Partidos Políticos. Mitos de la representatividad

MITOLOGIAS DEL GOBIERNO REPRESENTATIVO

La práctica democrática, reactivada a diario por el discurso de los políticos y por los Medios, produce y reproduce permanentemente los mitos alrededor de ciertas palabras claves de la vida política.

Este discurso discretamente mágico no tiene por finalidad engañar, sino edificar, tranquilizar y también legitimar el modo de gobierno, movilizando las creencias de gobernados y gobernantes. Nociones tan cruciales como representación, debate democrático, decisión política están rodeadas de un halo de irrealidad, o sea, tratadas de manera desnivelada con respecto a un realismo objetivista riguroso.

1 Representar

a) La imagen del candidato representado

¿En base a qué criterios los electores consideran representativos a algunos ciudadanos? Es fundamental la buena imagen y la identidad partidaria. La unión de estos dos elementos constituye el perfil simbólico: o sea, el sistema de representaciones que impone su existencia en la campaña electoral y que ocupa el lugar de identidad real del candidato, al menos a los ojos de los que no lo conocen directamente.

1. Una buena imagen personal se construye a partir de algunos elementos biográficos capaces de responder a las expectativa de la mayoría posible de electores. Aunque ser soltero o padre de familia no pueda interesar mucho, puede serlo en algunos ambientes y contextos culturales.

·Lo importante son algunos elementos sencillos de identidad: mostrarse “cerca de la gente”,y sugerir cualidades superiores que justifiquen la confianza, como tener dedicación y abnegación militante y éxito personal, no sin olvidar mostrar una “familia feliz” y sólidos apegos sociales (a la patria, al trabajo, etc).

·“Las realizaciones” del candidato también son importantes, especialmente si es candidato saliente y aspira a una reelección o a otro cargo. Lo importante no es lo que se hizo, sino el haberlo mostrado y hecho conocer, el ser reconocido como eficaz y eficiente. Frente a los hechos, no hay contrapropaganda posible.

2. Una buena identificación partidaria es otra importante condición de buena imagen, pues un partido conocido y con prestigio genera confianza en su candidato, pues “por algo ha sido elegido”. Cuanto más importante, arraigado y “responsable” es el partido (o sea, creíble), la candidatura tendrá más peso.

Viceversa, los fracasos nacionales de un partido o la mala imagen de su líder, recaen sobre la figura del candidato, quien puede sentir la tentación de liberarse de la etiqueta partidaria con todos los riesgos del caso: ser sentido como traidor, como oportunista o falto de convicciones. Por lo general, los cambios de “camiseta” no son bien vistos, salvo excepciones.

b) La función de “tutor-intérprete”

Al día siguiente de un triunfo electoral, el electo “dejó de ser un simple ciudadano” para pasar a ser el diputado, intendente, etc., autoridad del Estado y palabra de la nación. De allí las metonimias (parte por el todo) en los discursos: “ Argentina ha decidido… Córdoba sabe bien que…”.

De esta manera, aunque el electo fue elegido por una franja de electores, no por ello deja de suponerse que expresa la voluntad del conjunto de los habitantes del país o provincia.

Esta retórica tiene un aspecto mágico, o sea, excede a las normas del pensamiento lógico normal, ya que es imposible que el candidato conozca el pensamiento y la voluntad de todo un país o región, pero desde el momento en que es “representante”, representa simbólicamente a todo el representado (la nación, la provincia) y consigue el fruto de dos estrategias:

1) Con este lenguaje generalizado se fortalece el vínculo de representación y el interés de los ciudadanos por alguien que los valora, pues “los electores sabrán desbaratar todas las trampas… no soportarán más que… no quedarán indiferentes ante…” , aumentándose así simbólicamente la autoestima, la inteligencia, la sensibilidad de los electores, que “piensan, saben y deciden” aunque en la práctica no piensen, ni sepan ni decidan.

2) También con este lenguaje, el electo se reviste de una protección simbólica frente a posibles competidores, pues la batalla por la representatividad es permanente en la vida democrática. Entonces el electo trata de “monopolizar” la palabra legítima, tratando de crear una identificación entre su persona y el pueblo (“atacarme a mí es atacar al pueblo… el pueblo y yo somos lo mismo”), sobre todo cuando se trata de cargos importantes.

Como resultado, el electo sufre la sobrecarga de su función, o sea, el peso de las exigencias de su status simbólico sobre su espontaneidad individual, algo típico en todas las personalidades públicas. Ahora tiene que ser un “celoso cumplidor de todos los deberes del cargo” y muy respetuoso de las formas (sociales, profesionales, de lenguaje, de vestimenta…) de acuerdo a las convenciones culturales (qué se espera del intendente, de un diputado…).

Todo tiene que dar la nueva imagen de alguien “responsable” (ecuánime, respetuoso, sin movimientos impulsivos, moderado, educado…).Es todo un esfuerzo por internalizar más la “función” institucional en detrimento de su identidad personal o militante, salvaguardando siempre, en caso de conflicto, su imagen de representante (aún posponiendo su profesión y hasta la familia y vida privada, en muchos casos).

Esta diferencia entre “antes” y “ahora” también se nota en su actuación partidaria, seguramente sin el fragor del militante, midiendo más sus palabras, apareciendo como más pluralista y “ecuménico”, sin descuidar una buena relación con los otros colegas representantes, aunque adversarios. Todo lo cual genera a menudo cierta distancia con sus partidarios y hasta cierta no disimulada envidia o antipatía.

Si bien los líderes tratan de mantener un buen contacto con las bases, la tendencia es marcar las diferencias y adoptar una postura de superioridad y de vida palaciega, pues “no se puede gobernar durante mucho tiempo sin llegar a experimentar un indecible complejo de superioridad, y sin caer en las agradables voluptuosidades del narcisismo” (Philippe Alexandre, en “Paysages de campagne”, Grasset, 1988).

Todo este proceso de “expansión del yo” tan común aún en los cargos menores (intendente, concejales) puede desembocar en cierta identificación enfermiza con su cargo y en la adopción de conductas claramente autoritarias y muy poco democráticas, o en conductas “paranoides” como si cualquier crítica hacia su persona, pensamientos o actos fuera un ataque mortal a la institución que representa.

La democracia tiene un freno contra esos “delirios de grandeza”, sea mediante la oposición, sea por medio de las elecciones en períodos regulares, aunque los líderes con las tendencias señaladas buscarán perpetuarse en el mando ·creando una poderosa “clientela” (con reparto indiscriminado de cargos y favores), y ·tratando de obstaculizar a la prensa y a la acción libre de la oposición, y ·creando fuertes alianzas con enclaves de poder (económico, especialmente).

2.Debatir

El debate es una forma de competencia que pertenece al universo de las luchas simbólicas, o sea, conflictos que, en oposición a la lucha armada o la competencia económica o deportiva, se nutren con el arma del lenguaje a fin de ejercer el poder de persuasión.

a) El debate de ideas:lo que excluye

La importancia del debate consiste en que toma el lugar de la violencia física como modo de enfrentamiento con los rivales. En la democracia, se conversa con los amigos, se negocia con los aliados y se polemiza con los adversarios, pero no se usa la coerción para triunfar. Esta es la regla. La violencia física (sublimada, contenida o reprimida) se substituye y compensa con la violencia y los enfrentamientos verbales. Se trata de destruir con palabras rimbombantes, de vencer y liquidar al “enemigo” con las armas de la lógica y de la elocuencia.

Por este motivo, a pesar de la legislación imperante contra agravios y mentiras, la violencia verbal suele llegar a límites extremos, casi al borde de la violencia física (que en algunos casos tiene lugar aún en los foros parlamentarios).

En estas lides, es muy difícil determinar qué es ultraje o qué es mentira…Se supone, pues, que en la democracia queda excluida la violencia física, como también el recurso del dinero (sobornos y coimas) para imponer la fuerza de las propias ideas. Pero no siempre se excluye cierta lógica mercantilista en los debates.

Así, por ejemplo, la promesa electoral suele funcionar como una lógica mercantil de intercambio. Está permitido prometer “un futuro mejor… una sociedad feliz” o “la derrota de la desocupación”, pero están penadas por la ley las promesas de donaciones, favores y empleos públicos y privados, y otros favores que surjan como intercambio con el voto (así el art. 106 del Código electoral francés).

Pero la línea de demarcación entre un clientelismo explícito y tantas formas de clientelismo larvado, pero real, no está muy clara; o sea, entre las formas legítimas de conseguir votos y la corrupción, entre cierto clientelismo tolerado y sus formas degradantes.

Tampoco suele ser muy clara la transparencia financiera de los partidos, lo que ocasiona no pocos escándalos, aún con relación a las mafias y grupos de interés económico que solventan las campañas, y no en forma desinteresada, precisamente.

Teóricamente, al menos, los partidos debieran estar en igualdad de condiciones de cara al debate público, pero en la práctica: el acceso a los medios está íntimamente ligado a la situación económica de cada partido, y el partido gobernante o hegemónico suele estar mejor posicionado para recurrir incluso a fondos secretos, ayudas extras que son blanqueadas, comisiones que se cobran a grandes empresas que firman negocios públicos, etc. etc. En los grandes partidos, no son las cuotas de los militantes las que sostienen el ingente gasto de las campañas.

b) El debate de ideas:lo-que-construye

Aunque las polémicas y debates públicos son a menudo atacados como “estériles”, conservan sin embargo un gran valor simbólico en la vida democrática. Demuestra la importancia que los Medios le asignan al debate político y la repercusión en la opinión pública, antenta a estos combates entre “pesos pesados”.Estos debates pueden tener un nivel alto o modiocre.

·En el nivel más alto, el debate incluye la confrontación de proyectos de sociedad y de programas de acción, basados en diagnósticos con un mínimo de seriedad y coherencia (hay objetivos bien definidos, apoyatura de ideas, etapas, presupuestos, etc.).

·En el nivel más modesto y mediocre el debate toma la forma de una polémica cotidiana y hasta callejera: con discusiones cerradas, cuestionamientos frente a hechos coyunturales, e intercambio de argumentos sofistas o simples, cuyo único objetivo es defenderse a toda costa y herir al adversario de cualquier modo.

Así, a través de la permanente confrontación de ideas centrales o pobres, de análisis originales o estereotipados, de conceptos novedosos o repetitivos, se produce “la invención de lo político”, o sea, “la producción de lo real” según la lógica política.

Un conjunto de conceptos y símbolos tomarán sentido, permitiendo a los actores adoptar posiciones a favor o en contra. El debate de ideas va creando un espacio ideológico que hace visibles las propuestas de los candidatos (o del gobierno) y sus respectivas posturas.

Esta sucesión de debates genera una línea demarcatoria entre “nosotros y ellos”, entre izquierda y derecha, progresistas y conservadores, liberales y sociales, etc. Una demarcación que permite con facilidad al ciudadano-espectador identificarse y tomar posición.

El discurso de los actores está poblado de señales de identificación y reconocimiento:

·A través de convergencias, implícitas en todo debate, al menos sobre las formas y límites del debate, aunque no se llegue a acuerdo alguno como “en los diálogos de sordos”.

·También el debate señala la diferencia de lo político con respecto a otras esferas: la privada, la social y la económica. Son problemas o hechos utilizados en la vida política por actores políticos, pues no todo lo que sucede en el país es un hecho político.

Así la pobreza de un barrio es un hecho político sólo si es tomado como tal por algún candidato o partido, y es llevado al escenario político, al igual que un asesinato (escenario privado delictivo) puede “politizarse” o sea, transformarse en un hecho político.

Por lo tanto, la iniciativa privada aislada no es suficiente para asegurar la traducción de un problema de la sociedad en un problema político.

Es necesario que haya un acuerdo entre los actores políticos o que uno de ellos lo imponga, obligando a su vez a los otros actores a tomar partido (como tal crimen, la desocupación, la mujer golpeada, la inseminación artificial, etc.). De allí la importancia de que los actores individuales o pequeños grupos hagan saber a la opinión pública sobre sus actividades, pues por importantes que sean, si no son conocidas “no existen” y menos políticamente.

Resumiendo, el debate:

·En el nivel institucional: crea conceptos y referencias que permiten asignar a unos y otros un lugar visible en las instituciones. Así como: mayoría/oposición, etc.

·En el nivel ético: moviliza valores que hacen posible legitimar lo propio y condenar lo opuesto. Se crea el léxico de: democracia/autoritarismo,progresistas/reaccionarios,liberales/sociales, etc.

·En el nivel político: impone reglas de juego con respecto a las cuales los actores deberán tomar partido para dar un contenido al pluralismo, como, privatización/nacionalización, tradición/globalización, etc.

·En el nivel jerárquico y estratégico expresa la desigualdad de las capacidades movilizadoras de los actores y las posibles alianzas con otros actores, lo que se expresa en: líder de un parrtido/dirigente de una corriente de opinión, coalición/partido, frente… unión… alianza, etc.

c) El debate de ideas: lo que esconde-y-regula

Pero en la vida democrática, el debate de ideas no tiene, por lo general, toda la importancia que sus actores le asignan.

El debate intenta, supuestamente, informar a los ciudadanos sobre las argumentaciones presentadas, o sea, sobre la validez política, moral o técnica de los objetivos y programas.

Pero las encuestas posteriores a los debates demuestra que esto se logra en forma muy limitada, pues lo que el público y los militantes buscan es al campeón del debate, al vencedor de la contienda, como ante un espectáculo deportivo, con excepción de un reducido grupo de ciudadanos más interesados, de periodistas y de expertos.

En la mayoría de la opinión pública quedará la imagen de un empate o de un triunfo, de un debate aburrido o animado, de un tono agresivo o conciliatorio; pero muy pocos recordarán los argumentos esgrimidos.Estos debate suelen tener un estilo erudito o un estilo ético.

a) En el estilo erudito, generalmente pragmático y economicista, los debatientes se inclinan por el uso de balances, cifras y estadísticas, equilibrios comerciales o monetarios, etc. Tratan con gran esfuerzo de explicar y aclarar, en un tono racional, frío, pedagógico y argumentativo.

El efecto que se persigue es que el ciudadano, aunque no entienda, se quede con la imagen y efecto simbólico de que está ante gente que sabe y puede (no como los adversarios que son “improvisadores e incompetentes”…).Se busca, pues, el triunfo desde la capacidad y la acción, no desde la “charlatanería” adversaria.

b) El estilo moralizador o ético pone el acento más sobre las creencias y convicciones que hay que movilizar, que sobre los informes y razonamientos técnicos. Se utiliza un lenguaje simbólico cargado de contenido emocional en torno

·a palabras atractivas como: democracia, derechos humanos, justicia;

·o palabras con gran carga popular, como revolución, socialismo, igualdad social;

·o temas de la realidad que los adversarios eluden, como “esta insoportable desocupación… una corrupción asfixiante…”.

Lo importante por encima de todo es apelar a los valores, o sea, creencias con carga emocional, a fin de legitimar algunas conductas y opiniones, y condenar otras.

No basta el uso de palabras como igualdad, justicia, sino el impacto emocional que en ese momento tengan en la población, para que no suenen como palabras “huecas”.

Por tanto, el debate cumple tres funciones:

a) Dar un marco de respeto al enfrentamiento político, para que no aparezca la codicia del poder como principal motivo, y sobresalga en cambio la razón y los idealismos, elementos tan valorados en la tradición de occidente.

b) Regular los riesgos de caer en el terreno pasional, y especialmente en la violencia física, sublimando la agresividad en el debate verbal, siempre más moderado que la lucha física o callejera.

c) Facilitar la identificación de las relaciones de fuerza entre los rivales, procurándose que las inevitables rivalidades personales por simples cuestiones de codicia de poder, sean trasladadas al campo del enfrentamiento de ideas, doctrinas y proyectos.  Esta es la forma democrática de “imponerse” al adversario.

3.Decidir

El objeto legítimo de la contienda electoral es que el pueblo decida entre candidatos, partidos y propuestas.

Pero, al margen de esta decisión (relativa en cuanto sólo se elige entre candidatos ya propuestos por los partidos), ¿qué queda de la decisión del pueblo respecto a la acción de los representantes? Más aún, las propuestas y programas que los partidos puedan mostrar en sus campañas, ¿serán asumidos por los respectivos gobiernos a la hora de decidir sus políticas?

