Historia Cultural 3 – E. Moderna. Renacimiento. Reforma de la Iglesia. Humanismo. Erasmo. Maquiavelo. Hobbes. Conquista

MÓDULO  4
EDAD  MODERNA
Siglo XVI. Renacimiento,
Reforma y Concilio de Trento. Jesuitas. Estado laico absolutista
El Nuevo Orden.

1. El nuevo escenario ideológico

a) El siglo XVI tiene algunas características muy particulares y relativamente conocidas: descubrimientos geográficos, renacimiento, humanismo y reforma religiosa.
Para los americanos, este siglo es importante, pues comenzamos a entrar en la historia de Occidente y a girar en su órbita.
También a este siglo se lo considera como el comienzo de la modernidad, que separa a la razón de la revelación, y la coloca en un puesto de privilegio y exclusividad. Pero, en realidad, todos estos procesos no surgen en este siglo, sino que en todo caso se profundizan, pues la historia no tiene cortes drásticos y es una continuidad, más o menos dialéctica.
Efectivamente, ya el siglo anterior tiene las características aludidas, y en realidad la Edad Media hace mucho tiempo que está dando paso a una nueva etapa.


b) Con los descubrimientos geográficos, especialmente españoles y portugueses, el hombre moderno adquiere una nueva y casi universal imagen de la tierra, con la incorporación de Africa, América y el extremo Oriente. Aunque justo es decirlo, el punto de vista desde donde se mira la historia y la geografía es el mismo: occidente, reducido a su vez a los países que se consideran sus principales actores: Italia, España (recién ahora surge como país actor de occidente) , Francia, Inglaterra y Alemania-Austria, países que se irán pasando la posta de la hegemonía cultural y política sobre el mundo.
El resto del mundo aparecerá como zona a conquistar y dominar, nunca a incorporar en igualdad de condiciones.
Por tanto, los descubrimientos conllevan la ideología occidental de colonización y dominio (ver punto 10)

Y aún más importante que los descubrimientos y conquistas geográficos (ya anticipados por las cruzadas y por los viajes de Marco Polo al Extremo Oriente) es la gran revolución de Copérnico, completada por Kepler y Galileo Galilei, que colocan al sol como centro de nuestro sistema planetario y a la tierra como uno de sus planetas satélites, girando sobre sí misma. Una revolución que desencadenará la oposición de católicos y protestantes al unísono, pero que genera el nuevo concepto de universo.


c) Desde el punto de vista de las ideologías dominantes, hay algo importante a tener en cuenta: si la Edad Media estuvo dominada por una ideología exclusiva, la visión cristiana y teocrática, a partir de la edad moderna habrá cierta pluralidad ideológica, desde el momento en que se subraya el primado de la razón sujetiva, y por tanto, del sujetivismo relativo y el individualismo.
Un proceso que hoy, a principios del siglo XXI, lo vemos con mayor claridad cuando es tan grande el pluralismo ideológico que hasta se habla de la muerte de las ideologías, y cuando se constata la falta total de algún paradigma o modelo ideológico de validez universal, o al menos, regional.
No sin olvidar que las ideologías que consideramos “anteriores”, en realidad no desaparecen del mapa sino que se prolongan en determinados pueblos o núcleos de población casi hasta el día de hoy.

Este pluralismo ideológico es favorecido por los nuevos y cada vez más perfeccionados medios de comunicación universal: la imprenta, los viajes en veleros y después los barcos a vapor, el ferrocarril y la aeronavegación, para culminarse con los instrumentos eléctricos y electrónicos de estos dos últimos siglos (telégrafo, teléfono, radio, televisión, etc.).


d) Lo que define a la modernidad (que llega hasta nuestros días en la llamada “posmodernidad”) es el cambio cultural de Occidente y una nueva visión del hombre y de la historia, como también de la política, la economía y la cultura en general. Se pasa de la visión integrista cristiana típica de la alta Edad Media, a una constante desintegración de la unidad de pensamiento hasta llegar a formas extremas de individualismo, nacionalismo y secularización de la vida, sin excluirse formas de nihilismo.
Un proceso que comienza a gestarse a fines desde el siglo XIII, se profundiza en el XIV y XV, explosiona en el XVI, se desarrolla en el XVII y XVIII y hace profunda crisis en el XIX y XX.

Desde el punto de vista político, significa la cada vez mayor autonomía del Estado frente a la Iglesia hasta llegar a su plena “soberanía”, en un proceso paralelo a toda la cultura que se racionaliza y, por tanto, se seculariza. Es el nacimiento del Estado moderno cuya esencia es la soberanía, sin singún poder por encima y como fin de sí mismo.


Para la Iglesia
, por tanto, esta nueva etapa histórica significa la pérdida de su control político, pero también la pérdida de su posición de centro de la cultura que ahora se gesta sin ella y, generalmente, contra ella. La institución que fue madre y gestora del occidente medioeval, termina siendo la gran excluida del nuevo mundo, e incluso como un forastero y un forastero molesto.
Así, lo que comenzó siendo un proceso de cristianización de los pueblos (romano y germánicos) termina en otro de descristianización, descreimiento e incluso, ateísmo.
Ya vimos como en los dos últimos siglos medioevales, con el poder eclesiástico creció también un movimiento anticlerical y reformista, sofocado desde la represión e intolerancia, pero que en el siglo XVI triunfa a tal punto que se  instalan en Occidente dos modalidades cristianas (catolicismo y reforma protestante), de cuyo enfrentamiento (ideológico y aún violento por las armas) nace una nueva modalidad cultural que va prescindiendo de la religión y que se alimenta exclusivamente desde la razón.

Por eso, la historia de estos siglos coloca como actor privilegiado al hombre como tal, a la razón, y al Estado con sus instituciones, mientras vemos a una Iglesia Católica navegar en la confusión y en una postura negativa frente al nuevo mundo emergente, preocupada por sus tradiciones y encerrada en el centralismo eclesiástico, mientras las confesiones protestantes se ocupan de la vida espiritual y piadosa del hombre, sin poder controlar el proceso político y económico que han desencadenado, y por tanto, sin poder incidir en ellos, dada esa concepción dualista del ser humano propia de la Reforma.


2. Características específicas de la modernidad


1. La característica más general es el cultivo y aprecio de la razón (del intelecto), lo que dio como resultado un realismo positivista que aplica la exactitud matemática a todas las ciencias.
Ya no se parte de principios universales y del método deductivo, sino de la observación de la realidad (la naturaleza y la historia) y su investigación exacta, para llegar después a ciertas conclusiones que se aplican al campo práctico de la tecnología.

Una investigación empírica que se perfeccionará con elementos de la psicología y la sociología, ahondando en el hecho de cómo se perciben los fenómenos y cómo se los interpreta, siempre dentro de contextos concretos, culturales, de la naturaleza e históricos.En consecuencia, una metodología que repudia la escolástica tradicional (con sus silogismos, ideas abstractas y valoración del argumento de autoridad) y sus bases filosóficas aristotélico-tomistas.

Consecuencias de esta postura son

·       el aumento impresionante del saber humano y del desarrollo científico y tecnológico;
·       el surgimiento de una filosofía racionalista, crítica y escéptica, y
·       la valoración del sujetivismo y del relativismo, no sólo en el campo del pensamiento, sino también de la política y de la economía.
Su resultado es el liberalismo político y económico.


2. Otro elemento universal y constante es la autonomía del individuo y del Estado.

a) La autonomía del sujeto ( yo pienso, siento y hago) que produce como frutos primeros, el humanismo, el renacimiento artístico, el cientifismo y la valoración de la propiedad privada.
Autonomía individual que subraya el valor esencial de la libertad del sujeto; libertad individual, primero de los propietarios (libertad liberal o burguesa) y después libertad del hombre en cuanto hombre.
Una autonomía que se va extendiendo a todas las áreas humanas, aún a las religiosas y morales, en contra de la heteronomía anterior (la ley como algo externo y superior al sujeto) y a favor de un criterio sujetivo de toda norma, ley o criterio interpretativo (aún en la lectura y exégesis de la Biblia).

b) Y la autonomía del Estado que alcanza su grado máximo en la soberanía, lo que indica que no hay ningún poder por encima del Estado o de su príncipe o del pueblo.
Este proceso de autonomía y soberanía (del hombre y del Estado) sufrirá muchos avatares en la búsqueda de un cierto equilibrio democrático, pasando por etapas de fuerte absolutismo monárquico ya desde el comienzo de la modernidad, despotismo ilustrado y endiosamiento del Estado totalitario, típicos de los siglos XVII, XVIII, XIX y al menos primera mitad del siglo XX, pero siempre como una constante de Europa desde el mismo nacimiento de los Estados modernos, casi todos ellos fuertemente absolutistas, especialmente Francia, España e Inglaterra, y después Prusia, Rusia y Austria.

3. Relacionado con los puntos anteriores está el cambio en el modo de producción, pasándose del feudalismo a la división de trabajo y tecnificación del mismo por medio de la industrialización, que llega a su culminación a mitad del siglo XVIII con el invento de las máquinas a vapor; industrialización  que trae aparejado un nuevo modo de relaciones sociales entre patrones y asalariados.
En el siglo XIX se produce la inevitable crisis social y el nacimiento de una postura anticapitalista: es el socialismo que tendrá su siglo de esplendor hasta la década del 80 de nuestro siglo XX.
Al mismo tiempo, y como un proceso muy relacionado con la industrialización, con los descubrimientos geográficos y la expansión de los Estados, se acentúa la comercialización, considerada como la base de la riqueza de las naciones (mercantilismo). Un proceso que hoy llega a su etapa de globalización, acompañada con la filosofía del consumismo indiscriminado.

4. La última característica general de estos siglos de la modernidad es que la historia humana es vista como un proceso que marcha hacia una feliz culminación, demandando nuevos y universales actores.
Por tanto, la historia tiene un fin, o en términos cristianos, una “escatología”, pero ahora la modernidad habla de una escatología humana y terrestre, totalmente histórica y secular, cuyo actor es el hombre.
La modernidad es optimista en cuanto a los resultados de la razón, la autonomía, las ciencias y el progreso económico, y entiende que la historia tiene como un “espíritu” o un “destino” que no es otro que la prosperidad y la paz universal, pero sin renunciarse jamás al predominio de los países europeos.

Al contrario, se busca el progreso para la Europa “civilizada” desde la colonización y opresión de los otros pueblos, cuyos derechos se ignoran y violan sistemáticamente.
Más aún, se supone el enriquecimiento de ciertas clases sociales privilegiadas (nobleza y burguesía) a costa del esfuerzo de las clases populares, cada vez más empobrecidas y proletarizadas, y cuya situación de sometimiento y pobreza tendrá muy pocas variaciones con respecto a la era feudal.Por su parte, el socialismo del siglo XIX planteará la etapa final de una humanidad hermanada y feliz bajo la hegemonía del proletariado.

Este proceso histórico va incorporando nuevos actores: el Estado, la burguesía comercial y capitalista, los partidos políticos dentro del Estado, después los sindicatos, la masa de los asalariados y proletarios, y finalmente todo el pueblo como sujeto esencial de la historia.
Nuevos actores que competirán entre sí y que, aún hoy, están lejos de haber logrado una conciliación armónica.

Por eso, estos siglos son fundamentales para que comprendamos el proceso de la democracia, que no puede ser tal, si el pueblo en cuanto pueblo-sujeto-histórico no adquiere su autonomía, no sólo la jurídica, sino también en la esfera del poder político y económico.
Este proceso, largo, doloroso y sangriento, tiene varias etapas importantes: autonomía de los Estados con absolutismo monárquico, movimientos de democratización burguesa (su punto culminante fue la revolución francesa y las guerras de Napoleón), retorno al absolutismo estatal, democracia socialista, estados totalitarios (fascistas, comunistas y capitalistas) y nacimiento de la democracia moderna o de masas.

Aunque parezca un contrasentido, la primacía de la razón y de la libertad individual contra el absolutismo clerical no trajo como fruto la democracia sino el absolutismo del Estado; y aún hoy el casi universal proceso de democratización del mundo está lejos de ser un ideal de representatividad, participación y soberanía del pueblo. En efecto, el triunfo del liberalismo político y económico sólo significa una democracia elitista, o si se prefiere, la aristocracia de los ricos (plutocracia).


3. Situación política y social antes de la Reforma. Los nacientes Estados absolutistas


a) La Edad Moderna comienza simbólicamente con la conquista de Constantinopla por parte de los turcos (en 1453), que, provenientes del Asia Central, fundaron un imperio en el siglo XIV y, tras convertirse al Islam, ya se habían apoderado de gran parte de Grecia, Bosnia y Bulgaria, habiendo ocupado todo el norte de Turquía.
Desde la nueva capital, el imperio otomano continúa con sus conquistas, sometiendo Siria, Arabia y Egipto (hacia el 1520). Solimán el Magnífico (1520-66) lleva a su máxima extensión al imperio otomano (nombre tomado del sultán Otmán, muerto en 1326), sometiendo a Rodas y Hungría hasta llegar a sitiar Viena. Hacia el Oriente, conquista  Mesopotamia, Persia y zonas de India.
Desde entonces el Imperio Otomano se transforma en el principal enemigo de Occidente, cuyos países (especialmente  el Sacro Imperio y España) realizan varias alianzas para detenerlo, lo que se consigue en la importante batalla naval de Lepanto (1571). Con este escenario del frente oriental, Europa inicia un fundamental período de cambios y transformaciones políticas y religiosas.

b) La situación de Europa no difiere, por cierto, a la del siglo anterior, con excepción de España que logra su unidad desde la unión de Aragón y Castilla en 1469 con el matrimonio de Fernando e Isabel, los “reyes católicos”, y con la reconquista del último reducto “moro” de Granada en 1492.
En ese mismo año Colón llega a América y anexiona el nuevo mundo a la corona española, que se ampliará muy pronto cuando los Habsburgos unifiquen el imperio austro-alemán, España y sus dominios, los Países Bajos (Holanda y Bélgica) , el reino de Nápoles y el Milanesado bajo la corona de Carlos V de Alemania y I de España.

Tras su abdicación, Felipe II (1527-98) impone una monarquía absolutista con amplios poderes y prerrogativas, gran centralismo y aparato burocrático. La religión católica es defendida desde criterios ultraconservadores con ayuda de la inquisición y del control de pensamientos, libros y estudios.
Felipe II hereda la corona de Portugal que queda anexionado (1580) y entabla guerra contra Isabel de Inglaterra, terminando todo en el desastre de la “armada invencible” (1588), lo que significa el quiebre del dominio naval español y el ascenso del inglés y holandés, tras el fracaso español en los Países Bajos sublevados.
También España impone su hegemonía en Italia, y en 1571, aliada con Venecia y el Papado, vence a los turcos en la batalla naval de Lepanto y prosigue la lucha contra ellos en el norte de Africa.

