Historia Cultural 5- Transformaciones siglo 19 y 20. Colonialismo. Independencias. Totalitarismo. Industrialización. Socialismo. Sindicalismo. Marx. Lenin. Comunismo. Doctrina Social de la Iglesia

MÓDULO 6

LAS GRANDES TRANSFORMACIONES
DEL SIGLO XIX  Y XX
El siglo de las naciones independientes
Socialismo versus capitalismo.Totalitarismo. Hacia el fin del ideal de la modernidad

1. Las transformaciones del siglo XIX hasta la segunda guerra mundial. El siglo de las nacionalidades, del colonialismo  y de los conflictos sociales.

De la síntesis histórica de esta etapa tan rica en acontecimientos e ideologías encontradas, podemos deducir varias constantes o líneas de desarrollo, sobre una base general: el enorme aumento del poder humano sobre la naturaleza (técnica, inventos) y sobre los otros hombres (dominación, coloniaje, guerras).

1. 1. Restauración del absolutismo. El conservadurismo

El siglo XIX se abre con la derrota final  (en 1815) de Napoleón, lo que implica una restauración del absolutismo de origen divino desde el Congreso de Viena que instituye la llamada Santa Alianza (de la mano del Primer Ministro austríaco Metternich) entre Rusia (cristianismo ortodoxo), Prusia (protestante) y Austria (católica), con adhesiones posteriores de otras monarquías, entre ellas España. Su objetivo era impedir el surgimiento de movimientos revolucionarios democráticos y autónomos, tanto en Europa como en América, apelando incluso a la intervención armada.

Pero el intento contrarrevolucionario termina fracasando porque las ideas de libertad ya se habían expandido lo suficiente como para que la historia  pudiera retroceder, y por la decidida oposición inglesa a toda intervención y su apoyo a las nuevas nacionalidades, especialmente en América Latina.
La Santa Alianza levanta las banderas del ideal conservador: la alianza del trono y del altar.
La monarquía, la Iglesia, la familia, la propiedad privada, el sistema de privilegios y de clases sociales son considerados como legados de origen divino que la autoridad debe defender. En cambio, el sufragio universal es considerado como una “institución antinatural”, pues las mayorías solo pueden expresar la voluntad de los más ignorantes.

El principal teórico del conservadurismo es el inglés Edmund Burke (1729-97), enemigo acérrimo de la Revolución Francesa, aunque la reconoce como “la revolución completa… de sentimientos, costumbres y opiniones morales”, y de sus ideólogos, especialmente Rousseau, al que llama “filósofo de la vanidad”. (Reflexiones sobre la Revolución francesa)Burke defiende el modelo de la constitución inglesa y la virtud suprema de la prudencia que exige cambios moderados de acuerdo a las circunstancias, sobre la base del mantenimiento del establishment que comprende la desigualdad de derechos de la nobleza, la Iglesia, los terratenientes, los intereses monetarios, el ejército y la monarquía.

En cambio, considera que la democracia de tipo francés es imposible, pues el pueblo no puede gobernar ya que es el elemento pasivo ante los “hombres activos del Estado” y de una “auténtica oligarquía natural”. Es la naturaleza la que ha hecho que los muchos deban ser gobernados por los pocos, pues no saben gobernarse a sí mismos.

En Francia defienden las ideas conservadoras los nobles católicos De Maistre y De Bonald, (y Lamennais en su primera etapa) y en menor grado Chateaubriand, de gran influencia en el catolicismo conservador argentino frente al proceso del liberalismo de Estado de fines de siglo.  Estos autores crean el Tradicionalismo, totalmente opuestos al individualismo liberal y a la revolución. Sostienen, en cambio, las asociaciones naturales de la familia, la región local y el corporativismo profesional y político.

Defienden la moral ligada a la fe religiosa y las virtudes del orden, el honor, la responsabilidad, el trabajo y del heroísmo patriótico, exaltándose la “esencia viril” y el culto a los héroes, a los “hombres providenciales” y a las élites.  En síntesis: Dios, Patria, Familia y Propiedad, con fuerte sentido teocrático y jerárquico del poder y supremacía última del poder espiritual del Papa.
Enemigos del racionalismo, proclaman un sentido providencialista de la historia según la cual la revolución francesa fue un castigo de Dios, mientras Napoleón y los monarcas son el instrumento de su gobierno, como también las guerras de militares al servicio de la noble misión de Francia (y de otras naciones católicas).

Por otra parte, no son los hombres los que crean la sociedad, sino que es la sociedad y las corporaciones las que constituyen a los individuos que se hallan fundidos e integrados en ella (corporativismo e integrismo). Este catolicismo conservador y tradicionalista en lo político, comenzó a abrirse hacia la cuestión social con una actitud reformista, mientras surgía otro catolicismo de corte liberal que comienza a aceptar los postulados de la modernidad.
Pero el ideal de libertad se va imponiendo, por lo que este siglo es llamado “siglo de las naciones”, naciones que se van constituyendo independientes o logrando su unidad nacional, dentro de un contexto general de lucha entre conservadores y liberales, monárquicos y democráticos.

1.2. Las nuevas naciones independientes

a) En América, la mayoría de los países dependientes de España y Portugal logran su independencia por medio de revoluciones burguesas cuyo objetivo era el final de la “tiranía”, pero sin un cambio radical de la sociedad. (Cuba consigue su libertad en 1898 tras la desastrosa guerra de España contra los EE.UU.)
La independencia es preparada por las ideas revolucionarias de la época, especialmente francesas, pero también por la influencia de la doctrina del jesuita Francisco Suárez (+1617), quien sostenía que toda autoridad viene de Dios pero es depositada directamente en la comunidad que detenta la soberanía. Por lo cual condenaba todo despotismo y  afirmaba el derecho del pueblo a la rebeldía y al tiranicidio.

Todos estos países latinoamericanos, mientras logran su autonomía o independencia política, mantienen su estructura tradicional oligárquica de producción agraria y ganadera, sin acceder a la industrialización, e irán cayendo en la dependencia económica del imperio británico al que aportan sus materias primas, con la complicidad de las clases locales terratenientes. Argentina es un buen ejemplo.
La política británica mientras alienta la emancipación de la corona española y portuguesa, impide, al mismo tiempo, que los nuevos países ex dependientes de España logren formar una sola gran nación, según el ideal de Bolívar y San  Martín, sus libertadores. América se fracciona y debilita políticamente, siendo así presa fácil del imperialismo europeo, primero, y norteamericano, después.

b) En Europa logran su autonomía Bélgica (se independiza de Holanda), Grecia (de los turcos)  y tardíamente en 1921, Irlanda (de los ingleses).
Los países balcánicos -sometidos a Austria, Rusia o Turquía, que luchan por la hegemonía- esperan su oportunidad para después de la primera guerra mundial, causada precisamente por esta situación. Polonia fracasa en su lucha revolucionaria contra la dominación rusa (1830-64).

Entre tanto Alemania, superada la desintegración producida por las guerras napoleónicas, se reencuentra con su tradición germánica alimentada con las ideas del gran poeta Goethe y de Herder, y como consecuencia emerge como un gran país unido bajo la guía del reino de Prusia con una gran organización, renacer cultural y económico y un fuerte militarismo, especialmente con el canciller “de hierro” Bismark.

La unidad de Italia, agitada por diversos grupos (especialmente los “carbonarios”) tanto en el sur (Reino de Nápoles) donde actúa Garibaldi (1807-82, conocido en nuestro país por sus andanzas en las guerras contra Rosas) que con sus “camisas rojas” ocupa el “reino de las Dos Sicilias”; como en la Toscana (Mazzini)  y en el norte (Piamonte), es liderada por Cavour. La lucha por la unidad italiana, comenzada ya en 1848. La guerra franco prusiana de 1870 fue la oportunidad para que los italianos piamonteses tomaran Roma y declararan la unidad italiana (monarquía constitucional con Víctor Manuel II), creándose un “impasse” con el Vaticano en cuyo interior quedó el Papa (en ese entonces Pio IX) como virtual prisionero. Esta situación se resolvió en 1929 por medio del Concordato entre Italia (por medio de Mussolini) y el Estado Vaticano (Pio XI).

En la última etapa del siglo XIX también tiene lugar el importante movimiento de nacionalidad de los judíos (dispersos en varios países europeos) con la fundación del movimiento sionista, en cuyo primer congreso de Basilea en 1897, se establecen las bases de una organización política con el objetivo de crear una patria judía en Palestina, garantizada por el derecho público. El nuevo Estado se concretará en 1948.

1. 3. Colonialismo e imperialismo. Hegemonía inglesa

a) Otra característica política es la expansión colonialista  o Imperialismo orientado hacia los países asiáticos (aún China) y hacia el África que, virtualmente, fue repartida entre varias potencias europeas desde la segunda mitad del siglo (entre Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania e Italia. En menor grado, España y Portugal).
Tendrá que llegar la segunda guerra mundial para que las naciones africanas y asiáticas se puedan ir constituyendo en países independientes. En definitiva: todo el mundo cae bajo la dominación de Occidente. sea militar, sea comercial o económica como en el caso de toda América Central y Sur, dependiente de Inglaterra.

Las bases ideológicas de este nuevo imperialismo están en la ideología de la conquista, examinadas anteriormente (siglo XV), vigorizada ahora por los éxitos nacionalistas de las potencias industrializadas, que buscan su autonomía económica con el aporte de materias primas y mano de obra barata (aún esclava) de las colonias. El sostenimiento de la economía nacional hace necesaria la expansión económica colonialista.

