La codicia del poder político

LA CODICIA DEL PODER POLÍTICO

Resumen del cap. 5° de El jardín de las delicias democráticas” de Philippe Braud

La teoría democrática considera la representación política como la relación entre mandantes-electores y mandatarios-electos. Será importante establecer cómo va a ser tratada o desfigurada la famosa voluntad popular…

En realidad, la voluntad popular de intereses generales hace tiempo que ha dejado de existir, mucho más en nuestras democracias neoliberales. Y si los electores se guían por sus intereses particulares (¡qué difícil es buscar un interés común a tantos millones de ciudadanos!) , la clase política se siente atraída por un stock de empleos y funciones atractivos que despiertan la codicia.

Los candidatos, atraídos por los dividendos proporcionados en poder, notoriedad, status y aún dinero, se disputan enérgicamente los mandatos electivos sometidos a votación. Esta situación los lleva a una tarea de seducción constante de los electores de quienes dependen para conseguir sus fines personales.

Por eso, más allá del debate sobre la representación política, está la realidad de la codicia política del poder. No basta tener las cualidades intelectuales, técnicas y morales: se necesita una fuerte y perseverante ambición para poder ser un representante del pueblo.

Esto le da a la política un valor agregado especial, acrecentado por los Medios, por la profesionalización de la política rentada y por determinados perfiles psicológicos de los candidatos.

1 Un extraño mercado

Las elecciones competitivas bien pueden compararse a un mercado. No sólo en la realidad suele ser así; también es la postura ideológica del neoliberalismo que equipara al homo politicus con el homo economicus, pues supone que ambos sólo se mueven por un interés utilitario.

Así, los candidatos y partidos son los empresarios que proponen sus productos a los consumidores-electores, haciéndoles promesas ventajosas.

Según ciertas reglas del mercado, va tomando forma

·una oferta: la de los profesionales de la política, poseedores de un capital al que hacen producir,

·una demanda, la de los electores en busca de satisfacciones a sus necesidades particulares.

Aunque ya en otros lugares hemos analizado esta postura, digamos que es una teoría que con excesiva simplicidad equipara el sistema político al económico, pues si bien a nivel metafórico hay elementos parecidos (hay una oferta de un programa, hay demanda de satisfacciones, hay competencia entre los candidatos), se trata de realidades muy diferentes y de actitudes políticas y éticas, que, al menos en muchos ciudadanos, son distintas al puro costo-beneficio de una transacción mercantil.

Más allá de la teoría economicista de la política, sí es bueno que analicemos cómo se da la realidad de la política.

a) La lógica de los candidatos:obtener una ganancia

Se observa que el candidato codicia los cargos que implican ventajas concretas e individuales.

1. Ante todo, en el nivel material, la conquista de los cargos electivos facilita la profesionalización de los políticos. Los cargos más importantes son rentados y exigen dedicación exclusiva, de modo que funcionan como verdaderos empleos.

Con un buen sueldo (de diputado, concejal, intendente, etc) el político tiene la oportunidad de prescindir de su profesión y dedicarse full time a su tarea política, y con esperanzas de un tranquilo porvenir debido a jubilaciones privilegiadas y a la posibilidad de ser reelegidos, y de otras facilidades de acceso a centros de poder económico.

A esto se suman facilidades logísticas como: secretaría, teléfonos, automóviles, de acuerdo a la función que se ejerce. Es decir, los funcionarios disponen de recursos incomparables con respecto al ciudadano común.

2. La conquista de cargos electivos también es la principal vía de acceso a los órganos y procesos de la decisión política. Aunque los electos pueden estar limitados por el control de sus respectivos partidos (como sucede con los parlamentarios), es evidente que en la democracia la decisión política pasa por sus manos.

Esto les permite a los políticos relacionarse con infinidad de instituciones y organizaciones sociales, públicas y privadas, y también personalidades, que les hacen aumentar su prestigio, su status y también obtener determinadas ventajas en el presente o en el futuro.

3. Otro beneficio indudable es el de carácter simbólico, en especial,la notoriedad o fama, y la autoridad legítima.

a) La notoriedad es el primer beneficio simbólico, considerada como la capacidad de focalizar la atención del público y de los medios de comunicación masiva, alrededor de la cual gira hoy toda la actividad política.