Italia
, por su parte, menos feudal y con más dificultades para acceder a una monarquía unificada, se encuentra dividida en varias ciudades-estado o repúblicas: Génova, Milán, Ferrara, Mantua, y especialmente Venecia y Florencia (bajo los Médici), además de los Estados Pontificios en el centro de la península que logran poder con peso político propio por la acción de Alejandro VI y especialmente de su sucesor y papa guerrero Julio II, el protector de Miguel Angel. El sur, reino de Nápoles, queda bajo protectorado español.

Alemania
también sigue dividida en varios principados y ducados (importante el de Baviera), aunque bajo el poder más nominal que real del emperador. Será el epicentro de la Reforma de Lutero y de las inmediatas luchas religiosas entre el emperador católico y los príncipes que buscan su autonomía amparados en su defensa de la reforma religiosa.

Francia
, en cambio, ya tiene una monarquía consolidada desde Luis XI (1461-83) y se transforma muy pronto con el renacentista Francisco  I en la competidora del Imperio y de España, siendo su futura sucesora en la hegemonía europea. Estado absolutista desde su origen, llevará al absolutismo a su cenit en el siglo previo a la revolución francesa.

También Inglaterra ha consolidado una monarquía absolutista que buscará ampliarse con la anexión de Escocia (en 1651) e Irlanda (cuya independencia ocurrirá sólo en 1921). Pero, tras su separación de Roma bajo Enrique VIII e Isabel, el absolutismo de los Estuardo (católicos originales de la feudal Escocia) generará la revolución y la  monarquía constitucional de 1689, un siglo antes de la revolución francesa.
En Inglaterra nacerá el liberalismo económico o capitalismo, con una gran expansión industrial, comercial y después colonial. El período del absolutismo de Inglaterra fue, pues, el más breve de todos los europeos.


Una característica de todos estos reinos fue la tendencia a la religión o iglesia nacional, que ya constatamos en el siglo anterior, y que se refuerza ahora con el  galicanismo en Francia (sin ruptura con Roma)  y el anglicanismo en Inglaterra, con la subordinación de la iglesia al poder local y ruptura con el Papa.

Un caso especial es España, donde la propia Iglesia establece una íntima alianza con el Estado por el Concordato de 1482 que concede a los reyes católicos y sucesores el poder para designar obispos  y altos cargos eclesiásticos (es el “Patronato”), creándose al mismo tiempo la Inquisición española, instrumento político-eclesiástico contra moros, judíos y herejes de todo tipo.
El Patronato será motivo de conflictos en América, cuando los gobiernos independientes pretendan heredarlo de los reyes españoles, generándose una situación delicada con la Santa Sede.

c) Características del absolutismo europeo

Las monarquías absolutistas de Francia, España e Inglaterra (posteriormente Prusia, Rusia y Austria) representaron el quiebre de la soberanía piramidal del feudalismo y el nacimiento de un nuevo tipo de poder político que mantuvo incólume, sin embargo, el sistema social imperante con una clase dominadora (nobleza, clero) y otra dominada (campesinos y proletarios nacientes), mientras va creciendo una tercera clase burguesa y comercial.
La monarquía no fue el árbitro entre las clases sociales, sino la alianza con la tradicional nobleza para mantener dominada a la clase social popular y a raya a la naciente burguesía, a pesar de los constantes litigios entre reyes y nobles por acaparar poder.

Se puede hablar de un reagrupamiento de fuerzas: la nobleza aliada pero sometida al monarca, necesitadas ambas de dominar a los campesinos y de controlar a la surgiente burguesía que se iba adueñando del control de las finanzas, gracias al comercio y al aprovechamiento de los nuevos inventos y tecnología.

Entre las causas del absolutismo real podemos señalar: la necesidad de orden tras las luchas religiosas; el sentimiento de independencia respecto al Papado; los movimientos revolucionarios (caso de la Fronda contra Mazarino en Francia) y las guerras que exigen concentración de poder.

Cuando hablamos de Roma (módulo 1, II, 4) señalamos la importancia del descubrimiento y desarrollo del derecho romano en la última parte de la Edad Media e inicios de la modernidad (famosa era Bolonia por su centro de estudios del código romano).
El derecho romano introduce en forma definitiva el concepto de propiedad privada como algo absoluto e incondicional, contradiciendo así el esquema feudal. Legitima, pues, el nacimiento del capitalismo y todo su posterior desarrollo.

Y desde el punto de vista político, el derecho romano refuerza el centralismo del poder monárquico y su acumulación de poderes, con la primacía de una ley suprema emanada del príncipe, conforme al principio romano: “Lo que place al príncipe tiene fuerza de ley” (quod principi placuit, legis habet vicem).
Se impone así el criterio de que el príncipe está por encima de la ley, siendo al mismo tiempo su fuente fundamental.
Como dice Bodin: “ El signo principal de la majestad soberana y del poder absoluto es esencialmente el derecho de imponer leyes sobre los súbditos, generalmente sin su consentimiento… La ley no es más que el mandato de un soberano en el ejercicio de su poder” (Seis libros sobre la República).

En cambio, “no es competencia de ningún príncipe exigir impuestos a sus súbditos según su voluntad, o tomar arbitrariamente los bienes de un tercero” , por lo que, para aumentar los impuestos, los soberanos deberán recurrir a los respectivos parlamentos.
 En consecuencia, el derecho romano trae un aumento de libertad económica de los ciudadanos, pero una merma de la libertad política.
Ahora el poder central de los monarcas tiene su justificativo en el derecho romano, en el ejemplo del papado como señorío absoluto y en las teorías filosóficas absolutistas de Bodin, Maquiavelo y después Hobbes en el siglo XVII, que después analizaremos.

Pero en lo económico y financiero su poder queda limitado por el derecho de los ciudadanos a la propiedad privada.

Varios son los elementos de este absolutismo monárquico: ejército, burocracia e impuestos, comercio y diplomacia.
1. Con el Estado absolutista va naciendo un ejército cada vez más profesional y permanente, necesario para el control interno y para las conquistas de nuevas tierras.
Si Felipe II tenía un ejército permanente de unos 60 mil hombres, Luis XIV en el apogeo del absolutismo tendrá uno de 300 mil efectivos. Ejércitos combinados con profesionales nacionales y otros mercenarios, más aptos para imponer orden y no intervenir en los conflictos internos. Ejército de tierra que se amplía con flotas cada vez más poderosas.
Hacia fines del siglo XVIII en algunos países se introduce la recluta obligatoria, que será característica de los siglos siguientes. En tanto, el mando de los ejércitos quedaba en manos de la nobleza.Desde estas premisas, no puede extrañarnos la cantidad de guerras en la Europa moderna, cada vez más amplias y más costosas (el presupuesto militar llegaba hasta el 50% del nacional), y con un armamento siempre perfeccionado. No hace falta decir lo que eso significará para el bolsillo de las clases bajas.

2. De allí el segundo elemento del absolutismo: la burocracia civil y el sistema de impuestos, directos sobre los pobres y sobre la burguesía, e indirectos sobre la nobleza mediante la abusiva (en precio y cantidad) venta de cargos públicos por parte del Estado, práctica generalizada en estos siglos. El aumento de impuestos a las clases pobres provocará nuevas olas de levantamientos cada vez que aparecían nuevas guerras y nuevas cargas fiscales.

Como ya señalamos, para realizar este aumento de impuestos, por lo general, el soberano debía recurrir a los Estados Generales (Francia) y sistemas similares de otros países (Parlamento de Inglaterra, Cortes de España), compuestos mayoritariamente por los “tres estados”: la nobleza laica, la nobleza eclesiástica y la burguesía, a la que se agregarán tardíamente los representantes del pueblo.
Pero la influencia parlamentaria y su periodicidad tendrán distintos matices, mayor en Inglaterra y menor en las naciones del continente, dado el mayor sometimiento al soberano y la  mancomunidad de intereses de la Corona con nobles y burgueses, sin funcionar incluso por largos decenios como en Francia.

3. La otra característica del absolutismo, en su primera etapa, es el Mercantilismo del Estado, productor de mercaderías y manufacturas,  y dueño del aparato comercial interno y monopolio del externo que se ampliará con la creación de las Compañías Comerciales de Indias, especialmente de Francia, Holanda e Inglaterra. Es, por tanto, una doctrina nacionalista y proteccionista al mismo tiempo. Según el mercantilismo, la riqueza de un país depende de su stock de oro y plata, lo que afirma el poder del Estado hacia adentro y hacia afuera.

El mercantilismo del Estado, mientras hacía acrecentar las arcas reales, permitía al mismo tiempo el mejor financiamiento de las guerras, cada vez más costosas, primero en Europa y después en las colonias de ultramar.
Hay, pues, una estrecha relación entre mercantilismo, compañías navieras y flota, y expansión colonial.El mercantilismo tiene tres notas propias: producción nacional, proteccionismo y nacionalismo.

Las nuevas industrias nacientes (no basta la sola agricultura y ganadería) son protegidas contra la competencia extranjera y contra el localismo, con clara tendencia a una postura nacionalista estatal y monopólica, siendo las Compañías comerciales como los nuevos ejércitos que pelean en la guerra del comercio internacional (como decía Colbert), a pesar de que no son empresas estatales, pues se afirma la libertad económica y comercial. Pero hay una gran solidaridad entre las Compañías y el Estado: éste las impulsa y las protege, mientras que las Compañías generan su fuerza y sostén.

4. El último elemento del absolutismo es la diplomacia, invento protagonizado por las ciudades autónomas de Italia y extensivo al resto de las familias monárquicas, con su complementariedad de casamientos entre príncipes, necesarios para el predominio de las casas reales europeas, lo que a menudo será también causa de intensas guerras.
No olvidemos que los matrimonios reales eran una forma de conseguir nuevos territorios sin necesidad de guerras de conquista.
Un buen ejemplo es la Casa de los Habsburgos y la de los Borbones.
En esta época surgen también las cancillerías y embajadas permanentes con toda la burocracia típica de la diplomacia moderna, encargada de evitar agresiones externas y de expandir el dominio del propio país.

Resumiendo: “La dominación del Estado absolutista fue la dominación de la nobleza feudal en la época de transición al capitalismo. Su final señalaría la crisis del poder de esa clase: la llegada de las revoluciones burguesas y la aparición del Estado capitalista” (Perry Anderson en El Estado absolutista).


d) Desde el punto de vista social y cultural, el desarrollo se concentra en las ciudades, como ya lo planteamos en el módulo anterior, con un marcado acento en lo comercial, económico y financiero, lo  que marca el nacimiento de un incipiente capitalismo y concentración de dinero en pocas familias (los Médici, los Fugger, los Welser, etc.) o ligas que abren sucursales en otras ciudades e instauran el préstamo de dinero con intereses, a menudo usurarios, superando la prohibición eclesiástica. Muchas monarquías y sus respectivas guerras dependerán de los empréstitos de estas familias, a menudo arruinadas tras el fracaso bélico correspondiente.

Al mismo tiempo, el campo (base de la economía feudal agraria) se empobrece y los campesinos son explotados de mil formas, aún desde la fama que van adquiriendo en la literatura de la época de “brutos y bobos”.

Por eso, será el campesinado el escenario básico de las reformas y de las varias revueltas, ya iniciadas en siglos anteriores;  revueltas en general de tinte socialista y apocalíptico, y que serán constantes desde 1491, terminando siempre en crueles aplastamientos, como la que el mismo Lutero reprimió violentamente en 1524-5, ejecutando a su caudillo Münzer. A Lutero le pareció bien que los campesinos se apoderaran de las tierras de la Iglesia, pero no de las propiedades de los nobles. De allí su reacción.

e) Finalmente nos queda analizar el rol de la Iglesia (la jerárquica) que soporta su peor crisis de la historia: una Iglesia tan autónoma y poderosa durante los siglos XI, XII y XIII, pero debilitada desde el papado en Aviñón, el cisma de occidente, el surgimiento de los nacionalismos e iglesias nacionales, y sobre todo, desde el escándalo creciente de su tremenda corrupción, que culmina en los Papa Borgia de origen español, especialmente Alejandro VI, cuya venalidad y falta de moral personal no tenía límites.

Como dice Lortz en su Historia de la Iglesia: “Papas que estuvieron hasta tal punto dominados por la política, las riquezas, el goce de los placeres, la cultura mundana y el bienestar de los suyos mediante el nepotismo, y sirvieron tanto a sus intereses mundanos, que algunos de ellos constituyeron la antítesis radical del espíritu de Cristo, del que eran representantes”, haciendo de la Iglesia una propiedad personal y de sus familias.

Tanto el papado como los altos cargos eclesiásticos (cardenales, obispos, curias y abades) estaban en manos de la nobleza, generalmente carente de vocación y que utilizaba su posición eclesiástica para el enriquecimiento personal y de sus familiares (nepotismo), con la lacra de la simonía (venta de cargos eclesiásticos) que perdurará mucho tiempo después del Concilio de Trento.

Por otra parte, las grandes obras del renacimiento que los papas favorecen (basílicas, especialmente la de S. Pedro, y palacios) como el sostenimiento de las cortes papales y episcopales demandan cada vez más dinero, de modo que la curia romana intenta ampliar el tradicional diezmo explotando al resto de las iglesias, especialmente la alemana, con nuevos tributos, siendo el último recurso de la venta de indulgencias, la gota de agua que provocó la protesta.
Era una iglesia inmensamente rica (se calcula que poseía un 10% de las tierras de las principales naciones, en Alemania un 30%), contraria obviamente a toda reforma, por lo general ignorante de la teología (una escolástica decadente), sin sentido pastoral y con una vida religiosa que en algunos obispos no pasaba de celebrar misa y comulgar una vez por año el jueves santo.

En el pueblo existía falta general de conocimientos religiosos, abundantes supersticiones, un culto mágico a los santos y a las reliquias, creencia generalizada en las brujas y en los poderes de los demonios, y un sentido mercantilista de la fe (ganar méritos para el cielo a cambio de dinero, devociones, peregrinaciones y rituales vacíos).


