Posmodernidad: el nuevo escenario mundial

LA POSMODERNIDAD. El nuevo escenario político-cultural

A esta nueva etapa de la historia que estamos viviendo, desde el punto de vista cultural y filosófico, se la llama “posmoderna”, coincidente con la globalización. Son dos conceptos muy distintos, aunque confluyentes.

Si en los siglos anteriores y casi hasta nuestros días, la lucha por la libertad y la igualdad se desarrollaba contra el poder absoluto del clero, contra reyes y déspotas, contra los totalitarismos y dictaduras de todo tipo, en medio de revoluciones, guerras, lucha de clases y guerrillas de liberación, a partir de mediados de la década del 80 y significativamente desde la del 90 de nuestro siglo el escenario político y cultural ha cambiado de forma substancial, obligando a todos los actores políticos a una redefinición de sus principios y estrategias, aunque a menudo se siga utilizando un viejo lenguaje simbólico cada día más carente de significado. Veamos, primero, las principales características de este nuevo escenario mundial.

A) Nuevo escenario

1.     Fin de la guerra fría y del enfrentamiento de USA y URSS. Colapso de la URSS (1989) y supremacía de USA que impone la democratización general y la economía de mercado a sus aliados y al mundo entero.

2.     Implantación del Estado de derecho en la casi totalidad del mundo occidental. Por tanto, fin de gobiernos de facto, dictaduras o gobiernos revolucionarios, como también fin de la guerrilla en América Latina (salvo en Colombia). Este Estado de derecho, significa al menos, que los gobiernos surgen conforme a una Constitución aceptada por la sociedad, y que gobiernan conforme a ella y a la ley.

3.     Proceso de globalización económica y cultural dependiente de los Estados Unidos y principales países capitalistas, desde la arremetida liberal conservadora de Reagan y Thatcher (desde 1980)

4.     Internacionalización de la economía, dirigida desde los grandes centros del Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial de Desarrollo.

5.     Pérdida de soberanía de los países menos desarrollados, cuyo control económico-político es ejercido desde dichos centros mundiales y desde otros “poderes ocultos”.

6.     Aumento de poder político y cultural de los grandes Medios de Comunicación Social, en manos de los partidos políticos y/o de los centros de poder económico. Control y manipulación de la opinión pública.

7.     Grupos de poder económico dentro de cada país, relacionados con la banca internacional y las compañías oligopólicas internacionales.

8.     Estado mínimo nacional (en la ayuda social y planificación de la economía) y, por tanto, fin del Estado de Bienestar, pero con una gran burocracia, constantes ajustes y regulación laboral. Pero en lo político, al menos en nuestro país, omnipresencia del poder ejecutivo y depreciación del Parlamento como órgano representativo de la sociedad. Anulación de la acción sindical.

9.     Fractura en la relación entre el Estado y los grupos de poder (gobierno, partidos, grupos empresarios), por un lado, con la ciudadanía civil, por otro, que desarrolla sus tareas preferentemente en la actividad privada, en organizaciones no gubernamentales (ONG) y en los Nuevos Movimientos Sociales.

10.   Profesionalización de la política y alta capacitación competitiva, con implementación de las nuevas tecnologías del conocimiento.

11.   Corrupción generalizada, especialmente en las mismas instituciones políticas, jurídicas y de control social. A lo que corresponde una falta de paradigmas éticos de carácter general, con disociación completa de la política y de la economía con la ética.

12.   Apatía política de los ciudadanos y mínima participación en la gestión pública y en el control de sus hipotéticos representantes (gobierno, parlamento). Desencanto con la democracia.

13.   Ausencia de grandes organizaciones sociales populares. Desactivación del pueblo como sujeto histórico. Fragmentación social.

14.   Cultura ciudadana individualista y consumista. Cultura de la estética corporal y del placer.

15.   Valoración de la ética autónoma y de la libertad de conciencia. Desvalorización de los criterios de autoridad y de la moral tradicional.

16.   División de la humanidad entre los incluidos (un 20 % que posee más del 80% de las riquezas) y los excluidos, el 80 por ciento restante de la gran mayoría que apenas controla el 20% de las riquezas mundiales. Por tanto, alarmante situación social, con altos índices de desocupación, pobreza y hambre.