Así, un líder que tiene notoriedad podrá con facilidad transmitir un mensaje por insignificante que sea, mientras no lo podrá hacer quien tenga muy buenas ideas pero carece de “imagen” pública. Ser electo (como diputado, intendente, etc.) es de por sí una carta de notoriedad y de imagen en los Medios, es un “suceso”digno de una nota periodística y de una atención constante.

A partir de allí el electo tiene otro sin fin de oportunidades para acrecentar su fama pública: en actos oficiales, inauguraciones, congresos, etc. Se instala así un circuito constante entre electos y Medios, lo que contribuye a vertiginosos ascensos de algunos de ellos que pasan a formar parte de las “personalidades conocidas”.

En este sentido, la fama de los políticos es más perdurable que la de los mismos artistas, pues aún cuando fracasan o pierden una elección, son noticia por eso mismo.

Aplaudidos o fustigados, siempre los gobernantes son noticia, y siempre estarán allí los Medios, compitiendo entre sí, para ser los primeros en dar la noticia y para que el público tenga la sensación de estar bien informado.

Por supuesto que este mundillo de personalidades famosas hace que la representatividad democrática se transforme en una quimera, ya que la clase política tiende a moverse como un mundo cerrado y autoreferencial, o sea, que trabaja para su propio beneficio.

Aún políticos avanzados en edad, o ex presidentes, etc. siguen aferrados a ese mundo cerrado de elites, sin descender nunca más al llano de la ciudadanía común. Se conforma en realidad una verdadera casta superior.

En la práctica, en la mayoría de los países, esto lleva a cierto inmovilismo político, ya que son siempre los mismos dirigentes los que se van “turnando” en la gestión política y pasando la posta. Con lo cual, el sistema político se envejece y tiende a ser una institución netamente conservadora y repetitiva.

b) La autoridad legítima, aún más que la notoriedad pública, es el beneficio simbólico esencial y específico de un cargo representativo. Después de la elección, el que habla y decide ya no es un simple ciudadano o representante de intereses sectoriales, sino el portavoz de la nación y de toda la ciudadanía (al menos en teoría).

El triunfo electoral cambia bruscamente el alcance de su discurso: ya no es la opinión de un individuo, sino la expresión de una autoridad legitimada por la mayoría, es el portavoz“de la nación, de esta provincia o ciudad”.

Y así surge un nuevo efecto: pasa a ser una voz de autoridad que lo diferencia de los opositores, con argumentos que van más allá de una dialéctica personal, pues no es la opinión de Fulano sino “lo que dice el presidente, el intendente…”.

Esto es evidente si el electo es el único que puede hablar en nombre de los ciudadanos, como pasa en los cargos del poder ejecutivo (presidente, gobernador, intendente); no sucede lo mismo entre los parlamentarios, pues ninguno de ellos puede atribuirse la voz de los ciudadanos, sino todos en su conjunto, con los matices obvios de prestigio personal (hay diputados que son mucho más notorios, prestigiosos e influyentes que otros que viven en el anonimato).

Todo esto nos lleva a preguntarnos sobre la finalidad del cargo y el precio que se paga por él.

Aunque hay infinidad de matices entre unos y otros (podría ser cínico decir que todos buscan su propio beneficio y a cualquier precio, que todos son unos oportunistas que utilizan al pueblo, que no tienen ningún proyecto ni ideas sino solamente la estrategia y habilidad para triunfar…), es evidente que para conseguir los sufragios, los candidatos necesitan asumir con sentimiento (o al menos, dar la impresión fingiendo lo mejor posible) dos categorías de discursos:

1.El primero toma las expectativas concretas y pragmáticas de diversos sectores de la población: que haya un cambio, que se consolide el orden, que haya más trabajo, etc. No faltan individuos o militantes que cambian su voto por algún beneficio muy concreto y muy personal (“doy para que me des”), o sea, condicionan su apoyo en una transacción mercantil de clientela servil.

2.El segundo presenta valores y creencias, sobre el bien común, el interés general, la libertad, la igualdad social, etc. en un sin fin de variables. El contexto impone a menudo este discurso, sea para diferenciarse de otros candidatos, sea para dar la impresión de que el candidato está guiado por los grandes intereses de la nación, sea para expresar la unidad del partido más allá de diferencias y luchas internas.