1. Las investigaciones y la experiencia demuestran que “hay una escasa contribución de los partidos políticos en la construcción de las políticas públicas”, entre otros motivos, porque los gobiernos dependen de la tendencia general de la economía a la hora de tomar decisiones.

Por tanto, las leyes, decretos y normas son el resultado, no de las propuestas de los partidos en sus campañas, sino del trabajo de los especialistas que asisten a los gobiernos y a las elites partidarias. Después de las elecciones, su peso eclipsa totalmente el de los militantes y electores.

También hay otros factores que colaboran en esta dirección:

·Los dirigentes de las organizaciones políticas, a pesar de sus diferencias, suelen tener el mismo origen cultural y social, y generalmente hacen sus estudios en los mismos centros.

·Cualquier gobierno, del color que sea, a la hora de tomar decisiones se encuentra con una situación muy compleja desde exigencias económicas, técnicas, administrativas, y desde presiones y resistencias de ciertos grupos de poder, que les impiden no sólo tomar la decisión deseada, sino, a menudo “no tomar decisiones”.

Por otra parte, los gobernantes deben evaluar los riesgos de cada decisión, sobre todo si implican un cambio, porque favorecerán a unos y tendrán la oposición de otros que se ven perjudicados. Lo ideal, en todo caso, es tomar las decisiones relacionadas a lo social, en consenso mínimo con los otros partidos políticos. Sólo un consenso de facto puede sostener una política innovadora.

2. ¿Es correcto hablar de “decisiones políticas ”?

De acuerdo a la teoría, la decisión es el fruto de un proceso que implica operaciones intelectuales (concebir un proyecto), comunicativas (negociar su aceptación) y materiales (ejecutarla en el terreno propicio con los recursos necesarios).

También se supone que hay un corte entre quien toma la decisión y los organismos y equipos que la han preparado.

Por lo tanto, en la realidad, ¿quién toma la decisión, una persona, un equipo, todos…?

·En las pequeñas comunidades y en organismos poco diferenciados, las decisiones fácilmente pueden ser atribuidas a Fulano o Mengano.

·Pero en las sociedades modernas tan complejas, con tantos organismos autónomos y dependientes entre sí al mismo tiempo, la decisión es el producto de un largo y complicado proceso en el que no se puede medir la parte de responsabilidad de cada uno de los cientos o miles de actores grupales e individuales que intervienen, de modo que el verdadero responsable es un anónimo sujeto administrativo-burocrático-técnico.

Sin embargo, en el lenguaje y en la realidad política, la causalidad política es atribuida a un único sujeto, que puede ser personal (el presidente, el ministro de economía…) o colectivo (el Parlamento, el Gobierno).

O sea, se aplica la lógica de la imputación, concepto de gran carga emocional y mítica. Por esta lógica el presidente (intendente, etc.) asume no sólo sus decisiones personales sino las de sus colaboradores, aunque sean desprolijas o provengan de oscuros funcionarios de segunda.

Pero ante la opinión pública y ante los Medios, quien asume la decisión y la responsabilidad es el dirigente.Todo puede atribuirse a la acción o inacción de los dirigentes, aún ciertas catástrofes ecológicas naturales que “no fueron previstas a tiempo”. Así se dice que “el presidente decidió la invasión de tal país… el ministro se opone a la privatización”,etc.

a) La lógica de los gobernantes : la autoimputación

Todo gobernante que quiera mantenerse en el poder debe practicar la lógica de la autoimputación desde su preeminencia en el escenario político, más hoy por su incidencia en los Medios, y por su jerarquía sobre los subordinados.

Los equipos burocráticos y de asesores técnicos, aunque sean los actores reales de los proyectos, deben quedar en la sombra y ocupar un lugar más que discreto.Tiene que quedar clara la legitimidad de la norma o ley decretada, que responde a los intereses generales (cuyo representante legítimo es el gobierno) y no a los intereses particulares de tal o cual equipo o grupo. Se trata, pues, del valor simbólico de una decisión política.

b) La lógica de los opositores: la imputación

Si el gobierno se “autoimputa” las decisiones (supuestamente positivas y necesarias), el rol de la oposición es “imputar” todo fracaso, toda mínima falla, toda casualidad no prevista, lo mismo que las violencias sociales, la pobreza, la desocupación, la caída del salario, etc.

