Ideologías 3 Ideología del imperio romano. Polibio, Cicerón. Virgilio. Augusto. San Agustin

IDEOLOGÍA DEL IMPERIO ROMANO

  1. CICERÓN

El soporte ideológico del imperio, curiosamente, fue dado por un republicano como Cicerón (106-43), quien a pesar suyo fue el inspirador de la futura ideología romana imperial y de la fortuna del primer emperador, Augusto.

Pero antes, fue el historiador Polibio (205-125), un rehén griego después liberado, quien escribe su Historia universal tomando como eje a Roma, culminación de toda la historia antigua. Siguiendo a Aristóteles, señala que existió en el mundo una evolución de la monarquía a la oligarquía que luego desemboca en la democracia. Pero cada sistema tiene su lado perverso: tiranía, oligarquía y demagogia.
Con Roma se constituye un sistema que tiene la virtud de las tres formas tradicionales y ninguno de sus defectos, pues hay tres poderes que se controlan mutuamente: los cónsules (monarquía), el Senado (aristocracia) y el pueblo romano (democracia).
La prudencia y la fortaleza romana permiten que este equilibrio se mantenga, mientras se expande en el mundo con el poder de sus recursos y conquistas, algo que no supo hacer Esparta.

De esta forma, Polibio crea una historia y una filosofía política adaptada al imperialismo romano, unificador de los anhelos de toda la raza humana por entonces conocida, pero que debe estar atento a no cometer los errores griegos, evitándose la ostentación de lujo por parte de los ricos y las desmedidas ambiciones del pueblo.


Cicerón
, gran conocedor de la cultura griega y admirador de Platón, pero también consciente del constante intento de la nobleza romana para someter al pueblo, y testigo de la sublevación de los esclavos comandados por Espartaco (73-71), introdujo la filosofía en Roma y escribió dos libros de tipo filosófico-político: La República y Las Leyes, en los que esboza el retrato del Princeps que debe tener “tranquilidad de ánimo y cuya vida debe ser un modelo de constancia y gravedad”, encargado de velar por los pueblos según lo dicho por Platón: “Velar primeramente por los intereses de los ciudadanos con una devoción constante y un desinterés absoluto, dar seguidamente el mismo interés a todos los cuerpos de la república y nunca demostrar por una de las partes una predilección que se volviera en detrimento de las demás”.

Según las ideas de Sócrates y Platón, y de la moral de los estoicos, el gobernante debe manifestar ánimo equilibrado, modestia, moderación y templanza. El Príncipe es quien realiza la concordia y la armonía, hombre superior que, como Escipión el Africano (vencedor de Aníbal de Cartago) llega a la inmortalidad y a la apoteosis (semejanza con dios).
Pero Cicerón no fue un idealista como Platón y cree en la república romana para la cual da numerosas sugerencias prácticas.
El nos dice que “la república es cosa de un pueblo; pero un pueblo no es una colección de seres humanos unidos de cualquier manera, sino una reunión de personas en grandes números, asociadas en un acuerdo con respecto a la justicia y una asociación para el bien común” (Res-publica: cosa pública, asunto de todos, equivalente de la polis o Estado)

Por tanto, sin justicia y sin bien común, no hay república. Se la considera esencial para conseguir una vida feliz y virtuosa, y surge debido a “un cierto espíritu social que la naturaleza ha implantado en el hombre”.

En consecuencia, tanto la república como su gobierno son del orden natural, de lo contrario “la existencia es imposible para una familia, una ciudad, una nación, toda la especie humana, la naturaleza y el universo mismos”. La jerarquía del gobierno es reflejo de la jerarquía de la naturaleza, de modo que lo inferior se subordina a lo superior.


El carácter de la república queda determinado por su forma de gobierno: monarquía, aristocracia y democracia. La monarquía se caracteriza por un sistema similar al afecto del padre hacia los hijos; la aristocracia por la sabiduría, y la democracia por la libertad. “Pero en la monarquía, todos, exceptuando el monarca, carecen casi por completo de derechos y participación en los asuntos públicos; en el gobierno aristocrático, el pueblo apenas tiene libertad puesto que no interviene en los consejos ni ejerce poder alguno; en el estado popular (democracia), aunque se le suponga todo lo justo y moderado posible, la igualdad absoluta es inequitativa, puesto que no reconoce distinción de méritos”.

Cuando los regímenes se degeneran, “el poder de gobierno, como una pelota, es arrancado a los reyes por los tiranos, a los tiranos por los aristócratas o por el pueblo, y a éste, una vez más, por una facción oligárquica o un tirano, de modo que ninguna forma de gobierno se mantiene durante mucho tiempo”.

Cicerón, pues, sigue las ideas griegas, en especial las de Polibio, quien explicaba el éxito de la expansión romana diciendo que “era imposible, aun para un natural del país, declarar con certeza si todo el sistema era aristocrático, democrático o monárquico”, pues “si nos fijábamos en el poder de los cónsules, la constitución parecía completamente monárquica y real. En cambio, si nos fijábamos en el senado, parecía aristocrática, y cuando se consideraba el poder de las masas, parecía ser claramente una democracia”.

Por tanto, Cicerón sugiere el sistema mixto en el que “los magistrados tienen poder suficiente, los consejos de los notables tienen influencia suficiente, y el pueblo tiene libertad suficiente”.
Pero Cicerón tiende a subrayar la primacía de la aristocracia del senado y su poder para legislar con autoridad, virtud  y sabiduría, siendo un modelo para los ciudadanos.

Respecto a la relación complicada entre sabiduría y justicia, afirma: “La sabiduría nos pide aumentar nuestros recursos, multiplicar nuestras riquezas, extender nuestras fronteras… gobernar a cuantos súbditos como sea posible, gozar del placer, enriquecernos, ser gobernantes y amos.
La justicia, por su parte, nos pide que no ataquemos a nadie, que consideremos los intereses de toda la especie humana, que demos a cada uno lo que le corresponde y que no toquemos propiedad sagrada o pública, o aquello que pertenece a otros”.

Hay, pues, una difícil relación entre los dictados de la justicia y los de la sabiduría práctica del estadista.
 Cicerón  también sostiene la concepción estoica del derecho natural:“La recta razón es verdadera ley conforme con la naturaleza, inmutable y eterna, que llama al hombre al bien con sus mandatos y lo separa del mal con sus amenazas: ora ordena, ora prohiba, no se dirige en vano al varón honrado, aunque no consigue conmover al malvado. No es posible debilitarla con otras leyes, ni derogar ningún precepto suyo, ni menos aún abrogarla por completo. Ni el senado ni el pueblo pueden liberarnos de su imperio; no necesita intérprete que la explique; no habrá una en Roma, otra en Atenas, una hoy y otra pasado un siglo, sino que una misma ley, eterna e inmutable, rige a la vez a todos los pueblos en todos los tiempos. El universo entero está sometido a un solo señor, a un solo rey supremo, al Dios omnipotente que ha concedido, meditado y sancionado esta ley”.

Por su parte, las leyes de los legisladores humanos deben basarse en esa ley suprema, natural y divina, “ley dada por los dioses a la especie humana”, y adaptarla y aplicarla a la sociedad civil y a sus circunstancias concretas. Aunque el ideal de la ley natural es irrealizable, queda siempre como una guía para los estadistas.

La obra de Cicerón tendrá gran gravitación no sólo en Roma sino en los siglos posteriores cuando sólo se conozca el pensamiento político griego por sus escritos y comentarios. Muere en el 43 cuando Roma se deshace en una cruenta lucha por el poder, con los triunviros Lépido, Marco Antonio y Octavio, quien pronto, tras la derrota de Marco Antonio (y Cleopatra, reina de Egipto), se erige como primer Emperador con el nombre de Augusto.

2. Augusto hace suyas las lecciones de Cicerón y se identifica con su Princeps, transformándose en el rector (guía), gubernator (administrador), moderator (piloto), términos que expresan más que el dominio, el sentido casi religioso del Príncipe, según Cicerón. De esta manera la Respublica  asume la forma monárquica imperial, casi como su forma ideal. Es la nueva ideología de Roma que impone la pax romana para iniciar una era fecunda en cultura, grandes construcciones y comercio.

Una ideología que se adapta a la gran extensión del imperio y de los pueblos conquistados, que se sigue elaborando al correr del tiempo y que nunca abandona el término “república” ni la ficción de un poder residente en el “populus romanus”, único capaz de nombrar a su emperador (el imperio no es hereditario). Es ese populus el dueño del imperio y no el emperador que no puede comportarse como un déspota oriental dueño de tierras y personas.
Pero el emperador sabrá, ya desde Augusto, hacerse reconocer como hombre providencial y llamado a la divinización (“apoteosis”), consagrándose al mismo tiempo como Sumo Pontífice de la religión romana.

Escritores y poetas, especialmente Virgilio, se encargaron de expandir y dar brillo a la ideología romana: Virgilio exalta los valores de la ideología augusta romana en las Bucólicas (39 a.C.) y en las Geórgicas (29 a.C.) y proclama una era nueva, un nuevo mundo, una edad de oro en paz, reconciliación  y armonía universales con textos que serán tenidos en cuenta por los escritores cristianos como anticipos de la llegada del mesías Jesucristo.Al mismo tiempo proclama los tradicionales valores del trabajo rural y manual para no sucumbir a la tentación exclusiva de la ciudad.

Finalmente, su libro la Eneida, calcado sobre el molde griego de la Ilíada de Homero, exalta a Eneas, un héroe griego que partiendo de Troya (en la Magna Grecia asiática) y tras pasar por la africana Cartago (rival de Roma), funda finalmente la ciudad de Roma cuya culminación es la obra de Augusto.
Así los tres grandes continentes (Asia, África y Europa) son unidos simbólicamente bajo el cetro de Augusto en Roma.
Roma se transforma entonces en una ciudad cósmica, llamada por los dioses para conducir al mundo. Ese es su destino o fatum.

De esta manera, en los tres libros de Virgilio tenemos los tres elementos esenciales de la ideología imperial: la llegada de la edad de oro que restablece la concordia, el retorno a la tierra nutricia mediante un imperio ecuménico (que cubre toda la ecumene o tierra habitada) y la tradición de la fundación mítica de Roma (con Rómulo y Remo, y la loba que los amamanta) que culmina en Augusto, elegido por los dioses para una misión especial a la cual no puede sustraerse.


Augusto, sabedor de que la sola ideología no es fácil de ser vivida por el pueblo, introduce pronto el culto a Roma y al emperador, representante directo del Dios Júpiter  (un culto que traerá pronto consecuencias a los cristianos, al negarse a semejante adoración) pues “él te ha puesto entre nosotros para desempeñar una función ante todo el género humano” (carta de Plinio a Trajano).
Es un culto netamente político por medio del cual todos los pueblos y todas las clases sociales rinden pleitesía al emperador y a la diosa Roma, que se constituye así en una ciudad ecuménica, una sólida unidad a pesar del gran pluralismo de pueblos, religiones y lenguas.
Cuando se introduzcan en Roma los cultos solares, desde el siglo II, entonces también el culto imperial se magnificará con un importante colegio de sacerdotes, y el emperador aparecerá como la teofanía del dios sol (Mitra).
En el 251 el culto (con prosternaciones y sahumerios ante su estatua) se vuelve obligatorio a todos los habitantes del imperio, pues hasta ese entonces sólo regía para magistrados, oficiales y soldados.
Por eso aún después de la conversión de Constantino al cristianismo, el emperador mantendrá el mismo rango religioso y la misma veneración (postrarse de rodillas, venerar su estatua) aunque relacionada con el Dios cristiano y con su Hijo Jesucristo. Esta era la tradicicón romana: la autoridad viene de Dios y representa a Dios, y el emperador es señor en lo civil y en lo religioso. De allí la paradoja de los cristianos, que opuestos primero a la adoración del emperador como representante de Júpiter, sabrán venerarlo y reconocerlo como lugarteniente de Cristo, hijo a su vez de Dios Padre. Entonces se pasará naturalmente a un Césaropapismo o Césaropontifismo, particularmente en el imperio de Oriente, donde el rey o emperador siempre fue visto como una manifestación divina.

Otro elemento fundamental de la nueva era romana es la construcción de las nuevas ciudades (sobre modelo de las ciudades helenistas), con sus grandes edificios públicos, basílicas y monumentos, como réplicas de Roma y signos de su presencia universal, entrelazadas por una excelente red de carreteras (muchas pavimentadas y conservadas hasta el día de hoy).
Por tanto, Roma se halla presente en cada ciudad donde se administra justicia en su nombre. Es el primer intento de globalización del mundo por entonces conocido.
Por eso en el 144, Elio Arístides, en un discurso dirigido al emperador Antonino Pio pudo decir: “Roma ha hecho realidad el viejo dicho, tantas veces repetido, de que la tierra es la madre y la patria común de todos los hombres. Hoy es posible, tanto a los griegos como a los bárbaros, ir a donde quieran, fácilmente y sin esfuerzo, como si pasaran de una patria a otra”.

Otro elemento fundamental de la propaganda ideológica romana es la utilización de una moneda única para el pago de los impuestos y tributos, una moneda que lleva la esfigie del emperador e inscripciones oportunas.
Inscripciones que utilizan palabras claves como concordia, paz, seguridad o libertad y que llegan a todos los hogares y habitantes.De esto se hacen eco los evangelios, preocupados por la posible acusación de desobediencia de los cristianos, Cuando los judíos le preguntan a Jesús si hay que pagar el tributo, él pide que se le muestre una moneda romana, pregunta de quién es la esfigie, y responde: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22,13-21)

Y todo este aparato ideológico es sostenido y reforzado por la constante presencia del ejército de las legiones romanas, un ejército profesional y altamente especializado, constituido por ciudadanos romanos con el apoyo de fuerzas auxiliares extranjeras y mercenarias.
De este ejército dependía en definitiva la economía del imperio, basada en la esclavitud, necesaria especialmente para el cultivo agrario y la producción masiva de cereales.
El ejército sumamente profesionalizado y permanente (llegará a contar más de 600 mil soldados), no solo agregaba nuevas tierras que pasaban a manos de la oligarquía senatorial y de los soldados vencedores, sino que proporcionaba la mano de obra que suplantaba cada vez más a los pequeños propietarios  llamados a las armas o muertos en las batallas.


El resultado fue la aparición novedosa en la antigüedad de los latifundios, en manos de pocas familias nobles, y no del rey como en las monarquías orientales. Poco a poco el cultivo de los latifundios quedó totalmente en manos de los esclavos, mientras que sus dueños vivían en las ciudades y se dedicaban a la política y al ocio.
De esta forma, si para el siglo III antes de Cristo había en Italia unos 4 millones de personas libres para 600 mil esclavos, ya para el siglo I libres y esclavos tenían igualdad numérica. La esclavitud masiva se extendió después hacia el resto de Occidente, España y Galia, mientras que en Oriente fue más ocasional, debido a los minifundios en manos de campesimos libres y al activo comercio.

Pero toda esta estructura política y económica, dependiente del ejército, tuvo su soporte en una importante novedad propia de los romanos: el derecho civil privado y el derecho público, la mayor aportación de Roma a la civilización hasta el día de hoy.
El derecho civil, ius civile, se distinguía del  ius gentium, aplicable a las relaciones itnernacionales; ambos constituían el ius publicum opuesto al ius privatum, de uso interfamiliar.
Fue un Derecho desarrollado lentamente y regulaba meticulosamente las relaciones interciudadanas especialmente en cuanto a la propiedad privada, que era garantizada por la ley, al igual que los contratos (compra, venta, alquiler, arrendamiento, herencia, fianza) y convenios familiares y testamentarios.
Con Roma aparece la jurisprudencia civil, más importante incluso que el derecho público estatal e interestatal, y de gran gravitación hacia finales de la Edad Media e inicios de la Moderna cuando sea redescubierta y aplicada a la propiedad privada suplantatoria de la propiedad feudal.
Grandes codificadores del derecho romano serán Papiniano y Ulpiano, bajo los emperadores Severos.

Para los romanos, la propiedad privada era un derecho absoluto, cuyo título era reconocido y defendido en todos los casos por el Estado.

Con el derecho privado y público, también apareció el impuesto único y universal sobre la base de censos muy exactos; el servicio del correo imperial; mejoras en las pagas a los soldados y jubilación a los que eran dados de baja; el control de los tumultos populares por cuerpos especiales y un programa de construcciones para dar trabajo a miles de desocupados que no tenían otra forma de alimentarse más que recurriendo al reparto gratuito de trigo.

3. TEORÍA POLÍTICA DE SAN AGUSTIN (354-430)

a) Africano, hijo de santa Mónica, maniqueo y después católico, amigo y discípulo de san Ambrosio, obispo de Milán, Agustín fue obispo de Hipona (Africa) y el gran Padre de la Iglesia de Occidente, escribiendo en latín varias obras entre las que se destaca para nuestro estudio: “La Ciudad de Dios”., escrita entre el 413-427. Son también famosas sus Confesiones.

San Ambrosio (340-397) se destacó por su celo apostólico, amor a los pobres, estudio de la teología, sentido de organización (había sido un alto funcionario del Estado) y equilibrio entre el poder civil y el religioso. Defiende la autonomía de la Iglesia, pero también la independencia del Estado. Escribió numerosos tratados dogmáticos y exegéticos, siendo el creador de varios himnos litúrgicos. Se le atribuye el Te Deum, tradicional himno de acción de gracias, cuyo autor fue un tal Nicetas hacia el 350.

Agustín es el primer autor que trata el tema de la sociedad civil a la luz de la nueva situación dada por el encuentro del cristianismo con la filosofía grecorromana y con la moral estoica, dentro del nuevo marco del constantinismo. 
Conocedor y profundo admirador de Platón, a quien lee en los escritos de Cicerón, elabora un nuevo pensamiento político, procurando conciliar su fe en las Escrituras con la razón filosófica, “esa cualidad por la cual Dios nos ha elevado por encima de las bestias”.
Dada la constante relación entre el orden espiritual y el temporal, Agustín intenta correlacionarlos en un pensamiento orgánico que no pudo evitar el clima polémico del momento: lucha contra los maniqueos, donatistas y pelagianos, y la aguda crisis del imperio jaqueado por los bárbaros.

Como la visión de los maniqueos de la Iglesia era netamente espiritualista, y eran enemigos declarados del matrimonio y de la sexualidad, por lo que o se dedicaban a una dura vida ascética o a un completo libertinaje sexual promiscuo, serán perseguidos tanto por el Imperio como por la Iglesia oficial. También algunos propiciaban el sacerdocio femenino, habida cuenta de la nula importancia en la distinción de sexos, dado que lo único importante era el espíritu.

Los donatistas, fundados por el obispo africano Donato (+355), eran un movimiento rigorista y puritano que buscaba sus raíces en el cristianismo primitivo, por lo que condenaban a la iglesia mundana de tipo constantiniano, teniendo una postura nacionalista hostil a Roma. Sostenían que la eficacia de los sacramentos dependía del estado de gracia del ministro sacerdotal.

Los pelagianos, fundados por el monje Pelagio (+418), sostenían que el hombre, como tal, con la sola fuerza de la naturaleza humana, puede evitar el pecado y hacer méritos para el cielo. Lo que suponía dudar de la necesidad de la gracia salvadora de Dios, tema importante en san Agustín y, siglos después, en el agustiniano Lutero. El pelagianismo fue condenado por el Papa Zósimo (417-418).


b) La naturaleza de la sociedad civil. El problema de la virtud


1. El centro de la enseñanza agustiniana es el tema de la virtud, ya tratado por los filósofos griegos y tema importante en la Biblia en relación con el Decálogo. El hombre es un ser social que sólo en una comunidad política puede alcanzar su perfección.
La justicia es la virtud típica del ciudadano y la que ordena a todos hacia el bien común: de ella dependen la unidad y la nobleza de la sociedad, y es fundamento de la paz, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir.
Como Cicerón, también Agustín define a la sociedad civil o república como “una reunión de hombres, asociada por un reconocimiento común del derecho y por una comunidad de intereses”, siendo su base la justicia, sin la cual no puede haber derecho, y viceversa.Sólo se aparta de los filósofos clásicos en cuanto niega que la sola virtud y justicia natural puedan constituir una sociedad justa, ya que son impracticables sin el apoyo de la “gracia” (ayuda divina) y de la justicia (salvación) dada por la fe. La radical flaqueza y pecaminosidad humana (pecado original) hacen necesarios el auxilio de Dios y la redención.

Desde un esquema dualista platónico, Agustín distingue el cuerpo del alma o espíritu, orden inferior y orden superior, postulando la subordinación del primero al segundo, pues el espíritu debe gobernar con el apoyo de la razón, y ésta con el de Dios. 
Es la misma jerarquía que debe reinar en toda sociedad: la sociedad civil subordinada a gobernantes sabios, cuyos espíritus deben subordinarse a la ley divina.Si en un comienzo de la humanidad existió total armonía entre cuerpo y alma, ese equilibrio fue roto por el pecado de Adán, transmitido desde entonces a todos los hombres como “pecado original”. Por sus efectos, ahora reina el vicio y el desenfreno que imponen el primado de las pasiones y del egoísmo por encima del bien común, con sus secuelas de esclavitud y avaricia (propiedad privada descontrolada).

San Agustín desarrolla y amplía ideas ya presentes en las Cartas de Pablo. Por eso la sociedad política debe ser necesariamente punitiva y correctiva, y su papel es básicamente negativo, o sea, castigar a los malhechores y contener el avance del mal mediante la fuerza.
En esta situación, tanto el hombre como la sociedad sólo pueden ser salvados con la ayuda divina, la gracia, don gratuito de Dios que no puede ser merecido por ningún ejercicio de la virtud (importante tema de la reforma de Lutero).
Esta gracia salvadora es dispensada por medio de la Iglesia, con quien colabora la sociedad civil creando condiciones para la paz social y para el ejercicio de la obra eclesial de enseñanza y ministerio salvador.Es evidente, pues, el escaso valor que Agustín concede a la sociedad política.

2. San Agustín distingue y complementa, al mismo tiempo, la ley suprema divina y eterna (voluntad de Dios o Providencia), fuente de toda justicia y bondad, con la ley natural impresa en el espíritu humano como su expresión, como ya afirmara san Pablo, y explicitada en los mandamientos. Esta ley divina justa impone después de la muerte premios y castigos.

En cambio, la ley temporal humana varía de acuerdo al tiempo y al lugar, y aunque imperfecta, es justa y debe obedecerse. Existe para los imperfectos que necesitan su regulación y su censura, conciliando lo deseable con lo posible.La ley humana, los legisladores y los jueces son muy imperfectos (con errores en los juicios, castigos a inocentes, etc.) y sólo juzgan actos externos. Obedecer solamente a esta ley humana no es signo de por sí de virtud, que implica una aceptación interna de la bondad de los actos.

De las intenciones y actitudes internas se ocupa la ley divina.Esta ley divina también debe ir acompañada de premios y sanciones, pues de otro modo no existiría un orden justo, especialmente para los inocentes que sufren injusticia en esta vida. Dios conoce íntimamente las acciones humanas presentes, pasadas y futuras, y juzga desde ese conocimiento.
Que Dios también conozca el futuro no es obstáculo para el libre albedrío o libertad del hombre  (Se trata de un tema de por sí conflictivo hasta el día de hoy: cómo se puede ser libre si Dios sabe la forma cómo actuaremos y sus causas)


3. Consecuente con estas ideas, Agustín desenmascara los vicios del imperio romano, especialmente la esclavitud y la opresión de otros pueblos. Las conquistas son consideradas como formas de latrocinio, fruto de la codicia, viciadas por los crímenes y por la impunidad. Roma estuvo marcada por la grandeza, pero no por la virtud; por la sed de gloria y conquista, pero no del bien común.
Esa gloria ha sido eclipsada por Cristo, sol de justicia, cuya llegada opacó el fulgor de los héroes del paganismo, muy inferiores también a los “testigos” o mártires de la fe. Agustín, miembro activo del imperio, funda así una larga corriente de desprestigio del imperio romano que contrasta con las nobles historias de Tito Livio y otros escritores y filósofos romanos.

En la Edad Moderna. Maquiavelo retomará los escritos de Tito Livio que inspirarán sus ideas.A esta crítica moral, Agustín agrega la crítica al politeísmo y a la mitología pagana, a pesar de los intentos de una teología natural de autores como Cicerón y Varrón (y antes, de los filósofos griegos).

c) Las dos ciudades y la dicotomía entre religión y política
1. Las consideraciones anteriores llevan a san Agustín a su más original aporte a la filosofía política: la doctrina de las dos ciudades, o sea, sociedades.En el mundo existen fundamentalmente dos tipos de sociedades a las que pertenecen todos los hombres de todos los tiempos: la ciudad de Dios y la ciudad terrena.

La Ciudad
de Dios no es una sociedad separada que exista al lado de la terrena, como si fuese una teocracia. Ambas ciudades coexisten más allá de los límites geográficos o culturales, sin ser identificadas con ninguna sociedad en particular.Su distinción se funda en la virtud o el vicio, teniéndose en cuenta que la única virtud es la cristiana.
·       La Ciudad de Dios no es sino la comunidad de quienes siguen a Cristo y adoran al verdadero Dios cumpliendo su voluntad con la vida santa y aceptando su palabra. Sólo allí está la verdadera justicia. Su estado perfecto y culminación sólo se consigue en la otra vida: es la “ciudad celestial”.

·      
La Ciudad Terrena, en cambio, es el conjunto de personas que se guían por el amor propio y viven de acuerdo “a la carne”, palabra bíblica que indica al hombre natural que no se guía por los mandatos divinos sino por todo tipo de vicios, sin amor a la virtud y a la verdad.
La Ciudad Terrena es la antítesis de la obediencia (“madre de todas las virtudes”) y de la sumisión a Dios, siendo su antepasado nato Caín y Adán en cuanto rebelde a la orden divina.
En este sentido, se puede pertenecer a la iglesia visible, o sea estar bautizado, pero ser miembro de la ciudad terrena; y viceversa, no ser miembro de la iglesia y pertenecer a la Ciudad de Dios (hombres honestos de buena voluntad e intención).
Sólo Dios conoce lo íntimo del corazón humano y sabe quién pertenece a su ciudad.
 Por lo tanto, en esta vida ambas ciudades coexisten mezcladas, como el trigo y la cizaña de la parábola evangélica que crecen juntos hasta la época de la siega.
Por eso, la Ciudad de Dios no suprime la necesidad de una sociedad humana o civil, sino que ambas se complementan. La sociedad civil aporta los bienes materiales que el hombre necesita y que pueden ser instrumento para el bien del alma.

El cristiano tiene, pues, una doble ciudadanía y con ambas consigue su fin supremo y la felicidad aquí en la tierra y en la otra vida del cielo.

2. Esto plantea una clara distinción entre autoridad civil  y autoridad religiosa, en este caso cristiana y eclesiástica, con todos los conflictos que es de suponer (y que se darán a lo largo de la historia) cuando sus mutuos intereses no coinciden; y con toda la armonía cuando la sabiduría cristiana concuerda con el poder político. O sea, cuando el príncipe es cristiano y vive como tal.

A pesar de esta doctrina, Agustín no tiene una teoría detallada sobre las jurisdicciones del Estado y de la Iglesia, tarea que será realizada en los siglos siguientes.
En cambio, establece la necesidad de que la Iglesia recurra en casos extremos al brazo secular cuando deba reprimir a herejes y cismáticos, algo que él mismo hizo cuando tuvo que reprimir a los herejes donatistas con apoyo del gobierno romano, y cuando se le agotaron las demás posibilidades de acuerdo. Aún en este caso, Agustín exigió moderación, algo que no imitarán en los siglos posteriores quienes seguirán esa norma como algo absoluto (persecución indiscriminada de los herejes con acuerdo común entre brazo secular y brazo eclesiástico).El incidente con los donatistas (herejes y nacionalistas antiromanos) creó un antecedente que tendrá gravísimas consecuencias en el futuro. El mismo Lutero apelará al argumento de Agustín en la represión armada contra católicos y campesinos.

3. San Agustín se vio obligado también a responder a quienes afirmaban que la conversión del imperio al cristianismo, lejos de fortalecerlo, lo debilitaba cada día más y no generaba fuerzas suficientes ante los bárbaros que ya invadían desde las fronteras germanas.
El momento culminante fue la caída de Roma ante Alarico en el año 410 (Agustín muere en el  430 cuando llegan los vándalos a Hipona)
El pensamiento de Agustín tendrá variadas vicisitudes a lo largo de la Edad Media, hasta ser opacado por la Escolástica, especialmente de Santo Tomás; pero el franciscanismo de Inglaterra en Oxford lo hará resurgir con gran vigor. Lutero lo hace suyo para establecer las bases de la Reforma, de allí su posterior importancia.

4. Otros creadores de la nueva ideología 


a) Además de Agustín, debemos citar como nombres importantes de esta época en orden a la creación de la nueva ideología, al Pontífice León I el Grande (440-461), testigo del tumultuoso final del imperio, y famoso por cubrir el vacío de poder  civil en Roma y detener a Atila.
Precisamente en esta época el obispo de Roma comienza a ser llamado “Pa-pa”, abreviatura de Padre de los Padres (Pater patrum).
León I fue el primer papa que formuló con cierta claridad el principio del régimen monárquico de la iglesia romana, hablando de sí mismo como sucesor de los poderes de Pedro, igual a los otros obispos en cuanto al orden sagrado, pero superior a todos en la potestas regendi (poder de gobernar). Al mismo tiempo, el Papa está por encima del emperador, en cuanto éste es “hijo de la Iglesia”.

b) Más decisivo es el aporte del papa Gelasio I, quien en el 494, no sólo afirma el principado del Papa sobre toda la Iglesia (contra el patriarca de Constantinopla) sino que en una carta al emperador Anastasio, expresa un pensamiento inimaginable para el hombre antiguo, pues declara que el poder espiritual es completamente independiente y superior al poder temporal.
En efecto, afirma que “la potestas os ha sido dada por el cielo y sobre todos los hombres… con el fin de abrir el camino que conduce a los cielos, y de que el reino de la tierra sea servidor del reino celestial”.
Aunque el emperador recibe su poder directamente de Dios, queda bajo supervisión del poder eclesiástico, único con derecho de juzgar universalmente. Jesucristo fue rey y sacerdote, y ahora concede el reinado al emperador y el sacerdocio al papa; pero el papa es también, por la generosidad de Cristo, rex et sacerdos.

El emperador ejerce su poder por la fragilidad humana y para evitar que el Papa se mezcle en cuestiones seculares. O sea, aunque el Papa puede exigir ambos poderes, sólo ejerce el espiritual por motivos prácticos. Una idea que tendrá completo desarrollo siglos después con Gregorio VII e Inocencio III, cuando el Papa sea considerado no sólo como sucesor de Pedro sino como “Vicario de Cristo”.

c) Pero ya en el siglo VII, el obispo Isidoro de Sevilla completa la ideología de Pelagio sobre la “plenitud de la potestad” de la Iglesia. Siendo ésta el “Cuerpo de Cristo”, el príncipe es sólo un miembro o brazo secular que debe apoyar al sacerdocio mediante la coacción (terror) a fin de que “los pueblos se alejen del mal y obedezcan las leyes para vivir rectamente”.

De esta forma, la coacción y el miedo pasan a ser elementos normales de la nueva ideología del orden cristiano.

Todas estas ideas de  la iglesia de Occidente chocan contra la ideología y praxis de Oriente que considera al emperador como cabeza de la Iglesia (Césaropapismo): no sólo puede decretar sobre cuestiones de fe, sino que también legisla sobre las funciones y estructura orgánica de obispos y sacerdotes. El emperador es sacerdote y rey, como otro Cristo, y por lo tanto, está por encima de todo poder temporal y espiritual.  Por tanto, tanto en oriente como en occidente hay teocracia e integración de la sociedad civil con la religiosa (integrismo).

La discusión fue por la supremacía de uno u otro poder, lo que provocó desde este momento una agudización de los conflictos entre ambas iglesias, y entre el emperador bizantino y la iglesia romana. Un largo conflicto que llevará a la ruptura de ambas iglesias, consumada hasta el día de hoy por el Patriarca Cerulario en el 1054.

d) En este orden de cosas, también se destaca el papa san Gregorio Magno (590-604), primer pontífice de la edad media propiamente dicha, pero aún en el cierre de la antigua.
No solamente se opuso a las pretensiones bizantinas de someter al papado, pues entiende que el obispo de Roma es la cabeza de “la sociedad de la república cristiana”, sino que da un gran prestigio a Roma actuando como prefecto de la ciudad con una excelente adminstración, presagiando así la autonomía de los futuros Estados Pontificios.

También impulsó la evangelización de los nuevos pueblos y estableció vínculos positivos con los franco-germanos y los británicos, ordenando que no se destruyan sus templos sino que se los convierta en templos cristianos. 
Gregorio prepara el terreno para la alianza del papado con los reinos francos y para la instauración del nuevo imperio romano de occidente.

En síntesis: tres nombres fundamentales para crear la ideología cristiana medioeval: Agustín, Gelasio y Gregorio.    

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