Educadores veraces. El derecho a expresarnos … Benetti

EDUCADORES VERACES … El derecho a expresarnos …

Dialogando con los educadores

S. Benetti

– ¿Qué hago con mi hijo? ¿Qué hago? ¡Usted no sabe las preguntas que me hace! Todo lo quiere saber y usted no se imagina los apuros en que me pone. Mire que con sus ocho añitos el otro día me preguntó qué era un homosexual. ¿Qué me cuenta?

Cuando comparamos a los niños de hoy con lo que éramos nosotros a la misma edad, seguramente que está a su favor la naturalidad con que abordan los problemas y esa desinhibición que a nosotros tanto nos asusta. Lo que tendríamos que recordar es que cuando un niño hace una pregunta, en realidad ya sabe más o menos la respuesta o la intuye, y sólo quiere confirmarla. En todo caso quiere poner a prueba nuestra honestidad. Es nuestra veracidad, más que nuestra verdad, lo que está en entredicho.

A menudo confundimos verdad con veracidad. La veracidad hace a la honestidad y sinceridad de nuestra palabra. Podemos ser veraces y decir  algo erróneo.

La verdad, en cambio, alude a la adecuación objetiva entre lo que decimos y la realidad. La veracidad es una verdad subjetiva, es la manera que tenemos de ver la realidad.

En nuestro hablar corriente a menudo utilizamos una palabra por otra. “Te digo la verdad”, es una forma de decir: Te hablo con veracidad. Lo cierto es que los adultos complicamos las cosas más allá de la cuenta. ¿Por qué no respondemos siempre con la veracidad? (“con la verdad”). La educación sexual es un buen ejemplo: ¿conocemos algún método mejor que el lenguaje de la veracidad-verdad?

– Sí, pero los niños se pueden asustar si les contamos la verdad, pueden traumatizarse o confundirse …

Hagámonos cargo de esta objeción y preguntémonos: ¿son los niños los que se confunden y traumatizan? ¿O somos nosotros? Si el niño estuviera confundido o traumatizado, ni siquiera haría la pregunta. Si la hace es porque está tranquilo y sólo necesita la respuesta de sus padres. Necesita apoyarse en nuestra confianza. Pregunta porque confía en nosotros. Y confiará mientras le digamos la verdad.

– Sí, pero a veces no sabemos cómo hacerlo. Vivimos una situación nueva con respecto a nuestra propia infancia o adolescencia.

Si no sabemos la respuesta, la honestidad nos debe llevar a decirles que no sabemos la respuesta, que lo vamos a averiguar y que después les responderemos.

Ahora bien, si no sabemos cómo hacerlo, preguntémonos por qué. Qué nos impide expresar eso que sabemos. Porque el método es más que simple: utilizar las palabras más sencillas que tengamos, las nuestras, y decir lo que efectivamente pensamos. Si el niño no lo entiende, volverá a preguntar y completaremos la información.

– Usted dice: “decir lo que efectivamente pensamos”. Creo que allí está la cuestión. No hemos sido educados para decir lo que efectivamente pensamos sino lo que “debe decirse”, lo correcto, lo que está bien. Es como en los exámenes: decimos lo que creemos que es correcto según el profesor. Y eso lo tenemos metido en el alma, como que siempre estamos dando exámenes: ¿estará bien? ¿Dije bien? ¿No me habré equivocado?

Me gusta su planteo y su sinceridad. Pues bien, hable siempre como hace un instante me acaba de hablar, diga lo que siente y sienta que usted está en lo que dice. Usted y su palabra como una misma cosa, un mismo mensaje sincronizado.

En la vida, y por lo tanto en la educación, lo que cuenta para los vínculos es la veracidad, esa respuesta sincera, que puede no ser la exacta porque todos nos podemos equivocar, pero que representa nuestro modo de responder con honestidad a quien ha depositado en nosotros su confianza.

Este es el lenguaje que genera la confianza y, por lo tanto, construye la convivencia. Y si somos honestos y veraces, si mañana descubro mi error, volveré a hablar rectificando lo dicho y sabiendo que también esta vez me puedo equivocar.

Como que “la verdad” siempre está más allá de mi percepción, de mi forma de ver la vida. Los que se creen “dueños de la verdad” (porque todavía los hay) confunden su percepción subjetiva con la captación total de la realidad. Su veracidad es la verdad, porque según ellos sólo hay una manera de ver la realidad, y ¡oh casualidad!, es tal cual ellos la ven.

Los que educan desde la verdad no pueden convivir sino con los que comulgan con su verdad. Es un mundo cerrado, terminado, dogmático y fanático. Cualquier otra manera de ver la realidad es mala y falsa. Su mundo termina donde termina su percepción, o sea, su forma de ver e interpretar la realidad.

