Educadores atrevidos. Del miedo al atrevimiento… Benetti

EDUCADORES  ATREVIDOS. Del miedo al atrevimiento …

Dialogando con los educadores …

Lic. Santos Benetti

Escuchaba no hace mucho la conversación de dos señoras, casualmente, por cierto. “¿Vio cómo anda el mundo? Qué de peligros les acechan a nuestros hijos y las cosas que están pasando … Y la droga ¿vio? Qué cosa tremenda … y usted no sabe lo que son los boliches de ahora … y esas revistas que salen … Yo, por eso, le tengo prohibido a mi hija todo eso y siempre le digo: cuidate de tantos peligros. Porque mi hija es una inconsciente, ella no sabe de esos peligros, es tan inocente la pobre y ¡zas!, de un día para otro es una drogadicta. ¡Qué horror, Dios mío, qué horror!”.

Lamentablemente en ese punto de la conversación, tuve que bajarme del ómnibus y me quedé sin el final.
Pero me imaginé a la hija de una de las señoras escuchando a su madre acerca de los tremendos peligros que hay en esto y en lo otro, y la pobre cría, inocente según la madre, tratando de imaginar qué serían esos tremendos peligros. Porque si los hay los habrá, pero todo tan confuso, tan generalizado, tan poco claro.
Me imagino a la hija asustada, tirada en la cama antes de dormirse fantaseando qué cosa sucederá en los boliches y qué será eso de la droga que la hace tan tremenda, y que hasta te la meten en el café con leche. Madre mía, pensará la pobre, y yo que siempre me tomo un café con leche en el bar del colegio, a ver si resulto una drogadicta y me busca la policía y qué vergüenza para mis padres y qué dirán en el colegio …
Y despacito se irá durmiendo y esa noche tendrá una pesadilla y la madre acudirá a ver qué pasa mientras le dice: “Dormí tranquila, de qué tenés miedo? No ves que tu madre no tiene miedo de nada?

Muchos padres y educadores se preguntan cómo tratar estos casos y no se me ocurre otra cosa más que hablar con claridad, ser muy concretos y ponerles nombre a las cosas. Porque si les llenamos la cabeza con fantasías de peligros, sólo conseguiremos aumentarles el deseo de probar esos supuestos peligros para ver realmente de qué se trata, o bien volverlos indefensos para el día que tengan que enfrentarlos.

A menudo les damos tantas vueltas a los problemas que todo termina en un vago planteamiento o en una prohibición, porque en el fondo nosotros mismos andamos a oscuras sin saber de qué se trata o caemos en tales exageraciones que los chicos acaban dudando de todo lo que les decimos, o simplemente nos tratan de desubicados e inocentones. ¡Cuánto más corto, simple y sano es el camino de la verdad! Esa verdad que surge del análisis sereno y objetivo, lo más objetivo posible, de la realidad.

Si los peligros son reales, y nadie duda de que existen peligros reales, lo que corresponde es enfrentarlos o aprender a enfrentados, pero no desde el miedo sino desde el real conocimiento del peligro.
Si no son reales, entonces ¿para qué provocar una psicosis de miedo?

Asistir a debates entre padres e hijos adolescentes tiene su encanto. En el último en que participé, hubo algo que me llamó la atención. Cuando los padres se dirigían a sus hijos casi siempre lo hacían desde el miedo a la realidad y a la vida. Como decía una chica: “En mi casa tengo la sensación de que tienen miedo, mucho miedo, pero nunca me dicen en concreto por qué tienen tanto miedo”.

Una señora decía:  “Pero ¿acaso no vivimos en permanente zozobra, que te roban, que te asaltan, que violaciones, que las drogas..”.

– “Ahora no es como en nuestra época. A nosotros nos metieron el miedo por todos lados; miedo al infierno, al pecado, al sexo, a la mujer, al comunismo. Vivíamos como encerrados en’una caja de cristal. Pero ahora me doy cuenta de que no puedo educar a mis hijos de la misma forma. Sin embargo no puedo evitar, cuando les hablo, que salga de mi inconsciente ese miedo que llevo adentro … “.

Muy interesante todo lo que escuchaba: damos cuenta de que los adultos de toda una generación, o de varias, hemos sido como amasados con el miedo, sin contar naturalmente con ese miedo, casi pánico, que nos tocó vivir durante años de dictadura. ¿Quién se atrevía a decir lo que pensaba?

Pero, ¡claro!, el miedo no puede vencerse con el miedo. Hay una realidad que es la nuestra, que está allí, nos guste o no nos guste. No podemos encerramos en una torre inexpugnable ni huir de esta sociedad. Con sólo escapar de los riesgos no resolvemos nada. Esta es la cuestión. La nueva generación está abriendo las puertas de la vida. Y entrar con miedo es ir a la derrota.

– “Yo no quiero que mi hija sea una cobarde. Quiero que sepa enfrentar la vida, que sepa defenderse y luchar por lo que ella quiere “, fue la reflexión final de un padre, y todos asentimos.
Y el clima cambió: habíamos comenzado la reunión con mucho miedo y terminamos perdiéndole el miedo al miedo.

Entonces, tenemos dos modelos educativos: desde el miedo o desde el atrevimiento. Recordemos el diccionario: “atreverse es animarse a hacer algo con riesgos”. Si vivir es una empresa llena de riesgos, dentro y fuera del útero materno, desde la infancia hasta los últimos días; si inexorablemente es un camino de riesgos, ¿qué mejor arma que el atrevimiento, esa capacidad para enfrentar hechos con riesgo?

Cuando la educación se maneja desde el miedo, supuestamente para evitarlos riesgos y peligros, termina cumpliendo el objetivo contrario: inhabilita al educando para enfrentar la vida y lo pone a merced de los peligros, internalizados para siempre como un freno o un impulso autodestructor. ¿Qué director técnico piensa conseguir una victoria desde el miedo al adversario? Sí, desde el respeto al adversario, no menospreciarlo ingenuamente como si todo fuera fácil y simple como caminar sobre un lecho de rosas.

Respeto y conocimiento del adversario para encontrar la forma de ganar el partido sorteando los obstáculos. Porque esa es nuestra propuesta, la propuesta de la educación atrevida: ganar el partido, el largo partido de la vida.

Sí, pero ¿cómo hacerlo? En nuestra época no había droga o era algo tan lejano, como que nuestro gran problema era fumar a escondidas un cigarrillo. ¿ Y qué me dice del Sida? ¡Es que ya ni podemos hacer el amor tranquilos! Y ¿qué les decimos a los chicos y chicas que, de ingenuos e inocentones como nosotros, ni una pizca? Pero si están más informados que nosotros. A mí me hablan de la droga, y lo único que sé es lo que leí por ahí en alguna revista. Pero ellos la conocen porque la prueban, la saben …

– Y nada digamos del sexo. Yo iba a un colegio de monjas y el gran problema era si podíamos besarnos con el novio. Ahora, qué chico o chico de quince o dieciséis años no ha tenido ya alguna experiencia sexual más o menos completa. Y leen de todo, y ven todo tipo de películas, y hablan del tema tan crudamente. Yo me pondría toda colorada, ¡qué quiere que le diga!

– En mi clase, el otro día, salió el tema de los profilácticos, así sin preámbulos. “: Usted qué opina, señorita? ¿Cree que son efectivos? ¿Es cierto que a menudo se rompen? ¿ Y por qué la iglesia se opone?”. Y yo pensaba: “Mirá, vos, si son chicos y chicas de trece o catorce años”.

¿Eso te asusta? A mí me lo preguntaron en sexto grado. Y lo más panchos. Y con esa carita de bebotes que tienen … .

Está claro que el problema lo tenemos nosotros. Fuimos educados al estilo avestruz: taparnos la cabeza, negar la realidad. O en todo caso, la pedagogía del arco iris.

Esa no la conozco.

El arco iris sale después de la tormenta. ¡Cuánto mejor sería que saliera antes! Hablamos después de los acontecimientos o cuando el peligro lo tenemos ante las narices y no nos queda más remedio. Nunca quisimos hacer educación sexual, pero … ahora tenemos el Sida a las puertas, como quien dice, dentro de la casa. ¿Y entonces qué hacemos? O se nos queda embarazada una chica en el colegio, o nos enteramos de que en el viaje de fin de curso pasó lo que pasó o que en esa fiestita de séptimo… Y hasta ponemos cara de sorprendidos, o nos escandalizamos.
Como para que seamos creíbles si somos los últimos en enteramos de la realidad. Somos los hijos del miedo y el miedo da sus frutos: educadores miedosos, padres miedosos. Y en lugar de enfrentar nuestros miedos, los tapamos, los ignoramos y tenemos cien artilugios para no ver lo que estamos viendo.

O salimos con las evasivas idealistas-racionalistas:
“Hay que hacer un planteo global de la situación. Tenemos que hacer un encuadre amplio del problema para que sea realmente educativo”.

La gente se nos está ahogando en el río y nosotros: “Habría que repensar la temática del río y de la natación desde la perspectiva del hombre”.
Todo vale con tal de no enfrentar nuestros miedos, nuestros traumas no resueltos, nuestras represiones. Y hacemos de nuestros miedos, traumas y represiones una ideología educativa. Y me gustaría que me dijesen que estoy exagerando.

No basta leer a Piaget de quien mucho he aprendido para saber qué pasa con nuestros niños y adolescentes. Investiguemos, y sobre la base de esa realidad y antes de pensar qué les vamos a decir a los chicos veamos qué nos decimos a nosotros mismos. Si nosotros no tenemos una respuesta que nos convenza a nosotros, ¿qué podremos decir?

Analizar nuestros miedos y tabúes, nuestra moralina insípida, insípida y cruel, nuestros errores y fracasos.
Y desde allí preguntémonos cómo hacer para que otros triunfen y tengan una vida más sana, más firme, más asentada en la realidad. Pero no dejemos de trabajar sobre nosotros mismos. Esa es la clave.
Atrevernos a enfrentar la vida con una actitud victoriosa, a enfrentar nuestros prejuicios y deformación psíquica y moral, atrevemos a mirar la realidad; la nuestra, primero.

Aprendices atrevidos necesitan maestros atrevidosQue nuestros chicos y chicas son cada día más atrevidos, ¿quién lo duda? (gracias a Dios). Y nosotros ¿qué esperamos para atrevernos?

Ahí está la fuente de nuestra credibilidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *