Jesús de Nazaret C- En la Iglesia durante el Imperio Romano.

JESÚS  DE NAZARET C- EN  LA IGLESIA DURANTE EL IMPERIO ROMANO.VISIÓN SINTÉTICA 

 

Tal como lo enunciamos en el final del artículo anterior (b) el mensaje y la espiritualidad de Jesús de Nazaret sufrieron en apenas 300 años una transformación tan  profunda y radical desde la helenización y  por asimilación de las estructuras autocráticas  del Imperio, que será muy difícil reconocer en la llamada “religión cristiana” el mensaje original y la espiritualidad de Jesús de Nazaret. En forma breve apuntaremos las principales vicisitudes de este proceso y sus protagonistas.

a) Podemos distinguir en la historia de la comunidad de Jesús dos etapas claramente distintas:

En la primera o apostólica (hasta la destrucción de Jerusalén) existe un duro enfrentamiento entre las comunidades de espíritu paulino y helenista (con sede en Antioquía) con las comunidades judeo-cristianas de tipo mesiánico, cuya sede era Jerusalén, que esperaban el pronto retorno de Cristo para instaurar el Reino de Dios sobre todo el mundo, pero sobre la base del pueblo elegido.

La comunidad de Jerusalén tenía el privilegio de ser gobernada por un hermano de Jesús, de nombre Santiago (Gal 1,19), -al que no hay que confundir con los dos apóstoles de nombre Santiago- líder indiscutido de los judeo cristianos y de gran prestigio en la comunidad judía. Será asesinado en el 62 poco antes de la revuelta anti-romana.

En tanto, las comunidades helenistas se desarrollan en Asia Menor (desde Antioquía) y Grecia por medio de misiones evangelizadoras y por los viajes misioneros de Pablo (Hechos 13 y siguientes), quien desautoriza la circuncisión para los paganos conversos, lo que provoca un serio conflicto con Jerusalén, ciudad donde se intenta resolver el conflicto con un cierto compromiso (todos estos sucesos son relatados por Los Hechos 15 y las Cartas, especialmente a los Gálatas)

En ambas comunidades prima en general un espíritu democrático en la elección de autoridades y en la conducción de la comunidad. Las comunidades, autónomas entre sí, tratan de convivir con el imperio y todavía  se consideran  parte de la comunidad judía (sinagoga), asistiendo al culto del  Templo de Jerusalén. En tanto, todas las ecclesías respetan la supremacía de Jerusalén, aún Pablo, que reconoce a las “columnas” de la iglesia: Santiago, Pedro y Juan (Gal 2,9).

En esta etapa se escriben las Cartas y se comienza a redactar ciertos relatos que serán la base de los Evangelios, siendo el primero el de Marcos hacia el 70-71, inmediatamente después de la destrucción de Jerusalén tras la guerra contra Roma (66-70).

En la segunda
, destruida la comunidad judía y la judeocristiana de Palestina, triunfa la línea helenista universalista que se expresa en los evangelios de Mateo y Lucas, en los Hechos, y en la relectura de las cartas de Pablo, apareciendo otros escritores que profundizan en su mensaje (los autores de las cartas a Colosenses, Efesios, segunda a Tesalonicenses, Primera de Pedro, a Timoteo, a Tito, a los Hebreos).
Por su parte la Sinagoga, dirigida exclusivamente por los fariseos (los dirigentes saduceos habían sido asesinados por los zelotas), expulsa a los cristianos de la comunidad judía (entre el 90 y el 100) y los incluye en su lista de maldiciones, hecho que aparece claro en el evangelio de Juan que proyecta este conflicto a los tiempos de Jesús, naciendo así una cruda enemistad de ambas comunidades hermanas.

Desde entonces, el cristianismo, ya constituido como una “nueva religión”, se expande decididamente hacia los paganos con una gran rapidez, cubriendo con sus comunidades más bien urbanas el Cercano Oriente, Egipto, Grecia, Roma y llegando hasta las Galias y España.

Esta notable expansión, más el prestigio social y cierto aumento de riquezas, provoca la reacción de la autoridad romana que acusa a los cristianos de no rendir culto al emperador (“señor” y “salvador”) y a la diosa Roma, un culto cívico que obligaba a todos los habitantes del imperio, (tema ya presente en la acusación contra Pablo en Hech 16,21 y en 17, 7-8: “Todos estos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús”).Acusados, pues, de ateos y de ciudadanos infieles, fueron sometidos a las conocidas persecuciones que, en realidad, nunca cubrieron todo el espacio del imperio, salvo las de Decio y Diocleciano (siglo III).

Por su parte, los escritores cristianos polemizan – apologistas- con judíos y paganos en defensa del cristianismo, refutándose las acusaciones de diversa índole , como las provenientes del filósofo Celso en su polémica con Orígenes y Tertuliano (siglos II y III)

Pero el antagonismo principal vino de la filosofía neoplatónica fundada por Ammonio Sacas (+242), sistematizada por Plotino y publicitada por Porfirio quien, en sus quince libros (perdidos) ataca con fuerza al cristianismo. Lo mismo hace el más temible adversario ideológico del cristianismo, Celso. Otros adversarios fueron Frontón, Jámblico,  Proclo, y el neopitagórico Filóstrato.

 

Es sintomático que en esta disputa con los autores paganos, los apologistas cristianos prácticamente ignoran la figura histórica de  Jesús tal como aparece en los evangelios,  y el cristianismo es presentado con elementos del monoteísmo y de la moral del antiguo Testamento y del platonismo,  o sea, mezcla de Platonismo y Judaísmo helenista. Hay, pues, un silencio significativo sobre el Jesús histórico y se pone el acento en el Hijo del Padre, Logos de la nueva sabiduría. Como escribía Atenágoras de Atenas: “Reconocemos un Dios… por quien el Universo ha sido creado a través de su Logos, y fue puesto en orden y mantenido en funcionamiento… porque reconocemos también un Hijo de Dios … Si se le ocurre preguntar qué se entiende por el Hijo, afirmaré que él es el primer producto del Padre (quien) tuvo al Logos en sí mismo. El vino para ser la idea y el poder energizador de todas las cosas materiales.”

Entre los principales apologistas cristianos, hay que citar a Justino (+165) quien en sus dos libros, aunque busca conciliar el cristianismo con la cultura grecolatina, proclama la superioridad de la “filosofía cristiana” y sostiene el derecho a no rendir culto al emperador. Según este filósofo cristiano, todas las verdades, aún las doctrinas de los paganos griegos y romanos, provienen del Verbo de Dios.

Pero la necesidad de buscar una conciliación ideológica con la filosofía griega, especialmente platónica, fue triunfando en la Iglesia, especialmente en Alejandría (influenciada por la filosofía del judío Filón, contemporáneo de Jesús), de modo que hacia fines del siglo II en esta ciudad se fundó la primera escuela catequética, siendo su primer maestro Panteno (+200).
Sus sucesores Clemente de Alejandría (+215) y Orígenes (+255) llevarán a la escuela a su máximo esplendor, imbuidos de neoplatonismo y con una interpretación muy alegórica de la Biblia.

Entre tanto, en Antioquía se funda una nueva escuela más cercana a una interpretación histórico-crítica y al pensamiento aristotélico. En las polémicas trinitarias, ambas escuelas rivalizarán, la alejandrina en pro de una total divinización de Cristo, y la antioquena sosteniendo una subordinación de Cristo al Padre.

b) Los escritores cristianos no siempre adoptan una postura homogénea frente al imperio, observándose en general una actitud más positiva en Oriente, y una tendencia distante o negativa en Occidente.

Tertuliano
 (muerto hacia el 220), fogoso polemista latino del norte de Africa (su obra maestra es el Apologeticum del 197) lleva a sus extremos la doctrina de san Pablo por lo que terminará en el “montanismo” fundamentalista, fanático y de moral extremista.
El Montanismo es la doctrina creada por Montano en Frigia hacia el 172. Anunciaba un fin del mundo cercano y enseñaba una ética de gran rigor, con ejercicio de la mortificación corporal, ayunos y apartamiento del matrimonio. Los montanistas sostenían, contra toda la tradición, que los tres pecados mortales –apostasía de la fe, homicidio y adulterio- no podían ser perdonados en esta vida por la Iglesia. Prohibían al mismo tiempo todo ornato en las mujeres, ejercer cargos públicos y poseer obras paganas de arte. Finalmente, negaban a los cristianos el derecho de huir en caso de persecución, la que debía ser enfrentada en el martirio.
Convencido, pues, Tertuliano de un fin del mundo cercano, tiende a ver en el imperio el reino de los demonios, pero acepta que “respetamos en los emperadores el juicio de Dios que los ha establecido para gobernar a los pueblos, pues sabemos que reciben de la voluntad de Dios el poder del que están investidos” (Apología, 32).
Por otra parte, reafirma la superioridad de la moral cristiana como un gran aporte al imperio, y recuerda que “lo que hace la verdadera grandeza del emperador es necesitar que se le recuerde que no es un Dios”. Alejándose de Pablo, afirma la radical oposición entre el Reino de Dios y el imperio del César que ha de terminar pronto cuando llegue el fin de los tiempos.

Muy distinta es la postura del alejandrino Orígenes (185-255), el más erudito de los teólogos orientales, que intenta integrar el cristianismo con el helenismo y  el imperio al que considera como una preparación para la llegada de Cristo, de modo que el mundo y la iglesia deben tender a caminar juntos.
Opuesto al apocaliptismo  milenarista de Tertuliano, afirma que el cristiano tiene dos patrias: la celeste y la terrestre, perteneciendo tanto a la comunidad política como a la cristiana. Reconociendo la superioridad del mundo espiritual, afirma sin embargo que el imperio facilita la expansión de la fe y es el camino para llegar al cristianismo, de modo que la Ciudad Terrestre puede desembocar en la Ciudad de Dios.
Sólo en un punto el cristiano se opone al imperio, y es en la adoración del César y de Roma.

Orígenes, llevado de su deseo de conciliación con el neoplatonismo, enseñará doctrinas consideradas no ortodoxas por la Iglesia, como la eternidad del mundo y una reconciliación final de todos con Dios, aún los condenados. Es su llamada apokatástasis.

Esta visión optimista es también compartida por el autor cristiano anónimo de la Carta a Diogneto (hacia el 200) que habla de los cristianos como “el alma del mundo”, llamados a ser perfectos ciudadanos, aún teniendo como patria definitiva la celestial. Todas ideas, pues, que preparan el camino a Constantino.

c) En el mismo y prolongado período también se organiza el catecumenado para el ingreso de nuevos fieles a la comunidad (sólo había bautismo de adultos), como también el culto, difundiéndose los libros que pronto constituirán hacia el siglo IV el nuevo canon de libros sagrados del Nuevo Testamento.

Mientras decrece la expectativa por la pronta y segunda venida de Cristo, crece el espíritu moralista y estoico, y se infiltra en la iglesia un agudo dualismo de tipo neoplatónico y gnóstico (más tarde, maniqueo), dualismo ya presente en Pablo y en Juan, con la clásica división del alma y del cuerpo, y predicado por los gnósticos cristianos Marción y Valentín aún en Roma, y por  Basílides en Egipto.

Los gnósticos cristianos (cuyo representante ortodoxo es el evangelista Juan, pero plenamente presente en los apócrifos “Evangelio según Tomás” y “Carta de Santiago”) presentan a Jesús como el revelador de la gnosis o conocimiento de la verdad y de la luz, en oposición al Dios del Antiguo Testamento, creador del mundo material y del cuerpo humano que aparecen como engendros demoníacos, especialmente la sexualidad. De allí la sustitución del concepto de resurrección del cuerpo por el de inmortalidad del alma.
También apoyándose en textos de san Pablo oponen el antiguo al nuevo testamento, el Dios Yavé (Dios malo, creador de los demonios y del cuerpo) al Dios de Jesús, y, en consecuencia, el judaísmo al cristianismo. Aunque la Iglesia condena estos excesos, el gnosticismo deja su impronta en el cristianismo de occidente hasta nuestros días, por lo que la iglesia asume una ideología y antropología muy alejada del pensamiento integral bíblico-semita del ser humano.
La primacía del espíritu sobre la materia se reflejará en la concepción política de la supremacía del poder religioso sobre el temporal, en la preeminencia de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio (de la vida monástica sobre la secular) y en una moral espiritualista y severa, con fuertes connotaciones anti-sexuales y aún anti-matrimoniales.

Recordemos que la Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo (sobre la base de la religión de Zaratustra o Zoroastro) y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China. Los principios fundamentales de la Gnosis son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra demoníaca; la existencia de eones o arcontes, espíritus poderosos que son los intermediarios entre Dios y el mundo; la explicación del mal como fruto de un eón rebelado contra Dios, al que llaman demiurgo; la salvación como liberación de la opresión de la materia, por medio de un Revelador.

Se presenta, pues, como religión salvacionista del hombre, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (los hombres “espirituales”), el hombre accede a “la verdad” que consiste en desprenderse de las realidades carnales para acceder al espíritu y vivir plenamente en él, que es una luz o chispa de origen divino asentada en el alma, luz que ilumina este mundo de tinieblas (tema muy presente en el evangelio de Juan y en otros escritos).

Se trata, por lo tanto, de una doctrina fuertemente dualista, que pronto se radicalizará con formas maniqueas (del gnóstico Manes, 217-277) de oposición total entre el mundo de la luz (el Dios revelado por los gnósticos, el alma como chispa divina) y el mundo de las tinieblas, todo él conducente a la muerte.

Manes
 predicó en la India y Persia hacia el año 240, manteniendo relaciones también con los budistas. Fue finalmente ajusticiado en Persia hacia el 277, pero sus ideas gnósticas muy radicalizadas se difundieron ampliamente en Oriente y Occidente en los siglos III y IV.

Manes se consideraba un profeta enviado por Jesús e identificado como El Paráclito o Espíritu Santo, y dotado de un espíritu muy inteligente y culto, intentó reconciliar el Oriente (Zoroastrismo) con el Occidente, reformando la Iglesia cristiana. Para ello escribió sus Escrituras y organizó una pujante Iglesia que también fue perseguida por Diocleciano.

En la vida práctica  prohibía los trabajos serviles, la carne y el vino, oponiéndose también al matrimonio, aunque no al ejercicio de la sexualidad. Sus discípulos se caracterizaron por el ejercicio de la virtud (ascesis, castidad, ayunos, oración) y un gran espíritu misionero que pronto llevó a la nueva religión hasta la India, China, Persia, Siberia, Armenia, Siria, Palestina, Egipto, Norte de Africa (san Agustín antes de su conversión fue maniqueo), España, Italia y otros lugares de Europa, donde fueron muy combatidos por los emperadores cristianos y la Iglesia.

Pero, lejos de desaparecer, permanecerá en Oriente y llegará a los pueblos balcánicos cuando sean evangelizados hacia el siglo IX (se lo llamará Bogomilismo, por su predicador el sacerdote Bogomil) y desde allí será introducido hacia el año mil en Francia como cátaros o ”puros”.
El Gnosticismo impregnó no sólo a la filosofía neoplatónica, sino también desde sus comienzos al judaísmo (en los libros sapienciales y especialmente en Filón) y penetró profundamente en la iglesia, ya desde su hora inicial, reinterpretándose toda el misterio cristiano desde sus categorías, tal como ya se da en Pablo y muy especialmente en el evangelio de Juan (quienes, aunque no niegan la humanidad de Jesús, la soslayan en beneficio de su divinidad).

Como es obvio, la mayoría de los  gnósticos cristianos negará que Jesús fue un hombre real como también sus sufrimientos y muerte, y por lo tanto su resurrección, oponiéndose también a la iglesia visible y jerárquica y a los sacramentos, e igualmente negarán obediencia a los poderes políticos. Es un cristianismo totalmente espiritualista.

El gnosticismo perdura aún hoy en ciertos ambientes de Asia Central (Armenia, Irán) como asimismo en algunos círculos occidentales, pero su espíritu dualista está lejos de haber muerto. Como ya lo dijimos, en la Edad Media renacerá con vigor en varios movimientos espiritualistas de tipo reformador, como es el caso de los cátaros, albigenses y valdenses que retoman ideas del gnosticismo maniqueo.  La mayoría de los Padres de la Iglesia combatió al gnosticismo, pero el principal escritor de la ortodoxia contra los gnósticos es San Ireneo, por cuyos escritos conocemos las doctrinas gnósticas, especialmente las de Marción. Su principal obra es Adversus haereses.

También Tertuliano escribe algunos libros antignósticos.

d) Al mismo tiempo la Iglesia, en todo este período, ya desde inicios del siglo II, se va configurando con un nuevo tipo de organización centralizada en el obispo (al principio, un “supervisor”) con su presbiterio o consejo de ancianos y diáconos (ver cartas a Timoteo y Tito).
Se inicia, pues, la monarquización de la iglesia y una mayor diferenciación entre la jerarquía y los simple-fieles y una tendencia cada vez más centralista, incentivada por las sedes principales (patriarcados) de Jerusalén, Antioquía, Alejandría de Egipto y la de Roma, capital del imperio y lugar donde fue ajusticiado Pedro, apóstol principal.

Los obispos de Roma se considerarán sucesores de Pedro y lentamente  hacia el siglo IV se origina la doctrina del primado romano sobre las iglesias, pero sin la intensidad de los siglos siguientes. Hasta el siglo V los obispos eran elegidos mediante el voto de la comunidad  (o aclamación popular) y de los sacerdotes. Pero desde el siglo VI ese derecho se irá limitando, quedando finalmente su elección en manos del “metropolitano” (en la capital de cada provincia romana, coincidente con la sede episcopal principal, patriarcado y arzobispado) y del Papa, en Occidente, pero en todos los casos con gran intromisión de la autoridad civil.

Entre tanto existe rivalidad entre las sedes principales, agudizada desde el siglo V por las disputas ideológicas en torno a la divinidad de Cristo. Mientras Antioquía (aristotélica) tiene una visión más humana de Jesús, y lo subordina como Hijo a Dios Padre con la doctrina de Arrio (oriundo de Antioquía aunque residente en Egipto), Alejandría (platónica) opone una visión de total divinización y semejanza  entre Jesús y el Padre (omousios), y con auténtica naturaleza divina, aunque sin negarse su segunda naturaleza humana.
Después surgirán disputas acerca de si tuvo una sola voluntad divina (monotelismo) o dos voluntades. Los alejandrinos caerán a su vez en la herejía monofisita, afirmando una sola naturaleza divina en Cristo (los monofisitas se extenderán por Arabia, y ese será el cristianismo que conocerá Mahoma).