Al mismo tiempo se intenta “justificar” la dominación del mundo entero con la doctrina de que las naciones con “voluntad de poder” (Nietsche) y superiores, están capacitadas para dominar a las naciones y pueblos “inferiores”, alimentándose el mito de la misión civilizadora de los países germánicos, eslavos (caso de Rusia) y especialmente ingleses.
Inglaterra crea la doctrina de su “misión universal” cuyo objetivo es un mundo cada vez más inglés. “Es el deber del hombre blanco”, como enseñan Carlyle, Dilke y Sedey.
Es el derecho de la raza blanca, occidental (y cristiana) de imponer su cultura y visión de la vida, de la mano de su poderío militar, agencias comerciales e implantación de infraestructuras adaptadas a sus intereses, como los puertos, ferrocarriles, factorías, etc. Para fines del siglo XIX, de los 1600 millones de habitantes del mundo, 950 se hallaban sometidos al colonialismo europeo.

b) En el siglo XIX, mientras en América se va eliminando la esclavitud, los europeos realizan las grandes exploraciones del continente africano, especialmente los ingleses (famosos son Livingstone y Stanley) y alemanes.
Dichas exploraciones fueron paso previo para el reparto de África en colonias dependientes de las metrópolis europeas a partir de 1850.En los años siguientes se inician las luchas anticolonialistas de los africanos, en general con arcos y flechas, contra las modernas armas de fuego y ejércitos profesionales europeos.
Por ejemplo: lucha de los zulúes en Sudáfrica; las insurrecciones en Rodhesia (1893 y 96); contra la dominación alemana en África Oriental (1889); contra los portugueses en Angola; y otras en Uganda, Costa de Oro, Nigeria, Etiopía (contra el dominio italiano).

Estas rebeliones, que en la práctica duraron hasta principios del siglo XX o comienzos de la primera guerra mundial, aunque siempre derrotadas, crearon la conciencia de la libertad y de la unidad africana que cristalizó en 1902 en la fundación de la OPA, Organización Política Africana, y del Congreso Nacional Nativo Africano en 1912.

Capítulo especial es la situación de África del Sur, donde los hijos de los colonos holandeses, los bóers, se levantaron contra el dominio inglés y proclamaron la independencia de Orange y Transvaal. Desde 1889 el imperio británico contraataca con más de 300 mil efectivos en una dura guerra que finalizó con la paz de 1909 y la fundación de la Unión Sudafricana (Sudáfrica), de tinte absolutamente racista (como eran racistas tanto los bóers como los ingleses).

c) El siglo XIX marca, pues, el apogeo del predominio de Inglaterra, dueña de los mares después de la derrota de Napoleón, y cuya expansión colonialista se extiende desde Canadá a India (de donde ha desalojado a los franceses desde la mitad del siglo XVIII), Birmania y Afganistán, llegando a China, país al que derrota para conquistar los mercados de Oriente, y extendiendo su Commonwealtz sobre Australia y Nueva Zelandia.En África se apodera de Rodhesia, Somalía, Kenia, Uganda, Costa de Oro y Nigeria y ejerce condominio de Sudán.
Al mismo tiempo controla el Mediterráneo oriental ocupando Chipre y Egipto (protectorado).En nuestro país el imperialismo británico militar se hizo presente en las invasiones inglesas (1806-7), toma de las Malvinas (1833) e intervención contra nuestra soberanía, aliada con Francia, en 1838-50, bajo el gobierno de Rosas.

El imperialismo británico alcanza su apogeo bajo el largo reinado de Victoria I (1834 al 1901). Quien lanza decididamente a Inglaterra hacia el ideal imperialista: Inglaterra debe lograr el máximo de expansión económica y asumir su misión de nación británica, cuyos intereses son los de la humanidad, siendo su bandera la de la civilización.  En tanto Kidd (en un libro que tiene 19 ediciones en cuatro años) proclama la superioridad de la raza inglesa y alemana sobre las razas latinas, aún en lo moral y religioso.
Por su parte, la revista Nineteenth Century así define la misión de Gran Bretaña: “Nos ha sido asignado -a nosotros y no a los demás- un determinado y preciso deber: llevar la luz y la civilización a los lugares más sombríos del mundo, despertar el alma de Asia y Africa a las ideas morales de Europa, dar a millones de hombres -que de otra forma no conocerían la paz ni la seguridad- esas primeras condiciones del progreso humano”.

Tal la cínica ideología imperialista británica, masivamente difundida por libros con títulos tan sugestivos como: “La bandera inglesa”, “La canción de los ingleses”, “La carga del hombre blanco” y “El libro de las selvas vírgenes” (todos de Kipling).
En tanto Carlyle proclama el culto al héroe británico: “Es preciso que Inglaterra descubra el medio de llamar al Poder a los más virtuosos y capaces, que les confíe su dirección en lugar de imponerle sus caprichos; que reconozca, por fin, a su Lutero y a su Cromwell, a su sacerdote y a su rey”.

Francia inicia la conquista de Argelia en 1830, y se apodera de Gabón, Senegal, Madagascar, parte del Congo, protectorado de Túnez, e instalándose en Indochina y Camboya en 1863. Bajo el reinado de Luis Felipe I (1830-48) en alianza con Inglaterra bloquea el puerto de Buenos Aires e intenta violar la soberanía argentina sobre sus ríos ante la oposición de Rosas (Combate de Obligado), mientras San Martín sigue las alternativas desde su exilio de Francia.

Italia comienza su expansión africana desde 1887, anexionando Eritrea, Somalía y Abisinia. En  1912 conquista  Libia y ocupa Rodas.
Por su parte, Bélgica se apodera del Congo, mientras
Alemania, tras su unidad, hace otro tanto con Camerún, Togo, África Oriental y África Sudoccidental, lo que suponía unos 2.300.000 kilómetros cuadrados (después de la primera guerra mundial, estos territorios pasarán a manos inglesas o francesas).
El imperialismo alemán se basa en el nacionalismo y el pangermanismo, ya presentes en Fichte y Hegel, quien proclama que “el pueblo alemán está predestinado a realizar el cristianismo” y echa sus racíces en la conciencia política de Prusia como heredera del Sacro Imperio.

Otros ideólogos hacen hincapié en la superioridad de la raza germana (así Richard Wagner, +1883), elegida por la Providencia “para dirigir los asuntos del mundo entero, civilizar a los países bárbaros y salvajes y poblar aquellos que están deshabitados” (dice List). En definitiva, esa fue la idea de Bismarck (“en el fondo sois superiores y los sois para siempre”) como lo será de Hitler.

Otra idea importante (no sólo en Alemania) es la del “determinismo geográfico e histórico” (geografía política) por el que una nación busca alcanzar aquellas fronteras que le son naturales, lo que implica la necesidad de una gran flota y un ejército poderoso.
Todo ello fundamentado en la herencia histórica del pueblo alemán desde el Orden Teutónico y el Sacro Imperio Germánico hasta el culto a Federico II.
En 1907 Guillermo II declara sin ambages en Bremen: “El pueblo alemán, unido en un espíritu de concordia patriótica, será el bloque de granito sobre el que Dios Nuestro Señor podrá edificar y rematar la obra civilizadora que El se propone en el mundo”. Siete años después comienza la primera guerra mundial…

En tanto Portugal mantuvo pertinazmente sus colonias de Guinea, Angola, Mozambique y varias islas.
España conservó sus colonias de Guinea, Sahara y enclaves del norte de Marruecos (Ceuta y Melilla).
Por su parte los Estados Unidos de América, lograda la unidad definitiva tras haber anexionado La Florida en 1819, Texas en 1845,  el amplio territorio de California de México con la guerra de 1845, y reunificados todos los Estados tras la guerra antiesclavista de secesión (1861-5) extienden su territorio de océano a océano. Es la llamada “conquista del oeste” con la eliminación de las tribus indígenas que se ven desprovistas de sus ancestrales derechos sobre sus tierras.

El imperialismo “yanqui” se nutre de ideas similares a las inglesas. El crecimiento económico y demográfico suscita, por su parte, un impulso nacionalista e imperialista que pronto incluye el dominio sobre América Latina. El senador Beveridge en 1900 afirma sin tapujos: “No renunciamos a la misión de nuestra raza, mandataria, en nombre de Dios, de la civilización en el mundo… Avanzaremos en nuestra obra… con un sentimiento de gratitud por una tarea digna de nuestras fuerzas, y llenos de reconocimiento hacia el Dios omnipotente que nos ha señalado como el pueblo elegido para conducir al mundo hacia su regeneración”.

A partir de 1889 y como resultado de las Conferencias Panamericanas y de la doctrina de Monroe (“América para los americanos”, 1823), la USA asegura su hegemonía sobre toda América central y meridional, con numerosas intervenciones militares (Santo Domingo, Nicaragua, Méjico, Chile, Uruguay, Honduras), desembarcos de marines e imposición de tratados. Al mismo tiempo termina el canal de Panamá y adquiere el derecho de su libre disposición más las franjas costeras. Tiene así la llave del control de ambos océanos.

La Doctrina Monroe comportaba 4 principios: las potencias europeas debían dejar de considerar a los continentes americanos como campo de colonización, de modo que todo ataque a cualquier Estado era considerado un ataque contra USA y el resto de América. Por tanto, oposición a la política intervencionista de la Santa Alianza. Por otra parte la USA se comprometía a no intervenir en las colonias europeas aún existentes en América, ni hacerlo en los conflictos europeos (“aislacionismo americano”).
En la práctica, la doctrina Monroe significó que todas las Américas debían estar sujetas a los Estados Unidos (“América”). Tras su aplastante victoria sobre España (1898) la USA anexiona Haway y Filipinas, mientras Cuba se independiza.Como sabemos, la gran democracia del Norte, asentada sobre una Constitución republicana prácticamente inamovible (de gran influencia en la argentina de 1853), implanta un gran proceso de producción agrícola, industrialización y desarrollo que le permitirá llegar a la hegemonía mundial desde el final de la primera guerra mundial.En síntesis, imperialismo norteamericano sobre las bases de nacionalismo, desarrollo a ultranza del capitalismo, crecimiento económico y demográfico, superioridad anglosajona y expansionismo militar terrestre y marítimo (más tarde, también aéreo).

Rusia  tampoco se queda atrás en este avance imperialista, venciendo definitivamente a los turcos y expandiéndose tanto hacia el oeste (Polonia y demás países del centro y de los Balcanes) como hacia el oriente, anexionado Turquestán y después Manchuria, donde choca con el imperio del Japón que le infringe la derrota de 1904-5. Tras la primera guerra, comienza el imperialismo soviético-marxista (ver Marx, punto j,k,)

Japón realiza un rápido proceso de modernización y expansión imperialista desde el reinado de Mutsu Hito (1867-1912), creándose un estado militarista con importante flota naval de guerra. Su poderío le permitió vencer a China (1894-5) y Rusia (1904-5), apoderándose de Formosa, Corea, Manchuria y varias islas del Pacífico.

