Ideologías 5 Maquiavelo. Bodin. Grocio. Hobbes. Ideol de la conquista

  1. MAQUIAVELO (1469-1527) 

Nicolás Maquiavelo, conocedor y discípulo ideológico de Marsilio de Padua, es el único pensador político cuyo nombre ha entrado en el uso común para designar un tipo de política que existe (el maquiavelismo) y que seguirá existiendo, cualquiera sea su influencia: una política guiada exclusivamente por razones de conveniencia y que emplea todos los medios, justos o injustos, para alcanzar sus fines; siendo el fin último el engrandecimiento de Estado, la patria, y poniendo también a la patria al servicio del estadista o del político.
Maquiavelo fue quien defendió por primera vez el famoso principio de que “el fin justifica los medios”.

Su pensamiento lo encontramos en su clásico libro El Príncipe (1513), dedicado a Lorenzo de Médici, amo de Florencia, y en la colección de sus llamados Discursos.
 El mismo expresa su objetivo: “He compuesto un libro “El Príncipe” en el que profundizo lo mejor que puedo en el problema que plantea tal tema: qué es la soberanía, cuántos tipos hay, cómo se adquiere, cómo se guarda y cómo se pierde… Debería ser sobre todo un asunto para un príncipe nuevo” (carta a Vettori).

Por tanto, en su libro hace un retrato de un príncipe soberano, cuyo poder se define por la soberanía.
 “Soberanía” es una concepción profana, o sea no sagrada,  de la vida política, ya iniciada por Marsilio. Por tanto, la política es concebida como una institución del Estado.
El príncipe (duque, rey, emperador) es su fundador, lo instaura y lucha para conservarlo; su poder es de conquista, su legitimidad es su propia fuerza. 

La política no aspira a ningún bien que la trascienda, pues es en sí misma su fin para la conquista del poder del Estado. La política es una estrategia y el arte de establecer un orden. Fundar un estado es la tarea del príncipe, en un acto histórico concreto y no desde un derecho natural o divino.

Por tanto, la política pasa de Dios a los hombres, pierde su origen en Dios, y con ello cae toda la tradición bíblico-cristiana-medioeval. 
Pero también es la resultante del deseo del pueblo, porque la política es un asunto que se arregla entre los hombres tal como históricamente se dan y porque no se puede gobernar sin tener en cuenta a los muchos que forman el pueblo: “ Un individuo puede hacerse príncipe sin crímenes ni violencias intolerables, cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su propia patria. Por eso, a ese principado lo llamo civil”.

Por lo tanto, “en cualquier ciudad hay dos inclinaciones diversas: una de ellas proviene del deseo del pueblo de no ser dominado ni oprimido por los grandes; la otra, de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento de la república, o del principado, o la anarquía”.
El príncipe tiene que lograr el favor de los grandes, debido a su poder, pero también el del pueblo, “cuyos deseos tienen un fin más honrado que el de los grandes, en atención en que éstos quieren oprimir, mientras que el pueblo se limita a no ser oprimido.

Añádase a esto que si el príncipe tiene por enemigo al pueblo, no puede estar jamás en seguridad, porque el pueblo se forma con un grandísimo número de hombres”.
Así, pues, el apoyo democrático es también una necesidad del gobernante, y “un gobernante prudente debe imaginar un modo de proceder de modo que sus gobernados, siempre y en toda circunstancia, tengan una grandísima necesidad de su  gobierno. Es el expediente más seguro para tenerlos fieles para siempre”.

En definitiva, un Estado autónomo no se legitima con la sola fuerza, sino por aquella legitimidad que emerge de la acción política en la cual participará el pueblo.
En el momento en que un príncipe conquista el poder, en ese instante está legitimado, porque la política es acción y no hay nada previo a ella misma.
La política procede de sí misma y el poder es su causa, sin necesidad de buscar justificaciones en Dios o en la ley natural.
De allí el nombre de “príncipe”, que significa primero, fundador, lo “nuevo”.
En consecuencia, si Maquiavelo busca afirmar la soberanía, más del príncipe que del Estado, también pone las bases para un estado absoluto y totalitario, el “Leviatán” de Hobbes. Más que definir la soberanía, el culto florentino describe el terreno en el cual se ejerce. 

b) Quien lo completa es Jean Bodin, jurista y economista francés (1530-96), quien en Seis libros sobre La República (1576)  centra la soberanía, no en el príncipe sino en la república, que tiene la “potestad soberana”.
En efecto, “República es el justo gobierno de varias familias y de lo que les es común, con potestad soberana”. Por su intermedio, el Estado asegura “el bien común de todos en general y de cada individuo en particular”, siendo la soberanía la verdadera alma de la república.

Por tanto, la soberanía existe en sí misma, como principio y abstracción del Estado, y por ella se puede ejercer la autoridad. Es una potestad que existe siempre, independientemente de las instituciones concretas y de las personas. Es indivisible y absoluta, concediendo al Estado el poder de hacer leyes “aún sin el consentimiento de los súbditos”, siempre y cuando no estén en contra de las leyes de Dios y de la naturaleza.
Si así sucediere, es lícito desobedecer pero no alzarse en rebelión (algo ciertamente contradictorio). Bodin, aunque sostenedor de la monarquía absolutista (no tiránica) y de un Estado secular, racionalista y tolerante, se opone decididamente al pragmatismo de Maquiavelo, a quien conoce y aborrece.


En consecuencia, este concepto de soberanía es el corazón del nuevo mito del poder, tal como nos llega hasta el día de hoy.
Y de ella emerge la obligación de la obediencia.
En este paso de la edad media a la modernidad, es evidente que la soberanía, como principio de toda autoridad, ocupa el lugar de Dios.

