Simbolismo espiritual del Viernes Santo: Morir por una causa justa. S Benetti

SIMBOLISMO DEL VIERNES SANTO:  

MORIR POR UNA CAUSA JUSTA

Santos Benetti

Hoy es imposible, desde el punto de vista histórico, saber a ciencia cierta qué sucedió realmente y cuál fue la secuencia de los hechos que desembocaron finalmente en la muerte de Jesús a manos de los romanos. Nos consta por los relatos posteriores de los cristianos, que esa muerte humillante causó gran decepción y consternación, bien expresada por el mismo Lucas en el capítulo final de su evangelio: Dos discípulos que iban hacia la aldea de Emaús se encuentran con un desconocido al que dicen: Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas… Su decepción era grande, pues en consonancia con sus expectativas mesiánicas y el mismo accionar de Jesús, ellos esperaban un libertador político que los liberara del yugo romano.

Esto explica que, en primera instancia, la muerte de Jesús fuera interpretada como el martirio del profeta que muere por su causa, tal como Jesús dijera en un episodio que parece ser verídico, cuando se acercaron algunos fariseos que le dijeron: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte». El les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc 13, 31-33).

Aquella audaz decisión fue la que lo llevó a enfrentar no sólo las amenazas de muerte de Herodes Antipas, rey de Galilea al servicio de Roma, sino a todo un camino plagado de peligros y amenazas, tal como lo expresan los evangelios: La existencia de una conspiración es atestiguada por el relato independiente de la misma que podemos ver en los 3 evangelios sinópticos (Mc l4, 1-2; Mt 26, 3-5; Lc 22, 2) y por el hecho de que, en un determinado momento, Jesús sé convirtió en fugitivo. Tal vez Jesús llegara a saber que tenían intención de detenerle. Poco después del incidente del Templo se escabulló y fue a ocultarse (Jn 8, 59;). Ya no podía moverse abiertamente de un lado para otro (Jn 11, 54) y se vio obligado a abandonar Jerusalén y Judea (Jn 7, 1) Pero tampoco estaba seguro en Galilea. Por aquel entonces, también Herodes albergaba contra él un odio mortal (Lc 13, 31). Ya no podía hablar libremente en las aldeas de Galilea (Mc 9, 30). De manera que tuvo que deambular con sus discípulos fuera de Galilea: al otro lado del lago, en las regiones de Tiro y de Sidón, en la Decápolis y en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mc 7, 24 y 31). En un determinado momento regresó al otro lado del río Jordán (Mc 10, 1)

El mismo Lucas nos dice que en el juicio condenatorio comenzaron a acusarlo ante Pilato, diciendo: Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos y pretendiendo ser el rey mesías (23,1-2)

Para la ley romana había dos motivos para la crucifixión: reincidencia de un esclavo en escaparse o subversión contra Roma. Seguramente cuando Jesús enfiló hacia Jerusalén contra el parecer de sus discípulos, sabía o presentía que tendría un solo final coherente con toda su vida: morir por la causa justa que estaba defendiendo y para la que había nacido. Como bien dice el evangelista Juan (13.1) con el sentir de todas las comunidades cristianas: sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos … los amó hasta el fin.

Lo importante no es el sufrimiento por el sufrimiento, como a menudo mal entiende cierta piedad cristiana, sino la entrega total a una causa justa en un compromiso que no duda en dar la vida por aquellos valores que son irrenunciables, sin claudicar en la dignidad aún ante las peores circunstancias.

Aquella muerte fue el símbolo final que consagró también a ciertos hombres como hitos y luminarias en la historia humana. Es el caso de Sócrates, Espartaco, Giordano Bruno, Gandhi, Luther King, Mandela y tantos otros que jalonan el cielo de la espiritualidad humana en su máxima expresión: enfrentar cárcel, torturas y muerte cruel antes de ser infieles a sí mismos; y morir para que otros tengan vida…

Un símbolo que también se hizo realidad en millones de esclavos y pueblos sometidos, en el holocausto judío y en los centenares de miles de víctimas de las dictaduras que asolaron el suelo sudamericano…

Más sencilla… más sencilla…
Sin barroquismo, sin añadidos ni ornamentos.
Que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos.

Los brazos en abrazo hacia la tierra, el mástil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto…
este equilibrio humano de los dos mandamientos.
Más sencilla… más sencilla… haz una cruz sencilla, carpintero. 
(León Felipe)

 

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