Hacia una Espiritualidad Humana. S Benetti

HACIA  UNA  ESPIRITUALIDAD  HUMANA

Introducción

En este último capítulo vamos a hacer unas reflexiones sobre un tema que hoy está adquiriendo cada vez más relevancia: la espiritualidad humana, simplemente humana sin connotaciones religiosas, al menos necesariamente.

En realidad, a lo largo de todo el libro nos hemos referido asiduamente a la búsqueda de esta espiritualidad, porque ése fue uno de nuestros objetivos.

Y lo hicimos tanto cuando hablamos de la madurez religiosa frente a los nuevos conocimientos, como en el recorrido de la interpretación simbólica de los textos sagrados; y en especial de los valores sugeridos por el evangelio desde la figura de Jesús; como al referirnos a los grandes valores del espíritu humano y religioso (como la liberación, el amor, la solidaridad, la paz, la alegría); como cuando reclamamos que la religiosidad se fundamente sobre la libertad, la autonomía, la autoestima, la integralidad de la persona y la visión armónica del ser humano en el universo.

Y, por cierto, siempre que insistimos en la vivencia de los derechos humanos y del desarrollo humano integral, con una propuesta de sabiduría y con gran respeto a todas las creencias, culturas y seres humanos en espíritu de tolerancia. Porque todo eso es espiritualidad, o sea, la expresión y vivencia más pura y sublime del ser humano.

También afirmamos con plena convicción y sinceridad que participar de una Religión o Iglesia era una decisión personal fruto de una opción libre y legítima, que puede ser más razonable o justificada en ciertos ambientes o momentos de la historia y del desarrollo de la cultura y de la personalidad de cada uno.

Por otra parte, mientras que en otras épocas la adhesión a un credo religioso y la perspectiva sobrenatural de la vida con una creencia firme en un Dios personal era prácticamente el único modo reconocido para acceder a una vida espiritual y a un sentido de la vida, hoy somos muchos los que entendemos que el camino de las creencias religiosas es uno de los caminos posibles, ya que lo consideramos como el medio que las culturas antiguas pre-lógicas encontraron para acceder a la espiritualidad, a la sabiduría de la vida y a la felicidad.

Y ciertamente éste es el valioso rol o propósito  que las religiones desempeñaron a lo largo de miles de años, organizando a las sociedades, generando un sistema de vida con una propuesta ética, orientando a las personas y comunidades y brindándoles un horizonte de esperanza, aún en las situaciones más adversas. No fueron organizaciones perfectas sino las mejores posibles en unas culturas aún muy limitadas, tanto en el desarrollo del pensamiento como de las ciencias y tecnologías.

Y aún hoy, como ya intentamos mostrar con múltiples ejemplos, tenemos mucho que aprender de su espiritualidad y religiosidad vertida en sus libros, mitos y otras formas culturales. Personalmente soy un gran admirador de esas culturas y mucho he aprendido de ellas para alimentar mi sabiduría de vida en mis largos años.

Con este espíritu y convicción hoy puedo afirmar que la Religión, aún con todos sus valores, es un medio para el Hombre, y no un fin; es un posible camino, no la meta. Porque el fin del hombre es él mismo, su desarrollo pleno; un fin que se va haciendo a lo largo de la existencia, y que es único para cada uno, así como cada persona es única e irrepetible.

Experiencias espirituales No religiosas

Hoy se prefiere hablar de “experiencias espirituales” (no necesariamente religiosas) que consisten en una búsqueda en lo profundo de uno mismo, en su esencia última y en la máxima aspiración posible. Es la mirada sobre la totalidad del ser, del cosmos y de la humanidad, su último sentido.

Es el desarrollo pleno del “espíritu humano”, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.

Experiencias espirituales que dan gozo, alegría, felicidad, armonía, equilibrio, pero en las que Dios permanece en silencio y oculto. Muchos seres humanos han aprendido que su tarea no es ocuparse de Dios sino de ellos mismos, y que si lo hacen… por allí puede andar Dios.

Ya no se quiere imaginar a Dios, porque imaginándolo, siempre se lo traiciona y también se traiciona al hombre en sus cualidades esenciales.

Mejor es moldearnos en la unidad interior y en el amor, en la libertad y en la creatividad, en el asombro y en la búsqueda.

Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a cada uno dio y no da vida, en ese Sentimiento se descubre lo más profundo que hay en cada uno.

Y a eso “profundo” (es una palabra simbólica), a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual” o simplemente, espiritualidad. Y es una experiencia única de cada ser humano. La espiritualidad como un sentido de totalidad de uno mismo, de la humanidad, del cosmos. Somos un todo vivo y orgánico en constante crecimiento.

El tiempo dirá por qué caminos transitará la espiritualidad en este nuevo siglo y en los siguientes.

1 El camino dla Sabiduría

Veamos brevemente cómo la espiritualidad humana se relaciona y casi se identifica con una manera de vivir que los antiguos llamaban Sabiduría.

La sabiduría bíblica

El arte de la sabiduría fue característica de los pueblos antiguos, en especial de Mesopotamia, Egipto y de los países semitas que influyeron en la sabiduría hebrea.

Como idea global, digamos que el sabio oriental es muy diferente del occidental que se caracteriza sobre todo por la ciencia empírica y el cultivo de la inteligencia racional.

En cambio, la esencia del sabio oriental es vivir con prudencia y habilidad en la vida cotidiana, familiar, laboral, etc. Lo que implica, por cierto, una cierta visión del mundo, del hombre y de la historia.

La sabiduría bíblica comprende dos grandes temas:

Primero: el arte de vivir, o sea, cómo conducirse en la vida para ser feliz y para lograr los objetivos básicos del ser humano. Se trata de una sabiduría práctica, con prudencia, discernimiento, mesura, buen uso de las cualidades, buenas relaciones con la familia y los vecinos, etc.

Segundo: una visión global de la vida humana, lo que hoy llamaríamos antropología, que intenta responder a las grandes preguntas del ser humano: el sentido de la vida, la muerte, el más allá, el sentido del dolor, las claves de la felicidad, la justicia y el silencio de Dios, etc.

La sabiduría bíblica no se agota en los llamados libros sapienciales (escritos desde el siglo III a.C. en adelante) que expresan intencionadamente un concepto más reciente y elaborado, y que denotan la influencia de la cultura helénica, rechazándola o aceptándola con reparos. Son los libros de Proverbios, Job, Eclesiastés (Cohelet), Eclesiástico (Sirácida) y finalmente de Sabiduría, pocos años antes de Cristo.

El Cohelet es el que más se acerca a una mentalidad moderna por su audaz punto de vista, con ciertas características existencialistas y poco religiosas desde lo tradicional.

También es digno de mención el Cantar de los Cantares, ese poema erótico que merecería un poco más de atención especialmente de los educadores de adolescentes, ya que sus protagonistas son dos enamorados jovencillos.

En realidad toda la Biblia refleja la antigua sabiduría, dispersa en los libros del Pentateuco con una propuesta muy concreta de vida justa según la Palabra de Dios, fuente y origen de toda sabiduría.

Sólo a título de ejemplos, citamos algunos conceptos de una inmensa literatura, que es desgraciadamente ignorada por el mundo cristiano que, en general se quedó con las normas éticas y no supo descubrir la gran riqueza de reflexiones que hoy llamaríamos humanas o seculares, en la Biblia, un amplio conjunto de libros escritos a lo largo de unos mil años.

De la Biblia Temática, tercer tomo, extraigo estos conceptos en los que a menudo se personaliza a la Sabiduría:

Adquiere la Sabiduría, no la abandones, ella te protegerá, ámala y ella te cuidará.

El comienzo de la sabiduría es tratar de adquirirla… Yo la busqué apasionadamente, por eso adquirí un bien de sumo valor…

La Sabiduría se te dará a conocer y una vez que la poseas, no la dejes, porque al fin encontrarás en ella el descanso y ella se convertirá en tu alegría…

Algunas condiciones y características de la sabiduría:

La Sabiduría no entra en un alma que hace el mal ni habla en un cuerpo sometido al vicio. Huye de la falsedad, se aparta de los pensamientos insensatos y se siente rechazada cuando sobreviene la injusticia…

No seas hipócrita, no te exaltes a ti mismo ni tengas el corazón lleno de falsedad…

La Sabiduría se manifiesta alejada del orgullo y de la mentira…

Es luminosa y se deja contemplar  por los que la aman y la buscan…

En ella hay un espíritu inteligente, sutil, ágil, inalterable, amante del bien, bienhechor, amigo de los hombres, firme seguro, sereno…

Yo, la Sabiduría, habito con la prudencia y poseo la ciencia de la reflexión. Detesto la soberbia, el orgullo, la mala conducta y la boca perversa…

Soy el sendero de la justicia y de la equidad…

Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. El que me encuentra ha encontrado la vida…

En los libros sapienciales encontramos una gran colección de proverbios comunes a los pueblos de la región. Son muy prácticos y revelan incluso una gran introspección y análisis psicológico. Por ejemplo:

Más vale reprender que guardar el enojo…

Más vale una reprensión abierta que un cariño disimulado…

Con tres cosas me adorno: la concordia entre hermanos, la amistad entre vecino y un matrimonio que se lleva bien.

Pero hay tres cosas que aborrezco: un pobre soberbio, un rico mentiroso y un viejo adúltero…

Los proyectos de los justos son rectos; los de los malvados, no son más que engaños… El malvado huye sin que nadie lo persiga; el justo está seguro como un león… Cuando triunfa el justo, todos se alegran; cuando se impone el malvado, todos se esconden.

La sabiduría en textos hindúes y chinos

Ciertamente que donde más se ha cultivado este verdadero arte es en las culturas de India y China. Sus textos nos sorprenden, asombran y llaman a la reflexión, como el listado de las cualidades que deben embellecer al espíritu humano:

El discernimiento, el no quedar ilusionado, el perdón, la veracidad, el control de los órganos externos e internos, la felicidad, la intrepidez, el no dañar, la ecuanimidad, la austeridad, la caridad…

La humildad, la no ostentación, el no-dañar, la clemencia, la pureza, la firmeza, el auto dominio, el desapego a los objetos de los sentidos, la ausencia de egoísmo, la reflexión sobre los males del nacimiento, de la vejez, de las enfermedades, del dolor y de la muerte; el desapego y la no identificación con el hijo, con la esposa, con el hogar;

el constante equilibrio mental en la felicidad y la desdicha, la constante dedicación al conocimiento espiritual y la percepción de la suprema verdad, todo esto es sabiduría y lo demás es ignorancia.

Síntesis del hombre sabio:

Aquel cuya felicidad es interna, cuyo regocijo es interno, cuya luz es interna, se identifica con la Divinidad y alcanza la liberación absoluta. (Todas citas del Bhagavad-Guita)

Más conocidos e impactantes son los versos de Tao Te Ching, o sea, del Camino de la Vida, atribuidos al gran maestro chino, Lao Tse, del siglo VI a.C. Veamos algunos textos particularmente significativos y de alcance universal, en un estilo donde abundan las “paradojas”, aparentes contradicciones que se complementan entre sí, como el yin y el yan:

El sabio se mantiene en armonía, ama lo profundo en sus pensamientos,

la bondad en su trato con la gente, la veracidad en sus palabras;

ama el justo orden en el gobierno, actúa conforme a como debe actuar…

El sabio alimenta lo interno y no lo externo.

Excluye lo uno y acoge lo otro…

El sabio está consigo mismo y se vuelve arquetipo del mundo.

No se luce y por eso resplandece. No se justifica y por eso brilla.

No se alaba y por eso es alabado. No se exalta y por eso es exaltado.

Como no discute con nadie, en el mundo no hay quien discuta con él.

El sabio elige ayudar a los hombres. No rechaza a ninguno…

El hombre sabio se conoce a sí mismo, pero no se muestra.

Se quiere a sí mismo, pero no se exalta.

Prefiere lo que está adentro a lo que está afuera.

El sabio no es enemigo de sí mismo

porque mantiene la misteriosa comunicación entre el cielo y la tierra,

y se nutre en el seno de la madre.

Se ama, pero no se cree precioso;

se conoce pero no busca la estimación ajena.

Deja lo exterior por lo interior.

Vive en paz consigo mismo y con los demás

El sabio no actúa para acumular.

Cuanto más entrega a los demás

tanto más posee para sí.

Cuanto más dones ofrece a los demás

tanto más consigue para sí.

La norma del cielo es dar beneficios y no dañar.

El proceder del sabio es actuar sin violencia.

El hombre sabio es rígido pero no cortante.

Es anguloso pero no hiere a nadie.

Es recto pero no duro.

Resplandece pero no deslumbra.

Quien conoce a los hombres es inteligente.

Quien se conoce a sí mismo es iluminado.

Quien vence a los otros posee fuerza.

Quien se vence a sí mismo es la fuerza…

El sabio es constante en su mente.

Hace de la mente del pueblo su propia mente.                                   

El sabio es bueno con el bueno. Es bueno con el no bueno. Esa es la virtud de la bondad.                  

Es sincero con el sincero. Es sincero con el no sincero. Esa es la virtud de la sinceridad.

La existencia del sabio no inspira temor a los hombres, está abierto a todo el mundo. Mientras el pueblo lo contempla, él trata a todos

como a sus propios niños…

Los antiguos sabios eran prudentes como el que cruza un río en invierno.

Modestos como los huéspedes. Desprendidos, como el hielo que está por derretirse. Auténticos, como trozos de madera no trabajada…

Haz que el cuerpo y el alma vital estén unidos en un abrazo sin separación…  Que el aliento vital te vuelva tierno y fresco como el de un niño recién nacido… La suprema bondad es como el agua, sin oposición llega a todos…

Yo poseo tres perlas preciosas que tengo ocultas como tres tesoros:

La primera se llama “compasión”. La segunda, “moderación”. La tercera, “humildad”. Porque tengo compasión, es que soy valiente. Porque tengo moderación, soy activo. Porque tengo humildad, soy señor de los vasallos.

Sin embargo hoy día, se pretende ser valiente sin compasión. Ser activo sin moderación. Dominar al pueblo sin humildad. Esto en verdad es la muerte.

Solo vence el que combate con compasión. Solo defiende el estado quien tiene compasión…

El lector habrá observado que no se trata de dar normas morales ni preceptos a cumplir. Se trata de un espíritu en el vivir, de un “camino” para llegar a lo mejor de uno mismo, de una luz interior que guía y orienta. Las conductas emergen de ese espíritu que es tan humano, y por eso mismo tan divino. O sea, la espiritualidad es más que la ética, pero la integra como una emanación natural que surge del interior, porque es en el interior del hombre donde está su autenticidad, y por  tanto su sabiduría y espiritualidad.

Qué bueno sería que nuestra educación espiritual y ética, y la de nuestros hijos y educandos, se haga desde estos principios que nos llegan de personas tan profundamente sabias de hace varios miles de años.

Sus textos, hoy fáciles de conseguir gracias a internet, debieran ser material de reflexión en todas nuestras escuelas, y ojalá de lectura permanente para todos nosotros, porque cada nueva lectura suscita renovados sentimientos y reflexiones de aplicación a la vida diaria familiar, social y política. Esa es mi experiencia.

Veamos ahora, recogiendo ideas de varios autores actuales las nuevas líneas de una espiritualidad sencillamente humana, esa primera y fundamental espiritualidad que debiera ser también la base de la espiritualidad religiosa. Estas ideas seguramente ya no le resultarán nuevas al lector, pues se encuentran en cada página del libro.

2 Concepto de espíritu y de espiritualidad  

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual aludía a una realidad opuesta a lo corporal y material, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, “sobre-natural”; espíritu cuya máxima expresión era Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).

Y por lo mismo, espiritualidad era casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” o sobrenatural, separada de lo mundano, en un clima de actos de culto, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

Pero hoy entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representa la esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto, la espiritualidad es antes que nada una experiencia que consiste en grandes sentimientos que impulsan  a una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos. Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.

Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo que nos dio y nos da vida…  en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”.

Y es una experiencia única de cada ser humano.

La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.

Por eso hay autores que buscan otras palabras para expresar esa dimensión humana, evitando el uso de la palabra espiritualidad que puede resultar confuso y que en realidad en nuestra cultura lo es. Pero esa es la palabra, con todas sus limitaciones culturales, que hoy se ha impuesto.

Aclaremos aún más este concepto, novedoso para la mayoría de nosotros, con el aporte de varios especialistas a quienes hemos tenido muy en cuenta.

(Citamos artículos de nuestra página webwww.espiritualidadhoy.com.ar)

Así, como bien lo explica el filósofo y teólogo Leonardo Boff  “el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico. Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo.

La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí” (En el artículo Espíritu, qué es?)

Para el teólogo y sociólogo  Amando Robles “si la espiritualidad es la realización más grande y total a la que podemos aspirar como seres humanos, entonces como seres humanos queremos ser espirituales, queremos para nosotros tal tipo de realización…

La espiritualidad es la experiencia de lo absoluto que es todo, el universo entero, los otros y nosotros, hecha desde el absoluto de nuestro ser. En el fondo, es una realidad humana, no especial ni especializada, laical, no religiosa. Nada sobrenatural, sagrada o divina. Porque no son los referentes religiosos los que la hacen última, plena y total, sino la calidad humana” (Espiritualidad: el nuevo desafío)

“En esta nueva religiosidad no hay verdades en las que creer, dogmas que acatar, mandamientos que cumplir, ritos o sacramentos por los que obligatoriamente pasar, jerarquías a las que obedecer. Sólo hay verdades que comprender para realizar y experimentar.

El objetivo no es la salvación sino la plena realización de uno mismo. No se necesita, pues, de mediadores. Hay testigos y maestros que realizaron la experiencia antes que uno y tienen mucho que enseñar, pero la realización del camino tiene que ser obra de uno mismo; nadie puede recorrerlo por otro. La nueva religiosidad o espiritualidad no es sumisión, no es obediencia, no es cumplimiento de normas morales, es descubrimiento y realización de la maravilla y totalidad que somos; la misma maravilla que es todo. No es religión y, sin embargo, es la espiritualidad más grande que pueda lograrse” (La religión ante la cultura actual“)

 

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el eminente neurólogo Antonio Damasio:

“En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible.

La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.

Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada.

Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección. Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida… Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuidos  por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual… Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión” (Libro En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los Sentimientos. Crítica, Barcelona) 
Por su parte Mariá Corbí, uno de los principales propulsores de esta espiritualidad humana que él llama “Calidad de vida”, afirma en el artículo Hacia una espiritualidad laica, sin creencias, sin religiones, sin dioses:

“Tendremos que aprender a comprender, experimentar y cultivar la dimensión absoluta de nuestro existir y de nuestra experiencia de lo real, pero sin formas religiosas. Este cambio suscitará, sin duda, repercusiones en nuestras formaciones culturales, sociales, políticas, pero ya no habrá la pretensión de la imposición de alguna forma en específico. Habrá posibilidades, más no cárceles exclusivistas. Hacia allá vamos, aunque todavía estamos en la transición. Podremos usar todas las riquezas de la sabiduría del pasado religioso de la humanidad; no sólo podremos sino que es imperativo hacerlo, pero sólo lo haremos como formas simbólicas… Ya no habrá creencias, sino indagaciones, no habrá sumisión sino libertad. Las creencias en tanto sumisión a las formas ya no serán posibles”…

En síntesis: vivir, sentir y conocer no desde “lo que necesito, desde un premio o un castigo, desde el beneficio” sino vivir, conocer, sentir gratuitamente. Abrirnos a la realidad absoluta, a lo más profundo del ser respirando el simple y puro goce de vivir y de sentir la plenitud del Ser en nosotros.  Ser “nosotros mismos” no por un mandato o un premio, sino como la única forma digna de vivir.

3 Características de la espiritualidad 

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Aunque ella aparece como muy ligada a la Ética, sería como la quintaesencia de la vida y de la ética.

Señalamos las características que diversos autores indican y las comentamos brevemente:

Conciencia y reflexión

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de dónde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades. Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

La reflexión y la meditación son la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros. Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.

Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la educación nuestra y de los otros en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

Es increíble, pero en nuestras escuelas y en nuestros lugares de culto no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación.

Libertad

Es la otra gran cualidad del espíritu humano y tema al que ya hemos dedicado muchas páginas (especialmente en el cap. III).

Una libertad total desde uno mismo con capacidad de “sentir y expresar lo que sentimos”; de pensar y expresarnos sin censuras, y de actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros.

Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.

Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar, y abierta al bienestar de los otros seres humanos. Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse.

Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

Liberación

La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en Espiritualidad y respeto a la diversidad:

“Es necesario llevar a cabo la gran revolución de los valores, que empiece por el propio ser humano y se extienda hasta las estructuras. Una revolución que implica:

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir; la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;

. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;  la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;

. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;

. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;

. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.

. la liberación de todo poder opresor y la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.

. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

Se trata, pues, de una liberación integral, no solo de condiciones políticas y sociales opresivas, sino de las ataduras internas y de las capacidades dormidas que aún hay que desarrollar.

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”, promovida por el gran educador Pablo Freire, en la que es el propio sujeto el actor y creador de su propia formación, en constante diálogo con sus educadores, acompañantes o guías. Es hora de insistir en ese concepto y de ponerlo en práctica.

Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

El espíritu humano, conciente y libre, no solo renuncia a toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.

El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte. El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios como culpable o responsable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos.

Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.
Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamente todas las dimensiones del ser humano integral. Es vivir y disfrutar el presente sin exigencias de tiempos, de cosas, de proyectos. Simplemente vivirlas no dando valor absoluto a nada de lo que nos rodea. Dejarse vivir con serenidad, con confianza, con desapego…

Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional o laboral.

No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes. Convivir y Aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría, con vínculos positivos.

 

– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación. Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad.

Al mismo tiempo, canalizar positivamente los impulsos de egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.

Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación.
Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.

 

– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación. Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido.

Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.

– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: mental y corpóreo, racional y de sentimientos.

Cultura, economía, política, arte, técnica… son otras tantas instancias en las que siempre expresamos y vivimos nuestra espiritualidad, porque es allí donde somos y nos expresamos como “nosotros mismos” y con lo mejor de nosotros.

– Como ya lo explicitamos en otros capítulos, la espiritualidad implica necesariamente:

.  el Desarrollo Integral de cada ser humano y de toda la humanidad;

. una Conducta Ética autónoma, originada en sentimientos positivos y expresada con amor sin discriminaciones ni exclusivismos de ningún tipo;

. y finalmente, el pleno ejercicio y práctica de los Derechos Humanos, considerados hoy universalmente como el punto de partida de una humanidad que desea vivir en justicia, libertad, paz, igualdad y felicidad.

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos (externos e internos), armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma.

O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades 

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente. Mientras que las religiones dogmáticas separan y dividen a los hombres entre creyentes y no-creyentes y llevan a guerras y enfrentamientos, la espiritualidad humana es la misma en todas partes, aunque adopten  algunas variaciones culturales.

El yo espiritual se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.
Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida. Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia. Y mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprende de tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano.

Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo.

En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura.

Como ya lo reflexionamos en el capítulo anterior, el espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia. Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él.

Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”.

Por eso comenzamos hablando del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud. Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos. Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.

Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión.

Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte. Y esta incertidumbre, sobre todo de nuestro final (y de lo que puede suceder después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana esa sensación de angustia pero también de esperanza. Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.

“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.

¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

Por eso entendemos que en todas las escuelas del Estado es necesaria la formación de la espiritualidad  simplemente humana o laica, totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas. Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a una sana formación ética.

Un objetivo de estas reflexiones fue despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a vivir en plenitud y a una educación integral.

Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

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