La Sexualidad, un lugar para todas las formas maravillosas de vivir. S Benetti

LA SEXUALIDAD: UN LUGAR PARA TODAS LAS FORMAS MARAVILLOSAS DE VIVIR 

Lic. Santos Benetti

La sexualidad es el lugar donde se van a dar y efectivamente se dan todas las formas maravillosas de encuentros personales, las formas más sublimes de amor, de ternura, de afecto, de solidaridad y altruismo, de entrega, de creatividad.

Sea que tomemos la sexualidad en su sentido amplio (relación con otras personas, experiencia del propio cuerpo), sea que la tomemos en un sentido más estricto (enamoramiento, amor, relación genital, orgasmo), sea que la vivamos en pareja estable u ocasional, como novios o como casados: qué mundo impresionante de novedades, de expectativas, de fantasías hermosas que se van cumpliendo, de proyectos que se van concretizando.

Y cuántos momentos felices, cuánto afecto en la caricia y en el abrazo materno y paterno, cuántas experiencias fascinantes con amigos; cuántos recuerdos imborrables en encuentros más íntimos: el primer beso, aquella salida en que revelamos un sentimiento de amor, las primeras caricias, la primera vez  que nos desnudamos, la primera relación genital.
Y ese recordar todo el día a la persona amada, las llamadas por teléfono, el estudiar juntos, el preparar el casamiento.
La sensación de que no estamos solos, de que alguien nos ama, de que somos personas queribles, de que valemos. Descubrir nuestra capacidad de amar, de entregarnos, de cuidar a otra persona, de sentirla dentro de nosotros.

Y desde esas experiencias, descubrirnos a nosotros mismos, cómo somos, cómo sentimos, qué sentimos. Apren­der a expresar sentimientos, a hablar de nosotros mismos, a escuchar, a comprender, a consolar, a sentirnos consola­dos.
Y ver cómo la vivencia sexual nos cambia, nos modifica, nos recrea.
Entonces nos entroncamos con la antiquísima sabidu­ría que nos llega desde la India lejana y que pasa por tantas culturas: que la sexualidad es una fuerza, es energía, es mucho más que un acto o una tendencia.
Que es vida, que es la forma plena de vivir; que es lo que nos hace varones o mujeres, personas en todo el sentido de la palabra. Es lo que nos da Identidad.

Y seguir paso a paso, día a día toda la evolución de nuestra sexualidad: el descubrimiento de nuestro cuerpo, sentirnos enamorados, amar, sentirnos trascendidos a no­sotros mismos en una unión que parece casi infinita, casi divina, llena de magia y de hechizos.
Entonces llega la experiencia suprema del orgasmo, mucho más que un placer puramente físico, una especie de éxtasis oceánico -como se lo ha llamado- un trasportarnos a un mundo nunca soñado, indescriptible. ¿Somos seres humanos, somos dioses, qué es esta extraña y fascinante sensa­ción?

Y el amor que se prolonga en días y días, en meses y años. Ahora “somos”: somos una pareja, somos la unión de lo masculino y lo femenino; somos algo que ha sido creado de nuevo, y somos los que creamos cosas nuevas. Surgen los proyectos, el hijo, un tercero que se nos instala en el medio y que nos recrea como familia. Y más proyectos, viajes, vacaciones, trabajos, iniciativas… 

Desde donde todo adquiere sentido

¿Qué serían el amor, la comprensión, la entrega, el cariño, la compañía, la donación, la felicidad, si no emergieran de la relación de los sexos y de la experiencia de nuestra sexualidad? Palabras huecas, meras abstracciones, definiciones del diccionario. En la vivencia de la sexualidad plasmamos nuestros conceptos, los hacemos experiencia, les damos sentido, descubrimos su auténtico valor.

Allí nos definimos como seres humanos, allí asumimos nuestro cuerpo, allí nos sentimos seres pensantes, sintientes y amantes. La  experiencia del amor sexual va plasmando el sentido de nuestra  vida, su orientación, su razón de ser: hacemos por amor,  pensamos con amor, vivimos del amor. Y descubrimos que no son frases hechas, no son meros deseos… que es una realidad  que la palpamos dentro de nosotros y en el otro.

La sexualidad como sabiduría: como un disfrute del cuerpo, de las cosas; como un conocimiento de uno mismo, del otro; como una aventura, como una constante nove­dad, como un juego que se renueva y se trasciende.

La sexualidad como fiesta, como celebración, como ritual de la vida. Algo que los antiguos cultos religiosos descubrieron como el verdadero camino de la gnosis, del conocimiento, de la verdad, de la verdadera realidad.  Sexualidad como sabiduría, como fiesta, como intimi­dad, como reposo, como contemplación.

El silencio que produce la experiencia sexual, el quedar­se sin palabras no porque no haya nada que decir sino porque todo está dicho. Experiencia inefable, imposible traducirla en palabras.

Y la mirada de los amantes: la silenciosa mirada en los ojos, el sentir que se dicen todo sin decirse nada, el saberse que se están tocando la punta del alma, que están juntos aun cuando estén separados. Que los dos son uno, pero cada cual es “sí mismo”.  

La experiencia de la unidad, la antigua búsqueda de todas las culturas: unir lo que está separado, encontrar la perfección uniendo las partes complementarias, lo masculino y lo femenino, cerrar el círculo de la vida.
Es la experiencia del Tao en los chinos, de la iluminación interior de los hindúes, de la androginia original, del Yin y del Yan, del misterio de los griegos, de la unión mística de judíos y cristianos.
Desde esta experiencia comenzamos a comprender todas las culturas, la búsqueda humana por milenios, las grandes filosofías, los movimientos espirituales que crea­ron nuevas culturas y que revolucionaron la historia.

Desde allí nos sentimos conectados a la larga evolución del cosmos, a la filogenia, a la antropología, a la historia humana.
Desde allí nos sentimos conectados con el surgimiento de las estrellas, con el nacimiento de la vida en las cálidas aguas primigenias, y hermanados con todos los seres vivientes, con las plantas y con los animales.
Desde allí nos identificamos con el Sol o con la Luna, con Marte o con Venus. Y con lo manifiesto y lo oculto, con la fuerza y con la ternura, con lo rígido y con lo flexible. Es lo masculino y lo femenino presentes en toda la creación y en todas sus manifestaciones, en todos sus gestos, en todos sus colores y sonidos, en sus planetas, en todos los seres vivientes y en cada ser humano.

Desde la sexualidad nos sentimos una síntesis del universo, materia y energía, cuerpo y mente, gesto y palabra, movimiento hacia afuera y hacia adelante, y movimiento hacia dentro. Penetrar y ser penetrado; engendrar y dar vida.

El amor sexual es como un bosque milenario en el que nos adentramos y cada uno descubre ese algo misterioso que va cobrando vida paso a paso. Su infinidad de elementos se combinan en un todo, el bosque, renovándose siempre, naciendo desde la tierra, sin estridencias ni voces de mando… Simplemente allí está, naciendo siempre y proyectándose hacia arriba. El bosque que se recrea… sexualmente, con esa sexuali­dad espontánea, casi mágica.

Así cada ser humano caminará haciendo su propia experiencia, cada uno expresará esa experiencia a su ma­nera, y cada uno terminará diciendo que en realidad no puede expresar todo lo que vive, que es inefable. Porque sólo el que la vive la puede sentir y dimensionar.

Es la sexualidad creativa y creadora Para vivir y gozar… que ya es bastante”.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *