Historia Cultural 1- Antigüedad, Grecia, Filosofía, Roma, Jesús. Cristianismo. S Benetti

IDEOLOGÍAS, HISTORIA Y CULTURA DE OCCIDENTE

Lic. Santos Benetti

Ofrecemos a nuestros usuarios un trabajo inédito, aunque utilizado por el Instituto Enrique Angelelli, sobre los grandes movimientos políticos, filosóficos, religiosos y culturales que gestaron la historia de Occidente, de la que somos parte.

 Se trata de una extensa publicación: 
·         Que da una visión global de la historia, de la cultura y de las ideologías de Occidente, desde la antigüedad griega y semita hasta nuestros días.
·         Que tiene en cuenta todas las instancias de la historia y de las ideologías, contemplando especialmente los aspectos políticos y sociales, pero también los religiosos, en particular la historia del cristianismo como un elemento integrador de nuestra cultura occidental.
·         Que no se queda en una lectura parcial desde Europa o desde algún país europeo, sino que incluye los procesos de América, en especial de América Latina.
·         Que nos permite mirar la historia como un gran proceso del que todos somos parte y actores, sin maniqueísmos ni concepciones reduccionistas.
·         Que no es solamente para especialistas, sino que puede ser leído por cualquier ciudadano interesado, sea en los ámbitos escolares como fuera de ellos, ya que todo ciudadano tiene derecho a saber de dónde viene, dónde está y hacia dónde va, para poder actuar con responsabilidad y sentido participativo.

Hoy tomamos conciencia de que todos tenemos el derecho y el deber de saber desde qué largo y complejo proceso hemos llegado a donde estamos hoy, quizás sin recordar, como tampoco lo recuerdo yo, cada detalle de la historia y cada frase de tal o cual ideólogo o filósofo, pero dándonos cuenta de que existe un proceso que en definitiva condujo a la historia al punto que hoy vivimos.
 

ESQUEMA

Los más de 3000 años de los que nos ocupamos, desde la Antigüedad a nuestros días, vienen divididos en siete Módulos que corresponden a otros tantos períodos:

En el Primero, nos introducimos al mundo político de Grecia y Roma, previo encuadre general de la historia antigua y de los grandes movimientos del pensamiento humano.

En el Segundo, retomamos  la historia de Roma, para ocuparnos de Jesús, del cristianismo primitivo y del desarrollo de la Iglesia hasta Constantino y San Agustín.

En el Tercero, hablamos de la Edad Media y de su proyecto de Cristiandad, con las crisis de la baja Edad Media.

En el Cuarto, abordamos la problemática de los comienzos de la Modernidad en el siglo XVI, con el Renacimiento, el Humanismo y la Reforma Protestante.

En el Quinto, continuamos con la Modernidad que se afirma en los siglos XVII y XVIII con los grandes filósofos modernos y que se desarrolla dentro del Absolutismo para desembocar en la Revolución Francesa.

En el Sexto, contemplamos las grandes transformaciones políticas, sociales y científicas del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Es el fin de la modernidad y de su proyecto humanista, con el enfrentamiento del capitalismo y del socialismo.

En el Séptimo, finalmente, abordamos la segunda mitad del siglo XX desde la terminación de la segunda guerra mundial hasta el fin del milenio.

Es el inicio y desarrollo de la nueva era de la Posmodernidad.

Para cada Módulo también publicamos en esta sección de la Página web una “Guía Histórica” que detalla cronológicamente tanto los sucesos del devenir histórico como los diversos elementos culturales que van apareciendo, de esta forma el lector tiene una visión de conjunto de la vida de cada época.

Como el lector puede observar, el libro le da un “armazón” histórico, político y filosófico de Occidente, con vistas a que cada uno lo profundice y amplíe según su gusto y necesidades.
Lo importante es este ir “barriendo” toda la historia como un conjunto y como un proceso que no admite lugares estancos ni esquizofrenizaciones de ningún tipo, estemos o no de acuerdo con los sucesos o ideologías que se desarrollaron y con las interpretaciones que sus actores les dieron. 

Una palabra sobre el sentido de ” IDEOLOGÍA “


El lector bien sabe que la palabra “ideología” fue utilizada con cierto sentido un tanto peyorativo, casi como una forma cerrada de pensamiento.
En este libro le damos a la palabra un sentido amplio y positivo, indicando las formas de pensamiento, los paradigmas interpretativos y la cosmovisión que cada época o autor particular ha tenido o tiene.

Desde este concepto, hablamos sin más de ideología de los griegos, de los romanos, del mundo bíblico, de Jesús, de la Cristiandad, de la Modernidad y de la Posmodernidad, ideologías que nunca son tan compactas ni unitarias como a primera vista pudieran parecer.


No sin olvidar que cada uno de nosotros tiene una determinada ideología, a menudo no suficientemente reflexionada ni elaborada, pero siempre presente en nuestro psiquismo y en nuestra cultura como un “desde donde” interpretamos los sucesos de la historia, los insumos culturales, las disputas políticas, las guerras, como también la relación de religión y sociedad, las relaciones varón-mujer, etc.
Los sucesos cronológicos de por sí no significan nada hasta que se les dé un determinado significado. En ese momento opera la ideología y hacemos ideología.   

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

Nuestra originalidad radica, no en la suma de datos sino en la metodología de aprender a mirar el conjunto, dentro de cada etapa histórica, y a lo largo de toda la historia.
Así, pues, hemos utilizado libros existentes sobre determinados temas y asuntos, sin citarlos en cada caso, siguiendo sus ideas o realizando síntesis ajustadas a nuestro propósito, agregando en todo caso aquellas interpretaciones e ideas que nos parecieron oportunas, sin saber si son originales o no, habida cuenta de que todos somos hijos de una cultura que nos empapa y que nos da mucho más de lo que nosotros le podemos aportar. En consecuencia:

1.      
Para la confección de la Guía Histórica tuvimos en cuenta:

–          “Atlas histórico mundial”, Kinder y Hilgemann, 2 volúmenes, Ed. Istmo, Madrid 1996
–          “Cuadro Sinóptico” de “Historia de las Ideologías”, Chatelet y Mairet, Akal, Madrid 1989
–          “Diccionario enciclopédico Espasa”, 5 vol., Espasa-Calpe, Madrid 1993
–          “Enciclopedia visual del Siglo, Videoteca”, 14 videos, Clarín, Buenos Aires 1998.
–            Manuales varios de historia general y de historia religiosa.
–          “Historia del cine”, D. Parkinson, Ed. Destino, Barcelona 1998.

2.      
Para el planteamiento de los procesos históricos:

–          “Historia de las Ideologías”, Chatelet y Nairet, Akal, Madrid 1989.
–          “Historia de las ideas políticas”, J. Touchard, Tecnos, Madrid 1996. Libro particularmente recomendable por la extensa bibliografía que trae, incluso con títulos en lengua castellana.
–          “Transiciones de la antigüedad al feudalismo”, P. Anderson, Siglo XXI Editores, 22 edidicón,  Madrid 1997.
–          “El Estado absolutista”, P. Anderson, Siglo XXI Editores, 14 edición, Madrid 1996.
–          “Historia de la Edad Media”, J. Heers, Labor Universitaria, Barcelona 1976.
–          “Historia contemporánea”, J. Nèrè, Labor Universitaria, Barcelona1980
–          “La edad contemporánea, 1945 hasta hoy”, P. Villani, Ariel Historia, Barcelona 1997.
–          “La gran aventura de la Humanidad”, A. Toynbee, Emecé, Buenos Aires 1985.
–          “Del estado liberal a la nación católica”, L. Zanatta, Universidad Nac. de Quilmes 1996.
–          “Historia de América Latina”, L. Bethell, 12 vol., Crítica-Grijalbo, Barcelona 1997.
–          “Elementos para el Análisis Político. La Argentina y el Cono Sur en los ´90”, Compilador E. Kvaternik, Ed. Universidad del Salvador, Paidós, Buenos Aires 1998.
–          Manuales varios de Historia General, Europea, Americana y Argentina.
–          “Atlas histórico mundial”, Kinder y Hilgemann, 2 volúmenes, Ed. Istmo, Madrid 1996

3.      
Para la presentación detallada de la filosofía política de los distintos pensadores, nos hemos ceñido al esquema e ideas de varios libros especializados, particularmente los tres primeros de la lista, :

–          “ Historia de la filosofía política”, compiladores Strauss y Cropsey, Fondo de Cultura Económica, México 1993. Básicamente hemos resumido los principales artículos de este libro, adaptándolos a nuestro propósito, con aportes de:
–          “Historia de las Ideologías”, Chatelet y Nairet, Akal, Madrid 1989.
–          “Historia de las ideas políticas”, J. Touchard, Tecnos, Madrid 1996. Libro particularmente recomendable por la extensa bibliografía que trae, incluso con títulos en lengua castellana.
–          “Historia general del pensamiento histórico-filosófico”, Zuccherino Ricardo, Ed. Depalma, BS Aires 1993
–          “Historia de la filosofía”, 2 tomos, Copleston F, Ariel, Madrid 1980
–          “Diccionario de filosofía”, Ferrater Mora, Alianza, Buenos Aires 1982
–          “Historia de la ética”, Mac Intyre, Paidós, Barcelona 1988
–          “Introducción a la filosofía”, Hartman Nicolai, Universidad Nac. de México, 1967
–          “Tres modelos de democracia”, Habermas Jürgeb, Universidad de Valencia, Valencia 1994
–          “Norberto Bobbio: el filósofo y la política”, Antología de J. Fernández Santillán, EFE, México 1966.
–          “Manual de Ciencia Política”, Pasquino y otros, Alianza Universidad Textos, Madrid 1996
–          “Elementos de teoría política”, Giovanni Sartori, Alianza Singular, Madrid 1992.
–          “Sociología política”, J. Lagroye, EFE; Buenos Aires 1993.
–          “Manual de la Constitución Nacional”, M. De Ruiz, Ed. Heliasta, Buenos Aires 1997
–          “Diez textos básicos de ciencia política”, Almond y otros, Ariel Ciencia Política, Barcelona 1992.
–          “El Estado responsivo y la nueva era productiva”, J. Kerz, Samhall, Santa Fe 1997
–          “La estructura de las revoluciones científicas”, T.S. Kuhn, Fondo de Cultura Económica, México 1985
–          “Perspectivas del hombre”, R. Garaudy, Ed. Platina, Buenos Aires 1965
–          “Historia de la filosofía”, J. Marías, Biblioteca Revista de Occidente, Madrid 1981
–          “Breve historia de la filosofía”, J. Hirschberger, Herder, Barcelona 1971
–          “Crítica de la Modernidad”, A. Touraine, EFE, Buenos Aires 1994
–          “Qué es la Democracia”, A. Touraine, EFE, Buenos Aires 1995
–          “Democracia y complejidad”, D. Zolo, Nueva Visión, Buenos Aires 1992
–          “El futuro de la democracia”, N. Bobbio, EFE, Argentina 1993
–          “Democracia III. La última democracia”, C. Strasser, Sudamereicana, Buenos Aires 1994
–          “Hacia una nueva era política”, M. Garretón, EFE, Chile 1995
–          “Sociedades sin atajos”, Calderón y Dos Santos,Paidós, Buenos Aires 1995
–          “Cultura e identidad en América Latina”, Gissi y otros, ICHEH, Chile 1995
–          “Desarrollo con equidad”, Cepal-Clad-Sela, Nueva Sociedad, Venezuela 1996
–          “Qué es el liberalismo”, A.M. Ezcurra, Lugar Editorial, Buenos Aires 1998
–          “La nueva cuestión social. Repensar el Estado Providencia”, P. Rosanvallon, Manantial, Buenos Aires 1995
–          “Filosofía, modernidad y posmodernidad”, M. López Gil, Biblos, Buenos Aires 1996
–          “Giovanni Vattimo. Filosofía, política, religión. Más allá del pensamiento débil”, Berciano y otros, Edic. Nobel, Oviedo, España 1996
–          “Libertad, poder y discurso”, J. De Zan, Almagesto, Buenos Aires 1993
–          “Postmodernidad y neoconservadurismo”, J. Mardones, EVD, Estella, Navarra 1991
–          “El problema de la educación”, M.F. Sciacca, Ed. L. Miracle, Barcelona 1962
Contamos además con  los aportes del Prof. Pablo Sosa, especializado en filosofía, especialmente en los temas referidos a Kant y al Idealismo.

En cada Módulo, vamos citando los diversos libros de los distintos filósofos de los que nos ocupamos. También el lector encontrará la cita de otros libros utilizados para aspectos determinados.


4.      
Para toda la problemática del Cristianismo y de la historia de la Iglesia:

–          “Política, poder y corrupción en la Biblia”, S. Benetti, E. San Pablo, Buenos Aires 1996, libro que aporta además una bibliografía básica en castellano.
–          “Diccionario de la Biblia”, Herder, Barcelona 1963.
–          “Ideología e Historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico”, G. Puente Ojea, Siglo XXI, Madrid 1993.
–          Del mismo autor y editorial: “El evangelio de Marcos. Del Cristo de la fe al Jesús de la historia” y “Fe cristiana, Iglesia, Poder”.
–          De Santos Benetti: “Jesús y su proyecto político”, “Jesús y el cambio social”, “Jesús y la cuestión política”, Lohlé-Lumen, Buenos Aires 1998.
–          “Historia de la Iglesia”, J. Lortz, 2 vol., Cristiandad, Madrid 1982.
–          “El mundo del nuevo testamento”, Leipoldt y Grundmann, Cristiandad, Madrid 1975.
–          “Jesucristo y la mitología”, R. Bultman, Ariel, 1970
–          “Historia de las creencias y de las ideas religiosas”, M. Eliade, 4 vol., Cristiandad, Madrid 1983..
–          “Teología de la liberación”, G. Gutiérrez, Sígueme, Salamanca 1979.
–          “Doctrina social de la Iglesia. Ordenamiento temático y cronológico de textos pontificios”, M. Strubbia, 2 vol., E. Paulinas, Buenos Aires 1992
–          “Argentina, tiempo de cambios. Doctrina social de la Iglesia”, Farrell y otros, San Pablo, Buenos Aires
–          Documentos de Medellín, Puebla y Santo Domingo, de la Conferencia del Episcopado latinoamericano. Por Ediciones Paulinas.
–          “Documentos del Concilio Vaticano “, BAC, Madrid 1969.
–          “La doctrina social de la Iglesia”, Antoncich y Munáriz, Cristianismo y Sociedad, E. Paulinas 1986.
–          “Los Evangelios y el poder político en América Latina”, P. Deiros, Nueva Creación, Buenos Aires 1986.
Autoritarismo y democracia en la Biblia y en la Iglesia”, R. Dri, Biblos, Buenos Aires 1996

MÓDULO    1

IDEOLOGÍAS  DE  GRECIA  Y  ROMA
INICIO DE LA FILOSOFÍA  POLÍTICA

1. UN ESCENARIO MUNDIAL PARA  LA DEMOCRACIA Y LA REPÚBLICA

a)      Unos tres mil años después que la cultura se desarrollara ampliamente en Medio Oriente, Mesopotamia y Egipto, se inicia la historia de Occidente que desde el helenismo y desde el imperio romano afianzará su vocación hegemónica en el mundo.
La cultura y las ideologías de Occidente tienen dos elementos fundantes:  la cultura greco-romana y el insumo judeo-cristiano.

Aunque al insumo bíblico-judío le dedicamos capítulos especiales, no está mal que recordemos que, cinco siglos antes de la época clásica griega, los hebreos se habían constituido en una alianza de dos reinos (Israel y Judá) unidos bajo la corona de David, tras el fracaso de Saúl en su lucha contra los filisteos. Finalizó así el largo período en que vivieron bajo el régimen de tribus independientes y con relativa “democracia”, sólo unidas cultural y religiosamente, y militarmente cuando había peligro de guerra exterior.
De esta forma, la tradicional praxis tribal de elegir a sus “jueces” por decisión popular y consejo de los profetas se transformó en una monarquía teocrática que rápidamente le quitó a las tribus sus derechos, convirtiéndose el Israel davídico en una réplica exacta de las demás monarquías cananeas, a imitación de los grandes reinos de Egipto y Mesopotamia.

El imperio de David se prolonga con su hijo Salomón, cuya política centralista y altamente tributaria provocó, a su muerte, la separación de ambos reinos: el de Israel, al norte (capital, Samaría) que era el más grande y poderoso, y el de Judá (cuya capital era Jerusalén) compuesto de dos tribus, Judá y Benjamín.

Los hebreos, semitas que adoptaron la cultura cananea y el alfabeto fenicio, tuvieron la genialidad de legarnos su historia, costumbres y religión en numerosos libros que fueron constituyendo la Biblia y que comienzan a redactarse en esta época, para finalizarse un siglo y medio antes de Cristo.
La Biblia es el libro religioso básico de tres grandes culturas: judaísmo, cristianismo e islam.

En este período, ya instalados los etruscos en Italia desde el 900, se funda la ciudad de Roma (750, oficialmente el 21 de abril del 753) que, bajo régimen de monarquía (los legendarios siete reyes) iniciará una lenta conquista de los etruscos y del centro de Italia.

Por su parte Grecia, tras la conquista de los dorios (hacia el 1000) se va organizando en ciudades-estado con los grandes legisladores.

b) Entre tanto, crece el imperio asirio, militarista y cruel, inaugurando el método de las deportaciones masivas de los pueblos para destruir su identidad. Los asirios conquistan el Cercano Oriente, liquidando el reino de Samaría en el 721, pero sucumben un siglo después tras varias oleadas de insurrecciones, y Babilonia asume la hegemonía hacia el 605 con Nabucodonosor, llegando sus conquistas hasta las puertas de Egipto, mientras cae el reino de Judá en el 586, cuyos habitantes más distinguidos (unos cuatro mil) son deportados a Babilonia, donde logran supervivir gracias a su fe, a la creación de las sinagogas y a la acción de los profetas Ezequiel e Isaías Segundo.

c) En ese período, en Grecia comienza a erigir su hegemonía la ciudad-estado militarista de Esparta, con una estricta legislación atribuida a Licurgo, mientras el severo Dracón y después Solón elaboran las leyes de Atenas. Las ciudades griegas se expanden hacia las islas y la costa occidental de Asia (la Magna Grecia), fundando prósperas colonias .

Compiten con los fenicios que extienden su comercio hacia occidente, sentando bases militares y comerciales, especialmente en Cartago, para llegar hasta España. De los fenicios, heredan los griegos el alfabeto que adaptan a su idioma, generándose una rica literatura que hacia el 750 produce las famosas obras atribuidas a Homero, la Odisea y la Ilíada. Grecia no consigue unidad política, fragmentada en ciudades-estado (polis) que preferirán el sistema de federación o liga bajo la protección de un templo (por ejemplo, la liga de Delfos), con sus famosos torneos literarios y deportivos, como el de Olimpia, que mantienen la idea de una unidad cultural.

Las ligas se vuelven más necesarias cuando desde el 549 surge el peligro del gran imperio persa, que con Ciro conquista Babilonia y el Cercano Oriente. Cambises se apodera de Egipto, y Darío extiende su dominio sobre las colonias griegas o jónicas instaladas en la costa asiática e islas (512)El proyecto persa es un gran imperio, sobre bases de tolerancia hacia los vencidos, obligados solamente a los tributos, pero sin las terribles deportaciones de los imperios asirios y babilonios. Ciro libera a los judíos cautivos en Babilonia y les permite el regreso a su patria, iniciándose un período de reconstrucción judía bajo dominio persa.
Esdras y Nehemías reorganizan a la comunidad y dan forma al Judaísmo desde cánones conservadores y nacionalistas. En este período se redacta casi definitivamente el Pentateuco y otros libros bíblicos de tipo histórico y sapiencial.

d) Los siglos VI-V a.C. constituyen un fenómeno único en su género por el nacimiento de un gran movimiento filosófico-espiritual universal centrado en el hombre que busca su liberación interior, y en contra de una concepción política colectivista de los reinos e imperios que lo reducían a un simple engranaje del poder centralista, expresión suprema de la divinidad cósmica.
Nacen grandes personajes proféticos que postulan una relación personal directa del hombre con la última realidad espiritual del universo, sea en el monoteísmo, sea en un cierto panteísmo. Todos ellos se sienten inspirados por Dios y anuncian su doctrina de tipo salvacionista o iluminista.En forma simultánea, pues, surgen varios personajes que, en lugares distintos y sin conocerse mutuamente, dan origen a la renovación de la cultura de Oriente y también de Grecia, oponiéndose al régimen político-social vigente y proponiendo un nuevo estilo de vida.

Son ellos: Confucio en China, Buda en India, Zarathustra en Persia, Isaías II (y su discípulo posterior el Tercer Isaías) entre los judíos, y Pitágoras de Samos en las colonias griegas del sur de Italia, con una doctrina curiosamente bastante similar a la de Buda.
Salvo el anónimo Isaías, todos reclutan discípulos y fundan nuevas religiones o movimientos espirituales y filosóficos, algunos de ellos vigorosos aún en nuestros días, como el budismo.
Por su parte, en Grecia nace la filosofía, primero con los presocráticos y después con las grandes luminarias de Sócrates, Platón y Aristóteles, precedidos por los sofistas.

1. El déutero Isaías (y su discípulo el tercer Isaías) renueva el pensamiento judío abriéndolo a un monoteísmo absoluto de tipo universalista que tendrá gran incidencia en los evangelios sinópticos y en la iglesia cristiana. Este universalismo también se manifiesta en los nueve primeros capítulos del Génesis, redactados en esta época.
Al mismo tiempo el déutero Isaías valoriza los sufrimientos del pueblo como forma de liberación interior y salvación, creando la figura del “siervo sufriente” (el pueblo oprimido) de Yavé, que será personalizado siglos después por los escritores del Nuevo Testamento en Jesús, cuyos tormentos y muerte liberan a la humanidad de sus pecados.

Bajo el seudónimo de Isaías -el gran profeta cortesano del reino de Judá- se pronostica una nueva era mesiánica de paz universal bajo el dominio de Dios Liberador en un nuevo reino, ya presagiado por Ciro, a quien se considera como el enviado o ungido del Señor (“ungido”, o sea, mesías).

2. Zarathustra (o Zoroastro), profeta iranio, influye en los reyes y cultura persas, y después en los judíos que están bajo su dominio, con una doctrina espiritualista que concibe el mundo como un campo de batalla entre el bien (la luz) y el mal (las tinieblas) en una esquema dualista que acentúa el valor del espíritu y obliga al ser humano a luchar a favor del bien o Dios bueno.
Con su doctrina de la inmortalidad del alma y división del mundo en espíritus buenos y malos, se crea una nueva concepción del universo donde los espíritus buenos (ángeles) luchan contra los malos (demonios) hasta un desenlace final que hará merecedores a los hombres aliados con la luz de la inmortalidad o de la resurrección del cuerpo, como pensarán los hebreos, más inclinados a ver al ser humano como una unidad sicosomática. Nace, pues, la angelología y demonología, tan importantes en el judaísmo tardío y en el posterior cristianismo hasta nuestros días, con sus correlatos de cielo e infierno.

La doctrina de Zarathustra se prolonga en la religión del Mazdeísmo, cuyos sacerdotes adoradores del fuego eran también astrólogos. Su libro fundamental atribuído por todos los expertos a Zarathustra era el Gatha. Un elemento importante de esta religión es la promesa de varios salvadores hasta el último que traerá el juicio final y la resurrección de los cuerpos.
Estos elementos, más la firme creencia en Satán, tendrán gran influencia en el judaísmo y en el cristianismo.Grupos mazdeos aún persisten en Irán, mientras Zarathustra se hizo famoso en Occidente por el libro omónimo de Nietsche.

Sobre esta base, el movimiento apocalíptico (desde el siglo III) se extiende ampliamente entre los judíos y se agudiza en las futuras persecuciones de los Antíocos helenistas, desarrollándose la particular doctrina de un fin del mundo cercano por una intervención de Dios que destruiría a los imperios opresores e instalaría su soberanía o Reino en una era de paz y felicidad para los hombres justos (con descripciones simbólicas de no fácil interpretación).
Representantes de este pensamiento son el libro canónico de  Daniel y numerosos libros extracanónicos, continuándose después en los apocalípticos cristianos (Apocalipsis de Juan y otros no canónicos).
Este pensamiento apocalíptico y también mesiánico (Dios intevendría por medio de un descendiente de David “ungido” como rey) se prolongará hasta muy avanzada la predicación cristiana de los primeros siglos, pues en este contexto nace Jesús y desarrolla su actividad (ver el módulo 2).

El apocaliptismo coincide con el Gnosticismo, que con ideas de Zarathustra y el platonismo, influye en el mundo oriental, judaísmo y posterior cristianismo con una doctrina salvacionista anunciada por un revelador divino, con claro dualismo entre el espíritu y la materia, proclamando la maldad radical del cuerpo humano y la supremacía del alma que debe escapar de este mundo para acceder a la revelación de la luz (En el gnosticismo cristiano, el revelador será Jesucristo, cuya corporalidad generalmente se niega).

El gnosticismo, renovado por el maniqueísmo del siglo III d.C. tendrá gran influencia en la ascética y en la moral cristiana hasta nuestros días, con la oposición al cuerpo y a la vida sexual, y una clara supremacía del alma y de los valores del espíritu, y en consecuencia, del reino espiritual sobre el reino temporal o político. En consecuencia, todas las realidades “humanas” (poder político, poder eclesiástico y aspectos visibles de la Iglesia, vida matrimonial y sexual) quedan disminuidas y casi anuladas en su valor y subordinadas al espíritu o verdad (gnosis) y a quienes crean poseerlos (Ver también Gnosis y Maniqueísmo en el Módulo 2, 2.c)

3. Confucio (Kong Fou Tseu, 551-479) realiza una tarea de reforma ética y política en China (desentendiéndose de los aspectos religiosos), estableciendo bases sólidas de vida para el Estado y la sociedad, prácticamente hasta el advenimiento del comunismo de Mao hacia fines de la segunda guerra mundial. En Japón adoptó formas especiales, al igual que en Indochina.

Los principios esenciales de su doctrina son:
Primero: la sociedad se ordena a partir de la familia, y ésta se organiza alrededor del padre. El príncipe debe ser modelo de amor paternal hacia todos sus súbditos.
Segundo: lo esencial en el hombre es su capacidad moral y el cultivo y dominio de sí mismo en la integridad y en el amor.Tercero: El buen gobierno no se hace por la fuerza, sino desde la virtud y por la fuerza de la ley y de las buenas costumbres que nacen del corazón.

4. Siddarta Gautama, por su parte, es reconocido en la India como el iluminado que se “despertó” a la verdadera vida, o sea, como Buda, el despierto. Su doctrina-religión de la eliminación del sufrimiento mediante la búsqueda de la “iluminación” interior y de la anulación del deseo es un camino intermedio entre la dura ascesis y el apego a los sentidos. Como todo es dolor en la vida, producto del deseo insaciable del hombre, dominar el deseo es el principio de la felicidad y de la iluminación. Por tanto, toda la vida consiste en una “liberación” del dolor.

Buda expresó su doctrina en las cuatro verdades; primera, la universalidad del sufrimiento; segunda, el origen del sufrimiento que es el deseo ávido y apasionado; tercera, la victoria sobre el sufrimiento suprimiéndose el deseo para liberarse del “karma” (la condición humana con sus deseos). Cuarta, los medios para suprimir el deseo y llegar finalmente al Nirvana, medios que constituyen los ocho caminos, sintetizados en sabiduría, conducta moral y disciplina mental que han de practicarse simultáneamente.
Al igual que Pitágoras, cree que la muerte no es un final sino el comienzo de una transformación y de constantes renacimientos hasta lograrse la total purificación del hombre y su divinización.

El budismo que nace en la India, se extiende sobre todo por China, Japón, Birmania y países vecinos, llegando vigoroso hasta nuestros días con su mensaje de tolerancia, ecuanimidad y vida interior. Algunas de sus variables, como el Zen (meditación profunda que lleva al despertar, con el “kendo” o artes marciales y el “sado” o ceremonia del te) ejercen hoy atracción aún en Occidente, debido a su doctrina de la integración de los opuestos (yan y yin) y búsqueda de la armonía, al igual que el Taoísmo de Lao Tse (anterior a Buda).

El Taoísmo exhora a la unidad espiritual, a la armonía de lo visible (dominio del cuerpo, respiración) e invisible y a una óptima relación con la naturaleza.

5. Pitágoras (entre el 580 y el 500), por su parte, busca el conocimiento de la armonía y del orden del mundo sirviéndose de las matemáticas y ciencias afines, del simbolismo numérico y de la doctrina de la transmigración de las almas.
Se supone que pudo haber conocido a Zarathustra.

Pitágoras forma parte de la llamada filosofía presocrática, fundada por la escuela de Mileto (Asia Menor) desde fines del siglo VII antes de Cristo, preocupada por la naturaleza de la cosa física o naturaleza.
El fundador de esta escuela es Tales, seguido por sus discípulos Anaximandro y Anaxímenes, todos de Mileto, quienes buscan el último fundamento del cosmos y de la vida, sea el agua, el aire, la tierra o el fuego.
Los pitagóricos, que después se extendieron a Grecia, constituían una secta sometidos a una gran cantidad de ritos y normas (no comer carne, por ejemplo), dedicados a una vida contemplativa con el objetivo de liberarse del cuerpo y de sus ataduras (dualismo).
Para ello apelaban al endiosamiento (“entusiasmo”) del alma, en conexión con los ritos iniciáticos órficos. El hombre así va superando las necesidades del cuerpo y llega a la perfecta sabiduría (“filosofía”) que también es la perfecta forma de ser ciudadano. Los pitagóricos también crearon una complicada teoría matemática, relacionada con los símbolos de los números, la música y los sistemas planetarios.

El pitagorismo es el primer ejemplo de una filosofía occidental entendida como un modo de vida, con sus elementos de ascesis y contemplación, cuyo fin es la liberación del hombre, un hombre autosuficiente que se basta a sí mismo y que se trasciende en la transmigración de las almas (“metempsicosis”) y en la inmortalidad.
El neopitagorismo influirá en el cristianismo hacia el siglo III.

6. Por el mismo período aparecen dos escuelas de gran importancia para la filosofía “del ser” o metafísica, la escuela eleática (en Eleas) de Parménides y la de Heráclito de Efeso.
Con Parménides (y su discípulo Zenón) nace la metafísica o filosofía del ser, ente o existente, pero acentuando el carácter estático e inmóvil del mismo. El ser existe y consiste en algo. Es único y carece de todo movimiento, pues el que existe ante los sentidos, es solo aparente. Se trata, pues, de una filosofía conservadora.

En cambio Heráclito afirma que el ser está constantemente en movimiento y devenir, pues en efecto todo fluye, ya que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. Por tanto, la realidad es cambiante y mutable. De allí que Heráclito considera que el elemento fundamental del ser es el fuego; y a nivel histórico, la guerra y el conflicto. El mundo sería un eterno fuego que se va transformando.

De esta forma, Parménides y Heráclito plantean dos modos de concebir el ser y la historia, con gran influencia en toda la posterior filosofía: el fijismo conservador o el cambio constante.
Heráclito tendrá gran influencia en Bergson y en los filósofos de la posmodernidad, especialmente Nietsche.

El último gran discípulo de Parménides fue Demócrito, quien consideraba que todo, incluso el alma, era una substancia material compuesta de mínimos elementos llamados átomos. En tanto, toda la materia atomizada existe en un lugar vacío que es el espacio. Con Demócrito nace, pues, lo que podemos llamar el primer sistema de materialismo filosófico, ya que incluso las ideas y sensaciones son emanaciones físicas de los átomos.

A partir del siglo V aparecen en Grecia los famosos sofistas (“sabios”), tan combatidos por Sócrates y sus discípulos. Son profesores ambulantes, de tipo enciclopédico y humanista que enseñan por dinero (algo completamente nuevo en Grecia), de gran oratoria y brillo social, que pretendían saber todo y eseñar de todo. Su sabiduría es considerada por Aristóteles como “aparente”, pues parece filosofía pero es su deformación o simple retórica. No les preocupa la verdad del ser sino aparecer y convencer.

De un sofista como Protágoras, amigo de Pericles, es el famoso principio relativista-humanista: “El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en tanto que son, y de las que no son, en tanto que no son”, propiciándose un cierto subjetivismo y relativismo de todo.
El axioma protagórico será retomado en el siglo XVI como base del Humanismo.

Además de Protágoras, fueron eminentes sofistas Pródicos, Hipias y Gorgias.
Los sofistas (sin darle a la palabra el sentido peyorativo posterior) colaboraron en la capacitación ciudadana, intentando crear una politiké tekne o ciencia política.

e) Finalizado el siglo VI, los griegos (que se habían salvado de los exterminios sirios y babilonios por su situación geográfica) deben enfrentar el expansionismo persa y acudir en ayuda de sus hermanos de las colonias asiáticas. Son las llamadas guerras médicas que concluyen, tras un período de ocupación persa y destrucción de Atenas, con las grandes victorias navales griegas de Salamina y Platea.

Atenas que lidera la lucha contra el imperio persa, queda en una postura hegemónica en toda la Hélade (nombre de Grecia), suscitando la pronta rivalidad de Esparta.
Bajo Pericles se reestablece la democracia (más bien una aristocracia limitada) y emerge un siglo de esplendor cultural, artístico y filosófico de alcances universales para Occidente hasta el día de hoy (ver detalles en la Guía histórica) Este será el período que analizaremos en forma más profunda en el punto siguiente.

Entre tanto, ya en vida de Pericles, se inician las Guerras del Peloponeso en el 431 (con las hegemonías de Esparta, primero, y Tebas después) que suponen la capitulación política de Atenas. Estas guerras fratricidas frustran el ideal democrático e impiden la unidad griega.

Pero todo este aciago período es el más rico en filosofía, con los grandes aportes de Sócrates (+399), que no escribe ningún libro, y sus posteriores discípulos Platón y Aristóteles (los analizaremos después).

Sócrates es una de las personalidades más importantes y más universales de Grecia, de gran influencia en la ciudadanía ateniense, especialmente entre los jóvenes. Será condenado a beber la cicuta precisamente bajo la acusación de corromper a la juventud. Su enseñanza se caracterizaba por la cuestión aguda sobre la esencia de las cosas mediante preguntas (método socrático), para poner en evidencia la ignorancia humana y la necesidad de la búsqueda de la verdad.
A Sócrates se le atribuye la famosa frase: “Sólo sé una cosa, a saber, que no sé nada”.
Su gran preocupación es el hombre y su interioridad, conforme a su lema: “Conócete a ti mismo “ (gnosi se autón).

Por tanto, al revés de los sofistas, invita a la reflexión, a la búsqueda de la verdad, a la madurez crítica y a la riqueza interior.El centro de su ética es el concepto de virtud (areté), no en el sentido de virtud moral, sino como actitud fundamental del hombre, un ser dueño de sí mismo mediante el conocimiento interior.
Este concepto de virtud será importante no sólo en Platón y Aristóteles, sino también en Epicuro, en los estoicos y en el posterior cristianismo.
Las principales ideas de Sócrates serán recogidas por Platón (ver después).

En este mismo período Roma, que ya es república desde el 510 (gobernada por cónsules), tras el fracaso de la monarquía, conquista definitivamente a los etruscos (391) y asimila su cultura, y tras sufrir el saqueo del los celtas, comienza a extender su dominio sobre el sur de Italia y la cuenca occidental del Mediterráneo, chocando inevitablemente con Cartago.

f) Entre tanto, coincidente con el triunfo hegemónico de Tebas, se organiza el reino de Macedonia que alcanza su esplendor con Filipo II, quien conquista a Grecia en el 338, a pesar de la enconada oposición del orador Demóstenes (son famosas sus Filípicas). El hijo de Filipo, Alejandro (Magno), cuyo preceptor fue probablemente Aristóteles, con la alianza de toda la Hélade prepara la venganza contra los persas e invade el continente asiático.
En una fulgurante campaña en la que emplea nuevas estrategias y tácticas de guerra, destroza a los ejércitos persas en Gránico, y especialmente en Isso (333), lo que le abre las puertas del Cercano Oriente (incluida Palestina) y Egipto, donde funda Alejandría, que será el importante centro de la cultura helénica en los siglos sucesivos.
Después Alejandro conquista la Mesopotamia, el Irán y Afganistán, y llega hasta la India, muriendo al poco tiempo en Babilonia a los 33 años. A su muerte sigue un período de luchas entre sus sucesores, lo que determina la división tripartita de su imperio: Egipto con los Tolomeos, Asia con los Seléucidas (Antíocos) y Macedonia-Grecia con los Antigónidas.

g) En el interim, Roma, que se ha impuesto en el sur helenista de Italia, libra con Cartago  la cruenta guerra por la hegemonía de occidente (desde el 264) con las grandes victorias de Aníbal (segunda guerra púnica) y el triunfo final romano y destrucción de Cartago por Escipión en el 146.Para el 247 se erige el reino de los Partos (antigua Persia) que serán los declarados enemigos de Roma por varios siglos.
Roma libra guerra simultáneamente contra Grecia y Macedonia que caen definitivamente bajo su dominio hacia el 148. Corinto, por su rebeldía antirromana, es totalmente destruida el mismo año que Cartago. Antíoco IV que tiene por capital de su reino a Antioquía, comete el error de  desafiar el poder romano, siendo vencido en el 190.
En el 133 casi toda el Asia Menor queda bajo dominio de Roma.

