Ideologías 4 Eclesiales: Sto Tomás. Cristiandad. Antisistémicos: Marsilio. Wicleff. Huss. Ockam. Scoto. Lutero

1. Ideología de Occidente y de la Cristiandad

“Occidente”, horizonte donde se pone el sol, es el nuevo horizonte medioeval que llega hasta nuestros días. Es el mito orgánico que incluye numerosos enunciados ideológicos y culturales. Una nueva línea de civilización de los pueblos sumergidos en las tinieblas (paganos, infieles, bárbaros y salvajes).
Es el mito fundador de una nueva ideología, cuyos elementos esenciales ya hemos enunciado.
Esta grande y nueva ideología se plasma en La Cristiandad, la cristiandad de occidente, símbolo de poder y de superioridad, que tiene un territorio propio pero que busca expandirse constantemente.

Pero no es un mito homogéneo, como no lo es la Edad Media. La Edad Media engendra el mito de occidente, al cual todos querrán pertenecer, con los aportes renovadores de la edad moderna que rechaza cierto oscurantismo anterior.
Es, pues, un concepto ambiguo: se lo adopta si indica superioridad, pero se lo rechaza si significa edad media conservadora, clerical y poco culta.
 Mito en crecimiento, con insumos antiguos (greco-romanos), nuevos (germano-anglo-sajones) y cristianos, sin definirse demasiado ese concepto que también es ambiguo (¿Es lo mismo cristianismo que cristiandad?).

Sea como fuere, desde entonces Occidente es considerado el motor de la historia, y la historia es fundamentalmente occidental, como también la iglesia. Es un mito de poder y de revalorización del poder, tanto político como religioso. Si el mundo grecoromano sometía el sacerdocio al poder político, la primera edad media confunde ambos términos hasta que el poder político es sometido al sacerdocio, cuando el papado triunfa sobre las pretensiones de los emperadores (“lucha de las investiduras”).

Es la idea de un poder universal, que busca extenderse conquistando y evangelizando nuevos pueblos, intentando reconquistar la tierra santa ahora en manos musulmanas (Cruzadas), y ampliándose con tantas conquistas que llegarán hasta los nuevos pueblos de América, Asia  y Africa en los siglos sucesivos, pero siempre con la misma dinámica de expandir la fe verdadera y la cultura verdadera.

Occidente, aunque comience limitado geográficamente en la Edad Media, siempre significa “universalidad” (o catolicidad, en sentido etimológico) y tiene vocación por esa universalidad, que estará ligada necesariamente a imperio y a colonialismo, que se concretarán en siglos siguientes desde las mismas naciones que vemos nacer en este período y que terminarán constituyendo estados modernos y nuevos imperios (español, francés, inglés, alemán, ruso).


Es el mito de un poder sagrado, siempre considerado como venido de Dios, sea religioso o civil, católico o protestante. El poder como un sacerdocio al servicio de Dios (concepto también del islam).
Tenemos, pues, el marco ideológico para un poder universal sobre el mundo, siempre en nombre de occidente y de Dios, Dios de poder (sin importar si también es Dios de amor) y poder de Dios. De un Dios único y verdadero, de un monoteísmo que será compartido aùn por filósofos y príncipes liberales que se declaran no cristianos.

Por eso es un poder que exige obediencia y sumisión, que necesita “súb-ditos”, porque es poder divino (importancia de Pablo en el cap. 13 a los romanos). Poder y obediencia nacen de este concepto religioso que viene desde la más remota antigüedad y que cristaliza en occidente por medio de san Pablo, san Agustín, santo Tomás y Lutero, plasmado por emperadores, reyes y papas.

Un poder que no se justifica por sí mismo, sino por Dios, lo que supone que es la Iglesia la que justifica al Estado (el papa unge al emperador). Es lo típico del occidente medioeval.
Tienen que pasar siglos para que el poder sea justificado por la voluntad del pueblo.
Poder centralizado y piramidalmente jerárquico, que baja de Dios al papa, de éste al emperador y a los reyes, y de ellos al resto de la pirámide (obispos, nobles, guerreros, funcionarios y sacerdotes, y abajo el pueblo.).

Un poder que no es fin en sí mismo, sino medio o instrumento para el bien espiritual o gloria de Dios. Se supone que es Dios mismo quien gobierna mediante sus representantes en la tierra. Y si Dios es único, uno solo tiene que ser el papa y uno solo el emperador. La sociedad humana tiene que imitar a la sociedad divina.
De allí la importancia de los dogmas trinitarios, de la divinidad de Cristo y de la fundación divina de la Iglesia. Son dogmas que fundamentan un orden absolutamente jerárquico, con una radical distancia entre autoridad y pueblo.

Y como Dios es santo, también los fundadores del nuevo orden son santos, con las canonizaciones de Constantino (por la iglesia bizantina), de Carlomagno (por un antipapa apoyado por los sajones), de papas y reyes y de cuantos expresan la nueva ideología y su praxis en forma más perfecta (San Agustín, San Bonifacio, Sto. Tomás de Aquino, San Luis rey de Francia, etc.)


El Estado moderno tendrá que producir justificaciones parecidas. Dios, el hombre, la naturaleza humana, el género humano, la soberanía popular… todas ellas categorías para ejercer un poder “sagrado” inviolable y absoluto.
Sus fines también son sagrados y absolutos: la libertad, la prosperidad, la felicidad universal y la propiedad privada. Lo importante es que comprendamos que la estructura del poder se cristaliza en la Edad Media, más allá de matices y palabras justificatorias.

Occidente es el mito de nuestra historia, mito fundante de una historia que reconocemos como propia, con sus grandezas y sus bajezas, extraña mezcla de motivos profanos y sagrados, sin olvidar nunca esa vocación rectora, privilegiada y dominante de la historia y de sus pueblos.
Un mito que hoy, finalizando el siglo XX, está en crisis total de identidad y de vigencia, en plena época de posmodernidad y de neoliberalismo.

