Partidos Políticos. Visión realista con interrogantes. Braud

LA PRAXIS POLÍTICA EN LA DEMOCRACIA: Una visión realista con grandes interrogantes

Resumimos y adaptamos el libro “El jardín de las delicias democráticas” de Philippe Braud, FCE, 1993, libro en sí mismo recomendable por su practicidad, sentido crítico, fino humor y sencillez de lenguaje.

Hoy estamos acostumbrados al análisis político de la democracia, de sus problemas actuales, de los partidos políticos, de la representación, etc. En ese análisis subrayamos el aspecto institucional y el encuadre teórico e ideal, el escenario actual del poder y los grandes desafíos de la democracia actual dentro del proceso de globalización.

En cambio ahora vamos a analizar la vida político-social desde los actores en acto, desde su praxis cotidiana, desde la gestión política en el escenario real de conflictos, de personas con sus circunstancias culturales-psicológicas que compiten entre sí dentro del marco democrático pero con características muy propias y particulares.

En suma, nos ponemos en el acto mismo de practicar la política real de todos los días, bajando de los conceptos teóricos y a menudo retóricos (el pueblo soberano, el poder, la representación, etc.) al llano del barro y del conflicto.

Es una visión realista de la praxis política que nos invita, primero a entenderla, y segundo, a buscar un estilo alternativo que llene los baches de la actual praxis política, que profundice en la representación del pueblo y en su participación, y que dé sentido a un compromiso que sentimos como vocación.

  1. INDIFERENCIA POLÍTICA

Se trata de un fenómeno típico de las democracias, traducido en una falta de interés hacia la política, ausencia de participación y apatía. Los políticos se hacen cargo de ella en los meses previos a las elecciones, especialmente donde el voto es optativo, para evitar los altos porcentajes de abstención.

Hay 3 leyes orientativas para evaluar este fenómeno:

1.La indiferencia política afecta directamente la legitimidad del sistema democrático sólo cuando produce una participación electoral muy baja.

2.Cuanto más numerosos son los indiferentes que se deciden a votar, más estabilizada está la vida política en cuanto “no innovadora”, produciendo, por tanto, la impresión de un debate democrático ahogado.

3.Cuanto más se politizan los indiferentes en forma intensa y duradera, más tensionada se hace la vida política, especialmente en períodos de convulsiones sociales, llegando incluso a poner en peligro el sistema democrático.La armonía pareciera estar cuando hay un equilibrio entre los activistas y los conformistas.

1.1.Los rostros de la indiferencia

Como la distancia de los ciudadanos del poder produce desinterés, los políticos se esfuerzan por “acercar el poder a los ciudadanos”, pues un exceso de indiferencia le resta legitimidad al poder.

Factores que generan distancia de la política

1. La distancia física, hoy superada por los medios de comunicación. Pero mucho más la distancia sociocultural, pues el poder es percibido como cosa de los entendidos y de las elites.

2. La falta de comprensión de lo político:

·Están los que dicen no entender nada de política, pero igualmente votan llegado el momento, pues este acto es considerado simple y fácil.

·Están los ciudadanos que “por deber cívico” procuran interiorizarse e incluso afiliarse y militar, pero luego se decepcionan porque no le sienten el gusto a la política. Conforman el grueso de los decepcionados con la política.

·Están los que viven la ilusión del saber, pero sin descubrir la realidad del hacer política, las estrategias y reglas de juego. Tienen un sentido idealista de la política, y se desalientan al enfrentarse a una cruda realidad que choca contra sus sentimientos éticos.La comprensión en profundidad de la política depende del nivel de la información política, dada por los Medios y otros actores.

Aunque aumentó esta información, sigue siendo escasa su confiabilidad, debido a muchas restricciones (secretos de Estado y de todo tipo, estrategia de ocultar datos e informaciones, etc.) y a todo lo que los Medios ocultan de la realidad.

A la inversa, un exceso de información puede saturar a la opinión pública provocando el rechazo. Por otra parte, el ciudadano común no tiene elementos para interpretar la información, comprenderla y evaluarla.Los políticos apelan, más que a la comprensión, al alegato de defensa de sus opiniones, al ataque de los adversarios o a la seducción del público.

Los Medios, por su parte, se guían por la novedad de la noticia y su carácter insólito y espectacular, sin seguir un tema en profundidad, ni siquiera a menudo con cierta continuidad.

O sea, las noticias llegan fragmentadas. Cuando las informaciones son precisas y de calidad, no siempre se tiene la capacidad crítica y preparación para asimilarlas, ni menos el tiempo necesario. Es decir, siempre se choca con escasa información y poca comprensión.

Todo lo cual no significa que los ciudadanos comunes y de menor cultura no tengan comprensión de los problemas políticos, sobre todo cuando les afectan directamente (desocupación, precios, etc.).

Una paradoja es que combatimos más la indiferencia que la ignorancia política, suponiendo que lo esencial es la participación, y no cómo se participa y vota.

Necesitamos reforzar el conocimiento en sí de la política y de sus problemas, único camino para lograr también mayor participación.

3. Desilusión:Se vive el sentimiento de que

·la política no resuelve los problemas, que los políticos no atienden los verdaderos problemas de la gente,

·la ciudadanía no tiene peso alguno en las decisiones políticas.Se trata de una desilusión y desinterés frutos de un debilitamiento de las creencias:

·en el rol de las mayorías y minorías,

·en la representatividad ciudadana (la gente no se siente representada por la clase política), y

·en la falta de fe en que los políticos puedan hacer algo por los problemas reales y concretos de la gente.

La sociedad moderna, tan compleja, genera la idea de que ningún actor (un partido) puede dar soluciones y de que todo se parece a una gran escenario teatral. Por tanto, los partidos deben demostrar que tienen propuestas diferentes y nuevas alternativas creíbles, y de que cada ciudadano y cada voto es importante. Una tarea ciertamente difícil pero necesaria.

1.2.La movilización desde las distintas elecciones competitivas

Cada nueva elección es un momento caliente de participación, salvo que haya candidatos únicos o una hegemonía notoria de un líder o un partido.

Cuanto más disputada sea la elección, más movilizante resulta, de modo que los ciudadanos habitualmente “mudos”sienten que son llamados a decir su palabra.Los candidatos tratan de crear la impresión de que ellos son efectivamente los portavoces del pueblo, pues “los electores saben que… los trabajadores nunca admitirán que… los argentinos están orgullosos de…”.

Es un lenguaje que intenta hacer hablar a los electores silenciosos, atribuyéndoseles inteligencia, propuestas y decisiones. El ciudadano puede sentirse interesado pues se lo hace hablar y decir cosas…

Al mismo tiempo aumenta el lenguaje de seducción, especialmente en los aspirantes al poder, primero con las consabidas promesas, que hacen de pronto aparecer como posible lo que ayer era imposible…¡siempre que ganemos la elección! Cuanto menos posibilidad tiene el candidato, más se da el lujo de prometer.

El otro elemento de seducción es la demostración, en la que el político se transforma en hábil maestro que enseña esas cosas complicadas de la política y de la economía, en forma simple y con gran convicción, sin caer en simplicidades.Si el candidato busca su reelección, tratará en los últimos meses de la campaña de brindar una serie de servicios muy concretos, sin descuidar las caminatas con muchos abrazos a ancianos y niños, cartas personales, etc.

En el momento justo hará balance positivo de su gestión, atribuyéndose los éxitos de sus subalternos o de todo el equipo o del aparato burocrático, con documentales de escuelas y hospitales construidos, etc. Si es un diputado, hará ver tal ley que él propuso (un aumento a tal grupo) o su oposición a un proyecto que perjudicaría a la población, etc.

Es decir, hay que personalizar todas las obras realizadas (auto-imputación), informando en cascada a la opinión pública. Se evita hablar de estrategias generales, pues la oposición criticará esas mismas medidas, las declarará falsas o tendenciosas, etc.

En cambio, las realizaciones puntuales y documentadas, “los servicios prestados”,no suelen tener réplica alguna. Gran paradoja: aunque la democracia proclama los intereses generales, la propaganda política enfatiza los intereses particulares.

1.3.Las benéficas ilusiones de la alternancia

La posibilidad de que la oposición llegue al poder, moviliza a los indiferentes e indecisos.

Entonces ella proclama lo nefasto de la actual política, su corrupción, el desastre económico, la caída abrupta del salario y otros ítems catastróficos.

Al mismo tiempo anuncia su nueva receta, verdadera alternativa para un cambio deseado y profundo, especialmente a los insatisfechos y decepcionados con el gobierno saliente.

a) Si el ritmo de alternancia entre una elección y otra es corto, la oposición necesita un lenguaje muy realista, sobre todo si hay algún mal recuerdo de su gestión última, sin prometer demasiado, pues su no cumplimiento incidiría en las otras elecciones.

O sea, lenguaje realista, moderado, poco movilizador, con lo cual puede correr el riesgo de asemejarse en las propuestas al partido oficialista. Pero siempre da resultado una campaña de clientelismo y beneficencia a último momento.

b) Si el ritmo de alternancia es prolongado, hay nuevas dificultades. Si la oposición tiene pocas posibilidades de llegar al poder, debe radicalizar su lenguaje y propuestas, agudizando el debate para hacerse oír, poniendo el acento en las frustraciones producidas por el gobierno saliente, en una lista muy exhaustiva, aprovechando el desgaste del poder y los inevitables errores cometidos.

Su propuesta tiende a ser utópica con promesas de grandes y radicales cambios que provoquen gran entusiasmo, aunque sin caer en un callejón sin salida, con matices oportunos y sin descuidar al ciudadano medio menos radicalizado.

Se subraya la “responsabilidad” del partido, seriedad, ética, etc., especialmente en la última etapa de la campaña, para equilibrar las primeras propuestas utópicas.

1.4.Los movimientos en el escenario político y la utilidad de los partidos perturbadores

La democracia supone la libre discusión de distintas alternativas, la crítica y una fuerte competitividad entre los actores políticos.

De esto deriva el enfrentamiento constante de hombres e ideas, programas y proyectos, en un espectáculo masivo de pugilato verbal hasta la exageración y grosería. La vida democrática puede así transformarse en un espectáculo de clase B en la que el interés general queda obscurecido como también la abnegación por el bien público.

Es una crítica impiadosa que recurre, a menudo, a la burla y escarnio del adversario, el golpe bajo y la fórmula destructiva; con arrebatos líricos y emotivos para hacer llorar y arrancar aplausos acerca de la igualdad y la libertad, descubriendo a cada paso escándalos y negociados, todo lo cual hace gozar al ciudadano común, indignar al moralista y envidiar al celoso.

Se trata de una réplica política de la prensa “amarilla”.

Entonces “lo político es percibido como el ámbito de lo risible, de las mentiras, las máscaras y las comedias de las que conviene desprenderse”(Pierre Ansart, “La gestion des passions politiques”, 1983)

Es la política democrática funcional, muy alejada de la ceremoniosidad y de la exaltación del heroísmo patriótico, propios de los sistemas totalitarios. La fiesta democrática no deja a nadie en pie ni libre de una crítica corrosiva, transformada en “una máquina para descreer” (Ansart). Mientras que los sistemas y partidos totalitarios sienten la necesidad de una constante movilización de la atención en forma sostenida y al activismo del partido, el espectáculo democrático favorece una toma de distancia y relativización de lo político, desmitificándolo, haciendo de la ciudadanía fundamentalmente un espectador.

Pero no existe atisbo alguno de aburrimiento y tedio en estas campañas, ya que la crítica implacable despierta al más dormido y deshace cualquier principio sagrado. Por lo tanto, todo se vuelve más vulnerable y más relativo, sin verdades absolutas ni héroes intocables (al estilo de los nacionalismos y autoritarismos).

El discurso de los grandes partidos se acerca al común denominador de las necesidades populares, buscando un electorado amplio y conformista, tratando de no ahuyentar a nadie con propuestas muy radicalizadas.

En cambio, los partidos perturbadores adoptan la postura opuesta, proclamando su “perspectiva diferente” a núcleos de población claramente diferenciados (ecologistas, feministas, minorías étnicas, jóvenes, campesinos …) que terminan por integrarse al sistema democrático sin recurrir a la violencia.

Estos partidos “ testigos” introducen nuevos temas y problemas sociales que resultan embarazosos para los grandes partidos.

Por ejemplo, la extrema derecha habla de un peligro fronterizo o de los inmigrantes o judíos. La extrema izquierda del el cambio radical del modelo, el problema de los marginados, etc.

En otros casos sin ser extremistas, de la problemática de los pobres, de las mujeres, de los desocupados, etc.Aunque estos partidos testimoniales tienen negado el acceso al poder por vía electoral, mantienen su identidad con una presencia vigorosa y claramente diferenciada. Su discurso es más ideológico y comprometido.

1.5.De una politización a otra

Comúnmente se entiende por “politización”, con un sentido más bien negativo, la interferencia de las preocupaciones e instituciones políticas (partidos, Estado) en los procesos sociales (una huelga, una marcha de protesta de maestros…).

Esta politización se opone a toda indiferencia, y se la puede definir como “un sistema de actitudes en virtud del cual la solución de los problemas se percibe como ligada al resultado de las luchas encaradas para controlar el poder público”.

Las expectativas sociales de la gente son explícitamente dirigidas hacia la esfera política que se hace cargo de ellas.

Hay dos tipos de politización:

1. La idealista, más típica de otras épocas, con el gusto por explicaciones políticas totalizadoras, grandes proyectos globales de sociedad e inclinación hacia el discurso brillante e ideologizado. Pero se esfuma ante la cotidianidad de los problemas y hasta se ignoran las necesidades concretas de la gente, pues todo queda englobado en “el triunfo de nuestro movimiento”, o de la libertad, del ideal fraterno, del sueño de una nueva sociedad, etc.

Muchos partidos y movimientos de origen católico abordan este tipo de idealismo politizante, con categorías universales de análisis político, apelación a grandes principios y esquemas éticos, por lo que sus partidarios necesitan mucho “saber abstracto” y doctrinal.

2. El utilitarista. Los grandes idealismos ceden el paso al pragmatismo y al economicismo, al rededor de mercados y negocios financieros. Sus gestores ya no son intelectuales sino empresarios prácticos y nada proclives a propuestas ideologizadas. Es la tendencia actual impuesta por la corriente neoliberal.

1.6.El tiempo discontinuo

En las democracias pluralistas, la mayoría de los ciudadanos no están politizados en forma permanente, lo que conduciría a la saturación ciudadana y a la parálisis de los poderes públicos y de la toma de decisiones.

Los representantes electos necesitan un margen de maniobra, con una ciudadanía “distraída”, incluso para poder tomar decisiones antipopulares, y sobre todo, para lanzar proyectos a mediano y largo plazo.

En otros momentos, el mismo poder puede provocar la atención ciudadana para lograr un apoyo a cierta iniciativa o el rechazo a un proyecto de la oposición.Es decir, el ritmo democrático es discontinuo, con tiempos fuertes y tiempos muertos o débiles.

Tiempos fuertes por excelencia son las elecciones, bien diagramadas en fechas oportunas y en ciclos regulares, y ciertos sucesos de tipo social que acaparan la atención pública en un momento determinado.

a) Las campañas electorales suponen una movilización total de la opinión pública, con gran presión desde los Medios, especialmente la TV, que prácticamente no dejan espacio muerto alguno. Por eso es muy difícil escapar a la confrontación. Es la orquestación de un discurso múltiple y de múltiples actores (políticos, empresarios, obreros, intelectuales, etc.).

Los Medios aceleran el ritmo con las encuestas preelectorales y sondeos de opinión, lanzados periódicamente. No deben cansar al público que llegaría a la impresión de que ya no hay nada que hacer pues “las encuestas dicen que gana tal o cual”.

A mayor movilización masiva (partidos de masas) desde los Medios o los partidos hegemónicos, mayor amenaza al juego democrático pluralista. Por su parte, los líderes “carismáticos” falsean el sentido democrático, generando en la población imaginarios ilusorios y sin compromiso realista.

b) El otro elemento que sacude los tiempos muertos es el estallido de una crisis social que implica a importantes capas de la población. Si bien los mecanismos de la democracia y del poder de las elites tienden a minimizar estas crisis (de los desocupados, por ejemplo) para que no se generalicen ni convoquen múltiples actores sociales, es impensable que una crisis profunda y dolorosa no se politice y se enquiste en la sociedad, con riesgo incluso de desestabilizar la gobernabilidad.

2.DEMOCRACIA-AUTOESTIMA

Vivir en democracia supone que los ciudadanos afiancen su autoestima (no sólo con valores jurídicos como libertad e igualdad).

“En el plano simbólico, la fuerza de un régimen político reside en su capacidad de imponer esquemas que faciliten una identificación valorizante a la mayor parte de la población y al Estado”.

