Democracia Hoy… M Guido

LA DEMOCRACIA HOY…

Por Marcos Guido
Bs. As., primavera de 1998.-

PAUTA: Norberto Bobbio ha reseñado una serie de “promesas incumplidas” por parte de la democracia; en su mayoría, dice, fueron inesperadas, aunque unas eran después de todo esperables, otras ya son incorregibles o difícilmente modificables, etc.
Así las cosas, la acumulación de esos incumplimientos tiene que redundar, de hecho, en un ideal modificado o en todo caso aggiornato de democracia.
El cual, sin embargo, permanece en Bobbio implícito, tácito, pero sin impedirle que siga prefiriendo a la democracia como, relativamente, la mejor forma de gobierno. “Pasando en limpio” el análisis de Bobbio ¿cuál sería hoy ese ideal reajustado, exactamente? ¿O diría que Bobbio en estas circunstancias se limita a preferir la democracia como mejor que un régimen autoritario, sencillamente?

Puesto a hablar de Democracia creo oportuno iniciar este breve ensayo rescatando algunos hechos o situaciones que nos involucran, ya sea como actores conscientes o simplemente como acompañantes de los procesos políticos-sociales. Como tal, la democracia tiene una historia de unos dos mil quinientos años, sin embargo, recién en las últimas décadas se ha incrementado profusamente su estudio.

No parece ser una mera casualidad, sino el producto del largo y sinuoso proceso histórico de los pueblos, de sus avances y retrocesos, de la expansión y complejización de las sociedades, y porque no de la búsqueda por “algo” que ya no se distingue claramente. Tal vez haya sido subsumida en algo nuevo que seguimos llamando “democracia” aunque sea otra cosa… La crisis actual, como tantas otras que nos precedieron, nos cuestiona el alcance de la democracia (hasta que punto es democracia y no otra cosa) y su forma mayoritaria de aplicación práctica: la representación (crisis de representación). Digo mayoritaria para no usar un término taxativo y excluyente como “única”, aunque éste se ajusta más a la realidad y hasta tanto no aparezcan regímenes de gobierno de democracia directa, si es que son factibles.

Algo que el mismo Rousseau, paradigma de la tradición teórica democrática, se encarga de desestimar: “Tomando el término en todo el rigor de la acepción, jamás ha existido una verdadera democracia, ni es posible que jamás exista” (Contrato Social, III, Cap. IV). Lo que posiblemente lleve a la confusión es el surgimiento de espacios acotados de democracia directa incluidos en el sistema general, que a su vez interactúan con otras “formas” muy poco democráticas.
Con lo cual, intento decir que cualquier desarrollo sobre la “Democracia” debe incorporar toda una serie de precisiones y niveles de análisis, que permitan conceptualizar lo más rigurosamente posible este tópico, para dar cuenta de las realizaciones concretas y, elaborar un proceso que se adecue en amplitud y capacidad de cambio al presente.Inicio este camino recorriendo parte del texto de Norberto Bobbio, en “El futuro de la democracia”.

El análisis comienza con tres características o supuestos básicos para una definición mínima de democracia. Existe un conjunto de reglas que determinan “quien” debe tomar las decisiones colectivas y con que “procedimiento” y al mismo tiempo existen “alternativas reales y libertad de opción”. Y aquí comienzan los problemas pues la teoría, como toda construcción humana, se realiza sobre la base de consensos, por lo tanto, para avanzar en el estudio del tema que nos ocupa debemos aceptar como válidas estas premisas, que por otra parte pueden rastrearse en la historia de la democracia (me refiero a sus inicios).

Es decir, que el régimen democrático asigna a un gran número de personas el poder de tomar las decisiones colectivas. Identifica al método de la mayoría como el procedimiento adecuado para la toma de decisión. Y reconoce que las libertades de opinión y expresión, de reunión, asociación, etc. garantizan alternativas reales y libertad de opción. ¿Porqué asigno a estas definiciones la calidad de presupuestos?

Pues porque son los eslabones iniciales sobre los que se han construido las democracias reales, desde la clásica griega hasta la de nuestros días, y porque están incluidos en casi todas las teorías. Con esto no pretendo desconocer las distintas acepciones (configuraciones) que revistió esta entidad (democracia), ni las modificaciones que sumó con el transcurso del tiempo. Las dos más importantes intentaré ampliarlas. Pero si procuro rescatar, desde el comienzo, ese minimum de esencia para entenderla mejor en sus formas circunstanciales.

De la teoría clásica

Cómo vemos, este mínimo de características apunta a quitar la mayoría de los obstáculos que dejó pendiente la teoría clásica.
Entre ellos: el Bien Común y la Voluntad General. A partir del hecho que cada individuo hace una lectura de la realidad basándose en sus propios valores (concepciones últimas de la vida y la sociedad), y estos anteceden cualquier argumentación racional, es prácticamente imposible concluir que haya acuerdo en determinar el Bien Común. Pero aun en el caso de aceptar un “bien” definido exhaustivamente, con todo, las respuestas dadas por los individuos a los problemas singulares sería tan variada que no proporcionaría la seguridad de perseguir los mismos fines. Ahora bien, la voluntad del pueblo emergería de la fusión de las voluntades individuales luego de la discusión racional (pensamiento utilitarista) y revestiría el lugar de máxima jerarquía.

Si no podemos acordar “… la existencia de un Bien Común claramente determinado y discernible para todos” la idea de Voluntad General se desmorona (CSD, Cap. XXI, Schumpeter). Por último, suponiendo que surja de esta compleja trama que interactúa en el proceso democrático una voluntad común, habiendo sido amoldada a todos los entendimientos, sería una expresión que carecería de “unidad racional y de sanción racional”. No se acomoda a ningún “bien”.
Por lo tanto se hace necesaria, en la actividad política, una confianza ilimitada en “las formas” democráticas de gobierno más allá e independientemente de los resultados. En esta crítica teórica se anticipa lo que Bobbio lee en los datos de la realidad, y a partir de los cuales, pretendemos descubrir lo que es la democracia.

Intentemos ahondar un poco en la conformación del proceso volitivo de los individuos y su aplicación a la política. Si observamos las conductas veremos que las personas actúan movidas, entre otras cosas, por sus conocimientos, sus experiencias, su sensibilidad, y por las influencias y presiones que reciben del exterior.
Todo esto configura dos cuestiones básicas: la primera, muestra que racionalidad de pensamiento no es sinónimo -y por lo tanto no implica- racionalidad de acción; la segunda, que el individuo por lo común se mueve seguro en un ambiente reducido (microcosmos), pero muy limitado e inseguro en grandes espacios, como por ejemplo el “estado” (macrocosmos).

Es importante apreciar estas distancias para entender el fenómeno de especificar el grado de certeza en las “voliciones” particulares. A mayor cercanía, el individuo concibe voliciones relativamente definidas, pero a medida que las cuestiones se alejan de su entorno la definición de su voluntad decrece. Sea por limitación en el discernimiento de los hechos, en la disposición para enfrentar los problemas o en el sentido de la responsabilidad. En otros casos, el interés inmediato le hace desear la aplicación de medidas, en el ambiente macro, que lo afectarán en el largo plazo.

A pesar de que parezca una conclusión bastante dramática, en especial por la carga de significación -aunque no exenta de una importante dosis de romanticismo-, creo que Schumpeter se aproxima en mucho a la realidad cuando dice: “En efecto: para el ciudadano particular que medita sobre los asuntos nacionales no hay lugar para una voluntad tal (refiriéndose a la Voluntad General) ni para ninguna labor que pueda desarrollar. Es miembro de una comisión incapaz de funcionar, de la comisión constituida por toda la nación, y por ello es por lo que invierte menos esfuerzo disciplinado en dominar un problema político que en una partida de bridge” (CSD, Cap XXI).

Hallamos en este texto algunas de las motivaciones que informan la observación de Bobbio en lo atinente a la “apatía política” (sexta deuda de la democracia). De la práctica democrática debería surgir una cultura participante, el “amor por la cosa pública”. A pesar de que esta idea es sostenida por casi todos y que la mayoría de las sociedades modernas aplicaron (no podría hoy sostener, con la misma seguridad, lo mismo) muchos recursos humanos y económicos a este objetivo, la realidad indica lo contrario. Cada vez es mayor el número de los que rehuyen a interesarse por la cuestión pública en el sentido clásico de la expresión y si en cambio aumenta un modelo de elección “por intereses” particulares.

De lo dicho hasta ahora surge que el individuo está muy limitado tanto para saber lo que realmente quiere como para actuar, por lo que deja un amplio espacio en la gestión de la política para que lo ocupen grupos con fines interesados (voliciones específicas). En el caso de Iberoamérica, el proceso democrático reconoció una gestión particular. Desde los comienzos, los actores sociales eran grupos pequeños: élites ganaderas, eclesiásticas, militares, políticas, etc. para las cuales aún no existía el verdadero pueblo. Lo que había era plebe, chusma, etc. por lo tanto el gobierno era propiedad de los patricios. “Si bien la expresión popular es indispensable para fundar una nueva legitimidad, no debe llegarse a la democracia.

Esta es vista a la vez como anarquía…” (François-Xavier Guerra, Las Metamorfosis de la representación en el siglo XIX, pag. 51). Ahora bien, tenemos agrupaciones políticas, organizaciones económicas e idealistas de cualquier signo. El campo de acción de estos grupos es tanto mayor cuan mayor sea la incapacidad e imposibilidad de funcionar los ciudadanos como una “Voluntad General” en el sentido clásico, y cuanto más débil sea la lógica de la opinión pública.

Y aquí nos remitimos al análisis de Bobbio en la primera promesa incumplida: “El modelo del Estado democrático fundado en la soberanía popular, que fue ideado a imagen y semejanza de la soberanía del príncipe, era el modelo de una sociedad monística” (El futuro de la democracia, Pto. 4, pag. 27). Actualmente, él observa sociedades policéntricas o poliárquicas, donde emergen grupos y organizaciones que son los protagonistas de la vida política. Reemplazan a los individuos, más aún los aglutinan en construcciones de dominios horizontales y verticales.

En casi todos los casos contrapuestos: el poder está distribuido en distintos centros en continua competencia. Esta situación es opuesta al ideal del pueblo como “unidad”, como gestor de una Volonté Générale. La práctica le ha quitado a la democracia, o si se prefiere ha racionalizado, ese carácter mágico que durante mucho tiempo ha servido para justificar -con mucho filtro ideológico mediante- algo que a todas luces ni en teoría (como señalan Schumpeter y Madison, entre otros) ni en la práctica (como observa Bobbio) cierra. Hoy subyace a los Gobiernos democráticos una sociedad pluralista.

Todo esto, termina modificando radicalmente la cuestión fundamental de la teoría clásica, que concebía la “Voluntad General” como motora de la actividad política, y para lo cuál prefiero transcribir las palabras textuales de Schumpeter. “El único punto que interesa aquí es que, siendo como es la naturaleza humana en la política, son capaces de configurar la voluntad del pueblo (refiriéndose a los grupos) e incluso de crearla dentro de unos límites muy amplios.
La voluntad que observamos al analizar los procesos políticos no es ni con mucho una voluntad auténtica, sino una voluntad fabricada. Y con frecuencia este artefacto es lo único que corresponde a la volonté générale de la teoría clásica. En tanto que esto es así la voluntad del pueblo es el producto y no la fuerza propulsora del proceso político” (CSD, Cap XXI, pag. 336).Llegados aquí y después de esta importante ducha de realismo, las preguntas que surgen son muchas, pero podrían sintetizarse en: ¿qué nos queda de la democracia?, ¿cómo rescatar el espíritu democrático concebido por lo creadores de este modelo?, ¿se puede rescatar?
Vamos a intentar reconstruir lo que hasta aquí se ha deshecho con pasmosa rapidez, para lo cual es necesaria cierta actitud crítica que nos permita separar lo importante (elementos objetivos) de lo accesorio (romántico) e imposible. Tal vez señalando los aspectos válidos y útiles de la teoría logremos hacer un recorte que nos proporcione no la “panacea” pero si un instrumento preciado y valioso.

De la Democracia posible
La mayoría de los estudiosos coincide en que para ponerse de acuerdo sobre ciertas cuestiones elementales, que hacen a la forma de gobierno, es un requisito previo que exista un mínimo de sociedad. Es decir, una libertad de elección y una voluntad de asociación; tras lo cual sobreviene por lógica pautar quién y cómo gobierna.
Para dar este paso, como mínimo, debemos presuponer que todos los hombres quieren vivir en sociedad, sin discriminar ese continuum de adhesión al grupo que va desde la participación activa hasta la indiferencia total, con sus múltiples causas y consecuencias.Descontando esto, si tenemos en cuenta que esta libertad de elección y voluntad de asociación es prerrogativa de todos y cada uno de los que componen la sociedad es dable pensar en un mínimo de Voluntad General de destino común.
Como se aprecia el grado de consentimiento a la voluntad general es variable, puede ir de un mínimo a un máximo, no así la adhesión a la libertad. Es muy difícil encontrar algún individuo que, en uso normal de sus facultades mentales, la aborrezca.

Existe pues un compromiso significativo con el principio de “libertad” que tiene que ver con las condiciones de posibilidad y que subyace en el régimen de gobierno “democrático”. Se trata de una concepción más o menos internalizada (las reglas preliminares derivaron en el reconocimiento de los derechos inviolables del individuo) que origina un cambio específico en la forma de organizarse en sociedad. No debe confundirse este prerrequisito con situaciones de hecho, en un lugar y un tiempo determinado: regímenes de Democracia liberal como tipo específico de Democracia.

De lo dicho, y continuando con Bobbio, tenemos que el Estado liberal es el presupuesto histórico y jurídico del Estado democrático, y a partir del cual se ha construido el Estado de derecho: “Las normas constitucionales que atribuyen estos derechos no son propiamente reglas del juego: son reglas preliminares que permiten el desarrollo del juego” (El futuro de la democracia, Pto. 2, pg. 23). Y completa la idea mostrando que mutuamente se condicionan y configuran. Surge pues como imprescindible un conjunto de libertades para que los hombres ejerzan un gobierno democrático, pero es necesario un poder democrático para vivir -de hecho- con esas libertades.Sin embargo, no podemos olvidar la dificultad manifiesta de los individuos en singular y del pueblo en general para establecer con precisión la “voluntad” en los temas cotidianos.
Y a esto apunta Schumpeter cuando manifiesta la necesidad de invertir el orden de los elementos que están en juego. La elección de los hombres públicos se vuelve más relevante mientras que las decisiones en los asuntos públicos pasan a segundo lugar (se perfila parte de la elaboración teórica de la representación).

Coincidentemente, en la definición mínima de democracia propuesta por Bobbio se determina primero “quien”, y luego mediante que “procedimiento” y con “alternativas reales y libertad de opción”.
Hasta aquí tenemos elaborado una parte del problema que nos proporciona varias ventajas: distinguimos a los gobiernos democráticos del resto, reconocemos el papel real (liderazgo) que desempeñan los líderes y los factores políticos, la competencia por el apoyo popular, la relación entre la libertad individual y la democracia, la función de crear al gobierno y de disolverlo, y el poder de la mayoría (este último punto es tal vez el más conflictivo, en cuanto a su interpretación).
En este momento del análisis hay que tomar conocimiento de algunas cuestiones conexas que tienen peso propio y que, por tanto, influyen actualmente en la práctica democrática. En primer lugar, las sociedades de fines del siglo XX revisten, por un considerable número de factores, una complejidad tal que ya tienen muy poco en común con aquellas primitivas comunidades orgánicas que establecieron para su organización política la democracia (en su versión antigua o clásica).

Entre las constataciones podemos citar el incremento de la población y de los espacios geográficos. La división del trabajo y el desarrollo de modos de organización y producción específicos.
El surgimiento de las ciencias y las técnicas, y con ellas, toda una clase social que se apropió de una porción considerable del poder decisorio basándose en la competencia profesional necesaria (Si bien esto fue una característica de todas las ciencias, especialmente de las técnicas, podemos referirnos más particularmente al surgimiento de la “clase política o dirigente”.
Proporcionalmente pequeña, con monopolio del poder, ocupando los cargos y funciones públicas y gozando de las ventajas que esta situación provee). El incremento del aparato burocrático jerárquico, opuesto a la concepción primigenia del poder democrático. La lentitud de los sistemas políticos democráticos para responder las crecientes y cada vez más rápidas demandas sociales.

En segundo lugar, y desde el mismo momento de partida de la conjunción Estado liberal y Estado democrático, hemos sentado las bases de la tensión entre “libertad” e “igualdad” en la organización política de los estados. Copia a su vez de la presión y tirantez que va moviendo la sociedad en un ir y venir de olas. Una oposición que, por otra parte, es intrínseca al ser humano (fuerzas vitales), pero de la que es importante tomar conciencia. Según desde que óptica elaboremos el discurso tendremos una resultante más liberal o más democrática (igualitaria).

Sin embargo, lo importante es descubrir que estos no son más que los dos miembros de una ecuación, y que es imprescindible que existan los dos, o todo el edificio se derrumba.
Recordemos las palabras de A. Tocqueville en La Democracia en América “Imaginemos un punto extremo en que la libertad y la igualdad se toquen y se confundan; yo supongo que todos los ciudadanos concurran allí al gobierno, y que cada uno tenga para ello igual derecho” (DA. II parte, Cap. I, pag. 463).

Hace al sustento y a la legitimación de la democracia que se soporta sobre dos brazos: uno tiene que ver con el procedimiento “la mayoría”, el otro con las alternativas reales y la libertad de opción “las libertades y los derechos de los individuos”.
Tenemos pues fundamentado ese minimum de esencia de la democracia. Nos queda leer entre líneas en el texto de Bobbio el ideal reajustado, que por cierto está implícito. Lo que contemporáneamente es un régimen de gobierno del Estado se fue plasmando en sociedades diferentes, en situaciones de culturas tan disímiles como la anglosajona, la latina y la iberoamericana, aun convergiendo en el mismo espacio, “occidente”.

Por lo mismo, podemos decir que recibió el influjo y reflujo de los cambios sustanciales que emergieron con la modernidad: contractualismo (s. XVII y XVIII), individualismo, nacimiento de la política económica, utilitarismo, entre tantos otros.
Estas y otras cuestiones las trata de develar Bobbio a partir de señalar las diferencias con respecto a la democracia ideal.