Hasta el propio concepto de imperio romano germánico es más mítico que real, a menudo sin emperadores o con un escaso territorio despedazado por el feudalismo y por los nacionalismos locales. Pero lo importante es esa idea de unidad cultural, religiosa y política: el imperio romano-germano-cristiano como mito de Occidente, o simplemente, la Respublica Christiana.

Sintetizando: un imperio o cultura con varios ingredientes o insumos:
·       El germano-franco que consideraba desde siempre la realeza como propiedad hereditaria del rey. Herencia que se dividía entre los hijos con las implicaciones políticas del caso y que dio origen al feudalismo.
·       El romano, con todos los aportes del derecho romano codificado ya por Justiniano, con su sueño de unidad, universalismo y poder centralizado y directo (aún los reyes deben su poder al emperador).
·       El cristiano, que ya hemos analizado lo suficiente. Un cristianismo muy especial, que mirado desde el mensaje de Jesús y de la primitiva iglesia, es simplemente  irreconocible. 

2. El sistematizador:  Santo TOMÁS DE AQUINO
 ( 1225-1274) 

El dominico Tomás de Aquino, oriundo de una noble familia del norte de Italia,  es el más ilustre de todos los aristotélicos cristianos, de allí su importancia en la historia del pensamiento político. Los escritos de Aristóteles llegan a Occidente por medio de los filósofos árabes y judíos (Averroes, Maimónides) y son traducidos al latín por primera vez en la época de sto. Tomás (discípulo de san Alberto Magno) que  hace una síntesis de la filosofía aristotélica con la Biblia, desplazándose así a Platón y san Agustín.

El pensamiento político de santo Tomás lo encontramos especialmente en la Suma Teológica, Suma contra los gentiles, Comentarios sobre Etica nicomaquea, Comentarios a la “Política” de Aristóteles y La Monarquía.


a) Como Aristóteles, Tomás pone como fundamento de la filosofía política a la naturaleza humana, pues el hombre es un ser político y social. El hombre se inclina, naturalmente, a formar una sociedad indispensable para su perfección.
Debido a su natural indefensión, necesita de los otros para subsistir, a pesar de estar dotado de razón, lenguaje y otros instrumentos corporales.
Su primera sociedad es la familia, cuyo fin es satisfacer las necesidades de la vida y garantizar la conservación del individuo y de la especie.
Pero la familia no es suficiente para aportar todo lo que el hombre necesita para el sustento, seguridad y obtención de la virtud.

La única sociedad humana, totalmente autosuficiente, capaz de asegurar las condiciones de la virtud y de satisfacer todas las necesidades terrenales del hombre es la ciudad, o sea, el Estado.
La sociedad civil, como perfecta que es, abarca a todas las otras sociedades humanas, estando ordenada a un fin superior y general: el bien humano completo.

b) Lo que da forma y determina a la sociedad civil (ciudad, estado) es el régimen de autoridad. Por lo tanto, también la autoridad es algo natural, en contraste con la esclavitud, fruto del pecado del hombre.
La autoridad política es el gobierno de hombres libres sobre hombres libres, y tiene por objeto el bien común de todos los ciudadanos, que, en cuanto hombres libres existen para sí mismos (a diferencia del esclavo que existe para el amo).

En consecuencia, la sociedad civil es más que la suma de los individuos, y su fin común es más que la suma de los intereses particulares de sus miembros.
La sociedad es anterior a cada individuo particular, y su bien final es superior y “más divino” que el  bien de cada sujeto.
Por tanto, en caso de conflicto entre bien común y bien particular, debe primar el bien común, aún con el sacrificio supremo (como en caso de guerra).
Este bien común, que es el fin de la autoridad, es, antes que nada, la paz o la armonía de las diferentes partes que componen la sociedad. Hay paz cuando cada parte se adapta al todo y funciona en razonable armonía. Esta paz, que incluye la necesidad de defenderse de los enemigos, es el nivel mínimo y condición de una sociedad.

El fin supremo es la promoción de la vida buena o virtud entre los ciudadanos
.

c) En la vida práctica, hay ciudadanos o sociedades atraídos por una variedad de bienes, como la virtud, la riqueza, el honor, la libertad, siendo unos más nobles que otros. En cada régimen de gobierno, prima uno de estos bienes, que es el modo particular de vida de cada sociedad.
De allí la importancia de saber cuál es el mejor régimen y sistema de autoridad.Lo razonable es que el mejor hombre gobierne a la ciudad y que los cargos sean distribuidos según la virtud de cada uno.

En este sentido, el régimen más deseable, también porque da más unidad, es la monarquía, o sea, el gobierno de un hombre sabio y virtuoso. El problema es cómo detectar la verdadera sabiduría y virtud de un hombre.
Por eso la monarquía también es el régimen que entraña el mayor peligro, ya que fácilmente degenera en tiranía que es el peor de todos los gobiernos. La unidad de la sociedad requiere poder considerar todas las necesidades particulares de sus componentes, para que sean razonablemente conciliadas.
O sea, hay que combinar la sabiduría del gobernante con el consentimiento general.
Por eso, en la práctica, el mejor régimen es el mixto, o sea, el sistema que mezcla los mejores rasgos de la monarquía, la aristocracia y el consentimiento mediante una constitución. 
Tomás pone como precedente noble de esta postura a la antigua constitución hebrea, que equilibraba la autoridad de Moisés y sucesores con el Consejo de Ancianos escogidos por el pueblo.

d) Por lo tanto, es el imperio de la ley lo que garantiza la eficacia del mejor régimen que, además de suplir la normal escasez de hombres sabios y virtuosos, controla la tendencia a los abusos. De allí la importancia de los legisladores que dedican el mayor tiempo posible y con la mayor autonomía a la tarea de considerar los problemas y sus circunstancias.