Esa educación se preocupa no de que los discípulos piensen, sino que “piensen como yo pienso”, o sea, que no piensen. Una educación que se preocupa por la adecuación a los contenidos pro-gramados por los dueños de la verdad. Y toda evaluación se hace en función de este criterio cerril. Nos enseñan los derechos humanos, cuántos son, su definición, pero sin permitirnos ejercerlos. Nos enseñan qué es el hombre, con tal de que no seamos hombres pensantes y creadores. Nos hablan del cerebro y su genial funcionamiento, siempre que no lo utilicemos. Porque “existe la verdad objetiva, y es la que nosotros tenemos y enseñamos, y el cerebro está diseñado para que usted acepte tan sublimes verdades”.

En ese esquema (educativo, político, religioso) hemos sido educados y el inconsciente nos traiciona en menos que canta un gallo. “Ustedes son los portadores de la verdad”, se nos dijo de mil y una formas. Y lo triste del caso es que nos lo creímos, porque siempre habrá una parte nuestra que lo cree o lo necesita creer.

Esta es la educación desde el discurso de la verdad. Y, por tanto, la educación desde el discurso del otro.

– ¿Por qué desde el discurso del otro?

– Porque a cada pregunta o cuestión nunca la respuesta es “yo pienso” sino” el otro” dice que. El otro es esa biblia donde tenemos almacenadas nuestras intangibles y eternas verdades. Puede ser el manual, el libro de texto, tal autor, el directivo, pero siempre es otro que se impone. Es el discurso típico de ciertas instituciones dogmatistas, sean políticas, religiosas o educativas.
No pierda usted tiempo en buscar, en pensar, en argumentar. La respuesta siempre la tiene el otro y será sacada en su momento oportuno como una especie de lápida al debate. Y cuando todos los argumentos callan, hasta se nos dirá: “La ley natural dice que … ”. Es de ley natural que los coches sean negros y cuadrados, porque demás está decir, la ley natural siempre coincide con esta buena gente que tiene toda la verdad. (Entre paréntesis, ¿qué es la ley natural?).

Desgraciadamente en educación, hablar desde el otro es la norma y la praxis. En vano los alumnos piden a su profesor una opinión personal sobre un tema importante, que se juegue desde él mismo en lo que dice y piensa. Se les dirá: “lo que debe decirse, lo que está mandado decir, lo que corresponde decir”.

Triste papel el de educadores que se alienan hasta el punto de renunciar a su propia palabra, que se transforman en repetidores y altavoces del otro; ese otro que puede ser la propia institución o determinada autoridad o jefe. Y exigirles a los alumnos que también hablen desde el otro y que renuncien a su propio criterio sobre la vida, o sea, que renuncien a su palabra.

Entonces ya no se habla desde la veracidad, desde la sinceridad del corazón. Se habla “desde la verdad” aunque íntimamente no se la crea. Es el discurso hipócrita y vacío que habla desde “la cara del otro”: ¿Cómo reaccionará el profesor si digo tal cosa? ¿Cómo reaccionará mi directora? ¿Qué pensarán las autoridades de lo que digo? Se renuncia a buscar, a pensar, a investigar desde la cosa misma para adecuarse circunstancialmente al otro de turno.

– Lo que pasa es que ese otro tiene el poder, y nos puede despedir o amonestar. Porque, lamentablemente, esta buena gente, como dice usted, que tiene toda la verdad es la misma que suele tener todo el poder. Entonces, hablar desde uno mismo y no desde el otro, es correr cierto riesgo.
Y vuelve a aparecer el miedo, el gran enemigo de un proceso educativo sereno, abierto y sincero, y vienen a nuestra mente esas palabras tan asociadas: verdad-poder-miedo-censura-represión.

Por eso es tan difícil crear una nueva escuela, porque necesitamos crear un nuevo discurso. Y es nuevo porque todavía no existe, y no existe porque todavía no ha sido pronunciado. Lo tengo que pronunciar yo. Mi palabra.

Si no logramos esto, todo lo demás (creatividad, libertad, sabiduría, etc., etc.) queda reducido a un montón de bellas palabras, tan bellas como vacías. Hemos sido castrados en nuestro pensamiento y en nuestra palabra. Por tanto, hemos sido castrados en nuestra subjetividad. Una educación castradora y castrada.

Y hoy vuelve el desafío: atreverse. Hombres y mujeres atrevidos que pierdan el miedo a escucharse a sí mismos y a expresar en voz alta eso que “se” escucha. Hablar y hacer desde adentro de nosotros mismos.

– Pero, pregunto, ¿todo eso no nos puede llevar al subjetivismo?

Es muy común escuchar esa objeción: “su opinión es subjetiva”. Pero, pregunto yo, ¿cómo no será subjetiva si nace de un sujeto? ¿Qué opinión no es subjetiva? ¿Acaso el otro también no es subjetivo? Es tan subjetivo como yo, aunque él lo niegue y jure y perjure que su palabra es la única verdad objetiva.

Miremos el mundo, hoy que podemos hacerlo en su universalidad: cuántas opiniones, cuántas religiones, filosofías, modos de vivir, culturas, todas ellas tan subjetivas y tan válidas para quienes las comparten. El problema no está en ser subjetivos, sino en estar abiertos a las otras subjetividades.

Precisamente porque soy subjetivo (soy un sujeto que piensa, siente y hace), y porque defiendo esa subjetividad (mi más elemental derecho), por eso mismo respeto y me abro a las otras subjetividades. Cosa imposible de hacer desde el discurso del otro-verdad.
A menudo se me acerca gente y me dice: “No estoy de acuerdo con usted en tal punto”. Y mi respuesta: “Hace usted muy bien. Lo importante es que piense por usted mismo y no con mi cabeza. En esto estamos de acuerdo: que podemos estar en desacuerdo”.

Admitir el desacuerdo, la pluralidad de ideas y de propuestas, los diversos modos de interpretar la realidad y de enfocar la vida. He ahí la base para una sana convivencia y para una auténtica democracia.

A fin y al cabo es sólo el consenso social el que determina que tal “verdad” nos sea más verdadera que otra. Entre nosotros el consenso está por el matrimonio monógamo, en otras culturas que aglutinan a mil millones de personas, por el polígamo. Y así sucesivamente. “Sí, dirá usted, pero nuestra manera de ver es la correcta y verdadera, porque … “. ¡Y, oh casualidad!, también el otro dirá: “La manera de ver la realidad de ustedes tiene mucho consenso pero no es la verdadera, porque … “.

Sé que este modo de pensar no es fácil de asumir cuando llevamos años o siglos de dogmatismo, con toda esa cuota de orgullo de tener la verdad. Si hasta en las ciencias, aparentemente tan exactas y comprobadas, todo está en permanente revisión, y las teorías se suceden unas a otras, y se complementan entre sí, en una espiral permanente de apertura “hacia la verdad”.

En síntesis, una nueva escuela cimentada en la veracidad de sus educadores, y que promueve la veracidad de los educandos.

Una escuela que nos transforma a todos en aprendices de la vida. Todos aprendiendo de todos, todos escuchando a todos. Todos muy libres de pensar y de decir lo que efectivamente piensan. Todos muy celosos de este derecho, y todos muy celosos por respetar en los demás el mismo derecho.

Curiosamente este planteo no es nuevo. El año 258 antes de Cristo, el emperador budista Ashoka, en el norte de la India, promulgó un decreto, tras una cruenta guerra religiosa, que hoy podríamos tomar como modelo y como estímulo … dos mil doscientos años después. Dice así:

“Estima las cualidades esenciales de los hombres de todas las creencias. Evita que tu forma de expresarte venga a ensalzar tu propia creencia y a desacreditar la creencia de los otros. Las creencias de los demás merecen ser respetadas por un motivo o por otro. Al rendirles honor, se exalta la propia creencia y se rinde, al mismo tiempo, un servicio a la creencia de los demás. Actuando de otro modo, se hace injuria a la propia creencia y se causa daño a los demás. En consecuencia, sólo la concordia es recomendable. Por tanto, que todos los hombres de todas las creencias conozcan el pensamiento doctrinal de os demás y adquieran así doctrinas coherentes. El objeto de estas medidas es la promoción de la creencia particular de cada hombre”.

Sería interesante colocar este texto al frente de nuestras aulas y de nuestro Parlamento. Nada mejor para ensalzar nuestra creencia, que mostramos respetuosos de las opiniones de los demás. Nada mejor para cimentar una sociedad que quiere vivir en la concordia y en la democracia, que conocer y apreciar las opiniones de los otros. Y mejor que grandes discursos en favor de nuestra verdad absoluta, es mostrar su parte de verdad en una conducta respetuosa de las opiniones distintas.

El problema que hoy nos ocupa, hablar desde uno mismo o desde el otro-verdad, es tan viejo como el hombre. Y desde allí se fundan dos tipos de sociedad: Una, abierta, democrática, respetuosa, creativa. Otra, cerrada, autoritaria, represiva y castrante.

Sólo nos resta elegir y ser coherentes con esa elección.

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