Aprendizaje sexual en la Escuela. Benetti

APRENDIZAJE  SEXUAL  … EN LA ESCUELA?

Dialogando con los educadores …

Lic. Santos Benetti

Observemos estos hechos que sucedieron casi al mismo tiempo y en la misma zona de nuestro país. En un colegio secundario los alumnos plantearon ante la rectora la necesidad de tener educación sexual. La rectora respondió negativamente, alegando que esa tarea pertenece a los padres.

Por los mismos días en un colegio secundario de la zona se hizo una encuesta entre los alumnos preguntándoles, entre otras cosas, si habían recibido educación o información sexual de sus padres. La respuesta fue negativa en casi un noventa por ciento. Entonces uno se queda pensando: ¡qué lío! Los adolescentes reclaman educación sexual, ya que la sexualidad es una de sus principales preocupaciones. El colegio dice que lo hagan los padres. Los padres no lo hacen, sea porque no lo saben hacer o porque suponen que lo tiene que hacer el colegio.

El resultado salta a la vista: los adolescentes y niños siguen sin orientación sexual. Después, tanto los padres como el colegio, seguramente protestarán ante ciertas conductas sexuales de los adolescentes que no consideran correctas.

¡Todo un cántico a la coherencia! ¿Por qué no se hace educación sexual en las escuelas y colegios, en la primaria y en la secundaria? ¿ Qué pasa que no nos atrevemos o no sabemos hablar de un tema que, debe suponerse, como adultos ya lo tenemos resuelto?

Porque no se trata de que improvisemos acerca de las leyes de la gravitación o de la expansión del universo, ni sobre el funcionamiento de una computadora. Simplemente -¿será tan difícil entender esto?- se trata del funcionamiento de nuestro cuerpo, de nuestros sentimientos, de lo que sucede entre el varón y la mujer, de la gestación de la vida, de nuestra identificación como hombre o como mujer, del placer que nuestro cuerpo nos concede cuando lo tratamos bien. ¿Es tan complicado encarar estos temas cuando nos autodefinimos personas adultas, y hasta casadas y con hijos?

Porque ¿qué es un adulto sino alguien que, al menos medianamente, ha resuelto su problema emocional, ha asumido su sexualidad como algo positivo y sano, y ha aprendido a amar a un hombre o a una mujer, y a ser amado?

Entonces ¿qué nos detiene, qué nos avergüenza, qué nos inhibe? Por qué convertir en un tabú, cuando no en algo pecaminoso y vergonzante, algo que está en la vida del ser humano desde que nace, y dado como un don precioso de la naturaleza o de Dios. Porque la sexualidad no aparece a los quince o los dieciocho años, sino que está presente en el mismo acto de la concepción, durante el embarazo, durante la primera y segunda infancia, en la pubertad y en la adolescencia, en la juventud, en la adultez y en la tercera edad.

¿Puede acaso alguno definirse a sí mismo si no se define sexualmente? ¿ Y cómo harán nuestros niños y adolescentes para defniirse-a-sí-mismos si esa definición es el gran tema ausente de nuestra educación, y hasta tema prohibido cuando no penado o castigado?

“Que lo haga la familia” … “Que lo haga la escuela”.
La sexualidad no es una bomba que está por explotamos entre las manos. Es aprender a vivir simplemente como varones o como mujeres. ¿Tanto nos asusta?

Honestamente no pensaba hablar de este tema, porque lo creo tan obvio que hasta me parecía ofensivo para la inteligencia y madurez de los educadores. Como si yo pretendiera decirle a un arquitecto que cuando haga la casa, ¡ojo!, que no se olvide de los fundamentos, y, por favor, de las paredes y del techo.

Porque pretender hacer educación “integral” del ser humano, una educación sana, sana … , sin educación sexual se me ocurre que es algo así como hacer una casa sin fundamento, techo o pared. Una pura quimera.

Así, pues, y siempre con el miedo de decir cosas por demás evidentes, arrimaré algunas ideas sobre un tema que los pueblos primitivos y salvajes tienen resuelto desde hace mucho tiempo con sus rituales de iniciación sexual y una postura positiva, tanto en sus mitos como en su praxis. Y nosotros todavía nos estamos preguntando si hay que hacerla, quién la va a hacer, y cómo, y por qué.

Cada vez que salta desde la televisión o desde un libro o desde la escuela, un posible programa de educación sexual, enseguida nos ponemos a la expectativa. “¡Cuidado!, pensamos, es una educación sexual. Vayamos con pie de plomo en asunto tan delicado y sagrado”.