Las leyes son el instrumento privilegiado de la política, y están al servicio de los gobernantes para que promuevan el bien común de la justicia y de la moral. La virtud moral se adquiere cumpliendo las normas prescriptas por una ley buena.Finalmente, las leyes necesitan ser promulgadas, aplicadas y también enmendadas, y son producto del régimen mismo en que se originan.

e) Como vemos, hasta aquí el pensamiento de Tomás coincide con el de Aristóteles. Pero Tomás hace algunas modificaciones desde la influencia cristiana y el estoicismo, dando una fundamental importancia a Dios, como fuente de toda ley.
Por medio de la ley natural, el hombre tiene acceso directo al orden universal  mediante la razón; orden y ley que están por encima de cualquier régimen o sistema concreto. El hombre, pues, forma parte de una comunidad universal gobernada por la Providencia de Dios, cuya justicia es muy superior a la justicia de cualquier régimen humano (ideas ya expresadas por Pablo en la Carta a los Romanos).
Hay en Tomás, pues, una clara y normal influencia de la revelación bíblica y una alusión al Reino de Dios, alcanzable sólo por medio de la gracia salvadora, y no solamente por iniciativa humana.

Por tanto, la sociedad civil deja de ser la única responsable del bien común, y debe ser juzgada por una norma superior a la que se subordinan todas las acciones humanas de todos los países del mundo. Hay, pues, un carácter extra-político en la concepción tomista. Ética y política no son dos partes de una misma ciencia, sino dos ciencias separadas y subordinadas.

Santo Tomás le da, pues,  una gran importancia a la ley natural, siendo la naturaleza humana el principio intrínseco de una inclinación que comparte los criterios de la ley divina. Por tanto, antes de toda deliberación de legisladores y políticos, existe una ley natural que inclina al hombre hacia el bien, dentro de un orden preestablecido, y hacia la verdad.

Gracias a la razón, el hombre participa de este orden de la Providencia, con mayor perfección que los otros seres. Este orden es una ley, promulgada por la naturaleza, norma infalible sobre la bondad o maldad de los actos, que le permite al ser humano distinguir lo justo de lo injusto.
Sus preceptos conforman lo que se llama conciencia.


Como los dictados de la ley natural son “leyes” en sentido estricto, son obligatorios y no puras recomendaciones. Por lo tanto, obligan bajo pena de castigo, al menos en la otra vida (Todo esto significa una gran diferencia con el pensamiento de Aristóteles, que habla de la ley natural de una forma muy genérica, y no la considera absoluta y universal, sino fruto de cada pueblo o cultura. Ver el enfoque que da a este tema Marsilio de Padua y Ockam en el punto siguiente).


Esta justicia ulterior, supone la inmortalidad del alma y la existencia de un Dios omnisciente, todopoderoso y justo que gobierna al mundo con sabiduría y equidad, y a cuyos ojos todas las acciones humanas son meritorias de premio o castigo.
Por tanto, violar la ley natural es violar la ley divina. Lo que implica que la vida moral de un hombre y ciudadano no es simple fruto de convenciones sociales sino que es una cuestión de obediencia voluntaria a la ley de Dios, siempre obligatoria. Estas normas universales y supremas fueron también promulgadas por medio de Moisés en los Mandamientos o Decálogo. Y obligan aún en el caso de que el hombre deba soportar presiones o violencias en su contra (como en el caso de los mártires). Nada excusa su cumplimiento.

f) Obviamente, la ley natural (difícil de por sí de ser conocida en detalles) sólo ofrece normas muy generales e indicativas de conducta humana, y debe ser completada con leyes positivas humanas.
Las leyes humanas se derivan de la ley natural. Ejemplo, si la ley natural exige no hacer daño al prójimo, la ley humana reglamenta esa norma en casos particulares de daños físicos, morales, violación de propiedad, etc.
Esta adaptación supone considerar todo una serie de circunstancias, como intención del sujeto, cantidad de daño, etc.

Como puede observarse, santo Tomás hace una síntesis entre filosofía aristotélica y fe bíblica. En este sentido, la ley natural es obligatoria por emanar de la razón, y no por estar prescripta en los Mandamientos.

Pero, por ser también ley, alude a la voluntad de Dios y exige obediencia.Dios, no es sólo la causa del universo y el motor inmóvil (como decía Aristóteles) sino el legislador y principio de todo orden social.
Lo que implica, en definitiva, una subordinación de la filosofía (que sólo tiene en cuenta la razón) a la teología, auxiliada por la revelación divina, y de la sociedad civil a la Iglesia.

Desde entonces, el pensamiento político de santo Tomás queda como pensamiento de la filosofía y teología perenne cristiana (Escolástica tomista), y Aristóteles, un gran desconocido en toda la Edad Media, adquiere el gran prestigio que perdura hasta hoy.

Su esquema, aunque grandioso, no deja de ser tradicional y conservador, sin una crítica a fondo de la estructura eclesiástica. 

Los pensadores antisistémicos

3.   Marsilio de Padua 


En correlación con los procesos antisistémicos medioevales, surgen los nuevos pensadores que, mientras rechazan las tesis tradicionales, formulan un nuevo pensamiento religioso y político. Marsilio de Padua y Guillermo de Ockam son los más grandes representantes de este pensamiento heterodoxo, o sea, al margen de la escolástica tradicional.