Se da por supuesto que “siempre” hubo impericia en el momento de tomar la decisión, o “reacciones insuficientes y tardías” después de un acontecimiento (una catástrofe, por ejemplo).La lógica de este discurso de imputación es debilitar al adversario y sobrevalorar las propias capacidades y los proyectos alternativos.

De esta manera se crea una esperanza en los electores: “esto está muy mal, pero nosotros lo sabemos hacer mejor”, “existe un remedio a la crisis… es posible otra política”. Hay, pues, crítica al gobierno y elogio a las posibles conductas de la oposición.

4.Satisfacer las aspiraciones de los ciudadanos

La célebre fórmula de Lincoln “gobernar… para el pueblo” supone la abnegación de los representantes. La legitimidad del gobierno se funda en la voluntad de recibir las demandas de la gente con el fin de dar la respuesta más positiva y satisfactoria posible.

Pero, ¿qué es una política que apunta a satisfacer aspiraciones?Se responderá que es reducir la distancia entre el deseo y la realidad. Todo deseo busca la satisfacción o saciedad; si la satisfacción es total, entonces el descontento es cero.

Para lograr este objetivo, satisfacer necesidades y demandas, la política recurre a dos estrategias:

·La primera es actuar directamente sobre las situaciones prácticas, con el objetivo de reducir las demandas y el malestar.

·La segunda es actuar sobre las representaciones, (o sobre las creencias que las fundan), de manera de achicar la insatisfacción; o sea, influir sobre la percepción que los sujetos tengan de tal o cual situación, o sobre el valor que les dan.

Es la dualidad: política concreta, política simbólica. La opinión pública valora los actos, y resta valor a las palabras, consideradas estériles. Pero la realidad política muestra que no se pueden separar tanto los dos planos.

En efecto, hay discursos que son verdaderos actos, por la fuerza transformadora que tienen; y hay actos que quedan desprovistos de significado, y por lo tanto, pierden fuerza política (así, ayudar a los pobres puede tener incluso un efecto contrario al deseado, pues puede aparecer como una forma de clientelismo barato o un abuso del poder).

Al mismo tiempo, un acto que favorece a unos (aumento en el precio del combustible), va a perjudicar a otros, y así sucesivamente, o sea no tiene el mismo valor para todos; y si hoy se accede a la demanda concreta, es muy posible que después llegarán otras demandas en cadena que no se pueden satisfacer, sea de los mismos sujetos beneficiados, sea de los sectores perjudicados.

Todo esto indica que una política de actos concretos no siempre es la indicada.Por eso, para hacer una política realmente eficaz de cara a las satisfacciones, se debe trabajar intensamente en el plano de las representaciones.

O sea, hay que ir modificando la percepción de los hechos, la manera de verlos y juzgarlos. Esto vale aún para situaciones que los ciudadanos no pueden percibir directamente, porque no son testigos directos o no tienen experiencia las mismas.

El gobierno, mediante los Medios, “crea el acontecimiento político” y lo carga de determinado valor (así, en nuestro país, el pago de impuestos).Toda realidad es “como la sentimos y vivimos”, pues nunca podremos tener una lectura totalmente objetiva de la misma.

Por ejemplo, la pobreza o la desocupación pueden tener muchas lecturas e interpretaciones, y serán vividas y sentidas desde esas interpretaciones.

Lo mismo sucede con las otras realidades, como “estado, política, impuestos”, etc.

En ese trabajo de cambio de las percepciones (por ejemplo, valorar las privatizaciones como buenas cuando siempre fueron vistas como algo antinacional) ocupa un lugar fundamental la nueva información dada en tiempo y lugar oportuno por todos los medios de comunicación.

Porque en la práctica percibiremos los hechos de acuerdo a la información que tengamos sobre los mismos, sea información veraz o falsa. Es decir, una cosa es el producto a promocionar, y otra es la imagen que se tiene de ese producto.

A la hora de imponer una determinada percepción de la realidad (por ejemplo sobre privatizaciones o Mercosur….) es importante la fuente de autoridad de donde proviene la información (si es el presidente o un notable experto).