La misma sensación que si dijéramos: chicos, hoy vamos a manipular en clase la energía atómica. Mucho cuidado porque esto puede terminar en un desastre …

Y, mientras transpiramos durante una charla sobre temas sexuales o discutimos su posibilidad en la escuela, los muchos recaudos y precauciones que hay que tener. .. , pasamos por alto una infinidad de programas, de situaciones y de hechos de la vida real que son también de educación sexual, aunque no lleven ese cartelito encima.

Porque la sexualidad se aprende y se practica no sólo con instrucciones sobre los órganos sexuales y sus funciones, sino desde una actitud ante la vida, desde un comportamiento de hombre y de mujer.

Así, podemos preguntamos si no hay educación sexual -cualquiera sea su calificativo- en las telenovelas de la tarde. ¿No se dan allí modelos concretos de lo masculino y lo femenino? ¿No se juega con un sinfín de situaciones y fantasías abiertamente sexuales? Y con qué encanto las miramos, y las miran nuestros hijos.

¿ Y en los programas cómicos, no hay acaso mensajes sexuales? ¡ Y cómo nos reímos, y qué rating tienen! Y en los anuncios comerciales de la televisión o de los celulares …

Y la violencia cotidiana, los insultos, las brutalidades, las violaciones, las vejaciones de las que nos enteramos por la televisión, la radio, los diarios y los comentarios de vecinos y compañeros … ¿no conllevan siempre educación sexual?

Y cuando nos hacen preguntas los niños o adolescentes, y nos salimos por la tangente, o directamente les decimos que de “eso” no se habla, ¿no estamos haciendo también educación sexual?

Y cuando prohibimos estos temas, o nos rasgamos las vestiduras por un desnudo, o nos ponemos tensos o colorados por usar la palabra pene o vagina ante la mirada expectante de chiquilines ¿no estamos haciendo educación sexual?

Así, pues, nos guste o no, educación sexual la respiramos desde la mañana hasta la noche, y es increíble el esfuerzo que hacen ciertas personas por taparse los ojos, por no ver, por no querer darse cuenta de que siempre están proyectando una imagen determinada de ser humano sexuado, hombre o mujer, homosexual, travesti o bisexual, y no cualquier imagen, sino esta imagen concreta, este tipo de hombre y de mujer, desvergonzado o reprimido, sublimado o pasional, dulce o cruel, gozoso o amargado: ..

Y, paradójicamente, se hacen cruces si se va a hablar explícitamente, no ya del sexo, sino de educación sexual. Como si solamente hubiera sexualidad cuando está la palabra “sexo”; o hubiera que saber sobre sexo para practicarlo y vivirlo. O como si la sexualidad fuera algo tan extremadamente delicado, tan infinitamente sagrado, tan intangible cuando en realidad es lo más cotidiano que tenemos, como que es lo primero que aprendimos cuando vivimos nueve meses dentro de la panza de una mujer que, relación sexual mediante, nos dio la vida. Y después nos aferramos a su pecho para mamar, y fuimos diferenciando su rol del rol del padre.

En fin, lo paradójico, lo verdaderamente increíble es que en una sociedad que, bien o mal, vive un destape sexual, cuando se ve de todo y se oye de todo, cuando los niños desde pequeños están en contacto con los comportamientos sexuales de los adultos, nosotros todavía nos estemos preguntando si hay que hablar de esto, si cuadra una educación sexual; cuando, así como corren los tiempos, serán nuestros educandos los que tendrán que damos clases de educación sexual. Y no es una broma. Porque si tienen menos conocimientos anatómicos que nosotros y menos experiencia, también tienen una mente menos enferma, menos podrida e infinitamente mucho más sana.

Somos hombres, somos mujeres. Tenemos un cuerpo sexuado. ¿No es importante que asumamos esta realidad como un hecho hermoso y positivo?
Y como educadores no hagamos el papelón de ser los últimos en enterarnos. No descubramos la educación sexual desde el Sida o porque una alumna quedó embarazada. Al menos por amor propio y vergüenza personal, dejemos de esconder la cabeza.

– Yo estoy de acuerdo con hacer educación sexual, pero me parece importante que lo hagan personas, como decir, de criterio, maduras … No deja de ser un tema delicado. Y no lo puede hacer cualquiera …

Supongo que ese “cualquiera” es el educador, un maestro, un profesor. Usted habla de personas “de criterios, maduras” . ¿Y por qué supone que los maestros y profesores no lo son? y si no lo son, si no están capacitados para enfrentar este tema, ¿cómo se les permite dar clase y estar en una escuela? ¿O nuestros maestros y profesores han sido capacitados exclusivamente para educar a seres asexuados?

– Tiene usted razón en lo que dice, pero creo que eso vale para los cursos superiores, quizás para un séptimo grado. Pero no me. diga que los niños pequeños necesitan educación sexual. Además, ¿ no le parece que son muy pequeños e inocentes como para que les compliquemos la vida con eso del sexo?

