Navidad: los grandes símbolos navideños. Benetti

NAVIDAD . LOS GRANDES SIMBOLOS NAVIDEÑOS

Lic Santos Benetti

1 LA MADRE VIRGEN

Una mujer ocupa el centro de la Navidad. Su nombre de origen egipcio y hebreo significa “la amada de Dios”. El mensajero divino de nombre Gabriel, que sugestivamente significa “el poder de Dios”, le anuncia un hijo, a pesar de que aún no ha consumado su matrimonio, pues son el poder y la energía de Dios (su espíritu o soplo) los que empujan a la humanidad hacia un nuevo renacer y nuevas fronteras.

Es el comienzo de algo nuevo, y todo comienzo surge de algo virginal, de lo femenino que está en la tierra que produce frutos, y en todo ser humano que nace y renace constantemente. Quien hace germinar es el mismo hálito, soplo o espíritu  de Dios, energía de vida que estuvo soplando en los orígenes del cosmos.

¿Símbolo difícil?

Me  parece increíble que aún hoy no se haya comprendido uno de los símbolos más universales  y más ricos de casi todas las culturas y religiones, y se intente leer este típico “relato mítico del origen”  al pie de la letra como un crudo hecho biológico, lo que provoca, no sólo tremendas contradicciones y serias objeciones de todo tipo, sino la carencia total de una espiritualidad válida para nuestra cultura. Así se ha matado y vaciado uno de los más profundos símbolos de la vida cósmica, humana y espiritual.

En efecto, lo que hoy nos sugiere este relato mítico navideño es que la Vida no es fruto del poder del hombre o de la mujer; es un misterio que aún hoy nos asombra, de cómo hace 3500 millones de años pudo surgir a impulso de una misteriosa energía, cuyos secretos aún la ciencia moderna no ha descubierto. Es la energía que llega a nosotros provocando una grandiosa historia de nacimientos y re-nacimientos.

Los padres no creamos la vida ni somos sus dueños, sólo la transmitimos y cuidamos, pues  somos los intermediarios de un poder que nos sobrepasa, y al que unos llaman dios y otros, hálito de vida, espíritu del universo o espíritu santo, o energía suprema.

Las antiguas culturas siempre se asombraron ante este misterio de una tierra virgen que genera seres vivientes de todas las especies, tierra que siempre fue considerada como la Gran Madre y de cuyo seno participaban las mujeres.

Por eso, este “milagroso” simbolismo se reproduce en tantos mitos de los orígenes de dioses, héroes y grandes personajes de la historia, entre ellos Osiris, Mitra, Zoroastro, Krishna y Buda, todos ellos nacidos de una diosa o mujer virgen y muchos un 25 de diciembre, nacimiento del sol en el solsticio de invierno.

En consecuencia, los padres biológicos no somos dueños de nuestros hijos ni de sus proyectos, como María y José no lo fueron del proyecto de Jesús, proyecto que nace de esa energía cósmica o divina que se siembra y desarrolla en cada ser humano, quien le da forma e identidad desde su libertad y creatividad.

Algo que Lucas y los otros evangelistas se encargan de subrayar: Jesús no realiza el proyecto de sus padres sino que actúa con total autonomía y libertad obedeciendo la voz interior que llega de “su Padre”, como ya a los doce años les recuerda a sus angustiados progenitores: “¿No saben que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».Pero ellos no entendieron lo que les decía. (Lc 2,49-52)

Nace algo nuevo virginal

Lucas, pues, está hablando del nacimiento de una nueva etapa de la humanidad, de una nueva creación que da origen a un profundo cambio promovido por Dios salvador. Un Dios que no salva desde afuera ni desde arriba sino que “es el Señor que está contigo”, en el mismo seno interior de cada comunidad y de toda la humanidad simbolizada en María.

Este es el insólito y revolucionario mensaje que aquella sufrida comunidad cristiana primitiva nos transmite: aunque seamos débiles como esa temerosa noviecita de 13 años, tenemos en nuestro interior una energía que nos llega desde los orígenes del universo, energía que ha creado esta raza de seres humanos con el polvo de la materia inanimada y desde la evolución animal que nos ha precedido.

Es la misma energía que los antiguos representan como “la fuerza del viento, soplo o espíritu divino”, que engendró a los seres humanos desde la primitiva edad de piedra hasta la siempre maravillosa creación de hombres “nuevos”, con el desarrollo del pensamiento y de la razón, de los sentimientos, del arte, la religión, la escritura, la sociedad organizada, la tecnología y, más aún, el constante despertar o nacer del espíritu humano que parece no tener límites.

Ante esta irrupción del espíritu in-novador de la vida sólo nos queda asumir una actitud positiva, bien reflejada en la respuesta de María: Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho; estoy disponible y confío…

Estamos para servir a un proyecto humano que nos quiere partícipes libres y responsables. Pero lo nuevo nos asusta, nos genera miedo y angustia porque es lo desconocido, lo que aún no controlamos, lo peligroso; es el cambio al que se considera necesario pero al que se resiste por miedo a las dificultades, sufrimientos y posible fracaso.

En aquella comunidad (simbolizada en María) la liberación significaba enfrentar al poder del imperio, la muerte por crucifixión,  los soldados de Herodes, la resistencia de los propios dirigentes que habían pactado con el enemigo, la carencia de medios económicos, la avaricia de los terratenientes que esquilmaban a los pobres, la burla de los doctos, el privilegio de los maridos y el sometimiento de las mujeres, los abusos de los sacerdotes, el maltrato a los esclavos… y una estructura social que parecía imposible de cambiar. Y aquella comunidad dijo Sí al nuevo y desconocido proyecto de alcanzar la liberación y desarrollo humano que aún hoy no hemos logrado.

De allí la importancia y necesidad de una madre virgen, porque es un símbolo que tiene vigencia, que lo podemos re-crear cuantas veces sea necesario y según nuestra propia situación.

Es un proceso que aunque tiene una variable biológica es mucho más que eso: es engendrarnos a nosotros mismos como seres únicos en nuestra individualidad y únicos en un proyecto de vida. A eso podemos llamar “nacimiento espiritual”.

2 EL NIÑO ENVUELTO EN PAÑALES

“Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado hijo de Dios”.

El proyecto de una nueva humanidad  se inicia con un niño que ha de nacer. El nombre “Jesús”, similar a Josué, en su raíz etimológica significa “Dios salva”. Todo un signo.

El niño será llamado “hijo de Dios”, símbolo que es el complementario de Dios-Padre, sin connotaciones filosóficas ni dogmáticas: es el sentimiento de quien venera a Dios-Amor-Salvador  como su Padre y ahora por lo tanto, se siente su hijo, concretizado en Jesús, el hijo-niño que nos representa a todos.

Que un niño recién nacido, tierno y endeble, sea considerado hijo de Dios es, seguramente, uno de los momentos más culminantes del espíritu humano de todos los tiempos pues ya no se ve a Dios allá arriba y lejos con gran poder absoluto sobre la humanidad servil y obediente, sino tan cercano a todo ser humano, tan amante y tan íntimo como un padre abrazado al niño adherido al vientre materno. Todo ser humano sin distinción alguna es hijo de Dios por el simple hecho de haber nacido de una mujer. En su desnudez de simple ser humano es tenido por Dios como su hijo.

Lamentablemente teologías muy posteriores tergiversaron gravemente este puro mensaje navideño e introdujeron extraños conceptos de una intromisión demoníaca en los orígenes de la humanidad cuya consecuencia fue que todo niño nace con una herencia de culpa o pecado original que lo excluye del amor de un Dios-Padre …¡Adiós a la universalidad del mensaje navideño que incluye a todos los seres humanos, cualquiera sea su sexo, raza, condición social o creencia religiosa, en la gran familia de los hijos de Dios…!

El Niño nacido, increíblemente, simboliza tanto al Dios que se abaja hasta el hombre, como al hombre que accede a lo divino. El mismo Jesús, según Lucas, aludirá en una de las frases de espiritualidad  mejor  logradas y más  universales,  a la necesidad de nacer al espíritu de los niños para acceder al Reino de Dios: Dejen que los niños se acerquen a mí…  porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. (Lc 18, 16)

¿Por qué hacerse como niños? Porque el niño es el inicio de una nueva vida, es el despertar a la esperanza, es el estado embrionario que debe desarrollarse en plenitud y porque siempre trasunta esas cualidades que son tan humanas como profundamente divinas: frescura, simplicidad, entrega, amor, confianza, ternura, juego y alegría, transparencia y pureza sin doblez ni mentira…