Cualquiera sea la coyuntura, el estilo personal del candidato y las divisiones internas de su partido, el representante necesita apelar a la “unidad” y a los “grandes valores de la democracia”.

De esta forma se compensa la ausencia de una promesa muy concreta (y difícil de ser atendida) , casi egoísta, con la genérica propuesta de “una gran causa que nos une a todos… ganar la batalla contra la pobreza… fortalecer la justicia… preservar la unidad nacional… fomentar una política solidaria…” etc.

El discurso político está lleno de esta fraseología grandielocuente y lírica, que apunta más a la emotividad que a la práctica racionalidad y eficiencia de gestión.Con estas estrategias, el candidato, cualesquiera sean sus intereses y ambiciones personales, tiene la oportunidad de presentarse como un “mendigo de votos” que quiere atender humilde y sinceramente a los reclamos y necesidades de su pueblo.

En el centro de su discurso está el fundamental concepto de “abnegación por el bien público” y de “gran responsabilidad que me implica este cargo, sin ningún tipo de beneficio personal”, para poder ocultar sus ambiciones personales y para identificarse, sincera o fingidamente, con los valores y con el sentido de la democracia.

En cambio dirá que “la política lo reconforta, pues es la oportunidad para servir abnegadamente y con apasionante entrega a la causa de todos, especialmente de los que sufren”.

Se trata de un lenguaje propagandístico que no hay que tomarlo en su sentido literal (ni muy en serio, al igual que el lenguaje publicitario), sino como una metáfora para decir simplemente que quiere ser elegido o reelegido. En efecto, podría ser grosero o de mal gusto afirmar lo contrario: “estoy aquí porque soy muy ambicioso, me interesa el dinero y los tengo que utilizarlos a ustedes”.

b) La lógica de los electores:¿obtener una ganancia-o expresar una opinión?

Nuestra pregunta subyacente es “por qué votan” los ciudadanos, no tanto desde el punto de vista político sino psicosociológico.

¿Vota como consumidor-racional que busca beneficios, eligiendo entre la variada oferta que se le presenta?

·¿O más bien, vota porque está “predispuesto” por tal candidato, debido a sus convicciones ideológicas y su pertenencia política?

O sea: ¿elección por presiones del entorno o elección racional?

Qué mueve a los ciudadanos a tomar parte en la contienda electoral: esta es la cuestión.

Las numerosas investigaciones sobre este asunto no aclaran mucho el panorama, seguramente porque los propios electores no tienen muy clara la respuesta.

Pero estas investigaciones y la observación de la realidad, presentan dos proposiciones:

1. Sólo una minoría de electores vota desde intereses particulares, o sea, a partir del provecho material.

De ser así, la teoría economicista de la política cae por tierra. Pareciera que estos beneficios tan personales son en realidad muy pocos y para pocos (obtener un cargo o empleo, firmar un convenio, conseguir ciertas facilidades empresariales o comerciales).

Es cierto que muchos militantes y activistas del partido serán convocados a ciertos cargos de confianza o por motivos de amistad y “gratitud”, y que en ciertas ciudades administrativas (las capitales de provincia) muchos adeptos podrán conseguir un empleo.

Pero, ¿qué sucederá si se pierden las próximas elecciones?Por otra parte, dado el secreto del voto, ¿cómo sabe el candidato quién lo votó y quien no? ¿Y cómo podría dar tantos puestos solicitados y otorgar tantos beneficios?

Con todo, es cierto que se va dando entre los candidatos y un cierto número de seguidores cierta familiaridad que después se traduce en premios concretos, en caso de triunfo.

Y estos premiados, harán todo lo posible en las próximas elecciones para retener el mandato.Pero con excepción de estos casos, el resto de la ciudadanía, aunque vote por el mismo candidato, tiene intereses distintos y hasta opuestos desde el punto de vista personal (así el empresario busca mayor flexibilidad laboral que es resistida por el obrero o empleado, etc.), ya que se trata de electorados policlasistas y muy pluralistas en diversos sentidos (edad, sexo, profesión, cultura).

Por otra parte, la sociedad moderna es tan compleja que ningún candidato puede tener todo el poder necesario como para dar respuesta a tantos intereses particulares, por lo que se refugia, como ya hemos visto, en un discurso nebuloso y genérico.

Ciertamente habrá algunas personas que alimenten la ilusión de beneficios personales, pero la mayoría se contenta con que algo cambie dentro de la sociedad como para que también su situación personal mejore, lo que de ninguna forma representa una forma de egoísmo personal, sino que es la esencia misma de la vida social organizada. Se eligen gobernantes para que mejoren las cosas, para que haya condiciones más positivas para aumentar la cultura, los ingresos, etc.

2. Las presiones simbólicas relacionadas con ciertos roles e identidades es el otro factor importante a la hora de votar.

Ante todo está la clase social y la religión, como dos elementos fuertes de identidad. Desde aquí se promueve la participación política con un voto responsable, bien pensado, que responda a ciertos valores, todos componentes de un “ciudadano responsable”.

El resultado es lograr que se vote como un deber, pero también con la gratificación de contribuir al bienestar de la sociedad.

También está juego en muchos la identidad con un partido, la fidelidad a su historia, a sus líderes, a una conducta y a otros símbolos que lo identifican.Pero en los partidos modernos se ha perdido mucho esa identidad diferenciada, como también la identificación con tal o cual clase social, o con cierta religión (democracia cristiana).

Por eso aparecen otros motivos gratificantes a la hora de votar y otros beneficios simbólicos, diversos en grado e intensidad según la cultura de cada uno:

·La mayoría, sobre todo si es pasiva políticamente, tiene la tranquilidad de haber colaborado en elegir a los gobernantes.

·Otros, sienten la satisfacción de haber colaborado con determinadas propuestas o proyectos que consideran justos.Por eso los políticos apelan a esos valores simbólicos para seducir al público, movilizando desde la solidaridad, la justicia, la eficacia, etc.

Desde allí se supone que también los intereses particulares serán tenidos en cuenta: “Si usted vota por mí, sus condiciones de vida mejorarán… el porvenir de sus hijos estará asegurado…”, etc.

2 El deseo de entrar en política

Los políticos aducen móviles políticos como motivo de su ingreso en esta actividad, generalmente una causa noble: luchar contra la injusticia, el interés del país, etc. Pero si sólo nos quedamos con eso, en realidad sabemos muy poco sobre el funcionamiento del sistema político democrático.

Nuestra hipótesis es que la función esencial de los políticos es ser responsables del proceso de decisión, haciendo prevalecer, no los intereses sectoriales, sino la aceptación social de las reglamentaciones que globalmente son inevitables.

Si esto es así, gobernar democráticamente es, ante todo,

·movilizar simbologías determinadas,

·trabajar sobre representaciones y creencias,

·y adoptar estilos psicológicos de comportamiento que tengan presentes virtudes visibles: aceptación del debate, sentido del diálogo, inclinación a repudiar los excesos.

Por eso es esencial la pregunta: “quién desea hacer política y por qué”.

Son preguntas que se refieren al aspecto atractivo del oficio político y a las gratificaciones que el sistema democrático brinda a los que “viven de la política”.

a) Los condicionamientos psicosociales

En numerosos casos, el interés por la política es heredado del ambiente familiar, y desde niños o adolescentes los futuros políticos están en contacto con esta actividad.

En muchos otros ambientes, en cambio,la política es vista como algo demasiado complicado, o la profesión del discurso fácil pero mentiroso, de la falta de eficacia, etc., o sea, con cierta connotación negativa.

Pero en otros medios es vista como una actividad interesante y hasta atractiva.

Puede parecer una vía de ascenso social rápida y seductora para quienes tienen un nivel profesional mediocre.

O bien, la realización profesional, una vez lograda, pierde su atractivo original (abogados, médicos, profesores) y se despierta el interés por la política como una segunda carrera o, al menos, complementaria.

En otros ambientes, la política tiene una aureola de idealismo como servicio desinteresado a la comunidad, de lucha contra las injusticias, de revolución social (así en el Tercer Mundo), a menudo desde un ambiente familiar y religioso propicio para estas ideas (así en muchos ambientes cristianos).

