Historia Cultural 2 – Edad Media. Sacro Imperio. Feudalismo. Municipios. Poder papal. Movim antisistémicos.

MÓDULO   3

LA   EDAD  MEDIA
El Sacro Imperio Romano Germánico
La Cristiandad

1. Un nuevo escenario. Disolución del imperio e invasiones bárbaras

a) Durante unos doscientos años (entre los años 375 y 568), el imperio romano se vio invadido por los llamados pueblos bárbaros, en primer lugar por los germanos orientales (vándalos, godos, burgundios, ostrogodos) que emigran en masa desde el noroeste hacia el sureste,  son rechazados por el imperio de Constantinopla, atraviesan Macedonia, Grecia, Italia y Galia, para establecerse los ostrogodos en Italia (Teodorico), los godos en España  y los vándalos en el sur de España y norte de Africa.
Estos grupos bárbaros, no muy numerosos y generalmente violentos, no lograron realizar una profunda modificación de la estructura del imperio, conviven con los romanos, pero logrando quebrar su poder militar.
A excepción de los godos, su influencia será efímera.


Pero poco después o simultaneamente sobreviene una segunda camada de germanos occidentales (teutones alemanes, francos, bávaros, anglos y sajones, lombardos) que hacen lentos y prolongados desplazamientos, generalmente en forma pacífica, ocupando los francos la Galia (norte de Francia, Bélgica y Holanda) y los anglosajones la Bretaña.
Después los longobardos conquistan el norte de Italia hacia el 555
Muchos de estos pueblos estaban en contacto con los romanos, o eran sus aliados o vasallos, incluso miembros de su ejército, e hicieron más bien un lento trabajo de infiltración.
El resultado fue una síntesis de la cultura romana y la bárbara.

Roma, que ya había sido ocupada por Alarico en el 410, cae definitivamente en el 476 bajo Odoacro que depone al niño emperador Rómulo Augústulo. Fue todo un signo.
Para el 493 el rey ostrogodo Teodorico se adueña del poder. En realidad, la “caída” del imperio fue un largo proceso de descomposición interna, rematado por las invasiones.
En efecto, el imperio romano, como lo expresamos en el primer módulo, desarrolló un modo de producción esclavista, con economía de base agraria y cuantitativa.

En la medida en que podía acceder a más tierras (guerras rápidas con pocos muertos y muchos esclavos) la economía estaba asegurada con los inmensos latifundios con cereales, vid y olivo, trabajados por millares de esclavos. Era la unidad productiva, que sólo podía aumentar con más esclavos y más tierras. La propiedad privada estaba asegurada por el derecho. Pero no hubo cambios importantes en el modo de producción ni en la tecnología.

En tanto, la población libre se concentró en las ciudades, sedes del poder político, de la cultura, del comercio y de la industria artesanal (toda la actividad manual también realizada por los esclavos).
Por tanto, producción en el campo, estructura del poder en la ciudad.

Pero ese modo de producción comenzó a resentirse cuando se agotaron las posibilidades de nuevas conquistas (especialmente desde fines del siglo II) y cuando el imperio mismo tuvo que defenderse de ataques de partos, al este, y bárbaros, norte y oeste. Hay menos esclavos, lo que hace aumentar su precio. Y toda le economía se resquebraja.

Surge, pues, en el siglo III una tremenda inflación, siempre en aumento, acompañada por una crisis política (20 emperadores en 50 años) que ponía el poder en manos de las legiones, situadas en la periferia del imperio.
Las reformas de Diocleciano y Constantino (del 289 al 337) ponen cierto orden, pero no pueden hacer cambios estructurales al sistema. Aumentan el control, dividen el imperio para gobernarlo más fácilmente, y supervisan.Se comienza a admitir a los bárbaros en el ejército, y se procura que el campesinado no emigre a las ciudades. Muchos de estos campesinos son  ex esclavos, ahora colonos, que arriendan tierras a los terratenientes.

El peso político y el poder económico va pasando a la aristocracia terrateniente y también a los obispos, ya incorporados como funcionarios del imperio.Pero la mayor burocracia centralista, aumentada con la burocracia eclesiástica, significó mayores gastos en un momento en que el campo estaba exhausto. Y mayores gastos significó más impuestos a los campesinos.

Así se va formando un nuevo tipo de sociedad romana, primer insumo del futuro feudalismo. Mientras decae el poder central, los aristócratas terratenientes afirman su autoridad en sus propiedades, cobran impuestos y protegen a los campesinos pobres a cambio de trabajo y productos.
Lentamente muere el típico esclavo y nace una nueva clase social, los hombres de la tierra, ni tan esclavos ni tan libres.

Simultáneamente se robustece el nuevo insumo del cristianismo, que de religión clandestina y perseguida, pasa a ser religión oficial. Su cuerpo de creencias salvacionistas y universales puede crear una mayor cohesión. Aumenta el número de cristianos, lo que trae una merma de su calidad y mayores conflictos ideológicos, lo que implica un aumento del control dogmático y jerárquico. Los heréticos arrianos expulsados evangelizan a los bárbaros…


Los bárbaros
, tercer insumo, se caracterizaban por una redistribución periódica de las tierras, una política militar de saqueo  y depredación, bajo la dirección de caudillos elegidos por su capacidad bélica. En contacto con el imperio, imitan ciertas modalidades, creándose una aristocracia militar hereditaria que se apropia de tierras, beneficiando a los “comitatus”, sus hombres leales. Es el inicio de una modalidad monárquica hereditaria. Lentamente se desplazan y ocupan tierras del imperio, en forma pacífica o violenta, mientras el imperio de occidente se va disolviendo.

Está surgiendo una nueva sociedad que cristalizará en la sociedad feudal del siglo IX. 

Su primera característica fue el caudillismo militar, necesario para conseguir tierras, concedidas por el rey a sus nobles a cambio de servicios personales y militares. Por tanto, reinos inestables y en constante lucha.
La segunda, la ruralización de la vida, mientras las ciudades decaen inevitablemente (en menor grado en Italia), y con ellas la cultura, el arte de leer y escribir y la ideologización desde la ciudad hacia el campo. Surgen, pues, nuevas regiones con todas sus particularidades, con un matiz romano y otro matiz cristiano.

La Iglesia que manejaba los libros y las ideas, se encontró en la peculiar situación de tener el monopolio cultural que le permitiría educar a la sociedad, con muchísimas limitaciones y dificultades. En esta tarea se destacarán los benedictinos, fundados por San Benito en el 529, y ampliamente difundidos por la Europa cristiana.Esta situación duró unos cuatro largos siglos conocidos como la noche medioeval (primera edad media).
Culminará con el nuevo imperio de Carlomagno y la instauración del feudalismo (segunda edad media).


Por otro lado, el imperio de Oriente continuó (hasta su caída final en manos de los turcos en 1453)  pero con grandes pérdidas de territorio a manos de los árabes islámicos en el siglo VII.  Pero hasta el siglo VIII y desde la época de Justiniano (527-65) ocupará el sur y centro de Italia y ejercerá su influencia, en lucha contra los lombardos (ubicados en Lombardía, con capital en Pavía).

Desde el siglo IX el imperio bizantino se expandirá hacia los países eslavos (Bulgaria y Rusia) y hacia el centro de Europa (países después llamados balcánicos). La principal fortaleza del Imperio de Oriente era la estrecha colaboración entre el Estado y la Iglesia (emperador y patriarca), dos aspectos solidarios de un todo único y orgánico.
Aunque el emperador era el señor del imperio y de la Iglesia, estaba por otro lado obligado a su compromiso de sostener y defender la fe ortodoxa de acuerdo a los dogmas y dictados de la Iglesia. Por eso el arte y la ciencia de Oriente serán fundamentalmente de sentido religioso y teológico, dentro de un mundo replegado sobre sí mismo.
En tanto, las siempre tensas relaciones entre la iglesia romana y la bizantina, se vieron rotas por varios cismas hasta el definitivo en el 1054.
Pero antes, el papado se liberó de la tutela del imperio bizantino y cambió el curso histórico de Europa haciendo alianza con los francos ya convertidos al catolicismo .


b) Este nuevo escenario tiene otro ingrediente importante: la aparición del Islam, fundado por Mahoma (574-632) en Medina de Arabia (en el 622), con influencia judía y cristiana, ya que considera a los árabes como descendientes de Abraham, acepta a los profetas del Antiguo Testamento y asume a Jesús como el antecesor del “profeta” por excelencia, Mahoma, quien escribe sus revelaciones en el libro del Corán, tratado religioso, político y social al mismo tiempo. 

El Corán es el libro religioso y político de este Estado supranacional en el que la fe religiosa determina la ciudadanía.

Mahoma es el último profeta que instaura la nueva comunidad (“Umma”) donde todos son iguales ante Dios, y todos laicos sin sacerdocio alguno.La sociedad islámica es una teocracia laica, cuyo órgano legislativo es el Corán, el poder ejecutivo es exclusivo de Dios, quien actúa por  un lugarteniente, mientras el poder judicial reside en la comunidad que interpreta el Corán.

Como Mahoma no podía tener sucesor pues era el último profeta, a su muerte se suscitó un grave conflicto por buscar al lugarteniente de Dios (califa), dividiéndose el Islam en tres grandes sectores: Sunaítas (el más amplio), Karedjitas (ortodoxo) y Chiiitas, los fundamentalistas que han alcanzado gran vigor en los finales de nuestro siglo XX. 
Según el Islam, corresponde a los califas conservar la religión según lo dictamina el Corán, mantener el orden público, dotar a la sociedad de un buen ejército y conducir la guerra santa contra los infieles.

Como es sabido, los islámicos se abrirán a la cultura griega clásica y traducirán los libros de Aristóteles que, por su intermedio, serán conocidos en Occidente en el siglo XII.
El filósofo Averroes es el gran comentarista aristotélico y ejercerá gran influencia en la cultura medioeval y en la filosofía tomista.


Con una fuerte dinámica de conquista del mundo por medio de la guerra santa, el Islam pronto se apodera de toda Arabia, Persia,  Asia Menor, Egipto, todo el norte de Africa y ya en el 711 ocupa el reino visigodo de España, siendo detenidos primero en Asturias y después en Poitiers, sur de la frontera gala, en el 732 por Carlos Martel. 
Con el Islam, desaparecen las más antiguas y florecientes comunidades cristianas.

Después de las Cruzadas (siglos XI-XIII), vano intento de los cristianos occidentales por reapoderarse de la Tierra Santa, el Islam comienza una nueva expansión gracias a la conversión de los Turcos (de Turquestán) que no sólo se infiltran en China e India, sino que conquistan Armenia y Anatolia (actual Turquía), vencen a los cruzados desalojándolos de Palestina y finalmente logran forzar las puertas de Constantinopla en el 1453, para avanzar luego hacia Europa oriental y llegar hasta la misma Viena en plena era de la Reforma.

Tiempo después de las invasiones árabes, aparecerá otro peligro para la Europa medioeval: las invasiones de los normandos vikingos y de los pueblos eslavos y magiares (húngaros) que oportunamente comentaremos.

2. El  Sacro Imperio Romano Germánico

a) Clodoveo -el hijo de Carlos Martel vencedor de los árabes- cuya esposa es la católica Clotilde (santa), funda el reino franco. En el 510 es bautizado y arrastra al bautismo a todo su pueblo. Pronto son catolizados otros pueblos (arrianos o paganos) de la actual frontera franco-germana. Francos y galo-romanos fundan una nueva nación, que lentamente recreará una lengua románica, el francés.
También nace un nuevo estilo religioso: la iglesia territorial o nacional.
Las fronteras nacionales deben coincidir con las eclesiásticas (diócesis), y ambos poderes funcionan al unísono dentro del estilo constantiniano con aportes germánicos (El rey convocaba los concilios, fijaba los temas, aplicaba sus cánones, etc.) Los obispos, normalmente eran elegidos por el rey (a veces con apoyo popular), lo que fomenta el nepotismo y otros abusos.


El contacto con la sede de Roma era necesariamente escaso, y a menudo tenso (por la total ingerencia de los reyes en la iglesia local), a pesar de la obra del Papa Gregorio Magno (590-604), un hombre de gran cultura.
Roma se hallaba bajo constantes presiones de los longobardos (al norte, capital Pavía) y de los bizantinos que dominaban Italia desde que Justiniano la reconquistara, ejerciendo su poder desde Ravena.
Gregorio sigue de cerca al reino franco y hace evangelizar Inglaterra, surgiendo así otra iglesia nacional unida a Roma. Establece también relaciones con el reino visigodo de España, que abandonó el arrianismo para adoptar el culto católico.
Como ya dijimos, también el Papa, desaparecido el senado romano, se hace cargo de la dirección política de la ciudad y aledaños.

b) En el 751, otro franco, Pipino el Breve, por orden del Papa Zacarías, es consagrado rey por sus obispos, con la cita bíblica: “Me escogiste como rey” (1Sam 10, 1), en un acto hasta ahora sólo reservado al patriarca de Constantinopla que consagraba al emperador.
Por lo tanto, un gesto del papado de independizarse y de que algo nuevo se estaba gestando en occidente. Es el verdadero comienzo de la Edad Media o Cristiandad.
Esta consagración sella la alianza entre la iglesia romana y el nuevo orden representado por los francos germanos. 

Entre tanto, los longobardos presionan sobre Roma (dependiente de Bizancio) y el papa Esteban II toma una decisión histórica que lo salva al mismo tiempo de lombardos y bizantinos: pide ayuda a Pipino.
Tras negociaciones en territorio franco, vuelve a consagrar personalmente en el 754 a Pipino como rey, a su esposa e hijos, entre ellos Carlos-magno.
En compensación, Pipino cruza los alpes, libera las zonas ocupadas por los longobardos y convierte al papa en un soberano temporal, donándole los Estados Pontificios, mientras sus hijos son nombrados “patricios de Roma” (año 756).

Aquello significó una práctica ruptura con el imperio y la iglesia de oriente, concretada por primera vez por el cisma de Focio (867-70) y sellada definitivamente en el 1054 por el patriarca Cerulario.


La donación de los Estados Pontificios
que le dan al papa un nuevo carácter de príncipe, se funda en “la leyenda de san Silvestre”, según la cual este papa habría bautizado a Constantino, curándolo de la lepra.
De la leyenda emerge después un documento falso (de fecha incierta, hacia el 750), según la cual el primer emperador cristiano habria reconocido la supremacía del obispo de Roma sobre las sedes de oriente (Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Constantinopla).
Al mismo tiempo le concede el derecho de llevar la diadema y las insignias imperiales, dándole poder para siempre sobre todo el mundo cristiano. “…

Y para que no se envilezca el prestigio del pontificado, sino que por el contrario, sea aún más resplandeciente que la dignidad del imperio… concedemos y abandonamos al bienaventurado Silvestre, nuestro hermano y papa universal, no solamente nuestro palacio de Letrán, sino además la ciudad de Roma, así como todas las provincias y ciudades de Italia y las regiones occidentales, para que él y sus sucesores las tengan bajo su  poder y tutela…
Esta constitución las remite para siempre y por derecho, a la Iglesia Romana”.Por eso le construye al papa la basílica de Letrán, como sede suprema. Y como respeto a la nueva dignidad papal, Constantino se retira a Bizancio, su ciudad.
Es la llamada “donación de Constantino”, documento esgrimido por los papas contra los emperadores en la lucha por las investiduras, y cuya falsedad definitiva se demostró en el siglo XV.


c) Finalmente, Carlo-magno, rey desde el 771, conquista a los longobardos (Lombardía) que tenían sometido al Papa, renueva la donación de Pipino, y conquista cristianizando a los sajones  y ávaros en una cruenta guerra (772-804).
Los germanos ya habían sido evangelizados por san Bonifacio. Entre el 795 y el 811 también somete el Nordeste de España (Marca de Cataluña).

En la navidad del  800 es coronado en la basílica de Roma por el papa León III como emperador del nuevo sacro imperio romano (“Germánico” desde los Otones en el siglo X), mientras el pueblo coreaba: “A Carlos Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos, vida y victoria”.
Gran parte de Alemania (del Rin al sur), Francia, Bélgica, la Marca hispánica de Cataluña e Italia conforman el nuevo imperio romano o Imperium Christianum, dividido por lo general en condados como unidades políticas; base, a su vez, del ya naciente feudalismo. Los condes gobernaban en nombre del emperador, y al principio eran simples funcionarios que supervisaban a los señores regionales (duques, marqueses).

El mismo Carlomagno define su nuevo rol en una carta al papa:“ He aquí cual es nuestra tarea: afuera, proteger con las armas en la mano, y con la ayuda de Dios, a la Santa Iglesia de Jesucristo de la invasión de los paganos y del saqueo de los infieles. Adentro, defender el contenido de la fe católica.Vuestro papel, santísimo Padre, es la oración. Con las manos alzadas, como Moisés, os toca ayudar a nuestras almas hasta que, bajo la guía de Dios, el pueblo cristiano resulte siempre victorioso de los adversarios del Santo Nombre, con el fin de que el nombre del Señor sea glorificado por el universo entero”.

Se trata de un ideología clara que señala la línea Dios-papa-emperador sobre toda la Cristiandad y contra infieles enemigos, aunque es evidente en Carlomagno su supremacía sobre el Papa, dedicado a la oración o poder espiritual. Bien lo expresa Alcuino en una carta al nuevo emperador:
“En estos momentos sobre ti se apoyan las iglesias de Cristo y de ti sólo esperan la salvación; de ti, vengador de los crímenes, guía de quienes yerran, consolador de los afligidos y apoyo de los buenos”.

Los sucesores de Carlos hasta la lucha de las investiduras, como el resto de los reyes y señores feudales, mantendrán en consecuencia un rígido control sobre las Iglesia.
Es la nueva economía de salvación que será practicada en más, tanto en Europa con los pueblos aún no conversos, como en América a partir de su descubrimiento y conquista.
Oración, predicación y armas. Es un estilo ideológico propio de una larga época, cuyos resabios aún perduran. 
Carlomagno, emperador y cristiano convencido, la practica al pie de la letra. siguiendo el pensamiento de san Agustín, a quien lee a su manera. Se considera y es sentido como el “nuevo David” rex et sacerdos y el protector de la Ciudad de Dios.

Y crea su sede imperial-religiosa en Aquisgrán, a imitación de Roma y Constantinopla. Desde su nuevo rol, organiza meticulosamente el imperio y la iglesia, creando numerosas diócesis, convocando concilios y aún decidiendo cuestiones teológicas. Impone al mismo tiempo a todo el mundo, aún a los nobles, el diezmo obligatorio para sostener a la Iglesia.
También  nombra a un laico (conde) y a un clérigo (obispo o abad) como sus inspectores. Son los “missi dominici”, enviados del señor y ejecutores del nuevo orden cívico-religioso-cultural conforme a esta proclama: “
Escuchad la advertencia que os dirige, por nuestra boca, nuestro señor el emperador Carlos. Hemos sido enviados para vuestra salvación eterna y tenemos la misión de advertiros que viváis virtuosamente según la ley de Dios y justamente según la ley del siglo…”

Y relanza la evangelización, obligando a los clérigos a predicar y a enseñar a rezar, para lo cual crea nuevas parroquias. La evangelización tambièn es dirigida hacia afuera a los pueblos germanos externos no cristianos a quienes se reduce con la predicación y con el ejército. Es el mismo método islámico, en nombre del único Dios victorioso. Estado y religión forman una unidad indisoluble.

La renovación de la cultura, por obra de su ministro Alcuino, y de la fe se hacen al mismo tiempo, especialmente desde las abadías (con los copistas de textos antiguos, etc.) y las escuelas catedralicias, mientras comienza a florecer el arte románico, de gran expansión desde el 1000.
Un arte fundamentalmente religioso que aún hoy gozamos en las iglesias románicas (crucero, bóveda, arco de medio punto), con una escultura ingenua y con las famosas “miniaturas” típicas del arte conventual y de la decoración de los libros.

En este período sobresale también Juan Escoto Eriúgena (+877), director de la escuela palatina de Carlos el Calvo, de tendencia neoplatónica.

3. El feudalismo.  El modo de producción feudal


3.1 Invasiones de Vikingos y Magiares. Inicios del feudalismo. Su concepto


Muerto Carlomagno en el 814, sus tres hijos se dividen el imperio entre guerras y divisiones (reparto de Verdún en el 843).
En el interim, hacia el 850, se redactan las famosas Seudo Decretales del falso Isidoro, como otras más, tendientes a liberar a la Iglesia del dominio laico para otorgarle el poder a los obispos locales y finalmente al Papa como señor supremo y Caput totius Ecdclesiae (cabeza de toda la Iglesia).
Se prepara así el período de independencia eclesial y de la supremacía papal que se concretará dos siglos después. 

Simultáneamente se inicia una nueva oleada de invasiones: los vikingos o normandos desde el norte (Escandinavia), los eslavos y magiares desde el este, a lo que deben agregarse incursiones sarracenas que llegaron a saquear a Roma. Europa es asolada y saqueada, mientras cunde el terror en la población, especialmente en la campesina.
Nuevamente el caos: guerras civiles e invasiones. Crisis de total inseguridad y de hambre. El imperio, sólo un símbolo.
La Iglesia entra en un siglo obscuro y decadente. Magia y superstición por doquier.

Los vikingos
procedentes de Escandinavia conquistan Islandia, Groenlandia y asolan toda Europa, llegando hasta el interior de Rusia, y sometiendo a tributo a numerosas regiones y ciudades aún sin murallas ni defensas militares.  Se establecen en forma estable en Inglaterra y Normandía (Francia).Los magiares hacen constantes incursiones por Europa central y occidental hasta ser vencidos por Otón en el 955.

Los sarracenos atacan las costas del Mediterráneo.
Entonces los campesinos buscan la protección de los grandes señores locales (condes, duques, marqueses, obispos, abades), presentes en forma clara ya desde Carlomagno.
Y estos , hacen alianzas con otros más poderosos que ellos (en riquezas y poder bélico).
Pero esta protección tiene un precio, tanto más alto cuanto mayor es el peligro. Así se va formando una estructura piramidal de dependencias.

Es el nuevo orden social económico del feudalismo, cuya unidad fundamental es el “feudo”.
Cuando los campesinos se entregaban en servidumbre de sus señores, adquirían estos deberes:permanecer en las tierras del señor, entregarle parte proporcional de sus cosechas o el equivalente en dinero; otras entregas ocasionales para pascua, navidad, fiesta patronal, etc.; productos o dinero por el uso de tierras para pastos, uso de ríos, molinos, etc., no pudiendo utilizar otros; finalmente, trabajar algunos días por semana en las tierras del señor (“reserva señorial), o reemplazarlo por dinero.Esta condición de servidumbre era hereditaria y estaba ajustada en pactos escritos con carácter jurídico y obligatorio.

Por su parte, al señor le correspondía la protección de los campesinos, con el monopolio de la fuerza armada para mantener el orden social, legislando y designando los jueces para resolver los litigios.
Los límites del señorío llegaban hasta donde el señor tenía capacidad de hacer cumplir su voluntad según su fuerza política y militar (también frente a otros señores).

El Estado central
  (el imperial y los reinos desmembrados) desaparece o sigue existiendo, a menudo como un poder simbólico, fragmentado en señoríos, y apoyado en la propia fuerza militar del rey o emperador, en muchas ocasiones con un poder inferior al de otros señores que le deben fidelidad. Poder militar ligado a la capacidad productiva de cada señorío: producción agrícola, comercio, mejora de transportes y poco más, ya que la tecnología era aún muy precaria y casi idéntica o inferior a la romana.

De esta forma, se fue dando forma jurídica a una situación de facto, en la que todos ganaban a su manera, sea protección, sea poder, con sus respectivos costos y beneficios.

El fruto final de esta estructura era una pirámide completa que abarcaba todos los estamentos sociales, pues los propios nobles se subordinaban mediante el vasallaje, ligándose a un señor superior en poder como vasallos.
El señor superior concedía protección o tierras, un molino, una fuente de agua, a cambio de “auxilio y consejo” (apoyo militar y político). Este conjunto de vasallos constituía la “hueste” del señor.
Por tanto, dos instituciones básicas del feudalismo: señorío sobre los campesinos, y vasallaje de otros señores.La estructura continuaba hasta llegar al señor supremo de cada región, en teoría, los reyes y emperadores.

Como bien dice el especialista Marc Bloch: “En la sociedad feudal, el vínculo humano característico es la atadura del subordinado a un jefe próximo” (La Sociedad feudal, vo. II).
Según el mismo actor, rasgos típicos de esa sociedad feudal eran la sujeción campesina, el servicio feudal en lugar de salario; la supremacía de los guerreros especializados; los vínculos de obediencia y de protección; y el fraccionamiento del poder en desmedro de un poder central nacional o estatal.

Paralelamente y en estrecha relación, estaba la pirámide eclesiástica, que bajaba del papa hasta los feligreses. Pero ambas pirámides interrelacionadas, ya que los obispos, abades y los miembros de la curia pertenecían a la nobleza, que se distribuía los puestos claves civiles o religiosos.
En la cúspide, los que dirigen con el poder de Dios; en la base, la clase productora a la que corresponde mantener con su trabajo a las gentes de la guerra, de la política y de la iglesia.
O simplemente, una clase dominadora y otra dominada.
Por tanto, la historia cambia pero la situación de los campesinos y esclavos (todavía existentes en el feudalismo) es la misma de siempre: trabajo y carencia de derechos.

El valor y la fuerza de la pirámide jerárquica es la inmovilidad: Dios ha querido así las cosas y cada uno debe cumplir su rol en el organismo social, y todo lo que atente contra ese orden, también atenta contra la voluntad divina.


Por supuesto que no hay un tipo de feudalismo puro
, ya que tiene características propias en cada región, siendo más débil en Italia donde las ciudades y los nobles que la dominan adquieren mayor importancia que los propietarios rurales.
La forma más típica de feudalismo se dio en Francia (cuna del feudalismo) con grandes  potentados locales autónomos (Francia, Flandes, Normandía, Borgoña, Aquitania y Toulouse), bajo la dinastía de los capetos. Lentamente el poder central fue adquiriendo mayor poder y prestigio a costa de los señores feudales hasta afianzarse una “monarquía feudal”.

En Inglaterra los normandos le dieron al  feudalismo un gobierno monárquico centralizado desde el comienzo, según sus costumbres. Hubo un buen número de ciudades y una relativa libertad de los campesinos.
En Alemania el feudalismo se produce más lentamente, surgiendo principados importantes como los de Baviera, Turingia, Sajonia y Suabia, generalmente en litigio con el poder central del emperador.
En España y Portugal el feudalismo es tardío y surge simultaneamente con la conquista de las tierras árabes, pero siempre con tendencia a un poder central en los reyes de las grandes regiones. Fueron también imporantes las Órdenes Militares, como las de Calatrava y Santiago.

Durante este período, consumadas las invasiones magiares (s. IX-X) en las grandes llanuras de la Europa Oriental ya ocupadas previamente por los eslavos desde los siglos V y VI, lentamente se van formando las comunidades que con el tiempo cristalizarán en los reinos centrales. Para el siglo XIII soportarán la nueva oleada invasora de los mongoles. El feudalismo se irá imponiendo con vicisitudes muy específicas, hasta quedar firmemente implantado especialmente en Rusia.

Estas constantes olas de invasiones, a las que se agregarán desde la caída de Constantinopla las de los turcos, generaron un atraso en Europa oriental y una gran dificultad para el surgimiento de reinos estables, como la Gran Moravia derribada por los magiares y la Rusia dependiente de Kiev (Ucrania).
También se van formando los reinos de Polonia y Hungría. En el siglo X y XI tiene lugar la evangelización de estos pueblos, tanto la de origen católica desde Alemania, como la “ortodoxa” desde el patriarcado de Constantinopla.
Con la fe, reciben la cultura y las modalidades de oriente y occidente. Se convierten al cristianismo el principado de Bohemia (hacia el 920), el reino de Polonia (966), de Hungría (966) y el de Rusia (988) .

En todos los casos, convertidos y bautizados los príncipes, lo hace inmediatamente todo el pueblo. A partir de entonces siguió un largo y dificultoso proceso hacia el feudalismo y la monarquía centralizada, mientras avanza la colonización germánica hacia los países del Báltico, Prusia, Austria, Bohemia y Polonia, especialmente por medio de la Orden Teutónica y de los Caballeros de la Espada. Salvo Polonia, el resto de los países quedará bajo la hegemonía alemana (Imperio Romano Germánico).

3.2 Auge  feudal y florecimiento de las ciudades (burgos). Los Municipios


Con los otones (Otón I, 962), vencedores de los húngaros, el imperio se desplaza hacia Alemania y logra cierto brillo especialmente con Otón III (996-1002) que, en estrecha alianza con el Papa, reaviva el ideal de Carlomagno (irónicamente, el conquistador de Germania) y de la Cristiandad unificada. Es el Imperio Romano Germánico.

Pero desde el siglo XI el sistema feudal se afirma y, vencedor de la anarquía y de invasiones externas, logra una sociedad integrada y floreciente, con relativa paz y mejoras en la seguridad y en la alimentación.

Entonces ese mundo comienza a moverse y modificarse, con menos sobresaltos y murallas mentales.Hay cambios tecnológicos: nuevos tipos de arado, arneses para caballos y bueyes, el uso del estribo (tan importante en la guerra), herramientas de hierro, molinos de viento, diversificación de cultivos.

Se inician las grandes peregrinaciones (como a Santiago de Compostela), se construyen imponentes catedrales, castillos y palacios, abadías y conventos, y finalmente las grandes “universidades”.
Los caminos se pueblan de peregrinos, comerciantes, estudiantes eclesiásticos, monjes predicadores y trovadores.

Y nace el espíritu de la caballería, con los “hombres de a caballo” defensores de la justicia, de los pobres, débiles y damas. Un tema inmortalizado en el siglo XVI por Cervantes en el Quijote de la Mancha, y precedido por las historias legendarias del caballero de Percebal, de Langedoc y de las Ordenes de Caballería, una institución casi sacramental (el caballero era consagrado e investido como tal) y con un estricto código caballeresco. “Montar a caballo” tenía el símbolo de dominio sobre el pueblo, como lo recuerda el relato de Lancelot.

Por su parte el Papado se afirma e impone su autoridad sobre los emperadores (lucha de las investiduras que luego explicaremos), en tanto que la filosofía y teología (escolástica) se afirman con grandes nombres : como Hugo de san Víctor, Buenaventura, Alberto Magno y Tomás de Aquino.


Los nobles con mayores recursos económicos también se movilizan y emprenden las cruzadas (desde el 1096, ocho en total), como guerras colectivas o personales en busca de otros horizontes en el Medio Oriente, lo que produce  nuevos intercambios económicos y culturales, y conflictos con Bizancio. Pero también como forma de ganar indulgencias y llegar a la Jerusalén Celestial mediante la conquista de la Tierra Santa. España, por su parte, se desplaza hacia el sur y va reconquistando su territorio (hazañas del Cid a partir del 1070). En tanto, los alemanes avanzan hacia las zonas orientales (Prusia, Moravia, Austria) roturando nuevas tierras, evangelizando y conquistando.


Las cruzadas
fueron precedidas por las constantes peregrinaciones a los lugares santos, totalmente permitidas por los islámicos.
Pero en el 1071 Jerusalén fue conquistada por los turcos que prohíben la llegada de peregrinos occidentales, mientras Constantinopla pide ayuda a los países cristianos.
Así en el sínodo de Clermont (1096) que también promulgó la Tregua de Dios, el Papa Urbano II lanzó la iniciativa de la Cruzada para liberar a Tierra Santa de manos infieles, concediendo a los cruzados indulgencia plenaria (remisión de los pecados).

El fenómeno de las cruzadas trajo consigo el surgimiento de las órdenes religiosas militares y hospitalarias. Así fueron fundados los Templarios (1119), la Orden de los Caballeros Teutónicos (1190, que conquistarán luego Prusia y regiones eslavas), la Orden de la Espada (1202); y en España, la Orden de Calatrava (1158) y la Orden de Santiago (1161). La Orden los Hospitalarios, en 1113, para el cuidado de los cruzados enfermos y heridos.

Todo este renacer  produce una mayor producción y un excedente que ahora hay que comercializar en ciertos centros o burgos, generalmente en lugares estratégicos o cruce de rutas.
También se cultivan nuevas tierras, bosques o zonas de frontera. Para mejorar la producción, los campesinos reciben mayor libertad y nuevas formas de organización en torno a los nacientes municipios.
La moneda, que casi había desaparecido, es ahora la forma de hacer intercambios, pagar tributos y comprar nuevos artículos.

Así aparece un nuevo intermediario: el mercado y, muy pronto, el banco en el que se hacían las transacciones comerciales (originariamente era un “banco” en la plaza del burgo).
Nace, pues, la ciudad medioeval o burgo (de donde el nombre de “burgués” para su habitante) sea sobre antiguas ciudades romanas, sea por aumento de la población de las aldeas de campesinos, sea por el asentamiento de las caravanas de comerciantes ambulantes, sea como fundaciones realizadas por los señores feudales para los artesanos y comerciantes que intercambiaban sus productos con ellos, a cambio de libertades e inmunidades, como el derecho de asilo.

La ciudad va modificando el mapa medioeval, con multitudes abigarradas y heterogéneas, agrupadas por oficios y barrios, con variadas lenguas, extracciones sociales y actividades (médicos, aventureros, profesores, banqueros), origen y religión (hay de todos los rincones de Europa, también judíos, eslavos y árabes). La sociedad se pluraliza y nace un mayor intercambio.


Y una gran novedad: los golpes de la fortuna que hacen surgir a nuevos ricos y nuevos pobres.
El comercio y las finanzas se vuelve un arte mundano, regido por sus propias leyes: saber encontrar la oportunidad de vender o comprar, esperar un barco, prever la demanda y la oferta, manejar los stoks, conocer los precios de productos variados, pagar impuestos y conservar la seguridad de la ciudad. Es el arte de la burguesía, cuyo eje es el dinero y la utilidad.

Surgen al mismo tiempo las grandes ferias o mercados que atraen a multitudes, donde todo puede comprarse o venderse, sin olvidar de pagar los tributos y los peajes a los señores que adquieren nuevos ingresos con el fomento del comercio. Obviamente, las ciudades que pueden mantener un mercado permanente  adquieren mayor importancia, siendo sedes de ligas o corporaciones mercantiles, como las de Venecia o la Liga Hanseática sobre el Báltico.


Cuando los burgueses se sienten fuertes, ya en el siglo XIII, reclaman mayor autonomía y surgen los municipios, con una estructura más democrática y con la prohibición de ingerencia militar o jurídica de los señores feudales del campo.
Los municipios o “Comunas” son el fruto del juramento, no hacia un superior feudal, sino entre pares o iguales; por tanto, se consagra la igualdad de quienes juran y forman así el municipio.
El señor feudal o el rey consagran ese juramento y reconocen su validez mediante cartas especiales. 
Al mismo tiempo, los señores fomentan el desarrollo de ciudades otorgándoles “privilegios” o libertades y “prerrogativas”, como derecho de mercado, fortificación, aduana o acuñación de moneda; todo lo cual desarrolla el régimen de “fueros municipales” (administración propia, tribunales) creándose consejos encabezados por un alcalde (podestá o mayor).

Para la época de la monarquía centralizada, ya desde Felipe el Hermoso (1285-1314) los burgueses constituirán el Tercer Estado, tras el Primero del clero y el Segundo de la nobleza.
Al mismo tiempo las ciudades serán focos de todas las libertades, y casi como consecuencia, también de las herejías antisistémicas y de un profundo anticlericalismo (temas que luego comentaremos) ya que el clero era aliado natural de los señores feudales y de la monarquía.

Simultáneamente, ya desde el siglo XII, se forman “corporaciones” que son asociaciones obligatorias que controlan, planifican y dirigen la producción artesanal, calidad, precio, etc. con una estricta reglamentación; corporaciones que tendrán sus representantes en el gobierno comunal tras duras luchas con el patriciado, hacia el siglo XIV.

Para el siglo XIV, pues, los habitantes del burgo se transforman en ciudadanos libres, sea  por medio de negociaciones, sea por medio de la guerra, y nacen ligas de ciudades que conforman otros principados con un ritmo netamente ciudadano (ejemplo, ciudades italianas tan importantes en el Renacimiento).

Y mientras crece la ciudad, va muriendo el feudalismo.
Y nace también un nuevo arte, el prerrenacentista, con grandes figuras como Dante, Petrarca, Bocaccio, en las letras; Giotto y Fra Angélico en la pintura.

El rol de la iglesia
fue producir la ideología  del sistema, crear el consenso social y controlarlo con su autoridad moral para que cada uno ocupe su lugar. La divulgación ideológica fue su monopolio (dado el analfabetismo generalizado aún en las clases altas), disponiendo de las Escrituras (en latín) y de la predicación dominical a la que todos participaban, amén de la enseñanza en las escuelas catedralicias y conventuales y en las universidades, todas ellas eclesiásticas.

4.  LUCHA POR EL PODER SUPREMO.
Las Investiduras. La teocracia en pleno


a) En esta tercera etapa de la Edad Media, en el esplendor del feudalismo, la relación del papado con emperadores y reyes sufrió variadas vicisitudes y conflictos, incluso guerras,  debido a la habitual ingerencia del poder civil en los nombramientos de los papas, obispos y altos cargos eclesiásticos. Es la llamada “lucha de las investiduras”.

Investir era el acto por el cual el príncipe asignaba a alguien como obispo o abad, entregándole las insignias propias (báculo, anillo, etc.), costumbre universal desde Pipino hasta el siglo XI, y que producía nefastos efectos en un clero ya con baja moral, debido a la simonía  (venta de los cargos eclesiásticos), al nepotismo (favoritismo de los parientes) y a los intereses económicos y políticos mezclados con la entrega de las sedes.

Durante este período, las relaciones con la Iglesia de Bizancio, tensas desde la creación del Imperio Romano de Occidente, llegaron a su punto crítico y se produjo la fractura decisiva con el cisma del Patriarca Miguel Cerulario el 16 de julio de 1054.
El motivo de fondo: nunca la Iglesia de Oriente aceptó el nuevo Imperio Romano de Occidente y el lugar de privilegio de Roma.
 La causa que desencadenó la lucha de las investiduras fue, por supuesto, la gran discusión sobre quién tenía la primacía en la cristiandad: si el papa o el emperador.

Había dos posturas: el emperador era designado directamente por Dios, actuando el papa solamente como un intermediario, en cuyo caso el jefe supremo de la cristiandad era el emperador.
O bien, Dios lo designaba por medio de quien es el poder supremo de la cristiandad, el Papa, quien como tal nombra a un ministro para los asuntos temporales.
Se trata de un problema típico de la teocracia, cuyos conflictos entre el rey y el sacerdocio también estuvieron presentes en la teocracia judía (ya desde Saúl y su lucha contra  Samuel) que ahora tiene una nueva reedición.