B- Estado de Bienestar y Estado Liberal

1.El final del Estado Benefactor (surgido sobre ideas Keynesianas) es un hecho irreversible. Fue una modalidad de las democracias occidentales de posguerra, necesitadas de compensar los males del sistema capitalista con beneficios sociales y cierta planificación estatal de la economía,  también para poder competir con el avance comunista.

John Keynes (1883-1946) fue un economista inglés que, sin abandonar el liberalismo, declaró que el liberalismo del siglo XIX ya no era admisible, por lo que se necesitaban cambios tendientes a la “estabilidad social y justicia social”.

Pensando en la crisis de Inglaterra escribió en 1936 “Teoría general del empleo, del interés y del dinero”, proponiendo en síntesis: un aumento de la masa de dinero en circulación; una política de grandes inversiones y obras públicas, como forma de atacar el subempleo; un retorno al proteccionismo estatal y una mejor redistribución social de los ingresos.

Buscó, pues, una política económica contraria a la especulación y que favoreciera, en cambio, a los empresarios que invierten en obras y que sea favorable a los asalariados. Keynes propuso así una vía intermedia entre el individuo y el Estado, entre el socialismo y el capitalismo liberal decimonónico, entre el estatalismo totalitario y la total libertad del mercado.

En forma simultanea, los EEUU desarrollaron con Rooselvet y Truman el plan del New Deal de características similares, para hacer frente a la crisis económica desatada en 1930. El nuevo modelo apadrinado como Estado de Bienestar o Estado Providencialista pronto se extendió al resto de países del área occidental (en Argentina: con el peronismo)

2. El nuevo modelo neoliberal impone, por el contrario, la limitación o liquidación de programas sociales y planificación económica estatal, incentivando una economía libre para el mejor beneficio de los empresarios.

Los neoliberales, contra Keynes, afirman que el liberalismo sigue siendo válido, pero que nunca se aplicaron bien sus enseñanzas. En consecuencia, se necesita “más liberalismo”, retornando al individualismo y al libre mercado. Los males vienen cuando se entromete el Estado y se subordina la economía a la política.

Se considera como principal fundador de esta corriente al ultraliberal Friedrich Hayek con su libro “Camino de servidumbre” (de 1944, en castellano en 1950), quien identifica sin más al socialismo con las formas totalitarias. Su conclusión es categórica: “El principio de que no existe ninguna política progresiva que no sea la fundada en la libertad del individuo, sigue siendo hoy tan válida como lo fue en el siglo XIX”.

En 1947 el mismo Hayek funda la “Sociedad de Mont Pèlerin” en Suiza, junto a Milton Friedman y Karl Popper, quienes se encargaron de elaborar todo el cuerpo dogmático de la ortodoxia neoliberal. La tesis central es que el mercado es el mejor instrumento y el más eficaz para satisfacer las necesidades de la gente. Por lo tanto: máximo crecimiento económico y del lucro del capital privado con libre mercado; reducción al máximo de los costos y salarios laborales, como también el gasto público en general y el social en particular.

La caída del comunismo histórico, la inflación  y el déficit ocasionado por los beneficios de las políticas sociales del Estado Benefactor y de gobiernos populistas, dejaron el campo libre al liberalismo económico que, por el momento, no tiene competidor alguno, ya que los mismos partidos socialistas europeos han dejado atrás el radicalismo de otras épocas y aceptan con restricciones los nuevos lineamientos de economía liberal, al igual que partidos populares de raigambre antiliberal, como el caso del peronismo-menemista, que adoptaron entusiastamente el nuevo esquema antipopular.

Por su parte, los partidos y movimientos latinoamericanos llamados “de izquierda”, acostumbrados a ser la oposición de regímenes dictatoriales, carecen por el momento de una propuesta económica aplicable a países que han alcanzado la democracia.

Las nuevas reglas están claras: libertad casi absoluta de mercado, libertad casi absoluta para el empresario y consiguiente flexibilización laboral, neutralización de los sindicatos, reducción máxima de los roles sociales del Estado (Estado Mínimo), democracia formalista de tipo constitucionalista sin participación popular, pragmatismo político y económico (triunfo definitivo de Maquiavelo) y consumismo generalizado en el contexto de la globalización económica y del individualismo. Se proclama el fin de las ideologías, lo que no significa otra cosa que sólo reina la ideología individualista del liberalismo político y económico, declarado sin más como “pensamiento único”.

 C) Modernidad y Posmodernidad

Todo este significativo cambio se enmarca en el fenómeno más global llamado de la posmodernidad, concepto filosófico-cultural difícil de definir e impreciso por sí mismo, ya que alude a una etapa intermedia y transitoria entre la modernidad que muere y una nueva era que está por nacer. En forma concisa, la relación entre modernidad y posmodernidad la podemos ver en la siguiente síntesis:

 1. La Era de la modernidad

Comenzó con el Renacimiento y el Humanismo en el siglo XVI y se desarrolló por influencia de los modernos pensadores franceses e ingleses de los siglos  XVII y XVIII (Descartes, Rousseau, Montesquieu, los Enciclopedistas en Francia; Hobbes, Locke, etc. en Inglaterra)

a)       Su postulado principal es la primacía de la razón (no la fe religiosa) y de la ciencia que nace de ella. Por eso se habla de iluminismo de la razón y cientificismo. Por tanto, importancia del sujeto pensante y de sus métodos más que de la realidad objetiva en sí misma, que se vuelve relativa al modo de percibir y pensar.

b)       El hombre moderno cree en un sentido positivo y unitario de la historia (fin de la historia, visión “escatológica”) hacia una nueva era, y así surge el mito del Progreso ilimitado de la humanidad y de una felicidad fruto de la ciencia y de la industrialización.

En los siglos XIX y XX, aparecen los mitos del paraíso socialista y de la liberación de los pueblos. A estos mitos históricos hoy se los llama “Grandes Relatos”, siguiendo a Lyotard. Pero siempre esta historia única es vista desde el ángulo de Europa occidental (colonialista e imperialista).

c)       Su otro postulado es la libertad individual, base de los derechos del ciudadano, entre otros y muy importante el de propiedad privada. Otros derechos: igualdad, fraternidad, y más adelante, a un trabajo digno, a la educación, etc. Derechos que finalmente serán recogidos y ampliados como Derechos Humanos.

 (Esta libertad dio origen en nuestros países coloniales a la Independencia o Emancipación, y en las décadas últimas a la Liberación del nuevo imperialismo norteamericano).

d)       En cuanto Libertad negativa (típica de la democracia inglesa), se afirma la libertad “de” los poderes absolutistas, restringiendo lo más que se pueda el poder de los gobernantes y el rol del Estado;

y en cuanto Libertad positiva (democracia clásica y de Rousseau), es la libertad del pueblo soberano “ para”  actuar como personas dignas con los derechos ciudadanos y humanos ya conocidos, participando activamente en la gestión pública y en su control, eligiendo representantes, etc.

e)       Esta democracia se desdobla después en una democracia social-comunista que se extendió en los países europeos del Este, hoy fracasada, con base en el partido comunista.

En Europa occidental tuvo lugar la social democracia con base en partidos socialistas. Después surge como nueva postura, la democracia cristiana.

f)        La ciudadanía de la modernidad se constituyó diferenciada  de lo público, en un Estado secularizado (opuesto al Estado confesional típico de la Edad Media e inicios de la modernidad)  y con el desarrollo de formas universalistas de participación (votaciones, primero de los varones propietarios, después de todos los varones, y finalmente también de las mujeres desde 1918; al mismo tiempo surgimiento de partidos, sindicatos y grandes movimientos políticos).

Se pone el acento, por tanto, en la cohesión social (solidaridad entre todos los componentes sociales) en orden a formar un Estado nacional fuerte (cohesión nacional).

g)       Por lo tanto, la ciudadanía política fue creciendo mediante la adquisición de derechos:  primero, civiles (libertad,  justicia), luego políticos (el parlamento, la representación) y por último, sociales (derecho de los trabajadores, de los ancianos, etc., típicos del Estado de Bienestar y recogidos en Argentina en la reforma constitucional de 1949 y posteriormente en el 14bis de 1994).