O sea, que los ciudadanos disfruten la democracia como un marco para sentirse personas valorizadas y orgullosas de pertenecer a su comunidad. Varios son los referentes de esta valorización: pueblo, ciudadanía, tendencias.

2.1.Ser del Pueblo

Aunque la palabra “pueblo” tiene un significado polivalente y hasta confuso, sigue disfrutando de un gran valor simbólico en la democracia, definida como el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

a) Lo que se dice

El concepto de pueblo en la democracia se explicita en tres direcciones:

1) El pueblo existe como ser primero

O sea, es la entidad inicial y primordial, anterior al Estado, y que preexiste a cualquier sistema de gobierno. Es el pueblo quien instituye a los gobernantes y los inviste de sus competencias, pues es el origen de todo poder legítimo.

Es el auténtico actor colectivo de la historia, entendido por los teóricos históricos de la democracia moderna, sea como surgiendo de un pacto social, sea como héroe carnal de una historia épica que canaliza las proyecciones emocionales de la sociedad, y evocador de un héroe de los orígenes.

2) El pueblo es el soberano. Las declaraciones de los políticos hacen un uso exagerado de esta temática, en un tono casi sacralizado, que connota la grandeza, la majestad y el poder del pueblo-soberano. Es un postulado de valor simbólico indiscutible, aunque carente de efectividad en la práctica. Es el mito básico de la democracia, la idea central que legitima todo consenso, el principio legitimador y el fundamento de la obediencia. Consecuencia: en caso de crisis, el pueblo debe tener la última palabra.

Un pueblo visto desde tres variantes:

·En su versión institucional que hace del veredicto de la mayoría electoral la clave de cualquier desenlace y solución. El pueblo pone fin a todo debate renovando o negando la confianza a sus representantes, confirmándolos en el poder u obligándolos a renunciar. Se supone que el pueblo tiene la suprema sabiduría de elegir a quienes lo han de gobernar.

·En su versión temperamental, magnifica un concepto más físico de pueblo como fuerza avasalladora, como multitud implacable guiada por el ideal de justicia, libertad e igualdad.

·En su versión política-social como el conjunto de ciudadanos organizados, con un ideal, un proyecto y una esperanza.La primera idea, la institucional, es la única que en la práctica es tolerada por los gobernantes, y por tanto, es también la internalizada por los gobernados.

Pero la segunda idea, la de fuerza soberana, y la tercera, fuerza organizada, fueron la predominante en el siglo pasado y mediados de este siglo, sobre todo en las clases “populares” y movimientos y partidos con fuerte sentido social y revolucionario.

La idea esencial en la democracia es que este pueblo, como unidad, es el depositario de la soberanía, no los individuos o un sector del mismo.

3) El pueblo es uno

En la tradición revolucionaria del mundo obrero, la palabra pueblo no incluye a la totalidad de los habitantes, sino fundamentalmente a la clase trabajadora y a los pobres y declasados.

Pero en su concepto profundo implica una totalidad abierta, una invitación permanente a seguir unidos por encima de cualquier conflicto, fractura partidaria o interés grupal. Es, pues, un concepto abstracto, que prescinde de la situación social y cultural de cada miembro del pueblo.

Por eso, un concepto inclusivo, como un ser colectivo imaginario, que trasciende toda particularidad étnica, religiosa, social, sexual, etc.

La exaltación de la pertenencia al pueblo, unido y fraterno, expresa la identidad nacional, a la patria como herencia compartida de memoria y de valores, y al territorio inalienable e indivisible. Es lo que da sentido de una pertenencia común, sobre la base de la misma dignidad, y con una fuerte carga emocional, unida a la afirmación de una unidad que fusiona, revaloriza y da seguridad.

b)Los que lo dicen

La invocación del Pueblo y la exaltación retórica de su soberanía, sabiduría y poder, ocupa un vasto lugar en los momentos decisivos de la vida política, tanto en períodos de crisis como en las contiendas electorales.

Derechas e izquierdas, centros políticos y aún las extremas, coinciden en que le corresponde al pueblo discernir, decidir y elegir para el interés general de la nación, pues “el pueblo no será engañado por vanas promesas”.