El nacimiento del niño

Hoy necesitamos recuperar el valor simbólico de aquel nacimiento. El símbolo no nos habla de la realidad objetiva de los hechos, sino de la realidad subjetiva de los narradores, de lo que siente y vive aquella primitiva comunidad y de la convicción y testimonio de vida que desea transmitir. Algo que a los occidentales siempre nos cuesta entender… Por eso preguntamos: “¿Pero qué pasó realmente? ¿Es una historia auténtica o inventada? ¿Es una falsificación histórica?…” Nadie hace esas preguntas cuando una madre habla de su hijo y expresa sus sentimientos …

 Y sucedió que cuando se le cumplieron los días del alumbramiento, María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre… Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Y se les presentó el ángel del Señor que les dijo: «No teman, pues les anuncio una gran alegría para todo el pueblo: les ha nacido hoy un salvador;  y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Seguramente este es el texto que más veces hemos escuchado ya desde nuestra temprana infancia, pues “lo sabemos de memoria” y “no sé qué más podemos decir de un relato tan sencillo e infantil”…  Pero lo cierto es que cuánto más conocido y trillado es un discurso simbólico, más difícil es interpretar su sentido, pues de tanto repetirlo quedamos “en el cuentito” y no hacemos el esfuerzo de buscarle otro significado diferente del simple “recuerdo del nacimiento del niñito Jesús”. Y esto vale para el “ingenuo” relato del niño Jesús, la cuevita, los pastorcitos, el burrito y los ángeles cantores… sin olvidarnos del arbolito.

El símbolo central es que “el niño que ha nacido” (tal como el mensajero divino, transmisor de la fe de la comunidad, le dice a los pastores, “iluminando” sus mentes) ese niño ”envuelto en pañales es el salvador”… ¿Es éste un símbolo intrascendente y rutinario, la ocasión para comer y beber lo más abundantemente posible el 24 de diciembre, encender las luces de un arbolito (¿) y hacer sonar petardos, exactamente a las 12 de la noche?

Nacimiento

Si la madre fue virgen, simbólicamente virgen, es evidente que el nacimiento es mucho más que un hecho biológico: es el comienzo de algo nuevo en la historia humana, y debiera ser el comienzo y reinicio permanente en cada uno de nuevas etapas de vivir cada vez más maduras y sabias. Porque toda la vida humana se va gestando en constantes re-naceres de “salvación” desde la lactancia hasta la madurez total y la ancianidad. Nacemos como “salvadores” de la nada hacia la vida. No sólo a nivel biológico (cambiamos de células constantemente  y desarrollamos el cuerpo, sus órganos y sentidos) y psicológico (en etapas bien diferenciadas) sino también a nivel espiritual cuando, por ejemplo, nos descubrirnos a nosotros mismos y comenzamos un nuevo estilo de vida, de ver el mundo de otra manera, de reconocer errores y asumir nuevos valores. Son los grandes cambios SALVADORES que tuercen el rumbo de la vida y de la historia o la introducen en nuevas y más profundas instancias.

Así, la celebración del Nacimiento (Nativitas, Navidad) es, en primer lugar, un llamado a permanecer despiertos en este renacer que tiene tantas formas distintas. De allí la necesidad de cierto silencio e intimidad de una celebración que no por eso debe perder la alegría de todo nacimiento. Navidad es una fiesta hacia adentro, como lo es el día en que una mujer da a luz un bebé. Sin ruidos molestos, sin mirar hacia afuera; todos concentrados en el niño que duerme tranquilo y en la madre que lo contempla extasiada.

Pero hay más aún: si con el nacimiento de Jesús nació una nueva etapa histórica que incluso marcó la data del calendario, el símbolo siempre renovado y adaptado a cada etapa histórica hoy reclama por un renacer SALVADOR de la sociedad, de la cultura, de las Iglesias y religiones, de los proyectos que tienen que ver con el desarrollo social, político, cultural y espiritual de cada sociedad y de la humanidad entera.

En estos siglos que ya son dos milenios, seguramente que mucho se ha progresado en ciertos niveles, pero cuánto nos queda hacer por un nacimiento igualitario, más justo y más universal, sin mezquindades ni fanatismos exclusivistas. Entonces, nada más contradictorio que celebrar navidad sin nacimiento a nada, con un espíritu egoísta ultraconservador, anclados en el pasado, enceguecidos en teorías políticas, dogmas, creencias y ritos que son pura tradición pero sin novedad… sin “evangelio”, sin buena noticia de un nuevo nacimiento.