 2. La Posmodernidad

 Lentamente a partir del final de la segunda guerra mundial, y con gran fuerza desde la década del 80, se configura un nuevo esquema cultural, político y ciudadano que llamamos “posmodernidad”, cuyos enunciados filosóficos ya fueron expresados por Nietzsche (1844-1900) y Heidegger (1889-1976) y ampliados posteriormente por los contemporáneos Vattimo y Lyotard, entre otros.

Mientras se consolida la democracia y la hegemonía neoliberal, se producen otros importantes cambios culturales que hoy son nuestra manera de ser y vivir, dentro de ese marco general que llamamos “globalización”. En líneas generales, esta posmodernidad, según sus teóricos:

a)       No tiene una visión unitaria y finalista de la historia, y se desarrolla sin grandes mitos ni proyectos de largo alcance (algo notorio en la falta de grandes planes de los gobiernos y partidos políticos).

El hombre y el pueblo pierden el sentido de gestor (sujeto-actor) de la historia. En consecuencia, muerte de “los grandes relatos”, especialmente del mito de la revolución como factor permanente de cambio.

b)       Carece de esquemas teóricos o paradigmas ideológicos universales y fuertes desde donde interpretar la vida humana, la política, la cultura, la moral, etc. Hay en cambio un gran pluralismo de ideas y concepciones de vida, dentro de una cierta homogeneización ideológica dada por la globalización cultural e informativa.

En algunos casos, nihilismo teórico o práctico (“nada tiene sentido absoluto”, como en Nietzsche y Heidegger) y en general, relativismo total y pragmatismo. Por lo tanto, desconfianza de la razón y del sujeto pensante. Todo lo cual implica la muerte de la metafísica y del sentido de la vida como un valor.

c)       A este pluralismo y falta de paradigmas absolutos y universales, corresponde la caída de la valoración de una ética determinada por ciertas instituciones de autoridad (iglesia, escuela, familia, partido) y la emergencia de una ética más autónoma y dependiente de las convicciones del sujeto. O sea, la heteronomía (ley desde afuera) es suplantada por la autonomía (ley desde uno mismo).

d)       Al carecerse de visión de futuro, se vive con intensidad el presente, lo instantáneo, como también lo exitista, lo lúdico (deportes, cuidado del cuerpo, el placer) y el consumo de novedades.

Los grandes símbolos o “catedrales” de la posmodernidad son el estadio deportivo y los “shoppings”; para los jóvenes, también los “video games”, los festivales musicales y los centros nocturnos de diversión. El altar, la televisión. La publicidad y la propaganda mediática (no los comités ni la escuela) moldean la opinión pública. El ciudadano, un espectador que consume instantaneidades, imágenes superpuestas y productos artificiales.

e)       Hay una visión globalizada del mundo, impulsada por los medios masivos de comunicación, verdaderos creadores y potenciadores de la cultura posmoderna, siendo al mismo tiempo los lanzadores de los políticos y de las estrategias políticas.

El poder político se ha mediatizado y depende de los Medios (con la obvia casi desaparición de la militancia política)

Por otra parte y como consecuencia, tiene menos importancia lo nacional y lo nacionalista, pero al mismo tiempo – como defensa ante la globalización- crece el valor de lo local y municipal, mientras se abren paso nuevas culturas o subculturas, agrupaciones sociales y tendencias de todo tipo que encuentran en los medios de comunicación su propio foro.

f)        La ciudadanía se privatiza, pierde interés por la política y busca refugio en actividades privadas, en el consumo, en la capacitación personal y en nuevas organizaciones sociales con fines específicos, como feminismo, defensa del medio ambiente, defensa de grupos étnicos, conflictos sociales puntuales, etc.

En general, se pierde el sentido clasista y de solidaridad social, y la clásica cohesión social da paso a la atomización y competitividad social.

g)       Mientras que las grandes ciudades se transforman en el hábitat normal del hombre posmoderno, con su cuota de anonimato y movilidad permanente, los jóvenes crecen en un medio determinado por el ritmo, el movimiento constante y la sucesión de imágenes y experiencias aparentemente sin consistencia alguna. Es la sensación pura de vivir y sentir.

h)       A estas características, debemos agregar el aumento de la competitividad, no solo entre empresas y países, sino entre los ciudadanos, tendiente al éxito en una  carrera sin fin.

Una competitividad que, a falta de ideologías y paradigmas universales, se ha transformado en el nuevo paradigma de la cultura posmoderna.

No se trata ya de la competitividad “sana”, o sea, la emulación normal para conseguir mejores resultados, sino de una competitividad excluyente, que busca la liquidación del competidor, sobre todo en el campo económico, pero también en el político y cultural.

Se impone así la cultura del individualismo total, como forma de “supervivencia” y como nueva modalidad de la “guerra” cuyos instrumentos son el dinero, el comercio, el mercado y la comunicación.

Es una competitividad que se expande a todos los campos, aumentándose así las posibilidades de dominación mundial.

Competitividad que hoy es el primer objetivo de empresarios, comerciantes, banqueros, responsables políticos y dueños de los medios de comunicación.

Se supone la verdad de la ley según la cual la economía de mercado competitivo es el único remedio efectivo para los problemas de la sociedad, aún los sociales, y la única estrategia para todas las actividades humanas.

 Una competitividad que ya no es simple medio para motorizarse tras metas superiores, sino un fin en sí mismo. No se trata sólo de progresar, sino de ganar y liquidar al adversario, para lo cual se establecen estrategias (especialmente las manipulatorias) que generalmente traspasan el límite de lo ético.

Una competitividad feroz que tiene como profetas y maestros a miles de economistas y expertos de USA, Europa Occidental, Japón, Taiwán. Singapur y Corea del Sur, pero que obliga al resto de los países a entrar en esa variable para no quedar excluidos.

Pero, al fin, una competitividad que se levanta sobre millones de excluidos, desocupados y habitantes incapaces de llegar al límite mínimo de una vida de calidad o de necesidades básicas satisfechas; que se edifica sobre una antropología reduccionista del hombre económico-competitivo, pero que olvida o niega otros aspectos fundamentales de la historia y del ser humano, y que salta sobre la variable de la cooperación y de la solidaridad.

En consecuencia, no se trata de oponerse simplistamente a la competitividad como tal, sino de reconocer sus límites en orden a la integración de los mayoritarios grupos humanos excluidos, a la defensa del sistema ecológico (que la pura competitividad destruye) y a colocar los grandes centros de concentración de capitales al servicio de toda la humanidad para ser regidos por un criterio auténticamente “político”, o sea, con función social.

Es, al fin y al cabo, poner a salvo la democracia que será una pura ficción si los excluidos y hambrientos miran como un espectáculo desenfrenado el opíparo banquete de unos pocos.

Si los excluidos y débiles -un 80% de la humanidad- no son tenidos en cuenta, entonces la democracia ha muerto definitivamente.

 Sintetizando:

La posmodernidad, aunque aparentemente no tiene paradigmas ni ideologías universales, en realidad se rige por

el pensamiento único (o sea, ideología única y hegemónica) caracterizado por dos elementos esenciales:

la comunicación (que sustituye el paradigma del progreso y de la cohesión social) y

el mercado competitivo que no dejan actividad alguna fuera de su ámbito (baste pensar en los Juegos Olímpicos o el fútbol, tan pendientes de la comunicación global y de su comercialización, más importantes que el deporte por sí mismo)

Por lo tanto: comunicación y mercado son los grandes poderes de la historia posmoderna (apoyados en el desarrollo tecnológico), dejando postergado al poder político (especialmente el nacional) que depende casi totalmente de los dictámenes del poder económico y de las estrategias del poder comunicacional (que ha dejado de ser el cuarto poder de la modernidad para ser el segundo).

Y como el pueblo ciudadano ya no tiene poder sobre el mercado ni sobre la comunicación (sólo vota para elegir funcionarios políticos y mira los programas televisivos o internet), es más que evidente que la democracia resultante de este sistema es apenas una sombra y más una sensación real de impotencia que no de poder del pueblo (“demos” “cratos”).

La pregunta pendiente que nos queda es si esta posmodernidad es la simple disolución natural de una modernidad hace tiempo herida de muerte, o es una nueva etapa cultural de la humanidad, o más bien una transición hacia una nueva era futura, cuyos alcances aún no vislumbramos.

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