La comercialización de la religión por parte del clero procedente de la nobleza contrastaba con el bajo clero, verdadero proletariado clerical, no sólo pobre materialmente sino también moralmente, sin vocación, con una gran ignorancia religiosa y falta de preparación, y generalmente viviendo en la holgazanería y el concubinato. Ellos serán el blanco de la burla de los humanistas y del pueblo.


Al mismo tiempo, las órdenes religiosas, que habían nacido para la reforma de la Iglesia, vivían ahora una etapa de total decadencia, con muchísimos miembros (hombres y mujeres) pero escasa vocación y piedad. Baste pensar en el trabajo que tuvo una santa Teresa de Avila para la reforma del Carmelo. La única excepción fue la orden contemplativa de los Cartujos.


En definitiva, al comenzar el siglo XVI, la Iglesia, apoltronada y ciega, fue incapaz de absorber positivamente las nuevas ideas y de liderar una reforma que era más que necesaria, aunque más no fuera para salvar su prestigio y existencia.
Pasarán varios siglos, hasta el papa León XIII a fines del siglo XIX, para que la Iglesia comience a recuperar el tiempo perdido y vaya adquiriendo el prestigio moral, religioso y aún político que hoy goza, aunque ha perdido todo rol e incidencia en la cultura moderna y posmoderna.

4. Renacimiento y humanismo


a) El Renacimiento es un movimiento cultural que se desarrolló en la última etapa de la Edad Media, siglos XIV y XV,  y que alcanzó su culminación en el XVI y XVII.
Aunque es conocido especialmente por el aspecto artístico (pintura, escultura, arquitectura, literatura), fue en realidad un amplio movimiento inspirador del nacionalismo, individualismo, espíritu secular (laico), criticismo y reforma cultural y religiosa.
El epicentro del renacimiento fue Italia, y desde allí se extendió a otros países y proyectó su influencia por largo tiempo.

Uno de sus aspectos (de donde le viene el nombre) fue el retorno a la antigüedad clásica greco-romana, o vuelta a las fuentes, incentivado por el contacto con el mundo griego de Bizancio desde las cruzadas, pero muy especialmente por la llegada a Italia de sabios bizantinos con ocasión del Concilio de Florencia (1439, para una posible unión de la iglesia latina con la griega) y después por la caída de Constantinopla en 1453.
Todo esto trajo un  importante movimiento griego y especialmente platónico en Italia, como por ejemplo en Pico de la Mirándola (célebre por su prodigiosa memoria) y en Nicolás de  Cusa.
Por eso, el renacimiento es inseparable del humanismo y de la reforma, “vuelta a las fuentes” de la historia, grecorromana y primitiva-cristiana, respectivamente.

Otro aspecto importante del renacimiento es que fue un movimiento laico, no de eclesiásticos ni clerical (aunque apoyado por muchos de ellos, como los papas renacentistas). Laico no solamente por sus personalidades (Leonardo, Miguel Angel, Maquiavelo, etc.) sino también por su espíritu: valorización del individuo, del hombre, de la conciencia de sí mismo, de la acción y de la fuerza, como también de la belleza y del placer (no de la humildad, la oración, la mortificación, el más allá).

Y por ser laico, valoración del Estado que se robustece sobre nuevas teorías que se orientan, como ya dijimos, hacia su plena autonomía.
El punto de partida es la teoría política de Maquiavelo y Bodin.


Hay, por lo tanto, un concepto nuevo de humanidad: más libre, más bella, más culta; concepto que se contrapone al ideal oscuro y oprimido de la Edad Media que, en todo este proceso, adquiere el simbolismo de ignorancia y retroceso.
El hombre renacentista se piensa como autor de un mundo nuevo (“nuevo”, de donde deriva el término “moderno”), con plena conciencia de ser el actor de un renacer que echa sus raíces, no en la edad media, sino en la antigüedad grecoromana clásica.
Y por ser actor, se constituye con una imagen distinta de la libertad humana. Un actor vinculado con la historia, con el cambio, con lo temporal, rompiendo el esquema estático e inmóvil del medioevo. Historia en movimiento que se traduce en un “devenir” humano, hacia una realización plena y perfecta del concepto de hombre.

Seguramente, la característica más descollante de esta nueva etapa es la libertad o autonomía del hombre con relación a su destino de “pecador”. Ahora el hombre toma en sus manos su destino, su presente y su futuro. Si Dios comenzó la creación del mundo, ahora el hombre la continúa y lleva a su plenitud.
Aunque los renacentistas no son ateos sino creyentes, entienden de otro modo la relación del hombre con Dios, asumiendo su libertad (libre albedrío) como medio de acción. Si en la edad media el hombre “participa” pasivamente de la historia sagrada, pero sin ser agente o actor pleno, ahora el renacimiento hace del hombre sujeto de su acción, elaborando otro estatuto para la creatura humana, otro modo de relacionarse con Dios, y por tanto, otro modo de ser cristiano. 

Más que en una historia divina del hombre, se piensa en una historia natural del hombre, de modo que la preocupación no es qué hace Dios, sino qué condiciones deben existir para que el hombre también sea creador; y si es creador, es libre y artesano de su propia historia. 

No se trata sólo de un renacimiento del saber, sino del saber hacer, como en Leonardo da Vinci que plasma en su arte y en sus inventos la revelación de la naturaleza y el cambio que el hombre opera en ella. Un saber-hacer que relaciona la teoría o la reflexión con la práctica, las ideas con la técnica, la filosofía con la política y con la historia. Lo importante del renacimiento, por tanto, es comenzar o recomenzar la historia, y entender este presente como un paso de un constante devenir; un devenir que podrá tener también momentos de revolución y cambio radicalizado, algo inconcebible en la Edad Media.

Estos conceptos engendran dos elementos fundantes:
la Naturaleza, como estado primero de la historia humana, y el Estado como su culminación, naciendo de un contrato social (jusnaturalismo). Dos elementos claves en los filósofos de los dos siglos siguientes.

b) El renacimiento tuvo un aspecto muy especial, llamado Humanismo, que pone el acento precisamente en la formación de la cultura literaria, del saber científico y de la curiosidad de la razón por investigar desde un acercamiento racional a la realidad.
El mismo nombre de “humanismo” alude a un hombre que se transforma en la medida de todas las cosas, como ya habían afirmado los sofistas griegos.El humanismo prepara inmediatamente la reforma religiosa desde su crítica mordaz a la escolástica y a la vida decadente del clero. 

El máximo representante del humanismo cristiano fue el holandés Desiderio Erasmo (1466-1536), de gran prestigio en toda Europa hasta el siglo XVIII, tan crítico hacia la Iglesia Católica, de la cual sin embargo nunca se separó, como de ciertas ideas de Lutero que acentuaban la pecaminosidad del hombre y dejaban poco espacio para su libertad o libre albedrío.
Erasmo centra el humanismo en la formación de la personalidad autónoma mediante el estudio de los clásicos griegos y latinos, la historia y el alimento espiritual de la Biblia y de los Padres de la Iglesia.
Desde el punto de vista político, Erasmo es un perfecto anti-maquiavelo que critica duramente la crueldad, la mentira e injusticia de los gobernantes y la guerra, y preconiza la vivencia del evangelio, condición para la prosperidad y el orden. Más que la forma del Estado, le preocupa el espíritu y el corazón de los gobernantes.

En suma,  postula la libertad, el espíritu evangélico y el pacifismo, sin ocuparse específicamente de la filosofía política. Sus principales obras con incidencia políticas son Institutio principis christiani y Querimonia pacis  (“a propósito de la paz”)  (1516 y 1517).

Más comprometido con la política es su amigo, el católico (Santo) Tomas Moro (1480-1535), consejero y canciller de Enrique VIII. Su defensa de la unidad con Roma le valió la pena de muerte. Sus ideas las transmite en su principal libro “Utopía”  (1516).
Tras denunciar las taras de la monarquía (que sólo piensa en la guerra),  de los nobles (“zánganos ociosos que se alimentan del sudor y del trabajo de los demás”) y de los frailes mendicantes (también parásitos) , denuncia la acumulación de riquezas y propone un Estado ideal de corte comunista, con una comunidad sin propiedad privada y donde todos trabajan para todos, con leyes simples y poco numerosas, con una disciplina igualitaria y solidaria y un Estado fundamentalmente administrador. Todos los magistrados y sacerdotes son elegidos por la comunidad, primando la nobleza del intelecto y de la ética.
Los habitantes de la isla de Utopía poco a poco expanden sus ideas por el mundo con vistas a una comunidad supranacional que libera a los pueblos oprimidos (Tomás Moro inventa el término “u-topía”, que literalmente en griego significa “aquello que no tiene lugar” todavía…)
La utopía de Moro, con clara influencia de Platón y del mito de la Edad de Oro, tuvo importante repercusión aún en administradores y misioneros españoles de América.


También profesa ideas erasmistas el dominico español Francisco de Vitoria (1480-1546), profesor de Salamanca, afirmando su postura antiimperialista, tanto a nivel papal como imperial. Su principal fama le llega por ser el primer jurista de derecho internacional. En este sentido, plantea específicamente el problema de la guerra justa, opinando que casi nunca se da tal situación en los conflictos armados. Todo Estado es autónomo y no existe poder alguno supranacional, siendo el Estado una sociedad perfecta por derecho natural.
Aún los indios tienen esa autonomía y los derechos de toda persona, de modo que la colonización sólo puede ser legítima a condición de que “sea su única preocupación el bien y la prosperidad de los indígenas, y no el provecho de los españoles”. Su postura es la opuesta a la de Grocio (ver punto 8.g)
Su libro principal desde lo político es Relectiones Theologicae.
 Por otra parte, es evidente que Lutero y Calvino sólo en parte representan el ideal humanista, todavía muy anclados en conceptos teológicos medioevales y en la doctrina de la predestinación eterna a la salvación o a la condenación.

Otros importantes humanistas son los franceses Rabelais y Montaigne, como el español Luis Vives.
 Desde el punto de vista de nuestro estudio, veamos primero la crisis de la reforma y el pensamiento político de transición de Lutero y Calvino, para adentrarnos después en el pensamiento político fundante de la modernidad del Estado, con Maquiavelo, más los aportes de Bodin y Grocio, y con Hobbes, todos ellos creadores de la ideología de la monarquía absolutista.
Aunque Hobbes escribe en el siglo siguiente, por motivos didácticos lo vemos ahora.
Por último, dedicaremos unas breves reflexiones a la ideología de la conquista y colonización de América.    

5. LA REFORMA DE LA IGLESIA

Desde el siglo XIII se fueron produciendo en la Iglesia intentos amplios de reforma, tal como hemos visto en el módulo anterior, pero que nunca lograron su cometido por el poder represor de la Iglesia (Inquisición y excomunión) o porque pudo neutralizarla en movimientos regulados desde dentro, como en el caso de los franciscanos.
Por eso, cuando Lutero, un religioso agustino, sacerdote y profesor de teología, tras su viaje a Roma en 1510 (en el que le mostraron entre tantas reliquias la soga con que se ahorcó Judas) y tras establecerse en Wittemberg, se sublevó en 1517 contra la venta de las indulgencias (pagar dinero para sacar un alma del purgatorio) con sus 95 tesis, ni los obispos alemanes ni menos Roma le dieron la menor importancia, acostumbrados a clérigos rebeldes, pero temerosos de la excomunión y de la inquisición.

Sin embargo, aquel gesto de Martín Lutero significó el comienzo de una nueva etapa en la historia de la Iglesia y de Occidente, con implicaciones no sólo religiosas, sino también políticas.
Para 1520, Lutero había hecho de su protesta una causa nacional de muchos príncipes alemanes contra el papa y el emperador, refutando la supuesta donación de Constantino de los estados pontificios y afirmándose en las propuestas de su predecesor Huss.
Su movimiento, en un principio sin ninguna intención de separación o cisma, estaba en camino para la ruptura de la cristiandad, más por desaciertos del papado y del emperador Carlos V que por el peso de los argumentos teológicos esgrimidos.

En Lutero culminan las doctrinas que ya hemos analizado en el módulo anterior y que sintetizamos así:
1.    No hay diferencia entre laicos y sacerdotes (jerarquía), pues todos son el único pueblo sacerdotal. Por tanto, cada cristiano es libre y no está sometido a la autoridad eclesiástica romana.
2.    La Iglesia no tiene derecho a imponer su interpretación de la Biblia, pues ésta depende de la libre interpretación de cada uno, inspirado por el Espíritu Santo.
3.    El Papa no tiene poder universal ni derecho a convocar concilios. Hace falta un concilio universal que estructure a la Iglesia por naciones (El mismo Lutero apela a la autoridad de ese concilio).

Luego aparecen otros aspectos teológicos o disciplinarios como: la radical pecaminosidad del ser humano  y la salvación por la exclusiva fe, sin necesidad de méritos por las buenas obras; la negación de siete sacramentos y su reducción a los tres explícitamente bíblicos: bautismo, eucaristía y penitencia; la extinción de las órdenes religiosas; la supresión del culto a María, a los santos y de las imágenes; etc.

Para 1520-1 es excomulgado y Lutero quema la Bula papal; también traduce el nuevo testamento al alemán, lo que impulsa la difusión evangélica y el conocimiento de los textos sin mediación de los teólogos. En 1522 el propio papa Adriano VI, que era alemán, reconoce la culpa de la curia romana en los abusos denunciados por la reforma.
En 1524-5 se produce la revuelta de los campesinos que querían apoderarse de las tierras de los nobles, como ya lo habían hecho con las de la Iglesia, pero fueron reprimidos violentamente por Lutero, ejecutándose a su caudillo, el anabaptista Münzer, un iluminado apocalíptico que sostenía un milenarismo violento de tipo comunista (el “anabaptismo” predicaba un segundo bautismo de adultos a los bautizados desde la infancia.
Una corriente moderada aún subsiste, entre ellos los “menonitas”, que viven en comunidades cerradas aislados del mundo). El triste incidente sirvió, de todos modos, para un sometimiento de la iglesia luterana a los príncipes seculares.
Para 1526 la Dieta de Spira decide que cada principado se rija “como cada cual estimare mejor”.

Entre tanto, Carlos V estaba en guerra contra Francisco I de Francia y contra el papa que no lo había apoyado para que fuera emperador. Hacen las paces en 1529, mientras los turcos llegan a las puertas de Viena.
Para 1531, tras el fracaso de la Dieta de Augsburgo para conciliar posiciones de católicos y reformadores (cuya voz era Melanchton), los príncipes alemanes reformistas hacen la Liga de Esmalcalda. Entre tanto, el ataque turco obliga a todos a una paz forzosa, mientras aparecen nuevos grupos reformadores, algunos de ellos anabaptistas (no admitían el bautismo de niños) y otros fanáticos, combatidos tanto por católicos como por protestantes.