Apenas posterior a Tomás de Aquino, es el italiano profesor de París  Marsilio de Padua (1275-1342), cuya  principal obra es El defensor de la paz del 1324, en la época en que el papado hacía crisis por la disputa con Francia y la residencia papal en Avignon (7.e) Aunque cristiano y aristotélico, tiene profundas diferencias con Tomás de Aquino, a quien prácticamente ignora.


a) Mientras que Tomás aceptó la tradicional jerarquía eclesiástica, Marsilio (testigo de los graves conflictos papales de su época que luego analizaremos), aunque acepta el sacerdocio, niega el origen divino de la  jerarquía.
Por tanto, todos los sacerdotes cristianos son iguales en todos los aspectos, desde el punto de vista de la revelación de Jesucristo. Y ninguno tiene por derecho divino, poder de coerción contra herejes, ni de determinar qué es ortodoxo y qué es herético. La doctrina de la estructura jerárquica de la Iglesia pertenece, en realidad, a la teología política, simple demostración humana, distinta de las verdades auténticamente reveladas.


Marsilio se presenta como fiel seguidor de Aristóteles, afirmando que el bien de la república es la vida buena, que consiste en el ejercicio de las virtudes del hombre libre. 
Pero Aristóteles no pudo conocer la gran enfermedad de los sociedad civil, “el enemigo común de la especie humana”, que no es otro que las pretensiones de la jerarquía eclesiástica que culminaron en la plenitud del poder papal. Esta es la única enfermedad política nueva, pues las otras ya fueron tratadas por “el divino filósofo” y “sabio pagano”.
Aristóteles ya vio que el sacerdocio forma parte de la república, y que no puede ser la parte gobernante o judicial. El sacerdocio está sometido al gobierno de la república y la revelación cristiana no contradice esta afirmación aristotélica. Jesús en persona se autoprohibió y prohíbe que los sacerdotes sean gobernantes, y es a los gobernantes civiles a quienes se debe obediencia, como dice san Pablo (Rom 13)

Fueron otros filósofos los que inventaron las leyes supuestamente divinas de la actual filosofía política de la Iglesia.
 Es la República la encargada de buscar la felicidad del hombre, tanto en esta vida como en la otra. La comunidad religiosa  busca sus fines religiosos y colabora con la república. Los sacerdotes, en cuanto son depositarios de una doctrina revelada, son esencialmente maestros y no gobernantes ni jueces.
Su finalidad es enseñar la ley divina que la sociedad considera como verdadera. Y como los sacerdotes deben vivir imitando a Cristo en la humildad y en la pobreza, no tienen nada que ver con las cosas que son del César.

La grande y nueva enfermedad actual (el supremo poder papal) hace imposible cualquier gobierno, destruye la unidad del gobierno civil y del orden legal, pues pone al cristiano ante la disyuntiva de dos gobiernos (espiritual y temporal) que necesariamente han de entrar en conflicto.Esta enfermedad pone en peligro la vida buena y la paz, condiciones necesarias para alcanzar el verdadero fin de la república.
De allí el título de su libro: “El defensor de la paz”. Y por eso, cualquier sistema de gobierno es bueno con tal de no caer en la anarquía.

b) Al mismo tiempo, Marsilio afirma que más importante que los gobernantes son los legisladores, y que el legislador humano es el pueblo y todo el cuerpo de los ciudadanos.
Gobernantes, aristócratas y sacerdotes deben subordinarse a ese legislador laico y popular.
Y ese pueblo debe elegir a sus gobernantes que son responsables ante él, y deben ser castigados si infringen la ley del pueblo.
El pueblo fiel es sabio y del todo competente para hacer leyes y para elegir reyes y magistrados (Aunque Marsilio atribuye estas ideas a Aristóteles, es evidente que reinterpreta su espíritu y va más allá que el gran filósofo griego, en una especie de populismo).

Este pueblo (pueblo cristiano, obviamente) está guiado por el Espíritu Santo, y todo él es pueblo de Dios y, por tanto, sacerdote. Y como en la iglesia primitiva, también ahora los sacerdotes maestros y los obispos han de ser elegidos y juzgados por el pueblo.

Para Marsilio, el poder legislativo es todo el conjunto de los ciudadanos, que seguramente no buscarán su propio daño, y que sabrán observar aquellas leyes que ellos mismos han promulgado, ya que son hombres libres.No es justo que las leyes sean dictaminadas por uno solo o por algunos, como hace la tiranía o la oligarquía de la ley canónica.

Su tesis fundamental siempre es, pues, el anticlericalismo y antipapismo.

Naturalmente, el pueblo puede delegar su poder legislativo en algunas personas. Y si elige la monarquía, lo mejor es que sea electiva vez por vez y no hereditaria (con lo cual Marsilio se ganó el favor de los nobles alemanes electores del emperador, que le brindarán refugio). Pero, en igualdad de condiciones, es mejor elegir a algunos ciudadanos mejores para gobernar que a uno solo.

c) Finalmente, contra santo Tomás, Marsilio niega que exista la ley natural, pues el único legislador que el hombre puede conocer es otro hombre. Por tanto, sólo hay leyes humanas y la razón humana es la que juzga qué es bueno o malo para una sociedad. Lo que suele existir, es un conjunto de leyes que en la práctica son admitidas por todos los pueblos. Y sólo metafóricamente se las puede llamar  de “ley natural”.


Marsilio de Padua fue profesor en París y después se refugió en la corte de Luis de Baviera, enemigo declarado del papado de Avignon.. Aunque con contradicciones, sus ideas tendrán gran importancia en el surgimiento de los nacionalismos europeos y de la nueva cultura.


4. La corriente franciscana agustiniana de Oxford. Guillermo de Ockam
 

En esta misma época, también encontramos otras ideas que no se ajustan a la escolástica tomista, en la escuela inglesa franciscana de la universidad de Oxford con preocupación por las investigaciones científicas, físicas y matemáticas, más que por las cuestiones abstractas de la metafísica, y seguidora de Platón y San Agustín.
Ya Roger Bacon (1214-94) apela al método de la experiencia para conseguir el conocimiento, desestimando los silogismos y los argumentos de autoridad, poco eficaces para conocer la naturaleza.