Pero también todo depende de los destinatarios de la información, que no son pasivos, sino que se posicionan de determinada manera según su interés por el tema, según el valor que le den a tal medio de información, según la credibilidad que le signifique tal fuente informativa o de autoridad y según su cultura, edad, sexo, etc.

También está el factor del tiempo relacionado con la medida a proponer:

·el gobierno aludirá a los logros que ahora está consiguiendo, y desde allí apelará a que se le tenga confianza para la nueva medida que se quiere tomar;

·o recordará los desastres que tuvo la oposición cuando fue gobierno, para descalificar ahora su postura. O dirá que “ahora arrastramos las consecuencias nefastas de aquella política que todavía heredamos”.

Otro factor es el espacio geopolítico, comparando la situación del propio país con otros países, mostrando en qué punto de las escala se está; se aludirá a que “podremos ser los primeros”, buscando por supuesto aquellos índices que son más favorables, y ocultando aquellos que colocan al país en una situación desventajosa (se acentuará un índice macroeconómico favorable y se ocultará un índice negativo de pobreza o analfabetismo…).

En resumidas cuentas:

en forma constante, tanto el gobierno como la oposición, tienen que apelar a los hechos y los proyectos concretos, pero también a los valores y creencias. Las circunstancias dirán cuándo emplear una estrategia y cuándo otra.

Cuándo prometer, porque se podrá cumplir, y cuándo hacer un discurso genérico para evitar un compromiso directo, pero sin dejar de dar alguna satisfacción a las demandas.

Aprovechar las coyunturas

Podemos definir a la coyuntura política como “el clima psicosocial creado por el encadenamiento de los acontecimientos dignos de consideración y los comentarios que inspiran”.

Por lo tanto, es un proceso en constante creación que se autoabastece, aunque los actores pueden agregar sus propias cuotas de influencia.

Los dirigentes, incluso pueden crear un acontecimiento coyuntural para focalizar la atención en él o para distraer a la opinión pública, concentrada en otros hechos.

Cuanto más importante sea el actor político que “crea” un hecho y más recursos de los Medios moviliza, más entrará en escena el nuevo acontecimiento coyuntural.Los actores pueden reforzar la imagen y el valor del acontecimiento con variados recursos,

·como programas especiales en la TV montados en un gran escenario con ingredientes novedosos (así cuando se quiere hacer un gran anuncio);

·o realizar viajes al lugar de los hechos (una catástrofe, por ejemplo) demostrando dinamismo y sensibilidad;

·o apelando a las demostraciones masivas (convocando a una manifestación, realizando un congreso o una convención partidaria).

La finalidad de estas estrategias es “acaparar ” la atención, concentrarla en el punto indicado y crear focos de atención a la medida de uno mismo.

Todo apunta a que la percepción de la opinión pública se identifique, o acerque al menos, a la percepción que el actor político quiere darle a tal o cual acontecimiento o realidad social.

En conclusión

Las mágicas palabras de la democracia necesitan ser mantenidas, pero también actualizadas desde la nueva situación que hoy se vive (globalización, dependencia internacional, economicismo). Mientras la ciudadanía reclama soluciones concretas a sus problemas, los gobiernos se encuentran cada vez menos capacitados para tomar decisiones que ya no dependen de ellos solamente, sino de grandes maquinarias trasnacionales de poder, financieras, económicas, administrativas y políticas.

¿Qué significa, entonces, decidir en nombre del pueblo y para el pueblo?

¿Y cómo ser representativos cuando la información depende de los grandes Medios que saturan a la opinión pública desde necesidades ilusorias y puramente consumistas… o con insumos parcelados o directas manipulaciones?

Ya no basta decir que las democracias son mejores que los regímenes comunistas… hoy desaparecidos.

La crisis de representación se agrava en la misma medida en que

·las decisiones se ejercen desde centros de poder que no pasan por la voluntad del pueblo, y

·crece la mala imagen de una democracia que no responde a las expectativas concretas.Por eso “los gobernados sólo seguirán siendo fieles a la democracia, si ella les brinda utopías creíbles y sueños frescos”.

 

 

Envía un Comentario del Artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *