirió más relieve la imagen de Jesús Pastor universal.

Al pasar la Iglesia a ser la religión oficial del imperio desde Constantino, desde inicios del siglo IV, Jesús aparece como un rey victorioso que domina sobre todos los pueblos; un Jesús ya en las antípodas del Jesús histórico y demasiado adaptado a las necesidades del nuevo imperio cristiano y sostén del mismo. Será el Cristo de la Edad Media, Rey y Juez Universal, representado en Emperadores, Reyes y Papas con total poder sobre el mundo entero.

Perfil del Jesús histórico

Ahora entendemos por qué es tan difícil saber algo a ciencia cierta sobre el Jesús histórico.  De todos modos, y teniendo en cuenta los grandes avances de la exégesis moderna, podemos llegar a algunas certezas.

Jesús nació en Galilea, en Nazaret precisamente. Por eso lo llamaban Nazareno, y a sus seguidores “la secta de los nazarenos”.

Por motivos teológicos (para que apareciera como Mesías, hijo de David) se creó después el relato del nacimiento en Belén (ciudad natal de David), como lo tenemos en Mateo y Lucas, con varias diferencias por cierto.

Nació y fue educado en una familia muy pobre, compuesta por José y María, y con varios hermanos y hermanas, cuyos nombres nos transmiten los evangelios (Mateo 13:55; Marcos 6:3) Entre ellos se destacaría Santiago, que no fue apóstol pero que sería el jefe de la iglesia de Jerusalén tras la muerte de Jesús.

Jesús nació hacia el 5 ó 7 a. C., ya que en el 533 a.C. el monje Dionisio cometió un error al fechar el año de su nacimiento, haciéndolo coincidir con el 754 de la fundación de Roma. Pero como Herodes el Grande murió en el 750, y bajo su reinado nació Jesús, es obvio que Jesús nació en los inmediatamente anteriores, o sea, 5 o 7 a. C.

Jesús era campesino y se ganaba la vida haciendo changas como carpintero, o sea, arreglando enseres de labranza por la comarca. No consta que haya tenido estudio especial alguno, salvo los de cualquier niño judío en la escuela de la sinagoga.

Es importante tener en cuenta que fue un “laico” galileo, que no perteneció a la clase sacerdotal, que no fue ni levita ni escriba. Un simple hombre de pueblo. Hacia los treinta años, inició su predicación, fuertemente resistido por su familia, aun por su madre, que lo creyeron un alienado mental (Mc 3,21 y 3,31-35)   Es probable que haya sido discípulo de Juan, llamado el Bautista, quien, cuando estaba encarcelado, mandó averiguar sobre su actividad.

Su predicación tuvo como escenario su Galilea natal, una región compuesta por una fértil llanura, un lago, el norte del Jordán y una zona montañosa, punto de litigio entre los grandes imperios de la antigüedad, y zona fronteriza con las ciudades helenistas y paganas. De allí su nombre “Gelil ha Goim”, que significa “Tierra de los gentiles”, o sea, de los no judíos. Estaba separada de Judea por la región de Samaría, que no reconocía la supremacía de Jerusalén.

Galilea, como toda Palestina, había sido anexada al Imperio Romano hacia el 63 a C. Los galileos se distinguían por una economía floreciente en importantes ciudades (Cafarnaún, Tiberíades) y por un campesinado pobre imbuído de un gran patriotismo antiimperialista, que los llevó a constantes revueltas contra Roma. Una de ellas tuvo lugar cuando Jesús era adolescente y dio lugar al inicio de actividades del partido de los zelotes, ala radicalizada y armada de los fariseos.

Qué predicaba Jesús y cómo se presentó ante el pueblo

Podemos considerar histórico que su predicación se centró en el anuncio del “Reino de Dios” y en la necesidad de un cambio social, ridiculizando el orden vigente basado en la riqueza y en el poder.  Pero tuvo una visión particular de ese Reino, sin mucha influencia apocalíptica, más como un Dios ya actuante en la historia y con un proyecto de liberación, en la línea del Éxodo y de los Profetas.  Más detalles sobre dicho Reino, los veremos en otros capítulos.

Su predicación, exclusiva para la nación judía, concitó la atención del pueblo y en especial de un pequeño grupo de hombres y mujeres, los discípulos, a quienes consideró como la nueva comunidad del Reino para que comenzaran a vivir sus valores; pero sin ninguna pretensión de crear una nueva religión o de fundar una nueva comunidad religiosa o iglesia.  Se mantuvo dentro del judaísmo, fue considerado un hombre piadoso, pero crítico al mismo tiempo hacia ciertas formas opresivas de la religión.  Aunque parezca un contrasentido, no fue cristiano sino judío.

Seguramente chocó contra la conducción oligárquica de los sumos sacerdotes y el partido de los saduceos, que controlaban los ingresos económicos del Templo y aceptaban el dominio romano, contrarios a cualquier revuelta que los llevara a la destrucción.

También habría tenido discusiones con los fariseos, conductores religiosos del pueblo y fieles cumplidores del judaísmo, aunque con escasa presencia en Galilea. Pero el gran conflicto con el fariseísmo ocurriría con la comunidad cristiana, especialmente a partir de la actividad misionera universalista de Pablo y tras la destrucción de Jerusalén.

Podemos suponer que tuvo dotes de sanación y de exorcismo, una práctica bastante común entre los judíos y griegos, e incluso muy actualizada hoy entre nosotros. Pero Él interpretaba esas curaciones como “signos” de la presencia especial de Dios y de su Reino. Algunos de esos signos (milagros) fueron comprendidos después por la comunidad cristiana desde los realizados durante el Éxodo y las tradiciones milagreras de Elías y Elíseo (por ejemplo, la multiplicación de los panes, la resurrección de muertos).

Fue también la comunidad la que revistió esos hechos con detalles del gusto de la época, amplió su número y, sobre todo, les dio un sentido de fe o mensaje especial, como veremos a menudo en el recorrido que haremos.

Si su predicación se centró en el Reino de Dios que ya estaba presente, él se presentó como su anunciador o profeta, dándose el sencillo título de Hijo de hombre; o sea, un hombre. Título que después la comunidad interpretó, desde el libro de Daniel, como sinónimo de Mesías que vendría al fin del mundo como Juez glorioso. El pueblo lo llamaba simplemente rabí o maestro, títulos que también se daban a los rabinos y escribas.

Respecto a sus palabras “auténticas” hay infinidad de discusiones entre los expertos. Podernos considerar suyas algunas parábolas del Reino, lo esencial del sermón del monte, el padrenuestro, la presentación de Dios como un Padre (abba), la prédica sobre la confianza en Dios, su crítica a la riqueza, etc.

También nos consta que su predicación duró poco tiempo, unos dos años. Finalmente se decidió a ir a Jerusalén durante la Pascua para predicar allí el Reino de Dios a las autoridades judías, con la cerrada oposición de los discípulos que temían un final trágico. Es probable que Jesús pensara que ese viaje iba a acelerar la llegada del Reino y que no previera su muerte. Tras una bulliciosa entrada en la ciudad santa (después interpretada como la llegada del rey de la paz montado en un asno), y una cena que resultó la última, fue tomado prisionero por los soldados romanos, juzgado y ajusticiado, acusado de sedición contra Roma.  Con seguridad, los dirigentes sacerdotales estaban confabulados, y actuaron en connivencia con Pilato. Los evangelistas, que escriben tras la gran sublevación judía, optaron por mitigar la culpabilidad romana y acentuar la de los sacerdotes.

Tras su muerte, que tomó de sorpresa a quienes lo seguían, sus partidarios se dispersaron de una forma bastante cobarde, y los galileos volvieron a sus redes; seguramente fueron las mujeres las que mantuvieron mayor fidelidad. Pero no todo quedó allí. Meses o años después, sus seguidores comenzaron a sentir su presencia como alguien vivo, sobre todo cuando se reunían para la fracción del pan, una tradición judía que Jesús practicó en vida.  Esa experiencia de fe fue llamada Resurrección de Jesús, y fue plasmada en diversos relatos, unos con Jerusalén por escenario, y otros con Galilea, lo que indica la existencia de dos centros cristianos de primera hora.

Redescubrir hoy a Jesús

Al iniciar nosotros este recorrido para averiguar el mensaje sociopolítco-religioso de Jesús, nos conectamos con una larga historia de interpretaciones de Jesús a lo largo del tiempo; pero, dando un salto, intentaremos acercarnos lo más posible a la fuente original de su mensaje, coherentes con Jesús y con nosotros mismos.

Estamos lejos de imaginar a un Jesús superhéroe al estilo del Llanero Solitario o de Superman, que viene a resolver nuestros problemas porque nosotros somos incapaces. Esa imagen del Cristo superpotente que actúa sobre la impotencia e imbecilidad de la gente ha fracasado en la historia, aunque fue una imagen que se nos inculcó muy profundamente. No vamos a buscar respuestas hechas ni enseñanzas o recetas que tenemos que aplicar al pie de la letra.

Desde muy pocos elementos evangélicos, casi como principios básicos, intentaremos entender nuestra realidad desde una reinterpretación de Jesús. Hoy necesitamos redescubrir a Jesús desde nuestra realidad cultural, social y política, sin magia y sin milagros, pero sí con esfuerzo reflexivo y perseverante para vivir hoy con esperanza de un mundo mejor.

Nuestras reflexiones, las del texto y las del lector, son la contribución necesaria, junto a la que hacen tantas otras organizaciones y personas, que nuestra sociedad hoy nos exige.

Mucho más importante que saber qué dijo o hizo el Jesús histórico, es ver qué pensamos, decimos y hacemos nosotros, en esa línea de continuidad con el Jesús de la historia, y que se llama coherencia.

Descubrir lo que hoy Jesús diría y haría, es descubrir nuestra responsabilidad social y política.

Aun cuando no seamos cristianos, es fundamental conocer el pensamiento político y social de alguien que dio nombre a nuestra cultura y que tanta importancia tuvo y tiene en nuestra historia.

2 POR QUÉ LO MATARON

A la hora de preguntarnos por el proyecto político de Jesús, nada mejor que comenzar por su muerte, una muerte violenta a manos del poder político romano y del poder sacerdotal judío.  Desde los motivos históricos de esa muerte, nos será más fácil comprender, lo mejor posible, el verdadero sentido de la misión de Jesús, una misión extremadamente corta (un año y medio a dos) pero suficientemente intensa como para desembocar en el patíbulo destinado a los sediciosos.  Cuán cierto es que en la muerte cada persona define el sentido de toda su vida.

Los motivos de Roma

Los cristianos estamos tan acostumbrados a escuchar que Jesús “murió por nuestros pecados” y a otras frases cultuales similares, que nos podemos quedar sorprendidos al constatar que, en realidad, no murió voluntariamente sino que “lo mataron”.  Tampoco fue a Jerusalén para morir, sino que fue sorprendido por una muerte que no estaba en sus cálculos; bien lo dice el credo que “fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato”.

Esto quiere decir que, sin negar el significado espiritual-religioso de esa muerte, tal como lo interpretó posteriormente la comunidad cristiana, la muerte de Jesús tuvo un fuerte acento político, como se desprende de infinidad de detalles.

Trataremos, pues, de analizar esas connotaciones políticas sobre uno de los pocos hechos del Jesús histórico que no nos dejan dudas: murió ajusticiado por el poder de Roma, después de soportar el juicio correspondiente.  Esa muerte violenta arroja inmensa luz sobre toda su actividad anterior.

¿Qué motivos tuvo Roma para deshacerse de Jesús? ¿Y qué sucedió en realidad? Repasemos algunos hechos y elaboremos algunas hipótesis.

Jesús realizó su misión pública durante unos dos años, tiempo suficiente para atraerse la evidente hostilidad de los dirigentes sacerdotales, temerosos de que el pueblo pudiera amotinarse contra Roma como resultado de su predicación.

Esto se refleja en el evangelio de Jn 11, 47-50: “Ellos dijeron: ¿Qué hacemos?  Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él y vendrán los romanos para destruir nuestro lugar santo y nuestra nación. Entonces el Sumo Sacerdote Caifás dijo: ustedes no comprenden nada. ¿No es acaso preferible que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca la noción entera?

Efectivamente, la gran preocupación de los dirigentes sacerdotales (saduceos) era mantener la alianza con Roma y evitar cualquier litigio que pudiera llevar al desastre, algo que ocurriría apenas cuarenta años después de la muerte de Jesús.

En toda Judea y especialmente en Galilea se vivía desde antes del nacimiento de Jesús un clima de constante insurrección por supuestos “mesías liberadores”, como lo testimonian los mismos evangelios y los escritos del contemporáneo Flavio Josefo.  El motivo era el despiadado gobierno de los procuradores romanos que esquilmaban al pueblo y sometían a rapiña a toda la población, sin siquiera respetar los símbolos sagrados del judaísmo.

En el año 4 a. C. se levanta Judas, derrotado por Varo.  En el 6 d. C., siendo Jesús un adolescente, tiene lugar la rebelión de Judas el Galileo, quien funda el partido de los zelotes (auténticos revolucionarios contra el poder de Roma, que pasaron de las palabras a las armas), algunos de cuyos miembros probablemente fueron discípulos de Jesús (por ejemplo, Simón apodado el Zelote, Judas Iscariote, y los hermanos Juan y Santiago, “los hijos del trueno”).  Los zelotes eran férreos defensores de la exclusiva soberanía de Dios y enemigos de toda dominación extranjera. El mismo evangelio constata una matanza de galileos realizada por Pilato en los atrios del templo (Lc 13, 1-5).

Quince años después de la crucifixión de Jesús, se sublevan Jacob y Simón, que también fueron crucificados.  Luego tenemos los nombres de otros rebeldes como Menahem, Eleazar y El Egipcio (Hech 21, 38).

Todos los evangelistas coinciden en que el grupo de los llamados apóstoles tenía ideas revolucionarias, de que hubo intentos por proclamar rey a Jesús (Jn 6,15) de que se discutía abiertamente de política y de los futuros puestos de mando (Lc 22,24 y sigs), y hasta hablan de las espadas que desenvainaron en el prendimiento de Jesús, lo que indica que hubo cierta refriega o de que estaban dispuestos a dar batalla (Lc 22, 49-51).

Jesús, un galileo testigo del patriotismo zelota desde sus orígenes, seguramente fue visto por muchos como un zelota, y aunque intentó diferenciarse en su metodología, lo cierto es que tampoco condenó a esta agrupación abiertamente, algo que sí hizo contra los sumos sacerdotes y los saduceos.

Los evangelistas coinciden en que hubo un juicio político a Jesús ante Pilato, tal como lo prescribían las leyes romanas, y en que la acusación fundamental consistía en la supuesta pretensión de Jesús de ser el rey de los judíos.  Tal acusación figuraba en el cartel que se colocó encima de la cruz: “Jesús Nazareno, rey de los judíos” (Mt 15, 26).  La crucifixión era la condena exclusiva para rebeldes y esclavos.

En realidad, era el único motivo que podía tener Roma para deshacerse de Jesús, pues poco le interesaban sus ideas religiosas y las posibles discusiones que tuviera con sacerdotes y fariseos.

Es decir, hay un dato histórico cierto atestiguado por todos los evangelistas: Jesús fue acusado de zelota sedicioso contra el poder romano, y por ese motivo fue enjuiciado y condenado a muerte.

Es cierto que los evangelistas, especialmente Marcos y Mateo, que escriben tras la gran rebelión (iniciada en el año 66) y la destrucción de Jerusalén en el año 70, trataron de paliar la responsabilidad de Pilato, con el motivo de captar la benevolencia romana a fin de que los cristianos, que eran confundidos con los judíos, no sufrieran persecución como sediciosos y rebeldes.  Pero no pueden quedar dudas de que a Pilato sólo le interesaba el delito de insurrección contra Roma.  A esa misma dirección apuntan la liberación del sedicioso zelota Barrabás (suceso real o legendario) y la crucifixión de otros dos sediciosos junto a Jesús, seguramente zelotes.

Aunque los evangelistas nos dan una imagen pálida de Poncio Pilato (26-36), quien aparece como un títere en manos del pueblo y de las autoridades judías, y proclamando la inocencia de Jesús, fue retratado por Josefo y Filón como insensible, obcecado, cruel y avaro, y con un gran desprecio por los judíos y su fe.  No contento con entrar en Jerusalén con los estandartes desplegados con la imagen del emperador, se apropió de tesoros del templo para la construcción de obras civiles, todo lo cual provocó tumultos y muertes, a las que parece aludir Lc 13, 1.