 

Múltiples símbolos en el nacimiento de Jesús

En el nacimiento de Jesús (según el relato de Lucas más los agregados de Mateo, de los apócrifos y de la tradición posterior) se conjugaron tres grandes grupos de símbolos:

Los símbolos cósmicos del origen, común a casi todas las culturas y de ninguna manera exclusivas  del cristianismo: el niño nace de noche (símbolo del gran útero que explosiona sus virtualidades), en una cueva (símbolo del útero de la madre tierra), una nueva estrella señala su destino, aparecen ángeles (símbolos de la unión de la divino con el cosmos y la humanidad), una gran luz ilumina la noche de los hombres, es el sol naciente…

Los símbolos humanos y sociales: la mujer primeriza en su parto, el esposo que cuida; el ambiente de una humanidad necesitada reflejado en “el niño envuelto en pañales” en un pesebre de animales, y en los rudos pastores que duermen a la intemperie; las acechanzas del malvado (Herodes) que quiere eliminar al niño ; los hombres sinceros que caminan desde lejanas tierras buscando la verdad de sus vidas (los sabios magos); el exilio a un país extranjero, la espada de dolor que atravesará el corazón de la madre (en el cántico de Simeón de Lc 1,35); los ancianos judíos que se alegran por la llegada de la liberación y se reconcilian con las promesas divinas (Simeón y Ana, Lc 1,25-38)

Los símbolos específicamente espirituales que suponen una nueva humanidad y un ser humano con un nuevo corazón y un nuevo estilo de vivir. Los mensajeros celestiales expresan con sus anuncios el rico simbolismo espiritual: el nuevo nacimiento que llega de lo alto, desde el corazón del mismo Dios; el final del miedo que da paso a la alegría; la nueva comunidad de fe simbolizada en los humildes pastores; la luz que despeja las tinieblas del miedo y de la mentira;  la paz a los hombres sinceros, de buena voluntad, y la salvación de todos los oprimidos, porque el Niño es el salvador; la alabanza de gratitud en el “gloria en las alturas”.

Y de pronto se juntó una multitud celestial alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD» Y los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»  

Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.  Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. (Lc 2,1-18)

Delicado e íntimo final de Lucas: María, la mujer madre y la comunidad nueva, medita en su corazón las maravillas vividas. Hay silencio, hay reflexión, hay mirada hacia el interior. No es la espectadora de un hecho externo; la comunidad (nosotros) hace suya toda la riqueza de un simbolismo que nunca se agotará, como nunca se agotará el espíritu humano que, como el ave fénix, ese antiquísimo símbolo de la regeneración, siempre renace de sus cenizas…

Lo que aún hoy me sorprende, no es este conjunto de símbolos en un ambiente humano-divino, tan común y universal en todas las antiguas culturas, sino la cerrazón de quienes se empecinan en una lectura literal, “esencialista” y dogmática de los textos, sin ser capaces de descubrir la maravillosa riqueza de sus símbolos.

¿Será porque es más cómodo quedarse contemplando como simple espectadores un hecho milagroso del pasado que solo nos llega una vez al año en el recuerdo, y no asumir el impresionante compromiso de cambio interior y social, religioso y político que exigen sus símbolos?

¿Cómo no se puede entender el lenguaje de los sentimientos que aparece en el relato evangélico, como si la única manera de hablar de un nacimiento fuera registrar el día, mes y año, el lugar y el nombre del nacido y de los padres, tal como se hace en el registro civil en un trámite rutinario? ¿Cómo no expresar tantas emociones, recuerdos, fantasías, sentimientos y proyectos que nos evoca el nacimiento de un hijo?

 

LAS EMOCIONES NAVIDEÑAS:

  1. Alegría y felicidad

Lo primero que nos llama la atención es la sensación de alegría y felicidad que trasunta aquella humilde comunidad simbolizada en María, también ella humilde mujer. La sola esperanza de liberarse de sus ataduras provoca una alegría indescriptible pero serena, íntima, profunda.

La alegría  y la felicidad son dos características de la espiritualidad; no la alegría por los resultados y beneficios obtenidos, sino esa alegría gratuita por sentirnos seres humanos, partícipes de un gran proyecto de vivir, de gozar simplemente  por acompañar a otros que sufren, de experimentar tantas floraciones de amor, de ternura, de bellos sentimientos que llenan el corazón vacío de egoísmos e intereses.

Es la alegría de los empobrecidos de riquezas mal avenidas y de ambiciones opresivas, alegría simplemente de “ser” y de sentirse unidos al cosmos, a millones de seres desconocidos y a toda una humanidad que camina hacia las mismas metas de amor, de paz y de libertad.