Pero el principal maestro de Oxford es el franciscano escocés  Duns Scot (Scoto, 1270-1308), quien también enseñó en París y en Colonia. El Doctor sutil, como se lo llama, separa claramente el campo de la filosofía, fruto de la razón, de la esfera de la teología, fruto de la fe en la revelación, de modo que las verdades de fe no son demostrables con la razón, en contra de la tesis tradicional. Al mismo tiempo se opone a una religión intelectualista y afirma la primacía de la voluntad y del amor por sobre todo.


Su discípulo Guillermo de Ockam (1270-1347) otro franciscano, crea la corriente llamada Nominalismo, según la cual los conceptos en que se basa el pensamiento filosófico y teológico son meras palabras (“nómina”) y signos vacíos. Propiciaba, pues, que sólo podía ser considerado verdadero lo que era medible, y en consecuencia, la revelación divina era indemostrable.
Por lo tanto, algo puede ser verdadero para la fe, pero falso para la razón.
Lo importante es el desarrollo de la razón humana y del pensamiento humano.

Ockam fue citado por el tribunal pontificio instalado en Aviñón, acusado de herejía, pero se refugió en la corte del emperador Luis de Baviera, donde se encontró con Marsilio y con Miguel de Cesena, superior general de los franciscanos, también enfrentado al Papa.
En la corte de Luis, Guillermo redactó varios libros (especialmente el Dialogus y De imperatore et pontificum postestate) en contra del papado, especialmente el de Juan XXII. Muere en el 1350.


En sus escritos Guillermo plantea una distinción radical entre Dios y el hombre, entre la fe y la ciencia, y por tanto, entre la Iglesia y el Estado.
La Iglesia debe dedicarse exclusivamente a lo espiritual y a la vida de pobreza, y tampoco debe confundirse con la jerarquía. Los laicos tienen derecho a elegir a sus sacerdotes y jerarquía.
El hermano Guillermo estudia profundamente el problema del Papado y prefiere verlo interesado en las cuestiones relativas al Evangelio (predicación, sacramentos, formación del clero), con un poder moderado y alejado de la tiranía, y respetuoso de las libertades que el derecho natural y el positivo otorgan a las personas.

En cuanto a las cuestiones políticas, los eclesiásticos sólo pueden aconsejar.
Por su parte, el Estado no es más que la suma de los individuos que la componen, base fundamental de una nueva ideología típica de la modernidad inglesa. El derecho, sólo un conjunto de leyes humanas.
Las ideas de Guillermo de Ockam (condenadas oficialmente en 1340) tuvieron  repercusión en las teorías de Lutero y en los filósofos ingleses de la modernidad.

También debemos destacar el nacimiento de una corriente mística, especialmente en Alemania con el dominico Maestro Eckhart (+1327), de gran influencia en los siglos siguientes. Eckhart buscaba la unión del hombre con Dios mediante la relación mística, por lo que fue acusado de panteísmo.

5. Wicleff  y Huss

El último siglo y medio medioeval estuvo, como podemos observar,  marcado por una paulatina ruptura de la unidad del imperio y de la cristiandad, especialmente por las movimientos nacionalistas que propiciaban una iglesia nacional autónoma, y como consecuencia del gran cisma que había debilitado la autoridad papal.

Esta tendencia tan fuerte en Francia y que ya se insinuaba en Inglaterra, cobró vida en ese país con Wiclef, y con Hus en Praga y Bohemia, precursores inmediatos ambos de la Reforma e influyentes en Lutero. Ambos teólogos, sensibles a los escándalos del papado y del gran cisma, radicalizan sus posturas reformistas.


Juan Wicleff
 (1320-1384)  fue un clérigo inglés profesor y predicador antirromano, que exigía la interiorización religiosa de la Iglesia y de sus jefes, enseñando que la Iglesia no tiene derecho alguno al poder y a los bienes terrenos, y que es el Estado quien debe juzgar a la Iglesia.
En efecto, la Iglesia es invisible, y su único jefe es Jesucristo.
Mientras niega todo valor a las indulgencias y a la confesión, al culto de los santos y de las reliquias, sólo admite el valor de la Biblia, haciendo su primera traducción al inglés en  1380.
El papado es innecesario y una verdadera simonía propia del anticristo.
Wicleff apoya una decisión inglesa de no pagar el tributo papal a Roma, con lo que consigue amplio apoyo del pueblo y de la nobleza.

Fue oficialmente condenado y acusado de los levantamientos campesinos de 1381, refugiándose  en Alemania donde escribió violentos libros contra el Papado: Sobre el poder del Papa y Sobre la Iglesia.
Sus ideas fueron condenadas como heréticas en el Concilio de Constanza, pero perdurarán en Alemania y serán asumidas por Huss y por Lutero.

Juan Huss
, clérigo profesor y rector de la universidad de Praga, conoce y admira las ideas de Wicleff y en 1403 protesta contra la condena que hacen a dicha obra los teólogos alemanes.
Surge así un fuerte movimiento nacionalista checo que, tras expulsar a los profesores alemanes, ataca al papado y al lujo del clero, denuncia el poder temporal, opuesto al deseo del Salvador, y rechaza las excomuniones de su arzobispo y del papa, en medio de agitaciones populares, especialmente de jóvenes.
Huss no niega el primado religioso de la Santa Sede, pero afirma que el Papa sólo tiene autoridad si vive en estado de gracia (sin pecado).
Su libro principal fue Tratado sobre la Iglesia.