Por estos y otros muchos abusos, incluso contra los samaritanos, fue acusado ante el gobernador de Siria, Vitelio, y ante el emperador Tiberio, que lo depone en el 36, pocos años después del juicio y crucifixión de Jesús, en los que tuvo un rol decisivo.

Los evangelistas, aun tomando todos los recaudos y transmitiendo una fe en el resucitado y un sentido salvífico-espiritual de su muerte, no pudieron desconocer el hecho real: quien lo crucificó fue la autoridad romana y por motivos políticos. Y dejaron traslucir los hechos, aun escribiendo después de la revuelta final que también los hacía sospechosos a ellos, por ser los seguidores de un ajusticiado por subversión.

El mismo Lucas, más alejado en el tiempo de la revuelta judía, no teme hablar de la acusación ante Pilato en estos términos: “Hemos encontrado a este hombre incitando al pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey mesías… Subleva al pueblo con su mensaje en toda Judea.  Comenzó en Galilea y llegó hasta aquí” (Lc 23, 1-2. 4-5).

Lucas señala dos motivos de gravísima sedición: soliviantar al pueblo contra el poder extranjero y negar el tributo a Roma, símbolo de sumisión.  Por lo tanto, desde el punto de vista de la realidad histórica, política y social de ese momento, Jesús soportó un juicio y una muerte políticos bajo acusación de rebelión contra el estado romano, algún año después de que Juan el Bautista fuera ejecutado por Herodes sin proceso previo, ya que “el pueblo parecía dispuesto a todo”, según narra Josefo.

Muchas preguntas sin respuesta

Las preguntas que nos hacemos son muchas: ¿Fue efectivamente Jesús un rebelde zelota contra el orden romano e incitó a la rebelión? ¿Fueron algunos discípulos y parte del pueblo quienes entendieron sus palabras y acciones como una propuesta a la rebelión? ¿Proclamó Jesús la libertad de los judíos, pero sin recurrir a medios violentos al estilo de los zelotes, sino desde una visión más integral (pobres, marginados…) y por medio de la palabra y la conversión interior?

¿Fue solamente una medida preventiva de Roma, aconsejada por los dirigentes sacerdotales, temerosos de que tarde o temprano surgiera una nueva insurrección en la revoltosa Galilea y los arrastrara a todos? ¿Lo que decidió su prisión y muerte fue la entrada tumultuosa de Jesús en Jerusalén y la expulsión de los vendedores del templo contra los intereses sacerdotales en un acto típicamente mesiánico?

Y si muchas son las preguntas, muchas más son las respuestas, y de todos los colores, desde quienes sostienen la postura rebelde de Jesús contra el orden romano hasta los que espiritualizan al máximo su mensaje.

Lo cierto es que Jesús terminó en la cruz porque su accionar y sus palabras en muy corto tiempo molestaron a las autoridades sacerdotales y a las romanas, y que esa muerte significó que el pueblo judío no lo quiso reconocer como verdadero mesías, pues no lo liberó del poder romano, tal como hallamos ecos en los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel.  Pero a todo esto ya van tres días desde que sucedieron esos hechos… “(Lc 24, 21).

Y fue ese fracaso lo que obligó a la comunidad de sus discípulos a buscar otras explicaciones a esa muerte humillante, elaborándose las clásicas teorías espirituales-teológicas de la muerte sacrificial y voluntaria, la del siervo de Dios sufriente, la de la muerte vicaria por los pecados de todos los hombres, etc.  Como fue ese fracaso lo que llevó a que la mayoría del pueblo judío no lo reconociera como Mesías hasta el día de hoy.

Algunas conclusiones

Por paradójico que parezca, tenemos muy pocos datos ciertos sobre aquel juicio y aquella muerte.  Pero aun siendo pocos, podemos sacar algunas importantes conclusiones.

Primera:

Las palabras explosivas y el accionar radicalizado de Jesús concitaron la resistencia y la oposición cerrada del poder que oprimía al pueblo.  No lo mataron porque era un hombre piadoso, que oraba y hablaba de Dios (lo hacían todos los fariseos), sino porque reclamaba un cambio que iba más allá de un simple cambio interior del corazón.  Los romanos y sus aliados de la cúpula sacerdotal, no se equivocaron en su diagnóstico, pues el reinado de Dios que Jesús anunciaba era una nueva época de total justicia y dignidad para el pueblo, aun con todos los equívocos del caso, en consonancia con la historia bíblica y los escritos proféticos.

El pueblo y aun los discípulos más cercanos pudieron equivocarse acerca del método liberador de Jesús, pero no acerca de su propuesta absolutamente transformadora, tanto en orden religioso, como social y político.  Esto ni los propios evangelistas, obsesionados por no desencadenar las iras de Roma, pudieron disimularlo, pues es incomprensible que los apóstoles nunca entendieran nada de lo que Jesús decía y hacía, y que siempre interpretaran mal sus palabras y gestos en un sentido claramente político, cuando se suponía que debían interpretarlos sólo en un sentido espiritual, un sentido “espiritual” totalmente ajeno a la historia bíblica y a la mentalidad del pueblo judío. ¿Eran tan torpes los apóstoles como para no entender a Jesús, o era Jesús tan confuso que nunca era bien comprendido?

 

Segunda:

Todos los evangelios dan fe de que el accionar de Jesús tuvo, desde un primer momento, una fuerte resonancia y persecución política, ya muy clara en la oposición del rey Herodes Antipas, al servicio de Roma, de cuyos dominios tuvo que huir, aconsejado por los mismos fariseos  que le dicen: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. (Lc 13, 31-33)

Marcos habla de una inicial persecución de los herodianos que lo obligaron a huir fuera del alcance de Herodes (Mc 3,6-8)

Así en un determinado momento, Jesús sé convirtió en un fugitivo y se fue convenciendo de que tenían intención de detenerle y matarlo. Al no sentirse seguro en Galilea donde ya no podía hablar libremente (Mc 9, 30-31), tuvo que deambular con sus discípulos fuera de Galilea: al otro lado del lago, en las regiones de Tiro y de Sidón, en la Decápolis y en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mc 7, 24 y 31).

Ya en Jerusalén, después del incidente con la mujer adúltera a la que perdona, tuvo que escabullirse y ocultarse (Jn 8, 59) Y como no podía moverse abiertamente se vio obligado a abandonar Jerusalén y Judea (Jn 11,54)

Tercera:

Jesús fue consciente de esa resonancia política y no escapó a su compromiso, dirigiéndose al final de su vida a Jerusalén, con la oposición total y temerosa de sus discípulos que preveían un final trágico.  Bien lo refleja Marcos: “Mientras iban de camino hacia Jerusalén, Jesús se adelantó a sus discípulos que estaban muy asombrados y lo seguían con mucho miedo” (Mc 10, 32).

Posiblemente, Jesús quería anunciar el Reino de Dios en Jerusalén a las autoridades, creyendo quizás que esto desencadenaría la rápida intervención de Dios para inaugurar la nueva era de justicia y paz.

Cuarta:

Por lo tanto, asumió valientemente su compromiso hasta el final, aun cuando fue sorprendido por la prisión y por un desenlace que no era de su agrado (ruega al Padre que le aleje ese momento de dolor, Lc 22, 42-43), pero que aceptó coherentemente, aun cuando pareció abandonado por el mismo Dios en un grito supremo que recoge Mc 15, 33: “Dios mío, por qué me has abandonado…”

Y ésta es una actitud de fe y una actitud política que hoy rescatamos.  La llamamos coherencia.  Convencido de sus ideales y de su propuesta en favor de la liberación total del pueblo, llegó hasta las últimas consecuencias; no porque buscara la muerte como una forma de sacrificio expiatorio, sino porque estaba dispuesto a la muerte, si fuera el caso. Algo que también deberían hacer sus discípulos: “cargar la cruz y seguirlo” (Mc 8,34), expresión que no significa resignación sino estar dispuesto a morir por un ideal.

No fue la voluntad de un Dios cruel la que lo obligó a ir al patíbulo para probar su obediencia, sino la voluntad opresora de un poder que necesitó deshacerse de él, como lo había hecho antes con su precursor Juan.  Era el final previsible de todo auténtico profeta pues “conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que  un profeta perezca fuera de Jerusalén”. (Lc 13,33)

Su muerte, desde el punto de vista político, no fue un hecho singular en la historia humana, manchada con millones de asesinatos de quienes ayer y hoy luchan por un mundo de justicia, de libertad y de dignidad.  Pero para millones de seres humanos inspirados en Jesús es el símbolo de que nuestra historia crece desde tremendos enfrentamientos entre quienes promueven un nuevo orden de justicia y paz y quienes lo resisten.  Y es el signo de que Jesús no llegó a ese final por casualidad o por error.