Es la alegría que surge por sentir ya en nosotros la presencia íntima de un Dios que nos empuja a liberarnos, o esa energía infinita que gratuitamente opera en nosotros.

Es cierto que somos un pequeñísimo granito cósmico de alguna estrella, uno de tantos miles de millones de seres humanos que fueron, que son y que serán… pero de cuánta felicidad podemos disfrutar con sólo amar a alguien o sentirnos útiles en un proyecto familiar o comunitario.

¿Por qué será que al cristianismo occidental le ha faltado esta característica, por qué no pudo transmitir la alegría de la fe y de sus creencias y rituales religiosos? ¿Por qué fue el miedo y el aburrimiento lo que mamamos en nuestra educación religiosa desde niños? Al menos fue esa mi experiencia: cuanto más “estudiábamos” la religión y sus mandamientos, cuanto más nos obligaban a los actos de culto, más nos alejábamos de Dios y de la espiritualidad.

 2 Valorar a la mujer

La segunda reflexión que nos sugiere el relato de Lucas es el reconocimiento a la dignidad de la mujer, a quien Jesús la hace primera destinataria de la liberación con numerosas curaciones y le concede el acceso al discipulado, algo que significó una novedad absoluta; una mujer que, como bien es sabido, ocupaba un sitial de inferioridad en la sociedad semita, junto a los niños y los esclavos. María se sorprende de cómo el Señor miró con bondad la pequeñez de su servidora. El símbolo es más que elocuente: por más dios que sea, por más todopoderoso, no puede prescindir de la mujer a la hora de generar vida y lanzar al mundo un nuevo proyecto de liberación. Nunca se pudo ni se puede ni se podrá realizar un proyecto humano sin la activa presencia de la mujer, sujeto participante y sujeto de derecho en igualdad de condiciones con el varón.

Lamentablemente si “al principio, en el origen” fue así tanto en la humanidad como en las religiones, su rol quedará relegado al origen biológico y al ámbito doméstico como ser humano de segunda categoría, con horizontes de desarrollo muy limitados.

El nuevo proyecto supone, antes que nada, “hacer en la mujer grandes cosas”… tan grandes que sin ella ni los hombres que las oprimen y maltratan podrían existir. Tan grande que sin ella no habría próceres ni emperadores, deportistas ni científicos, sacerdotes ni Papas…

Qué pena que el cristianismo que se inició con tan bello auspicio para las mujeres, pronto se olvidó y aún se olvida que por ella vino Jesús al mundo y en ella Dios hizo grandes cosas. En ella, mujer, esposa, madre, discípula comprometida.

No basta ensalzar a la Virgen María si no se integra a la mujer en el gran proyecto humano y espiritual que, desde los orígenes, fue el proyecto de la pareja humana “a imagen y semejanza de Dios”… No basta dedicarle el día de la madre, no basta valorarla desde el exclusivo rol materno y familiar…. Ella está llamada a realizar “grandes cosas”… que nadie le ponga límites….

¿Puede alguien llamarse cristiano sin una sincera aceptación de la mujer en igualdad de condiciones como partícipe del gran proyecto humano de liberación y vida plena?

¿Podemos hablar de auténtica religiosidad y verdadera espiritualidad si no estamos comprometidos con sincero sentimiento y decidida acción en esta justa defensa de los derechos humanos, especialmente de las mujeres?

3 La Liberación humana integral

La tercera reflexión que me sugiere la Navidad es que la salvación o liberación de Dios abarca todas las situaciones opresivas de tipo político y social, y en ningún momento se habla de temas que se consideran “religiosos” o “espirituales, del alma”. Es una salvación terrena, sea de esclavitud y opresión política, sea de liberación del hambre, sea de diversas marginaciones y situaciones de humillación.

Es un Dios que “tiene clara conciencia”  de que las injusticias de las que somos víctimas tienen como sujetos victimarios a una estructura dominada por “soberbios,  poderosos  y ricos”, según reza el cántico de María.

digo “no quiero”.

La liberación terrena, especialmente política y social, fue la primera visión del cristianismo de los orígenes, una visión que se irá apagando hasta terminar prácticamente olvidada y más aún, reprimida, a pesar de que fue el mensaje central del nacimiento de Jesús.

Queda flotando en el aire una pregunta: ¿De qué debe ocuparse la religión?

¿Es la religiosidad  y la espiritualidad un cercenamiento de la vida humana o una forma de integrar todos sus aspectos?

 

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