Comencemos por el final de su objeción: usted cree que hacer educación sexual a los niños pequeños es “complicarles la vida”. Yo le pregunto, ¿no es al revés? Es el silencio, es la desinformación, es obligarlos a buscar información o distorsión de la información en cualquier parte lo que realmente complica la vida.

Además usted supone que los niños pequeños no tienen sexualidad, o no tienen preguntas sobre la sexualidad. La experiencia universal dice todo lo contrario. No sólo viven su sexualidad, se interesan por su cuerpo, manipulan sus genitales, sienten curiosidad, sino que se pasan el día preguntando sobre el nacimiento de los bebés, y cómo fue, y qué es un mellizo, y por qué esa señora no está casada y tiene un hijo. Preguntan, siempre que haya el clima permisivo para las preguntas y que se les vayamos dando respuestas.

Por eso, sostengo que no solamente hay que hacer educación sexual desde el jardín y primeros grados, sino que es la edad ideal para dicha educación. Sin malicia, y positivos en sus planteos, los niños elaboran una comprensión de la sexualidad como un hecho normal y hermoso, y se acostumbran a establecer con los adultos aquel diálogo que les permitirá afrontar nuevas dificultades.

Pero si el tema es bloqueado desde la infancia y siempre lo es por nuestras propias represiones, cuando lo queramos hacer, no sólo vamos a llegar tarde (la pedagogía del arco iris) sino que tendremos que realizar grandes esfuerzos para que se lleve a cabo en un clima de serenidad.

¡Y cómo nos agradecen cuando lo hacemos francamente, sin temores! ¡Qué bien se sienten cuando descubren que “eso” que tanto les preocupa, eso tan manoseado en infinidad de chistes, palabrotas y experiencias traumáticas, tiene un sentido positivo y bello! Cuando una maestra de sexto grado les pasó a sus alumnos el video sobre educación sexual que yo mismo con mi equipo realicé para niños de jardín y primeros grados, los alumnos de sexto aplaudieron. ¡Cuánto había en ese aplauso!

– Está bien, de a poco me va convenciendo. Admito que con los niños pequeños la cosa es más fácil, pero con los cursos de adolescentes ¿qué hacemos? Un día me preguntaron a quemarropa qué opinaba yo de las relaciones sexuales entre adolescentes. ¿ Y qué se les puede responder? El tema está muy discutido y de por sí es complicado, ¿me entiende? Y de las costumbres que hay hoy en los boliches o cuando están solos. Uno escucha cada cosa. Yo no sabría qué decir …

Usted me dice que se trata de temas discutidos y complicados. Supongo que no me querrá decir que la conclusión lógica sería “por tanto, no hablar de ellos” … Es al revés, ¿verdad? Porque hay conflicto, es tema de educación; porque surgen preguntas tenemos que buscar respuestas.

– Sí, pero ¿cómo hacerlo? ¿Desde dónde hacerlo? ¿Desde qué encuadre, con qué criterios, desde qué ética?

Esas son las preguntas que el equipo de educadores tiene que ir respondiendo en sus reuniones. Preguntas que los educadores-adultos tienen que responder, desde sí mismos, desde su cultura, madurez, experiencia, creencias, formas de vida, etc.
Hay muchos matices en las posibles respuestas.

Es evidente que una escuela tiene que tener cierta coherencia entre los mensajes que cada maestro o profesor pueda dar a sus educandos. No puede ser que un mismo curso reciba criterios absolutamente contrapuestos. Pero esto no es solamente para educación sexual. Siempre supongo la escuela como un cuerpo orgánico, donde hay una búsqueda de criterios educativos básicos y comunes. E insisto: para eso están las reuniones del cuerpo docente.

– Por eso en mi colegio hemos resuelto el problema trayendo un equipo de especialistas que hablan con los chicos. Y hasta suele asistir la rectora.

Como emergencia no está mal, pero no deja de ser una forma de esquivar el bulto. Los alumnos seguramente preguntarán: ¿y por qué especialistas? ¿Y por qué de afuera? ¿Y por qué en este tema desaparecen nuestros educadores y se aparece la rectora? Y además…¡ cuántos especialistas vamos a necesitar para cubrir todas las escuelas del país?

– O sea que no nos queda más remedio que enfrentar el problema, estudiarlo, resolverlo nosotros … e ir al frente.

Bueno, no es para tanto. No se trata de ir a la guerra ni hacerse el haraquiri. Los chicos y chicas de ahora no están inventando el sexo.
Nosotros ¿no tuvimos adolescencia? ¿No salimos con un chico o chica? ¿No tenemos instintos y pasiones? ¿Y cómo resolvemos nuestros problemas sexuales? La masturbación, las caricias íntimas, los besuqueos y demás yerbas que forman el repertorio de la sexualidad adolescente, amén de enamoramientos, salidas, celos, etc., etc., ¿no existían en nuestra época?