Finalmente, el rey Segismundo de Praga lo convence para que se presente en el Concilio de Constanza para dirimir la cuestión, pero en cuanto llegó fue arrestado, enjuiciado y condenado a la hoguera (1415), pese al salvoconducto del rey Segismundo.
También fue condenado y ejecutado su discípulo Jerónimo de Praga.

Pero su injusta muerte exacerbó los ánimos checos y creció un amplio movimiento nacional (llamado de los husitas) de tipo apocalíptico y socialista, que en 1420 proclamó los “artículos de Praga” exigiendo libertad de predicación, la comunión bajo las dos especies y la pobreza apostólica del clero. Los husitas resistieron los ataques del rey  Segismundo y pasaron a la ofensiva en países vecinos, consiguiendo adeptos en Alemania. La cruel guerra se prolongó hasta 1485.
Los husitas sobrevivientes se pasarán después a la reforma protestante.

6.PENSAMIENTO DE MARTÍN LUTERO Y CALVINO

A los dos grandes reformadores de la Iglesia, Lutero en Alemania y Calvino en Francia y Suiza, se los suele conocer fundamentalmente por su pensamiento religioso, pues, en efecto, su obra consistió en una revisión de la fe cristiana y en la reforma institucional de la Iglesia.
Pero en sus escritos encontramos muchos elementos para conocer su pensamiento político, problema tan importante en aquellos momentos, sobre todo desde el instante en que los reformadores atacan radicalmente el orden ideológico medioeval del papado y su esquema teocrático.Lutero y Calvino coinciden, por lo general, salvo en algunos puntos que observaremos, ya que retoman el pensamiento de san Agustín (módulo 2, 4).

a) Recordemos, antes que nada, que la raíz de la teología de la reforma es la doctrina de que los hombres son radicalmente pecadores, y de que, por tanto, sólo pueden salvarse (“justificarse” ante Dios) por la sola y exclusiva gracia divina. Siguiendo a san Pablo y san Agustín en este punto, concluyen que nadie se salva por mérito de sus buenas obras (ética), ni por indulgencias ni por intercesión de los santos. Sólo salva Dios por medio de la fe.
Con esto, se echa abajo, no sólo la doctrina tradicional de la Iglesia, sino cualquier fundamento en la ética de Aristóteles y en su concepto de virtud.Pero los reformadores no excluyen la ética, pues la fe en Jesucristo y la aceptación de la palabra de Dios revelada sólo en las Escrituras, implica cumplir aquellas normas prescritas por la fe. Es la fe que “se vuelve activa en el amor” al prójimo.

El otro punto radical de la reforma, por tanto, es la aceptación exclusiva de la Biblia, sin los agregados de la teología, tradición y otras normativas de la Iglesia. Una Biblia sujeta a la libre interpretación de cada creyente que tiene la luz del Espíritu Santo en cuanto miembro del pueblo sacerdotal de Dios.
De la Biblia emanan leyes, algunas meramente rituales que ya han caducado, y otras obligatorias para los cristianos. Mientras que Lutero ve las leyes más como un freno al pecado, Calvino las mira en su aspecto màs positivo como pautas de vida.

b) Siguiendo siempre el pensamiento de san Agustín, ambos reformadores afirman la doble ciudadanía de los cristianos, como miembros de la Iglesia y como ciudadanos de un Estado.
Hay un gobierno espiritual, que se ocupa del culto y de la piedad; y uno civil que instruye en el cumplimiento de los deberes obligatorios a todos. “El primero se refiere al alma, en tanto que el segundo se ocupa de las cosas de la vida actual, alimentos, vestidos y la promulgación de leyes para que el hombre viva con sus semejantes con pureza, honorabilidad y moderación. A la primera forma la llamamos el reino espiritual, y a la otra, el reino temporal” (Instrucciones, de Calvino)

Y como ya lo señalara san Agustín, el reino espiritual no coincide necesariamente con la Iglesia, pues sólo Dios conoce quien pertenece a él. Hay, por lo tanto, una clara distinción entre el ámbito religioso y el político.
Pero ambos reinos tienen su origen en Dios, sin derivarse el uno del otro (como era la doctrina de la teocracia). Ambos son expresión del amor de Dios y de su cuidado por los hombres. Dios nos da sus dones por medio del predicador (pastor, no sacerdote) y del gobernante, y cada cual, a su modo, señala el camino del cielo. El gobierno espiritual nos lleva a amar a Dios; el temporal nos ayuda a amar y servir al prójimo.
En consecuencia, tanto la ley humana como el evangelio, la razón como la fe, la filosofía como la Biblia, el Estado como la Iglesia (definida como comunidad de fe) son necesarios para la vida en este mundo, y ambos cumplen, al sumarse y complementarse, la voluntad de Dios.
Ambos reinos, pues, deben estar juntos y en armonía, aunque sólo en la otra vida habrá una síntesis completa.

Es el demonio (tema importante en la Edad Media y en la Reforma) el que crea divisiones entre ambos órdenes. sea “por las turbas asesinas y ladronas de campesinos”, sea por el Papa que “no sólo ha mezclado la ley con el evangelio, sino que ha hecho del evangelio simples leyes que no pasan de ceremoniales; y también ha confundido en forma diabólica e infernal las cuestiones políticas y eclesiásticas” (Comentario al salmo 101, Lutero).

c) Dada esta neta separación de los dos órdenes, el político y el religioso, pero ambos como expresión de la voluntad de Dios, surge la doctrina de que la autoridad civil recibe directamente de Dios su poder temporal, sin intervención del papa o de la iglesia, pero tampoco del pueblo. Ninguna concesión, pues, a la teocracia, pero tampoco a la democracia.
Los reformadores coinciden con Marsilio y Ockam en negar la teocracia, pero disienten en el rol del pueblo como elector de sus gobiernos. En consecuencia, los reformadores le otorgan al poder civil una dignidad propia, más total y absoluta que la medioeval en cuanto proviene directamente de Dios.

Una doctrina que los reyes y príncipes absolutistas recordarán constantemente.Los reyes tienen una autoridad “delegada” por Dios, no por el pueblo, y sólo subordinada a la soberanía divina.  En esto la reforma sigue al pie de la letra el texto de san Pablo: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no venga de Dios, y todas las que existen, han sido constituidas por Dios. En consecuencia, el que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios… porque ella no ejerce en vano su poder, sino que está al servicio de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal. Por eso, es necesario someterse a la autoridad, no sólo por temor al castigo, sino por deber de conciencia…” (Rom. 13,1-4)

Por tanto, Dios ha constituido a los gobernantes por causa del pecado, para que se ocupen de sus consecuencias, de la desobediencia y de toda forma de corrupción, para premiar el bien, castigar el mal y proteger a la iglesia.Así, pues, los reformadores vuelven absoluta una doctrina de san Pablo en un desafortunado texto que no reflejaba más que la universal creencia de la época, ajena a toda perspectiva democrática. Pero el fundamentalismo bíblico de los reformadores no pudo prever esta distinción, y crearon bases sólidas para el absolutismo de los reyes, cerrando toda posibilidad a una rebelión basada en la democracia.

d) A pesar, pues, de esta separación de Iglesia y Estado, ambos reformadores admiten que el Estado tiene el deber de ocuparse del mantenimiento del culto de su país.
Más aún, el Estado tiene derecho y aún obligación, si fuera necesario, de corregir y reformar a la Iglesia, de acuerdo a los dictados del Evangelio.Por tanto, dos condiciones para esa intervención: sólo en casos especiales, y de acuerdo a la palabra de Dios.Pero esto, naturalmente, crea una confusión y excesos imposibles de controlar, más la gran dificultad de que el Estado pudiera conocer con certeza cuál es la voluntad de Dios.
La preocupación de Lutero era que el Estado fuese un dique contra el pecado, el poder del demonio y el poder del Papa.

Pero, en lo substancial, desde el punto de vista meramente político, la reforma sostiene que hay una sola espada, y es la del gobierno civil, independiente de la Iglesia, que no puede entrometerse en los asuntos civiles, y ambos poderes deben colaborar, como siervos “iguales y separados”, en cumplir la voluntad divina.
Fácil es advertir la importancia de esta doctrina que dará un tremendo auge a los estados protestantes que, con la ayuda de la razón (aplicada a la ciencia, a la tecnología o a la guerra) alcanzarán pronto un gran desarrollo.Por su parte, los filósofos quedan liberados de la tutela de la teología y de la Iglesia, al igual que los científicos y políticos, lo que promueve el auge del pensamiento autónomo.Por su parte, la teología siempre será teología bíblica, o sea, explicitación y profundización de la Sagrada Escritura.

e) Esta relación única entre Estado y razón es claramente expresada por Lutero:
“Dios creó al gobierno temporal sujeto a la razón, porque no debe tener jurisdicción sobre el bienestar de las almas o temas de valor eterno, sino sólo sobre los bienes corporales y temporales que Dios coloca bajo dominio del hombre.Por esta razón, nada se nos dice en el Evangelio sobre cómo se debe mantener y regular el gobierno secular, salvo cuando el evangelio pide que el pueblo lo honre y no se le oponga. Por lo tanto, los paganos pueden hablar y enseñar mucho sobre el arte de gobernar, y suelen ser mucho más hábiles que los cristianos… El que desea aprender a gobernar, que lea los libros y escritos de los paganos” (Salmo 101).
Lo que no es obstáculo para que Lutero llame a Aristóteles “ese canalla pagano, presuntuoso y condenado”, dada su influencia sobre la teología (¿culpa de Aristóteles o de los que lo siguieron?)

f) Respecto a la Iglesia, aunque todos los reformadores niegan su estructura jerárquica, unos la ven como meramente espiritual o “invisible” y Cuerpo de Cristo, especialmente Lutero que sigue aquí a Wiclef y Hus, sólo discernible en la comunidad de hermanos; otros, como Calvino, insisten màs en su visibilidad, pues necesita cierta “constitución y disciplina”, ya presentes en las Escrituras.

g) Si los anteriores principios están claros, es obvio que los reformadores no se preocupen mucho por la forma de gobierno, algo que en realidad no es de su competencia.
De todos modos, en esto punto Lutero y Calvino de distinguen radicalmente.
Lutero supone que la naturaleza corrupta del hombre no lo habilita para la democracia, “pues la chusma no tiene moderación ni conoce ninguna, y en cada individuo hay más de cinco tiranos. Por tanto, es mejor sufrir el mal de un solo tirano, o sea, de un gobernante, que de innumerables tiranos, o sea, de la chusma”.
Este argumento de Lutero, que tan bien utilizarán los monárquicos y liberales, confunde el concepto de democracia (gobierno del pueblo) con gobierno de la “chusma” en cuanto negación de todo gobierno ordenado (anarquía), algo que ya Aristóteles había distinguido con claridad.La razón y la justicia, según Lutero, pueden estar en cada individuo, pero no en todos juntos que forman la chusma.En consecuencia, el mejor gobierno es la monarquía, y aún la peor monarquía o tiranía es mejor que el gobierno de la chusma.

h) Otra consecuencia obvia: el pueblo le debe al gobernante obediencia y respeto siempre y en todas las circunstancias, como a Dios mismo, aunque fuese un mal magistrado o un tirano (en esto nuevamente se separa de la opinión de Marsilio, Wicleff y Ockam), pues, al fin y al cabo, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Si el gobierno es malo, hay que aceptarlo como una cruz que hay que saber llevar, pues toda resistencia es una usurpación.

Esta doctrina opuesta a toda la tradición cristiana y a todo concepto democrático, admite según Lutero dos excepciones: primera, cuando el gobierno obliga a cometer un acto de abierta injusticia contra el prójimo, o sea, si va contra los mandamientos; y segunda, cuando el gobierno civil se entromete indebidamente en cuestiones de fe y culto en forma contraria a la palabra de Dios. Pero aún en estos casos, si bien es lícito desobedecer, no se debe usar la violencia o apelar a la revolución. En todo caso, hay que huir a otro país. Son evidentes, pues, las muchas contradicciones de Lutero.

Calvino, por su parte, en sus últimos años dejó la puerta abierta para una resistencia violenta.
El mismo Calvino que, con respecto a la forma de gobierno, prefiere el aristocrático, se base o no en el voto popular, y enseña que deben tener alguna forma de “frenos y equilibrios”.En efecto, si gobiernan varios al mismo tiempo, pueden aconsejarse y controlarse entre sí, evitándose la tiranía y otras formas de corrupción.
Calvino admite la elección popular, pero con ciertas salvaguardas para que no haya excesos, y sin ningún entusiasmo por la democracia o la soberanía popular.Esto no es sino consecuencia de la doctrina de que el poder viene de Dios, aún cuando haya elección popular.

j) Respecto a la tolerancia, la postura de Lutero fue contradictoria.
Cuando comenzó a predicar la reforma, sostuvo firmemente el principio de la total tolerancia (que, por otra parte, mucho necesitaba). Pero más tarde, ya afirmado y con el apoyo de los príncipes alemanes, cambió de postura y persiguió implacablemente, no sólo a los católicos, sino también a los anabaptistas, a los judíos y a los campesinos rebeldes, llegando a posturas sanguinarias.

Calvino, por su parte, mantuvo una postura más estable y coherente, pues predica la lucha del magistrado cristiano contra la herejía , ya que es el lugarteniente de Dios y debe defender su honor. Entre tales herejes, obviamente, están los católicos. Calvino, como sabemos, instaló en Ginebra un férreo gobierno de la mayor intolerancia religiosa.

k) Finalmente, digamos que, con respecto a la ley natural, los reformadores sostienen la validez única de la ley positiva divina. Una ley que tiene un uso espiritual (convencer de pecado y señalar el camino del evangelio) y un uso civil (controlar la moralidad pública). En los que no conocen la ley del decálogo, Dios la puede imprimir en sus almas, de modo que siempre es obligatoria para todos.
La ley del Estado se conforma, pues, para mantener la conformidad externa con la moral. Aunque obligatoria, siempre será imperfecta y una forma de “parchar y remendar”, como decía Lutero. Se trata de cuestiones que deben tratar los especialistas y en las que no debe meterse la iglesia, aún en cuestiones relacionadas con el matrimonio y el divorcio. Es otro punto en el que la iglesia reformada y la católica no coinciden, y de gran importancia en los Estados de la modernidad.

l) El lector no dejará de notar ciertas ambigüedades y contradicciones en esta doctrina política, que nunca fue elaborada ex profeso sino según las circunstancias lo pedían. Aunque la autoridad civil es apreciada en cuanto originada en Dios y como cumplimiento de su voluntad, no deja de haber cierta desvalorización y desentendimiento de su rol.
Lo que desembocará inevitablemente en un Estado laico, absolutamente desentendido de las cuestiones religiosas. Lutero quiso “encontrar un fundamento sólido a la ley y al poder temporal, con el fin de que nadie dude de que existe en este mundo por la voluntad y mandato de Dios” (De la autoridad temporal), pero no pudo desprenderse de la concepción medioeval que hacía surgir todo poder directamente de Dios, de modo que todo termina en dar nuevas razones para seguir obedeciendo.

Esta obediencia es subrayada por su doctrina radicalizada de la maldad humana y por la separación bastante maniquea que hace entre alma y cuerpo, de modo que si el alma es libre, el cuerpo (terreno del demonio y del pecado) debe someterse al Estado para su control, pues “habida cuenta de que todo el mundo es malo y apenas se encuentra un verdadero cristiano entre mil seres humanos, éstos se devorarían entre ellos, de modo que nadie habría capaz de mostrar a las mujeres y los niños cómo alimentarse y servir a Dios… Por eso Dios ha instituido los dos Reinos… el temporal, que es un obstáculo para los no cristianos y los malvados, a fin de que estén obligados por coacciones externas, a respetar la paz y mantenerse tranquilos, lo quieran o no… Es preciso que haya quien encarcele a los malos, los acuse, los degüelle y los mate, y que proteja a los buenos, los defienda y los salve…” (id).

De modo que Dios aparece justificando tanto a la política, como a los jueces y verdugos.Se trata, pues, de un poder temporal orientado hacia afuera, hacia los malos, entre los cuales incluye, por cierto, a los que siguen al papa.
Con el mismo esquema, predica la total obediencia, menos a los príncipes que no pertenecen a la Reforma.La doctrina de los dos reinos y dos ciudadanías, termina siempre en un callejón sin salida. O uno absorbe al otro, como fue la tendencia medioeval, o uno se independiza totalmente del otro, como es la tendencia moderna.

La reforma, pues, aún sin proponérselo, ha puesto las bases suficientes para un Estado laico y absolutista, como así también para una gran expansión de la actividad profana, sea en las ciencias, como en la filosofía y en el progreso material. Algo evidente en el futuro de Prusia y Alemania.
En este sentido, Lutero es el primero que pone las bases para la unidad germana en su escrito A la nobleza cristiana de la nación alemana, siendo un claro antecesor de Hegel en la concepción de un Estado fuerte y de la misión salvadora de la nación germana y protestante.

 

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