Fue una larga disputa, tejida con infinidad de argumentos para dirimir el problema de las “dos espadas” o dos poderes, con citas evangélicas (“Yo te daré las llaves del reino…”, Mt. 16,18-20) y artilugios teológicos, no sin olvidar la leyenda constantiniana y las falsas decretales, e incluso con guerras y mutuas excomuniones, que dieron finalmente el triunfo al papado, especialmente bajo el cisterciense Gregorio VII ( 1073-85 ) que destituye al emperador Enrique IV, lo excomulga y libera a sus súbditos de la obediencia.
El motivo fue que Enrique continuaba con las investiduras y nombró como obispo de Milán a un partidario suyo, deponiendo al titular diocesano. El emperador, sin el apoyo de los nobles, se ve obligado a humillarse y pedir perdón en Canosa.
Es significativo el texto de la excomunión: “Privo al hijo del emperador Enrique, que se ha levantado contra la Iglesia con una inaudita insolencia, del gobierno de todo el reino de los teutones y de Italia; dispenso a todos los cristianos del juramento que le han prestado o que le prestarán; prohíbo a todos que le obedezcan como rey…”

Gregorio VII invoca la teoría de los papas Gelasio y S. Gregorio, y especialmente se inspira en numerosas citas del Antiguo y Nuevo Testamento. Su doctrina teocrática se resume en estos artículos: La Iglesia romana fue fundada por el Señor. Sólo el papa puede usar las insignias imperiales y es el único hombre cuyos pies deben besar los príncipes.
Le está permitido destituir a los emperadores y sólo él puede investir o deponer a los obispos. Sólo él puede convocar los concilios. Nadie puede reformar su sentencia y sólo él puede reformar la sentencia de todos. No debe ser juzgado por nadie.

El Papa puede eximir a los súbditos de la obediencia a príncipes inicuos (principales artículos de los 27 del Dictatus Papae de 1075, aplicados poco después contra Enrique IV).
El Papa es el vicario de Pedro, a quien Cristo hizo príncipe “sobre los reinos de todo el mundo” y tiene la potestad de mandar sobre el mundo universal (universo mundo imperare).
Ya por el decreto de abril del 1059 del Papa Nicolás II (1058-61) se había determinado que el Sumo Pontífice sería elegido exclusivamente por elección de los Cardenales, sin injerencias directas del emperador o del pueblo.


Gregorio VII
(el monje Hildebrando) es el inspirador de una profunda reforma de la Iglesia, tendiente no solo a lograr su independencia, sino a combatir la simonía e imponer el celibato, todo tendiente a un clero de mejor vida espiritual. Para el mejor gobierno de la Iglesia, organiza la Curia romana y centraliza toda la administración eclesiástica.
Gregorio contará con el apoyo de san Pedro Damián (1007-72), teólogo y obispo de Ostia, que  otorga todo el poder teocrático al Papa, quien debe buscar la armonía con el Estado, “instrumento providencial de represión de los malvados e impíos”.

En esta època también se lucha a favor de una vida social más pacífica y fraterna, con la institución de la Tregua de Dios (prohibición de batirse desde el viernes al domingo) y de la Paz de Dios (no atacar a los clérigos ni a los campesinos y mercaderes, no incendiar casas ni hacer saqueos). También florece la reforma religiosa de los monjes de Cluny , especialmente por obra de San Bernardo.
 En los años siguientes, el papado llega a su apogeo que se prolonga por dos largos siglos.

S. Bernardo de Claraval
(1090-1153) enseña que el Papa no es sólo el vicario de Pedro, sino de Cristo mismo (vicarius Christi) con poder tanto sobre la Iglesia como sobre todo el mundo entero: rey de la tierra, preside reinos e imperios, gobierna a príncipes, pueblos y naciones.
Solo el Papa detenta las dos espadas o poderes: tiene y usa la espiritual; tiene y cede la temporal al príncipe para que la use según voluntad  de la Iglesia (ad nutum ecclesiae). “La espada espiritual y la material pertenecen a la Iglesia; pero la material debe empuñarse para la Iglesia, mientras que la espiritual, por la Iglesia. Una está en manos del sacerdote, la otra en manos del soldado, pero a las órdenes del sacerdote y bajo mando del emperador” (Liber de consideratione).
El Papa legitima el poder temporal, otorga los títulos del príncipe y supervisa el ejercicio del poder secular.
Bernardo es una figura estelar de la Edad Media, tanto por su influencia política como por la reforma de los benedictinos.

En esta misma época, el gran teólogo Hugo de San Víctor (1096-1141) distingue claramente los dos órdenes de la Iglesia que quedarán como tradicionales hasta nuestros días: el clero y el laicado, brazos derecho e izquierdo de un mismo cuerpo, uno espiritual y otro terrestre, uno superior y el otro inferior. Para Hugo “en la Iglesia, la dignidad sacerdotal consagra el poder real, lo santifica bendiciéndolo y le da un cuerpo instituyéndolo…. El poder del rey es instituido por el sacerdocio por orden de Dios…” (De Scramentis christiane fidei).

Resultado de estas ideas y de esta praxis, fue el gran desarrollo de los estudios canónicos (derecho eclesiástico), especialmente en Bolonia, París e Inglaterra.
La famosa compilación de cánones realizada por Graciano (concida como Decreto de Graciano) abre el camino a otros importantes canonistas de los siglos XII y XIII.

Con Federico Barbarroja (1152-90)  y Enrique VI (1190-97), las pretensiones imperiales tuvieron una nueva arremetida, pero bajo su sucesor, un menor de edad, la culminación de poder papal fue total con Inocencio III  (1198-1216), bajo cuyo pontificado Francisco de Asís comienza su obra reformadora desde la pobreza evangélica.

Inocencio fue el verdadero amo y emperador de Europa, y árbitro indiscutido de todos sus reinos. Era la teocracia en pleno. Inocencio III no solo dispuso del imperio germano a voluntad, sino que recibió homenaje y tributos de Inglaterra (Juan sin Tierra), Aragón, Castilla, Portugal, Suecia, Dinamarca, Polonia, el reino de Kiev, Croacia, Hungría y Bulgaria. Sólo se le resistió el rey de Francia, Felipe Augusto.Los siglos XII y XIII fueron, pues, la etapa más brillante de la Edad Media, la cristalización de la Cristiandad y del poder de la Iglesia.

Una importante consecuencia
de la lucha entre el papado y los emperadores, fue el desmembramiento político de los dos principales países del imperio: Alemania e Italia, que muy tardíamente lograrán su unidad política monárquica (en la segunda mitad del siglo XIX).

La unidad alemana queda rota por los grandes principados (laicos y esclesiásticos), mientras que Italia se parcela en diversas repúblicas y ciudades más o menos independientes, dentro de la lucha entre güelfos y gibelinos (a favor unos de un imperio federalizado, y partidarios los otros de la independencia del Papa, pero siempre buscando los intereses de sus respectivas familias).
Estas luchas provocarán largas guerras entre las ciudades italianas, especialmente entre Milán, partidaria del emperador, y Florencia, campeona de la libertad de Toscana.

b) Pero el inmenso poder papal soportará un alto precio: todas las formas de corrupción, mundanización y abusos de todo tipo en las más altas jerarquías eclesiásticas;  pujas por el papado entre facciones políticas rivales (italianos, alemanes y franceses), el exilio de los papas en Aviñón al servicio de Francia, y un  cisma en el que hubo dos y hasta  tres  papas o antipapas al mismo tiempo.

Todo lo cual irá produciendo un creciente malestar contra el papado romano, lo que provocará sucesivos movimientos nacionalistas-religiosos que culminarán en la reforma protestante y en la ruptura de la Iglesia de occidente y de su ideal de cristiandad.


Duro precio que se pagó por un poder omnímodo, cuya policía era la temible Inquisición, (primero episcopal y después encomendada a los dominicos), “defensora de la fe”, una fe absoluta que prohibía pensar con libertad; ejemplo de la estrecha relación entre el poder absoluto, un sistema institucional y un pensamiento rígido considerado como la única verdad.
Este instrumento (desde 1184) tenía el funcionamiento de una verdadera maquinaria de guerra, en estrecha alianza entre el poder eclesiástico y el civil (llamado “brazo secular”, encargado de las ejecuciones y policía).

Sus método son ampliamente conocidos: obligación de delatar a los sospechosos de ser herejes, brujas, de practicar la magia, de ser judíos, de no acatar los dogmas o la autoridad romana o civil. Después la cárcel, los interrogatorios con crueles torturas  (aprobadas oficialmente) para obligar al sospechoso a confesar su delito. Los delatores son anónimos y jamás el acusado puede defenderse ante ellos.  Los testigos están obligados a hablar bajo juramento, aunque sean criminales.
El inquisidor escoge al abogado del acusado. Finalmente, si éste no confiesa o si es declarado culpable, es condenado aún a muerte, a menudo con el horrendo suplicio de ser quemado vivo.
Un ejemplo sangriento, con cientos de víctimas inocentes, para que la historia comprenda qué es la represión ideológica y hasta dónde puede llegar un poder que se considera divino y absoluto.

En el siglo XIII adquiere forma casi definitiva también la doctrina filosófica y teológica de la Iglesia, conocida como Escolástica, con los grandes maestros dominicos, Alberto Magno y su discípulo Tomás de Aquino, importante no solo como teólogo sino como pensador político, ya que su filosofía política orientó por siglos a la Iglesia Católica, y aún hoy perdura en determinados centros conservadores. Fue la etapa del brillo de las Universidades, centros de la escolástica y de todo el saber de ese entonces.


5. Ideología de Occidente y de la Cristiandad


“Occidente”, horizonte donde se pone el sol, es el nuevo horizonte medioeval que llega hasta nuestros días. Es el mito orgánico que incluye numerosos enunciados ideológicos y culturales. Una nueva línea de civilización de los pueblos sumergidos en las tinieblas (paganos, infieles, bárbaros y salvajes).
Es el mito fundador de una nueva ideología, cuyos elementos esenciales ya hemos enunciado.
Esta grande y nueva ideología se plasma en La Cristiandad, la cristiandad de occidente, símbolo de poder y de superioridad, que tiene un territorio propio pero que busca expandirse constantemente.

Pero no es un mito homogéneo, como no lo es la Edad Media. La Edad Media engendra el mito de occidente, al cual todos querrán pertenecer, con los aportes renovadores de la edad moderna que rechaza cierto oscurantismo anterior.
Es, pues, un concepto ambiguo: se lo adopta si indica superioridad, pero se lo rechaza si significa edad media conservadora, clerical y poco culta.
 Mito en crecimiento, con insumos antiguos (greco-romanos), nuevos (germano-anglo-sajones) y cristianos, sin definirse demasiado ese concepto que también es ambiguo (¿Es lo mismo cristianismo que cristiandad?).

Sea como fuere, desde entonces Occidente es considerado el motor de la historia, y la historia es fundamentalmente occidental, como también la iglesia. Es un mito de poder y de revalorización del poder, tanto político como religioso. Si el mundo grecoromano sometía el sacerdocio al poder político, la primera edad media confunde ambos términos hasta que el poder político es sometido al sacerdocio, cuando el papado triunfa sobre las pretensiones de los emperadores (“lucha de las investiduras”).

Es la idea de un poder universal, que busca extenderse conquistando y evangelizando nuevos pueblos, intentando reconquistar la tierra santa ahora en manos musulmanas (Cruzadas), y ampliándose con tantas conquistas que llegarán hasta los nuevos pueblos de América, Asia  y Africa en los siglos sucesivos, pero siempre con la misma dinámica de expandir la fe verdadera y la cultura verdadera.

Occidente “,  aunque comience limitado geográficamente en la Edad Media, siempre significa “universalidad” (o catolicidad, en sentido etimológico) y tiene vocación por esa universalidad, que estará ligada necesariamente a imperio y a colonialismo, que se concretarán en siglos siguientes desde las mismas naciones que vemos nacer en este período y que terminarán constituyendo estados modernos y nuevos imperios (español, francés, inglés, alemán, ruso).


Es el mito de un poder sagrado, siempre considerado como venido de Dios, sea religioso o civil, católico o protestante. El poder como un sacerdocio al servicio de Dios (concepto también del islam).
Tenemos, pues, el marco ideológico para un poder universal sobre el mundo, siempre en nombre de occidente y de Dios, Dios de poder (sin importar si también es Dios de amor) y poder de Dios. De un Dios único y verdadero, de un monoteísmo que será compartido aùn por filósofos y príncipes liberales que se declaran no cristianos.

Por eso es un poder que exige obediencia y sumisión, que necesita “súb-ditos”, porque es poder divino (importancia de Pablo en el cap. 13 a los romanos). Poder y obediencia nacen de este concepto religioso que viene desde la más remota antigüedad y que cristaliza en occidente por medio de san Pablo, san Agustín, santo Tomás y Lutero, plasmado por emperadores, reyes y papas.

Un poder que no se justifica por sí mismo, sino por Dios, lo que supone que es la Iglesia la que justifica al Estado (el papa unge al emperador). Es lo típico del occidente medioeval.
Tienen que pasar siglos para que el poder sea justificado por la voluntad del pueblo.
Poder centralizado y piramidalmente jerárquico, que baja de Dios al papa, de éste al emperador y a los reyes, y de ellos al resto de la pirámide (obispos, nobles, guerreros, funcionarios y sacerdotes, y abajo el pueblo.).

Un poder que no es fin en sí mismo, sino medio o instrumento para el bien espiritual o gloria de Dios. Se supone que es Dios mismo quien gobierna mediante sus representantes en la tierra. Y si Dios es único, uno solo tiene que ser el papa y uno solo el emperador. La sociedad humana tiene que imitar a la sociedad divina.
De allí la importancia de los dogmas trinitarios, de la divinidad de Cristo y de la fundación divina de la Iglesia. Son dogmas que fundamentan un orden absolutamente jerárquico, con una radical distancia entre autoridad y pueblo.