En síntesis: “He dicho que esta potestad es perpetua: porque puede hacer que se dé potestad absoluta a uno, o a varios en cierto tiempo, finalizado el cual, no son más que súbditos; y mientras están en potestad… no son más que depositarios y guardianes  de esa potestad, hasta que plazca al pueblo o al Príncipe revocarla, el cual siempre puede disponer” (Libro I).
O sea, la potestad soberana es independiente de los poderes concretos que derivan de ella. Por tanto, Bodin con Hobbes (como luego veremos) son los ideólogos del absolutismo. 

c) Maquiavelo, por su parte, nos describe en su libro todas las artimañas de que ha de valerse el príncipe para apropiarse de ese poder soberano y ejercerlo sin perderlo, usando la adulación popular, la astucia o la fuerza.Una postura contraria a los teóricos y utopistas de la política: “Siendo mi propósito escribir una cosa útil, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de la cosa que tras su apariencia.
Porque muchos se han imaginado como existentes a repúblicas y reinos que nunca han sido vistos ni conocidos; porque hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que aquel que abandona “lo que se hace” por lo que “debería hacerse”, marcha a su ruina en vez de beneficiarse.
Pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno, es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual, es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse, aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con las circunstancias” (cap. 15)

No hay duda de la clara alusión a los idealismos del Reino de Dios y del resto de la filosofía política de la escolástica y de los filósofos griegos, especialmente Platón.
Y una afirmación de lo que llamamos una política “realista” o pragmática, en que la realidad concreta termina transformándose en ley y principio.Y para enseñar al príncipe cómo gobernar, Maquiavelo alude constantemente a la historia antigua, tanto a persas y griegos, como especialmente a los romanos, de quien es profundo admirador desde la lectura exclusiva de Tito Livio. 

d) El florentino reconoce que la enseñanza tradicional de vivir virtuosamente es correcta, pero niega que la virtud sirva para para gobernar un estado y para ser felices.
Así, el gobernante tiene que saber ser avaro y codicioso, pero también generoso si de ello depende el favor del pueblo. Si sólo se guiara por la generosidad, terminaría arruinándose. 
Con el mismo criterio pragmático trata sobre la crueldad y su opuesto, la compasión.
Todo depende de las circunstancias y de la necesidad del estadista de emplear un camino u otro, pues un tema importante es si el príncipe tiene que ser temido o amado.

Tomando ejemplos de la historia (Aníbal, César Borgia), enseña que el gobernante debe saber mostrarse de una forma u otra, según mejor le convenga, pues lo importante es “aplicar bien” la crueldad cuando haga falta.
“Podemos llamar buen uso de la crueldad, a aquellos actos… que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de la propia seguridad, sin continuarlos después y que, al mismo tiempo, trata uno de dirigirlos, en cuanto sea posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados… Es menester, pues, que quien toma el poder de un Estado, ejerza los actos de rigor que tiene que hacer, de una sola vez e inmediatamente, a fin de no tener que volver a ellos todos los días… para tranquilizar a los gobernados, a los que ganará después fácilmente haciéndoles el bien… En cambio, estos beneficios tienen que hacerse poco a poco, a fin de que el pueblo tenga tiempo de saborearlos mejor”.

De la misma manera, no siempre se debe emplear la fuerza, pues a menudo da mejores resultados el engaño y la astucia.
 En todo esto consiste la verdadera “virtud” del gobernante (virtud como “viveza” o habilidad), distinta de la virtud del ciudadano, en cuanto bondad y obediencia.Más que a la virtud moral, hay que entregarse a “la fortuna”, como hicieron los romanos, poniendo fuerza y grandeza de espíritu, no humildad y desprecio por las cosas humanas. Por tanto, oposición entre la virtud romana y la cristiana.

e) Para Maquiavelo, todas las religiones, incluyendo el cristianismo, son de origen humano y no divino.
La religión o teología válida es aquella que sirve al Estado, y que el Estado puede utilizar o no, según su conveniencia. En las repúblicas, que no tienen un gobierno suficientemente fuerte, la religión ayuda a mantener el orden y la obediencia. En efecto “hay empresas dificultosas o peligrosas, aún contrarias a la disposición natural del pueblo, y que sin embargo son necesarias para su prosperidad, de modo que sólo se lo puede convencer si se le muestra que estàn mandadas por la religión… En todas partes hay ejemplos convincentes de esto, por lo que puede verse cuán útil es la religión a la política” (Discursos sobre T. Livio)

En esta misma línea de pensamiento, afirma que  como los hombres son de por sí malos y corruptos, el orden reposa en la bondad de las leyes que consiguen que “los hombres se abstengan de obrar mal, más por necesidad que por convicción”. Si fallan las leyes, no queda otro remedio que un fuerte gobierno monárquico que ponga freno.


f) En definitiva, cualquiera sea la valoración que demos a los fundamentos filosóficos y éticos de la doctrina de Maquiavelo, hay una cosa cierta: desde entonces la política no es la misma, y el consejero de los Médici ha sido por siglos el asesor de una generación de gobernantes que aún superaron al maestro en el arte de ostentar el poder, y que siguieron al pie de la letra sus consejos.
Quien quiera comprender el estilo de la política moderna, debe leer  El Príncipe, libro de cabecera de los políticos y estadistas de ayer y de hoy,  pues “mi libro no tiene otro adorno ni gracia más que la verdad de las cosas… y cuando Ud. se digne leer esta obra y meditarla con cuidado, reconocerá en ella el extremo deseo que tengo de verlo llegar a aquella altura que su suerte y sus eminentes cualidades le permiten”:

Nada mejor que concluir con algunos de sus consejos:

“ Un gobernante debe aparentar ser, ante quienes lo miran y escuchan, todo piedad, todo integridad, todo fidelidad, todo bondad y todo religión. Pues los hombres, en general, juzgan más por sus ojos que por sus manos; ya que todos pueden ver, pero pocos pueden sentir. Todos ven lo que parece ser, y pocos se acercan a lo que es, y esos pocos no se atreven a contradecir la opinión de los muchos que necesitan la majestad del Estado para defenderlos”.

“La experiencia demuestra que, en nuestros tiempos, los gobernantes que han hecho grandes cosas son aquellos que dieron poca importancia al mantenimiento de la palabra; siendo, más bien, diestros en confundir astutamente a los hombres. Podríamos citar incontables ejemplos modernos de ello, y mostrar cómo muchas promesas se han vuelto nulas y vacías”.