Para 1535 incia su actividad en Suiza Juan Calvino (1509-64), precedido por Zwinglio, cuyas ideas se propagarán en Suiza y Francia, y más tarde en Escocia y en otros países del Este europeo.

Recién en 1545 comienza el Concilio de Trento, un año antes de la muerte de Lutero, y sin participación de los reformados. En tanto, Carlos V lucha contra las tropas protestantes con resultados alternados.

Finalmente, en 1555,  la Dieta de Augsburgo impone el principio de que cada uno practique la religión de su región (cujus regio, ejus religio), de modo que cada soberano decide la religión a seguir por todos. Dos tercios de Alemania se pasan a la reforma. En 1556 abdica Carlos V y muere al año siguiente en España (Monasterio de Yuste).

Como se sabe, el calvinismo se inicia y penetra ampliamente en Francia y sus partidarios reciben el nombre de “hugonotes”, lo que provoca divisiones y guerras que llegan hasta la Matanza de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, una carnicería de varios días en que fueron asesinados unos diez mil hugonotes. Por el Edicto de Nantes, Enrique IV, ex calvinista converso al catolicismo para poder ser rey (“París bien vale una misa”) les concede la tolerancia.Pero el calvinismo se desarrolla especialmente en Ginebra con una férrea dictadura teocrática y desde allí se extiende a Escocia y pueblos del centro de Europa.
Al mismo tiempo la Reforma  es adoptada masivamente en Suecia, Noruega, Dinamarca e Islandia.

El caso de Inglaterra es especial, pues no adhiere a la reforma protestante, aunque recibe predicación calvinista. Más que reforma, lo que hubo fue una ruptura (cisma) con Roma, provocada por Enrique VIII (rey desde 1502 hasta 1542) ante la negativa del Papa de oficializar su divorcio con la española Catalina de Aragón  para casarse con Ana Bolena (que será madre de la futura reina Isabel).
El anglicanismo es una iglesia nacional dependiente de la monarquía, al que se opuso la familia real de los Estuardo de confesión católica (conocida es María Tudor, 1553-8), por lo que los católicos serán excluidos de todo derecho al gobierno; como también se opondrán los irlandeses que serán violentamente reprimidos, especialmente por el puritano Cromwell.
Pero desde el punto de vista teológico, no tiene mayores diferencias con el catolicismo, conservando el clero jerárquico por medio del orden sagrado y los otros sacramentos.
Desde el siglo XVIII el anglicanismo se extiende a las colonias inglesas de América, Canadá, India, Australia, Nueva Zelanda, Africa del Sur, Jamaica y Barbados. Hoy más de la mitad de los anglicanos vive fuera de Inglaterra. En nuestro siglo hubo un fuerte acercamiento con la I. Católica, especialmente desde la visita de del arzobispo Ramsey al Papa Paulo VI en 1966. Analicemos ahora el pensamiento de los reformadores desde el punto de vista político.

6. Pensamiento político de Martín Lutero (1483-1546) y Juan Calvino (1509-1564)

A los dos grandes reformadores de la Iglesia, Lutero en Alemania y Calvino en Francia y Suiza, se los suele conocer fundamentalmente por su pensamiento religioso, pues, en efecto, su obra consistió en una revisión de la fe cristiana y en la reforma institucional de la Iglesia.
Pero en sus escritos encontramos muchos elementos para conocer su pensamiento político, problema tan importante en aquellos momentos, sobre todo desde el instante en que los reformadores atacan radicalmente el orden ideológico medioeval del papado y su esquema teocrático. Lutero y Calvino coinciden, por lo general, salvo en algunos puntos que observaremos, ya que retoman el pensamiento de san Agustín (módulo 2, 4).

a) Recordemos, antes que nada, que la raíz de la teología de la reforma es la doctrina de que los hombres son radicalmente pecadores, y de que, por tanto, sólo pueden salvarse (“justificarse” ante Dios) por la sola y exclusiva gracia divina. Siguiendo a san Pablo y san Agustín en este punto, concluyen que nadie se salva por mérito de sus buenas obras (ética), ni por indulgencias ni por intercesión de los santos. Sólo salva Dios por medio de la fe.
Con esto, se echa abajo, no sólo la doctrina tradicional de la Iglesia, sino cualquier fundamento en la ética de Aristóteles y en su concepto de virtud.Pero los reformadores no excluyen la ética, pues la fe en Jesucristo y la aceptación de la palabra de Dios revelada sólo en las Escrituras, implica cumplir aquellas normas prescritas por la fe. Es la fe que “se vuelve activa en el amor” al prójimo.

El otro punto radical de la reforma, por tanto, es la aceptación exclusiva de la Biblia, sin los agregados de la teología, tradición y otras normativas de la Iglesia. Una Biblia sujeta a la libre interpretación de cada creyente que tiene la luz del Espíritu Santo en cuanto miembro del pueblo sacerdotal de Dios.
De la Biblia emanan leyes, algunas meramente rituales que ya han caducado, y otras obligatorias para los cristianos. Mientras que Lutero ve las leyes más como un freno al pecado, Calvino las mira en su aspecto màs positivo como pautas de vida.

b) Siguiendo siempre el pensamiento de san Agustín, ambos reformadores afirman la doble ciudadanía de los cristianos, como miembros de la Iglesia y como ciudadanos de un Estado.
Hay un gobierno espiritual, que se ocupa del culto y de la piedad; y uno civil que instruye en el cumplimiento de los deberes obligatorios a todos. “El primero se refiere al alma, en tanto que el segundo se ocupa de las cosas de la vida actual, alimentos, vestidos y la promulgación de leyes para que el hombre viva con sus semejantes con pureza, honorabilidad y moderación. A la primera forma la llamamos el reino espiritual, y a la otra, el reino temporal” (Instrucciones, de Calvino)

Y como ya lo señalara san Agustín, el reino espiritual no coincide necesariamente con la Iglesia, pues sólo Dios conoce quien pertenece a él. Hay, por lo tanto, una clara distinción entre el ámbito religioso y el político.
Pero ambos reinos tienen su origen en Dios, sin derivarse el uno del otro (como era la doctrina de la teocracia). Ambos son expresión del amor de Dios y de su cuidado por los hombres. Dios nos da sus dones por medio del predicador (pastor, no sacerdote) y del gobernante, y cada cual, a su modo, señala el camino del cielo. El gobierno espiritual nos lleva a amar a Dios; el temporal nos ayuda a amar y servir al prójimo.
En consecuencia, tanto la ley humana como el evangelio, la razón como la fe, la filosofía como la Biblia, el Estado como la Iglesia (definida como comunidad de fe) son necesarios para la vida en este mundo, y ambos cumplen, al sumarse y complementarse, la voluntad de Dios.
Ambos reinos, pues, deben estar juntos y en armonía, aunque sólo en la otra vida habrá una síntesis completa.

Es el demonio (tema importante en la Edad Media y en la Reforma) el que crea divisiones entre ambos órdenes. sea “por las turbas asesinas y ladronas de campesinos”, sea por el Papa que “no sólo ha mezclado la ley con el evangelio, sino que ha hecho del evangelio simples leyes que no pasan de ceremoniales; y también ha confundido en forma diabólica e infernal las cuestiones políticas y eclesiásticas” (Comentario al salmo 101, Lutero).

c) Dada esta neta separación de los dos órdenes, el político y el religioso, pero ambos como expresión de la voluntad de Dios, surge la doctrina de que la autoridad civil recibe directamente de Dios su poder temporal, sin intervención del papa o de la iglesia, pero tampoco del pueblo. Ninguna concesión, pues, a la teocracia, pero tampoco a la democracia.
Los reformadores coinciden con Marsilio y Ockam en negar la teocracia, pero disienten en el rol del pueblo como elector de sus gobiernos. En consecuencia, los reformadores le otorgan al poder civil una dignidad propia, más total y absoluta que la medioeval en cuanto proviene directamente de Dios.

Una doctrina que los reyes y príncipes absolutistas recordarán constantemente.Los reyes tienen una autoridad “delegada” por Dios, no por el pueblo, y sólo subordinada a la soberanía divina.  En esto la reforma sigue al pie de la letra el texto de san Pablo: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no venga de Dios, y todas las que existen, han sido constituidas por Dios. En consecuencia, el que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios… porque ella no ejerce en vano su poder, sino que está al servicio de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal. Por eso, es necesario someterse a la autoridad, no sólo por temor al castigo, sino por deber de conciencia…” (Rom. 13,1-4)

Por tanto, Dios ha constituido a los gobernantes por causa del pecado, para que se ocupen de sus consecuencias, de la desobediencia y de toda forma de corrupción, para premiar el bien, castigar el mal y proteger a la iglesia.Así, pues, los reformadores vuelven absoluta una doctrina de san Pablo en un desafortunado texto que no reflejaba más que la universal creencia de la época, ajena a toda perspectiva democrática. Pero el fundamentalismo bíblico de los reformadores no pudo prever esta distinción, y crearon bases sólidas para el absolutismo de los reyes, cerrando toda posibilidad a una rebelión basada en la democracia.

d) A pesar, pues, de esta separación de Iglesia y Estado, ambos reformadores admiten que el Estado tiene el deber de ocuparse del mantenimiento del culto de su país.
Más aún, el Estado tiene derecho y aún obligación, si fuera necesario, de corregir y reformar a la Iglesia, de acuerdo a los dictados del Evangelio.Por tanto, dos condiciones para esa intervención: sólo en casos especiales, y de acuerdo a la palabra de Dios.Pero esto, naturalmente, crea una confusión y excesos imposibles de controlar, más la gran dificultad de que el Estado pudiera conocer con certeza cuál es la voluntad de Dios.
La preocupación de Lutero era que el Estado fuese un dique contra el pecado, el poder del demonio y el poder del Papa.

Pero, en lo substancial, desde el punto de vista meramente político, la reforma sostiene que hay una sola espada, y es la del gobierno civil, independiente de la Iglesia, que no puede entrometerse en los asuntos civiles, y ambos poderes deben colaborar, como siervos “iguales y separados”, en cumplir la voluntad divina.
Fácil es advertir la importancia de esta doctrina que dará un tremendo auge a los estados protestantes que, con la ayuda de la razón (aplicada a la ciencia, a la tecnología o a la guerra) alcanzarán pronto un gran desarrollo.Por su parte, los filósofos quedan liberados de la tutela de la teología y de la Iglesia, al igual que los científicos y políticos, lo que promueve el auge del pensamiento autónomo.Por su parte, la teología siempre será teología bíblica, o sea, explicitación y profundización de la Sagrada Escritura.

e) Esta relación única entre Estado y razón es claramente expresada por Lutero:
“Dios creó al gobierno temporal sujeto a la razón, porque no debe tener jurisdicción sobre el bienestar de las almas o temas de valor eterno, sino sólo sobre los bienes corporales y temporales que Dios coloca bajo dominio del hombre.Por esta razón, nada se nos dice en el Evangelio sobre cómo se debe mantener y regular el gobierno secular, salvo cuando el evangelio pide que el pueblo lo honre y no se le oponga. Por lo tanto, los paganos pueden hablar y enseñar mucho sobre el arte de gobernar, y suelen ser mucho más hábiles que los cristianos… El que desea aprender a gobernar, que lea los libros y escritos de los paganos” (Salmo 101).
Lo que no es obstáculo para que Lutero llame a Aristóteles “ese canalla pagano, presuntuoso y condenado”, dada su influencia sobre la teología (¿culpa de Aristóteles o de los que lo siguieron?)

f) Respecto a la Iglesia, aunque todos los reformadores niegan su estructura jerárquica, unos la ven como meramente espiritual o “invisible” y Cuerpo de Cristo, especialmente Lutero que sigue aquí a Wiclef y Hus, sólo discernible en la comunidad de hermanos; otros, como Calvino, insisten màs en su visibilidad, pues necesita cierta “constitución y disciplina”, ya presentes en las Escrituras.

g) Si los anteriores principios están claros, es obvio que los reformadores no se preocupen mucho por la forma de gobierno, algo que en realidad no es de su competencia.
De todos modos, en esto punto Lutero y Calvino de distinguen radicalmente.
Lutero supone que la naturaleza corrupta del hombre no lo habilita para la democracia, “pues la chusma no tiene moderación ni conoce ninguna, y en cada individuo hay más de cinco tiranos. Por tanto, es mejor sufrir el mal de un solo tirano, o sea, de un gobernante, que de innumerables tiranos, o sea, de la chusma”.
Este argumento de Lutero, que tan bien utilizarán los monárquicos y liberales, confunde el concepto de democracia (gobierno del pueblo) con gobierno de la “chusma” en cuanto negación de todo gobierno ordenado (anarquía), algo que ya Aristóteles había distinguido con claridad.La razón y la justicia, según Lutero, pueden estar en cada individuo, pero no en todos juntos que forman la chusma.En consecuencia, el mejor gobierno es la monarquía, y aún la peor monarquía o tiranía es mejor que el gobierno de la chusma.

h) Otra consecuencia obvia: el pueblo le debe al gobernante obediencia y respeto siempre y en todas las circunstancias, como a Dios mismo, aunque fuese un mal magistrado o un tirano (en esto nuevamente se separa de la opinión de Marsilio, Wicleff y Ockam), pues, al fin y al cabo, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Si el gobierno es malo, hay que aceptarlo como una cruz que hay que saber llevar, pues toda resistencia es una usurpación.

Esta doctrina opuesta a toda la tradición cristiana y a todo concepto democrático, admite según Lutero dos excepciones: primera, cuando el gobierno obliga a cometer un acto de abierta injusticia contra el prójimo, o sea, si va contra los mandamientos; y segunda, cuando el gobierno civil se entromete indebidamente en cuestiones de fe y culto en forma contraria a la palabra de Dios. Pero aún en estos casos, si bien es lícito desobedecer, no se debe usar la violencia o apelar a la revolución. En todo caso, hay que huir a otro país. Son evidentes, pues, las muchas contradicciones de Lutero.

i) Calvino, por su parte, en sus últimos años dejó la puerta abierta para una resistencia violenta.
El mismo Calvino que, con respecto a la forma de gobierno, prefiere el aristocrático, se base o no en el voto popular, y enseña que deben tener alguna forma de “frenos y equilibrios”.En efecto, si gobiernan varios al mismo tiempo, pueden aconsejarse y controlarse entre sí, evitándose la tiranía y otras formas de corrupción.
Calvino admite la elección popular, pero con ciertas salvaguardas para que no haya excesos, y sin ningún entusiasmo por la democracia o la soberanía popular.Esto no es sino consecuencia de la doctrina de que el poder viene de Dios, aún cuando haya elección popular.

j) Respecto a la tolerancia, la postura de Lutero fue contradictoria.
Cuando comenzó a predicar la reforma, sostuvo firmemente el principio de la total tolerancia (que, por otra parte, mucho necesitaba). Pero más tarde, ya afirmado y con el apoyo de los príncipes alemanes, cambió de postura y persiguió implacablemente, no sólo a los católicos, sino también a los anabaptistas, a los judíos y a los campesinos rebeldes, llegando a posturas sanguinarias.