·Sociedad pluralista: tal como escribimos más arriba, señala que actualmente los gobiernos se sustentan en sociedades pluralistas, con una multiplicidad de centros de poder (verticales y horizontales) en competencia constante.
·Representación política y representación por intereses: las democracias establecidas por consenso y tradición como de representación política en la legislación (elegido el diputado pasa a representar los intereses de toda la nación, por lo cual se prohibe el mandato imperativo). En ciertos períodos de tiempo y lugar las democracias se toman revancha y pasan a funcionar conforme a la representación por intereses, con un mandato imperativo tácito.
·Clase política y persistencia de las élites: la famosa asimilación de gobernantes y gobernados en una misma variable, tal como pretendía la teoría clásica, se ha demostrado impracticable. Desde el momento que la democracia posible lo es a través de la representación, la libertad de los individuos ha quedado muy limitada en su autonomía. Se produce un incremento de las “élites” que emergen de los grupos y organizaciones y que compiten por el apoyo popular.
·Los límites de la “democracia política”: la democracia moderna nace como método de legitimación y control de las decisiones políticas, es decir, del gobierno. Pero en cuanto a las limitaciones y/o problemas que Bobbio observa en el ámbito social y para los cuales plantea la transición a una democracia social o sustantiva, las comparo -por cierto guardando la respectiva distancia- con la situación de la polís clásica. De ella nos dice D. Held en “Modelos de Democracia” que sobresalía por su unidad y participación y por una ciudadanía muy restrictiva y que por esto la política de Atenas se afirmaba en una base nada democrática.
·Democracia real y poder invisible: la aplicación de la democracia en nuestras sociedades muestra una limitación grande en cuanto a la eliminación de lo que algunos llaman “el estado paralelo y/o el poder invisible”. La sociedad se va haciendo más compleja a tal punto que por un lado justifica el mayor control por parte del poder, y por el otro cede gran parte de su poder de contralor. Si hilamos más fino debemos reconocer que “el mínimo de definición” que planteamos de democracia para sociedades tan complejas como las actuales, deja algunos vacíos que por cierto otros regímenes ocupan. Aportando, empeorando y/o contrapesando.
·La democracia y la apatía política: como vimos las personas son reacias a la participación y a despecho de las campañas en pro de una “cultura política” se inclinan preferentemente por una elección por intereses particulares. Esta aproximación a la realidad a través del texto de Bobbio permite inferir lo que comprende el concepto democracia.

Ese ideal reajustado que se rescata como un método válido: un método político.
Un conjunto de procedimientos parcialmente sencillos en los comienzos, muy complejos en el presente. No es algo simple, ni estático, ni perfecto, menos aún idealista.

Pero entiendo que rescata lo medular que subyace en la DEMOCRACIA de todos los tiempos, es decir, su significado último aunque este paradójicamente se sustente en formas (procedimientos).
Es sencillamente eso: un tipo de régimen de gobierno del estado, ni más ni menos. En el desarrollo de este nuevo modelo o concepción han participado todos los acontecimientos de los últimos doscientos años, y con ellos todos los posicionamientos teóricos, prácticos, doctrinarios, ideológicos, científicos, etc.
El antiguo principio de la soberanía popular “autogobierno de un pueblo” ha incorporado las libertades y derechos individuales. Es la democracia de los modernos, una tradición de democracia liberal. Con su doble enfrentamiento hacia el poder monocrático (reemplazo del rey por el pueblo) y hacia el poder autocrático (gobierno despótico que suprime la libertad de los individuos que constituyen el pueblo).

De la Democracia real

El debate, a mi juicio, característico por excelencia de estas cuestiones puede leerse en el capítulo X de J. Madison (El Federalista) con ocasión de debatir la Constitución de los Estados Unidos de América. Sobre él escribe N. Botana en La tradición republicana : “El otro remedio está contenido en la forma representativa (…) Las facciones se despliegan en un cuadro de grandes proporciones, pero ausente el método que reduzca esa multiplicidad a la unidad de gobierno, la sociedad puede degenerar en un sistema belicoso sin frenos ni resguardos.

En suma, las facciones necesitan mediadores: un grupo electo de ciudadanos que tome a su cargo la responsabilidad del gobierno y desempeñe con prudencia la tarea de discernir el bien general de la república” (Cap. II, pag. 84). Como podemos observar, y avanzando más allá del objetivo específico del texto de Bobbio, todos estos pasos forman e informan un poder democrático representativo y liberal, que vino a constituir el tipo moderno de democracia.