También hay otros factores que condiciona socialmente el deseo de hacer política, como los profesionales, pues muchas profesiones están muy cercanas a la política: abogados, empresarios, comunicadores sociales, dirigentes sindicales y comunitarios, entre otras.

b) Los condicionamientos psicológicos

Si tenemos en cuenta las motivaciones psicológicas que llevan a la actividad política, podemos encontrar los siguientes:

1. Los placeres de la consideración, pasar a ser un personaje importante y admirado y tener notoriedad.

De allí derivan gratificaciones embriagadoras, como ser el centro del escenario social y de innumerables contactos y “amigos” de ocasión, con el riesgo también cierto de perder la intimidad de la vida privada. Pero todo sirve para ir adquiriendo una sólida reputación, justificada o no, poco importa.

El político exitoso se transforma en un personaje que sabe, que decide, que realiza obras, etc. aunque muchas veces todo se deba a sus equipos y asesores, pero él se lo autoatribuye todo para aumentar su prestigio.

Todo coloreado por un idealismo, al menos declamado, de servir a la comunidad o a la noble causa del país.En síntesis: personalidades necesitadas de la estima de los demás y de constantes gratificaciones a su narcisismo.

2. Los placeres del poder, siempre presente en todo accionar político.

Ese poder puede expresarse de muchas maneras:

·poder de seducción (lograr el afecto de los otros);

·poder de influencia sobre los otros (transmitir conocimientos y modificar conductas):

·poder de gobernar, dominar y reinar sobre los otros (búsqueda de cargos y funciones).

El poder político aparece, ante todo,

·estrechamente subordinado al papel de gobernante o representante.

.también está ligado a la consecución de objetivos o para obtener satisfacciones.

·Finalmente, generalmente está relacionado con la codicia: influir, dominar, acaparar. Es el control sobre los otros.

También puede relacionarse el poder con:

·el cálculo y la intriga, de maniobras ante emboscadas de los adversarios, de anticiparse ante las dificultades y riesgos;

·y con una aptitud para captar las relaciones de fuerzas y para saber captar la realidad y tomar distancia emocional de la misma.

La política concreta obliga también a los políticos a muchas actitudes y conductas que son inevitables, como:

·emplear un lenguaje duro y aún injurioso o grosero,

·repetirse constantemente en ciertas frases o gestos,

·tener la psicología de un gladiador

·y convicciones “simples”, con un gran sentido de la instrumentalización de las relaciones humanas,

·o tener el arte de elevar un debate o mostrar originalidad.

También el político tiene que saber “mentir”, o sea, aprender a no ser transparente en todo momento y ante todos, y tener mucha versatilidad sin atarse a convicciones demasiado rígidas. Es cierto que también hay políticos de “mucha convicción”.

A estos les suele resultar más difícil trepar por el poder, pero pueden acceder a él sabiendo sacar ventajas de circunstancias especiales y mostrando un gran sentido de tolerancia.

La política suele tener otro costo al que hay que adaptarse: es una actividad que invade todos los terrenos, aún los privados, siempre observada por los Medios, adversarios y “amigos”.

Esto genera una sobrecarga que no todos pueden sobrellevar, sobre todo cuando estereotipan al sujeto y a sus funciones,y roles, pues el sujeto se siente obligado a hacer,y decir lo que se espera de él según ciertos cánones (que sea reservado, campechano, ocupado en temas sociales, etc.).

Lo cierto es que si la política requiere ciertos condicionamientos psicológicos y ciertas aptitudes (de mando, de oratoria, de seducción), también,hay muchos tipos de personalidades políticas, así:

·los narcisistas que satisfacen constantemente su ego con tantas aprobaciones y adulaciones, con la notoriedad y la fama, con el brillo de una oratoria vibrante, etc.;

·los rígidos con tendencia a la lucha y a la agresividad, idealistas e intolerantes;

·los “misioneros” que imbuidos de una gran convicción, necesitan llevar a todos sus convicciones y discursos para promover un gran cambio;

·los negociadores, hábiles para buscar aliados y resolver conflictos;

·los “faraónicos”, siempre necesitados de hacer grandes obras, proyectos y construcciones, con ciertos delirios de grandeza.

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