En tanto los judíos aprovechan el momento de debilidad de Antioquía que intentaba  imponer el culto idolátrico y la cultura helénica, e inician en el 166 la rebelión protagonizada por los Macabeos, logrando cierta independencia bajo la dinastía  Asmonea de ascendencia macabea.
En este período surgen los partidos religioso-políticos de Judea: los fariseos, nacionalistas moderados y fieles cumplidores de la Ley, que se separan y oponen a los asmoneos, y la clase sacerdotal y noble laica de los saduceos, partidarios de la alianza con los seléucidas y romanos para preservar su poder y la independencia de la nación. En tanto, los esenios se recluyen junto al Mar Muerto, llevando una vida comunitaria.

h) Helenismo y Estoicismo.  Mientras se desarrollan estos acontecimientos militares de expansionismo romano y dominio en Oriente y Egipto de los sucesores de Alejandro, se extiende en todo Oriente y Egipto  el helenismo que impone, no sólo el idioma (la koiné, griego popular) sino la cultura y modo de vida griegos, especialmente con la construcción de grandes ciudades y monumentos, el renacer de la filosofía y también de las ciencias, sobre todo matemáticas y físicas (Euclides, Arquímedes), y el auge del deporte y de los juegos (estadios), tan importantes en la Grecia clásica.Pero ya no existe la ciudad-estado de ciudadanos libres, sino reinos con súbditos sometidos políticamente al mejor estilo oriental, mientras crecen inmensas ciudades como Antioquía y Alejandría, que se acercan al medio millón de habitantes.

De ahora en más el poder es absoluto, y ya no reside en la polis o en la ley sino en el rey, ley encarnada. Este fue el duro precio que los griegos pagaron por si influencia helénica en todo Oriente. El rey, favorito de la diosa Fortuna, participa de la divinidad y recibe culto apropiado, exigiéndosele en contrapartida una lista de eximias cualidades. Alejandría brilla como centro indiscutido del helenismo con su famosa biblioteca, la más grande de la antigüedad (destruida por los árabes en el siglo VII), en competencia con la de Pérgamo. También fue famoso su Museo, destacándose al mismo tiempo en el comercio mediterráneo.

En el plano filosófico se destaca Epicuro, con su doctrina del placer moderado como ideal de vida (Epicureísmo), a la que se opone el estoicismo de Zenón, jefe de esta escuela entre el 322 y el 264 le sucede Cleantes, del 264 al 232, y Crisipo, del 232 al 204).
Su doctrina de moral severa y búsqueda de la virtud en lucha contra las pasiones, influirá posteriormente en Roma (Séneca y varios emperadores, como Marco Aurelio) y en el cristianismo que hará una síntesis de la ética bíblica con la estoica.

Por varios siglos, el estoicismo nutre la ideología política y la ética del helenismo y del imperio romano, siendo sus filósofos consejeros y asesores de reyes y emperadores.El estoicismo predica un monoteísmo panteísta, de modo que toda la naturaleza está gobernada por una ley o razón universal que hace que todo se rija por un destino o hado que no inhibe totalmente a la libertad humana. Todo se realiza conforme a cierta Providencia divina que orienta todas las cosas y sucesos hacia la perfección de la totalidad.
Al mismo tiempo, el estoicismo considera que el bien supremo del hombre es la felicidad, la que sólo se realiza por medio de la virtud, que consiste en vivir de acuerdo a la ley de la naturaleza racional del hombre. La verdadera libertad consiste en obedecer a Dios y a su ley. El auténtico sabio debe saber soportarlo todo con tal de permanecer en la virtud, controlando sus apetitos desordenados (“moral estoica”). Así consigue la imperturbabilidad del espíritu (apatía o ataraxia) que es el dominio total de uno mismo.

Políticamente, el estoicismo se opone a ciudades-estado con leyes propias, y postula que todos los hombres son conciudadanos  que deben regirse por una ley común, considerando a la tierra como su patria, mancomunados con los extranjeros. Sólo hay dos categorías de personas: las gentes de bien que practican la virtud y la sabiduría, y los malvados, por lo que tiende a desaparecer la neta división entre griegos y extranjeros (“bárbaros”).
Tal el ideal estoico que puso en práctica Alejandro y después el imperio romano. La ciudad griega ahora se transforma en una “cosmo-polis”, o sea, una sociedad universal o ecuménica. Y la política consiste en obedecer a las leyes del universo y acatar el orden. El auténtico sabio toma conciencia de ese orden del universo y de la sociedad y se somte a él con libertad interior, no importando su estado social, amo o esclavo, ni la existencia de libertades sociales o políticas (doctrina de clara influencai en san Pablo). El rey sabio es reflejo del orden de la Providencia sobre todo el mundo.

Por eso el estoicismo es, en definitiva, una ideología conservadora del orden y de la ley, como lo será san Pablo y el cristianismo de la era romana, influenciados por la mística estoica.
El helenismo también influye en ciertos pensadores judíos, especialmente de Alejandría, lo que origina un nuevo pensamiento llamado Sapiencial que intenta cierta aproximación de la Biblia a la cultura griega (libros de Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría).
Uno de sus frutos fue la traducción de la Biblia, ya codificada desde el siglo IV, al griego. Es la llamada Biblia de los Setenta.
Filón (muerto hacia el 50 d.C.) fue el máximo representante del helenismo judío alejandrino, de gran influencia también en el cristianismo, especialmente en el evangelio de Juan.

Pero los libros sapienciales escritos originariamente en griego (Biblia griega, Eclesiástico y Sabiduría, también los históricos de Macabeos y las novelas de Judit y Ester) no serán admitidos en el canon judío de la Biblia, aunque sí por la iglesia cristiana.

i) En el siglo anterior a Cristo, Roma finaliza su conquista del Cercano Oriente, sometiendo también a Judea, con las guerras de Pompeyo (hacia el 60). Este sometimiento, recibido al principio como una liberación de la prepotencia de Antioquía, creará un profundo sentimiento de rebeldía por los despóticos gobiernos de algunos procuradores, por lo que surgirá el movimiento guerrillero de los zelotes, a principios de la era cristiana, con varias intentonas fracasadas y el levantamiento final del año 66 (temas que desarrollaremos en el módulo

2). Por su parte César conquista las Galias entre los años 58-51 (Norte de Francia actual, Bélgica y sur de Alemania).Después Pompeyo y César luchan por el poder, triunfando el segundo. Pero el asesinato de César (año 44) abre un nuevo período de lucha entre Lépido, Marco Antonio y Octavio. El triunfo de este último sobre Antonio (año 31), aliado con Cleopatra de Egipto, determina el comienzo del imperio, aunque siguen vigentes las instituciones de la república, especialmente el senado.
Hacia los últimos años de Octavio Augusto nace Jesús de Nazaret, cuya actividad y muerte tienen lugar bajo Tiberio.

2. LA  IDEOLOGÍA  DE  LA  POLIS  GRIEGA

a) La Grecia clásica, la de los siglos V y IV a.C., especialmente el siglo de Pericles, tiene una importancia fundamental para el pensamiento y la praxis política de Occidente.Tanto Platón como Aristóteles, a pesar de sus notables diferencias, nos enseñan que el pensamiento griego presupone una correspondencia o similitud entre la organización del cosmos y la sociedad, al punto que para Platón hay una correlación entre las edades (de oro, plata, bronce, hierro, de Hesíodo) y los regímenes de gobierno.
La polis (ciudad-estado) es una sociedad muy diferente del imperio persa (con el que se enfrentó Grecia entre el 490 y 480 ), pues está compuesta por ciudadanos libres que aceptan el solo imperio de la ley (nomos). La libertad es lo que distingue al griego del bárbaro, y lo opuesto a toda forma de es clavitud, cualquiera sea su forma. Una libertad protegida por las leyes, elaboradas por los ciudadanos y necesitadas de ser obedecidas dentro de la igualdad. Por lo demás, como dirá Aristóteles, “la libertad consiste en el hecho de que cada uno es libre de vivir a su gusto”.

b) Dracón y Solón (en Atenas, en los siglos VII-VI), los sabios legisladores, son los fundadores de la polis para superar las luchas entre las familias y aldeas que querían imponer su hegemonía.
En Esparta, el legislador es Licurgo, que impone un estatuto oligárquico.Así, pues, al fundarse la polis, emergen las “constituciones” que fundan un orden “de derecho”.
Atenas establece el principio de la libertad, de modo que ningún hombre libre puede convertirse en esclavo, y por fines administrativos y militares se establece una jerarquía de ciudadanos fundada en sus ingresos (lo que implica contribuciones para el sostenimiento de la polis): el más rico, más aporta, y puede ser guerrero y ocupar cargos de magistratura.

c) Con Clístenes se instaura la democracia, consolidada bajo Pericles, y el partido popular introduce notables reformas que constituyen la democracia clásica. La asamblea o “ekklesía” tiene la función soberana. Las familias, con patrimonio o sin él, ya no pueden interponerse entre la ciudadanía y el Estado (polis), pues la polis engloba a todos los individuos ciudadanos.

El Estado queda bajo la soberanía de la asamblea que se reúne al menos 10 veces al año (en sesiones de varios días) con los ciudadanos inscriptos en el registro (en su mejor época Atenas tenía unos 25 mil habitantes, de modo que los ciudadanos, sólo varones nativos, conformaban una elite entre 3 y 5 mil, quedando excluidas las mujeres, los menores, los esclavos y los extranjeros). Cada uno era libre de presentar mociones, intervenir y votar las decisiones
A la igualdad ante la ley (isonomía) se añade, pues, el igual derecho a la palabra (isegoría). En el intervalo de las reuniones, detenta el poder el Consejo (Bulé) formado por los representantes de los distritos de la Ática. Los magistrados (buleutes), designados por un sistema mixto de sorteo y elección, ocupan su escaño todos los días y se encargan de la gestión pública, ejerciendo sus cargos durante un año y no pudiendo ser reelegidos más que otra vez.
Todo en orden a evitar cualquier forma de tiranía.Por eso, cualquier magistrado, cualquiera sea su fama, podía ser llevado ante la justicia al dejar su cargo si un ciudadano lo acusaba de incompetencia o malversación, como le sucedió dos veces al propio Pericles.

Por tanto, en esta democracia directa, el control es ejercido directamente por el pueblo (demos: clanes y barrios), antes, durante y después de las elecciones y del mandato. Todos los cargos de cualquier tipo son temporales, y para los puestos que no exigen una preparación especial se utiliza el sorteo. Nadie puede durar en su cargo más de dos años, a excepción del general en jefe (strategós autocrator) y todo el sistema gira sobre el número diez: diez estrategas, diez ingenieros navales, etc. No hay ciudadano que, al menos una vez en su vida, no haya ocupado algún puesto importante.

Pero también fue una democracia con sombras. Además de la esclavitud, normal en todos los pueblos por ese entonces (aunque con mejor trato en Grecia) siempre existió el riesgo de convertir a la democracia en demagogia, en tiranía o en una aristocracia elitista, y a la oligarquía militar (típica de Esparta) en plutocracia (el tema de la esclavitud lo ampliaremos luego).
Por otra parte nunca pudo superarse la rivalidad entre las diversas ciudades-estado, con las conocidas guerras entre Atenas, Esparta y Tebas (guerras del Peloponeso, desde el 431 a.C.) que llevaron a Atenas a la derrota, al declive también de la democracia y al fracaso de una Grecia unida y confederada.No es de extrañar, por tanto, que la democracia tuviese sus críticos y no solamente entre oligarcas y terratenientes.

Entre ellos se destaca el historiador Jenofonte (hacia 425.355, célebre autor de la Anábasis), discípulo de Sócrates, que realiza una dura crítica a la democracia ateniense, generadora según él, de divisiones, indisciplina e incompetencia. En cambio propicia el modelo persa y espartano. Jenofonte exalta la importancia del jefe comptente y dotado de autoridad al mismo tiempo. En su Ciropedia expone el ideal persa de monaquía centralizada.

d) Como ya lo hemos señalado, tras el período de los filósofos presocráticos y los sofistas, la filosofía llega a su mayor auge. Así surge la filosofía clásica con Sócrates (como ya habían surgido los estudios históricos con Jenofonte) y en especial la filosofía política desde la Academia de Platón, que recoge las ideas de Sócrates, y después desde el Liceo de Aristóteles, cuyas ideas tendrán incidencia hasta nuestros días.

Estos filósofos, a la luz de la experiencia real de las polis de Grecia y del fracaso de la democracia (con los excesos de la demagogia), intentan establecer pautas estables para un gobierno ideal o lo más ideal posible, y para la estabilidad, legitimidad y transparencia del régimen político.
Emergen dos esquemas:
primero, el idealista de Platón, que supone que los filósofos (sabios que saben y conocen la verdad, conocedores de la esencia e idea sustancial de las cosas,) deben ser los reyes y gobernar racionalmente a todos, dentro de un idílico comunismo de bienes, mujeres e hijos, y con una división estricta de tareas según la capacidad de cada uno, sin vicios ni maldad.

A este esquema se opone Aristóteles que realiza su análisis político desde la contingencia real y desde la percepción de las cosas, y sostiene que sólo en la polis el hombre puede alcanzar el culmen de su dignidad y perfección, y que los regímenes dependen de la historia y geografía de cada pueblo, siempre desde la mesura y moderación. El comunismo es utópìco y no aconsejable. Su sistema es más realista y conservador.

Pero ambos filósofos sostienen que, para que la polis perdure y sea instrumento del bien común, de la virtud y de la felicidad, se necesita la educación de los ciudadanos, educación política para la cual escriben, al fin y al cabo, sus libros.

3. PLATÓN (427-347 a.C.)

Su enseñanza política, que en gran medida es la de Sócrates, nos llega por medio de La República, El Político y Las Leyes.

a) “La República”  (Politeia) El diálogo de Sócrates con otros personajes, trama del libro, refleja una situación de decadencia de Atenas y la necesidad de reformas. El libro se centra sobre el concepto de justicia. El punto de partida es la fundación de una ciudad-estado en la que se puedan aplicar todos los elementos desde un comienzo.La fundación de la ciudad se realiza en tres etapas: la ciudad saludable o de los cerdos; la ciudad purificada, sana o del campamento armado, y la ciudad de la belleza gobernada por los filósofos.

Se parte de la idea de que la polis (ciudad-Estado) tiene sus orígenes en la necesidad humana: cada ser humano necesita muchas cosas y para eso se requiere la colaboración de otros seres humanos.
En la ciudad saludable que satisface las necesidades primarias y del cuerpo,  cada ciudadano hace un solo oficio (según sus cualidades naturales), de modo que cada uno aporta a los demás y recibe de ellos mediante el intercambio de productos, lo que supone la propiedad privada. Al trabajar para beneficio de los demás, cada uno trabaja también para beneficio propio. La ciudad saludable es una ciudad feliz, sin pobreza, sin coerción ni gobierno, porque hay armonía y justicia entre todos, cada uno cumple con su oficio y no se mete con nadie; tampoco necesita de guerras pues es feliz con lo que tiene y hace. Es una sociedad que aún no conoce el mal, por eso tampoco hay virtud, ya que todo se hace por impulso de la naturaleza.

La ciudad saludable comienza a decaer cuando se buscan cosas innecesarias, y así surge la ciudad febril o lujosa desde la codicia, lo que va imponiendo la necesidad de un gobierno y de una educación en la justicia.
También comienzan las guerras de anexión para ampliar las riquezas y el comercio.
Surge así el oficio de los guerreros, el más noble, porque necesitan de la bravura con los enemigos y de mansedumbre y desinterés con los compatriotas. Como ellos detentan el poder, se les da una educación cívica especial, sobre todo en la poesía y en la música para desarrollar la moderación y el amor a lo bello. Ellos son los guardianes de la polis y de entre esa élite deben salir los gobernantes. Por eso deben preocuparse por la polis  y amarla.

Una vez que la ciudad buena o sana está casi completa, hace falta definir qué es la justicia y la injusticia, y ver la relación entre justicia y felicidad.Se establecen tres virtudes básicas, además de la justicia: sabiduría (filosofía), valor y moderación.
La sabiduría reside en los filósofos gobernantes, una pequeña minoría.El valor en los guerreros.
La moderación en todos los ciudadanos, pues es el acuerdo armónico para elegir a los gobernantes.
La justicia, por su parte, consiste en que cada uno haga lo que le corresponde. O sea, una ciudad es justa si sus tres componentes principales (los ricos, los guerreros y los filósofos gobernantes) hacen de la mejor manera su trabajo y sólo ese trabajo.
Pero la perfección de la justicia sólo puede hallarse en los filósofos que en total libertad se dedican íntegramente al servicio de la polis.La polis justa exige que todo amor (a los padres, hijos, amigos, etc.) sea sacrificado al amor de lo común, de la polis, o sea, al patriotismo. Por eso se exige, al menos a las clases superiores, el más absoluto comunismo de bienes, mujeres e hijos, para que en todo prime el interés común de la polis.

Otro asunto es analizar cuál es el mejor régimen (politeia) para la Polis.
Platón llama a su libro Politeia (en latín, Respública), que indica la forma de gobierno para la ciudad-estado, lo que hace que una sociedad sea “esa polis”.Sócrates (en los diálogos platónicos) establece 5 tipos de régimen:
1.    Reinado o Aristocracia, gobierno del mejor o de los mejores, orientados por la bondad o la virtud. Es el régimen de la ciudad justa (corresponde a la raza de oro de la humanidad, según Hesíodo)
2.    Timocracia, gobierno de los guerreros, amantes del honor y del valor (raza de plata)
3.    Oligarquía, gobierno de los ricos, fundado en el valor de la riqueza (raza de bronce)
4.    Democracia, gobierno de los que aprecian por sobre todo la libertad (raza  divina de los héroes)5.    Tiranía, gobierno del hombre dominado por la injusticia (raza de hierro)

La Democracia surge de una confrontación con los oligarcas, preocupados sólo por el dinero y por el uso indiscrimando de sus propiedades privadas. Su decadencia (derroche, bancarrotas, falta de virtud) trae el desprecio de los pobres y rudos. Estos, al tomar conciencia de su superioridad, se apoderan del gobierno y derrotan a los ricos, otorgando los derechos de la ciudadanía a todos.
La esencia de la democracia es la libertad, que incluye el derecho de decir y hacer lo que se quiere, siguiendo el modo de vida deseado y fomentando así la mayor variedad.
Pero, por la tendencia de la libertad al libertinaje y falta de controles, Sócrates (Platón) no le concede a la democracia el primer lugar sino el último, antes de la tiranía que es el desenfreno total en manos de uno solo. Esta subordinación de la democracia es el síntoma de un desacuerdo entre filosofía y pueblo.

b) “El Político” Este libro complementa al anterior en cuanto muestra que la polis ideal es imposible, pues ya no estamos en la edad del dios Cronos en que la providencia de los dioses se ocupaba de todo. Ahora, en la edad de Zeus, el mundo se mueve por sí mismo y los hombres deben cuidarse de sí mismos. Por eso, sin el apoyo divino, el mundo abunda en desorden e injusticia, por lo que lo fundamental es restablecer la justicia, pues el mejor régimen presentado en La República es imposible.
La dificultad radica en que quedan pocos sabios-filósofos y en que las leyes son harto imperfectas; pero, aunque imperfectas, son necesarias para el gobierno. De esta manera los actuales regímenes, imperfectos de por sí y con tendencia a excesos (monarquía en tiranía; aristocracia en oligarquía; democracia, de por sí muy imperfecta, en caos) necesitan de las leyes.
Por eso la democracia con leyes es inferior a la aristocracia con leyes y a la monarquía con ley; pero una democracia sin ley es preferible a una aristocracia  sin ley (oligarquía) y a una monarquía sin ley (tiranía). Por tanto, ambos libros nos revelan la limitación del ideal de la polis y la necesidad del imperio de la ley.Teniendo en cuenta la naturaleza humana, ahora hay que plantear la pregunta sobre el mejor sistema posible, tema que es abordado por “Las Leyes”.

c)  “Las Leyes “ La obra de Platón más esencialmente política y en la que no interviene Sócrates, está también escrita en forma de diálogos (supuestamente realizados en Creta) con varios personajes (un ateniense, un espartano y un cretense, representantes de los típicos estilos de polis). En La República los regímenes espartano y cretense aparecen como modelo de Timocracia o gobierno de los guerreros, inferior al gobierno de los sabios pero superior a la democracia típica de la Atenas de Sócrates y Platón.
En Las Leyes, el ateniense intenta corregir la timocracia, acercándola al ideal (gobierno de los sabios). El sistema espartano y cretense es criticado porque no permite el suficiente placer (música y poesía) a los ciudadanos y transforma a la polis en un rebaño sólo preparado para la guerra. Hay que educar al ciudadano en la virtud, o sea, el dominio adecuado de los placeres y los dolores, la verdadera ley cívica. Por eso tampoco basta la sola sabiduría filosófica para gobernar, pues se necesita un sistema mixto que combine la sabiduría de la monarquía con la libertad de la democracia (o sea, Persia con Atenas).

La mezcla apropiada es, pues, sabiduría con libertad, sabiduría y consentimiento, el imperio de leyes justas decretadas por un legislador sabio y aplicadas por los mejores miembros de la polis y por el gobierno de la gente común. Si hacen falta leyes creadas por un legislador sabio, las leyes tienen que ser aplicadas por algún régimen concreto (monarquía, etc.).Las leyes no pueden ser aplicadas a base de castigos, como a esclavos, sino que tienen que ser explicadas con las debidas razones a cada grupo de ciudadanos para lograr la obediencia.

Este es el arte del legislador.La política sabia es una mezcla apropiada de coacción y persuasión, de autoridad y democracia, de sabiduría y consentimiento.La ley sabia supone honrar a los dioses, antepasados y padres, mostrando al mismo tiempo que la vida virtuosa es más agradable que la viciosa.
El comunismo queda descartado y se implanta la propiedad privada, pero no en forma absoluta, pues la tierra tiene por dueña sólo a la polis como tal, y es entregada en lotes a un propietario que la deja en herencia a sus hijos (un concepto similar tenían los hebreos).
Como la propiedad trae aparejada la desigualdad económica, se impone como ley que los ricos no puedan tener una renta mayor de cuatro veces que la de los pobres (en nuestros países los ricos tienen entre 40 y 60 veces mayor riqueza que los pobres).
Las tierras asignadas a cada ciudadano deben ser suficientes para que uno pueda servir a la polis en caso de guerra como caballero o como hoplita.

La Asamblea es la parte ejecutiva del gobierno: cada duodécima parte de la asamblea gobernará durante un mes; está dividida en cuatro grupos de igual número, representantes de las cuatro clases propietarias.Todos los ciudadanos tienen el mismo derecho al voto, aunque el sistema tiende a favorecer a los ricos, buscando un punto medio entre monarquía y democracia, con privilegios hacia los ricos en el poder de la asamblea y en los cargos.
Pero no se favorece la riqueza en sí misma, ya que ningún mercader o artesano, por más rico que fuera, puede ser ciudadano, sino solamente quienes tengan tiempo libre para dedicarse a la práctica de la virtud cívica. Finalmente, Las Leyes se ocupa muy especialmente de la impiedad, cuya peor forma es la negación de la existencia de los dioses

Todo este conjunto de leyes es considerado perfectible, pudiéndose modificar con cautela y desde el consenso universal. La creación de un Consejo Nocturno, compuesto por los ciudadanos ancianos y jóvenes más selectos, tiene la finalidad justamente de preservar el fin último de toda acción política: la virtud, virtud en su sentido pleno (sabiduría, valor, goce, etc.).

4.  Aristóteles
(384-322 a.C.)

Natural de Estagira, al norte de Grecia, relacionado por su familia con la casa real de Macedonia, estudió en Atenas como discípulo de Platón en la Academia. Después fundó su propia escuela, el Liceo, habiendo sido también posiblemente preceptor de Alejandro Magno.
Su pensamiento político, de gran gravitación posterior en Occidente, lo tenemos sobre todo en la Ética nicomaquea y en Política, su libro póstumo. Aristóteles plantea claramente que la política es la ciencia práctica por excelencia, que se elabora desde la opinión de la gente y no de principios teóricos inmutables, e íntimamente relacionada con la ética o ciencia del carácter y con la economía o administración, subordinadas a la ciencia política que es la ciencia organizadora (Ética a Nicómaco, I,1).

a)  Felicidad, virtud y caballerosidad
La Ética plantea claramente que “todo arte e investigación y, asimismo, toda acción y elección intencional tiende a algún fin” y ese fin supremo o ciencia maestra es la politiké o ciencia política, pues “dado que emplea las otras ciencias y dado que legisla sobre qué se debe hacer y evitar, su fin abarca todos los de las otras, y éste sería el bien humano”.
El bien de la polis o bien común es el fin más grande de todos.
El bien humano en general se identifica con la felicidad (eudaimonía) o bienestar, que tiene características propias en cada grupo humano.
Hay tres modos de vida al alcance de todos los hombres: la vida del placer (para la mayoría), la vida política (para una minoría selecta) y la vida filosófica (para los menos), modos de vida que no son excluyentes sino que deben tender a complementarse desde la filosofía.

La felicidad (o bien humano) sería la actividad del alma de acuerdo a la excelencia o virtud (areté), negando en principio que exista contradicción entre la virtud y el placer, pues la virtud produce naturalmente placer. La felicidad supone ciertos dones materiales, amigos y poder político. familia e hijos, siendo más importante para la felicidad las relaciones humanas que las riquezas, pues el hombre es un animal esencialmente social o político. A la parte racional del alma corresponden las virtudes intelectuales, adquiridas por el habla o la enseñanza. A la parte no-racional (emociones y pasiones) corresponden las virtudes éticas, o sea, asociadas al carácter (ethos), y se consiguen por la práctica y la educación.Hace a la esencia de la ética que las acciones virtuosas sean realizadas por sí mismas y no por sus consecuencias o ventajas.

Por eso Aristóteles distingue entre el hombre simplemente bueno (agathós), virtuoso por los beneficios de los honores y riquezas, y el hombre “noble y bueno” (concepto similar a “caballerosidad”) que busca la virtud por sì misma.Por eso afirma que “el político es el que elige realizar buenas acciones por sí mismas, aunque en su mayoría adoptan esta clase de vida por motivos de lucro y engrandecimiento personal”.Toda virtud se sintetiza en la “grandeza de alma” que es “la corona de las virtudes, las engrandece a todas y no puede existir sin ellas”.

b)  La justicia
Si la grandeza de alma es la cima de la virtud del individuo, la justicia lo es de la polis. En su sentido más general, justicia es lo que produce y conserva la felicidad de la comunidad política, siendo similar al respeto a la ley, ordenada a conseguir el bien común y ejercida en la relación con otros hombres, de allí su perfección. En su sentido más preciso, la justicia es la disposición de dar o tomar sólo la parte equitativa o igual de las cosas buenas.
Por eso Aristóteles distingue entre varios tipos de justicia:
·       La distributiva de riquezas, honores y todo bien que pueda ser dividido entre los miembros de la comunidad. Justicia es dar parte igual a personas iguales, y parte desigual a personas desiguales. Depende de cada régimen político el criterio de desigualdad (por riqueza, por virtud, por linaje, etc.).
·       La correctiva que se aplica en forma igualitaria en los contratos y transacciones voluntarias, y en el castigo de los delitos.
·       La recíproca, una forma más primitiva de justicia, como se da en la venganza por daños recibidos y en el intercambio de bienes y favores. La justicia en su sentido más pleno sólo puede darse en una comunidad de hombres relativamente libres e iguales, cuyas acciones están reguladas por la ley. Es típica, pues, de la ciudad-estado o comunidad organizada.

Esta justicia política puede dividirse en lo que es justo por naturaleza (justicia natural o derecho natural) y lo que es justo por ley o convención humana, aunque Aristóteles no profundiza ni da ejemplos de actos de justicia por derecho natural.
Esta teoría será desarrollada por Santo Tomás de Aquino y tendrá gran influencia en la doctrina de la Iglesia y del pensamiento moderno. Para Aristóteles la justicia o ley natural habría que buscarla en los requerimientos más elementales de la polis, su régimen y observancia de leyes, aunque siempre relativos a cada comunidad.La justicia, de principios generales, necesita por su parte de la equidad, que aplica la ley a cada caso particular, siendo similar a la prudencia.

c)  La “amistad”
Otro concepto fundamental es el de amistad (filía), concepto más amplio que el nuestro. Abarca no sólo la buena relación con los amigos sino el amor entre los esposos, el afecto de padres e hijos, y los sentimientos afines entre los ciudadanos de la misma ciudad y aún con extranjeros.Es lo que “mantiene unidas ciudades enteras… pues cuando los hombres son amigos no necesitan de la justicia; pero cuando son justos, necesitan de la amistad”.
En la política la filía mitiga el apego de los hombres a sus intereses particulares y subraya la necesidad de compartir con otros los bienes externos, según un proverbio griego: “las cosas de los amigos son comunes”. La amistad es el fundamento de toda comunidad de intereses y de toda asociación humana.Su forma más perfecta es la relación de hombres buenos basada en la virtud, cuando el propio bien e interés se identifica con el de los amigos.

d) La prudencia  y   la ciencia política del estadista
La prudencia o sabiduría práctica (frónesis) es la virtud propia de la porción calculadora de la parte racional del alma, lo que no debe confundirse con la simple astucia o viveza. Su objetivo no es conseguir el propio interés, sino buscar medios apropiados para alcanzar los fines de las virtudes morales o éticas, adaptando los principios generales a cada caso particular. Es fundamental, por tanto, la relación entre prudencia y praxis política del estadista, pues la experiencia política es una forma de prudencia.
Por tanto, el estadista combina la virtud ética con la inteligencia práctica, la experiencia con el conocimiento de las características de su ciudad o pueblo.

La prudencia política tiene dos variables: la legislativa y la práctica, que puede ser deliberativa o judicial.De las leyes y del mejor régimen de gobierno depende la conservación de la polis.En el campo de la deliberación política, se incluyen ingresos y egresos, guerra y paz, defensa del territorio, importación y exportación.Este sentido práctico del estadista, aleja a Aristóteles del punto de vista ideal de su maestro Platón.

e) La Polis y el hombre
El libro de la Politica comienza con este significativo párrafo:“Dado que vemos que cada polis es una especie de asociación, y que toda asociación está constituida para obtener algún bien (pues cada uno hace cualquier cosa por lo que considera bueno), es claro que todas las asociaciones tienden a algún bien; y que la asociación más autorizada de todas y que abarca a todas las demás, lo hace particularmente y tiende al bien más autorizado de todos.Esto es lo que se llama la polis o la asociación política”.
La polis es una especie de comunidad (koinonía) , o sea, grupo de personas que comparten cosas en común. La polis (el Estado) es la óptima asociación, y no el simple instrumento de los intereses particulares de los individuos o grupos. No hay distinción entre sociedad y estado, sino que el estado es la mejor forma de sociedad, pues la polis está interesada en el bien común humano.

En esto Aristóteles se diferencia de la concepción moderna que distingue claramente entre sociedad civil y estado. El estado (la polis) difiere esencialmente de todo otro tipo inferior de sociedad (familia, relación de amos y esclavos, tribu).La polis también se distingue de los reinos comunes (como el de Persia) pues es o tiende a ser una asociación de seres humanos libres e iguales, caracterizados por un alto grado de especialización económica, elemento este de diferenciación. Es la combinación de la libertad política y las artes.
Por eso también Aristóteles critica el comunismo de Sócrates y Platón, que no es propio de una polis. Abolir el matrimonio y la propiedad es algo tan imposible como indeseable. Abolir la familia es destruir los vínculos básicos de la amistad, y abolir la propiedad privada es destruir el lícito placer de poseer y de compartir lo propio con otros (generosidad).
La unidad de la polis no se logra por el comunismo sino por la educación, combinando hábitos, filosofía y leyes.

Pero, al mismo tiempo, Aristóteles conserva e insiste en la idea de que el bien común de la polis es más importante que el bien de los individuos, aunque, en sentido estricto, no hay distinción entre sociedad civil y Estado. Por lo tanto, el bien del Estado es, al mismo tiempo, bien del sujeto individual; una idea bastante común en la antigüedad y extraña para la mentalidad moderna. Mientras que la familia atiende a la vida cotidiana, la unión de varias familias forma la aldea, que busca otras necesidades no cotidianas.

La polis (unión de varias aldeas), finalmente, es la asociación perfecta y completa porque consigue la autosuficiencia y logra el objetivo, no sólo de vivir sino de “vivir bien”:“ La comunidad compuesta por varios pueblos o aldeas es la Polis (ciudad-estado). Ella ha conseguido al fin el límite de la autosuficiencia virtualmente completa, pues habiendo comenzado a existir simplemente para proveer la vida, existe actualmente para atender a una vida buena…
”Es, pues, al igual que la familia, una asociación natural, pues el hombre es por esencia un animal político o social (zoon politikón), aunque la familia es “anterior y más necesaria que la ciudad, y la cría de hijos más común entre los animales”.

El hombre es un animal político porque los seres humanos (como los animales) “se esfuerzan por vivir juntos aún cuando no tengan necesidad de ayuda mutua”, pero superior a los animales porque posee razón o discurso (logos) que le permite distinguir entre lo justo e injusto, lo ventajoso y lo nocivo.
Por tanto, en la polis no sólo se comparten bienes externos, sino también un modo de vida bueno y justo, racional y ético. Aristóteles se opone al concepto, que será retomado por la modernidad, del origen social por medio de una alianza, pacto o contrato, que él considera propio de sofistas.
Por tanto, sólo en la polis el hombre logra su plena felicidad, interpretada como vida de acuerdo con la virtud, y allí potencia totalmente su máximo desarrollo; por eso es una sociedad natural. Esto no impide que la polis sea fundada por individuos particulares aún con resistencia de otros seres humanos que se oponen a la polis y a sus propósitos.

El hombre, que puede ser el peor animal si se separa de la ley, es el mejor cuando vive de acuerdo a la ley en la polis, y sólo en la polis puede hacerlo. Aristóteles, alejado de todo idealismo y visión ingenua de la vida humana, tiene plena conciencia del mal y de la capacidad humana para transgredir la ley, por lo que exige la necesidad de una fuerza legal en contra de los transgresores.Por eso se opone a una opinión de los sofistas de la época que consideraban a la polis como contraria a la naturaleza y apoyada en la pura fuerza, debido a la existencia de la esclavitud (sobre el problema de la esclavitud, ver el punto 5)

f)  La ciudadanía  y  el régimen  político
Aristóteles establece la cuestión de la ciudadanía como medio de entender la relación entre la polis y el régimen. La identidad de la polis se deriva de los “ciudadanos”, pero no queda muy claro lo que define a un ciudadano (polites).En forma genérica es quien comparte la toma de decisiones o el gobierno, sea porque puede votar en la asamblea (ekklesía) y en los jurados o es elegido para ocupar un cargo. Será el tipo de régimen el que determine quién en concreto tiene ese derecho. Lo típico de la ciudadanía es que puede gobernar y es gobernada a su vez.En cambio la prudencia es la “virtud peculiar del gobernante”, lo que supone cierta preparación.

Por su parte, “el régimen es una disposición de una polis con respecto a sus cargos, particularmente el que tiene autoridad sobre todas las cosas. Pues, lo que tiene autoridad en la polis es, en todas partes, el cuerpo gobernante (politeuma), y el cuerpo gobernante es el régimen”.El régimen (en cuanto institución) refleja las relaciones de autoridad y subordinación entre los diversos grupos de la polis. Todo régimen puede reducirse: a una persona, a pocas o a muchas. Su objetivo puede ser el bien común o el interés privado del gobernante (forma impura o corrupta).

Así surgen 6 tipos:
·       La monarquía que se corrompe en la tiranía.
·       La aristocracia (gobierno de los mejores y de los que buscan lo mejor para la polis) que se corrompe en oligarquía.
·       La democracia (gobierno de los ciudadanos) que se corrompe en la demagogia.

Pero hay una diferencia esencial más importante que los números (uno, pocos, muchos). Es la situación económico-social de los ciudadanos.La diferencia fundamental entre oligarquía y democracia es la riqueza o su ausencia. La oligarquía es el gobierno de los ricos, que suelen ser pocos, y la democracia es el de los pobres, que suelen ser la mayoría.
Oligarcas y demócratas están de acuerdo en la justicia distributiva (dar partes iguales a los que son iguales) pero difieren en lo que constituye la igualdad de las personas.
Los oligarcas creen que la desigualdad en riqueza justifica una desigualdad de derechos (trato desigual), mientras que los demócratas sostienen que la igualdad en la libertad requiere trato igual en todos los otros aspectos.
La igualdad de los ciudadanos no estriba sólo en la libertad sino también en la responsabilidad por defender a la polis de los enemigos, con todos los riesgos que ello implica. Por lo tanto, implica el derecho de llevar armas.

La mejor forma de juzgar las pretensiones de ciudadanía es la contribución de cada uno al objetivo de la polis. La dificultad está en que los ricos consideran que su contribución es mayor que la de los otros grupos. Es difícil decir si lo que más contribuye a la felicidad de la polis es la virtud, la riqueza o el valor militar, pero pareciera que en igualdad de condiciones la democracia tiene la ventaja de sumar mayor virtud, riqueza y valor que si se da sólo en unos pocos.
En todo caso, cualquier régimen supone una cuota de moderación.
Por eso, paradojalmente, Aristóteles promueve la idea del ostracismo de quien se destaque excesivamente sobre los demás, pues debería ser un “rey permanente”.

Esto lleva al tema fundamental de la monarquía. La gran pregunta es si es más ventajoso ser gobernados por el hombre mejor o por las leyes mejores. Aunque las leyes sean imperfectas, es preferible su imperio porque está libre de pasiones. El hombre mejor, aunque virtuoso y libre de pasión, puede ser pervertido, pues “la pasión (thymos) pervierte a los gobernantes y a los hombres mejores”.Por eso la aristocracia, o gobierno de los mejores o virtuosos, pareciera el mejor régimen, aunque la monarquía se adapta mejor a los primeros tiempos de la polis.

g)  Las variedades de los regímenes
Según Aristóteles, se debe buscar no sólo el mejor régimen, sino el que mejor se adapta para cada tipo de polis, de modo que sea un régimen alcanzable, y no solamente el mejor dentro de una utopía.También nos recuerda que dentro de cada polis existen diversas partes (clases sociales) que pujan por la hegemonía, especialmente los muchos del pueblo y los pocos ricos, o sea, democracia y oligarquía. En algunas polis también hay un elemento medio (clase media).Por otra parte, pobres o ricos no conforman un grupo homogéneo de por sí, pues dentro del pueblo se puede diferenciar a los granjeros, artesanos y operarios, sucediendo el mismo fenómeno entre los ricos y caballeros.

Todo lo cual conforma subtipos especiales de regímenes, como el “gobierno de los poderosos” (dynasteia) con un número pequeño de familias ricas, o la diferenciación entre el pueblo de campesinos y operarios urbanos. Por eso una democracia moderada puede asemejarse más a una oligarquía moderada que a una democracia radical.Cuando se toman en cuenta los subtipos, vemos toda la gama de regímenes posibles en un continuum, de modo que no hay diferencias tan fuertes entre un sistema y otro sino fronteras de aproximación.

Aristóteles es, por tanto,  el verdadero originador del sistema mixto que tendrá muchos seguidores a lo largo de la historia.El régimen mixto más que un tipo de régimen es una estrategia política que busca paliar el conflicto entre ricos y pobres. Esta “constitución política” que es una mezcla de democracia y oligarquía tiene ese objetivo, como también el reforzamiento de la virtud cívica, de modo que el poder sea compartido por los caballeros con los ricos y el pueblo.Por su parte, la oligarquía debe tender a asemejarse a una aristocracia o gobierno de los caballeros.Gracias a esta mezcla, el gobierno adquiere el consenso de la mayoría de la población y de cada grupo de la polis.

Desde el punto de vista moderno, es interesante el papel que Aristóteles le otorga a la clase media (elemento mediano), como mediador entre ricos y pobres. Este grupo medio es como un puente social entre los grupos antagónicos y ejerce mayor influencia que el propio sistema constitucional de cara a la unidad de la polis.
De allí el elogio que Aristóteles hace del elemento medio y de su potencial papel político. La gente de clase media tiende también a una moderación política entre los extremismos, pues “los ricos tienden a volverse arrogantes y bajos en gran escala, y los pobres, maliciosos y bajos en forma mezquina; y unos y otros cometen actos de injusticia, por arrogancia o malicia”.
Mientras que la gente media tiene una inclinación armónica para ser gobierno o ser gobernados, los ricos nunca se acostumbran a ser gobernados, en tanto que los pobres tienden a ser demasiado humildes y sumisos.
Por tanto, “lo que surge, entonces, no es una ciudad de personas libres sino de amos y esclavos, consumidos los unos por el desprecio y los otros por la envidia. Nada más lejos de la amistad y de la asociación política”.El elemento medio evita los excesos oligárquicos y la tendencia popular a la tiranía, y permite un régimen más estable y duradero.

Aristóteles admite, sin embargo, que la clase media es aún poco numerosa y no pudo evitar los gravcs conflictos entre ricos y pobres.
Otro tema importante es averiguar las causas del conflicto de clases (stasis) y el cambio político o revolución (metabolé).Con su marcado realismo, Aristóteles aconseja conservar el régimen existente, ser flexibles y buscar el camino de la reforma. En caso de tiranía. aconseja primero el camino del convencimiento al tirano para evitar los males de un cambio revolucionario.
Curiosamente, también el filósofo alude a la importancia de los factores posicológicos en los estadistas y en la élite aristocrática, como la ira, la arrogancia, el miedo, el desprecio y la pasión del honor.

Sintetizando y teniendo en cuenta otros aportes de la Política, cuando Aristóteles se inclina por cierta forma de aristocracia, entiende un cuerpo gubernamental dedicado públicamente a buscar la virtud, de allí la importancia de la educación en ella.
En este sentido, su libro pretende ser una guía educativa para los aristócratas con tiempo libre. Aunque tiene a la vista el mejor ejemplo de polis de Esparta y Cartago, Aristóteles se preocupa por el afán de riquezas de sus clases gobernantes. En Esparta las riquezas son codiciadas en secreto (dado el estilo austero de los espartanos), mientras que en Cartago, ciudad netamente comercial, la riqueza es vista como un valor casi supremo y condición necesaria para ocupar un cargo.
Por eso insiste que “donde la virtud no es honrada por encima de todas las cosas, no puede haber un régimen ciertamente aristocrático”. Aristóteles propicia un estilo de vida intermedio entre la austeridad espartana y la codicia cartaginesa, pues no es mérito la pobreza, y es recomendable el dinero y el comercio.Por eso lo deseable es una riqueza moderada , el fomento de la generosidad y cierto uso común de bienes.

Respecto al tamaño de las ciudades, se inclina por la ciudad pequeña porque es más fácil de ser gobernada y porque la gente se conoce mejor entre sí y puede elegir a los más aptos para un cargo. La polis tiene que tener aquella dimensión que le permita la autosuficiencia y un sistema cómodo de supervisión.
La ciudad pequeña puede igualmente defenderse bien en caso de guerra mediante cuatro estrategias: mejor preparación de las tropas en valor y habilidad, fortificaciones, potencia naval ofensiva y alianzas.

5.  La esclavitud en la sociedad grecorromana

Aunque la esclavitud existió en toda la sociedad antigua, aún en la hebrea, es en Grecia donde ocupa un lugar específico dentro de la filosofía política, particularmente en Aristóteles, cuyo realismo y conservadurismo se expresa también en la aceptación de una drástica división de clases: libres y esclavos.
Para Aristóteles, tanto la relación varón-mujer, padre-hijo como amo-esclavo están definidas por la naturaleza y no por simple convención social, siendo siempre el primer elemento el superior.
Contra varios sofistas, sostiene que la esclavitud es indispensable para realizar los trabajos necesarios que permitan al hombre libre ocupar su tiempo en funciones superiores (filosofía y política)

Por tanto, defiende la división del trabajo de su época y el modo de producción esclavista, como medios para que el ciudadano libre se dedique a las actividades políticas e intelectuales, teniendo cubiertas sus necesidades primarias por los esclavos.
Aristóteles sostiene, no sólo la existencia de esclavos como frutos de las conquistas ocasionales, sino una desigualdad natural entre hombres libres y hombres esclavos, incapaces éstos de alcanzar la vida superior. El esclavo es un “instrumento animado” al servicio del hombre libre. Entre ambos hay una diferencia radical, lo que no impide que pueda existir una relación de amistad y un trato filantrópico.

El tema de la esclavitud es tratado especialmente en la Política. Así afirma, por ejemplo:“ El que siendo hombre no se pertenece a sí mismo, sino que es un hombre de otro, ése es, por naturaleza, un esclavo. Y es hombre de otro, el que siendo hombre, es una posesión, y una posesión como instrumento activo y distinto” ( I, 3)“Al referirnos al hombre y los demás animales sucede lo mismo (se alude a la superioridad del alma sobre el cuerpo): los animales domesticables son mejores que los salvajes… También en la relación varón-mujer, por naturaleza el uno es superior y la otra, inferior. Por tanto, uno domina y la otra es dominada. Del mismo modo es necesario que suceda entre los humanos… Aquellos cuyo trabajo consiste en el uso de su cuerpo -y esto es lo mejor para ellos- ésos son, por naturaleza, esclavos, para los que es mejor estar sometidos al poder de otros.
Así que es esclavo por naturaleza el que puede depender de otro, y por eso es de otro, y él participa de la razón en tal grado como para reconocerla, pero no para poseerla… Está claro que, por naturaleza, unos son libres y otros esclavos. Y que a éstos les conviene la esclavitud, y es justa”  (I, 3).

Por tanto, el esclavo es un ser “racional no pleno”, pues puede reconocer la racionalidad pero no poseerla ni ejercerla. Por tanto, lo que caracteriza a la civilización griega, como a la romana, es una gran cultura de tipo urbano realizada por hombres libres, acompañada por una producción de tipo rural fundamentalmente (cereales, aceite, vino) en manos de esclavos, mientras que las manufacturas podían ser realizadas por artesanos más o menos libres o directamente también por esclavos, como en Roma.

El modo de producción esclavista
fue el gran invento grecorromano, no en su existencia como tal, sino en su justificación jurídica y filosófica. Los esclavos no fueron empleados sólo ocasionalmente para trabajos forzados (como en los grandes imperios de Mesopotamia y Egipto) sino como productores permanentes y esenciales de la economía, ocupados masivamente en la producción agraria (minifundios en Grecia y latifundios en Roma), constituyendo una verdadera clase social que se prolongaba en los hijos de los esclavos y en los nuevos esclavos, frutos de las constantes conquistas.
De esta forma, con el tiempo toda la economía fue pasando a sus manos, aún la artesanal y propiamente doméstica, de modo que el número de esclavos llegó a ser superior al de los libres (en Grecia en una proporción de 3 esclavos por dos hombres libres, de 80 a 100 mil esclavos por 30 o 40  mil habitantes; en Roma la proporción fue inmensamente mayor debido a los grandes latifundios de hasta 50 o 100 mil hectáreas, en los que trabajaban hasta 25 o 30 mil esclavos de un terrateniente rico). Este sistema es lo que caracteriza a la polis griega y a la república romana: la necesidad de esclavos para que sobresalgan los hombres libres, una pequeña minoría dominada a su vez por la clase dirigente rica y noble, dedicados a la guerra, la política, al comercio y al arte.

Libertad y esclavitud
se oponen y complementan al mismo tiempo, siendo la una necesaria para la otra.De esta forma, el milagro del gran desarrollo cultural y económico de Grecia y Roma fue, en definitiva, el fruto del trabajo de los esclavos.En el caso romano, llegó un momento en que aun la dirección de los latifundios quedó en manos de esclavos de mayor capacidad, como también la dirección de la vida doméstica y la administrativa del comercio.

Así la esclavitud entra por largos siglos en la vida de Occidente, continuada por esclavos y siervos en la Edad Media, y retomada por los países colonialistas con indígenas americanos y los esclavos negros en la Edad Moderna, llegando hasta fines del siglo pasado.La Iglesia aceptó esta situación, ya desde los escritos de Pablo, y apeló a ellos incluso en sus fincas y latifundios episcopales o abaciales del medioevo.

El Antiguo Testamento
distingue entre los esclavos hebreos que al séptimo año deben quedar libres (Deut. 15,12-18) y los esclavos de las otras naciones que son “propiedad de ustedes y los podrán dejar en herencia a sus hijos para siempre” (Lev. 25,44-55), aceptando por tanto como normal la esclavitud sobre pueblos sometidos.
Jesús no alude explícitamente a los esclavos (casi inexistentes en la Palestina de su época) pero implícitamente se refiere a ellos en las bienaventuranzas, incluidos entre los pobres, los que lloran y sufren, y destinatarios de la liberación del Reino de Dios.

El Nuevo Testamento
no hace innovaciones a favor de la libertad de los esclavos. Así Pablo en su primera carta a los Corintios (7,21-23) sostiene que “cada uno permanezca ante Dios en el estado en que ha sido llamado”, introduciendo una peligrosa teoría que tan bien será utilizada por los esclavistas cristianos de los siglos sucesivos. Pablo alude a que Dios coloca a cada uno en una posición, de libre o de esclavo, pero que lo importante es ser libres en el Señor mediante la fe y el bautismo, “pues el que recibió la llamada del Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor” (Los esclavistas cristianos de los siglos XVI y siguientes tranquilizarán sus conciencias bautizando a negros e indios y enseñándoles el catecismo).

Los discípulos de Pablo de comienzos y mediados del siglo II mantienen el statu quo de la esclavitud, exigiendo en consecuencia que “los esclavos obedezcan a sus amos con respeto y temor, con sencillez de corazón, no solo cuando son vistos… sino de buena gana, obedeciendo como a Cristo… para cumplir la voluntad de Dios”. Así lo afirma la Carta a los Efesios 6,5-8.
Similares conceptos pueden verse en Colosenses 3,22-23, que apela a la herencia celestial de los esclavos obedientes, pues “para Dios no hay acepción de personas” y juzga a todos por igual. La misma obediencia completa se exige en Tito 2,9-10, 1Timoteo 6,1-2 y en la primera Carta de Pedro 2,18-21 que pone como ejemplo de los sufrimientos de los esclavos los sufrimientos que injustamente padeció Jesús.Pero estos mismos escritos intentan paliar la dureza de la esclavitud con un trato más suave: “Amos, obren sin hacer amenazas, teniendo presente que está en los cielos el amo de ustedes y de ellos, y que en él no hay acepción de personas” (Efesios 6,9); “Amos, den a sus esclavos lo que es justo y equitativo, pues también ustedes tienen un amo en los cielos” (Colosenses 4,1).

Todos estos textos aluden, pues, a la ideología dominante de que el orden político y social existente   responde a un orden que Dios impuso en el mundo. Una doctrina que perdurará hasta finales de la Edad Media y que también intentará justificar el absolutismo monárquico de los siglos de la modernidad y la estricta división entre reyes, clero y nobleza que exigen obediencia al resto de la sociedad, pues “así Dios quiere las cosas”.
Se trata de una teología acomodaticia y conservadora que será definida por Marx como opio de los pueblos.Lo cierto es que la esclavitud era una situación social tan internalizada en la sociedad antigua que aún  los mejores pensadores y hombres de espíritu no lograron medir ni denunciar su intrínseca perversidad, pese a sostener que “para Dios no hay acepción ni diferencias de personas”. Todo un monumento a la incoherencia, pues si para Dios todos los hombres son iguales, no se ve por qué en su nombre se deban hacer diferencias.

Para los romanos
, el esclavo era un instrumentum vocale, o sea, un instrumento o herramienta que habla, algo superior al animal, instrumentum semivocale y muy por encima de los aperos, instrumentum mutum. Como tal, era vendido y comprado dentro de las leyes del mercado, más caros o más baratos según la cantidad disponible y la demanda.

El método esclavista
, en su mejor momento, significó un gran aumento de la producción, pero al mismo tiempo un general estancamiento de las técnicas o inventos para mejorarla, y la incapacidad de los hombres libres para cultivar la tierra o producir diversos artículos. Cuando vino la crisis de esclavos en el bajo imperio romano, esto traería tremendas consecuencias para la producción.

Todo lo cual implicó una depreciación del valor del trabajo en sí, el trabajo manual artesanal o agrícola, considerado como algo inferior, propio de animales y esclavos. Por eso el mismo Platón pensaba que  “el trabajo es algo ajeno a los valores humanos y en algunos aspectos incluso parece ser la antítesis de lo que es esencial al hombre” (Vernant, Mito y pensamiento de los griegos, 1965).
Y si todo descansaba sobre el trabajo de los esclavos, entonces la guerra de conquista era el instrumento para conseguirlos: primero, desde los pequeños imperios de Esparta (los esclavos eran los ilotas) y Atenas (con su imperio naval y colonial), después desde Alejandro y finalmente, desde el imperio romano que llevó la producción esclavista hasta sus últimas consecuencias, especialmente en Occidente (Italia, Galia y España).

II –  IDEOLOGÍA DE ROMA:  LA  CIUDAD  ECUMÉNICA
LA  REPÚBLICA  Y  EL  IMPERIO


1. Aunque en la antigüedad siempre existieron imperios (egipcio, asirio, babilónico, persa, griego de Alejandro), nunca lograron al mismo tiempo la universalidad y la perennidad en el tiempo.Esto sólo fue realizado por Roma, sobre todo a partir de la toma de Corinto y de Numancia (146 y 134 a.C.), y tras la victoria sobre Cartago.
Surge así la ideología romana de la que se hace eco el escritor griego Polibio:
“ Los romanos… han forzado a obedecerlos no a algunas comarcas sino a casi todos los pueblos de la tierra, de tal modo que no hay nadie hoy en día que pueda resistirles, y en el futuro nadie puede esperar superarlos”. Por eso “la historia del mundo ha comenzado a formar como un todo orgánico”. Todo un principio del primer gran intento de “globalización”.

2. Pero esta voluntad de poder universal no se reveló desde los inicios de Roma en una ideología muy precisa. La idea y la praxis del imperio se gestaron en un período relativamente largo, unos 6 siglos, desde la fundación de la ciudad en el 753 o 750 a.C. hasta un siglo y medio antes de nuestra era, heredero a su vez de la cultura etrusca (ciudades-estado, rey asistido por el senado, con exclusión de la plebe –pueblos conquistados, extranjeros- sin derechos).

Tras el fracaso de la monarquía romana, fue la república (510 a.C.), especialmente por su órgano aristocrático de control màximo, el senado, la que con la excusa de los enemigos externos, fue extendiendo los límites de Roma, reclamando una especie de unión sagrada.
Mientras los senadores eran vitalicios, con el control de los patricios o nobles romanos, los magistrados anuales eran los dos cónsules, elegidos por las “asambleas del pueblo” que comprendían a todos los ciudadanos libres, siendo los encargados del poder ejecutivo y pertenecientes en la primera etapa a los patricios.
Desde el 366 a C., uno de los cónsules debía pertenecer a los plebeyos. Esta unión de la nación romana entre los siglos IV y II, fue favorecida por el respeto casi religioso del que gozaban los magistrados de Roma y su constitución política, más una costumbre asumida que una ley escrita (reducida a las XII Tablas).Roma logró conciliar, no sin luchas, una síntesis de monarquía, aristocracia y democracia, ideal de gobierno según los griegos.

El espíritu romano quedó plasmado en términos como Senatus populusque romanus decrevit (SPQR, “el senado y el pueblo de Roma, decretan”), en el respeto al Mos maiorum (costumbre de los antiguos, de los padres), en los signos de la autoridad de los cónsules: la potestas (el poder de administrar el gobierno) y el imperium (poder militar y judicial, del que deriva la palabra emperador o jefe supremo).
Este imperium y esta potestas, de origen popular pero también divino, es la fuente de la ideología romana.
Por su parte los senadores tienen dos derechos esenciales: aconsejar a los magistrados (consilium) y ejercer la autoridad (auctoritas) sobre la política y la religión, como guardianes de la tradición romana. Esta constitución política flexible y elaborada lentamente por un pueblo de campesinos, pragmático y prudente, permitió elaborar una fe positiva en el futuro de grandeza de la nación romana.

Se trataba de ideas suficientemente vagas como para ser aceptadas por todos bajo la propaganda constante de escritores, historiadores, oradores y políticos, y plasmada en una religión nacional con una gran simbología política en sus templos y altares.
En todos los casos se exaltaba la superioridad de Roma, su grandeza, y por tanto, el orgullo de ser ciudadano romano.
Es el orgullo de la Urbs (Roma, “la ciudad” por excelencia, la urbe) que impone su poder al mundo y a los “amigos y aliados de Roma”, sin racismos y con una gran amplitud, al punto que, después de declarar ciudadanos romanos a todos los habitantes de Italia, lo hará con  todos los habitantes del imperio en el 212 por un decreto del emperador Caracalla, un verdadero signo de honor y privilegio hasta ese entonces limitado.Este sentido universal, acompañado de una economía colonialista y esclavista y por una relación dominador-dominado, permitió la realidad de una república imperial extendida a casi todo el mundo conocido de ese entonces.

3. Todo lo cual no se realizó sin crisis y conflictos ideológicos internos caracterizados por la lucha entre los nobles patricios y los plebeyos, tanto de Roma, primero, como de Italia después. A pesar de varios intentos, nunca se pudo realizar una reforma agraria y social reclamada por los plebeyos, de modo que la República siempre mantuvo el dominio de la oligarquía patricia tradicional de Roma, a la que se agregaría posteriormente la de Italia, y finalmente la de las provincias, desde el siglo segundo en adelante, cuando ya varios emperadores provengan de comarcas lejanas (Galia, España, Dalmacia).
La rápida expansión, el nuevo comercio, las riquezas y la influencia de nuevas culturas y religiones, generaron la necesidad de una revisión de la tradicional ideología republicana. Ya Catón el Censor (+147 a.C.) se hace eco de las viejas tradiciones republicanas de austeridad y moralidad contra el lujo y la inmoralidad, y de la oligarquía senatorial como guardiana de la pureza de costumbres.

También estuvieron los intentos reformistas populares de los hermanos Tiberio y Cayo Graco (133-121 a.C.), pero nada detuvo el avance de los poderosos y de los nuevos ricos.Así se va imponiendo la idea de una jefatura monocrática (sin pronunciarse la palabra monarquía, término degradante desde la caída de los reyes Tarquinos en el 509 a.C.) en generales victoriosos como Mario, Sila, Pompeyo y César, Marco Antonio y Octavio, que van adoptando la modalidad helenística para la construcción de un imperio indivisible.

Entre tanto, la inmensa masa de los proletarii (ciudadanos sin propiedades que simplemente procrean hijos o proles) iba en aumento y se refugió en las ciudades donde millares de ellos tuvieron que ser alimentados sistemáticamente por los gobernantes romanos que les daban “pan y circo”.
Además, Roma tuvo la inteligencia de integrar a los pueblos conquistados, cuya cultura y religión preservó, conformando con ellos una gran alianza que finalmente transformó al gran imperio en una sola unidad política, con escasa diferenciación entre romanos, primero, itálicos después y finalmente habitantes de otras provincias.
Esta relativa flexibilidad institucional le dio al imperio una gran fuerza de cohesión y estabilidad, sin que prácticamente se produjeran rebeliones internas de tipo separatista  (siendo casi una excepción la de Judea en el 66).

4. Pero se necesitaba un soporte ideológico que, curiosamente, fue dado por un republicano como Cicerón (106-43), quien a pesar suyo fue el inspirador de la futura ideología romana imperial y de la fortuna del primer emperador, Augusto.

Pero antes, fue el historiador Polibio (205-125), un rehén griego después liberado, quien escribe su Historia universal tomando como eje a Roma, culminación de toda la historia antigua. Siguiendo a Aristóteles, señala que existió en el mundo una evolución de la monarquía a la oligarquía que luego desemboca en la democracia. Pero cada sistema tiene su lado perverso: tiranía, oligarquía y demagogia.
Con Roma se constituye un sistema que tiene la virtud de las tres formas tradicionales y ninguno de sus defectos, pues hay tres poderes que se controlan mutuamente: los cónsules (monarquía), el Senado (aristocracia) y el pueblo romano (democracia).
La prudencia y la fortaleza romana permiten que este equilibrio se mantenga, mientras se expande en el mundo con el poder de sus recursos y conquistas, algo que no supo hacer Esparta.

De esta forma, Polibio crea una historia y una filosofía política adaptada al imperialismo romano, unificador de los anhelos de toda la raza humana por entonces conocida, pero que debe estar atento a no cometer los errores griegos, evitándose la ostentación de lujo por parte de los ricos y las desmedidas ambiciones del pueblo.

Cicerón
, gran conocedor de la cultura griega y admirador de Platón, pero también consciente del constante intento de la nobleza romana para someter al pueblo, y testigo de la sublevación de los esclavos comandados por Espartaco (73-71), introdujo la filosofía en Roma y escribió dos libros de tipo filosófico-político: La República y Las Leyes, en los que esboza el retrato del Princeps que debe tener “tranquilidad de ánimo y cuya vida debe ser un modelo de constancia y gravedad”, encargado de velar por los pueblos según lo dicho por Platón: “Velar primeramente por los intereses de los ciudadanos con una devoción constante y un desinterés absoluto, dar seguidamente el mismo interés a todos los cuerpos de la república y nunca demostrar por una de las partes una predilección que se volviera en detrimento de las demás”.

Según las ideas de Sócrates y Platón, y de la moral de los estoicos, el gobernante debe manifestar ánimo equilibrado, modestia, moderación y templanza. El Príncipe es quien realiza la concordia y la armonía, hombre superior que, como Escipión el Africano (vencedor de Aníbal de Cartago) llega a la inmortalidad y a la apoteosis (semejanza con dios).Pero Cicerón no fue un idealista como Platón y cree en la república romana para la cual da numerosas sugerencias prácticas.

El nos dice que “la república es cosa de un pueblo; pero un pueblo no es una colección de seres humanos unidos de cualquier manera, sino una reunión de personas en grandes números, asociadas en un acuerdo con respecto a la justicia y una asociación para el bien común” (Res-publica: cosa pública, asunto de todos, equivalente de la polis o Estado)Por tanto, sin justicia y sin bien común, no hay república. Se la considera esencial para conseguir una vida feliz y virtuosa, y surge debido a “un cierto espíritu social que la naturaleza ha implantado en el hombre”.

En consecuencia, tanto la república como su gobierno son del orden natural, de lo contrario “la existencia es imposible para una familia, una ciudad, una nación, toda la especie humana, la naturaleza y el universo mismos”. La jerarquía del gobierno es reflejo de la jerarquía de la naturaleza, de modo que lo inferior se subordina a lo superior.

El carácter de la república queda determinado por su forma de gobierno: monarquía, aristocracia y democracia. La monarquía se caracteriza por un sistema similar al afecto del padre hacia los hijos; la aristocracia por la sabiduría, y la democracia por la libertad. “Pero en la monarquía, todos, exceptuando el monarca, carecen casi por completo de derechos y participación en los asuntos públicos; en el gobierno aristocrático, el pueblo apenas tiene libertad puesto que no interviene en los consejos ni ejerce poder alguno; en el estado popular (democracia), aunque se le suponga todo lo justo y moderado posible, la igualdad absoluta es inequitativa, puesto que no reconoce distinción de méritos”.
Cuando los regímenes se degeneran, “el poder de gobierno, como una pelota, es arrancado a los reyes por los tiranos, a los tiranos por los aristócratas o por el pueblo, y a éste, una vez más, por una facción oligárquica o un tirano, de modo que ninguna forma de gobierno se mantiene durante mucho tiempo”.

Cicerón, pues, sigue las ideas griegas, en especial las de Polibio, quien explicaba el éxito de la expansión romana diciendo que “era imposible, aun para un natural del país, declarar con certeza si todo el sistema era aristocrático, democrático o monárquico”, pues “si nos fijábamos en el poder de los cónsules, la constitución parecía completamente monárquica y real. En cambio, si nos fijábamos en el senado, parecía aristocrática, y cuando se consideraba el poder de las masas, parecía ser claramente una democracia”.

Por tanto, Cicerón sugiere el sistema mixto en el que “los magistrados tienen poder suficiente, los consejos de los notables tienen influencia suficiente, y el pueblo tiene libertad suficiente”. Pero Cicerón tiende a subrayar la primacía de la aristocracia del senado y su poder para legislar con autoridad, virtud  y sabiduría, siendo un modelo para los ciudadanos.

Respecto a la relación complicada entre sabiduría y justicia, afirma: “La sabiduría nos pide aumentar nuestros recursos, multiplicar nuestras riquezas, extender nuestras fronteras… gobernar a cuantos súbditos como sea posible, gozar del placer, enriquecernos, ser gobernantes y amos.La justicia, por su parte, nos pide que no ataquemos a nadie, que consideremos los intereses de toda la especie humana, que demos a cada uno lo que le corresponde y que no toquemos propiedad sagrada o pública, o aquello que pertenece a otros”.

Hay, pues, una difícil relación entre los dictados de la justicia y los de la sabiduría práctica del estadista. Cicerón  también sostiene la concepción estoica del derecho natural: “La recta razón es verdadera ley conforme con la naturaleza, inmutable y eterna, que llama al hombre al bien con sus mandatos y lo separa del mal con sus amenazas: ora ordena, ora prohiba, no se dirige en vano al varón honrado, aunque no consigue conmover al malvado. No es posible debilitarla con otras leyes, ni derogar ningún precepto suyo, ni menos aún abrogarla por completo. Ni el senado ni el pueblo pueden liberarnos de su imperio; no necesita intérprete que la explique; no habrá una en Roma, otra en Atenas, una hoy y otra pasado un siglo, sino que una misma ley, eterna e inmutable, rige a la vez a todos los pueblos en todos los tiempos. El universo entero está sometido a un solo señor, a un solo rey supremo, al Dios omnipotente que ha concedido, meditado y sancionado esta ley”.

Por su parte, las leyes de los legisladores humanos deben basarse en esa ley suprema, natural y divina, “ley dada por los dioses a la especie humana”, y adaptarla y aplicarla a la sociedad civil y a sus circunstancias concretas. Aunque el ideal de la ley natural es irrealizable, queda siempre como una guía para los estadistas.
La obra de Cicerón tendrá gran gravitación no sólo en Roma sino en los siglos posteriores cuando sólo se conozca el pensamiento político griego por sus escritos y comentarios. Muere en el 43 cuando Roma se deshace en una cruenta lucha por el poder, con los triunviros Lépido, Marco Antonio y Octavio, quien pronto, tras la derrota de Marco Antonio (y Cleopatra, reina de Egipto), se erige como primer Emperador con el nombre de Augusto.

5. Augusto hace suyas las lecciones de Cicerón y se identifica con su Princeps, transformándose en el rector (guía), gubernator (administrador), moderator (piloto), términos que expresan más que el dominio, el sentido casi religioso del Príncipe, según Cicerón. De esta manera la Respublica  asume la forma monárquica imperial, casi como su forma ideal. Es la nueva ideología de Roma que impone la pax romana para iniciar una era fecunda en cultura, grandes construcciones y comercio.

Una ideología que se adapta a la gran extensión del imperio y de los pueblos conquistados, que se sigue elaborando al correr del tiempo y que nunca abandona el término “república” ni la ficción de un poder residente en el “populus romanus”, único capaz de nombrar a su emperador (el imperio no es hereditario). Es ese populus el dueño del imperio y no el emperador que no puede comportarse como un déspota oriental dueño de tierras y personas.

Pero el emperador sabrá, ya desde Augusto, hacerse reconocer como hombre providencial y llamado a la divinización (“apoteosis”), consagrándose al mismo tiempo como Sumo Pontífice de la religión romana.
Escritores y poetas, especialmente Virgilio, se encargaron de expandir y dar brillo a la ideología romana: Virgilio exalta los valores de la ideología augusta romana en las Bucólicas (39 a.C.) y en las Geórgicas (29 a.C.) y proclama una era nueva, un nuevo mundo, una edad de oro en paz, reconciliación  y armonía universales con textos que serán tenidos en cuenta por los escritores cristianos como anticipos de la llegada del mesías Jesucristo.

Al mismo tiempo proclama los tradicionales valores del trabajo rural y manual para no sucumbir a la tentación exclusiva de la ciudad. Finalmente, su libro la Eneida, calcado sobre el molde griego de la Ilíada de Homero, exalta a Eneas, un héroe griego que partiendo de Troya (en la Magna Grecia asiática) y tras pasar por la africana Cartago (rival de Roma), funda finalmente la ciudad de Roma cuya culminación es la obra de Augusto.
Así los tres grandes continentes (Asia, África y Europa) son unidos simbólicamente bajo el cetro de Augusto en Roma.Roma se transforma entonces en una ciudad cósmica, llamada por los dioses para conducir al mundo. Ese es su destino o fatum.

De esta manera, en los tres libros de Virgilio tenemos los tres elementos esenciales de la ideología imperial: la llegada de la edad de oro que restablece la concordia, el retorno a la tierra nutricia mediante un imperio ecuménico (que cubre toda la ecumene o tierra habitada) y la tradición de la fundación mítica de Roma (con Rómulo y Remo, y la loba que los amamanta) que culmina en Augusto, elegido por los dioses para una misión especial a la cual no puede sustraerse.

6. Augusto, sabedor de que la sola ideología no es fácil de ser vivida por el pueblo, introduce pronto el culto a Roma y al emperador, representante directo del Dios Júpiter  (un culto que traerá pronto consecuencias a los cristianos, al negarse a semejante adoración) pues “él te ha puesto entre nosotros para desempeñar una función ante todo el género humano” (carta de Plinio a Trajano).
Es un culto netamente político por medio del cual todos los pueblos y todas las clases sociales rinden pleitesía al emperador y a la diosa Roma, que se constituye así en una ciudad ecuménica, una sólida unidad a pesar del gran pluralismo de pueblos, religiones y lenguas.
Cuando se introduzcan en Roma los cultos solares, desde el siglo II, entonces también el culto imperial se magnificará con un importante colegio de sacerdotes, y el emperador aparecerá como la teofanía del dios sol (Mitra).
En el 251 el culto (con prosternaciones y sahumerios ante su estatua) se vuelve obligatorio a todos los habitantes del imperio, pues hasta ese entonces sólo regía para magistrados, oficiales y soldados.

Por eso aún después de la conversión de Constantino al cristianismo, el emperador mantendrá el mismo rango religioso y la misma veneración (postrarse de rodillas, venerar su estatua) aunque relacionada con el Dios cristiano y con su Hijo Jesucristo. Esta era la tradicicón romana: la autoridad viene de Dios y representa a Dios, y el emperador es señor en lo civil y en lo religioso. De allí la paradoja de los cristianos, que opuestos primero a la adoración del emperador como representante de Júpiter, sabrán venerarlo y reconocerlo como lugarteniente de Cristo, hijo a su vez de Dios Padre. Entonces se pasará naturalmente a un Césaropapismo o Césaropontifismo, particularmente en el imperio de Oriente, donde el rey o emperador siempre fue visto como una manifestación divina.

Otro elemento fundamental de la nueva era romana es la construcción de las nuevas ciudades (sobre modelo de las ciudades helenistas), con sus grandes edificios públicos, basílicas y monumentos, como réplicas de Roma y signos de su presencia universal, entrelazadas por una excelente red de carreteras (muchas pavimentadas y conservadas hasta el día de hoy).
Por tanto, Roma se halla presente en cada ciudad donde se administra justicia en su nombre. Es el primer intento de globalización del mundo por entonces conocido.Por eso en el 144, Elio Arístides, en un discurso dirigido al emperador Antonino Pio pudo decir: “Roma ha hecho realidad el viejo dicho, tantas veces repetido, de que la tierra es la madre y la patria común de todos los hombres. Hoy es posible, tanto a los griegos como a los bárbaros, ir a donde quieran, fácilmente y sin esfuerzo, como si pasaran de una patria a otra”.

Otro elemento fundamental de la propaganda ideológica romana es la utilización de una moneda única para el pago de los impuestos y tributos, una moneda que lleva la esfigie del emperador e inscripciones oportunas. Inscripciones que utilizan palabras claves como concordia, paz, seguridad o libertad y que llegan a todos los hogares y habitantes.De esto se hacen eco los evangelios, preocupados por la posible acusación de desobediencia de los cristianos, Cuando los judíos le preguntan a Jesús si hay que pagar el tributo, él pide que se le muestre una moneda romana, pregunta de quién es la esfigie, y responde: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22,13-21)

Y todo este aparato ideológico es sostenido y reforzado por la constante presencia del ejército de las legiones romanas, un ejército profesional y altamente especializado, constituido por ciudadanos romanos con el apoyo de fuerzas auxiliares extranjeras y mercenarias.De este ejército dependía en definitiva la economía del imperio, basada en la esclavitud, necesaria especialmente para el cultivo agrario y la producción masiva de cereales.
El ejército sumamente profesionalizado y permanente (llegará a contar más de 600 mil soldados), no solo agregaba nuevas tierras que pasaban a manos de la oligarquía senatorial y de los soldados vencedores, sino que proporcionaba la mano de obra que suplantaba cada vez más a los pequeños propietarios  llamados a las armas o muertos en las batallas.

El resultado fue la aparición novedosa en la antigüedad de los latifundios, en manos de pocas familias nobles, y no del rey como en las monarquías orientales. Poco a poco el cultivo de los latifundios quedó totalmente en manos de los esclavos, mientras que sus dueños vivían en las ciudades y se dedicaban a la política y al ocio.De esta forma, si para el siglo III antes de Cristo había en Italia unos 4 millones de personas libres para 600 mil esclavos, ya para el siglo I libres y esclavos tenían igualdad numérica. La esclavitud masiva se extendió después hacia el resto de Occidente, España y Galia, mientras que en Oriente fue más ocasional, debido a los minifundios en manos de campesimos libres y al activo comercio.

Pero toda esta estructura política y económica, dependiente del ejército, tuvo su soporte en una importante novedad propia de los romanos: el derecho civil privado y el derecho público, la mayor aportación de Roma a la civilización hasta el día de hoy.El derecho civil, ius civile, se distinguía del  ius gentium, aplicable a las relaciones itnernacionales; ambos constituían el ius publicum opuesto al ius privatum, de uso interfamiliar.
Fue un Derecho desarrollado lentamente y regulaba meticulosamente las relaciones interciudadanas especialmente en cuanto a la propiedad privada, que era garantizada por la ley, al igual que los contratos (compra, venta, alquiler, arrendamiento, herencia, fianza) y convenios familiares y testamentarios.

Con Roma aparece la jurisprudencia civil, más importante incluso que el derecho público estatal e interestatal, y de gran gravitación hacia finales de la Edad Media e inicios de la Moderna cuando sea redescubierta y aplicada a la propiedad privada suplantatoria de la propiedad feudal.
Grandes codificadores del derecho romano serán Papiniano y Ulpiano, bajo los emperadores Severos.Para los romanos, la propiedad privada era un derecho absoluto, cuyo título era reconocido y defendido en todos los casos por el Estado.

Con el derecho privado y público, también apareció el impuesto único y universal sobre la base de censos muy exactos; el servicio del correo imperial; mejoras en las pagas a los soldados y jubilación a los que eran dados de baja; el control de los tumultos populares por cuerpos especiales y un programa de construcciones para dar trabajo a miles de desocupados que no tenían otra forma de alimentarse más que recurriendo al reparto gratuito de trigo.

7.    Este poder y esta ideología fue sufriendo un proceso de desgaste (especialmente desde fines del siglo II, pero antes con Nerón) con corrupción, golpes militares, pérdida de los valores tradicionales de Roma, etc. y comienza a surgir cierto pesimismo en autores como Séneca, Marcial y Juvenal, como también Tácito, aunque nadie duda de la necesidad y de la eternidad del imperio, cuyo hipotético final sería el fin de la historia. Se critica la corrupción del sistema, pero no al sistema, y a excepción de la sublevación judía, prácticamente no hubo rebeliones durante todos estos siglos. Roma sigue apareciendo como la ciudad segura para todos y la cultura unificadora del mundo y, como dice Elio Arístides “todos temen por encima de todo ser separados de ella”.

Es la culminación del ideal conservador estoico: la historia se ha detenido en Roma y no hay evolución ni cambio posible, algo que la historia se encargará de contradecir cruelmente.
El filósofo estoico Séneca, preceptor de Nerón, intenta corregir los excesos de Tiberio, Calígula y Claudio y en el De clementia  enseña que la naturaleza exige la autoridad de un jefe o príncipe, pero éste debe actuar para el interés de la gente y no para el suyo propio. Es tutor y no amo del pueblo, a quien representa provisto de poder divino, pero sin der un Dios. Su misión es servir e interpretar las leyes, respetando el poder del Senado. Al emperador, por otra parte, le exige las clásicas virtudes del estoicismo. No hace falta decir cuál fue su fracaso con Nerón quien, finalmente, lo condenó a muerte.

Pero el estoicismo seguirá siendo la salvaguarda moral de imperio, encoantrando su máxima expresión en Marco Aurelio , emperador estoico (161-80) que dejó como legado a la humanidad sus Pensamientos, una colección de máximas y sentencias de contenido moral, pero sin referencias políticas.La crisis moral va acompañada por una crisis económica (exceso de esclavismo, baja de la natalidad, abandono del campo, excesiva emigración a las ciudades, importación descontrolada de productos, inflación creciente) que se intenta paliar con mayor burocratización y centralismo autoritario en el emperador, quien adopta decididamente la forma oriental de apoteosis, divinización  y entronización en el panteón, especialmente desde el siglo III.

Pero la máxima extensión del imperio lograda con Trajano (98-117) y la falta de nuevas conquistas va socavando el insumo de esclavos, cuya natalidad tampoco se favorece. El resultado será una inevitable baja en la producción.
Pero ahora la polis se ha transformado en una cosmopolis y el emperador adquiere nuevos títulos como “fundador, restaurador, reparador” y se afirma especialmente como soter, o sea, salvador, título que será motivo de serios conflictos entre el imperio y el cristianismo que sólo reconoce como salvador a Jesucristo.
A mitad del siglo III, Aureliano se proclama sol invictus (sol invencible) por influencia del culto al dios Mitra cuya fiesta natalicia era el 25 de diciembre, por lo que la Iglesia después instituirá ese día como el del nacimiento de Jesús, nuevo sol del mundo, para contrarrestar al culto mitraico, su gran competidor.

A pesar de estos esfuerzos de divinización de Roma, reflejo de la divinidad en la tierra, comienza a gestarse en el siglo III y IV cierta duda sobre la supervivencia de Roma frente a nuevas amenazas de los bárbaros y a las luchas internas por obtener la máxima jefatura del imperio, ahora en manos de generales de las provincias, apoyados por sus soldados y en medio de levantamientos populares. Del 235 al 284 el imperio fue teatro de constantes golpes militares que llevaron al poder a 20 emperadores, 18 de los cuales terminaron en la muerte violenta.

Ya Celso (a fines del s.II), en su Discurso contra los cristianos, a quienes acusa de no colaborar ni luchar en el sostenimiento del imperio, escribe: “Sostened al emperador con todas vuestras fuerzas, compartid con él la defensa del derecho. Combatid por él si las circunstancias lo exigen. Ayudadle en el mando de los ejércitos. Por eso, dejad de sustraeros a vuestros deberes civiles y al servicio militar. Tomad vuestra parte en las funciones públicas, por la salvación de las leyes y la causa de la piedad”.

8. El ocaso del imperio llegaría en el siglo V, a pesar de los intentos de Diocleciano (emperador desde el 284 que lleva al ejército a unos 900 mil hombres) y de Constantino (y sucesores) que legaliza el cristianismo y que consigue así el decidido apoyo de la Iglesia. La excesiva extensión del imperio lo llevó al peligro del desmembramiento que se quiso paliar con su división en oriente (Bizancio) y occidente (Roma).

Pero, a pesar de la caída de Roma a mano de los bárbaros en el 476 (el imperio romano de Oriente perdura hasta el 1453 en que cae bajo los turcos), Roma quedó como símbolo de una ideología eterna que será resucitada en la Edad Media, bien descrita por Rutilio Numanciano, prefecto de Roma bajo el emperador Honorio, años antes de la llegada de Alarico: “¡Escúchame, Reina del mundo, divinidad sentada sobre los otros! Escúchame, madre de los hombres y de los dioses, tú que nos acercas a los dioses con tus templos… Tus favores se extienden tan lejos como los rayos del sol… El astro cuyo camino abraza el universo se mueve sólo para ti: se levanta en tu imperio, se pone en tus mares… Concediendo a los vencidos los privilegios de los vencedores, has hecho del mundo entero una sola ciudad… Roma, diosa adorable, después de haber colmado la tierra con tus triunfos, obligaste a los pueblos que la habitan a vivir bajo leyes comunes… Alza triunfante la cabeza, oh divina Roma… Tus leyes regularán la suerte del universo hasta las edades postreras… Aunque estés a punto de alcanzar tu duodécimo siglo, existirás mientras exista la tierra y el cielo”.

MÓDULO   2 

DE JESÚS  A   CONSTANTINO

En este módulo abordamos la problemática de Jesús de Nazaret, su accionar y su mensaje original, y las vicisitudes posteriores que finalmente desembocaron en la propuesta constantiniana y después, la medieval, teniendo en cuenta el lector que sólo abordamos los aspectos históricos y políticos, quedando a cargo de cada uno la interpretación de fe o religiosa.

JESÚS DE NAZARET. SU MENSAJE ORIGINAL

Introducción

Estamos acostumbrados a abordar el tema de Jesús exclusivamente desde el punto de vista teológico y litúrgico, con todas las interpretaciones que se fueron haciendo a lo largo de los siglos sobre todo por parte de los teólogos.
Pero nunca debemos perder de vista el punto de vista original: el de la historia de Jesús de Nazaret.
Con el método crítico histórico (aprobado incluso por la Iglesia Católica en 1993) intentaremos acercarnos al Jesús de la historia para descubrir qué pasó en su vida, cuál fue su mensaje y por qué terminó ajusticiado en la cruz.
Por este camino abordaremos el apasionante tema de cuál pudo haber sido su mensaje original y qué implicaciones políticas tuvieron sus actos y sus palabras, al punto de terminar ajusticiado por el poder romano, porque es evidente de que no se puede elaborar una teología sobre Jesucristo de espaldas a la historia de Jesús.
Al contrario, las diversas teologías o interpretaciones religiosas deben ampliar, profundizar y actualizar el mensaje de Jesús para que tenga novedad y peso en cada momento histórico y en cada lugar y cultura.
Intentaremos, pues, hablando simbólicamente, ubicar una cámara televisiva en Palestina y seguir los pasos del Jesús histórico tal cual fue visto y oído por sus compatriotas, desde su nacimiento hasta su muerte.
A partir de ella, serán las comunidades cristianas las que nos darán distintas interpretaciones desde  la fe en su resurrección y desde su propia realidad. 

1.  HIPÓTESIS DE UN PERFIL HISTÓRICO DE JESÚS DE NAZARET


  1. a)
    Los escritos sobre Jesús
    Por absurdo que pueda parecer, es muy difícil responder a la pregunta sobre quién fue Jesús de Nazaret y cuál fue su mensaje original, ya que todos los escritos que tenemos sobre su vida y palabras (Evangelios y Cartas) son interpretaciones que hacen las comunidades cristianas entre 40 y 100 años después de su muerte, sin que se haya conservado ninguna documentación original anterior a esos escritos.

La historia profana se refiere a Jesús muy de paso. Tácito, al hablar de la persecución de Nerón contra los cristianos, alude al ajusticiamiento de Jesús por Pilato (An. 15,14). Otras escasas referencias las tenemos en  Flavio Josefo y en Plinio el Joven en una carta al emperador Trajano  en el año 112 (Ep 10,96)

Estas interpretaciones son obra de comunidades que ya aceptan a Jesús como el Mesías de Israel y el Salvador de la humanidad, dan a su muerte un valor redentor, creen en su resurrección, y proyectan en la figura histórica de Jesús sus creencias y preocupaciones, condensando en su figura tanto el pensamiento profético de la Biblia como otros valores y esquemas mentales del helenismo en el que estaban inmersas.
Por tanto, no nos dicen quién fue Jesús y qué dijo, sino qué cree y cómo cree cada comunidad acerca de Jesús.
Tampoco hay una interpretación homogénea sobre Jesús, sino varias interpretaciones según el origen y vivencia de cada comunidad local; por lo que surge, sobre un fondo común, un conjunto de divergencias, por ejemplo, entre la fe cristiana de las comunidades judeo-cristianas (su centro era Jerusalén) y las de origen helénico (con sede en Antioquia), pero sin que estas diferencias sean tan radicales, ya que todas conservan una base de tradición judía y contienen más o menos elementos culturales del helenismo.

Así las comunidades judeo-cristianas tenían un concepto de Jesús como mesías nacional y exigían la circuncisión y el culto judaico como requisitos para el bautismo; las comunidades helenistas (Antioquia, Corinto, Roma) abandonaron muy pronto los elementos judaicos y tenían una concepción más universal de la salvación.
Estos escritos, en consecuencia, muy al estilo literario de su época, tanto de judíos como de griegos, nos describen la experiencia y el pensamiento de cada comunidad, que “transporta” o “proyecta” en Jesús, figura fundante del origen, sus propios problemas y soluciones, en la suposición de cómo Jesús habría respondido, o qué hubiera dicho o hecho.

Por tanto, es casi imposible distinguir claramente cuáles son las palabras auténticas del Jesús histórico y cuáles son los hechos objetivos de su vida, teñidos con todas las coloraciones literarias propias de la época (cumplimientos de profecías, abundancia de milagros, hechos más o menos espectaculares, presentación heroica del personaje) y enmarcados en medio de problemas y polémicas propios de las comunidades que elaboraron los evangelios y las cartas, como fue por ejemplo, la gran controversia entre las comunidades cristianas y la sinagoga, la convivencia dentro de un imperio mayoritariamente pagano o la vida interna de las comunidades.

Por eso, no es de extrañar que en un tiempo relativamente corto se produjera un proceso de mitificación de la figura histórica de Jesús, iniciada tempranamente por Pablo, que la interpreta desde la apoteosis grecorromana con aportes del gnosticismo (ver después su significado), haciendo de Jesús “el Señor” de la comunidad, de todos los hombres y aún del Universo, “Salvador” de toda la humanidad, entronizado junto a Dios como rey del mundo terrestre, celestial y cósmico, hasta llegar al concepto de preexistencia divina, tema que profundizan las cartas posteriores de los discípulos de Pablo (especialmente carta a los Efesios, a los Colosenses y a los Hebreos) y el evangelio de Juan, hacia el 110.
Este último evangelio, influenciado por el gnosticismo, espiritualiza el mensaje de Jesús en sumo grado y lo presenta como el Dios hecho carne que viene a revelar la verdad divina con la casi total oposición del pueblo judío.

Es curioso que Pablo, que no fue discípulo directo de Jesús, pero el  primer escritor canónico hacia el 50, prácticamente desconoce y aún desvaloriza en sus escritos la figura histórica de Jesús, no alude a su predicación y sólo se maneja con el concepto paradigmático de Cristo Señor, resucitado de la muerte y pronto a venir con toda su gloria en su manifestación final o parusía.
Es evidente, entonces, que teniendo en cuenta los cuatro Evangelios y las Cartas, no surge un único perfil histórico de Jesús, sino incluso facetas contradictorias del mismo personaje. Tratemos, pues, de descubrir a través de los textos un aproximado perfil coherente que nos permita acercarnos a su persona y a su mensaje.

Nuestra hipótesis
es que el Jesús histórico fue visto como un profeta-líder que anunció a los judíos un profundo y total cambio en la sociedad y en el hombre como preparación necesaria para la inminente irrupción de Dios en la historia: o esa, la llegada del “Reino de Dios”.
Toda su vida, su mensaje y su muerte se centran en este “nuevo orden” que Dios quería establecer en el mundo: el Reinado soberano de Yahvé, el Dios de la liberación y de los profetas.

b) El marco histórico-político-ideológico del tiempo de Jesús

Conocemos muy bien el contexto histórico e ideológico de Palestina que, tras siglos de dominación por parte de babilonios, persas y griegos, había caído finalmente en la órbita de Roma, ya que fue conquistada por Pompeyo en el 63 a.C.
La aguda crisis socio-económica que viven las clases populares, explotadas por la oligarquía saducea del alto clero y de la nobleza judía, más el alimento del nacionalismo político-religioso contra un poder extranjero que se opone a la soberanía y reinado de Yahvé y que esquilma aún más al pueblo, conforman el escenario en el cual Jesús vive y desarrolla su actividad, plagado de surgimientos de varios mesías liberadores.

Por tanto Jesús se enmarca en un tiempo caracterizado por un fuerte sentimiento mesiánico-apocalíptico que esperaba la llegada de un Mesías Liberador.
Por entonces ya los zelotes ( o celotas) realizaban su accionar subversivo contra Roma, coincidiendo las primeras revueltas mesiánicas de Judas hijo de Ezequías (derrotado por Varo) y la de Teudas y sus cuatrocientos seguidores con el nacimiento de Jesús hacia el año 4 a.C.
Después vino el alzamiento de Judas El Galileo (aludida como la de Teudas en He 5,36-37) y sus zelotes, coincidente con la adolescencia de Jesús.
Resulta evidente, entonces, una influencia revolucionaria en el niño y adolescente Jesús, en contacto con tropas invasoras, revueltas en Galilea y consecuencias desastrosas de un país dominado, entre ellas las crucifixiones de los rebeldes capturados.
Los zelotes, ala radicalizada y armada desprendida de los fariseos, eran también llamados “sicarios”, pues usaban la sica o puñal para deshacerse de sus enemigos; pero “oficialmente” se los llamaba “bandidos”, y así lo hacen el historiador judío pro-romano Flavio Josefo y los evangelistas.

Tras la muerte de Jesús, entre el 46-48 se sublevan contra Roma los mesías Jacob y Simón, también crucificados por los romanos; un tal Menahem, que terminó muerto por el pueblo por sus crueldades contra los moderados.
Otro caudillo mesiánico fue Eleazar y un carismático de sobrenombre El Egipcio que prometió cruzar milagrosamente el Jordán con sus seguidores. Pero todos fueron rápidamente liquidados por los romanos.
Finalmente en el año 66 los zelotes inician la sublevación general (siendo Nerón emperador), se hacen con el poder desde Jerusalén y se defienden en ella heroicamente hasta la destrucción de la ciudad por las legiones romanas en el 70, guiadas por Vespasiano, primero, y por su hijo Tito después.

c)     
Datos históricos básicos sobre Jesús

Jesús nació con toda probabilidad en Nazaret de Galilea (se lo denominaba El Nazareno) donde se crió en una familia muy pobre, y se ganaba la vida haciendo changas como carpintero, al igual que su padre José (Mt 13,55), o sea, arreglando los enseres de labranza de las comarcas aledañas.
En la misma cita de Mateo se dan nombres de sus hermanos y hermanas También en Mc 6,3).

Se calcula su fecha de nacimiento entre el 4/7 antes de Cristo.
En el 533 el monje Dionisio cometió un error al fijar la fecha haciéndola coincidir con el 754 de la fundación de Roma; pero como Herodes murió en el 750 y Jesús nació bajo su mandato (Mt 2), tuvo que nacer necesariamente antes.
La data del 25 de diciembre es puramente simbólica, pues fue establecida por la Iglesia hacia el siglo IV para contrarrestar el culto del dios Mitra, el dios Sol, cuyo nacimiento se celebraba ese día, solsticio de invierno en el hemisferio norte.

El nacimiento en Belén, la ciudad de David, es propuesto por Lucas y Mateo por motivos teológicos: mostrar la ascendencia davídica de Jesús que le permitía ser el auténtico Mesías.

Es importante tener en cuenta que Jesús fue un laico, pues no era levita ni sacerdote, como tampoco fue escriba, sin constar que haya tenido estudio especial alguno, salvo los propios de todo niño judío en la escuela de la sinagoga de Nazaret.
Hacia los treinta años (siendo Tiberio emperador, Pilato procurador de Judea y Herodes Antipas rey de Galilea, según Lc 3,1)  comenzó su predicación, reducida prácticamente a Galilea, tras escuchar al profeta apocalíptico Juan (Bautista) y hacerse bautizar por él; siendo resistido fuertemente por su familia (Jn 7,8) que consideró “que estaba fuera de sí”, según dice Marcos 3,20-21.

Podemos dar como seguro que el núcleo histórico de su predicación fue el anuncio de la inminente llegada del Reino, reinado o soberanía de Dios, (después ampliaremos este tema) una época de renovación total de la sociedad por obra divina; doctrina comúnmente aceptada por todos los judíos de la época salvo los saduceos, especialmente desde la predicación de los profetas mesiánicos y apocalípticos de los siglos V-II antes de Cristo.
Lo novedoso de Jesús es que habla de la inminencia de ese evento que acaecería en esa misma generación (Mc 1,15; 9,1; Mt 3,1-2; 16,28; 24,34; Lc 19,11; Hech 1,6-7).
Este Reino de Dios, eje central de toda su predicación, es la obra de Dios que transformaría las estructuras religiosas, sociales y políticas del mundo, terminando con la explotación de los pobres y clases marginadas a manos de los prepotentes, de acuerdo con la tradición de los profetas.

Por tanto, Jesús aparece fundamentalmente como un profeta de los últimos tiempos, autotitulado simplemente como “hijo de hombre”, convencido del inminente fin del mundo y de la culminación de la historia.
Profeta en la línea ideológica del Dios Liberador de los pobres y débiles, opuesto al poder sacerdotal y a las discriminaciones sociales del régimen.
En consecuencia, predicó su doctrina solamente a la comunidad judía (que sería el centro de la nueva restauración) cuya conversión exigía como condición para ser aceptada en el reino de Dios.
Su preocupación fue una profunda reforma de la comunidad, sin pretensión alguna de crear una comunidad religiosa o iglesia aparte.

Aunque parezca un contrasentido, Jesús no fue cristiano sino judío y fiel cumplidor de la ley dentro del espíritu profético y de  la piedad de los fariseos, aunque  opuesto al espíritu legalista.

Su predicación concitó el interés de un cierto número de adherentes, especialmente de los más pobres, de las mujeres y de los excluidos sociales (enfermos, prostitutas, profesiones inferiores), como también de cierto grupo de nacionalistas galileos, en general simpatizantes de los “zelotes”, que conformaron el núcleo de sus discípulos, llamados Apóstoles.

Todo lo cual le trajo la oposición de la clase tradicional dirigente de sacerdotes y saduceos, temerosos de que el nuevo movimiento generara una revuelta general contra Roma y contra el orden social, fenómeno frecuente en Galilea y que, finalmente, estallaría 40 años después de la muerte de Jesús, llevando a la nación judía a su ruina. El evangelio de Juan, escrito hacia el 110, recoge esta antigua tradición en 11,47-49:
Entonces los Sumos Sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos, y si lo dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación. Entonces Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año, dijo: Es necesario que muera un solo hombre y no que perezca toda la nación”.

Por todo ello, la predicación de Jesús fue realizada prácticamente en la norteña Galilea y durante un tiempo muy breve (unos dos años), al cabo de los cuales viajó a Jerusalén para anunciar el Reino a las autoridades judías, pero fue acusado ante el gobernador romano de sedicioso, y en cuanto tal fue juzgado y condenado al suplicio de la cruz, condena establecida exclusivamente para los rebeldes contra Roma y para los esclavos.  Este es un dato importante, pues no siendo Jesús un esclavo, sólo resta la hipótesis de crucifixión por sedición.

Según Marcos y Mateo, murió a las tres de la tarde, después de estar unas cinco o seis horas colgado en la cruz, pronunciando el significativo primer verso del salmo 22, “Eloi, Eloi, ¿lema sebactani?, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”.  Después dio un fuerte grito y dejó de existir (Mc 15,37).
Según Lucas, después del fuerte grito expiró diciendo: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46). Como señal de escarmiento, Pilato hizo crucificar a otros dos rebeldes (“bandidos”)

Esta muerte en la cruz es el dato histórico más importante y seguro de su existencia, ya que consta en todos los Evangelios y Cartas, comprobado por el hecho de que los romanos, tolerantes de todas las religiones, no condenarían a nadie a muerte por ser un hombre piadoso, como era la mayoría de los judíos, en especial los fariseos. Por lo tanto es fundamental, dado que Jesús fue crucificado como subversivo (Lc 23, 1 y sigs), saber si lo fue efectivamente y en qué sentido.

El por qué de esa muerte
, específica de los rebeldes, ilumina el sentido de toda su vida.
Pero tengamos en cuenta que en aquella época como en las nuestras, ser un subversivo contra el sistema no significaba necesariamente ni primariamente tomar las armas, sino pretender un cambio total (lo llamamos “revolución”) dentro del sistema político-social vigente para instaurar el reinado de Dios. La subversión ideológica, lo saben todos los poderes, es mucho más peligrosa que el simple alzamiento en armas.

d)     
Hipótesis sobre la causa de la muerte de Jesús

Desde un primer momento en la comunidad cristiana surgieron varias hipótesis explicativas del ajusticiamiento de Jesús en la cruz.
Esta explicación era fundamental, pues para los judíos el único criterio de la autenticidad del Mesías era su triunfo sobre los enemigos, y la crucifixión de Jesús indicada que era un falso mesías que había fracasado.

En tanto para los greco-romanos (como lo confirman las cartas de Pablo) significaba un “escándalo” o tropiezo difícil de sortear, pues no se entendía cómo un hijo de Dios y salvador del mundo podía haber sucumbido en forma tan humillante.
Las hipótesis se pueden resumir, básicamente, en dos:

1.       Jesús fue efectivamente un mesías y rebelde político social que entendió su misión como la liberación de su pueblo en la línea ideológica de los profetas, asumiéndose como mesías político-religioso de Israel. Y como tal fue condenado, muriendo como mártir de la causa de Yahvé.

Es la interpretación de la comunidad judeocristiana, tan cercana al Jesús histórico, cuyo centro era Jerusalén bajo el mando de Santiago, el hermano de Jesús (Mc 6,3; Gal 1,19), que morirá asesinado poco antes de la revuelta final judía. Entendían los judeocristianos que Jesús, si bien había sido crucificado, pronto vendría por segunda vez investido de poder divino para la liberación final en la parusía y para juzgar a paganos y pecadores, realizando la restauración universal (Mc 14, 62; He 3,20-21)

  1. Jesús “fue considerado” como mesías y liberador político por el pueblo (Mt 21,9-11) y por los discípulos (la casi totalidad de ellos eran galileos nacionalistas) que malinterpretaron sus palabras (Mc 8,27-33; Lc 24, 25-27)   Pero en realidad era un salvador espiritual de los pecados de todos los hombres, y como tal debía morir y resucitar para cumplir la voluntad de Dios, de acuerdo a las profecías (Lc 24, 25-27; Mt 1,21) Fue, por lo tanto, el Siervo de Yahvé que “tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,14, reinterpretando a Is 53,4).

Esta es la opinión, aunque confusa, de los evangelistas sinópticos (cristianos anónimos identificados mucho después como Marcos, Mateo, Lucas) que de paso mostraban a las autoridades romanas que los cristianos no tenían nada que ver con la revuelta contra Roma y que en realidad Jesús fue condenado por la oposición de las autoridades judías, a pesar de los intentos de Pilato por salvarlo. No hay que olvidar que Marcos escribe el primer evangelio inmediatamente después del final de la guerra judía y cuando en Roma no se hablaba de otra cosa que del triunfo de Tito sobre los rebeldes judíos, con los cuales todavía eran identificados los cristianos, considerados como una secta judía (los “nazarenos”). Las legiones romanas terminaron con todas las utopías mesianistas y establecieron un nuevo “statu quo” que obligaba a una reinterpretación más espiritual de Jesús.

Marcos parece conocer el pensamiento de Pablo que veinte años antes había presentado a Jesús como  Salvador de toda la humanidad e Hijo de Dios (Rom 4,24-25; 5,6-11); dos títulos que los romanos adjudicaban al emperador como único Señor del mundo.
Por eso, tras afirmar en el primer renglón de su evangelio (1,1) que transmitirá la “buena noticia de Jesús, Mesías e Hijo de Dios” (significativamente un centurión romano proclama por primera vez su divinidad al pie de la cruz, Mc 15,39), teje una historia híbrida con componentes helenistas de Pablo, pero sin abandonar elementos importantes del mesianismo tradicional que era imposible negar, y necesarios para que Jesús no fuera un simple mito sino un personaje de la historia salvadora, y más necesarios para ubicar a Jesús en el contexto de toda la historia bíblica, algo que hará con mejores resultados el evangelista Lucas.
Y para evitar sospechas, los romanos aparecen extrañamente inocentes en toda esa historia de la muerte de Jesús, comenzando por el propio Pilato que sólo accede a hacerlo azotar y crucificar “para contentar a la multitud”  (Mc 15,1-15; Mt 27,11-26) ; un Pilato descrito sin embargo por Josefo y Filón como insensible, obcecado, cruel, avaro y profundamente despreciador de los judíos.

En tanto se pone la culpabilidad de la muerte de Jesús en las intrigas de los sacerdotes que supieron manipular a Pilato y al pueblo para pedir su muerte, mientras se reclamaba la libertad del zelote Barrabás, después de un juicio nocturno con un Sanhedrín dividido, mientras Jesús se proclamaba abiertamente “el Mesías, Hijo del Dios bendito, y verán al Hijo del Hombre sentarse a la derecha del Dios Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14 y 15).
El evangelio de Juan, testigo ya de la excomunión que los dirigentes fariseos de la Sinagoga hicieran contra los cristianos hacia el 90-100, y de la ruptura definitiva entre el Judaísmo (ahora dirigido por los fariseos) y la Iglesia, proyecta estos episodios en la vida misma de Jesús que en todo momento aparece polemizando frente a sus enemigos “judíos”, o sea, los que no lo aceptaban como Enviado de Dios (especialmente Jn cap. 5, 7, 8 y 10).

Sobre la base de Marcos (el primero y más breve de los evangelios) que supo integrar historias sobre los actos y dichos de Jesús que circulaban en las comunidades cristianas (la llamada Fuente Q, después lamentablemente perdida para siempre), Mateo y Lucas amplían la exposición entre el 80-90, en un intento de compaginar la praxis de sus respectivas comunidades (judeocristiana de Siria en Mateo, helenista en Lucas) con el mesianismo judío, al que corrigen espiritualizándolo cada vez más, pero sin renunciar (especialmente Lucas) a ciertos aspectos humanos, sociales y políticos del accionar y del mensaje de Jesús, simplemente porque era imposible negarlos.
Por eso, siguiendo a Marcos, los evangelistas atribuyen a los apóstoles la idea del mesianismo político-religioso tradicional, dejando a Jesús la tarea de obligarlos al silencio o de corregir su postura; postura corregida que, obviamente  era la ahora vivida por la iglesia inserta en el imperio (Mt 16,13-23). En otros casos, son los demonios los que proclaman abiertamente a Jesús como Mesías e Hijo de Dios (Mc 3,11; 5,6-7), muy en consonancia con las ideas gnósticas y apocalípticas que concebían a los demonios como seres muy inteligentes, necesitados ahora de reconocer al Hijo de Dios investido de forma humana para poder combatirlo y desembarazarse de él, como afirma Pablo (1 Cor 2,7-8).

La conclusión fue que Jesús desarrolló una predicación profética de hondo contenido religioso, haciendo signos milagrosos (Mt 8,16-17; 11, 4-5; Mc 1,23-45; 2,1-12; 3,1-12; 5,25-34, etc.) para mostrarse como enviado e hijo de Dios, lo  que provocó la hostilidad de los sacerdotes saduceos y de los fariseos, que lo acusaron de blasfemo  por proclamarse Hijo del Hombre con poder (Mc 14,61-64) y por actuar en nombre del Demonio (Mt 9,34; Mt 10,25) y en contra de la ortodoxia judía. Finalmente, temerosos también de una revuelta, acusaron a Jesús ante la autoridad romana para que lo condenara a muerte, pues ellos ya habían perdido ese derecho.

Por su parte, Pablo había ya enseñado que esa muerte fue fruto de un designio divino y de la insensatez de los demonios que la buscaron (1Cor 2,7-8), sin darse cuenta de que ella significaba, por un lado el triunfo de Dios en su Hijo obediente por medio de la resurrección, y por otro, la derrota de los espíritus demoníacos que se consideraban los dueños de este mundo. O sea, Pablo se desliga de la historia y da una interpretación mítica, fácil de entender por su público no judío.

En tanto el evangelio llamado de  Juan (hacia el 100-110) acorde con su concepto de Jesús como Dios encarnado desde el principio (el Verbo, Jn 1), muestra los sufrimientos y la muerte de Jesús como la manifestación de su divino amor, como el amigo que da la vida por aquellos a quienes ama y como Buen Pastor que muere combatiendo por su rebaño (Jn 10-17), pero que muy pronto vuelve y se hace presente como resucitado a fin de reconfortar a sus discípulos y darles su Espíritu de fortaleza.

En definitiva, la segunda hipótesis
de un mesianismo espiritual quedará con el tiempo como la tradicional de la Iglesia, sobre todo cuando la corriente revolucionaria sea liquidada por los romanos, y en la práctica se irá espiritualizando cada vez más. Es la interpretación teológica que desliga a Jesús y sobre todo a la comunidad cristiana de todo sustrato subversivo  de tipo político, interpretación “prudente” frente al Imperio y sobre todo cuando ya la mayoría de los cristianos no eran judíos sino miembros y aún ciudadanos del Imperio.

Recordemos que el mismo Pablo era ciudadano romano según He 16, 36-38, y que en el año 212 el emperador Caracalla declara como ciudadanos a todos los habitantes libres del Imperio.
Pero, lamentablemente, esta interpretación espiritualizada pagará un alto precio al renunciar al componente de cambio profético-social propio del mensaje de Jesús, algo que tergiversaría peligrosamente el cristianismo a lo largo de los siglos y diluiría la figura de Jesús.

3. Entre la postura mesiánica-político-religiosa-nacionalista y la espiritualista-universalista de tipo teológico y mítico, hubo una gran variedad de interpretaciones intermedias, todas ellas aceptadas por la iglesia primitiva.
Teniendo en cuenta los escritos que serán considerados canónicos, tenemos por lo tanto dos grandes líneas interpretativas de la misión de Jesús: la de Pablo, exclusivamente desde el Cristo resucitado, y la de los evangelistas, desde el Jesús profeta histórico reinterpretado por las comunidades cristianas.

Entre los escritos no canónicos, son importantes los evangelios gnósticos (de Felipe, de Tomás, de María Magdalena, de Judas, etc.) especialmente los descubiertos en 1945 en Nag Hammadi, Egipto, que no atienden a la biografía de Jesús, sino que se presentan como discursos secretos de Jesús Resucitado a un grupo privilegiado, dando una visión super espiritualista y esotérica de su mensaje con desprecio de la visión de la Iglesia institucional. Son del siglo II en adelante y en general de difícil interpretación.

2.   Jesús profeta-mesías al servicio del Reino de Dios 

Tratemos de ahondar en el análisis crítico histórico de un personaje que iba a ser el eje transformador de la cultura de Occidente. Por lo tanto, analizaremos palabras y hechos desde la lectura crítica de los textos, reinterpretados de nuevo muchas veces a lo largo de la historia del cristianismo, tal como lo realizan las distintas Iglesias. Partimos del evidente supuesto de que Jesús fue un judío inserto en la cultura judía y partícipe de la fe religiosa de su pueblo.

Siguiendo paso a paso los textos evangélicos, preocupados por la espiritualización del mensaje de Jesús, aún así se nos aparece un claro y coherente perfil de un hombre consagrado a Dios y a su causa, liderando al mismo tiempo un movimiento de profunda reforma de la sociedad y del hombre, tanto en su aspecto religioso, como en el social y político, en concordancia con la historia bíblica que nunca separa estos aspectos cuando habla de Dios Salvador.

2.1 Contexto ideológico-religioso del Judaísmo en tiempos de Jesús
2.1.1 Jesús espera y anuncia el Reino de Dios

Es un dato más que claro en los evangelios que Jesús esperaba la llegada del Reino de Dios que se produciría en su vida  o inmediatamente después de su muerte, pues “les aseguro que algunos que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con todo poder” (Mc 9,1; ver Mc 14,25; Lc 22,15-18).
El Reino, por otra parte, es fruto de la exclusiva voluntad de Dios, pues crece con su propia fuerza (parábola de la semilla, Mc 4,26-9), se desarrolla como un gran árbol desde una pequeña semilla (parábola del grano de mostaza, Mc 4,30-32) y llegaría en forma inminente y súbita (Lc 17,20-21 y 19,11) cuando lo determine Dios,  único que sabe el momento y la hora (Mc 13,28-32; Mt 24,42-44).
Ya sabemos que después los primeros discípulos y los evangelistas, ante el hecho consumado de la muerte de Jesús sin eclosión del Reino, prolongaron el tiempo del advenimiento del Reino y de su salvación total hasta la llegada de la Parusía o Manifestación de la Segunda Venida gloriosa de Cristo, en un clima de ansiedad que bien revelan las cartas de Pablo a los Tesalonicenses (1Tes 4,13 a 5,11; 2 Tes 2) y las últimas epístolas del Nuevo Testamento (Segunda de Pedro y la de Judas), ya que pasaba el tiempo y el gran suceso escatológico no se producía.
En esta línea se inscriben los discursos apocalípticos de los sinópticos, que dan por conocida la destrucción de Jerusalén y suponen que ese trágico suceso era un signo precursor de una conflagración universal y de la Parusía (Mc 13, Mt 24 y Lc 21), “pues entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria… Y les aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero no mi palabra. Pero sobre aquel día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13, 26,30-32, reinterpretando a Daniel 7,13-14).

Todo ello es debido a que Jesús se insertó en la ideología judía y la asumió (era su cultura), tanto en lo que respecta al mesianismo predicado por los  profetas, como también en la creencia del Reino, como liberación total y como purificación religiosa por medio de la penitencia, como lo predican los profetas desde el Exilio, y se hace eco Juan el Bautista (Mc 1,1-11; Mt 3,1-12).
Más discutible es si compartía las ideas apocalípticas o éstas eran propias de los discípulos que las retrotrayeron a Jesús.

Es una idea netamente teocrática-democrática: integrar la liberación interior con un culto digno a Yahvé con la liberación política que instauraría a Yahvé como “Señor” o Rey absoluto. Esta teocracia “pura” (sin intermediarios, sean sacerdotes o reyes) no admite fisuras ni dualismos: todo el hombre y toda la sociedad humana necesitan un cambio radical. Nada puede quedar afuera de la soberanía de Dios.

2.1.2  La historia bíblica: historia del Dios Señor y Salvador del pueblo

Damos un breve resumen.
a) Del Exodo al Exilio

Toda la historia bíblica está saturada de esta ideología de una teocracia pura (“Malkuta”: Reino-soberanía de Dios) que se ejerce sobre la comunidad, sin la intermediación de sacerdotes o dirigentes políticos, o sea en forma muy democratizada. Al cabo de los siglos se espera un Reino que se instauraría mediante el Ungido-Rey (Mashiá  en hebreo, Jristós, en griego, Mesías en castellano) de Yahvé, para restaurar al Pueblo de Dios, Israel, que se libraría de sus enemigos y pondría a todas las naciones bajo su dominio.  Esta recreación mítica ocurriría en un tiempo final (ésjaton) restaurándose plenamente la alianza del pueblo con Yahvé, y tendría lugar dentro de la historia como su etapa final. Repasemos, muy brevemente, el proceso de esta idea de la soberanía o Reino de Dios.

La absoluta soberanía de Yahvé, religiosa y política al mismo tiempo, es la que funda al pueblo de Israel desde su liberación por Yahvé de la esclavitud de Egipto por mediación de Moisés hacia el 1200 a.C. Por esa liberación, Dios y el pueblo pactan una alianza: Dios toma como propio al pueblo y le promete ayuda a cambio de su fidelidad: “Si escuchan mi palabra y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos y una nación que me está consagrada” (Ex 19, 3 y sig.; Deut 7,6-8) Dios es el único “Señor” o Soberano-rey de esa comunidad, gobernando mediante los Jueces elegidos por algún profeta y aprobados democráticamente por la comunidad.

Pero con el rey David (1010-970 a.C.) se da un cambio fundamental que tergiversa el sentido democrático de la primera alianza: ahora la alianza es realizada sólo con la casa real, permaneciendo el pueblo como simple súbdito. Mientras el profeta Natán promete un reino eterno, el rey, al estilo egipcio y babilonio, es consagrado como “hijo de Dios”.

Encontré a David y lo ungí con óleo para que mi poder esté siempre con él… Yo lo constituí mi hijo primogénito, le aseguré amor eterno y una alianza estable…” (Sal 89,20-38)

Así la soberanía absoluta de Dios fue traicionada por los reyes hebreos de estilo absolutista (tanto del norte como del sur) que apostataron del culto a Yahvé y se entregaron a otros dioses, hundiendo al mismo tiempo al pueblo en la pobreza y opresión con pesados impuestos para sostener al ejército y a la corte real.
Fue entonces cuando surgieron los clásicos profetas (Isaías, Miqueas, Amós, Oseas, Jeremías) cuyo mensaje siempre tuvo un tinte religioso y político-social, ya que clamaban por la vuelta al reinado de Yahvé  y a la justicia con los pobres, cuyo Salvador era Dios.

Los libros bíblicos, en esta línea, presentan la caída de ambos reinos como fruto de su apostasía. Cuando los Asirios destruyen el Reino norteño de Israel (721 a.C.) y los babilonios el de Judá (587) y especialmente cuando profanan y destruyen el Templo o Casa de Dios, entonces toda la fe en el poder de Yahvé, el rey poderoso, fue puesta a prueba. Y la duda sobre la soberanía de Dios continuó cuando nuevos reinos se fueron apoderando de Israel.

  1. b) Mesianismo y Apocaliptismo

b.1 Fue la experiencia del exilio en Babilonia y del  pos-exilio bajo persas y griegos la que lentamente fue gestando una ideología mesiánica, dado el constante dominio de los imperios sobre Israel y su incapacidad para conseguir la independencia. Se comienza a esperar un Mesías-Rey, ideal sublime de justicia, especialmente para el pueblo pobre y sufriente, enfermos, esclavos, niños y mujeres, o sea, toda la clase oprimida (Is 61). Si ya el pueblo de la alianza y después los antiguos reyes hebreos eran concebidos como hijos adoptivos de Dios desde el momento de su coronación, mucho más lo sería el Mesías (Ungido) de Dios (Is 61,1), un hijo obediente que cumpliría a la perfección el ideal de la realeza de Yahvé (Reino de Dios).

El Mesías sería un rey de paz, la paz mesiánica de Dios, desde la conversión del corazón (Is 57,14-21; 64,4-11; Is 53) a la voluntad divina que se ejercería en todos los planos, tanto religioso como político y social.

Muy pronto ese Ungido del final de los tiempos sería concebido como surgido de la línea dinástica de David, y por tanto, su descendiente (el Emmanuel, “Dios con nosotros” en Is. 7,14-15 retomado por Mt. 1,23), cumpliendo las promesas anunciadas al trono de David de reino eterno y universal con toda la abundancia de bienes, paz y felicidad.

De allí que Mateo 1,1-16 y Lucas 3,23-28 introducen una genealogía para probar el origen davídico de Jesús, al que hacen nacer en Belén, la ciudad natal de David (Mt 2,1-6; Lc 2).

Después surgen los “apocalípticos” que, sin esperanza en un poder político liberador, concebirían un tiempo pos-histórico, con el Mesías llegando desde el cielo en medio de una hecatombe cósmica y haciendo su obra de salvación y juicio con escasa participación del pueblo histórico, de todo lo cual se hacen eco los autores cristianos (Mc 13,24-27; 14, 62; Apocalipsis 19).

b.2 A medida que los dirigentes políticos y sacerdotales del Judaísmo (los “Pastores” de Israel) se alejaban del ideal bíblico y pactaban con los dominadores de turno o se transformaban ellos mismos en opresores de sus hermanos pobres (situación reflejada en Is 56,9-12 y Ezeq 34) el movimiento mesiánico fue adquiriendo una connotación más clasista, como única esperanza de las clases pobres y oprimidas, especialmente en el ambiente rural y en pequeñas poblaciones. Frente a la clase dominante del alto clero y de la nobleza, las capas oprimidas levantan la ideología revolucionaria y de resistencia, no solo contra las potencias extranjeras, sino muy especialmente contra los dirigentes sacerdotales que han traicionado a Dios (Mal 2,1-9), dejando de ser los pastores del pueblo, siempre necesitado de conocer y cumplir la Palabra divina que en vano buscan en sus dirigentes espirituales.

b.3 Por lo tanto, la salvación mesiánica siempre consiste en una liberación y restauración completa, tanto religiosa como política y social, de acuerdo con el ideal integral de la teocracia. Si el pueblo es fiel, Dios lo recompensará con una felicidad plena, tan bien descrita por el Déutero y Tripto Isaías y otros profetas, con paz, libertad, abundancia de bienes e hijos, longevidad de vida, y aún con una restauración cósmica que evitaría desgracias naturales, y con el árbol y el río de la vida, sin noche y en eterna luz y felicidad (Ver Is 60, 61, 62 y 66, reflejados en Apocalipsis de Juan, cap. 21-22)

Este es el gran mito y la gran utopía del mesianismo, que nunca se espiritualizaría tanto como para negar los aspectos materiales y políticos, pero que siempre pondría como condición fundamental la fidelidad a Yahvé y a sus mandamientos, especialmente el de un estricto monoteísmo.

Es, por tanto, un mesianismo netamente intrahistórico y a través de la historia (salvo en los apocalípticos), sin excluir instancias políticas y aún guerreras, como en el caso de los macabeos y después de los zelotes, “celosos” de Yahvé tanto en la fe, la ética y el culto, como en la entrega de la vida por su causa (guerra santa).

b.4 Profetas más universalistas como el Segundo Isaías (Is. 40-55) y Tercer Isaías (Is. 56-66) conciben a Israel como la primera etapa del Reino y como un puente para que todos los pueblos del mundo reconozcan la soberanía de Yahvé y vengan a su santo templo de Jerusalén a rendirle culto.

El cristianismo helenista tendrá muy en cuenta estas ideas frente a la corriente nacionalista de aquellos judíos o judeo cristianos que sólo veían en los paganos el reino del Demonio que debía ser destruido.

Desde la época persa invade al judaísmo la idea de demonios y ángeles buenos que pueblan el  espacio cósmico y que luchan en contra o a favor de Dios, haciendo de los hombres sus aliados. Piénsese sin más en las famosas tentaciones de Jesús (Lc 4,1-13) en que el Demonio o Satanás (el “Tentador”) en persona le dice a Jesús: “Te daré todo este poder y esplendor de todos los reinos, porque me han sido entregados, y los doy a quien quiero. Si me adoras, todo esto te pertenecerá”.  Es un tema también típico de Pablo, como en 1Cor 15,24-25 y del evangelio de Juan que habla del Demonio como “El Príncipe de este mundo”  (Jn 12,31 y 14,30) en lucha abierta contra Dios y Jesús.

b.5 Esta ideología que se fue enriqueciendo con componentes extrabíblicos, permitió muchas variantes de mesianismo, como el de la comunidad de los Esenios junto al Mar Muerto, de posible influencia sobre Jesús, y enemigos declarados del alto clero y de los romanos que destruirán su sede, que hablaban de un mesías rey y de otro mesías sacerdote.
Sin renunciarse jamás al monoteísmo, el Mesías era presentado en todos los casos como un hijo adoptivo o enviado de Dios. Para los judíos era absolutamente inconcebible y horriblemente blasfemo (Jn 10,31-33) que un hombre, así sea el Mesías, fuera proclamado como Hijo de Dios en el sentido estricto del término, como el enseñado por Pablo, Juan y la teología del siglo IV-V en forma dogmática.

Es una ideología religiosa puesta al servicio de un cambio esencial o revolución, de una transformación radical no sólo de toda la sociedad sino de cada hombre creyente en particular y de todo el hombre, frente a la ideología conservadora del alto clero judío y de la nobleza, quienes serán los enemigos declarados no sólo del movimiento popular mesiánico sino de Jesús en particular.
De allí que los zelotes en la gran sublevación del 66, como primera medida tras la conquista de Jerusalén, pasen a degüello al alto clero y al Sumo Sacerdote y nombren a alguien del pueblo en su lugar.

Esta restauración total del ideal teocrático implicaba, por tanto, la “purificación” del templo y su consagración como Casa de Dios, “porque mi Casa será llamada Casa de Oración para todo los pueblos”  (Is 56,1-6; 2Mac 10,1-8); un signo mesiánico que, puesto en práctica por Jesús (Mc 11,15), determinará su muerte por parte del alto clero.

2.1.3 Jesús inserto en la historia de su época 

Para el tiempo de Jesús, las posiciones estaban bien claras y no había lugar para posturas intermedias: o se estaba con el alto clero apoyado por la nobleza rica, aliados del dominio extranjero para no perder sus privilegios y evitar una catástrofe nacional, o se estaba con Yahvé, único Señor y Salvador, dispuesto a liberar a su pueblo oprimido, de amos internos y externos.
Mientras los saduceos lideraban al primer grupo, ante la apatía y el odio popular, los fariseos eran los líderes indiscutidos de ese pueblo cuya única esperanza era Dios que obraría la salvación de quienes eran fieles cumplidores de La Ley, o sea, de la palabra bíblica. Sólo cuando los fariseos se nieguen a una revuelta contra los procuradores romanos (que habían profanado el templo instalando estandartes y una estatua del emperador), su liderazgo fue cuestionado y en su lugar surgió el de los “celosos de Dios”, o sea, zelotes, dispuestos  a enfrentar al enemigo y morir para purificar la ciudad santa.
Tras la destrucción de Jerusalén en el 70, liquidados los saduceos por los zelotes y éstos por los romanos, la Sinagoga quedó bajo la exclusiva dirección de los fariseos.
(La influencia de los esenios fue mucho más reducida y quedó circunscripta a la comunidad laica y monástica de Qumram, junto a la confluencia del Jordán y del Mar Muerto, también destruida por Roma en la gran sublevación).

Remitiéndonos, pues, al caso de Jesús, un galileo que vivió plenamente el ideal religioso del judaísmo, pareciera evidente que jamás pudo entender su misión como una simple tarea religiosa espiritual, desentendiéndose de las implicaciones políticas y sociales que formaban parte de la esencia tradicional de la historia bíblica y de los profetas.
Y menos podemos suponer un Jesús que podía aprobar el impuesto al César, pues su respuesta de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,13-17), indicaba irónicamente que nada de Dios hay que darle al César; pues como todo es de Dios, aún el poder político, nada corresponde darle al César extranjero. Una interpretación opuesta se dará tras el 70, haciéndose de Jesús un súbdito obediente al imperio (como en Mt 17,24-27) cuando muchos cristianos eran ciudadanos romanos. Pero si Jesús hubiera aprobado el impuesto (signo claro de sometimiento a un Señor distinto de Yahvé) no hubiera terminado crucificado por los romanos, sino acuchillado por los zelotes como colaboracionista romano y traidor del pueblo.
Y si Jesús fue condenado a muerte por los romanos como “rey de los judíos” y sedicioso, es más que evidente que no fue por motivos puramente teológicos sino por las implicaciones que su accionar tenían respecto al status socio político del momento.
El mismo Lucas nos dice que “comenzaron a acusarlo ante Pilato, diciendo: Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al emperador y pretendiendo ser el Rey Mesías” (23,1-2). ¿Qué necesidad tenía el evangelista de aportar un dato falso, lo que podría ser peligroso para la relación entre el emperador y los cristianos?

Hasta se puede suponer que Jesús no estaba preparando un alzamiento nacional contra Roma, pues más bien esperaba que la caída del Imperio fuera por obra del Reino de Dios, pero no se puede discutir, a tenor de tantos datos de los evangelios que pronto analizaremos (a pesar de estar preocupados por matizar su trayectoria política tras el desastre del año 70) su lucha directa contra el “establishment” y el “orden” social y político de su época.
Y fue el establishment sacerdotal, que jamás lo miró con buenos ojos, el que, finalmente, aprovechó el momento de desembarazarse de él entregándolo a sus aliados romanos como supuesto rey  mesiánico, perturbador del orden social y enemigo del César (Mc 11, 27-33; 14,1.10; 15,1-3 y sig,)

2.2 Hechos que sugieren un mesianismo integral, religioso-político-social, de Jesús

a) Discípulos y zelotas
– No se puede discutir que la mayoría de sus discípulos íntimos o apóstoles estaban relacionados con los zelotes, al punto de que un apóstol, Simón, es nombrado por Lucas como “el Zelote” (Lc 6,15); no sin olvidar al seguramente zelote Judas (que habría intentado forzar a Jesús a un pronto alzamiento con la esperanza de una ayuda divina)  y a los dos hermanos Juan y Santiago, “hijos de trueno” (Mc 3,17) o sea, partidarios de la violencia mesiánica, pues quieren castigar con fuego del cielo a un pueblo samaritano hostil a Jesús (Lc 9,51-55).

– Tampoco es discutible un dato de todos los evangelistas, que los apóstoles llevaban espadas en la última cena y en el huerto de Getsemaní, espadas que el mismo Jesús había solicitado comprar a cambio del manto (Lc 22,36 y 49; Mc 14,47), indicando el evangelio de Juan que quien ciertamente llevaba espada era Pedro (Jn 18,10), el mismo que afirmó “estar dispuesto a dar la vida por Jesús” (Mc 14, 26 y sig.). Nada de todo eso se explica desde una simple lectura espiritualista.
– Como también consta que en el huerto de los olivos (donde se refugiaba por las noches para estar más seguro, según Mc 11,19 y Lc 21,37) Jesús vivió un momento de gran crisis, pues “comenzó a sentir pavor y angustia” mientras decía: “mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mc 14,33) ¿Por qué tanta angustia? ¿Había que elegir el camino de la lucha armada? ¿Cómo conocer la voluntad de Dios? ¿Qué sucedería si caía preso de los romanos? Por eso les pidió a los apóstoles que permanecieran despiertos vigilando (Mc 14, 32 y sig.).
Poco después allí se libró una refriega contra un grupo fuertemente armado compuesto por una cohorte romana y policías del templo (Jn 18,3) que vino a prender a Jesús, pues bien sabía Judas que también los apóstoles tenían armas. Fue Pedro quien en la refriega cortó la oreja de un policía (Mc 14, 43 y sig.) mientras Jesús dice que bien puede pedirle a Dios doce legiones de ángeles para que lo defiendan (Mt 26,53) . Nada de todo esto tiene sentido si no suponemos un fermento revolucionario, intenso en los apóstoles y que Jesús al menos no prohibía, de la misma manera que nunca se pronunció contra los zelotes, aunque tuvo duras palabras contra los sacerdotes, los saduceos, los fariseos conservadores y los herodianos (Mt 23).
Aunque los zelotes fueron descritos por el judío pro-romano Flavio Josefo como simples “bandidos” (así también se los llamaba), es evidente que ellos representaban el ideal puro del hombre obediente a Yahvé, dispuestos no sólo a cumplir su Ley sino a dar la vida como mártires de su causa, “ayudando” a Dios en la lucha contra los poderes del mal y apresurando los tiempos que se hacían cada vez más insoportables.
No olvidemos que los mismos apóstoles cuando fueron rechazados en un pueblo de Samaría pidieron permiso a Jesús para acabar con esa gente en forma violenta (Lc 9,51-55). El zelotismo era el mesianismo en estado puro y con un tono fanático, tras la defección de la mayoría de los fariseos que se instalaron en una posición conservadora, creyendo que el solo cumplimiento de la Ley provocaría la intervención de Dios.
Por tanto, para los primeros años de la era cristiana, mesianismo y zelotismo configuraban la ideología teocrática instauradora de la liberación de la patria dominada por extranjeros. No eran “violentos” por la violencia misma sino patriotas que luchaban por su libertad, confiados en una pronta y definitiva ayuda de Dios. Si esa era la estrategia adecuada, lo dirá la historia.

b) Jesús Mesías-rey y agitador del pueblo

Pero hay otros datos que configuran el perfil del Jesús que estamos describiendo:
– Consta en los Evangelios que Herodes Antipas, rey de Galilea, quería matar a Jesús, quien fue alertado por los propios fariseos  para que escapara (Lc. 13, 31)
En tanto Marcos 3,6 habla de una confabulación de los herodianos para eliminar a Jesús, tal como se había hecho con Juan el Bautista a quien Herodes creía reencarnado en Jesús (Mc 6, 14-29).
– En Cesarea de Filipo en un momento clave de su vida, Jesús les preguntó a los discípulos:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? A lo que Pedro contestó: Tú eres el Mesías. Y él les mandó con energía que no hablaran acerca de él” (Mc 8,27-30)
Entonces Jesús anuncia su muerte, ante la protesta de Pedro. No resulta extraño que Jesús previera una muerte violenta a manos de sus enemigos.
Aún en el evangelio de Juan, Jesús es reconocido como Mesías, pues Andrés le dice a Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), mientras Jesús mismo se reconoce Mesías ante la samaritana (Jn 4,26). Por su parte Natanael confiesa a Jesús como “Rey de Israel” (Jn  1,49) y, tras la multiplicación de los panes, el cuarto evangelio nos dice que la gente quiso proclamar rey a Jesús (Jn 6,15)
– Cuando Jesús decide su viaje a Jerusalén, seguramente con intención de predicar el Reino en la ciudad santa y urgir a la conversión a sus autoridades, los discípulos llenos de miedo no quieren seguirlo, pues imaginaban claramente un final trágico. Jesús, sin embargo,  siguió solo adelante (Mc 10,32)
– Al llegar a Jerusalén fue recibido como rey mesiánico por el pueblo, tal como atestiguan todos los evangelistas, mientras la gente gritaba: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el Reino que viene de nuestro padre David” (Mc 11,9-10) Y esto lo dice Marcos, el mismo evangelista que intentaba desligar a Jesús de todo sustrato subversivo contra Roma.
También el espiritualista evangelio de Juan afirma este hecho y pone en boca de Jesús estas palabras: “No temas, hija de Sión, mira que llega tu rey montado en un asno” (Jn 12,15)
– Al llegar Jesús al Templo, lo purifica violentamente, poniendo en evidencia la corrupción de los Sumos Sacerdotes que, inmediatamente, deciden darle muerte, “aunque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina” (Mc 11,15-18) por lo que prefieren posponer su ejecución “no sea que haya alboroto del pueblo“ (Mc 14,2). Aquel gesto de un laico que realiza un acto claramente mesiánico (el Mesías purificaría el Templo según Is 56,1-6) fue una clara declaración de guerra al establishment y una bofetada que los sumos sacerdotes no podían pasar por alto. (Recordemos que cuando los zelotes en la gran revuelta entraron en Jerusalén, su primer gesto fue acuchillar a todo el alto clero, y que aún hoy los judíos creen que cuando llegue el Mesías, lo primero que hará será purificar el templo)
– Tras ser arrestado, Jesús proclama ante el Sanhedrín que él era el Mesías anunciado (“Sí, lo soy” en Mc 14,65), y ante Pilato afirma ser el rey de los judíos (“Sí, tú lo has dicho” en Mc 15,2); por eso fue escarnecido con un manto de púrpura y una corona de espinas (Mc 15, 16-20) y Pilato tuvo que condenarlo, pues “si lo sueltas, no eres amigo del César, ya que todo el que se proclama rey se enfrenta al César” (Jn 19,12).
– Pilato intenta salvarlo comparándolo con el revolucionario zelota Barrabás “encarcelado con aquellos sediciosos que en un motín había cometido un asesinato” (Mc 15, 7) Esta historia puede ser una leyenda, pues no consta que existiese la tradición de soltar a un sedicioso por la Pascua, como dicen los evangelistas; pero aún así resulta clara la postura zelota de Barrabás con quien es comparado Jesús.
– En la cruz Jesús lleva un cartel con el motivo de su muerte: “El rey de los judíos” (Mc 15,26), mientras son crucificados con él otros dos revolucionarios zelotas (Mc 15,27). Fue crucificado a eso de las 10 de la mañana, muriendo a las 3 de la tarde (Mc 15, 25 y 33), por lo tanto tras un juicio sumario y sin apelación alguna.

2.3 Cuál fue el mensaje revolucionario y subversivo de Jesús

Aún más importante que los hechos anteriormente descritos, es comprobar que el mensaje de Jesús fue altamente subversivo, pues preconizaba un cambio radical y total en la sociedad, mientras él mismo se ponía al frente para liderar una comunidad dispuesta a dar todo por el Reino de Dios.

2.3.1 El Reino que anuncia Jesús

a) Discursos y signos
Jesús anuncia el Reino o soberanía de Dios (“malkuta”) cuyo significado ya hemos analizado, pues para eso debía recorrer todas las poblaciones (Mc 1,38-39).
Lo hace, sea por medio de parábolas (Mt 13,44-45; 13,3-9; Mc 4,26-29; Mt 13,24-50; parábolas de la misericordia de Lc 15,3-32, etc.) todas ellas relacionadas con el Reino, sea en discursos directos, anunciando la llegada de un nuevo orden religioso, social y político, interior y exterior, de conversión a Dios, justicia y liberación, especialmente orientado hacia los pobres, los hambrientos, los pecadores públicos e impuros sociales, las mujeres, los esclavos, enfermos y niños, los endemoniados (enfermos mentales), o sea, hacia las clases sociales más humildes y oprimidas.

Su “buena noticia” o evangelio se resume en el texto de Marcos 1,14:
Cambien de vida y crean en la Buena Noticia porque el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca...”.

Ahora la exigencia básica es que todos “busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,33)
Por eso lo esencial de su oración es decir: “Padre nuestro, que venga tu Reino…(Mt 6,10) Prácticamente todo el mensaje de Jesús consistió en el anuncio de la llegada inminente del Reinado de Dios.

Ese fue también el mensaje de Juan el Bautista: prepararse a la llegada del Reino practicando la justicia (Mc 3,10-14)
Este cumplimiento del designio salvador de Dios que libera al hombre en forma integral es traducido en hechos concretos que son los llamados “milagros” o “signos” que realiza Jesús para mostrar que Dios ya está actuando, tanto por medio de las curaciones como por la entrega de alimentos a los hambrientos “hasta saciarse” (Mc 6,42).
En todos los casos se trata de hechos a favor de los pobres, los enfermos, mujeres y niños, leprosos (la casta más baja de la sociedad); es decir, a favor de los más excluidos y empobrecidos social y materialmente. La integralidad de la salvación se ve con gran claridad cuando perdona a un paralítico sus pecados y al mismo tiempo lo cura (Mc 2,1-12) También libera a los endemoniados, pues “si por el dedo de Dios expulso a los demonios, es que ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11,20).

Algunas curaciones: Mc 1,29-31; 1, 40-45; 2,1-12; 5,25-34; 7,24-30; 9,14-32; 8,22-26. Entrega de panes: Mc 6,33-34 y 8,1-10.

Esos signos atestiguan la llegada del Reino y la autenticidad de su misión, como él mismo le dice a los enviados de Juan el Bautista:
“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres” (Lc 7,22-23)
Y todo ello es el cumplimiento de Isaías 61,1-2 cuando afirma (escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret): “El Espíritu de Dios está sobre mi, y El me ha enviado para  llevar la buena noticia a los pobres, anunciar la libertad a los esclavos y la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar un año de perdón. Y esta palabra que acaban de oír, hoy se cumple en ustedes” (Lc. 4,16-19, similar a la respuesta al Bautista en 7,22-23).

El año de perdón también es concretizado en los numerosos casos en que Jesús en nombre de Dios perdona los pecados y vuelve el corazón de la gente a Dios pues “no necesitan médico los sanos sino los enfermos” (Mc 2,17; Mc 2,5-11; Lc 7,36-50)
Por eso comparte la mesa con los pecadores ante el escándalo de los piadosos (Lc 19,1-10) al punto de ser acusado de “comilón y borracho, amigo de pecadores” como él mismo lo recuerda con ironía (Mt 11,19).
No olvidemos que en la Biblia el pecado siempre tiene un sentido social, pues atenta contra la comunidad; habiendo algunos pecados que merecen la excomunión de la sociedad y del culto.

b) Los privilegiados del Reino
Lo escandaloso de esta soberanía de Dios es que los privilegiados y los llamados al Reino no son los sacerdotes, ni los nobles, sabios o piadosos sino la chusma sencilla, pecadora e inculta, considerada por la sociedad como los “malditos”,  y los niños, sin derecho en el mundo hebreo (Mc 2,15-17 y 3,7-12; Mt 11,25-26; Mt 18, 1-4; Mt 19, 14; Mt 21, 31-32; Lc 12, 32), o sea, los considerados “poca cosa” por la sociedad : “Te alabo, Padre, pues has ocultado todo esto a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25)
Un lugar especial ocupan las mujeres (desvalorizadas en la antigüedad semita y griega) que no sólo fueron fieles discípulas de Jesús, sino objeto de su perdón y curación, especialmente en Lucas.
En varios casos Jesús devuelve el ejercicio de su femineidad como a la hemorroísa (Mc 5,25-34) que por su continua menstruación era impura y no podía mantener relaciones sexuales.

Los evangelios resaltan la influencia de Jesús sobre las mujeres, de quienes incluso recibe un bello piropo (Lc 11,29)
Mujeres curadas: Lc 4,38-9; 8,41-48; 13,10-17; 7,11-15; perdonadas: 7,36-50; Jn 8,1-11;
mujeres alabadas por su fe y discipulado: Lc 8,1-3; 10,38-43; 11,27-28; 21,1-4; Mc 14,3-9; Mc 15,40-47 y 16,1-9.
Entre las mujeres se destaca María Magdalena, enamorada seguidora fiel de Jesús, que estuvo presente en la cruz y fue la primera en proclamar su resurrección (Mc 15,40 y 16, 9)
Y las más humilladas de esas mujeres, las prostitutas, ocupan un lugar especial, porque
“los publicanos y prostitutas entrarán al Reino de Dios antes que ustedes (Mt 21,31-2), dice Jesús a fariseos y saduceos en un escandaloso texto referido a los llamados pecadores públicos (los publicanos recaudaban impuestos al servicio de Roma, por lo que eran especialmente despreciados).

c) La síntesis de las bienaventuranzas.

Los Incluidos y su recompensa. Los excluidos y su castigo.
La síntesis del mensaje sobre el Reino se expresa en las bienaventuranzas (Lc 6,20-26) resumidas en la primera : “Felices los que ahora son pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Las otras bienaventuranzas: “Felices los que ahora tienen hambre porque serán saciados, Felices los que ahora lloran porque reirán” y las que agrega Mateo 5, 3-12 (los que buscan la paz, los que resisten o mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los perseguidos por practicar la justicia) amplían la idea fundamental.

El concepto es claro: el poder de Dios ahora pertenecerá a los pobres, declasados y oprimidos, gente sin tierra y sufriente por la injusticia. Dios subvierte el orden actual y crea un nuevo modelo de sociedad.
Y a toda esta humanidad de excluidos que aceptan esta Buena Noticia se los transforma en los incluidos del Reino, prometiéndoseles la tenencia de tierras, ser consolados, saciar su hambre, ser hijos de Dios y ver su rostro.
Mateo, aunque amplía el número de las situaciones de felicidad, tiende a espiritualizar su contenido (Mt 5,1-12).
El Reino, lejos de ser una realidad puramente espiritual, es algo a realizarse aquí en la tierra.
En la última cena Jesús afirma: “Beban mi copa. No la volveré a beber hasta el Reino de mi Padre” (Mc 14,25)

Y cuando los discípulos le preguntaron a Jesús por los beneficios que recibirían en el Reino, pues “nosotros dejamos todo para seguirte y ¿qué nos espera?”, él les dijo: “Ustedes el día de la renovación total se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,27-28)

“Todo el que deje casa, padre, hermanos por mí, recibirá el ciento por uno” (Mc 10,28-30)

“Ustedes comerán en mi Reino y juzgarán a Israel” porque “Yo dispongo del Reino para que ustedes coman y beban en ese Reino” (Lc 22,28-30), y “Feliz el que pueda comer en mi Reino” (Lc 14,15 y 12,32)
Como contrapartida, el Reino también tiene sus excluidos: son los hoy incluidos en un poder económico y político que domina a los pobres.
En efecto, el que busca el Reino de Dios debe desprenderse y cuidarse de la codicia (Lc 12,15), pues hay gente “que atesora para sí y no se enriquece en orden a Dios” (Lc 12,21).
Por el contrario, hay que poner toda la confianza en la Providencia (Mt 6,24-34; 19,16-26; Lc 16, 1s; 12, 13-21) que proveerá día a día a cada uno, tal como se pide en el Padrenuestro.
Jesús se opone abiertamente al “modelo” de los ricos que amasaron sus fortunas sobre el hambre y el sufrimiento de los pobres. Por eso de  ninguna manera podrán pertenecer al Reino: “Ay de ustedes los ricos, porque ahora ya tienen su consuelo! Ay de ustedes los que ahora están hartos y se ríen, porque tendrán hambre y llorarán!  (Lc 6,24-25). Aprisionado por su codicia y desprecio por los demás, “es muy difícil que un rico entre al Reino de Dios. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja (Mc 10,17-27) dice Jesús cuando el joven rico “se marcha entristecido” por ser incapaz de renunciar a sus riquezas por el Reino.
Entre ricos opresores y pobres oprimidos hay un “abismo insalvable”, como lo expresa la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lc 16, 26)
En definitiva, “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13)

2.3.2  La comunidad escatológica del Reino

a)     
Discipulado  y ética combativa 
Que ha llegado el tiempo decisivo y revolucionario de hacer la gran opción sin medias tintas, se revela claramente en la ética combativa que Jesús se impone a sí mismo y a sus seguidores. Ahora se les exige abandonar todo (trabajo, casa y bienes materiales) por el Reino de Dios, aún a los padres y familiares; pues hay que mirar para adelante sin echar la vista atrás; y estar dispuestos a perder la mano, un ojo o todo el cuerpo por la causa del Reino, y aceptar por él aún el sacrificio de la cruz propio de los subversivos. Es evidente que esto sólo se exige en tiempos de lucha, cuando nada puede hacer distraer del objetivo final a lograr.
Más aún, se les exige que compartan los bienes de los que hay que saber desprenderse para conseguir el Reino; listos para entrar incluso con violencia y para incendiar el mundo y traer la guerra, y no la paz.
Es la ética del combate final del bien contra el mal (Mt 7,13-14; Mt 8,18-22; Lc 9,62; Mt 10, 34-39 y 11,12;  Mt 18,8-9 y 19,16-26, etc.) Es la ética propia de tiempos lucha y de grandes definiciones.
Las frases de Jesús, que tienen todo el sabor de autenticidad, no dejan lugar a dudas. Veamos algunos textos:

– El que no renuncia a todo, no puede ser mi discípulo (Lc 14,33) porque El hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza (Mt 20)

. Si quieres ser perfecto, vende todo y dáselo a los pobres. Después ven y sígueme (Mc 10,21)

– Todo el que pone su mano en el arado y mira atrás, no es apto para el Reino de Dios (Lc 9,61-62)

– El que no está conmigo, está contra mi (Lc 11,23)

– Sígueme y que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino  (Lc 9,60)

– El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo y que tome su cruz (Mc 8,34; Mt 10,38))
No es la cruz del conformismo y del masoquismo (como tantas veces se ha predicado) sino la cruz del suplicio romano que espera al subversivo que quiere cambiar el orden de los poderosos.
La cruz también era símbolo de los zelotes.

– El Reino de Dios se consigue con violencia y sólo los violentos entran (Mt 11,12)

– Entren por la puerta estrecha porque estrecho es el camino del Reino (Mt 7,13-14)

– Yo he venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres; el padre contra el hijo, la madre contra la hija y la nuera contra la suegra” (Lc 12,49-53), tal como sucederá en los últimos días de Jerusalén y del mundo (Mc 13,12-13)

– El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí (Mt 10,37), pues Estos son mi madre y mis hermanos, los que cumplen la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35)

– El que quiera salvar su vida, la perderá (Mc 8,35)

– Más vale entrar al Reino manco, cojo o perder un ojo, que no perderse con ambos miembros (Mc 10.43-47)

– No tengan miedo. Lo que yo digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que ahora oyen, proclámenlo desde las terrazas (Mt 10,26-7)

– Cuando los persigan en una ciudad, huyan a la otra. No acabarán de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre (Mt 10,23)

– En definitiva: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, solo sirve para ser pisoteada y arrojada (Mc 9,50)

Estas frases que aún hoy escandalizan a mucha gente, sólo tienen sentido si las ubicamos en un tiempo de lucha, de guerra y de definiciones fundamentales. El nuevo Reino de Dios tiene exigencias tales que crearán división y ruptura aún dentro de la comunidad judía y de la misma familia carnal. Jesús llega incluso a suponer que la llegada del Reino puede incluir una lucha violenta porque sabe que los opresores del pueblo no se dejarán arrebatar el poder tranquilamente. Que no nos extrañe si los discípulos estaban armados en la última cena y en Getsemaní.
Por otra parte, la única forma de acercarse al Reino para entrar en él es practicar los dos máximos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo (Mc 12, 28-34).

a)     
Nueva comunidad y nuevo estilo de gobierno

1 Por todo ello, Jesús, que comenzó absolutamente solo su misión, al “ver tanta gente que estaban como ovejas sin pastor, sintió compasión” (Mc 6,34) se preocupó por agruparlos en una comunidad de discípulos, familia del Reino de Dios, sus verdaderos “hermanos” (Mc 3,31-35) con la misión exclusiva de anunciar y preparar la inminente llegada del Reino, predicando en todos los pueblos de Palestina y con poder de curar y expulsar demonios (Mc 6,7-13)

Es decir: una comunidad escatológica (del final de los tiempos) Deben convivir en el servicio fraterno del amor (Mt 5,38-43) en pro de la paz y de la justicia, con comunión de bienes y espíritu de alegría y oración (Hechos 2,42-47 y  4,32-36). Los doce apóstoles o mensajeros son símbolo de las doce tribus del nuevo pueblo de Dios (Mc 3, 13-19; Mt 19,27-30)
Por eso Jesús no funda iglesia o religión nueva alguna, sino que urge a su pueblo a que se convierta y se prepare para el Reino de Dios.
Tampoco se preocupa por crear una gran organización o un nuevo sistema económico, ya que todo va a ser radicalmente cambiado.
2 El cambio llega también al poder, al orden político y a las instancias del poder sacerdotal, pues queda suprimida toda autoridad y poder ejercido “como los jefes y reyes de las naciones que gobiernan con poder absoluto y las oprimen con poder” (Mc 10.41; Lc 22,25),
“Pero no ha de ser así entre ustedes sino que el que quiera llegar a ser grande que sea el servidor de todos, y el que quiera ser el primero entre ustedes que se haga esclavo de todos, que también el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por la liberación de muchos(Mc 10, 35-45, dice Jesús después que Santiago y Juan piden los primeros puestos del Reino y los demás apóstoles se indignan contra ellos.
Como Jesús, el presidente de la comunidad está “para servir y no para ser servido” (Lc. 22,24-27; Jn 13,1-17). Se descarta todo tipo de poder de dominio político-teocrático-sacerdotal, como todo título honorífico de “señor” o “padre”. (Mt 23,8-10). Y “si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor y el último” (Mc 9,35)
El poder de dominio sobre los hombres y no al servicio de los hombres es un poder demoníaco que constituye la principal tentación de la comunidad del Reino y fue también la tentación de Jesús (Mt 4, 1sig.) y de sus apóstoles que se pelearon varias veces, aún en la última cena, por acaparar puestos de importancia (Mc 10,35-45; Lc 22,24-27). Ese poder de dominio sobre los hombres es la voz de Satanás que intenta apartar a Jesús y a su comunidad del camino trazado por Dios, único Señor de su pueblo y Dios Salvador al servicio de los pobres y oprimidos.
En cambio, cuando llegue el Juicio de Dios, cada uno será juzgado de acuerdo a la ley del amor, del servicio y de la solidaridad social, pues: “tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron… por eso, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes” (Mt. 25, 31 y s.)

2.4  Jesús, líder de un nuevo pueblo
 

En síntesis: a pesar de cierto esfuerzo por espiritualizar a Jesús y su mensaje, de los evangelios surge un claro perfil de un Jesús líder revolucionario, que busca un cambio total en la sociedad, tanto en lo social y político como en lo religioso, asumiéndose como “pastor” de su pueblo (Mc 6,34). Es la conversión del corazón a Dios Salvador lo que permite acceder a ese Reino o Soberanía que Dios mismo quiere instaurar en forma absolutamente integral, como lo fue a lo largo de la historia bíblica.

Jesús, que en plena adolescencia fue testigo del alzamiento galileo de Simón, el fundador de los  zelotes, supo aglutinar con su personalidad ciertamente magnética a todo ese pueblo (Mc 3,7 sig; 6, 56; 11, 7-10) que no tenía nada que perder y que estaba dispuesto a dar su vida por él y por el reinado de Yahvé. Pedro lo dijo claramente en la última cena: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo decían todos” (Mc 14,27-31), aunque después le flaquearon las fuerzas cuando llegó el momento de la verdad y negó haber conocido a Jesús, temeroso de terminar en la cruz, ya que había comandado la lucha de Getsemaní (Mc 14, 66-72). Pero, tras su llanto de arrepentimiento, proclamará el mensaje evangélico y morirá crucificado en Roma.
Que la personalidad de Jesús ejerció un fuerte magnetismo, especialmente con las mujeres, lo demuestra el hecho de que aún cuando fuera crucificado y humillado por Roma (como los otros mesías), sus discípulos, tras el primer momento de cobardía y decepción bien descrita por Lucas 24, 21 cuando hace decir a los discípulos de Emaús: “nosotros creíamos que él iba a ser el liberador de Israel, pero…”, sin embargo supieron aglutinarse, lo siguieron reconociéndolo como Mesías como lo habían hecho antes (Mc 8,27-30, “Tú eres el Mesías”) y comenzaron la predicación de su mensaje en Israel y luego por todo el imperio, dando varios de ellos la vida por su causa (ver los discursos de Pedro en Hechos 2 y 3).

Tras la muerte de Jesús y de su aparente fracaso, surge en sus discípulos la idea de que Jesús ahora está exaltado junto a Dios como mártir supremo de su causa y, por lo tanto, resucitado para la gloria, pronto a ser enviado de nuevo a la tierra como Juez universal, Hijo del Hombre  e instaurador del Reino definitivo, según terminología del libro de Daniel (Hechos 2,22-23 y 32-36; 3, 18-26; 4, 27-30).

Esta segunda venida pronto se colorearía con todos los elementos del apocaliptismo (ver Mc 13 y Mt 24), ya presentes en el judaísmo y ahora incorporados a ese judaísmo cristiano, que sólo se diferenciaba del tradicional en cuanto aceptaba a Jesús como Mesías.
Por eso la primera comunidad cristiana de Jerusalén no se desvió del judaísmo ni se apartó del culto en el templo (Hechos 2,46), y guiada por Santiago, el hermano de Jesús (Gal 1,19; Hech 15,13), esperaba la pronta venida de Jesús para instaurar el Reino en la misma Jerusalén, sin necesidad imperiosa de luchar contra Roma, tarea que el propio Mesías glorioso haría con total poder, como lo expresaría el libro del Apocalipsis de Juan.

Pero la revolución zelota del año 66 forzó los acontecimientos, y tanto el judaísmo como el judeocristianismo revolucionarios fueron liquidados sin piedad, sin que el Reino eclosionara en el mundo ni Jesús apareciera en el cielo volviendo como Señor y Juez.
Aquel fue un durísimo golpe para el mito del cristianismo revolucionario, y los cristianos se vieron forzados a aceptar un nuevo estado de las cosas, abandonando las posturas radicalizadas de Jesús hasta terminar espiritualizando su mensaje a tal punto que el cristianismo terminó en el siglo IV siendo la ideología conservadora del Imperio de Constantino y sucesores.
La temática de la segunda venida se fue también diluyendo y la iglesia se acostumbró a transitar por la historia, actuando generalmente de espaldas al Jesús que lideró a pobres y oprimidos.

2.5 Últimos restos de un mesianismo político-social

a)     
El evangelio de la infancia de Lucas

En algún momento dado, al evangelio de Lucas se incorporaron los dos capítulos iniciales sobre el nacimiento de Juan y de Jesús. Estos textos de una comunidad judeo-cristiana  se encuadran en un mesianismo davídico claramente politizado.
Así el ángel le anuncia a María, refiriéndose a su futuro hijo Jesús, que “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos de los siglos y su reino no tendrá fin “ (Lc 1,32).

Y se pone en boca de María el famoso cántico (Magnificat) que dice sin ambages que ahora Dios “desplegó la fuerza de su brazo para dispersar a los soberbios y derribar de sus tronos  a los poderosos, exaltando a los humildes. Acogió a su siervo Israel, acordándose de su misericordia, tal como lo había prometido a nuestros padres” (Lc 1,51-55).
El mismo tono de liberación política tiene el cántico de Zacarías cuando nace su hijo Juan: Bendito sea el Dios de Israel porque ha visitado y liberado a su pueblo, y nos ha suscitado una gran fuerza salvadora en la casa de David, su siervo… que nos salvará de nuestros enemigos y de quienes nos odian…” (Lc 1,67 y sig.)

Y al nacer Jesús, los ángeles les comunican a los pastores la buena nueva:
”Les ha nacido en la ciudad de David un liberador, que es el Mesías Señor” (Lc 2,10-11).

Por su parte, Mateo también presenta al niño nacido como el nuevo rey buscado por los magos para adorarlo, y alude a que su lugar de nacimiento tiene que ser Belén, pues “de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”  (Mt 2, 1 ss.)

¿Qué sentido tienen esos textos si no tuvieran un soporte de verdad histórica?
¿Y por qué Lucas y Mateo se preocupan tanto por mostrar la ascendencia davídica de Jesús (Lc 3, 23-38 y Mt 1, 1-16) si solamente fue un salvador espiritual de los pecados de la gente?

b) La Carta de Santiago

En segundo lugar, la llamada Carta de Santiago escrita hacia los años 80-90, de fuerte acento judeocristiano (se la atribuyó al hermano de Jesús) retoma la prédica social de Jesús  (tan clara en Lc 6,24-26; 18,18-26; 16,13-15) y señala la incompatibilidad de los ricos (opresores de los pobres y de los esclavos) con el Reino de Dios (especialmente cap. 2 y 5), tema ya presente en la conocida parábola que habla del abismo existente entre el rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31).

En el capítulo segundo, se reclama que “no haya acepción de personas… entre un hombre con un anillo de oro y vestido lujoso, y un pobre con vestido sucio”, porque “¿acaso no ha elegido Dios a los pobres como herederos del Reino? Pero ustedes menosprecian a los pobres ¿No son acaso los ricos los que los oprimen y arrastran a los tribunales… Por eso, tendrá un juicio sin misericordia el que no tenga misericordia”
Por eso Santiago exhorta a los cristianos a que “tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima” (5,8) En tanto, “ustedes los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir… Ustedes que han amontonado riquezas, sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del Universo. Ustedes que han matado al hombre justo sin que él les opusiera resistencia” (5,1-6).

b) El Apocalipsis

Finalmente, nos encontramos con el increíble libro del Apocalipsis (atribuido a Juan, quien en realidad fue muerto por los judíos en el 44) escrito  durante la persecución de los últimos años de Domiciano (emperador del 81 al 96), poco después de los sinópticos.
El Apocalipsis predica sin duda alguna una lucha contra Roma, esa ramera babilónica (Ap 17-18), que por el momento triunfa pero que será aplastada sin misericordia por el Cordero e Hijo del Hombre que viene desde el trono de Dios para liberar al pueblo fiel y conducirlo a su Reino, la nueva Jerusalén celestial (Ap 19-22).
Se proclama abiertamente que “ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos… Ellos mismos lo han vencido gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él” (Ap 12,10-11).
Por eso ahora alaban a Dios porque “la gran ciudad, resplandeciente de oro y piedras preciosas, en una hora fue arrasada con sus riquezas” (Ap 18,16-19) y “la salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios que ha condenado a la famosa Prostituta que corrompía a la tierra y ha vengado en ella la sangre de sus servidores… y ha establecido su Reino” (Ap 19,1-8).
Termina el libro anunciando la pronta victoria final de Cristo y la definitiva instauración del nuevo orden divino en el mundo, que incluye el descenso de la nueva Jerusalén desde el cielo a la tierra y la creación de un nuevo paraíso terrenal (Ap 21 y 22)

En conclusión:
no puede descartarse que en los apóstoles y en los primeros cristianos existió una interpretación de Jesús acorde con los mensajes proféticos que presentaban al Mesías como un salvador integral en la línea del Dios Salvador de toda la historia bíblica.
Si bien exegetas y teólogos antiguos y actuales interpretan muchos de los textos y hechos citados desde una línea espiritual y simbólica, no es posible negar el sustrato salvífico-integral de las obras y palabras de Jesús.
Pero al cristianismo profético le espera un largo recorrido y encarnizadas polémicas ideológicas que llegan hasta el día de hoy.

LA INTERPRETACIÓN DE JESÚS DESDE LA PASCUA: EL PROCESO DE UNIVERSALIZACIÓN Y ESPIRITUALIZACIÓN
DEL MENSAJE DE JESÚS Y DEL CRISTIANISMO NACIENTE.

A- EL MENSAJE DE JESÚS SEGÚN PABLO.
FILOSOFÍAS Y RELIGIONES EN EL IMPERIO

Cuadro general del NUEVO TESTAMENTO

 

Historia

 

Formación del Nuevo Testamento

 

Tiberio emperador: 14-27
Predicación de Jesús: 28-30. Su muerte
Inicio de la predicación apostólica: Pedro y Diáconos helenistas.
Martirio de Esteban: 34
Conversión de Pablo: 35-36
Muere Tiberio. Calígula emperador: 37-41 Simón Mago, gnóstico
Primer viaje misionero de Pablo y Concilio de Jerusalén: 46-48
Expulsión de los judíos de Roma: 49-50
Segundo viaje, Corinto: 49-52
Tercer viaje, Efeso: 53-58
Nerón emperador: 54-68
Pablo, prisionero en Jerusalén: 58
Martirio de Santiago, hermano del Señor: 62
Persecución de Nerón: 64, y martirio de Pedro y Pablo
Comienzo de la sublevación judía: 66
Destrucción de Jerusalén y del templo: 70
Vespasiano emperador: 69-79
Tito emperador: 79-81
Domiciano emperador: 81-96
Su persecución hacia el 90-94
Ruptura entre el Judaísmo y la Iglesia“Antigüedades judías” de Flavio Josefo.
Nerva emperador: 96-98
Trajano emperador: 98-117
Sínodo judío de Jamnia que fija el canon bíblico judío: 100
Martirio de Ignacio de Antioquia. 110
El cristianismo ilegal: 112
Adriano emperador: 117-138
Rebelión judía: Bar Kokeba: 132-135
Antonio Pio emperador: 138-161
Los grandes gnósticos cristianos: Basílides, Valentiniano, Marción.
 

Transmisión oral       

1ª Carta. a Tesalonicenses (50-52) Gálatas, Corintios, Filipenses, Romanos, Filemón.

Simultáneamente: Colecciones escritas de discursos, milagros, pasión y muerte, y resurrección de Jesús: base sinóptica

Ev. de Marcos, hacia el 70
Sda. a Tesalonicenses (70)

Ev. de Mateo, Lucas y Hechos (80-90)Colosenses (90) Primera de Pedro
Efesios, Santiago, Hebreos (90)
Apocalipsis
Ev. de Juan y Cartas (95-100)

Carta a Timoteo y Tito (110)
Carta de Ignacio y Didajé
Carta de Judas (110-120)

Cartas de Bernabé y PolicarpoSegunda de Pedro (140)
Apología del Cristianismo, de Justino (145)Segunda carta de Clemente y Pastor de Hermas

Introducción

Como ya lo hemos adelantado, a medida que transcurría el tiempo y que las comunidades cristianas se iban instalando en nuevas culturas y en otras circunstancias históricas, también la figura y el mensaje del Jesús histórico se fueron reinterpretando, asumiendo nuevas formalidades con mayor o menor fidelidad al primitivo mensaje. Y este proceso no sólo que hoy perdura, sino que es necesario hacerlo.
El hecho clave que motivó las nuevas reinterpretaciones fue la muerte de Jesús en la cruz, considerada a primera vista como un verdadero fracaso, como lo dicen los discípulos de Emaús (Lc 24, 21-24).
La crucifixión provocó un desbande general que duró posiblemente varios meses al cabo de los cuales los discípulos, releyendo lo sucedido a la luz de ciertas palabras proféticas, redescubrieron a Jesús como el Resucitado, presente en la comunidad, y pronto a venir en la Parusía para instaurar definitivamente el Reino de Dios.

Por lo tanto, la nueva interpretación de Jesús, en todos los escritos neotestamentarios, se hace a partir de esa conciencia en la resurrección de Jesús, ahora el Cristo exaltado junto a Dios.
Tal interpretación la tenemos en las Cartas de Pablo y en los Evangelios, pero desde puntos de vista muy distintos.

Predicación de Pablo en el mundo helenista-romano

El proceso reinterpretativo a partir de la resurrección fue la tarea específica y temprana de Pablo, un fariseo perseguidor de cristianos y después converso (Hech 22, 2 y sig; 23, 6; Gal 1 y 2) En la necesidad de adaptar la fe cristiana al mundo pagano no judío (desde el año 46),  presentó a Jesús no como una figura mesiánica y humana histórica (judía, naturalmente) sino como personaje divinizado y espiritualizado, más cercano a los dioses y héroes del helenismo, incluso con elementos de mitificación.

Frente a la postura tradicional de un Jesús histórico-judío-mesiánico-subversivo, Pablo, quien se siente enviado por Dios para predicar a los paganos (Gal 1,15-16), encontró que todo el profetismo y mesianismo judío no significaba nada para ellos y hasta era ofensivo, dado su carácter nacionalista y anti pagano (Ep. a Gálatas; Hech  cap. 13 y sig.).
Elaboró por lo tanto un mensaje, que sin renunciar al monoteísmo bíblico, podía ser mejor adaptado al mundo  helénico que también, por influencia de las ideas gnósticas  y de los cultos mistéricos, esperaba una salvación total de la humanidad y la inmortalidad, pero en forma muy espiritualista, ya que se apoyaba en un fuerte dualismo y oposición entre el alma y el cuerpo, entre las realidades divinas y las humanas.
Tengamos, pues, en cuenta el nuevo marco cultural en el que predica Pablo y el resto de los misioneros cristianos. Un marco desde donde necesariamente hay que leer las cartas del Apóstol como también los Evangelios y el resto de los escritos neotestamentarios.

Filosofías dominantes. Estoicismo y Neoplatonismo

  1. a) En la era helenista-romana se destaca en primer lugar la filosofía de Epicuro, con su doctrina del placer moderado como ideal de vida (Epicureísmo).
    Pero de mayor importancia es el estoicismo de Zenón, jefe de esta escuela entre el 322 y el 264 aC. Su doctrina de moral severa y búsqueda de la virtud en lucha contra las pasiones, influirá posteriormente en Roma (Séneca y varios emperadores, como Marco Aurelio) y en el cristianismo que hará una síntesis de la ética bíblica con la estoica.
    Por varios siglos, el estoicismo nutre la ideología política y la ética del helenismo y del imperio romano, siendo sus filósofos consejeros y asesores de reyes y emperadores.El estoicismo predica un monoteísmo panteísta, de modo que toda la naturaleza está gobernada por una ley o razón universal que hace que todo se rija por un destino o hado que no inhibe totalmente a la libertad humana. Todo se realiza conforme a cierta Providencia divina que orienta todas las cosas y sucesos hacia la perfección de la totalidad.
    Al mismo tiempo, el estoicismo considera que el bien supremo del hombre es la felicidad, la que sólo se realiza por medio de la virtud, que consiste en vivir de acuerdo a la ley de la naturaleza racional del hombre. La verdadera libertad consiste en obedecer a Dios y a su ley. El auténtico sabio debe saber soportarlo todo con tal de permanecer en la virtud, controlando sus apetitos desordenados (“moral estoica”).Así consigue la imperturbabilidad del espíritu (apatía o ataraxia) que es el dominio total de uno mismo.
    Políticamente, el estoicismo se opone a ciudades-estado con leyes propias, y postula que todos los hombres son conciudadanos que deben regirse por una ley común, considerando a la tierra como su patria, mancomunados con los extranjeros. Sólo hay dos categorías de personas: las gentes de bien que practican la virtud y la sabiduría, y los malvados, por lo que tiende a desaparecer la neta división entre griegos y extranjeros (“bárbaros”).Tal el ideal estoico que puso en práctica Alejandro y después el imperio romano.La ciudad griega ahora se transforma en una “cosmo-polis”, o sea, una sociedad universal o ecuménica. Y la política consiste en obedecer a las leyes del universo y acatar el orden. El auténtico sabio toma conciencia de ese orden del universo y de la sociedad y se somete a él con libertad interior, no importando su estado social, amo o esclavo, ni la existencia de libertades sociales o políticas (doctrina de clara influencia en san Pablo). El rey sabio es reflejo del orden de la Providencia sobre todo el mundo.
    Por eso el estoicismo es, en definitiva, una ideología conservadora del orden y de la ley, como lo será san Pablo y el cristianismo de la era romana, influenciados por la mística estoica.b) Entre tanto la filosofía de Platón siguió gozando de gran prestigio con continuas reinterpretaciones del gran maestro, tanto en Oriente, Egipto como en Roma, y fue renovada por el Neoplatonismo, fundado por Ammonio Sacas (+242), sistematizado por Plotino y publicitado por Porfirio quien, en sus quince libros (perdidos) ataca con fuerza al cristianismo. El auge constante del neoplatonismo logró finalmente la decadencia del estoicismo.

El neoplatonismo distingue claramente entre Dios, el alma y la materia. Dios-espíritu, el uno, es la única causa del ser, lo verdaderamente auténtico, de quien deriva el alma-espíritu. La materia, en cambio, es como una sombra de la luz.
El Uno es impredicable e innominable (teología negativa). Es el origen del alma y de todas las cosas. Abarca a todo y está a su vez separado de todo. “Es aquello de lo que todo depende y hacia lo que aspira todo lo que es, pues lo que es lo tiene como origen y depende de él. Por su parte, carece de necesidad, se basta a sí mismo, no necesita de cosa alguna y es medida y meta de todas las cosas”.
Por su parte el espíritu piensa las ideas y debe preocuparse por lo materia inanimada. Confiere vida a los cuerpos, al hombre y a todo ser viviente, incluso al cosmos.Las almas individuales (son todas iguales) descienden al mundo corpóreo para cumplir la misión encomendada por la voluntad divina, pero corren el grave riego de morir en las ataduras de la materia o cuerpo. Deben despertarse y regresar al mundo espiritual (el mundo de las ideas), es decir, reconocer el espíritu como lo afín a su esencia y reencontrarse a sí mismas.
Así el alma es principio vital del mundo corpóreo, al que confiere orden y sentido, pero como “ser” debe huir del mundo y retornar a su origen.
El mundo sensible es imagen del espiritual, no es malo de por sí, sino el mejor de los mundos posibles (en contra de los gnósticos), pero en cuanto separado de la unidad del espíritu, es malo y sombrío.

Por lo tanto, el hombre tiene su verdadero ser en el alma que debe buscar siempre el espíritu e identificarse con él. Ese es su deber moral.
El platonismo ejercerá capital importancia en la elaboración de la teología cristiana de los siglos IV en adelante, especialmente en Egipto, Grecia y Oriente. En Occidente, especialmente en san Agustín.

El mundo religioso del helenismo greco-romano 

Mientras la adoración a la multitud de dioses y diosas oficiales de un amplio panteón greco-romano (Zeus o Júpiter, Apolo, etc.) era puramente formal y había caído en total decadencia, otras formas de religiosidad gozaban de gran prestigio a nivel popular.

Podemos citar entre ellas:

a) El culto a los dioses salutíferos que otorgaban la salud, como Asclepio, con multitud de milagros, aguas y estatuas curativas, amuletos, etc.

b) Gran difusión de todas formas de Magia con libros de encantamientos, plantas y animales de efectos mágicos, como también piedras preciosas, metales, planetas, voces humanas, estatuitas y un sin fin de rituales, especialmente entre las clases sociales inferiores.

c) La Astrología, tanto la popular como la “científica” con la catalogación de estrellas y planetas, signos astrológicos del zodíaco, cartas astrales natalicias, diagnósticos y pronósticos, especialmente a los políticos, culto al sol (especialmente en el mitraísmo), teoría de la fatalidad del destino humano, etc.

d) La Mántica o adivinación del futuro con los oráculos, especialmente en los grandes santuarios como el de Delfos, con la interpretación de los sueños y de los fenómenos astrales (eclipses, rayos y truenos, arco iris, cometas y otros fenómenos extraños de la naturaleza) como de las entrañas de los animales, vuelos de las aves y líneas de las manos.

e) Gran importancia también tenía el culto a los muertos y a los héroes, entre ellos a los grandes emperadores que tras su muerte eran deificados (apoteosis), transformados en dioses o hijos de dioses, y algunos de ellos incluso en vida.

f) Y a nivel político era obligatorio dentro del imperio el culto oficial a Roma y al emperador, a quien se prometía obediencia como “Señor y Salvador”, un elemento que producirá mal entendidos y futuras persecuciones. De allí la necesidad en los escritos de Pablo y ya en el evangelio de Marcos de señalar que el único Señor y Salvador es Jesucristo, y de que existe un solo Dios.

Pero junto a este politeísmo popular existían dos importantes movimientos religiosos de gran importancia: los cultos mistéricos entre las clases populares, y el gnosticismo entre las clases cultas.

La Gnosis o Gnosticismo

La Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento filosófico-espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo (sobre la base de la religión de Zaratustra o Zoroastro) y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China, con fuertes influencias en el judaísmo y en el cristianismo.

Los principios fundamentales de la Gnosis son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra demoníaca; la existencia de eones o arcontes, espíritus poderosos que son los intermediarios entre Dios y el mundo; la explicación del mal como fruto de un espíritu rebelado contra Dios, al que llaman demiurgo; la salvación entendida como liberación de la opresión de la materia y del cuerpo, por medio de un Revelador.

La Gnosis se presenta, pues, como religión salvacionista del hombre, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas, especialmente de la sexualidad y del matrimonio. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (los hombres “espirituales”), el hombre accede a “la verdad” que consiste en desprenderse de la cárcel del cuerpo y de las realidades carnales (creadas por el demonio demiurgo) para acceder al espíritu y vivir plenamente en él; espíritu que es una luz o chispa de origen divino asentada en el alma, luz que ilumina este mundo de tinieblas (tema muy presente en el evangelio de Juan y en otros evangelios apócrifos).

Se trata, por lo tanto, de una doctrina fuertemente dualista, que pronto se radicalizará con formas maniqueas (del gnóstico Manes, 217-277 d.C.) de oposición total entre el mundo de la luz (el Dios revelado por los gnósticos, el alma como chispa divina) y el mundo de las tinieblas conducente a la muerte.
El Gnosticismo impregnó desde sus comienzos al judaísmo (en los libros sapienciales y especialmente en Filón) y penetró profundamente en la Iglesia, ya desde su hora inicial, reinterpretándose todo el misterio cristiano desde sus categorías, tal como ya se da en Pablo y muy especialmente en el evangelio de Juan (quienes, aunque no niegan la humanidad de Jesús, la soslayan en beneficio de su divinidad).
Más elementos mitológicos gnósticos se hallan en las tardías cartas canónicas (hacia el 120-130): la segunda de Pedro y la de Judas, con las conocidas luchas entre el arcángel Miguel y los ángeles rebelados contra Dios.
Entre los gnósticos cristianos se destacan Basílides –entre el 117 y 161 en Egipto-, Valentino –un alejandrino que predicó en Roma hacia el 140-, y especialmente Marción, que también predica en Roma hacia el 135 apoyándose profusamente en las cartas de Pablo.

Como es obvio, la mayoría de los  gnósticos cristianos  negará que Jesús fuera un hombre real (herejía del docetismo) como también sus sufrimientos y muerte, y por lo tanto su resurrección, oponiéndose también a la iglesia visible y jerárquica y a los sacramentos (elementos no espirituales), e igualmente negarán obediencia a los poderes políticos.
Es un cristianismo totalmente espiritualista. El gnosticismo penetrará profundamente en la Iglesia en los siglos II y III (incluso habrá obispos gnósticos) y será condenado como herejía o madre de todas las herejías, pero su influencia será nefasta por largos siglos en la relación espíritu-materia.
Aún hoy perdura en ciertos ambientes de Asia Central (Armenia, Irán) como asimismo en algunos círculos occidentales, ya que  su espíritu dualista está lejos de haber muerto. En la Edad Media renacerá con vigor en varios movimientos espiritualistas de tipo reformador, como es el caso de los cátaros, albigenses y valdenses que retoman ideas del gnosticismo maniqueo.

Los cultos mistéricos

El culto de los Misterios, muy antiguo en el Oriente e introducido en Grecia en el siglo VII, consigue un gran auge en el imperio desde los primeros siglos, especialmente en Grecia y Oriente.
Su objetivo central era lograr una forma de vida espiritual superior al culto popular a los ídolos, aspirando a la unión con la divinidad y a la  regeneración de la vida. Esa unión era el mys o “misterio” propiamente dicho.

Los aspirantes a dichos cultos que prometían la inmortalidad y la resurrección, estaban obligados a la ley del silencio (de allí que se conoce tan poco sobre sus rituales y textos esotéricos) y eran “iniciados” mediante ritos, “sacramentos o misterios”, sea con lavados, baños o bautismo de inmersión, sea en un banquete sagrado o a través de muy variados símbolos y rituales, todo orientado a unirse a la divinidad para adquirir sus características divinas, especialmente la vida nueva y la inmortalidad.

Los rituales en general representaban simbólicamente la muerte mística y el nuevo nacimiento, ya presentes en la constante regeneración de la naturaleza. En Grecia estaban de moda los cultos mistéricos de Eleusis (cerca de Atenas y Corinto) y Dyoniso (el Baco romano, con un culto abundante en orgías y vino), Cabiros y Orfeo. En Oriente, los de Cibeles, la gran diosa madre, y los de Atis y Adonis, dioses de la fertilidad, famosos por los ritos orgiásticos y de tipo sexual (unión con la divinidad a través de la relación sexual con prostitutas sagradas).
En Egipto estaban los cultos de Isis (la Venus griega), diosa de la fecundidad, y Osiris, el dios sol que muere y resucita constantemente.

Estos ritos se introducen en Roma hacia el siglo II y III, seguidos después por el culto a Mitra, antigua divinidad solar de Persia. El emperador Cómodo (180-192) se hará iniciar en él, y Diocleciano (284-305) proclamará a Mitra como protector del imperio. Su fiesta natalicia era el 25 de diciembre. La Iglesia contrarrestará su influencia con la fiesta de Cristo, Sol invicto, y establece la misma fecha como su nacimiento.

Es evidente que Pablo, oriundo de una ciudad helenista como era Tarso (donde se practicaba un culto a la vegetación) y que pasó por Eleusis en su viaje de Atenas a Corinto, donde residió largo tiempo, conocía la existencia de estos cultos y tomó algunas ideas y símbolos, pero desde una interpretación absolutamente diferente desde “el misterio de Cristo”, aprovechando la aspiración superior de estos cultos respecto al paganismo decadente.

En este contexto, tan diferente del judaísmo, Pablo (y sus discípulos), en su afán de adaptarse a la mentalidad griega, pero con serio peligro de romper con la teología tradicional judía y con la vida y obra del Jesús histórico, predicó un “Jesucristo”, Hijo de Dios en un sentido mucho más estricto, preexistente con Dios desde la creación del mundo (Gal 4,4-5; Col 1,15-16), quien, tras el trance de la muerte fue exaltado junto a Dios y proclamado como  “Salvador y Señor” no solo de los judíos, sino de todos los hombres (Rom 1,1-4; Fil 2,5-11), pronto a manifestarse ante el mundo en forma gloriosa.
Todo el universo podría acceder a su salvación, no a través de la Ley judía y de la circuncisión, sino por el cambio interior (conversión) y una fe expresada ritualmente en el Bautismo, como forma de unión mística con Cristo, cabeza de la Iglesia y de toda la Humanidad, su pléroma o plenitud (Ver entre otros, Rom 1,1-4; 5,6-11 y 16,25-26; Fil 2,5-11; Ef 1)

En cambio, para Pablo, la vida histórica de Jesús (“según la carne”) no tenía valor salvífico alguno, “así que en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así” (2Cor 5,16-17).
Por eso Pablo no habla de Jesús sino de “Cristo”, palabra que para él no indica el Mesías ungido davídico, sino el nombre propio del “Hijo de Dios con poder”, “el Señor Jesucristo”, exaltado junto al Padre que lo ha resucitado y transformado en Salvador de toda la humanidad (Rom 1,1-4) “para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos” (Fil 2,10).
Tal su interpretación mítica-apoteósica acorde con la mentalidad helenista y romana que daba esos mismos títulos de kyrios, soter -señor y salvador- a sus dioses, reyes y emperadores que al morir eran endiosados.

Pablo llevó este mensaje cristiano con gran entusiasmo por medio de sus viajes misioneros (relatados en los Hechos cap. 13 y ss) en el Cercano Oriente, Grecia y finalmente Roma en medio de constantes persecuciones de sus ex colegas fariseos. Sus mismas cartas ( especialmente a los judeo cristianos de Galacia, Gal 2), y los Hechos de los Apóstoles (cap. 15) relatan la inevitable lucha entre el cristianismo de raigambre judía y esta novedad helenista, con componentes de la Gnosis y de los cultos mistéricos.
A partir de conflictos y de necesidades pastorales redacta muchas cartas a las comunidades, algunas de ellas perdidas, y que constituyen los primeros documentos escritos del cristianismo, veinte años antes del primer evangelio de Marcos.

Tras el martirio de Pablo en Roma (hacia el 60) y debido a la sublevación judía del 66, el pensamiento paulino y sus cartas permanecieron casi en el olvido por unos diez años, pues todos los cristianos  estaban expectantes de lo que pasaba en Palestina y seguían los lineamientos de la Iglesia de Jerusalén, esperando la llegada gloriosa de Jesús y del Reino.
Pero tras el desastre del año 70, destruida la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén que ya había perdido a Santiago, figura clave del mesianismo tradicional (ejecutado hacia el 62 por orden de los Sumos Sacerdotes saduceos), los cristianos comprendieron que la vía mesiánica tradicional no era la conveniente para enfrentar los nuevos tiempos, porque Roma sería tan implacable con el mesianismo cristiano como lo había sido con el zelotismo judío.
A partir de entonces, el discurso de Pablo se populariza en la Iglesia, incide en los textos de los evangelios y queda en definitiva como la nueva síntesis de la fe cristiana judeo-greco-romana.

El mensaje de Pablo, por lo tanto, le abrió a la Iglesia un nuevo frente de expansión, de crecimiento, de espiritualismo y sobre todo de universalidad, liberada de sus lazos con el judaísmo y con el cristianismo mesiánico-davídico. Ese fue su gran aporte.
Pero en el aspecto social y político, el pensamiento de Pablo, ciudadano romano, fue conservador, aceptando y obedeciendo sin más el orden imperial estoico, cuyo poder absoluto declara investido por Dios (Rom 13, 1-7) .

“Sométanse a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que quien se rebela contra la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán a sí mismos la condenación… Por lo tanto, es necesario someterse, no sólo por temor al castigo, sino en conciencia…”
No hace falta recordar que este texto fue lamentablemente utilizado por cuanto poder absolutista, dictatorial y antidemocrático existió en Occidente.

Líneas del Mensaje interpretativo de Pablo

El mensaje de Pablo, lo tenemos en sus cartas auténticas: Primera a Tesalonicenses, a los Filipenses, a los Gálatas, Primera y Segunda a Corintios, a los Romanos, a Filemón, escritas entre el 50 y el 58. Estas son sus ideas claves:

a) Carácter universal de la salvación que no está atada a la raza judía, a la circuncisión ni a las prácticas judías y cumplimiento de la Torá, sino que llega a todos los seres humanos por medio del bautismo y la fe en Jesucristo muerto, resucitado y salvador (a este tema se refiere la carta a los gálatas, especialmente Gal. 3,25-9). La circuncisión y la ley judía quedan excluidas. Las suplanta la fe, como adhesión total a Jesucristo, y su expresión, el bautismo.

Jesús murió para la salvación de toda la humanidad
, reparando el pecado de Adán y ese es el sentido redentor de su muerte (Rom 5,12-21 y Rom 8). (A ese pecado de Adán, posteriormente San Agustín llamará pecado original)
La muerte de Jesús (un escándalo para los griegos y un fracaso para el mesianismo tradicional) es interpretada por Pablo de varias maneras: como paso transformador hacia la vida (concepto mistérico), como rescate y expiación (siguiendo a Isaías), pero también simbólicamente como muerte al pecado y al hombre viejo de la Ley.
Fue, en todos los casos, un acto de amor de Cristo por la humanidad y un gesto de obediencia al Padre, quien por ese gesto otorgó la salvación a toda la humanidad pecadora, presente en Cristo.

Por lo tanto, los cristianos son el nuevo y verdadero pueblo de Dios, heredero de las promesas de Abraham (Gal 3,25-29)
El lector, conocedor de la historia del antiguo testamento, puede tomar conciencia por sí mismo de la fundamental innovación de Pablo, acusado de traidor por el resto del judaísmo.

b) Por lo tanto, sólo salva al hombre la fe en Jesucristo, don gratuito de Dios; no los méritos personales por las buenas obras y el  cumplimiento de la Ley, como enseñaban los fariseos (punto importante que será confrontado por la Carta de Santiago 2, 14-26 y retomado por la Reforma en el siglo XVI).

c) En consecuencia, reconciliación y unidad de judíos y paganos sin excepción para formar un solo pueblo, el hombre nuevo; o sea, una nueva humanidad (Rom. 5,10-11; 2 Cor 5,18-19; Ef 2,14-16). Igualdad de todos ante Dios, pues “ya no hay judío ni griego, esclavo ni amo, hombre o mujer, sino que todos son uno en Cristo” (Gal 3,28).
Es el concepto más revolucionario de Pablo, concepto que, lamentablemente sólo será aplicado en un plano espiritual y como libertad frente a la ley judía, sin sus derivaciones sociales y políticas.

d) El pecado es la fuerza que oprime a todos lo hombres, judíos y paganos por igual (Rom 1-4), y los esclaviza a los vicios y pasiones (que Pablo expresa como vivir según “la carne”).
La fe libera al hombre de esta opresión interior y lo hace libre para vivir “en el espíritu” (tema central de la carta a Romanos y Gálatas)
También recurre a algunas categorías gnósticas relativas al pecado original de Adán y a la salvación universal del hombre, y al enfrentamiento entre los espíritus dueños del cosmos (llamados potestades o poderes) con Dios y sus ángeles (1Cor 15,24-25; Rom 16,20; Ef 2,1-12).

e) Se afirma la libertad del cristiano, hombre nuevo, respecto a las prescripciones caducas del Antiguo Testamento (la “Ley”).
La conducta o ética cristiana emerge del mandato principal del amor, mandato interno que es expresión del Espíritu de Dios ( Gal. 4, 3-7; 5,1-15.22; 1Cor 12-13; 2Cor 3,6.17; Rom 5, 56; 7,1-6 y 8,1-4; 12, 9-21; 13,8-10) .T
También emerge como fruto de la nueva alianza por la sangre de Cristo y por la Eucaristía (1Cor 11,25) Por lo tanto, la Ley deja de ser algo apriorístico o externo al hombre, sino que surge del interior como respuesta libre de fe y de amor.

f) El conjunto de los cristianos forma una comunidad (“ecclesía” en griego, ) de los elegidos (“éccletoi”) o “santos” para ser el único Pueblo de Dios, en una unión mística con Cristo que se realiza en el Bautismo y por la praxis del amor (textos anteriores, Colosenses y Efesios).
Una iglesia que es el pueblo de Dios (2 Cor 6,16-18), sus hijos ( Gal3,26; 4,6-7, Fil 2,14-17) su templo (1 Cor 3,16-17) y el Cuerpo de Cristo (1Cor 12,12-30)

g) La convocatoria a todos los pueblos se realiza por medio de la predicación del evangelio o buena noticia de la muerte y resurrección de Jesucristo, y por la fuerza del Espíritu Santo (Rom 8,10-14; 1Cor 1,17).
Esta es la misión de la Iglesia: anunciar a Cristo Resucitado y Salvador a todos los hombres. Cuando esto se lleve a cabo, entonces será el fin del mundo, como lo dice el mismo Marcos 13,10.
La Buena Noticia no se refiere, pues, a las palabras y actos del Jesús histórico acerca del Reino, sino al anuncio que cada predicador hace del Cristo resucitado con la fuerza del Espíritu.

Mientras que Jesús anuncia el Reino de Dios
, a partir de Pablo se anuncia a Cristo Resucitado como inicio, presencia y culminación del Reino. Por eso Pablo prácticamente no habla del Reino de Dios.

h) Las comunidades viven dentro de un espíritu fraterno y democrático, presididos por los ancianos (presbíteros y espíscopos o supervisores) elegidos por cada comunidad, y auxiliados por los predicadores, apóstoles o evangelizadores, doctores o catequistas, profetas y diáconos (1Cor 12)
Es el tema desarrollado por las Cartas Pastorales de discípulos de Pablo (Cartas a Timoteo y Tito).

i) El culto es organizado sobre la base hebrea del culto sinagogal (lectura y comentario de la Biblia), del bautismo y especialmente de la Eucaristía.
Pablo adapta el culto al mundo helénico e interpreta la fe en  Cristo desde categorías mistéricas, sobre todo en lo referente al Bautismo (Rom 6) y a la Eucaristía (1 Cor 10,14-22; 11, 17-34), ya que por medio de esos ritos el cristiano se une a Cristo y a su misterio de muerte al pecado y resurrección a una vida nueva.
Pero, al mismo tiempo, alerta sobre abusos y formas reñidas con la ética cristiana: sobre la  relación con prostitutas sagradas en 1Cor 6,12 y sig; divisiones y separación de ricos y pobres en la cena eucarística, y libertad de las mujeres en el culto en 1Cor 11.