Tenemos pues una democracia indirecta, representativa.
Cuanto más representativa en su forma, más democrática es su finalidad. En el sustrato, mantiene a la soberanía popular como principio de legitimidad, pero ya no en la acepción clásica: “… ésta no es la soberanía popular sin más, sino la soberanía popular en ajuste recíproco con los derechos, las libertades y las garantías de los individuos, todo fijado en Constituciones” (“Democracia, reelección y soberanía popular…”, Carlos Strasser, Serie Documentos N° 214). De la soberanía popular directa se pasa a la soberanía popular representada.

Cerrando este trabajo quiero escribir un último párrafo que avance algunas líneas sobre el debate del presente; con ocasión de la crisis manifiesta y de los abundantes estudios en la materia. Comencemos por acordar que las grandes dificultades de nuestras sociedades no se solucionan deshaciéndonos de la política: “No tenemos la opción de la no-política”. La cuestión pasa por desarrollar la política para que sea una herramienta válida para las nuevas necesidades.

A partir de este presupuesto indicaría que -a mi juicio- hay tres cursos de análisis:
En una primera instancia hay quienes analizan la crisis desde un exceso de representación, por oposición a lo que entienden debería ser una democracia más directa. Dejando de lado las múltiples controversias que esta idea involucra y que ameritarían un desarrollo in extensus, quiero destacar que lo que hoy se concibe como democracia indirecta, representativa, subsume escenarios de democracia directa (referendum, asamblea de ciudadanos). Pero que no hacen previsible el reemplazo liso y llano de una por otra, antes bien los sistemas parecen tender a entreverarse y complejizarse.

Una segunda corriente enfoca el problema social y abona la idea de la necesidad de transición de una democracia política a una democracia social. Esta línea argumental ha planteado parte del debate con aspectos positivos, que por cierto no está concluido.

Desde otro enfoque crítico, la actual situación manifiesta que “…el modelo democrático pasó -hubo de pasar entonces- de ser todo a ser parte o sub-conjunto político, y eso mientras él mismo variaba por su lado de naturaleza. (…) La democracia sigue, pues, y en un sentido se expande, cada vez más legítima, también, pero ahora asociada a otras formas, entrelazada en un régimen más complejo, como parte del todo y no como todo el régimen político” (Democracia III. La última democracia, Carlos Strasser, Cap. II, pag. 34). Creo que en la actual crisis hay mucho de este último cambio y de allí la búsqueda por profundizar el tema. Por investigar qué queda de ella en los actuales sistemas políticos. Cuáles son los pronósticos para estas nuevas realidades.-

Notas al pie
1.- Bernard Manin, “Metamorfosis de la representación”, pag. 9, en ¿Qué queda de la Representación política?, Mario R. Dos Santos. Ed. Nueva Sociedad
2.- Norberto Bobbio, “El Futuro de la Democracia”, Punto 2, pag. 21. Plaza & Janes Editores
3.- Joseph A. Schumpeter, “Capitalismo, Socialismo y Democracia”, Cap. XXI, pag. 322. Ed. Aguilar
4.- Norberto Bobbio, “El Futuro de la Democracia”, Punto 9, pag. 38. Plaza & Janes Editores
5.- Joseph A. Schumpeter, “Capitalismo, Socialismo y Democracia”, Cap. XXI, pag. 336. Ed. Aguilar
6.- Gaetano Mosca, “La clase política”, Cap. II, pag. 106. Ed. Fondo de Cultura Económica
7.- David Held, “Modelos de Democracia”, Cap. I, El exclusivismo de la democracia antigua, pag. 38. Ed. Alianza
8.- David Held, “Modelos de Democracia”, Cap. IX, ¿Qué debería significar hoy en día la democracia?, pag. 322. Ed. Alianza

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