Y como Dios es santo, también los fundadores del nuevo orden son santos, con las canonizaciones de Constantino (por la iglesia bizantina), de Carlomagno (por un antipapa apoyado por los sajones), de papas y reyes y de cuantos expresan la nueva ideología y su praxis en forma más perfecta (San Agustín, San Bonifacio, Sto. Tomás de Aquino, San Luis rey de Francia, etc.)


El Estado moderno tendrá que producir justificaciones parecidas. Dios, el hombre, la naturaleza humana, el género humano, la soberanía popular… todas ellas categorías para ejercer un poder “sagrado” inviolable y absoluto.
Sus fines también son sagrados y absolutos: la libertad, la prosperidad, la felicidad universal y la propiedad privada. Lo importante es que comprendamos que la estructura del poder se cristaliza en la Edad Media, más allá de matices y palabras justificatorias.

Occidente es el mito de nuestra historia, mito fundante de una historia que reconocemos como propia, con sus grandezas y sus bajezas, extraña mezcla de motivos profanos y sagrados, sin olvidar nunca esa vocación rectora, privilegiada y dominante de la historia y de sus pueblos.
Un mito que hoy, finalizando el siglo XX, está en crisis total de identidad y de vigencia, en plena época de posmodernidad y de neoliberalismo.

Hasta el propio concepto de imperio romano germánico es más mítico que real, a menudo sin emperadores o con un escaso territorio despedazado por el feudalismo y por los nacionalismos locales. Pero lo importante es esa idea de unidad cultural, religiosa y política: el imperio romano-germano-cristiano como mito de Occidente, o simplemente, la Respublica Christiana.

Sintetizando: un imperio o cultura con varios ingredientes o insumos:
·       El germano-franco que consideraba desde siempre la realeza como propiedad hereditaria del rey. Herencia que se dividía entre los hijos con las implicaciones políticas del caso y que dio origen al feudalismo.
·       El romano, con todos los aportes del derecho romano codificado ya por Justiniano, con su sueño de unidad, universalismo y poder centralizado y directo (aún los reyes deben su poder al emperador).
·       El cristiano, que ya hemos analizado lo suficiente. Un cristianismo muy especial, que mirado desde el mensaje de Jesús y de la primitiva iglesia, es simplemente  irreconocible. 

6. El sistematizador:  Santo Tomás de Aquino
( 1225-1274)

El dominico Tomás de Aquino, oriundo de una noble familia del norte de Italia,  es el más ilustre de todos los aristotélicos cristianos, de allí su importancia en la historia del pensamiento político. Los escritos de Aristóteles llegan a Occidente por medio de los filósofos árabes y judíos (Averroes, Maimónides) y son traducidos al latín por primera vez en la época de sto. Tomás (discípulo de san Alberto Magno) que  hace una síntesis de la filosofía aristotélica con la Biblia, desplazándose así a Platón y san Agustín.

El pensamiento político de santo Tomás lo encontramos especialmente en la Suma Teológica, Suma contra los gentiles, Comentarios sobre Etica nicomaquea, Comentarios a la “Política” de Aristóteles y La Monarquía.


a) Como Aristóteles, Tomás pone como fundamento de la filosofía política a la naturaleza humana, pues el hombre es un ser político y social. El hombre se inclina, naturalmente, a formar una sociedad indispensable para su perfección.
Debido a su natural indefensión, necesita de los otros para subsistir, a pesar de estar dotado de razón, lenguaje y otros instrumentos corporales.
Su primera sociedad es la familia, cuyo fin es satisfacer las necesidades de la vida y garantizar la conservación del individuo y de la especie.
Pero la familia no es suficiente para aportar todo lo que el hombre necesita para el sustento, seguridad y obtención de la virtud.

La única sociedad humana, totalmente autosuficiente, capaz de asegurar las condiciones de la virtud y de satisfacer todas las necesidades terrenales del hombre es la ciudad, o sea, el Estado.
La sociedad civil, como perfecta que es, abarca a todas las otras sociedades humanas, estando ordenada a un fin superior y general: el bien humano completo.

b) Lo que da forma y determina a la sociedad civil (ciudad, estado) es el régimen de autoridad. Por lo tanto, también la autoridad es algo natural, en contraste con la esclavitud, fruto del pecado del hombre.
La autoridad política es el gobierno de hombres libres sobre hombres libres, y tiene por objeto el bien común de todos los ciudadanos, que, en cuanto hombres libres existen para sí mismos (a diferencia del esclavo que existe para el amo).

En consecuencia, la sociedad civil es más que la suma de los individuos, y su fin común es más que la suma de los intereses particulares de sus miembros.
La sociedad es anterior a cada individuo particular, y su bien final es superior y “más divino” que el  bien de cada sujeto.
Por tanto, en caso de conflicto entre bien común y bien particular, debe primar el bien común, aún con el sacrificio supremo (como en caso de guerra).
Este bien común, que es el fin de la autoridad, es, antes que nada, la paz o la armonía de las diferentes partes que componen la sociedad. Hay paz cuando cada parte se adapta al todo y funciona en razonable armonía. Esta paz, que incluye la necesidad de defenderse de los enemigos, es el nivel mínimo y condición de una sociedad.

El fin supremo es la promoción de la vida buena o virtud entre los ciudadanos
.

c) En la vida práctica, hay ciudadanos o sociedades atraídos por una variedad de bienes, como la virtud, la riqueza, el honor, la libertad, siendo unos más nobles que otros. En cada régimen de gobierno, prima uno de estos bienes, que es el modo particular de vida de cada sociedad.
De allí la importancia de saber cuál es el mejor régimen y sistema de autoridad.Lo razonable es que el mejor hombre gobierne a la ciudad y que los cargos sean distribuidos según la virtud de cada uno.

En este sentido, el régimen más deseable, también porque da más unidad, es la monarquía, o sea, el gobierno de un hombre sabio y virtuoso. El problema es cómo detectar la verdadera sabiduría y virtud de un hombre.
Por eso la monarquía también es el régimen que entraña el mayor peligro, ya que fácilmente degenera en tiranía que es el peor de todos los gobiernos. La unidad de la sociedad requiere poder considerar todas las necesidades particulares de sus componentes, para que sean razonablemente conciliadas.
O sea, hay que combinar la sabiduría del gobernante con el consentimiento general.
Por eso, en la práctica, el mejor régimen es el mixto, o sea, el sistema que mezcla los mejores rasgos de la monarquía, la aristocracia y el consentimiento mediante una constitución. 
Tomás pone como precedente noble de esta postura a la antigua constitución hebrea, que equilibraba la autoridad de Moisés y sucesores con el Consejo de Ancianos escogidos por el pueblo.

d) Por lo tanto, es el imperio de la ley lo que garantiza la eficacia del mejor régimen que, además de suplir la normal escasez de hombres sabios y virtuosos, controla la tendencia a los abusos. De allí la importancia de los legisladores que dedican el mayor tiempo posible y con la mayor autonomía a la tarea de considerar los problemas y sus circunstancias.

Las leyes son el instrumento privilegiado de la política, y están al servicio de los gobernantes para que promuevan el bien común de la justicia y de la moral. La virtud moral se adquiere cumpliendo las normas prescriptas por una ley buena.Finalmente, las leyes necesitan ser promulgadas, aplicadas y también enmendadas, y son producto del régimen mismo en que se originan.

e) Como vemos, hasta aquí el pensamiento de Tomás coincide con el de Aristóteles. Pero Tomás hace algunas modificaciones desde la influencia cristiana y el estoicismo, dando una fundamental importancia a Dios, como fuente de toda ley.
Por medio de la ley natural, el hombre tiene acceso directo al orden universal  mediante la razón; orden y ley que están por encima de cualquier régimen o sistema concreto. El hombre, pues, forma parte de una comunidad universal gobernada por la Providencia de Dios, cuya justicia es muy superior a la justicia de cualquier régimen humano (ideas ya expresadas por Pablo en la Carta a los Romanos).
Hay en Tomás, pues, una clara y normal influencia de la revelación bíblica y una alusión al Reino de Dios, alcanzable sólo por medio de la gracia salvadora, y no solamente por iniciativa humana.

Por tanto, la sociedad civil deja de ser la única responsable del bien común, y debe ser juzgada por una norma superior a la que se subordinan todas las acciones humanas de todos los países del mundo. Hay, pues, un carácter extra-político en la concepción tomista. Ética y política no son dos partes de una misma ciencia, sino dos ciencias separadas y subordinadas.

Santo Tomás le da, pues,  una gran importancia a la ley natural, siendo la naturaleza humana el principio intrínseco de una inclinación que comparte los criterios de la ley divina. Por tanto, antes de toda deliberación de legisladores y políticos, existe una ley natural que inclina al hombre hacia el bien, dentro de un orden preestablecido, y hacia la verdad.

Gracias a la razón, el hombre participa de este orden de la Providencia, con mayor perfección que los otros seres. Este orden es una ley, promulgada por la naturaleza, norma infalible sobre la bondad o maldad de los actos, que le permite al ser humano distinguir lo justo de lo injusto.
Sus preceptos conforman lo que se llama conciencia.


Como los dictados de la ley natural son “leyes” en sentido estricto, son obligatorios y no puras recomendaciones. Por lo tanto, obligan bajo pena de castigo, al menos en la otra vida (Todo esto significa una gran diferencia con el pensamiento de Aristóteles, que habla de la ley natural de una forma muy genérica, y no la considera absoluta y universal, sino fruto de cada pueblo o cultura. Ver el enfoque que da a este tema Marsilio de Padua y Ockam en el punto siguiente).


Esta justicia ulterior, supone la inmortalidad del alma y la existencia de un Dios omnisciente, todopoderoso y justo que gobierna al mundo con sabiduría y equidad, y a cuyos ojos todas las acciones humanas son meritorias de premio o castigo.
Por tanto, violar la ley natural es violar la ley divina. Lo que implica que la vida moral de un hombre y ciudadano no es simple fruto de convenciones sociales sino que es una cuestión de obediencia voluntaria a la ley de Dios, siempre obligatoria. Estas normas universales y supremas fueron también promulgadas por medio de Moisés en los Mandamientos o Decálogo. Y obligan aún en el caso de que el hombre deba soportar presiones o violencias en su contra (como en el caso de los mártires). Nada excusa su cumplimiento.

f) Obviamente, la ley natural (difícil de por sí de ser conocida en detalles) sólo ofrece normas muy generales e indicativas de conducta humana, y debe ser completada con leyes positivas humanas.
Las leyes humanas se derivan de la ley natural. Ejemplo, si la ley natural exige no hacer daño al prójimo, la ley humana reglamenta esa norma en casos particulares de daños físicos, morales, violación de propiedad, etc.
Esta adaptación supone considerar todo una serie de circunstancias, como intención del sujeto, cantidad de daño, etc.

Como puede observarse, santo Tomás hace una síntesis entre filosofía aristotélica y fe bíblica. En este sentido, la ley natural es obligatoria por emanar de la razón, y no por estar prescripta en los Mandamientos.

Pero, por ser también ley, alude a la voluntad de Dios y exige obediencia.Dios, no es sólo la causa del universo y el motor inmóvil (como decía Aristóteles) sino el legislador y principio de todo orden social.
Lo que implica, en definitiva, una subordinación de la filosofía (que sólo tiene en cuenta la razón) a la teología, auxiliada por la revelación divina, y de la sociedad civil a la Iglesia.

Desde entonces, el pensamiento político de santo Tomás queda como pensamiento de la filosofía y teología perenne cristiana (Escolástica tomista), y Aristóteles, un gran desconocido en toda la Edad Media, adquiere el gran prestigio que perdura hasta hoy.


Como veremos en los siguientes módulos, el pensamiento de Tomás será contradecido por Lutero y por Maquiavelo, y desde entonces, por los filósofos de la modernidad; pero, ya en forma inmediata por Marsilio de Padua y otros pensadores antisistémicos.

Su esquema, aunque grandioso, no deja de ser tradicional y conservador, sin una crítica a fondo de la estructura eclesiástica.

  1. MOVIMIENTOS ANTISISTÉMICOS  que preparan el cambio de la modernidadLos movimientos de pobreza y espiritualismo. Las sublevaciones campesinas. El Cisma de Occidente

La Edad Media no fue una època monotemática y carente de conflictos ideológicos. Muy al contrario, vivió grandes tensiones político-religiosas y sociales, además de las ya consideradas, y hubieran sido más graves y extensas de no haber mediado el férreo control romano con dos instrumentos claves: la inquisición y la excomunión, que no sólo excluía al sujeto de su comunión con la Iglesia, sino que lo privaba automáticamente de sus derechos civiles, quedando en la más total indefensión.

En forma muy sintética, veamos esos movimientos que significaron la búsqueda de la reforma y que, aunque en general aplastados o condenados, prepararon los cambios de una nueva era histórica, reforma religiosa y reforma política, o sea, protestantismo y estados laicos.

7.1 Ante todo, nombremos a los cátaros que, provenientes del Este europeo hacia el 1100, trajeron las ideas maniqueas -de allí su nombre de “puros” (en griego, kátaroi)- en oposición a toda vida material y mundana. Con su doctrina dualista, rechazaban todo lo relacionado con la materia, desde la encarnación de Cristo, la jerarquía eclesiástica y los sacramentos, hasta el matrimonio y la propiedad privada.
Crearon, pues, un movimiento radicalmente anti-sistémico inspirado en la libertad, de corte espiritualista y popular que halló amplio eco, especialmente en el sur de Francia (hacia el 1150), con sede en Albi, de allí su nombre de albigenses , y en Toulouse.

