Alumnos o aprendices. La escuela, taller para la vida. Benetti

ALUMNOS O APRENDICES?  LA ESCUELA, TALLER PARA LA VIDA

Dialogando con los educadores …

Lic. Santos Benetti

Todavía tengo fresca la imagen del primer día de clase de hace unos años. El periodista de un conocido canal televisivo entrevista al director de una escuela, a la mamá de un niño y naturalmente al niño que ingresa a primer grado. El periodista le pregunta:
– A ver, decime, ¿para qué venís a la escuela?

El niño se queda sorprendido, agacha la cabeza y responde como repitiendo una lección aprendida:
– Y … voy para hacer los deberes.

Al menos me quedó la alegría de que la escena no había sido ensayada, y el niño expresó lo que es probablemente el inconsciente de nuestro sistema educativo: vamos a la escuela, al secundario, a la universidad para cumplir un programa, para hacer unos deberes, para sacar una buena nota en las evaluaciones … ¡Formidable motivación!

El cumplimiento del deber o de los deberes es la más pobre de las motivaciones, como que ni siquiera es una motivación ya que es una imposición desde afuera.

Qué interesante sería si fuéramos a la escuela con esta propuesta: voy a vivir, quiero aprender a vivir. Al fin y al cabo ¿qué es la vida sino un constante aprendizaje desde que se nace hasta que se muere? Aprendemos a nacer, a mamar, a destetarnos, a caminar. Aprendemos a compartir, a amar, a ser amados. Aprendemos a defendemos y a atacar … Es el aprendizaje como experiencia, como forma de vida, como comportamiento humano.

Y un aprender que, ¿hace falta recordado?, primero es experiencia y sentimiento, después es reflexión y conciencia, para finalmente hacerse huella en la memoria.

La experiencia es lo primero. Al menos esa es la pedagogía de la naturaleza: nacemos mucho antes de recibir una lección sobre el nacimiento. Y sentimos que nacemos antes de reflexionarlo.

equipo-productivo

El aprendizaje como una aventura, como un descubrimiento, como una gran curiosidad. Una de las principales quejas de nuestros alumnos es que la escuela los aburre. Imaginémonos un país donde la gente dice que le aburre vivir. Es un país enfermo.

¿Y por qué tantos niños y adolescentes se aburren en la escuela? No porque les aburra la vida, sino porque la vida suele ser la gran ausente de los programas educativos. ¿Y puede ser educativo un programa que no se alimenta de la vida misma de los educandos? Pues como bien dice un conocido poeta español: “Este es el oficio del hombre: vivir”.

Cuando escuchamos la palabra ” aprender” casi inmediatamente pensamos en la escuela. Allí uno va a aprender. El aprendizaje escolar ha quedado en nuestra mente como el aprendizaje por excelencia. Y, sin embargo, cuando uno de adulto tiene que enfrentar la vida ¿de qué se da cuenta? ¿Dónde aprendemos a vivir? Está el aprendizaje de la calle, el de la experiencia, el de la convivencia familiar, el aprendizaje político, el aprendizaje sexual.

En fin, que podemos aprender a vivir (el aprendizaje como medio) o vivir para aprender (el aprendizaje como fin): venimos, estamos aquí, gastamos este tiempo para “aprender”.

Aprender a vivir y a con-vivir, porque nos guste o no, vamos a vivir con otros y vamos a aprender a vivir con otros. Hoy el mundo posmoderno supertecnológico nos quiere convencer que lo importante es aprender tecnologías… pero pobre nuestro mundo y nuestro país si no aprendemos a vivir arrnónicamente y a convivir pacífica y felizmente unos con otros. Este es el aprendizaje que niños y adolescentes solamente pueden aprender en el seno de sus familias y comunidades educativas. Es el primer y más importante aprendizaje. ¿Somos concientes de ello y son concientes los directivos educacionales?

Y en este aprendizaje todos aprendemos (a vivir y convivir) unos de otros en forma simultánea y recíproca. Tornemos el caso de la relación de los padres con sus hijos adolescentes: ¿son los padres los que enseñan a sus hijos qué tienen que aprender? ¿O la convivencia armónica de padres e hijos es un aprendizaje que los engloba a todos? Pues ¿cómo puede darse un vínculo sano si no se aprende a establecer ese vínculo?

Entonces, aprendemos juntos y aprendemos unos de otros. El filósofo judío Martín Buber ha dicho muy bien que es imposible que no tengamos nada que aprender de cualquier ser humano por más poco dotado o valorado que sea. Siempre podemos aprender algo de otra persona Y cuando esa persona es nuestra pareja, nuestro hijo, nuestro alumno ¿no tenemos nada que aprender?

– Me voy dando cuenta de que aprender es mucho más que recibir conocimientos sobre diversos temas de historia, geografia o matemáticas y sería interesante que ahondáramos en su significado.

En efecto, aprender es “cambiar” en función de la realidad externa o interna que, como toda la vida y por ser vida, está en constante movimiento. Aprender, adaptarse a la realidad y transformarJa es lo mismo. No basta la simple adaptación a la realidad dada …

Cambian las relaciones, cambian los vínculos, cambian las circunstancias … y se aprende en un constante movimiento, a veces adaptándose, otras rebelándose, otras transformando.

Y por cierto, no es lo mismo un niño de dos años que ese mismo personaje a los veinte, a pesar de que sus padres sigan diciendo: “El nene … la nena” .. El niño crece, siente, piensa, critica, discute, aprende y experimenta cosas nuevas que nosotros no vivimos o desconocemos; tiene sentimientos, una forma de ser, una manera de ver el mundo … , tantas cosas que obligan a un proceso de adaptación y aprendizaje o, al menos, intentar ver su punto de vista, su manera distinta de ver la realidad.

Y los problemas y crisis de la adolescencia, su sexualidad, sus problemas de identidad, toda esa crisis (” crisis”, discernimiento, valoración, juicio) ¿no exige que padres y educadores juntamente con los educandos nos pongamos a aprender juntos la forma de vivir y de convivir en armonía?

Y ayudarnos a vivir, siguiendo cada uno su camino y respetando el camino de los otros. Permitirnos pensar, sentir y hacer de acuerdo con nuestra personalidad, pero dejando que los otros hagan lo suyo.

Es interesante que si la palabra “aprender” nos evoca la escuela, en cambio la palabra “aprendiz” nos evoca un taller. No decimos que los alumnos son aprendices sino estudiantes. ¡Qué lástima! …

Los aprendices van a un taller. Linda palabra: taller. Uno se imagina un taller de carpintería, por ejemplo. Está el aprendiz y el maestro. Pero en medio de ambos, la “materia”. Qué curioso que la palabra “materia” (tan utilizada en la escuela) tenga la misma raíz que “madera”, porque ambas provienen de la original que es “matriz”, la madre. ¡Qué buena asociación de palabras!: aprender – aprendiz – materia – madera – matriz – madre.

Lo que une al maestro y al aprendiz es un vínculo con la materia-madera. El aprendiz va a aprender para darle forma a la madera, como si dijésemos, a sacar un hijo de la madera-madre. La madera está allí, como un tronco o un tablón. Sólo es materia-matriz. Ahora vamos a aprender a darle forma, a darle vida: una silla, una mesa, una estatua.

El aprendiz toca la madera, la siente, la piensa, y la madera sigue tal cual. No cambia. “No basta pensar para que la madera cambie”, dice el maestro. “Necesitas utilizar ciertos instrumentos”. Y por las manos del aprendiz van pasando los instrumentos, las herramientas de trabajo y el muchacho aprende a utilizarlas sobre la madera que poco a poco va tomando forma.

¿Qué hace el maestro? Coloca en manos del aprendiz la herramienta y le dice: “Comienza a limar la madera, a cortarla, a cepillarla”. Y el aprendiz pregunta: “¿Cómo hago?”, y el maestro:’ “Comienza a hacerlo y te irás dando cuenta. Prueba, tómale la mano al instrumento, familiarízate con él, piérdele el miedo .,. y siempre dándole a la madera”.

Todo eso lo veo claro en un taller de carpintería o de herrería o de mecánica, pero la escuela es algo distinto porque nuestra materia, ¿cómo decirle?, es muy abstracta, es intangible. Nuestras materias no son de madera

Pero si las llamamos “materias” es porque son la matriz sobre la que hay que trabajar. Claro que ahora nos surge la pregunta: ¿cuál es esa materia? y si lo pensamos dos veces ya nos damos cuenta de que es bastante tangible y mucho menos abstracta que nuestras “materias-asignaturas” escolares.

– Ahora no lo entiendo. No veo dónde está esa materia tan tangible, salvo quizás la geografia.

Bien, comencemos de nuevo. ¿Cuál es la materia sobre la cual yo, usted y los alumnos vamos a trabajar toda nuestra existencia? ¿No es la vida misma? ¿No es nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, nuestra curiosidad, nuestro deseo de progresar, nuestros proyectos? El vínculo que une al maestro con el aprendiz de carpintería es la materia-madera.

El vínculo que une al educador con el educando es la materia-vida, toda la vida y nada más que la vida. La vida de uno en su cuerpo, en su psiquis. La vida como proyecto futuro, la vida como posibilidades de realización, como profesión, como trabajo, como amor.

¿Le parece que todo eso es muy abstracto o es lo más concreto que tenemos? Pero es materia-matriz: hay que darle forma porque llega como en bruto. Y entonces nos ponemos a aprender a darle forma… “Formación”: ¿le suena esa palabra?

– Usted decia que los aprendices dan forma a la madera con instrumentos, porque no basta pensar para que se produzca el milagro. ¿Y cuáles serían los instrumentos en la escuela? ¿Cuáles serían las herramientas de trabajo?

En un taller hay muchas herramientas y cada una tiene su uso particular. Precisamente el aprendiz aprende a usarlas de modo que con el tiempo podrá desprenderse del maestro. Muchas herramientas para cada situación, circunstancia o problema. Si quiero cortar la madera uso un serrucho, pero para dejarla suavecita tengo la lija. Pensemos ahora en la escuela-taller: la materia es la vida como conflicto, como problemas, como conjunto de preguntas y cuestiones: ¿Cómo se hace el dibujo, señorita? ¿Cómo se hace esto? ¿Para qué sirve lo otro?
Y  para enfrentar esos problemas, esas durezas de la vida, vamos sacando los instrumentos que están como en potencia dentro nuestro: aprendemos a usar los sentidos, a ver, a escuchar, a palpar, a percibir, a tocar … Aprendemos a sentir, ese instrumento tan descuidado y olvidado en algún cajón, porque hay problemas que se resuelven sintiéndolos …

Aprendemos a usar el instrumento de nuestra razón, pensamos, elaboramos, comparamos, sacamos conclusiones, discutimos. Y está el instrumento del lenguaje, de la expresión verbal, escrita, icónica, audiovisual, artística, plástica, porque muchos problemas se resuelven con una correcta utilización del instrumento lenguaje… Y está el instrumento del cuerpo, complicado instrumento tipo robot electrónico lleno de aparatitos, agujeros, puntos sensibles, mecanismos complejos y tan lleno de sorpresas. Aparato que por momentos lo sentimos peligroso, extraño, pesado, lento, viejo, dolorido, placentero …

¿Quería usted un instrumento tangible? Pues ahí lo tiene, como que es “el instrumento” por excelencia del ser humano: quien maneja la totalidad -digo la totalidad- de su cuerpo, ese aprendió a vivir. Un cuerpo que siente, que ve, que toca, que es tocado, que sufre, que goza, que piensa, que se proyecta en el tiempo, que recuerda … Un gran radar que trabaja día y noche …

Cuando usted tiene un instrumento nuevo en sus manos, seguramente que enseguida pregunta: ¿Y para qué sirve esto? Esa es la buena pregunta: para qué … Es decir, buscamos la “funcionalidad” de la cosa. Los seres humanos somos netamente funcionales, tanto que padres y educadores se cansan de los interminables “para qué” de hijos y educandos. “Dígame, profe, y para qué sirve esto que estamos aprendiendo”. Y cuántas veces nos quedamos en el aire porque descubrimos gracias a la sana pregunta del alumno -sana pregunta- que si algo no sirve para algo, no sirve para nada. Y entonces, para qué perder tiempo.

En un taller todo es funcional: cada herramienta tiene un para qué.
Yo pregunto: nuestra escuela, ¿es funcional? Los instrumentos que usamos, las materias que están en los programas, toda esa normativa escolar … ¿son funcionales?, o sea, ¿sirven para algo? Y cuando digo si sirven, tengo como referencia la vida, porque esa es nuestra grande y única materia, nuestro oficio, como decía Tejada Gómez: somos aprendices de vida.

Funcionalidad, entonces, del edificio, de las aulas, de la vestimenta, de las normas y estructuras, del sistema de relaciones, de las programaciones: ¡por Dios! No pedimos que sean perfectas, sino que sirvan para vivir …

Sería interesante que hiciéramos un inventario de todo lo que engloba nuestro sistema educativo y nos preguntáramos cosa por cosa para qué sirven. Como hacemos de tanto en tanto en nuestra casa o cuando nos toca hacer una mudanza … ¿Y esto para qué me sirve?

Y  hablando de funcionalidad, tocamos otro aspecto interesante de la escuela-taller: aprender a resolver problemas. Cada profesión tiene sus problemas peculiares, y el buen profesional no es el que sabe mucha teoría sino el que sabe resolver problemas. Eso es lo que esperamos cuando vamos al médico, o al psicólogo, o al mecánico. El médico puede tener las paredes llenas de diplomas, pero si no nos cura …

Aquí radica la verdadera funcionalidad de la educación: aprender a utilizar los instrumentos que nos permitan resolver los problemas de la vida, cuando ya no estemos en la escuela.

– Ah, esa es la cuestión. Cuando ya no estemos en la escuela. ¿ Y eso cómo se hace?

Muy simple, aprendiendo a resolverlos en la escuela. El buen maestro de carpintería se divierte con el aprendiz enfrentando los más grandes problemas que pueda tener un carpintero y juntos descubren las claves para resolver el problema.

¿Y por qué no hacerlo en la escuela? El alumno que hoy aprende a resolver sus problemas, está preparado para los problemas de mañana porque aprende a usar el instrumento. Y gracias a la imaginación y fantasía, hasta podemos adelantamos a los posibles problemas, o verlos afuera en otros y hacerlos nuestros, y ver juntos la forma de darles una solución. ¿Se dio cuenta usted de que los niños y adolescentes preguntan también sobre problemas de los adultos? Guerra, política, elecciones, hambre, inflación, trabajo, amor, sexo, divorcio, religión … La curiosidad es el gran radar que nos permite estar alertas a los posibles conflictos con los cuales nos vamos a enfrentar.

Entonces, una educación curiosa, muy curiosa, educadores curiosos que fomenten la curiosidad de los chicos. Y así lllegamos al final de esta reflexión sobre el aprendizaje, por ahora: aprender a comprendemos y a comprender el mundo real en el que viviremos para enfrentarlo con éxito.

Toda la educación-aprendizaje apunta a comprender nuestra gran herramienta, nosotros mismos, y la gran materia sobre la que trabajaremos todos los días de la vida: el mundo, la realidad social, este país, aquí donde voy a crecer y luchar con miras a triunfar. Esa comprensión de uno mismo, de los demás y de la realidad externa puede ir tomando diversos nombres: psicología, antropología, anatomía, fisiología, ética, comunicación, historia, política, geografía, ciencias, electrónica …

Pero tengamos cuidado con no separar lo que está unido: no son materias separadas, aisladas, disgregadas sino puntos de vista de una gran totalidad de esto que llamamos simplemente “la vida”.

Porque no vamos a vivir en el aire, sino aquí, en este país con estos problemas, y haremos un hogar no con “un hombre” o “una mujer” sino con este hombre o esta mujer concretos, y no vamos a vivir de “un trabajo” sino de este trabajo o profesión concretos, que tiene estas perspectivas concretas y estos problemas concretos.

Siempre delante nuestro está la materia-matriz, concreta, existencial, dinámica, tangible. Y siempre ante esa materia estaremos como aprendices: la escuela de la vida.

– Lo que usted dice es muy interesante, pero lo veo complicado hacerla en nuestras escuelas.

¿Y si se lo plantea al revés? Una escuela que no está diagramada como un taller de vida, ¿no es en realidad una escuela complicada? Pensemos las cosas desde lo sano y siempre lo sano es simple: qué simple sería la escuela si la pensáramos como un taller para la vida. Qué simple, qué linda, qué serena, qué divertida, qué placentera .

Y qué necesidad tiene de educadores curiosos, creativos, audaces, con muchas ganas de vivir .

 

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