Calvino, por su parte, mantuvo una postura más estable y coherente, pues predica la lucha del magistrado cristiano contra la herejía , ya que es el lugarteniente de Dios y debe defender su honor. Entre tales herejes, obviamente, están los católicos. Calvino, como sabemos, instaló en Ginebra un férreo gobierno de la mayor intolerancia religiosa.

k) Finalmente, digamos que, con respecto a la ley natural, los reformadores sostienen la validez única de la ley positiva divina. Una ley que tiene un uso espiritual (convencer de pecado y señalar el camino del evangelio) y un uso civil (controlar la moralidad pública). En los que no conocen la ley del decálogo, Dios la puede imprimir en sus almas, de modo que siempre es obligatoria para todos.
La ley del Estado se conforma, pues, para mantener la conformidad externa con la moral. Aunque obligatoria, siempre será imperfecta y una forma de “parchar y remendar”, como decía Lutero. Se trata de cuestiones que deben tratar los especialistas y en las que no debe meterse la iglesia, aún en cuestiones relacionadas con el matrimonio y el divorcio. Es otro punto en el que la iglesia reformada y la católica no coinciden, y de gran importancia en los Estados de la modernidad.

l) El lector no dejará de notar ciertas ambigüedades y contradicciones en esta doctrina política, que nunca fue elaborada ex profeso sino según las circunstancias lo pedían. Aunque la autoridad civil es apreciada en cuanto originada en Dios y como cumplimiento de su voluntad, no deja de haber cierta desvalorización y desentendimiento de su rol.
Lo que desembocará inevitablemente en un Estado laico, absolutamente desentendido de las cuestiones religiosas. Lutero quiso “encontrar un fundamento sólido a la ley y al poder temporal, con el fin de que nadie dude de que existe en este mundo por la voluntad y mandato de Dios” (De la autoridad temporal), pero no pudo desprenderse de la concepción medioeval que hacía surgir todo poder directamente de Dios, de modo que todo termina en dar nuevas razones para seguir obedeciendo.

Esta obediencia es subrayada por su doctrina radicalizada de la maldad humana y por la separación bastante maniquea que hace entre alma y cuerpo, de modo que si el alma es libre, el cuerpo (terreno del demonio y del pecado) debe someterse al Estado para su control, pues “habida cuenta de que todo el mundo es malo y apenas se encuentra un verdadero cristiano entre mil seres humanos, éstos se devorarían entre ellos, de modo que nadie habría capaz de mostrar a las mujeres y los niños cómo alimentarse y servir a Dios… Por eso Dios ha instituido los dos Reinos… el temporal, que es un obstáculo para los no cristianos y los malvados, a fin de que estén obligados por coacciones externas, a respetar la paz y mantenerse tranquilos, lo quieran o no… Es preciso que haya quien encarcele a los malos, los acuse, los degüelle y los mate, y que proteja a los buenos, los defienda y los salve…” (id).

De modo que Dios aparece justificando tanto a la política, como a los jueces y verdugos.Se trata, pues, de un poder temporal orientado hacia afuera, hacia los malos, entre los cuales incluye, por cierto, a los que siguen al papa.
Con el mismo esquema, predica la total obediencia, menos a los príncipes que no pertenecen a la Reforma.La doctrina de los dos reinos y dos ciudadanías, termina siempre en un callejón sin salida. O uno absorbe al otro, como fue la tendencia medioeval, o uno se independiza totalmente del otro, como es la tendencia moderna.

La reforma, pues, aún sin proponérselo, ha puesto las bases suficientes para un Estado laico y absolutista, como así también para una gran expansión de la actividad profana, sea en las ciencias, como en la filosofía y en el progreso material. Algo evidente en el futuro de Prusia y Alemania.
En este sentido, Lutero es el primero que pone las bases para la unidad germana en su escrito A la nobleza cristiana de la nación alemana, siendo un claro antecesor de Hegel en la concepción de un Estado fuerte y de la misión salvadora de la nación germana y protestante.

7. Reforma católica: Compañía de Jesús y Concilio de Trento

La reforma de la Iglesia mediante un Concilio llegó demasiado tarde, resistida siempre como un fantasma por los papas y la curia romana que seguían como si nada hubiera pasado.

a) Había dos tareas prioritarias: desmundanizar la curia de Roma y restablecer las relaciones entre la religión y la cultura.
La primera tarea demandó dos siglos más; la segunda, nunca se tomó en serio, salvo por la acción de los jesuitas, fundados oficialmente en 1541 por el vasco Ignacio de Loyola.  La Compañía de Jesús, concebida como una fuerza de choque al servicio de la Iglesia, se fundamentó en la esmerada preparación de sus miembros y en la intensa acción apostólica con el espíritu de los “Ejercicios espirituales”, libro y praxis de importancia fundamental aún hasta el día de hoy.Los éxitos y el prestigio de la nueva Orden fue incalculable en número de miembros (mil a la muerte de S. Ignacio, 10 mil, cincuenta años después) como en obras, especialmente de educación (colegios y universidades, entre otros el Colegio Romano y el Colegio Germánico.

En Argentina, la Universidad de de Córdoba ), dedicándose fundamentalmente a las clases altas para formar dirigentes. También se dedicaron a  la labor evangelizadora en las misiones (S. Francisco Javier llega a China y Japón en vida del fundador; misiones jesuíticas en Paraguay y Brasil,  etc.).Un éxito que atrajo la animadversión, tanto dentro como especialmente fuera de la Iglesia, con varios procesos de exterminación y suspensión.

b) El Concilio de Trento fue convocado por Paulo III y se realizó en tres etapas: de 1545-47, 1551-2 y 1562-63, un lapso largo de tiempo que indica las dificultades políticas del momento y la lentitud de la reforma. Pocos fueron los obispos miembros: 31 en la apertura y 232 en la clausura de 1563, y con la predominancia intelectual conservadora de los españoles.Su principal efecto positivo se dio en el ordenamiento de las cuestiones de fe como un cuerpo doctrinario católico, condensado en el Catecismo Romano, y en los esfuerzos para la formación del clero en orden a que cumplan su cometido pastoral (se fundan los seminarios teológicos).

Pero la  reforma “en la cabeza” no se realizó, de modo que los efectos del concilio fueron muy lentos, amén de las dificultades políticas propias de cada país. Lo que sí es evidente que desde Trento, la Iglesia Católica se centraliza cada vez más como institución religiosa gobernada por el papa y se transforma en una “institución” con fuerte acento jurídico y organizativo.Respecto a los reformados, el concilio no tuvo influencia alguna.

c) Curiosamente, sin embargo, este siglo del mayor escándalo de la Iglesia que no pudo mantener su unidad, se vio compensado por una legión de hombres y mujeres que merecieron el título de santos, como el lector puede leer en la síntesis histórica.
Otro signo claro de renovación fue la expansión misionera, no sólo en América, sino en el Extremo Oriente e India. En América, como sabemos, la evangelización estuvo obscurecida por la simultanea conquista, con todos los abusos del caso.
De allí que se destaque la lucha a favor de los indígenas de Bartolomé de las Casas (+1566) y la del jesuita S. Pedro Claver (+1654) a favor de los negros en Cartagena de Indias. En Argentina, Paraguay y Brasil se destacan las reducciones jesuíticas que llegaron a congregar a unos 150 mil indígenas, desde 1631 hasta 1767.

En definitiva, el siglo XVI, deslumbrante por el arte renacentista que aún hoy admiramos en los frescos de la Capilla Sixtina o en la cúpula de San Pedro, constituyó el siglo de los mayores desaciertos y desastres de la Iglesia, conducida ciegamente desde la curia romana, que fue incapaz de comprender la nueva realidad.

Un símbolo de ello es que este siglo termine, en pleno jubileo, con el juicio de la inquisición romana al ex dominico Giordano Bruno, de gran prestigio en toda Europa por sus ideas filosóficas sobre la infinitud del cosmos, de cierto panteísmo, tras ser entregado por la inquisición de  Venecia. Fue quemado vivo en la hoguera en 1600 en la misma Roma.
Treinta años después, bajo Urbano VIII, serán condenadas como heréticas las ideas científicas de Galileo Galilei, obligándose al sabio a una ficticia retractación. E pur si muove (“y a pesar de todo, se mueve”) dirá el sabio refiriéndose al movimiento de rotación de la tierra.

d) Francisco Suárez (1548-1617) filósofo y teólogo jesuita, merece especial mención por sus teorías políticas que tendrán importancia no sólo en Europa sino en América hispana. Enseña que el Estado existe por derecho natural, aunque en segundo término es aceptado por el pacto de los ciudadanos. Su fin es el bien común, “una verdadera felicidad política”, y goza de autonomía total.

Pero la soberanía y la libertad reside en la comunidad que elige a sus gobernantes y el régimen político de su agrado; para Suárez, de acuerdo a su época, el mejor sistema es el monárquico. Si la comunidad elige la monarquía, después no puede revocarla ni desobedecerla. Por tanto, el rey ejerce el poder por delegación, pero esa delegación es irrevocable.
Sin embargo, es una soberanía con límites. Ante todo, el soberano debe sólo buscar el bien común, de lo contrario se transforma en un tirano. Por otra parte, tal soberanía no es absoluta, pues el monarca debe reconocer cierta autonomía y ciertos privilegios a la comunidad.

También rechaza la teoría de las dos espadas, y sostiene una clara autonomía y distinción entre Iglesia y Estado. El Papa sólo tiene un poder indirecto sobre el Estado, cuando los fines espirituales así lo exijan.
Sigue los lineamientos de Vitoria en cuanto a la guerra justa y a la imposibilidad de una soberanía supranacional, pero sin embargo recuerda que por encima de las particularidades de los Estados, está la unidad del género humano que engloba a todos los hombres sin distinción.
Su doctrina de la soberanía residente en la comunidad con el derecho de elegir el régimen que prefiera, tendrá repercusiones posteriores en la mente de los criollos que buscaban su independencia de España. Su principal obra política es De legibus, de 1612.

8. Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
Juan Bodin (1530-96) y Hugo Grocio (1583-1645)

a) Maquiavelo, conocedor y discípulo ideológico de Marsilio de Padua, es el único pensador político cuyo nombre ha entrado en el uso común para designar un tipo de política que existe (el maquiavelismo) y que seguirá existiendo, cualquiera sea su influencia: una política guiada exclusivamente por razones de conveniencia y que emplea todos los medios, justos o injustos, para alcanzar sus fines; siendo el fin último el engrandecimiento de Estado, la patria, y poniendo también a la patria al servicio del estadista o del político.
Maquiavelo fue quien defendió por primera vez el famoso principio de que “el fin justifica los medios”.

Su pensamiento lo encontramos en su clásico libro El Príncipe (1513), dedicado a Lorenzo de Médici, amo de Florencia, y en la colección de sus llamados Discursos. El mismo expresa su objetivo: “He compuesto un libro “El Príncipe” en el que profundizo lo mejor que puedo en el problema que plantea tal tema: qué es la soberanía, cuántos tipos hay, cómo se adquiere, cómo se guarda y cómo se pierde… Debería ser sobre todo un asunto para un príncipe nuevo” (carta a Vettori).

Por tanto, en su libro hace un retrato de un príncipe soberano, cuyo poder se define por la soberanía. “Soberanía” es una concepción profana, o sea no sagrada, de la vida política, ya iniciada por Marsilio. Por tanto, la política es concebida como una institución del Estado.
El príncipe (duque, rey, emperador) es su fundador, lo instaura y lucha para conservarlo; su poder es de conquista, su legitimidad es su propia fuerza.
La política no aspira a ningún bien que la trascienda, pues es en sí misma su fin para la conquista del poder del Estado. La política es una estrategia y el arte de establecer un orden. Fundar un estado es la tarea del príncipe, en un acto histórico concreto y no desde un derecho natural o divino.

Por tanto, la política pasa de Dios a los hombres, pierde su origen en Dios, y con ello cae toda la tradición bíblico-cristiana-medioeval. Pero también es la resultante del deseo del pueblo, porque la política es un asunto que se arregla entre los hombres tal como históricamente se dan y porque no se puede gobernar sin tener en cuenta a los muchos que forman el pueblo: “ Un individuo puede hacerse príncipe sin crímenes ni violencias intolerables, cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su propia patria. Por eso, a ese principado lo llamo civil”.

Por lo tanto, “en cualquier ciudad hay dos inclinaciones diversas: una de ellas proviene del deseo del pueblo de no ser dominado ni oprimido por los grandes; la otra, de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento de la república, o del principado, o la anarquía”.
El príncipe tiene que lograr el favor de los grandes, debido a su poder, pero también el del pueblo, “cuyos deseos tienen un fin más honrado que el de los grandes, en atención en que éstos quieren oprimir, mientras que el pueblo se limita a no ser oprimido.

Añádase a esto que si el príncipe tiene por enemigo al pueblo, no puede estar jamás en seguridad, porque el pueblo se forma con un grandísimo número de hombres”.
Así, pues, el apoyo democrático es también una necesidad del gobernante, y “un gobernante prudente debe imaginar un modo de proceder de modo que sus gobernados, siempre y en toda circunstancia, tengan una grandísima necesidad de su gobierno. Es el expediente más seguro para tenerlos fieles para siempre”.