“Ninguna cosa le granjea más estimación a un gobernante que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas”.

“Para conservar a un buen ministro… el gobernante debe pensar en él, rodearlo de honores, enriquecerlo y atraérselo por la gratitud de las dignidades y cargos concedidos. Los honores y riquezas que le concede, colman sus deseos de ambición… y le hacen temer que cambie el gobierno, pues sabe muy bien que sólo puede mantenerse con él”.

“Cuando la masa está corrompida en un Estado, las buenas leyes no sirven para nada, a no ser que se confíe su ejecución a un hombre que pueda tener suficiente fuerza para hacerlas cumplir, de modo que la masa se haga virtuosa. Pero no creo que esto haya sucedido jamás, y ni siquiera que sea posible …  La corrupción y la poca aptitud para vivir en libertad, provienen de las desigualdades que hay en la república, y cuando uno quiere establecer la igualdad, es necesario emplear grandísimos y extraordinarios medios que pocos gobernantes saben o quieren emplear”  (este último texto es del Discurso sobre T. Livio).

2. Grocio (1583-1645)
 

Este holandés, de gran cultura general y eximio jurista, es sobre todo conocido por su obra Sobre el Derecho de la guerra y la paz (1625). Grocio reconoce la existencia de la ley natural, y declara que sería válida aún en el supuesto de que Dios no existiese. Por tanto, desacraliza la ley natural y la torna obligatoria en todos los casos. Algo que ciertamente resultó una doctrina nueva y muy controvertida.

Su aporte más interesante es el derecho internacional en la cuestión de la guerra justa.
Grocio afirma que una guerra puede ser justa, apoyándose en la defensa de la ley natural y en citas de la historia y aún de la Biblia.
Y distingue dos tipos de guerra justa: las entabladas en defensa propia o de la propiedad, y las entabladas para castigar injurias y dar un castigo merecido.
Lo novedoso de su postura es que considera justa una guerra si se hace para castigar a un gobierno extranjero que  “viole excesivamente la ley natural” aún cuando no cause daño directo al supuesto justiciero.

Esta postura, contraria al derecho internacional tradicional sostenido por el teólogo y jurista español Francisco Vitoria, justifica, por tanto, que un país haga la guerra a otro, sin ser atacado por él, pero bajo el supuesto de que se lo hace para defender la ley natural violada o como “guerra de civilización” contra posturas bárbaras.
Una doctrina harto peligrosa y que facilita cualquier tipo de intervencionismo, como también de guerras de conquista a los pueblos “bárbaros”.

Contemporáneo de Grocio es Althusius (Juan Altahus, 1557-1638), jurista calvinista ligado a la situación de Alemania con sus particularismo locales y tendencia a la autonomía frente al centralismo. Construye su sistema jurídico sobre la noción de “comunidad orgánica”, considerando como Aristóteles al hombre como un ser eminentemente social.
Tras analizar los componentes de toda sociedad (familia, agrupaciones, municipio), Althusius presenta al Estado como una federación de regiones y ciudades autónomas, pero sin  que se pierda la unidad nacional, como “un pueblo en un cuerpo bajo una cabeza”, dotado de “suficiencia universal”
La soberanía (conoce a Bodin) reside en la comunidad, siendo el rey un delegado mediante un pacto con el pueblo. Con su federalismo, Althusius pretende conciliar las autonomías de las regiones alemanas con un Estado central. Su libro: Politica methodice digesta, de 1603.


3. THOMAS HOBBES 
(1588-1679)

Nacido en el final del siglo XVI, su obra se desarrolla en el XVII, siendo un defensor férreo de la monarquía absolutista de los Estuardo, por lo que tuvo que refugiarse en Francia durante el conflicto del parlamento con el rey (desde 1640). Debido a sus numerosos viajes, conoció a Galileo y al pensamiento francés de su época. Aunque asociado con la filosofía empírica del siglo XVII, lo analizamos ahora porque forma una unidad de pensamiento político con Maquiavelo y Bodin en pro del absolutismo.


a) La filosofía política de Hobbes, tan importante para la monarquía absoluta de la modernidad, la encontramos en tres libros: Elementos de la Ley, El ciudadano y Leviatán (1640-51).
Su intención fue doble:
·       poner a la filosofía política y moral sobre una base científica, y
·       contribuir al establecimiento de la paz, vida cívica y de la amistad. Sigue a Maquiavelo en la idea de que la filosofía polìtica antigua falló por falta de realismo y por sus miras demasiado altas, pues “se hicieron leyes imaginarias para repúblicas imaginarias”. La política no debe buscar la virtud o la perfección del hombre, sino esas metas bajas que todos los hombres buscan, y por eso, metas posibles.

b) Pero Hobbes elabora, apartándose de Maquiavelo, un código de ley moral natural, moralmente obligatoria y ajustada a los fines de la sociedad civil.
Esta ley natural no busca la perfección del hombre, ni está asentada en la razón sino en la pasión, a la que consideró como la raíz de toda conducta humana.
Analizando las pasiones, Hobbes llega a la conclusión de que existe un “estado de naturaleza”, cuya tendencia no es impulsar al hombre a ser social y político (teoría tradicional desde Aristóteles), sino todo lo contrario: es una vida  prepolítica en que los hombres viven sin gobierno o sin un poder común sobre ellos.
Si este es el estado de naturaleza, digamos “puro” (que históricamente  se manifiesta en pueblos muy primitivos o en situaciones de anarquía y desgobierno), surge entonces la pregunta: ¿porqué esos hombres se deciden a formar una sociedad política con un gobierno?