De la misma manera, utiliza categorías mistéricas y gnósticas para aludir a la unión mística con Cristo y a la creación del “hombre nuevo”.
Esta sincresis de elementos bíblicos con aportes culturales paganos, caracterizará también al cristianismo europeo y al latinoamericano, dando origen a formas de religiosidad popular de diverso tipo. Baste pensar en las devociones a los santos (como el dragón de san Jorge) y en los símbolos de Navidad (el árbol y Papá Noel).

j) Los cristianos, mientras esperan la llegada del Cristo glorioso, deben comportarse como ciudadanos leales del imperio, obedeciendo a las autoridades romanas instituidas, “pues no hay autoridad que no provenga de Dios… De modo que quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino… Por tanto es preciso someterse, no por temor al castigo, sino en conciencia… Dad a cada uno lo que se le debe: a quien impuesto, impuestos, o tributo, respeto y honor” (Rom. 13,1-7)).

Al mismo tiempo, los esclavos deben someterse a sus amos, así como las mujeres a sus maridos y los hijos a sus padres (1Cor. 7,21-23; Col 3,22-23, Ef. 6,5-8). Aceptación, pues, del manual cívico romano  y de su ideología estoica.
Por tanto, ausencia de todo fermento revolucionario y cambio social, y postura conservadora del orden monárquico de origen divino en textos que generarán muchas polémicas en siglos sucesivos.
En ellos, Pablo se hace eco de los postulados sociales y políticos de la época, y plenamente aceptados por todos.
Como también utiliza categorías monárquicas e imperiales para referirse al dominio de Cristo sobre el mundo (Fil 2,9-11; 1 Cor 15,24-28).
La libertad e igualdad (todos son hijos de Dios) que aparecen en otros textos se aplica sólo a la esfera interior y dentro de las relaciones de la comunidad cristiana.

k) El final de la historia llega con la inminente Parusía (“manifestación”) en la que Cristo vendrá con gloria divina para manifestarse como salvador, para aniquilar el poder de los demonios y entregar el Reino al Padre (1Cor 15,24-28). Entonces juzgará a todos los hombres según su conducta (tema casi exclusivo de las dos cartas a los Tesalonicenes). Los justos resucitarán para la vida eterna.

La resurrección
de los cuerpos es, por tanto, un dato fundamental de la fe (1Cor 15, 12s) y réplica de la muerte y resurrección de Jesús que ya son incorporadas mediante el Bautismo y la Eucaristía (Rom 6, 3-11; 1Cor 10, 16-17; 11, 26-27).
El tiempo actual es, pues, un tiempo de espera  espiritual (“vigilancia”) y de cambio interior en el Espíritu.
El himno transcrito en la carta a los Filipenses 2,6-11 es una magnífica síntesis del proceso salvador de Jesucristo. Se trata de una salvación que “ya” se inicia ahora en la comunidad de fe, pero que “todavía” no es completa, pues se realiza en forma definitiva en la Parusía cuando se instaure el poder absoluto de Dios por medio de su Hijo Jesucristo.

En síntesis: para Pablo, lo importante no es el Jesús de la historia, sino “el Cristo” resucitado transhistórico e instituido como Hijo de Dios, fuente de toda salvación para toda la humanidad. Con Pablo, por tanto, el cristianismo adquiere la forma de una nueva religión de características sincréticas, lo que le atraerá las iras de los judíos ortodoxos y de los judeocristianos.

B- EL MENSAJE  DE JESÚS  EN LOS EVANGELIOS Y HECHOS

1.
En los sinópticos Mc, Mt y Lc. En Hechos 

Los evangelistas (escritores anónimos, identificados hacia el siglo IV con algunos apóstoles y discípulos de Jesús) se levantan contra la interpretación excesivamente mítica de Pablo y a favor del Jesús histórico, mesías, profeta y maestro, culminación de la historia salvadora de Dios en medio de su pueblo. Al mismo tiempo, como ya dijimos, intentan despolitizar su figura y mensaje (al menos, desradicalizarlo) con lo que surgen unos escritos con muchas contradicciones y como un mosaico de diversas corrientes internas del cristianismo primitivo.
Como ya lo hemos apuntado, los evangelios sinópticos (similares) presentan un Jesús ambivalente, pues mientras espiritualizan muchos de sus mensajes, no dejan de reconocer el carácter subversivo de sus actos y palabras y abundantes rasgos de mesianismo tradicional.

En definitiva:  los evangelios “ensamblan” al Jesús histórico con la realidad de sus comunidades judeocristianas o helenistas, ya alejadas de la realidad de la Palestina de Jesús.
No olvidemos que todos los evangelios fueron escritos después del desastre del año 70, siendo el primero el de Marcos (hacia el 71), luego el de Mateo y Lucas (que lo amplían hacia el 80-90). De esa misma época es el libro de los Hechos, atribuido también a Lucas.

Principales líneas interpretativas:

a) La historia humana se halla dividida en tres etapas: la de Israel, la de Jesús y la de la Iglesia.
La historia tiene un fin en la Parusía con el advenimiento total del Reino de Dios sobre el mundo. Por tanto, toda la historia tiene una tensión escatológica y un sentido desde la providencia salvadora de Dios (especialmente en Lc. 3 y en el esquema de los Hechos)

El Reino de Dios actúa “dentro de la historia”, y el sujeto transformador de esa historia es Dios, el Espíritu Santo dado por Jesucristo y su pueblo fiel. Por tanto, hay continuidad de toda la historia bíblica, que ahora encuentra su culminación en la obra del Jesús histórico.

b) Jesús fue un ser humano concreto (ya había quienes negaban su humanidad, como los gnósticos “docetas”), igual a todos los demás hombres, hijo de María y José, que vivió en Nazaret con su familia y sus hermanos (Mc 6,3-4), encarnado en la historia concreta de los hombres.
Se describen rasgos de la personalidad de Jesús: compasivo, sensible, valiente, sencillo, amante de la naturaleza, fogoso, lleno de humanidad y grandeza de espíritu. Amado por el pueblo (Mt 21,10-11; Lc 7,16; Mc 1,27; Mt 9,33 y 13,54, etc.) y odiado por las autoridades.
Su valentía rayana en la temeridad se expresa especialmente en sus sufrimientos y muerte.

c) Fue enviado por Dios como profeta de los últimos tiempos (Lc 24,19; Hech 2,22 sig) como ya lo hemos explicado. Es, pues, “el hijo predilecto del Padre” (Mc 1, 11) por su misión de salvar a la humanidad
Este concepto de hijo de Dios, genérico en los sinópticos, más específico en Pablo y Juan, generará la polémica del siglo IV sobre la divinidad de Cristo.

d) Se presenta, pues, a Jesús en continuidad con la historia bíblico-judía, como culminación de la historia profética y de liberación de Dios, en un contexto netamente judío y yavista (como hombre piadoso, cumplidor de la ley pero sin legalismo, orante y respetuoso del templo).

Jesús lleva a su culminación la obra salvadora del Padre, que se inicia con el pueblo hebreo y se expandirá a todos los pueblos (ver los discursos de los Hechos: 2,14ss; 3,11ss; 7,2ss; 10,34ss; 13, 16ss). Cuando el evangelio sea llevado a todo el mundo, entonces llegará el final de la historia (Mc 13,10).

Esa salvación es realizada por hechos concretos (signos o milagros, Hech 2,22) de Jesús, pero también con su enseñanza como “maestro” o nuevo legislador, especialmente en Mateo que presenta a Jesús como nuevo Moisés enseñando desde la Montaña, el nuevo Sinaí (Mt 5).
Discursos varios, parábolas y proverbios son la expresión de su enseñanza.

e) Jesús aparece también como el Mesías davídico y libertador de su pueblo. Este carácter tradicional de la fe bíblica aparece en numerosos textos que ya hemos examinado en el capítulo anterior.

f) Todos los hechos de la vida de Jesús, en particular su muerte y resurrección, son interpretados a la luz de los profetas, especialmente del déutero Isaías.
Hay una clara línea apologética tendiente a mostrar a Jesús como la culminación de la historia salvadora tal como la anunciaron los profetas (Lc 24, 25-27), y como el “siervo de Dios” que se sacrifica y “da su vida” para que todos se salven, en consonancia con los Cánticos del Siervo de Yahvé de Isaías, especialmente del cuarto en Is 53: “Varón de dolores, que llevaba nuestras dolencias; azotado, herido y humillado por nuestras rebeldías y pecados… Yahvé descargó sobre él nuestra culpa. Fue oprimido y se humilló sin abrir la boca, como oveja llevada al matadero. Tras arresto y juicio fue arrancado de la tierra de los vivos, herido por los pecados de su pueblo...” (Ver Mt 8,17; 11,4-5; 12,18-21; Hech 8,22-23)

En Juan 1,29 Jesús es presentado como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, reflejo de Is 53,7-12.
Al mismo tiempo, la pasión y muerte son leídas como los sufrimientos propios del profeta íntegro y como martirio o testimonio extremo de quien es fiel a Yahvé.
El fracaso de su muerte, en total soledad y abandono, es el paso previo para la eclosión de su resurrección, elemento fundamental de la fe.
Esta resurrección (duplicada por Lc en la Ascensión) significa que Jesús está vivo y presente en la comunidad reunida por el amor y la solidaridad, y como tal es su pastor y conductor mediante la efusión del Espíritu Santo.
Las comidas fraternas (fracción del pan) y la eucaristía (memoria de la última cena) son signos de su presencia y de la fraternidad de los hermanos.

Ese Cristo Resucitado terminará su obra salvadora cuando llegue en su manifestación gloriosa (Parusía) dentro de poco como juez y salvador universal de las naciones.
Por lo tanto, la salvación se inicia en la vida de Jesús y halla eclosión en su muerte y resurrección, para finalizar en la Parusía. En Jesús todo es salvífico: su encarnación, vida, muerte, resurrección y parusía.

g) Jesús anuncia el Reino o soberanía de Dios (“malkuta”), como ya lo hemos desarrollado, sea por medio de parábolas (Mt 13,44-45; 13,3-9; Mc 4,26-29; Mt 13,24-50; Lc 15,3-32, etc.), sea en discursos directos,  no como un lugar o Estado, sino como una situación, interior y exterior, de amor, justicia y paz, especialmente orientado hacia los pobres, los hambrientos, los pecadores públicos e impuros sociales, las mujeres, los esclavos, enfermos y niños, los endemoniados (enfermos mentales), o sea, hacia las clases sociales más humildes y oprimidas.

Expresión de la llegada de ese Reino son sus signos o milagros, descritos en la respuesta que el mismo le da  al Bautista (Lc 7,22-23) como una liberación total : “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres”
Su “buena noticia” o evangelio se resume en el texto de Marcos 1,14: “Cambien de vida y crean en la buena noticia porque el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca…”.

Lo escandaloso de esta soberanía de Dios es que los privilegiados no son los sacerdotes ni los piadosos sino los niños (sin derecho en el mundo hebreo) y la chusma sencilla e inculta, considerada por la sociedad como los “malditos” (Mc 2,15-17 y 3,7-12; Mt 11,25-26; Mt 18, 1-4; Mt 19, 14; Mt 21, 31-32; Lc 12, 32).
La síntesis se expresa en las bienaventuranzas (Lc 6,20-26) resumidas en la primera : “Felices los que ahora son pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios” (Lc. 6,20-23). El que busca el Reino de Dios debe desprenderse de la codicia y poner su confianza en la Providencia (Mt 6,24-34; 19,16-26; Lc 16, 1s; 12, 13-21). Ver otros detalles sobre el Reino en el capítulo anterior.

h) Jesús convoca a una comunidad escatológica de discípulos, familia del Reino de Dios, sus “hermanos y amigos”, (Mc 3,31-35) con la misión exclusiva de anunciar y preparar la inminente llegada del Reino (Mc 6,7-13)  Ver este tema en el capítulo anterior.

i) Queda suprimida toda autoridad ejercida desde el poder “como los jefes de las naciones”. Ver este tema en el capítulo anterior.

j) Hasta que llegue el final de los tiempos, los cristianos han de actuar “con la astucia de la serpiente y la sencillez de la paloma” (Mt 10,16 s.)
Se trata de acomodarse a la situación vigente del imperio romano, practicando el sermón del monte y el mandamiento fundamental del amor al prójimo, aún a los enemigos, tanto los romanos opresores  como  otros (Mt  5,17-48) Tal amor es la síntesis de toda la Ley  (Mt 22,34-40) y la forma de ser perfectos como el Padre (Mt 5,48)
Un amor acompañado del perdón y de la misericordia siempre y a todos los ofensores (Lc 15 con las clásicas parábolas de la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo;  Mt 18, 12-35).
Todo a ejemplo de Jesús que hizo el bien a todos, incluso con milagros, y que supo perdonar a los pecadores, aún a sus enemigos desde la cruz (Mt 9, 2-13, Lc 7,36-50 y 19,1-10; Lc 23, 34). A

Al mismo tiempo, el cristiano debe asumir una ética interna, “desde el corazón” (sede de la conciencia entre los semitas) colocándose por encima del cumplimiento ritualista (el sábado) y exterior de la ley (Mc 2, 23-28 y 7,1-22).
Es la recta conciencia la que determina la bondad de los actos, con una clara propuesta para combatir el legalismo y la religión formalista de tipo fariseo y las prescripciones sobre la impureza de actos y objetos (Mc 2,18-28; 7,1-22; Mt 15, 10-20; 23, 13-32).
Nada hay de impuro en el hombre, salvo sus malas intenciones.
Entre tanto, como lo expresan varias parábolas (Mt 13,24-43; 25,14-30), hay que dejar crecer el buen trigo con la cizaña hasta que llegue el último día del Juicio de Dios. En ese día cada uno será juzgado de acuerdo a la ley del amor y de la solidaridad social (“tuve hambre y me dieron de comer…” de Mat. 25, 31 y s.)

Por lo demás, los cristianos deben aprender a convivir en las actuales estructuras sociales y políticas sin provocar las iras de Roma, especialmente con el pago del impuesto al emperador (no olvidar el síndrome de la destrucción de Jerusalén) y sin destruir el actual orden antes de tiempo, un tiempo que sólo queda en manos de Dios (Mt 17,24-27 y 22,13-21)

Posteriormente
, el concepto de liberación de las clases humildes contra la oligarquía de los ricos (tema importante en Lucas y en la Carta de Santiago) y contra un orden político injusto (con sometimiento del pueblo y esclavitud) se irá reduciendo en la Iglesia para concretarse  en la creación de comunidades que viven el espíritu de igualdad, pero se va perdiendo toda fuerza transformadora de la sociedad como tal.

Al mismo tiempo, penetra rápidamente en la iglesia un sentido cada vez más espiritualista y menos politizado en la interpretación de Jesús (ya desde Mateo y más aún desde el evangelio de Juan, como desde  la lectura de las cartas de Pablo y discípulos, y cartas finales de Juan, Pedro y Judas). Igualmente el Reino de Dios se va espiritualizando y termina identificado con “el cielo” y el mundo espiritual.

Desde mitad del siglo II también penetra en la iglesia cierto legalismo moralista de tipo farisaico que irá creciendo con el tiempo, con elementos del estoicismo.

K) El final de los tiempos y la culminación de la salvación de Jesucristo se consuman en su Parusía o Segunda Venida gloriosa, cuando el Padre lo instituya como Juez universal (Numerosas parábolas y Mc 13,26, Mt 26,64, He 1,10-11)

En el evangelio de Juan 

La espiritualización del mesianismo cristiano (y su oposición al judaísmo tradicional) se profundiza en los escritos de los discípulos de Pablo (cartas a los Colosenses, a los Efesios, a los Hebreos) y muy particularmente en el evangelio de Juan, que rompe con las ideas anteriores y presenta un Jesús totalmente a medida de una comunidad influenciada por la gnosis, o sea, como Dios preexistente que se encarna en el mundo como la palabra, la luz, la verdad y la vida, y como el Revelador de toda la nueva doctrina del Padre (Jn cap. 1, 3, 5, 9, 11 y 12).
Una revelación que llega aún a los samaritanos (Jn 4) pues Dios desde ahora debe ser adorado en espíritu y verdad desde el reconocimiento de la fe y desde un nuevo nacimiento en el Espíritu (Jn 3)

Es el Jesús que le dijo sin ambages a Pilato que “soy rey, pero mi reino no es de este mundo”, pues sólo “vine para dar testimonio de la Verdad” (Jn 18,26-37), o sea, de la nueva Palabra de Dios que exige aceptarlo como su enviado.

No sólo eso, sino que Juan también rompe con la escatología tradicional, y lejos de hablar de una segunda venida gloriosa de Cristo, dice que “ya” ahora ese Cristo glorioso está vivo en todo aquel que renace por el Espíritu que es enviado plenamente por el Padre a su ruego, enseguida después de su muerte (Jn 3,1-21 y cap. 14 a 17).
Juan, (al igual que Pablo) no habla del Reino de Dios, sino de la revelación plena de la verdad y vida de Dios, a la cual sólo se puede uno abrir reconociendo a Jesús como el Hijo vivo de Dios y su Palabra (Logos) verdadera y pan de vida (Jn 6 y 9).

Juan, testigo del anatema de la comunidad judía contra la cristiana hacia fines del siglo primero, enfatiza el enfrentamiento de Jesús contra los “judíos” (por ejemplo en Jn 3,5,7 al 10) que no lo aceptaban como Mesías ni como Hijo de Dios.
El Jesús del cuarto evangelio, majestático y con largos discursos teológicos, que actúa casi exclusivamente en Jerusalén, es presentado finalmente como el Pastor que da su vida por su rebaño (Jn 10) y como amigo fiel hasta la muerte (Jn 15,12-14) que deja como testamento supremo el mandamiento de la unidad y del amor, y el don del Espíritu Santo (Jn del 13 al 17) que es entregado el mismo día de la resurrección (Jn 20,22)
El lenguaje de este evangelio, alejado de la sencillez de los sinópticos, es profundamente simbólico, como también están cargados de simbolismo los “signos” de Jesús (multiplicación del vino en Caná y de los panes, varias curaciones)  plenos de un mensaje novedoso: Jesús como Pan de vida (Jn 6), como vino nuevo (Jn 2), como Luz (Jn 9), como Agua de vida (Jn 7,37ss y Jn 5,1ss), como resurrección plena (Jn 11) De allí que exijan a los cristianos una preparación especial para leerlo.

En tanto, la comunidad de Jesús, Camino al Padre (Jn 14) es presentada como su rebaño (Jn 10) y viña (Jn 15), en total unidad con él y con el Padre (Jn 17), y viviendo un amor servicial como quien lava los pies a sus hermanos (Jn 13, 1ss)

Síntesis y reflexiones finales 

a) Quién fue Jesús

Sintetizando un tema de por sí espinoso y seguramente apto para muchas polémicas, según la ideología de cada intérprete de los textos evangélicos,
en forma negativa podemos decir que es inconcebible un Jesús que no se ajuste a la mentalidad bíblica profética y judía de su época.

Y en forma positiva, que Jesús, consciente de que el Reino de Dios llegaría en corto plazo y en forma imprevista, se consideró el profeta de los últimos tiempos, completando la predicación del profeta apocalíptico Juan, quizás considerándose el Mesías lugarteniente de Dios en la línea tradicional y profética, pero seguramente predicando el cambio necesario para que Israel pudiera recibir toda la fuerza del Reino soberano de Dios.
O sea, pudo no haber tenido conciencia mesiánica, o sea, no haberse presentado como Mesías davídico (tema muy discutido por los expertos bíblicos), pero sí con seguridad tuvo conciencia escatológica, o sea, que había llegado el tiempo final de la historia.
Por lo tanto, Jesús desde una concepción teocrática pura de un gobierno directo de Dios con una comunidad democratizada, sin mediación sacerdotal o política, algo por lo demás obvio si esperaba un fin cercano de este mundo, consagró su vida al anuncio y a la actualización del Reino soberano de Dios que llegaba para liberar fundamentalmente a los pobres y oprimidos.

Su predicación resultaba de por sí absolutamente subversiva contra el orden social del momento, sostenido tanto por los saduceos y alto clero, como por los romanos, sus aliados.
Jesús entendió que el objetivo primero era restaurar el auténtico culto a Dios, exigiendo al alto clero una sincera conversión para aceptar el Reino y no caer víctima de la ira de Dios, para lo cual necesitaba ir a Jerusalén, a pesar del miedo de los apóstoles (Mc 10,32), purificar el Templo (lo que hará con santa ira y violencia), o sea, liberar al culto de la manipulación de los sacerdotes que lucraban con él y con la fe ingenua de la gente (Mc 11,15-19).
Como el alto clero no se animaba a atacar a Jesús en Galilea (sí lo hacía Herodes Antipas, Lc 13,31-33), dominada por los fariseos y su ala radicalizada de los zelotes, aprovechó la estadía de Jesús en Jerusalén, el tumulto provocado por su entrada mesiánica y el duro incidente del templo, para acusarlo ante Pilato  de sedicioso, revolucionario contra el orden existente  y pretender ser rey de los judíos (Mc 15,1-3).
Pilato, que ya debía estar suficientemente alertado (el mismo Jesús habla de una matanza de galileos en el templo en los días de su predicación, Lc 13,1-3) no dudó un momento y ejerció implacablemente la ley romana contra el delito de subversión: la muerte en la cruz tras un juicio sumario. El cartel puesto sobre la cruz indicaba claramente el motivo de su muerte: “Rey de los Judíos”, o sea, Mesías. Y para que el escarmiento fuera mayor, aprovechó la oportunidad para crucificar a otros dos zelotes (Mc 15,26-27)

b) El nuevo perfil del cristianismo

Debido a un largo proceso de reinterpretaciones desde un nuevo contexto cultural e histórico, la fe cristiana se fue adaptando a las nuevas circunstancias y comunidades que necesitaban leer sus propios problemas desde un Cristo presente al que había que reinterpretar constantemente.
Así surgen el pensamiento de Pablo y de los evangelistas.

Problemas internos y de organización de las comunidades exigen, a su vez, una nueva lectura dada por las Cartas Pastorales (a Timoteo y Tito, hacia el año 110), profundizándose en el rol de los pastores.
Así, para la mitad del segundo siglo, el cristianismo está configurado como una nueva religión “ecléctica” (suma de conceptos varios no suficientemente integrados) y conservadora, con algunos elementos judíos tradicionales (la Biblia, los Mandamientos, etc.) y con importantes componentes gnósticos y neoplatónicos (estos últimos desde el siglo III) con su clásica oposición entre el mundo espiritual y el material al que se considera fruto de los demonios.
En consecuencia, penetra rápidamente en la iglesia un sentido cada vez más espiritualista en la interpretación de Jesús.
El concepto de liberación de las clases humildes contra la oligarquía de los ricos y contra un orden político injusto (con sometimiento del pueblo y esclavitud) irá desapareciendo en una Iglesia que se abocará a la creación de numerosas comunidades que viven internamente el espíritu de igualdad, pero que pierden toda fuerza transformadora de la sociedad como tal.

Y muy pronto también la Iglesia se jerarquiza con estratos bien diferenciados (clero y laicado) que con el correr de los siglos terminarán por someter al pueblo cristiano al poder casi absoluto de los obispos, en un principio simples supervisores de la comunidad.

Igualmente el Reino de Dios, perdida la esperanza en una pronta segunda venida de Jesucristo, se va espiritualizando y termina identificado con “el cielo” y el mundo espiritual de después de la muerte. Desde mitad del siglo II también penetra en la iglesia cierto legalismo moralista de tipo farisaico que irá creciendo con el tiempo, con elementos del estoicismo (doctrina filosófica de estricta moralidad).
Cuando dos siglos y medio después de la muerte de Jesús, el imperio romano se haga cristiano y Constantino proclame que alcanzó la victoria sobre su rival Magencio “en el signo de la cruz” (in hoc signo vinces) que se le hubiera aparecido en una visión, Jesús y la cruz se transformaron en el signo de victoria y triunfo del imperio y de la iglesia, que ahora era su aliada y sostén ideológico.

Pero, ese nuevo cristianismo ¿tenía algo que ver con el mensaje original de Jesús de Nazaret?

El carácter imperial y triunfal de la Iglesia (presente en el imperio romano de Oriente hasta 1453) se acentúa en la Edad Media que llega a instituir hacia el año 1000 una teocracia sacerdotal en Europa (muy firme desde las luchas por la Investidura entre Papas y Emperadores), permaneciendo la Iglesia por largos siglos aliada con el feudalismo y con las monarquías absolutistas y colonialistas europeas, generalmente de espalda a las clases humildes y pobres, obligadas a aceptar por obediencia a Dios su desvalorizada situación.
Durante la Edad Moderna la Iglesia Católica (tras la separación de los protestantes reformados) se repliega aún más en el centralismo de Roma y en el papado, opuesta a todo intento de reforma religiosa o política, ésta a favor de la democracia.

Recién hacia finales del siglo XIX se despierta a un cristianismo social con la llamada “Doctrina Social de la Iglesia” (iniciada en 1891 con la Encíclica Rerum Novarum de León XIII) cuando ya el socialismo y el marxismo estaban liderando la liberación de las clases explotadas.
¡Habían pasado 19 siglos tras el mensaje liberador de Jesús!
El proceso de renovación cristiana continuó en el siglo XX (especialmente en la segunda mitad, siendo importantes  el Concilio Vaticano II y las grandes encíclicas) y tuvo su gran despertar en América Latina y Africa con la “teología de la liberación” (fundamentales son los Documentos de Medellín y Puebla), volviendo muchos cristianos a descubrir el verdadero rostro de Jesús, el aliado natural de los pobres y oprimidos, a los cuales lideró hasta las últimas consecuencias, y a sentirse como el pueblo de Dios, llamado a realizar la historia de la liberación a lo largo de los tiempos, especialmente desde la realidad de los pobres

Pero la nueva cultura posmoderna pone de nuevo al cristianismo ante una aguda crisis de identidad y de misión en el mundo.

LA IGLESIA DURANTE EL IMPERIO ROMANO

a) Podemos distinguir en la historia de la comunidad eclesial dos etapas claramente distintas:

En la primera
o apostólica (hasta la destrucción de Jerusalén) existe un duro enfrentamiento entre las comunidades de espíritu paulino y helenista (con sede en Antioquía) con las comunidades judeo-cristianas de tipo mesiánico, cuya sede era Jerusalén, que esperaban el pronto retorno de Cristo para instaurar el Reino de Dios sobre todo el mundo, pero sobre la base del pueblo elegido.

La comunidad de Jerusalén tenía el privilegio de ser gobernada por un hermano de Jesús, de nombre Santiago (Gal 1,19), -al que no hay que confundir con los dos apóstoles de nombre Santiago- líder indiscutido de los judeo cristianos y de gran prestigio en la comunidad judía. Será asesinado en el 62 poco antes de la revuelta antiromana.

En tanto, las comunidades helenistas se desarrollan en Asia Menor (desde Antioquía) y Grecia por medio de misiones evangelizadoras y por los viajes misioneros de Pablo (Hechos 13 y siguientes), quien desautoriza la circuncisión para los paganos conversos, lo que provoca un serio conflicto con Jerusalén, ciudad donde se intenta resolver el conflicto con un cierto compromiso (todos estos sucesos son relatados por Los Hechos 15 y las Cartas, especialmente a los Gálatas)

En ambas comunidades prima en general un espíritu democrático en la elección de autoridades y en la conducción de la comunidad. Las comunidades, autónomas entre sí, tratan de convivir con el imperio y todavía  se consideran  parte de la comunidad judía (sinagoga), asistiendo al culto del  Templo de Jerusalén. En tanto, todas las ecclesías respetan la supremacía de Jerusalén, aún Pablo, que reconoce a las “columnas” de la iglesia: Santiago, Pedro y Juan (Gal 2,9).

En esta etapa se escriben las Cartas y se comienza a redactar ciertos relatos que serán la base de los Evangelios, siendo el primero el de Marcos hacia el 70-71, inmediatamente después de la destrucción de Jerusalén tras la guerra contra Roma (66-70).

En la segunda
, destruida la comunidad judía y la judeocristiana de Palestina, triunfa la línea helenista universalista que se expresa en los evangelios de Mateo y Lucas, en los Hechos, y en la relectura de las cartas de Pablo, apareciendo otros escritores que profundizan en su mensaje (los autores de las cartas a Colosenses, Efesios, segunda a Tesalonicenses, Primera de Pedro, a Timoteo, a Tito, a los Hebreos).
Por su parte la Sinagoga, dirigida exclusivamente por los fariseos (los dirigentes saduceos habían sido asesinados por los zelotas), expulsa a los cristianos de la comunidad judía (entre el 90 y el 100) y los incluye en su lista de maldiciones, hecho que aparece claro en el evangelio de Juan que proyecta este conflicto a los tiempos de Jesús, naciendo así una cruda enemistad de ambas comunidades hermanas.

Desde entonces, el cristianismo, ya constituido como una “nueva religión”, se expande decididamente hacia los paganos con una gran rapidez, cubriendo con sus comunidades más bien urbanas el Cercano Oriente, Egipto, Grecia, Roma y llegando hasta las Galias y España.

Esta notable expansión, más el prestigio social y cierto aumento de riquezas, provoca la reacción de la autoridad romana que acusa a los cristianos de no rendir culto al emperador (“señor” y “salvador”) y a la diosa Roma, un culto cívico que obligaba a todos los habitantes del imperio, como vimos en el módulo anterior, II,6 (tema ya presente en la acusación contra Pablo en Hech 16,21 y en 17, 7-8: “Todos estos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús”).Acusados, pues, de ateos y de ciudadanos infieles, fueron sometidos a las conocidas persecuciones que, en realidad, nunca cubrieron todo el espacio del imperio, salvo las de Decio y Diocleciano (siglo III).

Por su parte, los escritores cristianos polemizan con judíos y paganos en defensa de la figura de Cristo y de su mensaje, refutándose además las acusaciones de la falta de patriotismo de los cristianos, como las provenientes del filósofo Celso en su polémica con Orígenes y Tertuliano (siglos II y III)

Pero el antagonismo principal vino de la filosofía neoplatónica fundada por Ammonio Sacas (+242), sistematizada por Plotino y publicitada por Porfirio quien, en sus quince libros (perdidos) ataca con fuerza al cristianismo. Lo mismo hace el más temible adversario ideológico del cristianismo, Celso. Otros adversarios fueron Frontón, Jámblico, Proclo, y el neopitagórico Filóstrato.

Entre los principales apologistas cristianos, hay que citar a Justino (+165) quien en sus dos libros, aunque busca conciliar el cristianismo con la cultura grecolatina, proclama la superioridad de la “filosofía cristiana” y sostiene el derecho a no rendir culto al emperador. Según este filósofo cristiano, todas las verdades, aún las doctrinas de los paganos griegos y romanos, provienen del Verbo de Dios.

Pero la necesidad de buscar una conciliación ideológica con la filosofía griega, especialmente platónica, fue triunfando en la Iglesia, especialmente en Alejandría (influenciada por la filosofía del judío Filón, contemporáneo de Jesús), de modo que hacia fines del siglo II en esta ciudad se fundó la primera escuela catequética, siendo su primer maestro Panteno (+200).
Sus sucesores Clemente de Alejandría (+215) y Orígenes (+255) llevarán a la escuela a su máximo esplendor, imbuidos de neoplatonismo y con una interpretación muy alegórica de la Biblia.

Entre tanto, en Antioquía se funda una nueva escuela más cercana a una interpretación histórico-crítica y al pensamiento aristotélico. En las polémicas trinitarias, ambas escuelas rivalizarán, la alejandrina en pro de una total divinización de Cristo, y la antioquena sosteniendo una subordinación de Cristo al Padre.

b) Los escritores cristianos no siempre adoptan una postura homogénea frente al imperio, observándose en general una actitud más positiva en Oriente, y una tendencia distante o negativa en Occidente.

Tertuliano
(muerto hacia el 220), fogoso polemista latino del norte de Africa (su obra maestra es el Apologeticum del 197) lleva a sus extremos la doctrina de san Pablo por lo que terminará en el “montanismo” fundamentalista, fanático y de moral extremista.

El Montanismo es la doctrina creada por Montano en Frigia hacia el 172. Anunciaba un fin del mundo cercano y enseñaba una ética de gran rigor, con ejercicio de la mortificación corporal, ayunos y apartamiento del matrimonio. Los montanistas sostenían, contra toda la tradición, que los tres pecados mortales –apostasía de la fe, homicidio y adulterio- no podían ser perdonados en esta vida por la Iglesia. Prohibían al mismo tiempo todo ornato en las mujeres, ejercer cargos públicos y poseer obras paganas de arte. Finalmente, negaban a los cristianos el derecho de huir en caso de persecución, la que debía ser enfrentada en el martirio.

Convencido, pues, Tertuliano de un fin del mundo cercano, tiende a ver en el imperio el reino de los demonios, pero acepta que “respetamos en los emperadores el juicio de Dios que los ha establecido para gobernar a los pueblos, pues sabemos que reciben de la voluntad de Dios el poder del que están investidos” (Apología, 32).
Por otra parte, reafirma la superioridad de la moral cristiana como un gran aporte al imperio, y recuerda que “lo que hace la verdadera grandeza del emperador es necesitar que se le recuerde que no es un Dios”. Alejándose de Pablo, afirma la radical oposición entre el Reino de Dios y el imperio del César que ha de terminar pronto cuando llegue el fin de los tiempos.

Muy distinta es la postura del alejandrino Orígenes (185-255), el más erudito de los teólogos orientales, que intenta integrar el cristianismo con el helenismo y  el imperio al que considera como una preparación para la llegada de Cristo, de modo que el mundo y la iglesia deben tender a caminar juntos.
Opuesto al apocaliptismo milenarista de Tertuliano, afirma que el cristiano tiene dos patrias: la celeste y la terrestre, perteneciendo tanto a la comunidad política como a la cristiana. Reconociendo la superioridad del mundo espiritual, afirma sin embargo que el imperio facilita la expansión de la fe y es el camino para llegar al cristianismo, de modo que la Ciudad Terrestre puede desembocar en la Ciudad de Dios.
Sólo en un punto el cristiano se opone al imperio, y es en la adoración del César y de Roma.

Orígenes, llevado de su deseo de conciliación con el neoplatonismo, enseñará doctrinas consideradas no ortodoxas por la Iglesia, como la eternidad del mundo y una reconciliación final de todos con Dios, aún los condenados. Es su llamada apokatástasis.

Esta visión optimista es también compartida por el autor cristiano anónimo de la Carta a Diogneto (hacia el 200) que habla de los cristianos como “el alma del mundo”, llamados a ser perfectos ciudadanos, aún teniendo como patria definitva la celestial. Todas ideas, pues, que preparan el camino a Constantino.

c) En el mismo y prolongado período también se organiza el catecumenado para el ingreso de nuevos fieles a la comunidad (sólo había bautismo de adultos), como también el culto, difundiéndose los libros que pronto constituirán hacia el siglo IV el nuevo canon de libros sagrados del Nuevo Testamento.Mientras decrece la expectativa por la pronta y segunda venida de Cristo, crece el espíritu moralista y estoico, y se infiltra en la iglesia un agudo dualismo de tipo neoplatónico y gnóstico (más tarde, maniqueo), dualismo ya presente en Pablo y en Juan, con la clásica división del alma y del cuerpo, y predicado por los gnósticos cristianos Marción y Valentín aún en Roma, y por Basílides en Egipto.

Los gnósticos cristianos (cuyo representante ortodoxo es el evangelista Juan, pero plenamente presente en los apócrifos “Evangelio según Tomás” y “Carta de Santiago”) presentan a Jesús como el revelador de la gnosis o conocimiento de la verdad y de la luz, en oposición al Dios del Antiguo Testamento, creador del mundo material y del cuerpo humano que aparecen como engendros demoníacos, especialmente la sexualidad. De allí la sustitución del concepto de resurrección del cuerpo por el de inmortalidad del alma.
También apoyándose en textos de san Pablo oponen el antiguo al nuevo testamento, el Dios Yavé (Dios malo, creador de los demonios y del cuerpo) al Dios de Jesús, y, en consecuencia, el judaísmo al cristianismo.Aunque la Iglesia condena estos excesos, el gnosticismo deja su impronta en el cristianismo de occidente hasta nuestros días, por lo que la iglesia asume una ideología y antropología muy alejada del pensamiento integral bíblico-semita del ser humano.
La primacía del espíritu sobre la materia se reflejará en la concepción política de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, en la preeminencia de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio (de la vida monástica sobre la secular) y en una moral espiritualista y severa, con fuertes connotaciones antisexuales y aún antimatrimoniales.

Recordemos que la Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo (sobre la base de la religión de Zaratustra o Zoroastro) y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China. Los principios fundamentales de la Gnosis son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra demoníaca; la existencia de eones o arcontes, espíritus poderosos que son los intermediarios entre Dios y el mundo; la explicación del mal como fruto de un eón rebelado contra Dios, al que llaman demiurgo; la salvación como liberación de la opresión de la materia, por medio de un Revelador.