1.4  Industrialización y Socialismo

a) El proceso de industrialización

Otra destacada característica del siglo XIX es la acelerada industrialización (Nueva Revolución Industrial) que, no sólo está necesitada de la expansión colonial para obtener materias primas, sino que a su vez, provoca una profunda crisis social, con el surgimiento de la clase proletaria reducida a condiciones inhumanas de vida.
La revolución industrial comenzada a mitad del siglo XVIII con el invento de las máquinas a vapor, se transforma rápidamente en un acontecimiento de alcance europeo, primero (Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda y Alemania) y mundial, después, especialmente en los EE.UU. y en Japón. Inglaterra lidera este proceso hasta que será desplazada por Alemania en la última parte del siglo XIX.

La Revolución Industrial (término acuñado desde 1837) sustituye el trabajo artesanal por la maquinaria y las grandes fábricas, lo que supone multiplicación del rendimiento y del incremento de la producción. Al mismo tiempo se forma el capital privado (acumulación del capital) que es invertido en las empresas industriales, y ampliado desde las facilidades de la colonización.
Se genera simultáneamente una nueva concepción del trabajo, como eje fundamental de la vida social, con las virtudes propias del calvinismo: laboriosidad, ahorro y afán de lucro.

Este desarrollo industrial requiere, a su vez, varias condiciones, como la libertad para la iniciativa privada, capitales de inversión, mano de obra disponible y barata, y amplios mercados que absorban la producción y que provean las materias primas.El proceso va acompañado con la revolución en los transportes, especialmente la navegación a vapor y los ferrocarriles (el primero inaugurado en 1830 entre Liverpool y Manchester).

La industrialización implicó también la reforma agraria con ampliación de las tierras, el cercamiento de los campos de los grandes terratenientes (alambrado) y la arrendación de las tierras que son trabajadas con métodos racionalizados y maquinaria moderna. En tanto, queda mucha mano de obra campesina libre, que se vuelca a las ciudades industriales.

El aumento de la producción agrícola, más los adelantos en higiene y medicina, provocan una estampida en el aumento de la población que comienza a crecer a mayor ritmo que la producción y con gran desigualdad social, lo que provoca la emigración hacia América y Australia, como hacia los centros fabriles locales (Argentina a fines de siglo y principios del XX será una importante receptora de inmigración, especialmente italiana y española).

Toda esta revolución técnica que transformó la industria, la agricultura y la ganadería, impuso una estricta reglamentación y disciplina en las fábricas, concebidas como ejércitos de trabajadores (El norteamericano Taylor les dará una estructura superacionalizada y jerárquica, con estricta distribución de tareas, perfeccionada luego por Ford).
El objetivo no era el bien común ni satisfacer necesidades colectivas sino obtener beneficios individuales, siendo su suma la riqueza de la nación.

De esta forma se aumentó el producto bruto nacional en una medida extraordinaria, pero aumentando en la misma proporción la desigualdad social en cuanto a participación en ese producto bruto y propiedad de tierras y fábricas.Ahora la producción se organiza en grandes unidades bien equipadas y planificadas que atrajeron a la población campesina (reducida a extrema pobreza e incapaz de competir con los terratenientes) y la aglutinaron en grandes hacinamientos, sin la menor independencia económica y con constante aumento de población.

El resultado fue una tremenda injusticia y un constante sufrimiento del pueblo, dependiente exclusivamente de ínfimos salarios de hambre.El estímulo de los empresarios era exclusivamente su codicia, tal como enseñaban los padres del liberalismo económico, Adam Smith y David Ricardo. Pero el resultado no fue la felicidad general, como pronosticaba  Smith, sino una competencia feroz y una total insensibilidad social.

A partir de 1840, prácticamente toda Europa se halla agitada por constantes huelgas, revoluciones y movimientos sociales, ya iniciados antes en Inglaterra, que ponen en evidencia las graves falencias del capitalismo liberal, cuyo único éxito es el avance sostenido de las ciencias y de la tecnología en un progreso material que se cristalizará en la llamada “belle époque”, coincidente con el apogeo victoriano, verdadero canto del cisne de la tragedia que se avecinaba en la primera guerra mundial.

Capitalismo que no llega a crisis peores por la explotación de los países colonizados que aportan materia prima y mano de obra barata. Mientras EE.UU., Brasil y el resto de los países americanos liberan a los esclavos, frutos de la perversa colonización de los siglos anteriores, la industrialización genera una nueva esclavitud de la máquina y del capital.
Los efectos de libertad e igualdad de la revolución francesa fueron letra muerta, aún en Francia (que tras la revolución del 48 había instalado la II República para desembocar finalmente en el golpe de estado del 51 que lleva a Napoleón III al gobierno imperial), frente a un capitalismo que se imponía en todo Occidente. En este punto no había ideologías contrapuestas.

Comienza a funcionar el binomio democracia liberal (escasa por otra parte) y liberalismo económico, que se implanta aún en países de gobierno despótico.  Pero todos los intentos de los proletarios europeos por convertir la revolución política en revolución social fueron aplastados sin compasión alguna. Los no propietarios y los ex esclavos o ex siervos (como en Rusia) podían tener ahora acceso a los derechos cívicos y jurídicos, pero no a la igualdad de oportunidades sociales; por lo tanto, no a la real y verdadera libertad.

Al mismo tiempo, comienza a darse un proceso de depredación total de la naturaleza y de contaminación, de lo cual al principio no se tuvo conciencia dada la gran cantidad de bosques, tierras y materias primas, pero que hoy, un siglo después, exterioriza sus nefastas consecuencias (En Argentina, caso de los quebrachales del NE, bien expresados en la película “Quebracho”). La industrialización indiscriminada, preconizada por Inglaterra como la gran panacea, está destruyendo la bioesfera y los recursos vitales para las generaciones futuras (como la situación posterior de la Amazonia brasileña).

b) Sindicalismo y Socialismo

Los obreros industriales, obligados a vender su trabajo-salario a los dueños de la producción, van formando una nueva clase social, extranjeros en sus propias patrias, y recurren a la única arma útil: la agremiación en los sindicatos para negociar colectivamente con los empresarios. Su fuerza era la solidaridad monolítica y clasista. Su arma temida: la huelga general. Prohibidos los gremios en un principio, finalmente fueron legalizados.
Al mismo tiempo se organizan las cooperativas, sea de producción (de tinte utópico, que fracasan), sea de consumo, eliminando los intermediarios y colocando los productos a bajos precios. (Ver en el cuadro histórico los hitos de este proceso). La lucha de clases había comenzado.

En 1848 Marx y Engels son encargados de redactar El Manifiesto Comunista,  proclamando que “La producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica, constituyen la base sobre la que descansa la historia política e intelectual de esa época. Por tanto, toda la historia, desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra, ha sido una historia de lucha de clases entre clases explotadas y clases explotadoras, dominadas y dominantes. Esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y oprime (la burguesía) sin emancipar al mismo tiempo y para siempre a la sociedad entera, de la explotación, la opresión y la lucha de clases”.

El Manifiesto, que comienza con la famosa frase: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”, concluye afirmando que “los comunistas… proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases sociales pueden temblar ante la Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios del mundo, uníos!”.

Sobre todo a partir de la Primera Internacional de Trabajadores (1864) surge la convicción de organizar, no sólo sindicatos sino también partidos políticos que provoquen el cambio, buscándose una línea más realista y revolucionaria frente al socialismo utópico o simplemente reformista.

En 1868 se crea en Inglaterra la Trade Union Congress (TUC) para coordinar al movimiento sindical, y en 1893 el Independent Labour Party (Partido Laborista, totalmente formalizado en 1900).En USA nace en 1886 la American Federation of Labor (AFL), con lucha interna entre obreros especializados y los no especializados inmigrantes.
En Alemania, en 1863, Fernando Lasalle funda la Asociación General de Trabajadores Alemanes, que propicia sufragio universal y cooperativas de producción con apoyo del Estado, lo que provocará la total oposición de Marx.
En tanto los marxistas Liebknecht y Bebel crean el Partido Obrero Socialdemócrata.
En 1875 ambos movimientos se unen y se funda el Partido Socialdemócrata (SDP) que, a pesar de ser perseguido, redacta su programa marxista por medio de Kautsky y la alemana-polaca Rosa Luxemburgo.
En Francia se crea en 1895 la Confederation Generale du Travail (CGT).
En Italia se funda el Partido Socialista de los Trabajadores Italianos (1893) y se crea su órgano de prensa Avanti.En 1906 nace la Confederazione generale del Lavoro (CGL).
Movimientos similares surgen en otros países, como el Partido Socialdemócrata austríaco (1867) o la organización clandestina polaca Proletariado, a la que ingresa R. Luxemburgo, y el Partido Socialista polaco, sueco, etc.

En Argentina: Partido Socialista en 1896. Movimientos obreros, anarquistas y socialistas, desde 1890.
En los otros países latinoamericanos, debido a la casi inexistente industrialización y aún bajo urbanismo, los movimientos sindicales se irán organizando a partir de la crisis económica de 1929, particularmente en las grandes zonas urbanizadas, especialmente de Brasil, Chile y México, y bajo las directivas del socialismo o comunismo internacional.
En 1938 se creó en Méjico la Confederación de Trabajadores del América Latina (CTAL) con el fin de unir a los trabajadores latinoamericanos. Su influencia será muy relativa, y tras su fractura en 1948 por las típicas luchas internas de líneas encontradas, desapareció hacia 1960.
En Chile se funda el Partido Socialista hacia los años 30, siendo importante promotor de las luchas obreras.
En otros países habrá partidos de tipo populista que competirán con socialistas y comunistas por la representación obrera, como el APRA de Perú y posteriormente el Justicialismo en Argentina.
En Brasil, bajo los mandatos del presidente Vargas y su proyecto corporativista, se fundan hacia 1945 el Partido Trabalhista y el Partido Social Democrático contra la oposición conservadora de la Unión Democrática Nacional.