Doctrinas adopcionistas ya se enseñaron en el siglo III por Teodoto de Bizancio y Pablo de Samosata, para quienes Jesús fue solamente un hombre en el que habitaba el Logos de Dios, siendo hijo adoptivo del Padre. Los Monarquianos, por su parte, afirmaban que el Padre, único Dios, había tomado la forma del hombre Jesús.
En tanto el arrianismo, lejos de desaparecer tras su condena en el Concilio de Nicea, se extenderá entre los pueblos bárbaros, y será sostenido por varios emperadores sucesores de Constantino (que será bautizado antes de morir por un obispo arriano), entre otros motivos porque el arrianismo, al subordinar a Cristo al Padre, era muy apropiado para crear la pirámide teocrática de poder: Dios, Cristo, el Emperador, los obispos en concilio, el resto de la sociedad.
Una pirámide de subordinaciones de poder, que crea una sociedad humana a escala de divina.

Cuando Constantino funde en el 330 una nueva  ciudad  como capital del imperio, se generará un nuevo foco de conflicto entre Roma y Bizancio (o Constantinopla), que propiciará la supremacía universal del Concilio (Conciliarismo) y la igualdad de poder eclesiástico entre las dos sedes imperiales, estando la suma del poder político y religioso en el emperador, protector de la Iglesia (Césaropapismo).

Fue así como el espectacular crecimiento de la Iglesia y su prestigio, hizo que, trescientos años después de la muerte de Jesús, un emperador romano decidiera buscar su alianza para fortalecer un imperio que hacía crisis por dentro con constantes golpes de Estado, y desde afuera por las incursiones bárbaras que ya se hacían sentir, no sin olvidar las guerras continuas con el imperio de los partos (Persia) que habían infligido más de una derrota a las legiones romanas.
De esta forma la iglesia cristiana que nació como un movimiento de libertad frente al poder omnímodo de los hombres, termina como sustento de su conservación.
Es el triunfo final de la línea dualista espiritualista conservadora iniciada por Pablo y que será desarrollada por san Agustín. Línea espiritualista que no significará ausencia de poder temporal, sino primacía del poder espiritual sobre el temporal o conjunción de los dos poderes en una sola persona. Esa es la paradoja.

3. Constantino. Eclesialismo estatal y Césaropapismo

a) Nacido hacia el 280, Constantino es hijo de Constante I y de (santa) Elena. En el 306 se proclama emperador en York, mientras Majencio hacía otro tanto en Roma. En el 312 aplasta a su contrincante en la batalla de Puente Milvio y surge la leyenda del signo de la cruz que hubiera aparecido antes de la batalla como presagio de victoria.
Desde entonces Constantino hace de la cruz el estandarte de sus victorias. Ya emperador, con el edicto de Milán del 313, decreta la legalidad del cristianismo, concediendo a cada habitante del imperio “la libre potestad de seguir la religión que cada uno quisiese”.

La Iglesia, que había sido a menudo negada en sus derechos como sociedad organizada y aún cruelmente perseguida, es reconocida en su existencia jurídica y comienza su carrera por el poder político en un proceso acelerado, pudiendo ya recibir dinero y gozando del privilegio de las exenciones fiscales.
En el 315 aparecen símbolos cristianos en las monedas, y en el 323 se prohíben los signos paganos en las mismas, multiplicándose los lugares de culto, muchos de ellos construidos por el mismo emperador. En el 318 son prohibidos los cultos paganos, la magia y los sacrificios a los ídolos, al igual que los cultos mistéricos. En el 321 los cristianos pueden acceder al consulado, y en el 325 a la prefectura de Roma.
El emperador Teodosio (379-395) fue quien prohibió definitivamente el culto pagano y persiguió con el uso de la fuerza a los que no se convertían al cristianismo. Fue otra cruel paradoja.

Por otra parte, las sentencias episcopales son reconocidas como válidas en el fuero civil, se le devuelven a la Iglesia los bienes sustraídos por Diocleciano, y se dan privilegios especiales a los obispos (con igualdad de rango que los senadores) y al resto del clero. También se declara al domingo (día de la resurrección de Cristo) como día feriado (en el 321) y se prohíbe la lucha de gladiadores en el circo.

Constantino hace construir la basílica de san Pedro en Roma (que se mantuvo en pie hasta su reestructuración en el siglo XVI), la del Santo Sepulcro de Jerusalén y la de Sofía (Divina Sabiduría) en Bizancio.
Pero el emperador, por otra parte, aún profesando la fe cristiana (si bien se bautizará sólo antes de morir, como era costumbre bastante generalizada) no dejó de comportarse cruelmente en más de una oportunidad como cuando mandó eliminar a varios parientes y posibles sucesores, entre ellos su hijo Crispo y su esposa Fausta.

b) Toda esta liberalidad económica, financiera y jurídica va conformando el nuevo poder eclesial.
Constantino tuvo la extraordinaria intuición de utilizar al cristianismo como elemento unificador del imperio en uno de sus peores momentos críticos, aprovechando el prestigio y poder de la Iglesia, aunque desconocedor de las luchas internas por cuestiones dogmáticas.
Fue un paso prudente y hábil, empleando al mismo tiempo moderación hacia los paganos, mayoría entre campesinos y soldados, cuyo Pontífice Máximo siguió siendo. Es importante tener en cuenta que esta forma de entender las relaciones entre religión y política, era la costumbre general de la antigüedad, especialmente en Oriente.
Constantino no hizo más que adaptar el nuevo orden a un viejo esquema de integración entre Estado y Religión. En Roma, ya desde César, el jefe supremo del imperio era al mismo tiempo Sumo Pontífice y protector de la religión oficial.

Por eso, Constantino no sólo hace favores a la Iglesia, sino que también la controla y ejerce presión para dirimir sus cuestiones internas, como hizo al convocar personalmente y presidir en su palacio de verano el primer Concilio ecuménico de Nicea (con 250 obispos) que terminó condenando como hereje al obispo Arrio, quien negaba la divinidad de Cristo, defendida a su vez por el obispo alejandrino Atanasio.
La herejía (héresis significa “división” o “separación”) era considerada automáticamente como posibilidad de división del imperio, tal como lo enunció el mismo Constantino: “Las divisiones internas de la iglesia de Dios nos parecen mucho más graves y peligrosas que las guerras”, Más tarde el mismo Constantino hizo retornar del exilio a Arrio, cuya doctrina, como ya dijimos, fue apoyada por otros emperadores, especialmente Constancio (350-61), de modo que se extendió por todo el Oriente, aún en Constantinopla.

Fue el emperador Teodosio quien dio un golpe final a los arrianos, los persiguió e hizo condenar una vez más en el segundo concilio ecuménico y Primero de Constantinopla en el 381. Pero su doctrina se expandió entre los pueblos bárbaros y de esta forma se introducirá en Occidente durante las invasiones.

Este particular estilo político-religioso (típico de todas las monarquías paganas antiguas y también de la monarquía judía) que fue aplicado a las relaciones del imperio con la iglesia, recibe el nombre de Constantinismo, o mejor, Césaropapismo, y será una constante del imperio romano de Oriente, donde estaban la mayoría de las diócesis, ahora dependientes de Constantinopla.
Esta ciudad, fundada por Constantino, pronto será, no sólo la adversaria política de Roma, sino también una fuerte competidora de la supremacía del obispo romano (Papa).
En oriente, el emperador era el verdadero jefe supremo y protector de la Iglesia, y nombraba a los obispos según su criterio, mientras que en Roma el Papa mantuvo mayor  autonomía que, por la caída del imperio, pronto tuvo una importancia fundamental y un amplio desarrollo.

c) Lo cierto es que con Constantino se funda una íntima relación entre el Imperio y la Iglesia, típica característica de los siguientes siglos de cristianismo. La Iglesia aporta al imperio el cimiento monoteísta, la riqueza de su doctrina encarnada en una fuerte comunidad de fe, cristalizada en los grandes “dogmas” (creencias) de la fe cristiana, y un cuerpo normativo ético; y recibe de él su modelo organizativo jerárquico (incluso la división de diócesis que coinciden con las provincias romanas), muy alejado de la primitiva organización carismática del primero siglo y mediados del segundo.
También recibe su centralismo y la división del mundo en dos bloques:
Occidente (Roma o Iglesia Católica) y Oriente (Bizancio o Iglesia Ortodoxa).
Pero es una sola Iglesia que reconoce la autoridad máxima de los concilios para establecer el dogma, el culto, la moral y para expulsar a los herejes, e instrumentos de la unidad política del imperio, ya que los temas conciliares eran también de índole política y sus resoluciones tenían validez jurídica.

Los primeros y grandes concilios llamados “ecuménicos
” de obligatoriedad universal (Nicea, 325, Constantinopla I, 381, Calcedonia, 451, Constantinopla II y III, 553 y 680) no llegaron a tener en total más de 15 obispos occidentales participantes, siendo algunos de ellos exclusivamente de obispos orientales.
Era el oriente (Asia Menor, Grecia, Egipto) la zona de mayor incidencia cristiana, y paradójicamente, después casi totalmente desaparecida con la conquista del Islam de árabes y turcos.
Recién en el Concilio I de Letrán (1123) se realiza un concilio con 323 obispos, todos ellos occidentales.

Las llamadas herejías, no son solamente movimientos espirituales condenados por la ortodoxia eclesiástica triunfante, sino también corrientes políticas con gran repercusión en la vida del imperio. Cada postura teológica representaba una postura política y de poder, de modo que quien triunfaba, “separaba” a los considerados heterodoxos o de doctrina falsa.
Todo esto explica la total injerencia del emperador en la vida de la Iglesia y en los concilios, a los que convoca, preside, a menudo asiste, controla, y cuyas decisiones hace ejecutar como ley civil.
Así el emperador se transforma en defensor y conductor de la Iglesia y de la “ortodoxia” (doctrina verdadera) con un césaropapismo bien afirmado desde Justiniano (527-565), cuyos dominios incluían Roma, y que cristalizará en occidente con la gran figura de Carlo Magno, interviniendo los emperadores en todos los asuntos de la Iglesia, nombramientos o “investidura” de obispos y del Papa.

A partir de Constantino va desapareciendo la división de sociedad civil y sociedad sacra o religiosa, conformándose un integrismo que sólo desparecerá parcialmente de la iglesia de occidente con la llegada de la edad moderna, cuyos filósofos postulan la separación de Iglesia y Estado.
En el 313 se inaugura, pues, la nueva etapa del eclesialismo estatal.

Y la práctica de este nuevo orden encontró su máximo defensor y propagandista en Eusebio (260-337), obispo filoarriano de Cesarea y primer historiador de la Iglesia. Le dedicó al emperador cristiano dos libros: “Elogio de Constantino” (335) y “Vida de Constantino” (335).
Para Eusebio el nuevo orden fundado por Constantino se inscribe en una grandiosa teología según la cual Dios gobierna el mundo por medio de Cristo (el Hijo, el Verbo) y éste por medio del emperador, su lugarteniente.
La corte imperial es reflejo de la corte celestial, y el imperio lo es del universo. Las dos ciudades (celeste y terrestre), aunque diferenciadas, se unen en Cristo y Dios por medio del emperador, quien funge también como “obispo del exterior”, o sea de los paganos, para orientarlo todo hacia la fe cristiana, de la que es su defensor privilegiado.
Tales las bases que permanecerán inalterables en el Imperio de Bizancio (Oriente) y que sufrirán varias vicisitudes en la Edad Media de Occidente.

Aunque brevemente, no podemos olvidar las figuras de los grandes Padres de la Iglesia, como las ya conocidas de san Atanasio (+373) contra Arrio, S. Cirilo de Alejandría (+444) contra Nestorio y san Cirilo de Jerusalén (+386), defensor de la divinidad del E. Santo y autor de  24 catequesis.

Importantes son los Capadocios, defensores todos de la fe de Nicea, san Basilio el Grande (+379), su hermano san Gregorio de Nisa (+394) y san Gregorio Nacianceno (muere como patriarca de Constantinopla en el 390). San Basilio es además el autor de la primera regla de vida monástica, ya iniciada en Egipto y de gran vigor en Asia Menor y Grecia.

También debemos citar al siríaco S. Efrén (+373) y al obispo de Chipre, san Epifanio (+403), autor de los textos básicos del credo constantinopolitano. Más famoso es san Juan Crisóstomo (+407), conocido por su oratoria y firmeza frente a la vida libertina de la corte de Bizancio, de la que fue finalmente exilado. Otros importantes eruditos son Teodoro de Mopsuestia (+428) y Teodoreto de Ciro (+458), de la escuela antioquena, al igual que el Crisóstomo.