Pero, cuál fue la propuesta de Jesús que lo llevó al patíbulo?

 

  1. LA PREDICACIÓN DEL REINO DE DIOS.

“Esta es la buena noticia”

¿A qué se dedicó Jesús de Nazaret durante su vida pública? ¿Cuál fue su mensaje? ¿Tuvo un programa y una propuesta concreta?

¿Jesús fundó el cristianismo o creó la Iglesia, como si se hubiera dedicado a construir una nueva religión o una nueva institución religiosa separada del judaísmo?

No hubo nada de eso. Él era un judío practicante y convencido de su fe, de la alianza de Dios con su Pueblo y de los anuncios proféticos.

Y, cómo todos los “pobres de Yahvé”, esperaba una especial intervención de Dios a favor de su pueblo, intervención que suponía sería la última y definitiva con la instalación del “Reino de Dios”.

Más aún: Jesús anuncia que estaba muy cercana, ya a las puertas. A esa intervención también Él la llamó “Reino de Dios, Reinado de Dios, Reino de los cielos”, utilizando el simbolismo de la realeza bíblica, un ideal de justicia especialmente para con los pobres y oprimidos.

Jesús nunca explicó detalladamente en qué consistía ese reino, reinado o soberanía de Dios, como dándolo por sabido en líneas generales por la gente, pues efectivamente se trataba de un concepto que no era nuevo.  Sólo lo dejó entrever en parábolas.

Su originalidad y lo que provocó una gran sorpresa, consistió en anunciar que ese Reino ya había llegado y esto suponía un profundo cambio en la vida de las personas y de la sociedad.

“Cambien de vida porque el Reino ha llegado… el Reino está cerca… Recorría los pueblos proclamando la buena noticia del Reino… llegará de un momento a otro… antes que algunos se mueran… no pasará esta generación sin que esto suceda…” (Mt 4, 17; 9, 35; Lc 21,31-32).

Bien lo resume el evangelio de Marcos cuando da un pantallazo de toda su predicación: “Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea.  Allí proclamaba la Bueno Noticia de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca.  Por lo tanto, cambien de vida y crean en esta Buena Noticia” (Mc 1, 14-15).

La originalidad de Jesús

Todo el evangelio, todas las palabras y hechos de Jesús sólo tienen que ver con esta buena noticia de la llegada del Reino. Punto. Éste es el programa de Jesús, su plan, su proyecto. No hay otro. Un programa que lo abarcaba todo: vida personal, culto, vida social, poder, uso del dinero, ejercicio de la autoridad… Todo iba a cambiar desde esta propuesta.  Tan novedoso y profundo era ese cambio, que ni la Iglesia pudo entenderlo hasta el día de hoy.

En efecto, mucha gente hablaba del Reino de Dios, especialmente los apocalípticos que suponían una intervención portentosa y espectacular, con grandes batallas y un final que le daría todo el poder a los judíos.  Pero no fue esa la idea de Jesús.  Él tenía su propia idea del Reino, idea que encontramos en las famosas parábolas, todas ellas referidas a este tema. La más significativa es la siguiente:

“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra.  Sea que duerme o se levante, de noche o de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.  La tierra por sí misma produce primero un tallo, después una espiga, y al final un grano abundante.  Cuando el fruto está a punto, él aplica enseguida la hoz porque ha llegado el tiempo de la cosecha” (Mc 4, 26-29).

¿Qué nos llama la atención en esta parábola, la más original de Jesús?

  • Cuando Dios actúa en la historia, obra como esa semilla: actúa por su propia fuerza, sabe qué hacer y cuál es el final.
  • Su fuerza no está atada a la voluntad de los hombres (del campesino) que tienen que ocuparse de lo suyo, sin preocuparse por el dinamismo de Dios.
  • Por lo tanto, Dios obra en medio de la historia con total libertad, donde quiere y cuando quiere, y tiene su propia metodología: actúa silenciosamente hasta dar sus frutos después de un proceso de cambio (de semilla a tallo y a fruto).

Es una gran paradoja cuyo alcance aún no hemos comprendido (o aceptado) tras dos mil años.  Nadie ni institución alguna puede decir: “somos el Reino de Dios”, tal como en la historia hizo la iglesia teocrática.  Su soberanía y accionar en el mundo es independiente de los hombres, y no está atada al judaísmo, ni a la Iglesia cristiana o a cualquier otra institución.

Es inútil perder tiempo preguntando qué hace Dios, por qué no hace tal cosa, por qué permite esto otro, por qué no interviene ahora…

Ése no es nuestro cometido: el nuestro es hacer lo que a nosotros nos corresponde, o sea, construir una sociedad armónica y crecer como personas.

En otras palabras: una acción sociopolítica que posibilite un desarrollo integral de cada persona y de la sociedad en su conjunto.

Un proceso en libertad,

El establecimiento del reinado o soberanía de la justicia de Dios no es algo instantáneo, pues supone un proceso en los individuos y en la sociedad.  El Reino de Dios germina en la humanidad misma.  Dios no fuerza a nadie.

Jesús propone su mensaje para que el hombre lo acepte libremente y lo haga fructificar.  Esta libertad es lo que hace que el Reino crezca gradualmente.  La cosecha a la que alude la parábola se refiere a la multiplicidad de los frutos, a la humanidad nueva que va surgiendo de la potencialidad de la buena nueva del Reino.

La parábola nos habla de la formación del hombre nuevo que debe surgir del dinamismo de la aceptación del mensaje del Reino.  Si el reinado de Dios es “Dios que viene a instalar la justicia e implantar el derecho de los marginados”, la parábola nos dice que en nosotros y en la comunidad, si hemos recibido la semilla del Reino, debe germinar necesariamente esa sociedad solidaria y fraterna, no importa el tiempo que dure, pues el Reino es el que actúa.

Humildad y tiempo

Todo esto supone en nosotros la humildad necesaria para aceptar que hacemos todo lo posible para acercarnos al proyecto de Dios, pero nadie nos puede garantizar que sea así en su totalidad.  Hasta puede suceder, como efectivamente sucede, que personas animadas de la mejor intención procedan en forma contraria, creyendo todos que están “cumpliendo la voluntad de Dios”.

En el mismo momento en que suceden los acontecimientos, nos resulta difícil, por no decir imposible, discernir cuál es la voluntad de Dios.  La historia de la Iglesia abunda en importantes ejemplos: cuántas veces la Iglesia se opuso a ideas, conceptos políticos o filosóficos, reformas religiosas, etc. que el tiempo demostró después que eran traídas por Dios al mundo rompiendo viejas monotonías o corrupciones aceptadas.  Baste pensar en lo que le costó aceptar las ideas democráticas, aferrándose al ideal monárquico como “la mismísima voluntad de Dios”.

Hace poco el Papado aceptó como válida la teoría científica del evolucionismo, tantas veces condenada desde siglos; y así sucesivamente.  Estos errores interpretativos (con la mejor buena voluntad que sea) nos llaman a esa humildad que Jesús ve en el agricultor que espera el final del proceso de la semilla sin interferir en el ritmo de la naturaleza.

El tiempo, el gran factor del tiempo histórico, se encarga de dar razón a unos o a otros… Pensemos sin más en la disputa por el ingreso de los paganos a la fe cristiana sin pasar por la circuncisión. El tiempo confirmó que Pablo tenía razón; lo que no invalida la buena fe de quienes pensaban lo contrario.

Hoy nos pasa exactamente igual en esta sociedad globalizada: nos sorprendemos con esta nueva cultura globalizada y postmoderna, que nos llega con mensajes nuevos y a veces casi escandalosos, con teorías científicas que rompen todos nuestros esquemas, con planteos éticos que nos sacan de la inercia de los viejos libros; y nos preguntamos inquietos si eso tiene que ver con algún signo de Dios.  Y cuántas novedades se nos vendrán encima en estos años venideros…

Los grandes proyectos de estas últimas décadas han quedado atrás en medio de fracasos y dudas: el socialismo histórico de los países del Este europeo, los movimientos de liberación de Latinoamérica, la nueva cristiandad y nueva evangelización propiciada por el Vaticano y por otros grupos religiosos.

Hemos despertado bajo la hegemonía del neoliberalismo capitalista y conservador y con una cultura que trasciende nuestras fronteras, más individualista, más consumista, más celosa de la autonomía del individuo y de la tolerancia de las ideas.  Y en este nuestro tiempo tenemos que construir nuestro proyecto con tantas dudas como esperanzas.

Nuestra tarea: buscar

¿Cuál es, entonces, nuestro papel?  Lo dijo Jesús claramente: “Busquen primero el Reino de Dios y su Justicia, y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).

“Busquen” el Reino de Dios… buscar, investigar, reflexionar, dialogar, con ese don especial que se llama “discernimiento”.  Esa es la primera tarea del cristiano, tarea difícil porque nunca se ha de encontrar con la certeza total, sino con alguna aproximación al proyecto de Dios.  Pero a Dios le basta esa buena intención que está en aquella bienaventuranza que proclama que “verán a Dios” los que lo buscan con corazón sincero.

Por lo tanto, no identifiquemos nuestros proyectos y pensamientos con los de Dios, pero tratemos de acercarnos a los suyos con la mejor intención y la máxima humildad.  Y en lugar de preguntarnos por qué Dios hace o permite tal cosa, preguntémonos por qué los hombres actuamos de esta o de la otra forma.  Ocupémonos de nosotros, que ya Dios sabe cómo ocuparse de sí mismo.

Y si ésta es la tarea del hombre de fe, también ésta es la tarea política: no tenemos soluciones preestablecidas.  Dios no nos ilumina en forma directa para hacer esto o lo otro; no hay frase bíblica ni documento religioso ni oración que nos dé la solución económica o política del país.  Hay que buscar, investigar, preocuparse, sudar… y levantar la vista.  Y mucho más cuando vivimos en una sociedad tan compleja como la nuestra, con tantos problemas y variables para poder tomar una decisión, con tanta gente y tantos intereses contrapuestos.

No confundamos lo nuestro, nuestro círculo, nuestro partido con el reinado de justicia de Dios. Él anda suelto, aquí y allá, en cada rincón del mundo, y puede producir frutos de justicia en un país cristiano o ateo, entre creyentes blancos o en medio de una tribu animista; en este régimen político o en el otro, en mi agrupación política y en la que se dice adversaria.  Jamás creamos que nuestro modo de proceder “es” el modo de proceder de Dios, sino sólo una búsqueda, que ya es bastante.

Sintetizando este tema de por sí muy amplio y complejo:

El “Reino de Dios” (la frase es simbólica y de origen religioso, pues también puede llamarse Salvación, Vida, Justicia, Desarrollo Humano…) no es un lugar, no es una institución religiosa, no es una Iglesia: es el mismo Dios, la misma energía cósmica que está entre nosotros, que actúa a través de nuestra historia humana, sin que sepamos la mayoría de las veces qué quiere y a dónde va; y quizás nunca conoceremos sus frutos plenos…

Hoy, en este país, ese “Dios”, persona, energía o valor supremo, está actuando por medio de la buena voluntad de millones de compatriotas nuestros que “buscan” un nuevo mundo de justicia. Ésta es nuestra tarea política, exigencia de una fe que confía en un futuro mejor, pero por un camino silencioso y desconocido.  Y ésta es la difícil tarea política: buscar soluciones, y siempre buscar.

  1. CÓMO SE MANIFIESTA EL REINO: SUS SIGNOS.

Ver lo que está pasando

En el tema anterior vimos un pantallazo general sobre el programa de Jesús: trabajar por este mundo nuevo que Él llama Reino de Dios.  En este tema tendremos elementos más concretos para saber por dónde anda Dios y cuáles son sus signos o señales que, si se dan, todo lo demás viene solo.  Tenemos dos textos evangélicos muy similares, aunque dichos en circunstancias distintas.  En el primero, Juan el Bautista, ya prisionero de Herodes, parece preocupado por saber si Jesús es el profeta que está anunciando el Reino de Dios inminente.  Entonces le envía unos mensajeros para tener una respuesta cierta.

“Los discípulos de Juan le preguntaron: -¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? -Vayan a contar a Juan lo que ustedes ven y oyen: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mt 11, 1-5).

En el segundo, Jesús predica por primera vez en su aldea natal, sorprendida porque ese paisano suyo, al que vieron crecer de niño y sin estudio alguno, ahora viene con fama de maestro y taumaturgo. Fue durante la reunión del sábado en la sinagoga, cuando le ofrecieron hacer la lectura bíblica y comentarla.

“Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, leyó el siguiente pasaje: El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha enviado para llevar la Buena Noticio a los pobres, para anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el libro, y cuando todos tenían clavado la vista en él, les dijo: -Hoy se cumple este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc 4, 16-21).

Pero sus paisanos se niegan a aceptarlo como profeta, incluso su propia familia y parentela; por lo que tuvo que abandonar Nazaret.

Cómo se hace presente Dios

Comparando los dos relatos, observamos la misma idea: Dios se hace presente, no por medio de una nueva teología, no por un culto nuevo, ni por una comunidad religiosa nueva, sino por una decidida acción a favor de las clases más desprotegidas de la sociedad: los pobres, los prisioneros y cautivos en manos de opresores, los inválidos, ciegos, sordos y leprosos; o sea, el sector más desamparado, el más bajo de la sociedad, el más despreciado y considerado, según la mentalidad judía, como maldito por Dios que los castiga por sus pecados con toda clase de males.

Y he aquí la gran paradoja, el gran escándalo que provoca Jesús: a esa gente (gentuza, chusma, pobrerío, lumpen) Dios viene a liberar y a transformar en su comunidad, su pueblo y sus privilegiados. Son los excluidos, los sin nombre y sin derechos, los que no son considerados como “sujetos” porque no tienen o tienen menos que otros.  Con esta gente hizo alianza Jesús y a ellos dedicó su vida.

Y éste es el gran signo de que el Reino de Dios ha llegado. No para hacer alianza con reyes, príncipes, sacerdotes, teólogos y señores del pueblo, sino con el pueblo mismo. Dios se escapa del templo, de los rituales, de la fría ley… para encontrar su lugar con la gente simple, desvalida, pobre y necesitada.  Para ellos sí que fue una “buena noticia”. Y mala noticia para los que se creían los dueños de Dios (Dios siempre tenía que hacer lo que ellos querían) y los dueños del pueblo.  Entre aliarse con los opresores o con los oprimidos, Dios no tiene dudas, como no las tuvo 1.200 años antes de Cristo en Egipto.

Un Reino democrático

Las conclusiones saltan a la vista: si nos creemos cristianos y seguidores de Jesús, ése es nuestro camino. Menos palabras y discursos, y más hechos concretos a favor del pueblo necesitado. Por allí pasa la verdadera fe cristiana.

Optar por la fe cristiana es optar políticamente por el pueblo. Y cuanto más necesitado, empobrecido y abandonado esté ese pueblo, mayor opción de fe y mayor opción política por ellos.  Este es un Reino tan democrático como nunca fue soñado por político alguno, porque no solo se alió con el pueblo (le dio el poder) sino con lo más humilde del pueblo.

Y como dijo Jesús cuando terminó de hablarles a los enviados de Juan: “Feliz el hombre que no se escandalice por estas palabras “(Mt 11, 6).

Porque muchos cristianos y creyentes no toleran este mensaje y se aferran desesperados a “su Dios” aliado con el poder.  Pues por nada del mundo están dispuestos a que ese poder pase a sus nuevos y legítimos dueños (mujeres, pobres, excluidos…)

¡Qué gran paradoja! Aún en los organismos de poder de dominación sobre la gente, tanto políticos como religiosos, hay muchos que se llaman a sí mismos “cristianos”… y tan campantes …

6 LA PROPUESTA DE LAS BIENAVENTURANZAS. UN PROGRAMA DE ABAJO HACIA ARRIBA.

Los destinatarios del Reino

La comunidad cristiana recogió las ideas originales de Jesús que explicitan su programa, en dos versiones. La de Lucas, más breve, con un fuerte acento sociopolítico, y seguramente más cercana al texto original de Jesús. Y la de Mateo, con algunos agregados y con cierto tono un poco más espiritualizado, acorde con su comunidad de judeocristianos.

Se utiliza el género literario de “bienaventuranza”, propio de los libros sapienciales, presentando el mensaje con dichos breves introducidos por la palabra “bienaventurados”, que podemos traducir como: son felices, son dichosos, son salvados. Es decir: se presenta un camino de salvación y felicidad a determinadas personas que cumplan determinado proyecto.

a- Leemos en Lucas 6, 20-23:

“Felices ustedes los que ahora son pobres, porque el Reino de Dios les pertenece.

Felices los que ahora tienen hambre, porque serán saciados.

Felices los que ahora lloran, porque reirán.

Felices si los hombres los odian, excluyen, insultan y proscriben, considerándolos infames, a causa del Hijo del hombre. Alégrense porque su recompensa en el Reino de Dios será muy grande.”

b- Leemos en Mateo 5, 1-12:

“Felices los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el Reino de Dios.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque heredarán la tierra.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tiene el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de Dios.

Felices cuando sean insultados, calumniados y perseguidos por mi causa.  Alégrense porque tendrán una gran recompensa en el Reino de Dios.”

Hemos variado el orden en los dichos de Mateo, para que veamos la coincidencia con Lucas en las tres primeras bienaventuranzas y en la última.  Mateo agrega cuatro bienaventuranzas propias.

Como ideas generales

En realidad, todas las bienaventuranzas tienen un significado común, tal cual vimos en el tema anterior. Se trata de una enumeración un poco más detallada del concepto de pobres o despreciados por la sociedad. En cada cultura y país, esta lista puede aumentar o disminuir, poco importa. Pero el mensaje central es que llega el Reino para la gente excluida y humillada.

Todas las bienaventuranzas tienen un mismo final: el Reino de Dios, aunque tenga formas variadas (ser consolados, poseer la tierra, ver a Dios, etc.); son maneras de expresar la misma idea: Dios está con ellos.

En Lucas, Jesús se dirige directamente a los que ahora viven una situación de marginación.  Es un lenguaje directo e interpelativo.

Mateo usa un lenguaje más genérico.

En Lucas hay un tono fuertemente sociopolítico, sin ningún tipo de espiritualización: habla del hambre real, del pobre real, del que realmente sufre y llora por su humillante situación.

Mateo espiritualiza algunos conceptos e interioriza el mensaje buscando un cambio en el corazón del hombre.

Todas las bienaventuranzas suponen un cambio radical: salir de la pobreza, del hambre, del dolor, de la injusticia.  Se es feliz cuando se sale, accediendo al Reino de la justicia total.

Quiénes son los que serán liberados

– Los pobres son la clase marginada de la sociedad por sus escasos recursos, cultura, status, etc.  Son las personas marginadas y mal vistas por la sociedad, entre los que los judíos incluían a pecadores públicos, prostitutas y en general personas que ejercían profesiones despreciables o impuras, como pastores, curtidores, camelleros, sepultureros, barrenderos, etc.

Ellos serán salvados de su pobreza; de allí su felicidad ya presente en la lucha que realizan “por arrebatar el Reino”, como decía Jesús (Mt 11, 12). Por desgracia, hubo cristianos ricos y opresores que tergiversaron el sentido de la frase, proclamando la resignación y la felicidad de ser pobres.

Pobres de espíritu (en Mateo, de difícil traducción) son los famosos anawim, o sea, los que se sienten tan pobres que se apoyan en la fuerza de Dios. Tienen un corazón o espíritu pobre, es decir, desprendido y generoso, solidario y atento a los demás. Practican la no violencia y confían en la salvación divina.

– Los hambrientos tienen en Lucas el sentido natural del término. Hoy conforman casi el 80 por ciento de la humanidad. Mateo alude al hambre y sed de justicia, al anhelo por una justicia o armonía total en uno mismo y en la sociedad. Amplía, pues, el concepto.

– Los que lloran o están afligidos son los que manifiestan todo su dolor y angustia por su pobreza y opresión. Cuando sean liberados, volverá la alegría.

– Los pacientes (mansos) son esos mismos pobres que soportan el despojo del que son objeto, pero que no claudican y luchan hasta conseguir lo que les corresponde. Nada tiene que ver su actitud con la mansedumbre de los que se dejan avasallar por incapacidad de reacción. La tierra que poseerán tiene un sentido literal y también amplio. Son los bienes necesarios para vivir dignamente. Hay que luchar por ellos.

Los misericordiosos son los que se solidarizan con los pobres; los compasivos: por eso Dios será solidario con ellos.

Los de corazón puro son los hombres sinceros, leales, incapaces de engañar, mentir o explotar al prójimo (entre los hebreos, el corazón es sinónimo de la conciencia).  A Dios le basta la sinceridad del hombre, cualquiera sea su raza, status o religión.

Los que trabajan por la paz son los que luchan por implantar una sociedad solidaria, armónica y justa. Construyen una comunidad de verdadera paz, esa que nace de la armonía social y de la justicia. Interpretan tan bien el deseo de Dios, que serán llamados sus hijos.

– Los perseguidos por practicar la justicia o por seguir a Jesús (común en Mateo y Lucas) son quienes mantienen su coherencia, a pesar de todos los obstáculos que los opresores les ponen.  Porque no hay dudas de que este programa de Jesús va a generar muchas resistencias y una cruenta lucha.

Características del programa de Jesús

Finalicemos este apasionante tema que dará para tantas reflexiones y propuestas, con tres ideas:

Primera.  Es un programa totalmente positivo, vital y creativo.

Se nos propone la felicidad, la armonía, la liberación.  No la resignación y la obediencia servil.

Se nos propone salir de la pobreza, del dolor, del hambre; sólo así seremos felices.

Se nos propone luchar por la tierra, por la justicia, por la paz, por la honestidad.

Y eso es el Reino de Dios: un éxodo o salida de situaciones injustas y humillantes.

Jesús no habla del cielo después de la muerte… sino del reinado de justicia que ahora hay que establecer en el mundo.

Segunda. Es un programa totalmente destinado a los más marginados.

Jesús cambia el concepto de fe y de religión: lo importante para entrar al Reino no es el culto o la moral legalista, los rezos, devociones o las teologías. No es el proyecto sacerdotal teocrático. Es este trabajo en pro de una sociedad más justa y solidaria, algo que repetirá en numerosas oportunidades. No busquemos a Dios en los templos sino entre la gente desclasada y doliente.

Tercera. Éste es el programa para quienes se dicen discípulos de Jesús.  No hay otro.  Está, pues, en nosotros ver cómo llevarlo a la práctica.  Seguramente que no será en un día ni en pocos años ni en siglos. Hoy, dos mil años después, a pesar de tantos adelantos, vivimos una situación cada día más agraviante para la mayoría de la humanidad: el 80 por ciento vive en condiciones infrahumanas (y la tendencia es a aumentar esa proporción), miles de niños y de adultos mueren de hambre por día, millones de adultos sin trabajo, sin tierra, con una tremenda inseguridad, explotados y mal remunerados.

Por lo tanto, si somos coherentes, asumamos este proyecto de Jesús con inteligencia y con dedicación. No basta la buena intención y los bellos discursos. Necesitamos concientizarnos, organizarnos, planificar y realizar un conjunto de acciones que vayan a la raíz de los problemas. Y a esto llamamos acción política. Nadie que la evite puede considerarse discípulo de Jesús. Quien lo haga, sea cristiano o no, ése pertenece al Reino de Dios.

Buscar la justicia y ponerle sal

Después del fundamental tema de las bienaventuranzas, verdadero corazón del mensaje de Jesús, Él mismo nos propone dos conclusiones que son dos actitudes permanentes para nuestro testimonio.

– Buscar la Justicia del Reino

Cuando Jesús termina el sermón del monte (de las bienaventuranzas), después de proponer una gran confianza en Dios que nos cuida, termina diciendo: “Busquen primeramente el Reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. Por tanto, no se inquieten por el día de mañana… ” (Mt 6, 33-34).

La idea de Jesús es ésta: en la vida hay algo fundamental, la justicia.  Si conseguimos eso, todo lo demás viene solo.

Preguntémonos, pues, qué es la justicia, en los textos bíblicos.

En un sentido mucho más amplio y profundo que entre nosotros, la justicia es la virtud fundamental del gobernante y consiste en la defensa del pobre y de todas las personas indefensas (huérfanos, viudas) que el gobernante toma a su cargo especial.

Es la gran cualidad de Dios, el rey justo. Lo leemos en muchos salmos y otros textos proféticos.

“Levántate, Señor, alza tu mano y no te olvides de los pobres… El débil se encomienda a ti, pues eres el protector del huérfano… Tú escuchas los deseos de los pobres, los reconfortas y les prestas atención. Haces justicia al huérfano y al oprimido” (Sal 10, 12-18).