Se trata de una temática aduladora… hasta el momento final de las elecciones y la noche del escrutinio en que todos, también los vencidos (aunque sea fingiendo), festejan la sabiduría del pueblo que supo elegir.

Salvo alguna voz discordante de algún periodista independiente o comentarista autorizado que pueden hacer un análisis más complejo, la totalidad de la clase política criticará los errores de los vencidos que no supieron convencer a la opinión pública, habiendo un acuerdo general en reconocer que el pueblo no puede equivocarse en su veredicto.

Es un discurso de gran poder simbólico, pues afirma la voluntad popular expresada en las urnas. Es el pueblo quien ha votado y decidido: no los trabajadores, los vecinos, las categorías sociales o “el populacho”. Todo lo cual tiene un alto grado de valoración y estima.

c)Los que sacan provecho de él

Pero la palabra pueblo tiene un sentido diferente en el lenguaje político y en el lenguaje corriente, en el que indica a la clase social que no es dirigente, ni culta ni noble o rica. Evoca inferioridad social y también cierta unificación masiva, al que se le atribuye poca racionalidad y mucha exaltación emocional, y aún bajos instintos.

Desde la antigüedad hasta la democracia moderna, este sentido de pueblo, casi como populacho, dominaba también el escenario y el vocabulario político.

En la democracia tiene otra valoración simbólica:

1) Para las clases de bajo nivel social y económico, sentirse pueblo significa una gran valoración, pues en cuanto pueblo pueden decidir a pesar de no ser patrones, ni ricos, oligarcas, jerarcas o de la clase distinguida. Es un título de orgullo y de fuerte autoestima.

2) Distinta es la valoración de quienes están en una escala social superior,y que no tienen mucho que ganar sintiéndose “pueblo”. Al contrario, aún hoy son muchos los que evitan usar este vocablo, como temiendo ser identificados con una masa anónima e inculta, entendiendo que las elites son las únicas autorizadas para pensar y tomar decisiones.

Sólo el riesgo de poder ser tildados de antidemocráticos les impide expresar la antipatía que sienten por un pueblo con el que no quieren identificarse, pues lo consideran inferior. Por eso, si aspiran a cargos políticos, siguen utilizando el vocabulario democrático, aparentando convicción y veracidad. Ocultan, pues, su supuesta superioridad y distancia con las capas populares, para lograr la legitimidad en su rol de representantes del pueblo.

Las campañas electorales “obligan” a este vocabulario y a muchos gestos de simpatía hacia los obreros de una fábrica, los habitantes de una villa de emergencia (candidatos que por primera vez en su vida viajan en un colectivo o subte, que se ponen el caso de un obrero, etc.).

Pero lo cierto es que, fuera de este vocabulario de exaltación del pueblo, en la práctica nuestra política está en manos de ciertas elites de poder, y la democracia se presenta en la realidad como una oligarquía con elementos de participación popular, una participación casi simbólica y que carece de real representatividad y de muy escaso poder de decisión y control.

2.2.Ser-ciudadano

Si en los regímenes monárquicos absolutistas se hablaba de los “fieles súbditos”, con la democracia se instaura la figura del ciudadano, que indica:

·Jurídicamente: los miembros de la nación que gozan de la totalidad de los derechos cívicos expresados en la Constitución ( votar, ser elegidos, transitar y expresarse libremente, etc.).

·Desde el punto de vista social y filosófico: ciudadano es el individuo que se asume como actor, que sale de la masa anónima de “la gente” para participar en la cosa pública y asumir su responsabilidad política.

Ciudadanía (ciudadano) tiene un valor simbólico diferente al de pueblo, y varía en su uso y valoración de un país a otro.

Podemos ver tres situaciones de valoración:

a) Primero, afirma la igualdad. Todo ciudadano, en cuanto tal, es igual a otro (“Ser ciudadano de segunda” tiene justamente el sentido de descalificación). Por lo tanto, “ciudadano” anula toda desigualdad y diferencia de edad, religión, cultura, nivel económico, etc.

En consecuencia: un ciudadano = un voto. Aunque se excluyen a los menores de edad, incapacitados y criminales, este concepto supuso la superación de que sólo podían votar los propietarios, siempre que fueran residentes y varones.

En forma escalonada todos fueron admitidos a la misma categoría.Por tanto, es un concepto abstracto, que borra al individuo concreto, con tales y cuales problemas y conflictos.

Aunque es una igualdad solamente jurídica, es por sí misma fundamento para la igualdad social real, que en nuestros países muestra un gran contraste. Y aunque sea simbólicamente, las clases pobres, los excluidos y los marginados, tienen la sensación de ser considerados igualitariamente, de que se los reconoce, no por ser obreros, consumidores o clientes.

La retórica del “ciudadano”, produce una calma momentánea respecto de las frustraciones sociales y grandes desigualdades.

En sus discursos, los políticos no le hablan “a” los desocupados, sin “a los ciudadanos” sobre el problema de la desocupación.

De esa manera los “ciudadanos” se sensibilizan sobre los problemas generales, y se olvidan de sus preocupaciones inmediatas; se transforman en actores de un debate que intenta resolver problemas de la nación, y no solamente atender a sus problemas particulares. En la lucha electoral se pretende imponer la sensación de que hay una gran integración social, a pesar de todas las desigualdades que pasan a un plano subordinado.

b) El valor lírico del ciudadano.Especialmente en sus orígenes, ciudadano alude a gloriosas revoluciones (como la francesa de 1789), a los patriotas y soldados, al hombre nuevo que nace de los escombros del antiguo régimen.

Pero el prototipo de ciudadano europeo (traído a América en la época de la emancipación) es un pequeño burgués que sueña con glorias ajenas y con las historias de Atenas y Esparta.

Serán los movimientos sociales y socialistas en particular los que extenderán la “ciudadanía” a toda la población, especialmente a la clase trabajadora. Pero lo cierto es que aún hoy resulta poco convincente llamar “ciudadanos” a los habitantes de una villa o a los obreros de una fábrica.

Con muchas variaciones en cada época y país, la palabra ciudadano sigue teniendo un significado ennoblecedor, reapareciendo en momentos importantes y tras fuertes crisis de autoritarismo, tal como ha sucedido en nuestro país.

c) El oficio de ser ciudadano.

Es la otra valoración que recuerda derechos y deberes que hay que asumir con “sentido cívico” y “responsabilidad ética”. Ciudadano es quien paga sus impuestos, cumple con sus deberes profesionales al servicio de la comunidad, y especialmente asume responsablemente el derecho y el deber de votar.

Sobre todo esto se encargan los políticos en sus discursos retóricos, alabando a los ciudadanos que saben “responder en esta hora histórica y que darán un voto responsable”, etc. etc.

Por cierto, que el motivo esencial de los candidatos es poder contar con la mayor cantidad de votos para acceder al poder, pues ese voto ciudadano los legitima como representantes y les da poder a ellos y a su partido.

Por eso apelan a las virtudes ciudadanas democráticas que suponen que todos practican con gran orgullo.

En este sentido, se dice que:

·El ciudadano está informado de cuanto pasa en la política nacional, por eso “ustedes valoran mi propuesta, conocen mi pasado y mi dedicación, y seguramente me darán su voto…”

·El ciudadano tiene un comportamiento racional, bien pensado, no sobre emociones pasionales, con un gran sentido crítico, etc. etc. “por eso ustedes coinciden conmigo y juntos vamos a resolver tantos problemas…”.

·El ciudadano es activo, y sabe llevar a la práctica su convencimiento ciudadano, haciendo del derecho al voto un “deber” sagrado que lo enaltece…

En síntesis: el elogio del ciudadano es una exigencia permanente de la vida política democrática que lo incita a participar por convicción personal, no por la presión autoritaria como sucede en otros regímenes.

2.3. Derecha-Izquierda

Otra forma de identificación ciudadana es la tendencia política básica, o sea, situarse a la derecha, en el centro o en la izquierda, modalidad que se da sobre todo en algunos países europeos. La persona reconoce su adhesión a ciertos conjuntos estructurales y coherentes de opinión, lo que supone actitudes, valores y conductas específicas.

a) Contenido simbólico

Se suele decir que la izquierda,se define por sus actitudes típicas de rechazo del liberalismo económico, mayor propensión a desear la intervención del Estado y gran apego a las conquistas sociales. Al mismo tiempo: rechazo del autoritarismo y mayor permisividad en las costumbres, especialmente sexuales.

La derecha encarnaría las posiciones opuestas: cultura más unitaria, liberalismo económico, menor tendencia a lo social, fuerte sentido de la autoridad, rigidez en las costumbres.