Como resultado de las presiones socialistas y también del ya incipiente movimiento social cristiano (importante en Alemania y Bélgica, donde será Nuncio Apostólico el futuro Papa León XIII)  se producen  cambios en la política social de los Estados.
Así, por ejemplo, Inglaterra crea en 1833 la primera ley sobre trabajo en las fábricas, prohíbe el trabajo femenino en las minas (42) y reduce la jornada de mujeres y niños a diez horas (47). En tanto Francia prohíbe el trabajo de niños en las minas, al igual que Prusia. En Alemania se crean en 1883 las leyes de seguridad social (origen del Estado de Bienestar), que servirán de modelo para Francia e Inglaterra.
En 1891 se introduce el descanso festivo.

El problema social, por tanto, es asumido como tal por la nueva ideología del Socialismo en sus varias formas: primero, el utópico (Saint Simon, Proudhon, etc. que después ampliaremos), luego el socialismo científico de Marx y el socialismo-democrático o socialdemocracia, y finalmente el marxismo revolucionario de corte comunista que se instalará en Rusia con la revolución de 1917 y que tendrá alcances internacionales hasta la década pasada de nuestro siglo (todos temas que desarrollaremos en los puntos siguientes).
La victoria comunista en Rusia, desde entonces Unión Soviética de las Repúblicas Socialistas, genera en el siglo XX la más tremenda tensión entre socialismo y capitalismo, y la expansión de las ideas marxistas por Asia (China, Viet Nam), y después de la segunda guerra mundial por América (Cuba y movimientos de liberación) y África, en el contexto de la Guerra Fría.

2.   El socialismo y la crítica al capitalismo

2.1.  El socialismo utópico

El término “socialismo” aparece en Inglaterra y Francia entre 1830-40, pero con un sentido bastante vago, sea como oposición al individualismo, sea como sistema de asociaciones cooperativistas, para indicar luego una doctrina de reforma social.Las voces socialistas se levantan especialmente desde la crisis inglesa de 1815 (Francia aún no vive una etapa de fuerte industrialización) que desmiente el optimismo de la teoría liberal, con el auge de la concentración de las fortunas y una constante pauperización de la clase obrera.
Estas ideas socialistas toman cuerpo tanto desde sectores iluministas, como románticos y cristianos, dando por lo general soluciones un tanto utópicas y poco encarnadas en la realidad política.

a) En Inglaterra se destaca Owen (+1852), un gran empresario, sobrio y generoso, de tendencia anarquista, que funda una fábrica modelo. De espíritu filantrópico, preconiza una reforma de la sociedad, proponiendo la mejora de la vivienda y de la higiene, la construcción de escuelas, reducción de las horas de trabajo y aumento de sueldos, modificación del trabajo infantil, etc. Después se inclina por la creación de granjas colectivas agrícolas y fábricas de corte comunista, como la fracasada colonia comunista en Indiana (USA) “La Nueva Armonía”
También se inclina por bancos cooperativos y mutualistas, hasta erigirse en el apóstol de un mesianismo social con la llegada del Reino de Dios a la tierra en una era de virtud y felicidad.

b) En Francia nos encontramos con:
1.     Saint Simon (+1825) quien afirma que el desarrollo histórico se produce en épocas de crecimiento y otras de decadencia. Proclama un nuevo cristianismo centrado en las ciencias y en el amor al prójimo. De espíritu positivista (tuvo como secretario a Compte) subraya la importancia de los productores (opuestos a los ociosos o zánganos), sean granjeros, banqueros o cerrajeros, y de la organización de la economía, especialmente del crédito. Su ideal, es pues, tecnocrático.
Los saintsimonianos, que extenderán su influencia por bastante tiempo, quieren realizar una reforma global de la sociedad, mientras predican la unidad del género humano, la concordia y la armonía universales, anunciando una futura edad de oro, edificada sobre la industria y los transportes, base de la paz definitiva. Su doctrina es, como fue llamada desde 1830, “la religión del progreso”. Uno de los resultados de sus ideas  fue el desarrollo de los ferrocarriles franceses y los planos del canal de Suez.

2. Fourier (+1835), por su parte, postula un “trabajo atractivo” y la creación de “falansterios” comunistas de 1600 personas. Al mismo tiempo, realiza una crítica al capitalismo y al comercio, mientras ofrece una interpretación global del universo encaminado hacia la unidad del género humano. Mientras se opone al sistema industrial al que considera “un mundo al revés” ya que “las manufacturas progresan a causa del empobrecimiento del obrero”, y a los comerciantes (parásitos aprovechadores), opta por la agricultura y la horticultura.

3. Proudhon (+1865) propicia la eliminación de la propiedad privada, considerada “como un robo” y la implantación de la justicia, ley del progreso histórico. En 1846 rompe con Marx. Entusiasta de la libertad y de la igualdad social, desconfía tanto de la democracia liberal como del Estado burocrático. El equilibrio entre libertad e igualdad sólo puede realizarse por una solidaridad fraternal, pues “el hombre más libre es el que tiene más relaciones con sus semejantes” (Confesiones de un revolucionario).
En este sentido, es partidario del sistema federal, tanto dentro de la nación como entre naciones; y del mutualismo que permite resolver la cuestión social sin violencia ni lucha de clases. El problema social es, en definitiva, un problema moral que sólo puede resolverse por medio de la justicia, virtud suprema que consiste en el respeto de la dignidad humana, en cualquier persona, en cualquier circunstancia y a cualquier riesgo. Para Proudhon: “Las revoluciones son las sucesivas manifestaciones de la justicia en el mundo” (brindis en 1848).

c) Bakunin (+1876, “Dios y el Estado”), el ruso amigo de Proudhon, funda el “comunismo anárquico”, propiciando la lucha de clases en contra de la postura utópica que buscaba la conciliación de las mismas. Aunque el anarquismo tuvo infinidad de variables, el nacido de Bakunin y Kropotkin se presenta como una filosofía de la naturaleza y de la vida humana. Partiendo del principio de que el universo es materia en perpetua y libre evolución o anarquía, tal anarquía es la ley fundamental del mundo y de la sociedad. La rebeldía, por tanto, es la ley natural del hombre.

En consecuencia: se predica el más radical ateísmo contra el orden de Dios y de la religión. De la misma forma los anarquistas se rebelan contra todo orden político y social, sea el Estado, sea la democracia representativa, sea la organización de partidos políticos o un sindicalismo orgánico.Por el contrario, se preconiza la libre expresión de las masas populares en lucha permanente contra toda forma de opresión y de elitismo.
Por eso el anarquismo, cuyas formas violentas criticó Marx, es considerado como la reacción desesperada del proletariado frente al imperialismo capitalista y la oportunidad de la irrupción de las masas en la vida política. En líneas generales, todo este socialismo utopista será absorbido por el socialismo marxista y desechado en la Primera Internacional de los Trabajadores (tema que luego desarrollaremos). El anarquismo continuará por un tiempo con vida propia en algunos países, como España (donde funcionará una agrupación anarco-sindicalista hasta nuestros días), y tendrá un gran vigor en los inicios del sindicalismo argentino, traído a nuestras tierras por inmigrantes europeos.

2. 2  El pensamiento de Carlos Marx  (1818-1883).

Nacido en Tréveris, este hijo de un abogado judío estudió en las Universidades de Bonn y Berlín, siendo primero un hegeliano de izquierda. Se pasa al socialismo durante su estancia en París (1843-5), residiendo posteriormente en Bruselas, Colonia y nuevamente París donde publica con Engels el Manifiesto comunista (1848) que significa el paso del socialismo utópico al de realización histórica. Antes, en 1845 (Tesis sobre Feuerbach; La Sagrada Familia) formula los principios del materialismo filosófico señalando la misión de la filosofía de convertirse en el alma de la praxis revolucionaria y no solo de la interpretación de la historia.
En 1848 (Miseria de la filosofía) refuta a Proudhon y rechaza todo socialismo no científico.
En 1849 se establece en Londres desde donde inspira al movimiento obrero internacional y donde muere. En 1862 rompe con Lasalle y su socialismo nacionalista y estatista, y lucha contra la influencia del partido socialdemócrata de Alemania.
Desde 1864 contribuye a formar la Primera Internacional, combatiendo las tendencias de Proudhon y especialmente a Bakunin, al que considera “una nulidad como teórico”.

Para Marx y Engels, el anarquismo es un puro voluntarismo no científico, incapaz de comprender el proceso dialéctico de la historia y la praxis de la revolución.
La principal obra de Marx, El Capital, la publica en 1867 (primer volumen) Los volúmenes II y III los publica Engels entre 1885 y 1895.
Marx, uno de los últimos representantes del humanismo, que leía todos los años a los clásicos griegos y a Shakespeare en sus idiomas originales, conocedor del Quijote y de la literatura árabe, fue un apasionado por la libertad, la verdad y por su familia. Será el hombre más odiado y calumniado de su tiempo y de los siguientes, pero también el más amado.

El marxismo se presenta como una interpretación completa de la vida humana y de la naturaleza, ofreciendo una versión sobre el presente, pasado y futuro del hombre.El presente lo explica Marx desde el análisis de la economía, en la crítica del capitalismo (teoría del valor-trabajo). El pasado y el futuro desde los escritos sobre el sentido de la historia (materialismo dialéctico)
Para Marx la economía es el meollo de la sociedad, de modo que el hombre, entendiendo la economía, es capaz de captar la esencia misma de la sociedad y de la vida humana, del presente, pero también del pasado y del futuro.Al hablar de “marxismo”, es importante recordar que, a partir de 1844, Marx tuvo como íntimo colaborador a Friedrich Engels (1820-95), siendo ambos los autores de la doctrina marxista.

a) Marx se concentra en el estudio del hombre “real” y empírico, alejándose de los estudios del hombre de la naturaleza o del hombre conceptual;  ese hombre real que  consume alimentos, ropa, necesita una vivienda, etc. y que se obligado a trabajar y producir.El signo típico de la naturaleza humana es la producción, consciente y planificada; no la racionalidad, ni la vida política o la risa. La racionalidad y la conciencia son elementos secundarios. Marx supone que fue la presión de las necesidades la que elevó al hombre hacia su humanidad y racionalidad, afirmando en consecuencia la primacía de la productividad sobre cualquier otro elemento humano.