En el siglo V y VI siguen las disputas teológicas sobre la Trinidad: primero por el nestorianismo (del obispo Nestorio de Constantinopla al que se opone san Cirilo de Alejandría) que sostenía dos personas en Cristo, la humana y la divina. Fue condenado en el Concilio de Efeso (421) que proclamó la única persona divina de Cristo y sus dos naturalezas, siendo por tanto María la Madre de Dios; luego el Monfisismo, postura extrema de Alejandría, que afirmaba una sola naturaleza (la divina) en Cristo, condenado en el Concilio de Calcedonia en el 451, aunque siguió expandièndose con gran vigor por todo Oriente y Egipto; finalmente el Monotelismo, que afirmaba una sola voluntad (la divina) en Cristo, condenado en el sexto Concilio de Constantinopla en el 680.
Como vemos, fue una larga y compleja historia mediante la cual se fueron formulando los dogmas de la Iglesia.

En Occidente
, los grandes Padres de la Iglesia fueron san Ambrosio (+397) y san Agustín (+430), de los que luego hablaremos. Amigo de S. Agustín fue S. Jerónimo (+420), tan famoso por sus estudios bíblicos y por su traducción de toda la Biblia al latín (es la Vulgata) como por su pésimo carácter y su declarada postura antifeminista y antimatrimonio. Otros autores importantes son S. Hilario de Poitiers (+368) y S. Paulino de Nola (+431) en Burdeos, defensores de la ortodoxia teológica.

En tanto, el monacato ya presente en Italia, Francia e Inglaterra se regula con San Benito

(Benedictinos) hacia el año 529, fundando el célebre monasterio italiano de Monte Cassino.
La regla monástica de san Benito creará un modelo de vida religiosa, desde la oración, el trabajo y el estudio, de gran influencia en toda la Edad Media, con los votos de pobreza, castidad y obediencia. Su lema para los monjes era Ora et labora, reza y trabaja.

Entre tanto, un siglo después del edicto constantiniano, en el 410, Roma cae bajo Alarico (oficial visigodo al servicio de Roma) lo que hace arreciar las acusaciones de falta de patriotismo cristiano. Surge, entonces, la voz de san Agustín, quien inspirará una doctrina política que perdurará durante toda la Edad Media occidental, aunque opacada por santo Tomás y no siempre muy bien conocida, para ser resucitada con gran vigor por los franciscanos de Oxford y los reformadores protestantes del siglo XVI.
Mientras que el Oriente afirma la mutua aceptación y mezcla del orden político y el cristiano, Occidente señala las distancias y la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal, lo que llevará, especialmente siglos después, a la “lucha de las investiduras” y a la supremacía del Papa sobre el emperador.

4. Teoría política de San Agustín
 (354-430)

a) Africano, hijo de santa Mónica, maniqueo y después católico, amigo y discípulo de san Ambrosio, obispo de Milán, Agustín fue obispo de Hipona (Africa) y el gran Padre de la Iglesia de Occidente, escribiendo en latín varias obras entre las que se destaca para nuestro estudio: “La Ciudad de Dios”, escrita entre el 413-427. Son también famosas sus Confesiones.

San Ambrosio
 (340-397) se destacó por su celo apostólico, amor a los pobres, estudio de la teología, sentido de organización (había sido un alto funcionario del Estado) y equilibrio entre el poder civil y el religioso. Defiende la autonomía de la Iglesia, pero también la independencia del Estado. Escribió numerosos tratados dogmáticos y exegéticos, siendo el creador de varios himnos litúrgicos. Se le atribuye el Te Deum, tradicional himno de acción de gracias, cuyo autor fue un tal Nicetas hacia el 350.

Agustín es el primer autor
que trata el tema de la sociedad civil a la luz de la nueva situación dada por el encuentro del cristianismo con la filosofía grecorromana y con la moral estoica, dentro del nuevo marco del constantinismo. Conocedor y profundo admirador de Platón, a quien lee en los escritos de Cicerón, elabora un nuevo pensamiento político, procurando conciliar su fe en las Escrituras con la razón filosófica, “esa cualidad por la cual Dios nos ha elevado por encima de las bestias”.
Dada la constante relación entre el orden espiritual y el temporal, Agustín intenta correlacionarlos en un pensamiento orgánico que no pudo evitar el clima polémico del momento: lucha contra los maniqueos, donatistas y pelagianos, y la aguda crisis del imperio jaqueado por los bárbaros.

De los maniqueos ya hablamos en el punto 2.c. Como su visión de la Iglesia era netamente espiritualista, y eran enemigos declarados del matrimonio y de la sexualidad, por lo que o se dedicaban a una dura vida ascética o a un completo libertinaje sexual promiscuo, serán perseguidos tanto por el Imperio como por la Iglesia oficial. También algunos propiciaban el sacerdocio femenino, habida cuenta de la nula importancia en la distinción de sexos, dado que lo único importante era el espíritu.

Los donatistas, fundados por el obispo africano Donato (+355), eran un movimiento rigorista y puritano que buscaba sus raíces en el cristianismo primitivo, por lo que condenaban a la iglesia mundana de tipo constantiniano, teniendo una postura nacionalista hostil a Roma. Sostenían que la eficacia de los sacramentos dependía del estado de gracia del ministro sacerdotal.

Los pelagianos, fundados por el monje Pelagio (+418), sostenían que el hombre, como tal, con la sola fuerza de la naturaleza humana, puede evitar el pecado y hacer méritos para el cielo. Lo que suponía dudar de la necesidad de la gracia salvadora de Dios, tema importante en san Agustín y, siglos después, en el agustiniano Lutero. El pelagianismo fue condenado por el Papa Zósimo (417-418).

b) La naturaleza de la sociedad civil. El problema de la virtud

1. El centro de la enseñanza agustiniana es el tema de la virtud, ya tratado por los filósofos griegos y tema importante en la Biblia en relación con el Decálogo. El hombre es un ser social que sólo en una comunidad política puede alcanzar su perfección.
La justicia es la virtud típica del ciudadano y la que ordena a todos hacia el bien común: de ella dependen la unidad y la nobleza de la sociedad, y es fundamento de la paz, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir.
Como Cicerón, también Agustín define a la sociedad civil o república como “una reunión de hombres, asociada por un reconocimiento común del derecho y por una comunidad de intereses”, siendo su base la justicia, sin la cual no puede haber derecho, y viceversa. Sólo se aparta de los filósofos clásicos en cuanto niega que la sola virtud y justicia natural puedan constituir una sociedad justa, ya que son impracticables sin el apoyo de la “gracia” (ayuda divina) y de la justicia (salvación) dada por la fe. La radical flaqueza y pecaminosidad humana (pecado original) hacen necesarios el auxilio de Dios y la redención.