En esa condición “natural”, los hombres no se relacionan más que por la violencia y el matarse unos a otros, de modo que su preocupación fundamental es la propia conservación, siempre acuciados por el miedo a la muerte violenta, la más fuerte de las pasiones humanas.
Es una extraña situación de “igualdad”, ya que todos comparten la misma pasión, los mismos miedos y la misma violencia. Se vive en constante enemistad, aumentada por la mutua desconfianza, lo que provoca el deseo de eliminar a quien puede ser enemigo.
Es una vida en perpetuo afán de “poder tras poder, que sólo cesa con la muerte”, como dice Hobbes en Leviathan. “Cada hombre es un lobo para el otro hombre” (homo homini lupus). Todo ello agudizado por el deseo de gloria, el orgullo y la vanidad, llamados “placeres del espíritu”, todos frutos de la vanagloria, o sea, la alta estima que cada uno tiene de sí mismo y de su poder. En consecuencia, el deseo de matar a quien no le tenga el mismo aprecio.
Esto constituye el sentido natural del “honor”, que nada tiene que ver con la justicia, sino con el reconocimiento de la superioridad de uno mismo o de otro.

Así, pues, la mutua competencia, la desconfianza y el deseo de gloria, hacen que el estado de naturaleza sea en realidad un estado de guerra, “una guerra que es la de todos contra todos”, de modo que “los hombres viven sin otra seguridad que la de su propia fuerza …
En semejante estado no hay lugar para la industria… ni cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de artículos importados, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover las cosas… ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputos de tiempo, ni artes, letras o sociedad. Y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, hosca, embrutecida y breve” (todas las citas son de Leviathan)Como vemos, es la clásica descripción de un estado “salvaje”.

En suma, el hombre no es social por naturaleza.
La sociedad civil, en cambio, es convencional y está regida por leyes comunes que dan un sentido de justicia.La naturaleza impulsa, no hacia la bondad, sino hacia la fuga de los peligros. Lo único bueno en tal estado natural, es salir de él.(Como veremos en el módulo siguiente, Rousseau enseñará una teoría totalmente contraria: la de un estado natural de hombres buenos y pacíficos)

c) El estado natural, lleno de temores e inseguridades, va inclinando a los hombres hacia el deseo de paz. El temor, el deseo y la esperanza, aliados con la razón que actúa junto a las pasiones, van inclinando la balanza hacia un nuevo estado pacífico y cómodo. La razón irá buscando instrumentos para convertir el deseo de gloria y el temor a la muerte en formas de dominar a la naturaleza humana hostil y manipularla para mejores fines.


Así, la razón va dictando normas que son leyes de la naturaleza o ley moral. 
Hobbes, creyente y conocedor de la Biblia, todavía reconoce la supremacía divina, de allí que habla de leyes naturales, las mismas que Dios promulga por el decálogo.
De este modo, todas las leyes de la naturaleza y todos los deberes y obligaciones sociales y políticos, se originan en el derecho de la naturaleza (derecho natural), subordinadas al principio fundamental del derecho del individuo a su propia conservación.

En este sentido, podemos considerar a Hobbes como fundador del liberalismo moderno, pues considera que toda la vida social y legal proviene de los derechos individuales. Como estos derechos están apoyados por las pasiones primarias, se imponen por sí mismos.

Todo lo cual abre el camino para una moral centrada en el egoísmo humano, pues el derecho natural es la suprema libertad de hacer o no hacer todo lo que se pueda para la conservación de la propia vida. Y el derecho a tal fin supone el derecho a usar los medios necesarios que conducen a ese fin.Cualquiera sea la inteligencia de los hombres, ninguno está interesado en la conservación de los demás, sino de sí mismo, y cada cual debe ser su único juez en la elección de esos medios. La naturaleza nos dice que “cada cual tiene derecho a todo”.

Para asegurar su propia conservación, la primera y básica ley natural ordena a los hombres buscar la paz y defenderse contra los que quieren destruir esa paz.
El resto de la ley, fija las condiciones de la paz. La primera, es estar dispuesto a prescindir al derecho a todas las cosas cuando los demás tambièn están dispuestos; y de conformarse con aquella libertad que uno permite a los otros.

d) Esta mutua cesión de derechos es un “contrato social”.
La sociedad civil se forma por este contrato social por el que todos se obligan a no resistir las órdenes de la autoridad de quien fue designado como soberano o jefe.
Cada cual cede los derechos necesarios como para sentirse seguro, pero seguramente no cederá el derecho a defenderse si alguien lo ataca para quitarle la vida.El pacto o contrato obliga a respetarlo, y a respetar a los otros que disfrutan de él.

En definitiva, el hombre debe cumplir sus pactos. Sin esto, la sociedad vuelve a disolverse.Esto es la base de toda justicia e injusticia. Sólo desde un contrato, se puede hablar de que algo es justo o injusto. La injusticia consiste en no cumplir un contrato en el cual se había transferido un derecho.
En consecuencia, toda auténtica legislación es, en realidad, una autolegislación, pues los propios individuos determinan lo que están dispuestos a hacer o evitar, sus deberes y obligaciones hacia los otros.
Los contratos, a su vez, suponen una base: la confianza. Si hay temor o se desconfía de la lealtad del otro para cumplir el contrato, no hay confianza ni contrato que valga.

e) Para asegurar el cumplimiento de los contratos, se necesita un poder coercitivo, que está en primer lugar en el soberano, quien vela para que por miedo al castigo se supere el deseo de violar el contrato por determinados beneficios personales.
La base del cumplimiento de la ley o contrato es, pues, el temor al castigo, no un principio moral.
Si el individuo hace un cálculo inteligente, se dará cuenta de que es mejor cumplir que violar el convenio realizado, de modo que su interés individual le aconseja cumplir.
En caso de temor de que un país extranjero pueda hacernos daño, ese temor justifica el atacarlo, y tal guerra es justa (sigue a Grocio, en contra de la opinión tradicional que decía que primero tenía que haber una injuria real que justifique la represalia).