Son, pues, las condiciones materiales las que determinan la vida humana y el pensamiento. ¿De qué forma?  En cada época los hombres tienen acceso a ciertas fuerzas productivas y utilizan determinados objetos (animales, herramientas, etc.), de modo que se van adaptando a las exigencias de la tecnología (así los nómades que se van adaptando a la vida sedentaria al tener acceso a las técnicas de la agricultura), de modo que se modifican a sí mismos y deben modificar sus  instituciones (propiedad, comercio, familia, etc.).

Así se van generando distintos modos de producción (el asiático, el greco-romano, el feudal, el capitalista) y cada modo de producción conlleva una tipo de organización social y un sistema de relaciones y obligaciones mutuas (entre señor y siervo, patrón y empleado).“¿Qué es la sociedad, cualquiera sea su forma? El producto de la acción recíproca de los hombres. ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las facultades productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, comercio y consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, organización de la familia, de estamentos o clases; o sea, de una determinada sociedad civil, a la que corresponde un determinado orden político…” (Carta de Marx a Annénkov, 1846).

O dicho brevemente: “El molino movido a mano nos da la sociedad de los señores feudales; el molino movido a vapor, la sociedad de los capitalistas industriales” (La miseria de la filosofía). Las condiciones de producción determinan quién tiene acceso a la propiedad, o no. Así, en el capitalismo, los patrones poseen y acumulan, mientras que los trabajadores luchan al borde de la inanición, sin poseer nada y separados de los medios de producción. De modo que las condiciones de la producción determinan la distribución de ingresos, el consumo y el comercio, con dinero o por intercambio de productos.

Por lo tanto, Marx considera que estos elementos (ingresos, consumo, dinero, etc.) no son categorías eternas o estables de la sociedad, provenientes de algún derecho natural y esencial (como enseña el capitalismo y el liberalismo) sino que son productos históricos y transitorios. Es absurdo pensar que “las leyes del comercio…  son las leyes de la naturaleza, y por tanto, las leyes de Dios” (cita de Burke en El Capital). De allí la falacia de la ciencia económica capitalista que no atiende a las condiciones históricas que provocan el salario, el  dinero, el interés, etc.

Pero Marx extiende este principio de que todo depende de las condiciones históricas de la producción (materialismo), también a la moral, la filosofía, la religión y la política. Y rechaza como “ideología” la opinión opuesta de que el hombre tiene una inteligencia independiente, a cuya luz forja sus instituciones y sus convicciones. (Ideología: doctrina que nace de la mente y no de la realidad concreta).

b) Ahora bien, la característica común de todos los modos de producción históricos es que el dominio de los medios de producción no ha sido compartido por todos, sino por algunos propietarios; mientras que la mayoría ha tenido que trabajar para ganarse la vida. O sea, un sistema donde muchos dependen de pocos.
De esta forma, las masas han sido privadas de la oportunidad de ser hombres libres y valiosos en sí mismos, pues han terminado en la dependencia (de esclavos, siervos o proletarios) y sometimiento de otros hombres, que aunque iguales a ellos, los han privado en forma arbitraria de sus medios de vida y de los medios de producción.Así la dependencia ha generado deshumanización y pobreza impuestas por los explotadores.

Las diferencias de cualidades naturales y de características sexuales fueron engendrando “naturalmente” esta situación, expresada en la división de tareas y roles. A medida que los hombres fueron constreñidos a ser pastores o trabajadores fabriles, fueron perdiendo su posibilidad de desarrollar las otras capacidades humanas. Así se van fragmentando como hombres y embruteciendo en un trabajo, que no es fuente de satisfacción, sino de esfuerzo por sobrevivir.

Se fragmenta cada hombre, pero también cada comunidad en compartimientos de tejedores, panaderos, granjeros, intelectuales, rurales o urbanos, enfrentados entre sí, en una guerra de todos contra todos, de intereses particulares contrapuestos.Finalmente, la fragmentación se vuelve social con la división de dos clases sociales: los pocos que controlan los medios de producción, y los muchos desposeídos que trabajan en los medios de producción.
Una fragmentación que se expresa en la división de la sociedad burguesa (civil) entre lo político y lo económico-social:“Allí donde el Estado político ha alcanzado su verdadero desarrollo, el hombre lleva… en la realidad, en la vida misma, una doble vida, una celestial y otra terrenal: la vida de la comunidad política, en la que se considera como ser colectivo, y la vida de la sociedad civil, en la que obra como un particular. Ve en los otros hombres instrumentos suyos, se degrada a sí mismo como instrumento de los otros y se convierte en juguete de poderes extraños” (La cuestión judía en Ensayos selectos de K. Marx, 1926).

Para Marx, la “sociedad civil” es un enclave individualista, esfera privada contra la comunidad, parte inevitable del orden capitalista. Por tanto, no es sinónimo de sociedad política. Es el equivalente de la economía capitalista y del “mercado”, medio donde se expresa la agresividad humana y la lucha de intereses, sobre supuestos derechos naturales e inalienables, tal como enseñaran  Locke y seguidores.
De este modo, es la propiedad privada de los medios de producción la que impide toda comunidad de intereses, toda producción como acto social por todos y para todos. Por tanto, los modos de producción y las instituciones de la propiedad privada han generado la fragmentación y el conflicto entre los hombres. Y lo que ha impedido que los muchos se liberaran de sus pocos opresores ha sido el poder del Estado, inventado por los pocos opresores para mantener su orden.
El Estado es el órgano de coacción sobre las clases proletarias, que por falta de conciencia terminan obedeciéndolo y apoyando a sus tiranos.La humanidad necesita una total emancipación de todas sus cadenas, para lo cual los hombres deben superar su estado de limitación y de sujeción en el proceso de producción. De esta forma, el estado de necesidad y el estado de sociedad política coexisten como el estado de la servidumbre humana, o “alienación” del hombre.

c) El hombre es, pues, un ser necesitado, dependiente de cosas externas y de otros hombres para satisfacer sus necesidades.Pero además de ser necesitado, es un ser esencialmente “social”, llamado a vivir en comunidad y necesitado de la comunidad para desarrollarse plenamente. Es parte de un todo, a pesar de que los medios históricos de producción lo obligan a fragmentarse y a considerar a los otros más como objetos que como personas iguales a él, más como instrumentos para satisfacer sus necesidades que como sujetos. Por eso no puede ser plenamente humano ni lograr la armonía consigo mismo, “enajenado” de la naturaleza, de sí mismo y de los frutos de su trabajo.

Y hasta tanto el hombre no logre trabajar para desarrollarse, y no sólo para tener que subsistir desde la explotación de los otros, nunca podrá ser perfectamente libre ni podrá lograr la perfecta articulación armónica de la sociedad y de la naturaleza.Hasta ese entonces, los hombres se tratarán como enemigos e instrumentos, y tratarán a la naturaleza como simple fuente de lucro, y no como goce y belleza. Esta es la situación de la sociedad civil (burguesa) que ha propuesto el propio interés como principio de la vida y de la producción.

La propuesta de Marx es superar esta etapa utilitarista individualista y capitalista para reemplazarla por la especie humana como fraternidad universal. Una propuesta, que no solamente abandona su método empírico, sino que revela un sentido escatológico de la historia, con ciertas influencias del profetismo bíblico que Marx conocía.

d) Marx, no sólo niega que las categorías del capitalismo (capital, utilidad, dinero, interés, propiedad privada) fuesen parte de una esencia humana, sino que niega que cualquier cosa tenga esencia eterna y universal, pues todo es cambio y relación, de modo que las diversas especies están siempre evolucionando, y cada situación humana es determinada por el tipo de relación que se establece, pues nadie puede ser esclavo si no hay un amo que lo oprime.Por tanto, todo fluye (teoría del griego Heráclito) y todo fluir es movimiento.
De allí la necesidad de captar la ley universal del movimiento, ley que gobierna a la naturaleza, pero también a la historia humana y al pensamiento en un proceso esencialmente contradictorio de vida y muerte, de ser y de dejar de ser.

El cambio resulta de la mutua oposición dialéctica de dos elementos contradictorios  (tesis y antítesis), como el grano (tesis) que muere para dar lugar a la planta (antítesis) que muere a su vez para producir nuevos granos (síntesis), según el ejemplo dado por Engels. De la misma forma, toda la historia humana y todo el pensamiento humano se halla en un proceso dialéctico. La causa que provoca este movimiento es el modo de  producción con todas sus mutaciones.Por eso la doctrina marxista es llamada “materialismo dialéctico” para distinguirla del “idealismo dialéctico” de Hegel, para quien es la razón la fuente primaria de todo el proceso.

Para el marxismo, pues, la base de todo desarrollo de la sociedad es la contradicción en el orden de la producción, siendo la mayor contradicción el conflicto de clases, conflicto que no puede resolverse con componendas o reformas del capitalismo sino con la revolución que aniquila las clases existentes y las reemplaza por la síntesis de “un nivel superior” (o sea: proletarios: tesis; amos: antítesis; nueva situación por la revolución que niega la antítesis: síntesis).

Marx reconstruye toda la historia humana y la interpreta desde esta dialéctica materialista. De modo que cada etapa hereda un modo de producción y un sistema de relaciones humanas adecuado a ese modo de producción; después ocurren cambios en el modo de producción (por nuevas necesidades, descubrimientos, etc.). Esto provoca un choque entre el antiguo modo de producción (tesis, ejemplo, el feudalismo) y el nuevo (antítesis, el capitalismo), por tanto, entre las antiguas clases dominantes y las nacientes. Así se explican “todas las colisiones de la historia”.
En el ejemplo del paso del feudalismo al capitalismo, fueron las máquinas las que produjeron el cambio de producción. El maquinismo liquidó los gremios medioevales con sus maestros y aprendices, y trajo la nueva relación de patronos burgueses y trabajadores asalariados, sin más nexo que el salario.De modo que los más capacitados y afortunados siervos del feudalismo ahora se apropiaron de los medios de producción y constituyen la burguesía.

Estos nuevos dueños de los medios productivos necesitan de los asalariados, y los asalariados de los patrones para poder subsistir. Rápidamente se fue produciendo un choque entre los intereses de ambos grupos, sobre todo por la expansión de la industria y del comercio que exigió una mayor escala de producción.El choque se acrecentó también por las propias contradicciones del capitalismo (que luego analizaremos).
Por tanto, el pleno desarrollo del capitalismo individualista y maquinista exige la absoluta pauperización y deshumanización de los asalariados por las presiones de la competencia capitalista.Finalmente, llega una etapa en que la miseria de los proletarios asalariados estalla y se provoca el choque de clases en un combate decisivo, porque la victoria proletaria introduce a una nueva época del hombre.

En esta nueva etapa, los proletarios no tienen riquezas propias ni deseo de volverse propietarios de los medios de producción en cuanto clase social. Su propósito no es ocupar el lugar de los antiguos explotadores, sino poner fin a toda explotación.
El medio para ello es suprimir la propiedad privada, suprimiendo así la distinción entre propietarios y no-propietarios, y por tanto, la distinción de clases sociales.Finaliza así la lucha y comienza una historia verdaderamente humana. Es la última etapa del gran desarrollo del modo de producción.Desaparecida la causa de la opresión y la necesidad de la coacción del Estado (instrumento de los opresores), también el Estado desaparece, para ser reemplazado por la fraternidad universal del hombre.Tal la llamada “utopía marxista”.

e) Marx sabía que su pronóstico de esta humanidad fraterna dependía de su diagnóstico de las actuales condiciones económicas implantadas por el capitalismo liberal, esencialmente malo y generador del conflicto social.De allí que la teoría económica de Marx es básicamente una crítica del capitalismo, mostrando sus contradicciones y su transitoriedad histórica, como también de todas las instituciones capitalistas.Tal el origen de su principal libro El Capital: crítica de la economía política.Un libro que se centra en criticar al capitalismo (esencialmente inglés), pero que no produce una doctrina económica propia de la nueva etapa o economía socialista.

Para Marx, el capital es riqueza productiva que genera ganancias. Y se habla de “capitalismo” porque los medios de producción y de propiedad privada son fuentes de ganancia para los propietarios, o sea, para los capitalistas.Aquí el concepto clave es el de “ganancia”: no es tan sólo un excedente económico (como el de las economías primitivas o feudales), como “capital” no es un mero elemento productivo de riqueza.
En Marx, capital y ganancia son dos conceptos complementarios entre sí. La ganancia aparece en forma directa como parte del precio de un producto que el capitalista reclama. Pero, ¿con qué derecho?La economía clásica (inglesa) respondía que el trabajo es la fuente de valor, de modo que la cantidad de trabajo empleada en un producto se relaciona con el valor del producto. La conclusión sería que quien puso el trabajo, tiene el derecho a ser el propietario del producto. Esto tiene vigencia cuando alguien produce para sí y con sus propios medios de producción.

Pero no es lo mismo cuando quien trabaja necesita de los medios de producción de otro, el cual tiene derecho a una parte del valor del producto. Por tanto, hay una ganancia relacionada a la propiedad (de tierra o bienes de producción). De modo que ahora la ganancia es compartida por los propietarios y los trabajadores.
En el esquema de Hobbes, Locke, etc., en el estado de naturaleza no había propiedad privada como tal, y es la propiedad privada la que engendra el orden social y político sobre la base de la desigualdad de cualidades naturales. Por su parte, el Estado, vigila sobre los derechos de los propietarios para que no sean conculcados.
Rousseau, con su teoría de la bondad del estado natural del hombre, plantea que los males llegan por la sociedad civil y el Estado, allanando así el camino a la teoría de Marx, quien niega que la propiedad privada sea condición para una existencia humana social y política decente, próspera y estable.En consecuencia, niega validez a todo el sistema liberal capitalista de Hobbes y Locke en adelante, tanto en su aspecto económico, como político y social.

f) Marx comienza con la distinción tradicional liberal entre valor de uso (ejemplo, entre el uso de zapatos o de camisas) y valor de cambio (intercambio de camisas por zapatos). Mientras que el uso de ambos objetos es distinto y también ambos requieren distintas capacidades para producirlos, en cambio ambos objetos necesitan una determinada cantidad de energía humana para ser producidos. El esfuerzo humano de trabajo es el mismo, sea para producir camisas o zapatos. Y de este esfuerzo depende el valor del producto, algo que Marx no demuestra, pues da como algo sobreentendido. Ahora bien, la suma de todos los esfuerzos de trabajo individual es la capacidad que una sociedad tiene para satisfacer sus necesidades.

Pero como los bienes de producción están en pocas manos de los propietarios capitalistas, éstos necesitan producir más de lo necesario para aumentar sus ventajas e intereses. De este modo, lo que el capitalismo (como A. Smith) considera una virtud, o sea, aumentar la producción desde el incentivo del lucro e interés personal, Marx lo considera como una deformación y el verdadero motivo de la iniquidad y desigualdad social, pues ya no se produce para las necesidades de la comunidad, sino para el lucro de unos pocos.

En el capitalismo (con sus dos clases de propietarios y de asalariados), los desposeídos deben vender a los propietarios un bien llamado “fuerza de trabajo” (no, trabajo), o sea, la capacidad de trabajar durante un tiempo determinado para satisfacer sus necesidades, mientras que “trabajo” es la duración real de la actividad. Para Marx, esta distinción es fundamental, pues el valor de un día de fuerza de trabajo es la cantidad de trabajo necesario para la subsistencia del trabajador y de su familia.
Pero si un trabajador sólo necesita seis horas de fuerza de trabajo para sus subsistencia, y trabaja ocho, quedan dos horas que se llaman “plusvalía” y esa es la base de la ganancia. Pues por esa plusvalía el obrero no recibe paga, aunque él lo sabe y acepta. Por tanto, es una situación no-engañosa, por un lado, pues el contrato así lo estipula; pero engañosa, en cuanto que el sistema capitalista es perverso al plantear esa situación.

Con esta teoría y esta distinción entre fuerza de trabajo y trabajo (al obrero se le paga por la fuerza de trabajo y no por el trabajo), Marx entendió que había descubierto la contradicción del capitalismo y el meollo de la cuestión social.
Esta contradicción es base para otras: por ejemplo, la introducción de la maquinaria para una mayor producción hará que se prolonguen las horas de trabajo para unos, y otros queden sin trabajo.Al mismo tiempo, las leyes del mercado exigen abaratar los precios, lo que se consigue con mejores máquinas que restan trabajo a los obreros que van entrando en la desocupación y cada vez más profunda pauperización.
Marx continúa con otros tópicos, siempre preocupado por demostrar que el capitalismo es intrínsecamente contradictorio, y que la única solución, no es su reforma, sino su eliminación. Cuanto más crece el capitalismo, más se acerca a su disolución y caída.

g) En efecto, “todos los métodos encaminados a intensificar la fuerza productiva social del trabajo se realizan a expensas del obrero individual… se truecan en medios de explotación y esclavizamiento… mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fragmentario, lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina… le enajenan las potencias espirituales del proceso del trabajo… corrompen las condiciones bajo las cuales trabaja; le someten… al despotismo más odioso y mezquino; lanzan a sus mujeres e hijos bajo la rueda trituradora del capital. Todos los métodos de producción de plusvalía son métodos de acumulación… De donde se sigue que, a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, sea alta o baja… Esta ley determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital… acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo, de ignorancia y degradación moral” (El Capital).

El final de esta situación ocurrirá con el levantamiento revolucionario que abre a la humanidad al umbral de la historia. h) Así Marx (con su amigo y colaborador Engels) planteó una situación que todavía hoy sigue abierta, sea que se acepte su diagnóstico y pronóstico del capitalismo o se lo niegue.Por eso, en Marx hay que distinguir su válido intento de denunciar los males provocados por el capitalismo (algo que todavía hoy constatamos) de los argumentos empleados, como también de sus pronósticos sobre el fin del capitalismo y el éxito del socialismo.

Es evidente que Marx se equivocó en sus predicciones sobre el destino del capitalismo, algo que ahora lo sabemos cuando está en plena hegemonía mundial y cuando el socialismo histórico ha colapsado tras menos de un siglo de vigencia. También se equivocó sobre ciertas predicciones catastróficas por la introducción de la maquinaria industrial.
Su error fue cierto dogmatismo que lo llevó a plantear la historia como un silogismo que, de determinadas premisas, lleva a determinadas conclusiones.
Convencido de su diagnóstico y de que los problemas humanos sólo se resuelven desde los medios de producción, se olvidó de hacer un análisis político, considerando las muchas variables económicas y sociales que pueden surgir de un buen o mal gobierno, de buenas o malas leyes, y de políticas determinadas para racionalizar la producción, el maquinismo, la protección de la infancia, de la vejez, etc.

También se equivocó (al menos, hasta el momento) en su predicción de lo que sería la humanidad socialista bajo el lema: “De cada quien según su capacidad, a cada quien según sus necesidades”, humanidad sin intereses particulares, de millones de amigos cálidamente unidos, que pueden prescindir del Estado, o en todo caso, como pensaba Lenin, con un Estado que podría ser gobernado por cualquier cocinero, tanta sería la fraternidad entre todos. Marx soñó con una condición humana en que los hombres buenos buscarían fines buenos, utilizando medios buenos (a la inversa de Maquiavelo).
Confió en el nacimiento de un hombre nuevo, en una economía racional rectamente interpretada. Supuso, llevando al extremo las ideas de Rousseau, que se podría vivir en una sociedad comunitaria sin instituciones políticas ni gubernamentales, sólo con la ley de la capacidad propia y de la satisfacción de las necesidades, en una economía comunista en que todos son propietarios de todo, sin necesidad de leyes coercitivas ni de religión alguna, pues basta la bondadosa racionalidad humana.

2.3  Del marxismo a la dictadura del proletariado. El Partido Comunista.Lenin y Stalin

a) Aunque Marx participó activamente en la organización de los trabajadores (Primera Internacional de 1864), no fue él quien constituyó al partido comunista moderno como tampoco creó alguna doctrina económica de acuerdo a los nuevos principios. Esa tarea fue obra de Lenin.

b) Con Lenin (Vladimir Ilich Ulianov, 1870-1924), una de las más grandes figuras políticas de este fin de la modernidad y prolífico escritor, se emprende decididamente el camino de la revolución, pero sobre la base de un fuerte partido comunista, instrumento de revolución permanente, organizado al estilo militar, con “revolucionarios profesionales”, bien armados de socialismo científico, preparado también para la clandestinidad, y cuya función es enseñar el camino a los explotados para instituir “la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado”.
Lenin es consciente de que la conciencia revolucionaria no nace espontáneamente en el proletariado, sino que hay que despertarla con activistas profesionales porque “sin teoría revolucionaria (ideología) no hay movimiento revolucionario”.
Y  fija como funciones del partido: la lucha por la pureza ideológica y contra los desviacionismos, hacer alianzas de clases (frentes populares) para preparar la revolución y ejecutar las líneas generales dentro de determinado espacio y tiempo. Al mismo tiempo, hacer alianzas con los sindicatos, sirviéndose de ellos, pero desconfiando del sindicalismo legalista y del “movimiento sindical”.
La ideología partidaria comunista queda definida como materialismo filosófico (todo se origina desde la materia y desde el modo de producción) con método histórico dialéctico (antitesis, tesis y síntesis).
Lenin, sin negar el protagonismo del proletariado obrero, da gran importancia, contra la opinión de Marx, al campesinado ruso (ya liberado de la servidumbre por los zares, pero aún viviendo en estado feudal).
Los campesinos lo apoyan, pero sufrirán más tarde (desde 1921) una gran desilusión al constatar que en lugar de trabajar en sus tierras propias, sólo podrán hacerlo en granjas colectivas.

Como Lenin sabe que en Rusia aún no existe una burguesía capitalista suficientemente desarrollada, no está dispuesto a esperar la culminación del capitalismo para pasar al socialismo (como enseñaba la teoría), por lo que decide quemar etapas.
Con el apoyo campesino y la decidida acción de los bolcheviques (ala revolucionaria del socialismo, obreros y soldados) se hace con el poder en Rusia y, al mismo tiempo, decide internacionalizar la revolución proletaria.
Todo el movimiento revolucionario comunista es planeado desde los congresos de la Internacional Comunista (Komintern) que fueron siete hasta su disolución en 1943.

En la era estalinista (desde 1924) se da un cambio de óptica, pues se decide que la revolución internacional depende de estas condiciones: triunfo de la URSS sobre el capitalismo; que la URSS detente la supremacía de la dictadura proletaria; que todos los partidos nacionales deben defender a la URSS y, finalmente, que hay que luchar contra los fascismos (ya instalados en Italia y Alemania).
La dictadura del partido comunista es un hecho desde 1921 con la prohibición de toda oposición política y la brutal represión de los campesinos opuestos a la colectivización de las tierras. Y el objetivo de la dictadura del proletariado, eliminar al antiguo Estado para instaurar un gobierno del pueblo sin Estado, desemboca en un super-Estado autoritario y burocrático como pocas veces se había conocido en la historia, a pesar de algunos intentos de Lenin por mitigar esa situación.

c) Con la llegada al poder de Stalin (Josip Yugachvilli, 1879-1953), quien prácticamente falsifica el pensamiento de Marx y traiciona la revolución de Lenin (que desconfiaba de él), se impone una de las dictaduras totalitarias más brutales de la historia humana, después de eliminar con las “purgas” a numerosos miembros del Ejército Rojo y a sus opositores, entre ellos Trostky, al que manda luego asesinar en su exilio de México, como también a otros colaboradores de Lenin.
Trostky se opone a la férrea centralización de Stalin y a su práctica renuncia de una revolución hacia fuera, mientras se concentraba en la URSS y con dominio rígido de los otros partidos comunistas. Sostiene, en cambio, la necesidad de la revolución permanenente en todos los frentes internacionales.

De allí que Trostky fuera bandera de revolución en los países llamados del Tercer Mundo, entre ellos China.Las grandes purgas tienen lugar entre 1936-38, con procesos, detenciones, interrogatorios y sumarias ejecuciones, tanto de civiles como de importantes miembros del ejército rojo, no sin olvidar la masacre de millares de campesinos.
Stalin impone una economía rígidamente planificada y estatalista (plan quinquenal) para lograr un rápido crecimiento industrial y militar.
Al mismo tiempo colectiviza todas las tierras y la agricultura, creándose los koljoses (cooperativas colectivas de producción) y sovjoses (granjas colectivas). Todas las tierras y medios de producción pertenecen al Estado (a la partidocracia), eliminándose totalmente la propiedad privada.En 1936 Stalin reforma la constitución leninista y crea la nueva constitución de la URSS (compuesta de once repúblicas), presidida por el Soviet Supremo, que elige el Presidium, cuyo jefe ejerce las funciones de jefe de Estado.

También el Consejo de Comisarios del Pueblo y la Corte Suprema de Justicia son elegidas por el Soviet Supremo, eliminándose toda autonomía de poderes.Este nuevo marxismo totalitario con la impronta soviética se constituye en el nuevo dogma marxista (no compartido por los chinos y yugoeslavos entre otros) e instrumento de penetración soviética en los países en vías de desarrollo de África, América y Asia.

Así el socialismo de Marx, de bases humanistas (en un proceso similar al del cristianismo desde el mensaje de Jesús a la teocracia) termina en un tremendo aparato de poder que sojuzga a Rusia y a otras naciones del este europeo y de Asia Central, con los siempre convincentes argumentos del poderío militar. Es el social-imperialismo, varias veces denunciado por los chinos.
El socialismo de Marx se transforma en “ideologismo”, simple discurso vacío al servicio de un Estado totalitario identificado con un partido, y cuyo único objetivo es el poder a secas. De allí que, cualquiera sea la valoración personal que se haga del pensamiento de Marx, nunca se lo ha de confundir con el comunismo posterior.

3.  La Doctrina Social de la Iglesia

3.1.  Las Encíclicas Sociales. Rerum Novarum y Quadragessimo anno

Las grandes encíclicas sociales de los papas fueron las que recogieron las aspiraciones de los católicos sociales y les dieron inusitado desarrollo, aún cuando en lo político mantuvieron un esquema conservador y poco abierto a la democracia, identificada sin más con el liberalismo.

a) La Rerum novarum (Sobre las cosas nuevas) de León XIII (1878-1903) en 1891 denuncia la situación social “de los obreros, aislados e indefensos, entregados a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”, la usura practicada “por hombres avaros y codiciosos”, y “las relaciones comerciales de toda índole, que se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”.

Se critica la solución socialista y también la liberal de “laisser faire”, propiciándose en cambio un Estado que vele “por el bien común como propia misión suya” para aliviar la situación de los proletarios. Por tanto, derecho del Estado a intervenir cuando las necesidades de los débiles lo requieran. En especial “si la clase patronal oprime a los obreros con cargas injustas o los veja imponiéndoles condiciones ofensivas para la persona y dignidad humanas; si se daña la salud con trabajo excesivo, impropio del sexo o de la edad, en todos estos casos deberá intervenir de lleno, dentro de ciertos límites, el vigor  y la autoridad de las leyes”.
Al mismo tiempo, la encíclica defiende el derecho de los trabajadores a asociarse en sindicatos, exige un salario justo para ellos y sus familias, y pide a los católicos un compromiso adecuado a su fe.

La encíclica tuvo una gran repercusión, como también críticas de los sectores implicados, promoviendo la acción social de los cristianos y estudios de especialidad. Uno de sus frutos fue la creación de los Círculos Católicos de Obreros (en Argentina y Uruguay, ya entre 1891-2).

b) Tras el conflictivo pontificado de san Pio X (1903-14), que lucha contra el modernismo mientras renueva la teología, liturgia y pastoral, en los prolegómenos de la segunda guerra mundial, se destaca la figura del papa Pio XI (1922-39) que debe enfrentar el auge de los totalitarismos y la aguda depresión económica de 1929 en adelante, con la quiebra de la Bolsa de N. York.
Se pronuncia condenando el totalitarismo nazi-fascista y  el soviético en tres importantes encíclicas, y lanza la Quadragesimo anno en el 40 aniversario de la Rerum Novarum, o sea, en 1931.La preocupación se centra en defender a la sociedad de los grandes monopolios y del imperialismo internacional del dinero, pero sin caer en los excesos de la intervención estatal.

Por eso proclama la ley de subsidiaridad del Estado y la reforma de las instituciones, de modo que el Estado sólo supla las carencias inevitables de los individuos y de las asociaciones intermedias.
Se condena, al mismo tiempo, la lucha de clases como principio de solución y se proclama el principio rector de la Justicia Social: “Por ello conviene que las instituciones públicas y toda la vida social estén imbuidas de esa justicia, y sobre todo es necesario que sea eficiente, o sea, que constituya un orden social y jurídico con la que toda la economía quede informada.
Y la caridad social debe ser como el alma de dicho orden, a cuya tutela y defensa deberá atender solícitamente la autoridad pública”.

Por lo demás, la carta papal continúa en la línea de la anterior encíclica, condenando tanto al liberalismo capitalista como a todas las formas de socialismo y comunismo, y pidiendo un retorno a la moralidad y a la práctica de la religión. Pio XII (1939-58), aunque no publicó ninguna gran encíclica social, tuvo nutridas e importantes intervenciones  sobre numerosas cuestiones políticas, sociales y culturales. La Doctrina Social de la Iglesia llega a su plenitud con el Concilio Vaticano II y con las encíclicas de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II .

4. Crisis de la modernidad y surgimiento del Totalitarismo

Si los siglos XVII y XVIII generaron el optimismo que sabemos sobre el progreso humano ilimitado que llevaría a la felicidad universal, desde la guía del iluminismo de la razón y del humanismo, el siglo XIX marca claramente la etapa del fin de la modernidad, finalmente sepultada bajo el alud de bombas en las dos guerras mundiales y con sus más de 65 millones de muertos.
Dos guerras totales, con infinidad de muertos civiles, grandes genocidios (como el realizado por los turcos sobre los armenios con un millón de asesinados), campos de concentración, exterminio de los judíos y todos los horrores de la barbarie desatada, hasta llegar a las puertas de la extinción total con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagazaki.

En la primera guerra mundial Alemania perdió 2 millones de hombres, 10% de su población activa, al igual que Francia, 1 millón y medio de personas; Inglaterra, unas 800 mil; Italia, unos 550 mil; Serbia, unas 400 mil, etc. En total, Europa perdió cerca de 9 millones de habitantes, a los que hay que añadir los millones de heridos y mutilados.

La segunda guerra mundial produjo 55 millones de muertos, 35 millones de heridos y 3 millones de desaparecidos. Las emigraciones obligadas ocasionaron la muerte de 30 millones de personas (7 millones de rusos, 5 de chinos, 4 de polacos y 3,8 de alemanes). Sólo los refugiados europeos por causa de la guerra llegaron a unos 30 millones de personas.
El gasto total de la guerra se calcula en 1 billón 500 mil millones de dólares.

Guerras, cuyos combatientes eran los mismos proletarios masivamente llamados a la leva militar y aún los habitantes de los países sometidos al colonialismo, como el caso de los hindúes, a pesar de la hipotética propuesta de muchos socialistas de que los proletarios resistieran a la idea de luchar unos contra otros. El nacionalismo pudo más que todas las ideas internacionalistas del socialismo.
Guerras totales ya preparadas por las crisis sociales y constantes guerras que asolaron el suelo de Europa, con el surgimiento de nacionalismos fogosos y de una no disimulada puja entre sus países, particularmente Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia.

Todos los grandes pensadores se hacen eco de esta crisis y del vaciamiento de valores capaces de crear una civilización en paz, como ya pedía Kant. Crisis total anunciada con mayor fuerza por Nietsche y por una serie de movimientos que buscaban el equilibrio frente al predominio de la pura razón, desde el romanticismo hasta el existencialismo (ver punto siguiente).
El impacto de la primera guerra mundial, “desenlace anunciado” para un mundo sin horizontes ni paradigmas universales (su origen directo fue la crisis balcánica), y anticipo de la segunda guerra, movió al muy racionalista Freud, creador del psicoanálisis, a escribir en 1929 El Malestar de la Cultura que finaliza con estos conceptos:
“El destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si, y hasta qué punto, el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción… Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les será fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre… Sólo nos queda esperar que el eterno Eros (principio de vida en Freud) despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario, la Muerte. Mas, ¿quién podrá asegurar el desenlace?”

Freud muere en Inglaterra en 1939 sin conocer la respuesta, después de huir de Austria ante la inminente ocupación alemana, pero testigo ya de los prolegómenos de la segunda guerra mundial que se dieron en la guerra civil española (1936-9), ese gran ensayo de guerra total entre la izquierda y la derecha, con todas sus connotaciones políticas, sociales y religiosas.
La República española es derrotada y triunfa Franco, con el apoyo de Hitler y Mussolini, e impone su dictadura por cuarenta años, aislando a España del resto del mundo.

Entre tanto, Mussolini, un antiguo socialista, crea el Partido Nacional Fascista (1921) y el estado fascista de Italia (desde 1923) accediendo al poder de manos del rey, para prohibir inmediatamente todos los partidos, censurando a la prensa e imponiendo con la violencia la nueva ideología ultraderechista, anticomunista  y corporativista.

Otro tanto hace  Hitler con el Partido  Obrero Nacional Socialista (1920) y el estado “nazi” del tercer Reich (1933), tras el derrumbe del marco alemán y de la república  de Weimar. Hitler se dispone a llevar a cabo el sueño del dominio universal de Alemania y vengar la derrota de 1918, organizando para ello en poco tiempo la más formidable maquinaria de guerra de la historia.

En tanto,  Stalin impone una férrea dictadura totalitaria en la URSS (ver  punto 3.2.c).Todo ello en medio de la aguda crisis económica y social provocada por la gran depresión de 1929, y que ahora cubre al mundo entero. En los países occidentales democráticos, el miedo al comunismo ya instalado en la URSS y la debilidad de enfrentar una guerra antifascista para la cual no estaban preparados, impidió comprender toda la dimensión perversa de los nuevos regímenes totalitarios de Italia, Alemania y España, emergentes bajo la bandera de salvación de la patria y de lucha contra la corrupción liberal y el peligro comunista.
Al mismo tiempo se producen golpes de estado o gobiernos autoritarios profascistas en Polonia, Portugal, Lituania, Yugoslavia, Austria, Rumania, Estonia y Letonia.
La propaganda nazi y fascista llega ampliamente a Estados Unidos y América Latina, logrando importantes adhesiones en Brasil, Chile y Argentina, cuyos ejércitos se organizan según el modelo alemán y con ideas similares.

4.1. El Totalitarismo

A estos sistemas políticos de Italia, Alemania. España franquista, la Unión Soviética y otros similares, se les da el nombre de Totalitarismos, que, aunque autoritarios y gobernados por dictadores, suponen un concepto nuevo respecto a otros autoritarismos, absolutismos y dictaduras. Raymond Aron identifica cinco elementos fundamentales de un sistema totalitario:

1.    El monopolio de la actividad política reservada a un solo partido, con supresión y eliminación de los otros. Partidos, rígida y militarmente organizados y dotados de alta fidelidad al sistema.
2.    Una ideología nacional que se proclama como verdad oficial del Estado y se impone a toda la sociedad mediante el partido, la propaganda y la educación. Lo que implica, encierro en la propia verdad, e intransigencia y censura hacia cualquier idea que se le diferencie u oponga.
3.    Todos los medios de comunicación, persuasión y cultura-educación quedan en manos del Estado-partido. La propaganda política minuciosamente planificada, tanto hacia dentro como hacia el exterior, es el gran instrumento de dominio de las masas, sin excluirse oficinas de infundios, conforme al slogan de Goebbels: “La mentira repetida muchas veces se convierte en verdad”
4.    El Estado absorbe la actividad cultural y económica, rigurosamente planificada.
5.    Cualquier idea contra el sistema cultural, económico o profesional es vista como atentado ideológico contra el Estado, por lo que supone castigo mediante el terror ideológico y policial.

Por lo tanto, con el totalitarismo desaparecen los actores sociales y la sociedad civil como autónoma, identificándose Estado con partido y con sociedad civil-nación-pueblo. De allí el poder total del Estado “totalitario”.
Generalmente, y a pesar de las diferencias locales, el totalitarismo se reviste de una ideología populista y apela a la movilización de las masas y de los jóvenes, utilizando insumos sociales, étnicos y aún religiosos, pero siempre desde el manejo de una élite de poder que termina por subyugar a los movimientos populares de apoyo, traicionando los contenidos originales y sus valores (El nazismo se autodenomina socialista, como otros totalitarismos se llaman populares, democráticos, nacionales, etc.).

Así el totalitarismo se apropia de la sociedad, de sus ideas y valores, y se erige como único portavoz social, acallando todas las demás voces y actores. Históricamente, los grandes totalitarismos también han sido militaristas e imperialistas, recreando la doctrina del “espacio vital” de la nación, y alentados por la ideología nitcheana del poder y del heroísmo patriótico, por la doctrina de la superioridad de la raza aria, del alto destino de la nación (a menudo con resabios históricos como el fascismo italiano, supuesto heredero del imperio romano, y por una profunda aversión racial a otros pueblos considerados inferiores, con los conocidos exterminios nazis de judíos y polacos.

El antisemitismo será una de las características principales del nazismo con leyes discriminatorias, humillaciones, guetos, campos de concentración y exterminio masivo de unos 6 millones de judíos. Por supuesto que hay una amplia gama de totalitarismos y movimientos dictatoriales, y merecen en cada caso un estudio particular, así el estado militarista japonés o el régimen chino de Mao.

En América Latina tenemos una larga tradición de gobiernos autoritarios y dictaduras, pero en pocos casos puede hablarse de totalitarismo según la definición dada, aunque algunos de sus elementos aparecen de una forma más o menos profunda.
La misma palabra “dictadura” sufrió un largo proceso de sentidos, desde la antigua dictadura romana (como un superpoder provisional para salvar al país en una situación de emergencia), la dictadura del proletariado de Marx (que indica la lucha de los proletarios por conseguir su libertad y el poder político) hasta el sentido peyorativo que hoy le damos a los gobiernos de facto, anticonstitucionales y violatorios de los derechos cívicos y humanos.
Pero un elemento común de totalitarismos y dictaduras es la concentración del poder en una persona (culto de la personalidad) o grupo de élite, siempre con amplia movilización de masas en el caso del totalitarismo, cosa que generalmente no sucede en las simples dictaduras o “cuartelazos”.

Sintetizando: el totalitarismo más que una ideología es simplemente la ideología del poder absoluto del Estado centralizado a su vez en un líder indiscutible.
Brzezinski en su libro “Dictadura totalitaria y autocracia” da seis criterios del totalitarismo:
1) Una ideología oficial que cubre todos los aspectos de la vida humana.
2) Sistema de partido único dirigido por un dictador.
3) Un sistema de control policíaco total.
4) Concentración de todos los medios de propaganda y educación.
5)Concentración de todos los medios militares.
6) Control central y dirección de toda la economía.

Como decía Mussolini: “Nuestra doctrina es el hecho… Los fascistas tenemos el derecho de rechazar todas las teorías políticas tradicionales: somos aristócratas y demócratas, revolucionarios y reaccionarios, proletarios y antiproletarios, pacifistas y antipacifistas. Nos basta con tener un punto de referencia: la Nación” (textos de 1919 y 1924).

Por tanto: unidad y primacía del Estado-nación omnipotente y subordinación total de los individuos y de la sociedad civil al Estado, con una sola verdad, un solo poder centralizado que elimina distinción de poderes, y eliminación de toda oposición. “Todo en el Estado, nada fuera del Estado”, dirá Mussolini en la Scala de Milán, y Hitler: “El Estado es una organización racial y no una organización económica… La economía es un asunto secundario”.

En el caso del totalitarismo franquista en España, hay un apoyo en el ejército y en la Iglesia Católica con referencia a la primacía de los valores espirituales, mientras se mantiene un orden jerárquico social tradicional y se proclama la “hispanidad” y la apertura al mundo árabe, pero sin belicismo internacional.

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