Vocación Política. Sosa

LA VOCACIÓN POLÍTICA

Por el Prof. Pablo Sosa.  IEA, Instituto Enrique Angelelli.

I – La Política, modo de ser del hombre

1. El vocablo política, sea como nombre o como adjetivo, posee diversas acepciones. Así hablamos de “la política, los políticos, problemas políticos, las políticas del gobierno, seguir tal o cual política”, etc., expresiones que tienen un sentido parecido pero no idéntico.
De entrada, digamos que Política alude a un concepto mucho más amplio que una actividad o profesión (los partidos), aunque éste sea el concepto más popular y también el menos valorizado.
En efecto, “ser político” es la manera de existir del hombre,
tomando la palabra política en su sentido amplio de social (lo social comunitario).
Se trata, pues, de una característica propia del ser humano, que nace, crece y se desarrolla siempre dentro de un contexto social orgánico.

2. Este concepto que hemos heredado de los griegos. necesita una breve explicación histórica.
Según el pensamiento griego (siglos V-IV antes de Cristo), el hombre no llega a ser plenamente hombre sino viviendo en comunidad como miembro activo de la misma, recibiendo los bienes que sólo la Polis le puede dar, bienes ordenados al interés general o bien común.Por lo tanto, para llegar a ser un hombre completo (desarrollando su inteligencia y demás capacidades) el ser humano debe vivir en un tipo de sociedad, la polis, que hoy podemos traducir como “sociedad organizada, estado”, ya que la ciudad griega era una ciudad-estado, no sólo un conglomerado de habitantes.

El ideal griego era ser un polites, miembro activo de la polis, que vive asociado, en “koinonía”, o sea, en comunión y comunidad En el imperio romano, en latín, el término polites equivale a socialis, civis, de modo que político y social equivalen a lo mismo.. Polites o civis no es el individuo, sino el sujeto de la comunidad consciente de sus derechos y deberes sociales, inserto en la res publica, la cosa pública, la república, la polis de los griegos.La concepción griega explicada así por Aristóteles (384-322 a.C.) en su libro Política (I,1):
“ La comunidad compuesta por varios pueblos o aldeas es la Polis (ciudad-estado). Ella ha conseguido al fin el límite de la autosuficiencia virtualmente completa, pues habiendo comenzado a existir simplemente para proveer la vida, existe actualmente para atender a una vida buena…”Sólo el Estado es autosuficiente pues puede cumplir todos sus fines por sí mismo, no así la familia y otras organizaciones intermedias. El Estado nos permite alcanzar una vida plena según la dignidad humana, o sea, “buena”, ya que el bien es el ideal de la perfección humana.

 
3. Por lo tanto, entendemos que el ser humano es esencialmente un ser político, pues desarrolla su historia personal dentro de la historia de la comunidad, y en relación vincular con los otros miembros de la sociedad.Decimos que el hombre es un ser-con-los otros, pues no ejerce su experiencia en una solitaria individualidad, sino compartiendo, colaborando y aún confrontando con quienes poseen su mismo hábitat, cultura e historia.Es decir, es un ser esencialmente solidario, pues si depende de los otros para su existencia, también los otros dependen de él de la misma manera.
Como bien dice J. Gevaert:
“El otro se impone por sí mismo, irrumpe en mi existencia. El otro no existe porque yo me haya puesto a pensar y a demostrar su existencia… El está allí, cara a cara, como libertad inaferrable y exigente… Su misma presencia es una exigencia de reconocimiento, una llamada que se me dirige, una apelación a mi responsabilidad. Por eso mismo mi existencia es inevitablemente una aceptación o un rechazo del otro… En la comunión con los demás es donde me hago capaz de escoger o de rechazar al otro… Esto afecta al carácter fundamentalmente ético de mi existencia, pues todo lo que se debe hacer para realizar la existencia va ligado al reconocimiento del otro, o sea, a ser alguien para el otro ”(“EL problema del hombre”, Sígueme, Salamanca, 1984).

II – Vocación-conciencia política crítica

1. Esta dimensión humana del “ser político, ser con los otros”, define lo que llamamos la vocación política.
Aunque la experiencia muestra que muchos hombres viven y proyectan sus vidas como si sólo de ellos dependieran, o al menos, como si estuviese planificada sólo para ellos, indiferentes a los demás, o sea, inconscientes de su ser-político.
En este caso, la política pasa a ser la actividad de algunos especialistas, técnicos, funcionarios, etc.; en definitiva, es la actividad de unos pocos.Por eso tiene sentido nuestra tarea de concientización para “asumir nuestra vocación política”, para proyectarnos como seres políticos en forma conciente, plena y responsable.