Desde un esquema dualista platónico, Agustín distingue el cuerpo del alma o espíritu, orden inferior y orden superior, postulando la subordinación del primero al segundo, pues el espíritu debe gobernar con el apoyo de la razón, y ésta con el de Dios. Es la misma jerarquía que debe reinar en toda sociedad: la sociedad civil subordinada a gobernantes sabios, cuyos espíritus deben subordinarse a la ley divina. Si en un comienzo de la humanidad existió total armonía entre cuerpo y alma, ese equilibrio fue roto por el pecado de Adán, transmitido desde entonces a todos los hombres como “pecado original”. Por sus efectos, ahora reina el vicio y el desenfreno que imponen el primado de las pasiones y del egoísmo por encima del bien común, con sus secuelas de esclavitud y avaricia (propiedad privada descontrolada).

San Agustín desarrolla y amplía ideas ya presentes en las Cartas de Pablo. Por eso la sociedad política debe ser necesariamente punitiva y correctiva, y su papel es básicamente negativo, o sea, castigar a los malhechores y contener el avance del mal mediante la fuerza.
En esta situación, tanto el hombre como la sociedad sólo pueden ser salvados con la ayuda divina, la gracia, don gratuito de Dios que no puede ser merecido por ningún ejercicio de la virtud (importante tema de la reforma de Lutero).
Esta gracia salvadora es dispensada por medio de la Iglesia, con quien colabora la sociedad civil creando condiciones para la paz social y para el ejercicio de la obra eclesial de enseñanza y ministerio salvador. Es evidente, pues, el escaso valor que Agustín concede a la sociedad política.

2. San Agustín distingue y complementa, al mismo tiempo, la ley suprema divina y eterna (voluntad de Dios o Providencia), fuente de toda justicia y bondad, con la ley natural impresa en el espíritu humano como su expresión, como ya afirmara san Pablo, y explicitada en los mandamientos. Esta ley divina justa impone después de la muerte premios y castigos.
En cambio, la ley temporal humana varía de acuerdo al tiempo y al lugar, y aunque imperfecta, es justa y debe obedecerse. Existe para los imperfectos que necesitan su regulación y su censura, conciliando lo deseable con lo posible. La ley humana, los legisladores y los jueces son muy imperfectos (con errores en los juicios, castigos a inocentes, etc.) y sólo juzgan actos externos. Obedecer solamente a esta ley humana no es signo de por sí de virtud, que implica una aceptación interna de la bondad de los actos.

De las intenciones y actitudes internas se ocupa la ley divina. Esta ley divina también debe ir acompañada de premios y sanciones, pues de otro modo no existiría un orden justo, especialmente para los inocentes que sufren injusticia en esta vida. Dios conoce íntimamente las acciones humanas presentes, pasadas y futuras, y juzga desde ese conocimiento.
Que Dios también conozca el futuro no es obstáculo para el libre albedrío o libertad del hombre  (Se trata de un tema de por sí conflictivo hasta el día de hoy: cómo se puede ser libre si Dios sabe la forma cómo actuaremos y sus causas)

3. Consecuente con estas ideas, Agustín desenmascara los vicios del imperio romano, especialmente la esclavitud y la opresión de otros pueblos. Las conquistas son consideradas como formas de latrocinio, fruto de la codicia, viciadas por los crímenes y por la impunidad. Roma estuvo marcada por la grandeza, pero no por la virtud; por la sed de gloria y conquista, pero no del bien común.
Esa gloria ha sido eclipsada por Cristo, sol de justicia, cuya llegada opacó el fulgor de los héroes del paganismo, muy inferiores también a los “testigos” o mártires de la fe. Agustín, miembro activo del imperio, funda así una larga corriente de desprestigio del imperio romano que contrasta con las nobles historias de Tito Livio y otros escritores y filósofos romanos.

En la Edad Moderna. Maquiavelo retomará los escritos de Tito Livio que inspirarán sus ideas. A esta crítica moral, Agustín agrega la crítica al politeísmo y a la mitología pagana, a pesar de los intentos de una teología natural de autores como Cicerón y Varrón (y antes, de los filósofos griegos).

c) Las dos ciudades y la dicotomía entre religión y política
1. Las consideraciones anteriores llevan a san Agustín a su más original aporte a la filosofía política: la doctrina de las dos ciudades, o sea, sociedades. En el mundo existen fundamentalmente dos tipos de sociedades a las que pertenecen todos los hombres de todos los tiempos:
la ciudad de Dios y la ciudad terrena.

La Ciudad de Dios no es una sociedad separada que exista al lado de la terrena, como si fuese una teocracia. Ambas ciudades coexisten más allá de los límites geográficos o culturales, sin ser identificadas con ninguna sociedad en particular. Su distinción se funda en la virtud o el vicio, teniéndose en cuenta que la única virtud es la cristiana.
·       La Ciudad de Dios no es sino la comunidad de quienes siguen a Cristo y adoran al verdadero Dios cumpliendo su voluntad con la vida santa y aceptando su palabra. Sólo allí está la verdadera justicia. Su estado perfecto y culminación sólo se consigue en la otra vida: es la “ciudad celestial”.

·       La Ciudad Terrena, en cambio, es el conjunto de personas que se guían por el amor propio y viven de acuerdo “a la carne”, palabra bíblica que indica al hombre natural que no se guía por los mandatos divinos sino por todo tipo de vicios, sin amor a la virtud y a la verdad.
La Ciudad Terrena es la antítesis de la obediencia (“madre de todas las virtudes”) y de la sumisión a Dios, siendo su antepasado nato Caín y Adán en cuanto rebelde a la orden divina.
En este sentido, se puede pertenecer a la iglesia visible, o sea estar bautizado, pero ser miembro de la ciudad terrena; y viceversa, no ser miembro de la iglesia y pertenecer a la Ciudad de Dios (hombres honestos de buena voluntad e intención).
Sólo Dios conoce lo íntimo del corazón humano y sabe quién pertenece a su ciudad. Por lo tanto, en esta vida ambas ciudades coexisten mezcladas, como el trigo y la cizaña de la parábola evangélica que crecen juntos hasta la época de la siega.
Por eso, la Ciudad de Dios no suprime la necesidad de una sociedad humana o civil, sino que ambas se complementan. La sociedad civil aporta los bienes materiales que el hombre necesita y que pueden ser instrumento para el bien del alma.

El cristiano tiene, pues, una doble ciudadanía y con ambas consigue su fin supremo y la felicidad aquí en la tierra y en la otra vida del cielo.

2. Esto plantea una clara distinción entre autoridad civil  y autoridad religiosa, en este caso cristiana y eclesiástica, con todos los conflictos que es de suponer (y que se darán a lo largo de la historia) cuando sus mutuos intereses no coinciden; y con toda la armonía cuando la sabiduría cristiana concuerda con el poder político. O sea, cuando el príncipe es cristiano y vive como tal.

A pesar de esta doctrina, Agustín no tiene una teoría detallada sobre las jurisdicciones del Estado y de la Iglesia, tarea que será realizada en los siglos siguientes.
En cambio, establece la necesidad de que la Iglesia recurra en casos extremos al brazo secular

cuando deba reprimir a herejes y cismáticos, algo que él mismo hizo cuando tuvo que reprimir a los herejes donatistas con apoyo del gobierno romano, y cuando se le agotaron las demás posibilidades de acuerdo. Aún en este caso, Agustín exigió moderación, algo que no imitarán en los siglos posteriores quienes seguirán esa norma como algo absoluto (persecución indiscriminada de los herejes con acuerdo común entre brazo secular y brazo eclesiástico). El incidente con los donatistas (herejes y nacionalistas anti-romanos) creó un antecedente que tendrá gravísimas consecuencias en el futuro. El mismo Lutero apelará al argumento de Agustín en la represión armada contra católicos y campesinos.

3. San Agustín se vio obligado también a responder a quienes afirmaban que la conversión del imperio al cristianismo, lejos de fortalecerlo, lo debilitaba cada día más y no generaba fuerzas suficientes ante los bárbaros que ya invadían desde las fronteras germanas.
El momento culminante fue la caída de Roma ante Alarico en el año 410 (Agustín muere en el  430 cuando llegan los vándalos a Hipona)
El pensamiento de Agustín tendrá variadas vicisitudes a lo largo de la Edad Media, hasta ser opacado por la Escolástica, especialmente de Santo Tomás; pero el franciscanismo de Inglaterra en Oxford lo hará resurgir con gran vigor. Lutero lo hace suyo para establecer las bases de la Reforma, de allí su posterior importancia.

5. Otros creadores de la nueva ideología 

a) Además de Agustín, debemos citar como nombres importantes de esta época en orden a la creación de la nueva ideología, al Pontífice León I el Grande (440-461), testigo del tumultuoso final del imperio, y famoso por cubrir el vacío de poder  civil en Roma y detener a Atila.
Precisamente en esta época el obispo de Roma comienza a ser llamado “Pa-pa”, abreviatura de Padre de los Padres (Pater patrum).
León I fue el primer papa que formuló con cierta claridad el principio del régimen monárquico de la iglesia romana, hablando de sí mismo como sucesor de los poderes de Pedro, igual a los otros obispos en cuanto al orden sagrado, pero superior a todos en la potestas regendi (poder de gobernar). Al mismo tiempo, el Papa está por encima del emperador, en cuanto éste es “hijo de la Iglesia”.

b) Más decisivo es el aporte del papa Gelasio I, quien en el 494, no sólo afirma el principado del Papa sobre toda la Iglesia (contra el patriarca de Constantinopla) sino que en una carta al emperador Anastasio, expresa un pensamiento inimaginable para el hombre antiguo, pues declara que el poder espiritual es completamente independiente y superior al poder temporal.
En efecto, afirma que “la potestas os ha sido dada por el cielo y sobre todos los hombres… con el fin de abrir el camino que conduce a los cielos, y de que el reino de la tierra sea servidor del reino celestial”.
Aunque el emperador recibe su poder directamente de Dios, queda bajo supervisión del poder eclesiástico, único con derecho de juzgar universalmente. Jesucristo fue rey y sacerdote, y ahora concede el reinado al emperador y el sacerdocio al papa; pero el papa es también, por la generosidad de Cristo, rex et sacerdos.

El emperador ejerce su poder por la fragilidad humana y para evitar que el Papa se mezcle en cuestiones seculares. O sea, aunque el Papa puede exigir ambos poderes, sólo ejerce el espiritual por motivos prácticos. Una idea que tendrá completo desarrollo siglos después con Gregorio VII e Inocencio III, cuando el Papa sea considerado no sólo como sucesor de Pedro sino como “Vicario de Cristo”.

c) Pero ya en el siglo VII, el obispo Isidoro de Sevilla completa la ideología de Pelagio sobre la “plenitud de la potestad” de la Iglesia. Siendo ésta el “Cuerpo de Cristo”, el príncipe es sólo un miembro o brazo secular que debe apoyar al sacerdocio mediante la coacción (terror) a fin de que “los pueblos se alejen del mal y obedezcan las leyes para vivir rectamente”.

De esta forma, la coacción y el miedo pasan a ser elementos normales de la nueva ideología del orden cristiano.
Todas estas ideas de  la iglesia de Occidente chocan contra la ideología y praxis de Oriente que considera al emperador como cabeza de la Iglesia (Césaropapismo): no sólo puede decretar sobre cuestiones de fe, sino que también legisla sobre las funciones y estructura orgánica de obispos y sacerdotes. El emperador es sacerdote y rey, como otro Cristo, y por lo tanto, está por encima de todo poder temporal y espiritual.  Por tanto, tanto en oriente como en occidente hay teocracia e integración de la sociedad civil con la religiosa (integrismo).

La discusión fue por la supremacía de uno u otro poder, lo que provocó desde este momento una agudización de los conflictos entre ambas iglesias, y entre el emperador bizantino y la iglesia romana. Un largo conflicto que llevará a la ruptura de ambas iglesias, consumada hasta el día de hoy por el Patriarca Cerulario en el 1054.

d) En este orden de cosas, también se destaca el papa san Gregorio Magno (590-604), primer pontífice de la edad media propiamente dicha, pero aún en el cierre de la antigua.
No solamente se opuso a las pretensiones bizantinas de someter al papado, pues entiende que el obispo de Roma es la cabeza de “la sociedad de la república cristiana”, sino que da un gran prestigio a Roma actuando como prefecto de la ciudad con una excelente adminstración, presagiando así la autonomía de los futuros Estados Pontificios.

También impulsó la evangelización de los nuevos pueblos y estableció vínculos positivos con los franco-germanos y los británicos, ordenando que no se destruyan sus templos sino que se los convierta en templos cristianos. Gregorio prepara el terreno para la alianza del papado con los reinos francos y para la instauración del nuevo imperio romano de occidente.

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