En definitiva, un Estado autónomo no se legitima con la sola fuerza, sino por aquella legitimidad que emerge de la acción política en la cual participará el pueblo.En el momento en que un príncipe conquista el poder, en ese instante está legitimado, porque la política es acción y no hay nada previo a ella misma.
La política procede de sí misma y el poder es su causa, sin necesidad de buscar justificaciones en Dios o en la ley natural.De allí el nombre de “príncipe”, que significa primero, fundador, lo “nuevo”.
En consecuencia, si Maquiavelo busca afirmar la soberanía, más del príncipe que del Estado, también pone las bases para un estado absoluto y totalitario, el “Leviatán” de Hobbes. Más que definir la soberanía, el culto florentino describe el terreno en el cual se ejerce.

b) Quien lo completa es Jean Bodin, jurista y economista francés (1530-96), quien en Seis libros sobre La República (1576) centra la soberanía, no en el príncipe sino en la república, que tiene la “potestad soberana”.
En efecto, “República es el justo gobierno de varias familias y de lo que les es común, con potestad soberana”. Por su intermedio, el Estado asegura “el bien común de todos en general y de cada individuo en particular”, siendo la soberanía la verdadera alma de la república.

Por tanto, la soberanía existe en sí misma, como principio y abstracción del Estado, y por ella se puede ejercer la autoridad. Es una potestad que existe siempre, independientemente de las instituciones concretas y de las personas. Es indivisible y absoluta, concediendo al Estado el poder de hacer leyes “aún sin el consentimiento de los súbditos”, siempre y cuando no estén en contra de las leyes de Dios y de la naturaleza.
Si así sucediere, es lícito desobedecer pero no alzarse en rebelión (algo ciertamente contradictorio). Bodin, aunque sostenedor de la monarquía absolutista (no tiránica) y de un Estado secular, racionalista y tolerante, se opone decididamente al pragmatismo de Maquiavelo, a quien conoce y aborrece.

En consecuencia, este concepto de soberanía es el corazón del nuevo mito del poder, tal como nos llega hasta el día de hoy.
Y de ella emerge la obligación de la obediencia.En este paso de la edad media a la modernidad, es evidente que la soberanía, como principio de toda autoridad, ocupa el lugar de Dios.

En síntesis: “He dicho que esta potestad es perpetua: porque puede hacer que se dé potestad absoluta a uno, o a varios en cierto tiempo, finalizado el cual, no son más que súbditos; y mientras están en potestad… no son más que depositarios y guardianes de esa potestad, hasta que plazca al pueblo o al Príncipe revocarla, el cual siempre puede disponer” (Libro I).
O sea, la potestad soberana es independiente de los poderes concretos que derivan de ella. Por tanto, Bodin con Hobbes (como luego veremos) son los ideólogos del absolutismo.

c) Maquiavelo, por su parte, nos describe en su libro todas las artimañas de que ha de valerse el príncipe para apropiarse de ese poder soberano y ejercerlo sin perderlo, usando la adulación popular, la astucia o la fuerza.Una postura contraria a los teóricos y utopistas de la política: “Siendo mi propósito escribir una cosa útil, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de la cosa que tras su apariencia.
Porque muchos se han imaginado como existentes a repúblicas y reinos que nunca han sido vistos ni conocidos; porque hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que aquel que abandona “lo que se hace” por lo que “debería hacerse”, marcha a su ruina en vez de beneficiarse. Pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno, es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual, es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse, aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con las circunstancias” (cap. 15)

No hay duda de la clara alusión a los idealismos del Reino de Dios y del resto de la filosofía política de la escolástica y de los filósofos griegos, especialmente Platón.
Y una afirmación de lo que llamamos una política “realista” o pragmática, en que la realidad concreta termina transformándose en ley y principio.Y para enseñar al príncipe cómo gobernar, Maquiavelo alude constantemente a la historia antigua, tanto a persas y griegos, como especialmente a los romanos, de quien es profundo admirador desde la lectura exclusiva de Tito Livio.

d) El florentino reconoce que la enseñanza tradicional de vivir virtuosamente es correcta, pero niega que la virtud sirva para para gobernar un estado y para ser felices.Así, el gobernante tiene que saber ser avaro y codicioso, pero también generoso si de ello depende el favor del pueblo. Si sólo se guiara por la generosidad, terminaría arruinándose.
Con el mismo criterio pragmático trata sobre la crueldad y su opuesto, la compasión.
Todo depende de las circunstancias y de la necesidad del estadista de emplear un camino u otro, pues un tema importante es si el príncipe tiene que ser temido o amado.

Tomando ejemplos de la historia (Aníbal, César Borgia), enseña que el gobernante debe saber mostrarse de una forma u otra, según mejor le convenga, pues lo importante es “aplicar bien” la crueldad cuando haga falta.
“Podemos llamar buen uso de la crueldad, a aquellos actos… que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de la propia seguridad, sin continuarlos después y que, al mismo tiempo, trata uno de dirigirlos, en cuanto sea posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados… Es menester, pues, que quien toma el poder de un Estado, ejerza los actos de rigor que tiene que hacer, de una sola vez e inmediatamente, a fin de no tener que volver a ellos todos los días… para tranquilizar a los gobernados, a los que ganará después fácilmente haciéndoles el bien… En cambio, estos beneficios tienen que hacerse poco a poco, a fin de que el pueblo tenga tiempo de saborearlos mejor”.

De la misma manera, no siempre se debe emplear la fuerza, pues a menudo da mejores resultados el engaño y la astucia. En todo esto consiste la verdadera “virtud” del gobernante (virtud como “viveza” o habilidad), distinta de la virtud del ciudadano, en cuanto bondad y obediencia.Más que a la virtud moral, hay que entregarse a “la fortuna”, como hicieron los romanos, poniendo fuerza y grandeza de espíritu, no humildad y desprecio por las cosas humanas. Por tanto, oposición entre la virtud romana y la cristiana.

e) Para Maquiavelo, todas las religiones, incluyendo el cristianismo, son de origen humano y no divino. La religión o teología válida es aquella que sirve al Estado, y que el Estado puede utilizar o no, según su conveniencia. En las repúblicas, que no tienen un gobierno suficientemente fuerte, la religión ayuda a mantener el orden y la obediencia. En efecto “hay empresas dificultosas o peligrosas, aún contrarias a la disposición natural del pueblo, y que sin embargo son necesarias para su prosperidad, de modo que sólo se lo puede convencer si se le muestra que estàn mandadas por la religión… En todas partes hay ejemplos convincentes de esto, por lo que puede verse cuán útil es la religión a la política” (Discursos sobre T. Livio)

En esta misma línea de pensamiento, afirma que como los hombres son de por sí malos y corruptos, el orden reposa en la bondad de las leyes que consiguen que “los hombres se abstengan de obrar mal, más por necesidad que por convicción”. Si fallan las leyes, no queda otro remedio que un fuerte gobierno monárquico que ponga freno.

f) En definitiva, cualquiera sea la valoración que demos a los fundamentos filosóficos y éticos de la doctrina de Maquiavelo, hay una cosa cierta: desde entonces la política no es la misma, y el consejero de los Médici ha sido por siglos el asesor de una generación de gobernantes que aún superaron al maestro en el arte de ostentar el poder, y que siguieron al pie de la letra sus consejos. Quien quiera comprender el estilo de la política moderna, debe leer El Príncipe, libro de cabecera de los políticos y estadistas de ayer y de hoy, pues “mi libro no tiene otro adorno ni gracia más que la verdad de las cosas… y cuando Ud. se digne leer esta obra y meditarla con cuidado, reconocerá en ella el extremo deseo que tengo de verlo llegar a aquella altura que su suerte y sus eminentes cualidades le permiten”:

Nada mejor que concluir con algunos de sus consejos:
“ Un gobernante debe aparentar ser, ante quienes lo miran y escuchan, todo piedad, todo integridad, todo fidelidad, todo bondad y todo religión. Pues los hombres, en general, juzgan más por sus ojos que por sus manos; ya que todos pueden ver, pero pocos pueden sentir. Todos ven lo que parece ser, y pocos se acercan a lo que es, y esos pocos no se atreven a contradecir la opinión de los muchos que necesitan la majestad del Estado para defenderlos”.

“La experiencia demuestra que, en nuestros tiempos, los gobernantes que han hecho grandes cosas son aquellos que dieron poca importancia al mantenimiento de la palabra; siendo, más bien, diestros en confundir astutamente a los hombres. Podríamos citar incontables ejemplos modernos de ello, y mostrar cómo muchas promesas se han vuelto nulas y vacías”.
“Ninguna cosa le granjea más estimación a un gobernante que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas”.

“Para conservar a un buen ministro… el gobernante debe pensar en él, rodearlo de honores, enriquecerlo y atraérselo por la gratitud de las dignidades y cargos concedidos. Los honores y riquezas que le concede, colman sus deseos de ambición… y le hacen temer que cambie el gobierno, pues sabe muy bien que sólo puede mantenerse con él”.
“Cuando la masa está corrompida en un Estado, las buenas leyes no sirven para nada, a no ser que se confíe su ejecución a un hombre que pueda tener suficiente fuerza para hacerlas cumplir, de modo que la masa se haga virtuosa. Pero no creo que esto haya sucedido jamás, y ni siquiera que sea posible … La corrupción y la poca aptitud para vivir en libertad, provienen de las desigualdades que hay en la república, y cuando uno quiere establecer la igualdad, es necesario emplear grandísimos y extraordinarios medios que pocos gobernantes saben o quieren emplear” (este último texto es del Discurso sobre T. Livio).

g) El pensamiento de Grocio (1583-1645)
Este holandés, de gran cultura general y eximio jurista, es sobre todo conocido por su obra Sobre el Derecho de la guerra y la paz (1625). Grocio reconoce la existencia de la ley natural, y declara que sería válida aún en el supuesto de que Dios no existiese. Por tanto, desacraliza la ley natural y la torna obligatoria en todos los casos. Algo que ciertamente resultó una doctrina nueva y muy controvertida.

Su aporte más interesante es el derecho internacional en la cuestión de la guerra justa. Grocio afirma que una guerra puede ser justa, apoyándose en la defensa de la ley natural y en citas de la historia y aún de la Biblia.
Y distingue dos tipos de guerra justa: las entabladas en defensa propia o de la propiedad, y las entabladas para castigar injurias y dar un castigo merecido.
Lo novedoso de su postura es que considera justa una guerra si se hace para castigar a un gobierno extranjero que “viole excesivamente la ley natural” aún cuando no cause daño directo al supuesto justiciero.

Esta postura, contraria al derecho internacional tradicional sostenido por el teólogo y jurista español Francisco Vitoria, justifica, por tanto, que un país haga la guerra a otro, sin ser atacado por él, pero bajo el supuesto de que se lo hace para defender la ley natural violada o como “guerra de civilización” contra posturas bárbaras.Una doctrina harto peligrosa y que facilita cualquier tipo de intervencionismo, como también de guerras de conquista a los pueblos “bárbaros”.

Contemporáneo de Grocio es Althusius (Juan Altahus, 1557-1638), jurista calvinista ligado a la situación de Alemania con sus particularismo locales y tendencia a la autonomía frente al centralismo. Construye su sistema jurídico sobre la noción de “comunidad orgánica”, considerando como Aristóteles al hombre como un ser eminentemente social.
Tras analizar los componentes de toda sociedad (familia, agrupaciones, municipio), Althusius presenta al Estado como una federación de regiones y ciudades autónomas, pero sin que se pierda la unidad nacional, como “un pueblo en un cuerpo bajo una cabeza”, dotado de “suficiencia universal”
La soberanía (conoce a Bodin) reside en la comunidad, siendo el rey un delegado mediante un pacto con el pueblo. Con su federalismo, Althusius pretende conciliar las autonomías de las regiones alemanas con un Estado central. Su libro: Politica methodice digesta, de 1603.

9. Thomas Hobbes (1588-1679)

Nacido en el final del siglo XVI, su obra se desarrolla en el XVII, siendo un defensor férreo de la monarquía absolutista de los Estuardo, por lo que tuvo que refugiarse en Francia durante el conflicto del parlamento con el rey (desde 1640). Debido a sus numerosos viajes, conoció a Galileo y al pensamiento francés de su época. Aunque asociado con la filosofía empírica del siglo XVII, lo analizamos ahora porque forma una unidad de pensamiento político con Maquiavelo y Bodin en pro del absolutismo.

a) La filosofía política de Hobbes, tan importante para la monarquía absoluta de la modernidad, la encontramos en tres libros: Elementos de la Ley, El ciudadano y Leviatán (1640-51).
Su intención fue doble:
·       poner a la filosofía política y moral sobre una base científica, y
·       contribuir al establecimiento de la paz, vida cívica y de la amistad. Sigue a Maquiavelo en la idea de que la filosofía polìtica antigua falló por falta de realismo y por sus miras demasiado altas, pues “se hicieron leyes imaginarias para repúblicas imaginarias”. La política no debe buscar la virtud o la perfección del hombre, sino esas metas bajas que todos los hombres buscan, y por eso, metas posibles.

b) Pero Hobbes elabora, apartándose de Maquiavelo, un código de ley moral natural, moralmente obligatoria y ajustada a los fines de la sociedad civil.Esta ley natural no busca la perfección del hombre, ni está asentada en la razón sino en la pasión, a la que consideró como la raíz de toda conducta humana.
Analizando las pasiones, Hobbes llega a la conclusión de que existe un “estado de naturaleza”, cuya tendencia no es impulsar al hombre a ser social y político (teoría tradicional desde Aristóteles), sino todo lo contrario: es una vida prepolítica en que los hombres viven sin gobierno o sin un poder común sobre ellos.
Si este es el estado de naturaleza, digamos “puro” (que históricamente se manifiesta en pueblos muy primitivos o en situaciones de anarquía y desgobierno), surge entonces la pregunta: ¿porqué esos hombres se deciden a formar una sociedad política con un gobierno?

En esa condición “natural”, los hombres no se relacionan más que por la violencia y el matarse unos a otros, de modo que su preocupación fundamental es la propia conservación, siempre acuciados por el miedo a la muerte violenta, la más fuerte de las pasiones humanas.Es una extraña situación de “igualdad”, ya que todos comparten la misma pasión, los mismos miedos y la misma violencia. Se vive en constante enemistad, aumentada por la mutua desconfianza, lo que provoca el deseo de eliminar a quien puede ser enemigo.
Es una vida en perpetuo afán de “poder tras poder, que sólo cesa con la muerte”, como dice Hobbes en Leviathan. “Cada hombre es un lobo para el otro hombre” (homo homini lupus). Todo ello agudizado por el deseo de gloria, el orgullo y la vanidad, llamados “placeres del espíritu”, todos frutos de la vanagloria, o sea, la alta estima que cada uno tiene de sí mismo y de su poder. En consecuencia, el deseo de matar a quien no le tenga el mismo aprecio.
Esto constituye el sentido natural del “honor”, que nada tiene que ver con la justicia, sino con el reconocimiento de la superioridad de uno mismo o de otro.

Así, pues, la mutua competencia, la desconfianza y el deseo de gloria, hacen que el estado de naturaleza sea en realidad un estado de guerra, “una guerra que es la de todos contra todos”, de modo que “los hombres viven sin otra seguridad que la de su propia fuerza … En semejante estado no hay lugar para la industria… ni cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de artículos importados, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover las cosas… ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputos de tiempo, ni artes, letras o sociedad. Y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, hosca, embrutecida y breve” (todas las citas son de Leviathan)Como vemos, es la clásica descripción de un estado “salvaje”.

En suma, el hombre no es social por naturaleza.
La sociedad civil, en cambio, es convencional y está regida por leyes comunes que dan un sentido de justicia.La naturaleza impulsa, no hacia la bondad, sino hacia la fuga de los peligros. Lo único bueno en tal estado natural, es salir de él.(Como veremos en el módulo siguiente, Rousseau enseñará una teoría totalmente contraria: la de un estado natural de hombres buenos y pacíficos)

c) El estado natural, lleno de temores e inseguridades, va inclinando a los hombres hacia el deseo de paz. El temor, el deseo y la esperanza, aliados con la razón que actúa junto a las pasiones, van inclinando la balanza hacia un nuevo estado pacífico y cómodo. La razón irá buscando instrumentos para convertir el deseo de gloria y el temor a la muerte en formas de dominar a la naturaleza humana hostil y manipularla para mejores fines.

Así, la razón va dictando normas que son leyes de la naturaleza o ley moral. Hobbes, creyente y conocedor de la Biblia, todavía reconoce la supremacía divina, de allí que habla de leyes naturales, las mismas que Dios promulga por el decálogo.
De este modo, todas las leyes de la naturaleza y todos los deberes y obligaciones sociales y políticos, se originan en el derecho de la naturaleza (derecho natural), subordinadas al principio fundamental del derecho del individuo a su propia conservación.

En este sentido, podemos considerar a Hobbes como fundador del liberalismo moderno, pues considera que toda la vida social y legal proviene de los derechos individuales. Como estos derechos están apoyados por las pasiones primarias, se imponen por sí mismos.
Todo lo cual abre el camino para una moral centrada en el egoísmo humano, pues el derecho natural es la suprema libertad de hacer o no hacer todo lo que se pueda para la conservación de la propia vida. Y el derecho a tal fin supone el derecho a usar los medios necesarios que conducen a ese fin.Cualquiera sea la inteligencia de los hombres, ninguno está interesado en la conservación de los demás, sino de sí mismo, y cada cual debe ser su único juez en la elección de esos medios. La naturaleza nos dice que “cada cual tiene derecho a todo”.

Para asegurar su propia conservación, la primera y básica ley natural ordena a los hombres buscar la paz y defenderse contra los que quieren destruir esa paz.El resto de la ley, fija las condiciones de la paz. La primera, es estar dispuesto a prescindir al derecho a todas las cosas cuando los demás tambièn están dispuestos; y de conformarse con aquella libertad que uno permite a los otros.

d) Esta mutua cesión de derechos es un “contrato social”. La sociedad civil se forma por este contrato social por el que todos se obligan a no resistir las órdenes de la autoridad de quien fue designado como soberano o jefe.
Cada cual cede los derechos necesarios como para sentirse seguro, pero seguramente no cederá el derecho a defenderse si alguien lo ataca para quitarle la vida.El pacto o contrato obliga a respetarlo, y a respetar a los otros que disfrutan de él.

En definitiva, el hombre debe cumplir sus pactos. Sin esto, la sociedad vuelve a disolverse.Esto es la base de toda justicia e injusticia. Sólo desde un contrato, se puede hablar de que algo es justo o injusto. La injusticia consiste en no cumplir un contrato en el cual se había transferido un derecho.
En consecuencia, toda auténtica legislación es, en realidad, una autolegislación, pues los propios individuos determinan lo que están dispuestos a hacer o evitar, sus deberes y obligaciones hacia los otros.
Los contratos, a su vez, suponen una base: la confianza. Si hay temor o se desconfía de la lealtad del otro para cumplir el contrato, no hay confianza ni contrato que valga.

e) Para asegurar el cumplimiento de los contratos, se necesita un poder coercitivo, que está en primer lugar en el soberano, quien vela para que por miedo al castigo se supere el deseo de violar el contrato por determinados beneficios personales.
La base del cumplimiento de la ley o contrato es, pues, el temor al castigo, no un principio moral.Si el individuo hace un cálculo inteligente, se dará cuenta de que es mejor cumplir que violar el convenio realizado, de modo que su interés individual le aconseja cumplir.
En caso de temor de que un país extranjero pueda hacernos daño, ese temor justifica el atacarlo, y tal guerra es justa (sigue a Grocio, en contra de la opinión tradicional que decía que primero tenía que haber una injuria real que justifique la represalia).

f) Toda esta doctrina, revolucionaria por cierto, es un enfrentamiento directo al concepto de justicia distributiva de Aristóteles y a su concepto político de que algunos hombres son más dignos de gobernar que otros.
Hobbes dice que todos los hombres son iguales (por naturaleza) y que la desigualdad surge después por las leyes civiles. El soberano no debe distribuir a cada uno según su estado o capacidad o clase social, sino a todos por igual. Todos son iguales, aunque la naturaleza los haya hecho de distintas capacidades, pues todos quieren ser reconocidos como iguales. Y en bien de la paz, hay que reconocer esa igualad, aunque haya diferencias. Por tanto, es ley natural el que todos los hombres sean reconocidos como iguales.
El objetivo que mueve a Hobbes es que los hombres aprendan a vivir en paz, reduciendo al mínimo las hostilidades, orgullos y motivos de enfrentamientos.Con el mismo sistema, van surgiendo leyes para el arbitraje, para la distribución de las propiedades, quedando prohibida la ingratitud y toda forma de injuria a los demás, aún a los reos.

g) Todo este conjunto de leyes naturales pueden ser comprendidas por todos, pues cualquiera puede conocer aquello de que “no hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a ti” (típico proverbio bíblico). Todas las opiniones griegas y tradicionales sobre virtud o vicio no tienen sentido alguno. En todo caso, la única virtud consiste en hacer lo conveniente a la propia conservación y al mantenimiento de la paz. Quien resguarda ese orden y el cumplimiento de todos, es el gobierno civil.

h) Para ello, la sociedad debe ir logrando una verdadera unidad o unión de todos. Esto es la república: en la que todos la respetan como si su voluntad fuese la de todos. La república representa el poder soberano de todos, pudiendo ser delegado ese poder en una persona o en un consejo.
En cualquier caso, es una persona jurídica en la que todos se sienten representados “porque no existe obligación impuesta a un hombre que no provenga de un acto de su propia voluntad, ya que todos los hombres, igualmente, son, por naturaleza, libres” (Lev.).
Hobbes, por tanto, es el primero que habla de esta ficción legal que llama “persona” a la institución que representa a todos (persona jurídica). Si el gobernante representa a todos, entonces sus leyes tambièn son de todos, y su cumplimiento fomenta la paz, la unidad y la defensa del Estado.

i) El contrato social tiene dos elementos básicos:
1.    Un pacto entre todos para reconocer como soberano a todo individuo o asamblea por decisión de la mayoría.
2.    El voto, instrumento para la elección.
Quienes no intervienen o no aceptan el contrato, permanecen en estado de guerra y son, por tanto, enemigos de los demás,Y el contrato no se ve afectado si alguno lo realiza por temor o bajo otras presiones, como cuando se acepta a un conquistador. Fundar una sociedad civil por conquista o por consentimiento, jurídicamente tiene el mismo valor.Por supuesto, que no todos son artífices directos del pacto (sólo los fundadores), pero se supone que quien vive en un Estado y acepta la protección del gobierno, tácitamente entra en el pacto.

El contrato, como lo dice la palabra, es un cambio de seguridad por obediencia. Todo individuo sabe que quien quiera dañarlo, deberá vérselas con el soberano.En efecto, el primer deber del soberano es el de castigar y ejercer el poder policial (derecho y deber), ya que todos han renunciado a hacer justicia por mano propia.

j) Ahora bien, el contrato o pacto es realizado entre los ciudadanos, no entre los ciudadanos y el soberano. En el momento en que el soberano tiene el poder, sólo él tiene derecho a todas las cosas que los hombres tenían en el estado de naturaleza. Lo que supone que, en realidad, el soberano no puede ser injusto, pues no tiene pacto con nadie y por tanto no puede violarlo; por otra parte, su voluntad representa la de todos, y quien acusa al soberano se está acusando a sí mismo.
Ningún ciudadano, pues, puede juzgar o castigar al soberano, quien tiene el derecho de imponer impuestos (no el Parlamento…), declarar la guerra o la paz y alistar tropas.

Y para que todo funcione sin conflictos, nada mejor que también el poder legislativo esté en manos del soberano, único que puede ser temible si no se cumplen las leyes. El soberano prescribe lo que es justo o injusto, bueno o malo, honroso o injurioso, y es árbitro absoluto. En consecuencia, también le corresponde el poder judicial, nombrando jueces y ministros según las necesidades, como al resto de los funcionarios.
También es juez de todas las doctrinas y opiniones, incluidas las religiosas, que circulen entre los ciudadanos, para ver si convienen a la paz social o no.Como la religión es “temor a un poder invisible”, está dentro de la regla general.Hobbes no acepta ninguna autoridad por sobre el soberano, ni nadie debe obedecer a otro más que a él.
No quedan dudas, pues, que el poder del soberano es absoluto.Esto implica que no tiene por qué obedecer a las leyes civiles, pues son sus órdenes y él puede prescindir de ellas. Aunque se objete que los ciudadanos no le han dado semejante poder, esto no invalida su poder.

k) Pero hay derechos de los súbditos que son inalienables, pues no se puede renunciar a ellos mediante ningún pacto: es el derecho de la propia conservación (para esa conservación se hizo el pacto). Nada puede obligar a un hombre a verse privado de la vida y de los medios para procurarla. Esto genera un conflicto si un ciudadano se resiste a ir a la guerra. Hobbes considera que es legítimo hacerlo (aunque fuera cobarde) y que, en tal caso, el ciudadano debe buscarse un sustituto. De la misma forma, un condenado tiene derecho a resistir a la muerte y nunca puede ser obligado a atestiguar en su contra.
Tampoco nadie puede ser conminado a realizar una acción (como matar a sus padres o a un benefactor, o hacer un acto muy vergonzoso) que lo llevara a una vida tan infeliz como para cansarse de la vida.Por lo demás, en todo lo que la ley guarda silencio, el súbdito se maneja con completa libertad.
Pese a su poder absoluto, el soberano debe obrar con aquella prudencia necesaria para no provocar rebeliones. Ese es el castigo natural del soberano negligente, no sin olvidar que deberá rendir cuenta ante Dios.Aunque el soberano deseara oprimir a los súbditos, eso no es conveniente ni para ellos ni para él, aunque sucede con frecuencia.

De la comprensión de esta doctrina surge el título de su principal libro: Leviatán, nombre que en el libro de Job e Isaías, Dios da al “rey de los orgullosos”, un monstruo marino que representa al mal.Y Leviatán es el nombre que se da a ese Estado absolutista que emerge de la doctrina de Hobbes, cuyos inmensos perjuicios y aberraciones hemos conocido en siglos pasados y en el reciente.

l) Respecto a las posibles formas de gobierno, Hobbes no se aparte de las tradicionales: monarquía (un hombre), asamblea democrática (todos los ciudadanos con derecho al voto) y aristocracia (algunos con derecho al voto).
Pero rechaza la distinción de malos gobiernos (tiranía, oligarquía) que hace Aristóteles, pues dice que cada cual llama mal gobierno al que no conviene a sus intereses, y que los gobiernos, como los ciudadanos, son como son, con sus ventajas y sus costes. Cuando las cosas van mal, todos sufren por igual.

Hobbes, con su sentido realista, está convencido que todo gobernante busca sus propias ventajas, como las de su familia y amigos, y también las de los ciudadanos (adelantando así la actual teoría neoliberal expresada por Downs, de que los políticos son seres racionales egoístas que, ante todo, buscan su propio interés). Hobbes supone que las distinciones que hace Aristóteles y Cicerón nacen de prejuicios en favor de la democracia.
Lo importante es que el interés privado del soberano esté lo más unido posible al interés de los ciudadanos. Y eso sólo puede suceder en la monarquía que es, por tanto, la mejor forma de gobierno.

En cambio, en la democracia, son muchos los que quieren lucrar con el gobierno, y esto es peor que lo haga uno solo. Es mejor tener un Nerón que muchos Nerones.La democracia lleva inexorablemente a lucha de facciones y guerras civiles.En la democracia, con la excusa de la libertad, cada cual sólo busca su vanidad y el lucirse con discursos demagógicos.Por su parte, la aristocracia, es tanto mejor cuanto más se acerca al modelo monárquico.
La ventaja de la democracia es que puede ser instituida inmediatamente por los mismos ciudadanos, ya que todos son iguales y en realidad, el contrato social es un contrato democrático. Como también es democrático el acto de fundación en que los ciudadanos eligen al primer soberano. Sólo en ese estado de naturaleza, podemos hablar de democracia, dada la igualdad de todos.

Lo que se olvidó decir Hobbes es que, como todo contrato depende del consentimiento de los contratantes (base de todo contrato según él mismo enseñara), entonces el pueblo puede convenir de común acuerdo o por mayoría en cambiar el sistema de gobierno, limitar o cesar al soberano. Hobbes dice que, una vez entregada la soberanía absoluta, no se la puede retirar, porque esa soberanía es la voluntad de todos. Con el mismo tipo de argumentos, rechaza el sistema mixto, y propicia la monarquía hereditaria. Es el propio detentor de la soberanía quien tiene que elegir a su sucesor. Si no lo pudo hacer, es evidente que su familiar más cercano tiene que heredarlo.

m) Con esta doctrina, Hobbes aspiraba a construir un sistema de gobierno apto para todos los pueblos y tiempos, siempre preocupado porque no haya conflictos internos que desintegraran a la sociedad ni “doctrinas sediciosas”.En esto coincide plenamente con Maquiavelo: de entrada, lo mejor es mano fuerte y después instruir a la gente sobre sus obligaciones. La debilidad del soberano, sólo genera rebeliones y doctrinas sediciosas.

Entre esas doctrinas sediciosas, están todas las tradicionales, las enseñadas por los teólogos, los que hablan de la conciencia, o de la inspiración del Espíritu Santo, o la doble ciudadanía de S. Agustín y Lutero. Para Hobbes: Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco y el resto que siguieron sus doctrinas no son más que “elocuentes sofistas”.
En cambio, lo mejor que puede hacer un soberano es adoctrinar a los ciudadanos mediante los libros del propio Hobbes, de modo que sean utilizados en todas las universidades como “fuentes de la doctrina civil y moral”.

Como resultado final, Hobbes esperaba que esta teoría política lograría con el tiempo gobiernos no imperialistas, con leyes que favorecieran la agricultura, la pesca, la industria, la navegación, etc., contra la pereza y gasto excesivo, dentro de la frugalidad y laboriosidad. Que la seguridad del pueblo sea la norma suprema y que se combata toda forma de corrupción.Todo ello se conseguirá si el soberano tiene poder supremo de vida o muerte sobre sus súbditos.

n) En apoyo de su tesis, Hobbes elabora una teología cristiana con abundantes citas de la Biblia (también lo hacen los conservadores liberales de hoy). Como dice con humor Laurence Berns, “la conclusión general que Hobbes deseaba que sacaran los lectores de su teología, es que no hay en realidad una diferencia esencial entre la palabra de Dios como fue revelada en las Escrituras y la palabra de Hobbes, establecida en su filosofía política” (artículo en Hist. de Fil. Pol., al que seguimos).
Efectivamente, tras un largo recorrido por toda la Biblia e historia de la Iglesia, Hobbes va demostrando que Dios siempre fue guiando a su pueblo y gobernando mediante personas civiles, y dejando siempre a un lado a los sacerdotes, pues el Reino de Dios es un reino espiritual, y el mismo Cristo nunca fue rey, pues el gobierno del mundo corresponde a los soberanos.A pesar de esa teología acomodaticia, o quizás por eso mismo, Hobbes tuvo durante su vida fama de ateo.

Concluyamos, pues, tras este recorrido por los ideólogos políticos de la era renacentista, diciendo con Gérard Mairet que “no abandonamos ahora las tinieblas… de la edad media para reencontrarnos en la esfera milagrosa de las luces de la razón y la libertad democrática” (en Historia de las Ideologías), pues lo que comienza a brillar ahora es el misterio profano de la potestad del Estado, “el Dios mortal”, al decir de Hobbes, construido por los hombres a imagen del Dios inmortal. El paso del absolutismo eclesiástico a la modernidad se hace por un largo período de absolutismo estatal, centrado en el saber y en el poder: los dos grandes mitos de la modernidad.

10. Ideología de la conquista

La ideología subyacente a la conquista de América (y posteriormente de Africa y Asia) ya la hemos diseñado en el módulo anterior. Occidente cristiano, cuya cultura y fe es “superior” a todas las existentes, tiene derecho a dominar a los otros pueblos en nombre de Dios, primero, y de la razón y de la civilización, después.
a) Tras el descubrimiento de América, el Papa Alejandro VI otorga a los reyes de España y Portugal el dominio de todas las tierras descubiertas y conquistadas (bula Inter cetera de 1493), “en nombre de la autoridad del Dios todopoderoso, a Nos concedida en la persona de san Pedro, y del Vicariato de Jesucristo, que desempeñamos sobre la tierra”, a los fines de conseguir “la exaltación de la fe católica y religión cristiana, de manera que se les propague y extienda por doquier, y se procure la salvación de las almas, el abatimiento de las naciones bárbaras y la reducción de las mismas a nuestra fe”.

Con estos argumentos, similares a los de la Biblia para justificar las conquistas de David y sucesores, y típicos de todas las teocracias, también la del Islam, el nuevo mundo queda de un plumazo sometido al Papa y a los reyes cristianos de Europa, obligado a aceptar la fe cristiana y a obedecer a sus nuevos amos políticos. De lo contrario, los nuevos pueblos son declarados “rebeldes” y merecedores de la muerte o de la esclavitud.

Fernando el Católico quiere un documento aún más explícito y escribe a su embajador en Roma para solicitar del Papa una declaración de guerra santa:“Como quiera que nuestro Señor es testigo de que nos hemos puesto en guerra contra los infieles enemigos de nuestra fe, sin ningún pensamiento de codicia sino solamente por la natural inclinación que tenemos a dicha guerra por la gloria de Dios nuestro Señor, y por el bien y acrecentamiento de la cristiandad… convendría que su Santidad, por su bula apostólica, declarase la guerra contra todos los infieles y nos diese la conquista de todo lo que nosotros adquiriésemos de las tierras de los infieles”.

El Papa no accede, pero en 1514 el rey publica el famoso Requerimiento, un documento político-religioso que los conquistadores deben leer y explicar a los indios para pedirles su voluntario sometimiento al Dios creador del mundo, al Papa y al rey. Si los indígenas no acceden, entonces “vos haré guerra por todas partes y maneras que pudiese y vos sujetaré al yugo de la Iglesia y de sus Altezas, y tomaré vuestras personas, mujeres e hijos y los haré esclavos y como tales los venderé, y vos haré todos los males y daños que pudiese, como vasallos que no obedecen… y protesto que las muertes y daños que se recibieran sean a vuestra culpa…”Tras ser leído este requerimiento, cuya apreciación dejo a los lectores, un cacique de Darién respondió con natural sabiduría: “Que en lo que decía que no había sino un solo Dios que gobernaba el cielo y la tierra le parecía muy bien… pero que el Papa diese lo que no era suyo, y que el Rey lo pidiese y tomase, debía de ser algún loco, pues pedía lo que era de otros…” (La colonización de las almas, F. Mires, Edit. Dei, Costa Rica).

En 1537 por medio de una Bula el Papa Pablo III (que convocará el Concilio de Trento años después) debe defender a los indios de las acusaciones de que “no eran verdaderos hombres… sino brutos… y de imbecilidad natural”, mientras se opone a su esclavitud.Por eso urge para que “los indios que aún permanezcan fuera de la fe cristiana, no sean privados de su libertad ni de la propiedad de sus bienes, y todo lo que se haya hecho en contra de esto, es inválido y nulo, sin fuerza ni valor… Que los llamados indios… sean invitados a la fe de Cristo por la predicación y la palabra de Dios, y por el ejemplo de las buenas costumbres…”

Estos consejos, tardíos y que casi nunca se cumplieron, fueron acompañados por las protestas del dominico Bartolomé de las Casas (+1566), obispo de Chiapas (Apologética historia de las Indias y Brevísima relación de la destrucción de las Indias), pero antes, ya en 1511, por el sonado sermón de Fray Antón de Montesinos en la catedral de Santo Domingo, lo que le valió su deportación a España para ser enjuiciado y morir en el ostracismo:
“Decidme ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban mansas y pacíficas en sus tierras, con muertes y estragos nunca oídos? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados… para sacar oro cada día?…¿ Acaso estos no son hombres y no tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?”El fraile pone el dedo en la llaga del colonialismo: muchas teorías teológicas y filosóficas sólo encaminadas a buscar el oro y las riquezas de los nativos, para financiar las guerras de dominación y exterminio y para sostener la economía de los países colonialistas. Las minas de Potosí y tantos otros recursos que irán a parar e Europa, están allí como un testimonio de la ideología perversa de una conquista, supuestamente hecha según el rey Fernando “sin ningún pensamiento de codicia sino solamente por la natural inclinación que tenemos a dicha guerra por la gloria de Dios nuestro Señor”.

b) Pero no solo no entendieron los españoles y portugueses las elementales verdades predicadas por Fray Montesinos, sino menos aún los conquistadores ingleses, franceses y holandeses posteriores que gestaron el mito de los “salvajes” que perduró hasta fines del siglo XIX.
Es increíble que los autores del Iluminismo y del cientificismo racional consideraran al unísono a todos los pueblos americanos como prototipos del “salvaje”, incapaces de toda cultura y vida en sociedad, negando aún contra el testimonio de los misioneros, conquistadores y otros viajeros la validez y aún la existencia de una cultura maya, azteca o inca. Se supone a los indígenas americanos fieles cumplidores de la “ley de la naturaleza” (ya presente en Hobbes, como acabamos de ver y en otros pensadores, como veremos en el próximo módulo), una especie de foto en negativo del hombre europeo civilizado.
Lejos de investigar sobre sus leyes, religión, tipo de sociedad y costumbres, se proyecta en ellos el supuesto teórico del “estado natural”, anterior e inferior por cierto a la sociedad culta de Europa.

La famosa Enciclopedia del iluminismo francés (1751) define a los salvajes como “pueblos bárbaros que viven sin leyes, sin policía, sin religión, y que no tienen morada fija”.
Se los define, pues, desde la negación: allí no hay ley, no hay gobierno, no hay religión (los Papas decían: no hay fe católica), no hay morada fija (por lo tanto, sin haber descubierto la “propiedad privada”, punto de partida de la civilización, según la nueva filosofía liberal).Y por ser salvajes, los colonizadores blancos harán pactos con ellos, cuando sea el caso, pero no se sentirán obligados a cumplirlos, pues la ley de la razón está por encima de la irracionalidad de quienes viven en estado natural. Algo que también los norteamericanos practicarán en la famosa conquista del Oeste.

Esta ideología que niega a los indígenas la categoría de ser humano “social” (con la notable excepción de Rousseau), con un desconocimiento intencional de evidencias de su organización social y de su cultura (algunas de ellas, como la de México y Perú, superiores en muchos aspectos a la europea de sus conquistadores), se completa con una descripción absolutamente desvalorativa: los palacios mayas son “cabañas”, los varones no tienen energía sexual (contra la opinión de los misioneros), lo que impide una mejor población del continente; viven todos en la selva (por eso son “salvajes”), sus leones y tigres (jaguares) son de inferior potencia que los tigres y leones europeos (es opinión de Voltaire), y hasta su trigo (el maíz) es de inferior calidad al europeo.

Y lo más increíble de todo es que no tienen propiedad privada ni hay en ellos desigualdad social, claro índice de su falta de cultura… A lo que se suele agregar como un “cliché” que son vagos, indolentes, de carácter infantil, crueles y, encima, feos. Como dice el P. Gumila: “El indio, desde un punto de vista general, es sin ninguna duda un hombre. Pero desde un punto de vista moral, no temo afirmar que el indio bárbaro y silvestre es un monstruo jamás visto: su cabeza es ignorancia; su corazón, ingratitud; su pecho, inconstancia: sus hombros, pereza; sus pies, temor; en cuanto a su vientre, hecho para beber…” (El Orinoco ilustrado y defendido).

Europa, pues, conoce a los indios desde el relato de extravagancias de todo tipo e interpretaciones ideologistas tendientes a demostrar la teoría del contrato social que da origen al modo social de la sociedad civil a la inglesa o a la francesa; y por supuesto, tendientes a justificar todas las conquistas y todos los crímenes y brutalidades del hombre blanco civilizado, ahora con los indios de América y muy pronto con los negros de Africa, en una historia tan degradante que aún hoy su solo recuerdo nos eriza la piel.

c) Por su parte las iglesias protestantes y anglicana retoman los argumentos teológicos que justifican la inevitabilidad de la conquista y colonización de todos estos pueblos salvajes, “una finalidad grandiosa que Dios tenía en vista”, pues “la mano divina se reveló de manera sorprendente… y en el descubrimiento de América, el establecimiento, el crecimiento y la protección de los Estados e Iglesias de América del Norte, la acción de la Providencia es más que manifiesta”…
En efecto, “la distancia misma que el Todopoderoso puso entre Gran Bretaña y América es una prueba convincente y natural de que la autoridad de la segunda sobre la primera jamás formó parte de los designios de la Providencia” (sermones de Maclintock y Dana, 1784 y 1779).

De acuerdo a esta “teología” América es el nuevo Canaán, la nueva Jerusalén, el país del Edén donde reinan “Dios y la naturaleza”, y que está destinado únicamente para el pueblo elegido de Gran Bretaña, pues “Dios pasó por el tamiz a toda una nación con el fin de poder enviar allí a su mejor grano” (Thomas Paine) y “trazó para ellos un camino en el mar y les dispuso una mesa en el desierto” (sermón de Dana).Esta teología recurrirá a la Biblia también para justificar la esclavitud de los negros africanos, condenados por Dios a someterse a los blancos desde la época de los hijos de Noé, pues: “Maldito sea Cam (padre ascendiente de los negros) y que sea esclavo de los esclavos de sus hermanos” (Gén. 9, 25).

En consecuencia, como dijo Joel Barlow en sus Discursos: “Todo ciudadano libre del imperio debería considerarse como legislador de la mitad del mundo”, pues “la colonización y el rápido crecimiento son las vias elegidas por la Providencia para fortalecer y extender su imperio” (sermón de Abbott).De donde queda claro que el imperio inglés es el mismo Reino de Dios.
En definitiva, “la colonización de América es el comienzo de la realización del designio de la Providencia que consiste en hacer que brote la luz” (Paine) y “enseñar a los hermanos de Europa que ellos tienen el mismo derecho” (Belkhap).No hace falta decir que esta ideología será heredada por los americanos del Norte para su expansión hacia el Oeste, pero reforzada con nuevos argumentos (los norteamericanos son los herederos de Inglaterra, han comprado a los indios sus tierras y las han trabajado…).

En síntesis: la ideología de la conquista, o sea, el derecho por ley natural (ya enseñada por Grocio) y deseo de la Providencia para que Europa domine sobre los pueblos bárbaros (sin ley, sin rey y sin religión) fue un punto en el cual toda Europa encontró una total coincidencia y un punto de universal ecumenismo.
Papas y reyes, católicos, protestantes y anglicanos, creyentes, iluministas y progresistas liberales, latinos y anglosajones, todos coincidieron en la vocación iluminadora de Europa sobre los nuevos pueblos con la luz de la razón y la fe, y el brillo de espadas y cañones.
El resultado fue que, a partir del siglo XVI y hasta la segunda mitad del siglo XX, América, Africa, Asia y Oceanía serán continentes sojuzgados, sin que se pregunte a sus habitantes por sus derechos ni se espere que Dios dé alguna señal de que esa era la voluntad de su Providencia.
Es el mito de Occidente. Un mito necesario para justificar una larga historia de crímenes y atropellos a los derechos de las gentes y de los pueblos. Pueblos que aún hoy continúan muchos de ellos en la más total marginación y dependencia, obligados a pagar abultadas deudas externas… por los beneficios recibidos de sus dominadores.

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