Como no sólo se oponían a la iglesia institucional, sino también al servicio militar, al sistema feudal y a todo juramento al Estado monárquico, fueron declarados enemigos públicos y, tras negarse a retractarse, fueron aniquilados por las armas en varias cruzadas y guerras, y los sobrevivientes, por la inquisición.
La corona francesa aprovechó la guerra para poner bajo su jurisdicción directa toda la zona sur de Francia. Pero el movimiento albigense tuvo también amplia repercusión en Italia y en el norte de España. Para lograr su conversión, santo Domingo creó la Orden de los Predicadores.

7.2 El increíble espectáculo de las inmensas riquezas acumuladas por la Iglesia, de los tributos de los países cristianos al Papa (al menos el diezmo) y del lujo eclesiástico produjo los conocidos movimientos de pobreza, algunos de ellos dentro de la ortodoxia en forma de órdenes religiosas, como la reforma de los benedictinos por San Bernardo, los dominicos y especialmente los franciscanos (1210), que estuvieron a punto de ser declarados herejes.
Pero otros movimientos no tuvieron la misma suerte que los franciscanos.
Por ejemplo, el anterior de los Valdenses (que aún subsisten), fundados por un rico francés de Lyón, Pedro Valdo (hacia el 1173), quien, como hará Francisco de Asís, repartió sus bienes a los pobres y predicó el evangelio de la pobreza y la conversión. Su lema era la “vuelta a la iglesia de los apóstoles” y el retorno al texto del evangelio (sin agregados teológicos), iniciándose así el movimiento biblista laico, de tanta importancia para la reforma protestante posterior.
Eran llamados “los pobres de Lyon” y estaban organizados como comunidad carismática, al estilo de los primeros cristianos.
Aunque con variaciones, en general rechazaban la sucesión apostólica de los obispos, la jerarquía y el monacato.Fue, pues, un movimiento esencialmente laico, de pueblo de Dios.

A pesar de su excelente testimonio de vida y deseo de pertenecer a la Iglesia, fueron condenados por el arzobispo de Lyon y por el Concilio de Letrán en 1179.
Pero se difundieron ampliamente en el norte de Italia donde asumieron posturas más críticas, como rechazo del culto a los santos, del purgatorio, de las indulgencias (compra del perdón de los pecados), del servicio militar y de la pena de muerte, reduciendo los sacramentos solamente a los tres bíblicos: bautismo, eucaristía y penitencia.
Fueron excomulgados en 1184 y, en gran medida, fueron neutralizados por la obra de san Francisco.
Con los valdenses, por primera vez en el medioevo, los laicos participan amplia e independientemente en la solución de los problemas religiosos.Fueron un verdadero anticipo de los protestantes y un signo claro del cada vez mayor anticlericalismo popular, típico de la baja Edad Media en adelante.

7.3 También tenemos que tener en cuenta otros movimientos de pobreza, especialmente en Italia, similares pero anteriores al franciscanismo, aunque mucho más radicalizados, como los discípulos de Joaquín de Fiore (1130-1202), que propiciaban una iglesia netamente carismática y la pobreza absoluta y llegaron a saquear obispados ricos, provocando serios desórdenes.
Con gran influencia en toda Italia y aún Alemania, encontramos en ellos la aspiración de una revolución total.

Joaquín divide la historia en tres etapas: la del Padre (Antiguo Testamento) de vida puramente humana (según la carne), con el primado de la ley y de la servidumbre en el temor; la del Hijo  (Nuevo Testamento), en que la gente vive de la carne y del espíritu, bajo el signo de la fe y de la gracia; la tercera, del Espíritu Santo, está por comenzar con la irrupción de desórdenes sociales. Su distintivo será la libertad y el amor.
Así emergen los flagelantes, los “espirituales” y “poverelli” o “fraticelli” (presentes en la conocida película “El nombre de la rosa”), algunos de ellos franciscanos,  que adoptan formas extremas contra el orden político y eclesiástico, se rebelan contra los Estados Pontificios y sueñan con una Iglesia pobre “completamente alejada del mundo y devuelta a la pureza evangélica”, mientras se repudia como una patraña la “Donación de Constantino”.

Todo ello provocó muchos desórdenes y hasta revueltas en la misma Roma como la dirigida anteriormente por Arnoldo de Brescia (ejecutado después en la hoguera) con la instalación de una comuna hacia el 1143, que será sofocada en 1155 por el emperador Federico I. Más tarde estos grupos radicalizados y reformistas atacarán furiosamente a los Papas Bonifacio VIII, Clemente V y Juan XXII (1294-1334).

7.4 Finalmente, tenemos a los laicos, hombres y mujeres “mendicantes”, que siguieron el ejemplo de  Francisco de Asís (canonizado dos años después de su muerte) con su nuevo espíritu de pobreza evangélica.
Fueron controlados por la Iglesia que los transformó en religiosos con votos de pobreza, castidad y obediencia (en 1210)  de allí que no lograron en definitiva una reforma de la estructura mundana de la Iglesia y de su cada vez mayor corrupción, pero sirvieron para canalizar la aspiración más evangélica y espiritual de muchísimos fieles.

Aunque  san Francisco no atacó directamente a la curia romana, es evidente que su predicación y testimonio de pobreza evangélica resultó como una cachetada en el rostro mundanizado de la Iglesia. Los franciscanos también se destacaron en la enseñanza teológica, especialmente en París y mucho más en la Universidad de Oxford en una postura menos intelectualista y más afin al pensamiento de san Agustín.

Como ya dijimos, santo Domingo crea previamente en 1205 la Orden de los Predicadores (Dominicos), dedicada en su origen a predicar la conversión de los albigenses.
Pero muy pronto se dedicarán a la enseñanza popular  (de esta época es el Rosario) y formación, haciendo su entrada en el campo que más descollarán: las Universidades. De su seno saldrán los grandes escolásticos, entre ellos Santo Tomás y una legión de maestros y teólogos hasta el día de hoy.
Entre franciscanos y dominicos habrá siempre una familiar competencia con importantes distancias ideológicas, como ya pudimos observar en la puja entre el tomismo aristotélico de París y el platonismo agustiniano de Oxford.

7.5 Las revueltas campesinas

Al comenzar el siglo XIV el sistema de producción feudal entró en una profunda crisis que derivó en auténticos levantamientos populares de campesinos y artesanos en varias naciones de Europa, aplastados sin mayor consideración. Varias causas incidieron en ello: la menor producción de las tierras, agotadas tras los últimos siglos sin suficiente descanso, conservación ni fertilizantes; una primera época de hambre a la que se sumó la larga etapa de bandidaje en los principales países, algunos de ellos implicados en la guerra de los “cien años” (Francia e Inglaterra, 1337-1453).

La Guerra de los Cien Años fue, en realidad, una guerra entre la monarquía inglesa, aliada con señores feudales de Francia, y la monarquía francesa por la sucesión en la corona de los capetos. La larga guerra, favorable primero a los ingleses y de reconquista francesa después (conocida es la acción de la campesina Juana de Arco), provocó una verdadera debacle en Francia, incontables desórdenes, sublevaciones populares y luchas de los nobles contra la monarquía y entre sí.
Pero el triunfo final francés implicó el nacimiento de un sentimiento nacional de toda Francia y la reafirmación de una monarquía centralista y cada vez más absolutista.

Pero el golpe de gracia fue la llegada de la peste negra en 1348, que, procedente del Asia, recorrió todo el continente europeo en varias oleadas, eliminando entre un tercio y un cuarto de toda la población.
El resultado fue una tremenda escasez de mano de obra y hambruna generalizada, con grandes deudas para los señores y quiebre económico. Esto los llevó a reducir los salarios y aumentar los impuestos de los ya esquilmados campesinos que ahora reclamaban aumento de sus ingresos y mejoras de vida.
La respuesta de los siervos de la tierra, arrendatarios y pequeños propietarios fue una dura resistencia y violentas sublevaciones que pusieron de manifiesto las contradicciones del sistema feudal y un conflicto nunca resuelto.

La Gran Peste provocará también importantes reacciones de tipo religioso y místico, como un sentimiento apocalíptico y mesiánico, un profundo temor a la muerte y la aparición de los flagelantes, más un culto intenso a María, Virgen de la Misericordia.
Estos sentimientos estarán presentes en muchas de las sublevaciones de tipo social-apocalíptico. Señalamos, entre otras,  las siguientes sublevaciones:

– continuas agitaciones de artesanos en Flandes (1302) y revueltas campesinas contra el aumento de impuestos civiles y eclesiásticos (1320); gran sublevación de las corporaciones de París (1357-8) y de campesinos que se rebelan por el exceso de impuestos y mantenimiento de ciertas cargas feudales; sublevación de los cardadores de lana de Florencia (1378); rebelión popular en Gante (1379); rebelión de campesinos en Inglaterra (1381); sublevaciones populares en toda Francia (1382).
– En los siglos siguientes continúan las luchas de las corporaciones y agitaciones campesinas en Alemania (siglo XV); rebeliones campesinas en Austria (1520), Polonia y Rusia; huelga de impresores de Lyon (1539) y revuelta campesina alemana, sofocada por Lutero, con más de cien mil muertos (1524-5).

Thomas Walshingham trae el siguiente documento de  la sublevación campesina inglesa de 1381 en un interesante texto para comprender el sistema feudal:
“Los campesinos… comenzaron a agitarse con la esperanza de conseguir la libertad, ponerse en pie de igualdad con los señores y no permanecer en el futuro atados al servicio de nadie”. Envían mensajeros a las poblaciones de Essex y Kent para que “se les unieran todos los hombres, ancianos y jóvenes, armados según sus posibilidades… Dejaron las tareas de arado y sus apacibles trabajos de la siembra, sus hijos y esposas y… constituyeron una multitud calculada en unos cinco mil hombres. Algunos de ellos armados sólo de un bastón, otros con viejas espadas cubiertas de herrumbre… o con un hacha de doble filo, arcos que el humo había oscurecido más que el viejo marfil, o con flechas que solo conservaban una sola pluma. Sobre mil hombres era difícil encontrar uno solo bien armado…”
Tras proclamar su deseo de “conseguir la libertad… y renovar el reino y sus injustas leyes y costumbres”, capturaron y cortaron la cabeza a todos los magistrados que encontraron a su paso, afirmando que “la tierra no podría gozar jamás de verdadera libertad sin antes no se los mataba a todos”. Tras lo cual “quemaron todos los rollos y antiguos documentos para que, una vez destruido el recuerdo de los anteriores contratos de tierras, sus señores y dueños no pudieran reivindicar ningún derecho…”.

Tras ser derrotados finalmente por los nobles del rey, estos “pidieron que se les permitiera cortar la cabeza por lo menos a unos cien o doscientos de aquella canalla, para que quedara el recuerdo de que los hombres de la clase militar habían triunfado sobre los campesinos…
Pero el rey no quiso acceder al pedido… pues sabía que no se pacificaría Essex ni se calmaría la rebelión en Kent, cuyas comunas campesinas estaban prontas a rebelarse, si no se satisfacían prontamente sus voluntades…”En consecuencia, envía la siguiente carta: “Ricardo, por la gracia de Dios, rey de Anglia y Francia… Sabed que por nuestra especial gracia hemos libertado a todos los siervos y súbditos nuestros… y los hemos liberado de toda servidumbre, y por la presente carta los volvemos a la paz y tranquilidad. También perdonamos a los mencionados siervos y súbditos toda felonía, traición, transgresión y violencia cometidas o perpetradas de cualquier manera…” (Historia anglicana)

Aunque las rebeliones fueron aplastadas militarmente, lograron sin embargo un triunfo póstumo, como ya puede deducirse del texto anterior: para evitar que los campesinos se refugien en las ciudades y abandonen el campo, los señores feudales debieron ceder en sus pretensiones y acceder a las demandas de mayor libertad de los campesinos.
Así fue aumentando el número de campesinos arrendatarios o propietarios.

Lentamente para fines del siglo XIV y mitad del XV, antes en Italia, el régimen de servidumbre tradicional y semiesclavitud fue desapareciendo en grandes regiones de Francia, Inglaterra, Alemania, Países Bajos y España.
Al mismo tiempo, hubo por lo general un intenso proceso de abandono de la tierra y de las aldeas por parte de los campesinos que buscaron refugio en las grandes ciudades.
Las tierras de agricultura se transformaron en grandes latifundios, a menudo en manos de los ricos comerciantes burgueses, para ser dedicadas a la ganadería, dada la gran demanda de carne y lana.

7.6 Lucha de Felipe IV  El Hermoso contra el papa. Los papas en Aviñón y el  gran Cisma de Occidente 

El encumbramiento del poder papal (Gregorio VII e Inocencio III) originó corrientes antipapistas y nacionalistas que desembocaron en Francia en un agudo conflicto entre Felipe IV el Hermoso (rey de 1285 a 1314) que llevó a su apogeo la monarquía francesa medioeval, y el papa Bonifacio VIII (1294-1303), imbuido de las ideas del poder supremo papal sobre todo gobierno civil  (Marsilio de Padua que vive en  ésta época, escribirá su antipapista Defensor de la Paz en 1324, que comentaremos en el punto siguiente).