f) Toda esta doctrina, revolucionaria por cierto, es un enfrentamiento directo al concepto de justicia distributiva de Aristóteles y a su concepto político de que algunos hombres son más dignos de gobernar que otros.
Hobbes dice que todos los hombres son iguales (por naturaleza) y que la desigualdad surge después por las leyes civiles. El soberano no debe distribuir a cada uno según su estado o capacidad o clase social, sino a todos por igual. Todos son iguales, aunque la naturaleza los haya hecho de distintas capacidades, pues todos quieren ser reconocidos como iguales. Y en bien de la paz, hay que reconocer esa igualad, aunque haya diferencias. Por tanto, es ley natural el que todos los hombres sean reconocidos como iguales.
El objetivo que mueve a Hobbes es que los hombres aprendan a vivir en paz, reduciendo al mínimo las hostilidades, orgullos y motivos de enfrentamientos.
Con el mismo sistema, van surgiendo leyes para el arbitraje, para la distribución de las propiedades, quedando prohibida la ingratitud y toda forma de injuria a los demás, aún a los reos.

g) Todo este conjunto de leyes naturales pueden ser comprendidas por todos, pues cualquiera puede conocer aquello de que “no hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a ti” (típico proverbio bíblico).
 Todas las opiniones griegas y tradicionales sobre virtud o vicio no tienen sentido alguno. En todo caso, la única virtud consiste en hacer lo conveniente a la propia conservación y al mantenimiento de la paz. Quien resguarda ese orden y el cumplimiento de todos, es el gobierno civil.

h) Para ello, la sociedad debe ir logrando una verdadera unidad o unión de todos. Esto es la república: en la que todos la respetan como si su voluntad fuese la de todos.
La república representa el poder soberano de todos, pudiendo ser delegado ese poder en una persona o en un consejo. 
En cualquier caso, es una persona jurídica en la que todos se sienten representados “porque no existe obligación impuesta a un hombre que no provenga de un acto de su propia voluntad, ya que todos los hombres, igualmente, son, por naturaleza, libres” (Lev.).
Hobbes, por tanto, es el primero que habla de esta ficción legal que llama “persona” a la institución que representa a todos (persona jurídica). Si el gobernante representa a todos, entonces sus leyes tambièn son de todos, y su cumplimiento fomenta la paz, la unidad y la defensa del Estado.

i) El contrato social tiene dos elementos básicos:

1.    Un pacto entre todos para reconocer como soberano a todo individuo o asamblea por decisión de la mayoría.
2.    El voto, instrumento para la elección.
Quienes no intervienen o no aceptan el contrato, permanecen en estado de guerra y son, por tanto, enemigos de los demás,Y el contrato no se ve afectado si alguno lo realiza por temor o bajo otras presiones, como cuando se acepta a un conquistador. Fundar una sociedad civil por conquista o por consentimiento, jurídicamente tiene el mismo valor.Por supuesto, que no todos son artífices directos del pacto (sólo los fundadores), pero se supone que quien vive en un Estado y acepta la protección del gobierno, tácitamente entra en el pacto.

El contrato, como lo dice la palabra, es un cambio de seguridad por obediencia. Todo individuo sabe que quien quiera dañarlo, deberá vérselas con el soberano.
En efecto, el primer deber del soberano es el de castigar y ejercer el poder policial (derecho y deber), ya que todos han renunciado a hacer justicia por mano propia.

j) Ahora bien, el contrato o pacto es realizado entre los ciudadanos, no entre los ciudadanos y el soberano.
En el momento en que el soberano tiene el poder, sólo él tiene derecho a todas las cosas que los hombres tenían en el estado de naturaleza. Lo que supone que, en realidad, el soberano no puede ser injusto, pues no tiene pacto con nadie y por tanto no puede violarlo; por otra parte, su voluntad representa la de todos, y quien acusa al soberano se está acusando a sí mismo.
Ningún ciudadano, pues, puede juzgar o castigar al soberano, quien tiene el derecho de imponer impuestos (no el Parlamento…), declarar la guerra o la paz y alistar tropas.

Y para que todo funcione sin conflictos, nada mejor que también el poder legislativo esté en manos del soberano, único que puede ser temible si no se cumplen las leyes. El soberano prescribe lo que es justo o injusto, bueno o malo, honroso o injurioso, y es árbitro absoluto.
 En consecuencia, también le corresponde el poder judicial, nombrando jueces y ministros según las necesidades, como al resto de los funcionarios.
También es juez de todas las doctrinas y opiniones, incluidas las religiosas, que circulen entre los ciudadanos, para ver si convienen a la paz social o no.Como la religión es “temor a un poder invisible”, está dentro de la regla general. Hobbes no acepta ninguna autoridad por sobre el soberano, ni nadie debe obedecer a otro más que a él.
No quedan dudas, pues, que el poder del soberano es absoluto.Esto implica que no tiene por qué obedecer a las leyes civiles, pues son sus órdenes y él puede prescindir de ellas. Aunque se objete que los ciudadanos no le han dado semejante poder, esto no invalida su poder.

k) Pero hay derechos de los súbditos que son inalienables, pues no se puede renunciar a ellos mediante ningún pacto: es el derecho de la propia conservación (para esa conservación se hizo el pacto).
Nada puede obligar a un hombre a verse privado de la vida y de los medios para procurarla. Esto genera un conflicto si un ciudadano se resiste a ir a la guerra. Hobbes considera que es legítimo hacerlo (aunque fuera cobarde) y que, en tal caso, el ciudadano debe buscarse un sustituto. De la misma forma, un condenado tiene derecho a resistir a la muerte y nunca puede ser obligado a atestiguar en su contra. 
Tampoco nadie puede ser conminado a realizar una acción (como matar a sus padres o a un benefactor, o hacer un acto muy vergonzoso) que lo llevara a una vida tan infeliz como para cansarse de la vida.Por lo demás, en todo lo que la ley guarda silencio, el súbdito se maneja con completa libertad.
Pese a su poder absoluto, el soberano debe obrar con aquella prudencia necesaria para no provocar rebeliones. Ese es el castigo natural del soberano negligente, no sin olvidar que deberá rendir cuenta ante Dios.Aunque el soberano deseara oprimir a los súbditos, eso no es conveniente ni para ellos ni para él, aunque sucede con frecuencia.