“Porque el Señor no ha despreciado la miseria del pobre ni le ocultó su rostro y lo escuchó cuando le pidió auxilioLos pobres comerán hasta saciarse… ”  (Sal 22, 5-6 y 25-27).

“Soy pobre y miserable, pero el Señor piensa en mí, Eres mi ayuda y mi libertador” (Sal 70, 1.6; 86, 1-2; 113, 7-8).

“Se alza el Señor y sus enemigos se dispersan… Él es el padre de los huérfanos y el defensor de las viudas. Él instala en un hogar a los solitarios y hace salir con felicidad a los cautivos… (Sal 68, 1. 6-7).

“Eres el Señor que hace justicia a los humildes y defiendes el derecho de los pobres” (Sal 140, 13-14).

“Porque yo soy el Señor que practica la fidelidad, el derecho y la justicia sobre la tierra. Eso es lo que me agrada” (Jr 9, 23).

Y éstas son las características del futuro rey mesiánico:

Sobre él reposará el espíritu de DiosNo juzgará según la apariencia ni decidirá por lo que oiga decir. Hará justicia a los débiles y a los pobres. Herirá al violento y hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad sus caderas” (ls 11, 1-5).

“Reinará como un rey prudente, practicará el derecho y la justicia. Y se lo llamará con este nombre: El Señor es nuestra justicia” (Jr 23, 5-6).

Por eso, éste es el ideal de todo rey o gobernante: “Concede, Señor, al rey tu justicia para que gobierne a tu pueblo con equidad y a los pobres con rectitudque defienda a los humildes y aplaste al opresorÉl librará al pobre que suplica y al humilde desamparado; tendrá compasión del débil y del pobre, y salvará la vida del indigente; y los rescatará del odio y de la violencia…”  (Sal 72).

Por lo tanto, Reino de Dios y Justicia aparecen en realidad como sinónimos, al igual que salvación o liberación. Todas palabras que expresan lo mismo: Dios quiere un nuevo orden social que termine con las desigualdades, articulado armónicamente sobre la base de la justicia social que tiene en cuenta en primer lugar a los más indefensos.

Esto es lo que tiene que buscar y realizar el discípulo de Jesús. Si eso se hace, lo demás viene solo; pues, en realidad, ¿qué es lo demás? Cuando hay armonía social sobre bases firmes, o sea, cuando colocamos sólidos fundamentos, los frutos se recogen solos.

Ser sal y luz

La segunda actitud se refleja en dos simbolismos que tienen el mismo sentido: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la podrá salar? Ustedes son la luz del mundo. Pero no se enciende una lámpara para colocarla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre un candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar vuestra luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de los cielos” (Mt 5, 13-16).

La sal asegura la incorruptibilidad de los alimentos, y es signo de perennidad. Por tanto, Jesús nos pide una actitud constante: ponerle sal a la justicia para que perdure y no se eche a perder por la corrupción.

Lo mismo pasa con la luz: sólo sirve si ilumina efectivamente. Sal y luz se manifiestan en actos, en buenas obras, en una conducta coherente.

Coherencia e Identidad

Por lo tanto, la propuesta de Jesús debe ser la actitud permanente del cristiano y de la Iglesia; es lo que le da coherencia y define su identidad, como el sabor define la identidad de la sal. ¿Qué les pedimos a la sal y a la luz …? ¿Qué le pedimos a un cristiano?

Coherencia entre las palabras y los hechos, algo en lo que la Iglesia falló a lo largo de los siglos en que hubo tremendas incoherencias. La predicación de las bienaventuranzas iba acompañada con la esclavitud, el exterminio de los indios, las guerras por motivos religiosos, la explotación de la clase trabajadora, la alianza con las oligarquías y con los gobiernos despóticos, la participación nula del pueblo en la conducción de la Iglesia, la desvalorización de la mujer, etc.

Se trata de “las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, nos hemos alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo el espectáculo de formas de pensar y de actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo” (N° 33 de Tercer Milenio, Juan Pablo II, 1994). Fue más fácil encerrarse en una fe amasada de devociones, de cultualismo y de moralismo, escondiendo la luz de la justicia, y procurando conseguir una salvación con trampas sin “dar de comer al hambriento y vestir al desnudo” (Mt 25, 35 y ss.).

Jesús es claro: nuestra coherencia con la justicia y con las bienaventuranzas tiene que ser como la sal, constante y permanente, porque es nuestra misma esencia y lo que nos da identidad de discípulos suyos.

Sólo esa praxis nos define como discípulos de Jesús. La verdadera Iglesia o Comunidad de Jesús puede vivir sin templos, sin jerarquía, sin organizaciones religiosas, pero jamás sin un compromiso firme y constante por la justicia del Reino.

¿Somos los cristianos de este país la luz de los carenciados y desprotegidos? ¿Somos la salvaguarda de los derechos humanos y de la dignidad humana? ¿Somos el signo y el testimonio vivo y permanente de la lucha por una sociedad más justa, igualitaria y solidaria?

7 EL PORQUÉ DE UNA COMUNIDAD

Gente que vive la Buena Noticia del Reino y que la anuncia

Ya dijimos que Jesús no fundó una nueva Iglesia separada del judaísmo, hecho que sólo sucede tras la destrucción del Templo y la ruptura con la sinagoga hacia el año 90. Pero Jesús sí se rodeó de un pequeño grupo de hombres y de mujeres a quienes encomendó su misma tarea: el anuncio del Reino con palabras y con acciones. Es la nueva comunidad del Reino de Dios, creada, no para separar a la gente, sino para unirla en un único y gran proyecto: una nueva sociedad en justicia y paz.

“Jesús recorría las ciudades y los pueblos, anunciando el Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curados de malos espíritus y de enfermedades, como María Magdalena, Juana y Susana… Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, dándoles poder y autoridad para expulsar demonios y curar enfermedades… Y ellos fueron de pueblo en pueblo anunciando la Buena Noticia y curando a los enfermos por todas partes…” (Mc 1, 14-20; Lc 8, 1-3; Lc 9, 1-6).

Como vemos, el tema exclusivo es el anuncio del Reino de Dios. Jesús partía de la realidad del pueblo oprimido, y desde allí anunciaba la buena noticia. Y como dicho reinado de Dios implicaba un cambio social y político, Jesús reunió a una pequeña comunidad para que comenzase a vivir de acuerdo con los principios evangélicos y para ser misionera de la buena noticia, acelerando la llegada del Reino.

No olvidemos la situación de Galilea: un pueblo oprimido políticamente, dominado por los amos del mundo y traicionado por sus propios dirigentes; explotado económicamente, despojado de sus tierras y empobrecido para pagar el lujo de las clases altas; religiosamente, abandonado por pastores que sólo se preocupaban de defender sus intereses.

Discipulado  y ética combativa 

Que ha llegado el tiempo decisivo y revolucionario de hacer la gran opción sin medias tintas, se revela claramente en la ética combativa que Jesús se impone a sí mismo y a sus seguidores. Ahora se les exige mirar para adelante sin echar la vista atrás; y estar dispuestos a perder la mano, un ojo o todo el cuerpo por la causa del Reino, y aceptar por él aún el sacrificio de la cruz propio de los subversivos. Es evidente que esto sólo se exige en tiempos de lucha, cuando nada puede hacer distraer del objetivo final a lograr.
Es la ética propia de tiempos lucha y de grandes definiciones.
Las frases de Jesús, que tienen todo el sabor de autenticidad, no dejan lugar a dudas. Veamos algunos textos:

“El que no renuncia a todo, no puede ser mi discípulo (Lc 14,33) El que no está conmigo, está contra mi. (Lc 11,23) El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo y que tome su cruz (Mc 8,34; Mt 10,38))
El Reino de Dios se consigue con violencia y sólo los violentos entran (Mt 11,12) Más vale entrar al Reino manco, cojo o perder un ojo, que no perderse con ambos miembros (Mc 10.43-47) No tengan miedo. Lo que yo digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que ahora oyen, proclámenlo desde las terrazas (Mt 10,26-7)

Estas frases que aún hoy escandalizan a mucha gente, sólo tienen sentido si las ubicamos en un tiempo de lucha, de guerra y de definiciones fundamentales. El nuevo Reino de Dios tiene exigencias tales que crearán división y ruptura aún dentro de la comunidad judía y de la misma familia carnal. Jesús llega incluso a suponer que la llegada del Reino puede incluir una lucha violenta porque sabe que los opresores del pueblo no se dejarán arrebatar el poder tranquilamente. Que no nos extrañe si los discípulos estaban armados en la última cena y en Getsemaní.