La disputa se suscitó porque el rey prohibió la salida de Francia de todo tributo al papa, lo que le valió un amplio apoyo nacional. El papa lo excomulga y el rey rechaza tal excomunión, a lo cual el papa responderá posteriormente con la famosa bula Unam sanctam (1302), verdadera síntesis ya anticuada de las pretensiones papales, y excomulga al rey, liberando a los franceses de la obediencia.
Pero Felipe IV hace aprisionar al papa en una humillante situación. Aunque rescatado por soldados de Italia, muere al poco tiempo.
Este fracaso, unido a otros que tuvo Bonifacio en Alemania, Sicilia, Escocia, Bohemia y Venecia, debilitó tremendamente el poder espiritual, y en la misma medida  robusteció al temporal.

Fruto inmediato de ese fracaso fue la estadía forzosa y vergonzosa de los papas (todos franceses) en Aviñón, por presiones de Felipe IV y para el mejor servicio de Francia, en 1305, y el posterior gran cisma de occidente, cuando, tras el retorno del papa a Roma (Gregorio XI en 1378),  franceses, alemanes, italianos y españoles pujaron por colocar al papa de su gusto, dividiendo a la cristiandad entera con dos y hasta tres papas simultáneos, y generando una verdadera situación de anarquía, aumentada  por la doctrina de la supremacía del Concilio (Conciliarismo) sobre el Papa.

Los franceses desconocen a Gregorio XI y a su sucesor Urbano VI y eligen al antipapa Clemente VII que gobierna desde Aviñón, apoyado también por España.
El cisma continúa con los sucesores de estos papas que se excomulgan mutuamente, generándose un tremendo escándalo y división en toda la Cristiandad.
En 1409 el Concilio de Pisa intentó vanamente terminar con el cisma y en 1410 nombró Papa a Alejandro V, al que sucedió Juan XXIII (Francia, Inglaterra, Alemania), mientras Gregorio XII (Italia) y el español Benedicto XIII (Papa Luna) lo desconocían como legítimo. (El Papa Luna tampoco reconocerá el veredicto de unidad del Concilio de Constanza, será depuesto como hereje, cismático y perjuro, y morirá defendiendo sus derechos en el castillo de Peñíscola, España).

El cisma terminó en el Concilio  de Constanza (1414) que tuvo todo el apoyo del rey Segismundo de Alemania. Allí  se eligió como único papa  a Martín V, en medio de fuertes tensiones de los delegados y cardenales de cada nación.
El concilio logró restablecer así la unidad de la Iglesia, pero por desgracia, nada hizo por la necesaria reforma de la Iglesia in capite et in membris, o sea, en la cabeza y en los miembros, como tampoco lo hará Martín V y sus sucesivos.
El nuevo Papa, por otra parte, suspendió el artículo conciliar que sostenía la superioridad del Concilio sobre el Pontífice, una superioridad que fue necesaria para terminar con el cisma.El Concilio también condenó las ideas de Wicleff y Huss (punto siguiente), quien será ejecutado.

Resultado de estos largos años de conflictos constantes fue un triunfo práctico de la autonomía de los Estados, el fin de la soberanía política del papa en Alemania, Francia e Inglaterra, y el desprestigio y pérdida de credibilidad del Papado.
Otra consecuencia fue el debilitamiento del centralismo romano y el surgir de las iglesias nacionales, especialmente en Inglaterra y Francia, sosteniéndose el Conciliarismo o supremacía del Concilio sobre el Papa y las Iglesias.

Así el rey Carlos VII de Francia convocó en Burges una reunión de todo el clero francés que redactó la llamada Pragmática Sanción (1438) que limitaba el poder del Papa a favor del Concilio, mientras reforzaba el poder de las iglesias nacionales sobre las que el Pontífice sólo tenía un poder “moderado” dentro de los límites de los santos cánones. Fue la proclamación de las libertades galicanas de la Iglesia francesa.

Entre 1438 y 1442 tuvo lugar el Concilio Ecuménico de Ferrara-Florencia, cuyo objetivo principal era la unidad con los griegos, cuyos representantes estuvieron presentes, también esperanzados en la ayuda occidental contra los turcos que asediaban a Bizancio. El Concilio resolvió la unidad, incluso con los armenios y jacobitas, pero la falta de apoyo militar de Occidente y la caída de Constantinopla, dejaron en la práctica sin efecto alguno dicha unidad.

8. Los pensadores antisistémicos

8.1   Marsilio de Padua

En correlación con estos procesos antisistémicos, surgen los nuevos pensadores que, mientras rechazan las tesis tradicionales, formulan un nuevo pensamiento religioso y político. Marsilio de Padua y Guillermo de Ockam son los más grandes representantes de este pensamiento heterodoxo, o sea, al margen de la escolástica tradicional.

Apenas posterior a Tomás de Aquino, es el italiano profesor de París  Marsilio de Padua (1275-1342), cuya  principal obra es El defensor de la paz del 1324, en la época en que el papado hacía crisis por la disputa con Francia y la residencia papal en Avignon (7.e) Aunque cristiano y aristotélico, tiene profundas diferencias con Tomás de Aquino, a quien prácticamente ignora.

a) Mientras que Tomás aceptó la tradicional jerarquía eclesiástica, Marsilio (testigo de los graves conflictos papales de su época que luego analizaremos), aunque acepta el sacerdocio, niega el origen divino de la  jerarquía.
Por tanto, todos los sacerdotes cristianos son iguales en todos los aspectos, desde el punto de vista de la revelación de Jesucristo. Y ninguno tiene por derecho divino, poder de coerción contra herejes, ni de determinar qué es ortodoxo y qué es herético. La doctrina de la estructura jerárquica de la Iglesia pertenece, en realidad, a la teología política, simple demostración humana, distinta de las verdades auténticamente reveladas.

Marsilio se presenta como fiel seguidor de Aristóteles, afirmando que el bien de la república es la vida buena, que consiste en el ejercicio de las virtudes del hombre libre.Pero Aristóteles no pudo conocer la gran enfermedad de los sociedad civil, “el enemigo común de la especie humana”, que no es otro que las pretensiones de la jerarquía eclesiástica que culminaron en la plenitud del poder papal. Esta es la única enfermedad política nueva, pues las otras ya fueron tratadas por “el divino filósofo” y “sabio pagano”.
Aristóteles ya vio que el sacerdocio forma parte de la república, y que no puede ser la parte gobernante o judicial. El sacerdocio está sometido al gobierno de la república y la revelación cristiana no contradice esta afirmación aristotélica. Jesús en persona se autoprohibió y prohíbe que los sacerdotes sean gobernantes, y es a los gobernantes civiles a quienes se debe obediencia, como dice san Pablo (Rom 13)

Fueron otros filósofos los que inventaron las leyes supuestamente divinas de la actual filosofía política de la Iglesia. Es la República la encargada de buscar la felicidad del hombre, tanto en esta vida como en la otra. La comunidad religiosa  busca sus fines religiosos y colabora con la república. Los sacerdotes, en cuanto son depositarios de una doctrina revelada, son esencialmente maestros y no gobernantes ni jueces.
Su finalidad es enseñar la ley divina que la sociedad considera como verdadera. Y como los sacerdotes deben vivir imitando a Cristo en la humildad y en la pobreza, no tienen nada que ver con las cosas que son del César.
La grande y nueva enfermedad actual (el supremo poder papal) hace imposible cualquier gobierno, destruye la unidad del gobierno civil y del orden legal, pues pone al cristiano ante la disyuntiva de dos gobiernos (espiritual y temporal) que necesariamente han de entrar en conflicto.Esta enfermedad pone en peligro la vida buena y la paz, condiciones necesarias para alcanzar el verdadero fin de la república.
De allí el título de su libro: “El defensor de la paz”. Y por eso, cualquier sistema de gobierno es bueno con tal de no caer en la anarquía.

b) Al mismo tiempo, Marsilio afirma que más importante que los gobernantes son los legisladores, y que el legislador humano es el pueblo y todo el cuerpo de los ciudadanos.
Gobernantes, aristócratas y sacerdotes deben subordinarse a ese legislador laico y popular.
Y ese pueblo debe elegir a sus gobernantes que son responsables ante él, y deben ser castigados si infringen la ley del pueblo. El pueblo fiel es sabio y del todo competente para hacer leyes y para elegir reyes y magistrados (Aunque Marsilio atribuye estas ideas a Aristóteles, es evidente que reinterpreta su espíritu y va más allá que el gran filósofo griego, en una especie de populismo).

Este pueblo (pueblo cristiano, obviamente) está guiado por el Espíritu Santo, y todo él es pueblo de Dios y, por tanto, sacerdote. Y como en la iglesia primitiva, también ahora los sacerdotes maestros y los obispos han de ser elegidos y juzgados por el pueblo.
Para Marsilio, el poder legislativo es todo el conjunto de los ciudadanos, que seguramente no buscarán su propio daño, y que sabrán observar aquellas leyes que ellos mismos han promulgado, ya que son hombres libres.No es justo que las leyes sean dictaminadas por uno solo o por algunos, como hace la tiranía o la oligarquía de la ley canónica.

Su tesis fundamental siempre es, pues, el anticlericalismo y antipapismo. Naturalmente, el pueblo puede delegar su poder legislativo en algunas personas. Y si elige la monarquía, lo mejor es que sea electiva vez por vez y no hereditaria (con lo cual Marsilio se ganó el favor de los nobles alemanes electores del emperador, que le brindarán refugio). Pero, en igualdad de condiciones, es mejor elegir a algunos ciudadanos mejores para gobernar que a uno solo.

c) Finalmente, contra santo Tomás, Marsilio niega que exista la ley natural, pues el único legislador que el hombre puede conocer es otro hombre. Por tanto, sólo hay leyes humanas y la razón humana es la que juzga qué es bueno o malo para una sociedad. Lo que suele existir, es un conjunto de leyes que en la práctica son admitidas por todos los pueblos. Y sólo metafóricamente se las puede llamar  de “ley natural”.Otras ideas suyas las veremos en el punto 9.

Marsilio de Padua fue profesor en París y después se refugió en la corte de Luis de Baviera, enemigo declarado del papado de Avignon. Aunque con contradicciones, sus ideas tendrán gran importancia en el surgimiento de los nacionalismos europeos y de la nueva cultura.

8.2 La corriente franciscana agustiniana de Oxford. Guillermo de Ockam

En esta misma época, también encontramos otras ideas que no se ajustan a la escolástica tomista, en la escuela inglesa franciscana de la universidad de Oxford con preocupación por las investigaciones científicas, físicas y matemáticas, más que por las cuestiones abstractas de la metafísica, y seguidora de Platón y San Agustín.
Ya Roger Bacon (1214-94) apela al método de la experiencia para conseguir el conocimiento, desestimando los silogismos y los argumentos de autoridad, poco eficaces para conocer la naturaleza.

Pero el principal maestro de Oxford es el franciscano escocés  Duns Scot (Scoto, 1270-1308), quien también enseñó en París y en Colonia. El Doctor sutil, como se lo llama, separa claramente el campo de la filosofía, fruto de la razón, de la esfera de la teología, fruto de la fe en la revelación, de modo que las verdades de fe no son demostrables con la razón, en contra de la tesis tradicional. Al mismo tiempo se opone a una religión intelectualista y afirma la primacía de la voluntad y del amor por sobre todo.

Su discípulo Guillermo de Ockam (1270-1347) otro franciscano, crea la corriente llamada Nominalismo, según la cual los conceptos en que se basa el pensamiento filosófico y teológico son meras palabras (“nómina”) y signos vacíos. Propiciaba, pues, que sólo podía ser considerado verdadero lo que era medible, y en consecuencia, la revelación divina era indemostrable.Por lo tanto, algo puede ser verdadero para la fe, pero falso para la razón.
Lo importante es el desarrollo de la razón humana y del pensamiento humano.

Ockam fue citado por el tribunal pontificio instalado en Aviñón, acusado de herejía, pero se refugió en la corte del emperador Luis de Baviera, donde se encontró con Marsilio y con Miguel de Cesena, superior general de los franciscanos, también enfrentado al Papa.
En la corte de Luis, Guillermo redactó varios libros (especialmente el Dialogus y De imperatore et pontificum postestate) en contra del papado, especialmente el de Juan XXII. Muere en el 1350.

En sus escritos Guillermo plantea una distinción radical entre Dios y el hombre, entre la fe y la ciencia, y por tanto, entre la Iglesia y el Estado.
La Iglesia debe dedicarse exclusivamente a lo espiritual y a la vida de pobreza, y tampoco debe confundirse con la jerarquía. Los laicos tienen derecho a elegir a sus sacerdotes y jerarquía.
El hermano Guillermo estudia profundamente el problema del Papado y prefiere verlo interesado en las cuestiones relativas al Evangelio (predicación, sacramentos, formación del clero), con un poder moderado y alejado de la tiranía, y respetuoso de las libertades que el derecho natural y el positivo otorgan a las personas.

En cuanto a las cuestiones políticas, los eclesiásticos sólo pueden aconsejar. Por su parte, el Estado no es más que la suma de los individuos que la componen, base fundamental de una nueva ideología típica de la modernidad inglesa. El derecho, sólo un conjunto de leyes humanas.

Las ideas de Guillermo de Ockam (condenadas oficialmente en 1340) tuvieron  repercusión en las teorías de Lutero y en los filósofos ingleses de la modernidad.

También debemos destacar el nacimiento de una corriente mística, especialmente en Alemania con el dominico Maestro Eckhart (+1327), de gran influencia en los siglos siguientes. Eckhart buscaba la unión del hombre con Dios mediante la relación mística, por lo que fue acusado de panteísmo.

En tanto, aparece la obra famosa Imitación de Cristo hacia el 1400, atribuida a Kempis, libro de lectura espiritual hasta inicios del siglo XX dentro de una línea de obediencia, paciencia y sufrimiento.
De esta época son también las figuras místicas Angela de Foligno, Sta. Brígida de Suecia (+1373) y Sta. Catalina de Siena (+1380), importante también por su lucha en pro de la unidad de la Iglesia durante el gran cisma de Occidente.

8.3 Wicleff  y Huss 

El último siglo y medio medioeval estuvo, como podemos observar,  marcado por una paulatina ruptura de la unidad del imperio y de la cristiandad, especialmente por las movimientos nacionalistas que propiciaban una iglesia nacional autónoma, y como consecuencia del gran cisma que había debilitado la autoridad papal.

Esta tendencia tan fuerte en Francia y que ya se insinuaba en Inglaterra, cobró vida en ese país con Wiclef, y con Hus en Praga y Bohemia, precursores inmediatos ambos de la Reforma e influyentes en Lutero. Ambos teólogos, sensibles a los escándalos del papado y del gran cisma, radicalizan sus posturas reformistas.

Juan Wicleff  (1320-1384)  fue un clérigo inglés profesor y predicador antirromano, que exigía la interiorización religiosa de la Iglesia y de sus jefes, enseñando que la Iglesia no tiene derecho alguno al poder y a los bienes terrenos, y que es el Estado quien debe juzgar a la Iglesia.
En efecto, la Iglesia es invisible, y su único jefe es Jesucristo.
Mientras niega todo valor a las indulgencias y a la confesión, al culto de los santos y de las reliquias, sólo admite el valor de la Biblia, haciendo su primera traducción al inglés en  1380.
El papado es innecesario y una verdadera simonía propia del anticristo.
Wicleff apoya una decisión inglesa de no pagar el tributo papal a Roma, con lo que consigue amplio apoyo del pueblo y de la nobleza.

Fue oficialmente condenado y acusado de los levantamientos campesinos de 1381, refugiándose  en Alemania donde escribió violentos libros contra el Papado: Sobre el poder del Papa y Sobre la Iglesia.
Sus ideas fueron condenadas como heréticas en el Concilio de Constanza, pero perdurarán en Alemania y serán asumidas por Huss y por Lutero.

Juan Huss, clérigo profesor y rector de la universidad de Praga, conoce y admira las ideas de Wicleff y en 1403 protesta contra la condena que hacen a dicha obra los teólogos alemanes.
Surge así un fuerte movimiento nacionalista checo que, tras expulsar a los profesores alemanes, ataca al papado y al lujo del clero, denuncia el poder temporal, opuesto al deseo del Salvador, y rechaza las excomuniones de su arzobispo y del papa, en medio de agitaciones populares, especialmente de jóvenes.
Huss no niega el primado religioso de la Santa Sede, pero afirma que el Papa sólo tiene autoridad si vive en estado de gracia (sin pecado).
Su libro principal fue Tratado sobre la Iglesia.

Finalmente, el rey Segismundo de Praga lo convence para que se presente en el Concilio de Constanza para dirimir la cuestión, pero en cuanto llegó fue arrestado, enjuiciado y condenado a la hoguera (1415), pese al salvoconducto del rey Segismundo.
También fue condenado y ejecutado su discípulo Jerónimo de Praga.

Pero su injusta muerte exacerbó los ánimos checos y creció un amplio movimiento nacional (llamado de los husitas) de tipo apocalíptico y socialista, que en 1420 proclamó los “artículos de Praga” exigiendo libertad de predicación, la comunión bajo las dos especies y la pobreza apostólica del clero. Los husitas resistieron los ataques del rey  Segismundo y pasaron a la ofensiva en países vecinos, consiguiendo adeptos en Alemania. La cruel guerra se prolongó hasta 1485.
Los husitas sobrevivientes se pasarán después a la reforma protestante.

9.  Nacimiento de las Monarquías feudales,  y de la cultura laicizada  y  comercial

Simultaneamente a estos conflictos y movimientos, debemos tener en cuenta el surgir del sentimiento de Nación y el nacimiento de los Estados que van adquiriendo forma propia (en particular Francia, Inglaterra y una renovada España), del parlamentarismo y del individualismo, muy ligado con la importancia de las ciudades y del comercio, mientras el feudalismo va muriendo irremediablemente.

En Francia la monarquía se va consolidando y adquiriendo prestigio a partir del siglo XII (a lo que colaborará la canonización del rey Luis X), a pesar de la resistencia de los grandes señores de las varias regiones francesas, Felipe IV el Hermoso (1285-1314) genera un nuevo tipo de Estado absolutista con un territorio nacional propio, sólo dependiente de su realeza, sin autoridad de papas o señores feudales.

El sentimiento nacional es explotado en la lucha contra el Papa Bonifacio VIII y con la liquidación de la Orden de los Templarios, cuyos dirigentes fueron ejecutados, tras un inicuo juicio.
Los Templarios eran una Orden religiosa militar, fundada en 1118 en Jersualén para la defensa del Templo de Jerusalén, de allí su nombre. Los éxitos militares en las Cruzadas los llevaron a crecer en número, llegando a unos 15 mil, y en grandes riquezas, por lo que sucitaron la envidia y el celo del rey francés para liquidarlos, con la ayuda del Papa francés Clemente V.

Inglaterra, tras la conquista normanda, tuvo una tradición más monarquista, debido a las costumbres sajonas que daban mayor poder al rey, y al carácter militarista de la monarquía.
Desde el siglo XII (Ricardo Corazón de León) los nobles se someten al rey, pero será un abolutismo moderado por la oposición de la nobleza que impone la Carta Magna (1215) que establece las primeras libertades políticas inglesas, limitando el poder monárquico, y por el nacimiento del Parlamento de los Lores (alta nobleza laica y eclesiástica) y posteriormente de los Comunes (nobleza inferior y burgueses).

Rápidamente los ingleses limitan así el poder manárquico con el juramento que el rey debe prestar ante el Parlamento, como también limitan las injerencias del Papa en la vida religiosa inglesa.
En 1366 el Parlamento declara nulo el juramento de vasallaje que hiciera Juan sin Tierra al Papa en 1213. Todo lo cual implica un nuevo sistema jurídico, cada vez más centrado en los ciudadanos-individuos de la ciudad y en sus estructuras.

El derecho natural de santo Tomás se desmorona, mientras se concibe solamente el derecho positivo, emanado de la autoridad competente, cada vez más concentrada en el rey y en su corte o parlamento.
Lentamente también cobra vigor el concepto, y sobre todo la praxis de la libertad y la igualdad ciudadana, íntimamente relacionados con el de propiedad privada (en oposición a la propiedad colectiva feudal), y muy especialmente con la nueva ética mercantil, típica de las ciudades; es la ética del burgués comerciante, cambista o banquero.

El problema es cómo moralizar las ganancias y ver en ellas un instrumento de progreso por medio del intercambio. Cómo dar valor moral al dinero, al comercio y al préstamo, hasta entonces considerados como demoníacos o, al menos, de escaso valor moral. Los comerciantes ambulantes y sus ferias ahora se han sedentarizado (desde el siglo XIV) y constituyen la nueva clase social importante, la que hace progresar a la ciudad.

Nace una nueva ideología al margen de la tradicional:  importancia de la ciudad y no del campo, del intercambio y no de la producción agraria o artesanal, de la utilidad y no de la fe.
Ahora los comerciantes se agrupan en sociedades y compañías, con lo que aumenta su poder económico, y por lo tanto, político. Los ricos se vuelven amos de sus ciudades, como los Médici de Florencia, y van constituyendo “familias” (hoy diríamos “carteles”) con sucursales en otras ciudades. Venecia y Génova monopolizan el comercio con Oriente (sedas, marfiles, perfume, especias).

En el norte de Alemania, sobre el Báltico, es importante la Liga Hanseática, desde fines del siglo XII, llegando a contar unas 70 ciudades, entre ellas Lübeck, Hamburgo y Bremen. Decae en el siglo XV y perdura hasta el XVII.Ahora, por lo tanto, lo importante son las grandes finanzas y los beneficios económicos. Nace una nueva sociedad cuyo objetivo es el beneficio, aún a cualquier precio. Ahora el beneficio es el “bien común”.

Como enseña Marsilio de Padua, primer ideólogo de la ideología mercantil, la finalidad de la sociedad civil y del príncipe es la buena marcha de los intercambios para conseguir una “vida suficiente”, o sea, la vida humana cubriendo sus necesidades. Esta es la “buena vida”, ya definida por Aristóteles como objetivo de la ciudad. Una vida buena que permite el mayor intercambio posible, gracias a una gran circulación de mercancías y a una eficaz jerarquía social. El hombre nace desnudo y necesitado, y sólo los hombres asociados, productivos y laboriosos,  pueden cubrir sus carencias. Y cuando no tienen lo suficiente, lo consiguen mediante el intercambio.

Por lo tanto, el intercambio comercial favorece el bien común, y debe ser reconocido como  virtud. Ahora “los hombres se han unido para vivir la vida de forma suficiente, procurarse las cosas necesarias e intercambiarlas mutuamente” (“El defensor de la paz”). No hace falta decir cuánta importancia tendrán estas ideas en la edad moderna, ya naciente.

En consecuencia, el comercio se transforma en “origen de la sociedad”. Un concepto suficiente, de por sí solo, para que hablemos del fin del medioevo. La Iglesia no tuvo más remedio que ir aceptando esta nueva posición, a pesar de sus primeras condenas doctrinales.
El punto más complicado y en el que no se transigió fue aceptar el préstamo con interés, considerado como usura (ya desde la Biblia) y por tanto, como pecado (lo que favoreció a los prestamistas judíos, no ligados a la condena cristiana). Se mantuvo la condena doctrinaria, pero en la práctica se atenuaron sus consecuencias.

Lo que es evidente es que la Iglesia no tenía elementos para integrar e interpretar desde su ideología los nuevos elementos nacientes, recelosa además por el trato de los comerciantes cristianos con los “infieles” (judíos, àrabes, turcos después).
Pero el intercambio comercial y el dinero pudieron más que las diferencias religiosas.
En definitiva, se termina aceptando a nivel práctico la licitud moral del comercio y de la utilidad personal como bien común.

Nace un nuevo argumento, base del liberalismo mercantil ya naciente, bien definido en un texto del siglo XV: “La dignidad del comerciante es grande en muchos aspectos… y en primer lugar, en razón del bien común… porque el progreso y el bienestar de los Estados reposan en gran medida en los comerciantes… Gracias al comercio, motor de los Estados, los países pobres se proveen de alimentos, de mercancías y de muchos productos importados de otros lugares… El trabajo de los comerciantes está ordenado con vistas a la salvación de la humanidad” (texto citado por Le Goff).

Estamos, pues, a las puertas de una nueva ideología profana y laica (aunque todavía en personas que se consideran cristianas). El comerciante burgués toma el relevo del clérigo. Un comerciante que necesita leer y escribir, y sobre todo hacer cuentas para manejar sus negocios (contabilidad, cartas, contratos).
Es el racionalismo del cálculo, del reloj personal (sin depender del campanario con sus horas canónicas) y del calendario fijo (necesario para fechar los negocios, letras, etc.), lo que supone el abandono del calendario religioso de fiestas móviles.
Por eso se comienza a fechar el año con la fiesta fija del primero de enero, circuncisión del Señor.

Y aparecen, sobre todo en las grandes ciudades, ciertas técnicas y formas de asociación de un capitalismo incipiente, entre las que señalamos:
– la contabilidad, con su debe y haber, tanto de los dueños como de sus clientes, con la posibilidad de balances regulares;
– la moneda que lentamente es sustituida por letras de cambio y cheques, agilizándose las transacciones comerciales;
– la banca con sucursales en varios países y realizando todas sus operaciones específicas;
– el crédito y los préstamos de consumo, en general a altos intereses;- las compañías comerciales, para quienes trabajaban grandes talleres y trabajadores a domicilio (como las de Toscana y Génova).

Tenemos, pues, todas las condiciones para un mundo nuevo, o sea, “moderno”, como lo bautizan los renacentistas.
Termina el siglo XIV y nace la edad moderna.
Un amplio movimiento a favor de la libertad se ha puesto en marcha, movimiento con muchas derrotas parciales pero que señala el nuevo rumbo que Occidente está dispuesto a tomar.
Es un camino sembrado de muertes violentas y luchas sangrientas el que se tiene que recorrer para pagar el alto precio por un alto valor: autonomía y libertad.

Entre tanto, la Iglesia oficial-jerárquica, apegada a sus privilegios, riquezas y poder, ciega a la nueva realidad y sorda ante los nuevos reclamos, no tuvo reflejos suficientes para seguir ocupando aquel lugar que la historia, mil años atrás, le había asignado.

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