O sea, asumimos una conciencia crítica.
En este sentido distinguimos entre conciencia mágica, conciencia ingenua y conciencia crítica.
·En la conciencia mágica la realidad nos inunda sin que sepamos sus causascomo una fuerza poderosa que nos domina.
·En la conciencia ingenua nos acercamos a la realidad en forma espontánea, tal cual nos es dada, desde una interpretación superficial, sin ahondar en su significado y en sus causas profundas.
·En la conciencia crítica, tomamos distancia de la realidad, la hacemos objeto de nuestro conocimiento y nos disponemos a actuar sobre ella con racionalidad y eficiencia. Buscamos las causas y resolvemos los problemas desde su raíz.Esta es la tarea de la conciencia y de la vocación política: estar en el mundo despiertos, analizando la realidad y actuando sobre ella como sujetos actores y creativos.
 
La conciencia crítica supone:
llegar a las causas superando el temor mágico,
interpretar profundamente los procesos y problemas,
despojarse de preconceptos y prejuicios para adquirir una opinión personal,
practicar el diálogo para descubrir el punto de vista del otro,
recibir lo nuevo y lo distinto que nos llegan de los otros,
evitar la polémica cerrada y el dogmatismo.

Pero esta conciencia no la adquirimos solamente por la via del pensamiento y del debate racional, sino desde la praxis política y desde el compromiso, uniendo en todo momento la acción con la reflexión, la reflexión con la acción.
La conciencia crítica siempre es un compromiso con el otro, con la sociedad, una toma de posición, una forma de construir la polis y de colaborar con el bien común.

2. Conciencia histórica, memoria, proyecto y participación.
Por lo tanto, asumir nuestra vocación política significa, en primer lugar, asumir nuestro rol de sujetos de la historia, sujetos activos y creativos, no simples objetos a merced de la voluntad de los otros.
Se trata de hacer la historia, y no de dejarse arrastrar por los acontecimientos.
Tenemos un poder creador de la historia y de la cultura, poder ejercido conjuntamente con los otros, en sociedad y en solidaridad. Nadie es sujeto exclusivo, sino todos somos sujetos solidarizados que respetamos la creatividad de los otros.
En consecuencia, la participación en la vida política (social) se plantea como una cuestión ética, o sea, como la única manera de relacionarnos con nuestros semejantes.
Esa participación responsable define el grado de nuestra sociabilidad y de nuestra madurez como personas y como ciudadanos. Y define el grado de la madurez que alcanza nuestra sociedad y nuestro desarrollo político, cultural y económico.En ese ser sujetos de la historia, no existe, pues, una libertad ilimitada de hacer las cosas como nos guste, sino desde el diálogo y el consenso con los otros actores.De esta forma, nuestra conciencia y nuestra vocación políticas, se transforman en una conciencia histórica, en nuestra inserción crítica, responsable y comprometida en la historia de nuestra comunidad.Por ser histórica, la conciencia crítica se proyecta con esperanza desde la memoria.

No hablamos de la memoria nostálgica o del simple recuerdo; sino de la memoria de nuestro origen, conciencia de quiénes somos y de dónde venimos, de nuestros fundamentos y valores; o sea, memoria que funda nuestra identidad.
Hablamos de nuestro origen, que no es lo mismo que nuestro simple “comienzo” cronológico, pura fecha o evento.
El origen alude a un desde dónde que siempre está presente en nosotros, en nuestra cultura y en nuestros valores, motivo profundo de nuestra cultura y de su identidad.
Bien lo explica Alejandro Auat:
“ La memoria es el órgano de nuestra identidad, pues, ¿cómo asumirnos como uno y el mismo, si no recordamos lo que fuimos ayer? Si esto es cierto a nivel personal… a nivel comunitario la memoria cobra forma de tradición, y también constituye el piso y el fundamento de nuestra identidad.En este caso, la memoria no es de uno solo, sino que es entregada de generación en generación, no en forma cerrada, sino como posibilidades o recursos ofrecidos a nuestra libertad, para encarar el presente y el futuro.
Por eso, el sujeto de una cultura, nunca es un individuo aislado sino más bien un testigo : es el hombre que, en comunidad y ante la comunidad, da testimonio de lo que ha recibido…Origen no es lo mismo que comienzo.
El comienzo de algo es su punto de partida en el tiempo, una fecha, por ejemplo el 25 de mayo de 1810. “Origen” es la fuente permanente de donde surge el sentido de lo realizado, por ejemplo, la voluntad de reasunción del poder por parte del pueblo, en el ejemplo citado.
Recordar el origen es tomar conciencia de nuestros fundamentos. Este es el significado de nuestras ya desgastadas fiestas patrias: celebrar en clima de fiesta lo que da sentido e identidad a nuestra comunidad histórica. De ahí que el sujeto de la cultura, además de testigo, es “celebrante”…(En “Memoria, proyecto y participación”, El Liberal,de Sgo. del Estero, 1994).

Si la memoria nos dice de dónde venimos, o sea que somos un pueblo con historia (no un hongo recién nacido al compás de tal o cual nueva ideología o modelo), la conciencia histórica también alude a un proyecto, eso que queremos ser y que todavía no somos.
 
Como hombres-políticos, no podemos existir sin memoria, pero tampoco sin proyecto.
La sola memoria nos encierra en el tradicionalismo inmóvil; el puro proyecto nos desgaja de nuestra identidad y nos lanza hacia adelante como fragmentos que no sienten la cohesión de un pueblo que construye sobre el piso de lo que otros construyeron.
La memoria nos muestra las experiencias de otros y nos da las posibilidades que otros nos legaron, pero sólo como una posibilidad para una propuesta nueva que haga crecer nuestro presente hacia un futuro de mayor esperanza.
El proyecto, construído con la participación de todos, traza el camino y mojona las realizaciones parciales hacia una cierta utopía, o sea, hacia algo que ahora no existe ni tiene lugar, pero que aspiramos a que se realice.En cada pueblo y en cada circunstancia histórica esa utopía puede ser más ideal o más concreta, más lejana o más cercana, más total (las grandes utopías de los últimos decenios) o más parcial.La utopía (del griego u-topos: algo que no tiene lugar) está adelante iluminando una esperanza y motivando un proyecto.
Es ese “hacia dónde”vamos… así como la memoria nos dice “ desde dónde venimos” …
 
En síntesis: la conciencia política se ejerce desde la memoria histórica, por medio de un proyecto y hacia una utopía de esperanza.Todos elementos que hoy están en plena crisis en este mundo globalizado y postmoderno que estamos viviendo, con riesgo de perder nuestra identidad tras las luces enceguecedoras del consumismo y del cosmopolitismo, fragmentados en los pedacitos del individualismo, y lanzados a la solución pragmática de problemas momentáneos, sin el marco amplio de un proyecto nacional dentro del contexto internacional.
Por eso concluimos con otra cita del artículo de Alejandro Auat en el artículo citado:
“La cultura no es sólo el lugar de la memoria. Es también la forja de un proyecto de ser hombre. Precisamente la diversidad de culturas da cuenta de las muchas formas de ser hombre a partir de diferentes proyectos…
La identidad no se recibe ya hecha en la tradición. La identidad se construye a partir de lo que recibimos, pero en vista de lo que nos llama desde adelante, es decir, de la vocación, desde lo que queremos ser desde lo más profundo, aquello a lo que estamos llamados…Creer que basta la memoria para forjar una identidad es el error del tradicionalismo. Y pretender construir la identidad de cara al futuro sólo con el proyecto, es la ilusión de los progresismos burgueses.
Memoria y proyecto son los dos polos irrenunciables de la cultura, entre los cuales se construye el ser hombre.

Medición y criterio para la autenticidad de ambos es la participación.
La cultura no es la obra de uno solo o de algunos: es la casa común construída en diferentes escalas, niveles y estilos de participación, por todos los que ganan su identidad a partir de ella… La cultura supone la participación de todos… La cultura sólo es “casa común” en la medida en que posibilite la realización de los que habitan en ella…

La participación es la mediación necesaria de la memoria y del proyecto.
Memoria que no pase por la participación es subterfugio de intereses elitistas.
Proyecto que no se elabore participativamente desde la memoria común, se arriesgará como manipulación de vanguardias esclarecidas.
Por eso la participación es criterio de autenticidad de la memoria y del proyecto. Se puede poner en dudas la tradición que no cuenta con todos las voces. Y nace raquítico el proyecto que no cuenta con la participación organizada de todos los convocados.
 

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