Y hoy, que estamos de novios, o recién casados, o con larga experiencia matrimonial, y hasta tendremos hijos, ¿todavía no tenemos resuelto el problema sexual? La sexualidad no se refiere a ninguna fuerza misteriosa cuyos alcances la humanidad desconoce y que la puede llevar a la destrucción total; se refiere a nuestro cuerpo, a nuestra psiquis, a nuestros sentimientos, al amor, al encuentro de un varón con un mujer. ¿Qué es lo que tanto nos asusta?

Lo que pasa que hay tantas opiniones, que los psicólogos, que la religión, que si es pecado, que si es enfermo. Y un médico que te dice una cosa, y los filósofos otra. Y si digo tal cosa, a ver si protestan los padres o el rector o te acusan de pervertir menores o de atacar la moralidad o que la Biblia dice que, y uno que no sabe para dónde disparar.

Eso es lo que me preocupa: su inseguridad. Si usted no tiene un criterio personal sobre este tema u otros, me imagino lo mal que se sentirá y entonces mejor escapar y huir que enfrentar el tema con el grupo y encontrar alguna respuesta.

Desde ya que sobre algunas cuestiones existe disparidad de opiniones, pero usted debe tener alguna, no por los alumnos, sino por usted mismo. No podemos estar la vida pendientes de este psicólogo o aquel moralista, de este sacerdote o aquel rabino … , porque la sexualidad la vamos a vivir toda la vida y tiene que ver mucho, muchísimo, con nuestra felicidad.

Por otra parte, ya he señalado que el educador no es un modelo ni un legislador divino ni tiene por qué dar la última palabra sobre todo. El, humildemente, aporta una experiencia, una opinión, una manera de ver la realidad. Y puede aportar, porqué no, las opiniones de otros, de tal religión o cual corriente psicológica. Y entre todos vamos haciendo una elaboración, una síntesis, y vamos descubriendo nuestra manera de encarar la vida.

– Ahora me quedo más tranquilo. Lo que pasa es que en este tema, tan lindante con lo psicológico, lo ético y lo religioso, yo me sentía como obligado a dar la respuesta verdadera, presionado constantemente no para decir lo que pensaba y sentía sino lo que es correcto, lo que es perfecto, ¿me entiende? ¡Y cuidado con no herir la sensibilidad de Fulano o contradecir la opinión de Zutano!
No es el tema en sí el que me preocupaba sino la tensión con que lo vivía. Pero me tranquiliza lo que usted dice: aportar humildemente mi experiencia, mi opinión, mi manera de ver la cosa. Y ahora que lo digo, me doy cuenta de que así debo funcionar siempre como educador.
¿ Quién me manda ser un sábelotodo, el censor de las costumbres y el guardián de la moralidad pública? Soy alguien que busca respuestas para vivir sanamente. Así da gusto ser educador.

Con lo que usted ha dicho, me queda muy poco por agregar. Sólo una cosa: ser coherentes hasta el final. Si así pensamos, así hagamos. Si queremos ser los acompañantes de los educandos en la búsqueda de salud, de bienestar, de vida plena, ¿cómo no acompañarlos en el aprendizaje sexual?

– ¿Dijo usted “aprendizaje sexual”? Me parece una barbaridad, y disculpe que se lo diga así con todas las letras. ¿No pretenderá convertir las escuelas en. .. cómo decir … , en un lugar donde se aprenda de todo? Me comprende, ¿no?

Lo comprendo tan bien -que vuelvo. a repetir: aprendizaje sexual y lo digo con la mente limpia y con la coherencia que llevo en estas reflexiones. Aprender a ser hombre. Aprender a ser mujer. ¿Le· parece una barbaridad? ¿No es ese el aprendizaje que tenemos toda la vida? ¿No es ese el objetivo de la educación?

No basta tener conocimientos sobre el varón y la mujer; se trata de vivir como varón o como mujer. Y eso lo estamos aprendiendo. Todos lo estamos aprendiendo: encontrar una forma de ser masculina o femenina, integrar al cuerpo, encontrar la forma sana para interrelacionarnos con el otro sexo, aprender a amar, a resolver los conflictos que entraña la sexualidad y la relación intersexual y mucho más.

Aprender desde la salud, desde la sabiduría: hay un tiempo para hacer las cosas, hay un modo sano de hacerlo. No basta “hacer el sexo”, hay que hacerlo con salud. Yeso se aprende.

Por eso, mi propuesta: la escuela, un lugar para aprender a ser este hombre o esta mujer. Un lugar para la educación-aprendizaje sexual.

Eso no me asusta. Lo que me asusta es que “eso” nos asuste.

 

 

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