De la comprensión de esta doctrina surge el título de su principal libro: Leviatán, nombre que en el libro de Job e Isaías, Dios da al “rey de los orgullosos”, un monstruo marino que representa al mal.
Y Leviatán es el nombre que se da a ese Estado absolutista que emerge de la doctrina de Hobbes, cuyos inmensos perjuicios y aberraciones hemos conocido en siglos pasados y en el reciente.

l) Respecto a las posibles formas de gobierno, Hobbes no se aparte de las tradicionales: monarquía (un hombre), asamblea democrática (todos los ciudadanos con derecho al voto) y aristocracia (algunos con derecho al voto).
Pero rechaza la distinción de malos gobiernos (tiranía, oligarquía) que hace Aristóteles, pues dice que cada cual llama mal gobierno al que no conviene a sus intereses, y que los gobiernos, como los ciudadanos, son como son, con sus ventajas y sus costes. Cuando las cosas van mal, todos sufren por igual.


Hobbes, con su sentido realista, está convencido que todo gobernante busca sus propias ventajas, como las de su familia y amigos, y también las de los ciudadanos (adelantando así la actual teoría neoliberal expresada por Downs, de que los políticos son seres racionales egoístas que, ante todo, buscan su propio interés). Hobbes supone que las distinciones que hace Aristóteles y Cicerón nacen de prejuicios en favor de la democracia.

Lo importante es que el interés privado del soberano esté lo más unido posible al interés de los ciudadanos. Y eso sólo puede suceder en la monarquía que es, por tanto, la mejor forma de gobierno.

En cambio, en la democracia, son muchos los que quieren lucrar con el gobierno, y esto es peor que lo haga uno solo. Es mejor tener un Nerón que muchos Nerones.
La democracia lleva inexorablemente a lucha de facciones y guerras civiles.En la democracia, con la excusa de la libertad, cada cual sólo busca su vanidad y el lucirse con discursos demagógicos. Por su parte, la aristocracia, es tanto mejor cuanto más se acerca al modelo monárquico.
La ventaja de la democracia es que puede ser instituida inmediatamente por los mismos ciudadanos, ya que todos son iguales y en realidad, el contrato social es un contrato democrático. Como también es democrático el acto de fundación en que los ciudadanos eligen al primer soberano. Sólo en ese estado de naturaleza, podemos hablar de democracia, dada la igualdad de todos. 

Lo que se olvidó decir Hobbes es que, como  todo contrato depende del consentimiento de los contratantes (base de todo contrato según él mismo enseñara), entonces el pueblo puede convenir de común acuerdo o por mayoría en cambiar el sistema de gobierno, limitar o cesar al soberano. Hobbes dice que, una vez entregada la soberanía absoluta, no se la puede retirar, porque esa soberanía es la voluntad de todos.
 Con el mismo tipo de argumentos, rechaza el sistema mixto, y propicia la monarquía hereditaria. Es el propio detentor de la soberanía quien tiene que elegir a su sucesor. Si no lo pudo hacer, es evidente que su familiar más cercano tiene que heredarlo.

m) Con esta doctrina, Hobbes aspiraba a construir un sistema de gobierno apto para todos los pueblos y tiempos, siempre preocupado porque no haya conflictos internos que desintegraran a la sociedad ni “doctrinas sediciosas”.
En esto coincide plenamente con Maquiavelo: de entrada, lo mejor es mano fuerte y después instruir a la gente sobre sus obligaciones. La debilidad del soberano, sólo genera rebeliones y doctrinas sediciosas.

Entre esas doctrinas sediciosas
, están todas las tradicionales, las enseñadas por los teólogos, los que hablan de la conciencia, o de la inspiración del Espíritu Santo, o la doble ciudadanía de S. Agustín y Lutero. Para Hobbes: Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco y el resto que siguieron sus doctrinas no son más que “elocuentes sofistas”.
En cambio, lo mejor que puede hacer un soberano es adoctrinar a los ciudadanos mediante los libros del propio Hobbes, de modo que sean utilizados en todas las universidades como “fuentes de la doctrina civil y moral”.

Como resultado final
, Hobbes esperaba que esta teoría política lograría con el tiempo gobiernos no imperialistas, con leyes que favorecieran la agricultura, la pesca, la industria, la navegación, etc., contra la pereza y gasto excesivo, dentro de la frugalidad y laboriosidad. Que la seguridad del pueblo sea la norma suprema y que se combata toda forma de corrupción.Todo ello se conseguirá si el soberano tiene poder supremo de vida o muerte sobre sus súbditos.

n) En apoyo de su tesis, Hobbes elabora una teología cristiana con abundantes citas de la Biblia (también lo hacen los conservadores liberales de hoy).
Como dice con humor Laurence Berns, “la conclusión general que Hobbes deseaba que sacaran los lectores de su teología, es que no  hay en realidad una diferencia esencial entre la palabra de Dios como fue revelada en las Escrituras y la palabra de Hobbes, establecida en su filosofía política” (artículo en Hist. de Fil. Pol., al que seguimos).
Efectivamente, tras un largo recorrido por toda la Biblia e historia de la Iglesia, Hobbes va demostrando que Dios siempre fue guiando a su pueblo y gobernando mediante personas civiles, y dejando siempre a un lado a los sacerdotes, pues el Reino de Dios es un reino espiritual, y el mismo Cristo nunca fue rey, pues el gobierno del mundo corresponde a los soberanos.A pesar de esa teología acomodaticia, o quizás por eso mismo, Hobbes tuvo durante su vida fama de ateo.

Concluyamos
, pues, tras este recorrido por los ideólogos políticos de la era renacentista, diciendo con Gérard Mairet que “no abandonamos ahora las tinieblas… de la edad media para reencontrarnos en la esfera milagrosa de las luces de la razón y la libertad democrática” (en Historia de las Ideologías), pues lo que comienza a brillar ahora es el misterio profano de la potestad del Estado, “el Dios mortal”, al decir de Hobbes, construido por los hombres a imagen del Dios inmortal. El paso del absolutismo eclesiástico a la modernidad se hace por un largo período de absolutismo estatal, centrado en el saber y en el poder: los dos grandes mitos de la modernidad. 

4. IDEOLOGÍA DE LA CONQUISTA


La ideología subyacente a la conquista de América (y posteriormente de Africa y Asia) ya la hemos diseñado en el módulo anterior. Occidente cristiano, cuya cultura y fe es “superior” a todas las existentes, tiene derecho a dominar a los otros pueblos en nombre de Dios, primero, y de la razón y de la civilización, después.

a) Tras el descubrimiento de América, el Papa Alejandro VI otorga a los reyes de España y Portugal el dominio de todas las tierras descubiertas y conquistadas (bula Inter cetera de 1493), “en nombre de la autoridad del Dios todopoderoso, a Nos concedida en la persona de san Pedro, y del Vicariato de Jesucristo, que desempeñamos sobre la tierra”, a los fines de conseguir “la exaltación de la fe católica y religión cristiana, de manera que se les propague y extienda por doquier, y se procure la salvación de las almas, el abatimiento de las naciones bárbaras y la reducción de las mismas a nuestra fe”.

Con estos argumentos, similares a los de la Biblia para justificar las conquistas de David y sucesores, y típicos de todas las teocracias, también la del Islam, el nuevo mundo queda de un plumazo sometido al Papa y a los reyes cristianos de Europa, obligado a aceptar la fe cristiana y a obedecer a sus nuevos amos políticos. De lo contrario, los nuevos pueblos son declarados “rebeldes” y merecedores de la muerte o de la esclavitud.

Fernando el Católico quiere un documento aún más explícito y escribe a su embajador en Roma para solicitar del Papa una declaración de guerra santa:“Como quiera que nuestro Señor es testigo de que nos hemos puesto en guerra contra los infieles enemigos de nuestra fe, sin ningún pensamiento de codicia sino solamente por la natural inclinación que tenemos a dicha guerra por la gloria de Dios nuestro Señor, y por el bien y acrecentamiento de la cristiandad… convendría que su Santidad, por su bula apostólica, declarase la guerra contra todos los infieles y nos diese la conquista de todo lo que nosotros adquiriésemos de las tierras de los infieles”.

El Papa no accede, pero en 1514 el rey publica el famoso Requerimiento, un documento político-religioso que los conquistadores deben leer y explicar a los indios para pedirles su voluntario sometimiento al Dios creador del mundo, al Papa y al rey.
Si los indígenas no acceden, entonces “vos haré guerra por todas partes y maneras que pudiese y vos sujetaré al yugo de la Iglesia y de sus Altezas, y tomaré vuestras personas, mujeres e hijos y los haré esclavos y como tales los venderé, y vos haré todos los males y daños que pudiese, como vasallos que no obedecen… y protesto que las muertes y daños que se recibieran sean a vuestra culpa…”Tras ser leído este requerimiento, cuya apreciación dejo a los lectores, un cacique de Darién respondió con natural sabiduría: “Que en lo que decía que no había sino un solo Dios que gobernaba el cielo y la tierra le parecía muy bien… pero que el Papa diese lo que no era suyo, y que el Rey lo pidiese y tomase, debía de ser algún loco, pues pedía lo que era de otros…” (La colonización de las almas, F. Mires, Edit. Dei, Costa Rica).

En 1537 por medio de una Bula el Papa Pablo III (que convocará el Concilio de Trento años después) debe defender a los indios de las acusaciones de que “no eran verdaderos hombres… sino brutos… y de imbecilidad natural”, mientras se opone a su esclavitud.
Por eso urge para que “los indios que aún permanezcan fuera de la fe cristiana, no sean privados de su libertad ni de la propiedad de sus bienes, y todo lo que se haya hecho en contra de esto, es inválido y nulo, sin fuerza ni valor… Que los llamados indios… sean invitados a la fe de Cristo por la predicación y la palabra de Dios, y por el ejemplo de las buenas costumbres…”

Estos consejos, tardíos y que casi nunca se cumplieron, fueron acompañados por las protestas del dominico Bartolomé de las Casas (+1566), obispo de Chiapas (Apologética historia de las Indias y Brevísima relación de la destrucción de las Indias), pero antes, ya en 1511, por el sonado sermón de Fray Antón de Montesinos en la catedral de Santo Domingo, lo que le valió su deportación a España para ser enjuiciado y morir en el ostracismo:
“Decidme ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban mansas y pacíficas en sus tierras, con muertes y estragos nunca oídos? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados… para sacar oro cada día?…¿ Acaso estos no son hombres y no tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?”El fraile pone el dedo en la llaga del colonialismo: muchas teorías teológicas y filosóficas sólo encaminadas a buscar el oro y las riquezas de los nativos, para financiar las guerras de dominación y exterminio y para sostener la economía de los países colonialistas. Las minas de Potosí y tantos otros recursos que irán a parar e Europa, están allí como un testimonio de la ideología perversa de una conquista, supuestamente hecha según el rey Fernando “sin ningún pensamiento de codicia sino solamente por la natural inclinación que tenemos a dicha guerra por la gloria de Dios nuestro Señor”.

b) Pero no solo no entendieron los españoles y portugueses las elementales verdades predicadas por Fray Montesinos, sino menos aún los conquistadores ingleses, franceses y holandeses posteriores que gestaron el mito de los “salvajes” que perduró hasta fines del siglo XIX.
Es increíble que los autores del Iluminismo y del cientificismo racional consideraran al unísono a todos los pueblos americanos como prototipos del “salvaje”, incapaces de toda cultura y vida en sociedad, negando aún contra el testimonio de los misioneros, conquistadores y otros viajeros la validez y aún la existencia de una cultura maya, azteca o inca. Se supone a los indígenas americanos fieles cumplidores de la “ley de la naturaleza” (ya presente en Hobbes, como acabamos de ver y en otros pensadores, como veremos en el próximo módulo), una especie de foto en negativo del hombre europeo civilizado.
Lejos de investigar sobre sus leyes, religión, tipo de sociedad y costumbres, se proyecta en ellos el supuesto teórico del “estado natural”, anterior e inferior por cierto a la sociedad culta de Europa.

La famosa Enciclopedia del iluminismo francés (1751) define a los salvajes como “pueblos bárbaros que viven sin leyes, sin policía, sin religión, y que no tienen morada fija”.
Se los define, pues, desde la negación: allí no hay ley, no hay gobierno, no hay religión (los Papas decían: no hay fe católica), no hay morada fija (por lo tanto, sin haber descubierto la “propiedad privada”, punto de partida de la civilización, según la nueva filosofía liberal).Y por ser salvajes, los colonizadores blancos harán pactos con ellos, cuando sea el caso, pero no se sentirán obligados a cumplirlos, pues la ley de la razón está por encima de la irracionalidad de quienes viven en estado natural. Algo que también los norteamericanos practicarán en la famosa conquista del Oeste.

Esta ideología que niega a los indígenas la categoría de ser humano “social” (con la notable excepción de Rousseau), con un desconocimiento intencional de evidencias de su organización social y de su cultura (algunas de ellas, como la de México y Perú, superiores en muchos aspectos a la europea de sus conquistadores), se completa con una descripción absolutamente desvalorativa: los palacios mayas son “cabañas”, los varones no tienen energía sexual (contra la opinión de los misioneros), lo que impide una mejor población del continente; viven todos en la selva (por eso son “salvajes”), sus leones y tigres (jaguares) son de inferior potencia que los tigres y leones europeos (es opinión de Voltaire), y hasta su trigo (el maíz) es de inferior calidad al europeo. 

Y lo más increíble de todo es que no tienen propiedad privada ni hay en ellos desigualdad social, claro índice de su falta de  cultura… A lo que se suele agregar como un “cliché” que son vagos, indolentes, de carácter infantil, crueles y, encima, feos. Como dice el P. Gumila: “El indio, desde un punto de vista general, es sin ninguna duda un hombre. Pero desde un punto de vista moral, no temo afirmar que el indio bárbaro y silvestre es un monstruo jamás visto: su cabeza es ignorancia; su corazón, ingratitud; su pecho, inconstancia: sus hombros, pereza; sus pies, temor; en cuanto a su vientre, hecho para beber…” (El Orinoco ilustrado y defendido).

Europa, pues, conoce a los indios desde el relato de extravagancias de todo tipo e interpretaciones ideologistas tendientes a demostrar la teoría del contrato social que da origen al modo social de la sociedad civil a la inglesa o a la francesa; y por supuesto, tendientes a justificar todas las conquistas y todos los crímenes y brutalidades del hombre blanco civilizado, ahora con los indios de América y muy pronto con los negros de Africa, en una historia tan degradante que aún hoy su solo recuerdo nos eriza la piel.


c) Por su parte las iglesias protestantes y anglicana retoman los argumentos teológicos que justifican la inevitabilidad de la conquista y colonización de todos estos pueblos salvajes, “una finalidad grandiosa que Dios tenía en vista”, pues “la mano divina se reveló de manera sorprendente… y en el descubrimiento de América, el establecimiento, el crecimiento y la protección de los Estados e Iglesias de América del Norte, la acción de la Providencia es más que manifiesta”…
En efecto,  “la distancia misma que el Todopoderoso puso entre Gran Bretaña y América es una prueba convincente y natural de que la autoridad de la segunda sobre la primera jamás formó parte de los designios de la Providencia” (sermones de Maclintock y Dana, 1784 y 1779).

De acuerdo a esta “teología” América es el nuevo Canaán, la nueva Jerusalén, el país del Edén donde reinan “Dios y la naturaleza”, y que está destinado únicamente para el pueblo elegido de Gran Bretaña, pues “Dios pasó por el tamiz a toda una nación con el fin de poder enviar allí a su mejor grano” (Thomas Paine) y “trazó para ellos un camino en el mar y les dispuso una mesa en el desierto” (sermón de Dana).
Esta teología recurrirá a la Biblia también para justificar la esclavitud de los negros africanos, condenados por Dios a someterse a los blancos desde la época de los hijos de Noé, pues: “Maldito sea Cam (padre ascendiente de los negros) y que sea esclavo de los esclavos de sus hermanos” (Gén. 9, 25). 

En consecuencia, como dijo Joel Barlow en sus Discursos: “Todo ciudadano libre del imperio debería considerarse como legislador de la mitad del mundo”, pues “la colonización y el rápido crecimiento son las vias elegidas por la Providencia para fortalecer y extender su imperio” (sermón de Abbott).De donde queda claro que el imperio inglés es el mismo Reino de Dios.
En definitiva, “la colonización de América es el comienzo de la realización del designio de la Providencia que consiste en hacer que brote la luz” (Paine) y “enseñar a los hermanos de Europa que ellos tienen el mismo derecho” (Belkhap).No hace falta decir que esta ideología será heredada por los americanos del Norte para su expansión hacia el Oeste, pero reforzada con nuevos argumentos (los norteamericanos son los herederos de Inglaterra, han comprado a los indios sus tierras y las han trabajado…).

En síntesis
: la ideología de la conquista, o sea, el derecho por ley natural (ya enseñada por Grocio) y deseo de la Providencia para que Europa domine sobre los pueblos bárbaros (sin ley, sin rey y sin religión) fue un punto en el cual toda Europa encontró una total coincidencia y un punto de universal ecumenismo.
Papas y reyes, católicos, protestantes y anglicanos, creyentes, iluministas y progresistas liberales, latinos y anglosajones, todos coincidieron en la vocación iluminadora de Europa sobre los nuevos pueblos con la luz de la razón y  la fe, y el brillo de espadas y cañones.
El resultado fue que, a partir del siglo XVI y hasta la segunda mitad del siglo XX, América, Africa, Asia y Oceanía serán continentes sojuzgados, sin que se pregunte a sus habitantes por sus derechos ni se espere que Dios dé alguna señal de que esa era la voluntad de su Providencia.
Es el mito de Occidente. Un mito necesario para justificar una larga historia de crímenes y atropellos a los derechos de las gentes y de los pueblos. Pueblos que aún hoy continúan muchos de ellos en la más total marginación y dependencia, obligados a pagar abultadas deudas externas… por los beneficios recibidos de sus dominadores.  

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