Pero no siempre todos los que se definen de izquierda o de derecha concuerdan exactamente en su definición, o hay diferencias entre grupos de un mismo partido de izquierda sobre su posición ante determinado problema.

Lo cierto es que el eje izquierda-derecha es el producto de un proceso sofisticado de simbolización que comenzó por una casualidad de tipo espacial (en la convención francesa los convencionales más radicalizados se sentaron a la izquierda, y sus oponentes a la derecha del hemiciclo).

Hombres de izquierda y de derecha desplegaron sus banderas, creencias y valores y se trenzaron en una lucha interminable con muchas modalidades hasta el día de hoy, y siempre con palabras y valores de mucho contenido emocional.

Ser de derecha o de izquierda depende de cuatro factores:

1.mportantes elementos doctrinarios: marxismo, socialismo, liberalismo, nacionalismo, humanismo, etc. que sirven como punto general de referencia.

2.Temáticas generales: defensa de conquistas sociales, autoridad y rol del Estado, mercado, etc.

3.Valores morales y políticos: derechos humanos, justicia social, solidaridad universal, libertad, igualdad, patriotismo.

4.Personajes y acontecimientos fuera de lo común: Lenín, Marx, El Che, De Gaulle, Revolución de Octubre, etc.Ambas facciones se auto-atribuyen identidades importantes y elogios (generosidad, heroísmo, honestidad) y atribuyen a sus adversarios epítetos descalificatorios (reaccionarios, antinacionales, irresponsables…).

Ambos grupos se disputan símbolos importantes: independencia nacional, soberanía, modernización, voluntad popular, etc., todo dentro de un clima más emocional que racional.

b) Eficacia simbólica de la escala derecha – izquierda

Este simbolismo depende de la cultura de cada persona y tiene propensión a reducciones simplistas, como que “la izquierda es el rechazo de los patrones”, “la derecha es fachista”, etc.

Depende del ambiente, si es sindical, político, rural, estudiantil, etc. y ambas palabras van tomando connotaciones muy especiales (la derecha propicia la educación privada; la izquierda, la pública, etc.); como también depende de la religión (el catolicismo tradicional es de derecha, el tercermundista es de izquierda) y de otros factores profesionales, intelectuales, etc.

Lo cierto es que este eje izquierda-derecha se orienta sobre cuatro propuestas:

1.Constituye un principio de unificación de la personalidad en su postura política, es un punto fijo que facilita la orientación y la toma de posiciones de los electores.

2.Indica un plano político activo. Definirse de izquierda o de derecha denota que se tiene una postura, que uno se responsabiliza frente a la sociedad, que se asumen ciertos roles, por lo que aparece más en los militantes y profesionales de la política.

3.Estimula la idealización del sujeto, es un soporte de sus proyecciones, ideales y valores, y por lo tanto fuente de autoestima y de orgullo por defender tales banderas e identificarse con una historia de héroes.

4.Estimula la representación de solidaridades transversales con respecto a las clases sociales y otras divisiones sociales. Implica un “estar con” que va más allá del propio país, movilizando “solidaridades”, especialmente en las izquierdas.

Actualmente, la identidad de

·Derecha connota valores individualistas: la propiedad privada más que la empresa pública, la libertad más que la igualdad social. Hay mayor tradicionalismo, especialmente cuando la escala avanza hacia la extrema derecha (“Dios, patria, familia, propiedad”). Propensión al orden, la disciplina, la eficacia.

·Centro, ni de derecha ni de izquierda, implica menor sentido de pertenencia y alude a un “justo medio”, pero con escaso contenido ideológico y emocional.

·Izquierda connota afirmación de la igualdad social, de los derechos sociales, libertad cultural y moral, mayor valoración del Estado sobre todo en defensa de las clases desprotegidas.

Ser de izquierda connota también una solidaridad internacional, aspecto éste menos llamativo en la derecha.

·Las extremas izquierdas y derechas radicalizan sus propuestas con propensión hacia la violencia, el fanatismo y la intolerancia. En esas actitudes coinciden, más allá de sus ideologías.

Digamos, finalmente, que hoy esta cuestión casi no es tenida en cuenta, y que hablar de derecha o de izquierda suena en muchos oídos como algo obsoleto y fuera de época.

 

 

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