Se presenta, pues, como religión salvacionista del hombre, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (los hombres “espirituales”), el hombre accede a “la verdad” que consiste en desprenderse de las realidades carnales para acceder al espíritu y vivir plenamente en él, que es una luz o chispa de origen divino asentada en el alma, luz que ilumina este mundo de tinieblas (tema muy presente en el evangelio de Juan y en otros escritos).

Se trata, por lo tanto, de una doctrina fuertemente dualista, que pronto se radicalizará con formas maniqueas (del gnóstico Manes, 217-277) de oposición total entre el mundo de la luz (el Dios revelado por los gnósticos, el alma como chispa divina) y el mundo de las tinieblas, todo él conducente a la muerte.

Manes
predicó en la India y Persia hacia el año 240, manteniendo relaciones también con los budistas. Fue finalmente ajusticiado en Persia hacia el 277, pero sus ideas gnósticas muy radicalizadas se difundieron ampliamente en Oriente y Occidente en los siglos III y IV. Manes se consideraba un profeta enviado por Jesús e identificado como El Paráclito o Espíritu Santo, y dotado de un espíritu muy inteligente y culto, intentó reconciliar el Oriente (Zoroastrismo) con el Occidente, reformando la Iglesia cristiana. Para ello escribió sus Escrituras y organizó una pujante Iglesia que también fue perseguida por Diocleciano. En la vida práctica  prohibía los trabajos serviles, la carne y el vino, oponiéndose también al matrimonio, aunque no al ejercicio de la sexualidad. Sus discípulos se caracterizaron por el ejercicio de la virtud (ascesis, castidad, ayunos, oración) y un gran espíritu misionero que pronto llevó a la nueva religión hasta la India, China, Persia, Siberia, Armenia, Siria, Palestina, Egipto, Norte de Africa (san Agustín antes de su conversión fue maniqueo), España, Italia y otros lugares de Europa, donde fueron muy combatidos por los emperadores cristianos y la Iglesia.

Pero, lejos de desaparecer, permanecerá en Oriente y llegará a los pueblos balcánicos cuando sean evangelizados hacia el siglo IX (se lo llamará Bogomilismo, por su predicador el sacerdote Bogomil) y desde allí será introducido hacia el año mil en Francia como cátaros o ”puros”.
El Gnosticismo impregnó no sólo a la filosofía neoplatónica, sino también desde sus comienzos al judaísmo (en los libros sapienciales y especialmente en Filón) y penetró profundamente en la iglesia, ya desde su hora inicial, reinterpretándose toda el misterio cristiano desde sus categorías, tal como ya se da en Pablo y muy especialmente en el evangelio de Juan (quienes, aunque no niegan la humanidad de Jesús, la soslayan en beneficio de su divinidad).

Como es obvio, la mayoría de los  gnósticos cristianos negará que Jesús fue un hombre real como también sus sufrimientos y muerte, y por lo tanto su resurrección, oponiéndose también a la iglesia visible y jerárquica y a los sacramentos, e igualmente negarán obediencia a los poderes políticos. Es un cristianismo totalmente espiritualista.

El gnosticismo perdura aún hoy en ciertos ambientes de Asia Central (Armenia, Irán) como asimismo en algunos círculos occidentales, pero su espíritu dualista está lejos de haber muerto. Como ya lo dijimos, en la Edad Media renacerá con vigor en varios movimientos espiritualistas de tipo reformador, como es el caso de los cátaros, albigenses y valdenses (Módulo 3, 7a) que retoman ideas del gnosticismo maniqueo.  La mayoría de los Padres de la Iglesia combatió al gnosticismo, pero el principal escritor de la ortodoxia contra los gnósticos es San Ireneo, por cuyos escritos conocemos las doctrinas gnósticas, especialmente las de Marción. Su principal obra es Adversus haereses. También Tertuliano escribe algunos libros antignósticos.

d) Al mismo tiempo la Iglesia, en todo este período, ya desde inicios del siglo II, se va configurando con un nuevo tipo de organización centralizada en el obispo (al principio, un “supervisor”) con su presbiterio o consejo de ancianos y diáconos (ver cartas a Timoteo y Tito).
Se inicia, pues, la monarquización de la iglesia y una tendencia cada vez más centralista, incentivada por las sedes principales (patriarcados) de Jerusalén, Antioquía, Alejandría de Egipto y la de Roma, capital del imperio y lugar donde fue ajusticiado Pedro, apóstol principal.

Los obispos de Roma se considerarán sucesores de Pedro y lentamente  hacia el siglo IV se origina la doctrina del primado romano sobre las iglesias, pero sin la intensidad de los siglos siguientes.Hasta el siglo V los obispos eran elegidos mediante el voto de la comunidad  (o aclamación popular) y de los sacerdotes. Pero desde el siglo VI ese derecho se irá limitando, quedando finalmente su elección en manos del “metropolitano” (en la capital de cada provincia romana, coincidente con la sede episcopal principal, patriarcado y arzobispado) y del Papa, en Occidente, pero en todos los casos con gran intromisión de la autoridad civil.

Entre tanto existe rivalidad entre las sedes principales, agudizada desde el siglo IV por las disputas ideológicas en torno a la divinidad de Cristo. Mientras Antioquía (aristotélica) tiene una visión más humana de Jesús, y lo subordina como Hijo a Dios Padre con la doctrina de Arrio (oriundo de Antioquía aunque residente en Egipto), Alejandría (platónica) opone una visión de total divinización y semejanza  entre Jesús y el Padre (omousios), y con auténtica naturaleza divina, aunque sin negarse su segunda naturaleza humana.
Después surgirán disputas acerca de si tuvo una sola voluntad divina (monotelismo) o dos voluntades. Los alejandrinos caerán a su vez en la herejía monofisita, afirmando una sola naturaleza divina en Cristo (los monofisitas se extenderán por Arabia, y ese será el cristianismo que conocerá Mahoma).

Doctrinas adopcionistas ya se enseñaron en el siglo III por Teodoto de Bizancio y Pablo de Samosata, para quienes Jesús fue solamente un hombre en el que habitaba el Logos de Dios, siendo hijo adoptivo del Padre. Los Monarquianos, por su parte, afirmaban que el Padre, único Dios, había tomado la forma del hombre Jesús.

En tanto el arrianismo, lejos de desaparecer tras su condena en el Concilio de Nicea, se extenderá entre los pueblos bárbaros, y será sostenido por varios emperadores sucesores de Constantino (que será bautizado antes de morir por un obispo arriano), entre otros motivos porque el arrianismo, al subordinar a Cristo al Padre, era muy apropiado para crear la pirámide teocrática de poder: Dios, Cristo, el Emperador, los obispos en concilio, el resto de la sociedad.
Una pirámide de subordinaciones de poder, que crea una sociedad humana a escala de divina.

Cuando Constantino funde en el 330 una nueva  ciudad  como capital del imperio, se generará un nuevo foco de conflicto entre Roma y Bizancio (o Constantinola), que propiciará la supremacía universal del Concilio (Conciliarismo) y la igualdad de poder eclesiástico entre las dos sedes imperiales, estando la suma del poder político y religioso en el emperador, protector de la Iglesia (Césaropapismo).

Fue así como el espectacular crecimiento de la Iglesia y su prestigio, hizo que, trescientos años después de la muerte de Jesús, un emperador romano decidiera buscar su alianza para fortalecer un imperio que hacía crisis por dentro con constantes golpes de Estado, y desde afuera por las incursiones bárbaras que ya se hacían sentir, no sin olvidar las guerras continuas con el imperio de los partos (Persia) que habían infligido más de una derrota a las legiones romanas.
De esta forma la iglesia cristiana que nació como un movimiento de libertad frente al poder omnímodo de los hombres, termina como sustento de su conservación.
Es el triunfo final de la línea dualista espiritualista conservadora iniciada por Pablo y que será desarrollada por san Agustín. Línea espiritualista que no significará ausencia de poder temporal, sino primacía del poder espiritual sobre el temporal o conjunción de los dos poderes en una sola persona. Esa es la paradoja.

3. Constantino. Eclesialismo estatal y Césaropapismo


a) Nacido hacia el 280, Constantino es hijo de Constante I y de (santa) Elena. En el 306 se proclama emperador en York, mientras Majencio hacía otro tanto en Roma. En el 312 aplasta a su contrincante en la batalla de Puente Milvio y surge la leyenda del signo de la cruz que hubiera aparecido antes de la batalla como presagio de victoria.
Desde entonces Constantino hace de la cruz el estandarte de sus victorias. Ya emperador, con el edicto de Milán del 313, decreta la legalidad del cristianismo, concediendo a cada habitante del imperio “la libre potestad de seguir la religión que cada uno quisiese”.

La Iglesia, que había sido a menudo negada en sus derechos como sociedad organizada y aún cruelmente perseguida, es reconocida en su existencia jurídica y comienza su carrera por el poder político en un proceso acelerado, pudiendo ya recibir dinero y gozando del privilegio de las exenciones fiscales.
En el 315 aparecen símbolos cristianos en las monedas, y en el 323 se prohíben los signos paganos en las mismas, multiplicándose los lugares de culto, muchos de ellos construidos por el mismo emperador.En el 318 son prohibidos los cultos paganos, la magia y los sacrificios a los ídolos, al igual que los cultos mistéricos.En el 321 los cristianos pueden acceder al consulado, y en el 325 a la prefectura de Roma.
El emperador Teodosio (379-395) fue quien prohibió definitivamente el culto pagano y persiguió con el uso de la fuerza a los que no se convertían al cristianismo. Fue otra cruel paradoja.

Por otra parte, las sentencias episcopales son reconocidas como válidas en el fuero civil, se le devuelven a la Iglesia los bienes sustraídos por Diocleciano, y se dan privilegios especiales a los obispos (con igualdad de rango que los senadores) y al resto del clero.También se declara al domingo (día de la resurrección de Cristo) como día feriado (en el 321) y se prohíbe la lucha de gladiadores en el circo.

Constantino hace construir la basílica de san Pedro en Roma (que se mantuvo en pie hasta su reestructuración en el siglo XVI), la del Santo Sepulcro de Jerusalén y la de Sofía (Divina Sabiduría) en Bizancio.
Pero el emperador, por otra parte, aún profesando la fe cristiana (si bien se bautizará sólo antes de morir, como era costumbre bastante generalizada) no dejó de comportarse cruelmente en más de una oportunidad como cuando mandó eliminar a varios parientes y posibles sucesores, entre ellos su hijo Crispo y su esposa Fausta.

b) Toda esta liberalidad económica, financiera y jurídica va conformando el nuevo poder eclesial.
Constantino tuvo la extraordinaria intuición de utilizar al cristianismo como elemento unificador del imperio en uno de sus peores momentos críticos, aprovechando el prestigio y poder de la Iglesia, aunque desconocedor de las luchas internas por cuestiones dogmáticas.
Fue un paso prudente y hábil, empleando al mismo tiempo moderación hacia los paganos, mayoría entre campesinos y soldados, cuyo Pontífice Máximo siguió siendo. Es importante tener en cuenta que esta forma de entender las relaciones entre religión y política, era la costumbre general de la antigüedad, especialmente en Oriente.
Constantino no hizo más que adaptar el nuevo orden a un viejo esquema de integración entre Estado y Religión. En Roma, ya desde César, el jefe supremo del imperio era al mismo tiempo Sumo Pontífice y protector de la religión oficial (recordar Módulo 1, II, 6)

Por eso, Constantino no sólo hace favores a la Iglesia, sino que también la controla y ejerce presión para dirimir sus cuestiones internas, como hizo al convocar personalmente y presidir en su palacio de verano el primer Concilio ecuménico de Nicea (con 250 obispos) que terminó condenando como hereje al obispo Arrio, quien negaba la divinidad de Cristo, defendida a su vez por el obispo alejandrino Atanasio.
La herejía (héresis significa “división” o “separación”) era considerada automáticamente como posibilidad de división del imperio, tal como lo enunció el mismo Constantino: “Las divisiones internas de la iglesia de Dios nos parecen mucho más graves y peligrosas que las guerras”, Más tarde el mismo Constantino hizo retornar del exilio a Arrio, cuya doctrina, como ya dijimos, fue apoyada por otros emperadores, especialmente  Constancio (350-61), de modo que se extendió por todo el Oriente, aún en Constantinopla.

Fue el emperador Teodosio quien dio un golpe final a los arrianos, los persiguió e hizo condenar una vez más en el segundo concilio ecuménico y Primero de Constantinopla en el 381. Pero su doctrina se expandió entre los pueblos bárbaros y de esta forma se introducirá en Occidente durante las invasiones.

Este particular estilo político-religioso (típico de todas las monarquías paganas antiguas) que fue aplicado a las relaciones del imperio con la iglesia, recibe el nombre de Constantinismo, o mejor, Césaropapismo, y será una constante del imperio romano de Oriente, donde estaban la mayoría de las diócesis, ahora dependientes de Constantinopla.
Esta ciudad, fundada por Constantino, pronto será, no sólo la adversaria política de Roma, sino también una fuerte competidora de la supremacía del obispo romano (Papa).
En oriente, el emperador era el verdadero jefe supremo y protector de la Iglesia, y nombraba a los obispos según su criterio, mientras que en Roma el Papa mantuvo mayor autonomía que, por la caída del imperio, pronto tuvo una importancia fundamental y un amplio desarrollo.

c) Lo cierto es que con Constantino se funda una íntima relación entre el Imperio y la Iglesia, típica característica de los siguientes siglos de cristianismo.La Iglesia aporta al imperio el cimiento monoteísta, la riqueza de su doctrina encarnada en una fuerte comunidad de fe, cristalizada en los grandes “dogmas” (creencias) de la fe cristiana, y un cuerpo normativo ético; y recibe de él su modelo organizativo jerárquico (incluso la división de diócesis que coinciden con las provincias romanas), muy alejado de la primitiva organización carismática del primero siglo y mediados del segundo.
También recibe su centralismo y la división del mundo en dos bloques:
occidente (Roma o Iglesia Católica) y oriente (Bizancio o Iglesia Ortodoxa).
Pero es una sola Iglesia que reconoce la autoridad máxima de los concilios para establecer el dogma, el culto, la moral y para expulsar a los herejes, e instrumentos de la unidad política del imperio, ya que los temas conciliares eran también de índole política y sus resoluciones tenían validez jurídica.

Los primeros y grandes concilios llamados “ecuménicos” de obligatoriedad universal (Nicea, 325, Constantinopla I, 381, Calcedonia, 451, Constantinopla II y III, 553 y 680) no llegaron a tener en total más de 15 obispos occidentales participantes, siendo algunos de ellos exclusivamente de obispos orientales.
Era el oriente (Asia Menor, Grecia, Egipto) la zona de mayor incidencia cristiana, y paradójicamente, después casi totalmente desaparecida con la conquista del Islam de árabes y turcos.
Recién en el Concilio I de Letrán (1123) se realiza un concilio con 323 obispos, todos ellos occidentales.

Las llamadas herejías, no son solamente movimientos espirituales condenados por la ortodoxia eclesiástica triunfante, sino también corrientes políticas con gran repercusión en la vida del imperio. Cada postura teológica representaba una postura política y de poder, de modo que quien triunfaba, “separaba” a los considerados heterodoxos o de doctrina falsa.
Todo esto explica la total ingerencia del emperador en la vida de la Iglesia y en los concilios, a los que convoca, preside, a menudo asiste, controla, y cuyas decisiones hace ejecutar como ley civil.
Así el emperador se transforma en defensor y conductor de la Iglesia y de la “ortodoxia” (doctrina verdadera) con un césaropapismo bien afirmado desde Justiniano (527-565), cuyos dominios incluían Roma, y que cristalizará en occidente con la gran figura de Carlo Magno, interviniendo los emperadores en todos los asuntos de la Iglesia, nombramientos o “investidura” de obispos y del Papa.

A partir de Constantino va desapareciendo la división de sociedad civil y sociedad sacra o religiosa, conformándose un integrismo que sólo desparecerá parcialmente de la iglesia de occidente con la llegada de la edad moderna, cuyos filósofos postulan la separación de Iglesia y Estado.
En el 313 se inaugura, pues, la nueva etapa del eclesialismo estatal.

Y la práctica de este nuevo orden encontró su máximo defensor y propagandista en Eusebio (260-337), obispo filoarriano de Cesarea y primer historiador de la Iglesia. Le dedicó al emperador cristiano dos libros: “Elogio de Constantino” (335) y “Vida de Constantino” (335).
Para Eusebio el nuevo orden fundado por Constantino se inscribe en una grandiosa teología según la cual Dios gobierna el mundo por medio de Cristo (el Hijo, el Verbo) y éste por medio del emperador, su lugarteniente.
La corte imperial es reflejo de la corte celestial, y el imperio lo es del universo. Las dos ciudades (celeste y terrestre), aunque diferenciadas, se unen en Cristo y Dios por medio del emperador, quien funge también como “obispo del exterior”, o sea de los paganos, para orientarlo todo hacia la fe cristiana, de la que es su defensor privilegiado.
Tales las bases que permanecerán inalterables en el Imperio de Bizancio (Oriente) y que sufrirán varias vicisitudes en la Edad Media de Occidente.

Aunque brevemente, no podemos olvidar las figuras de los grandes Padres de la Iglesia, como las ya conocidas de san Atanasio (+373) contra Arrio, S. Cirilo de Alejandría (+444) contra Nestorio y san Cirilo de Jerusalén (+386), defensor de la divinidad del E. Santo y autor de  24 catequesis. Importantes son los Capadocios, defensores todos de la fe de Nicea, san Basilio el Grande (+379), su hermano san Gregorio de Nisa (+394) y san Gregorio Nacianceno (muere como patriarca de Constantinopla en el 390). San Basilio es además el autor de la primera regla de vida monástica, ya iniciada en Egipto y de gran vigor en Asia Menor y Grecia.

También debemos citar al siríaco S. Efrén (+373) y al obispo de Chipre, san Epifanio (+403), autor de los textos básicos del credo constantinopolitano. Más famoso es san Juan Crisóstomo (+407), conocido por su oratoria y firmeza frente a la vida libertina de la corte de Bizancio, de la que fue finalmente exilado. Otros importantes eruditos son Teodoro de Mopsuestia (+428) y Teodoreto de Ciro (+458), de la escuela antioquena, al igual que el Crisóstomo.

En el siglo V y VI siguen las disputas teológicas sobre la Trinidad: primero por el nestorianismo (del obispo Nestorio de Constantinopla al que se opone san Cirilo de Alejandría) que sostenía dos personas en Cristo, la humana y la divina. Fue condenado en el Concilio de Efeso (421) que proclamó la única persona divina de Cristo y sus dos naturalezas, siendo por tanto María la Madre de Dios; luego el Monfisismo, postura extrema de Alejandría, que afirmaba una sola naturaleza (la divina) en Cristo, condenado en el Concilio de Calcedonia en el 451, aunque siguió expandièndose con gran vigor por todo Oriente y Egipto; finalmente el Monotelismo, que afirmaba una sola voluntad (la divina) en Cristo, condenado en el sexto Concilio de Constantinopla en el 680.

Como vemos, fue una larga y compleja historia mediante la cual se fueron formulando los dogmas de la Iglesia.

En Occidente
, los grandes Padres de la Iglesia fueron san Ambrosio (+397) y san Agustín (+430), de los que luego hablaremos. Amigo de S. Agustín fue S. Jerónimo (+420), tan famoso por sus estudios bíblicos y por su traducción de toda la Biblia al latín (es la Vulgata) como por su pésimo carácter y su declarada postura antifeminista y antimatrimonio. Otros autores importantes son S. Hilario de Poitiers (+368) y S. Paulino de Nola (+431) en Burdeos, defensores de la ortodoxia teológica.

En tanto, el monacato ya presente en Italia, Francia e Inglaterra se regula con San Benito (Benedictinos) hacia el año 529, fundando el célebre monasterio italiano de Monte Cassino.
La regla monástica de san Benito creará un modelo de vida religiosa, desde la oración, el trabajo y el estudio, de gran influencia en toda la Edad Media, con los votos de pobreza, castidad y obediencia. Su lema para los monjes era Ora et labora, reza y trabaja.

Entre tanto, un siglo después del edicto constantiniano, en el 410, Roma cae bajo Alarico (oficial visigodo al servicio de Roma) lo que hace arreciar las acusaciones de falta de patriotismo cristiano. Surge, entonces, la voz de san Agustín, quien inspirará una doctrina política que perdurará durante toda la Edad Media occidental, aunque opacada por santo Tomás y no siempre muy bien conocida, para ser resucitada con gran vigor por los franciscanos de Oxford y los reformadores protestantes del siglo XVI (Módulo 4).
Mientras que el Oriente afirma la mutua aceptación y mezcla del orden político y el cristiano, Occidente señala las distancias y la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal, lo que llevará, especialmente siglos después, a la “lucha de las investiduras” y a la supremacía del Papa sobre el emperador.

4. Teoría política de San Agustín
(354-430)

a) Africano, hijo de santa Mónica, maniqueo y después católico, amigo y discípulo de san Ambrosio, obispo de Milán, Agustín fue obispo de Hipona (Africa) y el gran Padre de la Iglesia de Occidente, escribiendo en latín varias obras entre las que se destaca para nuestro estudio: “La Ciudad de Dios”., escrita entre el 413-427. Son también famosas sus Confesiones.

San Ambrosio (340-397) se destacó por su celo apostólico, amor a los pobres, estudio de la teología, sentido de organización (había sido un alto funcionario del Estado) y equilibrio entre el poder civil y el religioso. Defiende la autonomía de la Iglesia, pero también la independencia del Estado. Escribió numerosos tratados dogmáticos y exegéticos, siendo el creador de varios himnos litúrgicos. Se le atribuye el Te Deum, tradicional himno de acción de gracias, cuyo autor fue un tal Nicetas hacia el 350.

Agustín es el primer autor que trata el tema de la sociedad civil a la luz de la nueva situación dada por el encuentro del cristianismo con la filosofía grecorromana y con la moral estoica, dentro del nuevo marco del constantinismo. Conocedor y profundo admirador de Platón, a quien lee en los escritos de Cicerón, elabora un nuevo pensamiento político, procurando conciliar su fe en las Escrituras con la razón filosófica, “esa cualidad por la cual Dios nos ha elevado por encima de las bestias”.
Dada la constante relación entre el orden espiritual y el temporal, Agustín intenta correlacionarlos en un pensamiento orgánico que no pudo evitar el clima polémico del momento: lucha contra los maniqueos, donatistas y pelagianos, y la aguda crisis del imperio jaqueado por los bárbaros.

De los maniqueos ya hablamos en el punto 2.c. Como su visión de la Iglesia era netamente espiritualista, y eran enemigos declarados del matrimonio y de la sexualidad, por lo que o se dedicaban a una dura vida ascética o a un completo libertinaje sexual promiscuo, serán perseguidos tanto por el Imperio como por la Iglesia oficial. También algunos propiciaban el sacerdocio femenino, habida cuenta de la nula importancia en la distinción de sexos, dado que lo único importante era el espíritu.

Los donatistas, fundados por el obispo africano Donato (+355), eran un movimiento rigorista y puritano que buscaba sus raíces en el cristianismo primitivo, por lo que condenaban a la iglesia mundana de tipo constantiniano, teniendo una postura nacionalista hostil a Roma. Sostenían que la eficacia de los sacramentos dependía del estado de gracia del ministro sacerdotal.

Los pelagianos, fundados por el monje Pelagio (+418), sostenían que el hombre, como tal, con la sola fuerza de la naturaleza humana, puede evitar el pecado y hacer méritos para el cielo. Lo que suponía dudar de la necesidad de la gracia salvadora de Dios, tema importante en san Agustín y, siglos después, en el agustiniano Lutero. El pelagianismo fue condenado por el Papa Zósimo (417-418).

b) La naturaleza de la sociedad civil. El problema de la virtud

1. El centro de la enseñanza agustiniana es el tema de la virtud, ya tratado por los filósofos griegos y tema importante en la Biblia en relación con el Decálogo. El hombre es un ser social que sólo en una comunidad política puede alcanzar su perfección.
La justicia es la virtud típica del ciudadano y la que ordena a todos hacia el bien común: de ella dependen la unidad y la nobleza de la sociedad, y es fundamento de la paz, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir.
Como Cicerón, también Agustín define a la sociedad civil o república como “una reunión de hombres, asociada por un reconocimiento común del derecho y por una comunidad de intereses”, siendo su base la justicia, sin la cual no puede haber derecho, y viceversa.Sólo se aparta de los filósofos clásicos en cuanto niega que la sola virtud y justicia natural puedan constituir una sociedad justa, ya que son impracticables sin el apoyo de la “gracia” (ayuda divina) y de la justicia (salvación) dada por la fe. La radical flaqueza y pecaminosidad humana (pecado original) hacen necesarios el auxilio de Dios y la redención.

Desde un esquema dualista platónico, Agustín distingue el cuerpo del alma o espíritu, orden inferior y orden superior, postulando la subordinación del primero al segundo, pues el espíritu debe gobernar con el apoyo de la razón, y ésta con el de Dios.Es la misma jerarquía que debe reinar en toda sociedad: la sociedad civil subordinada a gobernantes sabios, cuyos espíritus deben subordinarse a la ley divina.Si en un comienzo de la humanidad existió total armonía entre cuerpo y alma, ese equilibrio fue roto por el pecado de Adán, transmitido desde entonces a todos los hombres como “pecado original”. Por sus efectos, ahora reina el vicio y el desenfreno que imponen el primado de las pasiones y del egoísmo por encima del bien común, con sus secuelas de esclavitud y avaricia (propiedad privada descontrolada).

San Agustín desarrolla y amplía ideas ya presentes en las Cartas de Pablo. Por eso la sociedad política debe ser necesariamente punitiva y correctiva, y su papel es básicamente negativo, o sea, castigar a los malhechores y contener el avance del mal mediante la fuerza.
En esta situación, tanto el hombre como la sociedad sólo pueden ser salvados con la ayuda divina, la gracia, don gratuito de Dios que no puede ser merecido por ningún ejercicio de la virtud (importante tema de la reforma de Lutero).
Esta gracia salvadora es dispensada por medio de la Iglesia, con quien colabora la sociedad civil creando condiciones para la paz social y para el ejercicio de la obra eclesial de enseñanza y ministerio salvador.Es evidente, pues, el escaso valor que Agustín concede a la sociedad política.

2. San Agustín distingue y complementa, al mismo tiempo, la ley suprema divina y eterna (voluntad de Dios o Providencia), fuente de toda justicia y bondad, con la ley natural impresa en el espíritu humano como su expresión, como ya afirmara san Pablo, y explicitada en los mandamientos. Esta ley divina justa impone después de la muerte premios y castigos.
En cambio, la ley temporal humana varía de acuerdo al tiempo y al lugar, y aunque imperfecta, es justa y debe obedecerse. Existe para los imperfectos que necesitan su regulación y su censura, conciliando lo deseable con lo posible.La ley humana, los legisladores y los jueces son muy imperfectos (con errores en los juicios, castigos a inocentes, etc.) y sólo juzgan actos externos. Obedecer solamente a esta ley humana no es signo de por sí de virtud, que implica una aceptación interna de la bondad de los actos.

De las intenciones y actitudes internas se ocupa la ley divina.Esta ley divina también debe ir acompañada de premios y sanciones, pues de otro modo no existiría un orden justo, especialmente para los inocentes que sufren injusticia en esta vida. Dios conoce íntimamente las acciones humanas presentes, pasadas y futuras, y juzga desde ese conocimiento.
Que Dios también conozca el futuro no es obstáculo para el libre albedrío o libertad del hombre  (Se trata de un tema de por sí conflictivo hasta el día de hoy: cómo se puede ser libre si Dios sabe la forma cómo actuaremos y sus causas)

3. Consecuente con estas ideas, Agustín desenmascara los vicios del imperio romano, especialmente la esclavitud y la opresión de otros pueblos. Las conquistas son consideradas como formas de latrocinio, fruto de la codicia, viciadas por los crímenes y por la impunidad. Roma estuvo marcada por la grandeza, pero no por la virtud; por la sed de gloria y conquista, pero no del bien común.
Esa gloria ha sido eclipsada por Cristo, sol de justicia, cuya llegada opacó el fulgor de los héroes del paganismo, muy inferiores también a los “testigos” o mártires de la fe.Agustín, miembro activo del imperio, funda así una larga corriente de desprestigio del imperio romano que contrasta con las nobles historias de Tito Livio y otros escritores y filósofos romanos.

En la Edad Moderna. Maquiavelo retomará los escritos de Tito Livio que inspirarán sus ideas.A esta crítica moral, Agustín agrega la crítica al politeísmo y a la mitología pagana, a pesar de los intentos de una teología natural de autores como Cicerón y Varrón (y antes, de los filósofos griegos).

c) Las dos ciudades y la dicotomía entre religión y política
1. Las consideraciones anteriores llevan a san Agustín a su más original aporte a la filosofía política: la doctrina de las dos ciudades, o sea, sociedades.En el mundo existen fundamentalmente dos tipos de sociedades a las que pertenecen todos los hombres de todos los tiempos:
la ciudad de Dios y la ciudad terrena.

La Ciudad de Dios no es una sociedad separada que exista al lado de la terrena, como si fuese una teocracia. Ambas ciudades coexisten más allá de los límites geográficos o culturales, sin ser identificadas con ninguna sociedad en particular.Su distinción se funda en la virtud o el vicio, teniéndose en cuenta que la única virtud es la cristiana.
·       La Ciudad de Dios no es sino la comunidad de quienes siguen a Cristo y adoran al verdadero Dios cumpliendo su voluntad con la vida santa y aceptando su palabra. Sólo allí está la verdadera justicia. Su estado perfecto y culminación sólo se consigue en la otra vida: es la “ciudad celestial”.

·       La Ciudad Terrena, en cambio, es el conjunto de personas que se guían por el amor propio y viven de acuerdo “a la carne”, palabra bíblica que indica al hombre natural que no se guía por los mandatos divinos sino por todo tipo de vicios, sin amor a la virtud y a la verdad.
La Ciudad Terrena es la antítesis de la obediencia (“madre de todas las virtudes”) y de la sumisión a Dios, siendo su antepasado nato Caín y Adán en cuanto rebelde a la orden divina.
En este sentido, se puede pertenecer a la iglesia visible, o sea estar bautizado, pero ser miembro de la ciudad terrena; y viceversa, no ser miembro de la iglesia y pertenecer a la Ciudad de Dios (hombres honestos de buena voluntad e intención).
Sólo Dios conoce lo íntimo del corazón humano y sabe quién pertenece a su ciudad. Por lo tanto, en esta vida ambas ciudades coexisten mezcladas, como el trigo y la cizaña de la parábola evangélica que crecen juntos hasta la época de la siega.
Por eso, la Ciudad de Dios no suprime la necesidad de una sociedad humana o civil, sino que ambas se complementan. La sociedad civil aporta los bienes materiales que el hombre necesita y que pueden ser instrumento para el bien del alma.

El cristiano tiene, pues, una doble ciudadanía y con ambas consigue su fin supremo y la felicidad aquí en la tierra y en la otra vida del cielo.

2. Esto plantea una clara distinción entre autoridad civil  y autoridad religiosa, en este caso cristiana y eclesiástica, con todos los conflictos que es de suponer (y que se darán a lo largo de la historia) cuando sus mutuos intereses no coinciden; y con toda la armonía cuando la sabiduría cristiana concuerda con el poder político. O sea, cuando el príncipe es cristiano y vive como tal.

A pesar de esta doctrina, Agustín no tiene una teoría detallada sobre las jurisdicciones del Estado y de la Iglesia, tarea que será realizada en los siglos siguientes.
En cambio, establece la necesidad de que la Iglesia recurra en casos extremos al brazo secular cuando deba reprimir a herejes y cismáticos, algo que él mismo hizo cuando tuvo que reprimir a los herejes donatistas con apoyo del gobierno romano, y cuando se le agotaron las demás posibilidades de acuerdo. Aún en este caso, Agustín exigió moderación, algo que no imitarán en los siglos posteriores quienes seguirán esa norma como algo absoluto (persecución indiscriminada de los herejes con acuerdo común entre brazo secular y brazo eclesiástico).El incidente con los donatistas (herejes y nacionalistas antiromanos) creó un antecedente que tendrá gravísimas consecuencias en el futuro. El mismo Lutero apelará al argumento de Agustín en la represión armada contra católicos y campesinos.

3. San Agustín se vio obligado también a responder a quienes afirmaban que la conversión del imperio al cristianismo, lejos de fortalecerlo, lo debilitaba cada día más y no generaba fuerzas suficientes ante los bárbaros que ya invadían desde las fronteras germanas.
El momento culminante fue la caída de Roma ante Alarico en el año 410 (Agustín muere en el  430 cuando llegan los vándalos a Hipona)
El pensamiento de Agustín tendrá variadas vicisitudes a lo largo de la Edad Media, hasta ser opacado por la Escolástica, especialmente de Santo Tomás; pero el franciscanismo de Inglaterra en Oxford lo hará resurgir con gran vigor. Lutero lo hace suyo para establecer las bases de la Reforma, de allí su posterior importancia.

5. Otros creadores de la nueva ideología 

a) Además de Agustín, debemos citar como nombres importantes de esta época en orden a la creación de la nueva ideología, al Pontífice León I el Grande (440-461), testigo del tumultuoso final del imperio, y famoso por cubrir el vacío de poder  civil en Roma y detener a Atila.
Precisamente en esta época el obispo de Roma comienza a ser llamado “Pa-pa”, abreviatura de Padre de los Padres (Pater patrum).
León I fue el primer papa que formuló con cierta claridad el principio del régimen monárquico de la iglesia romana, hablando de sí mismo como sucesor de los poderes de Pedro, igual a los otros obispos en cuanto al orden sagrado, pero superior a todos en la potestas regendi (poder de gobernar). Al mismo tiempo, el Papa está por encima del emperador, en cuanto éste es “hijo de la Iglesia”.

b) Más decisivo es el aporte del papa Gelasio I, quien en el 494, no sólo afirma el principado del Papa sobre toda la Iglesia (contra el patriarca de Constantinopla) sino que en una carta al emperador Anastasio, expresa un pensamiento inimaginable para el hombre antiguo, pues declara que el poder espiritual es completamente independiente y superior al poder temporal.
En efecto, afirma que “la potestas os ha sido dada por el cielo y sobre todos los hombres… con el fin de abrir el camino que conduce a los cielos, y de que el reino de la tierra sea servidor del reino celestial”.
Aunque el emperador recibe su poder directamente de Dios, queda bajo supervisión del poder eclesiástico, único con derecho de juzgar universalmente. Jesucristo fue rey y sacerdote, y ahora concede el reinado al emperador y el sacerdocio al papa; pero el papa es también, por la generosidad de Cristo, rex et sacerdos.

El emperador ejerce su poder por la fragilidad humana y para evitar que el Papa se mezcle en cuestiones seculares. O sea, aunque el Papa puede exigir ambos poderes, sólo ejerce el espiritual por motivos prácticos. Una idea que tendrá completo desarrollo siglos después con Gregorio VII e Inocencio III, cuando el Papa sea considerado no sólo como sucesor de Pedro sino como “Vicario de Cristo”.

c) Pero ya en el siglo VII, el obispo Isidoro de Sevilla completa la ideología de Pelagio sobre la “plenitud de la potestad” de la Iglesia. Siendo ésta el “Cuerpo de Cristo”, el príncipe es sólo un miembro o brazo secular que debe apoyar al sacerdocio mediante la coacción (terror) a fin de que “los pueblos se alejen del mal y obedezcan las leyes para vivir rectamente”.

De esta forma, la coacción y el miedo pasan a ser elementos normales de la nueva ideología del orden cristiano.
Todas estas ideas de  la iglesia de Occidente chocan contra la ideología y praxis de Oriente que considera al emperador como cabeza de la Iglesia (Césaropapismo): no sólo puede decretar sobre cuestiones de fe, sino que también legisla sobre las funciones y estructura orgánica de obispos y sacerdotes. El emperador es sacerdote y rey, como otro Cristo, y por lo tanto, está por encima de todo poder temporal y espiritual.  Por tanto, tanto en oriente como en occidente hay teocracia e integración de la sociedad civil con la religiosa (integrismo).

La discusión fue por la supremacía de uno u otro poder, lo que provocó desde este momento una agudización de los conflictos entre ambas iglesias, y entre el emperador bizantino y la iglesia romana. Un largo conflicto que llevará a la ruptura de ambas iglesias, consumada hasta el día de hoy por el Patriarca Cerulario en el 1054.

d) En este orden de cosas, también se destaca el papa san Gregorio Magno (590-604), primer pontífice de la edad media propiamente dicha, pero aún en el cierre de la antigua.
No solamente se opuso a las pretensiones bizantinas de someter al papado, pues entiende que el obispo de Roma es la cabeza de “la sociedad de la república cristiana”, sino que da un gran prestigio a Roma actuando como prefecto de la ciudad con una excelente adminstración, presagiando así la autonomía de los futuros Estados Pontificios.

También impulsó la evangelización de los nuevos pueblos y estableció vínculos positivos con los franco-germanos y los británicos, ordenando que no se destruyan sus templos sino que se los convierta en templos cristianos. Gregorio prepara el terreno para la alianza del papado con los reinos francos y para la instauración del nuevo imperio romano de occidente.

En síntesis: tres nombres fundamentales para crear la ideología cristiana medioeval: Agustín, Gelasio y Gregorio.

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