Nueva comunidad y nuevo estilo de gobierno

El cambio que Jesús quiere llega también al poder, al orden político y a las instancias del poder sacerdotal, pues queda suprimida toda autoridad y poder ejercido “como los jefes y reyes de las naciones que gobiernan con poder absoluto y las oprimen con poder (Mc 10.41; Lc 22,25),
Pero no ha de ser así entre ustedes sino que el que quiera llegar a ser grande que sea el servidor de todos, y el que quiera ser el primero entre ustedes que se haga esclavo de todos, que también el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por la liberación de muchos” (Mc 10, 35-45), dice Jesús después que Santiago y Juan piden los primeros puestos del Reino y los demás apóstoles se indignan contra ellos.
Como Jesús, el presidente de la comunidad está “para servir y no para ser servido” (Lc. 22,24-27; Jn 13,1-17). Se descarta todo tipo de poder de dominio político-teocrático-sacerdotal, como todo título honorífico de “señor”, “maestro” o “padre”. (Mt 23,8-10). Y “si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor y el último” (Mc 9,35)

El poder de dominio sobre los hombres y no al servicio de los hombres es un poder demoníaco que constituye la principal tentación de la comunidad del Reino y fue también la tentación de Jesús (Mt 4, 1sig.) y de sus apóstoles que se pelearon varias veces, aún en la última cena, por acaparar puestos de importancia (Mc 10,35-45; Lc 22,24-27). Ese poder de dominio sobre los hombres es la voz de Satanás que intenta apartar a Jesús y a su comunidad del camino trazado por Dios, único Señor de su pueblo y Dios Salvador al servicio de los pobres y oprimidos.
Evidentemente, su mensaje no fue entendido ni aceptado hasta el día de hoy…

Jesús, líder de un nuevo pueblo 

En síntesis: a pesar de cierto esfuerzo por “espiritualizar” a Jesús y su mensaje, de los evangelios surge un claro perfil de un Jesús líder revolucionario, que busca un cambio total en la sociedad, tanto en lo social y político como en lo religioso, asumiéndose como “pastor” de su pueblo (Mc 6,34).

Jesús, un laico, hombre sencillo del pueblo, sedujo por la libertad con que actuó aún contra las autoridades y las rígidas costumbres de la época, escandalizando tanto a su propia familia como a los hombres religiosos; por su valentía casi temeraria, por la fuerza de sus convicciones y por su entrega incondicional a la causa de los “pobres” y oprimidos sociales-religiosos-políticos (endemoniados, leprosos, enfermos, mujeres, niños)

Jesús, que en plena adolescencia fue testigo del alzamiento galileo de Simón, el fundador de los  zelotes, supo aglutinar con su personalidad ciertamente magnética a todo ese pueblo (Mc 3,7 sig; 6, 56; 11, 7-10) que no tenía nada que perder y que estaba dispuesto a dar su vida por él y por el reinado de Yahvé. Pedro lo dijo claramente en la última cena: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo decían todos” (Mc 14,27-31), aunque después le flaquearon las fuerzas cuando llegó el momento de la verdad.
Que la personalidad de Jesús ejerció un fuerte magnetismo, especialmente con las mujeres, lo demuestra el hecho de que aún cuando fuera crucificado y humillado por Roma (como los otros mesías), sus discípulos, tras el primer momento de cobardía y decepción, sin embargo supieron aglutinarse, y comenzaron la predicación de su mensaje en Israel y luego por todo el imperio, dando varios de ellos la vida por su causa.

Pero la revolución zelota del año 66 forzó los acontecimientos, y tanto el judaísmo como el judeocristianismo revolucionarios fueron liquidados sin piedad, sin que el Reino eclosionara en el mundo ni Jesús apareciera en el cielo volviendo como Señor y Juez.
Aquel fue un durísimo golpe para la utopía del cristianismo revolucionario, y los cristianos se vieron forzados a aceptar un nuevo estado de las cosas, abandonando las posturas radicalizadas de Jesús hasta terminar espiritualizando su mensaje a tal punto que el cristianismo terminó en el siglo IV siendo la ideología conservadora del Imperio de Constantino y sucesores. Y la iglesia se acostumbró a transitar por la historia, actuando generalmente de espaldas al Jesús que lideró a pobres y oprimidos.

Un desafío a nuestra imaginación creativa

Hoy nosotros vivimos en una sociedad llamada genéricamente “cristiana”, pero muy lejos de vivir el ideal de justicia del Reino de Dios. Nuestra tarea es complicada. ¿Cómo visualizar el proyecto de Jesús, dada nuestra situación actual, y cómo presentarlo al mundo moderno, tan diferente del de Jesús?

Éste es nuestro desafío imaginativo.

Lo primero es descubrir cuánto de antihumano existe en nuestra sociedad: en la praxis de la democracia y de la justicia, en la lucha contra la corrupción,  en la educación, en el sistema de salud, etc.; partir de nuestra Galilea y de la realidad de nuestro pueblo.

Lo segundo, visualizar este nuevo orden que Dios quiere para esta nuestra sociedad, según los principios evangélicos de las bienaventuranzas. Se trata de implantar una nueva sociedad que esté al servicio del hombre, especialmente del más pobre y desprotegido; un nuevo modelo de sociedad, cuyo elemento esencial es la justicia social y distributiva, con menos pobres y menos opresores o acaparadores, con más cultura y más dignidad, con menos corrupción y más honestidad.

Como tercer punto, buscar propuestas concretas para dar vuelta las cosas, desde organizaciones y planes sociales y políticos, desde la educación, grupos alternativos y familia.

Dios actuará dentro de nuestras instituciones y organizaciones, tanto partidos políticos, como asociaciones vecinales o comunidades de base.

En la época de Jesús la curación de los enfermos era un signo claro de esa presencia divina. Hoy necesitamos otros signos más claros y más entendibles. ¿Cuáles son? Actitudes, hechos y gestos que digan lo que nuestro mensaje sugiere.

Y en cuarto lugar, también necesitamos encontrar un lenguaje comprensible para el hombre de hoy. No basta repetir las bienaventuranzas o la expresión Reino de Dios. No caigamos en un verbalismo, tan típico de nuestros dirigentes religiosos y políticos. Ya no se cree en palabras y discursos huecos y carentes de sentido.

El anuncio de Reino exige formas nuevas de comunicarnos, de insertarnos en la sociedad, de interpretar sus códigos, de entender su lenguaje cultural, y formas nuevas de buscar soluciones más globales y más radicales con una metodología apropiada.

Es decir, exige una metodología o estrategia especial.

Éste el gran desafío de nuestra praxis política que, sin dejar de ser praxis de fe, encuentra instrumentos concretos para soluciones concretas. El desafío de embarrarnos las manos en el trabajo cotidiano, con errores y equivocaciones, pero con una propuesta seria y comprometida. No bastan las palabras ni bastan las denuncias; el gran desafío está en propuestas reales, concretas y viables.

Este libro se complementa con EL MENSAJE SOCIAL DE JESÚS. Santos Benetti

BIBLIOGRAFÍA

 JESÚS DE NAZARET: HISTORIA, MITO, MENSAJE Y ESPIRITUALIDAD Santos Benetti

JESÚS DE NAZARET  EN PABLO Y EN LOS EVANGELIOS. S Benetti

JESÚS  DE NAZARET EN  EL IMPERIO ROMANO.  LA IGLESIA Y SUS TRANSFORMACIONES. S Benetti

– ESTADO ACTUAL DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA SOBRE JESÚS Julio Lois

EL IMPACTO DE LA INVESTIGACIÓN DEL JESÚS HISTÓRICO SOBRE LA CRISTOLOGÍA  Haight.

– GALILEA AÑO 30  Carlos Bravo

EL JESÚS HISTÓRICO A LA LUZ DE LA EXÉGESIS RECIENTE Rafael Aguirre

– JESÚS ANTES DEL CRISTIANISMO: ¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE?    Alberto Nolan

DIMENSIÓN POLÍTICA DEL MESIANISMO DE JESÚS Ignacio Ellacuría

– LA PRÁCTICA LIBERADORA DE JESÚS   C Mesters

 

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