Origen del poder del Papa. S Benetti

ORIGEN DEL PODER PAPAL
Lic. Santos Benetti

Después de las invasiones de los pueblos bárbaros y la disolución del Imperio Romano de Occidente, Clodoveo  funda el reino franco. En el 510 es bautizado y arrastra al bautismo a todo su pueblo. Francos y galo-romanos fundan una nueva nación, que lentamente recreará una lengua románica, el francés. También nace un nuevo estilo religioso: la iglesia territorial o nacional.
Las fronteras nacionales deben coincidir con las eclesiásticas (diócesis), y ambos poderes funcionan al unísono (El rey convocaba los concilios, fijaba los temas, aplicaba sus cánones, etc.) Los obispos, normalmente eran elegidos por el rey (a veces con apoyo popular), lo que fomenta el nepotismo y otros abusos.

En tanto Roma se hallaba bajo constantes presiones de los longobardos y de los bizantinos que dominaban Italia desde que Justiniano la reconquistara, ejerciendo su poder desde Ravena. El Papa Gregorio sigue de cerca al reino franco  y , desaparecido el senado romano, se hace cargo de la dirección política de la ciudad y aledaños.

En el 751, otro jefe franco, Pipino el Breve, por orden del Papa Zacarías, es consagrado rey por sus obispos en un acto hasta ahora sólo reservado al patriarca de Constantinopla que consagraba al emperador. Esta consagración sella la alianza entre la iglesia romana y el nuevo orden político representado por los francos germanos.

Tiempo después el papa Esteban II toma una decisión histórica que lo salva al mismo tiempo  de la presión de lombardos y bizantinos: pide ayuda a Pipino y vuelve a consagrarlo personalmente en el 754 como rey, a su esposa e hijos, entre ellos Carlos-magno. En compensación, Pipino convierte al papa en un soberano temporal, donándole los Estados Pontificios, mientras sus hijos son nombrados “patricios de Roma” (año 756).

La donación de los Estados Pontificios que le dan al papa un nuevo carácter de príncipe, se funda en “la leyenda de san Silvestre”, según la cual este papa habría bautizado a Constantino, curándolo de la lepra.
De la leyenda emerge después un documento falso (de fecha incierta, hacia el 750), según la cual el primer emperador cristiano habría reconocido la supremacía del obispo de Roma sobre las sedes de oriente (Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Constantinopla).
Al mismo tiempo le concede el derecho de llevar la diadema y las insignias imperiales, dándole poder para siempre sobre todo el mundo cristiano y le dona no solamente el palacio de Letrán, sino además la ciudad de Roma, así como todas las provincias y ciudades de Italia y las regiones occidentales, para que él y sus sucesores las tengan bajo su  poder y tutela… Tal la leyenda: es la llamada “donación de Constantino”, documento esgrimido por los papas contra los emperadores en la lucha por las investiduras, y cuya falsedad definitiva se demostró en el siglo XV.

Finalmente, Carlo-magno, rey desde el 771 renueva la donación de Pipino. Y en la navidad del  800 es coronado en la basílica de Roma por el papa León III como emperador del nuevo sacro imperio romano. Gran parte de Alemania (del Rin al sur), Francia, Bélgica, la Marca hispánica de Cataluña e Italia conforman el nuevo imperio romano o Imperium Christianum. Carlo Magno desde su nuevo rol, organiza meticulosamente el imperio y la iglesia, creando numerosas diócesis, convocando concilios y aún decidiendo cuestiones teológicas. Impone al mismo tiempo a todo el mundo, aún a los nobles, el diezmo obligatorio para sostener a la Iglesia.

LUCHA POR EL PODER SUPREMO.
Las Investiduras. La teocracia en pleno

En esta etapa de la Edad Media, en el esplendor del feudalismo, la relación del papado con emperadores y reyes sufrió variadas vicisitudes y conflictos, incluso guerras,  debido a la habitual ingerencia del poder civil en los nombramientos de los papas, obispos y altos cargos eclesiásticos. Es la llamada “lucha de las investiduras”.

Investir era el acto por el cual el príncipe asignaba a alguien como obispo o abad, entregándole las insignias propias (báculo, anillo, etc.), costumbre universal desde Pipino hasta el siglo XI, y que producía nefastos efectos en un clero ya con baja moral, debido a la simonía  (venta de los cargos eclesiásticos), al nepotismo (favoritismo de los parientes) y a los intereses económicos y políticos mezclados con la entrega de las sedes.

La causa que desencadenó la lucha de las investiduras fue, por supuesto, la gran discusión sobre quién tenía la primacía en la cristiandad: si el papa o el emperador.
Había dos posturas: el emperador era designado directamente por Dios, actuando el papa solamente como un intermediario, en cuyo caso el jefe supremo de la cristiandad era el emperador.
O bien, Dios designaba al emperador por medio de quien es el poder supremo de la cristiandad, el Papa. Fue una larga disputa, tejida con infinidad de argumentos para dirimir el problema de las “dos espadas” o dos poderes, con citas evangélicas (“Yo te daré las llaves del reino…”, Mt. 16,18-20) y artilugios teológicos, no sin olvidar la leyenda constantiniana e incluso con guerras y mutuas excomuniones, que dieron finalmente el triunfo al papado, especialmente bajo el cisterciense Gregorio VII ( 1073-85 ) que destituye al emperador Enrique IV, lo excomulga y libera a sus súbditos de la obediencia.
El motivo fue que Enrique continuaba con las investiduras y nombró como obispo de Milán a un partidario suyo, deponiendo al titular diocesano. El emperador, sin el apoyo de los nobles, se ve obligado a humillarse y pedir perdón en Canosa.
La doctrina teocrática se resume en estos artículos: La Iglesia romana fue fundada por el Señor. Sólo el papa puede usar las insignias imperiales y es el único hombre cuyos pies deben besar los príncipes. Le está permitido destituir a los emperadores y sólo él puede investir o deponer a los obispos. Sólo él puede convocar los concilios. Nadie puede reformar su sentencia y sólo él puede reformar la sentencia de todos. No debe ser juzgado por nadie. El Papa es el sucesor de Pedro, a quien Cristo hizo príncipe “sobre los reinos de todo el mundo” y tiene la potestad de mandar sobre el mundo universal (universo mundo imperare).
Ya por el decreto de abril del 1059 del Papa Nicolás II (1058-61) se había determinado que el Sumo Pontífice sería elegido exclusivamente por elección de los Cardenales, sin injerencias directas del emperador o del pueblo.
Gregorio VII (el monje Hildebrando) para el mejor gobierno de la Iglesia, organiza la Curia romana y centraliza toda la administración eclesiástica.

S. Bernardo de Claraval (1090-1153) enseña que el Papa no es sólo el vicario de Pedro, sino de Cristo mismo (vicarius Christi) con poder tanto sobre la Iglesia como sobre todo el mundo entero: rey de la tierra, preside reinos e imperios, gobierna a príncipes, pueblos y naciones. Solo el Papa detenta las dos espadas o poderes: tiene y usa la espiritual; tiene y cede la temporal al príncipe para que la use según voluntad  de la Iglesia (ad nutum ecclesiae).
Con Federico Barbarroja (1152-90)  y Enrique VI (1190-97), las pretensiones imperiales tuvieron una nueva arremetida, pero bajo su sucesor, un menor de edad, la culminación de poder papal fue total con Inocencio III  (1198-1216), bajo cuyo pontificado Francisco de Asís comienza su obra reformadora desde la pobreza evangélica. Inocencio fue el verdadero amo y emperador de Europa, y árbitro indiscutido de todos sus reinos. Era la teocracia en pleno. Inocencio III no solo dispuso del imperio germano a voluntad, sino que recibió homenaje y tributos de Inglaterra (Juan sin Tierra), Aragón, Castilla, Portugal, Suecia, Dinamarca, Polonia, el reino de Kiev, Croacia, Hungría y Bulgaria. Sólo se le resistió el rey de Francia, Felipe Augusto. Los siglos XII y XIII fueron, pues, la etapa más brillante de la Edad Media, la cristalización de la Cristiandad y del poder de la Iglesia.

Pero el inmenso poder papal soportará un alto precio: todas las formas de corrupción, mundanización y abusos de todo tipo en las más altas jerarquías eclesiásticas;  pujas por el papado entre facciones políticas rivales (italianos, alemanes y franceses), el exilio de los papas en Aviñón al servicio de Francia, y un  cisma en el que hubo dos y hasta  tres  papas o antipapas al mismo tiempo.
Todo lo cual irá produciendo un creciente malestar contra el papado romano, lo que provocará sucesivos movimientos nacionalistas-religiosos que culminarán en la reforma protestante y en la ruptura de la Iglesia de occidente y de su ideal de cristiandad.

Duro precio que se pagó por un poder omnímodo, cuya policía era la temible  Inquisición, (primero episcopal y después encomendada a los dominicos), “defensora de la fe”, una fe absoluta que prohibía pensar con libertad; ejemplo de la estrecha relación entre el poder absoluto, un sistema institucional y un pensamiento rígido considerado como la única verdad.
Este instrumento (desde 1184) tenía el funcionamiento de una verdadera maquinaria de guerra, en estrecha alianza entre el poder eclesiástico y el civil (llamado “brazo secular”, encargado de las torturas, ejecuciones y policía). Un ejemplo sangriento, con cientos de víctimas inocentes, para que la historia comprenda qué es la represión ideológica y hasta dónde puede llegar un poder que se considera divino y absoluto.
Un poder universal, que busca extenderse conquistando y evangelizando nuevos pueblos y ampliándose con tantas conquistas que llegarán hasta los nuevos pueblos de América, Asia  y Äfrica en los siglos sucesivos, pero siempre con la misma dinámica de expandir la única fe y cultura verdaderas.

Es el mito de un poder sagrado, siempre considerado como venido de Dios, sea religioso o civil, católico o protestante. El poder como un sacerdocio al servicio de Dios. Tenemos, pues, el marco ideológico para un poder universal sobre el mundo, siempre en nombre de occidente y de Dios, Dios de poder (sin importar si también es Dios de amor) y poder de Dios. De un Dios único y verdadero, de un monoteísmo que será compartido aùn por filósofos y príncipes liberales que se declaran no cristianos.

Por eso es un poder que exige obediencia y sumisión, que necesita “súb-ditos”, o sea “sometidos”, porque es poder divino. Poder y obediencia nacen de este concepto religioso que viene desde la más remota antigüedad y que cristaliza en occidente por medio de san Pablo, san Agustín, santo Tomás y Lutero, plasmado por emperadores, reyes y papas.
Un poder que no se justifica por sí mismo ni por voluntad del pueblo, sino por Dios que habla por sus “representantes”, lo que supone que es la Iglesia la que justifica al Estado (el papa unge al emperador). Poder centralizado y piramidalmente jerárquico, que baja de Dios al papa, de éste al emperador y a los reyes, y de ellos al resto de la pirámide (obispos, nobles, guerreros, funcionarios y sacerdotes, y abajo, muy abajo, el pueblo laico.) Se supone que es Dios mismo quien gobierna mediante sus representantes en la tierra. Es el gran Mito medioeval.

Tienen que pasar siglos para que el poder sea justificado por la voluntad del pueblo y así surja la Democracia. Una democracia que la Iglesia nunca aceptó en su interior, pues sigue constituida como una monarquía absoluta.

La ideología medioeval, hoy, avanzado el siglo XXI, está en crisis total de identidad y de vigencia, en plena época de democracia, posmodernidad y de neoliberalismo. Pero no ha muerto: es la permanente tentación de la Iglesia con su cuota de poder absoluto y de un Papado como autoridad única y absoluta que exige lo de siempre: obediencia y sumisión. La antítesis del mensaje de Jesús tal como revelan los Evangelios. Esta es la contradicción del Papado: predicar el mensaje de Jesús desde un lugar de poder totalmente opuesto al mensaje de Jesús. Esta es la encrucijada del Papa Francisco …

 

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